Mentira vital y responsabilidad en la neurosis y la psicosis.

Una contribución a la melancolía.

Por el Dr. Alfred Adler.

Si este trabajo culmina, en última instancia, en la concepción de que todas las enfermedades psicógenas que contamos entre las neurosis y las psicosis son evidentemente síntomas de orden superior y, como tales, representaciones y configuraciones de líneas de vida individuales, a su fundamentación detallada se dedicará un trabajo posterior. Pero tampoco en el curso de la presente investigación podrá evitarse contar con este presupuesto provisional, para lo cual me apoyo con gusto en la opinión de autores reconocidos. Así, por ejemplo, Raimann, por nombrar solo a un psiquiatra, ha vuelto a señalar recientemente con energía la relación entre individualidad y psicosis. Asimismo, el desarrollo de la psiquiatría deja ver una progresiva confusión de las fronteras. Los tipos ideales desaparecen de la literatura y de la práctica. También puede citarse aquí la «unidad de las neurosis» que he subrayado. Nos acercamos, sin duda, en general a una concepción fundamental a la que nuestra psicología individual ha contribuido notablemente: que el método nervioso de vida echa mano, con una regularidad que parece ineludible y que tiene su fundamento individual, de los medios de la neurosis o de la psicosis para poder imponerse.

Ahora bien, los resultados psicológicos de nuestra psicología individual son muy adecuados para apoyar esta concepción. Pues nos indican, en uno de sus resultados finales, que el paciente construye su mundo interior, que contrasta con la realidad, sobre la base de una perspectiva individual equivocada. Pero esta, que le dicta su actitud ante la sociedad, nos resulta siempre humanamente comprensible, y en otra elaboración es de todos conocida; y no pocas veces uno se acuerda de aquellos que, en la vida o en la literatura, han pasado cerca de tales abismos. Hasta ahora no existe la menor prueba de que una herencia, una vivencia o un medio obliguen a la neurosis, ni mucho menos a una neurosis determinada. Esta obligación etiológica, a la que nunca le falta la tendencia personal, solo existe más bien en la suposición, ya rígida, del paciente, que asegura de este modo su consecuencia neurótica o psicótica y, con ello, la cohesión de su enfermedad. Podría también pensar, sentir y obrar de manera menos etiológica si no se viera empujado a esta pista por su meta, por el quinto acto que tiene ante los ojos. Pero, entre otras cosas, su plan de vida exige categóricamente que fracase por culpa ajena, que en ello quede suprimida su responsabilidad personal1, o que solo una pequeñez fatal impida su triunfo.

Lo que hay de humano en general en este anhelo salta a la vista. El individuo ayuda con sus medios, y así recorre todo el contenido de la vida la corriente tranquilizadora, aseguradora del sentimiento de sí, de la mentira vital. Toda cura terapéutica, y más aún todo intento torpe y brusco de mostrar la verdad al paciente, lo arranca de la cuna de su irresponsabilidad y ha de contar con la más violenta resistencia.

Esta actitud, que hemos expuesto a menudo, brota de la «tendencia a la seguridad» del paciente y muestra su inclinación a los rodeos, las detenciones y las retiradas en cuanto se trata de decisiones socialmente necesarias. El clínico conoce bien todas las escapatorias y pretextos de que se sirve el enfermo para volver la espalda a sus tareas o a sus propias expectativas. Nuestros trabajos han iluminado con nitidez estos problemas y los han puesto de relieve. Y solo encontramos pocos casos en que la culpa ajena parezca faltar. Entre ellos se imponen ante todo los cuadros clínicos de la hipocondría y de la melancolía.

Como hilo conductor sumamente útil para hacer más transparente un cuadro clínico psicógeno puedo considerar el plantear la pregunta por el «antagonista». La respuesta a esta pregunta nos muestra al enfermo psicógeno, no ya en su aislamiento artificial, sino en su sistema socialmente dado. Se desprende entonces fácilmente la tendencia combativa de la neurosis y de la psicosis, y lo que de otro modo podía valer como término de la consideración, la enfermedad particular, se coloca ahora en el lugar que le corresponde: como un medio, un método de vida, como síntoma al mismo tiempo del camino que sigue el paciente para llegar a la meta de la superioridad o para sentirla como algo que le corresponde.

