Sobre el carácter nervioso
Fundamentos
de una psicología individual
comparada y de la psicoterapia.
Por
el Dr. Alfred Adler
Viena.
Wiesbaden.
Editorial J. F. Bergmann.
1912.
Índice.
- Prólogo, V
- Parte teórica, 1
- Parte práctica, 61
- Capítulo I. Avaricia. — Desconfianza. — Envidia. — Crueldad. — Crítica rebajadora del nervioso. — Apercepción neurótica. — Neurosis de la vejez. — Transformación de forma y de intensidad de la ficción. — Jerga de los órganos., 63
- Capítulo II. Ensanchamiento neurótico de los límites por la ascesis, el amor, la manía de viajar, el crimen. — Simulación y neurosis. — Sentimiento de inferioridad del sexo femenino. — Fin del ideal. — La duda como expresión del hermafroditismo psíquico. — Masturbación y neurosis. — El «complejo de incesto» como símbolo del afán de dominio. — La esencia del delirio., 95
- Capítulo III. Principios nerviosos. — Compasión, coquetería, narcisismo. — Hermafroditismo psíquico. — Aseguramiento alucinatorio. — Virtud, conciencia moral, pedantería, fanatismo de la verdad., 111
- Capítulo IV. Tendencia a la desvalorización. — Obstinación y fiereza. — Las relaciones sexuales del nervioso como símil. — Castración simbólica. — Sentimiento de estar perjudicado. — El plan de vida de la igualdad con el hombre. — Simulación y neurosis. — Sustitutos de la masculinidad. — Impaciencia, descontento y hermetismo., 125
- Capítulo V. Crueldad. — Conciencia moral. — Perversión y neurosis., 143
- Capítulo VI. Arriba-Abajo. — Elección de profesión. — Sonambulismo lunar. — El carácter antitético del pensamiento. — Elevación de la personalidad por la desvalorización de otros. — Celos. — La ayuda neurótica. — La autoridad. — El pensamiento en opuestos y la protesta masculina. — La actitud vacilante y el matrimonio. — La actitud hacia arriba como símbolo de la vida. — Masturbación compulsiva. — Afán nervioso de saber., 146
- Capítulo VII. Puntualidad. — Querer ser el primero. — La homosexualidad y la perversión como símbolo. — Pudor y exhibición. — Fidelidad e infidelidad. — Celos., 159
- Capítulo VIII. Miedo a la pareja. — El ideal en la neurosis. — Insomnio y compulsión al sueño. — Comparación neurótica de hombre y mujer. — Formas del miedo a la mujer., 169
- Capítulo IX. Autorreproches, autotormento, propensión a la penitencia y ascesis. — Flagelación. — Neurosis en los niños. — Suicidio e ideas de suicidio., 181
- Capítulo X. El sentido de familia del nervioso. — Obstinación y obediencia. — Taciturnidad y locuacidad. — La tendencia a la inversión., 190
- Conclusión, 194
- Escritos citados del autor, 195
Prólogo.
Después de haber hecho en el «Studie über Minderwertigkeit von Organen» [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] (1907) el intento de considerar la construcción y la tectónica de los órganos en conexión con su base genética, con su capacidad de rendimiento y con su destino, me puse — apoyado por igual en los hallazgos existentes y en mis propias experiencias — a aplicar el mismo método de consideración en la patopsicología. En el presente trabajo están consignados los resultados principales de mis estudios comparados, de psicología individual, sobre las neurosis.
Como en la doctrina de la inferioridad orgánica, en la psicología individual comparada la base empírica se emplea para establecer una medida ficticia de la norma, a fin de poder medir y comparar con ella grados de desviación. En ambos campos del saber, la investigación comparada cuenta con el origen del fenómeno, mide con él el presente y busca derivar de ambos la línea del futuro. Este modo de consideración nos lleva a ver la compulsión del desarrollo y la configuración patológica como el resultado de una lucha que se enciende en el ámbito de lo orgánico por la conservación del equilibrio, por la capacidad de rendimiento y por la domesticación; la misma disposición para la lucha en la psique está bajo la dirección de una idea ficticia de la personalidad, cuya eficacia llega hasta la construcción del carácter nervioso y de los síntomas nerviosos. Si así en lo orgánico «el individuo se convierte en una comunidad unitaria en la que todas las partes cooperan a un fin de la misma índole» (Virchow) — — si las múltiples capacidades e impulsos del organismo se construyen hasta formar una personalidad unitaria, orientada según un plan, entonces podemos captar cada manifestación vital particular como si en ella estuvieran presentes, en huellas, el pasado, el presente y el futuro, junto con una idea directriz superior.
Por este camino se le ha puesto de manifiesto al autor de este libro que todo rasgo de la vida anímica, por pequeño que sea, está atravesado por una dinámica planificada. La psicología individual comparada ve en todo acontecer psíquico la impronta, por así decir un símbolo del plan de vida orientado unitariamente, que en la psicología de las neurosis y de las psicosis solo sale a la luz con más claridad.
Los resultados de una investigación de este tipo sobre el carácter neurótico han de dar testimonio del valor y de la aplicabilidad de nuestro método de la psicología individual comparada respecto de los problemas de la vida anímica.
El autor.
Viena, en febrero del año 1912.
Parte teórica.
Introducción.
„Omnia ex opinione suspensa sunt: non ambitio tantum ad illam respicit et luxuria et avaritia. Ad opinionem dolemus. Tam miser est quisque, quam credidit!1
Séneca. Epist. 78, 13.
El estudio del carácter neurótico es una parte esencial de la psicología de las neurosis. Como todos los fenómenos psíquicos, solo puede captarse en conexión con la vida anímica entera. Basta un conocimiento superficial de las neurosis para descubrir lo que tiene de particular. Y todos los autores que se han ocupado del problema de la nerviosidad han puesto la mira con especial interés en ciertos rasgos de carácter. El juicio era general: el neurótico presenta una serie de rasgos de carácter muy marcados que sobrepasan la medida de lo normal. La gran susceptibilidad, la irritabilidad, la debilidad irritable, la sugestionabilidad, el egoísmo, la inclinación a lo fantástico, el extrañamiento de la realidad, pero también rasgos más específicos, como el afán de dominio, la malignidad, la bondad abnegada, el carácter coqueto, la cobardía y la timidez, la distracción, figuran en la mayoría de las historias clínicas, y habría que nombrar a todos los autores concienzudos para dar fe de su contribución. Entre los más recientes hay que nombrar en especial a Janet, que continúa las tradiciones de la célebre escuela francesa y ha sacado a la luz análisis notables y agudos. Sobre todo su insistencia en el «sentiment d'incompletude» del neurótico coincide hasta tal punto con los hallazgos que yo he obtenido, que puedo ver en mis trabajos una ampliación de este hecho fundamental, el más importante, de la vida anímica del neurótico.
Dondequiera que se empiece el análisis de los estados morbosos psicógenos, tras una brevísima observación se impone un mismo fenómeno: que el cuadro entero de la neurosis, así como todos sus síntomas, están influidos, más aún, proyectados, desde un fin último fingido. Este fin último tiene, pues, una fuerza formadora, orientadora, arreglante. Se lo puede comprender por la dirección y el «sentido» de los fenómenos morbosos, y si se intenta renunciar a esta hipótesis, queda una desconcertante abundancia de impulsos, instintos, componentes, debilidades y anomalías que han hecho la oscuridad de la neurosis tan repelente para unos, mientras otros emprendían en ella audaces viajes de descubrimiento.
Pierre Janet conoció sin duda esta conexión, como se desprende de algunas de sus descripciones clásicas sobre el «estado mental de los histéricos», de 18942. Pero se abstuvo de una exposición detenida. Subraya expresamente: «Hasta ahora solo he descrito rasgos generales y simples del carácter, que, por sus combinaciones y bajo la influencia de determinadas circunstancias exteriores, pueden producir actitudes y acciones de índole peculiar en todas sus formas. Aquí es improcedente entrar con más detalle en esa descripción, ya que se parecería más a una novela de costumbres que a un trabajo clínico». Con esta toma de posición, a la que se mantuvo fiel hasta sus últimas obras, este autor, pese a su clara comprensión de la conexión entre la psicología de las neurosis y la filosofía moral, no emprendió el camino hacia la síntesis.
Solo Josef Breuer, profundo conocedor de la filosofía alemana, encontró la piedra reluciente que yacía en el camino. Dirigió la atención al «sentido» del síntoma y quiso averiguar su origen y su fin preguntando al único que podía responder: al paciente. Con ello este autor fundó un método que pretende esclarecer histórica y genéticamente los fenómenos de la psicología individual, con ayuda de una presuposición provisional, la de una determinación de los fenómenos psíquicos. Cómo este método fue ampliado y desarrollado por Siegmund Freud, a lo que se vincularon un sinnúmero de planteamientos de problemas y de intentos de solución, pertenece a la historia del presente y ha encontrado tanto reconocimiento como oposición. Menos por seguir una inclinación crítica que para destacar mi propio punto de vista, séame permitido separar, de entre los fecundos y valiosos logros de Freud, sobre todo tres de sus concepciones fundamentales como erróneas, pues amenazan con cerrar el paso al progreso en la comprensión de la neurosis. La primera objeción se refiere a la concepción de la libido como fuerza motriz de lo que sucede en la neurosis. Precisamente la neurosis muestra con más claridad que la conducta psíquica normal cómo, por la fijación neurótica de fines, la sensación de placer, la elección de este y su intensidad son forzadas en la dirección de ese fin, de modo que el neurótico, en realidad, solo puede seguir el señuelo de la obtención de placer con su fuerza psíquica, por así decir, sana, mientras que para su parte neurótica rigen metas «más altas».
Como esa fijación neurótica de fines se nos ha revelado la elevación del sentimiento de la personalidad, cuya fórmula más simple se reconoce en la exagerada «protesta masculina». Esta fórmula: «¡quiero ser un hombre cabal!», es la ficción directriz en toda neurosis, para la cual reclama valores de realidad en mayor grado que para la psique normal. Y a este pensamiento directriz se subordinan también la libido, el instinto sexual y la inclinación a la perversión, vengan de donde vengan. La «voluntad de poder» y la «voluntad de apariencia» de Nietzsche abarcan mucho de nuestra concepción, que a su vez coincide en algunos puntos con las ideas de Féré y de autores más antiguos, según las cuales la sensación de placer tiene su raíz en un sentimiento de poder, y la de displacer, en un sentimiento de impotencia. — Una segunda objeción alcanza a la concepción fundamental de Freud sobre la etiología sexual de las neurosis, concepción a la que ya antes se había acercado peligrosamente Pierre Janet, cuando (l. c.) planteó la pregunta: «¿Sería acaso la sensación sexual el centro alrededor del cual se construyen las demás síntesis psicológicas?». La utilidad de la imagen sexual engaña al normal, y en especial al neurótico. No debe engañar al psicólogo. El contenido sexual de los fenómenos neuróticos procede predominantemente de la oposición ideal «masculino-femenino», y ha surgido de la protesta masculina por transformación de formas. El impulso sexual en la fantasía y en la vida del neurótico se rige por la fijación de fines masculina; en realidad no es un instinto, sino una compulsión. El cuadro entero de la neurosis sexual es un símil en el que se refleja la distancia que separa al paciente de su meta final masculina ficticia, y cómo intenta superarla. Es extraño que Freud, fino conocedor de lo simbólico en la vida, no fuera capaz de resolver lo simbólico en la apercepción sexual, de reconocer lo sexual como jerga, como modus dicendi. Pero podemos comprenderlo si consideramos el otro error fundamental, la suposición de que el neurótico estaría bajo la compulsión de deseos infantiles que reviven cada noche (teoría de los sueños), y asimismo en determinadas ocasiones de la vida. En realidad, esos deseos infantiles están ya ellos mismos bajo la compulsión de la meta final ficticia, tienen casi siempre el carácter de un pensamiento directriz, pero subordinado, y por razones de economía del pensamiento se prestan muy bien como símbolos de cálculo. Una muchacha enferma que, con el sentimiento de una especial inseguridad, se apoya durante toda la infancia en el padre, y quiere al mismo tiempo ser superior a la madre, puede formular esta constelación psíquica en el «símil del incesto», como si quisiera ser la mujer del padre. En ello el fin último está ya dado y es eficaz: su inseguridad solo puede conjurarse si está junto al padre. Su creciente inteligencia psicomotora, su memoria, que actúa inconscientemente, responde a todas las sensaciones de inseguridad con la misma agresión: con la actitud preparatoria de huir hacia el padre como si fuera su mujer. Allí tiene aquel sentimiento de la personalidad más elevado, puesto como fin, que ha tomado prestado del ideal masculino de la infancia, la sobrecompensación de su sentimiento de inferioridad. Obra entonces simbólicamente cuando se asusta ante un cortejo amoroso o ante el matrimonio, en cuanto amenazan con nuevos rebajamientos de su sentimiento de la personalidad, y su posición de disposición se dirige con arreglo a su fin contra un destino femenino y le hace buscar seguridad donde siempre la ha encontrado, junto al padre. Emplea un artificio, obra según una ficción absurda, pero con ello puede alcanzar con seguridad su fin. Cuanto mayor es su sentimiento de inseguridad, tanto más se aferra esta muchacha a su ficción, intenta tomarla casi al pie de la letra, y como el pensamiento humano es propicio a la abstracción simbólica, la paciente, y con algún esfuerzo también el analista, logran captar en la imagen simbólica del impulso incestuoso la aspiración de los neuróticos: asegurarse. Freud tuvo que ver en este proceso dirigido a un fin una reviviscencia de deseos infantiles, porque había puesto a estos como fuerzas motrices. Nosotros reconocemos en este modo de trabajo infantil, en el amplio empleo de construcciones auxiliares de salvaguardia, como las que debemos considerar la ficción neurótica, en esta preparación motora universal, que se remonta muy atrás, en la fuerte tendencia a la abstracción y a la simbolización, los medios adecuados a su fin del neurótico que quiere llegar a su seguridad, a la elevación de su sentimiento de la personalidad, a la protesta masculina.
Si a estas observaciones críticas añadimos la pregunta de cómo se han producido los fenómenos neuróticos, por qué el paciente quiere ser un hombre y busca continuamente aportar pruebas de ello, de dónde le viene la necesidad más fuerte de sentimiento de la personalidad, por qué hace tales dispendios para llegar al aseguramiento, en suma, la pregunta por la razón última de estos artificios de la psique neurótica, puede adivinarse lo que toda investigación pone de manifiesto: al comienzo del desarrollo hacia la neurosis está, amenazador, el sentimiento de inseguridad y de inferioridad, y reclama con fuerza una fijación de fines directriz, aseguradora y tranquilizadora, para hacer soportable la vida. Lo que llamamos la esencia de la neurosis consiste en el mayor dispendio de los medios psíquicos disponibles. Entre estos sobresalen especialmente: construcciones auxiliares y ficciones en el pensar, el obrar y el querer.
Es claro que una psique así orientada, en especial tensión, hacia el fin de elevar la personalidad, llamará la atención también, aparte de los síntomas nerviosos inequívocos, por una dificultad demostrable para insertarse en la sociedad. El sentimiento del punto débil domina hasta tal punto al nervioso que, a menudo sin notarlo, levanta la superestructura protectora poniendo en tensión todas sus fuerzas. Con ello se agudiza su susceptibilidad, aprende a atender a conexiones que a otros todavía se les escapan, exagera su cautela, empieza a presentir, al comienzo de una acción o de un padecimiento, todas las consecuencias posibles, intenta oír más lejos, ver más lejos, se vuelve mezquino, insaciable, ahorrativo, busca extender cada vez más lejos sobre el tiempo y el espacio los límites de su influencia y de su poder, — y pierde con ello la espontaneidad y la serenidad de ánimo, que son las únicas que garantizan la salud psíquica. Su desconfianza frente a sí mismo y frente a los demás crece cada vez más; su envidia, su malignidad, sus inclinaciones agresivas y crueles cobran preponderancia, pues han de procurarle superioridad frente a su entorno; o bien intenta, mediante una mayor obediencia, mediante la sumisión y la humildad, que no pocas veces degeneran en rasgos masoquistas, encadenar al otro, conquistarlo; ambas cosas, pues, la actividad aumentada como la pasividad acrecentada, son artificios que se ponen en marcha desde el fin ficticio del aumento de poder, del «querer estar arriba», de la protesta masculina.
Con esto hemos llegado a aquellos fenómenos psíquicos cuyo examen ha de constituir el contenido de este trabajo: al carácter neurótico. En los nerviosos no se encuentran rasgos de carácter completamente nuevos, ni un solo rasgo que no pudiera demostrarse también en el normal. Pero el carácter neurótico es llamativo y de mayor alcance, aunque a veces solo se haga comprensible para el médico y para el paciente mediante el análisis. Está ininterrumpidamente «sensibilizado», adelantado como un puesto de avanzada, y establece el contacto con el entorno, con el futuro. Solo el conocimiento de estas disposiciones psíquicas, que se extienden a lo lejos como antenas sensibles, permite comprender la lucha del nervioso con su destino, su irritado instinto de agresión, su inquietud y su impaciencia. Pues estas antenas palpan todos los fenómenos del entorno y los examinan sin cesar en cuanto a sus ventajas e inconvenientes respecto al fin fijado. Crean el medir y el comparar agudizados, despiertan, por medio de la atención que en ellas actúa, miedo, esperanza, duda, expectativas de toda clase, y buscan asegurar a la psique contra sorpresas y contra una merma del sentimiento de la personalidad. Representan las preparaciones motoras más periféricas, siempre movilizadas, siempre listas para prevenir un rebajamiento de la persona. En ellas actúan las fuerzas de la experiencia exterior e interior; están repletas de las huellas mnémicas de vivencias que asustaron y que consolaron, y han transformado su recuerdo en destrezas. Imperativos categóricos de segundo rango, no sirven para imponerse a sí mismos, sino, en última instancia, para realzar la personalidad. Y lo intentan haciendo posible hallar líneas directrices en la inquietud y la inseguridad de la vida, crear y separar la derecha y la izquierda, lo de arriba y lo de abajo, lo justo y lo injusto. Los rasgos de carácter agudizados se encuentran ya claramente en la disposición neurótica, donde dan lugar a rarezas y extravagancias. Se destacan con más claridad todavía cuando, tras un rebajamiento más fuerte o tras surgir una contradicción en la protesta masculina, la tendencia a la seguridad sigue avanzando y llama a la vida al mismo tiempo síntomas como nuevos artificios eficaces. Están elaborados muchas veces según modelos y ejemplos, y tienen la tarea de iniciar en cada nueva situación la lucha por el sentimiento de la personalidad y de llevarla a la victoria. En su actuación reside el motivo de la intensificación de los afectos y del descenso del umbral de estímulo respecto del normal. Es evidente que también el carácter neurótico se construye a partir de material originariamente presente, de impulsos psíquicos y de experiencias modificadoras de las funciones orgánicas. Todas estas disposiciones psíquicas que se vinculan con el mundo exterior solo se vuelven neuróticas cuando la necesidad interior aumenta la tendencia a la seguridad y esta configura y moviliza más eficazmente los rasgos de carácter, cuando el fin ficticio de la vida actúa de modo más dogmático y refuerza con ello también las líneas directrices secundarias correspondientes a los rasgos de carácter. Entonces comienza la hipostatización del carácter: su transformación de medio en fin conduce a su autonomía, y una especie de divinización le proporciona inmutabilidad y valor de eternidad. El carácter neurótico es así incapaz de adaptarse a la realidad, pues trabaja en pos de un ideal irrealizable; es un producto y un medio de la psique previsora, que refuerza su línea directriz para librarse de un sentimiento de inferioridad, un intento que ha de fracasar a causa de contradicciones internas o contra las barreras de la cultura, o contra el derecho de los demás. Como el gesto que tantea, como la pose vuelta hacia atrás, como la postura corporal en la agresión, como la mímica, formas de expresión y medios de la motilidad, así sirven los rasgos de carácter, en especial los neuróticos, como medios psíquicos y formas de expresión para iniciar el cálculo de la vida, para tomar posición, para ganar un punto fijo en la oscilación del ser, a fin de alcanzar la meta final aseguradora, el sentimiento de superioridad.
Con ello hemos desenmascarado también el carácter neurótico como servidor de un fin ficticio y hemos establecido su dependencia de una meta final. No ha brotado de manera autónoma de cualesquiera fuerzas primordiales biológicas o constitucionales, sino que ha recibido dirección e impulso de la superestructura compensadora y de su línea directriz esquemática. Su exacerbación se produjo bajo la presión de la inseguridad; su inclinación a personificarse es el dudoso resultado de la tendencia a la seguridad. La línea del carácter neurótico ha recibido, por la fijación de fines, la determinación de desembocar en la línea directriz principal masculina, y así todo rasgo de carácter neurótico nos revela por su dirección que está atravesado por la protesta masculina, que trata de hacer de él un medio infalible para eliminar de la experiencia toda humillación duradera.
En la parte práctica se mostrará, en una serie de casos, cómo el esquema neurótico provoca constelaciones psicopatológicas particulares, y ello porque las vivencias son captadas por medio del carácter neurótico.
Capítulo I. Origen y desarrollo del sentimiento de inferioridad y sus consecuencias.
Las comprobaciones de la «doctrina de la inferioridad orgánica» (véase Studie, l. c.) se ocupaban de las causas, del comportamiento, del aspecto exterior y del modo de trabajo modificado de los órganos inferiores, y me llevaron a las ideas sobre la compensación por el sistema nervioso central, a las que siguieron consideraciones sobre la psicogénesis. Se había puesto de manifiesto una notable relación entre inferioridad orgánica y sobrecompensación psíquica, de modo que llegué a una concepción fundamental: las sensaciones de inferioridad orgánica se convierten para el individuo en un acicate permanente en el desarrollo de su psique. Para la consideración fisiológica resulta de ello un refuerzo de las vías nerviosas en cantidad y en calidad, en el que una inferioridad originaria simultánea de estas vías puede expresar en el cuadro de conjunto sus peculiaridades tectónicas y funcionales. El aspecto psíquico de esta compensación y sobrecompensación solo puede desentrañarse mediante consideraciones psicológicas y mediante el análisis.
Después de las detalladas descripciones de la inferioridad orgánica — como etiología de la neurosis — en mis trabajos anteriores, en especial en el «Studie», en el «Aggressionstrieb», en el «psychischer Hermaphroditismus», en la «neurotische Disposition» y en la «psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie»3, puedo limitarme en la presente exposición a aquellos puntos que significan un esclarecimiento ulterior de las relaciones entre inferioridad orgánica y compensación psíquica y que tienen importancia para la cuestión del carácter neurótico. Resumiendo, destaco que la inferioridad orgánica descrita por mí abarca «lo inacabado de esta clase de órganos, sus detenciones del desarrollo, a menudo demostrables, la falta de desarrollo en sentido histológico o funcional, el fallo funcional en el período posfetal, y, por otra parte, el aumento de su tendencia al crecimiento bajo la presión de la compensación y de la correlación, la frecuente obtención de un rendimiento funcional suplementario, así como el carácter fetal de órganos y sistemas de órganos». Puede demostrarse fácilmente en cada caso — por la observación de los niños y por la anamnesis de los adultos — que la posesión de órganos claramente inferiores repercute en la psique y es apta para hacer que la propia estimación resulte menor, para aumentar la inseguridad psicológica del niño; pero precisamente a partir de esta valoración menor se desencadena la lucha por la autoafirmación, que adopta formas incomparablemente más violentas de lo que esperamos. Si el órgano inferior compensado gana en amplitud de acción, cuantitativa y cualitativamente, y obtiene medios de protección de sí mismo y del organismo entero, el niño predispuesto, en su sentimiento de inferioridad, saca de su capacidad psíquica los medios, a menudo llamativos, para aumentar su valor, entre los que hay que anotar en lugar destacado los neuróticos y los psicóticos.
Ideas sobre la inferioridad congénita, sobre la disposición y la debilidad constitucional se encuentran ya en los comienzos de la medicina científica. Si en este lugar prescindimos de muchas contribuciones notables, ello ocurre — aunque a menudo contienen puntos de vista fundamentales — solo porque afirman, sí, la conexión con las enfermedades orgánicas y psíquicas, pero en modo alguno la explican. Aquí pertenecen todas las concepciones de la patología que se apoyan en una noción general de degeneración. La doctrina de Stiller del hábito asténico va mucho más lejos e intenta ya fijar relaciones etiológicas. La doctrina de la compensación de Anton se limita demasiado a sistemas de correlación dentro del sistema nervioso central; pero él y su ingenioso discípulo Otto Gross emprendieron intentos dignos de atención de acercar a la comprensión, sobre esta base, determinados cuadros de estado psíquicos. — La braditrofia de Bouchard, la diátesis exudativa descrita por Ponfick, Escherich Czerny, Moro y Strümpell e interpretada como disposición a la enfermedad, el artritismo infantil de Comby, la diátesis angioneurótica de Kreibich, el linfatismo de Heubner, el status thymicolymphaticus de Paltauf, la espasmofilia de Escherich y la vagotonía de Hess-Eppinger son intentos fructuosos de los últimos decenios de describir cuadros de estado en conexión con inferioridades congénitas. Todos tienen en común la referencia a la herencia y a los caracteres infantilistas. Pero aunque los propios representantes de estas doctrinas destacan los límites fluctuantes de las disposiciones descritas, no puede descartarse la impresión de que se han captado tipos sobresalientes que con el tiempo se ordenarán en un gran grupo, el de las variantes negativas. De enorme importancia para el conocimiento de la inferioridad congénita y de la disposición a la enfermedad fueron las investigaciones sobre las glándulas de secreción interna, en las que se encontraron desviaciones morfológicas o funcionales, así en lo tocante a la glándula tiroides, las paratiroides, las glándulas germinales, el sistema cromafín, la hipófisis. Consideradas desde el punto de vista de estas inferioridades orgánicas, las visiones de conjunto se hicieron más fáciles, y las relaciones con la compensación y la correlación en la economía del cuerpo entero se manifestaron con más claridad.
Entre los demás autores que han tomado como base de su concepción no un primum movens, sino una acción conjunta y recíproca de múltiples inferioridades orgánicas, hay que nombrar ante todo a Martius. Igualmente, en mi exposición «sobre la inferioridad de los órganos (1907)» se coloca en primer plano la coordinación de las inferioridades simultáneas. No ha de estimarse en poco el hecho «de que los órganos simultáneamente inferiores están unos con otros como en una alianza secreta». También Bartel ha extendido ya sus concepciones sobre el status thymico-lymphaticus, que representan un considerable enriquecimiento de la ciencia, hasta el punto de que sus límites hace tiempo que se entrecruzan con los de los sistemas de otros autores. Y Kyrle, por caminos propios y aportando hallazgos patológicos completamente nuevos, ha llegado al mismo resultado que yo cuando, basándome en mis observaciones, declaré que la coordinación de inferioridades del aparato sexual y de otros órganos — a menudo solo poco marcada, pero que se encuentra con tanta frecuencia — «que tengo que afirmar que no hay inferioridad orgánica sin inferioridad concomitante del aparato sexual».
En atención a consideraciones posteriores, debo mencionar todavía la concepción de Freud, que destaca la importancia de una «constitución sexual» para la neurosis y la psicosis y entiende por ella una disposición de instintos parciales sexuales diferente en calidad y en cantidad. Esta concepción solo corresponde a un postulado de sus demás ideas. La formación de instintos perversos y su «represión fracasada» en lo inconsciente darían el cuadro de la neurosis, y representa ella misma un primum movens de la psique neurótica. De nuestras exposiciones resultará que la perversión, en cuanto y en la medida en que llega a formarse en la neurosis y en la psicosis, no está constituida por una fuerza instintiva congénita, sino por un fin último ficticio, y la represión resulta como producto secundario bajo la presión del sentimiento de la personalidad. Pero lo que entra biológicamente en consideración en una conducta sexual originariamente anormal — la mayor o menor sensibilidad, el aumento o la disminución de la acción refleja, el valor funcional, así como la superestructura psíquica compensadora — remite directamente, como he mostrado en el «Studie», a una inferioridad congénita del órgano sexual.
Sobre el tipo de disposición a la enfermedad en la inferioridad orgánica reina acuerdo. El punto de vista que yo he adoptado («Studie», l. c.) destaca más que el de otros autores el aseguramiento de un equilibrio por la compensación. «Con la separación del organismo materno comienza para estos órganos y sistemas de órganos inferiores la lucha con el mundo exterior, que se enciende necesariamente y se inicia con mayor violencia que en un aparato normalmente desarrollado. Acompañan a esta lucha las cifras más altas de morbilidad y de mortalidad. Pero el carácter fetal confiere al mismo tiempo la mayor posibilidad de compensación y de sobrecompensación, aumenta la capacidad de adaptación a resistencias ordinarias y extraordinarias, y asegura la formación de formas nuevas y más altas, de rendimientos nuevos y más altos. Así, los órganos inferiores representan el material de ensayo inagotable por cuya continua elaboración, rechazo y mejora el organismo trata de ponerse en armonía con las condiciones de vida cambiadas. Su (ocasional) valor superior se funda profundamente en la compulsión de un entrenamiento constante, en la variabilidad y la mayor tendencia al crecimiento que a menudo son inherentes a los órganos inferiores, y en el desarrollo, acrecentado por la atención y la concentración interiores, del complejo nervioso y psíquico correspondiente».
Los daños de la inferioridad constitucional se manifiestan en las más diversas enfermedades y disposiciones a la enfermedad. Unas veces aparecen estados de debilidad corporal o mental, otras sobreexcitabilidad de las vías nerviosas, otras torpeza, desmaña o precocidad. Una legión de defectos infantiles coopera con la disposición a la enfermedad y, como he mostrado, se une estrechamente a la inferioridad orgánica o funcional. El estrabismo, las anomalías de refracción del órgano visual o la fotofobia con sus consecuencias, la audiomudez, la tartamudez y otros defectos del habla, la dureza de oído, los inconvenientes orgánicos y psíquicos de las vegetaciones adenoideas, la aprosexia desarrollada, las frecuentes enfermedades de los órganos de los sentidos, de las vías respiratorias y digestivas, la fealdad llamativa y las malformaciones, los signos periféricos de degeneración y los nevos, que pueden delatar inferioridades orgánicas más profundas (Adler, Schmidt). La hidrocefalia, el raquitismo, las anomalías posturales como la escoliosis, la espalda redonda, el genu varum o valgum, el pes varus o valgus, la incontinencia prolongada de heces y de orina, la malformación de los genitales, las consecuencias de la pequeñez de las arterias (Virchow) y las numerosas consecuencias ulteriores de la inferioridad de las glándulas de secreción interna, tal como las han descrito v. Wagner-Jauregg, Frankl v. Hochwart, Chvostek, Bartel, Escherich, Pineles y otros, dejan ver, en su enorme abundancia, en la variación de sus conexiones, el gran círculo de manifestaciones morbosas que se ha abierto al médico gracias a la comprensión de la inferioridad orgánica. Fueron en especial los pediatras y los patólogos los primeros en atender a estas conexiones. Pero también para la neurología y la psiquiatría la consideración de la «degeneración» ha adquirido una importancia cada vez mayor; desde la doctrina de Morel de los signos de degeneración, la línea del progreso se extiende hasta la concepción de las enfermedades nerviosas sobre la base de la constitución inferior.
Destaquemos solamente el trabajo estadístico de Thiemich-Birk y las comunicaciones de Potpeschnigg (citado según Gött) sobre el destino de niños que habían sido tratados de uno o dos años por estados convulsivos tetanoides. De estos niños, solo una escasa fracción había quedado completamente sana. Casi siempre aparecían más tarde claros signos de inferioridad corporal y mental, rasgos psicopáticos y neuropáticos. Como tales citan estos autores: infantilismo, estrabismo, dureza de oído, defectos del habla, debilidad mental, trastornos del sueño, pavor nocturnus, sonambulismo, enuresis, exageración de los reflejos, tics, convulsiones de rabia, ausencias, asustadizo, iracundia, mendacidad patológica, fugas impulsivas. También Gött y otros autores llegaron a la conclusión de que en los niños espasmofílicos existe una disposición a graves estados neuropáticos y psicopáticos. — Czerny y otros destacan que la misma conexión puede demostrarse en los niños enfermos del estómago y del intestino. — Bartel pudo observar entre los suicidas un predominio llamativo del status thymico-lymphaticus, en especial de la hipoplasia de los órganos sexuales. Respecto de los suicidas jóvenes, yo, Netolitzky y otros hemos destacado el hallazgo de inferioridad corporal. Frankl v. Hochwart ha descrito estados de excitación, irritabilidad y confusión alucinatoria en la tetania. Autores franceses (citados según Pfaundler) atribuyen al hábito tórpido, pastoso, de los niños, desgana, pereza, somnolencia, distracción, embotamiento y flema; al erético, inquietud, vivacidad, irritabilidad, precocidad, oscilaciones del humor, afectividad, insociabilidad, un modo de ser raro y un talento unilateral (Dégénérées superieurs). — Pfaundler destaca lo inquietante, molesto y atormentador que padecen los niños constitucionalmente inferiores a consecuencia de erupciones cutáneas, cólicos, trastornos del sueño y anomalías funcionales. — Czerny, que ha llamado la atención sobre la conexión de los trastornos intestinales de los niños con las neurosis, subraya muy especialmente la importancia de la psicoterapia en niños que se han vuelto nerviosos en el curso de enfermedades constitucionales. Hamburger ha destacado hace poco el carácter de la ambición en los niños nerviosos; Stransky, la conexión entre la miopatía y los fenómenos psíquicos.
Estas breves indicaciones nos dan una visión de conjunto de los intentos de la orientación actual de la investigación por subrayar y fijar la conexión de las anomalías psíquicas en la edad infantil con la inferioridad constitucional. La primera concepción fundamental de conjunto sobre esta conexión la publiqué en el «Studie», donde señalé cómo un interés especial y una atención constante tratan de proteger al órgano inferior. En este y en otros trabajos pude señalar cómo la inferioridad de un órgano influye permanentemente en la psique, en el obrar y en el pensar, en el soñar, en la elección de profesión, en las inclinaciones y capacidades artísticas.4 La existencia de un órgano inferior exige tal entrenamiento de las vías nerviosas correspondientes y de la superestructura psíquica, que esta última es fecundada compensatoriamente, en el caso de que se dé la posibilidad de compensación. Pero entonces tenemos que encontrar ciertos vínculos con el mundo exterior propios del órgano reforzados también en la superestructura psíquica. Al órgano visual originariamente inferior le corresponde una psique visual reforzada; un aparato de nutrición inferior tendrá a su lado la mayor capacidad psíquica en todas las relaciones con la alimentación; la gula, el afán de lucro y — por la vía del equivalente monetario — el ahorro y la avaricia aparecerán reforzados. La capacidad de rendimiento del sistema nervioso central compensador se manifestará por reflejos cualificados (Adler) y reflejos condicionados (Bickel), por reacciones sensibles y sensaciones reforzadas. La superestructura psíquica compensadora desplegará en medida reforzada los fenómenos psíquicos del presentir y del prever y sus factores operantes, como la memoria, la intuición, la introspección, la empatía, la atención, la hipersensibilidad, en suma, todas las fuerzas psíquicas de salvaguardia. A estos aseguramientos pertenecen también la fijación y el refuerzo de los rasgos de carácter, que forman en el caos de la vida líneas directrices utilizables y disminuyen así la inseguridad.
El hombre nervioso procede de esta esfera de la inseguridad y estuvo en la infancia bajo la presión de su inferioridad constitucional. En la mayoría de los casos esta demostración se logra fácilmente. En otros casos el paciente se comporta como si fuera inferior. Pero siempre, sobre la base de un sentimiento de inferioridad, se construyen su querer y su pensar. Este sentimiento ha de entenderse siempre como relativo; ha surgido de las relaciones con su entorno o con sus metas. Siempre le ha precedido un medir, un compararse con otros, primero con el padre, el más fuerte de la familia, a veces con la madre, con los hermanos, más tarde con cada persona que se pone frente al paciente.
Mirando más de cerca se reconoce que todo niño, pero en especial el más apremiado por naturaleza, ha hecho una aguda autoestimación. El niño constitucionalmente inferior, junto al cual podemos poner, como equiparados a él e igualmente predispuestos a la neurosis, al niño feo, al educado con demasiada severidad, al niño consentido, busca con más afán que un niño sano escapar de los muchos males de sus días. Y pronto anhela conjurar, con la vista puesta en un futuro lejano, el destino que se cierne ante él. Para ello necesita un medio auxiliar, a fin de tener ante los ojos una imagen fija en la oscilación de los días, en la desorientación de su ser. Echa mano de una construcción auxiliar. En su autoestimación suma todos los males y se pone a sí mismo en la cuenta como incapaz, inferior, rebajado, inseguro. Y para encontrar una línea directriz toma como segundo punto fijo al padre o a la madre, a quienes dota ahora de todas las fuerzas de este mundo. Y al normar para su pensar y su obrar esta línea directriz, la de elevarse desde su inseguridad al rango del padre todopoderoso, al tratar de superarlo, se ha alejado ya con un gran paso del suelo real y queda prendido en las mallas de la ficción. —
Tales observaciones pueden hacerse también, en forma atenuada, en niños normales. También ellos quieren ser grandes, ser fuertes, dominar, «como el padre», y son guiados por este fin último. Su conducta, su actitud corporal y mental se dirigen a cada instante hacia este fin último, de modo que ya puede percibirse una mímica imitativa, un gesto psíquico idéntico. El ejemplo se convierte en indicador del camino hacia la meta «masculina», mientras la «masculinidad» no se ponga en cuestión. Si en las niñas la meta masculina se vuelve impensable, sobreviene una transformación de forma de la línea directriz masculina; se aspira, por ejemplo, solo al poder, al saber, al dominio.
Hay que señalar todavía una operación psíquica especial del niño que se hace valer antes y durante el establecimiento de la línea directriz masculina. Difícilmente puede captarse mejor este fenómeno que suponiendo que las necesarias negativas a satisfacer los instintos de los órganos empujan al niño, desde la primera hora de su vida extrauterina, a una posición hostil, combativa, frente a su entorno. De ello resultan tensiones e intensificaciones de las capacidades dadas orgánicamente — c’est la guerre! —, tal como las he descrito en el trabajo sobre el «Aggressionstrieb»5. En las privaciones y sensaciones de displacer pasajeras que traen consigo los primeros años de la infancia hay que buscar el impulso que desarrolla una serie de rasgos de carácter generales. Ante todo, el niño aprende, en su debilidad y su desvalimiento, en su angustia y en sus múltiples incapacidades, a apreciar un medio que le asegura la ayuda y el apoyo de sus allegados, su interés. En su conducta negativista, en su obstinación y en su ineducabilidad encuentra a menudo una satisfacción de su conciencia de poder, y con ello se ha librado del torturante sentimiento de su inferioridad. Las dos líneas principales de la conducta infantil, la obstinación y la obediencia,6 garantizan al niño una elevación de su sentimiento de la personalidad, le ayudan a emprender a tientas el camino hacia la meta final masculina o, como queremos decir anticipándonos, hacia un equivalente de ella. En los niños constitucionalmente inferiores, el sentimiento de la personalidad que despierta queda siempre deprimido, su autoestimación resulta menor, porque su posibilidad de satisfacción es mucho más pobre. Piénsese en las innumerables restricciones, curas y dolores de los niños enfermos del estómago y del intestino, en el reblandecimiento y el mimo de los niños pálidos, débiles, que padecen inferioridad del aparato respiratorio, en el picor y los tormentos del prurigo y de otros exantemas, en los muchos defectos infantiles humillantes, en el miedo al contagio de los padres de tales niños, que a menudo lleva adonde llevan también con frecuencia los repetidos trastornos en la educación, en el avance escolar, y la terquedad de tales niños: al aislamiento y a la antipatía entre los camaradas y dentro de la familia. De manera parecida dañan al amor propio la torpeza raquítica, la obesidad congénita y los grados menores de retraso mental. Casi siempre el niño se ayuda suponiendo una postergación por parte de los padres, como la que se encuentra con especial frecuencia en los hijos posteriores o en el menor, a veces también en el primero.
Esta agresión hostil, irritada y reforzada en los niños constitucionalmente inferiores, confluye íntimamente con su aspiración a llegar a ser tan grande y fuerte como el más fuerte, y fortalece y realza aquellos impulsos que están en la base de la ambición infantil. Todos los razonamientos y acciones posteriores del neurótico muestran la misma construcción que sus representaciones de deseo infantiles. El «eterno retorno de lo mismo» (Nietzsche) en ninguna parte se comprende tan bien como en el nervioso. Su sentimiento de inferioridad frente a las personas y las cosas, su inseguridad en el mundo, le empujan a reforzar las líneas directrices. A ellas se aferra toda su vida para ganar seguridad, para orientarse en el mundo por medio de su fe y de su superstición, para escapar de su sentimiento de inferioridad, para salvar su sentimiento de la personalidad, para tener un pretexto con que esquivar una humillación temida. Nunca le salió todo esto tan bien como en la infancia. Su ficción directriz, la de obrar como si tuviera que ser superior a todos, puede por eso adoptar también la forma de comportarse como si fuera un niño. Pero las satisfacciones infantiles se vuelven así modélicas y refuerzan por ello la línea directriz.
Sería un error suponer que solo el neurótico presenta tales líneas directrices. También el sano tendría que renunciar a orientarse en el mundo si no ordenara la imagen del mundo y sus vivencias según ficciones. En las horas de inseguridad estas ficciones se destacan con más claridad, se convierten en imperativos de la fe, del ideal, del libre albedrío; pero actúan también, en otros momentos, en secreto, en lo inconsciente, como todos los mecanismos psíquicos, de los que no representan más que la imagen verbal. Tomadas lógicamente, han de considerarse abstracciones, simplificaciones, a las que corresponde la tarea de resolver las dificultades de la vida por analogía con los sucesos más simples. La forma primitiva de los sucesos más simples, el entramado de la memoria apercipiente, la hemos encontrado en los intentos del niño por arreglárselas con sus dificultades. En el sueño este modo de apercepción aparece con más claridad; todavía hemos de ocuparnos de ello.
El nervioso lleva consigo constantemente el sentimiento de inseguridad. Por eso su «pensamiento analógico» está más fuerte y claramente marcado. Su misoneísmo (Lombroso), su miedo a lo nuevo, a las decisiones y a los exámenes — que casi siempre existe — proceden de la falta de una analogía. Se ha encadenado tanto a líneas directrices, las toma tan al pie de la letra y solo busca realizarlas, que, sin saberlo, ha renunciado a abordar sin prevención, sin prejuicio, la solución de cuestiones reales. Tampoco las necesarias limitaciones que impone la realidad, donde las cosas chocan duramente en el espacio, le empujan, conforme a su actitud, a eliminar la ficción, sino solo a transformarla. De manera aún más consecuente intenta el paciente psicótico imponer la realización de su ficción. El neurótico se debate en lo real, colgado de la línea directriz que él mismo se ha creado, y llega a una escisión de su personalidad por querer satisfacer a la vez la exigencia real y la imaginaria.
La forma y el contenido de la línea directriz neurótica proceden de las impresiones del niño que se siente postergado. Estas impresiones, que se desprenden con necesidad de un sentimiento originario de inferioridad, llaman a la vida una posición de agresión cuyo fin es la superación de la inseguridad. En esta posición de agresión encuentran su lugar todos los intentos del niño que prometen una elevación de su sentimiento de la personalidad: intentos logrados, que empujan a la repetición; fracasados, que sirven de memento; tendencias preparatorias del fin último que han surgido de un padecimiento orgánico insistente y desembocan en una suma de disposiciones psíquicas; y las que se han observado en otros. Todos los fenómenos de la neurosis proceden de estos medios preparatorios que tienden al fin último masculino. Son disposiciones mentales, siempre listas para iniciar la lucha por el sentimiento de la personalidad; obedecen al mando de la ficción directriz, que busca imponerse por medio de estos modos de reacción, preparados desde la infancia. En la neurosis desarrollada la ficción azuza todas estas disposiciones, que ahora se comportan ellas mismas como fines últimos. La angustia, que antes había de asegurar contra la soledad, contra el rebajamiento, contra el sentimiento de pequeñez, es hipostatizada; la compulsión, originariamente, en el sentido de la ficción, un intento de comportarse de modo masculino, se independiza; en el desmayo, en las parálisis, en los dolores histéricos y en los trastornos funcionales se representa simbólicamente la manera pseudomasoquista del paciente de hacerse valer o de esquivar una decisión temida. La gran importancia de la inseguridad del neurótico, tal como yo la he reconocido y descrito, obliga a tal refuerzo de la disposición y de sus consecuencias, que fenómenos de índole funcional originariamente insignificantes experimentan las configuraciones más asombrosas en cuanto la necesidad interior lo exige.
La mirada del neurótico se dirige — a causa del sentimiento de inseguridad — mucho más lejos hacia el futuro. Toda la vida presente le parece solo preparación. También esta circunstancia contribuye mucho a espolear su actividad fantástica y a enajenarlo del mundo real. De modo semejante a las personas religiosas, su reino no es de este mundo, y, como ellas, no se libra de la divinidad que se ha creado: la elevación de su sentimiento de la personalidad. Una serie de rasgos de carácter generales brotan necesariamente de este modo de ser apartado de la realidad. Así, en primer lugar, la gran veneración de los medios que han de servir a su ficción. Por regla general mostrará una conducta cuidadosamente medida, exactitud, pedantería, por una parte para no aumentar las «grandes dificultades de la vida», pero por otra, y principalmente, para distinguirse de los demás en el trabajo, en el vestir, en la moral, y ganar así un sentimiento de superioridad. Casi siempre este rasgo de carácter reforzado sirve también para ponerlo en contacto con el «enemigo», para dejar madurar aquellas situaciones que lo llevan al conflicto con su entorno, a fin de poder hacer reproches «justificados». Al mismo tiempo, estos eternos reproches sirven para mantener despiertos su sentimiento y su atención, para probarse que se le posterga, que no se cuenta con él. Este rasgo se encuentra ya en la infancia de algunos nerviosos, donde ayuda a poner a alguien a su servicio, por ejemplo a la madre, que luego cada noche tiene que tratar durante largo rato la ropa de una manera rigurosamente prescrita. De modo parecido se manifiestan a menudo llamativamente la angustia y la timidez, y frente a todos los demás intentos de explicación debo mantener que el fenómeno psíquico de la angustia nace de una excitación alucinatoria de una disposición que en la infancia ha crecido somáticamente a partir de pequeños comienzos, cada vez que amenazaba un daño corporal, pero que más tarde, y en especial en la neurosis, está condicionada por el fin último de sustraerse a un rebajamiento del sentimiento de la personalidad y de poner a otras personas a su servicio. — Es fácil comprender que todas las representaciones de deseo pueden alcanzar un grado enorme, del mismo modo que lo alcanzado rara vez proporciona satisfacción. Puede suponerse tranquilamente que todo neurótico «lo quiere todo». Este deseo coincide con su ficción directriz de querer ser el más fuerte. Si retrocede ante empresas que prometen ganancia, como casi siempre también ante crímenes y acciones inmorales, es porque teme por su sentimiento de la personalidad. Por el mismo motivo rehúye a menudo la mentira, pero puede, para ir sobre seguro y guardarse de extravíos, alimentar en sí el escrúpulo de que sería capaz de grandes vicios y crímenes. — Que esta rígida persecución de la ficción significa un daño social salta a la vista.
El egoísmo de las personas nerviosas, su envidia, su avaricia, a menudo inconscientes para ellas, su tendencia a desvalorizar a las personas y las cosas, proceden de su sentimiento de inseguridad y están destinados a asegurarlas, guiarlas, espolearlas. — Como están envueltas en fantasías y viven en el futuro, tampoco su distracción es sorprendente. — El cambio de humor depende del juego de su fantasía, que unas veces roza recuerdos penosos, otras se eleva hasta la expectativa del triunfo, análogamente a la vacilación y la duda del neurótico. Del mismo modo aparecen rasgos de carácter especiales, ninguno de ellos ajeno a la psique humana, orientados y tendenciosamente reforzados por el fin último hipnotizante. — La precocidad sexual y el enamoramiento son formas de expresión de la tendencia acrecentada a querer conquistar; la masturbación, la impotencia y los impulsos perversos están en la línea de orientación del miedo a la pareja, del miedo a la decisión, y el sadismo representa un intento de hacer de «hombre salvaje» para aturdir un sentimiento de inferioridad.
Hasta aquí hemos considerado como fuerza directriz y fin último de la neurosis surgida de la inferioridad constitucional la elevación del sentimiento de la personalidad, que busca siempre imponerse con especial fuerza. No se nos ha escapado que esta es solo la forma de expresión de un aspirar y desear cuyos comienzos están profundamente fundados en la naturaleza humana. La forma de expresión misma y la profundización de este pensamiento directriz, que podría llamarse también voluntad de poder (Nietzsche), nos enseñan que está en juego, compensatoriamente, una fuerza especial que quiere poner fin a la inseguridad interior. Mediante la formulación rígida, que casi siempre llega a la superficie de la conciencia, el neurótico busca ganar el punto fijo desde el que sacar el mundo de sus goznes. No hay gran diferencia en que el neurótico sea consciente de mucho o de poco de esta fuerza motriz. El mecanismo no lo conoce nunca, e igualmente es incapaz de esclarecer y quebrar por sí solo su conducta y su apercepción analógicas. Esto solo lo logra un procedimiento analítico que, por los medios de la abstracción, la reducción y la simplificación, nos deja adivinar y comprender la analogía infantil. Con ello se pone de manifiesto regularmente que el neurótico apercibe siempre según la analogía de una oposición, más aún, que casi siempre solo conoce y admite relaciones de oposición. Esta orientación primitiva en el mundo, correspondiente a las formulaciones antitéticas de Aristóteles y a las tablas pitagóricas de opuestos, procede igualmente del sentimiento de inseguridad y representa un simple artificio de la lógica. Lo que yo he descrito como oposiciones polares, hermafroditas, Lombroso como bipolares, Bleuler como ambivalencia, se remonta a este modo de apercepción que trabaja según el principio de la oposición. No hay que ver en ello, como suele ocurrir, una esencia de las cosas, sino reconocer el método de trabajo primitivo que mide una cosa, una fuerza, una vivencia por su contrario arreglado.
Cuanto más avanza el análisis, tanto más claro se hace uno de los pares de opuestos, cuya forma primitiva hemos establecido como sentimiento de inferioridad y elevación del sentimiento de la personalidad. Solo responde a los intentos primitivos del niño de orientarse en el mundo y asegurarse así el que se capten pares de opuestos más tangibles. Entre ellos he encontrado regularmente los dos siguientes: 1. arriba - abajo; 2. masculino - femenino. — Se encuentran entonces siempre agrupaciones de recuerdos, impulsos y acciones ordenadas, en el sentido del paciente y no siempre en el sentido general, según el tipo: inferior ≂ abajo ≂ femenino; poderoso ≂ arriba ≂ masculino. Esta agrupación es importante, pues, al poder falsearse y favorecerse a voluntad, hace posible la distorsión de la imagen del mundo, gracias a la cual siempre le es posible al neurótico, mediante arreglos, subrayados y arbitrariedades, mantener su punto de vista de persona postergada. Está en la naturaleza de las cosas que en ello le ayuden su inferioridad constitucional y, del mismo modo, la agresión siempre creciente de su entorno, que el comportamiento nervioso del paciente aguijonea sin cesar.
A veces le falta al neurótico la plena conciencia de su derrota supuesta o real. Se encuentra entonces siempre que su orgullo, su sentimiento de la personalidad, se niega a reconocerla. No obstante, obra como si hubiera tomado conocimiento de la nueva postergación, y el enigma de un ataque nervioso a menudo solo se resuelve tras comprender este hecho. Para la curación no se hace mucho sacando de lo inconsciente tales sensaciones «reprimidas», o solo se hace cuando con ello se vuelve accesible al paciente la conexión con el mecanismo infantil de la disposición a los ataques. A veces se produce incluso un empeoramiento aparente, que ha de entenderse en el sentido de que el paciente dirige sus disposiciones contra el médico, porque este ha herido su sentimiento de la personalidad.
Queda por responder una pregunta importante. ¿A qué refiere el neurótico su sentimiento de inferioridad? Como el paciente solo puede establecer una posibilidad de referencia en las inferioridades orgánicas que se imponen insistentemente en la disposición a la enfermedad, está siempre en el camino de la conjetura. No buscará la causa de su inferioridad, por ejemplo, en trastornos de la secreción glandular, sino que culpará de manera general a su debilidad, a su baja estatura, a deformidades, a la pequeñez o a anomalías de los genitales, a la falta de una masculinidad perfecta, a su sexo femenino, a rasgos femeninos de índole corporal o psíquica, a sus padres, a la herencia, a veces también solo a la falta de cariño, a la mala educación, a carencias en la infancia, etc. Y su neurosis, es decir, en nuestro sentido: el agudizamiento de sus disposiciones sobre base analógica, infantil, sus pensamientos convertidos en simbólicos, sus disposiciones de sensación y de éxito como medios de expresión, entrarán en acción en cuanto el paciente tema o experimente de una situación un rebajamiento. Él, que por así decir ha sido vacunado previamente con sentimientos de inferioridad, se muestra anafiláctico frente a toda disminución de su sentimiento de la personalidad, y en el titubeo, en la vacilación, en la duda y en el escepticismo, así como en el estallido de una neurosis o de una psicosis, encuentra todavía refugio y aseguramiento contra el mayor displacer que podría alcanzarle, contra la evocación de una inferioridad claramente sentida. De este modo son también fáciles de adivinar y de demostrar las ocasiones típicas del estallido de las neurosis y de las psicosis:
I. Búsqueda de la diferencia sexual, concepción vacilante del propio papel sexual, causante de la excitación del sentimiento de inferioridad. Sensación y agrupación de rasgos valorados como femeninos, apercepción vacilante, dubitativa, hermafrodita, y disposición hermafrodita. La disposición y el gesto psíquico del papel femenino traen siempre consigo mayor pasividad, expectativa angustiosa, etc., pero provocan la protesta masculina, una emotividad más fuerte (Heymanns).
II. Comienzo de la menstruación.
III. Fecha de la menstruación.
IV. Época de las relaciones sexuales, de la masturbación.
V. Edad de casarse.
VI. Embarazo.
VII. Puerperio.
VIII. Climaterio, disminución de la potencia.
IX. Exámenes, elección de profesión.
X. Peligro de muerte.
Todas estas fechas provocan intensificaciones o cambios en las actitudes preparatorias ante la vida. El lazo común que las une es la expectativa de hechos nuevos, que para el neurótico significan siempre nueva lucha, nuevo peligro de sucumbir. Pasa en seguida a aseguramientos intensos, cuyo límite extremo lo pone el suicidio. Los estallidos de psicosis y de neurosis representan refuerzos de su disposición neurótica, en la que se encuentran regularmente también rasgos de carácter de salvaguardia, adelantados, como: aumento de la hipersensibilidad, mayor cautela, iracundia, pedantería, obstinación, ahorro, descontento, impaciencia, etc. — Como estos rasgos son fáciles de demostrar, se prestan también muy especialmente a establecer la existencia de una enfermedad psicógena.
En lo que precede hemos llegado a la conclusión de que es el sentimiento de inseguridad el que obliga al neurótico a un apego más fuerte a ficciones, líneas directrices, ideales, principios. También el sano tiene ante sí estas líneas directrices. Pero para él son un modus dicendi, un artificio para distinguir lo de arriba de lo de abajo, la izquierda de la derecha, lo justo de lo injusto, y no le falta la espontaneidad para, llegado el caso de decidirse, liberarse de estas ficciones abstractas y hacer la cuenta con lo real. Tampoco se le descomponen los fenómenos del mundo en oposiciones rígidas; antes bien, se esfuerza en todo momento por desprender su pensar y su obrar de la línea directriz irreal y ponerlos en armonía con la realidad. Que utilice ficciones como medios para un fin se debe a la utilidad de la ficción para poder siquiera plantear el cálculo de la vida. Pero el neurótico, como el niño todavía apartado del mundo, como el entendimiento primitivo de pueblos antiguos, se aferra a la paja de la ficción, la hipostatiza, le confiere arbitrariamente valor de realidad, busca realizarla en el mundo. Para ello es inservible, y más inservible aún cuando, como en la psicosis, es elevada a dogma, antropomorfizada. El símbolo como modus dicendi domina nuestro lenguaje y nuestro pensamiento. El neurótico lo toma al pie de la letra, y en la psicosis se intenta su realización. En mis trabajos sobre la doctrina de las neurosis este punto de vista se ha subrayado y mantenido siempre. Una feliz casualidad me dio a conocer la genial «Philosophie des Als Ob» [Filosofía del como si] (Berlín 1911) de Vaihinger, una obra en la que encontré presentados como universalmente válidos para el pensamiento científico los razonamientos que me eran familiares por la neurosis.
Una vez establecido que el fin directriz ficticio del neurótico es una elevación ilimitada del sentimiento de la personalidad, que degenera francamente en la «voluntad de apariencia» (Nietzsche), podemos pasar a examinar la formulación conceptual de este problema vital. Como en la búsqueda de la diferencia sexual se prefiere decididamente el papel del hombre, se produce ya en época temprana la transformación de forma correspondiente a la oposición «hombre — mujer», y para el neurótico resulta la fórmula: tengo que obrar como si fuera un hombre cabal (o quisiera llegar a serlo). El sentimiento de inferioridad y sus consecuencias se identifican con el sentimiento de feminidad; la compulsión compensadora empuja en la superestructura psíquica hacia aseguramientos destinados a mantener el papel masculino, y el sentido de la neurosis se reviste del pensamiento fundamental antitético: soy una mujer y quiero ser un hombre. Este fin último directriz crea los gestos y disposiciones psíquicos necesarios, pero se expresa igualmente en la actitud corporal y en la mímica. Y con estos gestos preparados, de los que hay que considerar vanguardia los rasgos de carácter neuróticos, el neurótico se enfrenta a la vida y a las personas, al acecho, con una tensión claramente aumentada, de si se acreditará como hombre. Los simulacros de combate desempeñan un gran papel; se inician para que el neurótico se ejercite, para que saque enseñanzas de circunstancias distintas o semejantes, para hacerse más cauto y, por ejemplo, para hacerse con pruebas de que no debe arriesgar la batalla principal. Cuánto arregla, exagera y desvaloriza en ello, lo que le es posible por cierta arbitrariedad (Meyerhof), cómo agrupa falsamente y trabaja por afianzar su ficción, requiere una exposición aparte, como la que he intentado en los trabajos preparatorios de este escrito. Pero que en la protesta masculina del neurótico se esconde la voluntad de poder compensadora, más antigua, que incluso revalúa las sensaciones y puede convertir el placer en displacer, se desprende de los casos, no raros, en que el intento directo de comportarse de modo masculino tropieza con grandes resistencias y se sirve de un rodeo: el papel de la mujer es valorado más alto, se refuerzan los rasgos pasivos, surgen rasgos masoquistas, en los hombres homosexuales pasivos, en virtud de los cuales el paciente espera ganar poder sobre hombres y mujeres; en suma, la protesta masculina se sirve de medios femeninos. Que también este artificio está dictado por la voluntad de poder se desprende de los demás rasgos neuróticos, que aspiran al dominio y a la superioridad en la forma más intensa. Pero esta apercepción introduce en la neurosis la jerga sexual, que ha de entenderse como simbólica y resolverse ulteriormente.
Simultánea o predominantemente se encuentra en el neurótico el modo de apercepción según la oposición espacial «arriba-abajo». También para este intento primitivo de orientación, que el neurótico agudiza y destaca fuertemente, se encuentran analogías en los pueblos primitivos. Pero mientras es fácil comprender que el principio masculino se identifique con el pleno valor, respecto de la equiparación de lo de «arriba» estamos reducidos a conjeturas. Cierta probabilidad habla en favor de que entre en consideración el valor y la importancia de la cabeza, situada arriba, por oposición a los pies. Más importante aún me parece que la estimación de lo de «arriba» y su equiparación con el pleno valor procedan del anhelo de los hombres de elevarse, de volar, de realizar lo que no se puede. Los sueños de vuelo universales de la humanidad y su aspiración en el mismo sentido hablan sin duda en favor de esta suposición. Que en el congressus sexualis lo de «arriba» confluya con el principio masculino tiene seguramente también su importancia.
El refuerzo de la ficción en la neurosis causa una concentración de la atención en los puntos de vista que el nervioso ha reconocido como importantes. De ello resulta el estrechamiento del campo visual como disposición motora y psíquica. Al mismo tiempo entra en vigor el carácter neurótico reforzado, que lleva a cabo el aseguramiento, toma contacto con las potencias hostiles y, extendiéndose mucho más allá de los límites de la personalidad, sobre el tiempo y el espacio, favorece como línea directriz secundaria a la voluntad de poder. El ataque neurótico, por último, comparable a la lucha por el poder, tiene la tarea de preservar al sentimiento de la personalidad de rebajamientos.
De la inferioridad constitucional surge, pues, un sentimiento de inferioridad que exige una compensación en el sentido de la elevación del sentimiento de la personalidad. En ello el fin último ficticio alcanza una influencia enorme y atrae todas las fuerzas psíquicas en su dirección. Surgido él mismo de la tendencia a la seguridad, organiza disposiciones psíquicas con fines de aseguramiento, entre las cuales destacan, como artificios sobresalientes, el carácter neurótico y la neurosis funcional. La ficción directriz tiene un esquema simple, infantil, e influye en la apercepción y en el mecanismo de la memoria.
Capítulo II. La compensación psíquica y su preparación.
Nuestra consideración nos ha llevado a comprender cómo, a partir de la inferioridad absoluta del niño, en especial del constitucionalmente lastrado, se desarrolla una autoestimación que provoca el sentimiento de inferioridad. De modo análogo al δὸς ποῦ στῶ7, el niño busca ganar un punto de vista desde el que poder estimar las distancias que le separan de los problemas de la vida. Desde este punto de vista, que se toma como polo inmóvil en la huida de los fenómenos, la psique infantil tiende hilos de pensamiento hacia las metas de su anhelo. También estas son captadas como puntos fijos por la forma abstracta de intuición del entendimiento humano e interpretadas sensiblemente. La meta: ser grande, ser fuerte, ser un hombre, estar arriba, se simboliza en la persona del padre, de la madre, del maestro, del cochero, del maquinista, etc., y la conducta, la actitud, los gestos identificadores, el juego de los niños y sus deseos, sus sueños diurnos y sus cuentos favoritos, sus pensamientos sobre su futura elección de profesión, nos indican que la tendencia a la compensación está en acción y hace preparativos para el papel futuro. El propio sentimiento de inferioridad e incapacidad, la sensación de debilidad, de pequeñez, de inseguridad, se convierte así en la base de operaciones adecuada, que, a partir de los sentimientos de displacer e insatisfacción adheridos a ella, proporciona los impulsos interiores para acercarse a una meta final ficticia. El esquema de que se sirve el niño para poder obrar y orientarse es general y corresponde al afán del entendimiento humano de conjurar en formas fijas, mediante supuestos irreales, ficciones, lo caótico, lo fluyente, lo nunca aprehensible, para calcularlo. Así obramos también cuando dividimos el globo terráqueo con meridianos y paralelos; pues solo así obtenemos puntos fijos que podemos poner en relación. En todos los intentos semejantes, de los que está llena la psique humana, se trata de inscribir un esquema abstracto irreal en la vida real, y considero como la tarea principal de este escrito promover este conocimiento, que he obtenido de la consideración psicológica de la neurosis y de la psicosis, y que, según las demostraciones de Vaihinger, se encuentra en todas las concepciones científicas. En cualquier punto en que se estudie el desarrollo psíquico de un sano o de un nervioso, se lo encuentra siempre enredado en las mallas de su esquema: al neurótico, que no encuentra el camino de vuelta a la realidad y cree en su ficción; al sano, que lo utiliza para alcanzar una meta real. Pero lo que da el motivo apremiante para el uso del esquema es siempre la inseguridad en la infancia, la gran distancia respecto del despliegue de poder del hombre, de su primacía y de su privilegio, de los que el niño tiene barruntos y certezas. Y en este punto quisiera permitirme completar las explicaciones del docto autor: lo que nos obliga a todos, y sobre todo al niño y al neurótico, a abandonar los caminos más próximos de la inducción y la deducción, a servirnos de artificios como la ficción esquemática, procede del sentimiento de inseguridad, es la tendencia al aseguramiento, que en última instancia apunta a librarse del sentimiento de inferioridad para elevarse a la plena altura del sentimiento de la personalidad, a la masculinidad completa, al ideal de estar arriba. Cuanto mayor es esta distancia, tanto más agudamente se manifiesta la ficción directriz, de modo que el sentimiento de estar abajo puede ser igualmente decisivo que, por ejemplo, la imagen, concebida mayor que el natural, de un padre fuerte, de una madre fuerte.
Vemos así aparecer tensiones que van mucho más allá de la medida de lo que cabría esperar de los más esforzados rendimientos corporales de los instintos, del más fuerte anhelo de satisfacción del placer orgánico. Entre otros, también Goethe señala que la percepción se vincula, sí, a la satisfacción de necesidades prácticas, pero que el hombre lleva además una vida en el sentimiento y en la imaginación. Con ello queda excelentemente captada la compulsión a elevar el sentimiento de la personalidad, como se desprende también de una de sus cartas a Lavater, donde Goethe observa: «Este afán de elevar en el aire, tan alto como sea posible, la punta de la pirámide de mi existencia, cuya base me ha sido dada y fundada, prevalece sobre todo lo demás y apenas permite un olvido momentáneo».
Es fácil comprender que una situación psíquica tan tensa — y todo artista, todo genio, libra la misma lucha contra su sentimiento de inseguridad, solo que con medios culturalmente valiosos — es apta para reforzar y hacer brotar toda una serie de rasgos de carácter que ayudan a constituir la neurosis. Así, sobre todo, la ambición. Es sin duda la más fuerte de las líneas directrices secundarias que tienden hacia el fin último ficticio. Y engendra una suma de disposiciones psíquicas que han de asegurar al nervioso la primacía en todas las situaciones de la vida, pero que hacen aparecer siempre irritadas su agresión y su afectividad. Así se presenta el nervioso casi siempre orgulloso, porfiado, envidioso y avaro, quiere causar impresión en todas partes, ser siempre el primero, pero tiembla siempre por el éxito y aplaza gustoso la decisión. De ahí lo vacilante, lo cauteloso en el modo de presentarse del neurótico, su desconfianza, sus titubeos y sus dudas. Como a modo de ejercicio, en el sentido de una preparación, produce estas disposiciones psíquicas en pequeño, para ganar puntos de apoyo y nuevas directrices de salvaguardia para las grandes metas que lo tienen hechizado. Este es también el sentido del mecanismo de desplazamiento de Freud: el enfermo se ve obligado por su tendencia a la seguridad a reunir, a modo de prueba, in corpore vili, pruebas que han de justificar una y otra vez su actitud psíquica de conjunto. Por regla general resulta siempre la idea: ¡tengo que ser cauto si quiero alcanzar mi meta! Y no es nada raro que el paciente cometa osadas imprudencias para asegurarse en el punto principal de su ideal de masculinidad mediante el realce admonitorio de su imprudencia. Muy a menudo, las alucinaciones y los sueños asumen en neuróticos y psicóticos la función de esta voz admonitoria, pintan cómo fue ya una vez, cómo fue en otros o cómo podría llegar a ser, para mantener al paciente en la línea directriz de salvaguardia.
Por lo demás, se encuentran, «para elevar en el aire, tan alto como sea posible, la punta de la pirámide de la existencia», rasgos muy subrayados de combatividad, obstinación y actividad, muchas veces asegurados o agudizados por la pedantería, esta para mantenerse en la dirección. Que el afán de saber, poderoso promotor de altas metas, se tense enormemente, no es ciertamente extraño. Con igual claridad se muestran la impaciencia, el miedo a llegar tarde, el miedo a no conseguir nada, como acicate particularmente violento para no perder de vista una ventaja, para hacer más bien demasiado que demasiado poco por alcanzar el fin último ficticio. Con todo, estos rasgos se hallan ya de lleno en el terreno de la neurosis desarrollada, donde la tendencia a la seguridad pasa cada vez más a primer plano y empuja a los peligrosos artificios: ahondar los sentimientos de inferioridad, obrar como si se estuviera perjudicado, apartado del éxito, sin esperanzas, o sumergirse más o menos en la pasividad, hacer brotar rasgos femeninos, comportarse de modo masoquista y perverso, y por último restringir fuertemente el propio radio de acción, para sacudirlo y dominarlo con tanta mayor violencia por medio de los síntomas de la enfermedad. De modo parecido se produce el arreglo de la indolencia, la pereza, el cansancio, la impotencia de toda clase, que dan el pretexto para huir de decisiones que podrían herir el orgullo del nervioso, para sustraerse al estudio, a la profesión, a un matrimonio. A veces esta fase del desarrollo termina con el suicidio, que entonces se siente siempre como venganza lograda contra el destino, contra los allegados.
También los sentimientos de culpa ganan terreno. Con esto nos hallamos en uno de los puntos más difíciles de los análisis de neurosis y psicosis. El sentimiento de culpa y la conciencia moral son líneas directrices ficticias de la cautela, de modo parecido a la religiosidad, y sirven a la tendencia a la seguridad.8 Tienen la tarea de impedir un descenso del sentimiento de la personalidad cuando la agresión irritada empuja impetuosamente a actos egoístas. En el sentimiento de culpa la mirada se vuelve hacia atrás; la conciencia moral actúa por previsión. También el amor a la verdad está sostenido por la tendencia a la seguridad y se encuentra propiamente en el marco de nuestro ideal de la personalidad, mientras que la mentira neurótica representa un débil intento de guardar las apariencias y, por tanto, de actuar compensatoriamente.
Todos estos intentos de aspirar a más altura, de la voluntad de poder, han de entenderse naturalmente como una forma de la aspiración masculina, han de identificarse con la protesta masculina, pues esta representa una forma primitiva del afán psíquico de hacerse valer, según el cual se agrupan todas las experiencias, percepciones y direcciones de la voluntad. La apercepción se guía según este esquema, el más palpable; el fin último, sobre todo en el neurótico, es la configuración de la protesta masculina contra una autoestimación femenina, y así también la atención, la cautela, la duda, e igualmente todos los rasgos de carácter y las demás disposiciones psíquicas y corporales, y en el más alto grado sobre todo la valoración de todo lo vivido, se orientan según este fin último masculino, de modo que todos estos fenómenos llevan en sí una dinámica, y la revelan al conocedor, que empuja de abajo arriba, de lo femenino a lo masculino. El desencadenamiento de todas estas líneas de fuerza, la fijación del fin último lejano, el realce y la ocasional protección de rasgos inferiores, femeninos, con el fin de combatirlos mejor mediante la protesta masculina, ocurren por el mismo factor que crea también las compensaciones orgánicas: por la compulsión a equilibrar, por los constantes intentos de sustituir un rendimiento deficitario perjudicial mediante un trabajo suplementario, lo que en lo psíquico se expresa en la tendencia a la seguridad, que hace de la voluntad de poder, de masculinidad, la línea directriz para escapar del sentimiento de inseguridad.
