¡Acusamos!¹)

En el proceso contra los socialrevolucionarios celebrado en junio de 19221, la camarada Clara Zetkin actuó como acusadora en nombre de la Internacional Comunista. Su discurso de acusación, que acaba de aparecer como folleto, despliega la historia de la fortuna y el fin del Partido Socialista Revolucionario y es con ello, al mismo tiempo, la historia de la contrarrevolución en la Rusia soviética. El proceso y la sentencia contra los socialrevolucionarios no pueden valorarse según los conceptos del derecho burgués. «Un tribunal de clase de los obreros y campesinos rusos» juzgó a sus enemigos y puso término a una lucha a vida o muerte entre el bolchevismo y la contrarrevolución, que estaba encarnada en los socialrevolucionarios pese a su nombre tan sonoro.

¿Qué era ese Partido Socialista Revolucionario? El partido se reclutaba entre las capas de la pequeña burguesía, de la intelectualidad burguesa y de las amplias capas de las masas campesinas apolíticas. La clase obrera estaba unida desde los años noventa en el Partido Socialdemócrata. Así, los socialrevolucionarios formaban económica y políticamente el ala izquierda de la burguesía, cuya voluntad revolucionaria solo alcanzaba hasta el derrocamiento del zarismo. El año 1917 llevó a los socialrevolucionarios a la cumbre de su poder. Las masas obreras y campesinas, que no querían soportar por más tiempo la presión de la guerra y del régimen zarista, derrocaron el zarismo y elevaron al socialrevolucionario Kérenski a presidente del Consejo de Ministros de la república rusa. Con este cambio de gobierno la revolución había terminado para los socialrevolucionarios. La guerra se continuó «hasta el final victorioso», se prohibieron la confraternización de los soldados en el frente y la actividad política en el ejército, se implantó la pena de muerte, todas las reformas interiores prometidas quedaron sin hacer, y la influencia de los consejos de obreros, campesinos y soldados que se formaban por todas partes fue condenada a una completa insignificancia, «anclada en la Constitución». En suma, los ocho meses de dominio socialrevolucionario en Rusia están íntimamente emparentados con las condiciones que hoy, desde hace cuatro años, tenemos que soportar en Alemania bajo el régimen de coalición de los socialdemócratas. Solo que los obreros y campesinos rusos incultos vieron antes que la «Alemania culta» que sin aplastar a la burguesía no podía realizarse ni la más pequeña de sus reivindicaciones. Para realizar las reivindicaciones de «¡Pan, paz, libertad!», la clase obrera, bajo la dirección de los bolcheviques, tomó el poder el 25 de octubre / 7 de noviembre de 19172 y constituyó con ello el primer Estado de obreros y campesinos.

Con ese día empieza la labor de zapa de los socialrevolucionarios destronados: rechazan la invitación de los bolcheviques a formar con ellos un gobierno apoyado en los consejos de obreros y campesinos; califican de «paz vergonzosa» la paz de Brest, que los bolcheviques tuvieron que firmar con Alemania obligados por la necesidad, y a Lenin de «el hombre comprado por Guillermo II»; los socialrevolucionarios montan la sublevación de los intelectuales contra los bolcheviques, azuzan a los campesinos contra la clase obrera; en una palabra, se persigue por todos los medios el objetivo de «restablecer a la democracia en sus sagrados derechos». Está demostrado negro sobre blanco que, para alcanzar este objetivo, tenían relaciones con todas las legaciones y misiones militares capitalistas, que apoyaban todas sus empresas con dinero y material de guerra. «Diputados socialrevolucionarios de la disuelta Constituyente²) y sus amigos de partido figuraron entre los instigadores y beneficiarios de la gran sublevación militar de los checoslovacos, que tuvo como consecuencia, desde el sur de Rusia hasta Siberia, rebeliones, la segregación de territorios vitales y la fundación de Estados contrarrevolucionarios. Fue la Entente la que dio a la legión checoslovaca organización, soldada y objetivo». Dondequiera que vencieron los socialrevolucionarios se restableció la propiedad privada; en todas partes fusilaron sin ninguna formalidad a miles de luchadores revolucionarios. Pero la evolución no se detuvo en la «implantación de la sagrada democracia», sino que terminó con que los socialrevolucionarios, por miedo a la efervescencia revolucionaria que surgía una y otra vez, tuvieron que ceder su poder al ala más derechista, al almirante Kolchak o a las misiones de la Entente. En 1921 organizaron la sublevación de los marineros de Kronstadt, cuyo objetivo era la restauración de la burguesía o, como ellos decían prudentemente, la implantación de «sóviets sin comunistas».

Pero cuando los bolcheviques resistieron todos los ataques y la situación de los socialrevolucionarios se hizo cada vez más desesperada, los socialrevolucionarios recurrieron en su desesperación al medio del atentado individual. Dos de los mejores luchadores, Volodarski y Uritski, cayeron víctimas de los atentados, Lenin fue gravemente herido, y Trotski y Zinóviev escaparon por casualidad al atentado proyectado. Al mismo tiempo, los socialrevolucionarios volaban puentes que unían territorios vitales y asaltaban oficinas de correos para llenar sus cajas de partido. Y todo esto ocurrió, como se ha demostrado, con conocimiento y con el apoyo más activo de la Entente.³) Todavía en 1922, cuando ya habían renunciado a la esperanza de derribar el poder soviético, hacían agitación en el extranjero para que no se prestara ayuda a los hambrientos, y ante la Conferencia de Génova intentaban socavar por todos los medios la posición del poder soviético ante los imperialistas.

