Sueño e interpretación de los sueños1.

Por el Dr. Alfred Adler.

(Conferencia pronunciada en septiembre de 1912.)

Un problema antiquísimo, que puede rastrearse hasta la cuna de los pueblos. Necios y sabios lo han intentado, reyes y mendigos quisieron ensanchar los límites de su conocimiento del mundo mediante la interpretación de los sueños. ¿Cómo nace un sueño? ¿Cuál es su función? ¿Cómo pueden leerse sus jeroglíficos?

Egipcios, caldeos, judíos, griegos, romanos y germanos escucharon el lenguaje rúnico del sueño; en sus mitos y en sus obras poéticas han quedado grabadas a menudo las huellas de su afanosa búsqueda de una comprensión del sueño, de su interpretación. Una y otra vez parece pesar sobre todos los cerebros, como una fuerza que hechiza, la idea: ¡el sueño puede revelar el futuro! Las célebres interpretaciones de sueños de la Biblia, del Talmud, de Heródoto, de Artemidoro, de Cicerón, del Cantar de los Nibelungos expresan con indudable seguridad la convicción: ¡el sueño es una mirada al futuro! Y toda cavilación sigue el camino de cómo habría que empezar a interpretar bien el sueño para atisbar lo venidero. Hasta el día de hoy, la idea de querer saber lo que no puede saberse se asocia regularmente a la reflexión sobre un sueño. Que nuestra época de pensamiento racionalista rechazara externamente tal afán de querer desvelar el futuro y se riera de él es más que comprensible, e hizo también que ocuparse de las cuestiones del sueño pudiera fácilmente echar sobre el investigador la maldición del ridículo.

Ante todo, para delimitar el campo de batalla, debe subrayarse que el autor no sostiene en modo alguno que el sueño sea una inspiración profética y pueda revelar el futuro u otras cosas que no pueden saberse. Al contrario, su amplio trato con los sueños solo le enseña una cosa: que también el sueño, como cualquier otro fenómeno de la vida anímica, se produce con las fuerzas dadas del individuo. Pero en el mismo instante surge aquí una pregunta que nos enseña que la perspectiva sobre la posibilidad de sueños proféticos no era nada sencilla de plantear, que más bien es capaz de confundir que de aclarar. Y esa pregunta, en toda su dificultad, dice así: ¿está realmente vedado al espíritu humano mirar al futuro dentro de ciertos límites?

La observación sin prejuicios nos da aquí extrañas lecciones. Si se plantea esta pregunta sin rodeos, el hombre la negará por regla general. Pero no nos preocupemos por una vez de las palabras y los pensamientos que se expresan verbalmente. Preguntemos a las otras partes del cuerpo, invoquemos sus movimientos, su actitud, sus acciones, y obtendremos una impresión muy distinta. Aunque negamos poder mirar al futuro, toda nuestra conducta de vida es tal que nos delata cómo queremos saber de antemano, con seguridad, hechos futuros. Nuestro obrar muestra claramente que —right or wrong— nos aferramos a nuestro saber del futuro. ¡Más aún! Es fácil demostrar que ni siquiera podríamos actuar si la configuración futura de las cosas —querida o temida por nosotros— no nos diera la dirección y el estímulo, el rodeo y el obstáculo. Actuamos ininterrumpidamente como si supiéramos con seguridad el futuro, aunque comprendemos que no podemos saber nada.

Partamos de las pequeñeces de la vida. Cuando me compro algo, tengo el presentimiento, el regusto anticipado, la alegría anticipada. A menudo es solo esta firme creencia en una situación sentida de antemano, con sus agrados o sus sufrimientos, la que me hace actuar o detenerme. Que pueda equivocarme no debe estorbarme. O me dejo retener para sopesar de antemano, en la duda que despierta2, dos posibles situaciones futuras, sin llegar a decidirme. Cuando hoy me acuesto, no sé que mañana será de día cuando despierte, pero me atengo a ello.

