IV.
Contribución a la doctrina de la resistencia.
Por el Dr. Alfred Adler, Viena.
Una paciente que llevaba dos meses en la cura psicoanalítica vino un día y preguntó si la próxima vez podía venir a las 4 en lugar de a las 3. Por mucho que los pacientes, en estos casos y otros semejantes, aleguen la necesidad de su petición, está justificada la sospecha de que el aplazamiento solicitado es un signo de la agresión reforzada, de la protesta masculina contra el médico. Se cometería un error, y se obraría contra el propósito de la cura, que es liberar interiormente al paciente, si en tales ocasiones se omitiera el intento de entrar un poco en la justificación.
La paciente adujo, pues, que a las 3 tenía que ir a la modista, una justificación algo endeble, que quizá solo ganaba un poco de fuerza si se tenía en cuenta la larga duración de la cura y las horas libres, por ello más reducidas, de que disponía durante el día. Como yo no tenía libre la hora solicitada, le propuse a modo de prueba la de 5 a 6. Pero la paciente se negó, con la observación de que su madre estaba libre a las 5 y la esperaba en casa de una amiga. Así pues, de nuevo una justificación apenas suficiente, de modo que estaba justificada la conclusión de que la paciente se hallaba —en el sentido de Freud— en resistencia contra la cura.
Freud ha señalado repetidamente que el análisis ha de aplicarse ante todo a los fenómenos de resistencia, y además que estos están a menudo en conexión con la transferencia. Como, a nuestro juicio, las relaciones psíquicas de estas dos cuestiones se malentienden a veces, queremos examinarlas en este caso.
En primer lugar hay que considerar en qué punto de las aclaraciones de la cura se hace valer la resistencia. En nuestro caso, la paciente llevaba algunos días hablando de sus relaciones con su hermano. Había observado que a veces, cuando estaba a solas con él, sentía una inexplicable sensación de asco. Sin embargo, no le tenía aversión y salía con mucho gusto con él a reuniones o al teatro. Solo evitaba darle el brazo por la calle, por miedo a que los extraños la tomaran por su amante. También en casa conversaba a menudo con él, y se dejaba besar a menudo por él, que lo practicaba con frecuencia. Ella misma besaba con pasión, sentía a veces una verdadera furia de besar, pero en los últimos tiempos se mostraba mucho más reservada con el hermano, porque con su fino olfato había notado en él un olor repugnante en el aliento.
La situación psíquica de la paciente en su relación con su hermano es bastante clara. Encuentra en sí impulsos afectivos y considera posibilidades contra las que en seguida recurre a tendencias a la seguridad. Si los primeros suenan en el sentido de impulsos femeninos (dejarse besar, tomar el brazo, buscar compañía masculina), responde a ellos con la protesta masculina, aunque dé a esta una representación lógica discreta.
