¡Lo que la «Gleichheit» tiene que decir a las mujeres proletarias!1
El Partido Socialdemócrata de Alemania hace tiempo que renunció a la pretensión de ser el partido del proletariado revolucionario. Representa a capas pequeñoburguesas que carecen de todo impulso propio y que oscilan sin apoyo entre la burguesía y el proletariado.
La «Gleichheit» es el órgano típico de la pequeña burguesía, que no se atreve a abordar las verdaderas causas fundamentales, sino que solo se queja y se lamenta de sus efectos, sin poder resolverlos jamás. El rasgo distintivo de esta tendencia es el constante empeño, en todas las reuniones de mujeres, como declara expresamente la «Gleichheit», en «mantener alejada la lucha cotidiana de partido, para ganar tiempo y fuerzas para el necesario trabajo positivo».¹) El famoso «trabajo positivo» de los socialistas mayoritarios2, que se refleja en las páginas de la «Gleichheit», tiene por tanto el aspecto que hoy tiene que tener todo trabajo que excluye conscientemente la lucha política del día.
Así, la «Gleichheit» no sabe nada o casi nada de las preocupaciones cotidianas de la mujer obrera, de la carestía constante, de los impuestos, del desmantelamiento de la jornada de ocho horas, de la amenaza del paro, etc., que llevan a la revolucionarización del proletariado. Pues el órgano femenino socialdemócrata está dirigido por una capa que se esfuerza ansiosamente por conservar el orden existente.
Ya el aspecto exterior indica que la revista poco tiene que ver con las proletarias. Hay en ella una página de modas que provee a las proletarias y a sus hijos de «abrigos de primavera de paño verde con galones negros», de «vestido de novia de crespón de China» o de «seda suave», y que en los tiempos actuales aconseja encarecidamente a las mujeres obreras, que a menudo no tienen camisa que ponerse y cuyos vestidos van pasando por turno por todos sus hijos, que se vistan de un modo propio e individual.²)
Aparte del editorial, que es un eterno himno de alabanza al celo laborioso de los socialdemócratas en el gobierno y un canto de vituperio a la inactividad de los partidos socialistas que están fuera del gobierno (pues ¿dónde podría uno demostrar su afán de acción si no es en el sillón de ministro?), se evitan con el mayor rigor todas las cuestiones políticas. Así, la «Gleichheit» se lanza sobre cuestiones que han de dar a la revista un «carácter femenino» esencial. En primer lugar le toca el turno a la cuestión de la educación. Ciertamente, la educación proletaria es un capítulo de la mayor importancia. Ciertamente, una de las tareas más difíciles dentro del Estado burgués de clase, con sus instituciones burguesas, como la escuela y la Iglesia, es educar a los niños para que sean luchadores revolucionarios contra el sistema existente. Y ciertamente esta tarea corresponde en gran parte a las mujeres, que suelen estar más en casa y tienen mayor influencia sobre todo en los niños pequeños. Pero ¿qué postura adopta la «Gleichheit» ante esta cuestión? ¡No se le ocurre en absoluto educar a los niños para la lucha de clases; al contrario! Reclama la «educación en un espíritu unitario, no el de una clase, una confesión o un partido, sino, como dice nuestra Constitución, en el espíritu de la nacionalidad alemana y de la reconciliación de los pueblos».³) Y conforme a este hermoso principio están escritos todos sus demás artículos sobre educación. Pues la buena «Gleichheit» olvida, de puro amor a la humanidad, que vivimos en un Estado de clase, que «nuestra» Constitución es la Constitución de la burguesía, a la que combatimos con la mayor dureza para conquistar nuestra Constitución proletaria. Teme la revolución, y por eso se queda en la educación que debemos a «nuestra» Constitución, en la educación republicano-burguesa adornada con leyendas de los Hohenzollern y entusiasmo bélico prusiano. Solo el joven revolucionario consciente podrá resistir a este veneno del Estado capitalista; el que esté armado con frases generales sobre la nacionalidad, etc., sucumbirá infaliblemente a él.
Un espacio especial ocupa en las páginas de la «Gleichheit» la cuestión religiosa. Y también aquí se ve cuán estrechamente unido está el Partido Socialdemócrata a las ideas burguesas y religiosas. Es una vieja verdad que la Iglesia es uno de los medios más importantes de embrutecimiento de la clase poseedora frente a los desposeídos; que ella, que ha sacado toda su riqueza de los céntimos de los trabajadores, solo pudo mantenerse difundiendo una fe mística en la justicia y la bondad eternas, que quitaba a los explotados la posibilidad espiritual de rebelarse contra el orden querido por Dios. Por eso todo partido revolucionario ha emprendido la lucha contra este instrumento de opresión y de explotación, y no puede considerar la religión y la Iglesia como asunto privado del individuo, sino que tiene que combatir constantemente esta institución, que es una invención necesaria del Estado capitalista para su conservación. Distinta es la postura de la «Gleichheit». Como quiere adormecer a la clase obrera, enseña ya a sus hijos «¡qué sentimiento tan hermoso y tranquilizador es pensar que hay un Padre amoroso en el cielo!».⁴) Al mismo tiempo añade, es cierto, que en realidad no existe tal cosa, pero en fin: basta con creerlo para estar convencido de que este es el mejor de los mundos. Y se guarda también de emprender la lucha contra la política de embrutecimiento de la Iglesia, porque «la lucha contra la Iglesia repele a muchos». ¡Así que adelante, mujeres proletarias, al Partido Socialdemócrata! ¡Os deja la fe en Dios, el rey y la patria! ¡Podéis seguir donando a la Iglesia vuestros céntimos ganados con tanto esfuerzo y dejaros embrutecer por ella a cambio!