¿Lo sé de verdad? ¿Del modo en que sé que ahora estoy ante ustedes y hablo? No, es un saber muy distinto; en mi pensamiento consciente no se encuentra, pero en mi actitud corporal, en mis disposiciones, sus huellas están claramente grabadas. El investigador ruso Pávlov pudo mostrar que los animales, cuando esperan un alimento determinado, segregan por ejemplo en el estómago las sustancias correspondientes, necesarias para la digestión, como si el estómago supiera de antemano qué alimento va a recibir. Pero eso quiere decir que nuestro cuerpo, del mismo modo, tiene que contar con una especie de conocimiento del futuro si quiere cumplir, actuar; que toma disposiciones como si supiera el futuro de antemano. También en este último caso, este cálculo del futuro es ajeno al saber consciente. ¡Pero reflexionemos! ¿Llegaríamos a actuar si tuviéramos que captar el futuro con nuestra conciencia? ¿No serían la reflexión, la crítica, el continuo sopesar los pros y los contras una traba insuperable para lo que en realidad necesitamos, la acción? Por consiguiente, nuestro supuesto saber del futuro tiene que mantenerse en el inconsciente. Hay un estado de constitución anímica patológica —está muy extendido y puede presentarse en los grados más diversos—, la manía de la duda, la cavilación compulsiva, la folie de doute, en el que efectivamente la necesidad interior empuja al paciente a buscar en todo el único camino correcto para asegurar su grandeza, su sentimiento de la personalidad. El examen minucioso del propio destino futuro pone de relieve hasta tal punto su inseguridad, el pensar anticipado se hace consciente hasta tal punto, que se produce un contragolpe: la imposibilidad de captar el futuro consciente y seguramente llena al paciente de inseguridad y de duda, y cada una de sus acciones se ve perturbada por una consideración en sentido contrario. El polo opuesto lo forma el delirio de grandeza cuando estalla, en el que una meta del futuro secreta, por lo demás inconsciente, sobresale con fuerza y violenta la realidad.

Que el pensamiento consciente desempeña en el sueño un papel menor no necesita demostración. Del mismo modo calla la crítica de los órganos de los sentidos, ahora dormidos. ¿Sería impensable que entonces las expectativas, los deseos, los temores ligados a la situación presente del soñador salieran a la luz en el sueño de manera menos velada?

Un paciente aquejado de una tabes grave, cuya capacidad de movimiento y sensibilidad estaban muy limitadas y que además había quedado ciego y sordo a causa de la enfermedad, había sido llevado al hospital. Como no había posibilidad alguna de entenderse con él, su situación debía de ser sumamente extraña. Cuando lo vi, pedía cerveza a gritos sin cesar y cubría de groseros insultos a una tal Ana. Su aspiración inmediata y el modo de imponerla estaban bastante intactos. Pero si uno se imagina funcionando alguno de los órganos de los sentidos, está claro que no solo sus manifestaciones, sino también el curso de sus pensamientos habrían sido muy distintos. La supresión de la función de los órganos de los sentidos que tantean la realidad se hace notar, pues, en el sueño en varias direcciones: ante todo, en un desplazamiento del escenario, y además en una aparición más desinhibida de la meta. Esto último conduce necesariamente, frente a la vida en vigilia, a refuerzos y subrayados del querer, a expresiones análogas pero más marcadas y a exageraciones, que sin embargo, a causa de la cautela del soñador, pueden ir acompañadas a su vez de restricciones o inhibiciones. También Havelock Ellis («Die Welt der Träume» [El mundo de los sueños], Würzburg, Kabitzsch, 1911), que aduce otras razones explicativas, destaca esta circunstancia. Desde otros puntos de vista puede entenderse, en el caso anterior lo mismo que en los sueños, que solo la empatía con la situación real obliga a la «racionalización» (Nietzsche) y a la «interpretación lógica».

En todo caso, la dirección de la acción, la función previsora, anticipadora del sueño, es siempre claramente reconocible3; el sueño esboza los preparativos ante una dificultad actual de acuerdo con la línea de vida del soñador, y nunca deja de mostrar la intención de aseguramiento. Tratemos de seguir estas líneas en un ejemplo. Una paciente con grave agorafobia, que había sufrido una hemoptisis, soñó, mientras estaba en cama y no podía ejercer su profesión de comerciante:

«Entro en la tienda y veo que las muchachas están jugando a las cartas.»

