Fascismo pardo y fascismo rojo
Sinopsis
El carácter de la situación mundial presente está determinado en primer término por factores europeos, a cuya cabeza se encuentran Alemania y Rusia.
Estos factores, encarnados en Alemania por el nazismo y en Rusia por el bolchevismo, son resultados de una evolución que constituye el contenido de la economía y de la política europeas de posguerra.
Esta época de posguerra está anclada económicamente en el monopolismo ultraimperialista, que empuja hacia el sistema del capitalismo de Estado. Políticamente prepara un orden estatal totalitario que culmina en el sistema de la dictadura.
Solo desde la consideración crítica y analítica de estos fenómenos y de sus conexiones puede ganarse el acceso a la comprensión más honda y propiamente dicha tanto del fascismo como del bolchevismo. Todo lo demás son fenómenos marginales, concomitantes y derivados de las causas centrales, que, elevados a centro de la investigación científica, solo inducen a un modo de ver torcido y dan una imagen falseada de la situación.
El presente libro aspira a que se le considere el primer intento, hasta ahora, de un análisis científico que parte de la evolución económica y política de posguerra en Alemania y en Rusia y obtiene así la clave para esclarecer todos los problemas de primer plano que hoy dominan de modo decisivo el escenario de la política mundial.
En la serie de estos problemas aparecen, nítidamente perfiladas y puestas a la luz clara de una argumentación histórico-dialéctica, las reveladoras demostraciones
de la inevitabilidad y la necesidad interna del hundimiento del viejo movimiento obrero, cuyo representante típico fue la socialdemocracia;
de la concepción antihistórica y el desacierto técnico-organizativo del experimento socialista en Rusia, cuyo portador fue el bolchevismo;
de la coherencia evolutiva de la nueva orientación de Rusia hacia el capitalismo de Estado y la dictadura burocrática, cuya realización es la tarea histórica del estalinismo;
del hecho de una nueva revolución industrial en Europa, cuyas consecuencias políticas y sociales ya no pueden dominarse en el nivel tradicional del liberalismo y de la democracia;
del despliegue del imperialismo en ultramonopolismo y de la imposición de sus pretensiones totalitarias de poder en el auge del fascismo, cuya punta más activa y orientadora es el nazismo;
de la congruencia interna de las tendencias del capitalismo de Estado alemán y ruso y de su identidad estructural, organizativa, dinámica y táctica, cuyo resultado necesario es el pacto político y la unidad de la acción militar;
de la inevitabilidad de la Segunda Guerra Mundial, como intento de ajuste de cuentas entre las potencias ultramonopolistas y de capitalismo de Estado, por un lado, y las potencias liberal-democráticas, por otro, sobre la base de la Europa heredada, cuyas relaciones de fronteras nacionales, relaciones de propiedad de derecho individual y relaciones administrativas democráticas tienen que ser sacrificadas a la primacía política de las exigencias totalitarias y omnipotentes de poder de un monopolismo global en formación, si no al nuevo sistema del socialismo;
de la imposibilidad de resolver real y definitivamente todos estos problemas, que empujan a dirimirse y resolverse, sobre el terreno del sistema capitalista, aun cuando este se haya transformado en capitalismo de Estado, se haya liberado de las ataduras de la propiedad privada, se haya desarrollado en economía planificada y se vea favorecido por la amplitud espacial de una federación internacional de Estados. [...]
Nueva era económica
La Guerra Mundial de 1914-1918 solo en apariencia vio a su término vencedores y vencidos. En realidad no hubo más que vencidos. También los vencedores fueron vencidos. No, desde luego, por la fuerza de las armas. Pero sí por el poder de la evolución histórica. La guerra misma había sido la etapa decisiva de esa evolución. Había traído la derrota general, la catástrofe para todos.
Así sucedió que después de la guerra no solo Rusia y Alemania se reencontraron como países distintos, como países en los que una revolución había echado por tierra el viejo estado de cosas. También en las estructuras económicas, sociales, políticas e ideológicas de Francia, Inglaterra, Italia y Norteamérica se habían producido profundas transformaciones y rupturas. Solo con la diferencia de que, entre los vencidos militarmente, este hecho era manifiesto, mientras que en los Estados vencedores no llegó a la conciencia ni de los gobiernos ni de las masas.
Los Estados habían ido a la guerra bajo el signo del imperialismo. En primer término Alemania, cuyo capitalismo, con el afán ardiente del recién llegado, había avanzado rápidamente hasta los límites en que el marco nacional se le quedaba estrecho. Por eso intentó, con fuerte potencia expansiva, romper las cadenas de su desarrollo ulterior, empujar más lejos las barreras de su campo de acción. Su provocadora voluntad de conquista exigía un nuevo reparto del globo. Así partió de él la chispa activa de la guerra.
Pero tampoco los demás Estados capitalistas habían sido pacíficos e inocentes. Todos se habían armado, habían desarrollado su militarismo, preparado la agresión ocasional, contado muy en serio con la inevitabilidad de una guerra mundial. Pues todos estaban dominados por el capitalismo y habían avanzado por la senda del imperialismo hasta el conflicto como decisión última. Según las condiciones de su sistema, la puerta del futuro solo se les abría a todos por la fuerza de las armas.
Por fin había llegado la hora de la decisión. La guerra había estallado. La fuerza más fuerte —la fuerza de las mayores masas de ejércitos, de la técnica de armamento más desarrollada y de las balas de plata— había vencido. Pero solo militarmente. Es decir, solo según las reglas del juego de la decisión bélica.
Al mismo tiempo, durante la guerra, el sistema burgués, cuyo último laudo y sentencia era la guerra, había sido empujado en todos los países del mundo capitalista, hubieran participado o no en la guerra, hasta el borde mismo de los límites de su vigencia. El poder de este sistema estaba quebrado por dentro. Su ley, su orden, su autoridad y su eficacia habían llegado a su fin. La historia le había asestado el golpe de muerte.
El sistema capitalista no es un sistema igual y uniforme en todos los estadios de su desarrollo, no es un sistema hecho de una vez.
Se distinguen claramente fases diferentes, caracterizadas por rasgos estructurales, funciones, formas de expresión, efectos y resultados cambiantes y variables. Solo en el contenido fundamental de su tarea, en el principio de su constitución, en el ritmo de su función y en el denominador común de su efecto hay unanimidad, norma y permanencia.
El sistema económico capitalista debe —como todo sistema económico— abastecer a la sociedad de los bienes de subsistencia que necesita para su conservación y su desarrollo ulterior. Debe cumplir, pues, un fin social. Pero, de acuerdo con su naturaleza, solo puede hacerlo por el rodeo del enriquecimiento privado. Al fin social principal se acopla un fin individual secundario, que para el agente económico individual se convierte en fin principal. Pues el agente económico, en la figura del empresario, se halla sobre el terreno de la propiedad privada, de la que se sigue lógicamente la persecución de un interés privado. Para él, por tanto, el enriquecimiento personal es el sentido práctico de la actividad económica. La economía es para él lucro, negocio, oportunidad de ganancia y ganancia, de la que él es el beneficiario. El medio para cumplir su tarea social y su fin individual de lucro lo encuentra el empresario capitalista en el trabajo asalariado. Emplea en su empresa a obreros que carecen de medios de producción propios y solo pueden vivir de la venta de su fuerza de trabajo, y los explota. Esta explotación se produce obligándolos a un rendimiento de trabajo cuyo producto excede la suma de salarios pagada. El producto excedente o plusvalía fluye a su bolsillo como beneficio.
Por mucho que la legalidad abstracta y la mecánica práctica de este procedimiento de explotación permanezcan iguales en todas las fases del desarrollo capitalista, las formas y los resultados son muy diversos según el estado de la técnica del trabajo, del método de producción, del modo de distribución, del proceso de circulación y del grado de madurez del sistema en su conjunto.
El abastecimiento de la sociedad con bienes de subsistencia se efectúa mediante mercancías que han de adquirirse en el mercado a cambio de dinero. Pero la naturaleza de estas mercancías, el suministro del mercado, la necesidad de los consumidores, el poder adquisitivo del dinero, la solvencia de los compradores, la acumulación del beneficio en nuevas inversiones de capital, la reproducción del proceso de producción, en último término la suma de todos los fenómenos de la economía capitalista, están sometidos a un cambio constante. Pues en sus causas se remontan a supuestos y leyes que a su vez —independientemente de la voluntad humana— están sujetos al mandato de un cambio constante. Así, la economía capitalista ofrece una imagen en la época del artesanado pequeñoburgués y del mercado urbano de clientela, otra en la época de las manufacturas, de las fábricas y del mercado nacional, y otra, por último, en la época de la gran industria, de la economía de cárteles, del capital financiero, de la exportación mundial y del mercado mundial. Muchas fases se suceden unas a otras. Aunque todas ellas se orientan por el principio capitalista, su sucesión ofrece una imagen cambiante de variaciones.
Cuando estalló la Guerra Mundial, el desarrollo del capitalismo había llegado al punto en que trusts nacionales luchaban contra otros trusts nacionales, la competencia de los diversos grupos financieros chocaba con sus barreras nacionales y el dominio del mercado mundial parecía sonreír solo a quien ascendiera a potencia mundial mediante la conquista bélica del mundo. El afán de beneficio mundial dio a la Guerra Mundial su verdadera consigna.
Pero cuando la Guerra Mundial llegó a su fin, resultó que la economía nacional estaba quebrantada hasta la médula en cada país, el juego recíproco de trabajo y consumo yacía paralizado hasta la incapacidad de funcionar, el poder adquisitivo de las masas parecía completamente agotado y reseco, la pérdida del mercado mundial arrastraba a la bancarrota a las industrias de exportación de los países vencidos, toda la economía mercantil se hallaba en estado de agonía. La circulación del dinero y de los bienes sufría interrupciones devastadoras. Las inflaciones devoraban los últimos bienes. Los bancos cerraban. Las cajas estaban vacías. La Bolsa moría.
La producción ya no cubría sus costes. La plusvalía no llegaba. Con ello el capital se volvía inútil como fuente de beneficio de los poseedores. Y con el cese del enriquecimiento de unos pocos cesaba también el abastecimiento de todos. A ello se añadían las inmensas cargas que pesaban sobre los pueblos por la reconstrucción de las zonas de guerra devastadas, los tributos de guerra, la amortización de las deudas de guerra, la curación de las heridas y daños de guerra en hombres y cosas. Un muro creciente de dificultades cercaba todos los intentos de regeneración. La descomposición y la decadencia devoraban la última carroña.
La economía, incapaz de cumplir su tarea social de abastecer de bienes de subsistencia y bienes materiales. El capital, sin ganancia y, por tanto, sin estímulo ni impulso para funcionar. Las masas, sin trabajo ni salario y, por tanto, sin posibilidad de mantener su existencia. La humanidad, sin posibilidad de proseguir su evolución histórica...
La decadencia de Occidente parecía haber llegado. Oswald Spengler tuvo su mayor éxito de ventas. El caos parió la revolución...
Viraje histórico
La Guerra Mundial había sido terrible. Más terrible aún fue la derrota general que trajo. Pero lo más terrible fue la completa ceguera de todos los participantes, su incapacidad para reconocer esa derrota.
Por eso, ni de este lado ni del otro de la victoria y la derrota se cobró conciencia del contenido histórico de la situación.
No es de extrañar que los gobiernos a los que estaba confiado el destino de sus pueblos cometieran errores decisivos y funestos.
Los gobiernos de los Estados victoriosos se hincharon en el triunfo hueco de su éxito final y caramente comprado. Gritaron su gloria al mundo, incubaron venganza contra los enemigos derribados por tierra y les dictaron tratados de paz duros, cargados de sacrificios o ignominiosos. El individualismo, transformado en nacional y degenerado en chovinismo, vivió su más alta floración de vértigo.
Si los vencedores hubieran comprendido que la guerra había sido también para ellos un cambio de fase, un vuelco profundo en el estado objetivo de la base de su existencia, quizá se habrían avenido a otra actitud. ¡Ninguna política de represalias, ninguna extorsión material y ni una palabra de culpa y expiación!
Pero estaban ebrios de la arrogancia de la victoria, ciegos de ira y sordos de odio. No solo porque ellos mismos eran también hombres capitalistas, en quienes la guerra, como forma última y más salvaje de la lucha de competencia, azuza y desata todos los malos instintos. Sino, sobre todo, también porque los vencidos, ahora entregados a su venganza, no dejaron ni un minuto de ser los viejos lobos del egoísmo y hienas de la avidez de botín. Estaba demasiado a mano la idea, madurada en experiencias sangrientas, de que los vencidos, en el papel de vencedores, habrían empleado contra ellos métodos de sometimiento y represalia incomparablemente más crueles y pérfidos.
Cierto que no faltaron intentos de predicar humanidad o de poner los tratados de paz a la luz de una mejor inteligencia y de la razón. «¡Unión con los países y pueblos vencidos, por libre decisión, en una comunidad mayor y más fecunda! ¡Fraternización, salvaguardando derechos iguales y comunes, en un plano más alto de los intereses! ¡Impulso para elevarse por encima de las barreras del aldeanismo nacional hasta una libre ciudadanía del mundo, y unión en un Estado federal continental o en una confederación internacional de Estados!». Esas eran tesis, programas, manifiestos, metas, conformes a la tarea histórica y dignas de la situación histórica. Pero el egoísmo de los hambrientos de botín las acalló a gritos. Y la manía señorial de los individualistas las barrió de la mesa de negociaciones.
Así, la vieja ideología quedó intacta. Más aún: se desfogó en ruidosas celebraciones más desenfrenadamente que nunca. En todos los mástiles y almenas, entre los vítores de la embriaguez de la victoria, se izó la bandera nacional. Y por milésima y diezmilésima vez celebró sus orgías en las tribunas de oradores, en las inauguraciones de monumentos, el patetismo de la jactancia. Se trazaron nuevas fronteras. Los puestos fronterizos tras vallas de espino y alambradas recibieron doble dotación y órdenes de guardia más rigurosas. Los antagonismos nacionales se exacerbaron con todas las artes de la demagogia hasta una irritación encarnizada.
Pero tras la mascarada ideológica se alzó de nuevo, como un fénix de sus cenizas, el viejo capitalismo privado, con figura imponente. ¿Quién decía que había abdicado? ¿Dónde estaba la prueba? Solo locos y fantasiosos podían sostener tales afirmaciones. ¡Acaso no se veía que la guerra lo había ayudado a un magnífico renacimiento!
Y con estrecho egoísmo el capitalismo volvió a amontonar sus pingües ganancias, como si el sistema de la explotación y del enriquecimiento hubiera quedado ahora salvado para la eternidad del fuego y del peligro.
La misma imagen de falta de discernimiento político y de incapacidad de aprender en el otro lado, en los Estados vencidos, en primer término en Alemania. Aquí la razón no estaba envenenada por el orgullo y la sed de venganza, sino por el oprobio y la vergüenza.
El viejo poder había sido abatido como por un rayo. El emperador, un desertor. Ludendorff, un suplicante de armisticio. El ejército, un coloso que reventaba.
Mediante un levantamiento popular espontáneo, confuso y dividido en muchos sentidos en sus metas, el partido socialista fue llevado en volandas a la cumbre del poder gubernamental.
Pero un trágico error quiso que los hombres a los que las masas eligieron como titulares y ejecutores del poder revolucionario fueran exactamente los mismos que, ante el levantamiento de masas que estallaba, temblando de miedo y con el sentimiento hostil de su autoridad herida, habían declarado que «odiaban la revolución como el pecado».1
Quebrantada en su voluntad de poder y defraudada en todas sus esperanzas, la burguesía abdicó. Esperó el curso ulterior de las cosas y la nueva iniciativa.
Pero la nueva iniciativa no llegó. Los hombres nuevos buscaron desamparados con la mirada a los viejos. Resultó que la izquierda no era más que un equipo más pequeño y más incapaz de la derecha.
Esta izquierda había ido a la guerra con la burguesía «para defender la patria». Había dejado en la estacada al socialismo y abandonado su papel revolucionario. Durante toda la duración de la guerra había permanecido fielmente al lado de su adversario de clase, para lo bueno y para lo malo. Todos los principios y consignas de la lucha de clases estaban olvidados.
Con la duración de la guerra, de la unión pensada solo como provisional bajo el signo de la defensa se había desarrollado una fusión permanente bajo el signo de la unidad nacional. Esta unidad debía convertirse en una unidad de la victoria. Ahora se había convertido en una unidad de la derrota.
Esta derrota le ofrecía, en todo caso, una oportunidad de recordar su mejor pasado y de volver a la fanfarria revolucionaria de su doctrina. Habría podido dar un golpe de timón a su equivocada política de guerra y desembocar de nuevo, a toda vela, en la corriente de la lucha de clases. Esta decisión no solo habría desatado el júbilo de la clase obrera alemana, sino que habría encontrado también el aplauso y el eco de la revolución rusa.
Pero no se puede hacer de una mula un león. La alianza de guerra con la burguesía había devuelto a la socialdemocracia alemana a su verdadero fundamento esencial. Nunca había sido más que en apariencia un movimiento socialista. Durante decenios había disimulado el principio, en el fondo burgués, de su constitución. Pero nunca había podido superarlo. Era y siguió siendo un partido reformista pequeñoburgués de los desengañados, de los que se habían quedado atrás, de los que tenían cerrado el ascenso capitalista. No un movimiento revolucionario, sino solo una revuelta de aspirantes a capitalistas enloquecidos.
De ahí su disposición a aliarse con la burguesía cuando el principio burgués, que era su propio principio, entró en grave peligro. De ahí su falta de escrúpulos al abandonar su etiqueta socialista, su envoltorio de lucha de clases. De ahí su repugnancia interior y su resistencia exterior a todo atisbo de una actividad que tenía que conducir lógicamente a la revolución. Con el entusiasmo del filisteo había ido a la guerra para salvar los bienes sagrados de la propiedad privada, del beneficio, de la nación y del individualismo. Con el espanto del filisteo y la mala conciencia del traidor retrocedía ahora ante toda revolución que anunciaba a todos esos bienes sagrados su ruina segura.
Junto con Rusia, el movimiento obrero alemán —como, en un círculo más amplio, el checo, el austriaco y el húngaro— habría podido estabilizar los gobiernos de izquierda de la Europa central y oriental y crear así un polo opuesto insuperable de la orientación económica y política frente a las democracias occidentales. Con ello, de un golpe, la aparente victoria de estos Estados democráticos vencedores habría quedado desenmascarada como su derrota, como derrota efectiva y definitiva del sistema capitalista. [...]
Como demostración positiva y práctica de este desenmascaramiento, los pueblos liberados, mediante una fecunda conciliación de sus intereses económicos y sociales, habrían preparado el fundamento de un sistema social verdaderamente socialista. El alto desarrollo industrial, sobre todo de Alemania, se habría unido a las riquezas de Rusia en productos agrarios y materias primas. La cultura occidental se habría fundido con la oriental en un contenido cultural nuevo, infinitamente más rico. El hombre capitalista en el feudal, y el feudal en el capitalista, se habrían disuelto en un tipo humano superior que habría encontrado el camino del socialismo. Desde aquí habría sido posible derribar las puertas de un futuro mejor para toda la humanidad.
Por desgracia, a esta meta se oponía toda la constitución de la socialdemocracia, que era en lo esencial la constitución interna y externa del proletariado alemán. Por no hablar de las resistencias que encontró del lado ruso y que impidieron su realización.
Con cierta razón podía también la socialdemocracia plantear, para fundamentar su actitud, la pregunta: ¿Quién prueba que el capitalismo como sistema ha sido derrotado por la Guerra Mundial? ¿Dónde están las pruebas positivas de esta afirmación? ¿Debe el proletariado dejarse inducir por locos y fantasiosos a arriesgar el salto en el vacío?
Las masas, que acababan de volver con los miembros destrozados de un salto mortífero en el vacío, no tenían el valor ni la fuerza para una segunda aventura de esta clase. No tenían la convicción ni la confianza de que sin ese salto en el vacío no hay en la historia logro ni desarrollo.
Así, los filisteos tuvieron razón. El oportunismo se impuso. A la derrota de la guerra se sumó la derrota de la revolución. En el punto de viraje histórico no llegó el viraje histórico.
El fiasco alemán
No se trata aquí de escribir un libro de culpas. Por eso puede quedar sin decidir la cuestión de si a los representantes de la revolución alemana o a los de la rusa les corresponde la mayor responsabilidad de que no llegara a establecerse la unión entre Alemania y la Rusia soviética para la construcción común del orden socialista. Ambas partes operaron mal.
Pero aun sin esa unión directa, la socialdemocracia alemana habría estado en condiciones de encontrar el contacto necesario con el pulso de la necesidad histórica si hubiera poseído el órgano revolucionario correspondiente. Ese órgano no lo había perdido solo por su política de guerra. No lo había poseído nunca. En su política de guerra, esa carencia solo se había hecho manifiesta a todo el mundo. Y se confirmó de nuevo en su fracaso ante la tarea revolucionaria.
No parece superfluo examinar hoy una vez más esa tarea. Aunque solo sea para constatar qué cerca estaba su solución y qué empleo relativamente pequeño de medios de poder habría bastado para llevarla a cabo. Se daban todos los presupuestos objetivos. Solo faltaba una pequeñez, con la que el marxismo vulgar, ciertamente, nunca había contado: la voluntad subjetiva, la confianza en sí mismo, el valor para lo nuevo. Pero esa pequeñez lo era todo.
