III.
Nuevos principios para la práctica de la psicología individual.
(1913.)
I. Toda neurosis puede entenderse como un intento de liberarse de un sentimiento de inferioridad para conquistar un sentimiento de superioridad.
II. El camino de la neurosis no discurre por la línea de la actividad social, no apunta a la solución de las cuestiones de la vida que están planteadas, sino que desemboca en el pequeño círculo de la familia y consigue el aislamiento del paciente.
III. El gran círculo de la comunidad queda eliminado por completo o en gran medida mediante un arreglo de hipersensibilidad e intolerancia. Con ello no queda más que un pequeño círculo para los artificios encaminados a la superioridad y para su modalidad. Al mismo tiempo se hace posible así el aseguramiento y la retirada ante las exigencias de la comunidad y ante las decisiones de la vida.
IV. Apartado en gran parte de la realidad, el nervioso lleva una vida en la imaginación y la fantasía y se sirve de una serie de artificios que le permiten eludir las exigencias reales y aspirar a una situación ideal que lo exima de rendir algo a la comunidad y de la responsabilidad.
V. Estas exenciones y los privilegios de la enfermedad, del padecimiento, le ofrecen el sustituto de la meta originaria, arriesgada, de la superioridad.
VI. Así, la neurosis y la psique1 se presentan como un intento de sustraerse a toda coacción de la comunidad mediante una contracompulsión (Gegenzwang). Esta está cortada de tal manera que se opone con eficacia a la peculiaridad del entorno y a sus exigencias. De su forma de manifestarse, es decir, de la elección de la neurosis, pueden sacarse conclusiones concluyentes sobre ambos.
VII. La contracompulsión tiene un carácter de rebeldía, toma su material de vivencias afectivas apropiadas o de observaciones, preocupa la esfera de los pensamientos y de los sentimientos con tales impulsos, pero también con nimiedades, con tal que sean aptas para desviar la mirada y la atención del paciente de sus cuestiones vitales. Así, según lo requiera la situación, pueden fabricarse como pretextos estados de angustia y obsesivos, insomnio, desmayos, perversiones, alucinaciones, afectos morbosos, complejos neurasténicos e hipocondríacos y cuadros psicóticos.
VIII. También la lógica cae bajo la dictadura de la contracompulsión. Este proceso puede llegar hasta la abolición de la lógica, como en la psicosis.
IX. La lógica, la voluntad de vivir, el amor, la solidaridad humana, la colaboración y el lenguaje proceden de la necesidad de la convivencia humana. Contra ellos se dirige automáticamente la actitud del nervioso ávido de poder que tiende al aislamiento.
X. La curación de la neurosis y de la psicosis exige la transformación educativa del paciente y su retorno definitivo, sin frases, a la comunidad humana.
XI. Todo el querer y todo el afán del nervioso están bajo el dictado de su política de prestigio, echan mano siempre de pretextos para dejar sin resolver las cuestiones de la vida y se vuelven automáticamente contra el despliegue del sentimiento de comunidad.
XII. Una vez establecida la exigencia de una comprensión unitaria del ser humano, de una captación de su individualidad (indivisible) —a la que nos obligan, por una parte, la índole de nuestra razón y, por otra, el conocimiento individualpsicológico de la compulsión a unificar la personalidad—, la comparación, como medio principal de nuestro método, nos ayuda a obtener una imagen de las líneas de fuerza por las que cada uno tiende a la superioridad. Como polos opuestos de la comparación nos sirven para ello:
Nuestra propia actitud en una situación semejante a la del paciente, acosado en ese momento por una exigencia, para lo cual se requiere por parte del terapeuta un considerable don de empatía.
Las actitudes y anomalías de actitud del paciente en épocas anteriores, siempre también de la primera infancia, que siempre resultan determinadas por la posición del niño en su entorno, por su apreciación errónea, casi siempre generalizadora, por su sentimiento de inferioridad obcecadamente ahondado y por su afán de poder.
Otros tipos individuales, en especial los claramente neuróticos. Se hace entonces el llamativo descubrimiento de que un tipo consigue, por ejemplo, mediante molestias neurasténicas lo que otros persiguen mediante la angustia, la histeria, la compulsión neurótica o la psicosis. Rasgos de carácter, afectos, principios y síntomas nerviosos, que apuntan todos por su lado a la misma meta, y que, arrancados de su contexto, a menudo parecen de significado opuesto, protegen del choque con las exigencias de la comunidad.
Precisamente estas exigencias de la comunidad, que el nervioso elude en mayor o menor grado, como la colaboración, la solidaridad humana, el amor, la integración social, las obligaciones para con la comunidad.
