Reseña de conjunto.
Los nuevos puntos de vista en la cuestión de la neurosis de guerra.
Por el Dr. Alfred Adler.
La bibliografía sobre la neurosis de guerra que nos es accesible subraya, ciertamente, con mucha frecuencia y con empeño, cuán poco han cambiado los puntos de vista neurológicos del tiempo de paz. Se ve, dicen muchos, el mismo material, una etiología parecida, el mismo curso, y se tropieza con las mismas dificultades. Solo en lo que toca a la terapia habría que registrar cambios profundos, tal como corresponden a las condiciones de la guerra y de la situación militar.
Pero hay que añadir todavía otro cambio importante, que podría dificultar la investigación neurológica de nuestros días. El tratamiento de una neurosis en la población civil o en tiempo de paz tenía el fin, no expresado pero evidente, de librar al paciente de su enfermedad, o al menos de sus síntomas, para hacerle posible un modo de vida elegido por él mismo, para devolverlo a sí mismo. No menos evidente es el fin de la neurología militar: no devolver al enfermo a sí mismo y a su propia disposición, sino conducirlo, en la forma y con el destino adecuados, al servicio y a la colectividad. Entran así en la ciencia objetiva y en la terapia representaciones de fin y de deseo1 del médico que, por necesarias y adecuadas que sean, dificultan no poco la comprensión, pues ahora se presenta a la observación casi siempre un cuadro clínico en el que un aspecto resalta de manera desproporcionada: cómo se comporta el neurótico en una situación que se le impone.
Del tiempo anterior a la guerra disponemos de material suficiente para poder entender la posición particular de esta cuestión. Casi todo médico conoce el éxito de la terapia de sugestión, en sus diversos grados, frente a síntomas aislados, molestos e insistentes. Por desgracia, no era raro que uno se dejara enredar en la creencia en un éxito duradero, confirmado de palabra o por carta, mientras el paciente, con los antiguos síntomas o con otros nuevos, estaba ya de nuevo en tratamiento en otra parte.
Recordemos los resultados que salían a la luz en el tratamiento de los síntomas cuando este no se emprendía con el fin de una curación, sino para que el paciente llevara a cabo una prestación. Por ejemplo: un estudiante de Derecho que estaba ante un examen se quejaba de insomnio, cansancio, falta de memoria y dolores de cabeza. El examen debía celebrarse en ocho días. Concedemos de buena gana todos los grados de curación de un caso semejante, nada raro. Hubo sin duda casos en que, gracias a las exhortaciones del médico y con cualquier terapia emprendida (sugestión en vigilia, hipnosis, cura de agua fría, tratamiento eléctrico o medicamentoso), se logró que el paciente pasara el examen. Como, en general, para una fracción no despreciable de neuróticos basta la llamada del médico, a veces también la de otra persona, para empujar al paciente hacia delante. Se nos dará la razón si calificamos tales casos, sean cuales sean sus síntomas, de leves, de casos situados en el límite de la norma. Vimos también otros desenlaces. Otros se presentaron al examen y suspendieron en un estado de extrema falta de concentración. En una parte considerable de los restantes se agravaron los síntomas; algunos hicieron del padecimiento el punto de partida de un cambio de profesión; a veces siguió una neurosis grave o el suicidio. No pocos de los casos agravados culparon a alguna de las curas emprendidas, y alguno de los médicos que vinieron después les dio la razón. Recuerdo un caso descrito por mí en el que el marido logró eliminar una fobia de su mujer a la velocidad mediante… la velocidad. Hoy lo llamaríamos el «contrachoque».
Nadie supondrá que estos casos y otros semejantes hayan de considerarse curados. Y también la neurología de guerra, con escasísimas excepciones, habla solo de la eliminación de un síntoma, y después del tratamiento sustrae de preferencia a sus pacientes del servicio en el frente. Con ello la posición del neurótico de guerra se complica ya. A diferencia del tratamiento en tiempo de paz, en el que el médico no procede sin un fin, pero aspira a una utilidad con el pleno acuerdo del paciente, aquí la prestación de guerra está sin duda en segura perspectiva como término de la cura, pero una prestación de guerra que puede matizarse y aligerarse por grados. Así, detrás del frente y en la retaguardia el neurótico se encuentra ante decisiones nuevas, de graves consecuencias, que le nacen del éxito de la cura. Con razón destacan todos los autores la importancia de la «atmósfera» en la sala de enfermos. Pues bien, esta atmósfera no se forma en modo alguno solo a partir del estado de ánimo ante los resultados de la curación, sino a partir de cien detalles, entre ellos de conjeturas más o menos fundadas sobre el destino posterior y sobre el futuro.