La revolución alemana, con el clamor unánime por la socialización, puso en el orden del día de la acción la tarea decisiva. Este clamor, despertado por la revolución rusa y martilleado en los cerebros como símbolo del vuelco, partió de la clase obrera, encontró eco en la pequeña burguesía, se apoderó de los círculos de los intelectuales y del funcionariado e incluso halló entrada en la clase de la burguesía. Pues era general el sentimiento de que el capitalismo estaba en pleno derrumbe y de que su dominio había terminado. La salvación de la ruina parecía posible solo mediante el socialismo. Hic Rhodus, hic salta! era la consigna del día.
Sin embargo, los representantes oficiales del partido del proletariado no supieron qué hacer con la consigna de la socialización. Siempre se habían limitado a recitar obedientemente su catecismo tradicional de agitación y a afanarse en el menudeo de una política social reformista. Nunca habían llegado a tomar conciencia de que la política social significa en el fondo una renuncia a la revolución, de que sus baratos pagos a cuenta solo hacen el capitalismo más soportable para las masas, de que adormece y mata sistemáticamente el interés y la inclinación por el estudio de los problemas revolucionarios.
Un marxismo concebido de modo plano y mecanicista los había reafirmado en esa omisión. El socialismo —así opinaban sus apologistas en su ingenuidad— viene por sí solo en cuanto el proletariado haya conquistado el poder político. Empieza a hacerse realidad el famoso día después de la revolución. Todo intento de considerar alguna vez esa realidad como la obra infinitamente complicada y difícil de seres humanos pasaba por utopía fuera de lugar y frívola, de la que no cabía sino reírse y a la que había que rechazar.
Pero ahora, en el torbellino de la revolución, la calle se rebelaba contra esa cómoda irreflexión de los dirigentes. Las masas sufrían el tormento del hambre y las secuelas de la guerra. De ellas, como pensaban con razón, solo podía redimirlas el socialismo. Y no querían ser engañadas una segunda vez. Así que exigieron la socialización.
E impusieron que se formara una Comisión de Socialización, que —según el texto del decreto del gobierno— recibió el encargo de «determinar qué ramas de la industria estuvieran maduras, según su desarrollo, para la socialización y en qué circunstancias podría efectuarse esta».
Tan malo como el estilo de este decreto era su contenido intelectual. Ninguna cita del principio programático, tan corriente por lo demás: «¡Abolición de la propiedad privada de los medios de producción!». Ni una palabra sobre la confiscación, con o sin indemnización. Ninguna supresión del monopolio privado de armamentos, ningún control del Estado sobre el capital bancario y financiero, ninguna incautación de los beneficios de guerra. Ninguna intervención en el poder económico del baluarte de toda reacción, el dominio de los junkers sobre la propiedad agraria al oeste y al este del Elba. ¡Nada de todo eso! Solo vacilación y titubeo, completa falta de capacidad de decisión y de actividad consciente de sus fines, ignorancia e indolencia absolutas en todas las instancias decisivas. El día después de la revolución había llegado, pero el socialismo no vino por sí solo.
Para encubrir este fiasco rotundo, los dirigentes obreros convertidos en estadistas se esforzaron en exhortar a las masas a la paciencia o en falsear la situación ante su mirada crítica y desconfiada. Un viejo demagogo, el dirigente de los mineros Hue, advirtió con el dedo de conjuro levantado contra el riesgo de empujar a su partido al papel de síndico de la quiebra, pues en lugar del capitalismo solo podría socializar su bancarrota. Otto Braun, que había escalado el sillón de presidente del gobierno prusiano, declaró, con el aire del hombre a quien Dios, junto con el cargo, da también el entendimiento necesario para él, que «para la campaña de socialización no podría haber momento más desdichado» que el del derrumbe capitalista general. Scheidemann, Ebert, Hilferding, Eisner, David y todo el enjambre del segundo y tercer equipo de dirigentes soplaron en el mismo cuerno, apaciguando y calmando. En el Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados de Berlín, Hilferding, el destacado especialista en economía de la socialdemocracia, ofreció una verdadera obra maestra de trivialización y sabotaje de la tarea de la socialización. Primero excluyó de ella por principio la producción campesina y la industria de exportación. Luego rechazó categóricamente la creación de asociaciones de producción por los obreros. A continuación dividió las industrias en maduras y no maduras para la socialización. Después inventó la tablatura de la socialización entera, media y por cuartos. Y, por último, cuando del problema recortado, despedazado, vaciado y volatilizado en vana palabrería ya no quedaba absolutamente nada, pidió para emprender el verdadero trabajo de socialización «un cierto tiempo». La última conclusión de su sabiduría fue: «Un capitalismo en bancarrota no puede socializarse. Primero tenemos que reconstruirlo hasta devolverle fuerza y grandeza. ¡Cuando vuelva a estar ante nosotros sano y fuerte, empezaremos la obra de la socialización!». Una charlatanería cuya estupidez solo podía ser superada por su desfachatez. Pero tuvo el éxito deseado.
En la Comisión de Socialización se llegó, tras discusiones, dilaciones, maniobras y triquiñuelas interminables, a una profesión de fe platónica en la nacionalización de la minería del carbón. El resultado práctico fue una resolución de la mayoría sin pies ni cabeza, consistente solo en la propuesta de «crear una organización del carbón cuyos asuntos debían llevar la clase obrera, la dirección de las empresas y la colectividad». ¡Una confusión, un galimatías insuperable! Pero ya resplandecía en las columnas de anuncios y en las paredes de las casas la octavilla, ampulosamente mendaz, salida de la mano de Scheidemann: «¡El socialismo está aquí! ¡La socialización está en marcha!».
Al mismo tiempo, por orden de Scheidemann, las tropas de Noske entraban en la cuenca del Ruhr para proteger al capital minero del golpe más enérgico y mejor aconsejado de los indignados esclavos de las minas, para eliminar los consejos de mina nombrados por los obreros con plenos poderes revolucionarios propios y para impedir la actividad de la revolucionaria Comisión de los Nueve, que presionaba por una socialización real.
Lo que finalmente llegó a debatirse en el Parlamento como ley de socialización, como ley para regular la minería de la potasa, como decreto para regular las competencias de la Comisión de Socialización y como ley de socialización de la industria del carbón chocó con la resistencia más apasionada y más fuerte del capital carbonero y financiero. Las primeras muestras de incapacidad y debilidad de la camarilla gubernamental socialdemócrata habían bastado para despertar en el capitalismo la conciencia de su posición de poder recobrada. Así arrojó a la papelera el ridículo diletantismo de los programas de socialización y lo sustituyó por un programa de trustificación altamente capitalista como el que el aprovechado de la guerra y de la revolución Stinnes había desarrollado en el Consejo Económico del Reich como meta de sus ambiciosos planes de beneficio.
Las masas, en lugar de ser liberadas del capitalismo, habían sido precipitadas en una esclavitud aún peor. A pesar de ello, no mandaron a sus dirigentes al diablo. Traidores y traicionados se merecían unos a otros.
El experimento ruso
Los hombres no aprenden nada de la historia. Tampoco los obreros. Habrían podido aprender de Rusia cómo se hace una revolución. La lección de cosas del modelo ruso había sido muy impresionante. Y la habían seguido con entusiasmo.
Pero cuando ellos mismos fueron sorprendidos por una revolución, no supieron qué hacer.
Eso no dependió de ellos, o no solo de ellos. Sino, en primer lugar, de que Rusia no era Alemania. Y, en segundo lugar, de que una situación histórica no vuelve una segunda vez en su versión original.
De ahí ya una llamativa diferencia en la dinámica de la curva del movimiento. Cuanto más se quedó el movimiento obrero centroeuropeo, en primer término el alemán, por detrás de las exigencias que le planteaba la historia, tanto más sobrepasaron los obreros y campesinos rusos las exigencias históricamente desarrolladas. Eso tenía sus profundas razones.
Mientras que Alemania tenía un movimiento obrero antiguo, instruido, fuerte y disciplinado, en Rusia faltaba por completo una organización autóctona del proletariado. Ya por esta carencia no era posible preparar una revolución de manera planificada y a gran escala. El zarismo, como sistema de bárbara reacción feudal, había ganado enormemente en fuerza tras su victoria sobre la revolución de 1905, hasta poder reprimir sangrientamente y con éxito todo intento de un nuevo levantamiento de las masas. Pero cuando el zarismo se derrumbó de repente en la Guerra Mundial, la evolución se encontró de improviso ante un abismo que había que saltar. Las masas estaban desorientadas. Entonces una capa de intelectuales, que en su mayor parte se componía de emigrados y había recibido en el extranjero formación marxista, se lanzó a la brecha. Se apoderó de la dirección de la revolución y forzó el curso de los acontecimientos, de acuerdo con las inspiraciones de su doctrina, por un cauce determinado. Fue una osadía, una audacia sin igual.
Pero pronto se vio que había sido temeridad. Pues el cauce se alejó rápidamente, y cada vez más rápidamente, de las condiciones de la realidad. En la teoría abstracta todo era correcto. Cada paso podía documentarse en Marx. Pero Marx no había escrito para Rusia, sino para la Europa occidental altamente industrializada. Así surgió un abismo entre idea y realidad. La práctica condujo, sin quererlo e inevitablemente, a cada paso más hondo en las construcciones de un mundo imaginario. El valor para la utopía desembocó en la utopía.
El ajuste de cuentas con el zarismo, con el señorío territorial y con el campesinado en un país que, en vísperas de la revolución, ocupaba todavía en la agricultura cuatro quintas partes cumplidas de su población habría exigido una revolución como la que se había producido en Inglaterra a mediados del siglo XVII, en Francia a finales del XVIII y en Alemania a mediados del XIX. Una revolución de carácter burgués.
En efecto, la revolución de febrero de 1917 fue al principio un levantamiento de las masas campesinas y del proletariado aún sin conciencia de clase. Se dirigía contra el zarismo, que desde la revolución de 1905 —a pesar de un aparente fortalecimiento exterior— estaba herido de muerte en el principio de su existencia. Y lo hizo sin un programa revolucionario particular, por así decirlo en un acto de legítima defensa instintiva. Como se acaba con una fiera o se aplasta con el pie una seta venenosa podrida.
Si, tras esta acción revolucionaria de demolición, los representantes de la burguesía, con Miliukov, Guchkov, Rodzianko, Kerenski y otros a la cabeza, asumieron el poder gubernamental, ello respondía por completo a la ley de la sucesión histórica. Ahora le tocaba a la burguesía. A ella le correspondía, según el esquema tradicional, la iniciativa y la representación del nuevo orden.
Solo importaba si la burguesía rusa estaba a la altura de su tarea histórica. La expectativa de heredero del trono no bastaba por sí sola. A la vocación tenía que sumarse la capacidad, la fuerza del rendimiento. Y entonces se vio que la política burguesa, atrofiada, confusa y desvalida, terminó pronto en el fiasco. Con ello la revolución fue perdiendo cada vez más su tendencia burguesa. En su lugar ganó en medida creciente, y finalmente decisiva, componente proletaria. Pues no fue solo que la burguesía fracasara. Los dirigentes proletarios eran más conscientes de sus fines, estaban políticamente más formados y mejor preparados para su papel revolucionario. Así la revolución adquirió un rostro nuevo: se transformó en revolución proletaria.
Sería sin embargo erróneo concluir de ello que la revolución rusa hubiera abolido y privado de vigencia para siempre la legalidad de la sucesión de fases en el ritmo revolucionario.
Desde hace siglos se ha confirmado en la historia de todos los pueblos la mecánica de la ley según la cual al feudalismo siguió inevitable e inalterablemente el capitalismo. ¿Qué razón habría para admitir una excepción en el caso de Rusia? ¿Y qué razón, más aún, para declarar, a partir de la escapada de Rusia, la invalidez de esa ley para todo el futuro?
Según la coherencia histórica y lógica, en Rusia, pues, a la aristocracia feudal tenía que sucederle en el dominio la burguesía capitalista. No el proletariado ni el socialismo. Ni siquiera en el caso de que se hubieran adherido a él no solo partes ínfimas de las masas revolucionarias, incluso del proletariado industrial.
La Pravda dio expresión a este conocimiento al designar acertadamente en su primer número de 1917 como «tarea fundamental» de la revolución «la introducción del sistema democrático-republicano».
Pero la capa dirigente de intelectuales empujaba con su política hacia otras metas. No preguntaba por las leyes de la historia. Prefería dejarse llevar por el favor del día. Las acciones de masas se precipitaban en su ímpetu cuantitativo y en su contenido cualitativo. La posibilidad de ganar el poder de la noche a la mañana ejercía un atractivo cada vez más irresistible. El lago bramaba y no quería solo sus víctimas, sino también a sus domadores.2 Así cayó a los bolcheviques en el regazo todo el poder político.
Todavía en el verano de 1917, Lenin había sostenido la opinión de que al término de la lucha revolucionaria solo podía tratarse de la instauración de un régimen burgués de izquierda con un fuerte sector de influencia proletario-socialista. Y ya en octubre los extremistas bolcheviques disponían de la victoria indivisa.
Con ello se había vuelto para ellos evidente que harían uso práctico del poder conquistado en el sentido de su teoría política y de sus fines socialistas. Lo que ayer parecía aún utopía debía convertirse ahora en realidad.
La contrarrevolución feudal había sucumbido sin más al asalto de la revolución. De ella ya no partía resistencia alguna a la toma del poder por los bolcheviques. Tanto menos dispuesta estaba la contrarrevolución burguesa a someterse a ella.
No tanto la contrarrevolución burguesa de Rusia como la del mundo en general. Con la conciencia de la solidaridad de todos los intereses capitalistas frente al adversario de clase, se sintió estafada en la sucesión histórica en suelo ruso y en el marco de la historia rusa. Por eso intentó arrancar de nuevo al bolchevismo lo que, en su opinión, le pertenecía. En la medida en que estos intentos venían de fuera y consistían en alcanzar su derecho histórico con ayuda de ejércitos blancos de invasión, fueron rechazados todos sin excepción. Esa fue la hazaña más sensacional y la época más gloriosa del joven gobierno revolucionario.
Rusia abandona la revolución
La contrarrevolución no tiene por qué venir necesariamente de fuera. Puede desarrollarse también en el interior. Nace entonces del contragolpe dialéctico que suele seguir a todo avance revolucionario.
Como bajo el efecto de una ley física, el arco sobretensado de las exigencias y metas revolucionarias, tras el disparo, vuelve de golpe por debajo del nivel de lo alcanzado para producir un equilibrio de fuerzas. Si el contragolpe no se intercepta o se frena, la contrarrevolución está ahí. La revolución rusa había vencido bajo el signo de la consigna de los sóviets. ¡Todo el poder a los consejos! Esta consigna fascinante había desatado fuerzas insospechadas y logrado inmensas hazañas de lucha. Sobre el fundamento de la idea soviética debía construirse ahora, en la imagen espiritual de los nuevos detentadores del poder soviético, la sociedad socialista.
Pero el sistema soviético requería hombres que no solo se entusiasmaran por la idea soviética, sino que también estuvieran suficientemente maduros y desarrollados para la realización práctica de esa idea. La vivencia del espíritu comunitario del comunismo primitivo, tal como seguía vivo en Rusia, bastaba para ello tan poco como la escuela del patriarcalismo feudal que había suministrado al zarismo el material humano necesario. Pero más no podía ofrecer el pueblo ruso en su atraso. Le faltaba sobre todo la educación en los valores específicos de la personalidad de la era burguesa-capitalista. Y no en último lugar la formación intelectual y del carácter mediante las técnicas de trabajo y los métodos de producción de la industria moderna. Pues el capitalismo no solo crea fábricas y máquinas, otros modos de trabajo y un mayor rendimiento del trabajo; crea también hombres nuevos, hombres con nuevas cualidades productivas, espirituales y de carácter.
No sin motivo, por ello, Marx vinculó la victoria de la revolución proletaria al presupuesto decisivo de que el mundo capitalista tuviera que haber alcanzado antes, económica, social y culturalmente, el grado máximo de su desarrollo. Pues solo entonces dispondrían la revolución proletaria y el trabajo de construcción socialista, que comienza de inmediato, del material humano idóneo correspondiente. Un material humano sin el cual una sociedad socialista no sería concebible.
En Rusia faltaba este presupuesto de importancia elemental. Y con ello faltaba el factor decisivo que condicionaba y garantizaba la victoria real.
Los dirigentes bolcheviques se habían engañado a sí mismos cuando, sin escrúpulos y con excesiva astucia, recogieron la consigna de los sóviets y con ella se apoderaron del poder, que estaba en la calle. La consigna de los sóviets no era el producto de su propia orientación revolucionaria, sino un bien ajeno con el que habían especulado. Había sido una gran ganancia para ellos; pero ahora se revelaba como su perdición. Pues a la consigna de los sóviets y al Estado soviético les faltaban los hombres soviéticos. Esta carencia no podía recuperarse con nada, no podía sustituirse con nada. Se había podido engañar a sí mismo y a todo un pueblo, pero no a la historia. Inexorablemente, esta puso en cuestión la victoria de la revolución rusa como revolución proletaria y socialista.
En este punto, el punto de menor resistencia, empezó la estrategia interna de la contrarrevolución y, con ella, el antagonismo inmanente en la esencia constitutiva del poder soviético ruso.
Para rechazar los intentos de invasión de los ejércitos blancos del capital de Europa occidental, Rusia necesitaba un Ejército Rojo que defendiera las fronteras del nuevo imperio, sofocara la guerra civil y quebrara las fuerzas de la contrarrevolución militar.
Se logró construir este ejército en poco tiempo, desarrollar en él una contundencia militar extraordinaria y hacer de él así un instrumento fiable de protección y salvaguardia del éxito revolucionario. Esta hazaña, ciertamente, se pagó con el sacrificio de renunciar por principio, en la estructura organizativa, en la dinámica funcional y sobre todo en la dirección de las operaciones bélicas, al reconocimiento y la aplicación del principio de los sóviets.
Contra ello se alzó en el propio ejército una oposición a cuya cabeza estaban Frunze, Gúsev, Voroshílov y otros. Sostenía la opinión de que el Ejército Rojo tenía que distinguirse de los ejércitos de los Estados capitalistas no solo en sus tareas políticas, sino también en su estructura, su estrategia y su táctica. Por eso exigían una doctrina militar proletaria y un sistema militar soviético. Eso no era, como lo presenta Trotski, adversario más decidido de este movimiento, un «intento de elevar los métodos guerrilleros del primer período de la guerra civil a sistema permanente y universal». Era más bien el intento de hacer valer el principio de los sóviets también en la construcción del Ejército Rojo.
Este intento fracasó. No porque Trotski, como jefe militar supremo, tuviera el poder de reprimirlo por la fuerza. Tampoco porque los argumentos de Trotski fueran más certeros y contundentes. Sino porque era un intento sobre un objeto inadecuado. El principio de los sóviets era en el sistema bolchevique un cuerpo extraño. No encontraba allí ni base ni medio, ni alimento ni posibilidad de existencia. Así no pudo afirmarse ni desplegarse en realidad.
El Partido Comunista rechazó, pues, con toda razón desde su punto de vista, las exigencias de la oposición. Y la burocracia, que como poder dominante había escalado ya los primeros peldaños de su desarrollo, echó mano ávidamente de las posiciones de mando militares. Pues veía en ellas nuevas ocasiones de satisfacer su necesidad de poder e importantes pilares para su posición social y política privilegiada.
Así, los rudimentos de un ejército soviético para la defensa socialista se transformaron y se redujeron al cliché tradicional del ejército autoritario para fines burgueses de conquista. Con ello volvieron a entrar en él el poder de mando autoritario, la disciplina, la subordinación y la obediencia de cadáver.3
Trotski, que no quiere confesarse que él mismo es uno de los principales fundadores de la burocracia rusa, explica el cambio en el ejército, que en una polémica sesgada traslada a la época de Stalin, de la manera siguiente: «Para ganarse la confianza de los aliados burgueses y no irritar demasiado a los adversarios, se trataba de no distinguirse ya a toda costa de los ejércitos capitalistas, sino, al contrario, de parecerse a ellos lo más posible. Tras los cambios de la doctrina y la nueva mano de pintura de la fachada se consumaban procesos sociales de significación histórica». En efecto: ante todo el proceso del desarrollo desde el asalto a las barricadas hasta el Termidor. Un proceso, sin embargo, que no empezó solo con Stalin, sino ya bajo Trotski.
Trotski tiene en otra ocasión todavía otra explicación de por qué el Ejército Rojo fue la primera institución del poder soviético que abandonó el principio de los sóviets. En la defensa de la revolución contra los ejércitos contrarrevolucionarios no se habría podido esperar a que hombres soviéticos hubieran crecido en número y madurez suficientes para confiarles el poder de disposición militar. Había que actuar deprisa y con los medios disponibles si la defensa no había de fracasar.