En esta investigación individualpsicológica se descubre que el nervioso, más que el normal corriente, ha organizado su vida anímica en función de un afán de poder sobre el semejante. Su anhelo de tal superioridad hace también que rechace con obstinación y en gran medida la coacción ajena, las exigencias de los demás y las obligaciones para con la comunidad. El conocimiento de este hecho fundamental de la vida anímica nerviosa facilita tanto la comprensión de la conexión anímica que debe considerarse la hipótesis de trabajo más útil para la investigación y curación de las enfermedades nerviosas, hasta que una comprensión amplia del individuo permita sentir en todo su alcance los factores reales del caso presente.
Lo que más irrita a la persona sana en esta argumentación y en sus consecuencias es la duda de si una meta ficticia de superioridad sentimental podría actuar con más fuerza que una reflexión racional. Pero esta reorientación hacia un ideal la vivimos con la misma frecuencia en la vida de la persona sana y de pueblos enteros. La guerra, las degeneraciones políticas, el crimen, el suicidio, las penitencias ascéticas nos ofrecen las mismas sorpresas; buena parte de nuestros tormentos y sufrimientos los producimos nosotros mismos y los soportamos bajo el hechizo de una idea.
Que el gato cace ratones, e incluso se prepare para ello ya en los primeros días de su desarrollo sin haberlo visto nunca, es por lo menos tan asombroso como que el nervioso, según su modo de ser y su destino, según su posición y la estimación que tiene de sí mismo, eluda toda coacción, la encuentre insoportable y busque en secreto o abiertamente, consciente o inconscientemente, pretextos para librarse de ella, y casi siempre dé vida él mismo a esos pretextos.
La razón de la intolerancia del nervioso frente a la coacción de la comunidad está, como se desprende de la historia de su infancia, en una actitud de lucha contra el entorno, duradera y ejercitada casi siempre durante muchos años. Esta lucha se le impone al niño, sin que haya plena justificación para semejante reacción, por una posición de origen corporal o anímico de la que el niño recibe sentimientos de inferioridad duraderos o agudizados. El propósito de la actitud de lucha es la conquista de poder y prestigio; la meta, un ideal de superioridad construido con incapacidad y sobrestimación infantiles, cuyo cumplimiento ofrece compensaciones y sobrecompensaciones de índole muy general, pero en cuya persecución siempre aparece también la victoria sobre la coacción de la sociedad y sobre la voluntad del entorno. En cuanto esta lucha ha adoptado formas más agudas, genera de suyo la intolerancia frente a toda clase de coacción: la coacción de la educación, de la realidad y de la comunidad, de la fuerza ajena, de la propia debilidad, de todos los factores dados por la naturaleza, como el trabajo, la limpieza, la alimentación, la micción y defecación normales, el sueño, el tratamiento de la enfermedad, el amor y la ternura y la amistad, la soledad como la sociabilidad. In toto resulta la imagen de un ser humano que no quiere participar en el juego, la del aguafiestas. Cuando la intolerancia se dirige contra el despertar de sentimientos de amor y de camaradería, prepara un estado de aversión al amor y al matrimonio cuyos grados y formas pueden ser extraordinariamente variados. En este lugar deben señalarse todavía algunas formas de coacción, apenas perceptibles para el normal, que casi regularmente se impiden mediante un cuadro nervioso o psicótico. Así, la coacción de reconocer, de escuchar, de subordinarse, de decir la verdad, de estudiar o de examinarse, de ser puntual, de confiarse a una persona, a un coche, al ferrocarril, de confiar la casa, el negocio, los hijos, el cónyuge, a uno mismo a otras personas, de dedicarse a las tareas domésticas, a una profesión, de casarse, de dar la razón al otro, de ser agradecido, de dar a luz hijos, de desempeñar el propio papel sexual o de sentirse ligado eróticamente, de levantarse por la mañana, de dormir por la noche, de reconocer la igualdad de derechos y la equiparación del otro, del sexo femenino, de guardar la medida, de mantener la fidelidad, etc. Todas estas idiosincrasias pueden ser conscientes o inconscientes, pero nunca han sido captadas por el paciente en todo su significado.
Esta consideración nos enseña dos cosas:
El concepto de coacción aparece enormemente ampliado en el nervioso y abarca —con lógica, sin duda, pero abarca— relaciones que el normal no incluye en el esquema de la coacción.