En todos mis casos de agorafobia encontré este síntoma como un medio sumamente apropiado para imponer obligaciones a los demás, al entorno, a los parientes, al cónyuge, a los empleados, y para darles leyes como un emperador y un dios. Entre otras cosas, esto sucede impidiendo, mediante ataques de angustia, pero también mediante náuseas o vómitos, la ausencia o el alejamiento de determinadas personas4. En estos casos se me aparece siempre su afinidad esencial con el papa prisionero, el vicario de Dios, que precisamente renunciando a su propia libertad aumenta la veneración de los fieles y obliga además a todos los potentados a acudir a él («la ida a Canosa»), sin que puedan contar con una visita de vuelta. El sueño cae en una época en que este juego de fuerzas ya se mostraba abiertamente. Su interpretación salta a la vista. La soñadora se traslada a una situación futura en la que ya puede levantarse y va a la caza de infracciones de la ley. Toda su vida anímica está impregnada de la convicción de que sin ella nada puede hacerse en orden. Esta convicción la defiende también siempre en la vida, rebaja a todos y lo corrige todo con una pedantería inquietante. Su desconfianza, siempre en vela, trata siempre de descubrir faltas en los demás. Y está tan saturada de experiencias correspondientes en la dirección de la desconfianza que, con más perspicacia que otros, adivina algunas de las faltas de los demás. ¡Oh, ella sabe muy bien lo que hacen los empleados cuando se les deja solos! También sabe lo que hacen los hombres en cuanto están solos. Pues «¡todos los hombres son iguales!».

Sin duda, conforme al tipo de su preparación, en cuanto se haya curado descubrirá un gran número de descuidos en la tienda, que linda con la vivienda. Quizá también que se ha jugado a las cartas. Pero el día siguiente al sueño ordenó a la doncella, con pretextos, que le trajera las cartas, e hizo llamar también a menudo a su cama a las muchachas empleadas para darles una y otra vez nuevos encargos y vigilarlas. Para iluminar el oscuro futuro, le basta con rebuscar en el saber del sueño, conforme a su exagerada meta de superioridad, analogías adecuadas, con tomar por principio y al pie de la letra la ficción del retorno de lo igual5, que aparece también en la experiencia particular. Y para tener finalmente razón después de su curación, solo hacía falta elevar el nivel de sus exigencias: faltas y descuidos tenían entonces que hacerse patentes.

Como otro ejemplo de interpretación de los sueños quisiera utilizar aquel sueño del poeta Simónides, transmitido por Cicerón desde la Antigüedad, con el que ya en otra ocasión («Zur Lehre vom Widerstand» [Sobre la doctrina de la resistencia], l. c.) desarrollé una parte de mi teoría del sueño. Una noche, poco antes de un viaje al Asia Menor, Simónides soñó que «un muerto al que una vez había enterrado piadosamente le advertía contra ese viaje». Después de este sueño, Simónides interrumpió los preparativos del viaje y se quedó en casa. Según nuestra experiencia en el conocimiento de los sueños, podemos suponer que Simónides temía ese viaje. Y se sirvió del muerto6, que parecía obligado con él, para asustarse y asegurarse con los escalofríos de la tumba, con presentimientos de un final terrible de ese viaje. Según la comunicación del narrador, el barco se habría hundido, un desenlace que el soñador, por analogía con otros desastres, pudo haber tenido presente durante largo tiempo. Por lo demás, si el barco hubiera llegado felizmente, ¿quién habría impedido a los ánimos supersticiosos dar por seguro que se habría hundido si Simónides no hubiera prestado oído a la voz que le advertía y se hubiera embarcado?

Vemos, pues, dos tipos de intentos de anticipar en el sueño, de resolver un problema, de encaminar lo que el soñador quiere en una situación. Y lo intentará por caminos adecuados a su personalidad, a su ser y a su carácter. El sueño puede presentar como ya dada una de las situaciones esperadas en el futuro (sueño de la paciente con agorafobia), para llevar a cabo después en la vigilia, secreta o abiertamente, el arreglo de esa situación. El poeta Simónides utiliza una vieja vivencia, evidentemente para no viajar. Retengan aquí que es una vivencia del soñador, su propia concepción del poder de los muertos, su propia situación, en la que necesita tomar una decisión, viajar o quedarse; consideren todas las posibilidades, y se impone ineludiblemente la impresión de que Simónides soñó este sueño para hacerse una señal, para quedarse en casa seguro y sin vacilar. Podemos suponer que nuestro poeta, aun sin haber soñado este sueño, se habría quedado en casa. ¿Y nuestra paciente con agorafobia? ¿Por qué sueña con la negligencia y el desorden de su personal? ¿No se oye en ello claramente la continuación: si yo no estoy, todo anda manga por hombro, y cuando vuelva a estar sana y tome las riendas, ya les enseñaré a todos que sin mí no se puede?» Podemos esperar, pues, que esta mujer, en su primera aparición en la tienda, hará toda clase de descubrimientos de olvido del deber, de negligencias, pues mirará con ojos de Argos para hacer honor a su idea de su superioridad. Seguramente tendrá razón, y habrá, por tanto, previsto en el sueño el futuro7.