Eso es cierto, pero no del todo ni en el sentido de la experiencia histórica. También contra París desencadenó una vez la contrarrevolución todos los poderes de la perdición para aniquilar las conquistas de la Gran Revolución. Y el peligro de la capital francesa en un país relativamente pequeño era sin duda mayor que el peligro de la vasta Rusia con sus lejanas fronteras y sus extraordinarias posibilidades de operaciones y abastecimiento. Pero entonces la Convención encontró en Carnot a un hombre que logró, en las circunstancias más difíciles que quepa imaginar, reorganizar de abajo arriba todo el ejército francés y todo el sistema de conducción de la guerra. Su hazaña admirable fue hacer reconocer y operar los nuevos principios de la doctrina burguesa, el elemento de libertad en el ejército, de tal modo que este fue muy superior a los ejércitos reaccionarios. Carnot obró como revolucionario, no como epígono de la tradición. Y eso era lo que importaba si había que salvar la revolución. Esta reforma del ejército fue en sí misma un acto revolucionario.
En Rusia faltó un Carnot, faltó una revolucionarización del ejército. Faltó el establecimiento del factor determinante fundamental de la revolución proletaria en la constitución del poder militar.
En Rusia, el principio burgués volvió a tomar posesión de la posición central del poder. La fortaleza de la revolución fue entregada voluntariamente al enemigo. Con ello la contrarrevolución había puesto pie en el corazón del nuevo régimen. Ya no necesitaba venir de fuera, ya no necesitaba ser introducida en el país por los Kornílov, Yudénich, Denikin y Wrangel.
Mientras que Carnot, como dirigente, activó a las masas, en Rusia los dirigentes volvieron a activarse por encima de las masas. Para no ser arrojados del poder, arrojaron del poder su principio supremo. Con ello salvaron en apariencia la existencia de la revolución, pero le implantaron un alma contrarrevolucionaria.
¡Vuelta a la autoridad!
En su libro Staat und Revolution [El Estado y la revolución], Lenin sostiene, invocando a Marx, la doctrina de que el Estado, como forma típica de dominio de la burguesía, tiene que desaparecer después de la revolución proletaria.
Pero no de modo que se lo elimine de un solo golpe. Sino más bien de modo que se lo lleve a una extinción lenta, pero segura.
Encauzar y llevar a término este proceso de extinción era la tarea que se le había planteado al bolchevismo en Rusia. Hay que reconocer que el intento de resolverla tuvo que emprenderse en circunstancias extraordinariamente difíciles y desfavorables.
Lenin solo tenía, como medio único y único idóneo para llevar a cabo su tarea, los sóviets. Pero los sóviets no tenían lugar alguno en el sistema bolchevique creado por él.
Ahora bien, no se trata en absoluto solo de la sencilla pregunta: ¿sóviets o no? Sóviets o no: eso significa que hay diferencias profundas en la estructura organizativa, en la estrategia revolucionaria, en los medios de lucha, en los métodos tácticos, en los fines sociales, en la nueva construcción práctica, en los principios de la nueva sociedad.
A la vista de estas constataciones resulta que un Lenin con la consigna de los sóviets habría tenido que ser, de pies a cabeza, un hombre completamente distinto de un Lenin sin la consigna de los sóviets.
Pero resulta además que las extraordinarias dificultades y obstáculos de su intento de construir el socialismo en Rusia tuvieron una importancia del todo subordinada y secundaria para el éxito de su intento.
Si Lenin hubiera creado su sistema bolchevique para un movimiento obrero internacional y hubiera tenido la suerte de poder ponerlo a prueba en el país más avanzado del mundo, en la lucha revolucionaria de un proletariado industrial moderno, habría naufragado —puede predecirse con cien contra uno— exactamente igual que en Rusia.
Pues el fracaso de la revolución rusa, como revolución que debía eliminar la explotación, llevar el Estado a su disolución, redimir a los hombres de su destino de proletarios y realizar el socialismo, no está condicionado por Rusia, ni por la falta de la revolución mundial, ni por los pecados de la burocracia, ni por Stalin. Está condicionado única y exclusivamente por el sistema bolchevique.
Lenin, en sus estudios y trabajos preparatorios de años, solo había pensado siempre en el derrocamiento del zarismo y su sustitución por un gobierno burgués de izquierda, contra el cual un proletariado formado y dirigido a la manera bolchevique debía librar sus luchas.
Para un gobierno proletario no estaba preparado en modo alguno, ni teórica ni prácticamente. Nada es más característico de ello que el hecho de que escribiera su libro El Estado y la revolución muy poco antes de las luchas decisivas, cuando los problemas de la revolución proletaria apremiaban ya, por así decirlo, como fuego bajo las uñas.
Cuando la revolución rusa se desarrolló luego en revolución proletaria, los acontecimientos lo desbordaron. Contra todas las expectativas, lo pusieron en un abrir y cerrar de ojos ante el problema de sacar de la nada, con su sistema bolchevique, la nueva sociedad socialista. Todas las necesidades ante las que habían fracasado el zarismo y la burguesía querían ser satisfechas ahora por una economía socialista. Ante la magnitud de esta tarea falló la insuficiencia de su sistema. Lo que emprendió desembocó, como el llamado comunismo de guerra, en un diletantismo vergonzoso. Una vez que la realización de la idea soviética había fracasado en el ejército, siguió poco a poco también el desmantelamiento de los sóviets en la administración, en el aparato del Estado, en toda la construcción social y cultural.
Se procedió en ello con cautela, paso a paso, con astucia, encubriendo en lo posible el abandono, disimulando el giro de principio, en parte para tranquilizar la propia mala conciencia, en parte para no despertar ni irritar la desconfianza y la resistencia de las masas. Con insistencia ostentosa se mantuvo en todas las manifestaciones oficiales la profesión de boquilla del sistema soviético. Y el poder del Estado no se cansó de declararse poder soviético, aun cuando el poder de los sóviets se había reducido hacía tiempo a sombras ridículas. Al final ni siquiera se sonrojó cuando su engaño fue manifiesto ante todo el mundo y la estrella soviética ya no coronaba más que la burla de la idea soviética, abdicada hacía tiempo.
Como portador de la propaganda soviética y del experimento soviético había servido en primer término, si no exclusivamente, el partido. Luego el partido había sido el que más activamente había minado y hecho saltar los sóviets. Ahora el partido asumía las tareas de los sóviets.
Pero el partido no es en el fondo una forma de organización del proletariado, sino de la burguesía. Solo fue adoptado por el proletariado hace decenios, por necesidad, como forma de organización. Pues cuando el proletariado empezó a participar en el sistema electoral de la burguesía y finalmente pasó él mismo al parlamentarismo, no poseía para ello un aparato propio. Así creó asociaciones electorales, que con el tiempo fueron adoptando cada vez más el carácter de partidos. En lo sucesivo, el partido demostró ser, como forma política de acción y de lucha dentro del medio político burgués, tan útil también para los intereses de la oposición proletaria que se lo conservó, se lo amplió y se lo desarrolló hasta una gran eficacia. El movimiento socialista de aquella época no vio, por tanto, motivo alguno para sustituir tarde o temprano el partido por otra forma de organización. Más aún: cuanto más trasladaba el proletariado sus luchas a los parlamentos y veía en la política social el verdadero campo de trabajo de su actuación parlamentaria, tanto más le parecía también el partido la representación más adecuada de los intereses de las masas.
El partido solo funcionaba con ayuda de una burocracia. Todo su aparato está construido según el modelo del Estado burgués, autoritario-centralista, actuando de arriba abajo, con la típica división de los afiliados en dos clases. La iniciativa, el poder de mando y la superioridad de rango están exclusivamente en manos de los dirigentes. Las masas tienen que esperar y recibir órdenes, girar y maniobrar a la voz de mando, constituir el material amasable y moldeable en manos de sus dirigentes. Reciben consignas ya hechas, leen su periódico escrito por la dirección, cumplen las resoluciones inauguradas desde arriba, creen en la verdad de su sagrada escritura interpretada por sacerdotes del partido. Así el partido es a la vez iglesia de una concepción del mundo y militarismo político, y como ambos, al mismo tiempo, reflejo del aparato del Estado burgués, en el que se manifiesta la consumación técnico-organizativa del burocratismo. Al organizarse como partido, los bolcheviques expresaron que no eran conscientes de la constitución burguesa reaccionaria de esta forma de organización. Y al hacer del partido el órgano funcional del aparato del Estado, volvieron a dar entrada al principio autoritario de clase en el ejercicio y en la representación del poder estatal. El partido se convirtió en el escollo contra el que fracasaron sus intenciones socialistas.
Ciertamente, también el partido estaba pensado al principio como órgano de la eliminación del Estado. Lenin exigía que la burocracia fuera despojada de su carácter de «poder privilegiado, ajeno a los hombres, situado por encima de las masas». Debía perder el nimbo del «privilegio de superiores» y hacer del «funcionario del Estado un simple ejecutor de encargos». Lenin tenía al respecto la creencia ingenua de que había una burocracia buena y una mala. La mala la veía por todas partes en el mundo burgués. La buena, en cambio, la esperaba en primer término del Partido Comunista. Desde aquí debía desarrollarse también en la sociedad soviética. Y, como auténtico bolchevique, esperaba de la violencia que pudiera cambiar la esencia de la burocracia según la necesidad y a discreción.
Fue un error enorme. Ocurrió lo que era de prever: también la burocracia buena que él esperaba resultó ser, al cabo de muy poco tiempo, la burocracia mala de siempre, harto conocida.
Asombra que un hombre como Lenin, que creía haber comprendido como nadie la esencia de la dialéctica, hiciera un uso tan erróneo de la dialéctica. Pero precisamente su pretensión de ser el mejor dialéctico solo intentaba, inconscientemente, ocultar el hecho de que era el peor dialéctico. No era en absoluto un dialéctico, sino un oportunista. Esta confusión caracteriza todo su sistema y toda su política. Se ha convertido también en la herencia de sus sucesores. Todavía hoy es típico de su conducta que intenten justificar incluso la peor infidelidad oportunista al principio como un genial giro dialéctico.
Una vez caído en el círculo vicioso del error, el bolchevismo ya no salió de su enredo. La lógica del autoengaño y de la ilusión sobre sí mismo condujo, con coherencia interna, al engaño y a la estafa de las masas descarriadas.
En lugar del Estado, que no se dejaba desmantelar por los sóviets, fueron los sóviets los desmantelados por el Estado. Y en lugar de hacer de la burocracia la servidora del pueblo, el pueblo volvió a ser esclavo de la burocracia. Un rey Midas al revés convertía todo el oro en polvo.
Las funciones de los sóviets, y con ellas su importancia política, fueron cada vez más recortadas, restringidas, transferidas a otros órganos. Al final solo desempeñaban ya el papel de los comités de fábrica alemanes de la época guillermina. Solo cuestiones y asuntos de naturaleza del todo subordinada quedaron sometidos a su influencia y a su competencia. Ya en 1920 se habían convertido en sombras de su importancia original. Constituían una bonita frase de agitación y un atractivo floreo decorativo sin contenido real ni eficacia práctica.
Pero, en lugar de confesar abierta y francamente el abandono de los sóviets, se mantuvo, para las masas rusas como para la opinión pública política mundial, la creencia de que en Rusia existía un dominio de los sóviets, es decir, la forma de administración que supuestamente corresponde al socialismo y lo garantiza. Todavía hoy el estalinismo sigue hablando de Rusia soviética, régimen soviético y política soviética, aunque hasta los gorriones pían desde los tejados que todo ello es un fraude consumado.
Es la propia burocracia la que se aferra a este fraude con gran tenacidad. Tiene sus buenas razones para ello. El engaño consciente y planificado le ofreció desde el principio la ventaja de desarrollarse sin estorbo y sin límite alguno tras la falsa fachada soviética. Y hoy le ofrece la ventaja de ejercer un régimen burocrático de manera totalmente irresponsable, por así decirlo a cuenta del sistema soviético, que prácticamente ya no existe. Con ello encuentra la cobertura deseada en cuanto salen a la luz los errores y las funestas consecuencias del burocratismo. Y al mismo tiempo desvaloriza ante la opinión pública mundial el sistema soviético, que odia, como forma inútil y peligrosa de dirección del Estado.
Pues la burocracia no solo no quiere sóviets: tampoco quiere una revolución proletaria. Por eso tiene que quitarle el filo desacreditando el sistema soviético, teórica y prácticamente, hasta la completa pérdida de confianza.
El partido es burocracia
Lenin había puesto junto a la burocracia un control obrero para impedir su desarrollo hacia el lado malo.
Pero tampoco este fue capaz de evitar que la burocracia llegara a ser lo que tiene que llegar a ser, porque es su esencia.
Como los suboficiales en el ejército, también los dirigentes subalternos del partido se reclutan por lo general entre los elementos más hábiles e inteligentes, pero también más complacientes, más adaptables, más calculadores y, con bastante frecuencia, más corruptos de la tropa o de la afiliación. Por lo común no les importan tanto las ventajas materiales directas, como una mayor remuneración, mejor manutención y vivienda, vacaciones más largas, servicio en la oficina, etc. En Rusia, en todo caso, desde el principio y en el espíritu de Lenin se puso gran empeño en que el dirigente tuviera que realizar mucho trabajo no remunerado y renunciar en todas las circunstancias a las gratificaciones extraordinarias que se concedían a los miembros ordinarios del partido por actividades especiales. Sin duda, el dirigente subalterno estaba por regla general materialmente en peor situación que el obrero cualificado.
Pero precisamente para esta categoría de dirigentes desempeñaba casi siempre el papel decisivo la considerable ganancia de valía y de poder unida a la posición destacada. Así pues, no un factor material, sino uno psíquico. Estar a la cabeza, poder mandar, tener en la mano las decisiones, pertenecer a la dirección: esta es para ellos una ganancia incomparablemente más alta y más halagadora, que hace aceptar incluso desventajas materiales. Así, el aparato burocrático constituye siempre y en todas partes uno de los principales polos de atracción para todos los hombres ambiciosos y ávidos de poder, que ven en la función de funcionario o de dirigente una ocasión bienvenida para satisfacer su afán de elevarse o su necesidad de poder.
Si en Rusia se creyó haber encontrado en el control obrero un medio para evitar o rechazar estos fenómenos, se olvidó que la selección de los controladores obreros no se hacía en ningún aspecto según criterios psicológicos. La psicología recibió y recibe en general en los partidos un trato de madrastra. Sobre todo los marxistas vulgares olfatearon en ella una competencia peligrosa contra la orientación materialista-económica de la doctrina marxista. Por desgracia, solo conocían esta de segunda y tercera mano. En el propio Marx habrían encontrado que precisamente él, en las concepciones revolucionarias de su doctrina, atribuía al factor psicológico la máxima importancia.
También el Partido Comunista se enfrentaba a toda psicología con una arrogancia de filisteo y rechazaba casi con hostilidad cualquier consideración práctica de sus conocimientos. En consecuencia, incluso la lucha bienintencionada, dictada por una seria preocupación, contra la burocracia mala carecía de apoyo psicológico en el hombre de partido medio. Fue una lucha aparente y tenía que seguir siéndolo, aunque la razón más profunda de ello no llegara a la conciencia de la gente del partido. Pues una lucha real contra el sistema burocrático habría tenido que tener por objetivo al propio partido. Con ello el tratamiento del problema ruso volvió a caer en el viejo círculo funesto que, una vez comenzado erróneamente, termina siempre y en todo caso erróneamente.
La aplicación práctica de la psicología como medio en la lucha contra la burocracia no presupone solo que se disponga de conocimientos psicológicos, sino también que se encuentre el medio adecuado que permita su aplicación correcta. Pues no toda tapa sirve para toda olla, ni toda doctrina para toda situación. En Rusia, en todo caso, las cosas estaban de tal modo que la situación social y política de conjunto contradecía decididamente la aplicación de procedimientos psicológicos modernos.
El pueblo ruso había ascendido, tras una larga y profunda servidumbre, a la libertad y la emancipación políticas. En el antagonismo del cambio histórico, a la tesis del patriarcalismo feudal solo podía seguir al principio la antítesis del liberalismo burgués. Pero este está unido inseparablemente al individualismo, al afán de personalidad, al afán de elevarse, al desarrollo y la intensificación del afán de notoriedad y del sentimiento de poder. El hombre liberal es el hombre que aspira, que emprende, que compite en la contienda individual, que en la vida económica busca el enriquecimiento egoísta y en la política el poder y la dirección. El hombre de la era capitalista. El campo de juego económico de este hombre son el negocio y el mercado. El campo de juego político, el partido y el Parlamento.
Al constituirse el movimiento obrero socialista en Rusia como partido comunista, creó el campo de acción históricamente adecuado para el hombre de la época individualista que se iniciaba. Pero, al querer el nuevo Estado soviético ser al mismo tiempo socialista, confiscar la propiedad privada, suprimir la producción capitalista con sus posibilidades individuales de lucro y además eliminar el Parlamento, privó al hombre individualista de casi todas las ocasiones de desplegar sus energías individuales y emplearlas con éxito. Los intentos de educarlo como hombre socialista, de integrarlo en sóviets, colectivos económicos y comunas y de hacerlo útil para una realidad de orientación colectivista fracasaron. Así al hombre individualista solo le quedó un único campo en el que pudiera llegar a la conciencia y la vivencia de su personalidad: el partido. La vida del partido se convirtió así en el contenido de su vida. El hombre ruso posterior a 1917 se convirtió en el típico, clásico hombre de partido, con todas las ventajas y defectos, todas las virtudes y perfecciones, vicios, unilateralidades e insoportabilidades propias del partido.
Así como el hombre ruso no había servido para los sóviets, tampoco los sóviets servían para él. Como hombre feudal era demasiado incapaz. Como hombre individualista, demasiado individualista. No encontraba aquí su lugar.
Pero en el partido dio con el elemento que le convenía. Desde aquí su instinto de notoriedad lo condujo a la burocracia. Del poder del partido ascendió al poder del Estado. Pues al transformarse la burocracia del partido en burocracia del Estado, el hombre individualista se desarrolló en burócrata. Con ello pasó a ser miembro de aquella «capa privilegiada, ajena a los hombres, situada por encima de las masas», de aquella clase que, como elemento del antagonismo burgués de clases, se enfrenta al proletariado, por así decirlo por naturaleza, como enemiga.
Todo este desarrollo se vio favorecido por las particulares condiciones sociales y culturales de Rusia, por el atraso general y la pequeñez numérica del proletariado, por la profunda desorganización política y económica a consecuencia de la larga guerra civil, por el peligro constantemente amenazador de un derrumbe del poder del Estado, por las guerras de los ejércitos de invasión en las fronteras del país y por todo el carácter provisional del régimen socialista, que andaba a tientas de experimento en experimento.
Según la concepción de Lenin, el poder del Estado habría debido, en realidad, ser desmantelado. Ahora se hacía todo lo posible por construirlo y asegurarlo. Pero cuando estuviera construido y asegurado, entonces sí que se lo desmantelaría de verdad. ¿Quién iba a entenderlo, quién era capaz de comprender esta extraña doctrina? La contradicción entre teoría y práctica era palpable. Pero había muchas contradicciones de esas. También la lucha contra la burocracia y el exuberante crecimiento de la burocracia formaban parte de ellas.
Las masas no podían reflexionar mucho sobre estas contradicciones. Tenían mil preocupaciones por su mera vida. Además, la dictadura no toleraba contradicción alguna. Esta dictadura del proletariado, que cada día se convertía más en una dictadura sobre el proletariado.
Los dirigentes pusieron toda su esperanza en el golpe de suerte de la revolución mundial. De ella tenía que venir la salvación final del poder soviético. Elaboraron la receta de esta revolución mundial hasta en todos sus detalles, enteramente según el modelo ruso, y la recomendaron al proletariado de todos los países y pueblos.
Pero la revolución mundial no llegó. Rusia había ido a parar a un callejón sin salida. El modelo de revolución no cuadraba. El pronóstico no cuadraba. La doctrina del Estado no cuadraba. La distinción entre burocracia buena y mala no cuadraba. La práctica de construcción no cuadraba. Todo el bolchevismo no cuadraba.
Cuando en la historia resulta, dice Marx, que entre teoría y práctica algo no cuadra, el error está siempre en la teoría. La teoría bolchevique no había podido forzar a la evolución histórica a discurrir según sus intenciones.
Así la evolución histórica forzó al bolchevismo a transformarse según sus hechos.
Lenin ya había convertido el marxismo en leninismo. Ahora Stalin convirtió el leninismo en estalinismo.
Eso no fue la consumación de la revolución, sino su fin.
Cuestiones disputadas entre teóricos
El bolchevismo no tuvo un buen comienzo antes de su toma del poder. No solo contaba con una secta ridículamente pequeña de partidarios. También muchos adversarios lo acosaron con la mayor violencia.
Que la burguesía, los agrarios, los pequeños burgueses y los campesinos temieran y combatieran como a la muerte al bolchevismo, en la medida en que sabían algo de su existencia como teoría, es evidente. De ello no hablaremos aquí.
Tampoco de los socialdemócratas, que, al proseguir su oportunismo y su traición, con la lucha contra el bolchevismo hacían los negocios de la clase burguesa.
Ni tampoco de los círculos socialistas radicales, comunistas y anarquistas que, aun siendo revolucionarios, ni aceptaban la doctrina bolchevique ni estaban de acuerdo con la práctica bolchevique. Sería superfluo entrar hoy todavía en todas las oposiciones, desviaciones y divergencias de opiniones teóricas y de conductas tácticas que se encontraban en la confusión del caldero de brujas político de aquella época y se disputaban el derecho a prevalecer.