La mayor dificultad para la comprensión de la neurosis la ofrece la llamativa protección de rasgos inferiores, femeninos, y su reconocimiento por el paciente. Aquí pertenecen la aparición de manifestaciones morbosas en general, pero también de rasgos pasivos, masoquistas, de caracteres femeninos, la homosexualidad pasiva, la impotencia, la sugestionabilidad, la accesibilidad e inclinación a la hipnosis o, por último, la aparente entrega a un modo de ser y de conducirse femenino. El fin último sigue siendo siempre el dominio sobre otros, que se siente y se valora como triunfo masculino. Nunca faltan tampoco en la caracterología de estos pacientes los rasgos compensadores arriba descritos, como cabe esperarlos en personas que toman como base de operaciones el sentimiento de estar perjudicadas y tratan ahora de recuperar de cualquier modo el sustituto, lo que les falta para un sentimiento de la personalidad exagerado. Y también en esta situación psíquica gana terreno lo sexual como símbolo, ya que tales pacientes apercipen a menudo según un esquema, como si sus genitales estuvieran feminizados, mermados, castrados, y por eso se vieran continuamente obligados a buscar un sustituto. Una forma de este sustituto la encuentran en el rebajamiento, en la feminización de todas las demás personas. De esta tendencia a la desvalorización proceden refuerzos notables de ciertos rasgos de carácter que representan nuevas disposiciones y están destinados a perjudicar a otros, como el sadismo, el odio, la porfía, la intolerancia, la envidia, etc. También la homosexualidad activa, así como las perversiones que rebajan a la pareja, y también el asesinato por placer, proceden de la tendencia a la desvalorización del neurótico, que no puede imaginarse lo bastante fuerte. Todos ellos representan una simbólica hecha carne del sometimiento según el esquema: superioridad sexual del hombre. En suma, el neurótico puede elevar su sentimiento de la personalidad también rebajando al otro.
Más arriba hemos hablado de la protección de rasgos femeninos con el fin de combatirlos mejor, a efectos de una mejor autovigilancia en la neurosis. Estos subrayados, unidos a la clara tendencia a destacar la voluntad de masculinidad, crean la apariencia de una hendidura en la psique del nervioso, que les es familiar a los autores en la suposición de una double vie, de una disociación, así como en el cambio de humor de los nerviosos, pero también en la sucesión de depresión y manía, de ideas de persecución y de grandeza en la psicosis. Siempre he encontrado como lazo interior de estos estados opuestos la tendencia a elevar el sentimiento de la personalidad, en la que la situación «inferior» se vincula a un rebajamiento, pero se delimita y se arregla como base de operaciones. Entonces se inicia la protesta masculina, que a menudo se prolonga hasta la semejanza con Dios o hasta una especie de unión íntima con Dios. Para esta «escisión de la conciencia» es además determinante el modo de apercepción agudo, esquemático y fuertemente abstrayente del predispuesto nervioso, que agrupa los sucesos interiores y exteriores según un esquema rigurosamente antitético, algo así como el Debe y el Haber de la contabilidad, y no admite transiciones. Este defecto del pensamiento neurótico, idéntico a una abstracción llevada demasiado lejos, es igualmente culpa de la tendencia neurótica a la seguridad; esta necesita, a efectos de elegir, presentir y obrar, directrices nítidamente circunscritas, ídolos, fetiches, en los que el nervioso cree. Con ello se aleja de la realidad concreta. Pues orientarse en ella requiere una elasticidad, no una rigidez de la psique; un uso de la abstracción, no su adoración, su conversión en fin y su divinización.
En consecuencia, encontraremos en la vida anímica del neurótico, igual que en la poesía primitiva, en el mito, en la leyenda, en la cosmogonía, en la teogonía y en los comienzos de la filosofía, en el grado más pronunciado, la inclinación a estilizarse a sí mismo, sus vivencias y las personas de su entorno. Para ello, ciertamente, fenómenos que no van juntos han de ser separados tajantemente por una ficción abstrayente. La compulsión a esta medida nace del anhelo de orientación y procede de la tendencia a la seguridad. A menudo es tan considerable que exige la descomposición de la unidad, de la categoría, de la unidad del yo, en dos o más partes opuestas.
Desde la autoestimación, antes descrita, del niño al que su inferioridad orgánica y los males que de ella proceden inducen a aseguramientos especiales, hasta el pleno desarrollo de la técnica neurótica del pensamiento y de su línea auxiliar, el carácter neurótico, aparecen una serie de fenómenos psíquicos que hay que entender, en el sentido de Karl Groos9, como ejercitación, y en nuestro sentido como preparación para el fin último ficticio. Se muestran muy tempranamente, de modo incipiente en la lactancia, y están sometidos constantemente a los influjos de una educación consciente e inconsciente. Todo el modo de desarrollo de un niño muestra que se orienta según una idea, que, ciertamente, casi siempre se presenta en forma primitiva y regularmente se concreta también en la figura de una persona. Bajo esta compulsión, cuyo mecanismo psíquico actúa en su mayor parte de modo inconsciente y solo en pequeña parte conscientemente, se llega a configuraciones más nítidas del alma que se va formando, y la vida mental y corporal de un hombre, tomada en un punto determinado de su desarrollo, ha de entenderse como la respuesta que da a la pregunta de la vida.
Esta respuesta, propiamente la manera de tomar la vida, es, según todas las experiencias que hemos reunido, idéntica al intento de poner fin a la inseguridad de la vida, al caos de las impresiones y sensaciones, de aplicar los asideros para superar las dificultades. Ya la reflexión, la observación, el pensar y el prever mismos, la atención, la estimación y la valoración son impulsados por la tendencia a la seguridad. Y como la sensación de la propia inferioridad proporciona una medida abstracta de la desigualdad entre los hombres, se hace del más grande, del más fuerte y de su medida la meta final ficticia, para quedar así a salvo de la inseguridad, del «miedo». Así se llega en el alma del niño a la formación de una línea directriz que empuja hacia la elevación del sentimiento de la personalidad, para escapar de la inseguridad; con un empuje más violento en el nervioso, que ha sentido la inferioridad con más agudeza. Los mitos, el pueblo, los poetas, los filósofos y los fundadores de religiones han tomado de su época el material para la transformación de las líneas directrices, de modo que como metas finales están disponibles la fuerza corporal o espiritual, la inmortalidad, la virtud, la piedad, la riqueza, el saber, la moral de señores, el sentir social o la autarquía soberbia, y son tomadas según la peculiaridad receptiva del individuo ávido de pleno valor. En este punto, las energías vivas del niño son desviadas hacia el círculo, creado por él mismo, de su mundo subjetivo, que en adelante, como ficción directriz, falsea y revalúa en su favor todas las sensaciones e impulsos, el placer, el displacer, incluso el instinto de conservación, para llegar con seguridad a la meta, y que en el nervioso emplea a su manera particular todo lo experimentado y vivido para establecer disposiciones y preparar el triunfo.
Estos actos preparatorios, con su transmutación de los valores, pueden observarse con mayor claridad en el juego del niño nervioso, en sus consideraciones sobre la futura profesión y en su actitud corporal y psíquica. De estos fenómenos se hablará todavía en conexión con la tendencia a la seguridad que los domina. Respecto del hábito nervioso, destaquemos que por regla general llama la atención tempranamente, que ofrece una representación pantomímica de un rasgo de carácter, ya como actitud angustiada, acechante, desconfiada, insegura, cautelosa, tímida, ya como actitud hostil, obstinada, segura de sí, complaciente consigo misma, impertinente. Se hace notar fácilmente el rubor, o la mirada es peculiarmente captadora, gacha u hostil. Es fácil remitir una de estas actitudes o gestos, un rasgo mímico, al modelo. A menudo se encuentra ya en los niños nerviosos la imitación del principio masculino, del padre; el modelo de la madre solo se interpone por la transformación de forma de la ficción directriz, o cuando desde el principio la preponderancia moral de la madre está fuera de duda. Casi siempre se trata de fenómenos insignificantes que por lo demás no se someten a la observación médica: cruzar las piernas, los brazos, una manera particular de andar, la preferencia por ciertos alimentos, la adopción de rasgos de carácter, etc., o formas de expresión contrarias cuando la obstinación es más marcada. Los defectos infantiles persistentes, como la enuresis, el morderse las uñas, el chuparse el dedo, la tartamudez, el parpadeo, la masturbación, etc., pueden remitirse regularmente a esta actitud obstinada. Son el medio del débil para reducir el pathos de la distancia y suprimir así el sentimiento de la propia inferioridad, y apuntan en última instancia a la superación de una autoridad, pero al mismo tiempo a ganar un pretexto para esquivar la decisión, para aplazarla.
Todos los fenómenos considerables de este tipo son ya ellos mismos rasgos de carácter o se muestran atravesados por el carácter neurótico; son, como este mismo, una forma de expresión de la tendencia a la seguridad, preparaciones y disposiciones de la fuerza compensadora que el sentimiento de inferioridad desencadena.
Capítulo III. La ficción reforzada como idea directriz en la neurosis.
La tarea más importante del pensamiento es ante todo adelantarse a la acción o a los acontecimientos, captar el camino y la meta e influir en ellos en la medida de lo posible. Mediante este prever queda en cierto modo asegurada nuestra influencia más allá del tiempo y del espacio. En consecuencia, nuestra psique es en primer lugar un órgano de ataque, nacido de la necesidad de unos límites demasiado estrechos, tales como los que originariamente dificultan la satisfacción de los instintos. Pero este fin, condicionado orgánicamente, de la satisfacción de los instintos solo puede valer hasta que ha encontrado el medio adecuado para estabilizarse y asegurarse por encima de las mayores impugnaciones. Hacia el final de la lactancia, cuando el niño realiza acciones autónomas, seguras de su meta, que no se dirigen solo a la satisfacción de los instintos, cuando ocupa su lugar en la familia y se acomoda en su entorno, posee ya destrezas, gestos y disposiciones psíquicos. Además, su obrar se ha vuelto unitario, y se lo ve en camino de conquistarse un lugar en el mundo. Un obrar tan unitario solo puede comprenderse si se supone que el niño ha encontrado un punto fijo, unitario, fuera de sí mismo, hacia el que tiende con sus energías de crecimiento. El niño tiene que haber configurado, pues, una línea directriz, una imagen directriz, evidentemente con la expectativa de orientarse así lo mejor posible en su entorno y llegar a la satisfacción de sus necesidades, a la evitación del displacer, a la obtención del placer.10 De esta imagen directriz destaca al principio especialmente la necesidad de ternura, que originariamente constituye la «plasticidad» (Paulsen) del niño. Pronto se suman a esta actitud aspiraciones a encontrar el agrado, la ayuda y el amor de los padres, impulsos de independencia, de obstinación y de rebeldía. El niño ha encontrado un «sentido de la vida» al que tiende, cuyos contornos todavía vacilantes va formando, desde el que es atraído su prever y que guía y valora sus acciones, sus impulsos afectivos. La torpeza infantil, el desvalimiento y la inseguridad obligan a explorar a tientas las posibilidades, a reunir experiencias y a crear la memoria, para que pueda tenderse el puente hacia el futuro, donde moran la grandeza, el poder, las satisfacciones de toda clase. Tender este puente es la operación más importante del niño, pues de lo contrario se hallaría, en la abundancia de las impresiones que lo asaltan, sin recogimiento, sin consejo, sin guía. Este primer estadio del mundo subjetivo que despierta apenas puede delimitarse bien o expresarse en palabras. Con todo, podemos decir que la imagen directriz del niño ha de estar hecha como si pudiera aportarle mayor seguridad, orientación, al influir en la dirección de su querer. Pero seguridad solo puede ganarla si trabaja en pos de un punto fijo en el que se vea más grande, más fuerte, libre de las deficiencias de la temprana niñez. La índole figurada, analógica, de nuestro pensamiento hace que esta imagen futura, cambiada, de la propia persona se piense en la figura del padre, de la madre, de un hermano mayor, del maestro, de una persona de oficio, de un héroe, de una figura animal, de un dios. A todas estas figuras directrices les es común el rasgo de la grandeza, del poder, del saber y del poder hacer, y así representan todas sin excepción símbolos de abstracciones ficticias. Y al igual que el ídolo hecho de barro, reciben fuerza y vida de la fantasía humana, y actúan retroactivamente sobre la psique de la que han nacido.
Este artificio del pensamiento tendría el sello de la paranoia y de la dementia praecox, que se crean «potencias hostiles» para asegurar el sentimiento de la personalidad, si al niño no le fuera dada la posibilidad de escapar en todo momento del hechizo de su ficción, de borrar de la cuenta sus proyecciones (Kant) y de utilizar solo el impulso que mana de esta línea auxiliar. Su inseguridad basta para establecer metas fantásticas con que orientarse en el mundo, pero no es tan grande como para desvalorizar la realidad y dogmatizar la imagen directriz, como ocurre en la psicosis. Con todo, hay que señalar la semejanza de la importancia de la inseguridad y del artificio de la ficción en el sano, en el nervioso y en el loco.
Lo universalmente humano de este proceso es que la memoria apercipiente cae bajo el poder de la ficción directriz. Con ello queda dada, dentro de ciertos límites, una concepción unitaria del mundo para todos. La pequeñez y la pobreza del niño aspirarán siempre a ensanchar sus límites y los trazarán según el modelo del más fuerte. Y entonces resulta, en el curso del desarrollo psíquico, que lo que originariamente era un artificio en sí imaginativo, importante y valioso solo en conexión, un medio para poder tomar posición, encontrar la dirección, aplicar asideros, se ha convertido en fin, evidentemente porque solo por este camino, y no por la satisfacción directa de los instintos, puede el niño alcanzar la seguridad del obrar.11
Con ello se ha encontrado el punto eficaz fuera de la esfera corporal hacia el que se orienta la psique, el centro de gravedad del pensar, el sentir y el querer humanos. Y el mecanismo de la memoria apercipiente, con su sinnúmero de experiencias, se transforma de un sistema que actúa objetivamente en un esquema que trabaja subjetivamente, modificado por la ficción de la personalidad futura. Su tarea pasa a ser la de establecer vínculos con el mundo exterior que sirvan a la elevación del sentimiento de la personalidad, la de dar directivas, indicaciones, a las acciones y pensamientos preparatorios y la de ponerlos en conexión con el férreo acervo de disposiciones ya elaboradas. Recuérdese solo la acertada frase de Charcot, que destacó, a propósito de la investigación científica, que siempre se encuentra solamente lo que se sabe — una observación que, aplicada a la experiencia práctica, es capaz de mostrar que, a partir de una serie de mecanismos y disposiciones psíquicos ya hechos, como muestra también la doctrina de Kant de las formas de intuición de nuestro entendimiento, queda limitado todo nuestro círculo de percepciones.12 Igualmente, nuestras acciones están determinadas por este contenido de experiencia — determinado y valorado desde la ficción directriz. Nuestros juicios de valor mismos corresponden a la medida de la meta ficticia, no, por ejemplo, a sensaciones «reales» o a sentimientos de placer. Y la acción se produce, como lo expresa James, bajo una especie de aprobación: está ligada a un ¡fiat!, a una orden o a un asentimiento.
La ficción directriz es, pues, originariamente el medio, un artificio, con el que el niño intenta librarse de su sentimiento de inferioridad. Inicia la compensación y está al servicio de la tendencia a la seguridad. Cuanto mayor es el sentimiento de inferioridad, tanto más apremiante e intensa se vuelve la necesidad de una línea de orientación aseguradora, tanto más agudamente se destaca también esta, y, como la compensación en lo orgánico, la eficacia de la compensación psíquica está ligada al rendimiento de un trabajo suplementario y trae consigo fenómenos llamativos, a menudo de valor superior y nuevos, en la vida anímica. Una de sus formas de expresión, destinada a asegurar el sentimiento de la personalidad, es la neurosis y la psicosis.
El niño constitucionalmente inferior, con su legión de males e inseguridades, elaborará con más nitidez su punto fijo y lo situará más alto, trazará más claramente la línea directriz y se atendrá a ella de modo más angustiado o más rígido en sus principios. En efecto, la impresión principal al observar a un niño predispuesto a la neurosis es la de que procede con mucha más cautela, con toda clase de prejuicios, que le falta la espontaneidad frente a la realidad, y además que su posición de agresión está exacerbada, ya que quiere llegar a dominar una situación, o bien conquistando o bien mediante la sumisión. Casi siempre se deja guiar en la elección de sus medios de lucha por sus inferioridades orgánicas, y las explota frente a sus allegados o las fija por obstinación. A menudo toma prestados males de su entorno, simulándolos al principio o exagerándolos, para afianzar su posición. Donde falta el efecto de tales medios sobre el entorno, se intenta eliminar el mal mediante un mayor despliegue de fuerza, con lo que frecuentemente, cuando anomalías funcionales del ojo, del oído, del habla, de la musculatura experimentan una sobrecompensación, se desarrollan rendimientos cualificados y artísticos. También van unidos a ello fuertes impulsos de independencia. O bien se busca la salvación en un apoyo reforzado, con cuyo fin funcionan como aseguramientos la angustia, el sentimiento de pequeñez, la debilidad, la torpeza, la incapacidad, el sentimiento de culpa, el arrepentimiento. En la misma dirección apuntan el afianzamiento de defectos infantiles y la fijación de un infantilismo psíquico, en cuanto no proceden exclusivamente o de paso de la actitud de obstinación, ni responden al negativismo infantil.
Una serie de males de los niños neuropáticos son de índole subjetiva, corresponden a un juicio erróneo total o parcial, como los que se producen en los intentos de los niños por fundamentar o comprender su sentimiento de inferioridad. A menudo se mezcla ya en estas interpretaciones lógicas la ambición compensadora o la agresión del niño contra los padres. «Los padres, el destino, tienen la culpa», «porque soy el menor, porque llegué demasiado tarde», «porque soy una Cenicienta», «porque quizá no soy hijo de estos padres, de este padre, de esta madre», «porque soy demasiado pequeño, demasiado débil, tengo la cabeza pequeña, soy demasiado feo», «porque tengo un defecto del habla, un defecto del oído, bizqueo, soy miope», «porque tengo los genitales deformes, mermados», «porque no soy masculino, porque soy una niña», «porque soy por naturaleza malo, tonto, torpe», «porque me he masturbado, soy demasiado sensual, demasiado codicioso», «porque soy perverso por naturaleza», «porque me someto fácilmente, no soy independiente y obedezco», «porque lloro fácilmente y me conmuevo», «porque soy un criminal, un ladrón, un incendiario, podría asesinar a alguien», «mi ascendencia, mi educación, la circuncisión tienen la culpa», «porque tengo la nariz larga, tengo demasiado, demasiado poco vello», «porque soy un lisiado»: así y de modo parecido suenan los intentos del niño de descargarse remitiéndose al fatum — exactamente como en la tragedia griega y en la tragedia de destino —, de salvar su amor propio y de echar la culpa a otros. Estos intentos se encuentran regularmente en el tratamiento psíquico de la neurosis, y pueden remitirse siempre a la relación entre el sentimiento de inferioridad y el ideal. El valor y la importancia de estos razonamientos descubiertos, que están clavados como un aguijón en el alma del nervioso, residen además en el uso que se hace de ellos: 1. para azuzar la aspiración neurótica en la dirección del ideal (tipo: ideas de grandeza); 2. como refugio y pretexto cuando una decisión amenaza con rebajar el sentimiento de la personalidad (tipo: ideas de pequeñez). Esta segunda utilidad y utilización pasa naturalmente a primer plano en la neurosis, porque la meta neurótica está puesta demasiado alto para que se pueda aspirar a ella en línea recta. Pero la posibilidad de una utilización reside en la mezcla de agresión, en la acusación al destino y a la herencia. Con ello el nervioso gana una base de operaciones duradera, sobre la que, con la misma intención hostil, despliega, adelanta y estabiliza ciertos rasgos de carácter como la obstinación, el afán de dominio, el modo de ser quisquilloso, los deseos pedantes, porque así le es siempre posible dominar a su entorno, casi siempre invocando su grave padecimiento. Todos estos resentimientos y disposiciones creadas, a los que se suman todavía defectos infantiles mantenidos, a menudo ampliados, y síntomas de enfermedad de índole espiada o creada por uno mismo, están en estrecha trabazón, son inseparables unos de otros y muestran también con ello su dependencia de un factor situado fuera de su estructura, de la ficción directriz creada por la tendencia a la seguridad, del anhelo de elevar el sentimiento de la personalidad. En la base ficticia de tales sentimientos de inferioridad, que siempre se piensan o se sienten reforzados por razones de aseguramiento, veo la principal oportunidad de una posibilidad de curación. En ello la cuestión de si el sentimiento de inferioridad es consciente o inconsciente desempeña un papel subordinado. A veces el orgullo llega tan lejos «que la memoria cede» (Nietzsche). La conexión descrita, por cierto, es desconocida para el paciente. Y por eso, hasta que se descubre y se rectifica el mecanismo, hasta que se destruyen sus disposiciones y su plan de vida neurótico, sigue siendo un juguete de sus sensaciones y afectos, cuya interacción se complica todavía esencialmente porque regularmente, a consecuencia del azuzamiento buscado de la aspiración neurótica, se entremezclan aquellas disposiciones y rasgos de carácter que niegan el sentimiento de inferioridad, como el orgullo, la envidia, la avaricia, la crueldad, el valor, el afán de venganza, la iracundia y otros.
El subrayado y la compulsión a representar de modo marcado la inferioridad desempeñan un gran papel en la psicología de los nerviosos. La apariencia de debilidad, de padecimiento, de incapacidad y de inutilidad se deriva predominantemente de tales exhibiciones, porque el nervioso, por este mecanismo compulsivo, ha de comportarse ineludiblemente, sentir de tal modo, como si estuviera enfermo, fuera femenino, inferior, postergado, perjudicado, sexualmente sobreexcitado, impotente o pervertido. La cautela en la vida, que acompaña siempre estos impulsos, el empuje reforzado hacia arriba, la manía de hacer de hombre de esta o de otra manera, de ser superior a todos los demás, la seguridad del neurótico de esquivar mediante tales arreglos la decisión y el rebajamiento en la línea principal y de impedir así una merma del sentimiento de la personalidad, nos permiten reconocer el verdadero estado de cosas: la baja autoestimación es ella misma solo un artificio del neurótico para ganar con fuerzas reforzadas la línea directriz que le conduce a una elevación de su sentimiento de la personalidad. Aunque obre también bajo la divisa: mitad y mitad, abandonando determinadas posiciones de combate, se asegura con ello, sin embargo, contra un sentimiento de inferioridad definitivo y puede poner mejor a otros a su servicio.
El componente sexual en la psicología de las neurosis, que Freud convirtió en eje, se explica así como el efecto de una ficción. No hay una medida objetiva de la «libido». Su aumento y su disminución se rigen siempre por el fin último ficticio. A todo neurótico le resulta fácil simularse una alta tensión sexual mediante arreglos más o menos adecuados a su fin, sobre todo mediante la tensión de la dirección correspondiente de la atención, cuando anda a la caza de pruebas de cuánto perjudica la sexualidad a su seguridad, de con qué facilidad su sentimiento de la personalidad podría verse amenazado por ese lado. Los debilitamientos de los impulsos libidinosos hasta la impotencia psíquica han de entenderse como inhibiciones de la agresión buscadas, como perturbaciones de disposiciones naturales, como construcciones de un «como si», útiles para asegurarse contra un matrimonio, contra distracciones, contra una degradación frente a la pareja, contra un hundimiento en la miseria o en la delincuencia. Las inclinaciones perversas, reprimidas o conscientes, han de entenderse siempre como desviaciones, igual que la masturbación compulsiva, como símbolos de un plan de vida ficticio, de salvaguardia. Son impuestas por la ficción directriz en cuanto el sentimiento de inferioridad se expresa en un miedo a la pareja sexual, como ocurre regularmente en las anomalías de la sexualidad. La ficción puede entonces también desplazar el impulso perverso a lo inconsciente, o hacer irreconocible el miedo a la pareja, de modo que solo se haga visible por la situación. Lo primero lo hace imponiendo al orgullo esta tarea; lo segundo, haciendo de la necesidad virtud y desvalorizando a la pareja. También los impulsos incestuosos, a los que Freud atribuye una importancia tan sobresaliente para la génesis de la neurosis y de la psicosis, resultan ser en la psicología de las neurosis construcciones adecuadas a su fin y símbolos, a los que la historia infantil con sus preparaciones proporciona el material, casi siempre inofensivo. La comprensión del «complejo de Edipo» mantenido, por ejemplo, muestra que este da una representación figurada, revestida de sexualidad, de la conciencia de fuerza masculina, de la superioridad sobre la mujer, pero al mismo tiempo delata el motivo que lleva a esta demostración: como si la madre fuera la única mujer a la que se puede someter, con la que se puede contar, o como si el deseo sexual (¡ya en la infancia!) fuera ilimitado y, por tanto, amenazador de peligro, y hubiera de imponerse siempre en lucha contra otros más fuertes (el padre, el dragón, el peligro de muerte). — Como puede deducirse de esta interpretación, la consideración de la neurosis sexual nos conduce una y otra vez al hallazgo de una ficción directriz que se representa sexualmente o se deja representar así por el terapeuta, y, en conexión con ello, al descubrimiento de un modo de apercepción que trabaja según un esquema sexual, por el cual el nervioso, como también el «normal», intentan a menudo captar y comprender el mundo y sus fenómenos en una imagen sexual. Nuestras investigaciones ulteriores permiten reconocer que este esquema sexual, que se impone también de muchas maneras en el lenguaje, en las costumbres y en los usos, no representa más que una transformación de forma del esquema más amplio, de origen más antiguo, del modo de apercepción antitético «masculino-femenino», «arriba-abajo».13 — También los impulsos perversos anclados psíquicamente más tarde toman su material y su dirección de sensaciones corporales inofensivas y de juicios erróneos de la infancia, que, llegado el caso, valoran muy alto y, a causa de eventuales sensaciones placenteras, apercipen en un símil sexual. Al psicólogo no le está permitido adoptar el mismo punto de vista, por ejemplo mantener como definitivo el mismo modo de apercepción o poner componentes sexuales reales en lugar de una ficción, como hace el paciente. Su tarea consistirá más bien en desenmascarar como superficial este intento de orientación del nervioso, en destruirlo como ficticio y en atenuar el sentimiento de inferioridad que empuja convulsivamente hacia líneas de orientación para forzar la imposición de la protesta masculina por caminos indirectos.
La memoria apercipiente, que influye tan enormemente en nuestra imagen del mundo, trabaja, pues, como con un esquema, con una ficción esquemática, y a esta ficción corresponden también la selección y el modelado de nuestra percepción, de nuestra experiencia, así como el entrenamiento de todos nuestros impulsos y capacidades innatos, hasta que se transforman en destrezas y disposiciones psíquicas y técnicas adecuadas. El modo de trabajo de nuestra memoria consciente e inconsciente y su construcción individual obedecen al ideal de la personalidad y a sus medidas. De él pudimos mostrar que, como ficción directriz, está destinado a plantear y abordar el problema de la vida en cuanto el sentimiento de inferioridad y de inseguridad empuja a una compensación. Este punto directriz fijado de nuestra aspiración, que no posee realidad alguna, es absolutamente decisivo para el desarrollo psíquico, pues nos permite dar pasos en el caos del mundo, como hace el niño cuando aprende a andar y mantiene fijo en la vista un punto final. Con más firmeza aún fija el nervioso la vista en su dios, en su ídolo, en su ideal de la personalidad, y se aferra a su línea directriz, perdiendo con ello de vista la realidad, mientras que el sano está siempre dispuesto a abandonar este medio auxiliar, esta muleta, y a contar sin prevención con la realidad. El neurótico se parece en este caso a un hombre que alza la vista a Dios, le encomienda sus caminos y espera ahora, creyente, cómo lo dispondrá el Señor; está clavado en la cruz de su ficción. También el sano puede crearse y se creará su divinidad, se sentirá atraído hacia arriba, pero nunca perderá de vista la realidad, y hará sus cuentas con ella en cuanto se trate de obrar y de crear. El nervioso está, pues, bajo el efecto hipnótico de un plan de vida ficticio.
Pero que en todo caso el punto del ideal de la personalidad, situado fuera del espacio y del tiempo, sigue siendo eficaz se desprende de la dirección de la atención, del interés, de la tendencia, que hacen cada vez la selección según puntos de vista dados de antemano. La fijación de fines en nuestra conducta psíquica y las disposiciones creadas por ella hacen que se inicien acciones y se interrumpan a una distancia determinada; que, como destaca Ziehen, los impulsos voluntarios e involuntarios vayan siempre solo a la consecución de un efecto determinado; que, también según las exposiciones de Pavlov, tengamos que suponer una función de los órganos inteligente en todos los casos. Todos estos fenómenos producen una impresión tan apremiante, que desde siempre filósofos y psicólogos captaron como un principio de la teleología lo que era un intento calculado de orientarse según un punto supuesto fijo.
La representación auxiliar de la selección natural es impotente para explicar todas estas consecuencias, solicitadas de nuevo y de otro modo en cada ocasión. Nuestra experiencia ordena ineludiblemente hacer depender todos estos fenómenos de una ficción que actúa inconscientemente, como cuya débil irradiación consciente encontramos fines últimos según los cuales se rigen, en última instancia, la concepción de lo que vivimos y nuestro obrar.
Es más fácil demostrar los detalles de esta ficción directriz que nombrar la ficción, el fin último ficticio mismo. La investigación psicológica precedente ha señalado diversos fines últimos de este tipo. Para nuestra consideración basta el tratamiento crítico de dos de ellos. La mayoría de los autores se decidieron a suponer que todas las acciones e impulsos de la voluntad humanos están dominados por sensaciones de placer o de displacer. Una consideración superficial parece también darles la razón, pues en efecto la psique humana tiende a buscar el placer y a evitar el displacer. Pero el suelo de esta teoría vacila. No hay medida para la sensación placentera, ni siquiera para la sensación sin más. Tampoco hay percepción ni acción que, distinta según el tiempo y el lugar, no pudiera actuar en uno de modo placentero y en otro provocando displacer. E incluso las sensaciones primitivas de satisfacción orgánica resultan graduadas y graduables según el grado de saciedad y en conexión con líneas directrices culturales, de modo que solo grandes privaciones logran hacer de la satisfacción el punto de mira. Y cuando esta se ha producido, ¿habría de perder entonces la psique realmente su línea de orientación? La necesidad de la psique de ganar orientación y seguridad requiere, para su construcción y sus rendimientos, un punto de vista más firme que el vacilante principio de la experiencia del placer y un punto de mira más fijo que la meta de la obtención de placer. La imposibilidad de orientarse por ello y de disponer conforme a ello el propio obrar obliga también al niño a abandonar tales intentos. Por último, es un abuso de una abstracción extraer, de los movimientos psíquicos compuestos de muy diversa manera, mediante una petitio principii, la búsqueda de placer como motivo directriz, cuando previamente ya se ha declarado todo impulso como buscador de placer, como libidinoso. La perspicacia de Schiller, que se había formado en Kant, veía mucho más lejos cuando concedía a la «filosofía», al menos para el futuro, la dirección del acontecer terreno, aunque entretanto la creía todavía dependiente del «hambre y el amor». Pero atribuir la dirección, como hace Freud, a la sexualidad, o, lo que en él es lo mismo, a la libido, y, generalizando, al amor, es una violación del pensamiento lógico, ella misma una ficción de mala calidad, que, tomada por dogma, tenía que conducir a grandes contradicciones y mutilaciones de conceptos, porque contrastaba demasiado con la realidad.
Más difícil parece la desposesión del primado del «instinto de conservación», tanto más cuanto que este principio está dotado, por un lado, de construcciones auxiliares teleológicas complementarias y, por otro, del peso de la doctrina de la selección de Darwin. Pero podemos percibir en cada momento que realizamos acciones que lesionan tanto el principio de la conservación de uno mismo como el de la conservación de la especie; más aún, que cierta arbitrariedad (Fries, Meyerhof) nos permite, igual que respecto del placer, desplazar también respecto de la conservación de uno mismo nuestra valoración hacia arriba o hacia abajo; que a menudo renunciamos también, total o parcialmente, a la conservación de uno mismo en cuanto entran en juego el placer o el displacer; que, por otra parte, abandonamos con frecuencia la obtención de placer en cuanto amenaza un daño a nuestro yo. ¿De qué manera se subordinan estos dos estímulos, sin duda eficaces, a la línea directriz principal, que impulsa a la elevación del sentimiento de la personalidad? Las dos concepciones distintas corresponden a dos tipos de hombres, a los que pueden añadirse aún otros: uno de ellos es el que menos puede prescindir, en su sentimiento de la personalidad, de la aportación del placer, mientras que el otro exige en primer lugar un componente del sentimiento vital, de la idea de inmortalidad. De ello surgen modos de apercepción modificados que condicionan un pensamiento antitético en el sentido de «placer — displacer», de «vida — muerte». Los unos no pueden desvalorizar el placer; los otros, la vida. En la idea de la procreación, que a su vez se piensa antitéticamente según el esquema «masculino-femenino», se aproximan estos dos tipos y buscan su expresión en la dirección de la «protesta masculina». En la medida en que entran aquí en consideración personas nerviosas, uno de los tipos ha intentado compensar los sentimientos de displacer de su inferioridad orgánica; el otro ha crecido en el miedo a la muerte, a morir pronto. Su visión del mundo solo les proporciona fragmentos; su alma es parcialmente ciega a los colores, pero a menudo más perspicaz, como los daltónicos en su comprensión de los colores.
Cerramos esta consideración crítica remitiendo al primado incondicional de la voluntad de poder, una ficción directriz que se inicia con tanta mayor violencia y se forma tanto más tempranamente, a menudo de modo precipitado, cuanto más agudamente pasa a primer plano el sentimiento de inferioridad del niño orgánicamente inferior. El ideal de la personalidad es creado por la tendencia a la seguridad como punto de orientación y lleva en sí, de modo ficticio, todos los rendimientos y dones de los que el niño predispuesto se cree privado. Esta ficción, reforzada respecto de la norma, regula en su sentido la memoria, así como los rasgos de carácter y las disposiciones. La apercepción neurótica se produce según un esquema figurado, que trabaja con fuertes oposiciones; la agrupación de las impresiones y sensaciones se efectúa con valores correspondientemente falseados e inventados.
Está en la esencia de la ficción neurótica, del ideal de la personalidad exacerbado, que se la vea unas veces como «mecanismo abstracto» y otras como «imagen concreta», como fantasía, como idea. En el primer caso no hay que pasar por alto lo simbólico de la representación y su conexión con sentimientos de inferioridad compensados, y en el segundo hay que captar ante todo la parte decisiva de la dinámica psíquica, que empuja hacia «arriba».14 Mientras en el análisis de una enfermedad psicógena no salga a la vista este rasgo directriz hacia «arriba», la esencia de la enfermedad nos sigue siendo oscura; pues por valiosas que se hayan vuelto las ideas de los psicoterapeutas, sin la referencia de las líneas directrices secundarias de la obtención de placer, de la conservación de uno mismo, de la afectividad (Bleuler) y de las que por lo demás surgen de la inferioridad orgánica (Adler), al ideal de la personalidad, nuestra comprensión es imperfecta: «solo falta, por desgracia, el lazo espiritual»15.
Tampoco es de extrañar que al ideal de la personalidad directriz le correspondan en diversos casos diversos componentes de estos, casi siempre varios a la vez, ya que se derivan de inferioridades orgánicas diversas, habitualmente múltiples. Un esquema provisional, sin duda imperfecto, que corresponde más a la psique más abstracta de los nerviosos que a la construcción del alma sana, sería el siguiente:
Ideal de la personalidad como fin
Sentimiento de estar arriba
Sentimiento de la masculinidad
| Placer | Victoria | Saber | Riqueza | Arte | Pureza | Vida | Prestigio |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
| Sentimientos de displacer | Miedo a la humillación | Sentimiento de ignorancia, de desorientación | Sentimiento de privación | Sentimientos cualificados de debilidad de los órganos de los sentidos y del habla | Suciedad de toda clase | Enfermedad, peligro de muerte | Sentimiento de estar rebajado |
Tendencia compensatoria a la seguridad
Sentimientos infantiles de inferioridad
Sentimiento de estar abajo — Sentimiento de la feminidad — Sentimiento de la inseguridad
En este esquema hay que imaginar las más diversas conexiones, si ha de cumplir su fin de valer como una imagen aportada para una orientación superficial. En lugar de estas conexiones y de múltiples anotaciones, vamos a examinar algunos fenómenos destacados que parecen importantes para la comprensión de la neurosis y del carácter neurótico.
Cada una de las líneas directrices abstractas de la neurosis y el mecanismo psíquico que les sirve de base pueden ser accesibles a la conciencia, o hacerse accesibles, en una imagen mnémica. Esta imagen puede proceder del resto de una vivencia infantil, o es un producto de la fantasía, una forma de manifestación de la tendencia a la seguridad. Puede representar un símbolo, por así decir una etiqueta para un modo de reacción, y a veces solo se forma o se transforma en una época posterior, a menudo cuando la neurosis ya está desarrollada. Efecto, evidentemente, de una especie de economía del pensamiento, elaborada según el principio del mínimo gasto de fuerza (Avenarius), nunca es significativa como contenido, sino solo como esquema abstracto o como resto de un acontecer psíquico en el que alguna vez se cumplió un destino de la voluntad de poder. Nunca ha de entenderse esta ficción esquemática, por concreta que se presente, de otro modo que alegóricamente. En ella se refleja un componente real de las vivencias junto con una «moraleja», y ambos son retenidos por el recuerdo a efectos de la seguridad del obrar, ya como memento para atenerse mejor a la línea directriz, ya como prejuicio para no apartarse de ella. Ninguna de estas imágenes mnémicas ha tenido nunca efecto patógeno, como trauma psíquico, por ejemplo; sino que solo cuando surge la neurosis, cuando el sentimiento de un fuerte rebajamiento del sentimiento de la personalidad conduce a la protesta masculina y con ello a un apego más estrecho a las líneas directrices compensatorias formadas hace tiempo, se sacan estas imágenes mnémicas de un material pasado hace mucho y se hacen valer por su utilidad para, en parte, hacer posible y, en parte, interpretar la conducta neurótica. Aquí pertenecen sobre todo las disposiciones al dolor, a la angustia y a los afectos, en cuya base hay tales recuerdos, que pueden cumplirse alucinatoriamente y han de equipararse a las alucinaciones ópticas y acústicas. Comprensiblemente, casi siempre serán recuerdos típicos, lo más afines y próximos posible a la línea directriz, porque para el neurótico aferrado a la línea directriz representan o sugieren los pequeños y grandes rodeos que ha de emprender para elevar su sentimiento de la personalidad. La psique neurótica se caracteriza solo por un apego más fuerte a la línea directriz. Solo las contradicciones con la realidad, los conflictos que de ello surgen y la necesidad de alcanzar valía y poder sociales sacan a la luz los síntomas. Esto se hace todavía más claro en la psicosis, donde la línea directriz se destaca con precisión milimétrica, y donde solo, por así decir, para probarlo, se emprenden reinterpretaciones de la realidad y se efectúan demostraciones. En ambos casos el enfermo se comporta como si tuviera siempre ante los ojos el fin último. En el caso de la neurosis, exagera y combate los obstáculos reales a la elevación de su sentimiento de la personalidad, o los rodea tras crearse pretextos. El psicótico, firmemente prendido a su idea (idea fija), intenta cambiar la realidad o pasarla por alto en favor de su punto de vista irreal. El investigador Freud, de tan alto mérito en el descubrimiento de la simbólica en la neurosis y en la psicosis, ha llamado la atención sobre la abundancia de los símbolos. Por desgracia solo ha llegado hasta el descubrimiento de la fórmula sexual presente o posible en ellos, y no ha proseguido su resolución ulterior en el acontecer dinámico de la protesta masculina, del afán de subir. Así ocurrió que para él el sentido de la neurosis se agotaba en la transformación de impulsos libidinosos, mientras que en realidad lo que hay que encontrar detrás de la simbólica es la apariencia o la compulsión de la elevación masculina del sentimiento de la personalidad.
Hemos descrito este ideal de la personalidad directriz como ficción y le hemos negado, por tanto, valor de realidad, pero tenemos que afirmar, sin embargo, que, aunque irreal, es de la máxima importancia para el proceso de la vida y del desarrollo psíquico. Sobre esta contradicción aparente ha discurrido Vaihinger de la manera más brillante en su «Philosophie des Als-Ob», y ha reconocido la ficción como contradicción con la realidad, pero como indispensable en el desarrollo de las ciencias. En la psicología de las neurosis fui yo el primero en señalar esta singular conexión, y el trabajo de Vaihinger me ha estimulado notablemente y me ha confirmado en mi concepción. Así estoy hoy en condiciones de destacar todavía algunas cosas de la ficción del sentimiento de la personalidad que arrojan más luz sobre su esencia y su importancia, así como sobre su forma de manifestarse en la psique. Ante todo es abstracción, y ya por sí misma ha de valer como indicio de una anticipación. Es, por así decir, el bastón de mariscal en la mochila del soldado raso,16 y por tanto un pago a cuenta que exige el sentimiento primitivo de inseguridad. La formación de la ficción se produce eliminando en la idea las inferioridades perturbadoras y las realidades que estorban, como ocurre cada vez que la psique busca en su apuro una salida y seguridad. La inseguridad, sentida penosamente, se reduce a su medida más pequeña, pero que parece causal, y esta se invierte en su contrario más crudo, en su opuesto, que a su vez se convierte, como meta ficticia, en punto directriz de todos los deseos, fantasías y aspiraciones. Entonces esta meta puede concretarse en aras de la intuición. La privación real, por ejemplo la restricción alimenticia en la infancia, se siente como «nada» abstracta, como carencia, frente a la cual el niño reclama el «todo», la abundancia, hasta que se acerca conceptualmente esta meta en la persona del padre, en la figura de un rico legendario, de un emperador poderoso. Cuanto más intensamente se ha sentido la carencia, con tanta más fuerza y tanto más alto se pone el ideal ficticio, abstracto, y a partir de él comienza la formación y articulación de las fuerzas psíquicas dadas en posiciones preparatorias, disposiciones y rasgos de carácter. La persona lleva entonces los rasgos de carácter exigidos por su meta ficticia, así como la máscara de carácter — persona — del actor antiguo tenía que convenir al desenlace de la tragedia. — Si en un muchacho se despierta la duda sobre su masculinidad, del mismo modo que todo niño constitucionalmente inferior se siente emparentado con las niñas, elige su meta de una manera que le promete el dominio sobre todas las mujeres (casi siempre también sobre todos los hombres). Con ello queda determinada tempranamente su actitud hacia las mujeres. Mostrará siempre inclinación a imponer su superioridad sobre la mujer, desvalorizará y rebajará al sexo femenino, — hablando en imagen — pondrá la mano sobre la madre, lo que en los niños predispuestos a la neurosis se muestra a menudo también en un gesto o en su actitud psíquica, y tomará, a modo de juego, la imagen de la madre para identificarse, frente a ella, con el papel masculino. Es ya un rasgo neurótico que tales posiciones de disposición infantiles se petrifiquen, que se haga patente una conducta pedante, regida por principios, y que el irritado afán de dominio del niño busque una complacencia semejante, la misma seguridad de su sentimiento de la personalidad que encontró junto a la madre. Solo de esta rigidez neurótica del inseguro vale la afirmación de Nietzsche de que «todo hombre lleva en sí una imagen de la mujer que procede de la madre, por la que está determinado a venerar a las mujeres en general, o a menospreciarlas, o a serles en general indiferente». Pero tenemos que admitir que estos están en mayoría. Entre ellos hay muchos que fueron desdeñados incluso por la madre y desde entonces temen el mismo rebajamiento frente a toda mujer o exigen un exceso de entrega.
No hay nada en la vida y en el desarrollo del hombre que se ponga por obra con tanto secreto como la erección del ideal de la personalidad. Si preguntamos por la causa de este secreto, la razón más importante parece residir en el carácter combativo, por no decir hostil, de esta ficción. Ha surgido en medio de una continua medición y ponderación de las ventajas de otros y, por tanto, — según el principio de la oposición que le sirve de base — ha de tener por fin la desventaja de los otros. El análisis psicológico del nervioso pone siempre de manifiesto la presencia de la tendencia a la desvalorización, que se dirige sumariamente contra todos. Las inclinaciones combativas17 se manifiestan regularmente en la codicia, en la envidia, en el anhelo de superioridad. — Pero la ficción del avasallamiento de otros solo puede utilizarse, entrar en la cuenta, si no estorba de antemano el establecimiento de relaciones. Y así tiene que hacerse irreconocible tempranamente, enmascararse, pues de lo contrario se anula a sí misma. Este encubrimiento se produce estableciendo una contraficción que guía sobre todo el obrar visible, pero bajo cuyo peso se lleva a cabo la aproximación a la realidad y el reconocimiento de sus fuerzas eficaces. Esta contraficción, instancias correctoras siempre presentes, efectúa la transformación de forma de la ficción directriz, imponiéndole miramientos, haciendo valer con su peso real las exigencias sociales, éticas, del futuro, y asegurando así la razonabilidad del pensar y del obrar. Es el coeficiente de seguridad de la línea directriz hacia el poder, y la armonía de ambas ficciones, su compatibilidad recíproca, son el signo de la salud psíquica. En la contraficción actúan las experiencias y enseñanzas, las fórmulas sociales y culturales, las tradiciones de la sociedad. En tiempos de elevación, de seguridad, de normalidad, de paz, es la fuerza que da forma, que produce un bloqueo de las disposiciones a la lucha y a los afectos y una asimilación de los rasgos de carácter al medio. Si crece la inseguridad y surge el sentimiento de inferioridad, entonces, con una abstracción creciente de la realidad, esta contraficción es desvalorizada, las disposiciones se movilizan, el carácter nervioso, regido por principios, se destaca y con él el ideal de la personalidad exagerado, exacerbado. Forma parte de los triunfos del ingenio humano ayudar a abrirse paso a la idea directriz adaptándose a la contraficción: brillar por la modestia, vencer por la humildad y la sumisión, humillar a otros con la propia virtud, atacar a otros con la propia pasividad, causar dolor a otros con el propio sufrimiento, perseguir una meta masculina con medios femeninos, hacerse pequeño para parecer grande. De esta índole son, a menudo, los artificios de los neuróticos.
Sobre la importancia de la percepción y la sensación más originarias como abstracción no necesito perder palabras. Igualmente abstracta es la posición de un punto directriz ficticio y del plan de vida que se urde entonces entre estos dos puntos. Respecto de la psique nerviosa hemos destacado varias veces que la mayor inseguridad obliga por sí sola a sustraer el punto directriz todavía más a la realidad, a ponerlo más alto. A ello se añade que los órganos de los sentidos inferiores presentan sensaciones cualitativa y cuantitativamente alteradas, y los órganos efectores ejecutantes, tecnicismos alterados, casi siempre en el sentido de una limitación, de modo que la autoestimación, la imagen directriz ideal, la imagen del mundo y el plan de vida tienen que configurarse, respecto de la norma, en la dirección de una mayor abstracción, de una mayor renuncia a la identidad con la realidad. Con ello, ciertamente, la compensación y la sobrecompensación pueden acercar ocasionalmente la imagen del mundo a la línea de la realidad, como en los grandes rendimientos de la psique nerviosa. Pero el ideal de la personalidad exaltado, que, fuertemente fijado, desplazado hasta la proximidad de una semejanza con Dios, confiere tan a menudo al modo de ser y a la conducta de los neuróticos y de los psicóticos un rasgo hipomaníaco leve o pronunciado, si no es que la preparación para ello, las ideas de pequeñez o de persecución, son todavía las que deciden, causa, mediante una especie de certeza interior sin la cual sería imposible establecer el punto de mira, un sentimiento de predestinación. En las fases de mayor inseguridad este se refuerza notablemente, y su importancia como anticipación de la ficción directriz, como pago a cuenta, se destaca con claridad.
La parte valiosa de este rendimiento de compensación y de aseguramiento la describe Gustav Freytag en los «Erinnerungen aus meinem Leben» [Recuerdos de mi vida] del modo siguiente:
«Pero tampoco los aciertos en el blanco me resultaban fáciles. Pues en Oels había notado durante las clases que era muy miope. Cuando me quejé de ello al padre en las vacaciones, me aconsejó que me abriera paso por el mundo sin gafas, y me contó el desvalimiento de un teólogo que una mañana le había suplicado desde la cama que le buscara sus gafas para poder encontrar los pantalones. — Seguí obediente el consejo; solo he usado los lentes en el teatro y ante los cuadros. Las molestias que esta carencia me causaba en sociedad traté de superarlas, y pasaba sin malicia junto a muchas cosas que podían inquietar a un observador más agudo. — La alegría por el esplendor de las flores y el adorno de los vestidos, por los rostros singulares y la belleza femenina, la mirada radiante, el saludo gentil desde lejos, a menudo tuve que privarme de ellos, mientras otros se alegraban. Pero como el alma se acomoda con agilidad a las carencias de los sentidos, se desarrolló en mí ya temprano una buena comprensión de aquellas manifestaciones de la vida que entraban en mi campo visual y un rápido presentimiento de muchas cosas que no se me hacían claras; el número menor de impresiones permitía elaborar las recibidas con más calma y quizá con más intimidad. En todo caso, la pérdida fue mayor que la ganancia. Pero en esto el padre tenía razón: mis ojos conservaron inalterada durante toda la vida la vista aguda de cerca».
Si uno se imagina el desarrollo de una fantasía visual de este tipo, que ya abstrae considerablemente de la realidad, aguijoneada bajo la presión de la tendencia a la seguridad, resulta, con el mismo fin de aseguramiento que en el ejemplo anterior, la formación de una capacidad visual-alucinatoria, que, cuando se trata de establecer un memento asegurador o un consuelo tranquilizador dirigido a uno mismo, puede hacerse valer también fuera del estado de sueño. La abstracción, pero también la anticipación, ha avanzado entonces todavía más y puede conducir en los «telépatas» o en las naturalezas de Casandra a las conocidas manifestaciones patológicas llamativas. Un acicate enorme para este ir más allá de los límites puestos a los hombres lo ofrece, como siempre, el torturante sentimiento de inferioridad, que, referido a la debilidad, atribuye a los otros la mayor capacidad de ver hasta el grado de que pudieran ver lo oculto, escrutar el interior. La tendencia a la seguridad del niño, con sus secretos, puede tomar tempranamente justamente este punto para su propio aseguramiento y obrar bajo el supuesto ficticio de que otros pudieran verle «hasta el corazón», adivinar sus pensamientos más íntimos, un supuesto que aparece con frecuencia como artificio en la neurosis y en la psicosis y que vale exactamente tanto como, por ejemplo, unos sentimientos de culpa exagerados y una escrupulosidad neurótica, y que está destinado a prevenir un rebajamiento amenazador del sentimiento de la personalidad, la vergüenza, el castigo, la burla,18 la humillación, el papel femenino, la muerte.
La mayor capacidad del nervioso para la abstracción y la anticipación no solo sirve de base a su carácter alucinatorio, a su formación de síntomas, a sus fantasías y a sus sueños, sino también a las aparentes hipertensiones de funciones orgánicas que, mediante una sobrevaloración tendenciosa, configura como disposiciones para la lucha. Así gana terreno la neurosis por un prever y un prepensar más abstractos, y forma con ellos la cautela neurótica que se encuentra regularmente, por medio de la cual el paciente mantiene permanentemente presentes las posibilidades de lo vivible, por principio y en agrupación tajantemente antitética según el esquema «triunfo-derrota». O bien, mediante el aumento de sus sensibilidades orgánicas, una fase previa de las alucinaciones, mediante la sensibilidad a los olores, a los ruidos, a los contactos, a las temperaturas, mediante la sensibilidad gustativa y al dolor, tiene hechizado a su entorno y pone así también siempre sus empresas en armonía con su línea directriz masculina ficticia. Necedades y supersticiones, convicciones arregladas de un fatum funesto, la creencia firmemente arraigada en la propia mala suerte, sirven a la misma tendencia a la seguridad, que se construye la prueba de que la cautela es necesaria. En la misma dirección actúa la evocación alucinatoria de la angustia, de la que el nervioso hace un uso abundante.
Este libro intenta aportar pruebas, en la mayor medida posible, de que los rasgos de carácter, así como las disposiciones afectivas, están al servicio de la ficción directriz. La línea directriz del nervioso, que conduce empinada hacia arriba, impone precisamente medios y formas de vida especiales, que se reúnen bajo el concepto poco unitario de síntoma neurótico. Unas veces encontramos entre ellos aseguramientos en lugares alejados, dispositivos de bloqueo y combates de cobertura que han de hacer victorioso el impulso central, la voluntad de poder; otras veces son rodeos — a menudo difíciles de comprender —, comparables a caminos furtivos, para no perder la línea directriz cuando está cortado el camino directo al triunfo masculino. A menudo se encuentra una alternancia de fenómenos nerviosos que se asemeja a un ir probando, hasta que el síntoma más grave garantiza la armonía con la idea directriz. También estos fenómenos y su psicogénesis creo haberlos expuesto en el presente trabajo en su conexión y con suficiente amplitud. Todos ellos se fundan en capacidades largamente ejercitadas y preparadas, cuyo valor superior es apoyado por el medio de la apercepción neurótica y está fundado en su aptitud para la lucha por el sentimiento ideal de la personalidad. Las preparaciones mismas caen al comienzo de la neurosis, acompañan la construcción de la idea de la personalidad y se adaptan a ella. Pueden reconocerse con la mayor claridad en los recuerdos infantiles conservados, en los sueños que se repiten a menudo, en la mímica y en el hábito, en el juego de los niños y en sus fantasías sobre profesiones futuras, sobre el porvenir.
Está en la esencia de una idea directriz puesta muy alto el que enajene de la realidad a su portador, el nervioso. No pocas veces este estado se hace valer en un «sentimiento de extrañeza», que, sin embargo, es a su vez sobrevalorado y utilizado tendenciosamente para recomendar una retirada cautelosa en una situación insegura. Aparentemente opuesto a este «¡atrás!», aparece a veces el sentimiento injustificado de familiaridad con una situación, el sentimiento del «déjà vu», a menudo para advertir, en la imagen de una analogía oculta, o para animar.19 En escolares neuróticos he podido observar a veces cómo, bajo el sentimiento de su predestinación, pedían la palabra en una cuestión completamente desconocida y fracasaban por completo. Tales vivencias pueden hacer que el neurótico sienta como sumamente sospechoso su sentimiento de «familiaridad», subrayado, que eventualmente surja, como si le hubiera quedado permanentemente un regusto agrio. El aseguramiento por la idea de la personalidad exagerada y el apego a ella condicionan a menudo también el sentimiento, o incluso el hecho, de cierto extrañamiento del mundo, que, ciertamente, casi siempre se exagera tendenciosamente. El miedo a todo lo nuevo, la dificultad de movimiento, la torpeza, la timidez, acompañan al neurótico reacio a la realidad y muestran siempre su afán de reinterpretar, de reinventar, de reconstruir la realidad. También esta carencia busca su compensación y la encuentra, en los casos más leves, en la contraficción que conduce a la realidad, que, a su vez, en forma abstracta y casi siempre insistente, intenta sobrestimar la importancia de la realidad, para establecer disposiciones para todos los casos por un miedo exagerado al error y a las derrotas. La oscilación entre ideal y realidad se expresa exageradamente en la psique neurótica, en lo cual la manía de dudar, como paradigma, prepara la búsqueda de la «única verdad», del fin último masculino del neurótico. O bien las formas exteriores se mantienen y se sobrestiman pedantemente, como un fetiche, como si garantizaran seguridad. De las cartas de Hebbel20 me parece que el pasaje siguiente insinúa este rasgo: «Nunca se pueden venerar bastante las formas exteriores, de las que en la juventud uno se burla tan a la ligera, pues son, en el mundo sin reglas, en incesante movimiento, las únicas líneas auxiliares para la distinción necesaria». — En lo pequeño como en lo grande, siempre se muestra el anhelo de ganar seguridad, y siempre la busca el hombre según analogías y por caminos abstractos, de principio.
La frecuencia del hallazgo de líneas directrices sexuales en la neurosis se explica, en un análisis sin prejuicios, por las razones siguientes:
porque pueden constituir una forma de expresión adecuada de la protesta masculina,
porque está en el arbitrio del paciente sentirlas como reales.
La aptitud de la línea directriz ficticia sexual descansa, pues, igualmente en su valor para el aseguramiento del sentimiento de la personalidad; depende de su importancia como abstracción y de su excitabilidad alucinatoria, de su capacidad de concretarse fácilmente y de admitir anticipaciones.
El carácter alucinatorio de los nerviosos es, pues, un caso particular del mecanismo de aseguramiento. Se sirve, como también el pensamiento y el lenguaje, de los recuerdos primitivos, reducidos a la mínima medida dinámica, hacia los que es conducido por la fuerza abstrayente de la tendencia a la seguridad que busca. Su función y su tarea es calcular per analogiam el camino hacia la altura a partir de experiencias simples, situadas en la infancia, subrayando un rebajamiento sufrido o mediante el recuerdo consolador de un mal superado. La fuerza alucinatoria representa una disposición ya hecha de la tendencia a la seguridad en tensión, y toma su material, como lo hace la función del pensar y del prever, del férreo acervo de la memoria neuróticamente orientada. Lo que los autores llaman la regresión en el sueño y en las alucinaciones es el proceso cotidiano del pensamiento que recurre a las experiencias; puede concernir solo al material, pero nunca explicar la dinámica del sueño o de la alucinación. La dinámica psíquica de la alucinación consiste, pues, en que, en una situación de inseguridad, se busca con fuerza una línea de orientación y se la hipostatiza mediante la abstracción, per analogiam, con los tesoros de la experiencia, mediante la anticipación y mediante la representación ficticia aproximada a una percepción sensible. Esta última capacidad, como medio de expresión más eficaz, puede ser sentida, por obra de la contraficción inclinada a la realidad, como en el sueño, en oposición consciente a la realidad; o bien la tendencia a la seguridad disuelve la contraficción y hace sentir la alucinación como real.
Jodl define la cultura como «la aspiración del hombre, acrecentada en determinadas circunstancias y con especial intensidad, a asegurar su personalidad y su vida frente a las potencias hostiles de la naturaleza y frente al antagonismo de los demás hombres, a satisfacer en medida creciente sus necesidades, tanto reales como ideales, y a desplegar sin trabas su ser». El nervioso tiene esta línea directriz mucho más firmemente a la vista, pero puede, según la necesidad, expresar de modo más esquemático y más regido por principios la línea directriz que conduce a lo trascendente o la contraficción inclinada a la cultura, esta última en el sentido de un rodeo neurótico, por ejemplo pareciendo someterse ampliamente al «antagonismo de los demás hombres», pero triunfando así sobre ellos.
El desarrollo de esta aspiración a desplegar sin trabas su ser, a alcanzar la cumbre de lo que el nervioso podría llamar su cultura, nos lleva de nuevo a las interesantes y psicológicamente importantes preparaciones ya examinadas, a los intentos a tientas que han de iniciar la compensación del sentimiento de inferioridad originario. Todos los órganos inacabados, infantiles, tienden a formar, con todas sus capacidades y posibilidades de desarrollo innatas, disposiciones adecuadas a su fin, por así decir inteligentes. En los intentos de órganos constitucionalmente inferiores, con sus múltiples fallos, crece, a consecuencia de la mayor tensión frente a las exigencias del mundo exterior, la impresión de inseguridad, y la autoestimación del niño produce un sentimiento de inferioridad duradero. Así ocurre que ya en la primera infancia se toma como motivo directriz el dominio de la situación según un ejemplo modélico, casi siempre más allá de ese ejemplo, y se fija un impulso de la voluntad duradero para confiar la dirección permanente a una idea directriz — la voluntad de poder —. Esta es también la fijación de fines en la psique neurótica, que consciente o inconscientemente responde a la fórmula: tengo que obrar de modo que al final sea yo el dueño de la situación. Una permanencia más larga del niño en la fase del sentimiento de inferioridad conduce a la intensificación y al refuerzo de la intensidad de aquella fórmula directriz, de modo que de la especial intensidad de toda aspiración, de las acciones preparatorias, de las disposiciones, de los rasgos de carácter en cualquier período del desarrollo puede inferirse un sentimiento de inferioridad originario. También en los órganos próximos a la norma se encuentran los intentos a tientas con que configuran las disposiciones para andar, ver, comer, oír. Exner destaca cómo en el desarrollo del habla del niño estos intentos a tientas preceden al acierto en las combinaciones de sonidos. Mucho más convulsivas son las preparaciones en el desarrollo de los órganos inferiores, cuyas disposiciones y modos de trabajo, en el caso favorable de la sobrecompensación, sacan a la luz rendimientos y destrezas artísticos, pero a menudo, como en la neurosis, apenas salen nunca de la tutela de la cautela. Por el camino indicado por la tendencia a la seguridad, el niño busca conocer sus defectos, corregirlos o sacar provecho de ellos mediante un artificio. Como no conoce la verdadera causa de su inferioridad, y a menudo por orgullo no quiere conocerla, se ve fácilmente inducido a señalar causas exteriores, la «malicia del objeto», a culpar casi siempre a los allegados, — y adopta con ello una posición agresiva, hostil, frente al mundo exterior real. Casi siempre le queda, como resto abstracto de su sentimiento de inferioridad, el presentimiento, la expectativa de malos destinos, que gusta de exagerar y que a menudo convierte en sentimientos de culpa cuando la situación lo permite, para poder desplegar con buen motivo su previsión, su cautela. La aspiración neurótica conduce, en última instancia, a ensanchar y asegurar los límites de la personalidad, midiendo y probando continuamente las propias fuerzas contra las dificultades del mundo exterior. A estos esforzados intentos pueden remitirse diversas inclinaciones del nervioso, su propensión a jugar con fuego, a crear y buscar situaciones peligrosas, su placer en lo cruel y lo diabólico (Michel). Del mismo modo que los impulsos sádicos, las inclinaciones al crimen se encuentran en la línea directriz masculina, pero fracasan a menudo ante la contradicción que se va configurando y solo se exageran tendenciosamente ya en el recuerdo, para retroceder ante su ejecución.
La nerviosidad se sirve con preferencia de los rendimientos orgánicos deficientes, de los defectos infantiles, del sentimiento de enfermedad en general, por una parte para asegurar el sentimiento de la personalidad del paciente — casi siempre a la manera de una revuelta obstinada — frente a las exigencias de la autoridad paterna, y por otra para aplazar — a la manera de una obstrucción artificiosa — decisiones y choques que podrían volverse peligrosos para la ficción masculina, para abandonar ciertas posiciones de combate a fin de poder mantener otras más importantes. Más aún, el nervioso buscará con frecuencia pequeñas derrotas, incluso las provocará artificialmente, o creará perspectivas peligrosas, para derivar de ello la justificación de su obrar neurótico y de su cautela. En los defectos infantiles mantenidos neuróticamente hay que contar siempre con una obstinación especial y una fuerte agresión contra el padre o la madre.
La búsqueda compulsiva de la comprensión de las dificultades exteriores, los intentos de avasallarlas, dominarlas, combatirlas, el menosprecio y la desvalorización de la vida y de sus alegrías o la huida ante ellas caracterizan así uno de los lados de la neurosis. Con ello sale a la luz muy a menudo que el paciente se entusiasma con la vida, con el trabajo, con el amor y el matrimonio con el más ardiente entusiasmo, pero platónicamente, mientras que secretamente, mediante la neurosis, se cierra el acceso a ellos para asegurar su sentimiento de dominio en un terreno más limitado, en la familia, junto al padre o a la madre.
Esta mirada del neurótico, vuelta hacia afuera, angustiadamente cautelosa, destinada a salvaguardar la ficción directriz, va regularmente acompañada también de una mayor intensidad de la autoobservación. A veces, en una situación de inseguridad psíquica, se encuentra la idea directriz personificada, divinizada, como un segundo yo, como voz interior, análogamente al demonio de Sócrates, advirtiendo, animando, castigando, acusando. Y lo que nos cuentan el neurasténico, y no digamos el hipocondríaco, de cómo hurgan en su propio interior, de con qué agudeza controlan y acompañan todos los actos de su vida, vale para el nervioso en general. La autoobservación puede llevar a delimitar el campo de batalla, sirviéndose de manifestaciones de miedo a la enfermedad, gracias a lo cual el nervioso está en todo momento en condiciones de emprender la retirada aseguradora. Ha de pensarse que actúa cuando los aseguramientos primitivos de la angustia, de la vergüenza, de la timidez, y los más complicados del sentimiento de pudor, de la conciencia moral, de los ataques nerviosos, acompañan el presentimiento de una derrota, para no dejar que el sentimiento de la personalidad descienda por debajo del nivel exigido. La autoobservación y la autoestimación, siempre irritadas y reforzadas por la ficción directriz para crear así una base de operaciones e iniciar la agresión, activan en seguida los rasgos de carácter nerviosos, regidos por principios, de la envidia, la avaricia, el afán de dominio, etc. — En la continua medición y en la lucha del nervioso por su propia valía, contra la valía del otro, interviene su autoobservación acrecentada; da indicaciones al prever y a la fantasía, y anuncia su presencia cuando el paciente esquiva la decisión o, con el mismo fin, se entrega duraderamente a la duda. Que todas estas autoobservaciones proceden del sentimiento de insuficiencia y son impuestas por él es tan fácil de comprender como que finalmente alcanzan la meta hacia la que propiamente trabajaban: la cautela. Así, la autoobservación es en igual medida demora, egoísmo, delirio de grandeza, ingenio de escalera, duda, delirio de pequeñez, y toca con todos los demás fenómenos que estimula el sentimiento de inferioridad; en especial sirve para reforzar y controlar los «caracteres de protesta masculina», como el valor, el orgullo, la ambición, etc., así como para ahondar todas las tendencias a la seguridad, como el ahorro, la exactitud, la laboriosidad, la limpieza. Influye en la atención y sirve también para dominarla, de modo que ocupa un lugar destacado en la red de las tendencias a la seguridad. Sus resultados, ciertamente, están tendenciosamente falseados. Sería muy erróneo considerarla libidinosa o placentera. Su función es más bien agrupar todas las impresiones del mundo exterior y ponerlas bajo un texto unitario, de tal modo que la inseguridad primaria del individuo quede preservada del desenmascaramiento, por así decir matemática o estadísticamente, según una probabilidad, y que el individuo pueda escapar a una derrota. En la «neurotische Disposition» (l. c.) destaqué por primera vez esta dinámica de la neurosis, y la tarea del presente trabajo es exponerla con más profundidad y amplitud. La autoobservación despertada y ahondada se encuentra, pues, en el camino hacia la neurosis, por más que en la filosofía, en la psicología y en el conocimiento de uno mismo dé a veces frutos magníficos. Es la filosofía privada del neurótico, que se aleja de la realidad del mundo por un razonamiento erróneo; el delirio de este — corregible mediante el análisis — tiene su valioso análogo en el Γνῶϑι σαυτόν21 del sublime filósofo. El delirio, casi siempre incorregible, en las cavilaciones y en las fantásticas autoobservaciones del psicótico, que es mucho más fácil de penetrar como delirio arreglado con el fin de asegurar el valor de la personalidad, nos enseña a comprender el delirio en las autoobservaciones del neurótico.
La aspiración del nervioso a la seguridad, sus aseguramientos mismos, solo pueden considerarse, pues, si se considera a la vez el factor de valor originario, opuesto, de la inseguridad. Ambos son resultados de un juicio que agrupa según la oposición, que ha caído en dependencia del ideal ficticio de la personalidad y que le ofrece valoraciones tendenciosas, «subjetivas». El sentimiento de seguridad y el de su polo opuesto, la inseguridad, ordenados dentro del par de opuestos sentimiento de inferioridad e ideal de la personalidad, son, como este último, un par de valores ficticio, una formación psíquica de las que Vaihinger destaca «que en ellas lo real está descompuesto artificialmente, que solo juntas tienen sentido y valor, pero que separadas, por el aislamiento, conducen al sinsentido, a contradicciones y a problemas aparentes». En el análisis de las psiconeurosis sale ahora regularmente a la luz que estos pares de opuestos se descomponen análogamente a la única «oposición» real, la de «hombre — mujer», de modo que el sentimiento de inferioridad, la inseguridad, el estar abajo, la feminidad, van a parar a un lado de la tabla de opuestos, y la seguridad, el estar arriba, el ideal de la personalidad, la masculinidad, al otro. La dinámica de la neurosis puede considerarse, pues, y también es captada a menudo así por el nervioso en sus irradiaciones sobre su psique, como si el paciente quisiera transformarse de mujer en hombre. Estas aspiraciones dan, en su abigarrada abundancia, el cuadro de lo que he llamado protesta masculina.
La fuerza del componente masculino, tanto en el ideal cultural como, en especial, en la línea directriz ficticia del nervioso, tal como lo encontramos en el querer, el obrar, el pensar y el sentir de nuestros pacientes, en sus actitudes hacia el mundo exterior, en sus preparativos para la vida y en sus disposiciones, en cada rasgo de carácter, en cada gesto físico y psíquico — componente que da la fuerza del impulso ascendente y dirige hacia arriba la línea de la vida —, deja adivinar que al comienzo del desarrollo psíquico se sintió una carencia de tal masculinidad, y que el sentimiento de inferioridad originario del niño constitucionalmente perjudicado es valorado también, a partir de esta oposición, como femenino. Sea lo que fuere lo que estaba en la base del sentimiento de inferioridad, cuando se inicia el fuerte aseguramiento neurótico mediante el establecimiento de la ficción masculina, la causa supuesta de la inseguridad infantil y esta misma caen, a consecuencia de la agrupación neurótica antitética, entre los fenómenos valorados como femeninos. La sensación de pequeñez, de debilidad, de angustia y de torpeza, de enfermedad, de carencia, de dolores, etc., desencadena entonces en el neurótico reacciones como si tuviera que defenderse contra una feminidad que le es inherente, y reaccionar, pues, de modo masculino y fuerte. De la misma manera se produce esta respuesta, reacciona la disposición afectiva de la protesta masculina contra todo rebajamiento, contra el sentimiento de inseguridad, de estar perjudicado, de inferioridad, y el nervioso, para no errar el camino hacia la altura, para hacer perfecto el aseguramiento, traza, en los vastos campos caóticos de su alma, líneas directrices de acción constante para su querer, su obrar y su pensar, en forma de rasgos de carácter. Casi siempre se encuentra que los rasgos de carácter tienden en línea recta al ideal masculino, en pacientes masculinos y femeninos; pero, conforme a las exposiciones anteriores, resultan, en especial tras una derrota decisiva del paciente, los rodeos neuróticos que ya conocemos, los ataques y las disposiciones a los ataques, cuya resolución analítica y cuya inserción en el cuadro de conjunto muestran de nuevo el impulso hacia la elevación del sentimiento masculino de la personalidad, aunque, tomados exterior y superficialmente, aparezcan a menudo como apocamiento, angustia, como algo poco viril, y podrían considerarse asimismo huida o retirada ante la vida. La simple pregunta por la persistencia de los artificios, a menudo traídos de lejos, en forma de síntomas neuróticos, nos permite comprender que en estos últimos casos no ha caído una decisión, sino que la meta directriz masculina ficticia construida originariamente sigue siendo eficaz, y que no puede surgir una inserción cultural, calma y satisfacción, porque la meta está puesta demasiado alto.
Por ciertas inseguridades del niño respecto de su propio papel sexual, el componente masculino de la ficción directriz se refuerza notablemente. En efecto, en todos los niños puede verse irrumpir, casi siempre de forma encubierta, el enorme interés por las diferencias sexuales. El vestido uniforme de los niños en los primeros años de vida, los rasgos femeninos en los niños pequeños, masculinos en las niñas, ciertas amenazas de los padres, como la de que un niño se transformará en niña, observaciones reprobatorias a los niños, como la de que son como niñas, y a las niñas, como la de que son como chicos, pueden aumentar todavía la inseguridad mientras la diferencia de los órganos genitales sigue siendo desconocida. Pero aun con la ilustración más avanzada pueden despertarse, por anomalías de los genitales o por juicios erróneos, dudas que se mantienen tendenciosamente y que reaparecen una y otra vez en la vida posterior en la imagen antitética de «masculino o femenino», de modo que nuestra comprobación originaria,22 según la cual en la base de la duda neurótica está la duda sobre el propio papel sexual, solo exige una ampliación en el sentido de que la neurosis mantiene en lo sucesivo esta situación de duda del paciente como aseguramiento contra las decisiones, para desarrollar la «actitud vacilante».
