XVI.
Sobre la función de la representación obsesiva como medio para elevar el sentimiento de la personalidad.
(1913.)
I.
En resumen, puedo afirmar que toda neurosis obsesiva lleva en sí la función de sustraer al neurótico obsesivo afectado a toda coacción exterior haciendo que sólo obedezca a su propia compulsión; dicho de otro modo, el neurótico obsesivo se defiende tanto contra toda voluntad ajena y contra toda influencia ajena que, en la lucha contra ellas, llega hasta presentar su propia voluntad como sagrada e irresistible. Un caso sumamente instructivo es, por ejemplo, el siguiente: una señora de 40 años se queja de que no puede hacer nada en la casa porque ha perdido la comprensión de las cosas más sencillas. Por eso se halla bajo la compulsión de repetirse primero todo lo que debe hacer. Entonces puede llevarlo a cabo. Si tuviera que poner, por ejemplo, una silla junto a la mesa, tendría que decir primero: «¡debo poner la silla junto a la mesa!». Entonces logra hacer ese trabajo. La paciente tiene que hacer primero suya una voluntad ajena, la obligación de las tareas domésticas (¡femeninas!), para poder rendir algo. Quien recuerde el hermoso trabajo de Furtmüller «Ethik und Psychoanalyse» [Ética y psicoanálisis] (Múnich, E. Reinhardt, 1912) conoce este mecanismo como uno de los que sostienen la ética. En la neurosis obsesiva se alza como pilar fundamental que permite al paciente demostrarse su cuasi semejanza con Dios, al aparecer anulada toda otra influencia. Menciono todavía brevemente cómo la compulsión de lavarse permite demostrar que todo el entorno es impuro, cómo la compulsión masturbatoria suprime la influencia de la pareja sexual, cómo la compulsión de rezar parece poner de un modo peculiar todo el poder celestial a disposición del orante. «Si no hago esto, si digo o ejecuto esto otro, si no pronuncio aquella oración, aquellas palabras, morirá esta o aquella persona.» El sentido se aclara en seguida si planteamos la fórmula en su versión positiva, más o menos así: si hago u omito esto, si dejo actuar mi propia voluntad, la persona no morirá. Ahora el paciente tiene una prueba aparente de que es señor de la vida y de la muerte, es decir, semejante a Dios.
Sobre nuestro tema puede añadirse aún que también la manía de dudar y la angustia neurótica representan medios útiles de la neurosis, que permiten al paciente mantener su línea de vida y frustrar toda influencia ajena (sobre la profesión, la actitud) y toda expectativa ajena. Siempre se encontrará que la compulsión, la duda y la angustia representan en la neurosis aseguramientos destinados a permitir al paciente aparecer arriba, masculino, superior, como ya he expuesto en mis trabajos anteriores.
II.
Una paciente de 35 años, que padece falta de energía y representaciones obsesivas y duda siempre de su capacidad práctica, se presenta el primer día como entusiasta admiradora del arte. La impresión más profunda le habrían causado: 1. un autorretrato del Rembrandt envejecido; 2. los frescos de la Resurrección de Signorelli; 3. Las tres edades (llamado también El concierto) de Giorgione.
Se ve que el interés de la paciente se dirige a la vejez y al futuro, y hay que suponer que se tiene ante sí a una persona que cree mantenerse en equilibrio sólo con esfuerzo, a la que le parece y que teme que cualquier pérdida podría precipitarla en graves extravíos. Una persona, pues, que intenta pasar de una situación insegura a un equilibrio aproximado, para lo cual le parecen necesarios sus artificios, precisamente los síntomas neuróticos.
¡Y esta ha de perder ahora juventud, belleza, poder e influencia! Sólo quedan dos caminos: o bien dar la vuelta y buscar una nueva línea de vida, y por eso sentir con más molestia la enfermedad procedente de la antigua posición —¡este camino la lleva a ella misma al neurólogo!—; o bien reforzar los síntomas y destacarlos para ganar poder. A tales pacientes suele enviarlos al médico su entorno.