Solo parece importante examinar una diferencia de tendencia que ha desempeñado, y en parte desempeña todavía, un papel menos durante el desarrollo actual de los acontecimientos que en su crítica posterior. Sobre todo bajo el lema Rosa Luxemburg contra Lenin se ha utilizado como pretexto para enfrentar entre sí las tácticas revolucionarias de los bolcheviques y de la izquierda alemana. Para ello se ha hecho todo lo posible en materia de deformaciones históricas y juicios sesgados con el fin de demostrar la concepción defendida en cada caso a costa de la otra. Como siempre en tales casos, a ambas partes se les ha escapado que las dos tienen razón y no la tienen.
Como la controversia es un verdadero ejemplo de manual de cómo los hombres, una vez atascados en el sistema de partido, no son capaces, ni siquiera en las condiciones personales y políticas más favorables, de ver y comprender el carácter completamente no revolucionario del partido, se resumirá aquí brevemente la controversia en su contenido y en su significación.
Tanto Lenin como Rosa Luxemburg llegaron al movimiento obrero moderno por la vía de la socialdemocracia.
La socialdemocracia era entonces el único partido que llevaba la lucha de clases del proletariado en sentido marxista. Y encontró su forma teórica y organizativamente más desarrollada, por no decir clásica, en Alemania. Como sus dirigentes más prominentes eran considerados August Bebel y Karl Kautsky. Tanto Lenin como Rosa Luxemburg figuraban entre los admiradores incondicionales de estos dirigentes. Veían en ellos autoridades tan indiscutidas como en el partido alemán el modelo de una organización formada en el marxismo, excelentemente construida y desarrollada, que operaba con acierto táctico y estaba llena de espíritu revolucionario. Rosa Luxemburg, que encontró en Alemania el centro de gravedad de su actuación y conoció el partido de muy cerca, quedó sin embargo pronto decepcionada de él en más de un aspecto y empezó, a partir de 1904, a adoptar una posición crítica frente a él.
Lenin, en cambio, desarrolló como emigrado ruso, enteramente a la manera de los emigrados, una actividad revolucionaria que se concentraba por completo en Rusia y solo apuntaba al derrocamiento del zarismo. De las grietas críticas que empezaban a marcarse en la estructura de la socialdemocracia alemana no tomó nota. Solo al comienzo de la Guerra Mundial el fracaso catastrófico del partido que admiraba lo hizo caer de las nubes de sus ilusiones.
Rosa Luxemburg reconoció el carácter en el fondo conservador, burocráticamente anquilosado y estéril del partido alemán, su falta de elasticidad estratégica, su estrechez tradicional, su desgana e incapacidad para captar problemas nuevos, su abandono del impulso revolucionario en favor de chalaneos de política social y pagos a cuenta, su aburguesamiento y su filisteísmo en el elemento del equipo dirigente. Por eso libró, apoyada solo por un pequeño séquito, una lucha ininterrumpida y tenaz contra la dirección del partido, contra una parte de la prensa del partido y contra la táctica cada vez más aguada de la fracción parlamentaria. En 1910 pasó a un ataque frontal contra el oficiosismo burocrático-doctrinario de Kautsky y contra la rutina pretenciosa, pero que giraba en vacío, del aparato del partido. Con ello levantó a todos los oportunistas y filisteos, a todos los charlatanes huecos y pagados de sí mismos y a los oscuros negociantes en un escándalo desaforado.
Por valiente que fuera este ataque, le faltó sin embargo la fuerza para ir hasta el final. Rosa Luxemburg rehuyó provocar una ruptura o, menos aún, proceder a establecer un movimiento de izquierda independiente con un programa realmente revolucionario. Pues ella misma era mujer de partido hasta los huesos, y la ruptura de la disciplina le parecía un pecado mortal. La intrepidez de su crítica no era capaz de crecer hasta la gran concepción de un movimiento revolucionario rival. Y la dirección del partido fue lo bastante lista como para no ponerla ante un fait accompli mediante la expulsión. Todavía hacia el final de la Guerra Mundial, en plena ruptura con el partido, cuando redactaba las tesis programáticas de la Liga Espartaco, su resolución de llegar al extremo solo alcanzaba hasta la idea de fundar un nuevo partido. La chispa de la idea de los consejos, ya actualizada en Rusia en la agitación y en la práctica, no había prendido en ella en absoluto. Hicieron falta muchas discusiones y fuertes presiones para moverla a añadir al menos en su proyecto de programa que el nuevo partido no debía ser «un partido en el sentido anterior». El núcleo revolucionario más profundo de todas las organizaciones proletarias de lucha siguió siéndole inaccesible también a ella.
Más extrañamente aún se comportó Lenin. En todos los años anteriores a la Guerra Mundial no dedicó la menor atención a la oposición de Rosa Luxemburg contra el partido alemán. Ni se sintió obligado, como socialdemócrata de orientación izquierdista, a apoyar a su compañera de lucha, bastante aislada, en una situación muy precaria, lo que no habría supuesto para él riesgo personal alguno, pues estaba fuera del partido alemán. Ni hizo el más leve intento de encauzar su teoría y su táctica bolcheviques por los canales de la izquierda alemana para ganarla, o al menos animarla, a una actitud consecuentemente revolucionaria. Ni siquiera el conflicto de 1910, que condujo a la plena ruptura personal entre Rosa Luxemburg y Kautsky, le dio impulso para una toma de posición decisiva, y menos aún agresiva, frente al partido alemán. Siguió siendo admirador incondicional de Kautsky y persistió en su política particularista-nacional respecto a Rusia. Más aún: incluso aquí, en su terreno más propio, no tomó conciencia de la importancia de una vinculación táctica coordinada con el partido alemán o con el partido polaco, que estaba más o menos bajo la dirección intelectual de Rosa Luxemburg, para el caso de una revolución rusa.
Es asombroso lo poco que la mirada de Lenin abarcaba la amplitud del movimiento proletario de conjunto, lo mucho que su espíritu, celebrado como insobornable, se dejaba engañar por fenómenos efímeros de superficie y lo poco desarrollada que estaba su comprensión de la necesidad de crear puntos de apoyo para su política revolucionaria en las zonas exteriores, que con el derrumbe del zarismo tenían que verse afectadas de inmediato.
Pero, sobre todo, es asombroso que, al establecer sus principios revolucionarios, al construir su estrategia revolucionaria y al desarrollar su táctica revolucionaria, llegara a resultados que estaban en oposición directa a las consecuencias que Rosa Luxemburg sacaba de sus observaciones y experiencias críticas en la socialdemocracia alemana.
Se dio el resultado sumamente curioso de que, de las personalidades revolucionarias más fuertes y maduras de aquella época, una, Rosa Luxemburg, establecía exactamente los mismos principios, planteaba las mismas exigencias y defendía las mismas tesis que la otra, Lenin, rechazaba, condenaba y desechaba con toda dureza y fuerza polémica como erróneos, inútiles y no revolucionarios. Sería antimarxista considerar esta oposición como casualidad o querer explicarla por una oposición del conocimiento intelectual, de la disposición subjetiva del carácter o del temperamento revolucionario. Igualmente antimarxista sería aplicar, al tomar posición ante esta oposición, un criterio puramente abstracto y decidirse por uno u otro sistema según un esquema normativo de valores. Ambos errores se cometen, sin embargo, con frecuencia. Solo pueden darse cuando se procede de manera no dialéctica en el tratamiento de la cuestión.
Rosa Luxemburg, en su examen crítico del aparato del partido, había tropezado primero con la autoridad hueca, subalterna y, en su importancia sin fundamento objetivo, sumamente perniciosa de los dirigentes profesionales. A partir de ahí había reconocido en la burocracia el cáncer de todo el movimiento. Al empezar luego a investigar, desde el lado exterior de este fenómeno, las causas del mal, vio claro que, en último término, toda la culpa había que buscarla en el principio de la dirección centralista.
De este resultado de su observación derivó la exigencia de trasladar más el peso del movimiento a las masas, de conquistar mayor margen para la democracia obrera interna, de encaminar una flexibilización general de la consistencia de la vida del partido. Resumió todos estos fines en la frase de que la socialdemocracia había de considerarse como movimiento propio de la clase obrera. Esta formulación era demasiado general, demasiado abstracta, demasiado insustancial, y dio lugar, por ello, a muchos malentendidos y malas interpretaciones. Si Rosa Luxemburg hubiera llegado a la propuesta concreta de sustituir el sistema de partido como forma de organización por el sistema de consejos, todas las discusiones habrían encontrado de inmediato su plataforma clara y todas las confusiones su esclarecimiento. Por desgracia, no llegó a esta propuesta positiva.
Quizá no tanto porque la idea del sistema de consejos no le fuera suficientemente familiar. Más bien, probablemente, porque como mujer de partido retrocedía ante la idea de arriesgar esta ruptura de principio con todo el sistema, con todo el pasado y con todo el contenido de su mundo político. Le faltaba en este punto la talla por encima de los partidos y el valor histórico para lo extraordinario. Su mayor virtud se convirtió aquí en su mayor carencia: era demasiado hija de aquella época, que siempre fue grande en el análisis y en la crítica, pero siempre pequeña en la síntesis y en la decisión por lo nuevo.
La conducta personal de Rosa Luxemburg en la revolución de 1918-1919 parece confirmarlo. Se mantuvo frente al movimiento de los consejos, que irrumpía con ímpetu, con esperanza y con éxito, bastante desorientada, inconsecuente e inactiva. En el congreso fundacional del Partido Comunista recayó incluso, sin sostén, en la consigna traidora del partido, que clavó el puñal por la espalda al movimiento alemán de los consejos. Cuánto impulso, concentración y claridad de fines habría podido dar al movimiento de los consejos si se hubiera puesto a su cabeza y hubiera elevado de manera demostrativa la ruptura con todo partido a consigna revolucionaria.
Hoy la crítica la hace responsable de la derrota de la izquierda en la revolución alemana, con la motivación errónea de que la idea de los consejos que ella propagaba no habría desarrollado la necesaria fuerza revolucionaria de arrastre.
En realidad, la izquierda de entonces tendría todos los motivos para quejarse de que Rosa Luxemburg no se empleara en aquellas luchas con suficiente energía, pasión y conciencia de sus fines a favor de la idea de los consejos y de la creación de un movimiento de consejos y de un sistema de consejos.
Lenin nunca habría merecido semejante reproche. Pues de su doctrina no podía derivarse en modo alguno una obligación con el sistema de consejos. Su preparación de la revolución rusa nunca contó con un movimiento de masas. Tampoco tuvo nunca lo más mínimo que ver con los movimientos de masas de los países que lo acogían. Vivía como emigrado en completo aislamiento. Y su estrategia revolucionaria era un puro asunto de escritorio.
En la medida en que llevó su sistema a la práctica, solo entró en contacto con un estado mayor de dirigentes profesionales escogidos, a los que adiestraba militarmente en cursos revolucionarios para ponerlos luego a la cabeza de las masas, agitadas y puestas en pie por el hambre, la indignación y la demagogia. Tenían la tarea de llevar a cabo la revolución según un plan y un esquema exactamente trazados, de arrastrar consigo y llevar al combate a la mayoría casual y confusa como minoría organizada y formada de manera rigurosamente centralista. Allí debía forjarse el hierro candente de la materia revolucionaria en éxitos, según los métodos del espíritu revolucionario, exactamente estudiados, probados y de eficacia matemáticamente segura.
Un profundo desprecio, o al menos menosprecio, de las masas habla en este sistema revolucionario. Los proletarios son —como en el ejército burgués— solo carne de cañón, solo culis, como en la empresa capitalista. Lo que importa son los oficiales, los miembros del estado mayor, los ingenieros y los técnicos. Según el esquema de la ciencia de clase, fuerza y materia, espíritu y materia, están rigurosamente separados. El principio de dirección autoritario-centralista, en su expresión más extrema, celebra sus triunfos más brillantes.
En efecto —exclaman los partidarios de Lenin—, no solo en la teoría, sino también en la práctica.
Pues en la revolución el sistema de Lenin ha dado una prueba brillante. Con él conquistó Lenin la victoria en Rusia.
Rosa Luxemburg, en cambio, sucumbió en la revolución alemana. Su estrategia y su táctica fracasaron.
La fuerza probatoria de esta comparación parece convincente. Y todos los defensores del sistema autoritario-centralista la sacan siempre a relucir con gesto de superioridad.
Y sin embargo es falsa, descansa en un error de pensamiento, en una argumentación completamente no dialéctica.
La oposición entre Lenin y Rosa Luxemburg no es en realidad la oposición entre dos personas, dos espíritus, dos sistemas como productos de esos espíritus y personas. Es la oposición entre dos situaciones históricas, dos épocas y, con ello, dos sistemas que resultan de las condiciones de dos épocas distintas.
Cada una de estas épocas dispone de otras armas y lucha según otros métodos. Cada época tiene el sistema que le corresponde.
En la revolución rusa se trata de la sustitución del zarismo feudal por el capitalismo burgués.
En la revolución alemana se trataba de la sustitución del capitalismo burgués por el socialismo proletario.
En la revolución rusa venció Lenin. Venció frente al feudalismo con la táctica de partido típica de la clase burguesa. Eso fue en febrero. Y en octubre venció frente a la burguesía con los consejos, que había arrebatado de las manos a los mencheviques. Venció dos veces, una vez a la manera burguesa y otra a la manera proletaria.
Pero, al desmantelar de nuevo los consejos después de la victoria, perdió también la victoria proletaria. Históricamente solo quedó como vencedor de la revolución burguesa.
En la revolución alemana sucumbió Rosa Luxemburg. No sucumbió porque no luchara también, como Lenin en Rusia, a la manera de partido. Sucumbió más bien porque en Alemania la táctica de partido, que se había vuelto antihistórica, fracasó y ella misma no fue capaz de emplear el arma de lucha de los consejos, que correspondía a la clase proletaria en su lucha revolucionaria. Si Rosa Luxemburg hubiera llevado al combate al proletariado alemán bajo la bandera del sistema de consejos, probablemente habría tenido segura la victoria. Así venció la socialdemocracia, que solo quería la consumación de la democracia burguesa con ayuda del partido. Y cuando el tiempo de esta democracia hubo pasado, su victoria se transformó en una derrota que condujo finalmente al fascismo de Hitler.
El mismo destino tuvo el bolchevismo en Rusia. La victoria de partido de Lenin alcanzó justo para la instauración del capitalismo, pero no para la realización del socialismo. No del capitalismo en el sentido antiguo, sino, conforme al desarrollo capitalista general, como capitalismo de Estado. Y en plena congruencia con esta necesidad económica apareció el fascismo ruso en la figura de la dictadura de Stalin.
Saquemos el balance:
Lenin fue, por su vocación histórica, el hombre de la revolución burguesa de Rusia. En la medida en que sobrepasó los límites de esta vocación, sufrió su fiasco.
Rosa Luxemburg fue, por su vocación histórica, la dirigente de la revolución proletaria en Alemania. En la medida en que se quedó por detrás de las exigencias de esta revolución, sufrió también ella su fiasco.
En la revolución, en el puesto en que la historia lo ha colocado a uno, se puede hacer demasiado o demasiado poco. Lo que importa es hacer lo justo en el momento justo y en la medida justa.
Todo lo injusto es corregido inexorablemente por la historia. Y los hombres que hacen lo injusto son juzgados por ella.
El bolchevismo se vuelve contrarrevolucionario
Mientras que la revolución rusa, al menos en su primera época, se esforzó muy en serio por llegar a un compromiso entre el sistema de partido y el sistema de los sóviets, en la revolución alemana no podía hablarse de tal cosa.
La socialdemocracia, en el fondo completamente no revolucionaria, se enfrentaba al bolchevismo y a sus métodos revolucionarios con enemistad mortal. Otto Braun ya había declarado categóricamente en 1917, en el órgano oficial del partido, la Neue Zeit, que entre la socialdemocracia y el bolchevismo solo podía trazarse una gruesa raya divisoria. Y a los dirigentes sindicales, aburguesados y corrompidos hasta la médula, ya la vinculación con un partido de lucha de clases les parecía una exigencia casi insoportable. Los límites estaban nítidamente trazados.
Pero cuando en 1918, contra la voluntad del partido, se llegó sin embargo a un levantamiento revolucionario y la pasión de las masas prendió en el clamor por el sistema de consejos, habría cabido pensar que los bolcheviques rusos aprovecharían este momento como ocasión bienvenida para ayudar a la idea de los consejos a vencer también en Alemania.
Pero, así como antes Lenin no había pensado en apoyar el radicalismo de Rosa Luxemburg y desarrollarlo en un movimiento realmente revolucionario, tampoco se sintió ahora movido a acudir en ayuda de la izquierda alemana con consejos revolucionarios o con medios eficaces.
Rosa Luxemburg fracasó, dicen hoy sus críticos bolcheviques, por falta de consecuencia. A su acertado análisis del oportunismo alemán le faltó el valor de llegar al extremo. Sea. Su consecuencia y su valor habrían podido descargarse en dos direcciones.
Por una parte, Rosa Luxemburg podía reunir a la oposición dentro de la socialdemocracia alemana en un movimiento propio organizado de manera rigurosamente centralista, para hacer frente al oportunismo en el partido y en los sindicatos. Esa habría sido su tarea, en el sentido del bolchevismo, antes de la Guerra Mundial.
O bien, en la revolución, podía apoderarse del movimiento de los consejos y lanzarlo con gran ímpetu contra el aparato oficial del partido y de los sindicatos, caído en pleno descrédito. Esa era la tarea que le planteaba la revolución y que también habría correspondido a la práctica del bolchevismo, que en Rusia había hecho precisamente lo mismo.
Rosa Luxemburg no se decidió ni por lo uno ni por lo otro. Su falta de consecuencia y de valor es inconfundible. Pero ¿qué hizo el bolchevismo, que hoy se presenta como crítico de Rosa Luxemburg, para remediar esta carencia en interés de la revolución alemana? ¿Cómo se comportó, en particular, el bolchevismo llegado al poder en Rusia ante los fenómenos que tuvo por consecuencia el fracaso de Rosa Luxemburg en Alemania? ¿Los ignoró, como Lenin en la época de preguerra, o intervino prácticamente para corregirlos y salvar la revolución?
El bolchevismo había vencido en Rusia con un partido diminuto y con un movimiento de sóviets que en poco tiempo había crecido hasta dimensiones inmensas. También la Liga Espartaco alemana, entre cuyos dirigentes figuraba Rosa Luxemburg, no era en el fondo más que un grupo pequeño y laxo. ¿No habría sido lo natural completarla según el modelo ruso con un poderoso movimiento de consejos surgido de la nada, reforzarla y hacerla tan irresistible en su fuerza agresiva que la victoria no pudiera faltar?
Aun en el caso de que Lenin, lo que no está probado, hubiera visto ya entonces en el movimiento de los sóviets solo un medio casual del que uno se sirve para conquistar el poder y que luego vuelve a arrojarse a un lado, incluso en ese caso habría sido su deber revolucionario animar a la izquierda alemana a proceder del mismo modo, empujarla a crear un movimiento de consejos, e incluso, si hacía falta, obligarla a ello con presión moral.
Pero nada de todo eso. Lenin, como el bolchevismo, adoptó exactamente la actitud contraria. Apenas la idea de los consejos había prendido en las masas en la revolución alemana y estaba a punto de convertirse en un poder revolucionario, cuya constitución solo necesitaba la ayuda del consejo y de la formación, se la atacó por la espalda desde Rusia.
El altavoz revolucionario «¡Todo el poder a los consejos!» no solo no encontró eco desde Rusia, sino que una cañonada de ruido de las máquinas bolcheviques de interferencia, iniciada de inmediato, lo hizo ininteligible de todas las maneras imaginables, lo saboteó y lo entorpeció en su fuerza de atracción. Ninguna resonancia que inflamara y animara. No «¡Ocupación de las empresas!». No «¡Anclaje de la revolución en los talleres de producción!». No «¡Toma del poder económico directamente por las masas trabajadoras!». No «¡Cambio de principio de todo el sistema legislativo y ejecutivo!». No «¡La voluntad de las masas es la ley suprema!». Nada de todo eso.
En su lugar, la consigna increíble, imposible, que a todos los combatientes revolucionarios solo podía parecerles una mistificación, un golpe en la cabeza, una traición monstruosa: «¡De vuelta al partido! ¡De vuelta a los sindicatos! ¡De vuelta a los parlamentos!». Fue una verdadera puñalada por la espalda. ¡En pleno arranque hacia nuevas metas revolucionarias, esta agresión! ¡En plena conciencia de la propia fuerza, trabajosamente despertada, inflamada y azuzada, en el más hermoso asalto de los proletarios de la guerra convertidos en revolucionarios, este fuego pérfido por la espalda! ¡En pleno éxtasis ardiente de una actividad revolucionaria por fin alcanzada, este «¡Alto!» atronador! ¡Y esta orden consternadora desde un lugar que pasaba por baluarte de la revolución, que para las masas pasaba por el Olimpo de toda sabiduría, energía y experiencia revolucionarias! ¡No hay palabras para decir el efecto que causó esta retirada!