También pesa la cuestión de la pensión. No, desde luego, como si el neurótico tuviera ante los ojos la suma anual de dinero como la meta más deseable. Así no están las cosas tampoco en el histérico de accidente. Sino que la pensión tiene para el neurótico de guerra un valor parecido al de una condecoración, y además el de un documento y una legitimación por la enfermedad en su tierra y frente a eventuales intentos de llamarle más tarde de nuevo al servicio militar. A todo neurólogo le habrá llamado la atención el tono crítico con que el inválido neurótico pensionado, en un nuevo reconocimiento, recomienda que se examinen sus papeles. La «pensión ideal» mueve al neurótico mucho más, aunque el paciente parezca obedecer a interpretaciones lógicas conscientes como el miedo, el peligro, la nostalgia, la ganancia.
Así, igual que en la paz, a cada jugada del médico se responde con una contrajugada. He examinado a casi todos mis neuróticos de guerra en la zona de etapas2, lejos de su tierra y lejos de sus familiares. Nunca hallé que la gravedad de sus manifestaciones guardara relación con su traslado. Como todo neurótico, también el que ha enfermado en la guerra tiende a volver desde el gran círculo en que la guerra lo ha colocado al pequeño círculo de sus familiares. Mientras esta inclinación sea neurótica y persista, la ausencia lo influirá exactamente igual que la presencia ocasional de sus familiares, la lejanía igual que la cercanía, con la misma tendencia neurótica. Todo prejuicio irracional en esta cuestión dificulta la simplificación del caso y, en consecuencia, el proceso de curación. Se puede, por ejemplo, ante las peticiones de los hospitales del interior, supeditar con éxito su despacho a una mejoría correspondiente.
Siempre podrá demostrarse que la «conocida labilidad» de los síntomas neuróticos procede de la posición del neurótico, y puede hablarse en su caso de una enfermedad de posición. Por eso es tan sumamente importante que el neurólogo alcance la plena comprensión de esta actitud individual, que entienda el lenguaje del paciente en todos los sentidos, lo cual a veces puede tropezar con dificultades.
A esta «posición» del neurótico pertenece también el tipo de tratamiento dispuesto. El problema se vuelve insoluble cuando el enfermo, en el tratamiento, depende de más de un médico. Por eso se recomiendan pequeñas unidades de establecimientos para neuróticos, cuyos informes escritos podrían ilustrar sobre su éxito y permitirían estimar el valor del tipo de tratamiento. Solo resisten la crítica aquellas informaciones sobre pacientes restablecidos que da el médico al que han sido asignados.
Por psicoterapia en sentido estricto solo pueden entenderse los métodos que, antes de toda intervención, han abierto primero la psique del paciente. En consecuencia, casi todas las medidas «psicoterapéuticas» de los actuales tratamientos de las neurosis quedan fuera de este círculo y han de valorarse como máximas de tratamiento. En tiempo de guerra se apoyan casi exclusivamente en el aprovechamiento de la autoridad y en el suministro de «un mínimo de comodidades» (Stier). Al primer tipo de tratamiento habría que adscribir también la hipnosis, la sugestión en vigilia, la falsa narcosis y la falsa operación, así como la «preparación psicoterapéutica» previa a la cura propiamente dicha. La máxima heroica se impone en procedimientos dolorosos, en el lecho de agua, en la provocación de sustos, en el régimen de privaciones y como empeoramiento consciente de la situación. En el mejor de los casos, un término medio representa el método de Frank, defendido por Sauer, pues da muy poca información sobre la vida anímica del paciente, lo entrega a la autoridad del médico y opera con una especie de «contrachoque». El éxito demostrable de estos métodos en las condiciones de la guerra se basa, como a veces también en la paz, en la huida neurótica ante el tratamiento, que hay que equiparar a un síntoma neurótico. Un partidario de Freud aplica el método de este a los oficiales y el de Kaufmann a la tropa, ambos aproximadamente con el mismo éxito.