En algunas psicosis, pero también en pacientes neuróticos, el ataque y a la vez la acusación no van dirigidos contra una sola persona, sino contra una pluralidad, a veces también contra toda la humanidad o contra el orden del mundo. Esta conducta se manifiesta con toda nitidez en la paranoia. El completo apartamiento del mundo, pero con él, al mismo tiempo, la condena de este, es lo que se pretende en la demencia precoz. De modo más encubierto y limitado a unas pocas personas transcurre la lucha del hipocondríaco y del melancólico. Ahí el punto de vista de la psicología individual nos ofrece un campo visual lo bastante amplio para comprender también en estos casos los artificios correspondientes. Así, cuando un hipocondríaco que envejece consigue sustraerse al trabajo en el que teme desengaños y, al mismo tiempo, retener en casa a una pariente y forzar su sacrificio. La distancia respecto de la decisión —sobre su talento de escritor— es lo bastante grande como para no pasar inadvertida. La subraya con una agorafobia extraordinariamente eficaz. ¿Quién tiene la culpa? Nació en el año de la revolución y jura por esta tara hereditaria.2 Sus trastornos digestivos son, en la jerarquía de los medios, auxiliares esenciales de su afán de dominio sobre el entorno y de su tarea de perder el tiempo. Se producen tragando aire y mediante un estreñimiento tendencioso.

En un industrial de 52 años estalla una melancolía cuando, una noche, su hija mayor sale a una reunión social sin despedirse de él. Este hombre siempre había cuidado de que su familia lo reconociera como cabeza de familia, y desde siempre había obtenido por la fuerza, mediante molestias hipocondríacas, servicios exactos y una obediencia estricta. Su estómago nervioso no toleraba la comida de fonda. Así que su mujer se veía obligada, cuando él hacía excursiones, «a las que le movía su estado de salud», a prepararle la comida en una cocina alquilada en el campo. Con ocasión del proceder «poco filial» de su hija, su envejecimiento se le apareció como un estado de debilidad. Su prestigio amenazaba con hundirse. Entonces la melancolía que se desencadenó mostró a la hija su culpa y a toda la familia la importancia de su capacidad de trabajo bajo la luz más clara. — Había encontrado el camino para inventar y forzar el nimbo que, en virtud de los hechos, parecía faltarle. Y estaba en camino hacia la irresponsabilidad, por si su papel personal fallaba.

Un fabricante de 70 años había presentado, a medida que envejecía, casi cada dos años un estado de melancolía que duraba siempre algunas semanas. Como el caso anterior, también este empezó a enfermar cuando, por una aventura desafortunada, su prestigio amenazó con hundirse; y también él descuidó su profesión y alarmó a su familia, que dependía de su trabajo, con quejas incesantes sobre una ruina inminente. La situación que creaba de este modo se parecía como dos gotas de agua a una violencia ejercida sobre su entorno. Todo reproche y toda crítica enmudecieron ante él, quedó sustraído a la responsabilidad por su aventura irreflexiva, y su importancia como sostén de la familia quedó clara para todos. Cuanto más se hacía valer su melancolía, cuanto más violentamente se quejaba, tanto más subía en valor, de modo que en realidad no debía encontrar límite alguno. Sanó cuando se hubo disipado el disgusto por su aventura. — En adelante, la melancolía apareció siempre que se encontraba en una situación financiera no del todo segura, una vez también con ocasión de una intervención de la administración de hacienda, y su estado mejoraba en cuanto las sombras habían pasado. Era fácil ver que practicaba ante su familia una política de prestigio, buscando cobertura en la melancolía ante las decisiones peligrosas. Así estaba disculpado y libre de responsabilidad si algo salía mal, y encontraba la resonancia más fuerte entre los suyos, sobre todo cuando todo terminaba felizmente. También este caso muestra claramente el síntoma de la «actitud vacilante» descrito en el cuaderno anterior de esta revista y la construcción de la «distancia» ante una decisión.

Señalemos también muy brevemente el caso de melancolía expuesto en el acta del 13 de diciembre de 1913 (cuaderno I de esta revista).

