V.

Sobre la teoría de la alucinación.

(1912.)

Los datos reales de las excitaciones cerebrales y nerviosas, en cuyo ámbito se suelen situar las sensaciones, las percepciones, a veces también los recuerdos, los reflejos y los impulsos motores, no llevan más allá de la hipótesis de oscilaciones y movimientos ondulatorios de la sustancia nerviosa y de alteraciones químicas de esta. Buscar aquí algo más que conexiones plausibles, eternamente indemostrables, es una conclusión lógica errónea que sólo le está permitida a la psicología vulgar. La construcción de una vida anímica a partir de excitaciones mecánicas, eléctricas, químicas o análogas es tan inconcebible que preferimos con mucho recurrir a la otra hipótesis auxiliar: suponer que en el concepto y en la esencia de la «vida» hay que pensar ya incluido un órgano anímico que, no subordinado sino coordinado, creciendo a partir de pequeños comienzos y respondiendo a aquellas excitaciones, recibe su forma definitiva.

Dondequiera que consideremos este órgano anímico, siempre lo encontramos en reacción ante impresiones internas y externas, siempre prepara el obrar y el actuar del individuo. Pero no es sólo voluntad, sino a la vez ordenación planificada de la excitación, comprensión consciente e inconsciente de esta y de sus conexiones con el mundo, previsión y dirección de la voluntad en un sentido característico del individuo. Siempre en movimiento, su línea discurre siempre en dirección a una mejora, un complemento, una elevación, como si toda sensación de la situación personal fuera motivo de una sensación más leve o más grave de desasosiego e inseguridad. Las necesidades y los instintos, siempre despiertos, impiden el sueño del órgano anímico. Y en cada una de las formas de manifestación que de él fijamos podemos percibir el desasosiego como antecedente, el presente como reacción y el futuro como meta ficticia de la redención. La atención no actúa en ello, de ningún modo, como una disposición sin prejuicios que sumara, por ejemplo, recuerdos imparciales con impresiones recibidas sin tendencia en un resultado objetivo. Al investigador y observador no formado en la psicología individual se le escapan incluso las diferencias más burdas, y nunca llega a ser consciente del decisivo tono individual de fondo. Para él, por ejemplo, angustia es igual a angustia. Pero para el conocimiento del hombre es mucho más significativo si uno tiene angustia para huir o para poner a su servicio a un segundo como auxiliar. Si examino su capacidad de recordar o la fuerza de su memoria, su capacidad de captación o su presteza de réplica, sigo sin saber adónde quiere ir a parar. Por eso la psicología experimental por sí sola no es capaz de instruirnos sobre las dotes o el valor de un ser humano, porque nunca podemos saber por ella si alguien empleará su capacidad anímica para el bien o para el mal, sin contar con que muchos pueden estar dotados para un examen sin estarlo para la vida. Del mismo modo, el éxito del examen dependerá de la relación de comunidad en que se encuentren examinador y examinado, el examinando y la materia del examen.

En toda representación o percepción se trata de rendimientos complicados, en los que la situación anímica de cada momento desempeña un gran papel e influye de manera destacada en la atención. Ya la percepción simple no es una impresión objetiva ni una mera vivencia, sino un rendimiento creador de ideas previas y segundas intenciones en el que vibra la personalidad entera. Pero percepción y representación no son actos distintos por principio. Se relacionan entre sí como el comienzo y el final provisional de un proceso. En la representación fluye todo lo que en el momento dado necesitamos y esperamos de ella para acercarnos a nuestra meta individual. También el grado de placer y displacer que sentimos en ello es justamente tan grande como para favorecer la consecución de la meta que se tiene a la vista, e incluso para estimularla. Que en la representación se trata de un acto creador se desprende del hecho de que uno puede representarse objetos y personas desde un lado —igual que en el recuerdo— desde el que nunca habría podido verlos en la percepción inmediata. Así, cuando en el recuerdo uno se ve a sí mismo en la imagen. Este acto creador de una capacidad anímica innata, que se ha desplegado y está plenamente en contacto con el mundo exterior, es también el fundamento de la capacidad alucinatoria. Es la misma fuerza psíquica la que en la percepción, la representación, el recuerdo y la alucinación permite una actividad constructora creadora, aunque en distinta medida.

