La teoría de la inferioridad orgánica y su importancia para la filosofía y la psicología.

Conferencia en la Sociedad Filosófica de la Universidad de Viena.

(1907.)

Por el Dr. Alfred Adler.

El concepto de inferioridad (Minderwertigkeit) se emplea desde hace mucho tanto en la medicina como en la práctica judicial. Se entiende por él casi siempre un estado que presenta defectos mentales sin que pueda hablarse propiamente de enfermedad mental. Este concepto contiene, pues, un juicio de conjunto y una crítica peyorativa sobre la totalidad de una psique. La inferioridad con la que yo cuento se refiere al órgano inacabado, rezagado en su desarrollo, frenado o alterado en su crecimiento en su totalidad o en algunas de sus partes. El destino de estos órganos inferiores —los órganos de los sentidos, el aparato digestivo, el tracto respiratorio, el aparato urinario y genital, los órganos de la circulación y el sistema nervioso— es sumamente variable. Casi siempre solo al entrar en la vida, a menudo solo en el estadio embrionario, puede demostrarse o inferirse esta inferioridad. El desarrollo y las fuentes de estímulo de la vida empujan a superar las manifestaciones de esta inferioridad, de modo que resultan como desenlaces aproximadamente los siguientes estadios, con todos los grados intermedios posibles: incapacidad para la vida, anomalías de la forma, de la función, falta de resistencia y predisposiciones a la enfermedad, compensación (equilibrio) en el órgano, compensación por un segundo órgano, por la superestructura psíquica, sobrecompensación en lo orgánico o en lo psíquico.

La inferioridad de un órgano se demuestra con mayor facilidad cuando en su estructura morfológica hay una forma del órgano entero o de algunas de sus partes que se aparta del promedio, desviaciones que pueden seguirse hacia atrás hasta la época embrionaria o hasta el período de crecimiento infantil. La misma seguridad la ofrecen los fallos de la función o las alteraciones de la secreción; ambas clases de defectos, uno de la estructura, el otro una alteración del modo de trabajo, se encuentran juntos con mucha frecuencia.

Debo citar aquí un fenómeno biológico que se pone en marcha en los órganos inferiores en cuanto, a causa del defecto de la forma o de la función, el equilibrio que cabe suponer en la economía del órgano o del organismo aparece alterado. Las exigencias insatisfechas aumentan hasta que la falta queda cubierta por el crecimiento en el órgano inferior, en el simétrico o en otro órgano que pueda ejercer total o parcialmente una suplencia. Esta cobertura del defecto mediante el aumento del crecimiento y de la función, la compensación, puede llegar en circunstancias favorables hasta la sobrecompensación, y casi siempre incluirá también al sistema nervioso central en su desarrollo acrecentado.

Ante la infinidad de formas de manifestación propias del órgano inferior, no parece fácil orientarse. Sin embargo, hay una serie de signos distintivos cuya relación se demuestra fácilmente, de modo que incluso aislados adquieren importancia para el diagnóstico.

Así, la localización de una enfermedad en un órgano, que representa una de las formas de manifestación de la inferioridad orgánica en cuanto el órgano inferior reacciona a los llamados estímulos «patógenos» del entorno. Esta formulación —la enfermedad es una resultante de la inferioridad orgánica y de los ataques externos— debe sustituir al oscuro concepto de «predisposición» (Disposition). Uno de los componentes, las exigencias externas, tiene una constancia limitada, para un tiempo breve y para un determinado ámbito cultural. Los cambios que se introducen en él son progreso cultural, cambios del modo de vida, mejoras sociales; son obras del espíritu humano y mantienen a la larga la dirección por la que se impiden esfuerzos excesivos de los órganos. Están, pues, en relación con las posibilidades de desarrollo de los órganos y de su superestructura nerviosa, trabajan por el desarrollo uniforme de todos, pero son por otra parte condición de la inferioridad relativa en cuanto sus exigencias sobrepasan cierta medida. En todo el círculo de estas observaciones, el azar como corrector del desarrollo aparece excluido. Un ejemplo fácil de entender sería la observación del profesor Habermann, según la cual quienes pertenecen a oficios en cuyo ejercicio el oído recibe fuertes efectos sonoros, por ejemplo, herreros y artilleros, contraen fácilmente enfermedades del oído. Es fácil comprender que no todo aparato auditivo es apto para esos oficios; que tales lesiones de un órgano dan regularmente el impulso para cambios técnicos en las empresas; que el ejercicio duradero de ciertos oficios modifica los órganos solicitados; y que en el camino hacia el pleno valor existen peligros para la salud.