Esta intolerancia no es un fenómeno terminal, sino que apunta más allá de sí misma, tiene siempre una continuación, trae como consecuencia una fermentación agria, significa siempre una posición de lucha y nos muestra, en un punto aparentemente en reposo, el afán del nervioso por avasallar al otro, por violentar tendenciosamente las consecuencias lógicas de la convivencia humana. «Non me rebus, sed mihi res subigere conor.»2 Horacio, de cuya epístola a Mecenas está tomado este pasaje, señala allí también dónde termina esta codicia exacerbada de prestigio: en el dolor de cabeza y en el insomnio.
Un paciente de 35 años se queja de que desde hace varios años padece insomnio, cavilaciones obsesivas y masturbación obsesiva. Este último síntoma sería especialmente llamativo porque el paciente está casado, es padre de 2 hijos y vive en buen matrimonio con su esposa. De otros fenómenos atormentadores tendría que informar aún de un «fetichismo de la goma». De vez en cuando, en efecto, en situaciones de cualquier excitación, se le viene a los labios la palabra «goma» (Gummi).
Los resultados de una detenida investigación individualpsicológica fueron los siguientes: de un periodo de extremo abatimiento en la infancia, en el que el paciente se orinaba en la cama y, por su torpeza, pasaba por un niño tonto, desarrolló una línea de dirección de la ambición hasta tal punto que desembocó en una idea de grandeza. La presión de su entorno, que realmente existía en enorme medida, le sugirió la imagen de un mundo exterior completamente hostil y le dio una mirada permanentemente pesimista sobre la vida. En este estado de ánimo sentía todas las exigencias del mundo exterior como una coacción insoportable y respondía a ellas con la enuresis y la torpeza, hasta que dio con un maestro que, por primera vez en su vida, le puso claramente ante el alma la imagen de un buen semejante. Entonces empezó a mitigar su obstinación y su rabia contra las exigencias de los demás, su actitud de lucha contra la comunidad, lo suficiente como para que le quedara la posibilidad de acabar con la enuresis, de convertirse en un alumno excelente, «dotado», y de aspirar en la vida a las metas más altas. La intolerancia frente a la coacción de los demás la resolvió como un poeta y un filósofo, con un salto a lo trascendental. Desarrolló una idea cargada de afecto, como si él fuera el único ser viviente, y todo lo demás, en especial los seres humanos, sólo apariencia. No puede negarse el parentesco con las ideas de Schopenhauer, Fichte y Kant. Pero el propósito más profundo era asegurarse mediante una desvalorización de lo existente, escapar a «la burla y la duda de los tiempos»,3 quitando su fuerza a los hechos mediante un hechizo, como corresponde a los deseos de los niños inseguros. Por este camino la goma de borrar se convirtió para él en símbolo y signo de su fuerza, porque, como destructora de lo visible, le parecía al niño una posibilidad cumplida. La situación invitaba a la sobrevaloración y a la generalización, y así la palabra y el concepto «goma» se convirtieron para él en la consigna victoriosa en cuanto la escuela y la casa, más tarde el hombre o la mujer, la esposa o el hijo, le ofrecían alguna dificultad, lo amenazaban con coacción.
De un modo casi poético llegó así a la meta del héroe aislado, colmó su afán de poder y renunció a la comunidad. Pero su posición exterior, cada vez mejor, no lo tentó a arrojar del todo los reales, inmortales sentimientos de comunidad; de la lógica, que a todos nos ata, y del erotismo se perdió poco, de modo que se le ahorró el destino de una enfermedad paranoica. No alcanzó más que a una neurosis obsesiva.
Su erotismo no se edificó sobre el sentimiento de comunidad intacto. Cayó más bien bajo la línea directriz del afán de poder. Como para él el concepto y el sentimiento de «poder» se asociaban a la palabra mágica «goma», buscó y encontró una consigna para liberar su sexualidad en la imagen del cinturón de goma. Ya no era la mujer, sino el cinturón de goma, no un objeto personal sino uno material, lo que actuaba sobre él. Así se convirtió en fetichista, en el aseguramiento de su embriaguez de poder y en la tendencia a rebajar a la mujer: una finta como la que se encuentra regularmente en el punto de partida del fetichismo. Si la confianza en su propia masculinidad hubiera sido aún menor, habríamos visto aparecer rasgos de homosexualidad, pedofilia, gerontofilia, necrofilia y cosas semejantes.
Su masturbación obsesiva muestra el mismo carácter fundamental. También ella sirve para huir de la constricción que él siente, de la coacción del amor, del «hechizo» de la mujer.
