La necesidad de ternura del niño.

Por el Dr. Alfred Adler (1908).

El estudio de niños y adultos nerviosos ha sacado a la luz en los últimos años las aclaraciones más fecundas sobre la vida anímica. Una vez resuelta la cuestión previa, que parecía importante, de si la vida anímica de las personas sanas y la de las nerviosas son cualitativamente distintas —cuestión que hoy hay que responder en el sentido de que los fenómenos psíquicos de unas y otras se remontan a los mismos fundamentos—, pudo emprenderse con confianza el intento de medir con la vida anímica «normal» los resultados del psicoanálisis de las personas nerviosas. Y se muestra entonces del mismo modo la importancia fundamental de la vida instintiva para la construcción y la composición de la psique, así como la gran parte que corresponde a lo inconsciente en el pensar y en el obrar, la conexión de lo orgánico con la psique, la continuidad y la heredabilidad de las disposiciones del carácter, la plena interpretabilidad de la vida onírica y su importancia, y la gran parte que corresponde al instinto sexual y a sus transformaciones en las relaciones personales y en la cultura del niño.

Entre los fenómenos psíquicos de la vida infantil perceptibles desde fuera, la necesidad de ternura se hace notar bastante pronto. No hay que entender por ella en absoluto una formación psíquica delimitada, que estuviera localizada, por ejemplo, en la esfera psicomotora del cerebro. Antes bien, percibimos en ella el reflejo de múltiples impulsos, de deseos manifiestos e inconscientes, manifestaciones de instintos que en algunos puntos se condensan hasta alcanzar intensidad consciente. Componentes escindidos del instinto del tacto, del instinto de mirar y del instinto del oído suministran, en un peculiar entrecruzamiento, la fuerza motriz. La meta está en la satisfacción de estos impulsos que luchan por alcanzar su objeto. Y nuestra primera conclusión puede ser esta: una fuerte necesidad de ternura en el niño permite suponer, en igualdad de las demás circunstancias, una fuerte vida instintiva. — Por regla general —y razonablemente—, la satisfacción del deseo de ternura no se obtiene del todo gratis. Y así la necesidad de ternura se convierte en palanca de la educación. Un abrazo, un beso, un gesto amable, una palabra de tono cariñoso solo se consiguen si el niño se somete al educador, es decir, dando el rodeo de la cultura.

Del mismo modo que de los padres, el niño anhela satisfacción del maestro y, más tarde, de la sociedad. La necesidad de ternura se ha convertido así en un componente esencial de los sentimientos sociales. La fuerza de los impulsos de ternura, el aparato psíquico que el niño es capaz de poner en escena para llegar a la satisfacción, y el modo en que soporta la insatisfacción, constituyen una parte esencial del carácter infantil. — Las manifestaciones originarias de la necesidad de ternura son bastante llamativas y suficientemente conocidas. Los niños quieren que los mimen, los acaricien, los alaben; tienen tendencia a arrimarse, se mantienen siempre cerca de las personas queridas, quieren que se los lleve a la cama, etc. Más tarde el deseo se dirige a una relación afectuosa, de la que proceden el amor a los parientes, la amistad, los sentimientos de comunidad y el amor.

Se comprende que de una conducción acertada de este complejo instintivo dependa gran parte del desarrollo. Y en esta consideración se ve con toda claridad cómo una satisfacción parcial de la vida instintiva se convierte en un factor indispensable de la cultura, del mismo modo que el complejo instintivo que queda insatisfecho proporciona el eterno, inmanente impulso para su cultura progresiva. También las direcciones erróneas a que puede ir a parar la necesidad de ternura son fáciles de ver. El impulso, antes de llegar a la satisfacción, debe ser obligado a dar un rodeo; debe impulsar la cultura del niño. Así se elevan a un nivel superior el camino y la meta de la necesidad de ternura, y los sentimientos de comunidad derivados, depurados, despiertan en el alma del niño en cuanto la meta admite formaciones sustitutivas, en cuanto el lugar del padre puede ocuparlo, por ejemplo, el maestro, el amigo, el compañero de lucha. A ello debe ir estrechamente unida la perseverancia del impulso instintivo. La privación de la satisfacción no debe destruir el equilibrio psíquico; solo debe despertar la energía y producir la «posición de agresión cultural». Si al niño se le ahorra el rodeo de la cultura, si solo obtiene satisfacciones de tipo primitivo, y eso sin demora, sus deseos quedan siempre dirigidos al placer inmediato y sensual. A ello contribuye muchas veces la inclinación de los padres, cuya alegría puede ser verse rodeados de niños que se dejan mimar y acariciar sin sentido, siguiendo las huellas mnémicas de su propia infancia. — En los niños educados de esta manera siempre aparecerá llamativamente preferida una de las formas originarias de satisfacción. También el desarrollo de la independencia, la iniciativa y la disciplina de sí mismo sufre carencias. El estado ideal sigue siendo el apoyo en una de las personas queridas y la dependencia de ella, inhibiciones del desarrollo que, con todo un tropel de rasgos de carácter derivados, dominan el cuadro posterior de la vida. Pronto llaman la atención la propensión a asustarse y la tendencia a la angustia, que se prolongan en el mundo de los pensamientos y en la vida onírica. Rasgos afeminados, en el mal sentido, toman la delantera, y en el caso extremo la psique se va construyendo en una dirección equivocada hasta alcanzar el carácter nervioso, apocado y masoquista.