En todas las circunstancias y en todos los autores llama la atención el proceder más activo. Apenas se proponen métodos expectantes, tranquilizadores, o el traslado del paciente a condiciones más favorables. El núcleo de la actual neurología de guerra reside en su tendencia a doblegar la voluntad propia neurótica mediante fuerzas contrarias. No es otra la situación en una terapia individual exteriormente más suave, interiormente más incisiva, que parece prometer un éxito rápido y duradero sobre todo en neuróticos útiles para la guerra: la averiguación y el descubrimiento de esa voluntad propia neurótica. Tampoco este método puede renunciar al empeoramiento de la posición anímica del paciente.
La cuestión de la herencia o de la adquisición de las neurosis ha quedado sin resolver con el material reunido hasta ahora, sobre todo porque el factor educativo, la influencia del medio y la imitación en el caso de padres nerviosos se tienen en cuenta mejor que antes. Casi en general se destaca la frecuencia o la regularidad de unos antecedentes neuróticos. La posición del paciente en la vida y en la sociedad, bien entendida, es decisiva para el pronóstico. Esta penetración individualpsicológica en el cuadro anímico del paciente, la anamnesis bien planteada y la comprensión del punto de vista que el paciente ha adoptado en la vida deberían ser también el hilo conductor más seguro para el grado de agravación, que no falta en ninguna neurosis, y para descubrir una eventual simulación.
Se ha impuesto con bastante generalidad la opinión de que el síntoma toma de preferencia, para manifestarse, la forma aproximada y el lugar de un padecimiento orgánico anterior. Con ello casi se dice que se forma en el órgano inferior. O que aparece, como estado permanente, en la forma de las manifestaciones aproximadamente normales de un afecto: como temblor, vómito, rigidez, mudez, etc. Sobre la razón de la fijación se encuentran pocos intentos de explicación. Es corriente suponer que la tendencia a la fijación es un carácter neurótico, lo mismo que la labilidad del síntoma. Desde la «posición» del neurótico habría que añadir, como verdadera explicación, que fija un síntoma cuando este se muestra adecuado a sus fines neuróticos, y que lo abandona por las mismas razones. Algo parecido se encuentra también en las personas normales, en el ámbito de lo normal.
De los trabajos recibidos en los dos últimos años hay que señalar una serie de observaciones sueltas, comprobaciones y consejos. Schanz (1) busca el punto de partida del temblor de sacudidas en una insufficientia vertebrae del segmento correspondiente, que, como destaca también Blencke (2), existe realmente, pero a lo sumo interviene de manera muy indirecta en el temblor. Con más frecuencia podrán explicarse por esta insuficiencia dolores «neurasténicos». A menudo puede comprobarse la presencia de un nevus en el lugar del dolor o en una posición segmentaria respecto de él. Este hallazgo y una escoliosis o cifoescoliosis leve, presente casi siempre a la vez, aseguran el diagnóstico frente a la sospecha de simulación. Andernach vio un éxito regular con la sugestión verbal seguida del cepillo farádico. Pero además exige la atmósfera sugestiva. De manera parecida, Rottmann, a quien dan la razón Josef y Mann, busca dominar anímicamente al paciente mediante una falsa operación bajo narcosis y un vendaje aparatoso. Kalmus y E. Meyer defienden el método de Kaufmann3, que recientemente se ha suavizado mucho: preparación en forma de sugestión verbal; unos días después, faradización con corrientes de intensidad media, interrumpida por ejercicios gimnásticos militares. E. Meyer procura excluir de este tratamiento a los psicópatas de tipo neurasténico y a aquellos histéricos en los que predominan los ataques y las manifestaciones psíquicas. Es decir, los casos más graves. Por lo demás, importaría menos el tipo de tratamiento que el médico. No habría que suponer precipitadamente una simulación. Siempre se trataría de exacerbaciones de una constitución psicopática. Por eso sería recomendable renunciar a la faradización.