Cuanto más tiempo persiste la inseguridad sobre el propio papel sexual, tanto más apremiantes se vuelven los intentos y las preparaciones a tientas para llegar al papel masculino. Así surge la imagen primitiva de la protesta masculina, que apunta a empujar a su portador en todas las circunstancias a la exhibición más masculina, o, como ocurre en las niñas y en los niños que enferman tempranamente de neurosis, a impedir el rebajamiento en todas sus formas mediante artificios neuróticos, pero al mismo tiempo a formar rasgos de carácter masculinos rectilíneos y fuertes disposiciones afectivas.
El estadio previo del conocimiento del propio papel sexual, el hermafroditismo psíquico del niño, existe sin duda regularmente. Su importancia ha sido destacada por Dessoir y por mí. Que este estadio, con su fuerte aspiración inclinada a las líneas masculinas, es de la máxima importancia para el desarrollo de la neurosis, con su meta directriz masculina puesta muy alto y sus aseguramientos, me lo mostró el análisis de las psiconeurosis. Buen observador y conocedor del alma infantil se muestra Goethe, que destaca en la «Misión teatral de Wilhelm Meister»: «Así como en ciertas épocas los niños se fijan en la diferencia de los sexos y sus miradas a través de los velos que ocultan estos secretos producen en su naturaleza movimientos muy maravillosos, así le ocurrió a Wilhelm con este descubrimiento; estaba más tranquilo y más inquieto que antes, le parecía que había averiguado algo, y notaba precisamente por ello que no sabía nada».
En efecto, como primera manifestación de esta inexperiencia y de su repercusión rebajadora sobre la psique, se encuentra un aumento enorme de la curiosidad y del afán de saber, y, para encontrar sin embargo una dirección de su vida, el niño cae bajo la compulsión de una línea directriz que lo empuja a obrar como si tuviera que saberlo todo. Si hace la experiencia de la superioridad del principio masculino en nuestra sociedad, la imagen directriz se masculiniza, en especial si el hombre, el padre, se le aparece como el que sabe.
A rasgos de carácter especiales, que se hacen más claros en la neurosis, se llega en las niñas pequeñas que se esfuerzan de este modo por mantener la línea directriz masculina. El sentimiento de estar perjudicadas predomina en ellas, como en los niños que se tienen por femeninos, hasta tal punto que solo tienen sentido e interés para reunir pruebas de este perjuicio y para aumentar su agresión contra el entorno. Imágenes de castración, de feminización, de transformaciones en hombre, de formas masculinas de vida aparecen en el análisis como indicadores de camino en la psique neurótica, señalan la manía de igualarse con el hombre y dejan reaparecer una y otra vez la ficción masculina en una transformación de forma posterior de las líneas directrices. La actitud psíquica típica de estos nerviosos es regularmente como si hubieran sufrido una pérdida, o como si tuvieran que esquivar con gran cautela una pérdida. E. H. Meyer refiere en los «Indogermanische Mythen» [Mitos indogermánicos] (I, pág. 16): «Según el Atharva Veda, los gandharvas (demonios fálicos) devoran a los muchachos los testículos y transforman con ello a los muchachos en muchachas». — De esta y parecida figura parecen haber sido en la infancia las representaciones de muchos nerviosos sobre el origen de los dos sexos, como pensamientos sobre un perjuicio sufrido que se representa en una imagen sexual de la feminización. La consecuencia psíquica inmediata es entonces, por regla general, la agresión agudizada contra los padres, a quienes se atribuye la culpa de este perjuicio.
Flies, Halban, Weininger y, antes que ellos, entre otros, Schopenhauer y Krafft-Ebing fundan el hermafroditismo psíquico en la presencia de una sustancia masculina y femenina hipotéticas en un mismo individuo. Nuestra concepción solo presupone la oposición en la estimación de lo masculino y lo femenino, tal como existe efectivamente, cuenta con la difusión general del esquema de apercepción antitético, figurado, «masculino-femenino», y deduce de la compulsión del ideal de la personalidad, neuróticamente reforzado y elevado, el componente masculino que en él se encuentra fácilmente. Este último condiciona también el subrayado del sentimiento de la propia inferioridad mediante su formulación en una imagen que pertenece al papel femenino, para reaccionar contra ello con los impulsos, disposiciones y rasgos de carácter de la protesta masculina. Una serie de los últimos trabajos de la escuela de Freud han recogido los hallazgos publicados por mí. Su seguimiento ulterior conduce irrevocablemente al conocimiento de la insostenibilidad de la teoría de la libido, a la eliminación de la etiología sexual y a la comprensión de la conducta sexual neurótica como una ficción.
Una vez que se nos ha hecho claro la protesta masculina como artificio de la psique, por medio del cual esta quiere llegar al pleno aseguramiento, hacerse coincidir con la idea directriz de la personalidad, queda todavía por considerar la transformación de forma de esta línea directriz, tal como se produce cada vez que en ella se hacen valer contradicciones que ponen en peligro el fin de la aspiración neurótica, el querer estar arriba. Este caso se da cuando la realidad amenaza con un fuerte rebajamiento del sentimiento de la personalidad. El nervioso, incluso en este caso, se aferrará a su «idea» con más rigidez de principios que el normal. Pero cuanto más envuelto esté en la neurosis aseguradora, tanto antes — apoyado en recuerdos y en el memento —, anticipando el daño, construirá nuevos rodeos neuróticos, colocará nuevos aseguramientos neuróticos que no contienen para un problema planteado ni un fiat ni una negación, sino ambas cosas a la vez. Su carácter psíquicamente hermafrodita se hará valer también en que retrocede, se somete, se vuelve femenino, mientras que su aspiración presenta al mismo tiempo, en lo sucesivo, un avance, afán de dominio, masculinidad, con el resultado de que no adelanta nada, pues por cada paso hacia adelante da uno hacia atrás, y a veces expresa incluso pantomímicamente esta conducta. Igualmente, el miedo al ridículo, al castigo, a la vergüenza, en suma, a lo de «abajo», puede transformar sus rasgos masculinos rectilíneos. La construcción de sentimientos de culpa neuróticos, de instintos criminales heredados, de brutalidad, crueldad y egoísmo, crea huellas que asustan, del mismo modo que el sentimiento, expresado neuróticamente, de timidez, cobardía, torpeza, estupidez y pereza. — El niño malo, ineducable, la edad del pavo y algunas formas de la psicosis, a menudo el estadio previo de la «neurosis desarrollada», nos muestran la protesta masculina en una alta formación rectilínea. Sus exhibiciones están francamente sostenidas por la ola de la protesta masculina convertida en fin en sí misma, que ocupa plena y enteramente el lugar de la ficción directriz reforzada.
Nuestra exposición teórica de la psique neurótica sería incompleta si no se ocupara también de la esencia y la importancia del sueño. No puedo presentar en este lugar una teoría del sueño acabada, y menos aún completa. Pero por varias razones me veo obligado a comunicar todas las observaciones y hallazgos que han hecho posibles mis investigaciones sobre los sueños de la parte práctica de este trabajo. La «Traumdeutung» [Interpretación de los sueños] de Freud ha sido quizá el impulso más fuerte para nuestra comprensión de la psicología de las neurosis. Pero no puedo considerarla como la conclusión de nuestro conocimiento del sueño. En el curso de una observación de muchos años de la vida onírica de personas sanas y enfermas he llegado a los resultados siguientes:
El sueño es un reflejo esquemático de actitudes psíquicas, e indica al investigador el modo característico en que el soñante toma posición ante un problema que tiene por delante. Por eso coincide con la forma de la línea directriz ficticia, da siempre solo intentos de prever, preparaciones a modo de prueba de una posición de agresión, y por tanto puede emplearse con gran provecho para comprender estas preparaciones individuales, las disposiciones y la ficción directriz.
Del mismo modo salen a la luz, de manera más o menos abstracta, las actitudes del soñante hacia el prójimo y, con ello, también sus rasgos de carácter23 y sus desviaciones neuróticas. La abstracción en el pensamiento onírico está impuesta por la tendencia a la seguridad, que busca resolver un problema simplificándolo y reduciéndolo a otro más simple, situado en la infancia, y lo lleva a cabo, exactamente como el pensamiento en general, solo que de modo más profundo, por medio de la memoria, de manera figurada, analógica, mediante la evocación alucinatoria de recuerdos que asustan o que estimulan. El aislamiento respecto de la realidad por el sueño favorece el pensamiento más abstracto en el sueño, ya que la corrección queda excluida en su mayor parte por el reposo de los órganos de los sentidos. Esta circunstancia, así como la falta de una fijación consciente de fines en el pensamiento onírico, son culpables de la incomprensibilidad del contenido del sueño, que solo adquiere un sentido si se lo toma como un símbolo de la vida, un «como si», en cuyo lugar la interpretación ha de poner la agresión real.
Estos hechos, que aún han de demostrarse, así como la forma de expresión del sueño en un «como si» («me parecía como si»), nos muestran la esencia del sueño como una ficción, en la que se hacen patentes los tanteos y ensayos con los que la cautela quiere llegar a dominar una situación en el futuro. En los sueños de personas nerviosas podrá por eso observarse, o adivinarse en conexión con su vida anímica, con más claridad que en los de otras, el modo de apercepción neurótico, que trabaja según el principio de una fuerte oposición, el sentimiento de inferioridad acentuado y la idea directriz de la personalidad.
El impulso de la idea directriz neuróticamente reforzada se manifestará regularmente en los sueños de los nerviosos, casi siempre en la imagen de la aspiración a lo de «arriba» o de la protesta masculina. La base de operaciones femenina, o «inferior», está siempre insinuada.
Los sueños repetidos de contenido semejante y los sueños infantiles recordados muestran la línea directriz ficticia con la mayor claridad. Pues se construyen sobre un esquema ya hecho, o hallado útil, que es erigido y mantenido por la meta final neurótica. Los varios sueños de una noche indican el intento de una solución múltiple y caracterizan el sentimiento de una inseguridad mayor. La llamada «censura onírica», según la cual se busca el encubrimiento o el velamiento de un estado de cosas mediante la deformación, resulta ser el efecto de la tendencia a la seguridad, que pretende la transformación de forma de la ficción en la neurosis como en el sueño, y que, a la distancia correspondiente, busca escapar a la contradicción en la línea directriz masculina mediante un rodeo. Otras «deformaciones» residen en la esencia del pensamiento onírico, más abstracto, y en su carácter de mero reflejo.
La simbólica y el artificio de la analogía en el sueño son irradiaciones, de forma y contenido, de refuerzos afectivos dinámicos; por así decir, sus imágenes verbales. Son la superestructura psíquica sobre un junctim24 entre la situación psíquica y un memento traído tendenciosa, casi siempre falsamente, sofísticamente, que ha de aportar la resonancia exigida por la «idea».
El cumplimiento de deseos infantiles en el sueño, afirmado por Freud, se resuelve, pues, para mí, en un intento de prever para llegar al aseguramiento, en el que se toman en ayuda como memento recuerdos tendenciosamente agrupados, y en modo alguno los deseos libidinosos o sexuales de la infancia; un artificio psíquico que domina también el pensamiento lógico. La esencia de la neurosis, así como de sus sueños y de su delirio, ofrece como única diferencia respecto de la norma la tendencia, reforzada por la ficción reforzada, a seleccionar los recuerdos que se hacen eficaces; dicho brevemente: la perspectiva neurótica. — El neurótico no padece de reminiscencias, sino que las fabrica. —
Una vez encontrado este punto de comparación, absolutamente necesario para la orientación y para la seguridad del obrar, que se pone tanto más alto cuanto más agobiante pesa sobre el niño el sentimiento de inferioridad, tiene que ser, por las causas mencionadas, por la compulsión de comparar y del orientarse infantil, estabilizado, hipostatizado, declarado sagrado, divino. De un lado están las condiciones y los movimientos reales del sujeto; del otro, como consecuencia compensadora del sentimiento de inferioridad, el dios, la idea directriz, apercibida figuradamente en una persona, en un acontecimiento. Este último punto ideal actúa ahora como si le hubiera sido dada toda la fuerza que dirige. Así es como surge del vivir orgánico, objetivo, lo que llamamos vida anímica, psique.
Cada paso del niño se orienta en este sistema y es orientado por él. Es un continuo ponderar, tantear, preparar, establecer disposiciones y medirse con el ideal lo que hace avanzar al niño en su desarrollo. Se mide con el hombre igual que con la mujer, y en ello la oposición de los sexos da de nuevo una línea auxiliar e impone una orientación psíquica según una línea opuesta, en cierto sentido hostil, evasiva: la masculina. En el niño predispuesto a la neurosis, la tendencia compensatoria a la seguridad, acrecentada por el sentimiento de inseguridad, lleva, poniendo en tensión la atención, las líneas de orientación abstracta y neuróticamente ahondadas a la meta exagerada de la protesta masculina. Y la oposición de los sexos, captada con más agudeza, crea más pronto y con más insistencia las posiciones preparatorias hacia el otro sexo, tanto más cuando, como en el neurótico, la valoración exclusivamente masculina del ideal repercute en su sentimiento de inferioridad y lo hace aparecer como femenino.
La base de la educación familiar hace que los primeros intentos de llegar a un ideal de la personalidad representen préstamos de rasgos de la personalidad de la familia más altamente valorada, casi siempre el padre. Los niños predispuestos a la neurosis, que en la confrontación con el padre sienten un refuerzo de su sentimiento de inferioridad, hacen en seguida preparativos y construyen disposiciones para la lucha, como si tuvieran que sobrepasar al padre. En estos intentos preparatorios se halla también la actitud hacia el otro sexo, en cuanto el intelecto del niño no yerra respecto de su propio papel sexual, y muchas de sus disposiciones destinadas al futuro son ejercitadas anticipando, a modo de juego,25 frente a miembros de la familia del otro sexo, a modo de prueba, en vigilia o alucinatoriamente, en el sueño.
Que al muchacho la madre le proporciona en cierto sentido un modelo se sabe desde hace tiempo, y lo ha destacado en especial Nietzsche. En ello, el límite que el niño se pone es asunto de una prueba por parte del niño. Sus deseos, en el caso de que esté predispuesto a la neurosis, son desmedidos. Insatisfecho por la excesiva distancia respecto de su ideal de la personalidad, llega también a deseos sexuales referidos a la madre, prueba de cuán ilimitadamente tensa está la voluntad de poder. Pero una fijación de una relación sexual tiene que tener otras razones que deseos abrigados alguna vez en el ámbito de cierta desmesura. El deseo del muchacho alcanza también a otras personas femeninas de su entorno. El cuadro es entonces otra vez como respecto de la perversión. «Querer poseer a la madre» se convierte en signo de su insatisfacción, en símbolo de su desmesura, de su obstinación y de su miedo a otras mujeres. Ahora bien, en la vida posterior puede producirse una «fijación» a la madre a partir de constelaciones semejantes, pero no porque el deseo hubiera sido antes libidinoso. Pues es indiferente de qué índole fuera la relación real con la madre: la psique del nervioso la empleará siempre de algún modo para el aseguramiento.
Aquí nos interesa sobre todo el motivo de la insatisfacción. Brota del sentimiento de un perjuicio, y está claro que el niño espera todas las realizaciones del «crecer». Según la psicología del «como si», puede esperar su salvación del crecimiento de su cuerpo, de su cabello, de sus dientes, de su órgano genital. En especial sus experiencias con los dientes son aptas para dejarle la impresión de que algo puede volver a crecer. En sueños y fantasías interviene a menudo el motivo de los dientes: en las niñas, para poder mantener su esperanza de convertirse en hombre; en los niños, para representar su anhelo de una masculinidad plena. Si se arranca un diente, un diente de leche, crece uno nuevo, más fuerte. El «arrancar un diente» en el sueño equivale, pues, al deseo de llegar a ser un hombre.
Los hombres neuróticos, como las mujeres, están llenos del sentimiento de perjuicio, y toda su vida transcurre en la búsqueda de una ampliación de su esfera de influencia. Para aspirar a ello, más aún, solo para poder tomar posición ante ello, necesitan un mantenimiento constante de su insatisfacción, de modo que, en atención a la meta directriz ficticia fijada, quieren obtener de toda situación, mediante la reflexión, el arreglo o la arbitrariedad, alimento para su insatisfacción y pruebas de su postergación. Con gran regularidad encontré en ellos el modo de apercepción antitético según el esquema «masculino-femenino», por medio del cual buscaban y clasificaban todas sus vivencias. Este esquema está superpuesto habitualmente, una vez que quisieron captar la imagen del mundo, por una imagen antitética de los genitales masculinos grandes y pequeños.
Es un hallazgo frecuente y característico que en lugares del cuerpo que son inferiores por naturaleza se desarrolle una sensibilidad más fina, cuya excitación adopta a veces el carácter de lo placentero. He descrito este fenómeno en el «Studie über Organminderwertigkeit» (1907, Viena y Berlín) y lo remito a dispositivos compensatorios que se pusieron en marcha en los antepasados del individuo, en la lucha por su conservación, cuando estaba en peligro el órgano o la parte del órgano correspondiente. Estas partes compensatorias, ahora de valor superior, de un órgano inferior — inferior porque sufrió daño en la ascendencia — son propiamente, en cierto sentido, dispositivos de protección, aunque a menudo no den buen resultado. Pero como su técnica se ha vuelto otra, que ya no lleva el mismo paso que la de órganos aproximadamente normales, también los modos de manifestación psíquicos que se vinculan a este órgano se volverán llamativos y se saldrán de la norma. Se trata de la misma variación, aunque más minuciosa, sobre la base de la inferioridad, a la que he recurrido en biología para explicar la variación, el refinamiento y la decadencia de los órganos.26
De este modo, por ejemplo, en el ámbito del órgano de nutrición se ha formado el aparato que siente el gusto como aparato de aseguramiento, y del mismo modo también el aparato que siente el placer, que ahora ha de garantizar la continuidad de la nutrición y la elección correcta de los alimentos. La variación respecto de la serie de los antepasados se produce por «tendencias a la compensación» que se inician en la sustancia germinal. «La coyuntura (en sentido amplio: el medio) domina el plasma germinal», y así se explica la reacción pronta y unitaria — inferioridad + aseguramiento compensatorio — por el cambio de las condiciones de vida en el sentido más amplio, es decir: todos los seres vivos de una especie unitaria varían en la misma dirección ante el mismo cambio de su modo de vida. Para la sociedad humana hay que mantener el punto de vista de que — más que en el reino animal y vegetal — las exigencias que pesan sobre los individuos son cuantitativa y cualitativamente distintas, de modo que sus inferioridades orgánicas y los aseguramientos compensatorios de estas difieren dentro de un margen considerable. Y estas variaciones serían todavía más llamativas,27 si no se hubiera interpuesto, con tan fuerte preponderancia, la psique humana como órgano de aseguramiento principal en el círculo de las correlaciones y compensaciones. En adelante, las tendencias a la seguridad más determinantes ya no aparecen como variedades orgánicas, sino en primer lugar como peculiaridades psíquicas. Con todo, sigue existiendo una conexión suficientemente demostrable, y podemos inferir de variedades orgánicas, estigmas y signos de degeneración de estas, dispositivos compensatorios aumentados del cerebro y tendencias a la seguridad extendidas en la psique. Pues la esencia y la tendencia de todos los procesos psíquicos están llenas de intentos de prevenir y de preparaciones para un valor superior, de modo que no puede uno cerrarse a la idea de que alma, espíritu, razón, entendimiento, son para nosotros abstracciones de aquellas líneas eficaces por las que el hombre se extiende más allá de su esfera de sensibilidad corporal, quiere ensanchar sus límites, para apoderarse de un pedazo del mundo y asegurarse contra peligros que amenazan. ¡La deficiencia de los órganos autónomos, elevada por arte de magia a los caminos seguros del conocer, del comprender, del prever!
En el reino animal, un aparato técnico finamente elaborado sustituye todavía en parte lo que en el hombre realiza el conocimiento. El fino olfato del perro se vuelve superfluo o se pone al servicio; lo que el aparato del gusto de los bovinos que pastan hace evitar en las plantas venenosas, de eso asegura al hombre su ojo que comprende. Pero es la misma tendencia, y subsiste eternamente: facilitar la lucha de los antepasados por la conservación de su vida mediante órganos más finamente graduados, variados, así como mediante artificios más refinados de la psique.
Y así nos está permitido considerar tales aparatos periféricos más sensibles, su fisonomía y su mímica particulares, como signos de un órgano atacado, como huellas delatoras de una inferioridad orgánica heredada. Esto vale también para el desarrollo particular de la sensación gustativa en el hombre, para la mayor excitabilidad de la mucosa de los labios y de la boca, a la que se suma casi siempre una mayor excitabilidad del paladar, de la faringe, casi siempre también del estómago y del tracto digestivo. Fisonómicamente, este cuadro de la boca inferior se presenta en forma de labios más móviles, más finos, a menudo agrandados, casi siempre con ligeras deformaciones de los labios, de la lengua (lingua scrotalis, Schmidt), del paladar, a las que se suman a menudo signos de degeneración en estas partes, amígdalas agrandadas o todo el status lymphaticus. A veces, ciertamente, pese a toda la inferioridad, falta un desarrollo superior en el sentido de la tendencia a la compensación, y falta incluso la hiperestesia. Muy frecuentes son las anomalías de los reflejos; el reflejo faríngeo aumentado, pero también su disminución, pertenecen al mismo cuadro. Entre los defectos infantiles se observan: mayor uso de las partes de la boca, contactos con la boca, chupeteo del pulgar, inclinación a meterse todo en la boca, vómitos. Con ello, casi siempre buen desarrollo, en cuanto no lo impidan otras inferioridades orgánicas simultáneas.
Pero el mal, la privación, el mimo y los dolores que acompañan desde la cuna al tracto digestivo inferior despiertan al mismo tiempo un sentimiento de inferioridad, de estar perjudicado y de inseguridad, y empujan al niño constitucionalmente predispuesto al camino de los artificios. El ideal de la personalidad precoz, construido con más y con excesiva fuerza, encierra también metas ficticias de satisfacciones sobreabundantes a las que la realidad nunca puede hacer justicia. La atención de tales niños se dirige, a la manera de una idea obsesiva, a todos los problemas de la alimentación y a sus sublimaciones (Nietzsche). La privación de una golosina desencadena en ellos afectos y acciones muy distintos de los que esperamos. Su mente va a la cocina; su juego y su elección de profesión infantil prolongan sus disposiciones para la obtención de alimento en fantasías de llegar a ser cocinero o pastelero. La importancia del dinero como factor de poder se les hace patente antes y de modo más desmesurado, así como el sentido de la avaricia y del ahorro. A menudo se encuentran estereotipias y pedanterías al comer, medidas de principio como llevarse a la boca lo mejor primero o al final; los impacientes prefieren la primera práctica; los más cautelosos y ahorradores, la última. Las idiosincrasias contra alimentos, el rechazo de la comida, el tragar precipitado se mantienen a menudo como gesto de obstinación y muestran el uso del problema de la alimentación para la agresión contra los padres. — Aparte de las enfermedades orgánicas del aparato digestivo inferior en la vida posterior, entre las cuales he llamado la atención, en este tipo, sobre la úlcera gástrica, la apendicitis, el carcinoma, la diabetes y las enfermedades del hígado y de la vesícula, en la neurosis se muestra la mayor participación, la resonancia y el uso más frecuente de trastornos funcionales del tracto gastrointestinal. Su relación más íntima con la psique se refleja en muchos síntomas neuróticos y psicóticos. Creo estar sobre la pista de un artificio especial de este tipo, sin poder presentar una concepción definitiva. Una serie de síntomas neuróticos, como la eritrofobia, el estreñimiento y el cólico neuróticos, el asma, probablemente también el vértigo, los vómitos, el dolor de cabeza y la migraña, están en una conexión, todavía no del todo aclarada para mí, con una acción conjunta, voluntaria pero inconsciente, de la contracción anal («calambre» de los autores, ¿«espasmo del sigma»? Holzknecht, Singer) y de acciones de la prensa abdominal, actos simbólicos que se producen bajo el dominio de la ficción reforzada.
El sentido del lucro de este tipo, su avidez de dinero y de poder, los encontré llamativamente en primer plano y como componente esencial del ideal de la personalidad.
Parte práctica.
Capítulo I. Avaricia. — Desconfianza. — Envidia. — Crueldad. — Crítica rebajadora del nervioso. — Apercepción neurótica. — Neurosis de la vejez. — Transformación de forma y de intensidad de la ficción. — Jerga de los órganos.
Quiero hablar primero de rasgos de carácter que pueden demostrarse con cierta regularidad en todos los nerviosos y que se expresan de tal modo que el paciente aspira con gran avidez, directamente o por rodeos, consciente o inconscientemente, mediante un pensar y un obrar adecuados a su fin o mediante el arreglo de síntomas, a una mayor posesión, al aumento de su poder y de su influencia, al rebajamiento de otras personas y a perjudicarlas. Casi siempre se encuentran juntas todas estas formas del interés propio, y solo tras una mejor comprensión se reconoce el enorme predominio de los rodeos con los que el paciente se engaña a sí mismo y a su entorno. Engaña también a la ciencia. Pues mientras, por ejemplo, hace el papel de desinteresado, se vuelve a encontrar en sus ataques, en su neurosis, pero al mismo tiempo en el efecto final logrado por esta, la avidez reforzada de la que hemos hablado al principio; produce así la impresión de un yo doble, de alguien que padece una escisión de la conciencia, y mientras un fin último ficticio le hace observar por caminos ocultos, con más fuerza que al sano, el esquema de la avaricia, de la envidia, del afán de dominio, de la maldad, de la porfía, de la coquetería, puede hacer abiertamente — también por coquetería, quizá — el papel de benefactor y protector, de pacificador y de santo desinteresado. No sin que este juego acabe habitualmente en desgracia, algo así como el fanatismo de la verdad de Gregor Werle en «El pato salvaje» de Ibsen. No se puede valorar con demasiada fuerza la manía del neurótico de querer tenerlo todo, ni es posible exagerar su avidez de querer ser el primero, aunque los rasgos de carácter visibles ofrezcan al respecto el cuadro más contradictorio. Lo que realmente impulsa al paciente es el deseo más inequívoco de poder exclusivo, y como su sentimiento de la personalidad se escandaliza de muchos de sus medios, y también el poder de otros podría estorbar su triunfo, oculta a sí mismo y a los demás los rasgos de carácter vedados, y, como comprensivo conocedor de los impulsos hostiles y de su impopularidad, se deja guiar a la luz del día, en sus «impulsos conscientes», por el ideal de la virtud. Con todo, su instinto de agresión reforzado se delata, y precisamente en el sueño, en acciones no dominadas, en la actitud, la mímica y los gestos, y en aquel acontecer psíquico cuya expresión es la neurosis.
Respecto de la cuestión de la herencia de tales rasgos de carácter, e incluso de su disposición antagónica, por regla general se pone de manifiesto que se adquieren como líneas directrices secundarias según la imagen del padre, de la madre o de personas que los sustituyen, y en modo alguno son innatos. La psique neurótica los encuentra en el material propio o en un material ejemplar, como el cual ha de valer en muchos casos también el doble juego, la escisión de la conciencia de la sociedad humana. Pero el artificio de la neurosis consiste entonces en ocultar, en transformar los rasgos hostiles, agresivos, a menudo inadecuados para el fin ficticio de la elevación de la personalidad, y en alcanzar más bien el mismo fin de modo todavía más intenso por rodeos, a menudo mediante disposiciones de carácter opuestas y mediante síntomas neuróticos. Uno se convence entonces fácilmente de que la exagerada generosidad de tales pacientes obedece a la misma meta de la «voluntad de poder» a la que el enfermo intenta acercarse también mediante el aumento de su instinto de agresión, de su codicia, de su ahorro.
Uno de mis pacientes, que vino a tratarse conmigo por tartamudez y estados depresivos, solo dejaba ver a su entorno los rasgos de la generosidad. Un día entregó a una institución un donativo voluntario bastante grande, y me lo contó añadiendo, aparentemente sin transición, la observación de que hoy estaba especialmente deprimido. Al mismo tiempo su tartamudez se acentuó. El estado agravado de su neurosis resultó ser una consecuencia de su generosidad, por la cual ahora se siente perjudicado, y está uno autorizado a esperar el verdadero carácter en otras acciones, pensamientos o sueños, paralelamente a los síntomas neuróticos que se destacan, no porque hubiera «reprimido» la avaricia o un impulso sexual correspondiente, sino porque se había alejado demasiado de su meta: aumentar sus bienes. Ahora tiene que hacer algo para volver allí. «Era ya tarde, la hora del mediodía», siguió contando, «sentía mucha hambre, y además mi amigo me esperaba en un restaurante donde queríamos comer juntos. Así que tuve que hacer a pie el (largo) camino hasta allí. Mi amigo aún esperaba. Después de comer me sentí algo mejor». Es decir, empezó en seguida a ahorrar de nuevo y fue a pie, pese al hambre, a la depresión y a la cita. De paso pudo así hacer esperar al amigo, lo que para muchos neuróticos es la manera encubierta de ejercer su afán de dominio.
Las primerísimas manifestaciones, acciones y comunicaciones del paciente ante el médico contienen a menudo lo esencial del mecanismo de la enfermedad y de la formación del carácter. Esto se debe a que el paciente todavía no posee la disposición de cautela frente al médico. Cuando el paciente mencionado se me presentó, me contó sin que se lo preguntara que su padre no era acomodado y que él no podía hacer grandes sacrificios por el tratamiento. Al cabo de un tiempo salió a la luz durante el tratamiento, forzosamente, la confesión de que me había mentido en este punto para obtener unos honorarios más bajos. También en muchos otros respectos resultó ser avaro. Pero al mismo tiempo intentaba engañarse a sí mismo y en especial a los demás sobre ello. Ambos rasgos los poseía también el padre, y nuestro paciente había sido orientado por este con especial insistencia hacia el ahorro. A menudo se le había repetido: «¡El dinero es poder, con dinero se puede tener todo!». Así no podía faltar que nuestro paciente, que ya en la infancia era muy ambicioso y dominante, cuando más tarde cayó en una situación insegura y creyó no poder alcanzar por el camino recto la medida del padre, se refugiara, bajo la presión de su ambición, en el artificio de convencer al padre de su impotencia, del fracaso de sus planes educativos, manteniendo un defecto infantil, la tartamudez. Con la tartamudez le estropeó el juego al padre, porque no podía ser el primero, porque no podía sobrepasarlo.
Pero nuestra cultura da en gran parte la razón a los niños que ven en la acumulación de dinero el camino hacia el poder. Guiada así, su voluntad de poder adoptó la forma exterior del ahorro y de la avaricia, exagerándolos todavía más. Solo la contradicción entre manifestaciones abiertas y bajas de avaricia y el ideal de la personalidad le obligó a ocultar el impulso avaro con cuya ayuda quería llegar a ser superior al padre, e impuso la tartamudez como sustituto.
En el curso ulterior del análisis se mostró el punto de partida de su aspiración reforzada a la posesión. En los primeros años de vida padeció casi sin interrupción de molestias gástricas e intestinales, que se hacían valer como forma de expresión de una inferioridad congénita del tracto digestivo. También en la familia las enfermedades del estómago y del intestino desempeñaban un gran papel. El paciente recordaba con mucha exactitud cuántas veces, pese a la sensación de hambre y a la codicia, tuvo que privarse de manjares sabrosos mientras los padres y los hermanos los consumían a gusto. Donde podía, reunía alimentos, bombones y frutas para poder regalarse con ellos más tarde. En esta inclinación a coleccionar vemos ya el efecto de la tendencia a la seguridad previsora, que trabaja constantemente en compensar de algún modo el sentimiento de perjuicio.
Pero hasta dónde llega puede mostrárnoslo un ejemplo construido que puedo documentar con analogías de nuestro caso. La avidez de poder, y con ello de posesión, puede ser azuzada de tal modo por el sentimiento de inferioridad que se la encuentra en lugares del desarrollo psíquico donde apenas se la sospecha. Un pequeño paciente de este tipo deseará probablemente al principio la manzana que se le niega cuando mira comer al padre o al hermano. Se despertará la envidia, y al poco tiempo un niño así puede haber llegado en sus reflexiones y en su prever — por aspiración a la igualdad — a impedir que el otro pueda tener alguna ventaja sobre él. Pronto habrá llevado también tan lejos el desarrollo de este pensamiento, sin duda poco significativo, que tendrá a punto preparaciones y disposiciones; se ejercitará, en especial si hay una incapacidad muscular originaria, todo el año en trepar y saltar, para poder escalar un árbol en otoño como maestro. La psique humana no es capaz de rendir cuentas en todo momento de las metas finales ficticias, y así este niño, aparentemente desligado de su meta final, puede poner su disposición para el deporte y la gimnasia al servicio de otras tendencias que sirven de otro modo al sentimiento de la personalidad, algo así como nuestros Estados modernos se arman para la guerra sin conocer siquiera al futuro enemigo.
El padre de nuestro paciente podía ser tomado fácilmente por el muchacho como modelo ocasional, pues superaba a su entorno en estatura, fuerza, riqueza y posición social. Si el pequeño quería salir de la inseguridad en la que lo había precipitado su inferioridad constitucional, tenía que hacer sus preparativos para la vida como según un plan, hacia un punto fijo. El fuerte relieve de la línea directriz hacia el ideal paterno es ya un rasgo neurótico, pues en él podemos comprender toda la angustia de este niño que quiere salir de su inseguridad. La tendencia a la seguridad de la neurosis saca así al paciente del ámbito de sus propias fuerzas y le obliga a un camino que conduce fuera de la realidad: 1. porque convierte su ficción de parecerse al padre o de superarlo en su tarea, y se ve obligado ahora a formar, agrupar e influir bajo su compulsión su experiencia del mundo; 2. porque nunca puede lograrse imponer en la realidad una ficción abstracta de este tipo, salvo en la psicosis. Entra así en la psique del niño un rasgo intensamente buscador, que mide y pondera, del que tengo que destacar todavía algunas cosas.
Lo que, según mi experiencia, causa en primer lugar en los niños neuróticos la imagen directriz del padre, concebida con demasiada agudeza, se muestra, como he expuesto en mis trabajos, en la búsqueda del papel sexual. El niño predispuesto a la neurosis, o, como puedo decir, el niño que está bajo la presión de un sentimiento de inferioridad, quiere llegar a ser un hombre; en cuanto estalla la neurosis, ser un hombre. En ambos casos solo puede tratarse de un comportarse como si fuera o hubiera de llegar a ser un hombre. La tendencia a la seguridad reforzada obliga también en este caso a la actitud del futuro nervioso a quedar bajo el hechizo de la ficción, de modo que en parte puede producirse también una simulación consciente, y, por ejemplo, una niña, para escapar de su sentimiento de inferioridad, toma prestados al principio, en imitación consciente, gestos masculinos del padre. No hay razón para suponer que para ello tenga que estar enamorada del padre. Basta para ello la estimación más alta del principio masculino, que, ciertamente, a veces puede ser sentida por la niña, como por el entorno, como enamoramiento, cuando la preparación para el futuro exige, a modo de juego, una alusión al amor o al matrimonio. En nuestro caso, la línea directriz hacia el ideal compensador de la personalidad se tradujo, en la transformación de su forma y de su contenido, en una aspiración ambiciosa a superar al padre en riqueza, en prestigio y — en conexión con ello — en masculinidad. La búsqueda del propio papel sexual empezó intensamente y de manera típica, como curiosidad sexual, en la cual el paciente, en el sentimiento de su inferioridad, sintió la pequeñez de sus genitales infantiles frente al tamaño de los del padre como una amarga postergación, como falta de masculinidad. Su ambición, que había de permitirle ascender desde el escalón de la inferioridad, le obligó a aumentar su sentimiento de pudor, para que no se vieran sus genitales pequeños al desnudarse. A ello se añadía que era de ascendencia judía. Había oído algunas cosas de la circuncisión y abrigaba la representación de que también en esta operación lo habían mermado. Su protesta masculina le empujó a desvalorizar a la mujer, como si de este modo tuviera que demostrar su superioridad, y llegó con su madre a la peor relación imaginable. Pero también frente al padre, cuya predilección por él alimentaba con una adaptación diplomática, abrigaba sentimientos hostiles, que salían a la luz especialmente cuando el padre forzaba su superioridad, a lo que tenía una gran inclinación. En esta maraña de sentimientos buscaba orientación y solo la encontraba en el pensamiento de llegar a ser superior al padre, de llegar a ser más masculino que él. En buena lógica, como ocurre a menudo en casos semejantes, habría tenido que emprender intentos de llevar sus genitales al agrandamiento, a la erección. Este camino, que conduce a la precocidad sexual y a la masturbación, lo abandonó pronto, porque el padre lo disuadió varias veces con amenazas. Así le quedaron como sustituto de la protesta masculina solo los intentos de llegar a ser más rico, más prestigioso, más listo que el padre, y de rebajar a su entorno.
Su padre había puesto grandes esperanzas en el don de la palabra del paciente, que se había mostrado ya en la infancia; tampoco se había dejado desconcertar por la leve tartamudez del muchacho y esperaba que emprendiera la carrera jurídica. Aquí podía herir al padre en el punto más sensible, y así cayó en una tartamudez cada vez más violenta, una manifestación neurótica del aseguramiento contra la superioridad del padre, para la cual le había venido el estímulo de un preceptor tartamudo. En lo sucesivo este síntoma recibió un sinnúmero de otras utilidades, por ejemplo la de que, con la tartamudez, ganaba siempre tiempo para observar a su interlocutor, sopesar sus palabras, rechazar exigencias de la familia, aprovechar la compasión de otros y asimismo el prejuicio por el que solo se ponían en él pequeñas expectativas, que luego superaba fácilmente. Es interesante que su tartamudez, bastante llamativa, no le fuera un obstáculo en el cortejo amoroso, que más bien lo favoreciera, lo que parece comprensible desde nuestro punto de vista, según el cual un tipo muy extendido de muchachas no puede renunciar a la condición amorosa de que el hombre de su elección ha de estar por debajo de ellas, para poder dominarlo con seguridad.
Impulsos especialmente hostiles contra los padres, los hermanos y los criados los terminó estableciendo una nueva línea directriz que había de convertirlo en un hombre bondadoso. Este nuevo desarrollo se produjo haciendo cada noche una confesión a sí mismo, en la que se reprochaba su malignidad y arreglaba remordimientos de conciencia. Su comprensión creciente le había indicado así un rodeo cultural para elevar su sentimiento de la personalidad.
La falta de una agresión rectilínea se mostró también en que demostraba su ambición en pensamientos y fantasías, aunque también en buenos progresos en la escuela, de modo que vencía a la mayoría de sus compañeros. Una creciente inclinación al sarcasmo y a azuzar a otros fue ahora la única expresión visible de su agresión, antes a menudo violenta, que le había valido el apodo de «sanguijuela». Un papel importante lo desempeñaba su posición combativa a favor del judaísmo, que se reflejó en una acción compulsiva aparecida hacia los 12 años. Cuando entraba en una piscina, tenía que taparse los genitales con las manos y meter en seguida la cabeza bajo el agua, donde la mantenía hasta haber contado hasta 49, de modo que a menudo salía jadeando y exhausto. La resolución dio como contenido intelectual la aspiración de su fantasía a establecer la igualdad de los genitales. El año 49 tiene en la antigua legislación judía, que había conocido poco antes, el significado del año jubilar, en el que todos los campos volvían a igualarse. Ocurrencias de este tipo y el ocultamiento simultáneo de los genitales indicaron el camino a la interpretación. Ya podía sacarse la conclusión de que también su tartamudez había de compensar una superioridad, la superioridad del padre, de todos los hombres, al convertirse para ellos en un estorbo, a menudo en un tormento.
Su avaricia, su ahorro, actuaban, pues, en la misma dirección: dejar fuera de combate las superioridades de otros, asegurarlo contra la humillación y contra un perjuicio ulterior por empobrecimiento; y así tenía que extender mucho estas líneas de orientación secundarias y formar y valorar sus vivencias según ellas para llegar a la elevación de su sentimiento de la personalidad, a la protesta masculina. Solo en ocasiones en que, al hacerse patentes estos rasgos de carácter, le habría surgido un menoscabo de su amor propio, reprimía su manifestación abierta.
Sería un despropósito querer adoptar en una cuestión médico-psicológica un punto de vista moral, por ejemplo juzgar a personas como la anterior como moralmente inferiores. A quienes sientan inclinación a ello les recuerdo los rasgos de carácter compensatorios, sumamente fuertes y valiosos, y, por lo demás, la sabia sentencia de La Rochefoucauld, que juzgaba así: «Nunca he examinado el alma de un hombre malo, pero una vez conocí el alma de un hombre bueno: ¡quedé horrorizado!».
En otro caso, el carácter de la avaricia se muestra no solo como construcción auxiliar para compensar un sentimiento de estar perjudicado, sino sobre todo como artificio que sirve a la tendencia a la seguridad. Un paciente de 45 años, que toda su vida padeció de impotencia psíquica y estaba perseguido por ideas de suicidio, mostraba una inclinación especialmente fuerte a rebajar a otros. Conocemos este rasgo de carácter por la descripción del caso anterior, donde servía, como siempre, para suprimir el propio sentimiento de inferioridad. A esta tendencia van unidas regularmente una desconfianza y una envidia acrecentadas, que, como disposiciones psíquicas neuróticas, han de falsear la búsqueda y la valoración de las vivencias. También una inclinación a causar a otros, de algún modo, dolor corporal o anímico sabrá siempre imponerse en ello de manera encubierta. El punto de vista directriz abstracto del paciente, asegurar su posición dominante, «estar arriba», parecía evidentemente amenazado y obligaba a reforzar las líneas de orientación ficticias. De la época infantil llegaron a emplearse en la neurosis recuerdos según los cuales casi había caído víctima de un homosexual. Había crecido entre hermanas como único varón, una situación que, según mi experiencia, perjudica a menudo la comprensión del propio papel sexual. Importante era su posición frente al padre, porque le obligaba también a aseguramientos reforzados. El padre era, en efecto, brutal, egoísta, tiránico, de modo que al muchacho le resultaba difícil hacerse valer abiertamente junto a él. Algunas aventuras amorosas habían puesto al padre en situaciones muy difíciles, que nuestro paciente empleó como memento en su neurosis desarrollada. Su desconfianza se dirigía contra todas las mujeres. Frente a sus hermanas fue toda su vida capaz de sacrificarse, pero este hecho lo apercibía ya con una sensación sumamente fuerte y desarrollaba de ello, con tendencia, razonamientos sobre lo fácilmente que cedía ante las mujeres. Y podía también, ocasionalmente, ir muy lejos en esta dirección, para destacar en sí muy nítidamente esta impresión. Entonces estaba preparado para retirarse de las mujeres.
Desde su infancia había llevado sentimientos de inferioridad a una imagen sexual. La causa de su actitud poco viril — ¡el homosexual había querido tomarlo como a una muchacha! — la buscó y la encontró en un criptorquidismo ocasional, causado por un conducto inguinal abierto. A los 8 años observó a un muchacho masturbándose. Hic puer ei semen ejaculavit in os28, lo que sintió como un nuevo signo de su papel femenino. Mientras había hecho del padre su punto directriz, mostró las preparaciones habituales para igualarse a él. Le bebía a escondidas el aguardiente, intentaba atraer a la madre a su lado y eligió tempranamente la profesión de su padre, en la que podía satisfacer también sus inclinaciones sádicas, irritadas por el sentimiento de su inferioridad y por la tendencia hacia la imagen directriz del padre: se hizo carnicero. Inclinaciones brutales las ejercía también gustoso con muchachas y mujeres: las mordía, las golpeaba, y participó una vez en una violación en la que practicó el coitus per anum para no verse obligado, por ejemplo, a pagar alimentos. Pero esta vivencia, que lo mostraba todavía enteramente a la manera brutal del padre, le empujó, por la amenazadora consecuencia de responsabilidades penales y por el rebajamiento de su sentimiento de la personalidad unido a ello, a un rodeo neurótico. Empleó su desconfianza hacia las muchachas, ya de por sí acrecentada, para atormentarlas con accesos de celos, para doblegarlas por completo a su influencia y asegurarse de este modo la apariencia de su dominio. Su ejaculatio praecox y la impotencia unida a ella servían a su necesidad de aseguramiento tanto como a su animosidad contra la mujer. Con preferencia intentaba seducir a mujeres casadas, para causarles decepciones con su impotencia, pero al mismo tiempo para obtener, a modo de juego, confirmaciones de que «todas las mujeres» eran malas. También en ideas obsesivas se manifestaba esta inclinación a hacer daño. Así, durante la cura tenía todavía accesos de querer morder y golpear a una profesora de idiomas durante la clase, porque le habían surgido pensamientos de que ella tenía un amante al que lo prefería. Esta reacción sádica ante un sentimiento de sucumbir, como protesta masculina contra la sensación de ser poco viril, femenino, procede de la infancia y atraviesa toda su neurosis. No fue difícil demostrar que su impotencia obedecía del mismo modo al fin último de encontrar una manera de escapar a la servidumbre amorosa, a la sujeción a una mujer, una tendencia que, sin embargo, encontraba su continuación en rebajar una y otra vez a las mujeres de algún modo. Cuando no tuvo perspectivas de triunfar con su profesora, la dejó bruscamente, pues sabía que la muchacha dependía de dar clases. Pero antes hizo cálculos críticos sobre el coste de sus clases de idioma y los encontró inasequibles para sus circunstancias, lo que saltaba claramente a la vista como valoración falsa, tendenciosa, del hombre muy acomodado. — En la misma dirección empleaba recuerdos de pensamientos incestuosos que surgían ocasionalmente, para tomar conciencia con espanto de su debilidad, de su inclinación criminal, en cuanto entraban en juego las mujeres. Así establecía su base de operaciones, desde la cual tenía que asegurarse contra el sexo femenino, con lo que le parecía garantizada una superioridad duradera en la vida.
El núcleo más profundo de su compulsión a asegurarse contra la mujer era que podría sufrir en el matrimonio, en el amor, decepciones que habría atribuido a su falta de virilidad. Como buscaba su meta neurótica en la prueba de su poder, tenía que volverse cauteloso e inclinado a rodeos neuróticos. También en este paciente había trastornos gastrointestinales tempranos y, como signo periférico de inferioridad, la fatal hernia inguinal. En su manera de practicar el amor, la avaricia exagerada se ofrecía como el medio más útil para asegurarse contra una entrega demasiado grande. Pero si esta avaricia había de servir de algo, tenía que abarcar todo el círculo de sus relaciones vitales y estar omnipresente. Tenía que ser a su vez apoyada y afianzada con toda clase de subterfugios. Entre otras cosas, esto ocurría mediante el arreglo de pensamientos obsesivos. Cuando usaba un automóvil, le venía el pensamiento de que podía producirse un choque. Un examen más detenido de esta idea obsesiva mostró que no creía ni remotamente en esta posibilidad, pero que esquivaba todos los medios de transporte caros. Más aún, incluso cuando hacía un trayecto largo en tranvía, al final de la zona más barata le venía el pensamiento de un choque, o del hundimiento de un puente que había que cruzar, de modo que casi siempre pagaba el billete más barato, ahorraba unos céntimos29 e iba a pie el resto del camino. Estaba en la línea de amargarse todo gasto.
Así ocurrió también que, para ganar una actitud unitaria, aspiraba del mismo modo al rebajamiento del hombre. Ya en su caza de mujeres casadas esto se expresaba claramente, y le satisfacían la consternación y la decepción de las mujeres seducidas, los insultos que luego les dedicaba, no menos que la satisfacción de haberse mostrado una vez más como el más fuerte. Esto llegó a convertirse en el contenido de su vida, la transformación de forma en la que su ficción originaria, llegar a ser el más masculino, se había cumplido aproximadamente. Solo el miedo a la mujer, que originariamente, en el mismo sentido que la sensación de su propia feminidad, le había llevado a su protesta masculina exagerada, volvía a encontrarse en el excesivo aseguramiento contra la superioridad de la mujer, y le hacía reforzar desmedidamente, como dique protector, su desconfianza y su avaricia, que ambas sabían argumentar excelentemente. Arrastrado por esta tendencia a la seguridad, fijó además la impotencia psíquica que había conocido en sus primeros intentos. Una criada a la que quiso seducir de joven le opuso resistencia y se le negó con las piernas cerradas. Él era entonces inexperto y se tuvo por impotente. Más tarde, cuando se había vuelto más docto, sentía su inexperiencia como si la mujer fuera para él un enigma, insondable. Pero en la impotencia originaria y en su desconcierto frente a la mujer encontró los rodeos neuróticos para sustraerse a una derrota definitiva, a una decisión en perjuicio de su masculinidad. Entonces se intensificó el medirse con otros hombres. Se sorprendía, por ejemplo, en una situación psíquica en la que, sentado a la mesa con un grupo, antes de que nadie hubiera dicho una palabra, ya estaba al acecho de qué replicar, de cómo podría quitarle la razón al que hablara. Si hablaba de un libro, de una obra de teatro, de una reunión, de un lugar, siempre se imponía su crítica rebajadora en la forma más aguda. Y así era de esperar también que en todo tratamiento médico, tras una breve introducción, expresara los rasgos de carácter de la desconfianza, de la avaricia, de la desvalorización, a menudo artísticamente entrelazados. Y esto no en el sentido de la transferencia amorosa de Freud, sino porque su gesto psíquico congelado, su actitud, eran el ataque, el rebajamiento del otro, y, mirando de cerca, tenían que salir a la luz. A ello se añadía un factor agravante. Su intención, cuando acudía al médico, no podía ser la de ser liberado pure et simple de su impotencia, pues con ello habría sido precipitado en el caos de sus temores. Quería más bien la prueba de su incurabilidad, o encontrar un camino por el que pudiera ser potente sin miedo a una derrota. Para llegar a la primera meta, la condición previa era la desvalorización de la capacidad médica. Pero el camino solo podía encontrarlo si había seguido hacia atrás el miedo a la mujer hasta sus fuentes, hasta el sentimiento de su falta de virilidad, en el que se había concretado el sentimiento de su inferioridad. Uno de sus sueños de la época anterior al fin del tratamiento mostraba este estado de cosas con mucha exactitud. Tengo que observar brevemente antes que utilizo componentes esenciales de la técnica de interpretación de Breuer y Freud, pero entiendo el sueño como el reflejo de un intento abstrayente, simplificador, de encontrar para el sentimiento de la personalidad una salida aseguradora de una situación que amenaza con una derrota, mediante el prever y el probar las dificultades en un esquema propio del paciente. Por eso en todo sueño volverá a encontrarse el esquema significativo del modo de apercepción antitético: «masculino-femenino» y «arriba-abajo», inherente originariamente a todo hombre, pero reforzado en el nervioso. Las ocurrencias y los recuerdos que salen a la luz tienen que encuadrarse primero en este esquema para dar el sentido del sueño, que no tiene que cumplir — o no por principio — un deseo infantil, sino que tiene la tarea de acompañar intentos preliminares que, reduciendo a una medida menor, contabilizan el Debe y el Haber del paciente, a su manera neurótica, en favor del sentimiento de la personalidad. El sueño decía: «Comercio con cosas viejas en Viena o en Alemania o en Francia. Pero tengo que comprar cosas nuevas y lavarlas, porque entonces sale más barato. Luego vuelven a ser cosas viejas».
Las cosas nuevas significan unos genitales nuevos, potentes, por oposición a las «cosas viejas», su impotencia, que nadie había curado todavía. Aquí se trasluce el pensamiento de una vida nueva, de la posibilidad de alcanzar la potencia. Las palabras «porque entonces sale más barato» encubren los razonamientos aclarados más arriba, su miedo a los gastos de dinero en el caso de su potencia. Pero este pensamiento solo es sostenible en un caso: cuando el paciente está impregnado de la convicción de que es desmedido en su impulso amoroso, de que no conoce límites y persigue insensatamente a las mujeres. Ahora bien, esta convicción la saca tendenciosamente de recuerdos de la infancia, de la pubertad y de la edad adulta. Con ello ayuda también a configurar sus recuerdos incestuosos infantiles y, como todo nervioso, cuando le sirven, les da la forma como si hubiera deseado a la madre o a las hermanas con intención sexual. Es decir, trabaja con una ficción derivada del fin último para asegurarse, de modo semejante a como Sófocles forma y configura la leyenda de Edipo para afianzar los sagrados mandamientos de los dioses. Nuestro paciente se ha convertido en víctima dócil de su deficiente comprensión de la dialéctica, de la oposición propia del pensamiento más primitivo. El pensamiento directriz de su ideal de la personalidad: no debo desear a parientes consanguíneos, contiene dialécticamente el pensamiento contrario de la posibilidad de un incesto. Como el nervioso quiere asegurarse, se atiene al pensamiento contrario, juega con él, lo subraya y lo emplea en la neurosis, como todos los recuerdos aterradores que le parecen útiles para su aseguramiento. En la vida de nuestro paciente y de todos los nerviosos ha habido muchas más vivencias que habrían podido convencerles de que estaban libres de impulsos incestuosos, de que siempre habían sido sumamente mesurados, cautelosos y apocados. Pero como quiere asegurarse, su memoria y su modo de apercepción neurótico, falseador, rechazan tendenciosamente estos rasgos. Tiene muchas más impresiones de que no deseaba a la madre ni a las hermanas, pero no puede emplearlas para el aseguramiento. Así solo le queda una huella mnémica de una empresa preparatoria, a modo de juego, y como esta puede servirle de advertencia, hace de ella un espantajo con el que se asusta. Exactamente del mismo modo surgen la angustia neurótica, la agorafobia, la hipocondría, el pesimismo y la manía de dudar, ya que los pacientes solo recurren a las impresiones y vivencias que sirven al aseguramiento, que refuerzan su estado afectivo, y desvalorizan las demás, especialmente las opuestas. La capacidad de los sofistas de hablar de cada cosa «in utramque partem dicere»30 la tienen también el nervioso y el psicótico, y la emplean según la necesidad.
Las disposiciones del nervioso, afiladas, tendenciosamente reforzadas, y los rasgos de carácter neuróticos coordinados con ellas hacen que toda situación nueva resulte desconcertante (el misoneísmo de Lombroso). Lo que más teme nuestro paciente es la situación, para él desconocida, de la satisfacción sexual y del coito logrado, porque en esta situación sentida de antemano se ha puesto — por razones de aseguramiento — como la parte que sucumbe. Ahora bien, este miedo, que se siente como miedo a la impotencia, representa un aseguramiento ulterior contra la posibilidad de ser encadenado, retenido, engañado por la mujer, de no estar a su altura, contra un papel que contradice su ideal masculino y que por eso valora como femenino. A partir de rasgos inofensivos, ubicuos, del egoísmo, de la avaricia y del ahorro, arregla una línea directriz de la avaricia profunda, aparentemente inmanente, en realidad ficticia, porque esta parece protegerlo mejor. Si recibe, como en el sueño, lo que ya deseaba en la infancia, unos genitales nuevos, una potencia sana, entonces tiene que defenderse contra ello. Y echa mano de un medio que conoce desde hace mucho, que a menudo se le ha recomendado en vano, pero que al principio siempre debilitaba sus erecciones en lugar de fortalecerlas: los lavados fríos. A esta cura, deficiente según su experiencia, equipara mi tratamiento. La cura ha de producir lo contrario de lo que pretende, y el médico ha de lograr tan poco éxito como los médicos anteriores. Así el sueño muestra al paciente la salida para protegerse de la curación y ser así superior al médico. «Luego vuelven a ser cosas viejas».
En otros casos de impotencia psíquica la curación se logra fácilmente y, como sabemos, con los medios más diversos. A menudo se trata, en efecto, de pacientes nerviosos que ya con su visita al médico dan a entender que estarían dispuestos a abandonar esta clase de aseguramiento. Entonces ayudan los medicamentos, las sondas refrigerantes, la electricidad, las curas hidropáticas y, en especial, toda clase de sugestión, también la de un análisis imperfecto. A veces basta entonces la autoridad de la palabra médica para que caigan determinados reparos. En los casos graves es necesaria una transformación de la psique, demasiado atenta al aseguramiento.
La vejez hace aflorar a menudo con fuerza la envidia y la avaricia. Psicológicamente esto no es difícil de comprender. Por mucho que poetas y filósofos intenten adornar la época de la vejez, solo a los espíritus selectos les será dado conservar su equilibrio cuando ven surgir a lo lejos la puerta que conduce a la muerte. Y las privaciones y restricciones que naturalmente trae consigo la vejez, la sensible superioridad de personas más jóvenes, de los allegados, tal como a menudo da ocasión, de manera inofensiva o aparentemente inofensiva, a la postergación de las personas mayores, conducirán casi siempre a deprimir el sentimiento de la personalidad. La soleada disposición de Goethe, expresada de modo reconfortante en el «Padre Cronos»31, es sin duda para la mayoría de los hombres una ilusión inalcanzable, y dichosos han de llamarse los que sobreviven sin grave menoscabo del ánimo a la pérdida de su mejor época.
De nuestros presupuestos se sigue lógicamente que la época del envejecer, como un rebajamiento duradero, desencadena un fuerte sentimiento de inferioridad. En especial lo padecerán todos aquellos en quienes existe una disposición neurótica. A veces solo la vejez, el climaterio en las mujeres, los sentimientos de insuficiencia mental o física, los indicios de impotencia, la disolución de la familia, el casamiento de un hijo o de una hija, también las pérdidas de dinero o la renuncia a cargos y dignidades, traen el derrumbe. Casi siempre se encuentran ya en la historia previa huellas o estallidos de fenómenos neuróticos. La vejez, con sus mermas, actúa como otros rebajamientos del sentimiento de la personalidad. El instinto de agresión busca otros caminos para producir una compensación, otros caminos que, por desgracia, en estos casos no son fáciles de encontrar. La renuncia sería más fácil si, al par que el descenso de la fuerza corporal y mental, se estrechara la vida afectiva. Raramente ocurre así. Y para encontrar el sustituto, el instinto de agresión, irritado por la inseguridad, azuza una vez más todos los impulsos del deseo. El juicio general se opone a menudo demasiado a estos intentos. La actitud, la vida, los deseos, el vestido, el trabajo, los rendimientos de las personas que envejecen están sometidos en demasiada medida a la crítica. Quien es apto para la neurosis sentirá fácilmente esta crítica como un bloqueo, y retrocederá ya allí donde todavía existen posibilidades de satisfacción. Se forzará a la sumisión, querrá asesinar sus sentimientos y deseos sin acabar con ellos. Más aún, estos arden con más violencia cuando se impone una renuncia sin compensación. Así ocurre que los rasgos de carácter activos, hostiles, se destacan, que la envidia, la malquerencia, la avaricia, el afán de dominio, los impulsos sádicos de toda clase experimentan refuerzos y, nunca satisfechos, engendran una inquietud que urge sin interrupción remedio, posibilidades de sustitución, aseguramientos. «¡Allí donde tú no estás, allí está la felicidad!». Pues la posición real de las personas que envejecen está gravemente amenazada en nuestra sociedad, ya que el valor del trabajo es casi decisivo para la estimación de la personalidad. Pero la apariencia del poder, el prestigio, es el pan del neurótico. También hemos visto ya el suicidio como última expresión de la protesta masculina en la vejez.
Con más fuerza aún que en los hombres actúa la llegada de la vejez en las mujeres. Ya la importancia del climaterio se exagera casi siempre de modo fantástico. Pero para la mujer la juventud y la belleza eran poder, y esto más que en el hombre. Sus encantos podían darle dominio, victorias y triunfos, que la avidez neurótica reclamaba sin cesar. La vejez la alcanza como una mancha. Además su valor desciende más que el del hombre que envejece, y la psicología dominante frente a la mujer que envejece ha de calificarse francamente de hostil. Este lamentable rasgo procede de la tendencia, que ya conocemos, del hombre a desvalorizar a la mujer, coopera con el sedimento psíquico de nuestra experiencia social, y, durando hasta la tumba, este retoño neurótico se muestra implacable e inextirpable. Consciente e inconscientemente, a menudo de modo insuperable por la naturaleza de las circunstancias, la tendencia rebajadora de quienes tienen derecho a la vida pesa sobre el sentimiento de la personalidad de las mujeres que envejecen. El amor filial y la veneración de la vejez, como métodos auxiliares y puntos de vista directrices en el trato entre los hombres, a menudo solo dan el mínimo y nunca pueden bastar al querer exacerbado de personas a las que les fallan las fuerzas. Entonces se inicia el rasgo neurótico de reforzar las líneas directrices. «Estoy perjudicada, he tenido demasiado poco de la vida, ya no conseguiré nada»: esto se oye regularmente en las quejas de las neuróticas que envejecen, y ahondan tanto este modo de considerar la vida que, desconfiadas y suspicaces, caen en un egoísmo a menudo repugnante, como nunca antes se les había hecho tan patente. Pero con ello quedan estabilizadas la indecisión y la duda. «Obra como si todavía hubieras de llegar a hacerte valer»: así, poco más o menos, se destaca otra línea directriz de la psique, y con ello aumenta ahora el agudizamiento neurótico de la avidez, y los impulsos avaros, envidiosos, dominantes pasan con fuerza a primer plano, pero casi siempre inhibidos por las líneas directrices mencionadas en primer lugar, según las cuales las pacientes retroceden ante todo deseo y toda empresa. Así yacen literalmente bajo una manta, arrancados trabajosamente a la conciencia, los impulsos que mantienen duraderamente el descontento, la impaciencia, la desconfianza, y dirigen sin cesar la atención a lo no alcanzado y a menudo inalcanzable. Muy a menudo se busca esto en el ámbito de lo erótico, o se erige lo sexual como símbolo de la meta inalcanzable. En este último caso, a cuyo éxito contribuyen, por una parte, la gran aptitud del símbolo sexual y, además, la circunstancia de que la prueba de una insatisfacción sexual la logrará sin duda cualquiera, que es lo que en definitiva importa, todo el querer se sexualiza. Es fácil comprender que estas personas apercipen sobre la base de una analogía sexual. Pero hay que evitar el error de tomar la ficción sexual, por así decir un modus dicendi o, como lo he llamado, una jerga sexual, por un sentir originario. En la parte teórica he expuesto por qué en el neurótico la línea directriz sexual se destaca con tanta claridad: 1. porque, como todas las líneas directrices en el neurótico, está considerablemente reforzada y se siente, por así decir, como real, mientras que solo fue arreglada para actuar como línea de orientación aseguradora; 2. porque conduce en la dirección de la protesta masculina. Así ocurre que todo deseo de la neurótica que envejece puede ser referido a una analogía sexual no solo por ella, sino, con algún esfuerzo, también por el médico. También se desprende indudablemente de esta consideración que el médico puede satisfacer la necesidad inmanente del neurótico de una analogía aseguradora ofreciéndole precipitadamente la línea directriz sexual al estilo de la escuela ortodoxa de Freud. Esto no es una ganancia mientras no se logre desprender al paciente de su ficción, lo que solo es posible cuando se ha vuelto más seguro y reconoce su impulso aparentemente libidinoso como ficción falseadora.
Una ficción así es, por ejemplo, el climaterio del hombre, descrito por autores anteriores, por Freud y por Kurt Mendel. El climaterio de la mujer actúa psíquicamente, con independencia de los procesos metabólicos, por el aumento del sentimiento de inferioridad. Los trastornos metabólicos simultáneos solo pueden cambiar o reforzar el aspecto neurótico en cuanto se hacen sentir específicamente, por el refuerzo de la inseguridad. La neurosis basedowiana en las mujeres climatéricas da un cuadro así, mixto y reforzado. La neurosis del climaterio masculino está igualmente influida solo de modo mediato por la atrofia genital, pero puede experimentar un refuerzo por la abstracción agudizadora: ¡ya no soy un hombre, soy una mujer! — Como desde este punto de vista ideológico la línea de orientación masculina se refuerza, se hipostatiza, con la atención y con excitaciones arregladas, se producen los extraños fenómenos del «veranillo de San Juan»32, por cuya frecuente existencia en las mujeres ha abogado con razón Karin Michaelis en la «Edad peligrosa». Solo que la línea de orientación sexual no es la exclusiva, ni menos aún la fundamental, como intenta despacharla un modo de consideración biológico, sino que ha de considerarse como una forma de expresión coordinada con las demás formas del deseo, si se quiere hacer justicia a los hechos.
La neurosis climatérica nos muestra, pues, otra cara de la neurosis condicionada por la protesta masculina, y los rasgos de carácter demostrables en ella — líneas directrices secundarias destinadas a desembocar en la línea principal — se parecen a las hipostatizaciones que conocemos. Nunca he visto un caso en el que la neurosis hubiera estallado solo en el climaterio. Y conforme a nuestros presupuestos es de esperar que la neurosis «climatérica» haya mostrado ya antes ocasionalmente su cara. A veces de manera moderada, cuando el favor de las circunstancias o actividades culturales podían atenuar el estallido mediante una satisfacción parcial del cosquilleo del poder. Casi siempre se encuentra un aumento que dura desde hace años, una extensión de los síntomas neuróticos que deja adivinar de antemano un agudizamiento, que se ha hecho necesario, de la tendencia a la seguridad. Un ejemplo sería la transformación de dolores de cabeza y de migrañas ocasionales en neuralgia del trigémino. O el aumento de la cautela neurótica en angustia, ocasionalmente, descontando una desgracia esperada, en melancolía. Para estos 3 grados del aseguramiento hay que recurrir al esquema esbozado en la parte teórica:
Cautela: por ejemplo, como si pudiera perder mi dinero, pudiera estar «abajo».
Angustia: como si fuera a perder mi dinero, fuera a estar abajo.
Melancolía: como si hubiera perdido mi dinero, estuviera abajo.
Con otras palabras: cuanto más fuerte es el sentimiento de inseguridad, tanto más se refuerza la ficción, con una abstracción creciente de la realidad, y tanto más se aproxima al dogma. Y el paciente alimenta y finge en sí todo lo que lo acerca más a su línea directriz. La realidad queda con ello desvalorizada en diverso grado, y las vías correctoras resultan cada vez más insuficientes.
No raras veces se ven casos en los que, en las épocas patógenas que conocemos, han salido a la luz fenómenos neuróticos como en un experimento. Kisch y otros han señalado el hecho anamnésico de las molestias neuróticas al comienzo de la menstruación. Con más frecuencia se encuentran en la historia previa molimina menstrualia nerviosos o neurosis antes del casamiento, en el puerperio o de forma continua.
Tras estas consideraciones podemos sin duda hacer desembocar las líneas directrices descritas en la línea directriz principal del neurótico. La neurosis de las personas que envejecen es solo otra cara, una superestructura psíquica adaptada, erigida sobre la única línea de orientación elemental: quiero ser un hombre. Y esta línea de orientación, que directamente estaría condenada al fracaso, se sirve de los más diversos disfraces, sin encontrar nunca uno satisfactorio. A menudo la impresión es la de un gran desconcierto, de una resignación, como si los pacientes quisieran decir que no saben cómo arreglárselas. En todos los planes se mezcla la duda, la vacilación no los abandona, pero junto a ello se ven exhibiciones exageradas, como si los pacientes quisieran probarse que son demasiado viejos, que todavía son jóvenes. La tendencia es ganar poder, influencia, valía. Pero el sentimiento de querer lo inalcanzable no los abandona. En los sueños se encuentra regularmente el intento de ayudar de algún modo a abrirse paso a la protesta masculina, de ser joven, de obtener satisfacción sexual, de mostrarse desnudo, pero siempre también, a veces bien encubierto, de ser un hombre. También los rasgos de carácter, estas líneas directrices de segundo orden, muestran el efecto de la tendencia a la seguridad. La pedantería, la avaricia, la envidia, el afán de dominio, la coquetería se imponen a menudo de la manera más oculta. La angustia se encuentra con frecuencia; sirve a menudo para probar que uno no puede estar solo. Y no digamos los síntomas neuróticos, que someten a toda la casa al hechizo del paciente. A menudo se intenta realizar, de manera más o menos apocada, encubierta, un deseo, como si entonces quedara asegurado el triunfo masculino. Frecuente es el deseo de un divorcio, de un traslado a la gran ciudad, de una humillación de yernos o nueras, como si entonces cupiera esperar tranquilidad. No son raras las dificultades al comer, en la defecación, los fragmentos de embarazos y partos fantaseados. A ello se añade que se arreglan olvidos, temblores, de vez en cuando también un accidente traumático, para ponerse ante los ojos, a sí mismo y a los demás, la imagen de un desvalimiento creciente. Las quejas vuelven una y otra vez, todos los incidentes desagradables cobran una importancia especial, y la mente se dirige siempre a la desgracia venidera. El realce demostrativo del padecimiento y la actitud vacilante sirven, por una parte, para encadenar al círculo social y, por otra, para iniciar la retirada ante expectativas penosas de un rebajamiento. Psicológicamente puede establecerse que también la queja se siente como una especie de revuelta, como protesta masculina contra los sentimientos de inferioridad, y es difícilmente prescindible: ha de volver débiles, blandos, a los demás.
El tratamiento ofrece dificultades muy considerables, pues la educación para la independencia es más difícil en la vejez, y no es fácil hacer plausibles perspectivas que merezcan la pena. Como siempre, también la persona del psicoterapeuta y su éxito real o posible se emplean para espolear la envidia, y las mejorías actúan a menudo por eso como estímulo para empeorar. También la autoridad, fácil de conseguir, perturba el equilibrio de los pacientes, que en toda su vida no han podido adaptarse, ni menos aún subordinarse. Como ultimum refugium se recomienda en los casos graves el autosacrificio del médico tras un análisis a fondo del caso, de modo que uno ha de cargar con la apariencia de un fracaso de la cura y adjudicar los laureles a otro método. En dos de mis casos este artificio ha dado resultado: una vez una paciente fue curada por carta por un médico rural bosnio; la otra, un caso de neuralgia del trigémino de muchos años, que había tratado durante 2 años con éxito variable, fue curado contra mí por sugestión en vigilia. Casi siempre, incluso en estos casos, se producen tras la cura mejorías considerables y largos intervalos, a veces curaciones completas.
Una de mis pacientes, una mujer de 56 años, padecía desde hacía 18 años de estados de angustia, vértigo, náuseas, dolores abdominales y estreñimiento grave. Gran parte de este tiempo lo había pasado en la cama o tendida en una otomana, en especial desde que hacía ocho años se habían sumado fuertes dolores en la región lumbar y en las piernas. La paciente había sido antes una mujer vigorosa, pero hacia los 16 años había padecido, según decía, durante meses de un reumatismo articular. Su estado actual resultó ser psicógeno, pues faltaban las alteraciones orgánicas correspondientes, y los rasgos de carácter de salvaguardia33 destacados por mí eran fáciles de demostrar. El consejo de un ginecólogo de renombre de practicar una exstirpatio uteri a causa de adherencias perimetríticas no lo tuve en cuenta, desde que había aprendido de otros casos a entender la importancia causal de tales procesos de retracción (Freund) para la neurosis como mediata, actuando a través de la psique. Las alteraciones de los genitales, los fenómenos de detención, las malformaciones y las enfermedades se encuentran a menudo en los enfermos neuróticos. Y Bossi tiene sin duda razón cuando, como yo lo había hecho ya antes (Studie, 1907), insiste en esta conexión. Pero la conexión reside, o bien en la mediación de un sentimiento de inferioridad especial que, en caso de disposición neurótica, da lugar al estallido de la neurosis, o bien la neurosis, estallada por otras causas, necesita una remisión aseguradora a una alteración orgánica para encauzar el fin fijado de la protesta masculina. La inferioridad sexual se convierte, por así decir, en vehículo, lo que salta a la vista especialmente cuando se toman como ocasión y símbolo del sentimiento de inferioridad alteraciones insignificantes o incluso imaginarias, ficticias, como la supuesta pérdida del clítoris, el agrandamiento de los labia minora, la humedad del orificio, legendarias señales de la masturbación, etc., o anomalías del vello, fimosis, conductos parauretrales y posición asimétrica del pene, de los testículos, criptorquidia.