¿Así que nada de consigna de los sóviets? ¿Nada de sistema de consejos? ¿Nada de ruptura con el pasado? Pero ¿por qué no? ¿Por qué en Rusia y no en Alemania? ¿Cómo podía ser aquí una estupidez y un crimen lo que allí había sido una obra genial y un triunfo de la revolución?
¿Qué significaba este giro repentino? ¿Qué estaba pasando? ¿Un error? ¿Un malentendido? ¿Una intriga de la socialdemocracia? ¿Una contramina de la burguesía? ¿Un asalto desde una emboscada? ¿Una traición?
¡Pues no! Todo era mucho peor. La contraconsigna frente a la consigna de los consejos era un acto completamente legal de la política bolchevique. Lenin la cubría con su nombre. Y todo el estado mayor bolchevique estaba detrás de este toque de rendición, que antes había sido una fanfarria.
Radek apareció como comisario bolchevique en suelo alemán y declaró en nombre de sus mandantes que la consigna de los consejos era una locura, los heraldos y defensores de esta consigna, locos y criminales, y la idea de un gobierno de consejos en Alemania, un esperpento ridículo y una aventura funesta.
Y en su séquito, un ejército de agentes bolcheviques pagados por Rusia se arrojó contra la tormenta revolucionaria. La resolución del congreso fundacional del Partido Comunista, adoptada por una mayoría abrumadora, de que este debía construirse y funcionar en el sentido de la idea de los consejos —anticentralista, antiparlamentario y antisindical—, fue saboteada, echada por tierra sin resolución en contrario y reducida al absurdo con la fundación de un partido rigurosamente autoritario-centralista en el sentido leninista. Una leva en masa de agitadores bolcheviques a sueldo en dólares y un torrente inagotable de octavillas bolcheviques inundaron todo el teatro de operaciones de la revolución alemana. Todas las esclusas de la más desaforada propaganda estaban abiertas. Y todo el mundo gritaba a pleno pulmón la contraconsigna: «¡Abajo el movimiento de los consejos! ¡Basta de la comedia de los sóviets! ¡De vuelta al partido, al sindicato y al Parlamento!».
Las masas estaban confundidas, trastornadas, como fulminadas, desesperadas. Las carcajadas de los reaccionarios aullaban a su alrededor. Los bonzos4 del partido y de los sindicatos afilaban en ellas, sonriendo burlones, su sarcasmo. La prensa vertía cubos de calumnias sobre la mala administración de los consejos, sus «francachelas, desfalcos, robos de cajas y líos de faldas». Donde se ofrecía resistencia, denuncias, asaltos policiales, tribunales sumarios y encarcelamientos se encargaban de eliminar a los enemigos del orden. Por todas partes aparecían funcionarios o partidarios bolcheviques como espías, delatores, soplones, testigos, cómplices y figuras de un gangsterismo que hay que haber vivido para comprender de qué arsenales pudieron reclutarse luego tan rápidamente las guardias de porra del fascismo.
Bajo el efecto concéntrico de todos estos métodos de proscripción, calumnia, aislamiento, sospecha, espionaje, desgaste, acallamiento a gritos y aniquilamiento, el movimiento alemán de los consejos se hundió lenta pero imparablemente. Liebknecht, Rosa Luxemburg, Jogiches y casi todos los demás fundadores de la Liga Espartaco fueron asesinados. Otros estaban por millares en las cárceles. Noske mató a miles y miles en combates callejeros y en sótanos de la policía. Muchos huyeron de la barbarie de este derrumbe, en el que contrarrevolucionarios occidentales y revolucionarios orientales se encontraron tan concordes contra la «locura de los consejos» de los odiados «ultraizquierdistas».
Pero sobre las ruinas del movimiento alemán de los consejos y la tumba de la revolución alemana, la vieja socialdemocracia, los viejos sindicatos y los viejos parlamentos plantaron, con la bendición del Estado soviético bolchevique, el poder político de la Alemania de posguerra negra, roja y oro.
Dictadura sobre el proletariado
El trabajo de reconstrucción después de la Guerra Mundial fue difícil en todos los países. Pero el más difícil fue probablemente en Rusia. Aquí los restos en descomposición del zarismo podrido se unieron a las orgías de sangre de la guerra, y las devastaciones del huracán revolucionario a los excesos de una larga y terrible guerra civil, en un caos funesto.
Toda la economía estaba gravemente postrada. Solo las necesidades más elementales podían satisfacerse a duras penas. Por todas partes reinaban la miseria de masas, la incultura, la devastación, la decadencia, la ruina. Se vivía como en una fortaleza sitiada de las últimas y míseras existencias de una economía de guerra provisional, desorganizada y hundida hasta la completa incapacidad de rendimiento.
Una rigurosa reglamentación del consumo era indispensable para poner algo de orden en la distribución y el consumo de los bienes de subsistencia existentes. Este comunismo de guerra necesitaba, pues, instituciones con poder de decreto y ejecutivo, un aparato administrativo y un cuerpo de mando burocrático para hacerse dueño de la escasez general, del desbarajuste, de la confusión y del enfrentamiento de todos contra todos en la lucha por el más mísero bocado contra el hambre.
Cierto que el gobierno siempre tuvo en mente desarrollar el comunismo de guerra en un sistema de economía planificada. Pero había múltiples obstáculos que superar para poder poner en marcha este desarrollo: el retroceso general del cultivo de cereales, de la producción industrial y del comercio; la inquietud constante causada por la guerra civil; el agravamiento de las relaciones entre la ciudad y el campo a consecuencia de las requisas forzosas realizadas con gran falta de miramientos; la divergencia de los precios industriales y agrarios; la fragmentación de la economía campesina a consecuencia del reparto de la tierra; la falta de simiente, abono y ganado de labor; el letargo de las masas una vez que no se habían cumplido sus esperanzas socialistas; el agotamiento general a consecuencia del hambre, el miedo, la lucha y la inseguridad. Y, no en último lugar, también la notoria incapacidad de las instancias dirigentes para tareas organizativas de gran estilo. Así el país se hundió en un caos cada vez más profundo.
Lenin buscó la salvación de la ruina en el regreso temporal a los métodos de la economía privada prerrevolucionaria. Pero tampoco este trajo el auge esperado. Así hubo que liquidar de nuevo la NEP. Se emprendió la colectivización de la agricultura. Comenzó la campaña de industrialización. Se puso en orden el sistema monetario. Finalmente empezó la economía planificada. Lentamente, la economía fue saliendo de lo hondo de su decadencia y de su agonía. Pero seguían llegando sequías, malas cosechas, años de hambre. Millones de personas perecieron. La energía y la capacidad de resistencia de las masas ya no podían soportar nuevas pruebas de paciencia y nuevos experimentos. Se veía en el estado extremo de agotamiento.
En todas las fases de esta evolución, la pobreza, el hambre, la escasez general habían apelado una y otra vez a la ayuda de las autoridades locales, de la administración legislativa y administrativa del país, de las oficinas públicas y del gobierno del Estado. La necesidad obligaba a reglamentos, decretos, medidas coercitivas, controles, intervenciones ejecutivas de toda clase. Ello se desprendía también de la esencia de la dictadura, que había sido declarada forma de gobierno dominante.
Ciertamente, esta dictadura debía ejercerla —según la doctrina bolchevique— el proletariado sobre los restos de la burguesía. Sus órganos debían ser las representaciones del proletariado, los sóviets. Pero los sóviets fracasaron en la mayoría de los casos. Así, funcionarios del partido o comisarios especiales tuvieron que asumir sus funciones. La burocratización del partido, tal como caracteriza a todo el movimiento obrero de los países capitalistas, se transmitió en Rusia a toda la vida pública. Y adoptó formas tanto más groseras, duras y violentas cuanto mayor era la pobreza, más atrasada la población y más abierta la resistencia. El funcionario de la administración, el hombre de detrás de la ventanilla, el gendarme, el comisario con brazalete y cartera se convirtieron en representantes típicos, tan temidos como odiados, del poder estatal. La autoridad burocrática en su vieja figura volvía a estar en acción y dominaba a las masas. ¡Dictadura sobre el proletariado! ¡Así era el socialismo prometido!
«Y no cabe duda», decía Trotski en su Revolución traicionada, «de que, si la revolución proletaria hubiera triunfado en Alemania —su victoria la impidió únicamente la socialdemocracia—, el desarrollo económico de la Unión Soviética, como también el de Alemania, habría dado pasos de gigante tales que el destino de Europa y del mundo tendría hoy un aspecto mucho más favorable». En efecto: ya entonces habría tenido un aspecto más favorable y, sobre todo, Rusia habría llegado a un socialismo. Pero Trotski se equivoca cuando cree que la socialdemocracia alemana tiene ella sola la culpa de la revolución perdida. Esa es una leyenda echada a rodar por el mundo desde Moscú, destinada a encubrir la culpa, al menos igual de grande, de los entonces detentadores del poder soviético. El movimiento alemán de los consejos habría sido el medio para corregir y compensar la traición de la socialdemocracia. Pero fue derribado por la intervención de Rusia. Y esa es la culpa inexpiable de Rusia, que se vengó primero y con mayor dureza en la propia Rusia.
Naturalmente, la situación sumamente desfavorable de Rusia en aquella época se remonta a causas aún más profundas. Faltaba el desarrollo máximo de la técnica, el máximo rendimiento de la productividad del trabajo, el desarrollo relativamente máximo de los hombres, que son, sin remedio, necesarios para realizar el socialismo. Faltaba toda la época capitalista, que en su transcurso lleva poco a poco la técnica, la productividad del trabajo y los hombres al grado de madurez en que una forma socialista de economía y de sociedad se vuelve posible y realizable. En Rusia se quiso sustituir todo un siglo de procesos orgánicos, con sus resultados materiales y sus cualidades humanas, por una teoría exacerbada, una especulación astuta, un embaucamiento pseudológico, unas artes de persuasión ampulosas, unas maniobras rebuscadas, una organización rigurosa, una autoridad exagerada y todo un sistema de coerción, violencia y dictadura. Con todos estos medios se puede domar y violentar hasta cierto punto la naturaleza. Pero no la historia. También el bolchevismo naufragó en ello.
Lenin meditaba día y noche cómo podría —conforme a la exigencia fundamental de Marx y de Engels y a su propia convicción— impedir el surgimiento de una burocracia parasitaria que frenara el desarrollo y llegar a la organización de una verdadera reconfiguración socialista de la sociedad. Pero todo se le interponía: el primitivismo de la economía, el atraso de la estructura social, lo bajo del nivel cultural, la inmadurez de los hombres. Sobre todo, su propia gran carencia: que en realidad nunca había comprendido a Marx ni el problema de la dialéctica histórica.
Siguiendo las exigencias formuladas por Marx y Engels, Lenin había previsto, para evitar el surgimiento de una burocracia, las medidas siguientes: 1) no solo elegibilidad, sino también revocabilidad en todo momento; 2) una retribución que no superase el salario obrero; 3) transformación de la vigilancia y el control en funciones generales que todos han de desempeñar por turnos determinados, «para que todos sean burócratas durante algún tiempo, de modo que nadie pueda llegar a ser burócrata».
Pero la práctica de la vida fue más fuerte que su proyecto de escritorio. En todos los duros tiempos de necesidad había que abastecer a las masas, acostumbrarlas a diversos sistemas de racionamiento, enseñarles a ejecutar las medidas ordenadas; había que vigilarlas en ello, apoyarlas, animarlas, eventualmente obligarlas o castigarlas. Al mismo tiempo había que controlar su manera de pensar, salir al paso de su crítica, quebrar su resistencia, combatir su oposición, impedir que se pasaran al campo enemigo de la contrarrevolución. Había que reprimir las revueltas que surgían, realizar por la fuerza las requisas forzosas, aplastar con medios militares las guerras campesinas. El analfabetismo exigía ser superado, había que eliminar los vínculos eclesiásticos y religiosos, había epidemias en el país. Hasta el calor del verano y el frío del invierno parecían haberse conjurado contra el sistema soviético.
Así, la burocracia tenía las manos llenas. En todos los ámbitos de la vida le surgían tareas nuevas y cada vez mayores y posibilidades de actuar, de acreditarse, de pasar por útil y de demostrar que era indispensable. Era ella la que mantenía el orden, tenía a raya a las masas y salvaba el Estado. Sin su energía y su vigilancia no habría podido sostenerse. Naturalmente, había que estarle agradecido. Así sucedió que la burocracia destinada a extinguirse se había convertido ya al cabo de pocos años en un aparato de coerción como la historia no había conocido nunca.
Con el correr de los años surgieron entre los dirigentes, sobre todo desde la muerte de Lenin, grandes divergencias de opinión sobre la táctica política en general y sobre la solución de importantes cuestiones vitales del Estado en particular. Se desarrolló desde la derecha y desde la izquierda una oposición creciente contra la camarilla gubernamental dominante y la posición hegemónica de la burocracia. Esta, atacada directamente y amenazada en su existencia, se puso sin reservas a disposición del poder gubernamental y formó sus cuadros de combate más fiables. Solo la circunstancia de que Stalin, como secretario general del partido, pudiera lanzar al combate a cientos de miles de secretarios del partido seleccionados personalmente, empleados y comprometidos con él, le aseguró una preponderancia inmensa en todas las decisiones. Retroactivamente, este aumento personal de poder trajo a su vez un incremento del poder de la burocracia. A pasos rápidos y con superaciones recíprocas se reforzó la influencia de los funcionarios del Estado y de la cúspide del Estado sobre la manera de dirigir el Estado y la política en su conjunto, así como, a la inversa, esta repercutió a su vez en el aumento del poder de la burocracia.
Así la dictadura del proletariado se transformó a ojos vistas en la dictadura de una camarilla política, finalmente en la dictadura de un grupo muy pequeño y por último en la dictadura de una sola persona todopoderosa, de la que nunca se sabe hasta qué punto no es ella misma prisionera de la burocracia.
En la misma medida y en la misma progresión, la democracia obrera perdió terreno y margen de acción tanto en las organizaciones como en los asuntos del Estado. Su importancia se desvaneció. Su derecho político de codecisión solo existía ya sobre el papel y al final fue suprimido también allí. Su autonomía se convirtió en farsa. Los sóviets se rebajaron a meros simulacros. También el partido fue vaciado, se volvió un mecanismo que giraba en vacío. Los secretarios del partido y otros funcionarios ya no podían ser elegidos por las bases, sino que eran nombrados por las instancias centrales. Del mismo modo, las redacciones se cubrían desde arriba y los mandatos se adjudicaban. Las consignas, resoluciones y manifiestos ya no los desarrollaban los camaradas a partir de discusiones teóricas y del trabajo práctico del partido, sino que se decretaban desde las oficinas del partido. Un servicio de información rigurosamente organizado transmite como un cliché la opinión y la actitud en cada cuestión. Prescribe también cada iniciativa, cada cambio de opinión, cada giro, cada vuelta sobre el eje. Y ello de manera tan sumaria, con una uniformización5 tan incondicional y obstinada, que las frases de agitación, las consignas de acción y las tácticas de operaciones son las mismas para los Urales que para Sajonia, Asturias, Canadá y la Tierra del Fuego. Nunca hubo peor ilotismo, peor cría en masa de mentalidad de obediencia ciega que aquí.
Los miembros del partido ya no son más que el decorado de mítines, comedias de votación y actos solemnes. Su papel político de esclavos solo les permite ya una libertad ilimitada en la incensación de los dirigentes. Stalin, el padre de los pueblos, no se distingue en esto en un solo rasgo de Hitler, el salvador de la nación.
Lenin combate a la izquierda alemana
«La particular fortuna de los bolcheviques en Rusia fue que tuvieron quince años para llevar hasta el final, de manera planificada y consecuente, la lucha contra los mencheviques (es decir, los oportunistas y centristas) y contra los izquierdistas, o sea, mucho antes de la lucha inmediata de las masas por la dictadura del proletariado. En Europa y en América tenemos que realizar ahora el mismo trabajo a toda prisa». Así escribía Lenin en un artículo del año 1920.
Ese mismo año hizo aparecer su folleto Der Radikalismus, die Kinderkrankheit des Kommunismus [El radicalismo, enfermedad infantil del comunismo],6 que debía iniciar y fundamentar esta lucha. En sus primeras ediciones llevaba todavía el subtítulo, sumamente atrevido y discutible, y por eso probablemente suprimido más tarde, Versuch einer populären Darstellung der marxistischen Strategie und Taktik [Ensayo de exposición popular de la estrategia y la táctica marxistas].
El impulso directo para este trabajo lo dio, sin decirlo, en primer término, la circunstancia de que el partido bolchevique no había sido capaz en casi tres años de construir un verdadero sistema soviético. Ciertamente, con ayuda del movimiento de los consejos, ajeno a su esencia, había conquistado el poder político y proclamado la dictadura proletaria, pero en la estabilización de su poder y en la construcción de su economía apenas había avanzado un paso. Sobre todo, no había logrado incorporar con éxito el sistema de consejos, precisamente porque le era ajeno a su esencia, al complejo de sus medidas de política estatal, que tenía por socialistas. Entretanto había esperado con anhelo la revolución mundial, de la que suponía que solo ella podría asegurar su poder. Pero la revolución mundial no estaba sometida a la dictadura rusa: no había llegado.
Entonces Lenin reconoció que era urgentemente necesario ganar por fin al proletariado mundial para la teoría y la práctica, la estrategia y la táctica bolcheviques. Era inquietante que el proletariado mundial, a pesar del estruendoso triunfo que el bolchevismo había logrado en Rusia, mostrara visiblemente poca inclinación a hacerse amigo del método bolchevique. Más inquietante aún era que la Tercera Internacional, fundada únicamente con fines de propaganda en interés de Rusia, fracasara poco menos que por completo. O las masas se quedaban en la vieja socialdemocracia, o su actividad revolucionaria las empujaba a unirse al movimiento de los consejos surgido en muchos países y muy desarrollado sobre todo en Alemania, Holanda e Inglaterra.
Este movimiento de los consejos era lo que Lenin no podía utilizar para Rusia. Se resistía también a todo intento de dejarse ganar para un levantamiento revolucionario según el modelo bolchevique. Cierto que desde Moscú se había puesto en marcha una gigantesca máquina de agitación. Pero los agitadores radicales, ultraizquierdistas, entendían —como el propio Lenin atestigua— su oficio mejor que los emisarios del Partido Comunista. Estaban peor pagados, pero en cambio más sinceramente convencidos. Así sucedió que el Partido Comunista siguió siendo siempre un puñado pequeño, gritón y de ademanes salvajes entre dos grandes campos. A su derecha, la socialdemocracia ganaba una gran parte de los desechos proletarizados de la burguesía, en la medida en que no se iban a las asociaciones reaccionarias de revancha. A su izquierda, el movimiento de los consejos atraía con una fuerza verdaderamente magnética a todo el elemento revolucionario del proletariado.
¡Había que meter más vapor a la agitación bolchevique! ¡Sobre todo, había que arremeter con fuerza contra los ultraizquierdistas! Pues, desde que se los había echado del Partido Comunista y cubierto de oprobio y de ignominia a la manera bolchevique, no habían hecho más que ganar confianza y prestigio entre las masas. Si el sistema de consejos había fracasado en Rusia, ¿cómo podía atreverse ahora un movimiento rival a querer demostrar al mundo que el sistema de consejos es ciertamente incompatible con el método bolchevique, pero muy bien realizable con otro método? ¡Así que pez y azufre sobre esta competencia!
Así, Lenin, cargado de rabia, se sentó en el sillón y escribió un panfleto acorazado. Un miedo rabioso a perder el poder y una indignación ardiente por el éxito de los herejes le guiaban la pluma. De haber sido Stalin, los habría procesado y fusilado a todos como enemigos del pueblo de primera clase. Así, solo redactó un folleto: El radicalismo, enfermedad infantil del comunismo, con el subtítulo Ensayo de exposición popular de la estrategia y la táctica marxistas, que luego desapareció, probablemente porque se avergonzaron del bluf desleal. Pues la invocación de Marx no era más que un bluf.
El folleto de Lenin era un escrito polémico, lleno de veneno y de hiel, agresivo, grosero, rebosante de tergiversaciones, sospechas y falsificaciones, rencoroso y con manía persecutoria como una bula papal de excomunión, un verdadero festín para todo contrarrevolucionario. Pero al mismo tiempo, de todos los escritos programáticos bolcheviques, el que más despiadadamente revela la esencia del bolchevismo, el que la expone con más pureza. ¡El bolchevismo sin máscara alguna! Cuando Hitler suprimió en Alemania en 1933 toda la literatura socialista y comunista, este escrito fue el único cuya publicación permitió que continuara. Él sabía por qué.
Del contenido del escrito no interesa aquí lo que Lenin dice sobre la revolución rusa, sobre la historia de los bolcheviques, sus enfrentamientos con otras corrientes del movimiento obrero y las condiciones de los éxitos bolcheviques en Rusia. Todo está expuesto de manera unilateral, es discutible e invita a la discusión. Pero no es este el lugar. Aquí solo se examinarán los puntos principales de la estrategia y la táctica bolcheviques en los que se expresa la oposición decisiva entre el bolchevismo y los ultraizquierdistas.
