Tres psicoanálisis de números que se ocurren y de números obsesivos.
Por el Dr. Alf. Adler, Viena.
En su «Psicopatología de la vida cotidiana», Freud ha descubierto, entre otras cosas, el hecho de que también un número «soltado sin pensar» resulta estar determinado. El ejemplo que aduce como prueba muestra hasta qué profundidad de la vida anímica conduce el análisis de un número así. De las consideraciones que Freud vincula a este hallazgo destaquemos: 1.º, la seguridad con que se desarrolla el análisis; 2.º, la tendencia a la superstición, que no es difícil descubrir detrás de las operaciones mentales matemáticas de lo inconsciente.
Otros análisis de números elegidos en apariencia arbitrariamente no han llegado a mi conocimiento. Pero he podido observar que este punto de las comunicaciones de Freud figura entre los discutidos. Con los tres análisis siguientes estoy ahora en condiciones de aumentar el material correspondiente. Dos de estos casos se los debo a personas completamente sanas que, por su cuenta y sin método alguno, llevaron a cabo sus autoanálisis partiendo de un número elegido por ellas mismas. No se podrá negar al curso de sus pensamientos, aunque se desarrolló «jugando», una agrupación eminentemente genética. Igualmente llamativa es la doble forma de la resistencia que se hace valer a medida que avanza el análisis: unas veces apremiante y perceptible, de modo que el que va hilando los pensamientos la reconoce y la rechaza con facilidad; otras veces enmascarada, con el ropaje de una objeción teórica con la que se pretende quebrantar en el oyente la fe en una pertenencia firmemente trabada entre el número y su interpretación. Al final, ciertamente, la abundancia y la importancia del material puesto al descubierto se imponen a todos los reparos críticos y atraen sobre sí toda la atención del sujeto del experimento.
No se puede negar en absoluto a este «juego» toda utilidad. Lo que revela sobre la propia vida anímica es bastante considerable, y en ambos casos está justificada la esperanza de que los juguetes desvalidos de los malos humores y destemplanzas se eleven a combatientes conscientes, o a pacientes conscientes, de un destino impuesto. Salta francamente a la vista el valor del análisis del número en el tercer caso, que nos ofrece el cuadro de una neurosis de angustia histérica con una fobia a un número. Pese a una mejoría muy amplia, pese a la desaparición de las sensaciones nerviosas torturadoras y angustiosas, se mantiene la fobia a un número determinado, hasta que también su significado quedó aclarado por mí en un análisis y se la reconoció como superestructura sobre los mismos impulsos inconscientes que por otro camino habían conducido a las sensaciones nerviosas y representaciones angustiosas antes mencionadas.
Comunico ahora los dos autoanálisis tal como me llegaron, mientras que el tercero, un análisis hecho por mí, lo tomo de mis notas:
Caso I.
A. me escribe: «Anoche me puse con la "Psicopatología de la vida cotidiana" y habría terminado de leer el libro de una vez si no me lo hubiera impedido un extraño incidente. Cuando leí, en efecto, que todo número que traemos a la conciencia en apariencia de modo completamente arbitrario tiene un sentido determinado, decidí hacer una prueba. Se me ocurrió el número 1734. Entonces se atropellaron las siguientes ocurrencias: 1734 : 17 = 102; 102 : 17 = 6. Luego descompongo el número en 17 y 34. Tengo 34 años. Considero, como creo haberle dicho a usted alguna vez, el año 34 como el último año de juventud, y por eso me sentí muy miserable en mi último cumpleaños. Al final de mis 17 años empezó para mí un periodo muy hermoso e interesante de mi desarrollo. Divido mi vida en tramos de 17 años. ¿Qué significan ahora las divisiones? Se me ocurre, a propósito del número 102, que el número 102 de la Universalbibliothek de Reclam1 contiene la pieza de Kotzebue Menschenhass und Reue [Misantropía y arrepentimiento].