La enfermedad empezó con un dolor en el abdomen que se presentó durante un partido de tenis. Un año antes se le había muerto una hija, y su marido, gran amigo de los niños, deseaba tener más hijos. La paciente, que desde su más temprana juventud se había quejado siempre de su suerte y quería ser un hombre, no estaba en absoluto dispuesta a cumplir este deseo. El dolor — surgido probablemente a consecuencia de un tirón — dio nuevo alimento a su resistencia, oscuramente consciente: desde entonces no podía soportar ninguna presión sobre el vientre, su vientre se convirtió para ella en una parte delicada, y mediante el arreglo ulterior de insomnio y náuseas, estas últimas como memento de un embarazo, consiguió que su marido, por consejo de los médicos, renunciara a las relaciones sexuales y se instalara en un dormitorio aparte.
Ya la comunicación referente a su reumatismo articular era característica. Echaba toda la culpa a la madre, ya fallecida. Esta la había obligado en la casa paterna a lavar y planchar, la había postergado siempre frente a los demás hermanos y en años posteriores había procedido con ella con la misma dureza de corazón. La avaricia de la mujer, ya mayor, la había puesto en más de una dificultad. Pero sus padecimientos creía haberlos heredado todos del padre, de modo que también este recibía su parte de culpa.
Tales reproches contra los padres remiten, según mi experiencia, regularmente a otro reproche que el niño suele hacer en secreto a sus padres cuando se encuentra no lo bastante masculino, o en absoluto masculino. Tales reproches se vuelven más tarde abstractos, como he mostrado también respecto del sentimiento de culpa (véase «Über neurotische Disposition», l. c.), y más tarde se emplean, por así decir, como envolturas que se llenan con otro contenido. Entonces se dice más tarde que los padres no habían sido bastante cariñosos, o que habían consentido al niño, o que, especialmente en el período de la masturbación, no habían prestado bastante atención, etc. En suma, observamos en estas formulaciones de una posición frente a los padres, y más tarde frente al mundo, una transformación de forma, tal como es necesaria para las líneas directrices que persiguen un fin práctico, y a menudo vemos otra cara, cortada a la medida de la situación actual. Hay que seguir entonces hacia atrás el camino que ha recorrido la transformación de forma. El método analítico se sirve para ello del medio de la reducción, de la simplificación (Nietzsche), de la abstracción. Junto a la transformación de forma desempeña un gran papel el refuerzo o el debilitamiento de la ficción directriz. Cuanto más inseguro se siente el paciente, tanto más le empuja una tendencia inconsciente a llevar su idea directriz a una mayor intensidad, a hacerse dependiente de ella. Sigo aquí con gusto la ingeniosa concepción de Vaihinger, que hace valer, respecto de la historia de las ideas, que, consideradas históricamente, muestran una inclinación a pasar de ficción (una construcción auxiliar falsa, pero valiosa en la práctica) a hipótesis y más tarde a dogma. Este cambio de intensidad caracteriza en general, en la psicología individual, el pensamiento del normal (la ficción como artificio), del neurótico (intento de realizar la ficción) y del psicótico (antropomorfismo incompleto, pero asegurador, y realización de la ficción: dogmatización). — La necesidad interior más fuerte busca la compensación reforzando las líneas directrices de salvaguardia. Por eso se encontrarán regularmente en el normal equivalentes de las líneas directrices y de los caracteres neuróticos y psicóticos, que en él pueden corregirse cada vez para aproximarlos sin contradicción a la realidad. Si reducimos las líneas directrices puestas al desnudo de esta paciente y las liberamos de la transformación de forma y de intensidad, poniéndolas en su forma fundamental en lugar de las líneas directrices desarrolladas más tarde, esta dice: ¡soy una mujer y quiero ser un hombre! El hombre normal se orienta también toda su vida según esta fórmula. Le ayuda a insertarse en nuestra cultura masculina; más aún, confiere a esta un impulso constante a la «masculinización». Pero solo está ahí para el cálculo, algo así como una línea auxiliar en una construcción geométrica. Una vez alcanzado el resultado, el nivel más alto, valorado como masculino, desaparece de la cuenta (Vaihinger). Respecto del mito, una línea directriz del pueblo, Nietzsche lamenta su transformación en cuento, y exige su transformación en lo masculino. — El neurótico subraya esta ficción, la toma demasiado al pie de la letra e intenta forzar su realización. Para él el fin no es la inserción, sino hacer valer su prestigio masculino, lo que casi siempre, en su forma exagerada, es inalcanzable o está impedido por contradicciones internas en la protesta masculina, por el miedo a una derrota amenazadora, sin que el paciente reconozca la importancia o el alcance de su ficción, en gran parte inconsciente. Pero también a él le impide el mayor sentimiento de inseguridad, y a menudo un sentimiento de inferioridad inconsciente, la estimación correcta de su ficción. El psicótico se comporta como si su ficción fuera una verdad. Obra bajo la más fuerte constricción y se salva refugiándose en su dios, creado por él mismo, al que siente como real. Y así se siente a la vez mujer y superhombre asegurado, esto último en la reacción de la protesta masculina exagerada. La escisión de la personalidad corresponde al hermafroditismo psíquico; la transformación de forma es múltiple, se expresa, por ejemplo, en la unión de ideas de persecución y de grandeza, de depresión y manía, mientras que la fijación, como autoprotección, se ve facilitada por la insuficiencia relativa o la debilidad absoluta de las vías correctoras. Si en la ecuación de la demencia de Freud (Jahrbuch Bleuler-Freud, 1911) se suprime la sexualización introducida, si se la simplifica por ambos lados eliminando el factor superfluo de la libido, sale a la luz nuestra fórmula, mucho más profunda, del hermafroditismo psíquico con protesta masculina, contra la que Freud polemiza en su trabajo, desconociendo su verdadera importancia.
Para volver a la historia clínica, mencionemos todavía que la paciente, en el sentimiento de estar perjudicada, prefería diversas formas de la protesta masculina. Así, no lograba ser tolerante con los rendimientos de los hombres. Podía criticar entonces con bastante dureza, especialmente cuando alguno quería engreírse. En estos casos ocurre no raras veces que precisamente los médicos de actitud segura de sí, tal como a muchos les parece necesaria para el tratamiento de los enfermos, eran combatidos por ella con vehemencia neurótica y con medios igualmente neuróticos. Ciertamente, la guiaba en ello además una especie de instinto que le prohibía someterse a las prescripciones médicas en atención al fin de su enfermedad. Pero a veces se llegaba a que una inofensiva intervención médica era respondida con vómitos y náuseas, sin que la paciente dejara nunca de señalar la intervención «errónea» del médico. Ante esta clase de fenómenos no hay que perder la calma, sino más bien señalar que esta reacción representa una parte del todo, una transformación de forma de la envidia originaria frente al hombre, más tarde frente al supuestamente superior.
Además, la paciente hacía un uso amplio de ciertos privilegios de su enfermedad. Sobre todo podía sustraerse, tanto como quisiera, a todas las obligaciones sociales que le imponían su papel de ama de casa y de personalidad destacada de una ciudad de provincias. Recibía, sí, visitas, a las que se quejaba de su mal, pero solo las devolvía en casos excepcionales, y se aseguraba así, como ocurre regularmente en los nerviosos, una posición preferente, privilegiada. De paso le era posible así esquivar comparaciones y escrutinios, es decir, en nuestro sentido, exámenes, a los que por regla general dan ocasión los actos sociales. En los últimos años la asustaba además el pensamiento de que, a consecuencia de su edad creciente, estaba privada de la posibilidad de causar efecto en los hombres. Una amiga le mostró muy de cerca cuán ridículo le parece a la sociedad el comportamiento juvenil de una mujer que envejece. Y así se decidió a señalar con especial nitidez su edad en su atuendo, mientras afloraba a la superficie de la conciencia el amargo pensamiento de que un hombre de su edad no está ni mucho menos arrinconado.
Desde siempre había sentido con amargura tener que pasar su vida en una ciudad de provincias. Instintivamente presionaba de diversas maneras para trasladarse a Viena. Pero esto no podía lograrse en lucha abierta contra el marido, muchos años mayor, porque su inagotable amabilidad y su condescendencia en todos los demás puntos la desarmaban. Se enemistó del modo más violento con su hermano y arregló una increíble angustia ante un encuentro con él en la pequeña ciudad. Cuando esto no bastó, apareció un insomnio invencible, del que acusaba como causa principal al ruido nocturno de los carruajes ante las ventanas de su dormitorio. Así impuso un traslado temporal a Viena, tomó una vivienda cerca de la vivienda de su hija, cuya celestial tranquilidad destacaba siempre, y donde también recuperó el sueño.
Desde que su hija vivía en Viena, la pequeña ciudad de provincias se le había vuelto cada vez más odiosa. El análisis mostró, en concordancia con las demás líneas de orientación, que envidiaba violentamente a la hija por su preeminencia, a la que se sumaba también un título de nobleza. También ella quería vivir en Viena, y habría llevado a cabo este propósito hace tiempo si no la hubiera amenazado en Viena un nuevo peligro, a saber, el de tener que cubrir con sus propios medios los gastos de la hija.
La rivalidad con la hija que vivía en Viena estaba enteramente en lo inconsciente y encubría una línea de orientación infantil: querer superar a la hermana mayor mimada. También esta línea de orientación resultó ser un equivalente de la fundamental, que apuntaba a tener la mayor valía, como si fuera un hombre.
Por los fuertes gastos de dinero a los que se veía obligada en Viena entró una contradicción en su protesta masculina. El neurótico, con su torturante sentimiento de estar perjudicado, no se deja quitar nada impunemente. Siente un nuevo perjuicio como una merma de su sentimiento de la personalidad y, conforme a su línea directriz, como si fuera una castración, una feminización, una violación, a veces también en la imagen de un embarazo o de un parto34. En nuestro caso salieron a la luz especialmente las sensaciones analógicas de un embarazo: se hicieron valer náuseas, calambres abdominales y pensamientos obsesivos de una gravidez existente; dolores en las piernas representaban una phlegmasia alba dolens, mientras que un estreñimiento pertinaz, en parte, simbolizaba un vaginismo en el «lenguaje anal», en parte intentaba impedir simbólicamente los gastos y, en tercer lugar, trataba de expresar la incapacidad de dar a luz por sí misma.
Una comprensión más profunda del modo de expresión de las neurosis me parece imposible sin el conocimiento de la «jerga de los órganos» (Organjargon), descubierta por mí. El folclore conoce este hecho en las manifestaciones del habla y de las costumbres populares. Freud ha entendido mal esta jerga y ha creado con sus imágenes el pilar fundamental de la doctrina de la libido, la teoría de las zonas erógenas. Especialmente su trabajo sobre el «carácter anal y el erotismo anal» está lleno de una fantasía forzada y torturada. El punto decisivo es la inferioridad relativa de determinados órganos, el comportamiento del entorno ante sus manifestaciones, así como la impresión de conjunto de ambas cosas en el alma del niño. Los niños predispuestos a la neurosis tratarán de unir los rasgos de carácter procedentes de su sentimiento de la personalidad que protesta, como la obstinación, la necesidad de ternura acrecentada, la limpieza exagerada, la pedantería, la angustia, la ambición, la envidia, el afán de venganza, etc., con manifestaciones adecuadas de su inferioridad orgánica, en especial con defectos infantiles, para darse una representación especialmente eficaz. Uno de mis epilépticos psicógenos había empleado, para reforzar su protesta masculina, un junctim de este tipo — un entrecruzamiento —, haciendo preceder casi siempre sus ataques de un estreñimiento, para despertar presentimientos angustiosos en sus allegados y hacerse así recordar en casos de rebajamiento. Hacia el final de la lactancia, la obstinación y el negativismo infantil pueden estar ya claramente desarrollados. Una unión de ellos con anomalías de las heces, de la orina y de la comida da entonces la resonancia reforzada. «El niño que se niega a hacer de vientre» no obtiene su placer de una excitación del ano por las masas fecales retenidas, sino de su obstinación satisfecha, que se sirve de este medio poco honroso, pero puede, hasta años posteriores, hasta la curación de su obstinación, atribuir imaginariamente cualidad placentera a las sensaciones anales. De la madre de una niña de casi 2 años que todavía mojaba la cama y mostraba los signos de la obstinación reforzada, rasgos negativistas y sumamente independientes, oí como hecho observado muchas veces que la niña, despertada del sueño, hacía sus necesidades todavía adormilada, pero, cuando estaba del todo despierta, se negaba a ello. Si se despertaba del todo hacia el final de la operación, volcaba el orinal y aullaba largo rato de rabia por haber sido sorprendida; si seguía adormilada, seguía luego durmiendo tranquilamente. Así puede mostrarse en todos los casos que el sentimiento propio del niño se halla en la época más temprana en una oposición abierta y latente frente al entorno, que se presenta combativo y conquistador en el sentido más amplio, hasta que finalmente suma unitariamente todos estos impulsos agresivos (véase «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose», Fortschritte der Medizin, Leipzig, 1908), los configura como protesta masculina y opone esta a los impulsos de la blandura, de la sumisión y de la debilidad, así como a los fenómenos de la inferioridad, que siente y combate en conjunto como síntomas femeninos. Solo que a veces se producen entrecruzamientos en los que la protesta masculina subraya síntomas femeninos para valerse de ellos como espantajo, o en los que fija obstinadamente síntomas femeninos y abre así paso a formaciones hermafroditas que, sin embargo, actúan en la dirección de la protesta masculina. Por ejemplo, las lágrimas, la enfermedad, la simulación y la exageración, los defectos infantiles. La línea directriz superior: quiero ser un hombre, atrae entonces a su ámbito todos los síntomas corporales utilizables, entre ellos ante todo los fenómenos de inferioridad hacia los que se dirigen predominantemente la propia atención y la del entorno. Así ocurre que la protesta masculina se sirve entonces de un lenguaje de los órganos para expresarse. Un bello ejemplo, que se repite a menudo en las fantasías neuróticas, es la fantasía juvenil de Leonardo da Vinci: un buitre le mete repetidamente la cola en la boca. Esta fantasía reduce la constelación psíquica del artista a la abstracción más concisa. Las fantasías orales pueden remitirse regularmente a fenómenos de inferioridad del tracto digestivo infantil. Fruto de esta atención dirigida fueron sin duda los esbozos de Leonardo de una ciencia de la nutrición. La cola del buitre es simbólica fálica. La suma de estas dos líneas da el pensamiento fundamental característico: viviré el destino de una mujer. Pero ya su formulación rígida en una línea directriz simbólica nos hace advertir que estos y otros razonamientos semejantes no significan una conclusión psíquica, sino que, según el empuje de nuestra cultura masculina, tienen que convertirse en un acicate reforzado en la dirección opuesta, conducir a una sobrecompensación por el lado masculino, donde elaboran con tanta mayor nitidez la línea directriz masculina: «por eso tengo que obrar como si fuera un hombre cabal». Que estas dos líneas directrices se comportan de modo contradictorio una frente a otra, aparte del hecho de que cada una por separado, naturalmente, entra en contradicción con la realidad en cuanto se la toma «al pie de la letra» y no solo como útil en la práctica y corregible, lo he destacado ya en el trabajo sobre el «psychischer Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose» (Fortschritte der Medizin, Leipzig, 1910). Esta contradicción se refleja en la duda, en la indecisión y en el miedo a la decisión, cuyo análisis reproduce aproximadamente el simple hecho de que en la primera infancia existía una inseguridad respecto del futuro papel sexual, en cuya superestructura psíquica todas las percepciones, sensaciones e impulsos posteriores se agrupan en cierto sentido como dudosos: no sé si soy un hombre o una mujer (véase «Disposition zur Neurose», Jahrbuch Bleuler-Freud, 1909).
Nuestra paciente expresa en el «lenguaje anal» el pensamiento de que tiene que cerrar una abertura. Un pensamiento claramente femenino. Imagínese uno a un cierto número de hombres y mujeres, todos con ropa de mujer, en una sala en la que de repente se suelta un ratón. Las mujeres se delatarán en seguida como tales, ciñéndose los vestidos a las piernas, como si quisieran impedirle la entrada al ratón. Igualmente delatan la línea directriz femenina, aterradora, a la que por regla general se reacciona con la angustia aseguradora,35 el miedo a los agujeros, a ser mordido, pinchado, los pensamientos de persecución por hombres, por toros, la posición de espaldas, el ser arrastrado hacia la derecha, hacia atrás, el ser oprimido, las caídas y cosas semejantes. El estreñimiento como síntoma neurótico se deriva de una inferioridad intestinal congénita que, bajo razonamientos sobre el parto y el coito en el ano, lleva a un cierre nervioso del esfínter. En efecto, la paciente padeció en la infancia de catarros intestinales y de incontinentia alvi ocasional, más tarde de estreñimiento y de una fistula vaginalis ani. Que el cierre del ano estaba bajo el dominio de un pensamiento directriz sobre el cierre de las cavidades se desprende también del hecho de que la paciente, después de su boda, padeció durante largo tiempo de vaginismo. El estreñimiento de la mujer, que ahora envejece, expresa analmente la misma dirección de la voluntad que su antiguo vaginismo: ¡no quiero ser una mujer, quiero ser un hombre!
Por razones prácticas y teóricas tengo que salirme aquí mucho del marco de una exposición del carácter, como uno se ve obligado en general, al examinar cuestiones psicológicas, a recurrir a la totalidad de la psique. Además, este caso, analizado hasta el más fino detalle, ofrece comprensiones tan claras como a menudo se ven impedidas en otros casos, porque no raras veces la dependencia del médico o de circunstancias exteriores hace que se produzca la curación o la interrupción de la cura antes de que se haya desvelado por completo el esquema según el cual el paciente ha configurado su neurosis. Y así quiero intentar exponer en este caso el esquema, una red de aseguramiento muy ramificada contra el papel de la mujer, encuadrando todos sus síntomas en este esquema obtenido analíticamente y demostrando en conexión sintética con él a los guardianes frente al mundo exterior, los rasgos de carácter.
A este esquema (página 85) aplicaba la paciente todas sus vivencias, y cuando de algún modo encajaban, para lo cual hay en la vida de todo hombre motivo suficiente, con una apercepción simbólica y sobrecargada de atención tendenciosa, reaccionaba con las manifestaciones morbosas correspondientes. Los rasgos de carácter de salvaguardia estaban adelantados como puestos de avanzada, siempre listos para rechazar, aclaraban las situaciones en el sentido de los pensamientos directrices y, llegado el caso, iban a buscar apoyo en la suma de los síntomas adecuados. Sus manifestaciones autónomas estaban fuertemente inhibidas por la conducta tierna, comprensiva, del marido y por pensamientos directrices benévolos de la paciente. Así ocurrió que el esquema fundamental: ¡no soy más que una mujer!, sacaba su efecto de impresiones del papel femenino que habían quedado tendenciosas, mientras el mecanismo inconsciente de los pensamientos directrices masculinos proporcionaba el memento asegurador. La mujer sana se distingue por una conducta más consciente frente al papel femenino, por una inserción adecuada a su fin y por una aproximación correctora del esquema a la realidad. La psicosis sacaría a la luz un refuerzo del esquema ficticio con fines de aseguramiento y una actitud incorregible dentro del esquema; una paciente así se comportaría, por ejemplo, como si estuviera realmente embarazada. En los 3 casos, la ficción de la gravidez y del círculo más amplio de sus manifestaciones sería un símbolo del papel femenino inferior, una expresión representativa de la sensación de estar postergada, pero al mismo tiempo, tomada por la protesta masculina, un artificio para evitar y prevenir otras postergaciones, como se ha mostrado más arriba36.
Esquema:
| Síntomas. | Apartamiento de la línea femen., — la protesta masculina. | Disposiciones de salvaguardia. |
|---|---|---|
| Angustia social Rubor compulsivo Miedo a quedarse sola Palpitaciones Miedo a caerse, vértigo de las alturas | Aseguramiento contra el cortejo amoroso | Desconfianza (confiada, con protesta subsiguiente) Desvalorización del hombre Angustia Timidez Moral virtuosa Afán de dominio (condescendencia con protesta subsiguiente) |
| Sensibilidad a la presión en el vientre (apéndice) Frigidez Hipersensibilidad auditiva a los ronquidos del marido Vaginismo Sensaciones de opresión en el pecho Intolerancia a toda clase de presión, lucha contra el corsé Sensación de ser arrastrada hacia la derecha y hacia atrás (hacia el lado femenino) Zumbido de oídos (bramido del mar agitado, que sube y baja) | Aseguramiento contra el coito | Terquedad Obstinación Pendenciería Tendencias dirigidas contra el hombre |
| Dolores abdominales Disnea Palpitaciones, Náuseas Vómitos Representación obsesiva de una gravidez Astasia ocasional Cansancio Glotonería | Aseguramiento contra la gravidez | Hipersensibilidad corporal hipocondríaca que se mima |
| Calambres abdominales Defecación dificultosa — que alude a un parto difícil Poliuria ocasional (salida del líquido amniótico) | Aseguramiento contra el parto | |
| Intolerancia a la posición de espaldas Dolores en las piernas Inclinación a guardar cama continuamente } ficción de una tromboflebitis | Aseguramiento contra el puerperio | Caracteres de reacción de índole compleja con el fin de eliminar la inferioridad y la condición de perjudicada: avaricia, ahorro, envidia, afán de dominio, impaciencia, miedo a no conseguir nada, a no acabar nada, toda clase de esfuerzos, como si hubiera que reducir de algún modo la distancia hasta la igualdad con el hombre. |
| Debilidad en las piernas, que recuerda la astasia y la abasia Andar vacilante Rápido cansancio al andar | Memento de la levantada tras el puerperio | |
| Conducta hostil, a veces sádica, con los niños Rápida fatigabilidad e impaciencia en compañía de niños Insomnio Excesos de limpieza Hipersensibilidad auditiva por la noche Despertar fácil por la noche | Aseguramiento contra los deberes de madre |
Un sueño, soñado hacia el final de la cura, nos muestra el pensamiento directriz originario de la paciente en conexión con sus luchas interiores actuales. Soñó «como si estuviera sentada, enferma y débil, en un banco de un parque cerca de la vivienda de sus padres. En la cabeza llevaba dos gorros de baño. Entonces llegaron por detrás dos muchachas, y una de ellas le arrancó uno de los gorros de la cabeza. Ella agarró a la muchacha y la sujetó, mientras la otra muchacha desaparecía, y amenazó con denunciarla. Llegó una mujer pobre y mal vestida y le dijo que la muchacha se llamaba Velicka. Después fue a ver a su madre para quejarse. La madre le dio una cesta llena de huevos y le dijo que costaban 5 florines. Tomó 2 huevos en la mano y vio que eran grandes y hermosos».
La situación en el banco, su cansancio y los gorros de baño aluden a una cura hidropática que había emprendido antes de mi tratamiento, en especial para eliminar su insomnio. La víspera del sueño había hecho reproches a su hija porque esta había tomado para su propio uso su ropa de baño; tiene también dos gorros de baño, como en el sueño, que la hija utiliza igualmente a menudo. Velicka es una palabra eslava, significa grande. La hija lleva un título de nobleza eslavo. La mujer mal vestida es una dama noble llamada Grand-venier. Frente a ambas, ella, la burguesa, está perjudicada. Estaba descontenta de que a su marido no lo hubieran ennoblecido, pero por orgullo no se había confesado su envidia. Teme que la hija pueda quitárselo todo. Tenía dos hijas; una ha muerto, ha desaparecido. Se queja a menudo ante mí de su hija porque le cuesta tanto dinero. Ya le ha regalado todas sus joyas. Ya desde su infancia la habían perjudicado siempre frente a otros. También la madre la había postergado siempre, y, cuando la paciente ya estaba casada, se hacía pagar por ella cualquier menudencia. Ella, en cambio, abastece regularmente a la hija de huevos, caza, leche, mantequilla, etc. Y sin embargo necesita tanto dinero. Antes de su partida a Viena había olvidado saldar una deuda de 5 florines. La víspera escribió a su marido que la pagara en seguida. En general, tiene que pagar siempre en el acto todo lo que compra37. La madre la había tratado mal; en el sueño le recuerda una deuda olvidada. Siempre ha ahorrado a costa de ella. En el sueño recibe de su madre el atributo masculino (testículos), que la madre le negó al nacer.
Vemos de nuevo cómo, a partir del sentimiento de estar (femeninamente) perjudicada, la protesta masculina se vuelve en el sueño contra nuevos daños. Este sueño nos muestra el intento de la paciente de prevenir en pensamiento nuevos perjuicios y de acusar a la hija de habérselo quitado todo — de habérselo negado — como la madre.
Igualmente se encuentra la avidez de tenerlo todo también en la siguiente historia clínica, que muestra con más claridad aún que la anterior cómo el paciente, por orgullo, aparta de su campo visual esta avidez, la «reprime». Veremos qué cambio tan insignificante se produce con la supresión de la represión y con el esclarecimiento del «complejo de Edipo». Asimismo se desprende de todos estos casos que esta avidez de tenerlo todo también persigue las metas más absurdas. Tales enfermos solo tienen ojos — y agudizados por su manía de una especie de igualdad de derechos ideal — para todo lo que otros poseen en su círculo, en cuanto ellos mismos están excluidos de esa posesión. Podrían tener más que los otros, y aun así envidiarían a los otros. Podrían arrebatar todo lo que antes envidiaban a los otros, y luego lo apartarían sin alegría para poner nuevas metas a su deseo. Y su deseo queda eternamente prendido de aquellas metas que no han alcanzado. Que se vuelvan incapaces de amor y de amistad es fácil de comprender. A menudo llegan a un gran arte del disimulo y salen a la caza de almas, porque también otras personas dominan almas. Siempre temen el perjuicio y buscan asegurarse con mucha antelación. El amor de los padres que disfruta un hermano, sus joyas, la boda de un hermano o de una hermana, un libro, un rendimiento de conocidos o también de desconocidos los llenan de rabia38. La primogenitura del otro, un examen aprobado, los bienes o las dignidades de los hermanos los precipitan en excitaciones, les causan dolor de cabeza, insomnio y síntomas neuróticos más fuertes. Su miedo constante a no igualarse con un hermano mayor o menor puede incapacitarlos para el trabajo. Entonces intentan esquivar todas las decisiones y todos los exámenes, entran en el estadio de la inhibición de la agresión, emprenden a menudo de algún modo la retirada ante la vida e invocan para ello sus síntomas creados ad hoc, entre los cuales me han llamado la atención varias veces el rubor compulsivo, la migraña, toda clase de dolores de cabeza, las palpitaciones, la tartamudez, la agorafobia, el temblor, la compulsión al sueño, la depresión, la debilidad de memoria, la polidipsia y la epilepsia psicógena.
He puesto en primer plano en la descripción anterior el caso de un hermano menor o del menor de todos, porque es el que he encontrado con más frecuencia y porque es el más empujado a la rivalidad39. Este caso no es el exclusivo. Se encuentran también hermanos mayores o hijos únicos, naturalmente también niñas, en este papel. La rivalidad puede dirigirse también en primer lugar al padre o a la madre, en cuya imagen aparece a menudo concretada la superioridad a la que se aspira. Entonces el «complejo de Edipo» surge de esta manía del niño predispuesto de ganar una imagen directriz, una ficción directriz para su querer, y esto ocurre ya en una época en la que no se aspira todavía al placer sexual, sino a poseer también una persona o un objeto que pertenece a otros. La creencia en la predestinación y los pensamientos de semejanza con Dios se construyen a menudo como fenómenos de la protesta masculina.
Anamnésicamente puede comprobarse a menudo la cleptomanía.
A veces el paciente no es consciente de su línea directriz. A veces se lo ve también trabajando en ocultar esta línea directriz y en hacerla irreconocible mediante impulsos opuestos, por ejemplo mediante la generosidad. El deseo que lo atrae, por ejemplo, hacia la madre, por mucho que se demuestre su coloración sexual, no cambia nada del cuadro clínico cuando se hace consciente. Solo cuando el paciente comprende y limita su avidez de lo inalcanzable, de lo que — por la naturaleza de las cosas — pertenece a otro, puede sanar.
El orgullo desmedido que se encuentra en algunos de estos casos no permite fácilmente al paciente comprender su envidia y sus celos. La tendencia a la desvalorización, en cambio, está casi siempre excesivamente desarrollada y salta a la vista. La maldad, el afán de venganza, la propensión a la intriga, en los intelectos menores tendencias de ataque más brutas, también instintos sádicos y homicidas, se muestran como intentos de asegurarse contra la derrota en la rivalidad. El miedo a las consecuencias, como la viva preocupación por el estado de salud de los allegados, la imaginación de castigos, cadenas y miseria, son los aseguramientos correspondientes contra los excesos de la protesta masculina. También los ataques pueden intervenir como aseguramiento, así por ejemplo cuando, como en nuestro caso, un insulto psicoepiléptico sigue a impulsos oníricos de parricidio y fratricidio.
Quizá regularmente interviene el motivo del amor desdeñado, y crea los más fuertes impulsos de odio contra las personas cortejadas. Con razón cabe dudar de que el amor fuera capaz de tal transformación en personas sanas. Solo la suma de todos los impulsos de poder, el recalentado sentimiento de la personalidad de tales personas, llega a querer apoderarse de la posesión anímica de una segunda persona contra su voluntad. Como el neurótico también lo quiere todo, se vuelve ciego para los obstáculos naturales y siente herida su línea directriz más sensible en el desdén de su «amor». Ahora pasa a la venganza: Acheronta movebo!40
A menudo, si se duda a cuál de dos personas quiere reclamar el paciente para sí, si al padre o a la madre, puede suponerse lo contrario de lo que el paciente afirma. Por regla general sería demasiado doloroso confesarse el «amor desdeñado». Un resultado exacto me parece dar el siguiente experimento: se sienta al paciente exactamente entre las personas en cuestión, y al cabo de algún tiempo podrá observarse que se ha acercado a la persona preferida.
Así pude convencerme, en el caso del paciente que voy a describir ahora en extracto, de que sentía la atracción mayor por la madre, aunque, cuando estábamos solos, parecía preferir con mucho al padre. No raras veces insultaba a la madre, y no pasaba día sin que se peleara con ella.
Un fenómeno que se observa con frecuencia en la neurosis tampoco faltaba aquí; más bien podía observarse con especial nitidez: el fuerte adelantamiento de un rasgo de carácter pedante que, como en la guerra una tropa de exploradores, asumía la tarea de entrar en contacto con el «enemigo». El enemigo era en primer lugar la madre, y las luchas diarias se entablaban regularmente porque a las exageradas exigencias pedantes del paciente en las comidas, en el cuidado de la ropa y de los vestidos, en la preparación del baño y de la cama, era imposible atender plenamente. Nuestro paciente ganaba así la base de operaciones de la que partían ahora los intentos de rodeo para poner a la madre, a pesar de todo, completamente a su servicio. De nuevo vemos un rasgo de carácter neurótico como artificio por medio del cual el paciente quiere hacer justicia a su quinto acto, atenerse fielmente a su esquema, para dominar también a la madre del modo en que creía haberlo notado en el padre. «¡Y si no lo haces de buen grado, usaré la fuerza!»41 Este razonamiento se había apoderado de él en su infancia, y así pronto estuvo frente a la madre lleno de desconfianza, al acecho de rebajamientos, de preferencias por otros, lleno de energía tensa y de sombría expectativa de si todavía conseguiría atraparla para sí. No porque la amara o quisiera poseerla, sino porque quería tenerla también, como tantas otras cosas, joyas, bombones, que no estimaba en absoluto, sino que dejaba en el armario y olvidaba en cuanto podía llamarlas suyas. Así, la posesión de la madre no era para él un fin en sí; su deseo no era en absoluto libidinoso, ni menos aún sexual, sino que la madre y su distancia respecto de él se le habían convertido en símbolo, en medida del grado de su postergación. Y como quería recibir la imagen del mundo, cada encuentro, cada relación con el sexo femenino, con los mismos rasgos de carácter, desconfiado, lleno de hipersensibilidad, con la misma sombría expectativa de una decepción, se le deshacía todo éxito y toda satisfacción. Solo tenía ojos para todo lo que hablaba contra él, contra su éxito, y lo que alcanzaba perdía para él todo atractivo. Respondía al problema de su vida con el arreglo de su neurosis. Se consideraba perjudicado en un buen trozo, y ese trozo lo constituía la pérdida de la madre, que ha de entenderse simbólicamente.
¿Se habría podido curar a este paciente, que padecía de estados de angustia, migraña y depresiones, devolviéndole la madre? En la época en que el paciente acude al médico, un intento así sería vano. La madre más condescendiente — muchas de ellas están permanentemente distanciadas de su hijo — no podría reunir la medida de paciencia y de sacrificio que el paciente exige en su ilimitada desconfianza y en su avidez de poder. Como motivo siempre dispuesto para nuevas vehemencias y apremios quedan siempre el pasado y el recuerdo de privaciones anteriores. Sin duda este intento podría tener éxito en la infancia, así como en general la solución pedagógica de este problema neurótico especial reside en un esclarecimiento gradual, en la independización del niño y en tranquilizarlo de modo objetivo sobre su futuro. Es la inseguridad la que enturbia a tales niños la perspectiva del futuro, una inseguridad cuyas fuentes orgánicas y psíquicas ya hemos conocido.
En nuestro caso era la circunstancia de que nuestro paciente, ya de niño, en la lactancia, se sobresaltaba fácilmente y se asustaba. Este asustarse de los lactantes, a menudo interpretado ya como nerviosidad, es evidentemente una herencia orgánica y se vincula, según mis observaciones, a una sensibilidad heredada — inferioridad — del órgano del oído, de modo que tales niños se sobresaltan ya ante ruidos y sonidos ante los que otros todavía permanecen tranquilos. Para nosotros, pues, esta llamativa propensión al susto significa un signo de hipersensibilidad auditiva congénita, un fenómeno de inferioridad orgánica, al que a menudo corresponden enfermedades familiares del oído, pero también aumentos del refinamiento del oído, sentido musical. Que nuestro paciente pasara a los 6 años una larga otitis media, en cuyo curso fue necesaria una paracentesis del tímpano, concuerda bien con las ideas de la doctrina de la inferioridad orgánica. Igualmente el desarrollo de un excelente oído musical y de una sensación auditiva llamativamente fina, que lo cualificaba francamente para escuchar a hurtadillas. Este refinamiento orgánico, sobrecargado de atención, hace que en todo caso se le impongan al niño tendencias curiosas que escuchan, pertenecientes a la esfera auditiva, sobre todo si cae también por otras causas en una inseguridad mayor. Las condiciones de esta inseguridad, de la que trataba de escapar con su curiosidad, residían en un desarrollo más débil de su intelecto frente a un hermano mayor que, como ocurre tan a menudo en perjuicio de la educación, lo tomaba por juguete de sus burlas y a menudo lo ponía en ridículo. El paciente recuerda también haber padecido durante un tiempo aquella forma de criptorquidia en la que un testículo se desliza temporalmente por el conducto inguinal abierto a la cavidad abdominal. Esta circunstancia, el mejor desarrollo genital del hermano mayor y su vello más temprano le sugirieron tempranamente la idea de que pudiera incluso ser una niña. Llevó vestidos de niña hasta el final de los 4 años, y sin duda adquirió de esa época el miedo a no ser como el hermano o el padre, a no llegar a ser un hombre cabal. El fuerte desarrollo de sus mamas reforzó esencialmente su inseguridad. Que pasó mucho tiempo en incertidumbre sobre las diferencias sexuales se desprende de una vivencia que le quedó grabada en la memoria porque, al contarla, todos los presentes se rieron de él. Había observado en el Volksgarten a una niña orinando y contó en casa que había visto a un niño que orinaba por detrás.42
Esta época temprana fue determinante para su actitud ante la familia y, además, ante el mundo. Se veía perjudicado, y su sentimiento de inferioridad no encontraba compensación en la familia. Su codicia, su afán de igualar al hermano, al padre, a cualquiera a quien considerara fuerte, capaz, vigoroso, creció enormemente y lo llevó por caminos en los que entraba en frecuentes conflictos con sus padres. Se volvió un niño malo, indómito, y ahora era todavía más difícil lograr una actitud más tierna de los padres. Sus apetencias crecieron desmedidamente; desconfiado y con iracundia creciente, trataba de asegurarse contra todo rebajamiento, y esto, naturalmente, también en una época en la que, por el desarrollo de sus genitales, por un vello corporal llamativamente fuerte y por la experiencia acumulada sobre su papel sexual, podía estar tranquilo. Pero ahora, por el desarrollo de sus rasgos de carácter, que condicionaban también un peor avance en la escuela, su situación en la familia se había vuelto tan desfavorable que, con su refinada hipersensibilidad, podía considerarse con razón postergado. Así ya no encontró el camino hacia la norma. Pero que todavía apercibía este sentimiento de postergación según la analogía de un papel femenino se desprendió ya del primero de sus sueños durante el tratamiento. Decía así: «Me parecía como si mirara cómo una mona amamantaba a un niño».
Por su fuerte vellosidad, que por lo demás mostraba con orgullo, su hermano lo llamaba a menudo mono. La mona que amamanta al niño, una mona hembra, por tanto, es él mismo. Es decir, se ve, se siente en un papel femenino, en lo cual el amamantar ha de entenderse como alusión a su ginecomastia, de la que se habló en la interpretación del sueño. Esta sería la línea femenina afirmada por mí para todos los sueños, frente a la cual la alusión a la fuerte vellosidad ha de entenderse en la dirección de la protesta masculina. El paciente se introduce, pues, en la cura con la revelación de que se siente postergado, y nos deja reconocer, por la imagen elegida, que valora esta inferioridad como femenina.
De paso quiero señalar que el sueño elige a menudo imágenes o modos de expresión que presentan una impregnación simultánea de caracteres femeninos y masculinos. Aquí una mona, cuyo amamantar ha de considerarse femenino y cuya vellosidad, al mismo tiempo, masculina. Tales formas de expresión, que he reconocido como pertenecientes al hermafroditismo psíquico, pueden remitirse a dos condiciones que las facilitan: 1. corresponden a la falta de claridad infantil en el conocimiento de los sexos; 2. la categoría del tiempo queda total o casi totalmente eliminada en el sueño por la fuerte abstracción, de modo semejante a como en otros casos lo queda la categoría del espacio, de manera que dos pensamientos que habría que separar en el tiempo o en el espacio — en nuestro caso: me siento como una mujer y quiero ser un hombre — coinciden. Stekel, prolongando mi concepción del hermafroditismo psíquico, ha concebido, con alguna exageración, creo, todo símbolo onírico como bisexual; pero probablemente está más cerca de la verdad que Freud, que niega el hallazgo regular del hermafroditismo psíquico y de la protesta masculina en el análisis de los sueños.
La insistencia con que este primer sueño del paciente nos remite a su sentimiento de inferioridad, por así decir en reacción al comienzo de la cura, ha de entenderse naturalmente también como aviso al médico: ¡mi enfermedad procede de mi sentimiento de inferioridad! Mi enfermedad — ataques de desmayo e incapacidad profesional — son aseguramientos contra una derrota en el quinto acto. Estoy impotente e incapaz como un niño, y anhelo el amor — amor de mona43 — que veo en el sueño. Completamos: desmayado por principio, para ser mimado como un niño, lo que también consigue aproximadamente tras sus ataques; e incapaz, para que se le abastezca siempre de alimento, para que no se olvide que ha de ser asegurado toda su vida mediante la ternura y mediante el... testamento.
Su gran propensión al susto ante ruidos fuertes repentinos, es decir, su hiperacusia, estaba muy especialmente llamada a servir de mediación para que pudiera alcanzar su fin. Su finalidad propuesta, la sobrecompensación buscada de su sentimiento de postergación, consistía precisamente en atraer hacia sí todo el amor de los padres, en especial el de la madre, más difícil de alcanzar. Así tomaba vivencias dadas, un susto con los disparos, como los que oía en los entierros militares, con el bufido y el silbido estridente de la locomotora, con los ataques repentinos del hermano y de los compañeros de juego, para actuar sobre el corazón de la madre. La finalidad que tenía ante sí trajo consigo una fijación de la hiperacusia, que lo domina hasta hoy. Esta hipersensibilidad tendenciosa es muy apta, como otras semejantes en la histeria, para hacernos comprensible que la inseguridad obliga al paciente a extender sus antenas lo más lejos posible, como lo hace también con los rasgos de carácter exagerados. Por otra parte, la propensión al susto pesaba sobre su sentir masculino y le daba la sensación de impulsos femeninos. Por eso intentaba mostrar en todos los demás respectos valor y una conducta impávida, lo que también lograba.
El descubrimiento de su deseo del amor de su madre quedó sin especial resultado. Sus ataques se producían aproximadamente a los mismos intervalos; solo que el paciente los trasladó a la cama, y esto solo para asegurarse también contra las intervenciones del tratamiento, que ya no podía establecer tan fácilmente como al comienzo de la cura las causas desencadenantes de los accesos de desmayo. Pues antes se habían producido siempre en conexión con vivencias que rebajaban el sentimiento de la personalidad del paciente; ahora me veía obligado a reconstruir estas vivencias a partir de las ocurrencias y de los sueños del paciente. El paciente, por cierto, hizo de la necesidad virtud y destacó este cambio como mejoría debida al tratamiento, con la expectativa de ganarse así mi simpatía, una ganancia que, como con todas las personas de su entorno, sentía como sentimiento de poder. La manía de alcanzar este sentimiento de poder había hecho también de él un carácter muy sociable, amable en el trato con extraños.
Ahora podría decir alguien que, con mi concepción diferente, el complejo de Edipo no ha salido a la luz en estado puro, no tan puro como lo habría expuesto, por ejemplo, el propio Freud. Tendría que contradecirlo enérgicamente. Precisamente este caso era apto como pocos para mostrar sin miramientos la aspiración a la madre con disfraz sexual, y el paciente nunca vaciló en presentar sus sueños edípicos, a menudo no velados, como pruebas de un deseo sexual. Hubo muchos sueños de este tipo. Así soñó:
«Salgo con una dama de una cita a la calle». La dama representaba a su madre, como se desprendía de detalles. La calle aludía a la prostitución. Pero la «cita» era un componente de un recuerdo del día y se refería a una muchacha que le había negado un nuevo encuentro, y que por su rechazo quedaba equiparada a la madre. No podía causar efecto en las muchachas, estaba así, según su opinión, privado del sentimiento masculino de poder, y, en protesta, rebajaba a la madre, como a la muchacha, y además a todas las mujeres, a las que en realidad temía, a la condición de rameras.
Con igual claridad salió a la luz el «complejo de Edipo» en otros sueños, en los que también solo la inserción en la constelación psíquica permitía reconocer lo sexual como jerga, como modus dicendi. Así soñó:
«Estoy sentado ante una mesa sencilla de madera parda. Una muchacha me trae un gran recipiente de cerveza.»
La mesa le recuerda una bodega subterránea de Núremberg; allí había ido para una empresa científica que lo llevó al Museo Germánico. — En la misma dirección — la de la germanidad — conducían los pensamientos sobre el gran recipiente de cerveza. Es de antemano comprensible que el paciente, extraordinariamente musical, llegara a Núremberg con fuertes reminiscencias de los «Maestros cantores» de Wagner. Cuando los mencionó, empezó a buscar una escena de las óperas de Wagner en la que alguien toma una bebida. Primero se le ocurrió Tristán; luego, la llegada de Sigfrido a la corte de Gunther. En ambas escenas el héroe bebe un filtro de amor. Así sentía nuestro paciente su enigmática inclinación por su madre como despertada por las artes mágicas de la madre. Por último se le ocurrió Siegmund, a quien su hermana Sieglinde ofrece compasiva un cuerno de hidromiel. El sentido de este sueño dice, pues: la voz de la sangre ha hablado, la madre se apiada de él, él es el héroe que arrebata la mujer al hombre (al padre). La perspectiva del incesto como en Wagner: el paciente desea a su madre como un ebrio.
La situación psíquica del paciente había caído en lo «femenino». Su hermano mayor había vuelto a casa de un viaje y había sido recibido con gran cariño. ¡Qué distinto le había ido a él cuando, hacía algún tiempo, había vuelto de su viaje por Alemania! El pensamiento: ¡estoy perjudicado!, se reforzó poderosamente por el recibimiento del hermano, y en el sueño intenta salvarse pasando a la línea masculina. Era un intento que tenía que fracasar. Esa misma noche tuvo un ataque.
El ataque tenía el fin de atraer hacia el paciente la ternura de la madre. Con el padre esto se lograba fácilmente. Pero también la madre olvidaba sus celosos, a menudo brutales, estallidos de ira en cuanto él yacía inconsciente, y se sentaba durante algún tiempo junto a su cama. Así satisfacía su deseo de tenerlo todo, de tenerlo todo como el hermano, como el padre. La transformación de forma de su ficción originaria: tengo unos genitales imperfectos, no seré un hombre cabal, había llegado hasta el pensamiento: quiero tener también a la madre, como la poseen el padre, el hermano. Para poder proceder con la energía necesaria, necesitaba ahora una convicción profundamente sentida de su inclinación por la madre: así que la fingió.
El fin más profundo de su actitud anhelante hacia la madre lo dio el análisis ulterior, que descubrió un punto decisivo en su sentimiento de inseguridad. Cuando la madre se le fue sustrayendo cada vez más en la infancia, llegó, como tantos niños en situación semejante, a la idea de que no era hijo de esta familia. Los cuentos de «Blancanieves» y «Cenicienta» proporcionan probablemente a menudo pensamientos directrices a estas fantasías infantiles. Cuando una vez enfermó su hermano mayor, la madre no se apartó de él. Desde entonces, nuestro paciente sintió sin interrupción el impulso de poner a prueba a los padres, en especial a la madre, mediante graves ataques de desmayo como los que conocía de un tío, para ver si hablaría la voz de la sangre. Estas pruebas las emprendía con una insaciabilidad auténticamente neurótica, y así se muestra también en este caso la disolución completa del complejo de Edipo, su esencia de ficción arreglada, su condicionamiento como medio de expresión de la protesta masculina contra un sentimiento de inseguridad y de inferioridad, su dependencia de la tendencia neurótica a la seguridad del «querer tenerlo todo».
La contradicción interior que a menudo se hace valer en esta forma de la protesta masculina, la condena moral de un obrar conforme al principio del «querer tenerlo todo», pero también la comprensión más fuerte de su irrealizabilidad, o el miedo a la decisión, que podría caer en contra del paciente, imponen a menudo un compromiso. Puede expresarse mejor con las palabras: ¡mitad y mitad! El paciente busca una salida del dilema y llega por este camino al: ¡divide et impera! A veces este camino es transitable, por la posibilidad de satisfacer el afán de dominio. A veces se llega con ello a fuertes configuraciones culturales, pero también utópicas, de sentimientos de igualdad y de amor a la justicia.
Capítulo II. Ensanchamiento neurótico de los límites por la ascesis, el amor, la manía de viajar, el crimen. — Simulación y neurosis. — Sentimiento de inferioridad del sexo femenino. — Fin del ideal. — La duda como expresión del hermafroditismo psíquico. — Masturbación y neurosis. — El «complejo de incesto» como símbolo del afán de dominio. — La esencia del delirio.
Una consideración que puede añadirse aquí intentará mostrar cómo la idea directriz compensadora, «querer tenerlo todo», puede desviarse de su camino recto para estimular, por rodeos o a la manera de un artificio, rendimientos neuróticos, criminales, pero también creadores, singulares, a fin de llegar por último a su meta e imponer de algún modo una elevación del sentimiento de la personalidad, o al menos — y mientras tanto la neurosis sigue siendo productiva — preservar de un rebajamiento. Ya el ahorro, la parquedad y la ascesis de algunos neuróticos nos muestran un rodeo de este tipo, por el que el paciente se deja llevar como si solo de este modo estuviera a salvo de peligros. Obra entonces rigurosamente según estas líneas directrices ficticias, cree en ellas, e intensifica también su modo de ser anormal, en casos de especial inseguridad, hasta la psicosis. En la melancolía, con predominio de fantasías de empobrecimiento, el paciente, para escapar al peligro real, anticipa, de modo parecido a la hipocondría, un estado temido, intenta realizar una ficción, subraya su sentimiento de inferioridad y emplea su padecimiento para asegurar su sentimiento de la personalidad. También los casos de compra compulsiva, fetichismo, manía neurótica de coleccionar y cleptomanía se producen como manifestaciones de esta avidez de quererlo tener todo. Siempre es visible un rasgo que tiende a romper los límites puestos por la realidad a lo largo de una línea directriz ficticia, para escapar a un sentimiento de perjuicio. Siempre sale a la luz en ello la apercepción según la estricta oposición figurada de «masculino-femenino», y hace que el paciente efectúe a menudo acentuaciones y subrayados con los que ha de probarse que es un hombre. Para ello se presta muy bien el símbolo sexual como medio de expresión, cuya resolución da, a veces por rodeos singulares, la línea de orientación masculina exagerada. Aquí se sitúan la mendacidad nerviosa, la fanfarronería, la impostura, así como los intentos de jugar con el fuego, con el amor, y de empujar así lo más lejos posible los límites dados. Fenómenos más inofensivos son el afán patológico de viajar, cuya degeneración se encuentra en la escapada, en la fuga de personas neuróticas y psicóticas. Regularmente hay en la imagen directriz de estos nerviosos un ideal de la personalidad cuya altura se busca alcanzar mediante la imitación o mediante una conducta obstinada, negativista. La misma dirección, la de extender el poder masculino hasta el límite extremo, está también en la base de las inclinaciones persistentes a leer, oír, ver y cometer acciones espeluznantes, que provocan espanto.
Cuanto más se hace valer este afán de una posesión sin valor, tanto más falsea inclinaciones y valoraciones normales. Algo así como cuando el amor a la naturaleza solo se finge, pero se representa de manera exagerada, cuando un turista quiere tener anotadas todas las cumbres en su bastón de montaña. La lista de Leporello nos muestra esta avidez referida al amor, y a don Juan hay que equiparar a Mesalina, la ninfómana, que se cree siempre insaciada y perjudicada, porque en esta configuración neurótica las posibilidades reales de satisfacción son insuficientes. El encadenamiento y la desvalorización de la pareja entran aquí esencialmente en consideración.
«Alma querida, ¿dónde no habré estado yo?», responde el Münchhausen de Immermann a la pregunta de si conoce un lugar lejano. Las satisfacciones reales en los juegos de movimiento, en la equitación, en los paseos en coche, en la velocidad, en la aviación, proceden en su fondo más profundo de la toma de posesión, del apoderamiento. Por eso todo niño quiere ser cochero, revisor, maquinista, aviador, y no menos emperador, maestro, para dominar a los demás y crear la expresión visible de su superioridad, médico, para conjurar la muerte y ensanchar los límites de la vida, general, para dirigir el ejército, almirante, para mandar sobre el mar.
La mentira, el robo y otros delitos de los niños resultan ser intentos de un ensanchamiento de los límites de este tipo. Casi siempre se queda en fantasear y soñar despierto. Una encuesta promovida por mí en un liceo femenino dio, en las 25 muchachas, recuerdos de pequeños robos44. A la maestra me fue permitido contarla también. Mirando de cerca, siempre se descubre como acicate de esta aspiración a llegar a lo alto un estado de excitación insoportable procedente del sentimiento de inferioridad del niño. A menudo el niño, bajo esta compulsión, se vuelve curioso, ávido de saber, busca reconocer sus defectos y crear espacio para el despliegue de su personalidad. La carencia, el mal, el sentimiento de inseguridad y de inferioridad, imponen a menudo también, de modo análogo a la compulsión compensatoria en lo orgánico, un desarrollo tempestuoso de la superestructura psíquica. Jatgeir dice en «Los pretendientes a la corona» de Ibsen: «Recibí el don del dolor, y entonces me hice escaldo». En una serie de casos puede demostrarse fácilmente que un sentimiento de inferioridad especialmente fuerte pone en marcha el instinto de investigación, o que el «acorde inicial» de una vida de artista — más tarde modelo de serena armonía del arte y de la vida — «comienza con una áspera disonancia» (B. Litzmann, Clara Schumann).
Otra manera como los niños se muestran a menudo superiores a sus padres la he descrito en la «Psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie»45. Consiste en que, recordando defectos anteriores o imitando los ajenos, se mantiene un estado de aparente estupidez, ceguera, sordera, cojera, tartamudez, enuresis, embadurnamiento con heces, torpeza, inapetencia, vómitos, etc. Poco a poco la psique configura, a partir de estos gestos psíquicos preparados con los que el niño responde al sentimiento de rebajamiento, disposiciones psíquicas que en la neurosis configuran el cuadro sintomático según una línea de orientación: obra como si tuvieras que procurarte la seguridad, el sentimiento de superioridad, mediante uno de estos defectos, mediante una de estas dolencias. La diferencia con la simulación consiste a menudo solo en que no es en cada caso la reflexión la que provoca el fenómeno, sino en que la disposición sintomática ya hecha se incorpora, como aseguramiento contra el temor al rebajamiento, al férreo acervo de la memoria, algo así como la destreza de los dedos de un virtuoso está siempre dispuesta a reaccionar a las exigencias correspondientes. Toda la legión de los síntomas neuróticos, el rubor, el dolor de cabeza, la migraña, el desmayo, los dolores, el temblor, la depresión, la exaltación, etc., pueden remitirse a estas actitudes psíquicas preparadas.
Uno de los hechos cuya comprobación debo a mi modo de consideración se refiere al sentimiento de inferioridad, más o menos consciente, de todas las muchachas y mujeres, que les transmite la «feminidad» frente al hombre. Su vida anímica queda alterada por ello hasta tal punto que presentan siempre rasgos de la «protesta masculina», y casi siempre en la forma del rodeo por rasgos aparentemente femeninos, inferiores, como los descritos en el grupo anterior. La educación, así como los preparativos necesarios para el futuro, las obligan a expresar su superioridad, su «protesta masculina», por caminos furtivos, casi siempre con resignación. Con todo, los rasgos de «emotividad» (Heymans) son lo bastante claros; el afán de dominio, la avaricia, la envidia, la coquetería, la inclinación a la crueldad, etc., saltan a la vista con tanta frecuencia que se los puede desenmascarar fácilmente como rasgos masculinos compensatorios, ordenados según una línea de orientación masculina. Parkes Weber (Lancet, 1911) ha encontrado, después de mí, en esta clase de aseguramiento contra el rebajamiento la base de los fenómenos histéricos.
También la disposición al crimen ha de entenderse como avance de la protesta masculina en personas cuyo ideal compensador impone una línea de orientación ficticia en la que se desvalorizan la vida, la salud, los bienes del prójimo. En caso de inseguridad acrecentada, ante privaciones, rebajamientos, ante la amenaza de una merma del sentimiento de la personalidad, así como en los intentos esforzados de estar «arriba», de asegurar su superioridad, tales personas, cuyo sentimiento de inferioridad ha buscado una compensación en la disposición afectiva, intentarán, persiguiendo por principio su línea de orientación, procediendo de modo abstrayente frente a la realidad, acercarse a su ideal de la personalidad mediante un crimen. El Dr. A. Jassny ha expuesto excelentemente este mecanismo, que se destaca con mayor claridad en los delitos pasionales, en los delitos habituales y en la imprudencia, en las mujeres delincuentes, en el Archiv f. Kriminalanthropologie de Gross, 1911.
La importancia sobresaliente de la relación amorosa en la vida humana hace que la avidez neurótica de quererlo tener todo se entrometa regularmente en la relación entre hombre y mujer y despliegue allí una tendencia perturbadora, al obligar a prescindir de la realidad y a emprender intentos que apuntan a una elevación del sentimiento de la personalidad. Está en la esencia del nervioso querer atenuar su sentimiento de inferioridad mediante pruebas continuas de su superioridad. Una persona amada ha de renunciar a su personalidad, ha de quedar enteramente absorbida en él — o en ella —, ha de convertirse en medio para elevar el propio sentimiento de la personalidad. Sería una buena piedra de toque de un amor auténtico, libre de tendencias neuróticas, el que una persona pueda soportar que la otra conserve su valía propia, más aún, que la apoye en ello. Este caso es raro. Precisamente en la relación de los sexos entra casi regularmente un rasgo que examina, que busca, desconfiado, terco e interesado, que estorba una y otra vez una convivencia amorosa. Las exigencias de principio están aquí a la orden del día, y un junctim sucede a otro, en lo cual la punta es siempre fácil de reconocer. Es como si ambas partes estuvieran ante un enigma cuya solución quieren imponer con todos los medios. El análisis descubre entonces regularmente, como consecuencia del sentimiento de inferioridad, el miedo a la pareja sexual y, con ello, una lucha por la superioridad.
Esta lucha por caminos encubiertos la hemos conocido ya en parte en casos de sentimiento de inferioridad acrecentado, con inferioridad orgánica congénita. Está asegurada por una serie de disposiciones neuróticas, y ciertos rasgos de carácter se hacen brotar con fuerza para mantenerse en estrecho contacto «con el enemigo». Quizá el más importante socialmente de estos rasgos sean la desconfianza y los celos, a los que van coordinados paralelamente el afán de dominio y la porfía. Según la historia previa del paciente, según sus ejercicios previos utilizables y sus recuerdos tendenciosamente valorados, se destacará más claramente unas veces un rasgo, otras otro. Todos están bajo la presión del fin último ficticio, irrumpen con fuerza ante la amenaza de una merma del sentimiento de la personalidad, o resultan todavía eficaces cuando el orgullo los repele a lo inconsciente. En todos los casos disponen de las disposiciones neuróticas que, ya como depresión, ya como angustia a quedarse solo, como agorafobia, como insomnio y en cien síntomas más, han de obligar al «adversario» a deponer las armas. Los más fuertes principios morales tienen la misma validez que, por ejemplo, la coquetería y el adulterio como acto de venganza, cuando el sentimiento de estar rebajado exige el restablecimiento de la igualdad de derechos o la derrota del otro. El afán de venganza del hombre, que protesta cuando le falta el sentimiento de superioridad, es casi siempre más rectilíneo; se manifiesta en el «hacer de hombre salvaje», en escapadas y en el desdén, pero a veces en la impotencia, en una llamativa protección de los hijos o en la duda sobre su legitimidad, a menudo también en el evitar el hogar, en un mayor consumo de alcohol o en la búsqueda de diversiones. La intención de este modo de obrar es casi siempre tan transparente que se la entiende. Pues solo cumple su fin cuando la mujer se siente rebajada por ello. El frecuente delirio celotípico del alcohólico no se funda en la impotencia resultante, sino que el alcoholismo, la impotencia y el rasgo de carácter reforzado de los celos son formas de expresión neuróticas del predispuesto cuyo sentimiento de inferioridad ha experimentado un aumento. Como todo neurótico, padece también él de la apercepción neurótica, por medio de la cual mide la distancia de la realidad respecto de un ideal tendenciosamente reforzado. Pero es una de las actitudes más eficaces del nervioso medir, por así decir pollice verso46, a un hombre real con un ideal, pues así se le puede desvalorizar tanto como se quiera. El afán de venganza de la mujer desdeñada, rebajada, se sirve con preferencia de síntomas neuróticos, entre los cuales la frigidez desempeña un papel destacado. La intención apunta a disputar al hombre la masculinidad, a mostrarle, incluso en buena armonía, los límites de su influencia, y a asegurarse así un buen trozo de invencibilidad.
Que esta poderosa construcción es la consecuencia de sentimientos originarios de estar perjudicado que exigen compensación se desprende de análisis más detenidos. Habitualmente la apercepción de un rebajamiento, o de un temor análogo, o de un deseo de este tipo, se produce según la imagen de la oposición entre hombre y mujer, según la cual la elevación del sentimiento de la personalidad se siente y se valora como masculina, y una humillación, como femenina. O bien se pone en fantasías y sueños, como símbolo, en lugar del sentimiento de rebajamiento, el pensamiento de una castración (femenino), de una pérdida del pene. Muy a menudo la línea directriz masculina, que ha desempeñado ya un gran papel en la historia previa, se abre paso en la neurosis predominante o accesoriamente y refuerza rasgos masculinos en cuanto se pone en cuestión el sentimiento de la personalidad, lo que en las mujeres por regla general llama fácilmente la atención.
Aparte de la disposición a los celos, se encuentra en las nerviosas una serie de otros síntomas que surgen del mantenimiento de una línea directriz masculina. En general son reacias al amor, en especial al trato sexual, y pueden nombrar toda una serie de razones en lugar de la única verdadera, la de ser un hombre, e intentan imponerlo lo más lejos posible. La aversión al amor y al matrimonio dura entonces toda la vida, o bien esta transformación de forma de la línea directriz masculina desarrolla con los años una contradicción interior tal — el miedo a no poder encadenar al hombre pesa sobre el sentimiento de la personalidad — que produce, entre continuas oscilaciones, impulsos amorosos neuróticos. Estas oscilaciones se producen porque la nueva línea de orientación, la de ganar a un hombre para llegar con ello a la elevación del sentimiento de la personalidad, lleva ya en sí su contrario: la merma del sentimiento de la personalidad por la feminización. A menudo despierta en tales casos el síntoma de la manía neurótica de dudar y se extiende en las relaciones más banales, hasta que se llega al contenido hermafrodita de la situación actual, del que mana el impulso de la vacilación y de la duda. Toda resolución provoca en la contraconciencia (Lipps) el impulso opuesto, que entonces se siente y se valora según la oposición «masculino-femenino», de modo que la paciente desempeña simultánea o sucesivamente un papel femenino y uno masculino. El caso siguiente puede representar gráficamente este estado:
Una muchacha de 30 años, que se gana la vida dando clases, se presenta con quejas de inquietud, duda continua, insomnio e ideas de suicidio. Desde la muerte del padre se ocupa de toda la familia, hace, pues, las veces del hombre, del sustentador; en sus fantasías y sueños es la bestia de carga, el caballo que lo acarrea todo. Trabaja hasta el agotamiento y lo sacrifica todo a su hermano y a su hermana. Hasta donde alcanza su recuerdo, siempre quiso ser un hombre. De niña tenía rasgos toscos, de muchacho, y a los 15 años todavía la tomaban en el baño por un chico.
v. Neusser, en su trabajo sobre el status thymico-lymphaticus, ha señalado los caracteres corporales del sexo contrario en esta anomalía constitucional. También en mis trabajos de contenido neurológico he destacado el hallazgo de la contrasexualidad corporal, y he podido demostrar de ella que es utilizada a menudo por la neurosis, ya para destacar la inferioridad a consecuencia de un componente femenino, ya para la protesta masculina. Las indicaciones anteriores de Flies, que, como Halban, dirigió mi atención a este terreno, no se refieren al mecanismo psíquico en mi sentido.
En una variante no demasiado rara, la paciente revela su protesta masculina ya el primer día, rechazando con gran dureza un tratamiento gratuito. No quería que se le regalara nada, subraya varias veces seguidas, lo que más tarde explicó del modo que ya conozco: era poco viril dejarse hacer regalos. Por eso siempre lo había rechazado. En cambio, a ella le gusta regalar, lo que practica a menudo, en especial en su papel paterno dentro de la familia.
De su historia clínica destaco como importante que un tío intentó violarla a los 8 años. En su espanto se comportó pasivamente, pero no hizo mención alguna de este ataque. Desde que su nerviosidad había progresado, se obligó a la idea de que ya de niña había sido una criatura sensual y capaz de entregarse a cualquiera. Y así había seguido hasta hoy. Es decir, la ya familiar aplicación neurótica de un recuerdo con fines de aseguramiento; pues la consecuencia de este razonamiento fue que hasta los 30 años esquivó a todos los hombres.
Desde los 10 años y hasta hacía 5, según afirmaba, practicó con afán la masturbación. Desarrolló de ello un sentimiento de culpa sumamente fuerte, reforzó la convicción de su sensualidad y llegó a la conclusión de que se había hecho para siempre indigna de contraer matrimonio. Esta convicción tenía que influir todavía más en la actitud que adoptaba frente a los hombres.
Este es el papel habitual de la masturbación en la neurosis: lleva a cabo el aseguramiento contra la pareja mediante el arreglo de un sentimiento de culpa47 y, al mismo tiempo, mediante su resultado, el de poder renunciar a la pareja. La semejanza con aquellos casos que efectúan el mismo aseguramiento mediante el refuerzo de un defecto infantil, la enuresis, la tartamudez, o mediante síntomas neuróticos, salta a la vista. El sentimiento de inferioridad originario queda como «envoltura», se llena de fantasías femeninas de perjuicio y de sentimientos de culpa y obliga a alcanzar el punto directriz masculino. La conducta de nuestra paciente está construida según la línea de orientación: quiero ser un hombre.
Desde hace algunos años apareció una idea obsesiva que refleja claramente nuestra concepción de la neurosis. La paciente cree haber perdido por la masturbación una parte de los genitales que sobresalía hacia adelante y que en su descripción parece un pene. Ahora se había vuelto completamente inservible para el matrimonio, pues no podría sobrevivir si su marido se enterara de su vicio. El aseguramiento parece con ello sumamente logrado, y se ve claramente cómo opone su imagen directriz masculina ficticia, como ideal, a su feminidad real, subraya esta última y la siente como inferior, pero precisamente mediante este artificio se asegura contra un papel femenino en la realidad.
Entre las líneas auxiliares de los rasgos de carácter tenían que destacarse en especial la ambición y la tendencia a la desvalorización: la primera en la familia, en su arte y frente a las amigas; la segunda, en el escaso trato que mantenía con hombres. Con todo, también estos dos caracteres le ayudaban a abstenerse de toda relación social y a limitarse por completo a la familia, un fenómeno casi regular en las muchachas que en su protesta masculina desarrollan el miedo al hombre.
Incluso este aseguramiento, por fuerte que parezca, no podía bastar a la larga al ideal de la personalidad de nuestra paciente. Sus amigas la dejaban para casarse, y cuando también la hermana menor se prometió, su línea directriz se había vuelto insostenible, porque la ambición aspiraba también al «dominio sobre el hombre». Por principio, como hacen casi siempre las muchachas nerviosas, reforzadas en su inseguridad, decidió: ¡el primero que llegue! Fue a un baile de máscaras, conoció allí a un hombre honorable que, tras un breve trato, quiso ser su marido. En una excursión se le entregó, porque, según contó, temía que en un contacto él pudiera reconocer el defecto de sus genitales y con ello su oprobio. Y prefería soportar todo lo demás. Cuando el hombre insistió más tarde amablemente en que le dijera con franqueza si había sido su primer amante y por qué se había comportado con tanta frialdad, ella hizo caer de las nubes al bienintencionado hombre con la mentirosa declaración de que ya había pertenecido a otro hombre. Ante ello el hombre rompió la relación.
Es fácil calcular lo que siguió entonces. La paciente, que lloraba constantemente otra pérdida, la de su masculinidad, se vio de nuevo perjudicada y privada de su nuevo triunfo masculino. Se retractó de su mentira; intentó explicarme más tarde que había hablado así para atormentar al hombre y castigarlo, desvalorizarlo, por la «derrota» que le había infligido. Le comunicó también este estado de cosas, pero él se retiró por completo, en gran parte por miedo a nuevas desarmonías en un matrimonio con esta muchacha nerviosa. Entonces nuestra paciente se inflamó enteramente de amor por él, hizo de él su dios, pasaba las noches en vela pensando en él y se juró no tomar por marido más que a este o a ninguno. Pero con ello expresaba claramente que no tomaría a ninguno, pues este único estaba, según toda previsión humana, perdido para ella para siempre. Así, por último, mediante diversos artificios de su neurosis, había vuelto a su antigua línea directriz, había ganado un ideal ficticio, pero había rechazado el papel femenino hasta la época de su tratamiento.
En el caso del tratamiento psicoterapéutico hay que prestar especial atención a no convertirse uno mismo en víctima de la tendencia a la desvalorización del paciente, que trabaja a ciegas, y cuyo estado morboso se utiliza regularmente para privar al psicoterapeuta de su valía. El paciente puede hacerlo por sus vías habituales, solo que con matices más agudos, reforzando síntomas, haciendo surgir otros nuevos, intentando establecer relaciones tensas, a menudo también situaciones de amor y de amistad, pero siempre con la intención, guiada por su meta neurótica, la protesta masculina, de adueñarse del médico, de rebajarlo, de ponerlo en un papel «femenino», de aniquilar su valía. Los artificios tácticos y pedagógicos que se necesitan para atenuar esta lucha del paciente contra el médico, para hacerla comprensible, a fin de demostrar con ella toda la conducta neurótica del paciente en el resto de su vida, se convierten en el factor principal de la curación. Pero no se subestime la protesta silenciosa del nervioso; espérese hasta el final del tratamiento, y en especial hacia el final; destáquesela con una actitud tranquila, objetiva, como la agresión natural del paciente, que es idéntica a su neurosis, ya que crea las disposiciones y los rasgos de carácter nerviosos. Sobre la hipótesis de Freud de la transferencia amorosa se hablará todavía más adelante. No es otra cosa que un artificio del paciente para robar al médico la superioridad objetiva. También Bezzola y otros han descrito los rodeos por los que los pacientes nerviosos quieren empequeñecer al médico. Siempre es la línea directriz masculina la que sale a la luz en ello y ha de asegurar al paciente la superioridad. La manera más inmediata de ejercer su instinto de agresión la encuentra el nervioso siempre en aferrarse a sus síntomas, porque estos mismos representan una parte de su instinto de agresión. Un fragmento de la historia clínica de una paciente poco antes del final del tratamiento muestra, a la manera de una incursión hostil, esta desvalorización dirigida contra el médico como una de las disposiciones psíquicas de su protesta masculina. La paciente estaba en tratamiento por estados de angustia y gritos nocturnos, era virgo y contaba 36 años. Quiero empezar el desarrollo de este cuadro neurótico por el sueño siguiente:
«Estoy tendida a sus pies y alzo la mano hacia arriba, hacia la tela de su vestido de seda. Usted hace un gesto lascivo. Entonces le digo sonriendo: ¡usted tampoco es mejor que los demás hombres! Asintiendo con la cabeza, usted lo confirma».
Quien, apoyándose en la interpretación de los sueños de Freud, pusiera en primer plano el motivo sexual del deseo, no se vería en apuros para una interpretación; la exigencia de una base sexual del sueño no sería demasiado difícil de cumplir. También podría uno darse fácilmente la satisfacción, como ya lo había hecho antes la paciente, de sacar de su infancia un recuerdo en el que de manera semejante había cortejado al padre: su tendencia neurótica a la seguridad ha reunido ya hace tiempo, con un cuidado exagerado, todas las vivencias admonitorias, para precaverse «anafilácticamente» contra una repetición. Más aún, se encontraría fácilmente el asentimiento de la paciente para anotar la aparición de recuerdos en la misma dirección y de vivencias actuales como su verdadero impulso de la voluntad «reprimido». Pues su psique neurótica busca tales exageraciones, o también recuerdos reales, y hace de ellos su base de operaciones, afianzando la convicción de la inferioridad de la paciente, de su culpa, de su vicio, de su excesiva feminidad, para defender con mayor vehemencia la superioridad, la masculinidad, y aumentar la cautela. Pero esta protesta masculina reforzada, que mana de la perspectiva errónea, precavida, de la paciente, solo puede naturalmente reforzar la neurosis. Solo la destrucción de esta perspectiva, de la base de apercepción neurótica, y el bloqueo de las afluencias ficticias a la protesta masculina, y por último la comprensión de la superstición en una línea directriz abstracta y en su divinización, son las palancas que hay que poner en acción para eliminar la neurosis.
Nuestra paciente había iniciado en la época de este sueño un amorío con un hombre casado. Cuando este la apremió y la invitó a su casa durante un viaje de baños de su mujer, tuvo toda clase de reparos, en los que yo la reforcé esencialmente. No obstante, mantuvo la relación y jugaba con fuego, porque, según decía, le divertía la impaciente agitación del hombre. De paso, su modo de obrar se dirigía como acto hostil contra sus allegados y contra mí, el ponderado admonitor. Su propia concepción podría interpretarse como un pretexto barato. Pero la historia previa de la paciente, su conducta durante sus 20 años de enfermedad y durante el tratamiento mostraban claramente que estaba en la más fuerte protesta masculina, que podía, sí, exigir la sumisión del hombre, pero tenía que rechazar con angustia y espanto un papel femenino — su padecimiento consistía en estados de angustia y en gritos nocturnos de espanto —. El punto central de su conducta psíquica consistía en el miedo al hombre, frente al cual no se creía a la altura, un miedo que intentaba compensar con su propio comportamiento masculino y con la humillación de los hombres.
