El castigo en la educación.
Por el Dr. Alfred Adler.
El arte de educar de nuestros días está todavía, en su mayor parte, bajo la presión de viejas tradiciones. Todo adulto lleva dentro la creencia de que también sabe educar niños, puesto que una vez fue objeto de una educación y vio en otros algo de este arte. Cierto número de fórmulas ha adquirido valor sagrado, y rara vez alguien se pregunta si esas fórmulas están justificadas. La corrección por la experiencia es extraordinariamente difícil. Todo educador atribuye a sus medidas cualquier evolución favorable, sin pensar que muchas veces el niño encuentra el buen camino a pesar de intervenciones equivocadas. Y los innumerables desaciertos que se vengan se atribuyen todos ellos sin excepción a una herencia maligna; se desconoce la verdadera conexión, el disgusto por el mal ya arraigado paraliza toda reflexión serena, el orgullo del educador se rebela contra la admisión de los errores cometidos y, como entre causa y efecto suelen mediar largos periodos de tiempo, se pierde toda visión de conjunto de las leyes que rigen la educación. Como sedimento pedagógico quedan a menudo solo principios viejos, refutados hace tiempo por los hechos.
Tampoco los observadores ávidos de aprender, que quieren dar con los secretos, ven satisfechas sus expectativas. Los niños malogrados no saben nada de las piedras que tenían en el camino, y los educadores están poco dispuestos a juzgarse a sí mismos y casi nunca conocen tampoco el punto débil del que partió la perdición.
Una pedagogía crítica no se remonta mucho en el pasado. Como antorchas luminosas aparecen algunos descubrimientos aislados en viejos conocedores del hombre, en poetas, filósofos, en la Biblia y en los cuentos. Y también fórmulas que nunca resultaron para bien o que hoy, por lo menos, se han vuelto insostenibles.
Esto último vale en primer lugar para el castigo en la educación. La administración de justicia, y en especial los tribunales de menores, procuran sustituir el sistema punitivo en que se fundan. La idea de recuperar al que ha delinquido no desaparece ni siquiera ante delitos graves. La espantosa frecuencia de los delincuentes habituales es una prueba visible desde lejos contra el efecto corrector del castigo. Además: todo niño malogrado ha recibido ya en vano, en la escuela y en casa, una multitud de castigos sin que se haya detenido su caída.
El ejercicio de un régimen de castigos en la educación nos remite a un presupuesto que da al educador que castiga su carácter peculiar: que pretende dirigir un desarrollo psíquico con arreglo a un patrón simple y torpe. Que trata de imponer su autoridad con medios coercitivos, sin preocuparse de las conexiones de orden psíquico.
Estas constataciones desoladoras, que ya de por sí bastarían para hacer sospechoso el principio del castigo en la educación —porque indican que el educador que castiga intenta facilitarse las cosas y busca ganar prestigio—, ofrecen un aspecto todavía peor si se piensa en las muchas personas que siempre tienen la sensación de que se les reconoce demasiado poco, y en las no menos numerosas que no se preocupan de las conexiones psíquicas.
Por eso no puede extrañar que entre los fantasmas que aterran a los niños el castigo, sobre todo los golpes, desempeñe un papel funesto. Si se deja a los niños hablar sin cohibirse de sus miedos, el terror al castigo, a los golpes, al hombre del saco, al infierno, a San Nicolás,1 etc., ocupa un lugar enorme.
Una opinión errónea muy extendida favorece además el sistema de castigos en la educación. Casi siempre, cuando se habla de niños difíciles de educar, que casi siempre han probado ya el principio del castigo, se oye decir: «también lo he intentado ya con bondad, y tampoco ha servido de nada». A menudo se tiene la impresión de que no era la bondad adecuada. Pero, de todos modos, tampoco la bondad es un medio educativo suficiente. Es preferible en todos los casos, pero solo puede significar el comienzo de una relación favorable dentro de la cual han de aplicarse los medios educativos adecuados, que hay que empezar por encontrar.