En resumen, podemos decir de la higiene y de la prevención de las enfermedades que obedecen a estas condiciones del equilibrio, y del mismo modo todos nuestros métodos curativos se dirigen a compensar la inferioridad orgánica que se ha hecho visible.

Una consideración aparte del órgano dañado por la enfermedad, el segundo componente, da como resultado, teniendo en cuenta la investigación patológica y las relaciones que se expondrán más abajo, la predestinación del órgano inferior de nacimiento a la enfermedad. — Las anomalías congénitas de los órganos se sitúan en una serie en uno de cuyos polos está la malformación congénita y en el otro los órganos de maduración lenta, por lo demás normales. Entre ambos se encuentran inferioridades puras, compensadas y sobrecompensadas. La pregunta por el primer comienzo de la inferioridad orgánica tiene sin duda un profundo significado biológico. Hoy, sin embargo, nos las habemos ya con variaciones acusadas y, en particular en los órganos humanos, con alteraciones que desde mi punto de vista han de interpretarse como inferioridades congénitas. Esta relación entre enfermedad y órgano inferior desde la etapa embrionaria permite concluir que en la parentela en línea ascendente, es decir, en el árbol genealógico de la familia, se encuentra ya el fundamento de la inferioridad; esto es, que la inferioridad del órgano es hereditaria.

Dadas las estrechas relaciones entre inferioridad y enfermedad, cabe esperar, por consiguiente, que con mucha frecuencia a la inferioridad heredada corresponda la enfermedad heredada. Y así también la enfermedad en un miembro del árbol genealógico se convierte en signo de la inferioridad orgánica para los antepasados y descendientes más próximos, aunque estos hayan permanecido sanos. Junto con la inferioridad orgánica o con la tendencia a ella pasan a la sustancia germinal también las tendencias a superarla (aspiraciones compensatorias), que crean a su vez variantes nuevas y más capaces de rendimiento, más capaces porque han obtenido su incremento de fuerza de la superación de las exigencias externas.

En cuanto a los demás signos de la inferioridad orgánica, puedo limitarme a destacar en resumen que mantienen entre sí las mismas relaciones que con la enfermedad, la herencia y la compensación; así las anomalías morfológicas congénitas, los signos de degeneración o estigmas, de los que he afirmado que no pocas veces delatan como signos visibles por fuera la inferioridad del órgano correspondiente —el ojo, el oído, el tracto respiratorio y digestivo—, mientras que hasta ahora se desechaban como insignificantes o se valoraban sin razón como signos de una degeneración o inferioridad general. En su mayor extensión proporcionan el material de la fisonomía personal.

Con la misma brevedad puedo pronunciarme sobre las anomalías de los reflejos, entre las cuales sobre todo los reflejos de las mucosas propias del órgano, como rendimientos nerviosos originarios del órgano, pueden servir de hilo conductor para descubrir la inferioridad orgánica en cuanto resultan deficientes o exagerados.

Dado el origen embrionario de la inferioridad orgánica, era natural dirigir la atención a los comienzos del desarrollo tras el nacimiento, en la previsión de que la entrada en acción de la compensación no se produciría sin una perturbación llamativa, y de que, por otra parte, una vez completa la compensación, el cuadro de la inferioridad orgánica quedaría borrado. — En efecto, esta suposición no nos engañó. El órgano inferior necesita más tiempo para llegar a la función normal y pasa entretanto por una serie de perturbaciones cuya superación solo se logra por la vía de un rendimiento cerebral acrecentado. En lugar de una descripción prolija de estas anomalías funcionales, destaco que se trata de fenómenos llamativos de la vida infantil, a una parte de los cuales los pedagogos llaman «defectos infantiles» (Kinderfehler). Se trata de niños que aprenden a hablar con dificultad, que articulan los sonidos de manera persistentemente errónea, que tarta-mudean, parpadean, bizquean; la función auditiva y las excreciones son deficientes durante largo tiempo, vomitan, se chupan el dedo, comen mal, etc.1 A veces estos defectos infantiles se muestran solo en rastros, pero casi siempre de manera muy clara y unidos a los demás signos de la inferioridad orgánica: signos de degeneración, anomalías de los reflejos y enfermedad. O bien los rasgos mencionados están dispersos en abigarrado desorden por el árbol genealógico y demuestran así la herencia de la inferioridad orgánica. El defecto infantil es con mucha frecuencia hereditario él mismo.