Mi estado psíquico actual es misantropía y arrepentimiento. El n.º 6 de la U.-B. (sé de memoria una buena cantidad de números) es Die Schuld [La culpa], de Müllner. Me atormenta sin cesar la idea de que por mi culpa no he llegado a ser lo que según mis capacidades habría podido ser. Se me ocurre además que el n.º 34 de la U.-B. contiene un relato del mismo Müllner titulado Der Kaliber [El calibre]. Descompongo la palabra en "Ka liber"; se me ocurre además que contiene las palabras "Ali" y "Kali". Eso me recuerda que una vez hice rimas con mi hijo Ali (de 6 años). Le pedí que buscara una rima para Ali. No se le ocurrió ninguna, y cuando quiso que yo le dijera una, le dije: "Ali reinigt den Mund mit hypermangansaurem Kali" [Ali se limpia la boca con permanganato potásico]. Nos reímos mucho y Ali estuvo muy cariñoso. En los últimos días he tenido que comprobar con disgusto que no es un "ka lieber" Ali [un Ali nada cariñoso].2
Me pregunté entonces: ¿qué es el n.º 17 de la U.-B.?, pero no conseguí averiguarlo. Antes lo sabía con toda seguridad, así que supongo que quería olvidar ese número. Todo cavilar fue inútil. Quise seguir leyendo, pero leía solo maquinalmente, sin entender una palabra, porque me atormentaba el 17. Apagué la luz y seguí buscando. Por fin se me ocurrió que el n.º 17 tenía que ser una pieza de Shakespeare. Pero ¿cuál? Se me ocurre: Hero y Leandro. Evidentemente, un intento estúpido de mi voluntad de distraerme. Al fin me levanto y busco el catálogo de la U.-B. El n.º 17 es Macbeth. Para mi estupefacción, tengo que comprobar que de esa pieza no sé casi nada, aunque no me ha ocupado menos que otros dramas de Shakespeare. Solo se me ocurre: asesino, Lady Macbeth, brujas, "lo hermoso es feo", y que en su día la adaptación de Macbeth de Schiller me pareció muy hermosa. Sin duda, pues, también quise olvidar la pieza. Se me ocurre todavía que 17 y 34 divididos por 17 dan 1 y 2. Los n.os 1 y 2 de la U.-B. son el Fausto de Goethe. Antes encontraba en mí mucho de fáustico».
Siguen ahora algunos reparos teóricos contra la suposición de una determinación del número 1734, que paso por alto y que, pese a la agudeza del autor, el lector reconocerá a primera vista como desacertados. A continuación prosigue A. su exposición, rigurosamente ordenada, cuya construcción recuerda vivamente los discursos clásicos, por ejemplo los de Cicerón.
«Esta mañana, sin embargo, he tenido una experiencia que habla mucho en favor de la exactitud de la concepción de Freud. Mi mujer, a la que había despertado al levantarme por la noche, me preguntó qué había querido yo con el catálogo de la U.-B. Le conté la historia. Le pareció que todo era sofistería; solo —¡muy interesante!— dio por bueno el Macbeth, contra el que tanto me había resistido. Dijo que a ella no se le ocurría nada en absoluto cuando pensaba un número. Le respondí: "¡Hagamos una prueba!". Dice el número: 117. Le repliqué en el acto: "El 17 es una alusión a lo que te he contado. Además, ayer te dije: cuando una mujer está en su año 82 y un hombre en su 35, es una desproporción grave. Desde hace un par de días le tomo el pelo a mi mujer afirmando que es una viejecita de 82 años. 82 + 35 = 117"».
A. añade todavía algunas observaciones que en general habría que considerar como su aprobación final de la concepción de Freud. Por desgracia, A. ya no logró hacer la síntesis de sus exposiciones. Pero yo creo que el lector atento podría adivinarla. Se trata evidentemente de pensamientos de naturaleza incómoda que en A., cumplidos los 34 años, se presentan con intensidad, pensamientos sobre la huida de sus años, y más aún de los años de su esposa. Esta reflexión parece apoyarla la rápida resolución del número 117. La esposa habrá dado cabida a pensamientos semejantes, y A. acierta en el análisis con tanta seguridad porque «también ha estado sentado detrás de la estufa».3 En este contexto es muy probable que el número 17 se refiera a la ocurrencia de Hero y Leandro, rechazada como «estúpida», que debe destacar la preferencia de los 17 años (véanse las palabras del propio A.) sobre una edad más avanzada también en la mujer, y que da expresión, por tanto, a un deseo reprimido del autor.
II.
Pasamos al segundo análisis. B. escribe: «Dejo que se me ocurra un número: 22, y empiezo enseguida a anotar las ocurrencias siguientes. Hoy es 22, mi cumpleaños. 2 × 2 = 2 + 2, es decir, haga lo que haga, el resultado es el mismo; no puedo luchar contra el destino. O también: "¡no puede pasarte nada!". Más tarde se me ocurrió mi padre y, tras una pausa bastante larga, mi madre. Esto me llevó a la idea de que todas mis capacidades estaban determinadas por mis padres. Se me ocurre además mi hermano, del que me digo que nació en 1882. En el acto reconozco detrás de esta ocurrencia el deseo de que no nos lleváramos tantos años, pues en realidad mi hermano mayor nació en 1881. A mi madre la quiero más que a mi padre. Por eso lo nombro a él enseguida cuando se trata de cargar a alguien con mi destino. A mi hermano lo pongo como modelo: ¡así habría debido llegar a ser yo! (Un deseo mío anterior, ser como mi hermano mayor). Mi madre no se me ocurrió hasta después de una pausa; está bastante lejos del asunto, así que a ella la descargo de la culpa.