Debo intercalar ahora una explicación para salir al paso de una objeción que sin duda muchos tienen ya en la punta de la lengua. ¿Cómo voy a explicar que el sueño trate de influir en la configuración futura de las cosas, cuando la mayoría de nuestros sueños representan cosas incomprensibles, que a menudo parecen tonterías? La importancia de esta objeción es tan evidente que la mayoría de los autores han buscado lo esencial del sueño en estos fenómenos extraños, desorientados, incomprensibles, han tratado de explicarlos o, apoyándose en la incomprensibilidad de la vida onírica, han negado su importancia. Scherner, en particular entre los autores más recientes, y Freud tienen el mérito de haber intentado una interpretación de los enigmas del sueño; este último, para apoyar su teoría del sueño, según la cual el sueño representaría, por así decirlo, un regodearse en deseos sexuales infantiles que han quedado incumplidos, buscó en esta incomprensibilidad una deformación tendenciosa, como si el soñador, sin ser estorbado por sus barreras culturales, quisiera satisfacer en la fantasía, a pesar de todo, deseos prohibidos. Esta concepción se ha vuelto hoy tan insostenible como la opinión sobre el fundamento sexual de las enfermedades nerviosas o de nuestra vida cultural. La aparente incomprensibilidad del sueño se explica ante todo por la circunstancia de que el sueño no es un medio para atrapar la situación futura, sino solo un fenómeno concomitante, un reflejo de fuerzas, una huella y una prueba de que el cuerpo y el espíritu han emprendido un intento de pensar por anticipado para responder a la personalidad del soñador a la vista de una dificultad inminente. Un movimiento concomitante del pensamiento, pues, que discurre en una dirección semejante a la que exigen el carácter y el ser de la personalidad, en un lenguaje difícil de comprender que, allí donde se lo entiende, no habla claramente, pero indica hacia dónde va el camino. Tan necesaria como es la inteligibilidad de nuestro pensar y hablar en vigilia, porque preparan la acción, tan superflua es casi siempre en el sueño, que puede compararse con el humo del fuego y solo muestra hacia dónde sopla el viento.

Por otra parte, el humo puede delatarnos que en alguna parte hay fuego. Y, en segundo lugar, la experiencia puede enseñarnos a obtener, por el humo, información sobre la madera que arde.

Si se descompone en sus partes un sueño que parece incomprensible y se consigue averiguar del soñador lo que significan para él estas partes, con algo de diligencia y perspicacia tiene que resultar la impresión de que detrás del sueño había en juego fuerzas que tienden en una dirección determinada. Esta dirección aparecerá mantenida también en el resto de la vida de esa persona y está determinada por su ideal de la personalidad, por las dificultades y carencias que siente como opresivas. Mediante esta consideración, que bien podemos llamar artística, se obtiene, pues, la línea de vida de la persona, o una parte de ella; vemos su plan de vida inconsciente, según el cual se esfuerza por dominar las tensiones de la vida y su inseguridad. Vemos también los rodeos que da en aras del sentimiento de seguridad y para evitar una derrota. Y podemos servirnos del sueño, igual que de cualquier otro fenómeno anímico, igual que de la vida misma de una persona, para obtener información sobre su posición en el mundo y respecto de la de los demás hombres. En el sueño se representan todos los puntos de paso del pensar anticipado con los medios de la experiencia personal.