Antes de entrar en la descripción del último caso de melancolía que he observado, intentaré trazar con más nitidez, desde el punto de vista de la psicología individual, el mecanismo de la melancolía e iluminar en un punto determinado su contraste con la paranoia. Una vez establecidos el condicionamiento social y la posición de combate de la melancolía, se ve pronto también la meta de superioridad que hipnotiza al enfermo. El camino que emprende para ello resulta, sin embargo, extraño al principio: se empequeñece, anticipa una situación de la más profunda miseria y extrae, al identificarse con ella, el afecto de la tristeza y el gesto del quebrantamiento3. Esto parece una contradicción frente a la afirmación de un ideal de grandeza. Pero de hecho la debilidad, llevada hasta el aniquilamiento, se convierte para él en un arma terrible para hacerse valer y para sustraerse a la responsabilidad. Una realización como la de la melancolía pura me parece por eso una obra de arte sobresaliente; solo que le falta la conciencia de la creación, y que el paciente ha crecido desde la infancia dentro de esta actitud. Esta actitud melancólica, que puede seguirse hasta la época más temprana del paciente y que se revela como un artificio, como un método de vida que surge por sí mismo y que en una fase de inseguridad del paciente aparece como línea directriz rígida, consiste en realidad en el afán de imponer a los demás la propia voluntad anticipando la propia ruina. Con este fin el paciente asume todos los costes, los paga con todas sus posibilidades corporales y psíquicas, perturba su sueño y su alimentación para venirse abajo y aportar así la legitimación por la enfermedad, y lo mismo la función intestinal y urinaria, y llega consecuentemente en este afán hasta el suicidio. Otra prueba de la naturaleza agresiva de la melancolía la encontramos en los impulsos homicidas que aparecen ocasionalmente y en la frecuente irrupción de rasgos paranoicos en la actitud melancólica. Entonces la «culpa del otro» se manifiesta con más claridad, como en el caso de una paciente que se creía condenada a morir de cáncer porque su marido la había obligado a visitar a una pariente enferma de cáncer. Si resumimos lo anterior, se nos presenta como diferencia entre la actitud melancólica y la paranoica que, en la primera, el paciente siente aparentemente en sí mismo la culpa, mientras que el paranoico acusa al otro. Completamos, para llegar a comprenderlo: cuando no logra imponer su superioridad. Señalemos de paso que estos dos tipos son humanos en general y están muy extendidos, en cuanto se aguza la mirada para verlos.

La menor influenciabilidad psíquica de las psicosis fracasa, por tanto, ante su meta de superioridad captada con más fuerza. La «incorregibilidad» de las ideas delirantes, subrayada con razón, se deriva consecuentemente de la meta hipnotizadora. Y ya pudimos mostrar cómo el enfermo psicótico logra regularmente, interponiendo la distancia, asegurar su sentimiento de la personalidad mediante una mentira vital. También la curación de la neurosis solo se consigue cuando el paciente es capaz de atenuar su idea directriz con un «aproximadamente». Una «persuasión» dirigida contra los síntomas solo puede tener éxito, por tanto, si el paciente ya tiene disposición a dejarse curar, o si consigue aflojar su meta sin darse cuenta e imperceptiblemente. En la idea delirante no hay, por lo que vemos, error alguno. Está impuesta por la idea directriz y satisface su fin último: hacer irresponsable y asegurar el sentimiento de la personalidad mediante la distancia. Un examen lógico no puede hacerle nada, porque cumple su fin como un modus dicendi et vivendi probado.

El último melancólico que he examinado descubrió, en un sueño soñado al comienzo de la cura, todo el arreglo de su enfermedad. Había enfermado cuando, desde un puesto directivo, fue trasladado a otro lugar donde tenía que acreditarse primero. Doce años antes, cuando tenía 26 años, había enfermado de melancolía con un motivo semejante. El sueño decía: «Estoy en la pensión donde como siempre a mediodía. Una muchacha que me interesa desde hace tiempo sirve la comida. De repente noto que el mundo se hunde. Entonces me asalta la idea de que ahora podría violar a la muchacha. Pues estaría libre de responsabilidad. Cometido el hecho, resulta que el mundo no se había hundido». — La interpretación es obvia. Nos enteramos de que el paciente esquiva también toda decisión en la vida amorosa. También él había jugado a menudo con pensamientos sobre el fin del mundo. El sueño indica, con un disfraz sexual, que tiene que creer en su ruina para poder triunfar. Al mismo tiempo crea una situación de irresponsabilidad. La frase final muestra al paciente en camino de alcanzar su meta mediante un arreglo ficticio, mediante un «como si», mediante una tentativa a modo de prueba4, mediante la violencia ejercida sobre otros.

¡Ahora podemos pasar a construir la línea directriz de este paciente! Se nos delata como un hombre que no cree en sí mismo, que no espera abrirse paso por el camino recto. Así pues, tanto en su vida anterior como en el ámbito del estadio melancólico actual tendremos que estar preparados para verlo desviarse del camino recto hacia una meta. Y podremos suponer que levantará una distancia entre sí y el camino recto hacia la meta. Quizá esté también justificada la suposición de que, ante una decisión, tenderá hacia una «situación ideal» en la que pueda sustraerse a toda responsabilidad mediante la espera segura de una ruina inminente, y de que solo recobrará el ánimo de vivir cuando tenga asegurada la victoria. Esta consideración, obtenida del sueño, coincide con la concepción de la melancolía desarrollada más arriba. Al mismo tiempo queremos señalar que esta actitud es típica, hasta cierto grado, de gran parte de las personas y se encuentra también a menudo en los neuróticos. Se debe a la especial fuerza y exclusividad de la idea directriz de superioridad que la irresponsabilidad, y con ella las ideas incorregibles, sean impulsadas hasta la altura de la psicosis. Por tanto, podemos suponer provisionalmente también un grado especial de terquedad y de afán de dominio antisocial. A nuestras preguntas, el paciente niega tener tales rasgos de carácter.