Lenin veía el valor actual del escrito en la demostración de esta oposición, y se encargó de esta demostración a su manera. Los ultraizquierdistas, por su parte, tomaron posición al respecto y esclarecieron la oposición desde su punto de vista. A la agitación bolchevique, que trabajaba con inmensos medios materiales, le resultó fácil desplazar casi por completo de la opinión pública la réplica ultraizquierdista. No le importaban el discurso y la réplica honrados, sino el silenciamiento brutal. Eso respondía a sus necesidades de entonces.
Pero las necesidades han cambiado. No en Rusia, pero sí en el resto del mundo. Entonces una parte considerable de la opinión pública mundial ponía su esperanza en un futuro mejor, en la Rusia bolchevique. Hoy, para la mayoría, esa esperanza se ha disipado. Se ha vuelto hacia el fascismo. Y es natural comparar entre sí bolchevismo y fascismo. Pero ¿qué resulta de esta comparación?
Una coincidencia asombrosa en las disposiciones fundamentales de los sistemas: en la doctrina del poder, en el principio de autoridad, en el aparato de la dictadura, en la dinámica de la uniformización, en los métodos de violencia. De todo ello se hablará todavía con más detalle.
Aquí solo hay que decir que el escrito de Lenin vuelve a responder a una necesidad política actual, a saber, la necesidad de aclararse —con el fascismo al fondo— sobre la esencia del bolchevismo. A esta aclaración prestó Lenin el servicio más importante. Al creer que aplastaba a los ultraizquierdistas, creyó salvado el pseudosocialismo del bolchevismo. Pero al salvar el pseudosocialismo, fundó el fascismo. Su libro, perdonado por el odio de Hitler, da testimonio contra él.
El partido: ¿cuándo y para qué?
La polémica de Lenin contra la ultraizquierda se concentra en cuatro puntos: partido, sindicatos, Parlamento, compromisos.
Primero, pues, el partido.
Lenin había construido su partido, que originalmente se llamaba socialdemocracia rusa y formaba una sección de la Segunda Internacional, no en Rusia, sino en la emigración, en el extranjero. Desde la escisión de Londres en 1903, el ala bolchevique no era más que una pequeña secta con pocos miembros, los más capaces de los cuales formaban la vanguardia inmediata de Lenin. Las masas bolcheviques ni siquiera existían solo sobre el papel: llevaban únicamente una existencia fantástica en los cálculos revolucionarios de los dirigentes. La vanguardia era formada científicamente, disciplinada con rigor, adiestrada revolucionariamente, controlada constantemente y mantenida conforme mediante una purificación continuada. Así, el pequeño partido era una especie de academia militar de la preparación revolucionaria. Sus principios educativos más importantes eran: autoridad incondicional de los dirigentes, la centralización más estricta, disciplina de hierro, instrucción incesante en la firmeza de convicciones, el celo combativo y el sacrificio de sí, completa absorción de la personalidad en el interés del partido.
Lo que Lenin creó de este modo fue un cuerpo de oficiales, una élite de intelectuales, una cúspide, una vanguardia que, arrojada a la revolución, tenía que arrebatar su dirección y apoderarse del éxito conquistado.
Si este tipo de preparación de la revolución es acertado o erróneo no puede decidirse mediante una reflexión lógico-abstracta. La cuestión solo puede resolverse dialécticamente. Es decir, planteando y respondiendo cuestiones subordinadas: ¿de qué revolución histórica se trata? ¿Qué meta ha de tener la revolución? ¿Se trata de la revolución burguesa o de la proletaria?
El partido de dirigentes y la ideología de dirigentes de Lenin eran acertados en Rusia, donde se trataba de la retrasada revolución burguesa. Allí el partido tenía la tarea histórica de derribar el sistema feudal del zarismo y crear la sociedad burguesa. Cuanto más rigurosamente concentrada esté en esta revolución la voluntad del partido dirigente, cuanto más consciente y certero sea su golpe en la conquista y configuración del poder, tanto más exitoso es el proceso de formación del Estado burgués, tanto más prometedora la posición de la clase proletaria en el nuevo orden estatal.
Pero lo que vale para una revolución burguesa como solución feliz del problema revolucionario no puede valer al mismo tiempo también para la revolución proletaria como tal. Ya solo porque ambas tienen tareas distintas, tienen que contar con condiciones y medios distintos, persiguen metas distintas.
Según el método revolucionario de Lenin, los dirigentes forman la cabeza de las masas. Encarnan la formación revolucionaria completada, el intelecto como elemento director, la superioridad espiritual en la comprensión de la situación y en el mando sobre las fuerzas de combate disponibles. Son los especialistas diplomados de la revolución, los estrategas profesionales, los generales de la batalla.
Ahora bien, la separación entre cabeza y cuerpo, espíritu y masa, oficial y tropa corresponde al dualismo de la sociedad de clases, al característico arriba y abajo del orden burgués. Una clase o capa arriba, educada, preparada, destinada para dominar. Y otra clase o capa abajo, pensada de antemano como séquito, obligada a obedecer, sometida a una voluntad ajena. De este viejo esquema de clases ha nacido la idea de partido de Lenin. Su partido es una copia reducida de la realidad burguesa y de sus leyes de existencia.
Quien quiere un orden burgués encuentra en la separación entre dirigente y masa, vanguardia y proletariado, el presupuesto y la preparación de la revolución acertados, correspondientes a la tarea y a la meta. Y tiene tanto mejores posibilidades para su acción cuanto más inteligente, formada y superior es la dirección y cuanto más dócil y obedientemente se subordinan las masas a las reflexiones y las instrucciones de los dirigentes. Lenin quería la revolución burguesa en Rusia; por tanto, su vanguardia como partido estaba en su lugar. Cuando, ciertamente, la revolución cambió de carácter y se desarrolló en revolución proletaria, pero Lenin no cambió su método revolucionario sino que lo mantuvo, sus artes estratégicas y tácticas empezaron a fallar. Si al final venció, no se lo debió a su vanguardia, sino al movimiento de los consejos, que procedía del campo de los mencheviques. Y cuando, tras la victoria, volvió a despedir al movimiento de los consejos, todo el éxito revolucionario recayó imparablemente en la esfera de lo burgués, cuyo último heredero y ejecutor es hoy Stalin. El Estado soviético, anunciado a son de trompetas, se parece hoy a los Estados fascistas hasta confundirse con ellos, y los floreos socialistas y los decorados soviéticos de bluf no cambian en lo más mínimo su verdadera naturaleza.
Hay que tener el valor de decir que Lenin fue un espíritu completamente no dialéctico, del todo incapaz de ver las cosas y los procesos en su conexión histórica y en su condicionamiento dialéctico. Su pensamiento funcionaba de modo absolutamente mecanicista, en leyes rígidas, en carriles estables y normalizados. Para él había un único partido verdaderamente revolucionario: el bolchevique. Una sola revolución verdadera: la rusa. Un solo método revolucionario seguro y exitoso: el leninista. Lo que valía para Rusia tenía que valer también para Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, América, China, Somalilandia y el Indostán. Lo que había sido acertado en la revolución burguesa de Rusia tenía que ser acertado también para la revolución proletaria del mundo entero. En círculos egocéntricos, con una monotonía monomaníaca, se movía la dinámica de una fórmula hallada una vez, sin preocuparse de las diferencias de tiempo y espacio, de material y medio, de grado de desarrollo y altura cultural, de hombres e ideas. Era la dictadura encarnada de la era de la máquina en la política, el técnico y montador de la revolución, el inventor de la uniformización en el ser social, el robot de acero como revolucionario. Por eso le quedó oculto para siempre el profundo sentido revolucionario de un apartamiento de principio de la tradición del partido. Nunca comprendió el secreto de la nueva orientación socialista en el sistema de consejos, que para él nunca fue más que un instrumento ocasional, pero nunca el fondo de anclaje de la concepción socialista en general. Nunca entendió la negación de la violencia, de la coerción, del terror de la dictadura como medio de la liberación humana. Su mundo político constaba siempre de dos hemisferios: autoridad, dirección, violencia de un lado; obediencia, formación de cuadros y subordinación del otro. Dictadura y disciplina son las palabras que con más frecuencia aparecen en sus escritos.
Así se comprende que se encontrara desconcertado y lleno de indignación ante el movimiento ultraizquierdista, que se atrevía a oponerse a su estrategia revolucionaria. Así es posible que nunca viera razones objetivas para su conducta, sino solo insensatez, cortedad, confusión de ideas, estupidez, ligereza, vileza, maldad y bajeza. Así se explica que sus peores y más desenfrenados arrebatos de ira los desencadenara aquella exigencia que para los comunistas de consejos era lo más evidente del mundo: que por fin los proletarios pudieran tomar su propio destino en sus propias manos.
La revolucionarización de los sindicatos
Tomar el propio destino en las propias manos: esa es en general la palabra clave de todas las cuestiones, el eje de todas las oposiciones entre las concepciones de los bolcheviques y de los ultraizquierdistas.
Como en la cuestión del partido, así también en la cuestión sindical.
Los ultraizquierdistas opinaban que los obreros revolucionarios ya no tenían nada que hacer en sindicatos reaccionarios. Su tarea era desarrollar una forma propia de agrupación combativa, que debía surgir de su colaboración en la empresa. Así abogaron por la organización de empresa, que debía constituir el fundamento de la organización de consejos.
Lenin se enfureció tanto con esta exigencia que, entre reproches y arrebatos de ira, literalmente se desgañitó. Viejos combatientes, experimentados y probados, fueron reprendidos por él como si él fuera un sargento y ellos reclutas en el patio de un cuartel alemán. Naturalmente, creía tener objetivamente razón. Y la tenía, pero solo en el sentido en que la policía del orden burgués tiene razón frente al movimiento obrero que se comporta contra las ordenanzas de policía al exigir un orden propio, distinto.
Cuanto más fuertes eran sus gritos y más potente su voz, tanto más débiles eran sus argumentos y más insostenible su propio punto de vista. Para demostrar que la posición de los ultraizquierdistas era falsa y contrarrevolucionaria, solo podía salir una y otra vez con las experiencias de los bolcheviques en Rusia. Pero los holandeses no eran rusos y los alemanes tenían que vérselas con la revolución alemana. Por eso pudieron rechazar con razón la arrogancia no dialéctica que quería prescribir dictatorialmente a todo el universo experiencias específicas de una época determinada en un país determinado y en circunstancias determinadas como sabiduría única salvadora y de validez universal. Y pudieron pasar por alto con una sonrisa una presunción que llevaba la autarquía intelectual hasta el punto de reconocer valor histórico y revolucionario solo a lo que había crecido en su estercolero, se había amasado en su artesa y cocido en su horno.
Que los sindicatos tienen por lo general, al comienzo del movimiento obrero, una gran importancia para la lucha de clases y pueden convertirse en sólidos puntos de apoyo de la emancipación proletaria forma parte del abecé de la experiencia socialista. Por eso no hacía falta que Lenin se lo comunicara al mundo atento como el más reciente descubrimiento. Además, eso no era más que media verdad. Quien no se conformaba con las experiencias de la secta bolchevique y de la Rusia atrasada sabía algo más. A saber, que los sindicatos, que al comienzo de su carrera son vehículos del progreso y motores del desarrollo, suelen convertirse al final por lo general en frenos del desarrollo y agencias de la reacción. ¿No había señalado el propio Lenin el «hecho indiscutible» de que con el tiempo se había formado una capa «de aristocracia obrera solo sindicalista, estrecha de miras, vanidosa, anquilosada, egoísta, pequeñoburguesa, de ánimo imperialista y sobornada por el imperialismo, desmoralizada»? ¡Pues bien! Precisamente este gremio de la corrupción, esta dirección de gánsteres, domina el movimiento sindical. Sobre todo durante la revolución alemana practicó a costa de las masas su piratería moderna. De ella se trata cuando los ultraizquierdistas exigían que los obreros no tuvieran ya comunidad alguna con ella.
Lenin no quería comprender en absoluto de qué se trataba. Oponía a los viejos sindicatos con sus vicios los jóvenes sindicatos de Rusia con sus virtudes. Allí había mucho que andaba mal —opinaba—, pero aquí todo iba bien. Por tanto, había que atenerse a lo bueno. Es decir: para seguir siendo casta, no hay que perder la virginidad. ¡Una receta excelente! ¿Es esto todavía solo falta de pensamiento dialéctico, o empieza ya aquí el escamoteo?
Atenerse a lo bueno era para Lenin lo mismo que permanecer en los sindicatos. Pues hay que trabajar —según Lenin— allí donde están las masas. Pero ¿dónde están las masas? ¿En las oficinas sindicales? ¿En los círculos de los bonzos? ¿En las sesiones secretas del Consejo General con los capitalistas a puerta cerrada? ¿En los bancos, donde los leaders cobran sus cheques por los servicios prestados? ¿O siquiera en las asambleas ordinarias de afiliados? En ninguna parte, en ninguno de estos lugares están las masas.
Se las encuentra única y exclusivamente, todas y sin excepción, en sus empresas, en sus centros de producción, en sus plantillas, en sus oficinas y en sus puestos de trabajo.
Ahí está en realidad el lugar donde hay que trabajar. La lucha no es un asunto fuera de la fábrica, de la relación laboral, no es un deber para después del trabajo ni un deporte de domingo, sino una cosa idéntica al trabajo asalariado, a la relación laboral, al destino social del obrero. Ser esclavo del trabajo y librar la lucha de clases son una sola cosa en la idea y deben llegar a ser también una unidad en la práctica.
¿Dónde, pues, hay que jugar la carta magna de las reivindicaciones proletarias? De ningún modo en oficinas sindicales con manifiestos de lucha, en cervecerías con resoluciones de protesta, en calles y parques con mítines, ante las puertas de las fábricas con huelgas. Sino en las empresas mismas, con la organización de empresa construida sobre la base del sistema de consejos. Construida por el propio capitalista, cuya organización del trabajo, en manos de los obreros y según su voluntad consciente, se convierte automáticamente en organización de lucha.
En esta organización de empresa no hay dirigentes profesionales, no hay separación entre dirigente y masa, no hay jerarquía entre inteligencia y trabajo, cabeza y mano, no hay terreno para el egoísmo, el parasitismo, la desmoralización y la corrupción, la presunción de superioridad, el anquilosamiento y el aburguesamiento. Aquí cada uno, por ser compañero de trabajo, es al mismo tiempo compañero de lucha del otro, siempre en contacto mutuo, en el estímulo recíproco del celo combativo, bajo control general y en la conciencia siempre viva de la responsabilidad.
Aquí los obreros tienen realmente su destino en sus propias manos.
Pero Lenin no quería saber nada de esta solución de la cuestión sindical. Su solución consistía únicamente en querer reformar o revolucionar los sindicatos desde dentro. ¿Y cómo había de ocurrir eso? Sencillamente, haciendo que en el futuro el lugar de los bonzos socialdemócratas lo ocuparan bonzos bolcheviques. ¡El huevo de Colón!
Lenin permaneció fiel en todas las circunstancias a su ingenua creencia de que hay una burocracia mala y una buena. La mala crece en suelo socialdemócrata; la buena, en el suelo del bolchevismo. Es una ley natural, casi una predestinación metafísica.
Una experiencia de veinte años con la política sindical bolchevique ha revelado entretanto en la práctica la necedad y lo ridículo de esta creencia. De acuerdo con la directiva de Lenin, los comunistas lo pusieron todo en llevar a cabo la revolucionarización de los sindicatos. ¿Con qué éxito? La revolucionarización de los sindicatos fracasó por completo. El intento de fundar sindicatos propios fue un solo y gran fiasco. Pues la emulación revolucionaria entre dirigentes socialdemócratas y bolcheviques resultó ser en la práctica una emulación en la corrupción.
Así, las valiosas energías de lucha de la clase obrera, en lugar de lanzarlas contra el imperialismo y el fascismo, se desperdiciaron durante veinte años en experimentos sin sentido ni perspectivas. Así, la confianza de las masas en su propia capacidad fue sistemáticamente retenida de ponerse a prueba, extraviada en su ejercicio, desalentada por actos fallidos, estafada en sus éxitos.
Ya en 1918 Rosa Luxemburg se quejó amargamente de que «el mayor fondo moral que la clase obrera haya reunido nunca» fuera «sacrificado inútilmente y de manera irrecuperable» por los bolcheviques. Hoy esta queja está mil veces más justificada.
Pero no solo eso. El bolchevismo, con sus métodos, ha trabajado también directamente a favor del fascismo. Dictar, dirigir, controlar y corregir cada paso de las masas, impedir y sabotear todo despertar de la independencia, defraudar, debilitar y disuadir de nuevos intentos todo atisbo de confianza en sí mismas mediante fracasos provocados artificialmente: ese es el camino recto que condujo al sometimiento, al final sin resistencia, al poder del fascismo.
La victoria del fascismo pudo ser tan fácil porque los dirigentes obreros de los sindicatos y de los partidos le habían dejado ya el material humano tan adiestrado, tan corrompido y tan castrado que se convirtió en presa dócil del sojuzgamiento por cuya escuela había pasado durante decenios.
Entre los culpables, Lenin debe ser nombrado como uno de los más culpables.
El parlamentarismo
En la cuestión del parlamentarismo se repite como un cliché el papel de Lenin como defensor y conservador de una institución política caduca, que se ha convertido en freno del desarrollo político y en peligro para la emancipación revolucionaria de las masas proletarias.
Y una y otra vez se ve empujado a este papel por la circunstancia de que se refiere a otra revolución que sus interlocutores y de que se niega a toda costa a reconocer que para la revolución burguesa rigen leyes distintas que para la proletaria.
Por eso, mientras los ultraizquierdistas defendían la renuncia al parlamentarismo en todas sus formas, la negativa a participar en las elecciones parlamentarias y a reconocer las resoluciones parlamentarias, Lenin abogaba con celo combativo por la participación en el parlamentarismo, en las elecciones y en las acciones parlamentarias.
Los ultraizquierdistas declararon históricamente superado el parlamentarismo. Había perdido hacía tiempo su valor como tribuna de agitación, constituía un peligroso foco de corrupción para dirigentes y masas, en el mejor de los casos adormecía la conciencia política y revolucionaria con la ilusión de reformas legales y, en los casos peores, constituía el centro y el órgano principal de la contrarrevolución. Por eso tenía que ser destruido o, mientras esto no fuera todavía posible, saboteado y negado, para quitarle en la conciencia de las masas su significación tradicional, que era una herencia de un pasado burgués mejor.
Frente a ello, Lenin, para encontrar un apoyo para su opinión contraria, se refugió en el truco de distinguir entre estar superado históricamente y estar superado políticamente.
El parlamentarismo, así argumentaba, está históricamente superado; por eso hay que rechazarlo por principio. Pero todavía no está políticamente superado; por eso hay que contar prácticamente con él, participando en él, es decir, votando, entrando en el Parlamento, reconociendo las acciones parlamentarias. Qué giro genial, que permite dar a casi cualquier cuestión el doble rostro de una ambigüedad astuta.
Ahí está el capitalismo, históricamente superado, ciertamente, pero aún no políticamente. ¡Así que hagamos un compromiso con él! ¡Practiquemos el oportunismo! Combatirlo revolucionariamente, o incluso querer abolirlo, sería absurdo y desacertado mientras no esté aún políticamente superado.
Ahí está la monarquía, históricamente superada, ciertamente, pero aún no políticamente. Mientras sea así, el proletariado no tiene derecho a destronarla. Puede discutir con ella, votar sobre su derecho a existir, adoptar resoluciones por mayoría, exigir teóricamente la república. ¡Pero nada más! Quizá pueda incluso pactar con la monarquía y darle preferencia sobre la república. Lenin estaría de acuerdo.
Ahí está la Iglesia, históricamente superada, ciertamente, pero aún no políticamente. Pues las masas —y este es para Lenin un criterio importante— todavía le pertenecen en su gran mayoría. Por tanto, es deber revolucionario dejarla hacer y participar. Que los librepensadores y los ateos la combatan: obran neciamente y de manera no revolucionaria. El auténtico revolucionario se pone su devocionario bajo el brazo y va a misa mientras la Iglesia no esté aún políticamente superada.
Entretanto, el capitalismo, con el apoyo de la monarquía y de la Iglesia, puede aumentar el sojuzgamiento de las masas hasta tal punto que se les acabe el aliento revolucionario y se desvanezcan todos los apetitos republicanos y ateos. El proletariado no tiene más que esperar a que el capitalismo, la monarquía y la Iglesia estén políticamente superados. En qué consiste esta superación política y cómo se produce es el secreto de Lenin.
Los ultraizquierdistas creen que a la serpiente hay que cortarle la cabeza dondequiera que uno se la encuentre. Lenin, en cambio, manda dejarla vivir, hacer política con ella y jugar al Parlamento hasta que haya ganado tanta fuerza y valor que su mordedura venenosa cause la muerte de su ingenuo enemigo.