Ahora podríamos atrevernos con la interpretación del sueño. Exagera su dependencia psíquica de mí y afianza esta convicción mediante el medio, excelente para este fin, de revestirla de una imagen onírica. «Como si estuviera tendida a sus pies». Este «estar abajo» se toma como base de operaciones, y con razón podemos esperar que a la construcción de un papel femenino ficticio le siga el impulso masculino hacia arriba, como puede mostrarse en todo sueño. Alza la mano hacia arriba. La continuación da mi castración, mi transformación en mujer: llevo un vestido de seda. El mismo mecanismo psíquico de la desvalorización teje el resto del sueño. Yo había advertido a la paciente; en el sueño hago el gesto lascivo del que se había hecho culpable el pretendiente, es decir, estoy en el mismo escalón, «tampoco soy mejor que los demás hombres». Además, en el sueño tengo que callar y hacer un gesto de asentimiento. El pensamiento contrario, el de que yo podría ser mejor, le es insoportable a la paciente; de él, que me da una especie de superioridad, parte la ficción onírica previsora, aseguradora, construida según la perspectiva neurótica. La paciente solo se siente segura si por principio todos los hombres son igualmente malos. Entonces está en su antigua línea directriz y se siente superior. En su risa se refleja su superioridad, igual que en mi silencio.
Digna de mención es la circunstancia de que iniciara este primer amorío más peligroso con un hombre casado. En todos los casos semejantes puede demostrarse que tal relación es un aseguramiento contra el matrimonio, casi siempre también contra el trato sexual. La línea directriz masculina queda salvaguardada, pero la realidad se hace valer mediante el componente de impulsos y sensaciones femeninos; es, como he expuesto a menudo, una protesta masculina con medios femeninos, que nos recuerda los hechos del hermafroditismo psíquico. En última instancia se hace valer también la superioridad sobre la esposa en el triángulo, lo que en todos los casos análogos refuerza extraordinariamente la fuerza impulsora.
Si procedemos ahora en el sentido de una psicología comparada y queremos llevar a expresión consciente los componentes de la base apercipiente de esta paciente, planteándonos la pregunta: ¿de dónde tiene la paciente esta disposición, la preparación psíquica para castrar al hombre con el medio femenino de su impulso amoroso, elevando al mismo tiempo su sentimiento masculino de la personalidad y sobrepasando a una mujer?, la respuesta dice: de su relación con el padre y con la madre. Allí recibió la preparación para acercarse al padre, como imagen directriz concreta, amándolo y estimándolo, aprendió a dominarlo y se mostró así superior a la madre. Si se abstrae de la protesta masculina de la niña neurótica y se apercibe uno mismo, como hace a menudo el nervioso, estos acontecimientos en un esquema sexual, se obtiene el «complejo de incesto». Ahora bien, como he mostrado en trabajos anteriores, puede volver a extraerse del «complejo de incesto» lo que la línea directriz masculina ha introducido en él, a saber, el aseguramiento del sentimiento de la personalidad bajo el título de una condición amorosa. En la literatura psicoanalítica aparece una y otra vez la afirmación de que la libido del nervioso está fijada en el padre, en la madre, por lo cual busca condiciones semejantes, propiamente la parte amada de los padres. La única condición amorosa real la crea la «voluntad de poder y de apariencia». Y este punto directriz lo busca el nervioso con toda cautela, pero inalterablemente, con todas sus disposiciones previsoras bien formadas, que la tendencia a la seguridad ha creado rígidas y con validez exclusiva y que se resisten a toda modificación. La importancia de las condiciones amorosas no es otra que la del aseguramiento del sentimiento de la personalidad, en lo cual su efecto excluyente revela todavía con más claridad que la fuerza impulsora ha de buscarse en la protesta masculina, que ya creó también la constelación del incesto. Donde, como en algunos casos, se hace claramente visible la fijación a uno de los padres, está construida, arreglada, con arreglo a un fin48, para esquivar la decisión ante otras parejas, ante el amor y el matrimonio. Pues casi siempre el nervioso ha destruido, o ha dejado sin desarrollar, la disposición al amor y al matrimonio como incompatible con su meta final masculina.
Pero la más originaria de las situaciones triangulares, la «situación de incesto», se resuelve, mirada de cerca, en un asunto impuesto por el «delirio de grandeza del niño», que presenta ya todos los caracteres neuróticos del niño predispuesto: su envidia, su obstinación, su insaciabilidad, su precocidad. Sin que el instinto sexual tenga que participar en ello notablemente, pueden salir a la luz, en la preparación para el futuro, pensamientos y consideraciones del niño que más tarde se valoran y se representan sexualmente cuando la tendencia neurótica a la seguridad quiere vincularse a ellos. «Tan desmedida, tan culpable era ya de niña, tan fuerte es mi instinto sexual, tan criminal es mi disposición, soy una esclava del amor»: así suena entonces en el alma del neurótico que crece. «¡Por consiguiente tengo que ser cauto!». El resorte para retener recuerdos adecuados, para los falseamientos del recuerdo y las exageraciones de las huellas mnémicas, lo da el miedo a una derrota en la vida. Y donde realmente se ha hecho notar el instinto sexual, donde se daba para el niño la posibilidad del incesto, el recuerdo se conserva como huella aterradora, como memento. Lo que guía a la psique neurótica no son recuerdos, reminiscencias, sino la meta final masculina ficticia, que ha sacado las aplicaciones en su favor en forma de disposiciones y rasgos de carácter. Apenas supone un cambio el que estas reminiscencias hayan sido «reprimidas» por el sentimiento de la personalidad, empujadas a lo inconsciente; en todo caso, el carácter neurótico y los demás gestos psíquicos, con su mecanismo inconsciente, se oponen a la inserción en la realidad.
Así ocurrió también en el caso de nuestra paciente. Podía indicar, por ejemplo, que siempre había querido atraer al padre a su lado, y que también lo había conseguido atendiendo cuidadosamente a sus razonamientos y deseos. Arrancarlo de la madre no le había resultado difícil. A los 14 años empezó a esquivar sus besos, porque había sentido en ellos un sentimiento inquietante, erótico. Para comprender este arreglo añado que la paciente presentaba desde los 12 años claros signos de la neurosis. Su situación de entonces nos permite comprender el sentido de este aseguramiento — mediante la construcción de disposiciones eróticas —. Siempre había sido una criatura indómita, de muchacho, que entonces ya había aprendido a sentir el poder del instinto sexual y se masturbaba desde hacía tiempo. Hacia esa época empezaron también los acosos por parte de los hombres, a los que reaccionaba con fuerte angustia. Desde hacía algunos años la tendencia a la seguridad se había destacado ya tanto que la paciente había reforzado la disposición a la angustia, construida a partir de sensaciones de angustia originariamente reales, y ahora podía, ante un temor de rebajamiento en el sentido de un papel femenino, percibiendo con cautela toda ocasión, provocar en sí alucinatoriamente un estado de angustia, descontarlo, por así decir, tal como habría correspondido, por ejemplo, a la eventualidad de una gravidez. Esta anticipación y evocación alucinatoria de sensaciones que corresponden a una derrota temida para el futuro son obra de la tendencia a la seguridad previsora y constituyen, como ya he destacado49, la esencia de la hipocondría, de la fobia y de numerosos síntomas neurasténicos e histéricos. Solo quiero mencionar aquí brevemente que también la esencia del delirio descansa en una representación dogmática, anticipada, semejante, de un temor o de un deseo, que la tendencia a la seguridad ofrece, para mejor acreditarla, en una fase de gran inseguridad, apoyándose más fuertemente en la línea directriz ficticia para proteger el sentimiento de la personalidad. Al presentir con su estado de angustia una posible pérdida de prestigio esperable, y retenerla alucinatoriamente, nuestra paciente se encontraba lo mejor asegurada contra ella. A veces la excitación alucinatoria necesitaba un refuerzo ulterior: entonces la paciente llegaba a la representación obsesiva aseguradora de que había matado a un niño recién nacido. En el análisis, este miedo al hombre, que ocasionalmente degeneraba en agorafobia, se mostró ligado a admoniciones de la madre. Esto significa que la paciente tomaba de sus recuerdos incluso las palabras de la madre, siempre combatida, en cuanto se prestaban al aseguramiento50.
En estos actos preparatorios cayó un acontecimiento que exigía amenazadoramente el desarrollo precipitado de las disposiciones de salvaguardia: una de sus primas dio a luz un hijo ilegítimo, por lo que en la familia, de buena burguesía, estalló la mayor indignación, en especial cuando el seductor puso pies en polvorosa. — Nuestra creciente comprensión del desarrollo de esta muchacha nos permite comprender por qué este acontecimiento tenía que acelerar el desarrollo de la neurosis, y cómo ocurrió que a las palabras de la madre, poco estimada, se les concediera una valoración más alta. La paciente había sido desde la primera infancia una muchacha salvaje, indómita, de gran fuerza corporal, que jugaba con preferencia a juegos de chicos y reprobaba con el mayor disgusto todo impulso femenino. Recuerda todavía con qué vehemencia rechazaba los juegos con muñecas y las labores femeninas. La personalidad del padre superaba en medida llamativa la de la madre. Una tía soltera, que vivía con la familia de nuestra paciente, gozaba de unos modales completamente masculinos, tenía barba y voz de hombre. A estos recuerdos, que aparecían con fuerza y una y otra vez, se sumaba uno que procedía de una época posterior y que, con la tendencia que dominaba a la paciente desde la infancia — querer llegar a ser un hombre —, creaba la resonancia necesaria: el recuerdo de cómo una compañera de colegio de muchos años — un pseudohermafrodita — se transformó en hombre. Estas y otras comunicaciones semejantes, un interés especial por el hermafroditismo, por ejemplo, bastan, según mi experiencia, para establecer provisionalmente que tales pacientes desean despojarse de la apariencia de su feminidad — sean de sexo femenino o masculino —, que quieren atribuirse caracteres masculinos, como si creyeran firmemente en su capacidad de transformarse, y que emprenden sin cesar intentos de avanzar hacia el papel masculino, valorado más alto. Entre estos intentos — corriger la fortune — nos interesan especialmente dos: la producción del carácter neurótico y de las disposiciones neuróticas en forma de la neurosis y de sus síntomas.
Como rasgo de carácter no raro de tales pacientes quisiera mencionar que muestran una inclinación a desnudarse, en la infancia o en la vida posterior, en el sueño, en la fantasía o en el ataque neurótico, en el que se arrancan la ropa del cuerpo, en la psicosis, en la que se desvisten, como si pudieran prescindir del pudor, valorado como femenino, como si quisieran presumir de unos genitales masculinos ficticios grandes y rebajar a otros. Se ve por estos casos cómo una perversión, la del exhibicionismo, no surge de una «constitución sexual congénita», sino que la neurosis que asegura el sentimiento de la personalidad se esfuerza por sofocar, por reprimir, sentimientos de inferioridad, porque en ella se expresa el violento deseo de querer ser un hombre cabal, de valor superior. La jerga sexual es en ello solo un modo de expresión, un «como si»; el contenido sexual de pensamientos o de hechos, solo un símbolo del plan de vida. También el pudor femenino exagerado de tales pacientes es un artificio en la dirección opuesta, para disimular la falta de masculinidad51. La impudicia está en tales casos en lugar de la masculinidad deseada, es protesta masculina; un pudor más llamativo señala regularmente razonamientos penosos sobre unos genitales mermados y desencadena por eso impulsos de protesta de índole masculina que refuerzan notablemente las líneas de la ambición, del querer estar arriba, del quererlo tener todo, de la obstinación, etc. En el desarrollo ulterior de la neurosis, el afán de conquista y los deseos de avasallar, así como la tendencia a la desvalorización contra otros, pueden hacerse valer también en forma de fantasías hostiles de castración y de sus racionalizaciones (Jones). Se encuentran a menudo inclinaciones a dejar indefensa a la pareja, a sentir la prueba de la superioridad, lo que regularmente constituye el contenido sustentador del exhibicionismo. A veces puede entenderse la falta de pulcritud y la indecencia en las muchachas como huella de la ficción que sale a la luz: ¡quiero ser un hombre!
Todos estos rasgos de carácter, por opuestos que a veces se mostraran, actuaban en la misma dirección para el fin último ficticio de esta paciente. No fue difícil encontrar como condición previa de su actitud masculina un estadio de inseguridad en su primera infancia, en el que, con una comprensión deficiente, pero guiada por el componente de muchacho y por su ambición compensadora, alimentaba la esperanza de transformarse algún día en hombre. Esta meta final, la de desarrollarse desde el estado hermafrodita (Dessoir) hasta llegar a ser un hombre, se abarca fácilmente con la vista si se entiende su conducta de muchacho como la preparación para su expectativa ficticia. Aquí pertenece también su inclinación a ponerse ropa de chico, un fenómeno que, como en los travestidos de Hirschfeld, mana de la dinámica psíquica que acabamos de describir. Especialmente clara se hizo su imagen directriz en sus fantasías infantiles y en sus sueños diurnos. Apoyándose en cuentos y mitos (el enano Narizotas, Las mil y una noches, etc.), veía producirse en ella las más diversas transformaciones; se creía a veces transformada en ondina o en sirena, en la que — lo que es característico del sentido particular — una cola de pez terminaba la mitad inferior del cuerpo. En esta época apareció también, en conexión con ello, un síntoma neurótico más claro: ocasionalmente no podía andar, como si en lugar de piernas tuviera una cola de pez. También un fetichismo del zapato que se sumó a ello apunta en la dirección masculina, y se desarrolló de tal modo que tenía que llevar zapatos grandes, podemos decir: zapatos masculinos, porque de lo contrario le dolían los pies. De las Metamorfosis de Ovidio, que llegaron tempranamente a sus manos en su manía de leer, tomó otra imagen y la hizo aparecer todavía durante el tratamiento en sus sueños: cómo se transformaba de tal modo que la parte inferior del cuerpo terminaba en un tronco firmemente arraigado. De esta y parecida manera se daba la respuesta a la pregunta por su futuro papel sexual.
En estos casos y en otros semejantes no nos sorprenderá saber que también su posición frente a la mujer estaba influida por su meta final masculina. En sus preparativos para el futuro tenía que tener también su lugar la relación amorosa y sexual, y así encontramos pronto a nuestra paciente como protector idealmente masculino de una hermana joven y delicada. Además se produjeron en especial actos sádicos contra niñas pequeñas y criadas, pero también contra niños delicados, de índole femenina. Así encontramos en la línea directriz masculina de la paciente un entrecruzamiento de rasgos secundarios, líneas auxiliares de apoyo de la homosexualidad52 y del sadismo (masculino), cuyo arreglo resultó del desarrollo de la posición de disposición masculina, y que, como único sustituto posible de la sexualidad masculina, fueron elegidos con razón suficiente por su apercepción neurótica, tendenciosa, entre las impresiones de la vida. También estas dos perversiones son, como habrá que exponer todavía, rodeos y artificios neuróticos, líneas directrices secundarias que surgen de la protesta masculina exagerada. La cuestión de la base constitucional de las perversiones es del todo irrelevante, pues la neurosis aseguradora, que elige tendenciosamente su material, puede vincularse a las relaciones más inofensivas, confiriéndoles al mismo tiempo medidas y validez que pueden llegar hasta lo desmesurado, tan lejos como la neurosis lo necesite, azuzándolas y confiriéndoles los valores más altos.
Un día, cuando un hombre hizo proposiciones en la escalera a la paciente, que entonces tenía 14 años, se desarrolló a partir de esta constelación una formación delirante cuyas bases son fáciles de penetrar. Durante varios meses se tuvo por el asesino de criadas Hugo Schenk53, y entrelazó así, mediante una abstracción más fuerte, iniciada con fines de aseguramiento, su ficción masculina, la homosexual y la sádica, expresándolas con más nitidez y anticipando al mismo tiempo un acontecimiento temible. Estas tres condiciones: una mayor abstracción de la realidad, el refuerzo de la línea directriz masculina, que conduce hacia «arriba», y la anticipación de la imagen directriz, casi siempre en forma de un disfraz, son los fundamentos de toda formación delirante. El papel de los venenos endógenos y exógenos consiste en muchos casos en que provocan un sentimiento de inseguridad acrecentada, tal como puede producirse también por vivencias psíquicas. Pero siempre la tendencia neurótica a la seguridad, que se refuerza naturalmente en caso de inseguridad acrecentada, es la causa eficiente de la formación delirante. Atrae entonces también con más fuerza a su ámbito de poder el modo de apercepción neurótico y produce así el aislamiento. El empleo de criadas en el edificio delirante de nuestra enferma expresa al mismo tiempo la tendencia a la desvalorización dirigida contra el sexo femenino. En su edificio delirante penetraba todavía con fuerza la angustia, claramente reconocible como aseguramiento contra el hombre y coordinada así con la intención de su delirio, una segunda expresión de su protesta masculina agudizada54.
Otra dirección perversa de nuestra paciente, de la que era oscuramente consciente, consistía en una fantasía de fellatio. La paciente conocía exactamente los hechos reales que había para ello y que se emplearon en la dirección neurótica de su fantasía. Siempre había sido muy golosa y de niña había cedido mucho a esta inclinación. Todavía hoy este carácter se hace valer a menudo. Pero tampoco era raro que se hubiera metido en la boca sin asco cosas repugnantes. En su huida ante el papel femenino, esta paciente, ya que, como se desprende de detalles de su historia clínica, precisamente el acto del parto le parecía inaceptable y especialmente femenino, intentó imaginarse pasajeramente como posible esta situación perversa. El estímulo partió de una conversación que había escuchado a hurtadillas. De una vecina que vivía en circunstancias holgadas, sola, se afirmaba esta perversión. Apartada tempranamente del hombre, buscaba sin embargo ocasionalmente ganar el contacto con la realidad, y encontró, rechazando el acto del parto, apoyada en su aptitud, sentida exageradamente, para procedimientos repugnantes, el camino hacia esta fantasía perversa. Pero también contra esta se rebeló su protesta masculina. Sus gritos nocturnos solían dirigirse a tales situaciones oníricas arregladas a modo de prueba, y con esta protesta masculina respondía a la exigencia, planteada por ella misma, de un papel femenino-perverso.
La actitud psíquica de la paciente descrita al principio muestra la diferencia esencial. Ciertamente, quedaba todavía un resto de su miedo al hombre y de su protesta masculina, que al poco tiempo dejó paso a una conducta normal. Lo que podía dar que pensar era el inicio de una situación difícil, socialmente inferior, que solo pudo eliminarse con una intervención ulterior. Pero ¿hay acaso una solución mucho más favorable del problema de esta paciente, que ha envejecido, que la larga neurosis ha privado de todas sus relaciones sociales y que carece de medios?
Con toda la fuerza y la tenacidad inherentes a los síntomas neuróticos y al carácter neurótico, muestran también a menudo tal mutabilidad y caducidad que precisamente estos fenómenos han despertado la atención de muchos autores. El carácter caprichoso, el cambio de humor, la sugestionabilidad y la influenciabilidad (Janet, Strümpell, Raimann, y otros) se ha señalado no sin razón como un signo importante de una afección psicógena. Pero hay que señalar que en los fenómenos psíquicos que — como hemos demostrado — solo representan medios, medios de expresión, disposiciones adecuadas a un fin, la variabilidad misma ha de salvaguardarse a menudo, pues puede aparecer también como línea auxiliar y servir al fin último ficticio, a la elevación del sentimiento de la personalidad. La autoestimación neurótica, ciertamente, tomará de nuevo esta oscilación como punto de partida de una consideración, exagerará mediante el refuerzo tendencioso de la sugestionabilidad el juicio sobre la propia debilidad, lo apoyará con recuerdos buscados, casi siempre mal valorados, para ganar de manera neurótica el impulso ascendente acrecentado. Algo así como enseña el caso siguiente: hace poco, un médico mostró en Viena, en sesión pública, ejemplos de sugestión en vigilia, que tuvieron éxito también con una determinada dama algunas noches. Cuando la misma dama había de ofrecerse de nuevo para la demostración una noche posterior, respondió con un ataque histérico de tal violencia que las conferencias ulteriores del médico fueron prohibidas por la policía. — En el tratamiento psicoterapéutico hay que contar en todo momento con que la adaptación del paciente aumente su protesta masculina, su disposición a los ataques, y uno se ve obligado en primer lugar a impedir esta reacción. Toda mejoría del estado es sentida por el paciente como coacción y derrota, y a menudo le sigue un empeoramiento por ninguna otra razón que porque le precedió un buen estado. — Los múltiples rasgos del nervioso y del enfermo psicótico, dispuestos polarmente, ambivalentes (Bleuler), se construyen sobre la escisión hermafrodita de la psique neurótica y obedecen únicamente al ideal de la personalidad, asegurado con hipersensibilidad y gran cautela.
Capítulo III. Principios nerviosos. — Compasión, coquetería, narcisismo. — Hermafroditismo psíquico. — Aseguramiento alucinatorio. — Virtud, conciencia moral, pedantería, fanatismo de la verdad.
En nuestra consideración anterior pudimos observar los múltiples intentos, preparaciones y disposiciones de una paciente, condicionados por su actitud masculina. El miedo al hombre resultante era tan grande que impedía todo establecimiento de una relación amorosa, hasta que el tratamiento la hizo posible. En muchísimos casos se ve expresarse la protesta masculina de una manera aparentemente opuesta: las pacientes establecen sin interrupción nuevas relaciones, que, ciertamente, se marchitan fácilmente y están amenazadas por los destinos más singulares. También son capaces de contraer matrimonio una o varias veces, e igualmente de deshacerlo. Muy a menudo estallan las pasiones amorosas más violentas, que pueden superar todos los obstáculos, y que casi siempre solo se intensifican con ellos. Los mismos fenómenos pueden observarse en los nerviosos masculinos. Mirando de cerca, se vuelven a encontrar los rasgos conocidos del neurótico, en primer lugar su afán de dominio, que, como sus demás caracteres, se sirve de la relación amorosa como de un vehículo para imponerse de modo demostrable. El anhelo de quererlo tener todo se expresa por este camino de tal modo que todos los hombres, a veces todas las personas, se convierten en meta de la conquista, en lo cual la coquetería y la necesidad de ternura, el descontento con la suerte alcanzada, crecen muchísimo. Llamativo es a menudo el junctim con las dificultades. Una muchacha pequeña prefiere solo a hombres altos, o el amor solo estalla ante las prohibiciones de los padres, mientras que lo alcanzable se trata con abierto menosprecio. En las conversaciones y consideraciones de tales muchachas aparece siempre la palabrita restrictiva «solo». Quieren solo un hombre culto, solo un hombre rico, solo un hombre viril, solo un amor platónico, solo un matrimonio sin hijos, solo un hombre que les deje plena libertad, etc. — Se ve entonces a menudo la tendencia a la desvalorización actuando con tanta fuerza que al final apenas queda un hombre que satisfaga sus exigencias. Casi siempre tienen un ideal ya hecho, a menudo inconsciente, en el que se mezclan rasgos del padre, del hermano, de una figura de cuento, de una personalidad literaria o histórica. Cuanto más se familiariza uno con estos ideales, tanto mayor se hace nuestra convicción de que están establecidos como medida ficticia para desvalorizar con ella la realidad. La dirección psíquica, con los rasgos concomitantes de un modo de ser «poco femenino», que a menudo da lugar a rasgos «masculinos» de libertad sexual, infidelidad e impudicia, apunta claramente a la imagen directriz de la igualdad con el hombre. El análisis da fácilmente inferioridades orgánicas originarias, un sentimiento de inferioridad exagerado, una llamativa estimación originaria más alta del hombre, a la que sigue inmediatamente la desvalorización como aseguramiento. Otros aseguramientos confirman la concepción que hemos obtenido. Concepciones de principio como: todos los hombres son brutos, tiránicos, huelen mal, están infectados, etc., muestran la influencia de la apercepción tendenciosa. En los nerviosos masculinos se encuentran concepciones fundamentales desconfiadas, que presentan a toda mujer como viciosa, insaciable, frívola, fisiológicamente débil mental, entregada sin límites a su sexualidad. Nuestros maestros — filósofos y poetas —, que nos forman las imágenes directrices de nuestra época, el «emperador secreto» (Simmel), sucumben no raras veces a las mismas ficciones. El nervioso las toma entonces gustoso para ganar una línea aseguradora en el desasosiego de la vida. Para la dirección neurótica de los hombres arriba mencionada han creado los clichés más apreciados, además de los maestros de religión y de los Padres de la Iglesia, Schopenhauer, Strindberg, Moebius y Weininger. A las doctas disputas de los clérigos sobre si la mujer tiene alma, sobre si es un ser humano, siguieron el Martillo de las brujas y el oprobio de las quemas de brujas. — Las ficciones esquemáticas aseguradoras de las muchachas nerviosas están tomadas — ya que el arte es todavía casi exclusivamente obra de hombres y la apercepción neurótica de la mujer ofrece materiales menos adecuados — de un estadio infantil de la intuición, y por eso son todavía más difíciles de poner en armonía con la realidad.
Pero donde la realidad puede actuar sobre la ficción neurótica de las muchachas, casi siempre producirá rasgos de carácter y tendencias que todavía muestran con suficiente claridad la inclinación masculina a avasallar al hombre, con el aseguramiento más fuerte — de modo homosexual — frente a la mujer, pero que buscan para el amor o el matrimonio al hombre desvalorizado, en menor grado capaz de luchar. La expresión de la compasión puede entonces a menudo encubrir el verdadero estado de cosas, y el amor queda libre cuando el hombre está impotente, caído, lisiado, envejecido. En fantasías, sueños y alucinaciones en las que el hombre es castrado, transformado en mujer, en cadáver, está «abajo», pero en especial en la tendencia a ver al hombre indefenso, pequeño, humillado, se manifiesta la compulsión de la ficción directriz masculina, que encuentra en la necrofilia su expresión exacerbada55.
Otro camino conduce, como ya se ha mencionado, por la línea del «quererlo tener todo» a la coquetería neurótica. La protesta masculina se expresa en ello: 1. en la tendencia a compensar un sentimiento originario de inferioridad, de estar perjudicada, apercibido según la imagen del órgano sexual masculino perdido, mediante el dominio y la sujeción de muchos, de todos los hombres; 2. mediante el rechazo de un papel femenino en el trato sexual, en el matrimonio; en lugar de este papel, valorado como rebajamiento, se ponen artificios dictados por la línea directriz masculina, como la anestesia sexual y perversiones de toda clase, entre las cuales predominan las sádicas, que rebajan al hombre. Bloch ha destacado bien el afán de dominio de las coquetas, cuando dice (Beiträge zur Ätiologie der Psychopathia sex., 1903): «La coquetería, que puede definirse como el empeño de las mujeres por atar a los hombres a sí y someterlos a su dominio, se sirve también preferentemente de medios puramente sensuales para alcanzar sus fines, y es en este respecto una emanación de instintos auténticamente ginecocráticos». Solo podemos añadir que estos «instintos ginecocráticos» están construidos según el modelo de la igualdad con el hombre, y resultan, pues, dependientes de un ideal masculino de la personalidad, aunque, mediante un artificio, se empleen en ello medios femeninos como los únicos disponibles y los más eficaces. La atención y el interés de estos nerviosos, entre los cuales los neuróticos masculinos coquetos llaman la atención porque quieren imponer, a la manera de las mujeres, su triunfo, valorado como masculino, se dirigen en altísimo grado a causar impresión y a poner a los demás a su servicio. Está en conexión con este rasgo de carácter el que el refuerzo neurótico de esta línea directriz secundaria conduzca a la sobrestimación de sí mismo y, con ello, también a rasgos reforzados de afán de dominio, de orgullo y de desvalorización de los demás. Así, no ha de extrañarnos que el objeto del deseo aparezca por regla general sobrevalorado por el narcisismo (Naecke) de la paciente. Esta sobrevaloración es más bien condición previa en la construcción de la relación, y en ella se refleja el sentimiento de grandeza de la paciente56. En el tratamiento psicoterapéutico, estos casos en especial producen la apariencia del «enamoramiento del médico». Pero puede deducirse sin dificultad que esta «transferencia amorosa» solo corresponde a una de las muchas posibilidades de disposición para la lucha, la de quebrar la resistencia y con ella la superioridad del hombre, del médico varón. Y no es difícil ver brotar su sentimiento de estar perjudicada, que provoca esta forma singular, complicada, de la protesta masculina, del sentimiento de su feminidad, que sienten como una inferioridad.
Pero en ningún caso, por lejos que llegue la nerviosa coqueta, su meta es compatible con la sumisión al hombre. Antes o después, en este camino amenaza al hombre la desvalorización, y precisamente siempre que a la paciente neurótica la situación se le vuelve «demasiado femenina». También este momento puede situarse de diversas maneras, pero por regla general un contacto más íntimo, un beso, la expectativa del trato sexual o el temor a una gravidez y a un parto desencadenan la tendencia a la seguridad reforzada y producen el estallido de lo que comúnmente se designa como neurosis o psicosis. Entonces la mayor abstracción de la realidad obtiene su derecho, las ficciones se destacan con más claridad, la desvalorización del hombre empuja a acciones y hechos que aparentemente han perdido todo sentido, y las disposiciones hostiles del instinto de agresión irritado, y con ellas los rasgos de carácter neuróticos, se hacen más visibles.
Todo neurótico tiene algo de esta coquetería narcisista; procede, en efecto, de su idea de la personalidad hipostatizada, y se funda, como esta, en un sentimiento originario de inferioridad. Con este rasgo concuerda bien el que todo neurótico, pero en especial la variedad que acabamos de tratar, pueda separarse tan difícilmente de personas o cosas. La despedida de una persona aparentemente lejana, y no digamos de una aparentemente amada, puede provocar los síntomas neuróticos más graves, ataques neurálgicos, depresión, insomnio, crisis de llanto, etc. Por otra parte, no son raras las amenazas de abandono o de divorcio, que han de aportar pruebas de la propia influencia.
Que la protesta masculina domina en la coquetería neurótica se desprende de varios fenómenos. Ya se ha destacado la fuerte aversión a un papel claramente femenino; en estos casos puede producir un cuadro llamativo, como hemos mostrado, la apariencia de una double vie, de una escisión de la conciencia, de una ambivalencia (Bleuler). Siempre resultan en el análisis, al mismo tiempo, una serie de pruebas ulteriores de la aspiración a igualarse con el hombre. Los sueños, las fantasías, las alucinaciones, las psicosis que estallan, muestran claramente la aspiración a ser un hombre, o uno de los muchos equivalentes, como el miedo a un destino femenino. La fuerte tendencia a desvalorizar al hombre procede de la lucha por la equivalencia y empuja, en la vivencia sexual, a la ficción de un papel masculino, que se expresa en la frigidez, en el querer estar arriba y en aquellas perversiones que obligan al hombre a una posición servil, humillante.
A menudo se cuenta el estallido de la neurosis a partir de aquellos momentos en que el miedo a una decisión, la angustia ante los exámenes, la angustia ante el matrimonio, ante la actuación en público, la agorafobia, exigen un tratamiento médico. Esta angustia surge cuando aparece una contradicción en la protesta masculina, cuando, al perseguirla, amenaza un rebajamiento, un destino femenino, una derrota y con ello la necesidad de una confesión de la feminidad.
Así ocurrió con una de mis pacientes, que hace varios años enfermó de calambre de los pianistas justo antes de su primera actuación. Esta neurosis daba un buen pretexto para escapar a una derrota temida. La comprensión más detenida de las condiciones de esta enfermedad dio una ilusión neurótica en la que la paciente, al ver las notas, recordaba genitales masculinos. Nada estaría más a mano que la concepción de una sexualidad aumentada, pero reprimida, cuyo contrajuego habría que buscar en el «calambre de los pianistas», una represión de inclinaciones a la masturbación. El resultado fue completamente distinto. El triunfo en público había de significar la igualdad de derechos con el hombre, la igualdad con el hombre. Esta ficción estaba en contradicción con la realidad, con su feminidad, de modo que una actuación en público — muchísimas muchachas y mujeres dotadas fracasan por la misma razón — equivalía a una ponderación definitiva de los hechos. Esto último no lo permitió el sentido de la realidad de la paciente, puesto ante los hechos, y arregló, mediante una concepción simbólica de las cabezas y de los palos de las notas, un obstáculo ficticio que recordaba al mismo tiempo la propia feminidad y se convertía así en señal de retirada.
La contradicción en la protesta masculina de esta paciente resultó, como casi regularmente en la neurosis, de la irrealizabilidad de la ficción, precisamente cuando ante la decisión — un hecho regular, natural — surge la posibilidad de una derrota valorada como femenina. Entonces se refuerza el rasgo de carácter de la angustia, de la timidez, el miedo escénico, y ofrecen ellos mismos pretextos o preparaciones y disposiciones en el mismo sentido, en nuestro caso dolores y dificultad de movimiento en las manos, y apartan la mirada de la amenaza a la protesta masculina.
Pero también en este caso hay que admirar la fuerza de la línea directriz masculina, que todavía de la huida de la paciente a la enfermedad configura una disposición masculina para la lucha. Esta muchacha había emprendido, bajo la presión de la madre inflexible, contra su propia voluntad, la carrera de virtuosa.
El fracaso de los ambiciosos planes maternos significó para la hija una victoria que la resarcía en parte. Lo que su obstinación, su rebeldía masculina, no habían conseguido, lo lograba con los medios de la enfermedad, en cuanto, como un memento amenazador, las cabezas de las notas le gritaban: eres una mujer, ten cuidado, no te dejes llevar por la madre a un papel femenino, dócil: ¡somete a la madre! —
Otra construcción, un pretexto para ganar la base de operaciones contra la madre, residía en su sentimiento acrecentado de postergación frente a una hermana menor. Este razonamiento, así como su lucha por la posesión exclusiva de cada persona, de la madre, de todos los miembros de la familia, de todas las personas de su entorno, también de un perro, se refleja en el rasgo reforzado de su coquetería y se expresa bien, por ejemplo, en uno de sus últimos sueños frente al médico. El sueño dice:
«Estoy sentada frente a usted y le pregunto si quiere a otros pacientes tanto como a mí. Usted responde: sí, a todos, y también a mis 4 hijos. De repente usted se transforma en una mujer y se duerme. Una mujer vigila las notas negras».
La disposición amorosa de esta paciente no tolera rivales. Necesita la certeza de su victoria para sentir su superioridad. Yo, el médico, que le doy a entender que trato con el mismo interés a todos los pacientes y que además amo a mis hijos, me convierto con ello en blanco de su afán de dominio, como antes la madre, su marido, con el que se ha casado hace poco, como todas las personas de su entorno, criados, comerciantes, proveedores, maestros, etc. Su modo de ser egocéntrico no necesita «transferir», pues solo trae al tratamiento disposiciones ya hechas, rígidas, y las hace actuar desde el primer instante del encuentro con el médico. Solo que la nueva situación trae dificultades y obstáculos bajo los cuales la voluntad de dominar por el amor no llega a desplegarse plenamente. Comprensiblemente, mi mujer falta en el sueño. Precisamente esta omisión es el eje de la situación: mi mujer queda eliminada definitivamente. Hasta aquí llegan los medios femeninos y caracterizan la línea femenina en la que se mantiene la paciente. Ahora se yergue claramente la protesta masculina. Yo soy castrado; la ilusión aseguradora de la paciente, las notas como símbolo protector de los genitales masculinos, entra en vigor; ella misma «vigila», se asegura, para no descender en su sentimiento masculino de la personalidad, para no sufrir ninguna derrota.
Que yo me duerma en el sueño me asigna una posición semejante a la que ocupa su marido. La paciente siente como el rebajamiento más fuerte que su marido, un fabricante muy sobrecargado de trabajo, se duerma a menudo antes que ella. La castración del hombre es la respuesta a ello, como también un largo insomnio, cuya importancia constructiva reside en que permite a la paciente operar contra el marido. Ahora puede negarle su derecho de marido y lo expulsa del dormitorio, al principio en mitad de la noche, más tarde permanentemente. Pues él «ronca y le impide así dormirse». Nuestra paciente encontraría fácilmente otro argumento si este no se ofreciera, y sería un grave error excluir una construcción neurótica porque la razón esté del lado del nervioso. Para salirse con la suya, el paciente argumentará por regla general acertadamente; el estigma neurótico reside más bien en la tendencia a hacer visible su superioridad con todos los medios. El delirio querulante, por ejemplo, nos muestra este mecanismo con más claridad todavía. — La neurosis de nuestra paciente, por lo demás, sigue construyendo aseguradoramente. A su insomnio se vincula, para afianzarlo, una hipersensibilidad auditiva. Su mecanismo consiste en una sobrecarga tendenciosa de la atención de la función auditiva, de modo que también podríamos decir: para que la paciente, en cuanto se duerme, sea despertada por los ruidos más leves. Así puede, todavía despierta por la mañana, dormir hasta bien entrado el día y sustraerse a las tareas femeninas de la casa, del mismo modo que se sustrajo al dominio de la madre con el miedo escénico y el calambre de los dedos. Un aseguramiento final lo forma una alucinación auditiva, un ruido de sierra, que puede seguirse analíticamente en 2 direcciones. Una interpretación da un memento que advierte y al mismo tiempo aguijonea su coquetería: cuando una vez, a los 8 años, escuchó a hurtadillas una escena íntima en casa de su hermana casada, se sintió excluida, perjudicada y rebajada. Una valoración semejante le concede, para poder mantenerse vivamente agresiva contra su marido, a la «indiferencia» de este cuando se duerme antes. Una segunda interpretación conduce en otra dirección. El ruido recuerda el aserrar un tronco y simboliza acústicamente57 la castración, la desvalorización del hombre. Como tan a menudo, este síntoma resulta ser, exactamente como lo he afirmado del sueño, de los síntomas y de la neurosis, una representación de un ascenso de la línea femenina a la masculina, la protesta masculina contra una situación femenina casi siempre sentida de antemano, contra un sentimiento de perjuicio anticipado y abultado, un símbolo del plan de vida de esta paciente nerviosa.
Este caso y otros semejantes pudieron enseñarme también cómo la sugestionabilidad está al servicio de la tendencia a la seguridad, ya sea para que el paciente obtenga en lo pequeño la convicción de su debilidad, a fin de estar armado en el punto decisivo, ya sea que, con una flexibilidad sorprendente, se adapte para conquistar al otro58. Los intentos más rectilíneos de su afán de dominio contrastan entonces de modo tan enorme que, en una consideración superficial, la concepción de una escisión de la conciencia está muy a mano. Del mismo modo la vanidad, el orgullo, la autoadmiración lo conducirán en algunos casos a la misma meta, así como a veces, a la manera de un artificio, se comporta modesto, sencillo y descuidado en su modo de ser y en el vestir. Casi siempre se prestará gran atención al espejo, al aspecto exterior y a la actitud corporal. A menudo se encuentran rasgos fetichistas, cuya base constructiva esencial la representan intentos de demostrar por rodeos la igualdad con el hombre, es decir, de compensar el sentimiento de un perjuicio. La literatura nos ha obsequiado, en las memorias de la Bashkirtseva y de Helene Rakowiza, con representaciones de todos estos intentos de la protesta masculina, casi siempre en formas refinadas.
Testimonios interesantes me ofrecieron, en una época en que hacía tiempo que tenía claras mis formulaciones sobre la duda acerca del futuro papel sexual del niño nervioso y la protesta masculina que necesariamente surge de ella, una serie de análisis que habían conservado en su memoria estas singulares impresiones de su infancia con más pureza que otros casos. Algunos de ellos recordaban con toda claridad haber sentido hasta los 12 o 14 años una duda sobre si eran masculinos o femeninos. Probablemente no es casualidad que estos pacientes fueran de sexo masculino. A veces surgía el pensamiento de si no serían hermafroditas, de modo que en otros casos, en los que el pensamiento de los hermafroditas se encontraba clara e insistentemente en el recuerdo de los pacientes, y además era aportado espontáneamente, me inclino a suponer en ello una última expresión de la duda sobre el propio sexo. También en la literatura he dado a menudo, en las historias clínicas de nerviosos y psicóticos, con esta importante pista, sin que a los autores se les hiciera clara la importancia fundamental de esta duda sobre el papel sexual. Meschede ha descrito un caso notable de compulsión a preguntar; Freud, uno de demencia según la biografía de Schreber. Que este interés del paciente se explicara por ilustraciones en carteles, en el diccionario, por lecturas, por exhibiciones o por sucesos, lo dejé tan desatendido como la interpretación científica, que parecía concentrar su interés en los períodos masculinos, en el climaterio masculino, en investigaciones de la parte masculina y femenina en el individuo, o en otras cosas. Para mí fue determinante la impresión duradera que se hacía valer en un subrayado evidente de la relación y de la referencia recíproca de masculino-femenino. En los últimos años de mis trabajos, desde que di con la pista de estos fenómenos fundamentales de la neurosis, me he planteado a menudo la pregunta de si no habrá predominado también en mi propio desarrollo infantil una duda semejante, aunque el problema hermafrodita solo me ha estimulado como crítico, es decir, aparentemente de modo secundario y llamativamente tarde. También haría valer como contraargumento mi negación del hermafroditismo biológico como causa de la neurosis (Flies), si no estuviera familiarizado con el hecho de que también la negación es a menudo la salida de un antiguo interés que se ha vuelto inconsciente. Con todo, mi concepción del mundo me muestra que tengo que haberme hecho muy bien dueño de una antigua oposición infantil en mí, sin que surgiera una protesta masculina exagerada. Pues tanto en la vida como en la ciencia, tras una sobrestimación inicial de un principio masculino abstracto, he rechazado con objetiva tranquilidad la marea de argumentos sobre la inferioridad originaria de la mujer. Pero de mis críticos de la «protesta masculina» que ha habido hasta ahora me atrevo a menudo a demostrar, por la manera de su posición de esgrima y por sus pertinaces malentendidos, que la exagerada fiereza de su ataque en una cuestión rigurosamente científica, casi igual que el miedo al concepto de «hermafroditismo», se remonta a una antigua impresión infantil que les ha simulado de modo aterrador una feminidad fuertemente acentuada o una condición de hermafrodita. Con lo cual, por lo demás, no pretendo disuadir a nadie de una crítica científica.
No hay, por lo demás, mejor reactivo para la psique neurótica que la pregunta por la valoración del otro sexo. Resultará que toda negación más fuerte de la igualdad de derechos de los dos sexos, la mayor desvalorización o sobrestimación del otro sexo, va unida ineludiblemente a disposiciones neuróticas y rasgos de carácter neuróticos. Todos ellos dependen precisamente de la tendencia neurótica a la seguridad, muestran todos las claras huellas de la protesta masculina eficaz y dan testimonio de la vinculación, por principio, más abstracta, a una ficción directriz. Todos ellos son artificios del pensamiento humano para elevar el propio sentimiento de la personalidad.
De las formulaciones de mi psicología de las neurosis se desprende que una vida femenina en el futuro — estar sometida a un hombre, ser desflorada, herida, parir hijos, desempeñar un papel subordinado en la vida, tener que obedecer, quedarse atrás en el saber, en el poder hacer, en la fuerza, en la inteligencia, ser débil, tener la regla, sacrificarse al marido, a los hijos, llegar a ser una mujer vieja, postergada — se siente de antemano con sentimientos de angustia y de espanto, y precisamente tanto en los niños predispuestos masculinos como en las niñas. Cómo este espanto ante el futuro aguijonea rasgos de carácter egoístas se ha descrito en lo que precede. Un caso notable de una niña pequeña lo he caracterizado en la «Disposition zur Neurose» (l. c.).
En el caso de una paciente con neurosis gástrica puedo mostrar ahora una conducta que se encuentra regularmente en el desarrollo psíquico de los pacientes neuróticos. Se refiere al prever, a menudo al presentir y barruntar, todas las desventajas que cabe esperar. Esta inclinación se encuentra ya en la primera infancia, donde, en el caso de inferioridades orgánicas y de sus males, se alimenta fuertemente. A menudo se emplea para ello el rato antes de acostarse, y entonces no es nada llamativo que una imagen onírica prolongue este intento de prever, a menudo en forma aterradora. Solo que el sueño, como la neurosis, produce un estado de sentir, de sensación — como en la alucinación — que significa un presentir, paralelo al prever en estado de vigilia. La excitabilidad alucinatoria es, como ya destaqué en el «Studie über Minderwertigkeit von Organen» (l. c.), una capacidad ampliada del cerebro sobreesforzado, sobreentrenado con fines de compensación; sirve a la tendencia neurótica a la seguridad y debe su representabilidad en la conciencia a la memoria tendenciosa y a la dirección neurótica, cautelosa, de la apercepción. — La vida anímica infantil, no desarrollada, muestra a lo sumo indicios de sensaciones alucinatorias, que han de entenderse como preparaciones ficticias para una meta, como anticipaciones en tiempos inseguros. Así la sonrisa en el sueño, las sensaciones agradables al buscar por anticipado cualesquiera satisfacciones orgánicas o aseguramientos.
La excitación alucinatoria en la neurosis y en la psicosis sirve sin excepción a la ficción directriz del ideal de la personalidad. Atiéndase también a la importancia de la alucinación de dolor y de angustia para el cuadro de las enfermedades nerviosas. Un examen ulterior del mecanismo de la alucinación nos enseña inequívocamente que se compone de tendencias a la abstracción y a la anticipación, y que gana su importancia, como ficción reforzada o como memento, por el hecho de que espolea al aseguramiento del sentimiento de la personalidad. Que esté ligada a huellas mnémicas no puede significar nada esencial. La psique trabaja sin excepción con contenidos de conciencia y sensaciones que están dados por la experiencia y proceden del sustrato corporal. La importancia de la psique, y en especial de la psique neurótica, reside en la selección particular de estas huellas mnémicas y en su conexión tendenciosa con la apercepción neurótica. La tendencia a la seguridad, nerviosamente azuzada, se sirve, pues, de una función del prever especialmente desarrollada, la alucinación, en la que transcurre de modo más abstracto y figurado una escena, una finalidad provisional, un punto final anticipado, que estimula para que el alucinado tienda el puente, o que asusta para que emprenda otros caminos de acción. La alucinación, y con ella el sueño, están destinados, igual que otros tanteos de la psique, a descubrir el camino que es necesario para elevar o conservar el sentimiento de la personalidad. En ella se reflejan la confianza, las esperanzas o los temores del paciente.
La paciente mencionada estaba justo a punto de contraer matrimonio cuando se inició su neurosis gástrica. Padecía de dolores en la región del estómago, eructos, vómitos, inapetencia y estreñimiento. Una noche, poco antes de acostarse, oyó claramente la palabra: «Eskadambra». Formaciones de palabras aparentemente absurdas se encuentran, como es sabido, a menudo entre las producciones de los nerviosos. Casi siempre resultan compuestas según un esquema, de modo semejante a como los niños inventan lenguajes con los que adquieren un sentimiento de superioridad. Pfister pudo lograr en los «hablantes en lenguas» interpretaciones de las imágenes verbales procedentes de las fascinaciones. En el capítulo anterior he dado la resolución completa de un zumbido de oídos alucinatorio; en otros dos casos encontré el zumbido de oídos como recuerdo aterrador del bramido del mar y de sus peligros, como símbolo de la vida, de modo semejante a como Homero compara la ἀγορὰ con el mar que brama59. En la paranoia y en la dementia praecox, los impulsos que conducen a la protesta masculina se revisten de la forma de la alucinación y aseguran el esquema psicótico mediante su redondeo acústico o visual.
También respecto del redondeo antes mencionado de un movimiento psíquico en una alucinación auditiva podemos suponer que una fuerte necesidad interior ha conducido a una mayor tensión de la tendencia a la seguridad, para la cual la palabra «Eskadambra», incomprensible y sin valor para la paciente, puede representar solo una medida y una señal60. Pero está justificada la expectativa de que una comprensión penetrante de esta palabra deje reconocer un sentido que nos enseñe a comprender el estado anímico de esta muchacha. Por regla general la comprensión de tales alucinaciones se obtiene fácilmente, en todo caso no con más dificultad que la de breves fragmentos oníricos. Preguntada por la impresión de la nueva formación verbal, la paciente indica que le recuerda «Alhambra». Por ella, ciertamente, había tenido siempre mucho interés; existió una vez espléndida, pero ahora estaba derruida, era una ruina. El comienzo de la palabra, «Esk», se encuentra en la palabra «esquimal», y también en «e(tru)scos» están contenidas estas letras. Se le ocurre además el pueblo de los «vascos»61; también en esta palabra aparece la mayor parte de «Esk». La paciente muestra con ello el camino que ha seguido en la nueva formación verbal: ha unido un fragmento de nombres de pueblos y el fragmento del nombre de una ciudad derruida. Por último, «Alhambra» tampoco significaba para ella más que un fragmento, y así podemos conjeturar que el pensamiento de ser rota, empequeñecida, mermada, aparecerá en el sentido de la alucinación que hemos de encontrar. Las letras «skad» pertenecen, como la paciente encuentra fácilmente, a la palabra «cascadas» (Kaskaden). Está segura de ello, pues en su regla, que había tenido hacía poco, se había expresado así: «cascadas enteras».
Si se tiene en cuenta que esta paciente está a punto de casarse, se comprende sin más la conexión de esta nueva formación verbal con su situación psíquica. Que no quiere casarse se desprende de su neurosis, que proporciona un obstáculo utilizable62. En la alucinación se esconde un esbozo interrumpido de, aproximadamente, los siguientes razonamientos: el esplendor de mi virginidad será destruido. — He de dar a luz una nueva estirpe (pueblos). Cascadas enteras de sangre tendré que sacrificar.
Cuando había llegado hasta aquí en la interpretación, la paciente me ayudó a seguir contando que, de niña de 8 años, había oído que una mujer conocida suya había muerto desangrada en un parto. Desde entonces nunca se había librado del miedo a dar a luz.
¿Cuál es ahora el sentido de esta alucinación? ¿Queda siquiera aproximadamente caracterizado con la palabra «cumplimiento de deseo»? Toda la composición habla en contra. El sentido de esta nueva formación verbal es el señalar por anticipado en la dirección de un peligro esperable, de una humillación, el miedo a convertirse en una ruina, como la había llamado a menudo la madre, a morir, como la mujer de su recuerdo infantil.
Pero esta tendencia contra las funciones femeninas — y la paciente se defiende también conscientemente contra el matrimonio — es todavía más antigua; procede de la primera infancia y estaba entonces encarnada en el deseo de estar arriba, sana, fuerte como el padre. Luego fue elevada a línea directriz ficticia y se llenó de un contenido lógico que se agrupa en torno a un ideal masculino directriz de la personalidad, y del miedo, en el mismo sentido, a un papel femenino. Ahora pude ir aclarando a la paciente también el sentido de su neurosis gástrica: eran excitaciones alucinatorias que habían de fingir las molestias de un embarazo, para que la paciente se mantuviera alejada de él. En la vigilia, en el sueño, en la alucinación y en la neurosis existía, pues, la armonía de la tendencia a la seguridad: ¡no seas una mujer, no te sometas, sé un hombre! Esta muchacha mostraba en su modo de presentarse rasgos bruscos, resueltos, y se peleaba con todo el mundo. Su ambición ardía en llamas y la hacía intolerante. De su novio, al que trataba muy mal, exigía una sumisión incondicional, y a menudo rompía toda relación. Pero cuando él se volvió una vez hacia otra muchacha, lo intentó todo para retenerlo. Uno de sus sueños diurnos infantiles consistía en la fantasía de que toda la humanidad había perecido y solo ella había quedado, una analogía con el mito del diluvio, en la que se trasluce claramente el modo de ser egocéntrico, hostil, de la paciente.
En muchos pacientes que presentan con gran claridad rasgos del «quererlo tener todo», como también en la muchacha descrita en último lugar, se encuentran también rasgos de carácter de índole opuesta. A menudo son de una honradez, una modestia y una sobriedad tan insistentes que la acentuación especial despierta ya la sospecha de un arreglo. En todas partes interviene su «conciencia moral», y en ellos el sentimiento de culpa63 se excita fácilmente, dispuesto a reaccionar a todas las ocasiones posibles. La solución de estos antiguos enigmas de la humanidad resulta de la comprensión de la tendencia a la seguridad, que interrumpe las líneas directrices rectilíneas, agresivas, y pone fin a los impulsos de codicia y desmesura punibles en cuanto por ellos amenaza un peligro al ideal de la personalidad. Establece entonces, por así decir, una ficción directriz intermedia, la conciencia moral, y su intensificación anticipadora, el sentimiento de culpa abstracto, instancias por las que todas las acciones y preparaciones iniciadas se transforman de tal modo que no resultan perjudiciales para la voluntad de poder y de apariencia, que permiten también mantener alta la autoestimación. En este punto percibimos el contrapolo del sentimiento originario de inferioridad como una compensación del sentimiento de inseguridad que llega a expresión moral. Ahora el nervioso puede excluir con seguridad una serie de posibilidades que podrían humillarlo.
También en otros respectos puede reconocerse el efecto de la tendencia a la seguridad en la moral, en la religión, en la superstición, en los impulsos de la conciencia moral y del sentimiento de culpa. Todos ellos crean fórmulas y principios rígidos, como los que ama el nervioso inseguro. Y puede ejercitarse ya en lo pequeño, probar a menudo en naderías sus disposiciones morales y, en especial — principiis obsta!64 —, asegurarse contra complicaciones y contra la caída moral, que exagera mucho al presentirlas, sintiendo anticipadamente la derrota moral. Este último artificio alucinatorio se parece al aseguramiento por la angustia neurótica, del mismo modo que la conciencia moral, el sentimiento de culpa y la angustia a menudo se complementan, a menudo se relevan en la neurosis. De gran importancia para el psicoterapeuta es este conocimiento para la conexión entre masturbación y neurosis, de la que se desprende igualmente la importancia aseguradora del sentimiento de culpa construido a partir del hecho del onanismo. Si este sentimiento de culpa se pone en junctim con la masturbación para actuar como freno contra la compulsión de la sexualidad, ambos fundan más tarde la base de operaciones desde la que el paciente amplía sus disposiciones neuróticas para defenderse contra un rebajamiento de su sentimiento de la personalidad. Por regla general ambos — casi siempre con ayuda de «consecuencias» anticipadas como la impotencia, la tabes, la parálisis, la falta de memoria — se emplean como pretexto para retroceder ante las decisiones, y siempre también para ahondar el miedo a la pareja sexual. Tales conexiones las he descrito a menudo en este trabajo y en otros anteriores.
La honradez y la escrupulosidad lindan claramente en la neurosis con la pedantería. Y así no nos extrañará saber con qué frecuencia estas virtudes obtienen su verdadero valor de la disposición que establecen para rebajar a otros, para entrar en conflicto con ellos, para elevarse sobre ellos y ponerlos a su servicio. Precisamente el nervioso cuyo afán de dominio se atiene al esquema de quererlo tener todo, que no raras veces conserva recuerdos de vicios, se guardará casi siempre cuidadosamente de revelar su secreto, lo que le acarrearía la derrota segura. Más bien intentará guardar las apariencias con escrupulosidad, casi siempre también con angustia; se ruborizará angustiado cuando recoja del suelo su propia cartera, o evitará quedarse solo en una habitación ajena para no caer bajo sospecha de robo si se pierde un objeto. Igualmente encontré una obcecación en querer pagar siempre por adelantado, en no quedar a deber nada, en pacientes a los que todo gasto les parecía un nuevo perjuicio de su sentimiento de la personalidad. Preferían un final espantoso a un espanto sin fin, pero tenían al mismo tiempo un sentimiento de superioridad sobre el que recibía.
Del mismo modo, el fanatismo de la verdad de muchos neuróticos — piénsese en el arquetipo, el enfant terrible — resulta ser por regla general un acto de venganza del más débil contra la fuerza superior. De la historia previa de un catatónico supe que su mujer lo oprimía y lo rebajaba. Una noche rompió a sollozar y confesó a su mujer que la había engañado con una criada. Su protesta masculina se sirvió del artificio de intentar un adulterio para vincular a él una confesión abierta, de nuevo en la forma del junctim neurótico que ya conocemos. Resultó que la mujer disponía no solo de la voluntad más fuerte, sino también de la caja fuerte. El paciente mismo, un hombre débil, preocupado por su prestigio, tenía que vivir de las rentas de ella, lo que la mujer y su familia, aunque lo sabían de antemano, tomaban como ocasión de múltiples ofensas. Para protegerse de la superioridad de la mujer, para no sucumbir por completo a su influencia, llegó — también ya en la lucha por el dominio masculino — al arreglo de una impotencia psíquica. La mujer, a su vez, tomó este momento de la impotencia y rebajó públicamente al marido. Su flirteo con la niñera fue el comienzo de su venganza. Pero esta solo podía ejercer su efecto edificante si confesaba virilmente el adulterio. Por consiguiente echó mano del amor a la verdad, que ya le había servido a menudo de vehículo para toda clase de maldades. Que confesara llorando su desliz corresponde a su titubeo ante la decisión y, por otra parte, le facilitaba la noticia, dolorosa para su mujer. — El curso ulterior decidió en contra del triunfo masculino del hermafrodita psíquico: la mujer fue todavía más lejos en su agresión y se quejó a sus parientes, que ahora le hicieron los más graves reproches. Entonces, con una tendencia a la seguridad creciente, cayó en la apatía, quiso también deshacer su inútil desliz, puesto que no le había ayudado al triunfo masculino, y encontró la solución en la ficción de un milagro purificador que Dios había obrado en él. Ahora estaba de nuevo en lo alto; su fantasía de predestinación se abrió paso, estaba en comunicación con Dios, recibía de él encargos y órdenes y levantó un edificio delirante en el que andaba por la tierra como profeta. También la masturbación, que ocasionalmente practicaba abiertamente, la llamaba milagro, para escapar así al sentimiento de un rebajamiento. Las estereotipias consistían, entre otras cosas, en un enderezamiento temporal del cuerpo y un levantamiento brusco de la cabeza, un movimiento que en una ocasión pude interpretar en una histérica como fantasía masculina de erección. —
«¡Decirle a alguien una verdad amarga!». Esta expresión contiene el núcleo de la concepción expuesta. El neurótico se sirve a menudo de la verdad para hacer daño al otro. Verdades agradables nunca se oirán de pacientes nerviosos sin que pronto se haga visible la reacción, habitualmente un empeoramiento del padecimiento. A todo impulso amoroso, sentido como femenino, como sumisión, sigue un impulso de odio como protesta masculina, este último con el ropaje de la verdad: un hombre, una palabra. — También en este caso de demencia encontramos un estadio en el que la duda sobre la propia masculinidad queda sobreconstruida mediante artificios y mediante la tensión de la ficción directriz en la protesta masculina, en el que la tendencia a la seguridad compensadora empuja a tomar al pie de la letra un símbolo directriz (como si uno fuera maestro, emperador, Salvador, etc.) y a arreglarlo.
Otros rasgos, como los del carácter caprichoso, de la insociabilidad, son igualmente reconocibles con claridad como posiciones de disposición, aptas en todo momento para anular la superioridad de otros, la imposición de la voluntad de otros. El hombre nervioso es el típico solitario raro y aguafiestas; apartado de su ideal de grandeza, cae en la más fuerte inseguridad, y está siempre en acción para hipostatizar y divinizar sus propias líneas de orientación y para cruzarse en las de los demás. — También son capaces estos rasgos de otro uso. El nervioso toma su indocilidad, sus ataques perturbadores, como pruebas de que los demás quieren perjudicarlo, y levanta protectoramente el muro de sus principios, dentro del cual puede desplegarse su sentimiento de dominio. Aquí aparecen tendencias como el anhelo de estar solo, a veces también de estar enterrado, o imágenes como: estar enterrado vivo, estar resguardado en el seno materno (Grüner). A veces he encontrado, como cumplimiento de este anhelo de dominio en la soledad, una larga permanencia en el retrete. — Exactamente en la misma dirección, la de ganar dominio, conducen al nervioso su condescendencia exagerada y su adaptación, valorada como femenina. En ello el paciente está siempre al acecho, aunque de este modo busque también encadenar al más fuerte, de desviarse hacia la línea más masculina y gozar de su triunfo abierto. —
La misma disposición para la lucha le garantiza al neurótico su propensión a ser exigente en la elección. Con ello puede desvalorizarlo todo y a todos, asegurarse contra las decisiones y reclamar sus prerrogativas. Será exigente allí donde mejor corresponda a sus tendencias y donde pueda aplicar los asideros más ventajosos. En la comida, en la elección de amigos, de relaciones amorosas, en el trato, se asegura con ello una preponderancia atormentadora. Todo el mundo tiene que contar con él, pues está enfermo, nervioso. A grandes rendimientos llega este rasgo de carácter en cuanto se sirve de él el miedo a la pareja sexual, al matrimonio. Ninguna muchacha, ningún hombre vale entonces nada, y un ideal inconsistente le da el punto de apoyo en esta desvalorización de todos. En otras épocas, en otra relación, este rasgo se muestra como arreglo, como la cautela de un hombre que todavía no ha superado el punto débil de su sentimiento de inferioridad: puede ser también sobrio «cuando el viento sopla del nornoroeste»65, cuando su voluntad de poder lo exige.
Uno de los métodos de apaciguamiento que sin duda se encuentran en todas partes en cuanto los niños se muestran de algún modo descontentos son los conocidos consuelos con el futuro, en el que el niño será más grande, crecerá. A los niños mismos se les puede oír a menudo: «cuando sea grande», haré... El problema del crecimiento ocupa extraordinariamente al niño, y en el curso de su desarrollo se le recuerda ininterrumpidamente. Así respecto de su estatura, respecto del crecimiento del cabello, de los dientes, y, en cuanto da en especulaciones sobre el aparato sexual, respecto del crecimiento del vello púbico y de los genitales. La entrada del niño en su papel masculino, de la que hemos hablado a menudo, exige un claro crecimiento en tamaño de la propia persona y de sus partes corporales. Donde esto se le niega — y aquí volvemos a dar con el fundamento de la inferioridad orgánica, en especial con el raquitismo causal (¿anomalías del timo?), con anomalías del tiroides, de las glándulas germinales, de la hipófisis, etc. —, cae, por su anhelo de valía masculina, en la posición de protesta masculina. Entonces recibe el impulso reforzado a la envidia, la malquerencia, la fanfarronería, la codicia, la actividad; adquiere un sentido de la medida agudizado y se compara constantemente con otros, en especial con las personas que cuentan en su entorno, y finalmente también con los héroes de los cuentos y de las narraciones. Así se llega a anhelantes consideraciones sobre el futuro, y la fantasía, aguijoneada por la tendencia a la seguridad, cumple todos los deseos.
Capítulo IV. Tendencia a la desvalorización. — Obstinación y fiereza. — Las relaciones sexuales del nervioso como símil. — Castración simbólica. — Sentimiento de estar perjudicado. — El plan de vida de la igualdad con el hombre. — Simulación y neurosis. — Sustitutos de la masculinidad. — Impaciencia, descontento y hermetismo.
La aspiración compulsiva del nervioso a llenar su ideal de la personalidad con los rasgos masculinos, valorados más alto, le empuja, en especial a causa de los obstáculos de la realidad, a la transformación de forma de sus líneas de orientación directrices, de modo que busca alcanzar por rodeos una meta equivalente a la masculina. Lo que lo extravía es su anhelo y su afán de realizar para sí un ideal irrealizable. Si entonces llega en la línea principal de la protesta masculina la derrota, o un presentimiento de ella, busca por rodeos, arreglando artificios de salvaguardia reforzados, esta meta sustitutiva, sentida provisionalmente como equivalente. En este punto comienza por regla general aquel proceso de transformación psíquica que llamamos neurosis, en cuanto la ficción directriz no lleva a violentar la realidad, sino que el paciente solo siente esta última como perturbadora, como en la neurastenia, la hipocondría, la neurosis de angustia y la neurosis obsesiva, y en la histeria. En la psicosis se destaca la ficción directriz masculina, revestida de imágenes y símbolos de origen infantil. El paciente ya no se comporta entonces como en la neurosis, como si quisiera ser masculino, estar arriba, e intentara conseguirlo con todos los medios, sino, por el artificio de la anticipación, como si ya lo fuera, y solo de paso, por regla general al principio, como para fundamentarlo (depresión, ideas de persecución, delirio de culpa, de empobrecimiento), señala que está «abajo», que es poco viril, femenino.
Para mayor claridad paso ahora a describir algunos rasgos de carácter de los nerviosos que, o bien tienden en línea recta al ideal de la personalidad lleno de contenido masculino, o bien se le acercan tanto que se impone por sí misma la concepción de que son solo pequeños rodeos de la protesta masculina; la concepción general los ha registrado como rasgos activos, masculinos, y el nervioso puede invocar el juicio concordante. Pero en consideraciones anteriores ya hemos intentado mostrar que en la construcción de rasgos masculinos la selección depende de la meta final ficticia y solo dentro de estrechos límites está guiada por la concepción consciente del nervioso, y no digamos del que juzga. Se sirve también de líneas de orientación hacia la protesta masculina que a la lógica general no siempre, o solo en parte, le parecen masculinas, como la coquetería, la mendacidad, etc. Como rasgos de carácter más rectilíneos hacia la protesta masculina hay que destacar las tendencias, expresadas a menudo conscientemente, a ser un hombre cabal, valiente, agresivo, franco, duro de corazón, cruel, a querer superar a todos en fuerza, influencia, poder, inteligencia, etc. — Cuando el sentimiento de inferioridad subyacente — a causa de la derrota que con seguridad cabe presuponer, o del presentimiento de ella — exige compensaciones aseguradoras reforzadas, estas se producen mediante el refuerzo de las disposiciones para la lucha, que ahora, muchas veces por rodeos, de manera más abstracta, mediante rasgos simultáneos, a menudo opuestos — a la manera de un artificio —, tienden al sentimiento masculino de superioridad. Entonces el nervioso puede presentar, en lugar de la obstinación o junto a ella, la docilidad, según la necesidad rasgos de desmesura y de modestia, de brutalidad y de dulzura, de valor y de cobardía, de afán de dominio y de humildad, de masculinidad y de feminidad, que sirven siempre a su aseguramiento contra las derrotas, o le permiten elevar por rodeos su sentimiento de la personalidad o desvalorizar a otros. Que también se puede vencer con la debilidad, con la humildad, con la modestia, lo muestran el ejemplo de las mujeres y muchos ejemplos de la historia universal.
El dominio de los ídolos hechos por uno mismo, de la ficción directriz y de sus líneas auxiliares, es cada vez fácil de reconocer, y por lo demás se abre paso en la psicosis con una claridad inequívoca. Con un sueño de una muchacha de 22 años, que padecía de enuresis nocturna, tenía de día frecuentes estallidos de iracundia y de mal humor, solo conmigo y en ninguna otra parte podía mantener la paz, y tenía a menudo ideas de suicidio, quiero intentar mostrar cómo todos estos fenómenos, junto con otros rasgos de afán de dominio, de obstinación, pero también de angustia, estaban bajo la dirección de la protesta masculina, y cómo esta, sin embargo, dependía de una inferioridad constitucional de los órganos urinarios, que, en conexión con la fealdad y con una lentitud originaria del desarrollo mental, obligaba a establecer compensatoriamente una línea directriz exageradamente masculina. Para hacer el caso comprensible de modo breve y concluyente, anticipo que la paciente empleaba para la neurosis aseguradora los hechos reales de su infancia, había desarrollado la enuresis como disposición e intervenía con este síntoma cada vez que su sentimiento de la personalidad sufría un rebajamiento. También en este caso se mostró el colosal poder de la tendencia a la desvalorización en el arreglo del ataque, que llevaba a la madre a una impotente desesperación, pero al mismo tiempo también en la forma, generalmente habitual, de una remisión por la cual el paciente aparta de sí toda culpa y la carga sobre otra persona, rebajándola con ello. El sueño siguiente muestra esta punta con especial claridad:
«La madre enseña a mi amiga la funda sucia del edredón de la cama. Empezamos a discutir. Yo digo: la funda es tuya, y rompo a llorar con violencia». Me despierto bañada en lágrimas.
Poco antes había contado que a menudo se despertaba llorando, sin conocer la razón de su llanto. Por la conexión de la génesis de la enfermedad, entonces ya transparente, resultó que el llanto tenía importancia en relación con la madre, representaba una de las disposiciones de ataque infantiles más habituales para disminuir la superioridad de la madre. Tras comunicar el sueño, observa: «Seguro que usted creerá que tiene razón con su opinión sobre mi llanto». Tales observaciones, y otras semejantes, se oyen regularmente durante el tratamiento psicoterapéutico, y no hay que pasar por alto la crítica escondida en ellas como disposición de la tendencia a la desvalorización dirigida contra todos. Su expresión, moderada esta vez, me hizo esperar que la curación de la enuresis estaba en marcha, pues las reacciones más violentas habían faltado. Antes, en casos semejantes, había subrayado con dureza y pasión que yo no tenía ninguna razón, o habría callado u olvidado tales sueños y pensamientos que hablaban a mi favor. En mi suposición me reforzó la comunicación ulterior de que la paciente, tras el sueño, había quitado en seguida la ropa de cama, solo un poco manchada de antes, y la había limpiado a escondidas, lo que antes nunca había ocurrido, porque la vista de la ropa sucia estaba destinada a la madre.
Para explicar el sueño refiere lo siguiente: está firmemente convencida de que la madre cuenta lo de la enuresis a todos los conocidos. Todos los parientes parecen saber de su padecimiento. Una vez un tío, evidentemente para consolarla, le contó que él y otro hermano de la madre habían mojado la cama durante mucho tiempo. En el sueño da a entender a la madre en tono de reproche: este padecimiento está en tu familia, tú tienes la culpa si mancho la cama, «¡la funda sucia es tuya!». — Además cuenta que al cambiar la ropa toma a menudo una funda de edredón66 en lugar de una funda de manta; la una está cerrada, la otra abierta, añade, y en el armario se pueden confundir fácilmente.
Detrás de estos pensamientos puede reconocerse claramente el problema de «abierto y cerrado» como expresión de la oposición de los sexos. Echa a la madre la culpa de su enfermedad, pero mira de reojo, por así decir, en seguida hacia el fundamento último y el resorte de su padecimiento, la feminidad de la que la madre es culpable, y nos delata, en la protesta masculina de su sueño, cuán poco estima la diferencia entre hombre y mujer. De modo semejante declaraba George Sand que no había más que un sexo. El discutir y el llorar son la actitud predominante de su agresión contra la madre, cuya superioridad intenta suprimir con ello, como también aferrándose a la enuresis. Que actualmente opera con la disposición enurética también contra el hombre, que busca esquivar un matrimonio y con ello el «dominio del hombre», se desprende de otras perspectivas de su psique neurótica.
Un ejemplo de la transformación de forma de la ficción directriz masculina, que originariamente decía: quiero ser un hombre, y en el estadio de la cura antes mencionado: quiero ser superior a la madre, como un hombre, se dio hacia el final de la cura y puede formularse aproximadamente con las palabras: quiero humillar a la madre... con medios femeninos. En un sueño, es decir, en un tanteo, en un ensayo a modo de prueba, esta línea de orientación se expresa, conforme a nuestra afirmación, con más fuerza. Dice así:
«Estoy tendida en una cama que arde. A mi alrededor todos se lamentan. Yo me río a carcajadas».