Puntos de vista importantes parece contener el trabajo de Liebermeister (3). Como no puede exportarse de Alemania, nos remitimos a observaciones de reseñas, de las que se desprende que el autor parece abogar por la obligación de curarse y por la denegación de una indemnización, en la medida en que este principio pueda llevarse a la práctica. A la misma conclusión ha llegado Adler (4). Subraya además la importancia del método individualpsicológico, una psicoterapia educativa en la que las líneas fundamentales neuróticas del carácter, existentes desde la infancia, se descubren como defectuosas y erróneas. Evitando todo esquema, se encuentra al final como esencial cómo el neurótico, instintivamente, retrocede ante las exigencias generales de la vida con un sentimiento subjetivo de debilidad, y cómo, mediante la identificación imaginaria con un peligro, trata de asegurarse contra el peligro real. La neurosis resulta, pues, un medio de evasión. El pronóstico es tanto más favorable cuantos más indicios de una «participación» activa en el juego se encuentran en la vida anterior del paciente: progresos en la escuela, amistades, vida amorosa, matrimonio a su debido tiempo, hijos, actividad profesional, etc. El neurótico se delatará siempre por la tendencia a aferrarse al pequeño círculo «asegurador» de su familia. El síntoma y la fijación del síntoma están bajo el dominio de una meta aseguradora del futuro. No existe, pues, dificultad alguna para distinguir simulación y neurosis. — Lewandowsky (5) escribe de manera muy parecida: «Los enfermos contraen una neurosis para ponerse a salvo. En algunos desempeña un gran papel en el nacimiento del deseo de volver a casa una insubordinación innata —un no querer someterse—… La verdadera causa de la enfermedad no está en el pasado, no está en el trauma de cualquier tipo, sino en el futuro, en lo que el enfermo ya no quiere soportar… La enfermedad asegura el cumplimiento del deseo… de escapar a un peligro.» Lewandowsky subraya también el peligro de la acumulación de neuróticos, por el contagio, y considera más difícil el tratamiento en el país por el deseo de quedarse, pero no dice qué podría hacerse, en el otro caso, contra el deseo de volver a casa. Con razón destaca este autor cómo un caso curado arrastra otras curaciones. También yo recuerdo algunas curaciones limpias que logró una enfermera hablando de otros pacientes curados. Quizá estima algo en exceso la importancia del rango militar superior para la curación. Su cura consiste en un empeoramiento de la situación en todas las direcciones, completado con sugestión, con faradización de un modo distinto del de Kaufmann, con hipnosis. Rechaza la falsa operación y la falsa narcosis. — Meyer (6) considera bueno cualquier método con tal de que el médico crea en él y lo prosiga sin arredrarse. Habría que inculcar al neurótico la convicción de que vuelve a ser útil para su profesión anterior. — Raether (7) describe su aplicación del método de Kaufmann, que consiste en una especie de tratamiento previo psicoterapéutico y la subsiguiente aplicación de la corriente farádica en una sesión, y en un tratamiento posterior. Resultado: 97 % de curaciones, aptos para ganarse la vida en la vida civil. L. Mann (8) señala que ya en 1911 trataba con sugestión verbal seguida de corrientes farádicas.
De las Neurosis de accidente y de reivindicación de Naegeli (9) queremos destacar aquí que vio sobrevenir la plena capacidad de trabajo y la curación con una indemnización única en capital. Toma posición tajante contra Oppenheim y niega, como hoy la mayoría de los autores, la existencia de la «neurosis de accidente».
