XXVI.
Sobre la educación desde la psicología individual1
Conferencia en la Asociación Médica de Zúrich, 1918.
Sobre todo desde el punto de vista del tratamiento de las enfermedades nerviosas se pone de manifiesto qué enorme importancia tiene una comprensión bien asentada y fundada de las cuestiones educativas, y hasta qué punto es necesario también para todo médico, dentro de ciertos límites, dominar la cuestión de la educación. Precisamente al médico se le exige con razón que sea un conocedor del hombre, y las importantes relaciones entre médico y paciente fracasan regularmente cuando el médico falla como conocedor del hombre y como educador. Este punto de vista y esta concepción fueron también los que pusieron en boca de Virchow las palabras: «Los médicos han de llegar a ser un día los educadores del género humano».
Una pregunta frecuente, que se vuelve aguda en nuestro tiempo y que probablemente dentro de algún tiempo se planteará con mucha más fuerza, es la de cómo deben deslindarse las competencias entre el médico y el educador. Es sin duda importante ponerse de acuerdo sobre todo el complejo de estas cuestiones y abarcarlo con la mirada; intromisiones las hay de sobra, quizá por ambas partes. La colaboración falta por doquier.
Si nos preguntamos qué persigue la educación, el punto principal que aquí entra en consideración cae ya dentro del marco de la actividad médica. Formar a los niños como personas que obren moralmente y fomentar sus cualidades en provecho de la colectividad es algo que el médico sentirá sin duda como presupuesto evidente de su propia actuación. Y se le puede exigir que, en su actividad, todos sus pasos y todas sus medidas concuerden ante todo con ello. La dirección inmediata de la educación seguirá siendo siempre cosa de los educadores, de los maestros y de los padres, a quienes, sin embargo, hemos de exigir que se familiaricen también con aquellas cuestiones y dificultades que solo el médico puede sondear, porque tiene que extraerlas primero del contexto patológico de la vida anímica. Quiero subrayar especialmente que la enorme extensión de este campo no puede recorrerse en poco tiempo, que solo puedo rozar algunas cuestiones cuya discusión ocupará el futuro próximo antes de que sea posible una concepción unitaria de ellas. Con todo, es importante conocer aquellos puntos de vista de los que la psicología individual afirma una y otra vez que son de enorme importancia y que su incomprensión se venga en los niños a lo largo de su desarrollo.
Lo que acerca al médico de la manera más inmediata a las cuestiones educativas es la relación entre la salud anímica y la corporal. No solo en aquella generalidad con que siempre hemos oído que una mente sana habita en un cuerpo sano, concepción que no se sostiene en absoluto. Tenemos ocasión de sobra de ver niños y adultos corporalmente sanos cuyo comportamiento anímico no es en absoluto irreprochable. Pero, a la inversa, esta frase adquiere gran importancia. Es difícil, quizá imposible, que un niño de constitución débil llegue anímicamente a aquella armonía que esperamos de los niños sanos. Imagínense ustedes un niño que ha venido al mundo con órganos digestivos débiles. Los cuidados serán desde los primeros días muy precavidos y temerosos. Tales niños crecerán, pues, en una atmósfera enormemente cálida. Se verán siempre tutelados y dirigidos, y su camino en la vida aparecerá estrechado por un número enorme de prescripciones y prohibiciones. La importancia de la comida crecerá hasta lo gigantesco, de modo que ellos mismos empezarán a estimar y a sobrestimar extraordinariamente la importancia de la ingestión de alimentos y también la cuestión de la digestión. Precisamente los niños débiles del estómago y del intestino aportan un gran contingente a los niños difíciles de educar, cosa que ya los médicos antiguos sabían de siempre. Se ha afirmado que tales niños tienen que volverse nerviosos. Semejante causalidad obligatoria y forzosa no existe en modo alguno. Pero el carácter «hostil» de la vida pesa con más fuerza sobre el alma de estos niños que sufren y les presta a ellos mismos una perspectiva hostil y pesimista sobre el mundo que los rodea. Con el sentimiento de haber salido perdiendo exigen garantías más fuertes de su valer, se vuelven egoístas y pierden con facilidad el contacto con sus semejantes, porque su manera de encontrarse a sí mismos resulta demasiado opuesta a la manera de encontrar el mundo que los rodea.