Esta cualidad, que en general puede denominarse componente alucinatorio del alma, es sin duda más fácil de percibir en la infancia. Su contradicción con la lógica, esa función y condición de la vida en común, nos obliga a un amplio estrangulamiento, e incluso a la eliminación, de la alucinación pura. La fuerza anímica que actúa en ella queda reservada, dentro del marco de las funciones socialmente válidas, a la percepción, la representación y el recuerdo, demostrables hasta un alto grado. Sólo donde el yo se eleva por encima de la comunidad y se aproxima al aislamiento —en el sueño, donde busca el avasallamiento de los demás; en la inseguridad mortal del que desfallece en el desierto, que del tormento del lento consumirse desprende de sí un consolador espejismo; en la neurosis y la psicosis, cuadros de seres humanos aislados que luchan por su prestigio— ceden las abrazaderas, y con ardor extático el alma se tambalea por la senda de lo ajeno a la comunidad, de lo irreal, y se construye un segundo mundo en el que la alucinación tiene validez porque la lógica no vale tanto. Casi siempre queda todavía en vigor tanto sentimiento de comunidad que la alucinación se siente como irreal. Así ocurre casi siempre en el sueño y en la neurosis.

Uno de mis pacientes, que había perdido la vista por una atrofia tabética del nervio óptico, padecía sin cesar alucinaciones que, según decía, lo atormentaban en extremo. La suposición corriente de que los estados de irritación del nervio óptico relacionados con la enfermedad conducen a excitaciones que experimentan una reinterpretación y una racionalización elude nuestra pregunta. Concedamos sin más que haya excitaciones en la esfera visual. Su peculiar reinterpretación en determinados contenidos, cuyo rasgo común aparece una y otra vez como tormento para el paciente, nos obliga a suponer una tendencia que actúa de manera uniforme, que se apodera de aquellas excitaciones y se sirve de ellas como material. Por este camino se llega a explicaciones de naturaleza psicológica. La investigación anterior se planteaba la pregunta: ¿qué son las alucinaciones?, y terminaba en una tautología que no dice nada: excitaciones en la esfera visual. Nosotros presuponemos, como en todos los hechos fundamentales de la vida y de la naturaleza —por ejemplo, en el hecho objetivo de la vida, de la asimilación, de la electricidad—, cierta imposibilidad de nombrar y de conocer su esencia, y vemos en la alucinación una manifestación de la capacidad anímica que contradice la lógica y el contenido de verdad de la vida social, tal como se encuentra en germen en la representación y en el recuerdo, cuya esencia también permanece cerrada hasta cierto grado a nuestra comprensión. Así, esta consideración nos enseña que el alucinado se ha alejado del ámbito del sentimiento de comunidad y, sorteando la lógica, estrangulando el sentimiento de la verdad, persigue una meta distinta de la que nos es más habitual.

Esta meta no puede deducirse sin más de la alucinación. Esta es ambigua, como todo fenómeno anímico arrancado de su contexto1. El verdadero sentido de la alucinación, su significado, su adónde y su porqué —estas son las preguntas de nuestra psicología individual— sólo puede comprenderse a partir del conjunto del individuo, de su personalidad. Como expresión de esta en una posición particular vale para nosotros también la alucinación.

En nuestro caso, pues, la capacidad visual se había extinguido, pero la capacidad alucinatoria estaba aumentada. Sin interrupción se quejaba el paciente de «percepciones» que a nosotros no podrían parecernos atormentadoras en todos los casos. Así, cuando veía colores o árboles o el sol, que lo seguía hasta la habitación. Debemos subrayar ahora que el enfermo había sido toda su vida un atormentador y tiranizaba a toda la casa, y por toda su vida anterior pudimos obtener la impresión de tener ante nosotros a un hombre que había encontrado su grandeza en llevar siempre la voz cantante y en ocupar sin cesar consigo al círculo de su familia. Desde que se había producido su ceguera, ya no lo conseguía por el camino de la actividad normal en los negocios y de su supervisión en la casa, pero sí mediante la continua alusión a sus atormentadoras alucinaciones. Había cambiado de medio. Como también su sueño se interrumpía a menudo, el impulso de su afán de dominio hacía el resto también de noche. Con «las excitaciones de su esfera visual» construyó otra alucinación que le dio ocasión de atar por completo a su mujer a su persona. Veía cómo unos gitanos raptaban a su mujer y la maltrataban. En un acceso de crueldad, y seguramente también de afán de venganza por la pérdida de la vista, despertaba sin cesar a su mujer para convencerse de la falsedad de su alucinación, y también para impedir que se alejara de su lado a la mujer atormentada.