Trömner (10) presenta una forma seudoesclerodérmica de la neurosis traumática (Oppenheim), que interpreta como paresia histérica con trofoneurosis causada por una herida en el dorso de la mano y por un vendaje llevado durante dos meses. El mismo autor destaca un fenómeno de «monestesia bilateral», en el que dos puntas de compás muy separadas, aplicadas a la vez, se perciben como un solo contacto. Ve en ello una prueba útil de la existencia de una restricción histérica de la atención. — Leusser (11) comenta un caso de paroxismos taquicárdicos presentes en cuatro generaciones. — Heinze (12) describe el éxito del tratamiento hipnótico de manifestaciones histéricas de guerra. Obtuvo un 86 % de curaciones; también con hipnosis simulada se produjeron éxitos. Ninguno había alcanzado la plena aptitud para el servicio, y solo una pequeña fracción la utilidad militar pese a la curación del síntoma. Considera las enfermedades neuróticas de guerra reacciones pasajeras sobre la base de una inferioridad psicopática. — Minkowski (13) recuerda un caso sometido por Israel hace treinta años a una falsa operación. El éxito duró hasta que la enferma supo la verdad. — Bumke recuerda la gran complicación de los cuadros psíquicos. Respecto a la hipnosis vale lo mismo. Una parte es refractaria, otra utiliza la hipnosis como línea de retirada, otra parte se alegra tanto de la curación que no puede suponerse una «representación de deseo». Su experiencia le lleva a la conclusión de que no se conceda pensión y se niegue la aptitud para el servicio. El clínico debería oponerse a las falsas operaciones y a algunos otros métodos de tratamiento, porque el personal tiene que ser educado para no emplear ni coacción, ni castigo, ni engaño. — Kraus (14) parece haber pasado por alto la esencia de la neurosis, en la que el síntoma se convierte en medio, cuando afirma que la neurastenia no es monopolio de la neurología. Su argumentación viene a decir, aproximadamente, que entiende la condición constitucional, la inferioridad orgánica, como una obligación a la neurosis y no como una tentación.
Mohr (15) ve la esencia de los estados depresivos en un conflicto entre el sentimiento del deber y la defensa contra el displacer, tal como se desarrolla en personas concienzudas y escrupulosas. (Habría que decir, desde luego, una palabra sobre la escrupulosidad antisocial.) — La curación solo puede lograrse mediante la influencia psíquica. Para el tratamiento resultan necesarios: pequeños hogares de reposo con 20-30 pacientes por médico en la zona de etapas, lejos del país; supresión de todas las demás curas, e inicio de una psicoterapia que haga del paciente el dueño de sus síntomas. — Weichbrodt (16) destaca de nuevo que la enfermedad estalla a menudo bastante tiempo después del trauma. A veces solo surge al revivir un trauma o ante la perspectiva de uno, en soldados que todavía no habían estado en campaña. En cuanto a la cuestión: ¿detrás del frente o en el país?, rechaza una decisión única. El método de Rothmann le parece afianzar la idea de enfermedad. También puede rechazarse la narcosis. Admite el método de Kaufmann. En cuanto a la hipnosis, considera decisiva la personalidad de Nonne. Su método consiste en un simple baño prolongado de 24 horas, que a veces se extendía a 40. La eficacia aumenta si el baño prolongado se administra en una sección cerrada e inquieta. El éxito afecta solo al trastorno, no a la histeria. Se prohíben las salidas y los permisos. Pocos llegan a ser aptos para el servicio de campaña; todos, aptos para su profesión. Aboga por la supresión de las pensiones. — Para oficiales este método no debería ser adecuado. — Alt (17) solo cree en la «neurosis de retaguardia». Según su estimación, el 75 % llega a ser apto para el servicio de guarnición. — Quensel (18) ve en la neurosis de guerra una combinación de una enfermedad real y una reacción a circunstancias externas. — Jolly (19) halla en el material de neurosis de guerra un 1-3 % de aptos para el servicio de campaña y destaca sobre todo el valor de la terapia ocupacional. La hipnosis se mostró poco valiosa; el tratamiento electropsíquico dio buen resultado. — Recomienda corrientes débiles unidas a ejercicios. «Lo decisivo no es cómo se da de alta a la gente, sino qué es de ella después.» Sus indagaciones dieron este resultado: de 41 histéricos, 30 quedaron d. u., tres fueron al frente, cinco quedaron g. d. y tres a. v.4 — De 23 neurasténicos, uno fue al frente, 15 quedaron g. d. f., tres a. v. y cuatro d. u. De 14 casos con trastornos leves, cinco fueron al frente y nueve quedaron g. d. f. En un tercio de estos casos de histeria la inteligencia oscilaba entre la debilidad mental leve y la imbecilidad. Este autor hace una observación sumamente importante, sin seguirla más adelante. Encuentra, en efecto, en su material un número llamativo de obreros no cualificados. También el enorme material de la Central de enfermedades nerviosas de Cracovia muestra la misma proporción. En ello se expresa, como en su contrapartida, la relativa rareza de las neurosis de guerra ostensibles en los oficiales, el hecho fundamental para la comprensión de la neurosis de que solo enferman naturalezas vacilantes, apocadas ante las tareas sociales. — Kehrer (20) abandona definitivamente la esperanza de alcanzar la aptitud para el servicio de campaña siquiera en un porcentaje apreciable de los neuróticos de guerra, pero exhorta al máximo esfuerzo para obtener obreros útiles detrás del frente. Su método se compone de todos los empeoramientos de la situación, entre ellos también la restricción de la alimentación y la dieta láctea, y de «ejercicios forzosos o por la fuerza». Censura el abuso de la corriente farádica en manos de no especialistas y está decepcionado de la psicoterapia explicativa, sin entrar más en el tipo de explicación ensayada. También él da mucho peso a la atmósfera, en la que cada uno debería decirse que sin curarse no saldrá de allí, y pone en primer lugar la autoridad militar en el tratamiento.