He de observar a este respecto que la observación revela una enorme frecuencia de defectos infantiles, la cual, sin embargo, no hace sino corresponder al gran número de órganos inferiores. Hasta ahora no se ha dado una explicación unitaria de los defectos infantiles. Desde el punto de vista de la doctrina de la inferioridad orgánica es posible comprenderlos: el defecto infantil es la expresión visible de un modo de funcionamiento alterado del órgano inferior, la expresión visible, junto a la cual hay todavía fenómenos más o menos ocultos que corresponden a todos los grados de la inferioridad.

Si ya en las anomalías de los reflejos de las mucosas está asegurado que tienen relación con el alma, esto vale en mayor medida aún para los defectos infantiles. Casi siempre parece bastar el crecimiento normal de las vías nerviosas superiores, una simple compensación por crecimiento, para producir la función normal. Pero con ello la anomalía del órgano sigue siendo la misma, y si emprendemos un examen con atención y observación agudizadas, encontramos con mucha frecuencia restos imborrables para toda la vida. O bien el defecto está superado para lo normal, pero reaparece de inmediato con las tensiones psíquicas, de modo que hay que hablar de una continuidad del estado, que solo queda encubierto en los momentos de reposo. Tales ejemplos son frecuentes: parpadear con la luz intensa, bizquear en el trabajo de cerca, tartamudear con la excitación2, vomitar en los estados afectivos, etc. — Con ello se confirma la conjetura a la que habíamos llegado por otro lado: la compensación se produce mediante un rendimiento suplementario y un impulso de crecimiento del cerebro. Que este refuerzo de la superestructura psíquica se logra lo muestra el éxito; que guarda relación con un ejercicio constante es fácil de adivinar. Como supuesto anatómico solo podemos admitir, por analogía: elementos nerviosos más capaces y más numerosos. — Así pues, también en el sistema nervioso central rigen las mismas relaciones de inferioridad y compensación, del mismo modo que a veces se hace patente el componente patológico concomitante. Hay una serie de indicios, como los de v. Hansemann, que demostró alteraciones patológicas congénitas en los cerebros de hombres eminentes.

Si la compensación cerebral está así en relación con la inferioridad orgánica, es claro que ciertos vínculos con el mundo exterior propios del órgano han de encontrar también en la superestructura su correlato psíquico; que a los ojos originariamente inferiores corresponde en la superestructura una vida visual (Schauleben) reforzada, etc.

Siguiendo esta línea de pensamiento se llega a suponer que, en los casos favorables, el órgano inferior posee la superestructura más desarrollada y psíquicamente más capaz, cuyos fenómenos psíquicos —en lo que toca al instinto, la sensación, la atención, la memoria, la representación interna, la empatía, la conciencia— pueden ser más ricos y desarrollados. Un aparato digestivo inferior aportará, en el caso favorable, la mayor capacidad de rendimiento psíquico en todo lo que se refiere a la alimentación, pero también, puesto que su superestructura domina y atrae a su ámbito los demás complejos psíquicos, en todo lo que se refiere a la adquisición de alimento. El instinto de nutrición predominará hasta tal punto que puede expresarse en todas las relaciones personales y sociales, como gusto de gastrónomo, como afán de lucro, como ahorro y avaricia, etc. Así también en los demás órganos inferiores, que conducen a una vida sensorial más extensa y a un tanteo y una estimación del mundo más cuidadosos y más exactos, en la medida en que este es accesible al órgano en cuestión.

Mediante este proceso se forman ejes psíquicos según los cuales se orienta el individuo, siempre en dependencia de uno o varios órganos inferiores. También en el sueño y en la fantasía, en la elección de profesión y en la inclinación se hace perceptible este afán de obtener placer para ese órgano. Pues la actividad primitiva del órgano (instinto) va unida al placer sobre todo en el órgano inferior. Algunos de los defectos infantiles lo indican con tal claridad que se los considera sin razón actividad sexual. Si, como casi regularmente en el sueño, en el juego, en la fantasía, reaparece el instinto primitivo del órgano, también aquí tenemos que ver (entre otras cosas) una exigencia de esa obtención de placer. Si se sigue desarrollando esta idea, se llega finalmente a la conjetura de que la superestructura psíquica del órgano tiene en gran parte una función sustitutiva respecto de los defectos del órgano, para alcanzar en su relación con el mundo exterior la obtención de placer que le corresponde.