Así como este paciente, mediante una intensa preocupación y mediante el cultivo de su capacidad alucinatoria, después de que todo poder parecía habérsele arrebatado, volvió a imponerse en su afán de dominio, vi a toda una serie de alucinados que habían llegado a su padecimiento con una tendencia semejante. Un buen caso de estructura instructiva, de una época posterior, fue el siguiente: un hombre de buena familia, con formación suficiente, pero vanidoso, ambicioso y cobarde ante la vida, había naufragado en su profesión. Demasiado débil para torcer por sí mismo o soportar el destino que se le venía encima, se dio al alcohol. Varios delirios con alucinaciones lo llevaron al hospital y lo liberaron del cumplimiento de su tarea vital. Semejante vuelco hacia el alcoholismo es frecuente y se comprende —lo mismo que la pereza, el crimen, la neurosis, la psicosis y el suicidio— como la deserción de ambiciosos sin consistencia ante la derrota esperada y como rebelión contra las exigencias de la comunidad. Cuando salió del hospital estaba definitivamente libre del alcoholismo y se hizo abstemio. Pero sus antecedentes se habían divulgado, su familia se había apartado de él, y así no le quedó otro remedio que ganarse el sustento con trabajos de movimiento de tierras mal pagados. Poco tiempo después aparecieron alucinaciones que lo estorbaban en su trabajo. Veía casi sin interrupción a un hombre al que no conocía, que con una mueca burlona le amargaba el trabajo. No quería creer en la realidad de la figura. Por lo demás, conocía desde la época de su alcoholismo el significado y la naturaleza de las alucinaciones. Un día, para librarse de su duda, arrojó un hacha contra la figura. Esta la esquivó hábilmente, pero luego le propinó al paciente una buena tanda de palos.

Esta curiosa reacción sugiere naturalmente la idea de que nuestro paciente era capaz de tomar ocasionalmente también a un hombre real por su alucinación, de modo parecido a como se insinúa en algunos pasajes de El doble de Dostoievski.

Este caso nos enseña una segunda cosa. No siempre basta con llevar a alguien a la abstinencia. Hay que hacer de él, además, otro ser humano. De lo contrario caerá en otra clase de deserción, que en este caso se nos presenta como la alucinación y sus perturbadoras consecuencias. Además, así como en el primer caso la posición del enfermo le prohíbe dejarse alejar del círculo de la familia —porque su política de prestigio sufriría con ello—, en el segundo caso el miedo a confesar una derrota en la vida —es decir, la misma política de prestigio— lo obliga a declararse enfermo y a acudir al hospital. Pues sólo así puede comprenderse este caso: la alucinación, exactamente igual que antes el alcoholismo, tenía que servir de consuelo y pretexto ante el desvanecimiento de esperanzas ambiciosas y egoístas. Sólo si pudiera ser devuelto desde su aislamiento a la comunidad podría salvarse este caso.

Al mismo tiempo vemos cómo el alcoholismo, con su capacidad de producir alucinaciones, ofreció material y aptitud para el desarrollo posterior hacia el alucinado. Sin una fase previa alcohólica habría tenido que instaurarse otra preocupación, otra neurosis.