¿Qué hace, pues, para mantener su posición cultural masculina frente al hermano? Introduce inconscientemente una valoración fraudulenta, «se vuelve sumamente perspicaz y previsora», a veces hasta tal punto que, además, tiene razón. Desde luego, el miedo a que la tomen por la amante del hermano si le da el brazo solo podrán comprenderlo quienes hayan tenido una actitud semejante hacia alguno de sus hermanos. ¡Pero en lo del aliento sí que tiene razón! Y, sin embargo, llama la atención la circunstancia de que nadie más del entorno, a quienes él besa no menos a menudo, haya percibido ese mal olor. Nuestra paciente ha llevado a cabo, pues, en su actitud hacia el hermano una transvaloración que muestra claramente adónde apunta. «¡El otro, de todo, solo oye el "no"!»1
Si alguien dudara de la probabilidad de que existan impulsos amorosos de cualquier tipo entre hermano y hermana, ni siquiera me remitiría al gran material de la historia, de la criminalística y de la experiencia pedagógica, sino que subrayaría que no estimo en mucho la profundidad de tales sentimientos. Es como si los dos hermanos, como antaño en el cuarto de los niños, jugaran a papá y mamá, en lo cual la niña, en virtud de su actitud masculina neurótica, procura cada vez asegurarse para no ir demasiado lejos. Hace tiempo que el hermano ya no es para ella el hermano, sino que desempeña ahora el papel del futuro pretendiente. Ella, en cambio, vive con él en un mundo construido de antemano, en el que intenta mostrar de qué es capaz y cómo procura asegurarse frente a ello.2
Pero de qué es capaz se lo dicen sus recuerdos y las huellas sensibles de sucesos olvidados; y su impresión de conjunto reza así para la paciente: soy una niña, no soy lo bastante fuerte para dominar mi instinto sexual, ya en la infancia tenía poca energía, mi fantasía jugaba con cosas prohibidas, ¡ni siquiera frente a mi hermano podía dominarme! ¡Me ensuciarán y me maltratarán, enfermaré, pariré hijos con dolor, seré sometida y esclava! Tengo que cuidarme pronto y siempre de no sucumbir a mis instintos, de no plegarme a ningún hombre, de desconfiar de todo hombre, ¡porque yo misma quisiera ser un hombre! Su sensibilidad femenina, sexual, se convierte en el enemigo, y este enemigo es configurado con una fuerza siniestra y con todas las perfidias. Así nace en la vida afectiva del neurótico una caricatura del instinto sexual, contra la que sí vale la pena luchar. También el neurótico masculino teme los impulsos que le parecen femeninos, las inclinaciones a someterse a la mujer que aparecen en su vida amorosa, y los caricaturiza para combatirlos con seguridad. Se traen analogías de otras relaciones no sexuales de la vida; la debilidad corporal, la pereza, la falta de energía sirven, lo mismo que ciertos rasgos corporales y antiguos defectos infantiles,3 como prueba de la existencia de rasgos no viriles, es decir, femeninos, y se responde a ellos con la protesta masculina. Que también se arreglan o se provocan accidentes reales, que la actitud de obstinación capacita (así en las muchachas que se rebelan por obstinación contra las advertencias de la madre) para emplear la propia actividad sexual femenina (onanismo, coito) como protesta masculina o, en los neuróticos masculinos, para aferrarse a la blandura femenina y a la abulia (frecuente en la llamada «neurastenia»), a la impotencia y al miedo al amor (a menudo como victoria sobre el padre), lo he expuesto en otros lugares. Todas estas percepciones internas arregladas y a menudo caricaturizadas encuentran su lugar en el tejido de la psique para conjurar con fuerza, como memento, la protesta masculina y la salvaguardia contra la derrota.
Hemos llegado, pues, a la conclusión de que la paciente apenas corre hoy el peligro de cometer un incesto, de que, más bien, en su tendencia a la seguridad toma más impulso del estrictamente necesario, y de que con ello sirve además a un fin principal de su actitud masculina: configurar su futuro independientemente del hombre, no en el papel femenino.