Una posición sostenida con pedantería, angustia y compulsión nos muestra una y otra vez el viejo sentimiento de inseguridad de los pacientes nerviosos. Y llegaremos a sospechar que también esta señora, que ante la primera objeción de que está descontenta con su papel femenino lo niega, ha llegado a su neurosis en la protesta masculina.
Al día siguiente declara que la vida social de Viena la cansa mucho. En provincias se puede descansar mejor. En el contexto se ve fácilmente que este cansancio representa un arreglo tendencioso que tiene por objeto presentar como inconveniente un eventual traslado a Viena.
Si unimos con una línea las explicaciones de estos dos días, obtenemos la imagen siguiente: una mujer sumamente ambiciosa, que siempre quiere desempeñar el primer papel, no se contenta con el rico fondo de capacidades que le ha sido dado, sino que tiembla ante la idea de no poder ya, con los años, sostener la competencia en la capital, en las grandes reuniones sociales. Mira con afán hacia el futuro para prevenir su destronamiento, y con las impresiones aprovechables y con las dificultades de la vida que se dan por todas partes forma una opinión cargada de afecto en extremo: que no es apta para la vida práctica, es decir, para la vida de un ama de casa que envejece.
Así pues, tiene que lograr, mediante la neurosis y mediante síntomas neuróticos —en este caso mediante representaciones obsesivas, mediante el sentimiento de desvalimiento, mediante el cansancio—, eludir una «verdad» presupuesta inconscientemente: que la vejez degrada a la mujer, la convierte en una persona auxiliar del hombre, en una criatura de lujo, y ello en sentido más fuerte que en su juventud. En lugar de prolijas explicaciones, les ofrezco provisionalmente como prueba que esta mujer, cuanto más cerca se siente del papel femenino, con tanta mayor claridad abandona el «participar en el juego». Es frígida, y durante la menstruación se retira por cuatro días.
El segundo día cuenta el siguiente sueño: «Sobre su mesa está el Dorian Grey1 de Wilde. En el libro hay un gran trozo de seda blanca, bordada con arte. Me pregunto cómo ha ido a parar esta seda al libro».
La primera parte del sueño contiene una confirmación de la causa agravante del estado actual que he descubierto. El retrato de Dorian Grey empieza a envejecer. La seda blanca, las cortinas de seda bordadas y cosas semejantes tienen especial valor para la paciente. Un libro sobre mi mesa: un libro escrito por mí. ¡Sus objetos preciosos, sus bienes guardados, en mi libro! De ahí el asombro. Surge la idea de si no escribiré yo sobre su miedo a la vejez.
Su vieja actitud de reserva se interpone como medio útil para aumentar la distancia con el médico.
Lucha contra el papel femenino, y en consecuencia la sobrevaloración de la profesión masculina (de artista), la desvalorización del papel de ama de casa: los acontecimientos naturales —matrimonio, amor, vejez, decisiones de toda clase— que amenazan el ideal de superioridad traen consigo la compulsión de agravar la neurosis. Esta se compone de artificios psíquicos y corporales reconocidos como útiles para el individuo, mediante cuya acción conjunta puede mantenerse la ficción de la unicidad, del poder, de la libre voluntad. La eliminación de las exigencias exteriores viene dada por el aumento de poder que resulta de la legitimación de enfermo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Zur Funktion der Zwangsvorstellung als eines Mittels zur Erhöhung des Persönlichkeitsgefühles» (fechado por el autor en 1913), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XVI, págs. 144-146. La primera publicación de 1913 no se ha identificado ni consultado. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Forma parte del libro Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. XVI.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en dos partes, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Zwangsvorstellung se traduce «representación obsesiva»; Zwang, según el contexto, «compulsión» u «obsesión» (en sentido clínico) o «coacción» (presión exterior); Zweifelsucht, «manía de dudar». Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Persönlichkeitsgefühl, sentimiento de la personalidad; Sicherung, aseguramiento; Arrangement, arreglo; männlicher Protest, protesta masculina; Lebenslinie, línea de vida). Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
Así en el original («Dorian Grey»), por The Picture of Dorian Gray (1890), la novela de Oscar Wilde. (N. del T.) ↩