Pues la tentación será enorme para el niño de compensar, en su relación con el entorno, en su actitud ante la escuela y el mundo, las molestias que experimenta por su debilidad gastrointestinal y por las frecuentes recaídas, con ventajas que trata de procurarse con su legitimación de enfermo. Adquirirá, por ejemplo, una extraordinaria inclinación a dejarse mimar. Se acostumbrará desde la más temprana infancia a que otros le aparten del camino todas las dificultades de la vida. Le costará mucho más llegar a la independencia, y por costumbre eludirá los esfuerzos mayores en todas las situaciones arriesgadas de la vida. Su valor, su confianza en sí mismo, se mostrarán desmesuradamente quebrantados. Esta actitud acompaña a tales niños hasta la más avanzada edad, y no es fácil convertir a un niño así, que quizá ha crecido durante 10, 15 o 20 años como un ser débil, como un niño mimado, en una persona animosa ante la vida, llena de iniciativa, de espíritu emprendedor y de confianza en sí misma, como lo exige nuestro tiempo.
El daño para la colectividad es sin duda mucho mayor de lo que abarcamos desde este punto de vista si no consideramos aquí solo a los niños débiles del estómago y del intestino, sino a todos los niños que han venido al mundo con órganos inferiores, que están dotados de variantes deficitarias2 de los órganos de los sentidos y que por ello encuentran de algún modo dificultado el acceso a la vida. A menudo se puede oír hablar de estas dificultades en comunicaciones biográficas o también en lo que cuentan los pacientes. En tal caso los médicos no solo tendrán que tratar la cuestión educativa anímica, sino que habrán de procurar con todas sus fuerzas, mediante algún medio auxiliar, mediante tratamiento, mediante correcciones del defecto, que se le cierre al niño a tiempo el camino hacia un sentimiento de debilidad. Lo haremos con tanto mayor empeño cuando hayamos adquirido la justificada convicción de que muchas veces no se trata de deficiencias permanentes o de una dificultad de mayor o menor grado, sino cuando recordemos también los numerosos casos en que una debilidad originaria de los órganos, pero suprimida más tarde, ha transmitido un sentimiento de debilidad duradero y deja inútil para la vida. Estas circunstancias se complican extraordinariamente porque los propios niños aspiran a alguna corrección o compensación. A muy pocos les sale bien una compensación afortunada de semejante defecto. Intentarán de un modo u otro compensar las diferencias y suplir la carencia, por ejemplo con medios culturales, a veces también, desde luego, con un aumento de toda su iniciativa y de sus fuerzas intelectuales.
En todos estos casos percibiremos también rasgos de carácter llamativos, que conducen a trastornos, por ejemplo una gran susceptibilidad anímica que provoca siempre conflictos. Se trata aquí de fenómenos de la vida diaria ante los que no podemos pasar de largo, porque dañan el espíritu y el cuerpo.
No podemos insistir con bastante energía en la angustia, en la tensión excesiva que reina en el alma infantil. Con poco esfuerzo se logra comprender a las personas que se han vuelto inútiles, su hábito intelectual de conjunto, por el hecho de que han traído su inutilidad desde el cuarto de los niños. En general, la enfermedad y el concepto de enfermedad significan para el niño mucho más de lo que solemos figurarnos. Quien esté dispuesto a abarcar el alma del niño desde este punto de vista encontrará que se trata de vivencias muy significativas, y que el estar enfermo, casi en todos los casos, no aparece como una dificultad de la vida sino como un alivio, que la enfermedad se aprecia incluso como un medio para obtener ternura y poder, ventajas de cualquier clase en casa y en la escuela.
Hay una infinidad de niños que tienen siempre el sentimiento de estar enfermizos, que se sienten siempre débiles. Y todos aquellos casos en que la persistencia de los síntomas no se explica por el hallazgo clínico atestiguan igualmente que los niños se sirven del sentimiento de la enfermedad para salir a flote de algún modo, para poder satisfacer de alguna manera sus deseos de dominio, de valer en la familia. Así, por ejemplo, en aquellos casos que después de la tos ferina siguen padeciendo largo tiempo una tos de sonido parecido, en los que encontramos también regularmente que logran, con los accesos de tos, sembrar el espanto en su entorno, caso en el que el médico se ve obligado a intervenir pedagógicamente.
Luego hay a su vez padres y educadores que adoptan el punto de vista contrario, que tratan a los niños con dureza, incluso con brutalidad, o que quieren despertar siempre en el niño la impresión de semejante dureza.