Sauer (21), con Frank, enlaza con las concepciones iniciales de Breuer y Freud, según las cuales la neurosis procede de un afecto estrangulado, y rechaza el punto de vista posterior de Freud sobre la etiología sexual en lo que respecta a la neurosis de guerra. Trata, pues, de reducir la «tensión afectiva» haciendo revivir el afecto en la hipnosis, e informa de curaciones que han recibido confirmación posterior mediante cartas del frente. Con razón objetó Wexberg hace años a esta teoría y a otras semejantes que quien queda tan alterado por una vivencia, un trauma, no enferma por ella, sino que ya está enfermo. Habría que considerar además la objeción de cuán poca comprensión de la naturaleza del paciente nace en esta cura, de modo que el tratamiento tendría que considerarse no etiológico, sino más bien producido por un empeoramiento inadvertido de la situación. Es también muy plausible suponer que el paciente, en estos procedimientos terapéuticos, adivina más de su vida anímica y de su meta de lo que el médico advierte, y que, en esta nueva posición, hace el giro hacia el abandono del síntoma. Con ello no se discute la idoneidad práctica del método. Hay que destacar todavía que el autor prefiere los lazaretos del interior. — Jalowicz (22) subraya la rareza de la aparición de neurosis en el frente. Entre 25 casos solo halló dos que no hubieran estado antes en tratamiento por otros padecimientos. Señala el «tono de combate» hostil a la neurosis en las primeras líneas, destaca el abuso del trauma del «sepultamiento»5 y hace constar que nunca ha visto una neurosis a raíz de un sepultamiento real. Frente a Oppenheim, vuelve a destacar la posibilidad de un paso de la simulación a la neurosis y advierte contra la evacuación demasiado rápida al país. La oposición a Oppenheim es solo aparente, pues también Jalowicz debe de tener en vista no el nacimiento de la neurosis, sino el de síntomas neuróticos en personas que al principio simulaban. La «disposición al síntoma» necesita, en efecto, para completarse, una serie de preparativos, algunos de los cuales, como muestra también la práctica de tiempo de paz, caen en el ámbito de la simulación y la agravación. Este proceso tiene lugar en el «periodo de latencia» y puede seguirse y predecirse con la mayor claridad a partir de los sueños.
Sommer (23) elimina la sordera funcional en soldados mediante un método psicológico-experimental. Mientras el paciente está sentado ante el aparato para el análisis del movimiento de los dedos, se toca de pronto una campana detrás de él. Se produce una contracción del antebrazo como prueba de que el sonido ha sido oído. — Casi todos sus casos tenían también una lesión objetiva, por ejemplo, rotura del tímpano. Sommer ve la esencia de la neurosis en una «compulsión morbosa a la supresión de los reflejos». Esto no ha de ser apenas más que una paráfrasis de los hechos. Nissl v. Mayendorf advierte en la discusión que estos soldados sordos tienen que haber sido soldados que oían. — El efecto terapéutico puede imaginarse de manera parecida al del artificio, que a menudo da resultado en casos recientes, de dejar al enfermo, tras un reconocimiento a fondo, con las palabras: «esa enfermedad no existe». — Imhofer (24) subraya la dificultad de desenmascarar a los simuladores de sordera, para lo cual hacen falta mucho tiempo, mucha observación y un médico bendecido con ocurrencias. Importarían la constitución orgánica y los antecedentes del hombre entero. La anestesia del tímpano carecería de significado. El resultado del examen del órgano del equilibrio sería significativo. Habría que recurrir además a la psicología del verdadero sordo. No ha de olvidarse la idiocia.