Se me ocurre luego que todos los análisis de un individuo conducen al mismo centro; y al mismo tiempo emergen con bastante claridad algunas vivencias de juventud que, por lo demás, había recordado muy a menudo visualmente. De niño, en efecto, dormí mucho tiempo en el dormitorio de mis padres y espiaba su trato conyugal. Algunas veces oí resistirse a mi madre y ya entonces tomé partido por ella contra mi padre. Una escena parecida puede haber precedido a mi nacimiento; por eso mi padre tiene la culpa principal de mi "destino".
Emerge ahora un segundo recuerdo de juventud, de mis siete años. Por entonces un compañero de escuela de mi hermano me inició en los misterios de la procreación. Gracias a esta enseñanza entendí lo que había oído en el dormitorio.
El mismo muchacho me indujo una vez a ayudarle en la masturbación. Otra vez lo miré. En estas escenas habíamos sido 2 × 2 (nosotros, 2 personas, estuvimos 2 veces), como en el trato normal, solo con la variante de que era como si la mujer no quisiera. Así tuve que llegar a la masturbación, que, como el coito, da el mismo resultado: 2 × 2 = 2 + 2; pero el proceso es distinto: la multiplicación es una operación más íntima; la suma, más bien una yuxtaposición».
Sigue una explicación de por qué B. se hizo masturbador. Luego continúa:
«Si mi hermano hubiera nacido en 1882, quizá no habría tenido como compañero al muchacho que me indujo.
Mi nombre de pila —Otto— da lo mismo leído hacia delante y hacia atrás. Tiene 4 (2 × 2 = 2 + 2) letras, cada una de ellas 2 veces. Las 2 sílabas son iguales entre sí, son 2 parejitas, no queda sitio para una hembrita de fuera. Sé también que ya de muy pequeño sabía escribir mi nombre, es decir, que me masturbaba ya muy temprano. El nombre "Otto" recuerda vivamente la expresión 2 × 2 = 2 + 2; todo me está determinado por el destino.
Ahora se me ocurre todavía una muchacha que no me era indiferente y que quería darme en ocasiones otro nombre. Nuestros deseos quedaron sin cumplir. Conservé el nombre de Otto y no dejé la masturbación.
Poco después llegué al núcleo del análisis: en años anteriores me había propuesto a menudo dejar la masturbación en fechas determinadas, casi siempre en mis cumpleaños. El día en que dejé que se me ocurriera el número, como era otra vez mi cumpleaños, estaban precisamente de actualidad los reproches de no haber puesto fin ya hacía años. El número, pues, es una respuesta a estos reproches de mi interior, una apología; dice:
1.º, la masturbación es lo mismo que el coito (2 × 2 = 2 + 2);
2.º, aunque no sea así, aunque sea algo dañino y reprobable, yo no tengo la culpa, pues he llegado a ella, he sido determinado a ella, por disposición y por impresiones de juventud (2 × 2 = 2 + 2)».
III.
El tercer análisis tuve que emprenderlo por necesidad en un paciente C., que se me presentó como enfermo de los nervios desde hacía muchos años a causa de un agravamiento de sus molestias. Se quejaba de irritabilidad, angustia, fuertes palpitaciones, miedo a un ataque de apoplejía y una inquietante sensación de estrangulamiento que desde hacía bastante tiempo se presentaba regularmente al lavarse los dientes, pero también fuera de casa a horas determinadas y en lugares determinados, y le amargaba la vida. Además, desde hacía años tenía una representación que aparecía de modo compulsivo, el número 39, que relacionaba de manera peculiar con toda desgracia que pudiera ocurrirle, incluso con su muerte. Este número le salía al paso por todas partes. Lo veía en el tranvía y en el ferrocarril, en los precios de utensilios y objetos de arte. Lo evitaba dondequiera que podía, y no entraría en ninguna casa ni aceptaría ninguna butaca de teatro que llevara el número 39. Pero, hiciera lo que hiciera para sustraerse a este número, una desgraciada casualidad volvía a ponérselo siempre ante los ojos.
Dejé por lo pronto completamente de lado el número 39 y, a falta de todo hallazgo objetivo, emprendí el análisis de los demás fenómenos patológicos. La peculiar etiología de estos síntomas, construidos sobre una base histérica, pudo establecerse mediante el análisis y consistía en una inclinación perversa nunca del todo consciente para el paciente y nunca practicada, que pedía una actividad de la región bucal. Una debilidad demostrable de la sexualidad normal, unida a una libido aumentada, estaba evidentemente en relación con la perversión. La terapia de este caso consistió en el intento de eliminar el debilitamiento de la sexualidad normal y en el esclarecimiento completo del impulso perverso, para movilizar la conciencia del paciente contra la perversión. Mi esperanza de una mejoría se cumplió en la medida en que el paciente declaró espontáneamente que sus molestias eran menores y que la sensación de estrangulamiento había desaparecido por completo desde hacía algún tiempo.