La vida es tan multiforme que a menudo vuelve a compensar los errores de los educadores. Pero a una persona cuya infancia ha transcurrido sin cariño se le notará a menudo hasta la edad más avanzada que se ha quedado vacía de amor. Presupondrá siempre con desconfianza que todos la tratarán sin cariño. Se encerrará con facilidad en sí misma y perderá la relación con los demás. A menudo esas personas invocan también su infancia sin amor, como si se vieran forzadas por ella. Naturalmente, el niño tampoco está obligado, porque sus educadores lo hayan tratado con dureza, a desarrollar su desconfianza, a mostrar a otros su frialdad tal como se la mostraron a él, o a dudar por ello de sus fuerzas. Sobre ese terreno se desarrollan de buena gana la neurosis y la psicosis. Siempre se encontrará en el entorno de tales niños a un dañino que, por incomprensión o por mala voluntad, envenena el alma del niño. Apenas otro que el médico puede imponer en tales casos un cambio de ambiente, sea mediante un cambio de lugar, sea mediante el esclarecimiento.
Pero hay complicaciones de las que uno solo se percata al penetrar más hondo, y que, una vez comprendidas, iluminan extraordinariamente el cuadro.
Así, existe una diferencia fundamental en el desarrollo anímico de un primogénito frente al segundo o a los últimos hijos. También la peculiaridad de los hijos únicos es fácil de establecer. Anímicamente se deja sentir a menudo con mucha fuerza que en una familia crezcan solo varones o solo niñas, o un niño entre puras niñas o una niña entre puros niños. Estas son las realidades y posiciones dadas de las que se deriva la actitud de los niños. A menudo es posible descubrir por su comportamiento al mayor o al menor. He comprobado casi regularmente que el primogénito encierra en sí una especie de elemento conservador. Cuenta con la fuerza, pacta con el poder y muestra cierta conciliación. Compárese la biografía de Fontane, que explica que daría algo porque alguien pudiera explicarle de dónde le viene el fenómeno de ponerse con cierta inclinación del lado del más fuerte.3 Concluí con razón, al leer este pasaje, que tenía que ser un primogénito que sentía también su superioridad sobre los hermanos como un bien intocable.
El segundo hijo encuentra siempre delante y al lado de sí a otro que puede más, que significa más, que por lo general tiene también más libertades y le es superior. Si este segundo es capaz de desarrollo, vivirá sin falta en una tensión continua para sobrepasar al primero. Trabajará literalmente como a todo vapor, sin descanso. Y, en efecto, entre los nerviosos inquietos se encuentran con llamativa frecuencia segundos hijos, mientras que el primero se enfrenta más o menos de mala gana a todas las rivalidades.
En la actitud del menor se da, en un tipo quizá predominante, algo infantil, retraimiento y vacilación, como si no se creyera capaz de los logros notables que ve o supone en los demás. Pueden ustedes deducir fácilmente de ello que se trata de la estabilización de un estado originalmente dado. Siempre tiene que ver con gente que puede más que él; no ve ante sí más que gente más importante que él. En cambio, por regla general atrae sobre sí, sin contrapartida, todo el amor y el mimo del entorno. No tiene ninguna necesidad de desarrollar sus fuerzas, pues se coloca por sí solo en el centro de su entorno. Comprendemos en seguida qué daño encierra esto para todo su desarrollo intelectual: lo esperará todo de los demás. Pero un segundo tipo del menor es el «tipo de José». Avanzando sin descanso, sobrepasa a todos con su iniciativa, que (Kunstadt)4 a menudo se aparta de lo corriente y encuentra caminos nuevos. En la Biblia y en los cuentos, el conocimiento del hombre propio del pueblo ha dotado casi siempre al menor de los dones más poderosos, de botas de siete leguas.
Importante es el comportamiento de las niñas solas entre varones. Aquí se forman tensiones tan grandes que hemos de suponer que se ofrecerá ocasión para actitudes anormales de cualquier clase. Estoy muy lejos de hablar aquí de resultados completamente cerrados. A la niña se le hace ver a menudo muy pronto que es un ser toto coelo5 distinto, que le está vedado mucho de lo que los varones pueden reclamar por naturaleza como su derecho, como su privilegio. Y no es fácil ofrecer en tal caso una compensación, por ejemplo con elogios o con mimos. Pues se trata aquí a menudo de valores afectivos que para los niños son algo esencial, insustituible. La niña será a menudo reprendida continuamente, recibirá a cada paso indicaciones y advertencias. En tales niñas se observa especialmente susceptibilidad ante la censura, intentos continuos de no dar ningún flanco, de presentarse absolutamente sin falta, y al mismo tiempo miedo a ser reconocidas en su insignificancia. También estas niñas aportan un contingente frecuente a las enfermedades nerviosas posteriores.