El caso contrario lo da una educación que sustrae a la necesidad de ternura también las satisfacciones culturales y deja al niño solo con su anhelo de amor. Separado de todos los objetos de la ternura, el niño solo tiene la propia persona como meta de su anhelo; los sentimientos sociales quedan rudimentarios y toman la delantera tendencias de satisfacción cuyo contenido es el amor propio en todas sus formas. O bien el niño pasa a la posición de ataque. Todo instinto insatisfecho acaba orientando al organismo de tal modo que este se coloca en agresión frente a su entorno. Los caracteres ásperos, los niños desenfrenados, ineducables, pueden enseñarnos cómo el instinto de ternura permanentemente insatisfecho excita las vías de la agresión. La comprensión del delincuente juvenil, creemos, sale muy favorecida con esta consideración. Pero la reacción no siempre llega hasta actuar sobre el mundo exterior. La tendencia agresiva puede sufrir una inhibición que, en un principio, se instaura probablemente en el sentido y bajo la presión de la cultura, pero que más tarde va más allá y hace imposible también la «agresión cultural» —la actividad, el estudio, las aspiraciones culturales—, sustituyéndola por «la palidez de la duda»1. También en esta anomalía del desarrollo encontramos, en lugar de la satisfacción del instinto o de la «agresión cultural», desgana, falta de confianza en sí mismo y angustia como expresión de la agresión dirigida contra la propia persona. No debe asombrarnos que muchos de estos niños caigan más tarde en la neurosis, ni tampoco que muchos de ellos vayan por la vida como tipos de carácter o como individualidades singulares, dotadas a veces de rasgos geniales.

Aquí se enlaza un gran número de consideraciones pedagógicas. Que cada educador las examine y siga trabajando en ellas. Solo guárdese de introducir en la argumentación sus propios deseos y sentimientos, como suele ocurrir sin que uno lo note cuando se trabaja una materia a la que nos conducen nuestras propias huellas mnémicas. Y piénsese que la naturaleza no procede con mezquindad. Sería una lástima que cada error educativo tuviera sus consecuencias. Pero como norma ha de valer esta afirmación: la necesidad de ternura del niño no debe satisfacerse solo por juego, sino sobre todo con un efecto útil para la cultura; y no se le cierren al niño los accesos a la satisfacción de su ternura cuando pueda alcanzarla por vías culturales, pues su instinto de ternura arraiga en suelo orgánico y apunta a la afirmación de sí mismo.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 50-53, digitalizado en Internet Archive y cotejado con las imágenes de las páginas. La primera publicación, en las Monatshefte für Pädagogik und Schulpolitik [Cuadernos mensuales de pedagogía y política escolar] (Viena) 1 (1908), no ha podido consultarse. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original. Trieb se traduce «instinto» (Tasttrieb, Schautrieb, Hörtrieb: instinto del tacto, de mirar, del oído; Zärtlichkeitstrieb, instinto de ternura); Gemeinschaftsgefühle «sentimientos de comunidad» y soziale Gefühle / Sozialgefühle «sentimientos sociales», para distinguir los dos términos que Adler usa aquí; Erinnerungsspuren «huellas mnémicas». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. «Des Zweifels Blässe»: eco de Hamlet (III, 1), «the pale cast of thought», que en la traducción alemana de Schlegel se vuelve «des Gedankens Blässe»; Adler sustituye el pensamiento por la duda. (N. del T.) ↩