La desvalorización del hombre es el fenómeno más regular en los nerviosos. Puede aparecer claramente, como en nuestro caso. Pero también puede estar tan profundamente escondida que más de uno que lea esta afirmación interrogará en vano su material para convencerse de la validez general de esta tesis. ¡Se encuentran con tanta frecuencia en los neuróticos rasgos masoquistas y «femeninos», tendencias amplísimas a la sumisión y a la hipnotizabilidad! ¡El anhelo histérico del hombre grande y fuerte ante el que uno pueda inclinarse siempre ha cautivado nuestra atención! ¡Cuántos pacientes neuróticos están llenos de admiración por su médico y lo colman de himnos de alabanza! Parece enamoramiento. Pero lo peor viene después.4 Nadie soporta esta subordinación, y el razonamiento ulterior reza: «¡Qué alfeñique soy! ¡De qué sumisión soy capaz! ¡Tengo que asegurarme por todos los medios para no caer!». Y como quien se dispone a dar un salto de altura, retrocede unos pasos para saltar por encima del otro con mayor impulso. Una de mis pacientes hablaba a menudo de que era amoral y estaba dispuesta en todo momento a entablar una relación. ¡Solo que los hombres le repugnaban por razones estéticas! Un paciente que estaba en tratamiento conmigo por impotencia había sido hipnotizado varias veces por un curandero a causa de su mal. Al despedirse, el hipnotizador le declaró que, si el paciente se ponía en la frente el dije de su reloj, se dormiría. La curación de la impotencia no se produjo, ciertamente, pero el experimento con el dije salía bien cada vez. Pues desde entonces el paciente había estado en tratamiento con varios médicos. Siempre que fallaban los medios mecánicos y medicamentosos aplicados, expresaba el deseo de ser hipnotizado. Ninguno de los médicos logró la hipnosis. Entonces, al final de la sesión, el paciente recurría a su dije y demostraba al médico cómo se sumía en el sueño. El sentido de su comportamiento era: ¡no sois capaces siquiera de lo que puede un curandero, ni siquiera de lo que puede mi dije! — En cuanto el paciente, que desde siempre había sido desconfiado y propenso a desvalorizar al hombre y a la mujer, reconoce el secreto de su psique, el dije pierde su fuerza.
La persecución psicoanalítica de esta actitud desvalorizadora frente al hombre me condujo regularmente a la situación patógena infantil en la que el paciente, ya de niño, quería estar «por encima» del padre y ensayaba, en la realidad o en su fantasía, todas las posiciones de esgrima contra el padre, los hermanos y los maestros. Que en ello, en su desarrollo psíquico, tenga que pasar por la constelación de Edipo, cuyo descubrimiento debemos a Freud, es un hallazgo sumamente seguro. Pero no menos seguro me parece que el carácter neurótico del niño predispuesto, su envidia exagerada, su ambición y su afán de dominio ahondan especialmente esta constelación y la configuran sin medida.
Desde este punto de vista puede captarse también fácilmente, y comprobarse con ayuda del material analítico, el doble papel del niño neuróticamente predispuesto en su posición frente a la mujer. Por una parte, la mujer —como todo lo que no se puede tener en seguida— es idealizada del modo más exagerado y dotada de todos los dones maravillosos de la fuerza y el poder. La mitología, los cuentos y las costumbres populares tienen a menudo por contenido el tipo de la giganta, del demonio femenino, frente al cual —como en el poema de Heine «Loreley»— el hombre es infinitamente pequeño o está perdido sin remedio. El neurótico conserva con mucha frecuencia, como huellas aterradoras de esta actitud infantil, fantasías conscientes o inconscientes o recuerdos encubridores, reminiscencias de mujeres que estaban por encima de él o que pasaban por encima de él (véase el cuaderno 4 de este Zentralblatt, de la biografía de Ganghofer; algo semejante cuenta Stendhal), o el miedo al penis captivus. Más tarde se encuentra en la superestructura psíquica, de una forma u otra, el temor a la mujer, el miedo a quedarse prendido, a no poder librarse de ella. Contra esta apremiante relación psíquica, que amenaza con la sumisión a la mujer, dirige el neurótico su tendencia a la seguridad, refuerza su protesta masculina, refuerza sus ideas de grandeza y, desde su tendencia inconsciente a la seguridad, rebaja y desvaloriza a la mujer. Con mucha frecuencia aparecen entonces en las fantasías y en la conciencia dos clases de figuras femeninas: Loreley y la amada (de Wismamitra),5 — ideal y figura toscamente sensual, — tipo de la madre (de María) y prostituta. (Véase O. Weininger.) — O bien se produce una fusión: la hetera pura. O uno de los dos tipos pasa decididamente a primer plano (feministas y antifeministas).