Y como la «Gleichheit» se ha refugiado ya en el terreno de la educación, no para educar a la juventud y a las mujeres para la lucha, sino para poder esquivar la lucha política cotidiana, sigue pecando sin cesar en este terreno: naturalmente está a favor de la educación sexual de la juventud, pero como trata las cuestiones educativas y culturales desligadas de todas las condiciones sociales y económicas, se vuelve sin remedio reaccionaria. Así, en numerosos casos no ve la prostitución como un producto de la pauperización en el Estado capitalista, que empuja a muchachas y mujeres a la calle, sino que descarga su ira sobre las mujeres hundidas por la miseria social, y su moral burguesa se desahoga en gritos de indignación contra esas «vampiresas, que en el fondo de su alma son mujeres perdidas, contra la vergüenza de nuestro sexo». Y, desligada de todas las exigencias de la vida actual, pretende eliminar el aborto esencialmente mediante la educación social, en una época en que el desnudo instinto de conservación y la preocupación por los hijos que ya se tienen empujan a innumerables mujeres proletarias a este paso, como única salida para no morir de hambre.
El segundo capítulo que ocupa un gran espacio en la «Gleichheit» es la asistencia social. Y aquí se encuentra ya por completo en el campo de la beneficencia burguesa; pues la beneficencia de la socialdemocracia no sirve para sacudir a las masas mostrando la miseria y la necesidad, sino para la autosatisfacción de ciertos círculos y para adormecer a la clase obrera ante tanta bondad y misericordia del Partido Socialdemócrata.
Al excluir así conscientemente la lucha política, tiene que perder forzosamente la relación con las necesidades vitales cotidianas, y se vuelve unas veces soñadora y utópica, otras reaccionaria, y en general incapaz de intervenir de forma decisiva en la gran lucha entre el capital y el trabajo. Y este tono de impotencia y de timidez caracteriza también a los lectores y a los que escriben en la «Gleichheit». Hay en ella innumerables articulitos en los que se lamentan en los tonos más sentimentales la nostalgia, la melancolía, la soledad, y en los que habla la desesperanza y la debilidad de los partidarios del Partido Socialdemócrata. ¡Y no puede ser de otro modo! Pues el Partido Socialdemócrata está, en el período de transición del capitalismo al comunismo, del lado de la clase que se hunde. Y eso hace que todos sus actos y palabras sean débiles y anémicos; eso hace de su periódico de mujeres una revista que unas veces trae giros semisocialistas y otras es el reflejo vacío y superficial de la prensa capitalista.
Dina Schreiber.
¹) «Die Gleichheit», n.º 3, 1922.
²) «Die Gleichheit», n.º 7, 1921.
³) «Die Gleichheit», n.º 5, 1922.
⁴) «Die Gleichheit», n.º 8, 1921.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Die Kommunistin. Halbmonatsschrift für die Interessen der arbeitenden Frauen [La Comunista. Revista quincenal para los intereses de las mujeres trabajadoras] (Berlín), órgano femenino del Partido Comunista de Alemania, 4.º año, n.º 12, 15 de junio de 1922, págs. 93-94, en archive.org. Firmado «Dina Schreiber»: seudónimo de Valentine (Vali) Adler según el Dokumentationsarchiv des österreichischen Widerstandes (DÖW) y la nota biográfica de los Beiträge zur Marx-Engels-Forschung, Neue Folge, Sonderband 3. En 1922 Vali Adler vivía en Berlín y militaba en el KPD.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Verdummung se traduce «embrutecimiento»; Wohlfahrtspflege, «asistencia social»; Wohltätigkeit, «beneficencia»; Volkstum, «nacionalidad»; Modeblatt, «página de modas». Las cursivas reproducen el espaciado del original. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Die Gleichheit («La Igualdad»), revista de mujeres de la socialdemocracia alemana, dirigida desde 1892 hasta 1917 por Clara Zetkin; tras su destitución pasó a ser el órgano femenino del SPD mayoritario. (N. del T.) ↩
Mehrheitssozialisten: el SPD «mayoritario», por oposición a los socialdemócratas independientes (USPD). (N. del T.) ↩