No ocurre de otro modo con los varones solos entre niñas. Precisamente aquí la oposición parece hacerse aún mayor. El varón es colmado por lo general de privilegios especiales. La consecuencia es que las niñas operan contra el varón aislado como en una sociedad secreta. Tales varones aislados sufren a menudo como bajo una conjura muy avanzada. Las hermanas se ríen de cada palabra suya, nunca se los toma en serio, se procura rebajar sus méritos, se exageran sus defectos, de modo que sucede con frecuencia que el muchacho pierde pronto todo su aplomo, su fe en sí mismo, y por lo general muestra escasos progresos en la vida. Se suele hablar entonces de pereza y de indolencia. Pero esto es solo la forma exterior de la manifestación, que con sus consecuencias se edifica sobre una degeneración enfermiza del ánimo, sobre una cobardía ante la vida. El punto de vista principal es que siempre tenemos que vérnoslas con personas que han perdido la fe en sí mismas o que la pierden con facilidad. Así les sucederá siempre a tales muchachos que retroceden por costumbre, que temen siempre ser objeto de burla, incluso allí donde no hay motivo. Abandonan fácilmente la carrera y se entregan a perder el tiempo o se descarrían. Igual de difícil resulta a menudo el desarrollo de un hermano mayor junto a una hermana menor.
Otro punto de vista médico atañe a la educación sexual6 de los niños. Dar para ello una fórmula unitaria no se ha logrado hasta hoy, ya por la diversidad de los hogares, de los individuos, de los círculos en que crecen los niños. Con todo, hay que tener firmemente presente una cosa. Es una injusticia, que se venga con extraordinaria facilidad, dejar crecer a los niños en la inseguridad sobre su sexo más tiempo del necesario. Y eso ocurre, cosa curiosa, con mucha frecuencia. He oído a menudo de pacientes que aún hacia los diez años no estaban nada seguros de a qué sexo pertenecían. En todo su desarrollo se insinuó el sentimiento de que no habían nacido como niños o niñas igual que los demás y de que tampoco se desarrollarían así. Esto significa para ellos una seguridad7 tan enorme que a tales niños se les nota en cada movimiento. Y algo parecido ocurre con las niñas. Hay algunas que crecen hasta los ocho, diez, doce, catorce años en la inseguridad sobre su sexo, y que en su fantasía se siguen figurando de algún modo que más tarde podrían volverse masculinas. Este hecho se ve confirmado también por ciertos relatos de la literatura.
En tales casos se perturba un desarrollo seguro. La infancia transcurre en esfuerzos por ayudar artificialmente al papel sexual, por darle forma masculina, o por eludir decisiones estrictas que podrían acabar en una derrota. Una inseguridad de fondo se muestra claramente o se delata en movimientos arrogantes y exagerados. Las niñas adoptan una actitud masculina, fuerzan con predilección un comportamiento que para ellas y para todo el entorno pasa por característico de los varones. Retozan con enorme predilección, no solo en la forma inofensiva e infantil que gustosamente concedemos a los niños, sino de manera compulsiva, subrayada, con una inclinación tan inalterable que ya muy pronto les parece a los padres una degeneración enfermiza. También los varones se muestran presas de este vértigo, pero, aleccionados por las resistencias, por lo general dan la vuelta y adoptan pronto una actitud insegura y vacilante o se entregan a remilgos de niña. El erotismo que despierta adopta entonces en ambos sexos rasgos antinaturales, a menudo perversos, paralelos a su actitud general.
Algo habría que decir todavía sobre los fenómenos que se suelen designar como obstinación.8 En este terreno de la obstinación caen una infinidad de signos que el médico considera ya enfermedad. Así, las formas a menudo bastante avanzadas de negativa a comer, e incluso formas de revuelta en la evacuación intestinal o en la micción. Todos los síntomas enfermizos que luego observamos de forma más acusada, por ejemplo como enuresis, o también como estreñimiento inexplicable e invariable, se basan muy a menudo en una obstinación tan arraigada de los niños, que querrían aprovechar cualquier ocasión para sustraerse a una supuesta coacción que se ejerce sobre ellos, porque sienten toda coacción como menoscabo, como humillación. La negativa a someterse sin más a las exigencias de la civilización la sienten como satisfacción, como signo de peso de su importancia. Nosotros la interpretamos como expresión de su revuelta. La prueba es fácil de hacer: nunca echaremos de menos otros rasgos de obstinación. Esto vale también para malas costumbres más inofensivas, como hurgarse la nariz, el desaliño, morderse las uñas. Las malas costumbres se nos han convertido en una clara indicación de un desarrollo que se ha formado en oposición a las exigencias de la comunidad. ¡Nunca falta el antagonista! El síntoma se configura casi siempre a partir de insuficiencias funcionales originarias.