Erich Stern (25) pretende haber hallado la patogenia de las psiconeurosis «en una labilidad de los factores psiconeuróticos individuales», «de los que se deriva luego un equilibrio lábil de la psique en su conjunto».
Strümpell (26) distingue dos grupos de enfermedades nerviosas funcionales: 1.º, las enfermedades que no tienen directamente nada que ver con la conciencia; 2.º, las que se relacionan con un estado alterado de la conciencia. Entre las primeras cuenta la epilepsia, la corea, la eclampsia, la miastenia, la tetania, la neuralgia verdadera y la migraña, y las denomina neurosis funcionales somáticas. Le parece difícil la clasificación del tic, el temblor, la mioclonía y las neurosis vasomotora, secretora y traumática. A favor de una enfermedad orgánica hablan los fenómenos de déficit duraderos, la Ea.-R.6, la rigidez pupilar refleja, la ausencia de reflejos y el aumento patológico de los reflejos con extensión de las zonas reflexógenas. A favor de una enfermedad psicógena hablan los síntomas de irritación, las anestesias y hemianestesias características y la posibilidad de provocar ataques por sugestión. Algo de esta clasificación ha resultado probablemente demasiado exacto, por ejemplo el significado del aumento de los reflejos con extensión de la zona reflexógena, que se ve a menudo precisamente en las neurosis de guerra psicógenas, sobre todo cuando se encuentra el espasmo aprendido inconscientemente que sin duda ha llamado la atención a todo examinador.
Rothe (27) recomienda la filosofía estoica como medio para influir en los tartamudos. Dado el frecuente fracaso de todas las curas, es sin duda un punto de vista notable. Rothe busca con razón una transformación anímica del hombre entero, convencido de que «para el estoico la tartamudez es una prueba del destino de la que tiene que mostrarse digno mediante el sosiego». La debilidad de esta concepción reside evidentemente en el concepto de «prueba», pues así la raíz del mal queda sin conocerse y, en el mejor de los casos, podría desaparecer por azar, y desde luego sin que el médico lo comprenda.
Stertz (28) subraya la analogía entre las irradiaciones afectivas normales y los síntomas histéricos. Las primeras habrían de considerarse físicas, no psíquicas. El modo de reacción histérico sería independiente de alteraciones orgánicas simultáneas y nacería sobre la base de una determinada disposición. Otra condición para el estallido de la enfermedad la ve, como Charcot y Breuer, en el «estado hipnoide». La tendencia a la «fijación» podría ser un principio general de la disposición psicopatológica. Los complejos histéricos podrían existir sin deseos, representaciones de deseo, expectativas, temores. Pero si se da esto último, como en la histeria de pensión y de guerra, resulta de ello una fuente de energía que se renueva sin cesar y que mantiene la enfermedad. — La objeción obvia de si la «labilidad» de los síntomas representa, lo mismo que la «fijación», un principio general de la disposición, y cuándo entra en vigor lo uno y cuándo lo otro —punto de vista que podría llevar más hondo—, no la tiene en cuenta Stertz. Tampoco nombra el autor los medios con los que ha logrado excluir metas orientadoras del histérico. En cambio, su concepción de la histeria de pensión y de guerra se acerca a la aprehensión del concepto de «posición actual», una forma agravante de la «posición individual» del neurótico. — Zangger (29) se sitúa en la concepción que busca la curación de las neurosis mediante una corrección del carácter y una agudización de la comprensión. — Dubois (30) combate con razón, pero sin argumentos contundentes, el concepto de «conversión», que debe de proceder de Freud. Opina que «todos los trastornos nerviosos observados son fenómenos fisiológicos ordinarios del estado emocional». «Se apartan del estado normal solo por su intensidad y por su fijación.» Esto es exacto en la medida en que, en efecto, nunca percibimos fenómenos suprafisiológicos. Pero el concepto de conversión presupone otra cosa, la conservación de la energía anímica en la forma más árida, y debe su existencia solo a la circunstancia de que el médico registra como conversión toda reacción que se aparta de la suya. — Pasando por alto el hecho de una reacción individualmente adecuada a un fin, Schuster (31) llega a la conclusión de que, en los casos en que la función está alterada de modo morboso, duradera o pasajeramente, el sustrato anatómico se ha alterado de algún modo respecto de la norma.
