Contribución a la psicología de la elección de la profesión médica1.
Por el Dr. Alfred Adler.
Un médico cuenta lo siguiente:
«Con ocasión del terrible naufragio del Titanic pude observar claramente en mí mismo la conmoción. En mis horas libres me encontraba a menudo conversando sobre la catástrofe, y sobre todo era una pregunta la que yo retomaba una y otra vez: si no se habría podido encontrar, a pesar de todo, un medio para salvar a los que se hundían.
Una noche me despierto. Como buen psicólogo, me hago la pregunta: ¿por qué yo, que suelo dormir bien, me he despertado esta vez? No encontré ninguna respuesta satisfactoria; antes bien, poco después me sorprendí reflexionando afanosamente cómo se habría podido salvar a los que se hundían con el Titanic. Poco después —eran las 3— me dormí.
La noche siguiente me desperté de nuevo. Miré el reloj: eran las dos y media. Fugazmente me vinieron a la mente las demás teorías del insomnio; entre otras cosas, recordé también la opinión de un autor según la cual, una vez acostumbrado uno a despertarse durante el sueño, fácilmente vuelve a despertarse a la misma hora. Pero de pronto supe intuitivamente qué pasaba con mi despertar. A las dos y media se había hundido el Titanic. Yo había hecho la travesía en sueños, me había identificado con la terrible situación del naufragio y me había despertado, pues, ya dos noches, a la hora en que se hundió el barco.
También la segunda noche mis pensamientos tomaron la dirección de encontrar un medio por el que uno pudiera salvarse en semejante situación, a sí mismo y a los demás. Casi al mismo tiempo adiviné que aquí actuaba el intento preventivo y preparatorio de un aseguramiento, destinado a servir por igual a la prudencia y a la ambición. Comprendí también sin más que el viaje a América —una vieja meta de mis anhelos— simbolizaba de manera ingeniosa la lucha por mi representación científica. Y lo mismo que en la vigilia, así hacía también en el sueño. Andaba en busca de un medio de salvación, y producía la situación más palpable para armarme y movilizarme para la defensa: ¡identificación con el peligro más grave, y reflexión!
Fácil era también comprender que esta manera de reaccionar ante los peligros que amenazaban a mi persona y a mis allegados tenía que ser mi actitud personal. Y pronto encontré la conexión.
Yo soy médico. Forma parte, pues, de mis obligaciones encontrar un remedio contra la muerte. Pero con ello me hallaba ya en terreno conocido. La lucha contra la muerte figuraba, en efecto, entre los impulsos más fuertes de mi elección de profesión. Como tantos otros médicos, también yo me hice médico para vencer a la muerte.
De la historia de mi infancia recuerdo varios sucesos en los que la muerte me pareció cercana. Así, a raíz de un raquitismo, además de una dificultad de movimiento, había contraído esa forma atenuada de espasmo de glotis que más tarde, como médico, encontré a menudo en los niños: al llorar se produce un cierre de la glotis, de modo que un estado de ahogo y afonía interrumpe el llanto, hasta que, al ceder el espasmo, el llanto prosigue. El estado de ahogo que entonces se produce es sumamente desagradable, como sé por mi recuerdo; yo no debía de tener aún dos años. El miedo exagerado de mis padres y la preocupación del médico de cabecera no se me habían escapado y me llenaban, aparte de lo penoso del ahogo, de un sentimiento que hoy calificaría de sentimiento de desasosiego y de inseguridad. Recuerdo además que un día, poco después de uno de esos accesos de sofoco, me puse a pensar cómo podría, puesto que hasta entonces ningún remedio había surtido efecto, librarme de aquel molesto padecimiento. Por qué camino llegué a ello, si la sugerencia vino de fuera o si urdí yo solo la idea, no sabría decirlo: decidí dejar por completo de llorar, y cada vez que sentía el primer impulso de llanto me daba una sacudida, me contenía, y el sofoco desaparecía. Había encontrado un remedio contra el padecimiento, quizá también contra el miedo a la muerte.
Poco tiempo después, cuando yo había cumplido tres años, se me murió un hermano menor. Creo haber comprendido el significado de la muerte; estuve con él casi hasta su fin, y cuando me enviaron a casa de mi abuelo supe que no volvería a ver al niño, que lo enterrarían en el cementerio. Mi madre vino a recogerme después del entierro para llevarme a casa. Estaba muy triste y llorosa, pero sonrió un poco cuando mi abuelo, para consolarla, le dijo unas palabras en broma que probablemente debían remitirla a la bendición de más hijos. Durante mucho tiempo no pude perdonar a mi madre aquella sonrisa, y de este rencor puedo concluir, sin duda, que yo era muy consciente del espanto de la muerte.
A los cuatro años caí dos veces bajo un coche. Recuerdo que me desperté con dolores en un diván, sin saber cómo había llegado allí. Debí, pues, de desmayarme.