Es extraordinariamente interesante seguir toda la línea que se forma cuando consideramos las distintas transformaciones de la elección de profesión en los niños, cómo, por ejemplo, en las niñas pequeñas va de princesa, bailarina y luego maestra, y termina al final, quizá algo resignada, en el papel de ama de casa. A menudo se encuentra en hijos ya adultos que su elección de profesión no se orienta en realidad más que a ponerse en algún tipo de oposición,9 por ejemplo, con las propuestas del padre. Naturalmente, este antagonismo nunca se desarrolla abiertamente. La lógica cae bajo la presión de la intención final hostil. Se destacan especialmente las ventajas de una profesión y se subrayan con especial fuerza los inconvenientes que acaso tiene la otra. De este modo se puede argumentar a favor y en contra de todo. También este punto de vista requiere ser tenido muy en cuenta. En lo que se refiere a la orientación profesional y la elección de profesión, el médico está además extraordinariamente implicado desde otro lado. Tiene que tener en cuenta en primer lugar la aptitud corporal. Pero el factor anímico entra igualmente en consideración, y en muchos casos predomina.
Es cosa extraordinariamente penosa correr detrás de cada persona malograda, aquejada de una enfermedad nerviosa o de una psicosis, para mejorarla, para curarla. En ello hay un enorme derroche de energía, y ya sería hora de que nos volviéramos más hacia la profilaxis. Perspectivas seguras las hay ya de sobra. Mediante la educación tanto de los padres como de los médicos hemos intentado una y otra vez influir en ese sentido. Pero es urgentemente deseable un resultado mejor ante la enorme acumulación de los fenómenos neuróticos y psicóticos, en particular ante el descarrío de la juventud.10 Lo indicado sería ante todo dar a conocer y poner en práctica las concepciones expuestas, que fluyen de la psicología individual, su arte del conocimiento del hombre y de la educación, para que cada uno pudiera ayudar según sus fuerzas y posibilidades. Las anomalías del desarrollo anímico, que al principio se nos presentan como malas costumbres, dan lugar a menudo más tarde a las formas más graves de las enfermedades nerviosas y del delito.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Über individualpsychologische Erziehung» (conferencia en la Asociación Médica de Zúrich, 1918), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXVI, págs. 221-227. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo; las adiciones y notas del traductor van entre corchetes o señaladas como «N. del T.».
El título alemán, Über individualpsychologische Erziehung, dice literalmente «Sobre la educación individualpsicológica», es decir, conforme a la psicología individual de Adler. (N. del T.) ↩
Minusvarianten: variantes «en menos», es decir, por debajo de la norma, de los órganos de los sentidos. (N. del T.) ↩
Theodor Fontane (1819-1898), novelista alemán, hijo mayor de su familia; Adler alude a sus escritos autobiográficos (Meine Kinderjahre, 1894). (N. del T.) ↩
Así, entre paréntesis y espaciado, en el original: probablemente la referencia a un autor o a un caso (Kunstadt), que la impresión no aclara. (N. del T.) ↩
En latín en el original: «por todo el cielo», es decir, completamente distinto. (N. del T.) ↩
Sexuelle Aufklärung: literalmente «ilustración sexual», la información a los niños sobre las cuestiones sexuales. (N. del T.) ↩
Así en el original (Sicherheit); el sentido pide «inseguridad» (Unsicherheit), y se trata probablemente de una errata de la impresión. (N. del T.) ↩
Trotz: obstinación, terquedad, espíritu de contradicción del niño. (N. del T.) ↩
El original imprime Gegegensatz, errata por Gegensatz («oposición»). (N. del T.) ↩
Verwahrlosung: el abandono o desamparo moral de niños y jóvenes que los conduce a la conducta asocial y a la delincuencia; se traduce por «descarrío» y verwahrlost por «descarriado». (N. del T.) ↩