También en otros puntos toca la doctrina de la inferioridad orgánica problemas de la filosofía. — Así en la cuestión del desarrollo espiritual, para el que debe postularse una continuidad, lo mismo que para los instintos y las disposiciones del carácter. Y esto tanto en el individuo como en la colectividad. Si la filosofía es la síntesis científica de todas las relaciones de los rendimientos psíquicos, se comprende que el nivel del pensamiento en cada momento, y con él también el estado de la filosofía en cada momento, esté condicionado por la alteración de los órganos y por la compensación cerebral que ha de realizarse. Su desarrollo y el cambio de sus fundamentos se basan, por tanto, en el desarrollo y el cambio de la superestructura de los órganos que varían. Como estos últimos reciben del mundo exterior circundante el impulso de su inferioridad, los cambios del mundo exterior, la inferioridad orgánica y la correspondiente compensación cerebral, que la corrige, se producen influyéndose recíprocamente.

También al nacimiento de rendimientos psicomotores altamente cultivados, al origen y desarrollo del lenguaje, de las artes, a la esencia del genio, al nacimiento de sistemas filosóficos y concepciones del mundo me parece aplicable este modo de considerar las cosas, y espero de él que dé buena prueba también en la invención de nuevas tareas y de sus soluciones. Nos obliga, quizá con más claridad que cualquier otro, a evitar los escollos de la abstracción y a observar los fenómenos en su conexión y en su fluir. En la ciencia médica he seguido este modo de considerar las cosas. Quizá pueda esperar que mi modesta sugerencia encuentre eco también en otros campos.

La imagen del mundo fundada en la compensación cerebral no puede desplegarse sin límites. No es libre ni con sus instintos ni con su parte inconsciente. Sus manifestaciones están limitadas por el medio social, por la cultura, que por medio del instinto de conservación solo permite el despliegue a las manifestaciones de la psique cuando pueden insertarse en el marco de la cultura. También en este caso la superestructura reforzada del órgano inferior se permite otros modos de funcionamiento, a menudo nuevos y valiosos. Pero a menudo también patológicos, como en las neurosis.

Un joven de familia rica acudió a tratamiento por representaciones angustiosas y obsesivas. Padecía además falta de apetito y trastornos digestivos para los que no podía demostrarse una causa orgánica. Como inferior pudo desenmascararse en primer lugar el tracto digestivo. De acuerdo con el esbozo de mi doctrina de la inferioridad orgánica expuesto al principio, pueden aportarse los siguientes datos: 1. Enfermedad anterior del paciente: trastornos gástricos e intestinales de carácter alarmante en el primero y el segundo año de vida. 2. Herencia. El abuelo paterno murió de cáncer de estómago. El padre es un gran comedor, de carácter muy avaro, que gracias a su intenso sentido del lucro ha llegado a una gran riqueza3. La madre padece molestias gastrointestinales histéricas. Los hermanos muestran rasgos de avaricia y son casi sin excepción grandes comedores; entre ellos se registran a menudo enfermedades intestinales. 3. Signos periféricos de degeneración: llamativa oblicuidad de los dientes. 4. Defectos infantiles: se chupó el dedo hasta una edad avanzada de la niñez. — Un detalle de su psicología individual nos mostrará el carácter espiritual fundamental del paciente y su transformación. Un día el paciente llevó a una asociación benéfica de Mariahilf un donativo de 200 coronas. Me lo contó a continuación de comunicarme que hoy volvía a encontrarse especialmente mal. Prosigue luego: «Quizá me he encontrado tan mal porque ya tenía hambre cuando entregué el donativo en Mariahilf. Ya había pasado el mediodía y yo aún no había comido. Para las 12 había concertado una cita en un restaurante (dicho sea de paso: caro), y fui entonces en mal estado, por el (largo) camino, hasta el centro». — La explicación del malestar nervioso se obtuvo fácilmente. Quien escucha este relato tiene en los oídos una sensación como ante una disonancia. — Un hombre rico, que suele dar donativos generosos, come en restaurantes distinguidos, tiene una fuerte sensación de hambre y da a pie un paseo bastante largo: aquí hay sin duda una fuerte incongruencia, que solo se resuelve si suponemos que el paciente es tan avaro como su padre, pero que su elevada cultura no le permite hacer uso de esa avaricia. Solo donde no choca con la cultura —el ahorro de unos pocos céntimos (Heller), que en caso necesario puede justificar con razones de salud— es posible la manifestación de esta disposición. Por lo demás se comporta con suma generosidad, no sin pagar cada vez su generosidad con un ataque nervioso.