Al sueño precedieron conversaciones y consideraciones sobre el «amor libre». La cama que arde representa, según la concepción de la paciente, los goces del amor. Traducimos conforme a nuestra concepción del sueño: ¿qué pasaría si yo rindiera culto al amor libre? Entonces mi madre quedaría manchada, pero yo me reiría de ella, le sería superior. — Atiéndase a la expresión «arder», procedente, como tan a menudo, de la superestructura psíquica de la función urinaria, por oposición al «agua» (enuresis)67, y a la representación a modo de símil fundada en este «lenguaje urinario». La «risa» en este sueño equivale al «llanto» del primer sueño. Ambos muestran la dirección de la agresión que ha de conducir a la derrota de la madre. También en este caso puede verse fácilmente la insostenibilidad de la suposición de una escisión de la personalidad. Igualmente errónea sería la suposición de un deseo sexual real. Solo si con ello se rebajara a la madre, es decir, si ella pudiera desempeñar el papel del hombre dominante, le parecería bien este medio.
La ficción directriz de la igualdad con el hombre se expresa de algún modo en todas las muchachas y mujeres. Como pude mostrar en el caso anterior, es la transformación de forma impuesta por la realidad la que produce el encubrimiento de la protesta masculina. Igualmente es esencial, en el análisis de las pacientes neuróticas, descubrir aquel punto de su vida anímica en el que protestan contra su sentimiento de feminidad. Siempre se lo encontrará, pues el afán de elevar el sentimiento de la personalidad impone la construcción de líneas de orientación aseguradoras, que se construyen en oposición a la idea de lo «femenino». En las muchachas y mujeres normales salen a la luz casi siempre pensamientos de emancipación culturales o incultos, rasgos combativos dirigidos contra el hombre y sus privilegios. Se intenta reducir la distancia lo más posible, en el vestido, en la actitud, en las costumbres, en la ley, en la concepción del mundo. En todos estos respectos se intensifica la protesta masculina de las nerviosas. En el vestido se prefieren modas chillonas, pero también de una sencillez masculina, a menudo alargamientos de algunas prendas y zapatos con tacones muy altos. O bien se rechazan todas las clases de vestido que impresionan como femeninas. A menudo existe una lucha especialmente violenta contra el corsé, que se dirige contra la sujeción, pero que puede servir también a otros fines, que a menudo se escenifica para esquivar reuniones sociales y que casi siempre dirige su punta contra el marido. La actitud y las costumbres de las mujeres neuróticas son a menudo tan claramente masculinas que llaman la atención al primer instante. Las piernas cruzadas una sobre otra, los brazos cruzados son a veces huellas delatoras, así como el afán de ir a la izquierda, donde por lo demás tiene su sitio el hombre, de no tolerar a nadie delante al estar de pie (por ejemplo, en el sueño), etc. En la concepción del mundo de la paciente neurótica, la regular sobrestimación ideal de lo masculino queda ampliamente compensada por la desvalorización práctica del hombre. En el trato sexual predomina la anestesia. Se prefieren las variantes masculinas o que rebajan al hombre.
Planteamientos semejantes ofrece la psique neurótica del hombre. Dirige sus asideros desde una sensación femenina ficticia para llegar al sentimiento de la masculinidad consumada. Uno de mis pacientes, que padecía de asthma nervosum, mostró esta dinámica con gran claridad. Había sido un niño débil y había padecido — una conexión que ha señalado Strümpell — de diátesis exudativa. Sus frecuentes catarros le permitieron tempranamente poner a la madre a su servicio. Ella lo tomaba consigo, lo cuidaba en su dormitorio y se plegaba a sus deseos. Pronto quedó bajo la vigilancia de una institutriz severa, frente a la cual, pese a su iracundia y su indomabilidad, no estaba a la altura. Frente a ella se sentía débil y conoció así los caminos de la astucia infantil por los que se sustraía a la severa institutriz, y precisamente mediante la simulación y la exageración de las molestias catarrales, mediante el arreglo de la tos y de irritaciones, al principio voluntarias, de la mucosa de la laringe y de la tráquea por medio de una respiración forzada peculiar, mediante fenómenos asmáticos que producía, según la imagen del pujo en la defecación difícil, tensando la prensa abdominal y cerrando fuertemente el ano. Pronto aprendió a comprender que con tales fenómenos llegaba al dormitorio de la madre, y en el curso de los años produjo una disposición asmática que podía activar inconscientemente en todo momento cuando, él, que llevaba consigo una meta directriz ficticia exagerada, quería elevarse a dominador de la casa y con ello también de la institutriz. Pronto consiguió también que se diera a la institutriz una prohibición según la cual no podía tratarlo con severidad ni pegarle.
Vemos cómo su ideal de la personalidad disponía ahora de un arma, neurótica ciertamente, que lo ponía en condiciones de escapar a una derrota, al sentimiento que surgía de su inferioridad originaria, procurando estar arriba por un rodeo, ya no mediante la obstinación, la iracundia, el valor, la hombría, sino mediante una especie de astucia, de solapamiento, de conducta poco viril, de cobardía y de apoyo en la madre. Este subterfugio, hipostatizado y elaborado como mecanismo de disposición que actúa inconscientemente, le dio el aseguramiento necesario para la vida. Su síntoma neurótico, que era protegido y reclamado por otras líneas auxiliares de sus rasgos de carácter — el quererlo tener todo, su afán de dominio, su obcecación y su porfía, y al mismo tiempo la cobardía, el miedo a nuevas empresas, el miedo a los hombres y a las mujeres, y la tendencia a la desvalorización que de él se reavivaba siempre —, y que desempeñaba un papel tan importante en la alianza de sus disposiciones a la agresión, le dio un órgano nuevo, un medio de hacerse valer de un modo especial, de apoderarse de su mundo, pudiendo siempre reclamar a la madre como protección. Junto a ella se sentía seguro como junto a ninguna mujer, y así llegó, por necesidad, a un enamoramiento de su madre, que, mirado de cerca, se resolvía en tiranía. Fantasías de embarazo le reflejaban la sensación humillante de un papel femenino, y podían alternar con pensamientos de castración, así como con fantasías de ser una mujer. Su masturbación compulsiva muestra el intento de emanciparse victoriosamente de la mujer, de escapar a una derrota, de comportarse de modo masculino, y se prolongaba en fantasías de grandeza en el mismo sentido, ambas formas de expresión de su protesta masculina. Como imagen y forma de intuición de su inferioridad y de su naturaleza femenina le valía la supuesta pequeñez de sus genitales, sentida exageradamente. Desde su infancia intentaba poner todos sus golpes fallidos y sus derrotas bajo la imagen del pene pequeño como causa; apercibía también todas sus vivencias y las agrupaba en esta dirección y según la forma de intuición antitética, conectada con ella, de «masculino-femenino». El «pene pequeño» era para él el concepto límite figurado entre masculino y femenino, y se mostraba, como la actitud del paciente, construido sobre la idea de un hermafroditismo corporal y psíquico y de su tragedia. No es de extrañar que en el análisis psicológico de estos casos, con el modo de apercepción masculino-femenino, que pertenece a los fundamentos de la psique neurótica, se dé con puras relaciones sexuales. Todas ellas han de entenderse como modus dicendi, como jerga y modo de expresión figurado, y han de resolverse en consecuencia, en lo cual la fuerza, la victoria, el triunfo se expresan en una simbólica sexual masculina; la derrota, en una femenina; los artificios neuróticos, en ambas a la vez, casi siempre también en una simbólica perversa o hermafrodita.
En nuestro paciente era fácil adivinar que, además del modo de expresión sexual, tenía también un modo de apercepción basado en la intuición antitética de la inspiración y la espiración, estimulado por la inferioridad de sus órganos respiratorios, incluida la nariz. También el lenguaje que sirve para entendernos mutuamente se sirve de tales imágenes, y un suspiro de alivio de un pecho oprimido puede muy bien revestirse de la imagen de que uno vuelve a tener aire. También una carrera desenfrenada por la primacía, el deseo de ser el primero en la meta, sabía el paciente representarla «pantomímicamente», recordando la carrera de sus años de muchacho, mediante una respiración jadeante. En un sueño de la última época del tratamiento se sirve de la capacidad de silbar, que ha de entenderse figuradamente, para destacar «respiratoriamente» su masculinidad. El sueño dice:
«Me parecía como si 4 personas silbaran. Noto que yo sé hacerlo igual de bien». Poco antes había iniciado una relación con la institutriz de la familia de su hermano casado, y le había preguntado si su hermano visitaba a menudo de noche a su mujer. La muchacha dio una respuesta negativa. Saber silbar es el ideal de todos los niños pequeños, y también las niñas se esfuerzan a menudo por lograr esta actitud masculina. En este sueño hace a modo de prueba una comparación sobre si está a la altura de los miembros masculinos de su familia, y llega, desde esta línea procedente de su sentir de mujer, a la protesta masculina: está a la altura de los cuatro.
También en este caso encontré confirmada mi observación de que el nervioso siente su libido sexual según la índole y la magnitud que exige su meta final ficticia, y puede igualmente representarla así, de modo que se vuelve insostenible toda concepción psicológica que tome el factor de la libido como dado constitucionalmente y vea en sus variaciones y destinos la esencia de la neurosis. En especial, los deseos y excitaciones sexuales son fáciles de arreglar y están siempre subordinados de algún modo a la protesta masculina. Una identificación de la masculinidad con la sexualidad se produce en la neurosis por abstracción, simbolización y lenguaje figurado de los órganos, y este artificio falseador del nervioso llena con imágenes sexuales el contenido de sus pensamientos.
La porfía y la pendenciería encubierta, que están en la más íntima unión con la tendencia a la desvalorización, plantean al psicoterapeuta graves problemas tácticos y pedagógicos. Delatan en todo caso el punto débil, el sentimiento de inferioridad del paciente, que lo empuja a la compensación. Un modo de ver sencillo nos pone en la mano un medio auxiliar para desenmascarar en todo caso la agresión neurótica del paciente. Imagínese uno que el nervioso se siente privado de su plena masculinidad, perjudicado, y observe entonces mediante qué artificios intenta llevar a cabo su complemento o su sobrecompensación. Se encontrarán entonces fácilmente una serie de disposiciones, caracteres, síndromes y síntomas que pueden representar un órgano ideal, pero hay que contar con encontrarse como ante un enigma que primero ha de descifrarse. Pues este órgano ideal, precisamente la neurosis o la psicosis, es sin duda de origen masculino y lleva en sí la determinación de no dejar descender el sentimiento de la personalidad del paciente, sino más bien de acercarlo a su meta final masculina. Pero la ruda realidad se niega tanto al cortejo de esta ficción que tienen que elegirse los rodeos más extravagantes, que se aspira a éxitos parciales y aparentes, casi siempre sin que el paciente se acerque a su meta final. Y una y otra vez, sin la ayuda del psicoterapeuta, al que en raros casos pueden sustituir los destinos de la vida, ante los fracasos se intensifica esta «voluntad de apariencia» y refuerza las líneas abstractas, de principio, de la antigua ficción directriz. Uno de los rodeos principales por los que actúa este órgano ideal — precisamente la protesta masculina — es la tendencia a la desvalorización. Por eso se ha hablado tan a menudo de ella, porque salta fácilmente a la vista para el médico y frente al médico, y expresa siempre la fuerza de la aspiración neurótica. Es también el punto de enlace siempre presente para procurar al paciente la comprensión de sí mismo, y está también en la base de aquel fenómeno que Freud describió como resistencia y que entendió erróneamente como consecuencia de la represión de impulsos sexuales. Con ella llega el nervioso al médico, y con ella, considerablemente debilitada, vuelve, como también el «normal», a casa cuando deja el tratamiento. Solo que entonces su comprensión de sí mismo, acrecentada, está como un guardián ante sus manifestaciones, y obliga así al paciente a indicar otros caminos a su anhelo de lo de «arriba».
No hay que retroceder ante la idea de tomar como medios eficaces de la tendencia a la desvalorización, dirigida también contra el psicoterapeuta, las manifestaciones de duda, la crítica, los olvidos, los retrasos, las exigencias de toda clase del paciente, los empeoramientos tras una mejoría inicial, el silencio pertinaz, así como el aferrarse tenazmente a los síntomas. Difícilmente se errará nunca en ello, y casi siempre la coincidencia de fenómenos tendenciosos en el mismo sentido y su comparación justificarán esta concepción. A menudo se trata de las manifestaciones más sutiles. ¿He de añadir todavía que la más amplia experiencia y el más amplio conocimiento de la tendencia a la desvalorización bastan justo para no ser sorprendido, y que un gran tacto, la renuncia a la autoridad superior, una amabilidad siempre igual, un interés vigilante y el sentimiento sereno de estar ante un enfermo con el que no hay que librar ninguna lucha, pero que él empieza en todo momento, son indispensables para el éxito?
Con un paciente tartamudo resultó necesario explicarle en un dibujo la posición de la laringe. En lugar de llevarse el dibujo a casa, como se proponía, para volver a pensarlo, lo dejó sobre mi mesa. Al día siguiente llegó con un cuarto de hora de retraso, fue primero al retrete, contó lo de otro paciente que se había quejado de mí y, tras un silencio inicial, refirió un sueño que decía así:
«Me parecía como si hubiera contemplado un dibujo. De un círculo partía un cilindro que no iba recto, sino de lado».
La interpretación mostró que se trataba del dibujo de la laringe, en el que la laringe estaba dibujada recta hacia abajo. El paciente polemiza conmigo en el sueño, como si quisiera decir: ¿y si mi médico no tuviera razón?, y me muestra con ello su posición desconfiada, el miedo a ser engañado, pero al mismo tiempo también la tendencia a la desvalorización dirigida contra mí, que se ha manifestado en sus medidas inconscientes del olvido, del retraso, del informe tendencioso, del silencio y por último en un intento a modo de prueba en el sueño de quitarme la razón. Puede esperarse con razón que el paciente emplee su tartamudez para el mismo fin y la emplee contra mí. Pese a muchas oposiciones, me obliga al papel de un antiguo maestro al que a menudo corregía, para poder proceder contra mí con sus antiguas disposiciones.68 Esto se desprendió de sus observaciones al sueño, y además todavía que había tomado y mantenido su enfermedad para asegurarse la superioridad sobre su padre y desvalorizarlo así.
Una paciente que me había sido enviada para tratamiento por depresión, ideas de suicidio, crisis de llanto e inclinaciones lésbicas fue enviada por mí, tras un breve tratamiento, por sospecha de una afección genital, a un ginecólogo, que extirpó un gran mioma y se prometió de esta operación una curación de la neurosis. Tras la operación, la paciente viajó a su tierra y me escribió desde allí que ahora había reconocido que el ginecólogo había tenido razón con su opinión. Ojalá la operación de una condesa, de la que había leído en el periódico, le saliera mejor que con ella. Poco después se presentó en mi consulta, polemizó contra uno de mis trabajos, que se había procurado de algún modo, me declaró su enorme interés por mi tratamiento, contó que su estado era el mismo que antes de la operación y desapareció. Del fragmento de su historia clínica que me comunicó durante el tratamiento resultó, entre otras cosas, que vivía en discordia con todo su entorno, que dominaba por completo al marido, que odiaba la pequeña ciudad y que frente a una amiga hacía sexual y psíquicamente de hombre. Su miedo a tener hijos era enorme; el trato sexual, insoportable, porque el marido le parecía demasiado pesado. Cuando este la visitó una vez durante la cura, soñó el día anterior lo siguiente:
«Me parecía como si toda la habitación estuviera envuelta en fuego».
Indicó espontáneamente que este era un sueño típico, que volvía casi regularmente en la época de la regla. Esta vez faltaba todavía mucho tiempo para su fecha. El sueño se dejaba reconocer claramente como intento de emplear una situación femenina — la menstruación — para la protesta masculina — la negativa al trato sexual —. Una penetración más profunda, que sin duda habría descubierto una enuresis infantil (fuego — mioma, véase el «Studie», apéndice), quedó impedida por la interrupción del tratamiento. Recibí todavía una carta que contenía seguridades de que la paciente quería ahora hacer las paces con su entorno en el sentido que yo le había indicado. Creo que esto le habrá resultado todavía bastante difícil. —
La obstinación, la fiereza, la indomabilidad pueden servir del mismo modo a la prueba que buscan las pacientes para demostrar su escasa aptitud para el papel femenino. Las preparaciones empiezan ya en la primera infancia y conducen poco a poco a destrezas físicas y psíquicas en el gesto, en la expresión fisonómica, en la disposición afectiva y en la mímica, mientras el carácter se configura psíquicamente según la línea directriz ideal e inicia, previsor y presintiendo, la toma de posición del paciente. En muchos casos se encuentran estos rasgos expresados en línea recta, y sirven directamente para representar la protesta masculina. O bien se produce la transformación de forma de la ficción directriz, ya sea por contradicciones que surgen en la línea directriz, en caso de una derrota real o amenazadora, ya sea — lo que habitualmente coincide con ello — por una resistencia de la realidad valorada como insuperable. Arreglando la angustia aseguradora, o el sentimiento de culpa asegurador, o rasgos opuestos aseguradores (la disociación de los autores), se produce entonces la desviación hacia el rodeo neurótico. Pero las disposiciones persisten. Solo que la cautela neurótica inicia la desviación bajo los aseguramientos de la angustia, del sentimiento de culpa, del ataque, cuando el paciente tendría que responder con la disposición afectiva producida originariamente (la rabia, la iracundia, la agresión). A menudo se encuentran recuerdos tendenciosamente agrupados de desmesuras, pensamientos y recuerdos, simulaciones de que uno es ilimitadamente codicioso, sensual, demoníaco, criminal, a veces también imprudencias y accidentes evidentemente arreglados, que como memento de la cautela indican los caminos. O bien la interrupción de la agresión masculina rectilínea se produce una y otra vez justo antes de la decisión, por lo que se distinguen o se explican muchas relaciones amorosas neuróticas. También en dirección perversa puede producirse en estos la desviación bajo el influjo de la tendencia a la seguridad, o la línea de orientación lleva hasta la protección del padre, de la madre, de Dios, del alcoholismo o de una idea. Los intentos de llegar arriba con medios femeninos, de superar al menos a todas las mujeres, conducen a una limpieza exagerada, a la «enfermedad de la limpieza», a la sumisión masoquista o a la coquetería, al afán de agradar y a continuos amoríos en las pacientes femeninas. Siempre se encontrarán, de paso, rasgos o huellas delatoras de que también en estos casos la ficción directriz masculina es todopoderosa y busca alcanzar su meta por estos rodeos. — La elevación de la excitación sexual en algunos de estos casos no ha de entenderse como auténtica, por ejemplo como dada constitucionalmente, sino que se muestra ligada a la ficción y se produce por una atención tendenciosa ininterrumpida dirigida al erotismo. Lo mismo vale de las perversiones y de la libido aparentemente disminuida, que se construyen por rodeos neuróticos. Todas las relaciones sexuales en la neurosis no son más que un símil.
El miedo a la superioridad del hombre y la lucha desvalorizadora contra él se revisten a menudo, a consecuencia de la perspectiva neurótica antitética, de fantasías de castración que han de desvalorizar al hombre. En los sueños de estas pacientes esto sale claramente a la luz y puede demostrarse, en nuestro sentido, por desvalorizaciones simultáneas de otro tipo. Citemos aquí uno de estos sueños. La paciente vino a tratarse conmigo poco después de una operación de fístula, por un pensamiento obsesivo y por estados de excitación. El pensamiento obsesivo decía: «no podré conseguir nada». Ya en nuestro primer encuentro expresó dudas sobre si yo conseguiría algo. La misma línea de la desvalorización iluminaba su sueño. Soñó:
«Grité en el sueño: ¡Marie, la fístula ha vuelto!»
El cirujano le había prometido la curación completa y también había cumplido su palabra. En algunos respectos le está obligado y no quiso cobrar honorarios. La paciente se alteró mucho por ello y lo sintió como un rebajamiento. Se atormentó algún tiempo con pensamientos sobre cómo librarse de su deuda. Marie se llama su criada, con la que nunca había hablado de la operación. Si se produjera una nueva apertura de la fístula, su primer paso sería ir al cirujano, al que le diría lo que pensaba. Marie, una criada, es el cirujano. La paciente plantea el caso que necesita su sentimiento masculino de sí misma: el médico ha operado mal, no ha cumplido su palabra, es a la vez una mujer y un criado. Esta es la manera en que podría conseguirlo todo: si fuera un hombre.
Si se examinan en este sentido los análisis publicados de cualquier escuela psicológica, se encontrará regularmente en ellos el mecanismo de la protesta masculina neurótica. Quiero destacar de nuevo esta conexión con el análisis de un caso de migraña.
De su período infantil contó la paciente en seguida que vivía siempre peleada con los hermanos mayores, porque quería dominarlos. Tales huellas mnémicas, en cuanto se revelan voluntariamente, conducen regularmente a una lucha oculta contra el predominio masculino. Y nunca se engañará uno al presuponer que también otros rasgos de carácter remiten a esta lucha por igualar al hombre. Sin ser influida, nuestra paciente sigue contando que jugaba casi exclusivamente con chicos y que estos la «trataban como a uno de ellos». Este modo de expresarse delata con gran claridad la estimación más alta del sexo masculino, que acerca a las muchachas al padre, lo que fácilmente se malinterpreta como enamoramiento sexual del padre y como perteneciente al «complejo de incesto». El desarrollo de nuestra paciente siguió el mismo curso. Tomó enteramente al padre como modelo y, en especial desde que sorprendió a la madre en una mentira, se esforzó en atribuirse estas cualidades paternas en materia de veracidad y puntualidad.69 Recuerda también que el padre subrayaba a menudo, lamentándolo, que no hubiera nacido varón, y que era su deseo que estudiara. En esta situación se desarrolló naturalmente un sentimiento de la personalidad en el que no podía faltar una aspiración ambiciosa. En cambio, a todos y a ella misma les llamaba la atención su excesiva timidez, que hacía fracasar muchos de sus propósitos. Esta timidez se encuentra con muchísima frecuencia en la historia previa de los neuróticos. Es idéntica al sentimiento de inseguridad en cuanto este se hace valer en el trato con otras personas. El rubor, la tartamudez, la mirada baja, el aislamiento respecto de la compañía de los adultos, la excitación ante los exámenes y el miedo escénico acompañan a menudo el intento de acercamiento o el establecimiento de relaciones con personas extrañas. Por regla general podrán observarse con ello el hermetismo y el descontento. El análisis da como fuente de esta clase de inseguridad, a la que habitualmente se une también un fuerte sentimiento de vergüenza, un sentimiento de inferioridad casi siempre condicionado orgánicamente, inferioridades orgánicas que se hacen valer psíquicamente, defectos infantiles, una fuerte opresión psíquica por parte de los padres o de los hermanos y, por último, también una feminidad real o supuesta que entra tempranamente en fuerte oposición con un miembro masculino de la familia (padre, hermano). La analogía según la cual se apercipen de modo infantil las más diversas sensaciones de perjuicio, de rebajamiento, de inferioridad, es entonces habitualmente la de la pequeñez del pene, que ha de entenderse simbólicamente; son los pensamientos de castración y los pensamientos de un papel femenino en el coito, de fecundación y embarazo, pero también de persecución, de ser pinchado y herido, de caer y de estar abajo. Todas estas ficciones aparecen en sueños diurnos, alucinaciones, sueños, en cuanto no son completamente relevadas por ficciones de la protesta masculina, y expresan un sentimiento de estar perjudicado que se abre paso en el pensamiento: «¡soy femenina!», contra el cual el sentimiento de la personalidad empuja hacia «arriba» e impone la posición de protesta masculina.
De nuestra paciente solo se sabe que tuvo tempranamente barruntos del coito, en una época en que, por falta de una experiencia mayor, todavía no contaba con el carácter definitivo del papel sexual. En tales casos hay que contar siempre con timidez, pudor y duda, y en la vida posterior con miedo al examen y a las decisiones de toda forma, rasgos de carácter que pueden resolverse analíticamente en el sentido de que podría descubrirse en su persona la falta o la deficiencia de los genitales. Habitualmente se encuentran ya tempranamente los caracteres de una igualdad con el hombre buscada, o la búsqueda de ella está en primer plano, mientras que en muchos casos, por un componente de desesperanza, «el color natural de la resolución» está enfermizo70. Como el camino directo hacia la masculinidad está cerrado, o parece cerrado, se buscan rodeos y salidas. En una de estas salidas se encuentran las valiosas aspiraciones sociales de emancipación de la mujer; en otra, su expresión privada, la neurosis de la mujer, la construcción del órgano ideal masculino.
En esta paciente era fácil ver que en su infancia aspiraba al dominio del hombre, de los hermanos y del padre, ya que con la madre había acabado aparentemente con facilidad. El padre cayó por completo bajo su hechizo. La importante conclusión sobre la tendencia de sus síntomas neuróticos puede sacarse fácilmente con algo de práctica: sus dolores de cabeza y su migraña tenían que representar, desde su matrimonio, medios para dominar a su marido. Y en este dominio buscaba un sustituto de la masculinidad que creía perdida.
Conozco la objeción que se alzará en este punto. ¿Cómo, la grave miseria de una neurosis, los terribles dolores de una neuralgia del trigémino, el insomnio, la pérdida de conciencia, las parálisis, la migraña, todo esto se aceptaría por una meta de la caducidad de una igualdad con el hombre? Yo mismo he luchado mucho tiempo contra esta convicción que se me imponía. Pero ¿es muy distinto cuando los hombres soportan toda una vida toda clase de penas por otra pompa de jabón? ¿No está viva en todos nosotros la «voluntad de apariencia» (Nietzsche), y no nos hace soportar males de toda clase? Y además: en este rodeo neurótico hacia la masculinidad se encuentran también, como he mostrado, el crimen, la prostitución, la psicosis, ¡el suicidio! Esto, y además la indicación de la inconsciencia de los mecanismos psíquicos en el alma humana, puedo aducir en favor de mi concepción. Pero la exageración, comprobada por mí, en la estimación de la meta final aparentemente masculina es el pilar fundamental seguro de la terapia psíquica de las neurosis. Y saco de esta objeción, frente a mis pacientes, la aplicación de esforzarme en mostrarles cómo, puestos ante la elección entre un papel natural y la protesta masculina neurótica, han elegido el mayor de dos males.
De la historia previa de nuestra paciente habría que anotar todavía que siempre había tenido aversión a jugar con muñecas, y además que hasta su casamiento su mayor alegría eran la gimnasia y el deporte. Que también estas aspiraciones están al servicio de un sustituto de la masculinidad se desprende, más que de ellas mismas, de la conexión con otros rasgos «masculinos», pero en especial de una especie de insistencia con que la paciente habla de ello. También practicaba apasionadamente el excursionismo, de lo cual, desde el nacimiento de un hijo, que deseaba y esperaba resueltamente varón, solo le había quedado una gran afición a viajar.
Solo hay que evitar el error de suponer, por ejemplo, que los rasgos de carácter aquí descritos, destacados por la propia paciente, son islas incrustadas en el vasto territorio de una vida anímica femenina. Hay que decidirse más bien a suponer que estos rasgos masculinos se produjeron bajo la compulsión de una tendencia dominante, proceden de un plan de vida y aparecieron claramente porque podían, mientras que alrededor de estos rasgos existe un querer masculino poco claro, que solo ocasionalmente se destaca, que se emplea más en impedir y reelaborar impulsos aparentemente femeninos antes de independizarse. En esta lucha de los impulsos masculinos contra los femeninos, el sentimiento de la personalidad se pone enteramente del lado de la masculinidad y aprovecha los impulsos femeninos que surgen insistentemente, entre ellos también el instinto sexual de la mujer, para reunirlos como humillantes, como portadores de peligro,71 agruparlos, agrandarlos y subrayarlos, pero rodeándolos en seguida de puestos de guardia, para que queden privados de su influencia. Estos puestos de guardia — aseguramientos — se extienden casi siempre mucho más allá de la esfera del impulso femenino. Se encuentra siempre que estos aseguramientos y disposiciones vigilantes, entre ellos nuestros síntomas de enfermedad, no solo cumplen su fin de impedir una derrota, sino que llenan a los pacientes de una manera tan sumamente cautelosa que estos acaban por volverse incapaces de todo. Solo entonces queda suprimida la inseguridad primaria, que ha de equipararse al miedo a un papel femenino, pero está desplazada a toda la vida y empuja al enfermo fuera de todos los lazos sociales. En esta línea de retirada encontramos a todos nuestros pacientes, y sus síntomas forman el aseguramiento para que no vuelvan al tumulto de la vida. De ello se desarrolla ahora una imagen del neurótico que a menudo deja reconocer una regresión a circunstancias y relaciones más simples, más infantiles, ya sea que esta se haya efectuado solo tras un desarrollo inicial, ya sea que haya impedido del todo ese desarrollo. Con ello muchas cosas vuelven a ser como en el cuarto de los niños. Las relaciones con la familia se refuerzan enormemente, o en lugar del amor infantil a los padres se desarrolla la antigua obstinación infantil, y ambas actitudes se emplean como imágenes directrices, como si el paciente buscara en todas las personas al padre o a la madre. Aunque con esta ficción entra en contradicción con la realidad, se aferra a ella, porque en la relación de su cuarto de niños tenía seguridad. Kipling cuenta de un moribundo al que observó hasta que el esperado grito llamando a la madre brotó de sus labios. Para comprender este anhelo de seguridad basta escuchar a los golfillos callejeros, que en cuanto se ven en apuros llaman en seguida a la madre. El mismo anhelo de aseguramiento se ha introducido también en la veneración de la Madre de Dios. En las muchachas se encuentra por regla general el anhelo de aseguramiento más pronunciado de modo análogo en la relación con el padre. La fantasía del seno materno, puesta en primer plano por G. Grüner, la he encontrado igualmente solo como empleada por neuróticos cuando querían expresar con ello que solo junto a la madre hay tranquilidad, o cuando tenían ideas de suicidio, deseos de volver a antes del nacimiento. (El hermafrodita «¡Avant, hacia atrás!»72).
También nuestra paciente buscaba de niña y de muchacha este apoyo en el padre, que la mimaba no poco. La madre, como desgraciadamente las madres a menudo, tenía más apego a los hermanos. También este rasgo resulta, en última instancia, condicionado por la estimación más alta del principio masculino, del que el padre, como hombre, puede desprenderse más fácilmente. En especial, la paciente notó pronto que la solicitud del padre aumentaba considerablemente en cuanto ella se sentía indispuesta. Por eso llegó también a una predilección especial por estar enferma, que le valía nuevos mimos, amor y golosinas. Esto debió de significar para ella el sustituto más adecuado de la masculinidad que creía perdida: que se convertía en la soberana absoluta de la casa, podía satisfacer todos sus deseos, también esquivar encuentros desagradables en la escuela y en sociedad, en cuanto se sentía enferma. Más aún, significaba la potencia más alta alcanzable de su sentimiento de seguridad el que el padre la creyera enferma. Y a veces hacía a propósito como si estuviera enferma, es decir, simulaba o exageraba.
Este hecho de la simulación en la infancia se encuentra con muchísima frecuencia en la historia previa de los neuróticos. He llamado ampliamente la atención sobre este fenómeno (en la «Psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie», l. c.) y he mencionado cómo el niño se fingía sordo, ciego, tonto, loco, etc. También E. Jones menciona este hecho en su «Estudio sobre Hamlet», y remite a la analogía del fingimiento de Hamlet con el de la infancia. Ejemplos históricos, como Saúl, Claudio y otros, los hay de sobra, y nos muestran el problema en estado puro. Siempre el pensamiento dominante es en ello: ¿cómo me aseguro contra un peligro, cómo puedo evitar una derrota? Está claro que el neurótico, que apercibe según la analogía «hombre-mujer», ve en el dominio de una situación un equivalente masculino, un sustituto y una protección frente a la pérdida amenazadora de la masculinidad. Y la técnica de la simulación consiste en que la persona establece una ficción y obra conforme a ella como si tuviera el defecto correspondiente, mientras sabe y mantiene que no lo tiene. Ahora bien, el síntoma neurótico, condicionado psíquicamente, se produce, afirmamos, de la misma manera, solo con la diferencia de que la ficción no se reconoce como ficción, sino que se tiene por verdadera, por auténtica.73 Como tan a menudo, la mejor comprensión de esta conexión no puede proporcionárnosla el síntoma neurótico, sino un caso límite que está en medio entre ambos fenómenos. Nos referimos a la psicología de la compasión. Somos capaces de sentir el sufrimiento de otro como si afectara a nuestra propia esfera corporal. Más aún, podemos incluso sentir de antemano el sufrimiento de otro antes de que se haya producido. Ejemplos conocidos de ello son las sensaciones angustiosas, de tirón, de algunas personas cuando ven a otros, criadas, techadores o artistas de circo, en una situación peligrosa, o incluso solo cuando piensan en ello. Este síntoma afecta casi siempre a personas que padecen de vértigo de las alturas, y se comportan ante los peligros de otros exactamente como si ellas mismas estuvieran, por ejemplo, junto a la ventana o sobre una roca. Retroceden bajo el sentimiento de angustia, ponen una distancia de seguridad entre ellas y el lugar, casi siempre nada peligroso; en suma, tienen una sensación como la que tendrían si ellas mismas estuvieran en peligro. Aquí salta claramente a la vista la cautela llevada demasiado lejos, que en los neuróticos es tan fuerte que ni siquiera cruzan un puente, por miedo a caer al agua o a arrojarse a ella. Mecanismos semejantes de la cautela los he encontrado en todos los casos de agorafobia, y nos indican que tenemos ante nosotros a un paciente que quiere esquivar la decisión de si está a la altura de alguna situación que todavía hemos de descubrir, por regla general de la pareja sexual. También en todas las demás fobias, como he mostrado al tratar de la sifilidofobia (Zeitschrift f. Ps., vol. I, 1911, cuad. 9), esta «empatía» (Lipps) con un estado todavía no existente, pero que puede esperarse con alguna probabilidad, produce los síntomas característicos y se muestra como un medio muy adecuado de la tendencia a la seguridad, que en muchos casos sustituye francamente al carácter, nada invencible, de la moralidad. Mirado de cerca, también en la base de todo rasgo de carácter hay una empatía semejante con fines de aseguramiento, como lo muestra claramente para todo el cuadro del carácter la fórmula del imperativo categórico de Kant, cuando este filósofo quiere que el obrar de cada uno se guíe por el punto de vista como si hubiera de elevarse a máxima universal.74
Hay, pues, correspondiendo a las ficciones aseguradoras del simulador, en todos los hombres, pero en especial en los niños predispuestos a la neurosis, ficciones, máximas, principios destinados a llevar a cabo un aseguramiento más fuerte, correspondiente al sentimiento de inferioridad más fuerte de estos niños. Y reducidas a su núcleo, todas estas fórmulas dicen: ¡obra como si fueras un hombre cabal o quisieras serlo! El contenido de este obrar, que casi siempre se califica como pieza sustitutiva, está predeterminado por las experiencias del niño, por la índole de su inferioridad orgánica, pero sufre, por las circunstancias particulares de sus vivencias valoradas neuróticamente, modificaciones especiales que han de reconocerse como transformación de forma.
La inferioridad orgánica determina, por los fenómenos psíquicos de displacer que la acompañan, la dirección de las representaciones de deseo e inicia así en la superestructura psíquica los procesos de compensación. También aquí vemos actuar la tendencia a la seguridad (Adler, Studie, l. c.), y casi siempre de la manera adecuada a su fin de trabajar con un coeficiente de seguridad y dar así ocasión a la sobrecompensación (J. Reich, Kunst und Auge, Öst. Rundschau, 1909). En el desarrollo, por ejemplo, del tartamudo Demóstenes hasta el mayor orador de Grecia, de Clara Schumann, que era audiomuda, hasta una música consumada, del miope G. Freytag, de muchos poetas y pintores con anomalías oculares hasta talentos visuales, y de los muchos músicos con anomalías auditivas, vemos cómo se impone la tendencia compensatoria a la seguridad. Igualmente en todo niño débil que quiere ser un héroe, en el muchacho torpe, de tiroides débil, que intenta llegar a ser corredor veloz y más tarde siempre el primero.
Pero la dirección de la tendencia a la seguridad, para ajustarse a su meta, tiene que apoyarse en ejemplos. Y ahí el hombre se ofrece al sentimiento de la personalidad del niño de modo mucho más llamativo que la mujer. Más aún, es como si un ejemplo femenino solo pudiera imitarse tras una lucha inicial, y precisamente solo cuando es capaz de asegurar el dominio en la dirección del mínimo gasto de fuerza.
Así ocurrió, como muy a menudo en los casos de migraña, también en nuestra paciente. Su madre padecía de migraña. Numerosos autores han destacado la circunstancia de que tan a menudo pueda comprobarse una «herencia» de la migraña por parte de la madre. Tenemos que abandonar el pensamiento de una herencia de la migraña del mismo modo que el de un condicionamiento orgánico. Ya he aclarado una vez la esencia de esta cuestión («Neurotische Disposition», Jahrbuch Bleuler-Freud, 1908) con el caso de una niña de 7 años, y antes me había convencido a menudo de que al ataque de migraña le precede un sentimiento de inseguridad y de estar perjudicado, y de que el ataque sirve, casi siempre a la manera de la madre, para poner a toda la casa al propio servicio. El marido, el padre, los hermanos lo sufren no menos que el paciente. Y así la migraña ha de ponerse en la serie de las enfermedades neuróticas que sirven para asegurar el predominio en la casa, en la familia. Que este predominio se entiende como masculino, que ha de reducirse al deseo de ser un hombre, resulta del análisis ulterior. Pero una breve consideración sobre la migraña que aparece en la época de la regla nos enseña a comprender también en este caso el descontento con el papel femenino. Conexiones con la epilepsia, la ciática, la neuralgia del trigémino las he conocido a menudo. En mis casos resultó regularmente que estas últimas enfermedades eran en estos casos igualmente psicógenas y habían surgido cuando se hicieron necesarios aseguramientos más fuertes.
A nuestra paciente solo le quedó como esfera de influencia el padre, al que sin duda había ganado por completo, pero cuya conquista nunca pudo cubrir del todo su propia meta, de modo que, como es habitual en la neurosis, podía demostrarse un «¡más, todavía más!», que quería fijar de modo más probatorio la posesión del padre. La madre padecía de migraña, y la época de sus ataques era, como es habitual en los enfermos de migraña, también la época de su dominio exclusivo. Así que nuestra paciente, que ya había comprendido el valor de la enfermedad, hizo como si también ella padeciera de migraña.75 Y logró lo que también logró el hombre primitivo, el salvaje, cuando se creó un ídolo que lo llenaba de estremecimiento: la migraña creada por ella misma. Esta creación del como si, esta ficción, se independizó, de modo que podía despertar dolor y tristeza en cuanto la paciente la necesitaba. La actuación teatral salió tan bien que la paciente, por su valor tendencioso, ya no penetraba la ficción. Más aún, ganó con ella un sentimiento de superioridad y de seguridad frente a su marido, como antes frente al padre, cuando esta seguridad se quebraba ocasionalmente. La empatía masculina en el matrimonio se dirigía, pues, al dominio del marido y al aumento de su ternura. Como en ello siempre había un «todavía», hubo que traer nuevas piezas sustitutivas. Y la más importante de estas formaciones sustitutivas fue no volver a dar a luz hijos. Se había convertido, como en muchos de estos casos (uno lo he descrito en la «Männliche Einstellung weiblicher Neurotiker», Zeitschr. f. Psychoanalyse, cuad. 4, 1910), en un lugar común de la casa que una mujer que padecía tales dolores de cabeza no podía tener un segundo hijo. El insomnio, la imposibilidad de dormirse tras una perturbación casual, la referencia a las dificultades de la vivienda, las medidas de protección y el mimo del único hijo completaban el aseguramiento.
Que estos fenómenos eran solo una nueva cara del antiguo deseo de igualdad con el hombre lo probó ya su primer sueño:
«Estaba con mamá en la estación. Queríamos visitar a papá, que estaba enfermo. Temía perder el tren. Entonces apareció de repente papá. Luego estaba en una relojería y quería comprarme un sustituto de mi reloj perdido».
Frente a la madre, a la que venera extraordinariamente, se siente superior. Igualmente frente al padre, que hace todo lo que ella quiere. Enfermo = débil. El padre murió hace algún tiempo. Poco después de su muerte tuvo uno de sus terribles ataques de migraña. En el sueño revive, y su persona significa para ella una elevación de su sentimiento de la personalidad. Es impaciente desde siempre, teme siempre llegar tarde. Su hermano llegó antes que ella, se hizo hombre. Tiene que darse prisa — «de un salto lo hace el hombre, con cien saltos lo hace la mujer»76 — si quiere llegar a la altura del sentimiento masculino de la personalidad. La víspera del sueño corría al concierto y la había entretenido la madre. Las mujeres llegan a menudo tarde; ella no quiere.
La realidad le recuerda que, sin embargo, como mamá, es una mujer. Este pensamiento está en la imagen de estar con la madre en la estación. Su afecto combativo, que es idéntico a su protesta masculina, se dirige contra el hombre, contra el padre. En el curso ulterior del análisis sale a menudo a la luz el pensamiento desvalorizador de que la mujer es más fuerte, más vital y más sana que el hombre. A ello se añade, como nuevo estímulo para la lucha, que «el padre (el hombre) aparece de repente»77. Esta imagen está tomada de la natación y significa siempre en la perspectiva neurótica el «estar arriba» por oposición al «estar abajo». Así pues, mientras la paciente teme perder el tren, quedarse atrás, sucumbir frente a otro — completando por el contexto: frente al hombre —, nota con una experiencia cada vez mayor que el hombre está delante, arriba. El empleo de una imagen espacial, de una representación espacial abstracta, para ilustrar el sentimiento de postergación se encuentra en la neurosis (véase «Syphilidophobie», l. c.) en la más amplia medida, por su aptitud para preparar la posición de lucha mediante una oposición ficticia, abstracta: ¡nada o todo! Igualmente es un artificio inconsciente muy practicado en la pintura, que — por ser ejercida predominantemente por hombres — expresa a menudo el poder de la mujer, como también el miedo a ella, mediante la colocación espacial más elevada. También en las fantasías religiosas y cosmogónicas se abre paso a menudo la representación de una superioridad en este desplazamiento espacial hacia arriba. — Que en el sueño de nuestra paciente se impone el esquema espacial-antitético según la analogía «hombre-mujer» se encuentra también insinuado en el estar juntas la paciente y la madre — «con la madre» —.
Este primer sueño de la paciente en el tratamiento comienza, pues, con consideraciones sobre el papel del hombre y de la mujer. No hay que dejar nunca, aunque la convicción del psicoterapeuta sobre la importancia de este problema para la neurosis sea inquebrantable, de tomar en consideración sin prejuicios la continuación del sueño, y de esperar y comparar nuevos datos confirmatorios. Las explicaciones ulteriores de la paciente se referían a una cadena de reloj que se había perdido por culpa de su marido. No recuerda la pérdida de un reloj. Preguntada por el significado del reloj puesto en el sueño en lugar de la cadena, la paciente responde con afecto, pero aparentemente «hablando de otra cosa», que no la entristeció la pérdida de la cadena, sino la de un colgante que pendía de ella. — Para abreviar: el reloj que cuelga de una cadena de señora es idéntico al colgante perdido, por el que la paciente se lamenta y para el que busca un sustituto.
El sueño empezaba con una confrontación figurada, puesta en representación espacial, de la feminidad inferior y la masculinidad de valor superior, y termina consecuentemente con una expresión de la aspiración a un «sustituto» de la masculinidad perdida. En esta línea directriz ficticia construida tenían que estar también el carácter, la reacción afectiva, las disposiciones y los síntomas neuróticos, como se mostró también en lo sucesivo. Los rasgos de carácter de la impaciencia, del descontento, de la obstinación y del hermetismo resultaron, pues, como todos los demás, líneas auxiliares secundarias que estaban en dependencia de la ficción directriz para alcanzar una altura masculina.
Capítulo V. Crueldad. — Conciencia moral. — Perversión y neurosis.
El hallazgo de rasgos de carácter crueles en la primerísima infancia puede hacerse con muchísima frecuencia en el análisis de neurosis y psicosis. Ciertamente, se obra mal al aplicar nuestra medida moral a las manifestaciones vitales de los dos primeros años y al catalogar ya como sádicas o brutales las demostraciones de fuerza de tales niños, que en realidad están todavía más allá del bien y del mal, como suele ocurrir a menudo cuando los padres o los educadores cuentan la historia previa de psicópatas. Pues estas manifestaciones solo se vuelven psíquicas, o en nuestro caso neuróticas, cuando sirven a un fin determinado y se construyen para ello con abstracción y con una tendencia previsora.78 Que se construyan siempre a partir de posibilidades y capacidades de lo vivido no autoriza, naturalmente, a suponer un factor constitucional. En efecto, el rasgo de carácter de la crueldad se encuentra siempre solo como superestructura compensatoria en niños que también por lo demás son empujados por su sentimiento de inferioridad a una construcción temprana y precipitada de su ideal de la personalidad. Los rasgos concomitantes de obstinación, iracundia, precocidad sexual, ambición, envidia, codicia, maldad y alegría por el mal ajeno, tal como los impone regularmente la ficción directriz y como ayudan a formar y movilizar las disposiciones a la lucha y a los afectos, dan el cuadro abigarrado y cambiante del niño difícil de educar.
El afán de dominio de tales niños se destaca claramente en la familia y en el juego, casi siempre también en el andar, en la actitud y en la mirada. En el juego y en los primeros pensamientos sobre la elección de una profesión se abre paso su rasgo cruel, a menudo encubierto, y les hace establecer como figuras ideales al verdugo, al carnicero, al policía, al sepulturero, al salvaje, pero también al cochero, «porque puede pegar a los caballos», al maestro, «porque puede pegar a los niños», al médico, «porque puede cortar», al soldado, «porque puede disparar», al juez, etc.79 También el interés investigador se mezcla a menudo en ello, y comienzan el tormento de animales pequeños y grandes y de niños, las consideraciones y fantasías sobre posibles desgracias que a menudo podrían afectar a los allegados más próximos, el interés por los cortejos fúnebres y los cementerios, por los relatos sádicos que producen escalofríos.
El fin inmediato de esta crueldad azuzada es no dejar surgir y hacerse eficaces las posibilidades, siempre presentes y simultáneas, de la debilidad, de la compasión, porque están en oposición con la línea directriz masculina. La difusión general de esta propensión a ser masculino, que ha de conducir a la superioridad sobre el otro, en ninguna parte se muestra tan claramente como en la inocente alegría por el mal ajeno; en el nervioso, ciertamente, esta puede acentuarse muchísimo y emplearse de la manera más absurda para elevar el sentimiento de la personalidad. La Rochefoucauld lo dice a su manera burlona: «en la desgracia de nuestros amigos hay algo que no nos desagrada del todo».
Oí a un paciente reír a carcajadas cuando le informaron del terremoto de Mesina. Padecía fuertes accesos masoquistas. La risa compulsiva aparece a menudo cuando el paciente se ve frente a una persona superior, un maestro, por ejemplo, o un superior que reclama más que la autoridad acostumbrada. En tales pacientes se encuentra una inclinación pronunciada a dominar o atormentar a otros, a veces fantasías sádicas, hasta que se descubre que la compulsión a reír, el afán de dominio y el sadismo se construyen sobre el punto débil del sentimiento de inferioridad para compensarlo. — La piromanía, la alegría por los incendios y la compulsión, apenas reprimible, de pensar en un fuego en el teatro, en la iglesia, o de gritar «¡fuego!», parece remitir, según algunos resultados de nuestra observación, a la inferioridad de la vejiga sensible y de los ojos sensibles a la luz, o bien a preparaciones para compensarla.
Pero a esta línea directriz de la crueldad masculina la amenazan, en nuestra sociedad, con sus imperativos éticos, grandes peligros y accidentes, de modo que solo puede recorrerse a cubierto. Casi siempre se producen desviaciones y rodeos, al recorrer los cuales el rasgo sádico parece haberse perdido por completo o en gran parte. Entonces el nervioso logra asegurarse, mediante la dulzura y la blandura de corazón, la misma superioridad sobre el débil, u opera en la nueva línea con tanta habilidad que de nuevo produce una agresión para dominar y atormentar a otros. A menudo se encuentra en las neurosis obsesivas que han abandonado su línea directriz sádica reforzada y han llegado ahora a ejercicios de penitencia y medidas de aseguramiento que llevan enteramente el mismo carácter de compulsión y no pesan menos sobre el entorno que las antiguas disposiciones afectivas de los pacientes, y que son, por tanto, igualmente aptos para hacer visible el sentimiento de superioridad del nervioso. En los grandes ataques de la llamada «epilepsia afectiva», de la histeria, de la neuralgia del trigémino, de la migraña, etc., el afán de dominio masculino se desvía hacia el camino neurótico de la disposición a los ataques, pero la impotencia del entorno y su sufrimiento salen a la luz no menos, sino más bien más, que en la rabia y la hostilidad abiertas, que en los intervalos se ejercen casi siempre de la manera anterior. Una inclinación a la antiviviseción, al vegetarianismo, a la protección de los animales, a la beneficencia, distingue a menudo a estos buenos conocedores del sufrimiento ajeno; no pueden ver sangrar a un ganso, «pero aplauden cuando su adversario sale arruinado de la Bolsa». Su propensión al sectarismo procede de un rasgo hostil, antisocial, y del mismo modo la violenta impugnación de la valía ajena, que a menudo emprenden antes de tener un juicio. La tolerancia les es ajena, a no ser que ellos mismos la reclamen a gritos.
Si dibujo aquí rasgos que se encuentran en todas partes, son a pesar de ello rasgos de la nerviosidad, difundida en todas partes, y signos de una inseguridad profundamente arraigada. No residen en modo alguno en la naturaleza humana, sino que son más bien formas de la protesta masculina malograda que ha de llevar a cabo el aseguramiento del sentimiento de la personalidad. Si fracasa en una línea principal, se recorren los rodeos neuróticos, y el «estallido» de la neurosis o de la psicosis se produce por la transformación de forma y por el aumento de intensidad de la ficción directriz.
También la criminalidad congénita del niño y del delincuente, tal como la han afirmado Lombroso y Ferrero, tengo que negarla, así como la criminalidad universal del nervioso de Stekel.80 No son otra cosa que formas del instinto de agresión acrecentado por el sentimiento de inferioridad, que se sirve de la línea directriz masculina. El paso a la neurosis claramente visible se produce al abandonar esta agresión rectilínea. Donde falta el miedo a la decisión, fruto temprano de la neurosis aseguradora, y donde se alza una fuerte tendencia a desvalorizar la vida, el honor y los bienes del prójimo, surge el crimen.81
Pero en la neurosis desarrollada se encuentran las huellas mnémicas de la crueldad y de la criminalidad, así como las de la sexualidad, tendenciosamente exageradas, falsamente agrupadas y retenidas. Mediante la imaginación de una conciencia moral exagerada y de sentimientos de culpa exagerados, la protesta masculina es apartada de la agresión rectilínea y dirigida a vías construidas de blandura de corazón. Solo por el afecto que estalla temporalmente, en el análisis del ataque, por rasgos de carácter que se destacan ocasionalmente, como tan a menudo al estallar una psicosis, y por la meta final de los rodeos neuróticos y de los rasgos de carácter desviados de su dirección, por el hecho del establecimiento de un dominio pese a toda sumisión, del tormento de otros mediante el tormento de sí mismo, y por las mezclas de agresiones originarias y rectilíneas que surgen ocasionalmente, se nota que la antigua meta exagerada subsiste y que solo una transformación de forma de la ficción ha dirigido la aspiración hacia otros caminos, a veces aparentemente opuestos.
Así, tras un período del todo agresivo, en el presentimiento o al sufrir una derrota, los rasgos codiciosos, brutales, violentos del psicópata pueden acercarse mejor, o incluso de modo demasiado insistente, a las imágenes directrices generales de la moral mediante el establecimiento de una instancia ficticia, la conciencia moral, del mismo modo que a partir del sentimiento de inferioridad se recorrieron las líneas del querer egocéntrico, malvado. «Así que estoy decidido a ser un malvado»82: de esta y parecida manera se configura, solo imperceptible e inconscientemente, el plan de vida ficticio de muchos neuróticos, hasta que una mirada al abismo arranca de los lugares peligrosos al presa de un repentino vértigo y le obliga a un aseguramiento más fuerte de lo absolutamente necesario. La conciencia moral se construye, bajo la presión de la tendencia a la seguridad, a partir de las formas más simples del prever y de la autoestimación, se dota de los signos del poder y se eleva a divinidad, para que el hombre pueda construir impecablemente sus líneas de orientación, para que se oriente más fácilmente en la inseguridad del acontecer, para que tenga la elección entre los asideros y los modos de lucha a los que le conduce su voluntad de poder.
Pero incluso para poder aplicar mejor los asideros produce el nervioso esta transformación de los rasgos de carácter. Así cuando, en el miedo a la pareja sexual, en perspectiva neurótica, le atribuye de manera totalmente general y por principio rasgos de carácter egoístas, crueles, solapados. Entonces buscará gustoso entre sus recuerdos e impulsos, y exagerará, aquellos que confirman su carácter como cordial, dulce y franco. También, para probarlo, obrará a menudo como si sus virtudes tuvieran la realidad de lo innato e imperecedero.
Hay que tocar todavía una cuestión importante. Casi todos nuestros pacientes nerviosos vienen a nosotros en el estadio de la virtud, es decir, tras la derrota. Tenemos que contar, pues, con descubrir trabajosamente su protesta masculina, menos en rasgos de carácter y disposiciones afectivas rectilíneos que en las desviaciones neuróticas, en los aseguramientos reforzados y en el análisis de sus sueños y de sus síntomas neuróticos. Resultará que la imagen directriz ficticia infantil solo se ha vuelto más eficaz, y, para los últimos casos mencionados, que los síntomas neuróticos conducen con más fuerza a la desvalorización de otros que las antiguas líneas directrices de la crueldad y de la manía de atormentar. Pues todas estas líneas están tendidas entre la inseguridad originaria del constitucional o subjetivamente inferior y su idea ficticia, inalcanzable, de la personalidad. Por mucho que el sadismo, las perversiones, la libido sexual, o, sumariamente, la protesta masculina y las líneas constructivas del carácter se remonten a los días de la infancia, siempre están construidos según un plan de vida y se muestran dependientes de él. La liberación del sadismo de las disposiciones neuróticas — según Freud: de lo inconsciente y de la represión — ha de equipararse, por ejemplo, a una reconducción de la neurosis a un estadio anterior, a la época anterior a la derrota. El rendimiento científico de Freud, por importante y lleno de consecuencias que haya sido para la comprensión de la neurosis, no dio una imagen correcta de la psique neurótica. Las disposiciones neuróticas de las intensificaciones afectivas, los rasgos de la agresión exagerada, de la hipersensibilidad y de las cualidades de carácter compensadoras rectilíneas necesitan ser liberados de su exageración. Igualmente las inclinaciones perversas neuróticas, construidas a veces tempranamente, que han de acudir en ayuda del miedo general a las decisiones mediante una formación de compromiso. Por eso hay que aspirar a la supresión del sentimiento de inferioridad y de la tendencia a la desvalorización que de él resulta — estos dos polos importantes de toda actitud neurótica — mediante la comprensión y la reflexión del paciente. Pues ellos, como sus analogías sexuales (sadismo, masoquismo, fetichismo, homosexualidad, fantasía incestuosa, aumento o debilitamiento aparente del instinto sexual), se han convertido ya en fundamento de la neurosis.
Capítulo VI. Arriba-Abajo. — Elección de profesión. — Sonambulismo lunar. — El carácter antitético del pensamiento. — Elevación de la personalidad por la desvalorización de otros. — Celos. — La ayuda neurótica. — La autoridad. — El pensamiento en opuestos y la protesta masculina. — La actitud vacilante y el matrimonio. — La actitud hacia arriba como símbolo de la vida. — Masturbación compulsiva. — Afán nervioso de saber.
La abstracción de los conceptos «arriba-abajo» desempeña evidentemente en el desarrollo cultural de los hombres un papel enorme, que probablemente se vincula ya al comienzo de la marcha erguida de la humanidad. Como todo niño repite este acontecimiento en la serie del desarrollo cuando se levanta del suelo, y la educación, también por principios higiénicos generales, ayuda mucho a hacerle desagradable, más aún, repugnante, el «estar abajo», el pegarse al suelo y el arrastrarse por él, este desarrollo superior en la edad infantil puede contribuir no poco a valorar más alto lo de «arriba». Una indicación segura se encuentra en el comportamiento de los niños pequeños que se tiran al suelo obstinadamente, y quieren también, sin duda, ensuciarse con ello para hacerse valer frente a los padres, pero que delatan con ello que en ellos germina el concepto de «estar abajo» como ficción de lo prohibido, de lo sucio, de lo pecaminoso. En este gesto psíquico de los niños pequeños hay que ver sin duda también el modelo de rasgos neuróticos posteriores, fuertemente sobreconstruidos, en especial de la conducta pseudomasoquista.
Otras impresiones, como las que pueden obtenerse abundantemente también de los conocimientos de la psicología de la cultura y de la religión, han debido de tomarse de la impresión de los cuerpos celestes. Como el niño, también los pueblos primitivos llegaron a sentir equiparados el sol, el día, la alegría, la elevación, el «estar arriba», mientras que muy a menudo relacionaban lo de «abajo» con el pecado, la muerte, la suciedad, la enfermedad, la noche. La oposición de «arriba-abajo» en los sistemas religiosos modernos no se encuentra con menos claridad entre los antiguos. De un trabajo de K. Th. Preuss sobre «los dioses del fuego como punto de partida para comprender la religión mexicana» (Mitteilungen der Anthropologischen Gesellschaft in Wien, 1903) tomamos la configuración particular de esta oposición y de la unión de «abajo-arriba». El dios del fuego es a la vez el dios de los muertos, que habitan con él en el lugar del descenso. Como imágenes del «arriba-abajo», es decir, de la caída al reino de los muertos, valían las vasijas volcadas, los hombres que caían, y en esta oposición espacial se captaban pensamientos de actividad conservadora y destructora o aterradora.83
Además actúan configurando el concepto espacial de «arriba-abajo» sensaciones e impresiones de la infancia que agudizan todavía la oposición. El caer, caer hacia abajo, es doloroso, ignominioso, deshonroso, a veces punible. No raras veces es la consecuencia de una falta de atención, de poca cautela, y por eso puede también recoger duraderamente estas huellas sensoriales como recuerdo admonitorio, de modo que el «estar abajo» puede sentirse como expresión elocuente del «haber caído», de la falta de atención, de la torpeza, de la derrota, no sin desencadenar, o al menos estimular, la protesta que se dirige contra el sentimiento de inferioridad que se añade.
Se encuentran además mezclados en esta categoría del «abajo-arriba», en la que con cada uno se piensa a la vez el otro, en normales y en neuróticos, razonamientos que expresan una oposición de victoria y derrota, de triunfo e inferioridad. En particular, en el análisis aparecen huellas mnémicas de montar a caballo, de nadar, de volar, de escalar montañas, de trepar y de subir escaleras, cuyos opuestos se muestran como el llevar a un jinete, la pesadilla, el hundirse en el agua, la caída, el despeñarse, la inhibición de un movimiento hacia arriba o hacia adelante. Cuanto más abstracto y figurado se vuelve el recuerdo, en el sueño, en la alucinación, en algunos síntomas neuróticos, tanto más claramente se perciben transiciones que muestran un componente sexual; en ello el principio masculino, a menudo solo en el sentido de una fuerza mayor, se representa como lo de «arriba», y el femenino como lo de «abajo». Que las peleas y sus resultados apoyaban esta valoración es fácil de reconocer.
En los juegos preparatorios de los niños para la vida (Karl Groos) se encuentra regularmente este impulso hacia «arriba». Igualmente en los pensamientos infantiles sobre profesiones futuras. Con el progreso del desarrollo psíquico se encuentra regularmente el efecto de freno de la realidad, de modo que la abstracción de lo de «arriba» intenta revestirse de algún modo concretamente. En ello actúa con muchísima frecuencia la cautela a la manera del vértigo de las alturas, y convierte el deseo de ser techador en la elección de la profesión de arquitecto, hace del aviador un constructor de máquinas voladoras, del deseo de las niñas de llegar a ser como el padre, el realizable de dominar como madre.
La tendencia a la seguridad y la protesta masculina aprovechan al máximo las líneas directrices resultantes del «querer estar arriba». Bajo la presión de esta ficción, el neurótico se ve obligado unas veces a la resolución masculina, a la lucha y a la disputa, a la apremiante precipitación, otras veces a un obrar cauteloso, vacilante, dubitativo. Se ve así en condiciones de plantear el cálculo de su vida, y esto también en casos que todavía escapan a la atención del otro. Más aún, tiene que olfatear, retener, abultar o arreglar situaciones cuyo valor nos parece demasiado escaso. Sigamos esta conducta en detalle.
Una muchacha de 25 años, de baja estatura, se presenta quejándose de frecuentes dolores de cabeza, estallidos afectivos, desgana para el trabajo y para la vida. Por todas partes se perciben huellas del raquitismo. La historia infantil descubre un enorme sentimiento de inferioridad, que se mantenía en tensión continua en especial por la preferencia de la madre por un hermano menor y por la superioridad intelectual de este. El deseo más ardiente de esta paciente había sido siempre: ser grande, muy lista y ser un hombre. Las actitudes preparatorias para alcanzar este ideal masculino de la personalidad las tomó, en la medida en que pudo, del padre. Donde, como niña pequeña y tonta, le faltaba esta posibilidad, aseguró su sentimiento imaginario de la personalidad mediante disposiciones afectivas de iracundia y de rabia, mediante la simulación de tontería, torpeza y enfermedad, y no en último lugar mediante el arreglo de la pereza frente a sus allegados, en especial por obstinación contra la madre. Paso por alto las líneas de la masculinidad, de la maldad y de la obstinación construidas por ella; tampoco quiero exponer su ardiente ambición ni su propensión a la mentira y a la fanfarronería, sino que me limitaré a mostrar cómo en la manía de «estar arriba» se reúnen todos estos rasgos y sirven a la tendencia a la desvalorización. Con este fin quiero partir de uno de sus sueños, que contiene una modesta indicación sobre la psicología del «sonambulismo lunar». El sueño dice:
«Me he vuelto sonámbula84 y me he subido a la cabeza de todo el mundo».
La paciente había oído hablar hacía unos días de lunáticos. En sus intentos de explicar esta imagen onírica aparece una serie de pensamientos ambiciosos, que entre otras cosas se revisten también de una imagen sexual de predominio sobre su futuro marido. De antes recuerda imágenes oníricas que la representan montando a un hombre,85 montando a caballo. Nunca he tratado a un verdadero sonámbulo lunar. Pero en esbozos se encuentra ocasionalmente insinuado este síntoma neurótico. Resulta ser, como el sueño de vuelo, el sueño de subir escaleras, etc., la expresión dinámica del «querer estar arriba» en el sentido de la agresión masculina. En un paciente que mostraba un fuerte componente masoquista encontré esforzados intentos, durante el sueño, de llegar hasta el techo de la habitación por la pared, con los pies por delante. La interpretación mostró que el paciente, desde una situación fantaseada o real valorada como femenina, se volvía por inversión a la protesta masculina, al mismo tiempo que daba expresión a esta, mediante su aspiración a lo de «arriba», en un modus dicendi simbólico.
El segundo pensamiento del sueño, «me he subido a la cabeza de todo el mundo», da el mismo sentido. La paciente emplea aquí un giro corriente para expresar que es superior a todos. Su afán de subir solo ha de entenderse dialécticamente, en una antítesis, del mismo modo que en general el pensamiento del neurótico inseguro se mueve habitualmente en una dirección tajantemente antitética, en un «o lo uno o lo otro», en una abstracción captada según el esquema de la oposición de masculino-femenino. Los innumerables caminos intermedios no cuentan, porque los dos polos neuróticos, el sentimiento de inferioridad por un lado, y el sentimiento de la personalidad exagerado por el otro, bajo la tendencia a la seguridad reforzada, solo dejan llegar a la apercepción los valores más opuestos.86
El razonamiento de este sueño nos permite adivinar las disposiciones neuróticas de la paciente. En efecto, su protesta masculina, su inclinación a rebajar a otros, su ambición, su susceptibilidad, su obstinación, su intransigencia, su terquedad son bastante llamativas. La importancia psíquica de su dolor de cabeza asoma en este sueño. El análisis realizado hasta entonces había mostrado, en efecto, que el síntoma aparecía siempre en caso de sentimiento de un rebajamiento, de estar perjudicada, de una «feminización»; dicho con las palabras del sueño: cuando alguien «se le subía a la cabeza». En las fases del dolor de cabeza, es decir, mediante la construcción de esta «disposición al dolor» con la consiguiente alucinación dolorosa, quedaba sustraída al dominio de todos, en especial de la madre, podía aumentar su sentimiento de la personalidad de modo semejante, solo que con más fuerza, que mediante la obstinación, la pereza y la terquedad; en suma: «se había subido a la cabeza» de los demás.
En los niños esta propensión a lo alto es inconfundible y coincide muchas veces con el deseo de ser grandes. Quieren que los levanten en alto, trepan con preferencia a sillas, mesas y armarios, y unen casi siempre a esta aspiración la idea de mostrarse desobedientes, valientes, masculinos. Cuán cerca linda con ello la tendencia a desvalorizar a otros se desprende de su alegría cuando han superado entonces «en estatura» al adulto. El aumento del instinto de agresión se muestra a menudo claramente en los niños tempranamente neuróticos en esta exhibición. Así ocurre ocasionalmente que pacientes infantiles se suben sin cesar, en el consultorio del médico, a sillas, bancos y mesas, y muestran así su menosprecio.
El peligro de caer, de los accidentes en esta aspiración a lo de arriba, así como la educación corriente para la cobardía, obligan a la mayoría de estos niños a una transformación de forma de su línea directriz o a rodeos neuróticos, en los que el miedo a la altura, el vértigo de las alturas, se pone como un memento, casi siempre de manera simbólica, ante empresas y riesgos de toda clase y funda así una disposición ya hecha que produce la apariencia de una inhibición neurótica de la agresión. — A veces la manía de la altura pasa en su mayor parte a tendencias a rebajar a otros. La inclinación, en la dementia praecox, a tumbar todos los muebles está tan regularmente unida a rebajamientos del entorno que está justificada la conjetura de que es uno de los rodeos ficticios, abstractos, por los que el psicótico eleva su sentimiento de la personalidad. — En forma figurada se manifiesta esta colocación más baja de otros en la maledicencia, pero en especial en los celos neuróticos y en el delirio celotípico. — Otra clase interesante de rebajamiento la he encontrado en los nerviosos en su solicitud, en su conducta angustiada y en sus temores por el destino de otras personas. Se comportan como si los demás fueran incapaces de cuidar de sí mismos sin su ayuda. Siempre dan consejos, quieren llevarlo todo a término ellos mismos, encuentran siempre nuevos peligros y no descansan hasta que el otro, espantado y desanimado, se confía a sus manos. Los padres nerviosos causan con ello mucho daño; también en el amor y en el matrimonio se producen de este modo muchos roces. Uno de mis pacientes, al que en su infancia atropellaron dos veces, unió su sentimiento de la personalidad dañado a este recuerdo, y cada vez que tenía compañía llevaba angustiado del brazo al otro al cruzar la calle, como si no le creyera capaz de pasar al otro lado sin ayuda. Muchos se preocupan cuando sus allegados usan el tranvía, nadan o van en barca, dan sin interrupción instrucciones a las niñeras, y prosiguen también su tendencia a la desvalorización con críticas exageradas y con reprimendas. En la escuela, en la oficina, siempre se encontrarán en los maestros y superiores nerviosos estos rebajamientos quisquillosos. En el ejercicio de la psicoterapia es una exigencia principal eliminar disposiciones semejantes, aunque el paciente las provoque. Esta exigencia viene a ser la renuncia a una autoridad opresiva. Quien ha conocido la hipersensibilidad del nervioso sabrá con qué facilidad se siente rebajado. Uno de mis pacientes, que padecía de histeroepilepsia y se comportaba siempre como si quisiera subordinarse por completo, cayó una vez sin conocimiento ante mi puerta. En tales «accidentes» puede reconocerse claramente la tendencia a la desvalorización. Todavía en estado crepuscular se dirigió a mí como «maestro» y balbuceó que traería una carta. Tras el ataque me confirmó que esta vez había venido a disgusto. El análisis mostró que me había convertido en maestro — lo que en todo momento era posible a partir de la situación — para ganar la distancia de lucha necesaria, para poder obrar como si, igual que en la escuela, estuviera obligado a venir y tuviera que traer una justificación por escrito. Una vez que se había puesto afectivamente en esta situación de inferioridad, podía hacer actuar las disposiciones compensadoras derivadas de ella para rebajarme. —
Una muchacha de veinte años padece la representación obsesiva de no poder ir en ningún tranvía, pues siempre que sube le surge el pensamiento de que al mismo tiempo podría bajar un hombre y caer bajo las ruedas. La resolución mostró que esta neurosis obsesiva representa la protesta masculina de la paciente en la imagen del «estar arriba», según la cual el hombre tendría que ir a parar «abajo», ser rebajado, cargar con el daño que inflige a la mujer.87 A ello la tendencia a la seguridad reforzada añade todavía la construcción previa de la angustia, que ha de seguir satisfaciendo el miedo al hombre: aun en el caso de que su superioridad estuviera asegurada, todavía no podría decidirse a casarse, pues su futuro marido lo pasaría muy mal con ella. — Desde este punto se comprende la aspiración, a menudo incomprensible, de algunas muchachas y mujeres neuróticas a exigir a su pareja los mayores sacrificios y las pruebas más duras, en cuanto esperan llegar con ello a una elevación de su sentimiento de la personalidad, a la apariencia de la igualdad con el hombre.
El pensamiento en opuestos tajantes es, pues, ya por sí solo un signo de la inseguridad, y se atiene a la única oposición real, la que hay entre hombre y mujer. Con ello queda dado ya también un juicio de valor que fluye imperceptiblemente en toda «antitética» (Joel), porque esta se efectúa siempre según la imagen de la descomposición del hermafrodita en una mitad masculina y una femenina. Platón ha dado quizá la expresión más pura de esta idea. Y la intuición humana no ha podido librarse, hasta Kant, de las garras de su ficción creada por ella misma. — Pero a la oposición de los sexos y a la valoración más alta del principio masculino, unida a ella, se aferra el niño predispuesto a la neurosis para escapar de su inseguridad y para encontrar líneas de orientación para su idea directriz de la personalidad. Así ocurre que esta ficción directriz recibe un aspecto masculino, y que en todo lo que vive y aspira el nervioso se impone la protesta masculina como principio ordenador e impulsor. En el símbolo antes mencionado de la oposición espacial «arriba-abajo» puede expresarse excelentemente la oposición de los sexos. Y así se hace comprensible que en cada uno de nuestros análisis psicológicos tenga que destacarse de algún modo esta expresión de un esquema tajantemente antitético. Si para ello se sacan refuerzos de los hechos reales de la primera infancia y de sus impresiones, de observaciones del trato sexual en hombres o en animales, o si no es la conciencia de altura del hombre la que ha fijado la situación normal del trato sexual, es una cuestión abierta.