Una y otra vez tropezamos con la penosa observación de que Lenin es incapaz de mantener separadas la revolución burguesa y la proletaria como dos categorías históricamente del todo distintas. Invoca las «experiencias de toda una serie, si no de todas las revoluciones», que le demuestran «que en tiempos revolucionarios es especialmente útil combinar las acciones de masas fuera del Parlamento reaccionario con la actividad de una oposición dentro de ese Parlamento que simpatice con la revolución (o, mejor aún, que apoye directamente la revolución)». Pero ¿qué revoluciones son esas que le proporcionan a Lenin su prueba? Todas ellas revoluciones burguesas. En ellas es evidente que los grupos o fracciones de la oposición apoyen las acciones de la calle o las hagan suyas. Pues el Parlamento y los partidos —¡véanse Inglaterra y Francia como ejemplos clásicos!— son los centros de acción y los instrumentos principales de esta revolución. Muy distinto es, en cambio, en la revolución proletaria, a la que se refiere la exigencia de los ultraizquierdistas. Aquí el Parlamento ya no es escenario, ni arena de lucha, ni centro de acción. Ya no es más que un trasto viejo y podrido que hay que echar al fuego.
Lenin no consigue liberarse de la superstición de que en las épocas revolucionarias se trata también de obtener grandes victorias en las elecciones parlamentarias y de formar luego en el Parlamento fracciones fuertes y de buenos pulmones. Sigue viendo un éxito en haber reunido, con todos los trucos y maniobras, una mayoría detrás de una moción en las votaciones. ¡Qué concepción y qué conformismo pequeñoburgueses!
La clase burguesa, a pesar de todas las victorias electorales, la fuerza de las fracciones y los éxitos en las votaciones de la izquierda, sigue teniendo medios y caminos de sobra para hacer valer la voluntad de la reacción fuera del Parlamento, sin tiradas oratorias ni magia teatral de bastidores, sin consultar a los diputados y sin consideración por los resultados de las votaciones. En tiempos revolucionarios, toda victoria parlamentaria ha dejado de ser una victoria, ni siquiera una acción. Con todo, el hecho de la existencia del Parlamento basta, también en situaciones revolucionarias, a una gran mayoría de la población como símbolo de que el papel de la burguesía aún no ha terminado y de que su causa aún no está del todo perdida. Este estímulo es decisivo para la psique de las masas, para la reacción anímica de la opinión pública. Pues, en último término, casi todo el mundo sabe que detrás del Parlamento, como armas más fuertes para cualquier eventualidad, están los cañones. Solo Lenin parece haberlo olvidado.
Incluso vive todavía en un mundo de representaciones que le permite la ilusión de ver en el Parlamento una escuela de dirigentes que los forma, los pone a prueba y los educa para el trabajo revolucionario. Solo tiene presente el Parlamento de los primeros tiempos burgueses y la actividad revolucionaria de los parlamentarios burgueses. Pero el Parlamento de la época de decadencia burguesa es un pantano de corrupción, un foco de peste del que se eleva sin cesar el vaho del aburguesamiento, de la degeneración, de la desmoralización, de la desgana revolucionaria y de la hostilidad a la revolución. Y la infección que parte de él es un gran peligro, si no directamente para las masas, sí indirectamente por la vía de los dirigentes sobornados, corrompidos, intimidados, preocupados por sus prebendas. Hubo, por ejemplo, en Alemania una época en que la reacción podía imponer en el Reichstag cualquier resolución con la amenaza de que, en caso de negativa, se disolvería el Parlamento. Ante esta disolución y la consiguiente pérdida de las dietas temblaban los comunistas con el mismo miedo cerval que los socialdemócratas, de modo que decían sí y amén a todo sin el menor freno. Aquí el asalto a la Bastilla parlamentaria habría sido el comienzo de una verdadera liberación de las masas del sistema de un envenenamiento moral permanente. Y solo la eliminación completa de esta cloaca habría podido traer todavía la salvación. Pero eso habría ido contra el reglamento revolucionario de Lenin.
A Lenin no le importaba la redención de los hombres de la esclavitud de su intelecto, del envenenamiento de su voluntad, de la confusión de su conciencia. Para él, la transformación espiritual y anímica del hombre, su liberación del mundo del autoextrañamiento y de los abismos de su inhumanidad, no era la tarea propia, verdadera y profunda de la revolución. Calculaba como un burgués con más y menos, debe y haber, ganancia y pérdida. Y en todas estas operaciones de cálculo mercantiles se representaba siempre cosas exteriores, concretas: cifras de afiliados, votos, escaños parlamentarios, éxitos en las votaciones, trofeos de victoria. El burgués calculador como hombre de negocios político, como especulador revolucionario.
Este rasgo de su ser se manifiesta con especial claridad cuando se examina su posición ante la cuestión del parlamentarismo en Rusia.
En Alemania el Parlamento —en opinión de Lenin— aún no estaba políticamente superado. Pero ¿qué pasaba en Rusia? ¿Estaba allí ya superado para las masas, que apenas se hallaban en el atrio de la época capitalista-burguesa? No, dice Lenin, «en septiembre-noviembre de 1917 participamos en las elecciones al Parlamento burgués, a la Constituyente». Eso es cierto; más aún: los bolcheviques exigieron también impetuosamente la convocatoria de la Asamblea Constituyente e incluso elaboraron una ley electoral propia. Así pues, en todos los aspectos, una profesión de fe en el parlamentarismo. Pero cuando la Constituyente estuvo efectivamente elegida, ¿qué sucedió? Fue dispersada por los mismos bolcheviques. ¿Y por qué? Porque entretanto se había producido un giro a la izquierda de las masas, de modo que su composición ya no correspondía a la nueva situación. Los bolcheviques, pues, habían especulado mal con su participación electoral. El experimento había salido torcido. Así que, para salvar su posición, hicieron pedazos el Parlamento. Hicieron exactamente lo que los ultraizquierdistas querían también en Alemania.
En Alemania —según Lenin— el Parlamento aún no estaba políticamente superado. Por tanto, también para los revolucionarios tenía que mantenerse. En Rusia, en cambio, en una sola noche, de ayer a hoy, se había vuelto maduro para la abolición. Lo que en una clase obrera políticamente muy desarrollada y formada, en su mayoría industrial, era una estupidez, un error y un crimen, era en los campesinos y proletarios del campo, analfabetos en un 80 %, atrofiados por el feudalismo y políticamente ignorantes, una hazaña históricamente acertada y revolucionariamente gloriosa. ¡Qué milagro!
Si la Constituyente ya no coincidía en su estructura con la estructura política de la población, lo natural habría sido convocar nuevas elecciones y hacer elegir una nueva Constituyente. Al menos esto habría sido lógico en el sentido de la concepción leninista del derecho histórico a la existencia del parlamentarismo. ¡Pero nada de eso! La Constituyente fue suprimida inmediatamente, por entero y de una vez para siempre. Pues un Estado soviético —según Lenin— ya no necesitaba parlamentarismo.
Pero ¿era Rusia en noviembre de 1917 un Estado soviético? En el mejor de los casos tenía la intención de llegar a serlo. Como resultó, esta intención había nacido de la audaz, por no decir temeraria, exaltación de una pequeña camarilla de dirigentes que, para llegar al poder, había especulado con suerte con los sóviets. En realidad, el sistema soviético nunca se manifestó, salvo como fiasco, como fracaso político. Así, el Estado soviético que se quería se convirtió en el Estado de partido efectivo, en el Estado de los burócratas. En un Estado que, por su esencia en el fondo burguesa, necesitaba necesariamente un Parlamento.
Los detentadores rusos del poder, cuando el sistema soviético resultó inaplicable, habrían tenido que pasar al sistema parlamentario. Entonces habrían hecho justicia a la necesidad orgánica de la evolución histórica. Sin duda esto habría sido una concesión al principio burgués. Pero ¿no estaba también el camino del desarrollo económico y social en Rusia empedrado de innumerables concesiones a lo burgués? ¿Y no habría sido la profesión abierta del parlamentarismo más sincera y más decente que la mentira del Estado soviético? No, fue la respuesta de Rusia. Estamos por el mantenimiento del parlamentarismo en Alemania, aunque está maduro para la abolición, y por su abolición en Rusia, aunque es histórica y prácticamente necesario. Estamos por la instauración del sistema de consejos en Rusia, aunque aquí le faltan todos los presupuestos de existencia y todas las posibilidades de funcionamiento, y por impedirlo en Alemania, aunque allí el sistema de partidos y parlamentario había llegado al final de su época y apremiaba su sustitución. ¡Qué maraña de confusiones y contradicciones!
Toda la palabrería de Lenin sobre la dialéctica no era más que la compensación de su carencia más profunda. Era —también en la cuestión del parlamentarismo— absolutamente incapaz de pensar y actuar dialécticamente. El Parlamento era para él el Parlamento. En el espacio vacío, un concepto abstracto, siempre igual en todos los pueblos, en todas las zonas, en todos los tiempos. Ciertamente sabe que el parlamentarismo pasa por muchos estadios de desarrollo. En su escrito él mismo señala la variabilidad del concepto de Parlamento y la diversidad de sus formas concretas de manifestación. Pero saber no es poder. Por eso no hace en su estrategia y su táctica revolucionarias uso alguno de la dialéctica. Y en la polémica opone siempre el Parlamento joven de la época del auge burgués al Parlamento viejo de la época de la decadencia burguesa. Por eso en él el Parlamento es un factor progresivo de la revolución, mientras que en los viejos países capitalistas —y con ello en la política de los ultraizquierdistas— es un elemento retardatario que la revolución proletaria tiene que eliminar lo antes posible o, al menos, negar y sabotear. En lugar de ser una escuela y un campo de instrucción para dirigentes revolucionarios —como cree Lenin—, es, con su política social predominante, un nido de oportunismo y reformismo, una cámara oscura de la degeneración y la corrupción. En todos los partidos y sindicatos, en todas las revoluciones, la ola de la parálisis combativa, de los compromisos, de la renegación y de la traición parte de los parlamentarios, de los titulares de mandatos, de los poseedores de prebendas, de los dignatarios, de los advenedizos y de los parásitos del movimiento obrero.
Lenin quería que dirigentes ambiciosos y adiestrados para el éxito hicieran conquistas revolucionarias incluso en el pantano, en las zonas de peste, sin tener en cuenta las víctimas con que hay que pagarlas.
Los ultraizquierdistas, en cambio, querían que los pantanos se desecaran a tiempo, para que los hombres, sanos, libres de toda la tiña y la lepra del pasado, pudieran entrar como hombres nuevos en un tiempo nuevo.
La política de compromiso
Los socialdemócratas alemanes habían traicionado vergonzosamente en la Guerra Mundial la causa del movimiento obrero. Luego, contra su voluntad, se habían convertido en herederos de la revolución alemana. Pero ni comprendían el sentido de esta revolución ni aprobaban sus metas. Su esencia profundamente burguesa, que en las horas decisivas se había liberado de sus disfraces demagógicos, los empujó de nuevo al camino oportunista. Era el camino de la paz civil, del entendimiento de clase a clase, del frente popular con demócratas y clericales. La línea divisoria entre proletariado y burguesía se trasladó al interior de la propia clase burguesa, entre pequeña y gran burguesía. El proletariado ya no tenía una representación propiamente dicha. La lucha de clases ya solo se libraba en combates aparentes; estaba prácticamente liquidada. Contra esta nueva y abierta traición protestaron los ultraizquierdistas con la exigencia: ¡Ningún compromiso con la contrarrevolución! ¡De vuelta a la línea clara de la lucha de clases!
Se trataba, pues, de un caso del todo concreto, de una toma de posición política ante una cuestión determinada en un momento determinado y en unas circunstancias determinadas que en Alemania apremiaban una decisión. No de un programa para la eternidad, para el universo, para la historia de todas las revoluciones futuras. No, sencillamente de la actitud de la vanguardia revolucionaria de la clase obrera alemana en 1919 frente a la política socialdemócrata de compromiso. El asunto era un verdadero caso escolar dialéctico.
Pero Lenin, incapaz de reconocerlo como tal, elevó la cuestión, que solo podía responderse dialécticamente, a cuestión general e hizo de la exigencia, que solo podía tratarse dialécticamente, una exigencia cardinal abstracta.
Fiel a su viejo método polémico, opuso al problema de la revolución proletaria en Alemania, como correctivo, las experiencias de la revolución burguesa en Rusia.
Así escribió: «Los socialdemócratas revolucionarios rusos recurrieron repetidas veces, hasta el derrocamiento del zarismo, a los servicios de los liberales burgueses, es decir, concertaron con ellos una multitud de compromisos prácticos... pero supieron al mismo tiempo librar una lucha ideológica y política incesante y despiadada contra el liberalismo burgués y contra las menores manifestaciones de su influencia dentro del movimiento obrero. Los bolcheviques se han mantenido siempre fieles a esta política».
Así pues: en la lucha contra el zarismo, socialistas y liberales iban más o menos de la mano. Pues ambos querían el derrocamiento del zarismo. Es una evidencia táctica. Pero ¿qué tiene eso que ver con la exigencia de los ultraizquierdistas en Alemania? ¿Querían acaso los demócratas y los clericales también el derrocamiento del capitalismo? Ni siquiera la socialdemocracia lo quería. ¿Y debían los ultraizquierdistas, que, a diferencia de ellos, querían el derrocamiento del capitalismo, aprobar y apoyar el compromiso de los tres partidos contrarrevolucionarios? ¿Solo porque para los bolcheviques, en condiciones completamente distintas y en situaciones completamente distintas, habían sido posibles compromisos ocasionales con liberales? Esta pretensión es realmente demasiado estúpida como para que merezca aún una palabra de refutación.
No andan mejor los demás argumentos de Lenin. «Después de la primera revolución socialista del proletariado», escribe, «después del derrocamiento de la burguesía en un país, el proletariado de ese país sigue siendo durante largo tiempo más débil que la burguesía, ya solo por los inmensos vínculos internacionales de la burguesía, pero luego también por la restauración y reanimación elemental y constante del capitalismo y de la burguesía por obra de los pequeños productores de mercancías del país que ha derrocado a la burguesía. A un adversario más poderoso solo se lo puede vencer con la máxima tensión de las fuerzas y solo si se aprovecha incondicionalmente, del modo más diligente, cuidadoso, prudente y hábil, tanto cada grieta, aun la más pequeña, entre los enemigos, cada oposición de intereses entre la burguesía de los distintos países, entre los distintos grupos o capas de la burguesía dentro de cada país, como cada posibilidad, aun la más pequeña, de ganar un aliado entre las masas, aunque sea un aliado temporal, vacilante, inseguro, poco fiable, condicional. Quien no ha comprendido esto no ha comprendido ni una pizca del marxismo ni del socialismo científico moderno en general».
Lenin trata aquí de la táctica del compromiso después de la victoria de la revolución. Tiene a la vista un partido victorioso que quería la revolución, luchó por ella y lo puso todo para conseguir la victoria. Así pudo haber sido en Rusia. Pero en Alemania era completamente distinto.
En Alemania la socialdemocracia fue desde el principio adversaria de la revolución. Se le opuso con todos los medios, la frenó donde pudo, lanzó contra ella la soldadesca burguesa y la ahogó en sangre. La socialdemocracia fue en cada minuto aliada, cómplice y compinche de la contrarrevolución. Y coronó su actitud hostil a la revolución con una alianza con partidos burgueses de la reacción para gobernar junto con ellos en provecho y beneficio de la contrarrevolución.
Quien entienda aunque solo sea una pizca de marxismo comprenderá que la aprobación de semejante compromiso encierra la aprobación de la traición socialdemócrata. Y que toda defensa de semejante compromiso desemboca en el apoyo a la contrarrevolución. Esta consecuencia y este efecto habría tenido entonces en Alemania la fórmula de compromiso de Lenin. Por eso la rechazaron los ultraizquierdistas. Por eso gritaron a los independientes, a los comunistas, a las masas revolucionarias: ¡Fuera las manos de los compromisos! ¡No hay en Alemania partidos con los que podáis aliaros en el sentido de la revolución! Su consigna era la única que hacía justicia al mandato de la revolución en esa situación.
Así, la polémica de Lenin se disuelve en puro humo. Sus insultos y sus bramidos no tienen relación alguna con la realidad. Arremete contra adversarios políticos que solo existen en sus alucinaciones. Se pone en ridículo con una lucha contra molinos de viento.
En la medida en que los compromisos son necesarios para hacer avanzar la revolución, tampoco los ultraizquierdistas tienen nada que objetar. Pero combaten los compromisos con contrarrevolucionarios que se concluyen para impedir la revolución, combatirla o estafarla en su victoria. Así estaban las cosas en Alemania en 1919. Ellos estaban con ambos pies en el terreno de la revolución. Lenin, en cambio, estaba al otro lado de la barricada.
Si hoy se vuelve a leer el capítulo del escrito de Lenin sobre los compromisos y se comparan las efusiones polémicas de Lenin con los resultados posteriores de la política leninista de compromiso de Stalin, no se encuentra ningún pecado mortal de la estrategia bolchevique que no se haya convertido bajo Stalin en práctica bolchevique.
Ahí está el Tratado de Versalles, a cuya firma, en opinión de Lenin, habrían debido sumarse los ultraizquierdistas, mientras que más tarde los vasallos de Stalin protestaron ruidosa y combativamente contra la firma al lado de las guardias de Hitler.
Ahí está el nacionalbolchevismo de Laufenberg y Wolffheim, según Lenin un «absurdo que clama al cielo», mientras que más tarde Radek, con la bendición de Stalin, celebró como héroe nacional al espía nazi Schlageter y el nacionalbolchevismo celebró verdaderas orgías en la política rusa.7
Ahí está la Sociedad de Naciones, según Lenin una sociedad de rapiña de explotadores y bandidos con la que el proletariado no debía tener comunidad alguna, mientras que más tarde Stalin, conforme a la táctica de compromiso de Lenin, pidió asiento y voto en esta honorable sociedad y se encontró a gusto en ella hasta su expulsión.
Ahí está la categoría de pueblo, según Lenin una concesión culpable a la ideología contrarrevolucionaria de la burguesía, mientras que más tarde un Dimitrov, por orden de Stalin, montó una política de compromiso de pura cepa en la forma del movimiento del Frente Popular.
Ahí está... pero ¿para qué más ejemplos y contraejemplos de las confusiones y extravíos, contradicciones e incomprensibilidades, consecuencias reaccionarias y derrotas a que ha conducido la desdichada política de compromiso de Lenin? Su final fue en todas partes: fiasco, ridículo, pérdida del prestigio revolucionario, deserción de las masas, completa catástrofe política.
No solo la historia rusa, sino también la alemana ha dado plenamente la razón a los ultraizquierdistas. Allí con Stalin, aquí con Hitler. Y la historia ha hecho de la exigencia práctica, condicionada por su tiempo, de los ultraizquierdistas de entonces una exigencia política de principio para los revolucionarios de hoy. Todo compromiso entre revolucionarios y contrarrevolucionarios debilita, según todas las experiencias históricas, en el curso de la revolución proletaria, no a los contrarrevolucionarios, sino a los revolucionarios.
Pero todo debilitamiento de la revolución por un compromiso termina forzosamente en el derrumbe prematuro o en la bancarrota final del movimiento revolucionario.
Toda política de compromiso en la revolución proletaria conduce, por tanto, a la derrota inevitable.
Lo que la socialdemocracia alemana empezó como compromiso terminó en el fascismo. Lo que Lenin empezó con su teoría del compromiso terminó prácticamente en el estalinismo.
Aquí como allí, contrarrevolución. Compromiso y contrarrevolución son hoy principio y fin de un sinónimo político.
Lenin disparó con cañones de grueso calibre contra los ultraizquierdistas.
Hoy sus disparos alcanzan a la socialdemocracia alemana, al estalinismo, al partido bolchevique en el mundo entero.
Y su último disparo alcanza al propio Lenin.
La política exterior bolchevique
Nada podría ilustrar con más fuerza probatoria este hecho, demoledor para el bolchevismo, que la política exterior rusa posrevolucionaria, cuyo camino está empedrado de compromisos de principio a fin.
Como casi siempre en los bolcheviques, también aquí el punto de partida teórico era acertado, pero la práctica fue la negación de la teoría.
En la primera Guerra Mundial, Lenin formuló el programa bolchevique contra la guerra y de revolución con los siguientes puntos de vista principales: la Guerra Mundial es una guerra imperialista. Solo puede terminarse mediante la revolución antiimperialista en todos los países. En Rusia hay que derribar el zarismo mediante una revolución burguesa radical de los obreros y los campesinos. Esta revolución puede desencadenar la revolución mundial. Para ello es necesario que en Europa el proletariado llegue a la revolución social y la masa campesina de Asia a una revolución nacional-burguesa. El proletariado industrial del mundo tiene que colaborar con las naciones oprimidas en la lucha por la liberación.
Este programa encontró su primera plasmación práctica en 1917, en la lucha contra Kerenski, en las siguientes reivindicaciones: ninguna paz por separado con Alemania, terminación revolucionaria de la guerra en todos los frentes, lucha contra todas las anexiones, derecho de autodeterminación de todos los pueblos hasta la separación de Rusia.
Llegados al poder, los bolcheviques elevaron este programa, por decreto del 8 de noviembre de 1917, a programa de paz, para llegar con todos los pueblos beligerantes y sus gobiernos a una «paz justa y democrática» y al «punto de apoyo de la palanca de la revolución mundial».