El tercer caso es de la época posterior a la guerra y se refiere a un hombre que, tras las habituales vivencias de guerra, inhumanamente crueles, enfermó de fenómenos de fuga (fugue), de gran irritabilidad y de estados de angustia con alucinaciones. Actualmente se hallaba sometido a reconocimiento médico a causa de una pensión de invalidez a la que se creía con pleno derecho por una notable disminución de su capacidad de ganarse la vida. Contó que a menudo, sobre todo cuando caminaba solo, veía surgir detrás de sí una figura que le infundía un miedo enorme. Todos estos fenómenos juntos, y una llamativa distracción, le habrían impedido realizar un trabajo tan bueno como antes.

La queja por la disminución de la capacidad de ganarse la vida, por la pérdida de aptitudes antes adquiridas, después de la guerra, se encuentra con extraordinaria frecuencia entre los excombatientes. No puede dudarse de que muchos de ellos han perdido realmente buena parte de su capacidad de rendimiento por la falta de práctica durante largos años. Con todo, mucho de ello podría recuperarse. Pero en muchos de ellos no se ven aquellos movimientos que apuntarían a reconquistar las destrezas de antes. Y pueden observarse bastantes casos que han abandonado toda esperanza hasta tal punto que ya contradice la lógica. Sus antecedentes los desenmascaran como viejos caracteres nerviosos, que siempre han retrocedido ante las decisiones y que ahora, puestos de nuevo ante una prueba, caen como en otros tiempos en un miedo escénico neurótico. Su «actitud vacilante» se acentúa todavía porque los atrae la indemnización de la pensión, porque buscan con fervor un privilegio que los exima de nuevos esfuerzos y pruebas. Buscan la pensión como una ternura y una caricia, a veces como la confirmación de su derecho y de la sinrazón de los demás. El valor en dinero sólo entra en consideración en apariencia, en la medida en que señala la magnitud de su padecimiento. Por eso los fenómenos nerviosos tienen que crecer hasta aquel punto en que la capacidad de rendimiento del paciente aparece visiblemente dañada.

De la sospecha de simulación los protegen sus antecedentes. A menudo, sólo estos. Nuestro paciente estuvo siempre aislado. No tenía amigos ni relaciones amorosas, vivía retirado con su madre y había roto incluso por completo las relaciones con su único hermano. Sólo la guerra lo llevó de nuevo a una comunidad, sin que esta hubiera podido ganarlo para sí. Cuando un día estalló una granada cerca de él, aparecieron fenómenos de angustia y la alucinación antes descrita, que interpreta la angustia. Su enfermedad le permitió retirarse de nuevo de la comunidad que le era desagradable. Su actitud hacia la sociedad se había vuelto aún más hostil. Esta actitud secretamente rebelde tenía que hacerse valer en la profesión, que en su sentido más profundo significa la afirmación de la colaboración social. Más apartado que antes de participar en el juego, seguramente sentía él mismo la capacidad de rendimiento disminuida por ello. Su distracción indica que no estaba de verdad en lo que hacía. Pero la sociedad, de la que siempre había sido enemigo, debía expiar ante él su último ataque. Debía pagarle tributo en forma de pensión, como a un vencedor. Cuando quiso volver del frente, desvalorizó la lógica y llegó así a la alucinación salvadora. Esta le duró también después de la guerra, hasta que hubo conquistado la pensión como símbolo victorioso.

También en este caso sólo podría esperarse una curación mediante una mejor integración en la comunidad. Una desaparición del síntoma, como suele darse también sin tratamiento en situaciones de menor tensión, no sería más que un éxito aparente.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Zur Theorie der Halluzination» (fechado por el autor en 1912), en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. V, págs. 36-40. No se ha identificado una publicación anterior; el texto de 1920 contiene pasajes posteriores a la guerra (el tercer caso y probablemente la nota 1). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Forma parte del libro Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920), cap. V.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las rayas separadoras (dadas como * * *), la nota del autor, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Halluzinant se traduce «alucinado»; Vorstellung, «representación»; Präokkupation, «preocupación»; Ausreisserei, «deserción»; Lampenfieber, «miedo escénico». Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Gemeinschaftsgefühl, sentimiento de comunidad; zögernde Attitude, actitud vacilante; Lebensaufgabe, tarea vital).

  1. Algunos artistas de la interpretación, como los psicólogos sexuales, se aferran de manera muy superficial a la ambigüedad del fenómeno y hablan con ello de psicología profunda. ↩