Nonne (32) apunta solo al efecto de la desaparición de los síntomas con su tratamiento por sugestión. El método sería adecuado también para oficiales. La propensión a las recidivas sería grande. La aptitud para el servicio de campaña se lograría rara vez. El valor principal de este tratamiento consistiría en alcanzar la condición de a. v.; la pensión desaparecería. De 42 casos recientes, 26 rendían un trabajo completo, 16 seguían enfermos pero hacían trabajos ligeros, 2 recayeron. El método original de Kaufmann se habría convertido por completo en un método de persuasión, ayudado con estímulos farádicos.
Strasser (33): «Todo lo que puede desarrollarse creativamente a partir de la actividad imaginativa de un hombre puede emplearse para el complejo sintomático de una enfermedad funcional del ánimo o nerviosa. Toda actividad anímica ha de entenderse ante todo como acción preparatoria hacia el futuro. La orientación final del acontecer anímico, que solo se quería conceder a la "histeria de pensión", puede demostrarse en toda neurosis. La imaginación de un agotamiento puede manifestarse funcionalmente exactamente igual que el agotamiento mismo. El "trauma" tiene la propiedad de apartar la responsabilidad personal. De la salud llevan numerosas huellas a la enfermedad nerviosa, y casi todo el mundo se llevará a casa de una catástrofe, en una u otra forma, un memento y un aseguramiento. Individualpsicológicamente puede reconocerse siempre detrás de la neurosis al débil. Su incapacidad para insertarse en la idea de la colectividad despierta contra esta la agresión, que adopta forma neurótica. Una terapia tiene que poder resolver el conflicto fundamental entre el deber hacia el Estado y la individualidad.»
La neurosis de guerra ha puesto en acelerado movimiento las cuestiones más importantes de la psicología de las neurosis. El seguimiento del material y de los trabajos pertinentes debería conducir a concepciones más unitarias.
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Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Alfred Adler, «Die neuen Gesichtspunkte in der Frage der Kriegsneurose», Medizinische Klinik 14 (1918), n.º 3, 20 de enero de 1918, págs. 66-70 (ANNO, Österreichische Nationalbibliothek, ANNOP_mkp19180004), cotejada con las imágenes de las páginas. Reimpreso en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. XXIV. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original, sobre todo en los nombres de los autores reseñados), la lista de bibliografía y la paginación original; las abreviaturas bibliográficas se dejan como en el original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
Begehrungsvorstellungen: término de la medicina de accidentes de la época (las «ideas de deseo» o de reivindicación que se atribuían a los neuróticos de accidente, ávidos de indemnización). Adler lo vuelve aquí contra los propios médicos: sus «representaciones de fin y de deseo» (Zweck- und Begehrungsvorstellungen). (N. del T.) ↩
Etappe: la zona de etapas, retaguardia inmediata del frente, con sus hospitales y servicios; Adler sirvió como médico militar en Cracovia y otros hospitales de la monarquía. Hinterland se traduce «retaguardia» y Heimat, según el contexto, «su tierra» o «el país» (el interior). (N. del T.) ↩
Fritz Kaufmann (1875-1941) introdujo en 1916 un tratamiento de las neurosis de guerra con fuertes corrientes farádicas, órdenes militares y sugestión verbal, aplicado en una sola sesión («método de sobreimpresión»). (N. del T.) ↩
Abreviaturas de la clasificación militar alemana: d. u. = dienstuntauglich (no apto para el servicio); g. d. o g. d. f. = garnisondienstfähig (apto para el servicio de guarnición); a. v. = arbeitsverwendungsfähig (utilizable para trabajos). (N. del T.) ↩
Verschüttung: quedar sepultado por la tierra levantada por una explosión, en la trinchera o el refugio. (N. del T.) ↩
Ea.-R. = Entartungsreaktion, reacción de degeneración (signo electrodiagnóstico de lesión del nervio periférico). (N. del T.) ↩