Esto nos lleva a una comprensión más amplia de los detalles, al principio incomprensibles, de la construcción del sueño. Rara vez —y aun entonces está condicionado a su vez por un carácter particular del soñador— recurre el sueño a una representación en la que aparecen los últimos sucesos, las últimas imágenes. Al contrario, para resolver una cuestión pendiente resuenan comparaciones más sencillas, más abstractas, más infantiles, que a menudo recuerdan imágenes más expresivas, poéticas. Así, por ejemplo, una decisión amenazadora se sustituye por un examen escolar inminente, un adversario fuerte por un hermano mayor, la idea de una victoria por un vuelo hacia lo alto, un peligro por un abismo. Los afectos que intervienen en el sueño proceden siempre de la preparación y del pensar anticipado, del aseguramiento frente al problema realmente inminente8. La sencillez de las escenas oníricas —sencillas en comparación con las complicadas situaciones de la vida— corresponde plenamente a los intentos del soñador de encontrar, eliminando la desconcertante multiplicidad de las fuerzas, una salida en una situación, emprendiendo el seguimiento de una línea directriz según la semejanza de las relaciones más simples. Del mismo modo que un maestro pregunta al alumno que no está a la altura de una pregunta, que por ejemplo no sabe qué responder acerca de la propagación de la fuerza: «¿qué ocurre cuando alguien le da a usted un empujón?». Si en el momento de esta última pregunta entrara un extraño en la sala, miraría al maestro que pregunta con la misma incomprensión con que miramos nosotros cuando alguien nos cuenta un sueño.

En tercer lugar, la incomprensibilidad del sueño está relacionada con el problema discutido en primer lugar, en el que vimos que a la seguridad de la acción le corresponde una visión del futuro hundida en el inconsciente. Esta concepción fundamental sobre el pensar y el obrar humanos, según la cual una línea directriz inconsciente conduce a un ideal de la personalidad situado en el inconsciente, la he expuesto detalladamente en mi libro «Über den nervösen Charakter» [Sobre el carácter nervioso] (Bergmann, Wiesbaden, 1912). La construcción de este ideal de la personalidad y de las líneas directrices que conducen a él contienen el mismo material de pensamientos y sentimientos que el sueño y que los procesos que se esconden detrás del sueño. La coacción que hace que una parte del material anímico tenga que permanecer en el inconsciente pesa tanto sobre los pensamientos, imágenes y percepciones auditivas del sueño, que estos, para no poner en peligro la unidad de la personalidad, tienen que permanecer también en el inconsciente, mejor dicho: incomprensibles. Piensen, por ejemplo, en el sueño de la paciente con agorafobia. Lo que en realidad persigue en virtud de su ideal inconsciente de la personalidad es el dominio sobre su entorno. Si entendiera sus sueños, su afán y su obrar dominantes tendrían que ceder ante la crítica de su pensamiento en vigilia. Pero como su verdadero afán apunta al dominio, el sueño tiene que ser incomprensible. En este punto puede entenderse también que las enfermedades anímicas, todas las formas de nerviosidad, se vuelven insostenibles y caminan hacia la curación cuando se logra traer a la conciencia las metas exageradas del nervioso y limarlas allí.

Quiero mostrar ahora, en extracto, con el sueño de una paciente que vino a tratarse conmigo por irritabilidad e ideas de suicidio, cómo se lleva a cabo la interpretación de un sueño por el propio paciente. Quiero subrayar especialmente que ustedes verán aparecer cada vez lo analógico de los pensamientos oníricos en el «como si»9 con el que la persona que sueña comienza el relato. La difícil situación de la soñadora consistía en que se había enamorado del marido de su hermana. El sueño dice así:

Un sueño de Napoleón10.

«Soñé como si estuviera en un salón de baile; llevaba un bonito vestido azul, iba muy bien peinada y bailaba con Napoleón.»

A propósito de esto se me ocurre lo siguiente:

He elevado a mi cuñado a N., porque de otro modo no valdría la pena quitarle a mi hermana su marido. (Es decir, su afán neurótico no se dirige en absoluto al hombre, sino a ser superior a la hermana.) Para poder extender sobre toda la historia el manto de la justicia, y además para no dar la impresión de que me hubiera movido a esta acción la venganza por haber llegado demasiado tarde, tengo que imaginarme que soy la princesa Luisa, más que mi hermana, de modo que parezca completamente natural que Napoleón se divorcie de su primera mujer, Josefina, para tomar una esposa de su mismo rango.