Ya en el segundo semestre de vida el niño echa mano de todos los objetos y no está fácilmente dispuesto a devolverlos. Pronto echa mano de las personas que lo tratan bien. A esta tendencia a querer poseer se añaden los celos como tendencia a la seguridad. Si el niño es empujado todavía más a tomar precauciones (inseguridad del papel sexual), surgen la precocidad y el complejo de Edipo. Y he llegado a la conclusión de que en la relación con los padres impera ya aquel rasgo, más tarde neurótico, que se fija como meta lo inalcanzable y al mismo tiempo procura asegurarse frente a ello. — Estas formas de vivencia, que Freud ha expuesto del modo más claro e indudable, no tienen en sí fuerza impulsora alguna. Han alcanzado ellas mismas rango y prestigio porque representaban fenómenos llamativos en la dinámica de la neurosis y porque, además, pueden emplearse sin más como memento o como modo de expresión en el marco de la protesta masculina en la neurosis. «Amo (o amaba) a mi madre» significa, pues, traducido de las fantasías o los sueños del neurótico: «¡Mi sensualidad no conoce límites!» (complétese: «¡Por consiguiente, tengo que asegurarme!»). O bien: «¡Nunca pude soportar que otro me aventajara en algo!» (como el padre tiene a la madre). O bien: «¡Soy un alfeñique frente a las mujeres! Ya de niño me sometía por amor a una mujer. Temo a las mujeres». A este miedo a la influencia «demoníaca» de la mujer, a lo «enigmático», lo «eternamente inexplicable» y lo «poderoso», le sigue de inmediato la desvalorización. De ahí resultan la impotencia psíquica, la eyaculación precoz, la sifilofobia, el miedo al amor y al matrimonio. Si la protesta masculina irrumpe en dirección al comercio sexual, el neurótico solo encuentra digna de su «amor» a la mujer completamente desvalorizada, a la prostituta, pero también al niño y al cadáver.6 El aná- lisis descubre entonces como verdadero motivo que cree poder dominarlos más fácilmente. O bien la protesta masculina empuja al donjuanismo.7
Todavía no he visto ningún neurótico masculino que no haya subrayado especialmente, de una forma u otra, la inferioridad de la mujer. Quizá siempre, al mismo tiempo, también la del hombre. La lucha contra el rival en el amor procede de esta última tendencia,8 es en primer lugar envidia, que entra ya como carácter acabado en el «complejo de Edipo». — El neurótico femenino desvaloriza con más regularidad aún al hombre y a la mujer. — Nuestra paciente, pues, como tiene que vérselas con un médico varón, emprenderá como siempre hasta ahora la desvalorización de este hombre que acaba de aparecer. Y tanto más cuanto advierta que él está «por encima» de ella en saber. También en nuestro caso la «resistencia» empezó tras importantes aclaraciones que pude darle sobre el carácter de protesta de su neurosis. Respondió con una nueva protesta, «porque yo tenía razón en tantas cosas». ¡Pero quería seguir teniendo razón! Si luego se pintaba en sueños imágenes en que era frívola y viciosa y entablaba relaciones sexuales conmigo o con el hermano, había que entenderlo como una exageración neurótica para asegurarse frente a ello. La «transferencia amorosa» al médico es, por tanto, falsa y solo ha de entenderse como caricatura, y por consiguiente tampoco admite una estimación como «libido».
El curso ulterior fue típico. Empezó la lucha final por la desvalorización del médico. Todo quería saberlo mejor, hacerlo mejor. Apenas pasaba una hora en que no intentara socavar el prestigio médico con objeciones y reproches de lo más grosero.