El caso es capaz de enseñarnos sobre los límites de las manifestaciones psíquicas y motoras de la compensación que vienen dados por la cultura de los demás. — Al mismo tiempo nos muestra la (aparente) heredabilidad de cualidades psíquicas sobre la base de los órganos inferiores. — De paso puedo mostrar con este caso lo que Freud, en Viena, entiende por «mecanismo de la represión». Como se desprende de la doctrina de la inferioridad orgánica, el mecanismo de la represión tiende a una inhibición de la superestructura de los órganos inferiores y de sus manifestaciones; es, por así decirlo, el dispositivo de freno en el desarrollo de modos de funcionamiento inservibles o aún no maduros procedentes de la sobrecompensación. Que en ello una disposición del carácter, un instinto, un deseo, una representación pasen a una posición de contraste y se expresen mediante su antítesis representa un caso especial y recuerda en cierta medida la dialéctica de Hegel.

Pero si la sobrecompensación busca hacerse valer de modo cultural y emprende caminos nuevos, aunque difíciles y a menudo obstaculizados, se llega a las manifestaciones verdaderamente grandes de la psique, como las que hemos de atribuir al genio. Lombroso, en su doctrina del genio, se atuvo a los casos mixtos y llegó así a su concepción errónea del genio patológico. Según lo que hemos expuesto, el órgano inferior no es una formación patológica, aunque representa la condición fundamental de lo patológico. El impulso a la compensación cerebral puede terminar, en los casos favorables, en una sobrecompensación a la que falta todo lo morboso.

El destino de la sobrecompensación está ligado a varias condiciones; está, pues, sobredeterminado. Como una de estas condiciones hemos conocido las barreras de la cultura. Otra determinación es el encadenamiento de la superestructura dominante a otros campos psíquicos: de la superestructura visual a la acústica, a la superestructura de los órganos del habla. Estas compensaciones múltiples, sus entrecruzamientos e inhibiciones recíprocas, son las que propiamente dan la imagen de la psique, cuyo análisis nos permite reconocer a su vez grados de las compensaciones, intimidad y oposición en su enlace y las influencias limitadoras de la cultura. Especialmente propensos a accidentes son los enlaces fuertes con inclinaciones a la actividad muy desarrolladas, que según mis investigaciones llegan a desarrollarse uniendo la superestructura de los instintos primarios, e igualmente las influencias dominantes de la superestructura sexual; ambos están, ciertamente, destinados en una constelación favorable a los rendimientos más importantes.

Como tercera condición para el destino de una sobrecompensación ha de considerarse su resistencia o su caducidad. Con mucha frecuencia la naturaleza fracasa en la corrección del órgano inferior; crea entonces compensaciones fácilmente perecederas, que sucumben con facilidad a los ataques. Incapacidad, neurosis, enfermedades psíquicas, en suma, formaciones patológicas, pueden salir entonces a la luz. Un pequeño fragmento del análisis de la paranoia puede dar una imagen de ello. La sobrecompensación del aparato visual inferior desempeña, junto a la de otros aparatos, un papel destacado. El instinto de mirar (Schautrieb), por ejemplo, ha alcanzado un gran desarrollo en gran parte de los paranoicos y ha agotado todas las posibilidades visuales del mundo. Sobreviene entonces una constelación desfavorable, la debilidad de la sobrecompensación se manifiesta en brotes alucinatorios, apariciones visuales; las fuerzas que constituyen el entendimiento muestran pronto una caducidad semejante, el paciente se ve como objeto del instinto de mirar de los demás, y la constitución del delirio de grandeza y de persecución comienza enlazando con las disposiciones del instinto de agresión.