En cuanto al nombre de Luisa, lo he llevado durante bastante tiempo; una vez un joven preguntó por mi nombre de pila, y mi compañera, sabiendo que Leopoldina no me gusta, dijo sin más que me llamaba Luisa.

Sueño a menudo que soy una princesa (línea directriz), y es que esa es mi colosal ambición, que en el sueño siempre me hace encontrar un puente sobre el abismo que me separa de los aristócratas. Además, esta fantasía está calculada para que, al despertar, sienta con tanto más dolor que me he criado lejos de casa y que estoy sola y abandonada; los tristes sentimientos que me invaden entonces me ponen en condiciones de ser dura y cruel con todas las personas que tienen la suerte de estar en relación conmigo.

En cuanto a N., solo quiero observar que, ya que no soy un hombre, solo quiero inclinarme ante aquellos que son más grandes y poderosos que los demás; por lo demás, esto no me impediría afirmar al final que N. es un ladrón (sueños de ladrones). Además solo me inclinaría, y no me sometería, porque quisiera, como se desprende de otro sueño, tener al hombre sujeto de un hilo, y entonces, entonces quiero bailar.

El baile tiene que sustituirme muchas cosas, porque la música tiene una influencia colosal en mi ánimo.

Cuántas veces, en algún concierto, me ha invadido el deseo anhelante de correr hacia mi cuñado y poder besarlo hasta dejarlo medio muerto.

Para no dejar que este deseo surja en mí frente a un hombre extraño, tengo que entregarme con toda la pasión al baile o, en caso de que no me saquen a bailar, quedarme sentada con los labios apretados y mirar sombría ante mí, para hacer imposible cualquier acercamiento de otro.

Yo no quería sucumbir al amor, y en mi opinión el baile y el amor van juntos.

El color azul lo elegí porque es el que mejor me sienta y porque me animaba el deseo de causar una impresión favorable a N.; ahora ya tengo al menos el afán de bailar, cosa que antes tampoco podía.»

A partir de aquí la interpretación iría mucho más lejos, para mostrar finalmente que el plan inconsciente de esta muchacha se dirigía solo al afán de dominio, pero que en la actualidad se ha modificado y atenuado tanto que ya no ve en el baile una humillación personal.

He llegado al final. Hemos visto que el sueño representa un fenómeno anímico sin duda secundario para la acción, pero que, como en un reflejo, puede delatar procesos y actitudes corporales que apuntan a la acción posterior. ¿Es de extrañar, entonces, que el alma popular de todos los tiempos, con la infalibilidad de un sentir general, acogiera el sueño como una formación que apunta al futuro? Uno de los más grandes, que reunía en sí como en un foco todas las sensaciones del alma humana, Goethe, dio forma magnífica en una balada a este «mirar al futuro» del sueño y a la fuerza preparatoria que fluye en él. El conde que vuelve de Tierra Santa a su castillo lo encuentra devastado y vacío. Por la noche sueña con una boda de enanos. Y el final del poema dice11:

Y si hemos de cantar lo que luego pasó,
calle el estruendo y el bramido.
Pues lo que él, tan gracioso, en pequeño vio,
en grande lo vivió y lo ha gozado.
Trompetas y un son que resuena y que canta,
y coches y jinetes y un cortejo nupcial,
todos llegan y se muestran y se inclinan,
gente innumerable y dichosa.
Así fue y así sigue siendo hoy.

La impresión de que este poema muestra los pensamientos del soñador dirigidos a la boda y a la bendición de los hijos la subraya el poeta con suficiente claridad.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del Zentralblatt für Psychoanalyse und Psychotherapie 3 (1912/13), cuad. 12 (septiembre de 1913), págs. 574-583 (Internet Archive). Según la nota 1 del autor, la conferencia se publicó primero en la Österreichische Ärzte-Zeitung (1913, n.º 7 y 8), versión que no se ha podido consultar; hay reimpresión en Geschlecht und Gesellschaft 8 (1913). Las notas, numeradas por página en el original, se numeran aquí de forma continua. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XVIII, págs. 149-157; allí lleva la indicación «Vortrag, gehalten im September 1912» (reimpresión no cotejada); véase la página del libro.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Leitlinie, línea directriz; Lebensplan, plan de vida; Persönlichkeitsideal, ideal de la personalidad; Persönlichkeitsgefühl, sentimiento de la personalidad; Sicherung, aseguramiento; Arrangement, arreglo); Vorausdenken se traduce «pensar anticipado» o «pensar por anticipado». Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».