Los medios del psicoanálisis son plenamente suficientes para suprimir la vieja desconfianza del paciente hacia los hombres. La paciencia, la previsión y la predicción aseguran al médico el progreso ulterior, que consiste en descubrir aquella situación patógena infantil en la que arraiga el impulso especial de protesta masculina. Pero la «transferencia» al médico, cuyo descubrimiento representa una de las obras maestras de Freud, permite al médico y al paciente la plena comprensión del engranaje neurótico, de la falsedad de sus impulsos afectivos, de los presupuestos erróneos de la disposición neurótica y del superfluo derroche de fuerzas del neurótico. En el psicoanalista aprende el paciente a encontrarse a sí mismo y a dominar sus instintos sobreexcitados. ¡Por primera vez en su vida! Y a esto nos sirve la disolución de la transferencia y de la resistencia contra el médico.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del Zentralblatt für Psychoanalyse 1 (1910/11), H. 5/6, págs. 214-219, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió con el título «Beitrag zur Lehre vom Widerstand in der Behandlung» en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. X, págs. 100-105; allí lleva la indicación (1910) (reimpresión no cotejada); véase la página del libro.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original, las notas del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Las valoraciones falsas, sean sobrevaloraciones o infravaloraciones, tienen la mayor importancia para la dinámica psíquica en la vida y en la neurosis, y reclaman en particular el interés más detenido en el psicoanálisis. «La zorra y las uvas verdes» es un ejemplo instructivo de ello. En lugar de tomar conciencia de su propia inferioridad, la zorra desvaloriza las uvas, y conserva el buen humor. Está orientada precisamente a la megalomanía. Esta clase de procesos psíquicos sirve sobre todo para mantener la ficción del «libre albedrío» y, en conexión con ella, la del valor personal. Al mismo fin sirven las sobrevaloraciones de los propios logros y metas: son forzadas por la huida ante el oscuro sentimiento de la propia inferioridad, están arregladas y proceden de la exagerada tendencia a la seguridad frente al sentimiento de «estar abajo». He mostrado repetidas veces que la actitud masculina exagerada de los neuróticos femeninos y masculinos hace el mayor uso de este arreglo. Asimismo, que los sentidos del paciente, el oído, el olfato, la vista, la sensibilidad cutánea, orgánica y dolorosa, se sobrecargan de atención y se ponen al servicio de esta tendencia. Compárese el epigrama de Schiller: «Bien dicho, Schlosser: se ama lo que se tiene, se desea lo que no se tiene; ¡pues solo el alma rica ama, solo la pobre desea!». En cuanto el paciente comprende su actitud, corrige, poniendo sus valoraciones en consonancia con las relaciones reales de fuerza. Comienza su integración. ↩
Este pensar y sentir por anticipado, con la subsiguiente tendencia a la seguridad, es una función principal del sueño y constituye, entre otras cosas, la base de sucesos que parecen telepáticos y proféticos, pero también la esencia de toda clase de pronóstico. Al poeta Simónides lo previno una vez un muerto, en sueños, contra un viaje por mar. Se quedó en casa y supo después que el barco había naufragado. Podemos suponer sin duda que el famoso poeta, que en sueños se había «predispuesto» contra el viaje, se habría quedado en casa también sin sueño y sin advertencia. ↩
He tenido en la cura a algunos pacientes que, en sus ataques, gustaban de invocar su estructura periódica y aludían así a su «sustancia» femenina, pero con ello me revelaban que se habían quedado detenidos bajo el hechizo de la pregunta abrumadora: ¿soy masculino o femenino? La teoría los tranquiliza: ¡todo el mundo es masculino y femenino! En el análisis encuentro regularmente la alusión a la periodicidad de los ataques empleada como resistencia contra el médico. ↩
Véanse mis consideraciones sobre el seudomasoquismo en «Tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino», cuadernos I y II de esta revista. ↩
Así en el original, por Viśvāmitra, el sabio de la mitología india seducido por la ninfa Menaka. (N. del T.) ↩
Lo que no ofrece resistencia, lo que no puede engañar ni dominar. ↩
Muchas (dos) mujeres a la vez o una tras otra. ↩
Véase también la actitud correspondiente del paciente en el «Tratamiento psíquico de la neuralgia del trigémino», l. c. ↩