El «querer estar arriba» de la mujer nerviosa está impuesto por su imagen directriz masculina y representa el intento de una identificación con el hombre. La insistencia y la «rigidez de pensamiento» con que esto ocurre, aunque sea por rodeos neuróticos, atestiguan la inseguridad y el miedo originarios de que algún día se estará «abajo», rebajada, se será femenina. Así llega la idea trascendental de la personalidad a su poder dominante, porque promete la compensación, el apaciguamiento del sentimiento de inferioridad «en el más allá». «Quiero estar arriba, quiero ser un hombre», dice entonces cada gesto, «porque temo ser oprimida y maltratada como mujer». Con ello se refuerzan la ambición, la envidia, etc., y una desconfianza extraordinariamente agudizada se vuelve tempranamente contra toda posibilidad de perjuicio. Pero ante los rebajamientos reales se inflama la protesta masculina y conduce, ya por motivos insignificantes, a menudo nimios, a los conocidos y desagradables roces de los nerviosos con su entorno, para los que la porfía y el amor a la justicia por principio, la agudeza y la perspicacia tercas del nervioso, forman las disposiciones y los asideros, el órgano de ataque adelantado, para ayudar al sentimiento de poder a confirmarse. En ello nunca, en especial en épocas de mayor inseguridad, se echará de menos la «búsqueda de lo de abajo», la mirada agudizada para las humillaciones y ofensas sufridas, para los perjuicios y postergaciones, ni tampoco los arreglos de depresión, angustia, arrepentimiento, sentimientos de culpa y remordimientos. Entonces se colocan aseguramientos más fuertes, se construyen nuevos síntomas y rodeos neuróticos, los rasgos de carácter neuróticos se vuelven más regidos por principios y más abstractos, y se destaca el cuadro desarrollado de la neurosis.88 Con ello queda bien tramada la revuelta para lograr un sentimiento de la personalidad más alto; la introducción la forman el estar enfermo mismo y la disposición a la enfermedad, que de algún modo se explota como medio de poder frente al entorno. —
Una paciente de 21 años viene a tratarse por grave depresión, insomnio y pensamientos obsesivos de que tiene que morir. Resulta que siempre había tenido rasgos de carácter neuróticos. La neurosis obsesiva estalló cuando se puso seria una relación con un hombre que quería casarse con ella. Esta situación patógena típica saca a la luz el «no» neurótico, y mientras la paciente hace sus preparativos para el matrimonio, sin vacilar en dar el sí, arregla la neurosis y se comporta como si no quisiera casarse. En todos estos casos, sumamente frecuentes, el paso siguiente es un junctim, que dice así: si me curo, si pierdo mis estados, etc. (en los hombres a menudo: si llego a ser potente), me casaré. Mediante este junctim, que equivale a una vacilación, a una duda, a una cautela especial, el paciente se libra de toda responsabilidad, ha echado en secreto el cerrojo hasta nueva orden, pero puede hacer como si quisiera abrir la puerta con mucho gusto. Los rasgos de la desconfianza, de la porfía, del afán de dominio y del «querer estar arriba» se destacan claramente en el análisis, y puede percibirse fácilmente que el miedo a no estar a la altura de la pareja, la amenaza al sentimiento de superioridad en el amor o en el matrimonio, exige la retirada secreta y construye el síntoma neurótico. No raras veces se encuentra una valoración tendenciosa de la propia sexualidad, de la que, sin prueba alguna o con ayuda de recuerdos de los que todo el mundo dispone, o también mediante la escenificación de falseamientos inconscientes, se busca la impresión de que es demasiado pequeña o demasiado grande para arriesgarse a un matrimonio.
Las comunicaciones ulteriores de la paciente se encaminaban a explicar que no podía emprender nada, porque en todo le surgía el pensamiento de que de todos modos era inútil, pues todos tienen que morir. Como se ve, un pensamiento absurdo que al mismo tiempo está lleno de sentido, y que sobre todo detiene el tiempo y el desarrollo y hace imposible a la paciente la entrada en el matrimonio. La convicción de que la paciente solo había venido al médico obligada, de que no aspiraba en absoluto a una curación, sino que solo exigía la prueba de la incurabilidad, resultaba, pues, por sí misma. Uno de sus sueños muestra mucho de esta constelación. Decía así:
«Viene a verme un médico que me dice que, cuando me vengan pensamientos sobre la muerte, salte y cante. Entonces los pensamientos desaparecerán. Luego traen a un niño (vacilando)... uno más grande. Tiene dolores y llora. Le dan una medicina para que se calme y se duerma».
El médico del sueño la trató una vez cuando de niña enfermó de escarlatina. En el sueño habla con palabras que ella ha oído una y otra vez durante su enfermedad actual a sus allegados y a los médicos. Le da consejos como a una niña, que no sirven de nada. Estos pensamientos apuntan a mí y expresan la expectativa de que tampoco mis medios servirían de nada. Naturalmente, este sueño fue soñado en una noche en la que durmió, por primera vez tras un largo período de insomnio. Como la paciente ve en ello un éxito parcial del tratamiento, reacciona con una agresión más fuerte: tampoco mis medios valen nada. Pues... La segunda escena es la circunscripción de un parto. El realce vacilante del «tamaño» del niño muestra dónde se detienen los pensamientos de la soñante: en un niño pequeño, en un recién nacido. La expresión «traen a un niño» (complétese: al mundo) está tomada de la representación del parto y la encubre en la representación esquemática del sueño. El polvo que recibe el niño es el somnífero de la paciente de un tratamiento anterior, una indicación de que también los dolores pertenecen a la paciente, es decir, al parto. Con otras palabras, la paciente expresa aquí: no puedo dormir porque pienso en el parto con sus dolores. Parto, dolores, muerte: en ello ve su destino seguro; por eso piensa en la muerte, para no tener que dar a luz.
El aseguramiento exagerado contra el parto es una transformación de forma y de intensidad de su ficción masculina. Para asegurarse contra el papel femenino emprende el rodeo neurótico, fija con tendencia anticipadora el pensamiento del parto y de la muerte como memento, y prefiere ser una niña y recibir un polvo antes que ser curada psicoterapéuticamente. Pues su curación significa la inserción en el papel femenino. Ahora la lucha se vuelve, con tendencia agudizada, contra el médico que quiere curar el insomnio. Tiene que seguir siéndole superior, tiene que dejarle decir tonterías y dictarle que la trate como la trataron de niña, con un medicamento. La neurosis obsesiva representa su filosofía privada aseguradora de la vanidad de todo lo que existe.
Con nuestra manera de psicología de las neurosis se gana siempre la impresión de que el gesto neurótico que entra precisamente a la vista está dirigido con precisión a la finalidad, al fin último ficticio, algo así como cuando en una película del cinematógrafo se examina uno de los fotogramas centrales. La tarea consiste ahora en reconocer este gesto, precisamente los síntomas, las disposiciones y los rasgos de carácter, y en aprender a comprender su meta. En toda actitud neurótica están escondidos, en esbozo, el comienzo y la meta.89 Esta comprobación es el fundamento de todo método de la psicología individual y coincide con nuestros demás hallazgos. Por eso en el análisis de un síntoma o de un sueño se volverá a encontrar cada vez, en huellas, lo de «abajo» — la sensación de lo femenino, de la inferioridad — y lo de «arriba» — la protesta masculina, la meta final ficticia —, a la manera de una actitud psíquica dirigida hacia arriba, en una imagen «hermafrodita» captada de modo fuertemente antitético, en el rodeo neurótico, que como tal caracteriza la tendencia a imponerse contra las resistencias mediante artificios, o bien desplegado, de modo que en la alternancia y en la oscilación de los fenómenos psíquicos sale a la luz unas veces lo de «abajo» y otras lo de «arriba». — A menudo este «querer estar arriba» se expresa de modo fuertemente figurado, en especial en los sueños, pero también en los síntomas, y se impone simbólicamente como carrera, como vuelo hacia lo alto, como ascensión a una montaña, como subida de una escalera, como salir a flote en el agua, etc., mientras que lo de «abajo» se representa por la caída, en suma, por un movimiento hacia abajo. Con igual frecuencia se encuentra empleada simbólicamente para la misma expresión la imagen o el hecho del coito. Quiero informar aquí sobre los sueños de un paciente que, a partir de recuerdos de debilidad y de una conducta llamativamente femenina, temía por su futuro masculino. Un sueño de su primera infancia, que lo llenó largo tiempo de espanto, le mostraba la imagen de cómo era perseguido por un toro. Como hijo de campesinos, comprendió tempranamente que este perseguidor masculino emprendía una carrera contra una vaca, que representaba al paciente mismo. Cuando había de ir a la escuela, dirigió sus pasos derecho a la escuela de niñas, y hubo que llevarlo por la fuerza a la escuela de niños. Concebía inconscientemente su vida como una carrera, para la que hacía sin cesar preparativos. Cuando pretendió a una muchacha, su amigo le desbancó. Cuando estaba a punto de casarse, temió la superioridad de su futura mujer, cayó en la masturbación compulsiva, tuvo poluciones acumuladas y le sobrevino un temblor que le estorbaba en sus trabajos y en el ascenso en la oficina. Naturalmente, estableció el junctim de casarse solo cuando se curara, un pensamiento que parece prudente y justificado, pero que permitía al paciente operar en secreto, como detrás de un velo, contra el matrimonio, del que temía un rebajamiento de su sentimiento de la personalidad. El temblor representaba en ello el comienzo presentido de una parálisis que temía a causa de excesos masturbatorios. Una vez que se había asegurado de este modo, necesitaba todavía la confirmación de su padecimiento incurable, y así se presentó llorando a los médicos. Nuestras conversaciones me dieron la imagen de un hombre incansablemente ambicioso, que siempre quería rebajar a los demás, pero que retrocedía ante una decisión seria. También las relaciones amorosas eran en él, en lo principal, medios para obtener la prueba de su masculinidad superior. Por impetuosamente que pudiera pretender a una muchacha, en el momento en que ella le correspondía perdía para él todo atractivo. Además, cuando se acercaba al compromiso, iniciaba otras relaciones sin perspectivas, o las configuraba sin perspectivas, corría así tras sus calabazas, para poder estimarse inferior, por la sensación de su falta de influencia, también frente a su futura novia. De ello sacaba luego una y otra vez de nuevo el impulso para operar en secreto contra el matrimonio aparentemente deseado. Uno de sus sueños decía:
«Estoy con mi viejo amigo y hablo con él de un conocido común. Dice: ¿de qué le sirve su dinero, si no ha aprendido nada?».
También el viejo amigo, que desbancó a nuestro paciente ante una muchacha, suspendió en la Realschule inferior (Unterrealschule)90 y abandonó los estudios. El paciente le es superior, pues ha terminado la escuela técnica. Profesa la sublime doctrina: el saber es más que el dinero, en especial porque esta profesión de fe favorece su ficción de estar arriba y lo consuela. El conocido común está aquí en lugar de la muchacha rica pretendida por ambos. La carrera comienza de nuevo. Nuestro paciente es declarado vencedor por su rival. —
Un segundo sueño de esa noche lo hace más claro. El paciente sueña «como si hubiera hecho caer y deshonrado a una muchacha del pueblo bajo». La ficción de este sueño dice, con un matiz todavía más claro, que él está «arriba». La muchacha antes pretendida está aquí rebajada en el sentido del paciente, empobrecida, y reconoce en él a su señor. —
Muy brevemente quiero mencionar en este lugar que la pluralidad de sueños en una noche se explica porque se han emprendido varios intentos de prever, de solución a modo de prueba de un problema. Con ello resulta regularmente que — como es fácil de comprender en los nerviosos — un único camino hacia la idea directriz de la personalidad no basta a la cautela. El sueño se vuelve entonces, bajo el influjo de la tendencia a la seguridad que va más allá, todavía más abstracto, más figurado, y tras la interpretación de todos los sueños de una noche se tienen varias actitudes psíquicas, de cuya comparación se hace mucho más clara la dinámica de la neurosis. En el caso anterior, el rival se somete en el primer sueño, y la riqueza de la muchacha, su poder, queda desvalorizada en cuanto a la valía. El segundo sueño ha quitado a la muchacha también este poder, la ha llevado a la situación femenina, «abajo», y esto con la más amplia abstracción, de modo que a la muchacha en cuestión ya no le ha quedado nada personal, solo su papel subordinado. — Por lo demás, el paciente expresa varias veces el pensamiento de que para él solo sirve una muchacha inculta del campo, frente a la cual él sea siempre la persona dominante.91 También la muchacha que quiere elegir por novia lo asusta por su inteligencia. Este es el rasgo de muchos neuróticos que les hace elegir siempre por debajo de su nivel social, y así se producen pensamientos y hechos como el de elegir para el amor o el matrimonio a una prostituta, a una niña, las inclinaciones necrófilas, etc. En todos los casos semejantes podrá observarse la tendencia a la desvalorización frente a la pareja, que ha de iniciar el rebajamiento de la mujer mediante la construcción de desconfianza, celos, afán de dominio, principios y exigencias éticas.
Otro sueño muestra la carrera de manera muy drástica. «Iba en el tren y miraba por la ventanilla si el perro seguía corriendo detrás. Pensé que habría reventado de correr, que habría caído bajo las ruedas. Me daba pena. Entonces se me ocurrió que ahora tenía otro perro, pero que es torpe». Con su viejo amigo y rival había ido a menudo en bicicleta compitiendo, y casi siempre se quedaba atrás. Ahora que su amigo está socialmente peor situado que él, «el amigo puede correr detrás de él», como se dice en Viena cuando uno presume de su superioridad. La transformación en perro es un producto de la tendencia a la desvalorización y bastante frecuente. En un caso de dementia praecox observé que el enfermo daba a todos los perros los nombres de personas femeninas importantes. El perro representa también a su futura novia, que también le disputa la primacía. Su muerte le liberaría de su miedo; igualmente quedaría libre si ella diera oídos a un segundo pretendiente, como a menudo le susurra su desconfianza, si cayera bajo las ruedas. Si ocurriera este caso, lo sentiría. En el sueño pone este caso como ocurrido y anticipa su tristeza. El «perro torpe» es una muchacha que por esa época le había hastiado con su complacencia, y con la que también había terminado.
Su aversión a las personas que están «por encima» de él es ilimitada y de principio. Una noche soñó: «Nuestro orfeón daba un concierto. El sitio del director estaba vacío». La sociedad a la que pertenecía tuvo una vez que cantar sin el director, porque este había perdido el tren. Esta situación le parece la más adecuada: ¡no necesitamos director! De esta índole es el gesto habitual en todas las situaciones en que no es él el director. —
Como en los nerviosos masculinos, también en las femeninas la masturbación compulsiva brota de la tendencia a esquivar una decisión y a seguir así «arriba». En las fantasías masturbatorias de las muchachas se encuentra a menudo a la mujer en el papel del hombre. También la posición que se adopta en ello es a veces la del hombre. En los hombres, la masturbación sirve: 1. para probar que uno puede quedarse solo; 2. como pretexto y como impedimento del trato sexual, que se teme a causa de la superioridad de la mujer; procede, pues, de la tendencia a la seguridad. Si la situación trae la necesidad de aseguramientos más fuertes, aparece la impotencia o la neurosis desarrollada, no como consecuencia de la renuncia a la masturbación, sino como aseguramiento reforzado. — Las fantasías masturbatorias de los nerviosos tienen a menudo un componente masoquista o sádico, según la fase de la protesta masculina a cuya representación sirven.
Entre las acciones preparatorias y las disposiciones neuróticas que han de servir al aseguramiento hacia «arriba», ocupan un lugar destacado la curiosidad, el instinto de investigación, la inclinación a quererlo ver todo, el «instinto voyeurista» de los autores. Estos impulsos son siempre la prueba de una inseguridad primaria, para cuya compensación se trazan las líneas de orientación de la investigación. Sirven, especialmente en la neurosis desarrollada, secundariamente a los fines de la demora, al plan de esquivar la decisión, y en la vida, especialmente en el erotismo, se transforman muy a menudo de medio en fin, al que se refieren todos los impulsos de la psique. Investigar, buscar la verdad, querer orientarse en todo, la conocida minuciosidad neurótica: estos son entonces los rasgos que tienen que construir y elevar o proteger el sentimiento de la personalidad.
Capítulo VII. Puntualidad. — Querer ser el primero. — La homosexualidad y la perversión como símbolo. — Pudor y exhibición. — Fidelidad e infidelidad. — Celos.
Un fenómeno frecuente en los nerviosos se refiere a su actitud de principio en la cuestión de la puntualidad. Conforme a nuestras exposiciones sobre la pedantería nerviosa, está justificada la expectativa de encontrar entre los pacientes bastantes personas puntuales. Así es en efecto. Pero puede hacerse fácilmente la observación de que precisamente estos pacientes juegan con el pensamiento de cómo sería si hicieran esperar al otro, un razonamiento que insinúa la oposición al otro. Con todo, en esta actitud de la puntualidad queda tanta agresión que estos pacientes exigen con gran dureza de todos la misma puntualidad, y por consiguiente se ven a menudo en el caso de activar sus asideros y sus disposiciones neuróticas a los ataques ante la impuntualidad de otros. — En otros casos se encuentra que el orgullo ordena llegar regularmente tarde, lo que entonces, cuando otros tienen que esperar, se siente, bajo un torrente de disculpas más o menos sostenibles, como elevación del sentimiento neurótico de la personalidad. Este «llegar tarde» se presta muy especialmente a sustituir el miedo a las decisiones. La sociabilidad queda amenazada en primer lugar, e igualmente quedan pronto eliminados los deberes profesionales, así como las relaciones con amigos y personas amadas. Las admoniciones son del todo infructuosas, pues la actitud obstinada solo las capta como confirmaciones en su persistencia. El nervioso puede dominar la situación con su eterno llegar tarde y poner a sus allegados ante un problema insoluble. La elección de esta línea de carácter se produce a menudo según una analogía buscada: «porque también entre mis hermanos vine al mundo tarde, como el segundo, como el último», «¡porque no vine más tarde, en lugar de un hermano menor, de una hermana!». — Se ve cómo, mediante un junctim neurótico — sentimiento de inferioridad y orden de nacimiento de los hermanos —, se crea una amplia base de operaciones duradera para la lucha por la superioridad. — Los pacientes que en todas partes llegan demasiado pronto muestran también por lo demás siempre el rasgo de carácter de la impaciencia. En un sentimiento de estar perjudicados temen una y otra vez nuevas pérdidas, y se aseguran creyendo firmemente en su «mala estrella». También en estos nerviosos se encuentra a menudo como antagonista a un hermano mayor con el que están como empeñados en una carrera, una ficción analógica, pero en modo alguno la causa de su conducta.
También unos derechos de primogenitura ficticios se convierten a menudo, para los niños nacidos después, en acicate para elevar su idea de la personalidad, del mismo modo que en general, según mi experiencia, los hijos segundos y posteriores muestran la mayor inclinación a la neurosis y a la psicosis, y con seguridad la mayor ambición.92 En su conducta neurótica aparece a menudo como analogía figurada la historia de Jacob y Esaú, como indicación de que se trata de ser el primero. Sus preparaciones y disposiciones apuntarán siempre a no dejar valer a nadie, a transformar toda relación con los medios del amor y del odio de modo que salga a la luz su superioridad. La tendencia a la desvalorización va a menudo más allá de todo límite. Este tipo no retrocede ante perjudicarse a sí mismo con tal de poder herir con ello al otro. — En la transformación de forma de la línea directriz se llega a menudo a ideas como la de César: mejor el primero en la aldea que el segundo en Roma; mejor desempeñar el papel de dominador junto a la madre, junto al padre, que exponerse a una suerte incierta en el matrimonio, etc. — Frente a los superiores, los maestros, los médicos, se agitan a menudo pensamientos de odio. Son casi siempre aguafiestas en sociedad en cuanto su superioridad no se destaca claramente, y rompen a menudo, al poco tiempo, toda relación de amistad y de amor si el otro no se subordina sin voluntad. Muy a menudo su comportamiento es desde el principio brusco y hostil, pues están ya en lucha antes de que el otro lo barrunte. No pueden soportar que alguien esté o vaya delante de ellos, y esquivan todo examen escolar, porque les es insoportable la superioridad del examinador. Que todos estos fenómenos puedan apuntar en última instancia al medio familiar, que desemboquen a menudo en la intención inconsciente de que la familia tiene que cuidar de ellos, es un paso más en la demostración de la importancia y de la trascendencia de la idea de la personalidad de estos pacientes. A veces se dedican a su neurosis como otros se dedican a la captación de herencias.
A menudo se esconde en la aspiración neurótica de un paciente masculino de querer ser el primero para la mujer — ya sea que hurgue con celos y desconfianza en su vida anterior y se crea siempre engañado, ya sea que vigile en tensión si la mujer podría preferir a otro — el miedo a la mujer como expresión del sentimiento de una masculinidad imperfecta. Solo seguridad quiere entonces tener el nervioso en este punto, y llega a veces hasta imponer a la mujer toda clase de pruebas. En los celos que entonces se encienden, se dan por sí mismos los asideros por medio de los cuales se rebaja a la mujer, y el sentimiento de la personalidad del nervioso celoso se eleva con ello tan claramente que a menudo no es capaz de separarse de la acusada con razón o sin ella. Este último hecho, que puede observarse a menudo, depende enteramente de la idea directriz masculina del paciente. No puede soportar el pensamiento de que podrían abandonarlo, y reconstruye entonces los hechos de tal modo que el amor, la compasión, el miedo a una desgracia que podría alcanzar a la mujer o a los hijos, le impiden dar el último paso.
Muchas veces el afán de querer ser el primero, de impresionar a todos, se construye sobre un sentimiento de inferioridad que se refiere, con razón aparente o sin ella, a la pequeñez de la estatura o de los genitales. En la neurosis desarrollada el paciente interrumpe, más o menos lejos de la ocasión en que tendría que dar pruebas de sí, mediante el arreglo de un síntoma neurótico. Como síntoma frecuente de este tipo pude observar el rubor compulsivo.
En forma más débil se encuentra la tendencia a querer ser el primero como rasgo de carácter universalmente humano, y junto con él encontramos también regularmente inclinaciones combativas en todos los hombres. La carrera en la vida empieza precisamente ya en la primera infancia y se crea sus órganos psíquicos y sus rasgos de carácter de salvaguardia. Así se encuentra a menudo en los niños, como rasgo de carácter destacado, que quieren ser los primeros en comer, en beber, que les gusta correr delante para estar en el lugar antes que los demás. No raras veces, hacia los 5 años, juegan a echar carreras con cada coche, y muchos juegos infantiles deben su origen a la idea de la carrera. Algunas personas conservan esta inclinación toda la vida en forma de un gesto inconsciente; en sociedad tienen que ir siempre a la cabeza, o redoblan sus pasos cuando en la calle alguien quiere adelantárseles. En sentido figurado, esta misma tendencia llama la atención en que sus portadores practican el culto a los héroes, en lo cual el sentido más profundo, el de ser uno mismo héroe, Aquiles, Alejandro, Aníbal, César, Napoleón, Arquímedes, sale a la luz de paso, delatando así a la vez la ficción directriz y el sentimiento de inferioridad originario. También la semejanza con Dios aparece como ficción seductora y se muestra a veces en el cuento, en la fantasía y en la psicosis. Hemos destacado que, en este estado de las disposiciones y de los rasgos de carácter, todos los lazos de la amistad y del amor están amenazados, y, cuando la inseguridad más fuerte lo exige, empuja al paciente a la duda, le hace establecer espantajos o figuras ideales con los que se asegura duraderamente frente a la realidad. Caricatura de César, busca ahora a la madre, la pequeña ciudad, las circunstancias pequeñas; a veces vaga sin descanso de una residencia a otra, como si las circunstancias exteriores tuvieran la culpa de su desgarramiento. A menudo, en esta neurosis desarrollada, el instinto sexual del paciente se dirige a niños, a personas de baja condición, a rameras; se construyen y se mantienen inclinaciones homosexuales, perversas o masturbatorias, porque el paciente espera dominar así más fácilmente la situación. Pues el miedo a la mujer permite tan poco una relación amorosa natural que el nervioso, para esquivar su derrota temida, llega también a la salida de la ejaculatio praecox, de las poluciones y de la impotencia.
De modo semejante les ocurre a las mujeres nerviosas de este tipo, en las que a menudo la rivalidad en sociedad, con amigas en la gran ciudad, con hermanas, con la hija y con la nuera, hurga en secreto, obliga a aseguramientos neuróticos y actúa así enfermando. En los nerviosos masculinos, a veces la posición social conduce al desarrollo de la neurosis en cuanto la primacía en los negocios, en la ciencia, en el goce, entra en cuestión y es disputada.
Donde el sentimiento de inferioridad del hijo menor forma la meta directriz ficticia según el primogénito o el nacido antes, son los más diversos bienes, reales y supuestos, los que aguijonean el deseo y la envidia del hijo menor. Casi siempre le llamarán la atención al pedagogo rasgos como la envidia por la estatura del hermano mayor, por su vello, por el tamaño de sus genitales. Que en estos juicios se trata de valores ficticios se me puso de manifiesto también con ocasión del tratamiento psicoterapéutico de dos hermanos, cada uno de los cuales había envidiado en la infancia al otro por tener los genitales más grandes. Igualmente se toma como punto de ataque una preferencia, real o que está en la naturaleza de las cosas, por el hermano mayor. Que lo lleven al teatro, de viaje, que tenga más experiencia en el problema sexual, que tenga actividad sexual, que lo prefieran las muchachas y el servicio femenino, puede llenar de infinita amargura al hijo menor si existe un sentimiento de inferioridad. Pues este estado de ánimo melancólico, a veces desesperanzado, está significativamente preparado en nuestros pacientes por sensaciones tempranas de inferioridad orgánica y puede alcanzar grados increíblemente altos. A veces la competición le parece al niño sin perspectivas. Desvía su tendencia masculina hacia el lado pseudomasoquista93 y quiere ahora alcanzar su meta directriz masculina subrayando fuertemente sus sensaciones de enfermedad y de debilidad, inclinándose y sometiéndose desmedidamente, con la esperanza de ganar así la protección de los padres y de los más fuertes, el dominio sobre ellos y con ello el aseguramiento anhelado en la vida. He visto casos en los que catarros prolongados en la infancia (la diátesis exudativa de Czerny) se mantenían mediante un continuo carraspear y resoplar, conducían a espasmos de estornudo y a asma (véase la teoría del asma de Strümpell), y al mismo tiempo ficciones femeninas de embarazo y de castración, unidas a sensibilidades anales exageradas, producían un componente homosexual que ha de entenderse simbólicamente. En uno de estos casos, la actitud femenina ficticia había llegado tan lejos que el paciente, en la transformación de forma de su línea directriz, llegó a identificarse con la hermana menor. Y como la madre mostraba una llamativa inclinación a llegar siempre tarde, tomó esta percepción y su deseo de estar en lugar de la hermana nacida después como motivo directriz para llegar regularmente tarde en todas partes en la vida, también conmigo en el tratamiento, un fenómeno que no desapareció al descubrirlo, sino solo tras producirse la curación. En estas actitudes femeninas se aspira a la protesta masculina por un rodeo a través de las líneas femeninas; está regularmente flanqueada por fantasías diurnas, irritabilidad, porfía, descontento, y por regla general el miedo al examen, a las decisiones, a la pareja sexual, la empuja a extravíos, de modo que se encuentran a menudo impulsos perversos, onanismo compulsivo y poluciones. Los fenómenos iniciales de inferioridad orgánica pueden haber desaparecido o estar presentes todavía como resto. A veces pueden demostrarse pequeñez y anomalías de los genitales externos, pero por regla general solo se manifiestan psíquicamente por el miedo a no impresionar a la pareja sexual. Este estado afectivo conduce a menudo a celos mezquinos, a la manía de atormentar y a inclinaciones sádicas, que quieren imponer la prueba de la potencia, del ser amado.
A menudo el orgullo del paciente es tan grande que ni siquiera se da cuenta de sus celos. Conforme a nuestra concepción, como solución de esta constelación psíquica resulta que la protesta masculina, junto a otros efectos, produce también la represión de los celos, para no dejar descender el sentimiento de la personalidad. La consecuencia de esta represión es escasa; a lo sumo, el paciente cae en situaciones poco claras. Pero en general obra como si estuviera celoso, y esto a menudo con tal claridad que todo el mundo lo sabe y solo el paciente no lo percibe. A veces, ciertamente, estos celos se enmascaran con depresión, dolor de cabeza, huida a la soledad, etc. —
Quiero añadir todavía el sueño de un paciente que vino a tratarse conmigo por depresión y angustia social, porque, en la interpretación parcial emprendida por el propio paciente, presenta muchos de los puntos que acabamos de describir de la carrera de un neurótico con su hermano mayor.
«Me parecía como si hubiera hecho una apuesta con mi hermano Josef de llegar antes que él a un lugar determinado, no señalado en el sueño».
«De repente me vi en un pequeño automóvil de tres ruedas en la carretera, y me esforzaba por dirigir el auto lo mejor posible con una pequeña manivela parecida a una llave, que solo podía tomar entre el pulgar y el índice. Conducía muy inseguro y me sentía incómodo. Fui a parar también a caminos laterales por los que no podía seguir. La gente con la que me cruzaba se asombraba y se reía. Me vi obligado a cargarme el auto a la espalda y a volver a la carretera. Allí seguí conduciendo de la misma manera». —
«De repente me vi con mi vehículo de tres ruedas en una habitación de una posada que conocía bien y que está en un monte cercano a mi pueblo natal. Empujé entonces mi auto a un rincón y no me ocupé más de él. — En el mismo local ya había llegado antes que yo mi hermano; además estaba sentada allí una familia que conozco bien, muy endeudada, compuesta por el señor y la señora M. y sus dos hijas. Mi hermano y yo no nos ocupábamos de ellos. Entonces el señor M. vino a nuestra mesa, habló con nosotros, y finalmente fuimos con él a la mesa de la familia, lo que no me resultó agradable».
«El pensamiento de una apuesta surgió en mis conversaciones con mi hermano. Me aconsejó que no me atara pronto a aquella muchacha frívola con la que quería casarme, y me contó de su vida qué malas consecuencias puede tener esto para un hombre que aspira a subir. Lo comprendí y prometí obrar en su sentido. Él siempre acogía tales promesas con mucha incredulidad. Esto me excitó a hacer una apuesta. En años anteriores, cuando yo todavía no sabía nada de lo que llevaba consigo en lo más hondo de su interior, me parecía un modelo, y rivalizaba con él por llegar a ser como él en carácter, en manera de pensar, en modo de presentarme. Ahora veo que en muchas cosas no debo ser como él, para no ir a parar a caminos semejantes».
«Con un auto se puede alcanzar la meta antes que a pie. Pero este auto representa evidentemente a la mujer a la que me había encadenado. Un auto de tres ruedas es más imperfecto que el de cuatro ruedas; le falta algo. Igual ocurre con la mujer. El hombre es perfecto. A ello el contraste: la pequeña manivela. Ya en mi primera juventud buscaba algo en las niñas. Había algo en ellas que no me resultaba claro. A menudo nos atraía meternos debajo de un puente, y sin embargo no sabíamos qué esperábamos ver por encima de nosotros a través de las rendijas. En aquella época — podía tener cinco años — no tenía la menor idea de los procesos sexuales («inseguro»), y tampoco había caído en ningún extravío sexual. Pero puedo recordar que ya en aquella época algo me atraía hacia las niñas. — «La pequeña manivela del auto» indica al mismo tiempo que también frente a la mujer poseía una manivela (pene) demasiado pequeña o ninguna, por lo que la muchacha tenía que llegar a serme superior». —
«Con mi auto, es decir, por la mujer, fui a parar a caminos laterales que no podía recorrer en absoluto y que no me acercaban a la meta que quería alcanzar, a mi camino hacia la altura».
«Me cargué el auto a la espalda; la mujer estaba así más que nunca por encima de mí».
«La posada en la que por fin me volví a encontrar con mi hermano está en la cumbre de un monte; esto indica mi ardiente deseo de alcanzar algún día algo grande en la vida, como lo había esperado de mi hermano».
«Que me encontrara con una familia muy endeudada indica que a menudo me he hecho pensamientos exagerados sobre cuánto le cuesta propiamente la mujer al hombre, y que la mujer es con demasiada frecuencia la causa del endeudamiento».
«Me es claro que en el sueño intervienen también razonamientos sobre la masturbación (caminos laterales, endeudamiento), así como la falsa conexión entre masturbación y atrofia de los genitales. A esta última atribuía la inseguridad frente a mi novia, para cuyo alejamiento (al rincón) tomaba, sin saberlo, todas las disposiciones. Mi estado depresivo apunta a la misma meta: demostrar, libre de la mujer, mi superioridad en la vida». —
En nuestra fisiognómica del alma, como la cual resumimos la caracterología, hemos hablado ya a menudo de aquellos rasgos de principio, muy salientes, que, como una prueba insistente de la masculinidad, han de apoyar y elevar el sentimiento de la personalidad, como si hubiera que temer un desclasamiento, la revelación de un papel femenino. Así nos muestra el pudor exagerado de algunos nerviosos — hombres que no pueden entrar en un urinario público, que padecen de «tartamudez urinaria» en presencia de otros, que mediante el rubor compulsivo o la angustia y las palpitaciones se sustraen a toda compañía femenina — la ambición masculina azuzada, que se apoya contra el sentimiento de inferioridad originario. La protesta masculina de estos pacientes, inseguros en su núcleo más íntimo, los empuja a este arreglo, cuyos límites pasan al de la timidez y la torpeza; o se llega a una acción conjunta de estos y otros rasgos, que ocasionalmente pueden también sustituirse. A menudo se encuentra en personas nerviosas de ambos sexos una incapacidad para tomar, a la vista de otras personas, el camino del retrete, a menudo apremiante. El mayor pudor de las personas femeninas, en especial de las nerviosas, en todas las relaciones de la vida, procede de este miedo, tomado de la primera infancia, de que pudiera dirigirse la atención a su sexo. Me he convencido a menudo de que los rendimientos de muchachas y mujeres sufren considerablemente bajo esta impresión más o menos inconsciente; más aún, de que a menudo el progreso en el desarrollo mental — exactamente igual que en los pacientes masculinos que se sienten poco viriles — y el establecimiento de relaciones sociales, profesionales y amorosas quedan inhibidos en el acto en cuanto la paciente cae en una situación «femenina» o subordinada, o presupone esta expectativa en otros.
Este resultado no queda afectado en ningún respecto cuando salen a la luz, como fuente aparente de la inhibición de la agresión, excitaciones sexuales abiertas o «reprimidas». Pues están igualmente arregladas, tienen el fin de aumentar el miedo a la pareja y de hacer que se produzca con seguridad la retirada predeterminada en el plan de vida; son, pues, también actos de la cautela. Pero a esta cautela había apuntado el nervioso ya en su infancia, y en ella se reflejan, como línea directriz del pudor asegurador, el sentimiento de vergüenza y la mojigatería de la cultura. Del pudor exagerado se puede saber por la historia previa de las pacientes, a veces también de las que por lo demás mostraban un modo de ser de chico, y puede observarse en los niños nerviosos cómo evitan angustiados todo desnudarse y echan de la habitación a todos los presentes, y también cierran, sin duda, las puertas con llave cuando tienen que desvestirse. Esta conducta se percibirá a menudo también en niños que crecen entre niñas. La protesta masculina de estas últimas se manifiesta en estos casos en un rebajamiento intencionado y no intencionado del niño, hasta que este llega a ocultar su masculinidad. Para el desarrollo de la neurosis este artificio de la cobardía tiene una importancia de graves consecuencias. Equivale a eventuales pensamientos y deseos posteriores de castración del neurótico, a deseos de ser una mujer, en cuanto el miedo a la mujer le parece actual o en cuanto quiere huir de una decisión. ¡Y, sin embargo, ha surgido originariamente de la compulsión de una ficción supermasculina, lo que puede verse fácilmente por los rasgos de carácter que lo acompañan, que a menudo lo sobreviven, del afán de dominio exagerado, de la ambición ardiente, del anhelo de quererlo tener todo, de ser en todas partes el primero, por las disposiciones afectivas de la iracundia y de la rabia, por la tendencia a la desvalorización y por la cautela excesiva!
Si el pudor nervioso ha de equipararse, pues, al intento secreto de querer hacer de hombre, esta «conciencia del papel» (Groos) se destaca con más claridad en el rasgo de carácter aparentemente opuesto de la impudicia nerviosa. En realidad, esta última línea resulta ser refuerzo y continuación de la primera, recordatorio insistente al entorno de que uno es un hombre. La idea directriz que produce la disposición o la costumbre del gesto exhibicionista, y con ello al mismo tiempo, a menudo, una insistencia hiriente, falta de tacto, frente al entorno, delata en detalle el fuerte componente masculino. Así cuando en muchachos u hombres nerviosos irrumpe el exhibicionismo sexual o se manifiesta habitualmente en determinados descuidos del atuendo. En todos los casos semejantes se encuentra la fe en el poder del falo construida, exactamente como en los cultos religiosos antiguos, como conciencia masculina de poder, y asegurado de este modo el sentimiento de la personalidad. También van mezclados regularmente rasgos narcisistas, de modo que en estos casos la actitud victoriosa, acompañada de coquetería, de incapacidad para creer en una negativa, salta especialmente a la vista del observador. — En las muchachas impúdicas este rasgo, por insólito, se destaca todavía con más claridad. En palabras, en el vestido, en el comportamiento, a veces solo en pequeñeces, a veces de modo obsceno o en forma de coprolalia, demuestran su mala adaptación, su descontento con el papel femenino. La base de operaciones resulta entonces, para ambos sexos, de tal manera que cada uno exige del otro el reconocimiento o una obediencia exagerada. En el análisis de tales muchachas neuróticas, a veces solo en sus sueños y síntomas, se encuentra la expectativa infantil de una transformación en el sexo masculino, y por lo demás, en todos los casos, como sustituto intentado, la voluntad de poder, el deseo de estar arriba. Si se encuentran dos personas de este tipo, ocurre no raras veces que la línea directriz masculina reforzada del uno actúa provisionalmente sobre la persona femenina a la manera de un milagro, de un talismán, porque también en su meta directriz está contenida la fe milagrosa en la masculinidad y en su fuerza mágica. Así a menudo les es dado a ambos el cumplimiento de un destino que parece casual, pero que está dado por la fuerza inherente de su idea de la personalidad. — A menudo se encuentra una conducta impúdica en muchachas nerviosas como anticipación de su expectativa ficticia; se comportan como si fueran un muchacho, un hombre, se muestran desnudas o viven en síntomas nerviosos, sueños y fantasías su retorno masculino. Muchas veces se observa en tales pacientes el intento de atribuir, con transformación de forma de la ficción, el poder mágico del falo a otras partes del cuerpo, por ejemplo a las propias manos, a los pies, a los pechos, que, desplazados así a lo masculino, son tomados en especial favor como fetiches y gozan de una veneración narcisista, como a menudo también los genitales o el cuerpo entero. Este fetichismo se transfiere casi regularmente a las prendas de vestir y constituye una gran parte de la fuerza mágica de la moda, de la que hemos de suponer, pues, que, como el fetichismo mismo, ha de considerarse sustituto de una masculinidad que se cree perdida y que hay que buscar una y otra vez, con su mayor esfera de influencia.
Igual que la impudicia, la infidelidad neurótica por principio de algunas pacientes enfermas está hecha según la imagen masculina exagerada, apercibida. Nos indica uno de los caminos impuestos por la meta final masculina; como muchos de los rasgos de carácter neuróticos, a menudo solo es ideal, asunto de estado de ánimo o de concepción del mundo (Marczinowsky), o solo llega hasta aquel límite donde empieza la realidad del papel femenino. Mucho más a menudo se encuentra como aseguramiento, en el miedo al hombre, la virtud de la fidelidad. Las fantasías de infidelidad, a veces hasta con fuerza alucinatoria o en sueños, se dan a veces ante una fuerte opresión real o supuesta por parte del hombre, a la manera de pensamientos de venganza, o para llevar a cabo aseguramientos mayores en la propia esfera, también atrayendo y sometiendo con más fuerza al hombre. Las fantasías de prostitución indican en estos casos la perspectiva neurótica, exageradora, sobre la fuerza del instinto sexual y sirven al mismo fin del aseguramiento. En general, en las pacientes que hablan con facilidad de su sexualidad está justificada la conjetura de que pintan con gran exageración su espantajo. La realidad habla siempre en su favor. En las muchachas se encuentra a veces en primer plano la sagrada convicción de su infidelidad. Puede concluirse de ello que también un solo hombre les sería demasiado, que quieren protegerse contra el amor, pero en especial contra el matrimonio: «pues ¿a qué fin habría de llevarme mi pasión?». También la infidelidad efectiva de algunos neuróticos masculinos y femeninos se remonta a menudo al miedo a la pareja única, cuya superioridad temen. La comprensión de los síntomas concomitantes, la angustia a quedarse solo, la agorafobia, la angustia social, etc., la conducta antisocial, la fijación de defectos infantiles, la enfermedad misma, la desvalorización del otro sexo, dan siempre nuevos asideros para reconocer el fin masculino ficticio de estos rasgos de carácter. A menudo el amor desdeñado da el sentimiento del rebajamiento de la personalidad en tal medida que el odio, la indiferencia o la infidelidad se producen como protesta masculina.
En este lugar hay que añadir todavía algunas observaciones que pude hacer en celosos nerviosos. Siempre se trata de la búsqueda de pruebas de la propia influencia sobre la pareja, y toda situación medianamente útil se aprovecha para el experimento. La insaciabilidad con que el nervioso pone entonces a prueba a su pareja indica claramente su escasa confianza en sí mismo, su baja autoestimación, su inseguridad, de modo que es fácil reconocer cómo sus aspiraciones celosas sirven para hacerse recordar más, para atraer más atención sobre sí y asegurar así su sentimiento de la personalidad. En todo caso se verá revivir el antiguo sentimiento de estar perjudicado y postergado, a menudo por los motivos más nimios, con la antigua actitud infantil de quererlo tener todo, de querer obtener de la pareja la prueba de su superioridad. Una mirada, una conversación en sociedad, una palabra de agradecimiento por una ayuda, manifestaciones de simpatía hacia un cuadro, hacia un autor, hacia un pariente, incluso un trato considerado con los criados, pueden tomarse como ocasión de la operación. En los casos más graves se tiene la clara impresión de que el celoso no pudiera llegar a la calma porque, a causa de sus deficiencias, no se cree capaz de una felicidad tranquila. Entonces se desarrolla la neurosis, buscando encadenar a sí a la pareja mediante el arreglo de ataques, queriendo despertar su compasión, o bien significando un castigo para la pareja. Los dolores de cabeza, las crisis de llanto, los estados de debilidad, las parálisis, los ataques de angustia y la depresión, el hundirse en el silencio, etc., tienen el mismo valor que la caída en el alcoholismo, en la masturbación, en la perversión o en la disipación. Las líneas de la desconfianza y de la duda — a menudo sobre la legitimidad de los hijos — se destacan con más fuerza; los estallidos de rabia y los insultos, las sospechas globales contra todo el otro sexo son fenómenos regulares, e indican el segundo lado de los celos como preparación para el rebajamiento del otro. A menudo el orgullo impide que los celos se hagan conscientes. La conducta sigue siendo la misma. Las intensificaciones están condicionadas no raras veces porque la otra parte se enfrenta con inconsciente satisfacción al desvalimiento del celoso, funda con ello su sentimiento de superioridad, y por eso no encuentra el tono justo, el gesto adecuado, para limitar al menos el desarrollo de los celos. Los celos de los hijos conducen a menudo a graves errores de educación. La amenaza a la fe milagrosa en los órganos sexuales por los partos o por el envejecimiento hace que en los predispuestos se destaquen casi regularmente con más fuerza los impulsos celosos.
Capítulo VIII. Miedo a la pareja. — El ideal en la neurosis. — Insomnio y compulsión al sueño. — Comparación neurótica de hombre y mujer. — Formas del miedo a la mujer.
En esta lucha de los nerviosos por cumplir la meta directriz masculina no puede faltar nunca, como hemos destacado, que el miedo a la decisión se manifieste de modo destacado como miedo al otro sexo, piedra de toque de la propia fuerza, cumplidor de la idea directriz. Los preparativos para la lucha por la superioridad los hacen las niñas y los niños en la familia, en el juego, en la acumulación de experiencias de toda clase, en la fantasía, en los sueños diurnos, en la participación en acontecimientos reales y en obras literarias, tan tempranamente, tan abundantemente y tan unitariamente, que en la época de la pubertad existen disposiciones seguras para el amor y el matrimonio, y solo por ello quedan predeterminadas dentro de estrechos límites la elección y la dirección del erotismo. ¡Considérese ahora de qué índole será la predeterminación del objeto amoroso en los nerviosos! Ahí están el afán de dominio, la hipersensibilidad, la ambición, el descontento y todos los rasgos de carácter nerviosos, de principio, que hemos descrito; las disposiciones de salvaguardia de la desconfianza, de la cautela, de los celos; la tendencia a la desvalorización, que busca faltas en todas partes; las desviaciones y rodeos neuróticos, que aspiran primero a la propia servidumbre para demostrar desde esta base su superioridad o para huir. El junctim neurótico se entromete y exige para el amor, además, una cualidad difícil o imposible de cumplir, o bien la pareja ha de (Platón y muchos psicólogos sexuales modernos) «completar lo que falta», lo que no significa otra cosa sino que ha de cumplir o representar la idea de la personalidad construida compensatoriamente por el que busca. También el niño normal espera del futuro, y en especial de su elección amorosa, el cumplimiento de sus ideales. Pero en el momento dado es capaz, tras haberse dejado empujar por su idea como medio, de saltar de ella a la realidad y de contar con esta. Otra cosa el neurótico. No puede cambiar por su propia fuerza su perspectiva neurótica, no puede dejar fuera del juego sus principios, que se han vuelto rígidos, no puede mandar sobre sus rasgos de carácter. Encadenado a su idea, lleva también a las relaciones amorosas los antiguos prejuicios y prevenciones, y obra como si estas tuvieran que garantizarle, no la realidad, sino el aseguramiento de su idea, el triunfo de su protesta masculina exagerada. Y pronto llega la decepción. Pues el nervioso la inicia y la favorece como pretexto, como aseguramiento contra el efecto rebajador de la distancia de su finalidad ficticia. Da la base adecuada para proseguir la lucha contra la pareja, para aprovechar toda ocasión de humillarla. Y estas eran precisamente las metas inmediatas de las antiguas posiciones de disposición.
Inconscientemente, el miedo a la pareja sexual flota en el alma del neurótico que crece, como si presintiera para esa época venidera el fin de su ficción masculina y con ello la aniquilación de su sentimiento de la personalidad, de la estrella guía de su inseguridad en el caos de la vida. Establece ideales para desvalorizar la realidad. Eleva su sentimiento de la personalidad, a menudo de manera narcisista, lo más alto posible, para hacer aparecer pequeña a toda pareja. Se rodea del muro del egoísmo más crudo para dar a sí mismo y a otros la prueba de su ineptitud. Arregla de manera neurótica la duda, la inseguridad, la torpeza, mantiene antiguos defectos infantiles, construye nuevas deficiencias, para no llegar. E inventa debilidad, sumisión, impulsos masoquistas, para asustarse. El poder del instinto sexual se le convierte en «idea sobrevalorada» (Wernicke), porque la necesita, y siente su propio deseo sexual como la superioridad del otro sexo. El nervioso es incapaz de amar, no porque haya reprimido su sexualidad, sino porque sus rígidas disposiciones están en la línea de su ficción, en las líneas hacia el poder. Las caricaturas nerviosas de don Juan, de Mesalina, son, pese a su sexualidad, neuróticos. Pero los invertidos y los perversos ya han esquivado el escollo que los amenaza y solo intentan ya hacer de la necesidad... virtud. Y donde aparentemente el pensamiento del incesto produce una inhibición de la vida amorosa, pudimos mostrar que significa un refugio seguro del nervioso que teme la decisión, el camino asegurador hacia la madre o hacia el padre, revestido de un símil sexual.
La huida ante la pareja, en especial la huida ante la mujer, les sale mejor a las personas predispuestas a la nerviosidad que han encontrado tempranamente el camino a una profesión, a una actividad artística. Ciertamente, en medio de su trabajo puede alcanzarlas el miedo a la decisión, al futuro, a la vida, a la muerte, cuando les amenaza un papel femenino, una derrota. Pero a menudo el nervioso encuentra en un trabajo satisfactorio el medio de asegurar su amor propio, o su talento le da ocasión, en la transformación de forma de la ficción, de luchar en el arte por la palma de la masculinidad. No raras veces se impone entonces como motivo y contenido de su creación lo que le ha empujado a los campos aseguradores del arte: el poder de la mujer, el miedo a la mujer.
En esta dirección se halla el magnífico hechizo eficaz que nos habla desde muchos mitos, desde creaciones del arte y de la filosofía: la culpa de la mujer — el trivial cherchez la femme — en toda gran desgracia. De modo extravagante se pinta el pensamiento en Baudelaire: «No puedo imaginarme una belleza sin una desgracia unida a ella»; de modo místico y sublime en el mito de Eva, cuyas huellas nunca han desaparecido en la poesía. La Ilíada se construye sobre esta base, igual que Las mil y una noches, y, si miramos de cerca, todo gran y pequeño rendimiento artístico. ¿Cuál es su pensamiento directriz? Nada menos que ganar un punto de vista en la inseguridad de la vida, en la lucha con el amor, en el temblor ante la mujer. ¡Δός πον στῶ!94
La mujer como esfinge, como demonio, como vampiro, como bruja, como monstruo devorador de hombres, como dispensadora de gracia: en estas imágenes se refleja el instinto sexual azuzado por la protesta masculina, imágenes que tienen su contrapartida en la caricatura de la mujer, en desahogos obscenos y biliosos, en anécdotas y farsas, en comparaciones rebajadoras. Igualmente, la conciencia de hombre nerviosa, pequeñoburguesa, y la avidez de superioridad empujan a convicciones afianzadas cuya tendencia a la desvalorización apunta a negar a la mujer la igualdad de derechos, a veces también el derecho a existir.
Otra dirección de los razonamientos de los nerviosos conduce consecuentemente, en el aseguramiento contra la mujer, también lejos del presente y de la vida. Schopenhauer llegó por este camino — los preparativos proceden de su relación hostil con la madre — a la negación de la vida, del presente, de todos los tiempos. De manera algo menos consecuente y metódica, muchos de los pacientes huyen, en el miedo a la mujer, pero eternamente ávidos del cumplimiento de su ficción, a fantasías y sueños con los que envuelven el futuro. Todo nervioso muestra este rasgo, quiere escrutar e iluminar el futuro para asegurarse a tiempo. Su expectativa cautelosa-angustiada da el tono fundamental de los acontecimientos futuros: gris, sombrío, lleno de peligros. Pues así tienen que aparecérsele para hacerse eficaces como acicate. Ahora puede, teniendo a la vista el mayor peligro, trazar con precisión milimétrica las líneas de sus rasgos de carácter y de sus disposiciones para asegurarse. Ahora cree haber encontrado el camino hacia su meta directriz, y en lugar de la ambición, en lugar del anhelo de victoria y de triunfo, de prestigio, de elevación, de poder y de admiración, o junto a ellos, hace actuar sus síntomas y ataques neuróticos. Siente, bajo la compulsión de su línea directriz, como don de la profecía lo que las personas sobrias poseen en su prever y en su cálculo de la realidad. Pero con las aspiraciones neuróticas del prever, la atención toca problemas y los ordena según la apercepción rígida, antitética, del nervioso, que valora una derrota como muerte, como inferioridad, como feminidad, y la victoria como inmortalidad, como valor superior, como triunfo masculino, mientras que las cien otras posibilidades de la vida quedan borradas de manera abstrayente. Igualmente queda emprendido con ello el camino hacia la anticipación de terrores y triunfos futuros, así como hacia el refuerzo alucinatorio con fines de aseguramiento. Las psicosis muestran este camino de manera más clara: la melancolía y la manía como anticipaciones del puro «abajo o arriba»; la dementia praecox, la paranoia y la ciclotimia, en sus mezclas.
El reconocimiento y la construcción de las líneas de carácter por principio se producen entonces en atención a la meta final. Los agudizamientos de la avaricia y del ahorro han de asegurar contra la miseria humillante; la pedantería, contra las dificultades; los rasgos de carácter éticos, contra la vergüenza; todos a la vez, contra las relaciones amorosas, el matrimonio o la sumisión a la pareja, y proporcionar la posibilidad del ataque contra ella, el motivo siempre listo para su desvalorización. — El junctim como principio excluyente goza de la mayor estima, se convierte en inventario de una moral divinizada o de la más alta sabiduría de la vida. La inseguridad de nuestras condiciones sociales, los puntos de vista éticos y las dificultades de la educación de los hijos dan el bienvenido motivo para trazar lo más estrechamente posible los límites razonables de un modo de vida natural, y la oscuridad y la escasa aptitud del problema de la herencia se adelantan del mismo modo para poder quedarse solo. Muchos huyen a la religión, abandonan su vida presente, azuzan sus impulsos morales y ascéticos para participar de la felicidad, del triunfo, «allá en el otro lado». El papel asexual queda, pues, arreglado, y todo lo que de la situación y de la perspectiva neurótica sobre la vida y sus experiencias resulta para ellos se convierte en medio para alcanzar el ideal de la personalidad. — A veces el aseguramiento se logra porque falta la satisfacción en la relación amorosa y la decepción crece poderosamente, arreglos en los que el paciente ayuda claramente.
Es solo otro lado del miedo a la pareja el que el paciente haga actuar sus disposiciones contra el psicoterapeuta. La paciente nerviosa combate a su manera en el médico al mismo tiempo al hombre, y busca sustraerse a su influencia masculina, apercibida a menudo en una imagen sexual como la más aterradora. El nervioso masculino intenta socavar secretamente la superioridad del psicoterapeuta, apercibida como masculina, también esta a menudo captada en una imagen sexual. Y ambos se defienden en el tratamiento como siempre se han defendido cuando tenían que entrar en la vida o eran puestos ante decisiones.
A veces se encuentran pacientes que huyen de la mujer al pasado. Su interés por las antigüedades, la heráldica, las lenguas muertas, etc., se acrecienta con ello mucho y a menudo rinde frutos. Esto último falta en aquellos nerviosos que dirigen su atención sobre todo a cementerios, esquelas y entierros.
Más arriba mencioné el motivo del miedo a la mujer como el acicate más fuerte para la fantasía y para la condición de artista. He aquí un pasaje de la autobiografía de Grillparzer que ilumina algo de nuestra exposición:
«Como todo hombre bien constituido, me sentía atraído por la mitad más bella de la humanidad, pero estaba demasiado poco satisfecho de mí mismo para creer que podía producir impresiones profundas en poco tiempo. Pero, fuera la vaga representación de la poesía y del poeta, o incluso lo pesado de mi modo de ser, que, cuando no repele, atrae precisamente por espíritu de contradicción, me encontraba profundamente enredado cuando todavía creía estar en el primer acercamiento. Esto daba entonces dicha y desdicha en la más estrecha vecindad, aunque esta última en medida reforzada, pues mi verdadera aspiración iba siempre a mantenerme en aquel estado sin turbar que no dificultara, o incluso hiciera imposible, el acercamiento a mi verdadera diosa, el arte».
Corresponde exactamente a este estado de ánimo fundamental, que anima por igual al artista y al neurótico, el que ambos, en atención a la inseguridad de su triunfo, consideren la atracción que procede de la mujer como amenazadora, como peligrosa, como coacción, y su sentimiento amoroso como servidumbre y sumisión. Con lo cual en modo alguno niego los hechos reales de estas relaciones. Para un examen por sobrio que sea, existe en el amor una adaptación recíproca, una sumisión, si se quiere. Pero percibirla, sentirla como importante y prescindir por ello de la entrega gozosa, atestigua inequívocamente el implacable afán de valer de los afectados, que hemos demostrado muchas veces como sobrecompensación neurótica de su sentimiento neurótico de inferioridad. Formar disposiciones adecuadas lo prohíbe la meta directriz, o solo las permite en la forma de una exageración desmedida, masoquista, que a su vez se emplea para el aseguramiento.
A veces este afán de valer, en cuanto la propia tensión sexual se siente como superioridad de la pareja, busca otros caminos: se producen deseos e intentos de sustraerse a este poder mediante la saciedad, mediante orgías. Incluso aparecen deseos e intenciones de castración, y, con el mismo mecanismo, ejercicios ascéticos y de penitencia, flagelaciones, etc., favorecidos por la implacable tendencia a la seguridad, para ganar tranquilidad ante el demonio del amor. No de otro modo pueden entenderse las perversiones fuertes, que vuelven una y otra vez, en especial las manifestaciones masoquistas, que son una expresión de la necesidad de convencerse uno mismo en lo particular de la siniestra fuerza de la pareja, para poder establecer esta convicción de la fuerza del otro y de la propia debilidad como espantajo en conjunto. El resultado real de estas rectificaciones de fronteras del nervioso es una fuerte desviación de la línea normal, que es la que en la mayoría de los casos se teme. Pero la autohumillación arreglada pone el estímulo más fuerte para la protesta masculina, y la aumenta en el sentido de la meta final ficticia. «Tiene que ser de noche donde brillen las estrellas de Friedland»95. Ahora sus intentos vuelven, tras estos rodeos, a seguir la línea directriz neurótica, muestran componentes sádicos, un gran fanatismo de la limpieza allí donde existen, por ejemplo, pensamientos o hechos de coprofilia. O bien el paciente se contenta con despertar, en la lucha contra el juicio de los demás, contra la ley, mediante el despliegue de una lógica a menudo inaudita, la apariencia de justificación de sus rodeos neuróticos, de modo que por este camino vuelve a hacerse valer su superioridad. Así también en la argumentación de los homosexuales, que deben igualmente a su miedo al otro sexo la desviación neurótica de la norma.
El prestigio que hay que salvaguardar, la protesta masculina, se pone siempre insistentemente en primer plano, hasta que el análisis esclarecedor llega a aquel punto en el que en los recuerdos del hombre salen a la luz los pensamientos neuróticamente agrupados de que su inferioridad, la pequeñez de sus genitales, le impedirá la victoria sobre la mujer; en los recuerdos de las pacientes femeninas ocupa el mismo lugar el sentimiento de inferioridad, el espanto neurótico ante el papel femenino. A estos razonamientos reabiertos, que proceden de los primeros años de la infancia, se ven unidas inmediatamente ideas de grandeza, a menudo con la máscara del narcisismo y del exhibicionismo. Pueden entenderse fácilmente como intentos preparatorios de compensar el sentimiento de inferioridad, tal como los engendra la compulsión de la ficción directriz, como formaciones neuróticas secundarias que dicen: «¡quiero ser un hombre cabal!». De la transformación de forma de esta idea, en las muchachas a menudo en la posición de disposición: ¡quiero estar por encima de todas las mujeres!, se ha hablado ya a menudo.
Algunas de estas conexiones puedo representarlas con el siguiente caso de una paciente. Una muchacha de 19 años vino a tratarse por depresión, ideas de suicidio, insomnio e incapacidad para el trabajo. Se había hecho dibujante para tener una profesión. Aparte de un indicio de tuberculosis hereditaria y de miopía, no se encontraron síntomas corporales. Los allegados la describían como una niña antes obstinada, que por propensión a la independencia quería irse de casa. Una madre y el único hermano mayor habían muerto de tuberculosis pulmonar.
Los comienzos del tratamiento resultaron difíciles, porque la paciente estaba sentada ante mí sin interés y no respondía a ninguna de mis preguntas. Solo ocasionalmente se expresaba con un gesto negativo o respondía con un «no».
Procedo con cautela a aclararle su tendencia a la desvalorización contra el mundo, idéntica a su indiferencia; le muestro cómo su silencio pertinaz, su negativismo, su «no», han de encontrarse en esta tendencia, dirigida también contra mí. Luego paso a decirle que su comportamiento indica un descontento con su papel de muchacha, contra el cual quiere asegurarse de este modo. Con ello oigo siempre un «no», que presento como esperado y dirigido contra el hombre, y prosigo. El comienzo de su depresión cayó en la época de su estancia en un balneario. Afirmo entonces con decisión que allí tuvo que ocurrir algo que desencadenó este «no», es decir, que se le puso bruscamente ante los ojos su papel de muchacha. Entonces cuenta que hacía más de un año había estado en otro balneario, que había conocido allí a un joven que le había gustado, y que se había llegado a ternuras iniciales y a besos. Una noche el joven se había lanzado sobre ella como loco y había querido tocarla impúdicamente. Entonces se había ido corriendo y se había marchado en seguida. Le hago notar que — como, por lo demás, es comprensible — salió huyendo en el momento en que el joven, con su proceder, quería empujarla claramente a la posición femenina, y añadí la observación de que este verano tuvo que vivir una aventura semejante. La paciente me cuenta entonces que un huésped del balneario, al que había conocido poco antes, se había comportado del mismo modo que el joven. Entonces se había marchado en seguida, como el año anterior.
El «eterno retorno de lo mismo» (Nietzsche) nos lleva primero a la idea de que la paciente tuvo sin duda su buena parte en ello, que ambas veces ayudó arreglándolo para romper en el mismo momento. Para ello la paciente nos proporciona un valioso apoyo con la observación de que los besos intercambiados no la habían irritado en absoluto. Le muestro que acompaña hasta donde se pone en cuestión su papel femenino. Su valor inicial estaría, como idea masculina de conquista, en armonía con su meta masculina.
En este estadio desaparece el insomnio. Me comunica esta mejoría, en todo caso llamativa, con la observación rebajadora de que ahora querría dormir día y noche. Quien haya conocido conmigo la irritada agresión de los pacientes en la cura psicoterapéutica, que se vuelve contra el médico superior, es decir, masculino, y haya agudizado así sus sentidos para el modo de expresión del neurótico, no malentenderá la manifestación de la paciente. Esta manifestación muestra claramente que ha reconocido el éxito de la cura, pero que se esfuerza, con un ligero retoque, por desvalorizar este éxito y con ello a mí. Me hace notar veladamente que solo se ha sustituido un mal por otro.
Al preguntarle con más detalle, la paciente indica que durante sus 4 semanas de insomnio había pensado siempre de noche en lo carente de valor que era toda la vida. Comprendemos que no solo pensaba en ello, sino que sobre todo trabajaba en ello. Ahora que se le enfrenta el enemigo masculino en la figura del médico, que es sometido a la misma valoración que el hombre en general, que desenmascara su tendencia a la seguridad y socava con ello el aseguramiento mediante la vigilia, intenta, empujada al sueño, empequeñecerlo mediante un exceso de sueño.
El insomnio nervioso es un intento simbólico de escapar a la indefensión (también la del sueño) y de idear aseguramientos contra una derrota. El sueño es otra clase de este intento, un compromiso, por así decir, ya que responde con la protesta masculina a la indefensión en el sueño, y con ello al sentimiento de inferioridad en general. El sueño, este es el contenido de mis observaciones, empuja siempre al aseguramiento y tiene, pues, la función del prever. Que lo lleve a cabo con los medios de la experiencia es fácil de comprender, y así llegan al contenido onírico y a los pensamientos oníricos aquellos sedimentos de la experiencia que movieron a Freud a su teoría de los sueños, valiosa heurísticamente, pero por lo demás imperfecta y unilateral.
Tras una larga vacilación, y advertida del significado de «no» de esta vacilación, la paciente trae unos días después el sueño siguiente:
«Estoy delante del "Steinhof" (el gran manicomio de Viena). Pero paso de prisa por delante, porque veo dentro una figura oscura».
Para evitar toda influencia artificial sobre los pacientes, en especial en la interpretación de los sueños, prescindo de toda explicación de mi teoría de los sueños y solo indico que el sueño reproduce razonamientos que delatan cómo el paciente busca asegurarse mediante el prever contra el estado de indefensión que siente en el sueño, que le recuerda su indefensión frente a la vida. En casos como el anterior, que empujan sobre todo a hablar del miedo al papel femenino, señalo también cómo el sueño puede sentirse como feminización.
El giro «yacer en los brazos de Morfeo», las frecuentes sensaciones de estar paralizado, de ser oprimido, el análisis de la pesadilla, de la bruja nocturna96, etc., y además las líneas femeninas demostradas por mí en todos los sueños, desde las cuales el sueño se eleva a la protesta masculina, cuando el proceso del sueño que inmoviliza despierta una asociación individual de pensamientos de feminización, indican con seguridad el hecho de que todo sueño tiene que presentar un progreso de la línea femenina a la masculina. Que no todo sueño es apto para convencer al principiante de la exactitud de mi concepción lo he destacado yo mismo. Esto se debe a que en un esbozo — y como tal hemos de considerar el sueño — a menudo hay que suplir, completar el sentido y la importancia de huellas de pensamiento y de alusiones, lo que nunca puede resultarle difícil al experto. También enseño al paciente que ha de comportarse ante el sueño como ante el esbozo de un cuadro, cuyos puntos particulares ha de desarrollar según la impresión que recibe de ellos.
Tras estas consideraciones, la inteligente paciente expone por sí misma:
«Steinhof quiere decir loco. Este punto significa, pues: estoy a punto de volverme loca. ¡Pero si paso de largo! Entonces se me ocurre que usted me dice siempre que huyo de mi papel de muchacha. ¿Según esto, "volverse loca" y "papel de muchacha" serían una misma cosa?».
La guío entonces a introducir aquí forzosamente un sentido, y utilizo la rivalidad de la paciente, que conozco, para aguijonear su celo cuando surgen dificultades, dejando caer, por ejemplo: «¡Sin duda podría uno imaginarse algo con ello!».
Paciente: «¿Quizá que sería una locura desempeñar un papel de muchacha?».
Yo: «Eso sería, pues, una respuesta a una pregunta. Pero ¿cómo tendría que haber sido la pregunta?».
Paciente: «Usted me dijo ayer que no debía tener miedo de mi papel de muchacha».
Yo: «Así pues, una respuesta dirigida contra mí, y con ello, conforme a nuestras conversaciones, una lucha contra el hombre. ¿Y la figura negra?».
Paciente: «¿Quizá la muerte?».
Yo: «Intente ahora encajar también la muerte en la conexión».
La paciente lo logró solo con dificultad, aunque está del todo claro que, para cargar bien las tintas, motiva su huida de la feminidad con el miedo a la muerte. La conexión entre sexualidad y muerte se trata a menudo en la filosofía y en la poesía. Los análisis de nerviosos presentan a menudo esta conexión en el sentido de un «junctim» que refuerza el afecto.
Como sentido del sueño resulta la disposición, dirigida ahora contra el médico, que ha de entenderse a partir de las fantasías de la paciente: sería una locura subordinarse a un hombre, equivalente a estar muerta. Pero, según su valoración, ya se ha subordinado, al dormir desde el tratamiento. Este sueño se rebela, pues, contra el dormir, y su observación rebajadora de que ahora querría dormir día y noche está sostenida por la misma tendencia. Con ello se reveló la posición de disposición neurótica de esta paciente ante la posibilidad de que un hombre pudiera ganar influencia sobre ella, y se muestra que la paciente obraba y soñaba como si conociera su meta directriz.97
Esta disposición de principio, su tendencia a la desvalorización, su avidez de victorias sobre los hombres y su tendencia neurótica a la seguridad, que amenaza al fondo con los terrores de la muerte y de la locura, habían provocado también, como aseguramiento reforzado, el desarrollo de la neurosis. La paciente se vuelve por ellos incapaz para la vida. — La apercepción neurótica, que hace surgir por arte de magia un junctim entre el amor, la locura y la muerte, tiene algo del sonido de oro de la poesía. Cuán firmemente está asentado en los pensamientos de la paciente se desprende de su relato inicial: el joven se había lanzado sobre ella como «loco».
A menudo se encuentra en la historia previa de los nerviosos masculinos que estuvieron bajo la influencia de una mujer fuerte, madre, educadora, hermana, que, pese a su papel femenino o junto a él, desempeñaba uno masculino, estaba «arriba», y a la que el entorno no negaba el reconocimiento, a veces la desaprobación, indicando que en realidad era un hombre. También esta circunstancia contribuye a veces a reforzar la inseguridad del muchacho predispuesto, que trata de llegar a la convicción de su masculinidad comprendiendo las diferencias sexuales. Un caso particular del aseguramiento por el saber, la curiosidad sexual, le empuja a confirmar una y otra vez por la vista su superioridad sexual, una necesidad que está tanto más cerca de la línea directriz masculina cuanto que procede al mismo tiempo de la preparación para el futuro: adquirir un saber seguro y un conocimiento abundante de los genitales femeninos. La inseguridad neurótica se adhiere al nervioso, como pretexto y fundamento del miedo a la mujer, a menudo hasta más allá del matrimonio, de modo que se oye decir a menudo que el aparato sexual femenino, el estado de virginidad, la legitimidad de los hijos, la paternidad, son, como toda la mujer, enigmáticos. A veces se suma, en los niños predispuestos, a la satisfacción por la vista de los genitales femeninos el sentimiento inquietante de un peligro, como si al muchacho le surgieran pensamientos oscuros de que su vida futura, su victoria y su derrota, dependían de cómo saliera adelante con la cuestión sexual. Con ello, la naturaleza de las cosas hace a menudo que para el niño la inspección solo sea posible en una posición: cuando la mujer se encuentra por encima del muchacho. También esta pequeña circunstancia se encuentra, como he mostrado repetidamente, como representación figurada de la superioridad femenina en las fantasías de los nerviosos asustados ante la mujer. Ganghofer y Stendhal refieren en la historia de su infancia esta vivencia aterradora, que dicen haber dejado huellas duraderas. Pero el susto era ya aseguramiento del prestigio masculino herido, y la escena excitante quedó como un memento, que ha de entenderse figuradamente, de la cautela frente al poder de la mujer.
A menudo, en este punto en que la superioridad de la mujer se presenta amenazadora, interviene la tendencia a la desvalorización y conduce a la comparación de las ventajas y deficiencias masculinas y femeninas. La representación figurado-abstracta de la inferioridad de la mujer echa mano gustosa, en sueños y fantasías, en el chiste y en la ciencia, del medio expresivo de miembros perdidos o de cavidades aumentadas. Uno de mis pacientes, que padecía de vértigo, soñó, cuando una vez su mujer le hizo una violenta escena, el sueño siguiente, que lleva a cabo de manera sumaria y por principio el rebajamiento de la mujer superior a él:
«Surgió la imagen de un tronco de abedul. En un lugar había un nudo con una hinchazón redondeada. Allí se había caído una rama, y yo tenía la sensación de que aquello era un genital femenino».
Sueños semejantes los hemos referido ya yo y otros. Como sentido de tales sueños se me ha dado la pregunta, que ha de entenderse figuradamente, por la diferencia sexual, que se responde de modo infantil así: la niña es un niño al que le han quitado los genitales masculinos. El sueño anterior se inserta en la situación psíquica del soñante dando el sentido: soy un hombre que ha perdido la masculinidad, que es débil y está enfermo, que está en peligro de ir a parar abajo, de caer. Ahora tiene la base de operaciones, se ve perjudicado y toma aliento para volver a obtener la preponderancia. Entonces se inician, en el estado de vigilia, como protesta masculina, el afán de dominio, los estallidos de ira y los actos de infidelidad.
Quiero mencionar con ello que muy a menudo se oye de los nerviosos que en momentos de peligro personal, o cuando les amenaza una derrota, se hace notar una reducción y contracción de los genitales, a veces también un sentimiento doloroso que empuja con enorme fuerza a terminar esta situación.98 Con la mayor frecuencia se encuentra este fenómeno en el vértigo de las alturas, en el miedo a caer. La reducción de los genitales en el baño provoca casi regularmente en los nerviosos una reacción en la dirección de un mal humor, a veces con presión en la cabeza.
Que la homosexualidad, como inclinación y como acción, brota del miedo a la pareja del otro sexo se ha destacado ya. A ello hay que mencionar todavía brevemente cómo la estimación de la pareja del mismo sexo hace subir a la vez el valor del nervioso invertido. En la neurosis se encuentra la homosexualidad, aun cuando se practique, siempre solo como símbolo, mediante el cual ha de quedar fuera de cuestión la propia superioridad. Este mecanismo se parece al del delirio religioso, en el que también la cercanía a Dios significa una elevación.