El insomnio está forzado directamente por las cavilaciones obsesivas. Estas luchan contra la coacción del sueño. Su insaciable ambición lo empuja a emplear la noche en resolver las cuestiones del día. ¡Él, un segundo Alejandro, ha conseguido todavía tan poco! Al mismo tiempo, desde luego, el insomnio mira de reojo hacia otro lado. Debilita su energía y su capacidad de acción. Se convierte en su legitimación de enfermo. Lo que hasta ahora ha logrado lo ha realizado, por así decir, con una sola mano, a pesar del insomnio. ¡Qué no habría conseguido si pudiera dormir! Pero no puede dormir, y por medio de las cavilaciones obsesivas nocturnas aporta su coartada. Ahora su singularidad, su semejanza con Dios, está a salvo. Toda la culpa de un eventual déficit ya no recae sobre su personalidad, sino sobre la enigmática, fatal circunstancia de su insomnio. Este estar enfermo es un azar desagradable; de que persista no tiene la culpa él, sino el arte deficiente de los médicos. Si quedara a deber la prueba de su grandeza, la culpa recaerá sobre los médicos. Como se ve, no tiene poco interés en estar enfermo, y no se lo pondrá fácil a los médicos.
Es interesante cómo resuelve el problema de la vida y de la muerte para salvar su semejanza con Dios. Sigue teniendo la sensación de que su madre, que murió hace 12 años, sigue con vida. Pero en su suposición hay una inseguridad notable, que se presenta con más fuerza que, por ejemplo, un sentimiento delicado poco después de la muerte de personas allegadas, como se expresa a menudo. La duda sobre su disparatada suposición tampoco procede en absoluto de una lógica no influida. Sólo se explica por la comprensión individualpsicológica. Si todo es sólo apariencia, su madre no puede haber muerto. Pero si vive, cae la idea portadora de su unicidad. No ha terminado de resolver este problema, como tampoco la filosofía ha terminado con la idea del mundo como representación. Y a la coacción, al despropósito de morir, responde con una duda.
El conjunto de todos sus fenómenos morbosos le vale hoy como legitimación para asegurarse toda clase de privilegios frente a su mujer, sus parientes, sus subordinados. Tampoco el respeto por sí mismo puede sufrir nunca daño, pues, en consideración a su padecimiento, siempre es más grande de lo que es, y puede también eludir en todo momento empresas más difíciles alegando su enfermedad. Pero también sabe ser de otro modo. Frente a su superior es el funcionario más cumplidor, más diligente y más obediente, goza de su más completa satisfacción, pero apunta en secreto, sin interrupción, a la superioridad sobre él.
El afán sobrecalentado de sentir poder sobre los demás lo ha hecho enfermar. Su vida afectiva y sensitiva, su iniciativa y su capacidad de acción, también su lógica, cayeron bajo la coacción que él mismo se impuso con su deseo de superioridad absoluta; su solidaridad humana, y con ella también el amor, la amistad y la integración en la sociedad, se habían perdido. Su curación sólo podía lograrse mediante el desmontaje de su política de prestigio y con el despliegue del sentimiento de comunidad.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Neue Leitsätze zur Praxis der Individualpsychologie» (fechado por el autor en 1913), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. III, págs. 16-21. La primera publicación de 1913 (según el inventario, en la Ärztliche Standeszeitung) no se ha podido consultar. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Forma parte del libro Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. III.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la numeración de las tesis, las rayas separadoras (dadas como * * *), las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Zwang se traduce, según el contexto, «coacción» (la presión exterior de la comunidad) o «compulsión», «obsesión» (en la terminología clínica: Zwangsneurose, neurosis obsesiva; Zwangsgrübeln, cavilaciones obsesivas); Gegenzwang, «contracompulsión». Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Gemeinschaftsgefühl, sentimiento de comunidad; Mitmenschlichkeit, solidaridad humana; Arrangement, arreglo; Sicherung, aseguramiento; Leitlinie, línea directriz). Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
Así en el original (die Psyche); quizá errata por Psychose, «psicosis», que encajaría mejor con la tesis VIII y X. (N. del T.) ↩
«Intento someter las cosas a mí, no someterme yo a las cosas»: Horacio, Epístolas I, 1, 19, dirigida a Mecenas; Adler invierte el orden de los términos del verso («et mihi res, non me rebus subiungere conor»). Al final de la epístola Horacio alude a la pituita que aqueja al sabio. (N. del T.) ↩
«Der Zeiten Spott und Zweifel»: probable reminiscencia del monólogo de Hamlet en la traducción de Schlegel («der Zeiten Spott und Geißel», «los azotes y las burlas del tiempo»). (N. del T.) ↩