De sus recuerdos mencionaré los siguientes: de joven, una vez cayó al suelo con su pareja de baile, y se le resbalaron de la nariz los quevedos. Todavía tendido, alarga la mano hacia ellos, pero por precaución sujetó con la otra mano a su pareja contra el suelo, lo que dio lugar a una escena desagradable. En este caso pueden apreciarse ya el rasgo antisocial y la tendencia a la violencia. Los medios habituales volverán a brillarnos en un recuerdo infantil de los más antiguos. Dice así: «Estoy tendido en el diván y lloro muchísimo tiempo5». Sobre este recuerdo el paciente no sabe decir nada. Pero sí su hermano mayor, que confirma vivamente la terquedad y el afán de dominio del paciente y, al pedírsele pruebas, cuenta espontáneamente cómo el paciente, ya de niño, lo había obligado con su llanto incesante a cederle el diván entero.

No puedo detenerme aquí en detalle en cómo este paciente perturbó su sueño, su alimentación y su función intestinal hasta el punto de venirse abajo y aportar la prueba visible de enfermedad. Ni tampoco en cómo, planteando condiciones y garantías imposibles de cumplir, procuraba hacer sentir a sí mismo y a los demás que su situación no tenía salida, ni en cómo vivía cada paso de sus allegados y la intervención del médico como un nuevo perjuicio. Llegó incluso a negarse toda capacidad y toda posibilidad de subsistencia, pero consiguió precisamente con ello que su familia y todos sus conocidos se pusieran a su servicio y se dejaran forzar, viéndose obligados a hacer dóciles a sus superiores y a procurarle un puesto en el que pudiera volver a hacer de gran señor. Su lucha iba, pues, contra los funcionarios que estaban por encima de él, y su camino pasaba por un estadio de irresponsabilidad hasta forzarlos. Entonces, alcanzada su meta, se dejará convencer de que el mundo no se ha hundido.

En mi libro Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso] he demostrado en casos aislados como condiciones fundamentales de la formación delirante:

  1. Un sentimiento reforzado de inseguridad e insuficiencia ante una decisión inminente.

Como consecuencias: 2. Una abstracción más fuerte de la realidad y desvalorización de la realidad.

  1. Refuerzo de la línea directriz que conduce a la meta ficticia de la superioridad.

  2. Anticipación de la imagen directriz.

Respecto de la melancolía, puede completarse, en relación con lo expuesto en el punto 4, que el enfermo intenta aproximarse a la imagen directriz, que ha puesto a prueba, del niño desvalido, débil y necesitado, al que, según su experiencia individual, siente como el poder más fuerte y más coercitivo. De acuerdo con ello se le configuran la actitud, los síntomas y la irresponsabilidad.

La ciencia psiquiátrica encuentra como carácter más esencial de las psicosis la falta de un «motivo» o de un «motivo suficiente». Esta toma de posición unánime nos hace recelar. Pues el problema del «motivo» nos es conocidísimo en la psicología individual y casi nunca desaparece de nuestras discusiones. Otro progreso de la psiquiatría moderna, el lugar determinante que concede a la individualidad y al carácter, conduce a nuestros problemas.

Pues la pregunta más importante de la vida psíquica sana y enferma no es: ¿de dónde?, sino: ¿adónde? Y solo cuando conocemos la meta operante y orientadora de una persona podemos atrevernos a comprender sus movimientos, que valen para nosotros como preparativos individuales.