Un proceso contra todos estos crímenes políticos tenía que ser un tribunal político, semejante al procedimiento que la victoriosa revolución inglesa impuso al derrocado rey Carlos X3, o la Revolución francesa a Luis XVI. Y sobre el carácter político de este proceso estaban en último término de acuerdo también los representantes de todos los partidos obreros, de modo que también los abogados de la Segunda Internacional y de la Internacional Dos y Media se esforzaron en vano por ocultar la tendencia política de este proceso tras fórmulas jurídicas y la indignación moral contra la pena de muerte. Cuando, por ejemplo, los dos representantes de la Segunda Internacional, Rosenfeld y Liebknecht4, estaban en Moscú, su amigo de partido Dittmann les escribió: «Según nos parece aquí, habéis sacado ya políticamente del proceso lo que era posible, de modo que, aparte de la cuestión de prestigio, a lo sumo queda por considerar el interés por las personas de los acusados… Esperemos que sigáis aguantando valientemente y que les hagáis pasar un mal rato a los moscovitas». Pero como lo de hacerles pasar un mal rato tenía sus dificultades, la «Internacional de los abogados» (Vandervelde, Rosenfeld, Liebknecht) emprendió la huida por culpa de una transcripción taquigráfica, pese a todas sus protestas de haber cargado con todas las penalidades y fatigas de un viaje a Moscú por salvar vidas humanas.

La moral de la clase obrera fue más fuerte que la moral de todos los tribunales burgueses y de todos los tribunales revolucionarios anteriores. Los socialrevolucionarios acusados fueron condenados a muerte, pero no ejecutados, sino retenidos como rehenes.

También en el movimiento internacional de mujeres se ha hablado de este proceso. Mathilde Wibaut, socialdemócrata holandesa, creyó poder explicar la participación de la camarada Clara Zetkin como representante del proletariado revolucionario construyendo rápidamente una oposición entre una Clara Zetkin bondadosa y de pensamiento filosófico y una fanática sombría y limitada. No entendió lo que Clara Zetkin le explicó en una carta a M. Wibaut⁴): que «un proceso político no es un asunto moral ni jurídico, sino un pleito político, en el que en último término se trata siempre de cosas políticas reales, de poder político… La violencia contrarrevolucionaria», escribe la camarada Zetkin, «que se pone al servicio de la restauración de la dominación burguesa de clase, solo puede quebrarse con la violencia revolucionaria del proletariado. La revolución crea su propio derecho, cuya ley suprema dice: asegurar las conquistas de la revolución para el desarrollo ulterior del nuevo orden social». En este sentido, el proletariado revolucionario mundial ha participado en la condena de los socialrevolucionarios contrarrevolucionarios.

Dina Schreiber.

¹) Clara Zetkin: Wir klagen an! Ein Beitrag zum Prozeß der Sozialrevolutionäre [¡Acusamos! Una contribución al proceso de los socialrevolucionarios]. Editorial de la Internacional Comunista, 1922.

²) Reichstag.

³) Así, por ejemplo, el general Lavergne, jefe de la misión militar francesa en Moscú, estaba al tanto del atentado contra Lenin.

⁴) «Um den Prozeß der Sozialrevolutionäre» [Sobre el proceso de los socialrevolucionarios], carta abierta de Mathilde Wibaut a Clara Zetkin y la respuesta a ella, Die Kommunistische Fraueninternationale, año 2, cuaderno doble 7/8 (lectura dudosa).


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Die Kommunistin (Berlín), órgano femenino del Partido Comunista de Alemania, 4.º año, n.º 24, 15 de diciembre de 1922, págs. 190-191, rúbrica «Aus der Internationale», en archive.org. Firmado «Dina Schreiber»: seudónimo de Valentine (Vali) Adler según el Dokumentationsarchiv des österreichischen Widerstandes (DÖW) y la nota biográfica de los Beiträge zur Marx-Engels-Forschung, Neue Folge, Sonderband 3. En 1922 Vali Adler vivía en Berlín y militaba en el KPD.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Sozialrevolutionäre se traduce «socialrevolucionarios» (miembros del Partido Socialista Revolucionario ruso, eseristas); Wühlarbeit, «labor de zapa»; Konstituante, «Constituyente»; Zweieinhalbe Internationale, «Internacional Dos y Media». La nota 2 del original («Reichstag») explica «Constituyente» para el lector alemán. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. El proceso contra doce dirigentes del Partido Socialista Revolucionario se celebró en Moscú del 8 de junio al 7 de agosto de 1922. (N. del T.) ↩

  2. El original dice «vom 25. Oktober bis 7. November 1917», es decir, la misma fecha en el calendario juliano y en el gregoriano. (N. del T.) ↩

  3. Así en el original: se trata de Carlos I de Inglaterra, ejecutado en 1649. (N. del T.) ↩

  4. Kurt Rosenfeld y Theodor Liebknecht, abogados del Partido Socialdemócrata Independiente (USPD), que con Emile Vandervelde formaron parte de la defensa enviada por la Segunda Internacional y la «Internacional Dos y Media» (Unión de Viena); abandonaron la defensa en junio de 1922. (N. del T.) ↩