Quise entonces abordar el análisis del número 39, y esperaba en un principio descubrir nuevas fuentes de los síntomas neuróticos del paciente. C., que ya estaba algo ejercitado en el análisis, no sacaba a la luz por sí solo ninguna ocurrencia. Solo en la consulta, tras una resistencia inicial, respondió que se le ocurría que originariamente había tenido miedo del número 69, y que este miedo al número había aparecido por primera vez cuando tenía pensado visitar a una dama de extraordinaria belleza. Vi que me había equivocado en mi esperanza de encontrar algo nuevo, y no fue pequeño mi asombro al encontrar aquí un paralelo con los demás síntomas patológicos como confirmación de mi concepción anterior de este caso. A mi pregunta sobre el significado del número 69, C. respondió que no lo conocía. Cuando le pedí que tradujera el número al francés, se mostró informado del significado de la perversión bucal recíproca, pero hizo varias objeciones: nunca había sentido inclinación por la forma pasiva, sino solo por la activa de esta perversión, y tampoco tenía miedo del número 69, sino del número 39. Le hice observar que en ello había cualquier cosa menos una contradicción: su inclinación perversa era una variante de la mutua, como el número 39 lo era del 69. Las siguientes ocurrencias del paciente aportaron nuevas confirmaciones y determinaciones: «había ido bajando poco a poco», primero al 59, luego al 49, que ninguno de los dos resultaron utilizables. Solo el 39 había ofrecido espacio suficiente para las representaciones angustiosas, porque él estaba al comienzo de la treintena y esperaba una pronta desgracia; y, por otra parte, el número 39 se componía de 3 × 13 (número de la mala suerte).
En el marco de estos 3 análisis apenas habrá un punto que no lleve en sí la impresión de lo necesario, de lo determinado por conexiones de toda clase. Nada «casual», nada inconexo he podido encontrar, sino que se confirma que toda ocurrencia del análisis, y sobre todo el número elegido, está sostenida por varias fuerzas psíquicas, por lo general bien aprehensibles. La sobredeterminación de la representación del número, ya sea elegido en apariencia libremente, ya resulte patológico y fijado, no puede, por tanto, negarse.
El sentido y el propósito de esta «reducción al número» es evidentemente el forzamiento de la psique a un compromiso. En ninguno de los análisis citados encontramos una represión completa del material psíquico fuera de la conciencia, pero en ninguno tampoco una plena tolerancia de la conciencia hacia las representaciones correspondientes. El símbolo aritmético no significa en ninguna parte una consunción completa de las fuerzas que se oponen, ni un síntoma del equilibrio alcanzado, como, por ejemplo, el mutismo histérico o la represión normal, sino más bien un desarme parcial de la psique mientras la lucha prosigue al lado. La determinación del número que emerge se produce desde lo inconsciente, con una desviación continua, a menudo consciente, frente a las resistencias. En los tres análisis puede demostrarse con facilidad la gran participación de lo consciente, de lo no reprimido, en la formación del número, que actúa modificando sobre la fuerza que impulsa inconscientemente (deseo sofocado, impulsos reprimidos), el verdadero portador de la ocurrencia del número, y le presta una representación lógica externa.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la Psychiatrisch-neurologische Wochenschrift 7 (1905), n.º 28, págs. 263-267, ejemplar de la Harvard University digitalizado por Google (HathiTrust; archive.org), establecida sobre las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división del original y las cursivas, que reproducen el espaciado; los títulos de obras citados se dan en alemán con traducción entre corchetes, y las rimas y juegos de palabras se dejan en alemán con su sentido entre corchetes o en nota. Einfall se traduce «ocurrencia»; Ueberbau, «superestructura». Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
La Universal-Bibliothek de la editorial Reclam (Leipzig), colección económica numerada de clásicos; abreviada «U.-B.». (N. del T.) ↩
Juego de palabras vienés: ka es la forma dialectal de kein («ningún»), de modo que Kaliber se oye como ka lieber, «ningún cariñoso». (N. del T.) ↩
Alusión al dicho alemán «Hinter dem Ofen sucht man nur den, hinter dem man selbst gesessen hat» («Solo busca a otro detrás de la estufa quien ha estado sentado allí»): uno sospecha en los demás lo que conoce por sí mismo. (N. del T.) ↩