  1. Publicado por primera vez en la «Österr. Ärzte-Zeitung» (n.º 7 y 8, 1913). ↩

  2. La función de la duda en la vida como en la neurosis es siempre, como he podido mostrar: llevar a cabo una inhibición de la agresión, eludir una decisión y ocultar esto a la propia crítica. Véase «Zur Rolle des Unbewussten» [Sobre el papel del inconsciente], en el Zentr. f. Psychoanalyse, 1913, cuad. 4/5. ↩

  3. Descrita por primera vez en «Aggressionstriebe» [Instintos de agresión] (Fortschritte der Medizin, Leipzig 1908), en «Psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie» [El tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino], en «Beitrag zur Lehre vom Widerstand» [Contribución a la doctrina de la resistencia], en «Syphilidophobie» [Sifilidofobia] (Zentr. f. Psychoanalyse 1910 a 1911, Bergmann, Wiesbaden) y en el «Nervöser Charakter» [Carácter nervioso], 1912. ↩

  4. Véase Adler, «Beiträge zum organischen Substrat der Neurosen» [Contribuciones al sustrato orgánico de las neurosis], Österr. Ärztezeitung 1912, cuad. 23 y 24, y un fragmento del historial clínico de la paciente citada en «Zur Rolle des Unbewussten» (l. c.). ↩

  5. El conocimiento más preciso de esta «ficción de lo igual», uno de los supuestos más importantes del pensamiento en general y del principio de causalidad, se lo debo a mi amigo y colaborador A. Häutler. Véase «Fiktionen des Denkens» [Ficciones del pensamiento] (Ztt. f. Psychoanalyse. En prensa.) ↩

  6. Del empleo de tales imágenes de recuerdo preparadas de antemano, que desencadenan afectos y que tienen precisamente la finalidad de provocar afectos y sus consecuencias, actitudes cautelosas, pero también asco, náuseas, angustia, miedo a la pareja sexual, desmayos y otros síntomas neuróticos, habrá que tratar todavía detenidamente. Mucho de ello he podido resolverlo en el «Nervöser Charakter» (l. c.) como comparación (por ejemplo, como comparación del incesto, como comparación del delito, como semejanza con Dios, como delirio de grandeza y de pequeñez) o lo he descrito como «junctim». Hasta donde sé, solo el señor profesor Hamburger ha llegado a concepciones aproximadamente semejantes. Una exposición detallada de estos arreglos neuróticos apareció en los «Jahreskurse für ärztl. Fortbildung» [Cursos anuales de formación médica continua], mayo de 1913, editorial Lehmann, Múnich («Individualpsychologische Behandlung der Neurosen» [Tratamiento individualpsicológico de las neurosis]). ↩

  7. Es fácil adivinar que Simónides, que como poeta aspiraba a la inmortalidad, estaba constelado, según este sueño, por el miedo a la muerte, mientras que la paciente con agorafobia perseguía la meta ficticia de un señorío, un ideal de reina. Para lo primero, véase también «Individualpsychologische Ergebnisse über Schlaflosigkeit» [Resultados individualpsicológicos sobre el insomnio] (Fortschritte der Medizin, Leipzig 1913)12, donde entre otras cosas se destaca la relación del miedo infantil a la muerte con la profesión médica. ↩

  8. Pero se refuerzan tendenciosamente a partir de la imagen onírica, cuando es necesario. ↩

  9. Véase Vaihinger, «Die Philosophie des Als-Ob» [La filosofía del como si], Berlín, Reuther y Reichardt 1911, cuyas concepciones de teoría del conocimiento en otros campos coinciden por completo con mis ideas en la psicología de las neurosis. ↩

  10. Napoleón, Jesús, la Doncella de Orleans, María, pero también el emperador, el padre, un tío, la madre, un hermano, etc., son frecuentes ideales sustitutivos de la avidez exacerbada de superioridad y representan igualmente disposiciones de la vida anímica del nervioso que dan dirección y desencadenan afectos. ↩

  11. Goethe, «Hochzeitlied» [Canción de bodas] (1802), última estrofa. Se da una traducción literal. (N. del T.) ↩