En la clara formulación de la escuela psiquiátrica vienesa, la definición de la melancolía (véase Pilz, Spezielle gerichtliche Psychiatrie [Psiquiatría forense especial], Deuticke, 1908) dice así: «Lo esencial de la melancolía es una distimia primaria, es decir, no motivada por acontecimientos exteriores, triste y angustiosa, con inhibición del proceso del pensamiento». Adhiriéndonos plenamente a esta concepción, el resultado de nuestra consideración nos lleva a destacar con más fuerza la motivación por la meta y por las líneas directrices singulares, que han de comprenderse individualmente, y con ello también la actividad encubierta de la melancolía. En su cuadro se encuentran la «actitud vacilante» y el «avance hacia atrás» en su forma más acabada, ambos condicionados por el «miedo a la decisión». La melancolía se nos muestra, por tanto, como un intento y un artificio para despachar por rodeos el «resto», la «distancia» del individuo respecto de su meta real de superioridad. Esto ocurre, como en toda neurosis y psicosis, asumiendo voluntariamente los «costes de la guerra». Y así esta enfermedad se parece también a un intento de suicidio, en el que a veces desemboca. Las inhibiciones del pensamiento y del habla, el estupor y la actitud corporal hacen especialmente palpable el cuadro de la «actitud vacilante», y señalan también, como perturbaciones intencionadas de funciones sociales, la restricción del sentimiento de comunidad. La angustia sirve, como siempre, de aseguramiento, de arma y de prueba de enfermedad; los paroxismos de ira, el raptus melancholicus,6 irrumpen a veces como manifestaciones del fanatismo de la debilidad y signos de la actividad encubierta; las ideas delirantes remiten a las fuentes de la fantasía tendenciosa que, al servicio de la enfermedad, suministra y dispone los afectos del paciente. Inconfundible se nos aparece además7 el mecanismo de la anticipación, la identificación con el papel del hombre que ya se está hundiendo. El padecimiento se manifiesta con más fuerza en las horas de la mañana, es decir, en cuanto el enfermo ha de entrar en la vida.

A los observadores de extraordinaria experiencia no se les ha escapado en modo alguno la «posición de combate» del melancólico. Pilz, por ejemplo (l. c.), menciona entre otras cosas cómo los tormentos de conciencia de los enfermos tienen a veces como consecuencia donaciones y disposiciones testamentarias absurdas. Nosotros solo negamos lo «absurdo». Esta psicosis, aparentemente tan pasiva, rebosa de rencor y de tendencia a la desvalorización, y el enfermo, cuando quiere castigar a sus allegados, tiene también los remordimientos necesarios para ello, a fin de escapar a su responsabilidad.

La historia previa de nuestros pacientes nos muestra con gran claridad que todos pertenecen a un tipo que no pone su corazón en nada, que pronto se siente desarraigado y pierde fácilmente la fe en sí mismo y en los demás. Ya en sus días sanos muestran una conducta vacilante, retroceden ante toda responsabilidad y van armando una mentira vital cuyo contenido es la propia debilidad, pero cuyo efecto es la lucha contra los demás.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado publicado en Internet Archive: Alfred Adler, «Lebenslüge und Verantwortlichkeit in der Neurose und Psychose. Ein Beitrag zur Melancholie», Zeitschrift für Individualpsychologie, vol. I, cuaderno 2, mayo de 1914, págs. 44-53. Reimpreso en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. XX. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Lebenslüge se traduce por «mentira vital», Verantwortlichkeit por «responsabilidad», Unverantwortlichkeit por «irresponsabilidad», Vergewaltigung por «violencia» o «forzar» (y por «violar» en el sueño, donde tiene sentido sexual), Gegenspieler por «antagonista», Veranlassung por «motivo» y Kriegskosten por «costes de la guerra». Las demás equivalencias siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».

  1. Véase «Das Distanzproblem» [El problema de la distancia] en el cuaderno 1 de esta revista. ↩

  2. El año de la revolución es 1848; el paciente tendría, pues, unos 65 años. (N. del T.) ↩

  3. Como el actor en Hamlet: «¡Llora! ¡Por Hécuba! ¿Qué es Hécuba para él?». El psicótico nos revela, pues, no de otro modo que el nervioso, en sus quejas también su «arreglo». ↩

  4. Véase «Traum und Traumdeutung» [Sueño e interpretación de los sueños], Österreichische Ärztezeitung, 1913, y la teoría del sueño del autor en Der nervöse Charakter, Bergmann, Wiesbaden, 1912. ↩

  5. He señalado la configuración o retención tendenciosa de los primeros recuerdos infantiles (Der nervöse Charakter, l. c., y Schrecker [Congreso de Psicoterapia de Viena, 1913]). ↩

  6. El original imprime «raptus melancholies»; se corrige según la reimpresión de 1920 («Raptus melancholicus»), crisis de agitación violenta en el curso de la melancolía. (N. del T.) ↩

  7. El original de 1914 dice «Unverkennbar schadet uns ferner» («inconfundiblemente nos perjudica además»), probable errata; se sigue la lectura de la reimpresión de 1920, «scheint» («se nos aparece»). (N. del T.) ↩