Pero la falta más grave del principio punitivo en la educación es que solo alcanza las manifestaciones superficiales de la vida psíquica extraviada, solo sus formas de expresión. La raíz de la personalidad, el carácter peculiar del niño, sigue sin cambiar. Más aún: niño y educador no saben siquiera dónde está en realidad el error, y en la relación empeorada entre ambos la verdadera situación se vuelve todavía más oscura para los dos. Pensemos, por ejemplo, en un niño ambicioso que encuentra dificultades en la escuela, intenta en vano superarlas durante bastante tiempo y, herido en su vanidad, trata de echar la culpa a la escuela, al maestro. Su actitud hacia ambos se vuelve hostil. De ahí resultan relaciones en las que se nota fácilmente el alejamiento del niño. Sus formas de expresión ya no son abiertas, rectas, sino, en correspondencia con el mayor poder y autoridad de la escuela, evasivas, solapadas. El desagrado del niño se manifiesta en numerosas faltas. No presta atención, porque ya no se cree capaz de seguir o de destacar. Siguen castigos en la escuela y en casa. Olvida hacer sus deberes, pierde el tiempo, llega tarde a la escuela o no va. Cada vez sigue el castigo a la falta, cuando en realidad habría que haber castigado —¿castigado?, no: remediado— una sola vez, a lo sumo, el desaliento.
O bien el miedo al castigo empuja al niño a mentir. En la mayoría de los mentirosos se encuentra fácilmente la mano fuerte que castiga. Si se castiga la mentira en lugar de remediar el sentimiento de debilidad, a menudo solo se fomentará la astucia, la hipocresía, la cautela del mentiroso. Porque todo mentiroso ha comprobado ya por sí mismo que no todas sus mentiras se descubren.
También otras armas además de la astucia tiene el niño a su disposición contra las medidas de castigo. Empequeñece a la persona del educador, la rebaja, y pronto está por encima de cualquier castigo, consista en reprimenda, mala nota o golpes. O bien se endurece, entrena su ánimo y ya no siente nada, a veces ni siquiera cuando llora y gimotea pidiendo perdón. Este embotamiento se encuentra con especial frecuencia cuando al niño se le recuerdan sin cesar sus pecados en tono de sermón. Mientras tanto piensa en otras cosas, cuenta a menudo mentalmente para no tener que oír las reprimendas, y se asombra, igual que nosotros, de que alguien que le ha castigado cien veces con reproches crea ahora que, si lo repite una vez más, tendrá más suerte.
También contra los golpes hay un entrenamiento. Algunos niños encuentran satisfacción en la obstinación y no quieren dar a entender que han sentido nada. A veces a los niños les produce una sensación placentera que les peguen, de modo que en ocasiones provocan los golpes adrede. No puede desconocerse que en esto la sensación sexual se enlaza con el sentimiento de una supuesta superioridad sobre el que pega, al que así se le saca de quicio y se le burla, puesto que sus esfuerzos punitivos se convierten en placer. El mismo estado afectivo se encuentra a veces en los que pegan, a quienes entonces un derecho de castigo corporal les parece natural e infalible.
La objeción más grave que hacemos al principio del castigo es que oculta la conexión y el origen de las faltas e incapacita para intervenir con comprensión en la raíz. Las faltas de los niños, sean cuales sean, deben mover siempre, en primer lugar, a la reflexión. Claro que también el Estado y la sociedad deberían procurar instancias donde padres y maestros preocupados y reflexivos puedan recibir consejo; los maestros están llamados en primer lugar a sustituir el sistema punitivo por una consideración de las conexiones y por las consecuencias que de ella se siguen. Consideraciones ejemplares como, por ejemplo, la del maestro Selmann, de Múnich (Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, 1924, cuaderno 5), muestran el camino.
Desde puntos de vista más lejanos, pero amplios, entra en consideración que los niños que han sucumbido al sistema punitivo no llegan a ser personas que piensan y actúan con independencia. Por eso encontraremos siempre que todos los factores que se oponen a la independencia de los hombres, que quieren mantenerlos en dependencia de ellos mismos o de sus ideas, abogan por el castigo y en especial también por el castigo corporal.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen de página de ANNO (Österreichische Nationalbibliothek, aze/19240614/12): Arbeiter-Zeitung (Viena), n.º 163, 14 de junio de 1924, pág. 12, suplemento «Erziehung und Unterricht». Reimpreso en la Berner Tagwacht (Berna), 14 de marzo de 1925.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Nikolo: en Austria, San Nicolás, que el 6 de diciembre visita a los niños acompañado del Krampus, figura demoníaca con la que se les amenazaba. (N. del T.) ↩