A los cinco años enfermé de una pulmonía y el médico me desahució. Un segundo médico propuso, sin embargo, un tratamiento, y en pocos días estuve sano. En la alegría por mi curación se habló todavía durante mucho tiempo del peligro de muerte en que al parecer me había encontrado; desde entonces recuerdo haberme imaginado siempre mi futuro como médico, es decir, me fijé una meta de la que podía esperar que pusiera fin a mi angustia infantil, a mi miedo a la muerte. Está claro que esperé de esta elección de profesión más de lo que podía dar: vencer a la muerte, al miedo a la muerte, eso no habría debido esperarlo en realidad de obras humanas, sino solo de obras divinas. Pero la realidad obliga a actuar. Y así me vi forzado, en el cambio de forma de la ficción directriz, a modificar mi meta hasta que pareció satisfacer a la realidad. Así llegué a la elección de la profesión médica, para vencer a la muerte y al miedo a la muerte2.
Por la fantasía de elección de profesión de un muchacho algo retrasado, que se había formado sobre impresiones semejantes —muerte de una hermana y enfermedades en la primera infancia, trato con la muerte—, supe que aquel muchacho había decidido hacerse sepulturero para, como él decía, enterrar a los demás y no ser enterrado él mismo. El pensamiento rígidamente antitético de este muchacho, más tarde neurótico —arriba o abajo, activo o pasivo, martillo o yunque, flectere si nequeo superos, Acheronta movebo!3—, no admitió posibilidades intermedias; su pueril ficción salvadora derivó, en lo accesorio, hacia lo contrario.
De aquella época de mi elección de profesión, hacia los cinco años, data la siguiente vivencia: el padre de un compañero de juegos me preguntó qué quería ser. Respondí: «¡Doctor!». El hombre, que quizá había tenido malas experiencias con los médicos, replicó: «¡Entonces habría que colgarte enseguida de la farola más próxima!». Naturalmente —precisamente a causa de mi idea reguladora— esta observación me dejó del todo indiferente. Creo que pensé entonces que quería ser un buen médico, al que nadie tuviera por qué ser hostil.
Poco después entré en la escuela primaria. Mi recuerdo me decía que, camino de la escuela, tenía que atravesar un cementerio. Cada vez sentía miedo, y veía con gran desagrado cómo los demás niños recorrían tranquilamente el camino del cementerio, mientras yo ponía un pie delante del otro con angustia y horror. Aparte de lo insoportable de la angustia, me atormentaba la idea de ser inferior a los demás en valor. Un día tomé la resolución de acabar con aquel miedo a la muerte. Como medio volví a elegir el endurecimiento. (¡Cercanía de la muerte!) Me quedé un trecho por detrás de los otros niños, dejé la cartera en el suelo junto a la tapia del cementerio y crucé el cementerio corriendo, de ida y vuelta, una docena de veces, hasta que creí haberme hecho dueño del miedo. Creo que después recorrí el camino sin angustia.
Treinta años más tarde me encontré con un antiguo compañero de escuela, con quien intercambié recuerdos de la escuela primaria. Se me ocurrió que aquel cementerio ya no existía, y pregunté qué había sido del cementerio que tantas molestias me había causado. Mi antiguo compañero, que había vivido en aquel barrio más tiempo que yo, me respondió sorprendido que en el camino de nuestra escuela nunca había habido un cementerio. Entonces reconocí que el recuerdo de la historia del cementerio era un ropaje poético de mi anhelo de vencer el miedo a la muerte. Debía mostrarme, como en otras situaciones de la vida, que se podía vencer a la muerte y al miedo a la muerte, que tenía que haber un remedio, y esto actuaba como una vigorosa exhortación de que yo podría lograr encontrar, en situaciones difíciles de la vida, semejante remedio contra la muerte. Así luché contra mi miedo infantil, así me hice médico y así sigo cavilando todavía hoy sobre problemas que me atraen conforme a esta peculiaridad psíquica, como sucedió en grado eminente con la catástrofe del Titanic.
Sí, mi ambición está tan fijada por esta ficción directriz, la de vencer a la muerte, que otras metas apenas pueden espolearla. Más bien puede dar fácilmente la impresión de que en la mayoría de las relaciones de la vida me faltara ambición. La explicación de esta double vie4, de esta escisión de la personalidad, como la llamarían los autores, está en que la ambición no representa más que un medio, no un fin, de modo que unas veces se la utiliza y otras se la deja a un lado, según que la meta que se tiene presente se alcance más fácilmente con este rasgo de carácter o sin él.»
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. por Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 336-340 (digitalización de Internet Archive). El texto es un extracto, como señala la nota 1, del artículo «Individualpsychologische Ergebnisse bezüglich Schlafstörungen» (Fortschritte der Medizin 31, 1913, págs. 925-933), en el que Adler presentaba este autoanálisis como el de «un médico»; se fecha por tanto en 1913. Las variantes con el texto de 1913 son mínimas y se indican en la versión original. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación de Heilen und Bilden. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
De: Adler, «Individualpsychologische Beiträge zur Schlafstörung» [Contribuciones individualpsicológicas al trastorno del sueño], Fortschritte der Medizin, 1913. ↩
Sobre el significado de la muerte para el filosofar, véase P. Schrecker, Bergsons Persönlichkeitsphilosophie [La filosofía de la personalidad de Bergson], E. Reinhardt, Múnich, 1912. ↩
«Si no puedo doblegar a los dioses de arriba, moveré el Aqueronte» (Virgilio, Eneida, VII, 312); Freud la había puesto como lema de La interpretación de los sueños (1900). Adler la usa a menudo como fórmula del pensamiento antitético del neurótico. (N. del T.) ↩
En francés en el original: «doble vida». (N. del T.) ↩