Una de las formas en que con especial gusto se disfraza el miedo a la mujer la representa la sifilidofobia. El razonamiento de tales fóbicos (Adler, Syphilidophobie, l. c.) es habitualmente el siguiente: temen, por cualesquiera sentimientos de inferioridad para los que tienen a punto toda clase de razones, a veces también sin motivación consciente, que frente a la mujer no desempeñarán un papel dominante. Con ello llegan, por el camino de una desvalorización progresiva de la mujer, a razonamientos desconfiados con los que se aseguran contra las relaciones amorosas. Unas veces la mujer es un enigma; otras, un ser criminal, siempre atento al adorno y a los gastos y sexualmente nunca satisfecho. Siempre se imponen conjeturas de que la muchacha solo quiere el sustento, que lo ha preparado todo para cazar al hombre, que es astuta y taimada, y siempre inclinada al mal. Estos razonamientos son universales y se encuentran en todas las épocas. Aparecen en las creaciones artísticas más sublimes y más bajas, juegan en los pensamientos y aspiraciones de los más sabios, y crean en el hombre como en la sociedad una disposición constante que desarrolla rasgos desconfiados y cautelosos para mantenerse siempre en contacto con el enemigo y rechazar a tiempo sus pérfidos ataques. Se equivoca uno si cree que solo el hombre abriga desconfianza contra la pareja sexual. Los mismos rasgos se encuentran en la mujer, a menudo menos claros, cuando ficciones sobre la propia fuerza ponen freno a la duda sobre el propio valor, pero tanto más vivamente encendidos cuando el sentimiento de rebajamiento se vuelve prepotente.
En las disputas de piadosos sabios de la Edad Media surgían preguntas sobre si la mujer tenía alma, sobre si era siquiera un ser humano, y el sobrecogimiento general por el mismo pensamiento se inflamó en las enloquecidas quemas de brujas de los siglos siguientes, en las que el gobierno, la Iglesia y el pueblo ofuscado se dieron la mano. Estas desvalorizaciones odiosas de la mujer, como también las más amables, que se vuelven a encontrar en las costumbres religiosas cristianas, judías y musulmanas, irrumpen irresistiblemente del alma del hombre temeroso, inseguro, y llenan tan por completo el mundo de pensamientos del neurótico que se vuelve a encontrar la tendencia a desvalorizar a la pareja como el rasgo de carácter más sobresaliente de la psique neurótica. Ahora quedan fijados los puestos avanzados para el aseguramiento del sentimiento de la personalidad, y empieza el peculiar juego de los rasgos de carácter neuróticos. Comienzan entonces el continuo examinar, el tantear, el querer someter, una manía de encontrar faltas y de rebajar a la pareja, siempre favorecidos por la atención dirigida unilateralmente y por el interés tendencioso de mantenerse en contacto con el enemigo, de prevenir una sorpresa. Mientras subsista esta tendencia a la desvalorización con sus ramificaciones periféricas, la desconfianza, el miedo, los celos, el afán de dominio, no puede hablarse de una curación de la neurosis. Grandes rendimientos del arte y de la literatura, muy reconocidos, deben su origen a esta tendencia, como hemos visto. De la «Lisístrata» a los «Kreuzelschreiber»99 conduce la misma línea que de la Gorgona Medusa a la mueca de la sífilis que surgía ante los ojos de Lenau o de Ganghofer. La línea directriz que resuena en la Sonata a Kreutzer de Tolstói y aspira al rebajamiento de la mujer era visible ya en sus años de muchacho, cuando arrojó por la ventana a su futura novia. En sifilidofobia se convierte por transformación de forma una antigua línea directriz que se configuró en el mito de la muchacha venenosa100 en la Antigüedad, y en la Edad Media y al comienzo de la Edad Moderna en el miedo a las brujas, a los demonios, a los vampiros y a las ondinas. Poggio cuenta de un hombre que violó a una muchacha. La muchacha se transformó en el diablo y desapareció con hedor.
Todos estos razonamientos, tal como vuelven de modo semejante en el sueño y en la psique del neurótico, muestran al hombre previsor, inseguro en su masculinidad, que trata de asegurarse frente a la vida real mediante el establecimiento de fantasmas aterradores, del mismo modo que mediante la veneración de un ideal se asusta ante esa misma vida. —
La nota a menudo jocosa en tal actitud hacia las mujeres carece por completo de importancia respecto de nuestra concepción. Muestra más bien el intento de no hacerse culpable de ninguna exageración, de guardar el decoro y de asegurarse contra el ridículo con el gesto del chiste. De modo semejante en Gógol, cuyas fuertes tendencias a la seguridad se hacen sentir en las más finas venas de sus obras. En «La feria de Soróchintsi» hace hablar a un personaje101: «¡Dios del cielo!, ¿por qué nos castigas así, pobres pecadores? Ya hay tanta inmundicia, ¿tenías que poner también en el mundo a las mujeres?». En «Las almas muertas» de este gran poeta, que fue neurótico toda su vida, padeció de masturbación compulsiva y murió en el manicomio, hace reflexionar a su héroe a la vista de una muchacha joven:
«¡Una mujercita magnífica! Pero lo mejor de ella — lo mejor de ella es que parece recién salida de un instituto o de un pensionado, y que todavía no tiene nada específicamente femenino, nada de aquellos rasgos que afean a todo el sexo. Ahora es todavía la niña pura; todo en ella es sencillo y simple; habla como le sale del corazón y ríe cuando tiene ganas. Todavía se puede hacer de ella cualquier cosa; puede llegar a ser una criatura magnífica, pero igualmente un ser lisiado, y así ocurrirá sin duda en cuanto las tías y las mamás se pongan a educarla. En un año la atiborrarán de tal modo con sus cosas de mujeres que su propio padre no la reconocerá. Adoptará un modo de ser engreído y afectado, girará, se volverá y hará reverencias según reglas aprendidas de memoria, se romperá la cabeza pensando qué ha de hablar, con quién y cuánto, cómo ha de mirar a su caballero, etc., vivirá continuamente en el mayor miedo de si no habrá dicho una palabra superflua, al final no sabrá ya lo que tiene que hacer, y andará por la vida como una gran mentira. ¡Puaj, diablos! — Por lo demás, ¡me gustaría saber cómo es en realidad!».
Capítulo IX. Autorreproches, autotormento, propensión a la penitencia y ascesis. — Flagelación. — Neurosis en los niños. — Suicidio e ideas de suicidio.
Entre las formas de la conducta neurótica con el fin de asegurar la ficción masculina se destacan con llamativa fuerza los impulsos de la autoimprecación, de los autorreproches, del autotormento y del suicidio. Nuestra extrañeza ante ello, ciertamente, se atenúa en cuanto vemos que todo el arreglo de la neurosis sigue este rasgo del autotormento, que la neurosis es un artificio que se atormenta a sí mismo con el fin de elevar el sentimiento de la personalidad. Y en efecto, los primeros impulsos del instinto de agresión dirigido contra la propia persona102 proceden en el niño de una situación en la que el niño quiere causar dolor a los padres, o hacerse recordar mejor, mediante la enfermedad, la muerte, la vergüenza y toda clase de deficiencias construidas. Este rasgo caracteriza ya al niño predispuesto, que ha formado disposiciones a partir de los recuerdos de sus fenómenos de inferioridad orgánica y de su importancia para elevar su sentimiento de la personalidad, para aumentar la ternura y el interés de los padres. La neurosis desarrollada las amplía e inicia su activación mediante el refuerzo de la ficción en cuanto lo ordena la inseguridad creciente. Es sabido cuán fuertes agravaciones intervienen en ello; el carácter alucinatorio, la fuerza anticipadora del nervioso ayudan, y queda dada la situación del ataque y del trastorno de la salud con su preponderancia sobre el entorno. Por paradójico que parezca a primera vista, el nervioso solo está tranquilo cuando ha dejado atrás su ataque. Ya Janet señaló este hecho. Como razón solo puedo añadir: porque entonces ha ganado, aunque solo sea por poco tiempo, el aseguramiento de su superioridad.
El rasgo de carácter de querer superar a todos los demás se mezcla también en el sentimiento al que el nervioso da regularmente expresión: como si superara a todos en dolores. Pero necesita esta convicción porque ha de proporcionarle la base de operaciones para sentirse a sí mismo frente a los demás, para esquivar una decisión o para atacar. Así ocurre también que se desean ataques, dolores o una enfermedad cuando la situación lo exige; a veces también basta el deseo en lugar del ataque, cuando, como recuerdo, ya asusta al entorno. Para la psique propia del paciente basta a veces, como me dijo una paciente, con que se forme una fantasía según la cual el nervioso sufre dolores por las acciones de otro. Esto produce la sensación de opresión o de maltrato, despierta la tendencia a la seguridad e inicia la protesta masculina.
Sobre la importancia de los sentimientos de culpa, de la conciencia moral y de los autorreproches como construcción de ficciones aseguradoras ya se ha hablado. No raras veces se encuentran en la psicología de la masturbación rasgos mezclados de penitencia o de intención de dañar, estos dirigidos como una revuelta obstinada contra los padres, aquellos como pretexto barato o acto hipócrita.
Dañar a otro mediante la penitencia es uno de los artificios más finos del nervioso, por ejemplo cuando se deshace en imprecaciones contra sí mismo. Las ideas de suicidio dejan reconocer a menudo el mismo mecanismo, lo que se destaca con toda claridad en los suicidios en común.
Cuando a uno de mis pacientes le aplicó un médico sondas refrigerantes por impotencia, tenía el deseo: «el médico tiene que desgarrarme, herirme el miembro».
Cuando hace 2 años tuvo grandes pérdidas en los negocios, quiso suicidarse, aunque seguía siendo un hombre rico.
El resorte de estas imprecaciones (véase Shylock) es la avaricia neurótica. El análisis da una explicación completa.
Para asegurarse contra los gastos por muchachas, se impreca también cuando tiene que cargar con gastos médicos. Esto, sin duda, acompañado de un sentimiento semiconsciente de que sus deseos no tienen por qué cumplirse necesariamente. En especial maldice su ligereza — pues este es el sentido de sus autorreproches e imprecaciones — cuando ha efectuado o ha de efectuar pagos más grandes. Entonces todo pequeño gasto se le convierte en tormento.
Temía el hechizo de la sexualidad. Incluso a la hermana podría precipitar en la desgracia. O a la hija de su hermana, que vivían ambas con él. Al mismo tiempo tenía que estimar en muy poco la importancia de su autoimprecación, quizá incluso esperar lo contrario; esto se desprende del sinnúmero de sus medidas de aseguramiento, entre las cuales las autoimprecaciones solo desempeñaban un pequeño papel. Mucho más se aseguraba mediante el arreglo de la impotencia.
El autoempequeñecimiento y el autotormento los construye el paciente, de modo semejante a la hipocondría, para tener ante los ojos el sentimiento de la propia inferioridad, para sentirse demasiado débil, demasiado pequeño, indigno. Aparecen como impedimento, y están así casi en lugar de la duda. Las muchachas nerviosas que temen al hombre, que no quieren desempeñar un papel femenino, cavilan continuamente sobre su vello, sobre lunares, y temen que sus hijos puedan ser algún día igualmente deformes. A menudo fueron niñas poco agraciadas o, como muchachas, sufrieron a menudo postergaciones frente a un hermano preferido. En una paciente con neurosis obsesiva, su pensamiento obsesivo sobre el agrandamiento de los poros de la piel resultó ser un aseguramiento, que ha de entenderse simbólicamente, contra el papel femenino.
Otra forma del autotormento se presenta como tendencia a la propensión a la penitencia. Puede reconocérsela simplemente como tendencia a la seguridad si se comprende que estos pacientes, como tampoco aquellos con las sensaciones emparentadas del arrepentimiento, no quieren cambiar ni mejorar nada en lo pasado.
El síntoma apunta, pues, claramente al futuro, y esto tanto cuando se manifiesta como impulso personal en forma y acción individuales como cuando se manifiesta socialmente en prácticas religiosas. Como en todas las tendencias a la seguridad, tampoco por ella queda excluido en modo alguno que vuelvan a salir a la luz malas acciones y malos pensamientos; ha de actuar más bien como advertencia limitadora y como prueba íntima de la valiosa disposición de ánimo del que obra. No en último lugar reside el impulso a la propensión a la penitencia en este volver sobre sí mismo y en el realce de los valores interiores, en lo cual se piensa siempre la oposición a otros, tanto que a veces la propensión a la penitencia y el arrepentimiento presentan una nota fuertemente antitética, obstinada, combativa. El carácter epidémico de los ejercicios de penitencia, en especial, casi nunca carece de este llamativo alarde: se rivaliza en gritar, en llorar, en autotormentos y en la contrición.
La posibilidad, pues, de asegurarse un sentimiento de superioridad mediante actos penitenciales, como el ayuno y la oración, el ir con saco y ceniza, etc., será fácilmente un estímulo para las almas más débiles en cuanto se inclinan a identificar lo piadoso y lo bueno, lo religioso y lo sublime. Y la ascesis conducirá a la elevación cuando se sienta como triunfo, en mi sentido como protesta masculina. Que en ello solo importa la valoración arbitraria, en la que a menudo se toma como punto de partida la oposición a personas por lo demás superiores, se muestra también en el contrapolo del temeroso de Dios, en el ateo, en el librepensador combativo y en el iconoclasta, que intentan del mismo modo documentar su superioridad. En este sentido ha de entenderse la observación de Lichtenberg donde anota cuán raras son las personas que viven según los preceptos de su religión, y cuán frecuentes las que disputan y luchan por su religión. El paso del librepensador tempestuoso al ortodoxo no es raro, como tampoco el del placer de los sentidos a la ascesis.
Junto a la tendencia a la seguridad, en la propensión a la penitencia desempeña, pues, la protesta masculina, como indicador del camino, un papel que no hay que subestimar. Pero todavía estamos obligados a considerar su material de construcción, las posibilidades que hay en la psique, de las que se sirve para llegar a ser expresión. No hay duda de que en ello salen a la luz acciones y pensamientos de sumisión, elementos masoquistas de la psique humana, valorados en nuestro sentido como femeninos. Cuán incompatibles son estos con la conciencia de la humanidad, y cómo exigen siempre una corrección en la dirección de la protesta masculina, es decir, que son fenómenos pseudomasoquistas, se desprende de que esta sumisión va unida a un impulso hacia arriba, a una elevación. La línea de fuerza va, pues, también en este caso de abajo arriba, pues el penitente se siente elevado o purificado, habla con su Dios, está más cerca de él que otros, que de ordinario. Y le espera «la alegría en el reino de los cielos», un cumplimiento de su línea directriz.
Una de mis pacientes «se castigaba», tras la muerte de su madre, de 72 años, con la que había vivido toda su vida en discordia y a la que con razón podía hacer reproches, con violentos sentimientos de arrepentimiento por su conducta poco cariñosa y con insomnio. Sus sentimientos de arrepentimiento tenían el carácter de pensamientos y acciones obsesivos. El análisis mostró que quería demostrar su superioridad moral frente a una hermana. La hermana estaba casada; mi paciente estaba tentada de iniciar un amorío «que la humillaría» con un hombre casado. Con ello, según su concepción, habría descendido frente a la hermana. Con ocasión de la muerte de su madre, la protesta masculina produjo una situación que la llevó de nuevo arriba: la mayor conmoción por el triste acontecimiento.
En la historia de la cultura como en la neurosis, la propensión a la penitencia degenera no raras veces hasta la flagelación. Por las Confesiones de Rousseau y por comunicaciones privadas de personas sanas y neuróticas, así como por buenas observaciones de niños (por ejemplo, las de Asnaurow), sabemos que los golpes son capaces de provocar en algunas personas excitaciones sexuales. Este es el factor real, aprehensible somáticamente, que se encuentra en el natural de tales individuos y que guía también la elección de la penitencia. Pacientes me han indicado que en la infancia sentían agradables los golpes en las nalgas, aunque el ser pegados les resultaba terrible. En la vida posterior de los neuróticos, la flagelación es, análogamente a la masturbación y a todas las demás perversiones, una expresión visible del miedo a la pareja sexual. Debo la siguiente comunicación a una paciente que vino a tratarse conmigo por una violenta migraña: algunos años antes de la cura había tenido fantasías diurnas en las que un hombre, que estaba casado con ella pero no se parecía a su marido real, la sorprendía en un adulterio y la castigaba. Como continuación de esta fantasía seguía una violenta autoflagelación, hasta que caía exhausta. Esta flagelación producía fuertes emociones sexuales. En el análisis resultó que la mujer odiaba a su marido — de manera neurótica — y en este odio habría pasado gustosa a un adulterio para humillarlo. Ahora se había vuelto demasiado vieja para hacerse valer en el amor; antes se lo impedía la protesta masculina. — Poco antes de pensar en la flagelación jugaba con fantasías de adulterio, no sin asegurarse contra una realización. El descubrimiento por el marido, la paliza y la satisfacción autoerótica proceden de la tendencia a la seguridad anticipadora y son un juego de la fantasía; esta última acentúa con especial fuerza el miedo al hombre. La sustitución de su marido por otro es efecto de la tendencia a la desvalorización y equivale a sus deseos de adulterio: su marido ha de ser humillado, otro sería mejor. Continuando, desautoriza esta suposición ocasional mediante el adulterio contra el otro. Con el paso de los años cesó la flagelación. Pero la tendencia a la desvalorización se dirigió con más violencia contra su marido y contra todos los hombres. Le venía la migraña cuando temía perder su papel dominante frente a alguien. Y su enfermedad le permitía retirarse por completo de la sociedad. Dentro de la familia se convirtió, por su padecimiento, en soberana absoluta. Pero a los médicos de la capital los rebajó en gran número, al seguir padeciendo de migraña pese a todos los medios. Incluso la morfina fracasó, lo que recomiendo tener en cuenta respecto de la reacción perversa de este medio en otros casos. Que también puso los mayores obstáculos a mi cura e intentó largo tiempo dejarme en evidencia, pese a todo su elogio abierto y efusivo, manteniendo los dolores, lo observo de paso como contribución al final de la cura. Los pacientes solo sanan cuando comprenden este motivo para aferrarse a su enfermedad: rebajar al médico.
De paso quiero señalar todavía que, según mis experiencias, la «locura religiosa», las fantasías y alucinaciones de Dios, del cielo y de los santos, y con ello también el sentimiento de contrición, han de entenderse en el sentido de que intentan expresar las ideas de grandeza infantiles de estos pacientes, así como su superioridad sobre el entorno. A menudo se vincula a ello un sentimiento hostil contra el entorno, como cuando un catatónico se deja ordenar por Dios dar una bofetada al enfermero o volcar una mesilla de noche, o cuando intenta obligar a bautizarse a sus parientes judíos. El «impulso hacia arriba» del maníaco, las ideas de grandeza del demente, son fenómenos paralelos y señalan el sentimiento enterrado de humillación, que exige sobrecompensación en el delirio.103 —
En la práctica médica se encuentra uno a menudo con niños que emprenden el camino de la agravación y la simulación para sustraerse a una opresión por parte de los padres. Cuán cerca lindan estos fenómenos con la mendacidad, sin coincidir del todo con ella, salta a la vista sin más. Pero lo llamativo en ello es la clara aparición de signos de inferioridad orgánica, así como el avance de la formación neurótica del carácter, es decir, de la disposición neurótica. Como ejemplos comuniquemos tres casos de observaciones en niños neuróticos.
Una niña de 7 años viene a tratarse por dolores de estómago y náuseas que aparecen a modo de ataques. Encontramos una niña delicada, de constitución débil, con struma cystica, vegetaciones adenoideas y amígdalas agrandadas. La voz tiene un tono áspero. Preguntada, la madre indica que la niña padece a menudo de catarros con tos, que se prolongan llamativamente, así como de dispepsias prolongadas. Su padecimiento actual dura desde hace ½ año, sin que nunca haya podido demostrarse un padecimiento orgánico. Además, el apetito y la defecación son siempre normales. Los dolores de estómago se habían presentado desde que la niña iba a la escuela. Su avance en las asignaturas era excelente, pero la maestra había expresado repetidamente su asombro por la llamativa ambición de la niña. Era muy susceptible a las admoniciones y se sentía siempre postergada frente a la hermana, 3½ años menor. Lo que más le llamaba la atención a la madre era un considerable alargamiento del clítoris, una de las anomalías genitales sobre cuya importancia como signo de inferioridad he llamado la atención, y que más tarde, independientemente de mí, fueron encontradas y destacadas como características por Bartel y Kyrle. La piel es hipersensible por todas partes, y la sensación de cosquillas en los lugares predispuestos está llamativamente aumentada. La niña pide a menudo que le hagan cosquillas. La angustia de la niña sobrepasa la medida normal. — Como otro signo de inferioridad orgánica ha de considerarse también una llamativa posición oblicua de los incisivos, que remite a la inferioridad del tracto gastrointestinal. El reflejo faríngeo está claramente aumentado.
De este conjunto de fenómenos se gana la impresión de que también la actividad refleja del tracto gastrointestinal está aumentada. En efecto, en los primeros 3 años la niña vomitó a menudo. Las numerosas dispepsias remiten igualmente a la inferioridad del tracto digestivo. Hace un año apareció, a continuación de un eccema del ano — extremo del tracto intestinal inferior —, un picor anal que duró varios meses y que fue curado por el médico de cabecera con un tratamiento sugestivo con ayuda de una pomada indiferente.
La presión dolorosa en el estómago resultó ser un reflejo psíquico que aparecía cada vez que la niña temía un rebajamiento en la escuela o en casa.104 El fin último de este reflejo, preformado sobre la base de la inferioridad orgánica, residía en la aspiración a prevenir un castigo y a atraer hacia sí el interés de la madre, algo brusca, que prefería a la niña menor. A la fijación y a la evidente agravación se llegó evidentemente tras percepciones interiores de esta actividad refleja aumentada, en cuanto la niña buscó una idea directriz utilizable para elevar su sentimiento de la personalidad. Manifestaciones espontáneas sobre indicios de representaciones de una futura gravidez — como destino esperable de un papel femenino — no pude percibirlas a causa de la brevedad de la cura. Los ataques desaparecieron al poco tiempo, después de que aclaré a la niña la conexión. Un sueño tras uno de estos ataques apunta en la dirección descrita más arriba. Soñó: «Mi amiga estaba abajo. Luego jugamos juntas».
Su amiga era rival preferente en la escuela. A menudo había peleas con ella, sin que se llegara a las manos. Ciertamente vivía un piso más arriba, y el lugar de juego común era siempre la vivienda de nuestra paciente. Pero el modo de expresarse en el relato del sueño era bastante llamativo. Cuando pregunté a la inteligente niña si se dice «la amiga estaba abajo» cuando la que cuenta jugaba con ella, corrigió en seguida: «estaba conmigo». Pero supongamos que el modo de expresarse es correcto y que el acento recae en el «abajo»: entonces se esconde detrás el pensamiento de que la rival había sucumbido ante nuestra ambiciosa paciente como en una lucha. «La amiga estaba abajo» significa, pues: «yo estaba arriba», una concepción con la que solo así se hace justicia al punto de vista de la que habla. También el «luego» apunta en la misma dirección. Solo adquiere su sentido si admitimos en las dos imágenes oníricas un intervalo temporal, algo así como: primero tengo que ser superior a la amiga, luego quiero jugar con ella.
La confirmación de nuestra concepción la proporciona la historia previa del ataque que precedió al sueño. Los juegos de las dos niñas eran por regla general «jugar a papá y mamá» o «jugar a médicos». En el primer juego se había llegado entre las dos niñas a una disputa sobre quién había de hacer de «papá», hasta que el padre intervino conciliador y reprochó a nuestra paciente que la amiga era siempre la más condescendiente y ella siempre intransigente, lo que también correspondía a la verdad. La amiga recibió entonces el «papel de papá». Cuando poco después la familia se sentó a la mesa para cenar, le vino a la niña el ataque. No comió nada y la llevaron a la cama, y precisamente al dormitorio de los padres, donde por lo demás dormía su otra rival, la hermana pequeña. El sueño continúa ahora en la tendencia dada en el ataque: la paciente se arroga el papel masculino y nos da con ello la indicación de cómo equipara su afán de valer y la masculinidad. La representación de lo femenino como lo que sucumbe en la palabra «abajo» refuerza muy especialmente esta concepción, no sin que surja la conjetura de que la paciente conoce la posición espacial en el coito. Dormía, hasta la llegada de su hermana menor, en el dormitorio de los padres, y también más tarde cuando le sobrevenía alguna indisposición. Esta conjetura, insinuada a la madre, no fue contradicha, pero tuvo su lado bueno, en cuanto las dos niñas tuvieron que dejar permanentemente el dormitorio. — Pero las cualidades de carácter de la niña las vemos también aquí actuar de nuevo en la dirección de la protesta masculina, como puestos de avanzada muy adelantados que tenían que rechazar ya de lejos toda analogía, todo padecimiento simbólico de un destino femenino, el rebajamiento, la merma del sentimiento de la personalidad, y habían de actuar aseguradoramente ante la desgracia venidera.
Una afección semejante es el vómito escolar, bien conocido por los médicos, y el vómito en la mesa o poco después de comer, que en su construcción psíquica se parece a la enfermedad anterior, ya que representa un artificio inconsciente, o que se ha vuelto inconsciente, para escapar a un rebajamiento amenazador y hacerse valer.
Un muchacho de 13 años se distingue desde hace 3 años por una llamativa indolencia que, pese a su innegable inteligencia, le impide avanzar en la escuela. Desde hace algunos meses se muestra en él un modo de ser llorón, que sale a la luz especialmente cuando se le amonesta por cualquier razón. El padre y la madre han sido sin duda desde siempre algo demasiado severos con él, pero, por lo que pude averiguar, sus admoniciones se dirigían casi siempre a su lentitud al comer y al vestirse, y en especial a su lectura de libros demasiado afanosa. Últimamente se había llegado a que el muchacho rompía a llorar cada vez que se le recordaba cualquier cosa, o en cuanto se le apremiaba. La consecuencia de este estado fue sin duda una actitud más cautelosa de los padres, pero estos creían no poder prescindir de todas las admoniciones, dada la desidia del muchacho.
Una pregunta por la última aparición de su llanto mostró que le habían amonestado para que se fuera más de prisa a la escuela cuando llevaba ya media hora ante el espejo esforzándose por alisar con el cepillo el pelo, que tendía hacia arriba. El análisis mostró que se veía por malos caminos y quería asegurarse mediante cuidadosas medidas contra rebajamientos penosos. Se hacía graves reproches por excesos sexuales de muchacho que había cometido junto con otros niños y niñas. Sobre todo temía ser descubierto por sus padres, y este miedo había aumentado enormemente cuando una noche, caminando dormido, había ido a parar al cuarto del servicio y, para su asombro, se despertó por la mañana en la cama vacía de la cocinera. Este sonambulismo se produjo, como todos los demás casos que he podido averiguar, en protesta masculina contra un sentimiento de rebajamiento. El día anterior, en efecto, lo habían sacado de la escuela media por su mal avance y lo habían llevado a la escuela cívica (Bürgerschule). La impresión de esta escena, el pensamiento de que en sueños podría delatar lo que le ocupaba a él y a sus amigos, era en él, que como todos los sonámbulos solía hablar en sueños, tan enorme que pasó a fuertes aseguramientos. Estos se referían en primer lugar a sus erecciones, que procuraba ocultar cuidadosamente a los padres. Lo hacía bajando con la mano el miembro «erguido». Ahora la tendencia a la seguridad se había apoderado tanto de él que también trataba el pelo erguido como si fueran órganos sexuales, del mismo modo que las fuertes tendencias a la seguridad van siempre más allá de lo absolutamente necesario. Pero en este caso vemos el tímido comienzo de una acción compulsiva, cuyo mecanismo consiste regularmente en una representación de la protesta masculina o de la tendencia a la seguridad dirigida contra ella. Esta última se convierte entonces en contenido y fuerza impulsora de la neurosis obsesiva cuando la protesta masculina va demasiado lejos y amenaza con caer, por contradicciones internas, en lo «femenino», porque la consecuencia consistiría en un castigo, un rebajamiento o un ridículo. Entonces el aseguramiento aparece todavía como lo más masculino, aunque en ello no se produzca fácilmente el seductor sentimiento de lo triunfal. En determinadas circunstancias puede producirse, sin embargo, en especial combatiendo el placer en toda forma, de modo que entonces una ascesis poderosa se valora como triunfo.
En efecto, en la tendencia a la seguridad ganaron terreno en el muchacho inclinaciones ascéticas como formas del autotormento, y su inapetencia estaba calculada para frenar, según la analogía del concepto de «abstinencia», los apetitos sexuales que irrumpían. El muchacho, ya de por sí débil, decayó, de modo que los padres se vieron obligados a intervenir. Con ello dieron con su tendencia a la seguridad, trabajosamente conquistada. Entonces la familiaridad psicomotora con los ataques de los padres condujo al aseguramiento mediante el llanto, con lo que su valía volvió a elevarse.
Su afanosa lectura de libros había brotado originariamente también de la tendencia a la seguridad. La inseguridad que se había apoderado de él en la pubertad le obligaba a sacar del diccionario consuelo, instrucción y miedo asegurador a las enfermedades. Mostraba en los problemas correspondientes una erudición increíble. Una vez en el camino de sacar aseguramiento de los libros, exageró esta propensión, en especial porque también los hermanos mayores, a los que emulaba, leían llamativamente mucho; luego también porque con ello obraba en contra de los padres, sus opresores; y en tercer lugar porque por este camino podía satisfacer de nuevo su protesta masculina originaria, la de poder seguir a los héroes de sus libros en peligros y luchas, lo que se expresaba también en la elección de sus lecturas: leía con preferencia a Karl May.
El tercer caso se refiere a una tos ferina prolongada por condiciones psíquicas en un muchacho de 11 años, que por esa época todavía padecía de enuresis. Era un niño indómito, iracundo, que quería siempre atar a sí a su padre, mientras intentaba presentar a su madrastra como la cruel perseguidora. El ánimo impresionable del padre se mostraba en una preocupación excesiva durante los ataques de tos ferina. Cuando una mañana la madre volvió a reprochar al muchacho que mojaba la cama, el muchacho saltó riendo de la cama y corrió desnudo por la habitación, hasta que el padre, preocupado, entre observaciones de enojo contra la madre, llevó a la cama al muchacho, que respiraba precipitadamente. Un violento ataque de tos, que se parecía a la tos ferina ya desaparecida, cerró esta escena y causó una violenta disputa entre los esposos. Cuando el muchacho volvió a acostarse por la noche, se levantó excitado y galopó de un lado a otro en la cama, mientras su respiración se volvía jadeante. La interpretación del ataque saltaba a la vista. El muchacho quería provocar de nuevo un reproche contra la madre y atraer al padre a su lado. Un tratamiento sugestivo y el descubrimiento del fin del ataque acabaron con estos ataques, pero la tos ferina se prolongó todavía otro medio año.
Mecanismos análogos están en la base de la idea del suicidio. El acto mismo fracasa casi siempre ante el reconocimiento de la contradicción interior de esta clase de protesta masculina. El vuelco psíquico se produce en el pensamiento de la muerte, del no ser, del sentimiento rebajador de convertirse en polvo, de perder por completo la propia personalidad. Donde se interponen inhibiciones de naturaleza religiosa, no son sin duda más que la envoltura, un estremecerse hacia atrás, como si también esta acción estuviera todavía castigada. Hamlet, hasta nuestros días la imagen directriz del que duda de su masculinidad, del hermafrodita psíquico que, mediante un prever asegurador, se pone conscientemente a sí mismo las inhibiciones de su protesta masculina, que se rebela contra su línea femenina, no sin esquivar el vuelco dialéctico en la línea masculina, se protege del suicidio evocando aquellos sueños «que en ese sueño puedan venir, cuando nos hayamos desprendido de nuestra parte mortal»105. En la escena del cementerio se muestra su verdadero espanto, porque la calavera de Yorick no vale más que las de los demás.
Desde hace bastante tiempo he sostenido la concepción de que el suicidio representa una de las formas más fuertes de la protesta masculina, un aseguramiento definitivo contra el rebajamiento. Los casos que me han sido accesibles, casi siempre de intentos de suicidio, han dejado reconocer siempre en su psique la estructura neurótica. Signos de inferioridad orgánica, sentimientos de inseguridad y de inferioridad procedentes de la infancia, un componente psíquico sentido como demasiado femenino y la protesta masculina exagerada que responde a él se encontraban en la misma disposición que en todo neurótico. El ejemplo más cercano o más lejano da a menudo la dirección. El asidero psíquico más poderoso procede de los pensamientos de muerte de la infancia, que, a modo de juego, y todavía más de manera ejemplar y preparatoria, al formar bajo el efecto de la idea de la personalidad la fisiognomía psíquica, establecen una disposición constante al suicidio. Se encuentran en la historia previa de los candidatos al suicidio las mismas inclinaciones a ganar influencia mediante la enfermedad, a procurarse satisfacción, en una situación de rebajamiento, en sentimientos de amor desdeñado, urdiendo pensamientos de muerte y ensoñaciones sobre la tristeza que estallaría en los allegados. Y la idea se convierte en acto en una situación semejante de merma del sentimiento de la personalidad, en cuanto esta pérdida conduce a una mayor desvalorización de la vida y es capaz de hacer pasar por alto el vuelco dialéctico de la idea masculina del suicidio en una nueva desvalorización. Así pues, tenemos que dar la razón a aquellos autores que ven en el suicidio un proceso emparentado con la formación delirante. Mis indicaciones y las de Bartel sobre las inferioridades orgánicas, en especial también sobre las inferioridades del aparato sexual, concuerdan bien con ello.
En la neurosis la probabilidad de una corrección es mayor, aunque no siempre sea un impedimento para el suicidio. Parece que el ahondamiento del neurótico en el problema del suicidio, que casi siempre dura años, es él mismo un signo y al mismo tiempo una concausa de la corrección. Y en efecto, los pensamientos y los sueños del nervioso están llenos de pensamientos de muerte. He aquí el sueño correspondiente de un neurótico que estaba en tratamiento por tartamudez e impotencia psíquica, en la noche después de haber esperado en vano una carta de su novia:
«Me parecía como si hubiera muerto. Mis allegados estaban alrededor del féretro y se comportaban del todo desesperados».
El paciente recuerda haber tenido a menudo en la infancia pensamientos de que querría morir porque los padres preferían al hermano menor. Desde siempre le perseguía el pensamiento de que, a causa de un hidrocele y de la pequeñez de sus genitales, era inferior, de que no tendría hijos. Más tarde trató de protegerse de la desgracia en el matrimonio mediante el rebajamiento de las mujeres y una gran desconfianza hacia ellas. En realidad se sentía demasiado débil y tenía miedo a la mujer. Así como temía esta prueba en el matrimonio, esquivaba, en virtud de su actitud, que se había vuelto motora, todas las decisiones. Su impotencia apareció cuando recibió el sí de su novia, como pretexto, como un artificio para aplazar un matrimonio. En el sueño se refleja el pensamiento de que la novia podría querer más a otro. A ello se vincula el intento de una solución sobre cómo podría atraer hacia sí todo el amor de ella, en el que, como en el arreglo de su impotencia, queda eliminada la posibilidad del matrimonio. —
Capítulo X. El sentido de familia del nervioso. — Obstinación y obediencia. — Taciturnidad y locuacidad. — La tendencia a la inversión.
En este apartado quiero señalar todavía una serie de rasgos de carácter de los nerviosos que se encuentran a menudo en primer plano de la consideración analítica, sin que por ellos quede influido más que el aspecto exterior de la neurosis. Solo ayudan a construir la individualidad neurótica, pero precisamente con ello dan a la neurosis especial una dirección determinada o provocan un destino determinado en el choque con el entorno. Así puede ocurrir que el sentido de familia del neurótico se destaque de manera especialmente insistente, que la investigación genealógica llene una parte de las cavilaciones neuróticas, encubra los rasgos más profundos de un orgullo de linaje neurótico, a menudo infundado, y que así, del mismo modo que, por ejemplo, mediante la investigación sobre la herencia de enfermedades, se trabaje en contra del rendimiento social de las relaciones amorosas y matrimoniales. Esto se logra fácilmente mediante el arreglo de un enamoramiento de algunos o de todos los miembros de la familia; así pues, este enamoramiento se produce bajo la compulsión de la ficción directriz y de su contradicción interior, de la que resulta el miedo a la decisión, a la pareja sexual. La disposición se dirige entonces al dominio dentro de la familia, para lo cual se declaran sagrados los lazos familiares. — La ruptura con la familia linda en el nervioso con el aumento del sentido de familia, en cuanto la tendencia a la seguridad avanza todavía más y necesita pruebas de que ni siquiera puede uno fiarse de los parientes consanguíneos. La misantropía, como línea de orientación abstracta del carácter, y la huida a la soledad no son fenómenos raros, y se destacan más claramente en las psicosis. —
La subordinación de los rasgos de carácter a la ficción directriz puede verse especialmente bien en los rasgos opuestos de la obstinación y la obediencia106, que, por separado o mezclados en diversa medida, contribuyen mucho al colorido de la psique nerviosa. La comprensión de la construcción, así obtenida, de estos rasgos de carácter, que se abstraen de impresiones neutrales, reales, de la época preneurótica, se agrupan neuróticamente y se elaboran como líneas de orientación, puede enseñarnos sobre el origen, el sentido y el fin del carácter. La idea del carácter innato se derrumba por completo, ya que el sustrato real de la formación psíquica del carácter, y lo que de él sea innato, se transforma bajo el impulso de la idea directriz hasta que esta queda satisfecha. La obstinación, así como la obediencia, no son entonces más que actitudes psíquicas que nos delatan el salto del pasado inseguro al futuro protector, como también otros rasgos de carácter. —
La timidez, como actitud del miedo a la decisión, va a menudo acompañada en los nerviosos del rasgo de carácter de la taciturnidad. La utilidad de esta posición de disposición reside también, por ejemplo, en que actúa como un aislamiento y sustrae al entorno las superficies de ataque. También como aguafiestas muestra a veces el nervioso taciturno su superioridad y su tendencia rebajadora. O bien arregla, mediante la parquedad de palabras y la falta de ocurrencias, la prueba de que no está a la altura de los demás, especialmente cuando son mayoría, de que en especial no sirve para el amor y el matrimonio. — En la adopción y el refuerzo de la oposición ficticia, en la locuacidad, he encontrado a veces la búsqueda de una prueba y la confesión, como si el paciente no pudiera guardar ningún secreto. Otra forma del ataque y de la desvalorización se encuentra en la manera impertinente, impaciente, de algunos nerviosos de interrumpir a todo el mundo. La intención se hace a menudo más clara cuando introduce cada observación con un «no», o un «pero», o un «al contrario».
Un rasgo de carácter al que la neurosis debe mucho de su agudeza y de su importancia, que se encuentra siempre y que, con la obstinación y el negativismo, pertenece a los medios de expresión más fuertes de la protesta masculina, consiste en la tendencia a quererlo todo de otro modo, todo al revés. Este rasgo se encuentra en la aspiración a la compensación tanto como en la inclinación a los artificios neuróticos; reside en la porfía y en la tendencia neurótica a la desvalorización, y muestra una enorme utilidad para el ataque contra el entorno. Es la contrapartida del modo de ser, a menudo conservador, pedante, del nervioso, pero le permite igualmente ejercer su afán de dominio. En el núcleo de la protesta masculina, cuando esta está construida por principio y según la oposición neurótica, se encuentra la aspiración al cambio y a la inversión. «El habla popular declara como esencia de toda dialéctica femenina el querer siempre otra cosa», refiere E. Fuchs en «La mujer en la caricatura». En el vestido, en las costumbres, en la actitud y en el movimiento se abre paso siempre también, casi siempre con pretextos, algo de esta extravagancia. Una de mis pacientes se volvía a menudo en el sueño de tal manera que se despertaba acostada al revés. También en estado de vigilia intentaba hacerlo todo al revés. Una de sus palabras favoritas era: «¡Al revés!», como objeción contra las opiniones de otros. El deseo de estar arriba, de montar, de llevar los pantalones, se encuentra expresado con muchísima claridad en las pacientes de esta clase. En el tratamiento psicoterapéutico este rasgo dura de principio a fin, puede presuponerse siempre, como en los catatónicos el negativismo, y se extiende a las cosas más nimias. Muy a menudo estas tendencias neuróticas a la contradicción salen a la luz en la forma de que el médico haya de ir a ellos, y no ellos al médico. En general hay que guardarse de hacer predicciones en el tratamiento de los nerviosos; pero con una fuerte tendencia a la inversión, uno quedaría en ridículo cada vez.
Se intenta convertir lo de arriba en lo de abajo, la derecha en la izquierda, lo de delante en lo de detrás, porque la ficción directriz exige simbólicamente «inversiones», es decir, la transformación de lo femenino en lo masculino. Las palabras, la escritura (escritura especular), la conducta moral, la sexual, el soñar en opuestos (y en orden inverso), y el pensar se invierten a modo de juego, pero al mismo tiempo como ataque. El artificio aquí empleado, el de comportarse de modo masculino, tiene casi siempre algo de rabia destructora.
El empleo de este «al revés» en la superstición, por ejemplo burlar al destino esperando lo contrario de lo que uno querría, un rasgo frecuente en los nerviosos que muestra toda su inseguridad, nos lleva de nuevo a la cautela neurótica y deja reconocer su gran importancia y su enorme alcance en la vida anímica del nervioso.107
En torno a este núcleo de la cautela pueden agruparse, según la tolerancia de la imagen directriz o según la situación, rasgos de veracidad, así como de mendacidad, que expresan siempre la aspiración a la masculinidad plena, unas veces en línea recta, otras por un rodeo. Muy emparentados con ellos están los rasgos de disimulo y franqueza, de los cuales el primer carácter toma claramente como punto de partida el sentimiento de estar perjudicado, de estar abajo. Una tendencia a la seguridad fuertemente anticipadora muestra el rasgo de carácter de la quejumbrosidad y de la sensibilidad al dolor, que hace ver claramente al entorno, pero también al paciente, cómo de todas las situaciones de la vida solo puede elegir aquellas que serían soportables sin dolor. Se entiende que la anticipación de los dolores del parto interviene a menudo en la construcción de esta línea de orientación.
Emparentados con los esfuerzos de la cautela están los fenómenos, destacados a menudo en este libro, de la duda, de la vacilación y de la indecisión de los nerviosos. Se presentan siempre que la realidad actúa sobre la ficción directriz de tal modo que en esta surgen una y otra vez contradicciones, cuando amenaza el peligro de una derrota, de una pérdida de prestigio, por la intervención de la realidad. Al nervioso le quedan entonces, en general, 3 caminos, que dependen de la fuerza de la meta directriz ficticia, de modo que la neurosis desarrollada adquiere un aspecto correspondiente. Un camino es la estabilización de la duda y de la vacilación como base de operaciones, como se encuentra con mayor claridad en los neurasténicos, en la manía de dudar, en la psicastenia. El segundo camino conduce a la psicosis, ya que construyendo un sentimiento de verdad108 la ficción se hipostatiza, se diviniza. El tercer camino conduce a la transformación de forma de la ficción arreglando la angustia, la debilidad, los dolores, etc.; en suma, por un rodeo neurótico, sirviéndose de medios femeninos, a la protesta masculina.
Conclusión.
Nuestra consideración ha mostrado que los rasgos de carácter, su representación por principio en la vida del hombre, se presentan a la manera de líneas de orientación para el pensar, el sentir, el querer y el obrar, como artificios de la psique humana que experimentan una configuración más aguda en cuanto la persona quiere llegar, desde la fase de la inseguridad, al cumplimiento de su idea directriz ficticia. El material para la formación de los rasgos de carácter está presente por doquier en lo psíquico, y su diversidad innata desaparece frente al efecto unitario de la ficción directriz. La meta y la dirección, el fin ficticio de los rasgos de carácter, se reconocen mejor en las líneas originarias, rectilíneas, combativo-agresivas. La necesidad y las dificultades de la vida obligan a transformaciones del carácter, en las que solo encuentran aprobación aquellas construcciones que están en armonía con la idea de la personalidad. Así se producen los rasgos de carácter más cautelosos, vacilantes, que se desvían de la línea recta, cuyo seguimiento, sin embargo, pone de manifiesto su dependencia de la ficción directriz.
La neurosis y la psicosis son intentos de compensación, rendimientos constructivos de la psique, que resultan de la idea directriz reforzada y puesta demasiado alto del niño inferior. La inseguridad de estos niños respecto del futuro y de su éxito en la vida les obliga a esfuerzos y aseguramientos más fuertes en su plan de vida ficticio. Cuanto más fijada y rígida es su imagen directriz, su imperativo categórico individual, tanto más dogmática y más regida por principios trazan las líneas directrices de su vida. Cuanto más previsores se vuelven en ello, tanto más lejos tienden hilos de pensamiento, hasta más allá de su persona, hacia el futuro, y organizan en su extremo periférico, donde ha de producirse el choque con el mundo exterior, como puestos de avanzada de sus disposiciones psíquicas, los rasgos de carácter necesarios. Con su enorme sensibilidad, el rasgo de carácter nervioso, regido por principios, se adhiere a la realidad para cambiarla o someterla conforme al ideal de la personalidad. Si amenaza la derrota, entran en vigor las disposiciones y los síntomas neuróticos.
La escasa importancia del sustrato innato para la formación del carácter se desprende también de que la ficción directriz solo reúne y agrupa unitariamente los elementos psíquicos utilizables, solo aquellas capacidades y recuerdos cuyo talento para la finalidad se pone de manifiesto. En la reordenación neurótica de la psique, la ficción directriz dispone sin límites y aprovecha las experiencias según su aptitud, como si la psique fuera un material real en reposo. Solo entonces, cuando la perspectiva neurótica es eficaz, cuando los caracteres y las disposiciones neuróticos están acabados, cuando el camino hacia el ideal directriz está asegurado, reconocemos a la persona como nerviosa. Pues con más claridad que la psique normal nos lo enseña la nerviosa: «A través del gran ser que nos rodea y penetra profundamente en nosotros, se extiende un gran devenir que tiende al ser consumado».
Así encontramos el carácter como un «patrón inteligente», llegado a emplearse por la imagen directriz, del que se sirve la tendencia a la seguridad, igual que de las disposiciones afectivas y de las disposiciones neuróticas a la enfermedad. Captar el sentido de estos patrones, comprenderlo, como empezó a hacerlo Breuer, a partir de su construcción genética, y en nuestra concepción analógica, entenderlo como un símbolo del plan de vida, como un símil, es la tarea de la psicología individual comparada. Pues mediante la descomposición del carácter, en el que siempre puede seguirse la línea del impulso ascendente hacia el ideal directriz, vivimos, concentrados en un punto, la historia previa, el presente, el futuro y la finalidad que se pretende, todo a la vez.
Siempre se encontrará en los nerviosos que se aferran con fuerza a sus patrones aseguradores. La resistencia se refuerza todavía porque el paciente, en el desprendimiento de sus patrones, así como en el cambio de dirección de su plan de vida influido por otro, siente de antemano una derrota, un estar abajo, una castración. El paso siguiente en la cura psicoterapéutica tendrá que ser, pues, el de desenmascarar también esta conducta rigurosamente antitética, la resistencia del paciente contra el médico, como el antiguo patrón neurótico, como protesta masculina exagerada, y suprimir el prejuicio neurótico.
Así pues, podemos poner en este lugar, como resultado último que ilumina por así decir nuestro punto de partida: los órganos inferiores y los fenómenos neuróticos son símbolos de fuerzas configuradoras que tratan de cumplir, con esfuerzos y artificios acrecentados, un plan de vida que se han fijado ellas mismas.
Escritos citados del autor.
Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. Urban y Schwarzenberg, Viena y Berlín, 1907.
Über neurotische Disposition [Sobre la disposición neurótica]. Jahrbuch Bleuler-Freud, 1909.
Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose [El instinto de agresión en la vida y en la neurosis]. Fortschritte der Medizin, Leipzig, 1908.
Die Bedeutung der Organminderwertigkeitslehre für Philosophie und Psychologie [La importancia de la doctrina de la inferioridad orgánica para la filosofía y la psicología]. Conferencia en la Sociedad de Filosofía de la Universidad de Viena, 1908.
Myelodysplasie oder Organminderwertigkeit? [¿Mielodisplasia o inferioridad orgánica?]. Wiener med. Wochenschrift, 1909.
Der psychische Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose [El hermafroditismo psíquico en la vida y en la neurosis]. Fortschr. d. Medizin, 1910, Leipzig.
Trotz und Gehorsam [Obstinación y obediencia]. Monatshefte für Pädagogik, Viena, 1910.
Die psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie [El tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino]. Zentralblatt für Psychoanalyse, Wiesbaden, Bergmann, 1910.
Ein erlogener Traum [Un sueño inventado]. Zentralblatt für Psychoanalyse, Wiesbaden, Bergmann, 1910.
Über männliche Einstellung bei weiblichen Neurotikern [Sobre la actitud masculina en las neuróticas]. Zentralblatt für Psychoanalyse, Wiesbaden, Bergmann, 1910.
Beitrag zur Lehre vom Widerstand [Contribución a la doctrina de la resistencia]. Zentralblatt für Psychoanalyse, Wiesbaden, Bergmann, 1910.
Syphilidophobie [Sifilidofobia]. Zentralblatt für Psychoananlyse109, Wiesbaden, Bergmann, 1910.
Zur Determination des Charakters [Sobre la determinación del carácter]. Conferencia pronunciada en la Sociedad de Psicología de la Universidad de Viena, 1909.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la de Wikisource, corregida dos veces sobre el facsímil de Commons, y cotejada palabra por palabra con el OCR del ejemplar de la Yale Medical Library digitalizado por archive.org; las discrepancias, las cifras, los nombres, las tablas y el esquema se comprobaron en el facsímil, y se corrigieron las erratas de Wikisource que se indican en la versión original: Alfred Adler, Über den nervösen Charakter. Grundzüge einer vergleichenden Individual-Psychologie und Psychotherapie, Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1912, VI + 196 págs. (primera edición; las ediciones posteriores, de 1919, 1922 y 1928, no se han tenido en cuenta). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1912), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en partes y capítulos, el índice, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y las negritas, las notas del autor (numeradas de forma continua; en el impreso, por página) y la paginación original; el esquema de la S. 39, un dibujo en el original, se da como texto y tabla. Las equivalencias siguen el glosario del archivo: Minderwertigkeit se traduce siempre «inferioridad», Minderwertigkeitsgefühl «sentimiento de inferioridad», männlicher Protest «protesta masculina», leitende Fiktion «ficción directriz», Leitlinie «línea directriz», Richtungslinie «línea de orientación», Leitbild «imagen directriz», Leitidee o leitende Idee «idea directriz», fiktives Endziel «meta final ficticia», Endzweck «fin último», Finale «finalidad», Persönlichkeitsideal «ideal de la personalidad», Persönlichkeitsgefühl «sentimiento de la personalidad», Sicherungstendenz «tendencia a la seguridad», Sicherung «aseguramiento» o, como recurso concreto, «salvaguardia», Bereitschaft «disposición», Kunstgriff «artificio», Herabsetzung «rebajamiento», Zurücksetzung «postergación», Entwertungstendenz «tendencia a la desvalorización», Verkürztheit «condición de perjudicado» (sich verkürzt fühlen, «sentirse perjudicado»), Obensein / Untensein «estar arriba / estar abajo», Junktim junctim, Organjargon «jerga de los órganos», Trieb «instinto», Kinderfehler «defecto infantil»; Gemeinschaft (Prólogo) se traduce «comunidad». Nervosität y nervös se traducen «nerviosidad» y «nervioso», como término de época equivalente a neurosis y neurótico, y el título, por la misma razón, «Sobre el carácter nervioso». Las citas de otros autores se traducen al español; los títulos de obras citadas se dan como los da el autor, con traducción entre corchetes la primera vez; las expresiones latinas, griegas y francesas se dejan en el original, con nota cuando hace falta. Se respetan los nombres propios tal como los escribe Adler (Flies, Gregor Werle, Wirubof). Las adiciones del traductor van entre corchetes, y sus notas, marcadas «(N. del T.)».
«Todo depende de la opinión: no solo la ambición mira a ella, sino también el lujo y la avaricia. Sufrimos según la opinión. Cada cual es tan desgraciado como cree serlo». Séneca, Epístolas a Lucilio, 78, 13. (N. del T.) ↩
Traducido por el Dr. Max Kahane. ↩
Véanse los lugares de publicación al final de este libro. ↩
Véase también Adler, Die Theorie der Organminderwertigkeit und ihre Bedeutung für Philosophie und Psychologie [La teoría de la inferioridad orgánica y su importancia para la filosofía y la psicología], conferencia en la Sociedad Filosófica de la Universidad de Viena, 1908, y J. Reich, Kunst und Auge [Arte y ojo], Oesterreichische Rundschau, 1908. ↩
Adler, Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose [El instinto de agresión en la vida y en la neurosis], l. c. ↩
Adler, Trotz und Gehorsam [Obstinación y obediencia]. ↩
«Dame dónde apoyarme», palabras atribuidas a Arquímedes («dadme un punto de apoyo y moveré el mundo»). (N. del T.) ↩
Véase Furtmüller, Psychoanalyse und Ethik [Psicoanálisis y ética], Múnich, E. Reinhardt, 1912. ↩
Véase Karl Groos, Die Spiele der Menschen [Los juegos de los hombres], Die Spiele der Tiere [Los juegos de los animales]. ↩
Adler, Trotz und Gehorsam, l. c. ↩
Como puede verse en Karl Groos, Spiele der Tiere, también la comprensión del alma animal se funda en que vemos al animal obrar como si siguiera una línea de orientación ficticia. ↩
Tengo que remitir aquí a las doctrinas fundamentales de Bergson, sin poder encuadrar suficientemente sus importantes puntos de vista. ↩
Véase el sueño de Hipias, Heródoto VI, 107: «creyó dormir con su madre». Esto lo soñó cuando se proponía conquistar su ciudad madre, como ya lo había vivido una vez acompañando a su padre. Así pues, el «complejo de Edipo» como símbolo del querer dominar. — También entre los romanos se encuentra el «coito» como símbolo de una conquista, de una victoria. Cf. el doble sentido de «subigere» [en latín, «someter, sojuzgar» y también, en sentido sexual, «poseer»]. ↩
De los autores recientes que tienen en cuenta este punto de vista, debo nombrar en primer lugar a H. Silberer. ↩
Goethe, Fausto, primera parte, escena del estudiante: «Dann hat er die Teile in seiner Hand, / Fehlt, leider! nur das geistige Band» («Tiene entonces las partes en la mano; solo falta, por desgracia, el lazo espiritual»). (N. del T.) ↩
Para los psicólogos de olfato agudo hago constar aquí que la acumulación de comparaciones tomadas de la vida militar la he hecho con intención consciente. En la educación militar, el punto de partida y el fin ficticio están solo más juntos, son más fáciles de abarcar, y cada movimiento del soldado que se ejercita se convierte en disposición para transformar un sentimiento primario de debilidad en el sentimiento de superioridad. ↩
Véase «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose» (l. c.). ↩
Über neurotische Disposition [Sobre la disposición neurótica], l. c. ↩
El sentimiento de extrañeza y el sentimiento de familiaridad en la neurosis son análogos a los reflejos de la advertencia y del aliento de una voz interior en el sueño, en la alucinación, en la actitud y en la psicosis. ↩
R. M. Werner, Aus Hebbels Frühzeit [De la primera época de Hebbel], Österreichische Rundschau, 1911. ↩
«Conócete a ti mismo», inscripción del templo de Apolo en Delfos, que la tradición pone en boca de Sócrates. (N. del T.) ↩
Psychischer Hermaphroditismus im Leben und in der Neurose [El hermafroditismo psíquico en la vida y en la neurosis], l. c., y los escritos siguientes. ↩
Ya G. Chr. Lichtenberg escribe: «Si la gente quisiera contar sinceramente sus sueños, se adivinaría por ellos el carácter antes que por la cara». ↩
Junktim (del latín iunctim, «unidamente»): en el lenguaje parlamentario, la vinculación de dos asuntos que solo pueden aprobarse juntos. Adler usa el término para la unión tendenciosa de dos complejos de representaciones con el fin de reforzar un afecto. (N. del T.) ↩
Véase «Zur Lehre vom Widerstand» [Sobre la doctrina de la resistencia], l. c. ↩
Así, también el valor de un órgano en la «corriente de la vida» se convierte en un símbolo en el que se reflejan el pasado, el presente, el futuro y la meta final ficticia — exactamente como en el carácter o en el síntoma nervioso —. La idea de lo «simbólico en la forma» no es nueva; se encuentra en Porta, Gall y Carus. ↩
El aseguramiento psíquico en el hombre, con sus disposiciones y caracteres, se parece tanto a las variaciones aseguradoras del reino animal, que la fantasía de los niños, de los nerviosos, de los poetas, y aun el lenguaje, utilizan a menudo esta analogía para hacer comprensible a modo de símil un gesto psíquico, una disposición, un rasgo de carácter mediante el símbolo de un animal, en los escudos de armas, por ejemplo, en los símiles poéticos, en las fábulas y parábolas. Véase también Erckmann-Chatrian, Der berühmte Doktor Matthieu [El famoso doctor Matthieu], el Reinecke Fuchs [Reineke el Zorro] de Goethe, pinturas y caricaturas. ↩
«Este muchacho le eyaculó el semen en la boca» (en latín en el original). (N. del T.) ↩
En el original, Heller, la moneda divisionaria austriaca (centésima parte de la corona). (N. del T.) ↩
«Hablar en uno y otro sentido», es decir, argumentar a favor y en contra. (N. del T.) ↩
Poema de Goethe «An Schwager Kronos» [Al postillón Cronos] (1774). (N. del T.) ↩
En el original, Johannistrieb, literalmente «brote de San Juan»: el rebrote tardío de la sensualidad en la edad madura. (N. del T.) ↩
Cuya importancia para el diagnóstico diferencial está por encima de toda duda. Solo hay que considerar todavía, regularmente, la simultaneidad de una afección orgánica. ↩
Es decir, la operación del pensamiento no se efectúa siguiendo lo real, sino que da en analogías y símbolos cuyo acompañamiento afectivo falseador aumenta la disposición al ataque del nervioso. Pero esto último corresponde a la «opinio» directriz inconsciente. La figuración, el símbolo, la analogía están, como «junctim», al servicio de la agresión a la que el ideal de la personalidad obliga al nervioso. La mujer como esfinge, el hombre como asesino, etc. ↩
La misma protesta masculina conduce en la neurosis al trismo, al blefarospasmo, al vaginismo, al espasmo del esfínter, al globo y al espasmo de glotis. ↩
La transformación de forma de la ficción masculina puede producirse de tal modo que bajo su dirección se aspire a la gravidez, a la maternidad, muy a menudo en aquellos casos en que existen obstáculos de naturaleza grave. El grito por el hijo se dirige entonces, por regla general, contra el hombre. El embarazo fantasma representa a menudo un arreglo de este tipo. ↩
El temor de verse perjudicada por nuevos gastos sugeriría el uso de los patrones de carácter de la avaricia y el ahorro. Estos rasgos maternos, femeninos según su valoración, los esquiva mediante una compulsión a pagar por adelantado, y se muestra superior a la madre por la generosidad. ↩
Así, la boda inminente de una muchacha puede conducir en el hermano o en el padre, si están predispuestos a la neurosis, al estallido de una neurosis. El arreglo de un enamoramiento puede entonces simular «impulsos incestuosos». ↩
Frischauf, Psychologie des jüngeren Bruders [Psicología del hermano menor], E. Reinhardt, Múnich, 1912. ↩
«Moveré el Aqueronte», es decir, removeré los infiernos: Virgilio, Eneida, VII, 312 («Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo»). (N. del T.) ↩
Goethe, «Erlkönig» [El rey de los elfos]: «Und bist du nicht willig, so brauch’ ich Gewalt». (N. del T.) ↩
La inseguridad originaria sobre el papel sexual desempeña, como vengo subrayando desde hace años (véase «Über neurotische Disposition», 1909, y los trabajos siguientes), un papel principal en el desarrollo de la psique neurótica, para la cual se emplea más tarde como símbolo y base de operaciones agudizadora en la lucha por el dominio. Últimamente he encontrado para este importante hallazgo una acogida parcial por parte de varios autores. ↩
En alemán, Affenliebe («amor de mono») es el cariño ciego y excesivo de los padres. (N. del T.) ↩
Debo al colega Wexberg la comunicación de un robo fantaseado que representa claramente el avasallamiento del padre. ↩
l. c. ↩
«Con el pulgar vuelto»: el gesto con que el público del circo romano pedía la muerte del gladiador vencido. (N. del T.) ↩
Los impulsos primarios de la conciencia moral en la masturbación son las consecuencias, pero al mismo tiempo los aseguramientos, del ideal de la personalidad ofendido. En la neurosis estos aseguramientos se refuerzan, a menudo manteniendo la masturbación, y se insertan en el plan de vida como adecuados a su fin: el autoerotismo se convierte así en símbolo del plan de vida, de lo cual se deriva su carácter compulsivo. ↩
Conforme al plan de vida, a la finalidad. ↩
«Syphilidophobie», l. c. ↩
De paso, la madre, con sus amenazas apodícticas, tampoco había de tener razón. ↩
Adler, Männliche Einstellung bei weiblichen Neurotikern (Venustraum) [Actitud masculina en las neuróticas (el sueño de Venus)], l. c. ↩
Moll ha destacado con gran perspicacia la frecuente unión de homosexualidad y exhibicionismo. Nuestra exposición demuestra la conexión interior. Ambas inclinaciones perversas son formas de expresión de la protesta masculina. ↩
Hugo Schenk (1849-1884), estafador y asesino vienés que sedujo y mató a varias criadas; fue ejecutado en 1884. (N. del T.) ↩
El refuerzo de la línea directriz ficticia en el neurótico que se ha vuelto inseguro hace que tenga que emplear medios más fuertes para su aseguramiento: angustia, donde otro tiene moral; hipocondría, como otro emplea la cautela. Nuestra paciente tiene a la vez el delirio y la angustia, mientras que otras muchachas se arreglan todavía con la moral y la cautela. Así también, alucinaciones en lugar de cautela, temores y aliento. ↩
Eulenburg ha destacado del mismo modo la íntima relación de la algolagnia activa (v. Schrenck-Notzing) con la necrofilia. ↩
La fe en el propio hechizo es tan grande que toda resistencia da ocasión a nuevos esfuerzos. ↩
Recuérdese la «jerga de los órganos», de la que se habla a menudo. Así, las palabras «estridente» y «chillón», en su sentido «figurado», expresarían afectivamente analogías que se sienten unas veces con el órgano del oído y otras con el ojo. ↩
Este último mecanismo resulta ser la base de la homosexualidad pasiva, y ambas actitudes pueden revelarse como la estructura del masoquismo (por eso mejor: pseudomasoquismo). ↩
Otra vez encontré el zumbido de oídos como recuerdo del sonido de la línea telegráfica; este sonido le recordaba su soledad en la infancia, cuando a menudo, solo con sus esperanzas de futuro, abarcaba, como el telégrafo, el mundo entero. ↩
Como hay que suponer también respecto del sueño, que representa el reflejo de un movimiento psíquico en la conciencia. ↩
En alemán, Basken. (N. del T.) ↩
Como ya se ha mencionado, la «expectativa de matrimonio» constituye una de las ocasiones patógenas más frecuentes del agudizamiento de la neurosis y del estallido de psicosis. Las manifestaciones contrarias de tales pacientes, como: ¡si ellos se casarían con mucho gusto!, resultan siempre «platónicas». ↩
Adler, Über neurotische Disposition (l. c.), y Furtmüller (l. c.). ↩
«Resiste a los comienzos» (Ovidio, Remedia amoris, 91). (N. del T.) ↩
Alusión a Hamlet, II, 2: «I am but mad north-north-west» («Solo estoy loco cuando sopla el nornoroeste»), en la traducción alemana de Schlegel. (N. del T.) ↩
En el original, Duchentüberzug: funda del Duchent o Tuchent, el edredón de plumas austriaco, que se cierra por todos los lados, por oposición a la Kappendecke, la funda abierta. (N. del T.) ↩
Adler, Studie, l. c., apéndice. — Antes que yo, Freud ha tocado la conexión entre fuego y agua en el sueño. ↩
Junctim con el fin de una manifestación afectiva tendenciosa, rebajadora. ↩
Lo que los autores llaman instinto de imitación o identificación es siempre la adopción de un patrón a efectos de elevar el sentimiento de la personalidad. ↩
Shakespeare, Hamlet, III, 1, en la traducción de Schlegel: «Der angebornen Farbe der Entschließung / Wird des Gedankens Blässe angekränkelt» («el color natural de la resolución se debilita con la pálida tez del pensamiento»). (N. del T.) ↩
Este refuerzo afectivo se saca siempre de un junctim tendencioso. Papel femenino y abismo, ahogarse, morir, ser atropellado o ser aplastado. ↩
Alusión burlesca a una orden militar contradictoria («¡adelante, hacia atrás!»), que reúne los dos movimientos opuestos. (N. del T.) ↩
Véase la parte teórica: capítulo III, «La ficción reforzada». ↩
Vaihinger, Die Philosophie des Als Ob. ↩
En el trabajo «Über neurotische Disposition» he destacado lo que también hay que decir en este lugar: que una inferioridad originaria favorece la elección del síntoma. En la neurosis este mecanismo pasa a ser posesión de la psique como disposición a la enfermedad. ↩
Goethe, Fausto, primera parte, noche de Walpurgis: «Mit tausend Schritten macht's die Frau; / Doch wie sie auch sich eilen kann, / Mit einem Sprunge macht's der Mann» («con mil pasos lo hace la mujer; pero, por mucho que se apresure, de un salto lo hace el hombre»). Adler cita de memoria. (N. del T.) ↩
En alemán, auftauchen significa «aparecer» y también «salir a flote, emerger». (N. del T.) ↩
Véase también Wagner v. Jauregg, Über krankhafte Triebhandlungen [Sobre las acciones instintivas morbosas], Wiener klin. Wochenschr., 1912. ↩
Adler, Aggressionstrieb, l. c. ↩
Aggressionstrieb, l. c. ↩
A. Jassny, Das Weib als Verbrecher [La mujer como delincuente], Archiv f. Kriminalpsychologie, 1911, cuad. 19. ↩
Shakespeare, Ricardo III, I, 1, en la traducción de Schlegel: «Bin ich gewillt, ein Bösewicht zu werden» («I am determined to prove a villain»). (N. del T.) ↩
Por más de una valiosa indicación histórica para mi trabajo estoy especialmente obligado con el profesor Dr. S. Oppenheim. ↩
En alemán, mondsüchtig («enfermo de luna»): sonámbulo, lunático. (N. del T.) ↩
Una mujer montada sobre un hombre se encuentra a menudo, directamente o disfrazada, como tema de la pintura. Recuerdo a Burgkmair, Hans Baldung Grien, Durero y las múltiples representaciones que muestran a la amante de Alejandro montada sobre Aristóteles. ↩
Que también los comienzos de la filosofía, emprendidos a tientas en la inseguridad, han hipostatizado este pensamiento antitético se ha destacado ya. Karl Joël habla de este problema en la «Geschichte der Zahlprinzipien in der griechischen Philosophie» [Historia de los principios numéricos en la filosofía griega] (Zeitschr. f. Philosophie u. philos. Kritik, vol. 97) y destaca allí: «El verdadero fundamento originario de la antitética es la rigidez de pensamiento instintiva y terca, que solo quiere conocer absolutos.» ↩
Laura Marholm cita la siguiente poesía: «La mujer es un rosal; / viene el macho cabrío y se lo come». ↩
Mientras escribía esto encontré un tipo de esta clase de personas, en las que el «querer estar arriba» se destaca con especial crudeza, descrito con gran fuerza intuitiva en el consejero Eysenhardt de Alfred v. Berger [Hofrat Eysenhardt, novela de 1911 del escritor austriaco Alfred von Berger, 1853-1912], cuya lectura quisiera recomendar a todos los psicoterapeutas. Se volverá a encontrar en esta descripción todo el tipo dibujado por nosotros, visto por un poeta. El ímpetu excesivo del padre, el sentimiento de inferioridad del muchacho con la protesta masculina compensatoria. — Aumento del deseo sexual, de la voluntad de poder, preparación del parricidio, fetichismo, carrera judicial; — aseguramientos reforzados tras una derrota; — construcción del arrepentimiento, remordimientos, alucinaciones y representaciones obsesivas como repudio vengativo de la idea de autoridad del Estado; pérdida de un diente y miedo reforzado a la mujer como causa de una protesta masculina todavía más acrecentada, y con ello de nuevo el arreglo de un deseo sexual aumentado: todo impresionante y transparente, una descripción del rodeo neurótico que recuerda los cuadros de Dostoievski y no necesita mayor explicación. ↩
Con razón destaca Bergson lo mismo de todo movimiento. Con saber suficiente y experiencia bastante, puede descubrirse en todo fenómeno psíquico el pasado, el presente, el futuro, pero también la finalidad a la que se aspira. Y así todo fenómeno psíquico, también todo rasgo de carácter, puede entenderse, igual que el órgano corporal inferior, como símbolo de la vida, como intento de ascenso, de la protesta masculina. ↩
Realschule: en Austria, escuela media sin latín, centrada en las lenguas modernas, las matemáticas y las ciencias naturales, que también conducía al examen de madurez; Unterrealschule, sus cursos inferiores. Se deja en alemán, porque ni «escuela real» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.) ↩
Otro sueño de la misma noche podría tratar de la conquista sexual de una muchacha. ↩
Cf. Frischauf, Zur Psychologie des jüngeren Bruders [Sobre la psicología del hermano menor], E. Reinhardt, Múnich (en prensa). ↩
Según nuestra concepción, toda inversión y toda perversión es un símil y es simbólica. Sobre el pseudomasoquismo, véase «Die psychische Behandlung der Trigeminusneuralgie», l. c. ↩
«Dame dónde apoyarme» (Arquímedes). (N. del T.) ↩
Schiller, La muerte de Wallenstein, III, 13: «Nacht muss es sein, wo Friedlands Sterne strahlen». (N. del T.) ↩
En el original, Trud: en el folclore germánico, el espíritu que se sienta sobre el pecho del durmiente y causa la pesadilla. (N. del T.) ↩
La genial intuición de Richard Wagner en el canto de Erda: «Mi sueño es soñar, mi soñar es meditar, mi meditar es dominio del saber». ↩
A veces esta «sensación de presión» llega hasta el abdomen, a la región del pecho y del corazón, o aparece exclusivamente en estos lugares. A veces siguen poluciones como símbolo reactivo del fin último masculino. ↩
Die Kreuzelschreiber (1872), comedia del austriaco Ludwig Anzengruber en la que las mujeres de un pueblo se niegan a sus maridos. (N. del T.) ↩
Wilhelm Hertz, Die Sage vom Giftmädchen [La leyenda de la muchacha venenosa], Abh. d. bayer. Akademie d. Wissenschaften, 1897. ↩
Tomado de O. Kaus, Der Fall Gogol [El caso Gógol], Múnich, Reinhardt, 1912. ↩
Adler, Der Aggresionstrieb, l. c. ↩
Paul Bjerre (Zur Radikalbehandlung der chronischen Paranoia [Sobre el tratamiento radical de la paranoia crónica], Viena y Leipzig, Deuticke, 1912) ha sido el primero en describir detalladamente y de manera convincente la importancia de la protesta masculina y de la tendencia a la seguridad en la psicosis. ↩
R. Stern ha descrito fenómenos semejantes, de los que se ha hablado varias veces en este libro, como «tensiones preactivas». De mis exposiciones se desprende que se trata del empleo planificado, aunque inconsciente, de la excitabilidad refleja de sistemas de órganos inferiores («Studie», l. c.), de «reflejos inteligentes». ↩
Shakespeare, Hamlet, III, 1, en la traducción de Schlegel: «Was in dem Schlaf für Träume kommen mögen, / Wenn wir die irdische Verstrickung lösten» («what dreams may come / When we have shuffled off this mortal coil»). Adler cita de memoria. (N. del T.) ↩
Adler, Trotz und Gehorsam, l. c. ↩
Véase también Adler, Syphilidophobie, l. c. ↩
Kanabich, «Zur Pathologie der intellektuellen Emotionen» [Sobre la patología de las emociones intelectuales] (Psychotherapia, editada por N. Wirubof, Moscú, 1911), se ha acercado a esta concepción. ↩
Así, con errata, en el original. (N. del T.) ↩