La contrapartida la mostrará un minúsculo fragmento de la psique de un poeta, que debo al escritor vienés Rank, conocedor de mis concepciones. Debo advertir previamente que he de atribuir en particular al poeta dramático una sobrecompensación especial y peculiar del órgano de la vista, en la que se fundan su fuerza escénica y la elección y configuración de sus asuntos. En el drama del tirador Tell4 encontramos un número acumulado de enlaces con la sobrecompensación del aparato visual, giros sueltos, símiles que se refieren al ojo en su función. (También los mitos populares se han apoderado desde tiempos inmemoriales de este fenómeno del aparato inferior y de su sobrecompensación, y el mito del tirador ciego, que siempre da en el blanco, podría tener cierto parentesco con la leyenda de Tell). — Para la relación del dramaturgo Schiller con el aparato visual y sus funciones quiero señalar además el cegamiento de Melchthal y el himno a la luz de los ojos en el Tell. Por lo que toca al órgano de la vista del poeta, puedo indicar que tenía la vista débil, padecía inflamaciones de los ojos y conservó hasta la edad adulta el defecto infantil del parpadeo. Sentía un gran interés por la caza. Weltrich cuenta —y esto sería notable para la herencia— que la familia Schiller recibió su nombre por el estrabismo.5 — No menciono este pequeño detalle final con el fin de una consideración estética, sino para llamar la atención sobre las relaciones del artista con el órgano inferior.

No debe extrañarnos que los rasgos del aparato visual inferior desempeñen un gran papel sobre todo en los pintores6. En mi escrito7 he comunicado algo al respecto. Guercino da Centa, siglo XV, recibió su nombre porque bizqueaba. Piero de la Francesca, según Vasari, se quedó ciego en la vejez. Se le alaba sobre todo el arte de la perspectiva. Entre los modernos hay que mencionar a Lenbach, que era tuerto, al extraordinariamente miope Mateyko, a Manet, que era astigmático, etc. Las investigaciones en escuelas de pintura han dado cerca de un 70 % de anomalías oculares.8

He encontrado con mucha frecuencia que oradores, actores y cantantes presentan los signos de la inferioridad orgánica. De Moisés cuenta la Biblia que era torpe de lengua; a su hermano Aarón le fue concedido el don de la palabra. Demóstenes, el tartamudo, llegó a ser el mayor orador de Grecia, y de Camille Demoulin, que tartamudeaba en la vida corriente, cuentan sus contemporáneos que su discurso fluía como oro fundido.

Algo parecido ocurre con los músicos, que enferman con bastante frecuencia de afecciones del oído. Beethoven y Robert Franz, que perdieron ambos el oído, valgan aquí como ejemplos conocidos. — Clara Schumann cuenta de su vida que de niña tuvo defectos del oído y del habla.

Lejos de querer ofrecer todos estos detalles como prueba plena, estas citas solo pretenden dirigir la atención de los lectores al amplio marco de la doctrina de la inferioridad orgánica y a sus relaciones con la filosofía, la psicología y la estética.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 11-22, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. El volumen fecha la conferencia en 1907; la impresión de 1908 de la Sociedad Filosófica de la Universidad de Viena no ha podido consultarse. Las notas del autor, numeradas por página en el original, van aquí numeradas de forma continua. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las notas del autor y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las adiciones del traductor van entre corchetes. Überbau se traduce «superestructura»; Kinderfehler, «defectos infantiles»; Trieb, «instinto» (Schautrieb, «instinto de mirar»; Aggressionstrieb, «instinto de agresión»), según el glosario; Organminderwertigkeit, «inferioridad orgánica». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Respecto a la heredabilidad de tales fenómenos, véase Friedjung, «Ernährungsstörungen und Konstitution» [Trastornos de la nutrición y constitución], Zft. f. Kinderheilkunde 1913 [en el original, por errata, «Zft. 7.»]. ↩

  2. También se da lo contrario: que el tartamudeo cese con la excitación. ↩

  3. Tales personas (aquejadas de trastornos gastrointestinales o grandes comedores llamativos, con claros rasgos de avaricia y falta de miramientos y una especial aptitud para el lucro) representan un tipo bastante frecuente. Recuerdan, si se puede comparar lo pequeño con lo grande, a Napoleón, en cuya familia el cáncer gastrointestinal era hereditario. ↩

  4. También en muchos poemas de Schiller. ↩

  5. Schielen significa «bizquear»: según Adler, Richard Weltrich, biógrafo de Schiller, relacionaba el apellido con esta palabra. (N. del T.) ↩

  6. Véase también el ensayo «Kunst und Auge» [Arte y ojo] de J. Reich, Österreichische Rundschau, Viena, 1908. ↩

  7. Studie über die Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. Editorial Urban & Schwarzenberg, Viena, 1907. ↩

  8. Los nombres se dan como los escribe Adler: Guercino (Giovanni Francesco Barbieri, «da Cento»), que vivió en el siglo XVII, no en el XV; Piero della Francesca; Jan Matejko; Camille Desmoulins. (N. del T.) ↩