Pero ya este primer acto de la política exterior bolchevique condujo a una derrota. En primer lugar, no se produjo un movimiento revolucionario de huelga de las armas en todos los frentes. En segundo lugar, la propia Rusia tuvo que concluir con Alemania una paz por separado más dura que lo que fue después el Tratado de Versalles para Alemania. En tercer lugar, la separación de los Estados periféricos de Rusia condujo al aplastamiento del movimiento revolucionario en esos Estados. En cuarto lugar, con ello se creó la zona de despliegue para la invasión contrarrevolucionaria de las potencias imperialistas y para la guerra civil en Rusia. En quinto lugar, no se cumplieron las esperanzas en una revolución mundial. Así pues, un fiasco de política exterior en toda la línea. Pronto siguió un segundo.
El gobierno bolchevique había anulado de inmediato todos los tratados zaristas y se había negado a cumplir todas las obligaciones derivadas de ellos. En consecuencia, rechazó también la devolución a las potencias occidentales de las deudas de guerra zaristas y de Kerenski. Pero como en su negativa no podía apoyarse en ningún poder seguro, se declaró dispuesta en octubre de 1918 y en enero de 1919 a negociar sobre la cuestión de las deudas, y en febrero de 1919 a dar contrapartidas en forma de concesiones a las potencias acreedoras.
En marzo de 1919 se produjo la fundación de la III Internacional. Las potencias mundiales reaccionarias vieron en ello una provocación que las espoleó a una nueva acción hostil. Los bolcheviques respondieron con una propaganda revolucionaria redoblada, pero en la práctica huyeron al oportunismo, que ya habían preparado, por ejemplo, haciendo volver a las masas revolucionarias de Alemania a los viejos partidos, sindicatos y parlamentos. En relación con ello, la política de la Comintern, pensada como una política de impulso revolucionario, se transformó en una política de vacilación, de aplazamiento y finalmente de renuncia. A partir de aquí es abiertamente visible el carácter contrarrevolucionario de la política exterior rusa, que en adelante se mueve por completo en la línea de los compromisos y de las retiradas.
En el interior, este giro fue acompañado por la masacre de Kronstadt, donde la vanguardia de la revolución se rebeló contra la eliminación de los consejos y contra el terror de los detentadores bolcheviques del poder, por las sangrientas matanzas contra el movimiento de Majnó, que quería ayudar a los campesinos a obtener el cumplimiento de las promesas que se les habían hecho, y por el completo hundimiento del comunismo de guerra, que se había puesto en práctica como intento sincero de una economía socialista. A cambio, la política exterior obtuvo éxitos nacionales: el gobierno soviético, que justamente dejaba de serlo, fue reconocido por Estonia, Letonia, Lituania y Finlandia. Lenin proclamó la «alianza directa con los pequeños Estados» y constató satisfecho que «los bolcheviques habían ganado para sí a la burguesía vacilante de los países avanzados», un hermoso autoengaño que necesitaba con urgencia. Pues la lucha revolucionaria se iba hundiendo cada vez más en el sistema del entendimiento, del compromiso, de la incorporación de buen grado al chalaneo diplomático de las potencias burguesas. La revolución palideció hasta convertirse en tradición ideológica. La práctica se encaminó resueltamente hacia una política de alianzas para llegar a una paz con «los enemigos mortales del proletariado». La renuncia a una política mundial revolucionaria inmediata ya no se encubría.
Al haberse elevado, desde el segundo congreso de la III Internacional, la causa de la Rusia soviética a causa de la Internacional, la Comintern se convirtió en el órgano oficial de la política exterior bolchevique. Con ello, la destrucción del impulso revolucionario por la dirección de Moscú pasó de ser un asunto de Rusia a un asunto del mundo entero. A partir de ahora, el empeño de la Comintern se dirige inequívocamente a no dejar surgir y vencer bajo ninguna circunstancia, en ningún país del mundo, un movimiento revolucionario.
En los años siguientes, Rusia tuvo los éxitos diplomáticos ya habituales: pactos de neutralidad y de no agresión con Persia, Afganistán y Turquía, protectorado sobre Mongolia, acuerdos comerciales con Inglaterra, Alemania, Noruega, Austria, Italia y Checoslovaquia, y además los correspondientes reconocimientos estatales. Rusia, que acababa de justificar la anexión violenta de Georgia con su deber revolucionario de bolchevizar el país, prometió solemnemente en todos estos casos «abstenerse de toda propaganda dirigida contra el gobierno, las instituciones estatales u otras instituciones públicas o contra el sistema social de la otra parte contratante y no participar en conflictos políticos y sociales que pudieran surgir en ese Estado». Inglaterra exigió y obtuvo además la promesa especial de «no apoyar ni con medios financieros ni en ninguna otra forma a personas, corporaciones o agencias cuyo fin sea difundir el descontento o instigar sublevaciones en cualquier parte del Imperio británico, incluidos todos los protectorados, Estados protegidos y territorios bajo mandato británico, y de inculcar a todos sus oficiales y funcionarios la observancia completa y permanente de estas condiciones». Así se abjuró de la actividad revolucionaria en favor de relaciones diplomáticas, de honorabilidad burguesa y de reputación política.
Bajo el rumbo a la derecha de esta política exterior, la evolución política de todo el proletariado de Europa occidental se encaminó directamente hacia un oportunismo que ya no se distinguía de la actitud de la socialdemocracia. Ante un tribunal alemán, el jefe del partido comunista Brandler, acusado de alta traición, declaró por esta época que quería realizar la dictadura del proletariado sobre la base de la Constitución de Weimar.
El abandono de los principios revolucionarios dio buen resultado: proporcionó por fin a los políticos soviéticos el acceso anhelado a los círculos de la política internacional de las grandes potencias, con sus conferencias económicas, planes de reconstrucción, inversiones de capital y fines de economía mundial. Rusia fue admitida; ya no se escandalizaban del olor a carroña de su pasado. Y enseguida trató de ganar a las empresas capitalistas para su construcción. Se declaró dispuesta a «abrir voluntariamente sus fronteras a las vías internacionales de tránsito, poner a disposición del cultivo millones de hectáreas de la tierra más fértil, otorgar concesiones forestales, de hulla y de minerales, procurar la cooperación entre la industria y la agricultura de Europa y las de Siberia y dar a los empresarios extranjeros toda clase de garantías y, eventualmente, indemnizaciones». Como con esta oferta no tuvo el éxito deseado, sorprendió al mundo en la conferencia de Génova con un pacto especial con Alemania, el Tratado de Rapallo, con el que entró en la alianza antiversallesca y abrió al capital alemán la puerta de Rusia. Con ello se convirtió en aliado secreto de la política alemana de rearme contra Francia, del movimiento alemán de revancha, de la campaña fascista de liberación. No solo se fabricaron en secreto en Rusia gases tóxicos y aviones para el ejército alemán, sino que se consideró seriamente también una alianza militar entre la Reichswehr y el Ejército Rojo. Rusia se había convertido en socio y cómplice del imperialismo alemán.
Los partidos comunistas de Alemania y Francia se quitaron entonces, por orden de Moscú, todas las máscaras. Alemania fue declarada «país nacionalmente oprimido», el proletariado alemán tenía que prepararse para una «guerra nacional de liberación», contra el Tratado de Versalles se arremetió con fuerza junto con las asociaciones nacionalistas, contra la ocupación del Ruhr por Francia se organizó una «defensa nacional», Radek ensalzó al soplón nazi Schlageter como «héroe nacional», socialdemocracia y comunistas se encontraron en el «frente único» y en gobiernos de coalición, y el nacionalbolchevismo celebró orgías. Si las condiciones para una fraternización entre Hitler y Stalin no se daban todavía entonces, no fue por culpa de Stalin, que entonces todavía se llamaba Lenin.
Cuando fracasaron los propósitos de liberación y de golpe de este curioso nacionalismo, Rusia se replegó a un pacifismo que en adelante no quería ser perturbado ni por acciones bélicas ni por acciones revolucionarias. Llegó la era de los pactos de no agresión, la «fase democrático-pacifista», la política de la «paz verdadera», de la represión sistemática de todo movimiento revolucionario. Los mineros ingleses, privados por el Comité Anglo-Ruso de la ayuda de una huelga general, se desangraron tras nueve meses de lucha como víctimas de este derrotismo traidor. Y la revolución china, tras derrotas terribles que la Comintern había provocado, se hundió cruelmente, siguiendo el ejemplo de la Comuna de París, en las matanzas en masa de Chiang Kai-shek, que hoy es amigo y hermano de Stalin.
La traición valió la pena. Rusia logró por fin acceso a aquellos espectáculos en los que los prestidigitadores, acróbatas y malabaristas de la política burguesa despliegan sus artes de engañar al pueblo. Así fue admitida en las diversas conferencias de desarme de Ginebra, donde desempeñó un papel sumamente ambiguo. Tanto más inequívocamente salió a la luz en lo sucesivo su afán de entrar a toda costa en el negocio imperialista-diplomático. Llegaron los éxitos. Tratados comerciales con Inglaterra e Italia, participación en conferencias agrarias y de exportación, ampliación del negocio ruso alemán fueron el botín principal que se trajeron a casa. El mundo burgués empezó a comprender que también para los revolucionarios rojos convicción y negocio eran dos cosas distintas que no tenían nada que ver entre sí, según se decía. En realidad, ciertamente, la convicción se disolvía en el negocio. Esto se mostró con especial claridad cuando los grandes pedidos hechos a Alemania volvieron a poner en pie a la economía capitalista en bancarrota en plena crisis mundial y la salvaron en el último momento del derrumbe. ¡Primero el negocio, y luego —ni mucho menos todavía— la revolución!
Pactos económicos, pactos de neutralidad, pactos de no agresión, pactos de entendimiento, pactos de comunidad, pactos de reciprocidad, pactos de cooperación: tal fue desde entonces el contenido exclusivo del programa de política exterior. El fascismo rabiaba y tronaba contra el bolchevismo. Las cárceles se llenaban de reos de alta traición y criminales comunistas. Hitler amenazaba con que algún día «haría rodar cabezas». Entretanto, los representantes de Rusia se sentaban a la mesa de negociaciones con los representantes semifascistas o fascistas del todo de Alemania, celebraban banquetes e intercambiaban telegramas de fraternidad.
Esta diplomacia de paz y política de reconciliación con el capitalismo encontró su coronación en el gran pacto económico concluido con Alemania pocos días después de la subida al poder de Hitler y en la adhesión de Rusia a la Sociedad de Naciones. Con ello se había producido la entrada definitiva y oficial en el sanctasanctórum del mundo capitalista.
También al fascismo se le tendió la mano fraterna. Para que Hitler pudiera llevar a cabo su rearme de guerra, Rusia le suministró en cantidades crecientes el mineral de manganeso necesario para la producción de acero de guerra. Las andanadas de insultos de Hitler en Núremberg contra el «gobierno rojo de bandidos» no eran más que maniobras de distracción, mientras que entre bastidores los augures se encontraban sonriendo. Para la plena armonía entre Berlín y Moscú solo faltaba ya una alianza militar y de guerra contra la revolución socialista.
Había de llegar el día en que también esto se convirtiera en verdad histórica.
[…]
[Perspectivas]
[Las consecuencias pueden] esbozarse mediante las siguientes tesis:
La Primera Guerra Mundial asestó en principio el golpe de muerte al capitalismo privado. Pero ni vencedores ni vencidos tomaron conciencia de este hecho. Por eso la burguesía dejó de crear un colectivismo federativo internacional sobre base capitalista-monopolista, y los socialistas dejaron de nacionalizar o socializar la propiedad privada y de transformar en consecuencia la economía y la sociedad.
La crisis mundial puso al descubierto los errores de estas omisiones y puso al capitalismo como sistema ante la decisión: ser o no ser.
De nuevo el proletariado, a consecuencia del atraso ideológico, organizativo, estratégico y táctico de su lucha de clases, no fue capaz de resolver la crisis mediante una revolución.
Entonces el fascismo se lanzó a la brecha para intentar una solución sustitutiva con medios capitalistas modificados en favor de la burguesía.
Sustituyó la producción para las necesidades de consumo, que había dejado de ser rentable, por la producción para las necesidades de armamento y de guerra, y en lugar de las masas civiles de consumidores, debilitadas en su poder adquisitivo, hizo del Estado, con su poder adquisitivo y su solvencia omnipotentes, el único consumidor. La consecuencia fue una coyuntura subvencionada por el Estado en el más alto grado, que además hizo del Estado el que hace los encargos, el proveedor de materias primas, el capitalista inversor, el director de la economía y el que dispone del beneficio del capital. Esta evolución empujó automáticamente a la economía de grandes espacios, a la política de cuotas y de zonas, a la estandarización y a la economía planificada, a la explotación sin límites de productores y consumidores, al ultraimperialismo y, finalmente, a la guerra.
El portador de esta transformación y de esta reestructuración fue el fascismo con el poder ilimitado de disposición sobre el Estado, es decir, con la uniformización, el terror, la dictadura, la dinámica totalitaria, el militarismo y la divinización ideológica del Estado. La burocracia gobierna. Todo se vuelve orden, mandato, dirección, prescripción, control, vigilancia, disciplina. El paro ha desaparecido. La crisis parece resuelta. El yo de la vieja sociedad cede cada vez más ante la comunidad forzosa. La vida privada se encoge. El hombre se convierte en un ser público de rebaño y de máquina. Toda la sociedad está tecnificada, racionalizada, mecanizada, estandarizada, normalizada. También el pensamiento, la mentalidad, la voluntad, la fantasía, la sexualidad, las relaciones con el arte, el deporte y la naturaleza, las diversiones y las metas de los deseos sucumben a la ley de la masificación, que se dirige desde arriba y se vive desde abajo como destino ineludible.
Pero la solución de la crisis es solo aparente. Para ser real, necesita la industria permanente de armamento y de guerra, incluso la guerra misma. «Pero la guerra hace estallar el sistema fascista, pone al descubierto su falsa mecánica, eleva a las masas a portadoras y ejecutoras de la violencia, muestra a la burguesía su expropiación consumada desde hace tiempo, une a todas las víctimas del sistema en la mayoría de los adversarios del sistema. La guerra es el fin del fascismo y con ello el fin de la época capitalista. De ahí, junto al constante armarse para la guerra, al mismo tiempo el constante eludir la guerra. Si se logra eludirla o se llega a un entendimiento, a una paz con los adversarios, la industria de armamento y de guerra cesa. Pero eso significa que la coyuntura termina de inmediato y la crisis está ahí de nuevo. Se revela la solución aparente de la crisis, el fraude del fascismo, su bancarrota como salvador del capitalismo. El monopolismo está ante su derrumbe, condenado a la ruina.
Pero también los demócratas, como adversarios del fascismo, han llegado al final con su sistema. Pues también su capitalismo privado está en bancarrota. También a ellos les queda como única posibilidad de desarrollo ulterior solo el capitalismo de Estado. Y este solo puede mantenerse en el poder con los métodos del fascismo. Pero estos métodos ya han sido reducidos al absurdo por la historia.
Mientras en Alemania se desarrollaba esta evolución y toda Europa está a punto de precipitarse en el caos, en Rusia el bolchevismo, sin propiedad privada ni capitalismo privado, creó mediante un experimento de gran envergadura una economía de Estado que estaba pensada como socialismo, pero terminó como capitalismo de Estado. En Rusia la revolución burguesa había coincidido con la revolución social, circunstancia que indujo a los bolcheviques a la esperanza engañosa de poder crear el socialismo. Pero como en el sistema de partido bolchevique no hay lugar, ni en la realidad rusa posibilidad, para la aplicación del sistema de consejos, y el sistema de consejos es, sin embargo, el único instrumento para la construcción del socialismo, se perdieron de nuevo todas las conquistas de la revolución social. Solo quedó el error trágico y funesto de que los bolcheviques siguieran teniendo su revolución por una revolución social e intentaran derivar de ella las leyes de la revolución social en todo el mundo. Esto se convirtió en fuente de mil errores, malentendidos, fracasos, conflictos y catástrofes, y finalmente en fuente del estalinismo, de la traición al socialismo, del pacto con el fascismo, del imperialismo ruso y de la ruina final de la dominación dictatorial bolchevique, que aún está por venir como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. El bolchevismo, un capitalismo de Estado y una dictadura de burócratas como el fascismo, tendrá y tiene que tener el mismo destino que este.
También las potencias democráticas terminarán en la bancarrota si intentan aprovechar su eventual victoria en la Segunda Guerra Mundial para salvar y eternizar por más tiempo el viejo sistema económico y social liberal. La decisión se tomará en la Segunda Guerra Mundial, bien en favor de un colectivismo federativo tardío sobre base de capitalismo de Estado, es decir, de una fascistización de todo el mundo capitalista, bien en favor de una revolución social que abra el camino al socialismo.
Ciertamente, mientras el movimiento obrero se aferre a sus viejas formas de organización, a sus métodos parlamentarios y de pseudolucha de clases, a sus anacronismos tácticos y estratégicos, se le negará la victoria en la revolución.
Solo cuando pase a poner en la balanza, por medio del sistema de consejos, todo el peso de su gran número, su papel decisivo en el proceso de producción, la emancipación de una dirección aburguesada y la libertad de su propia iniciativa y autodeterminación, llegará a un socialismo «en el que la libertad de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos».8
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), tomada de marxists.org (Marxists' Internet Archive, sección alemana), que procede de la digitalización de kurasje.org de la primera edición del texto: Otto Rühle, Schriften. Perspektiven einer Revolution in hochindustrialisierten Ländern, ed. de Gottfried Mergner, Reinbek bei Hamburg, Rowohlt, enero de 1971, págs. 7-71. El libro, escrito en 1939 en México, quedó inédito en vida de Rühle (m. 1943); esa edición de 1971 es su primera publicación. En vida del autor solo apareció, en inglés, un artículo más breve basado en él, «The Struggle Against Fascism Begins with the Struggle Against Bolshevism», Living Marxism (Chicago), vol. 4, n.º 8, septiembre de 1939; hay traducción francesa del libro, Fascisme brun, fascisme rouge (París, Spartacus, 1975). No se ha podido cotejar con un facsímil de la edición de 1971: el texto es el de la transcripción, sin paginación, corregido solo en errores evidentes de reconocimiento óptico (véase el pie del original); las omisiones marcadas «[...]» y los corchetes («[Ausblick]», «[Die Konsequenzen lassen]») son de esa edición.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados y párrafos y las cursivas de la transcripción (en ella, los títulos de libros y periódicos van en negrita; aquí, en cursiva, con traducción entre corchetes la primera vez). Las citas de Lenin, Trotski, Rosa Luxemburg y otros se traducen del alemán de Rühle, sin recurrir a traducciones españolas existentes. Sowjet se traduce «sóviet» cuando designa la institución rusa y Rat, Räte, «consejo», «consejos» (Rätesystem = sistema de consejos, Rätebewegung = movimiento de los consejos, Rätekommunisten = comunistas de consejos); Betriebsorganisation, «organización de empresa»; Ultralinke, «ultraizquierdistas»; Berufsführertum, «dirigentes profesionales»; Führer, «dirigente», según el glosario del archivo; Gleichschaltung, «uniformización»; Staatskapitalismus, «capitalismo de Estado»; Kriegskommunismus, «comunismo de guerra». Los términos de la psicología individual que Rühle emplea (Geltungsstreben, Geltungstrieb, Machtgefühl) siguen el glosario («afán de notoriedad», «instinto de notoriedad», «sentimiento de poder»); Erhöhungsdrang, «afán de elevarse». Los nombres rusos van en la transcripción española usual (Miliukov, Guchkov, Rodzianko, Frunze, Voroshílov, Kornílov, Yudénich, Majnó); Rühle escribe «Denekin» por Denikin. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Alusión a Friedrich Ebert, que el 7 de noviembre de 1918 dijo al canciller Max von Baden: «Ich hasse die soziale Revolution wie die Sünde» («Odio la revolución social como el pecado»). (N. del T.) ↩
Eco de Schiller, Wilhelm Tell, acto I, escena 1: «Der See rast und will sein Opfer haben» («El lago brama y quiere su víctima»). (N. del T.) ↩
Kadavergehorsam: obediencia absoluta, «como un cadáver», expresión tomada de las constituciones jesuíticas (perinde ac cadaver) y usada en Alemania para la disciplina militar. (N. del T.) ↩
Bonzen: término despectivo del movimiento obrero alemán de la época para los funcionarios a sueldo del partido y de los sindicatos; se traduce siempre «bonzos». (N. del T.) ↩
Gleichschaltung: término del vocabulario nazi para el sometimiento de todas las instituciones y organizaciones a la línea del régimen; se traduce «uniformización» en todo el texto. (N. del T.) ↩
Folleto de Lenin de 1920, cuyo título ruso dice literalmente «La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo»; Rühle cita el título de la traducción alemana, Der „Radikalismus“, die Kinderkrankheit des Kommunismus, y aquí se traduce como él lo da. (N. del T.) ↩
Albert Leo Schlageter, antiguo miembro de los cuerpos francos fusilado por los franceses en mayo de 1923 por sabotajes durante la ocupación del Ruhr, a quien Karl Radek dedicó en junio de 1923, ante el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, el llamado «discurso de Schlageter». Rühle lo llama «espía nazi» y, más abajo, «soplón nazi». (N. del T.) ↩
Cita libre de la frase final del capítulo II del Manifiesto comunista (1848), que habla del «libre desarrollo» de cada uno como condición del libre desarrollo de todos; Rühle escribe «die Freiheit eines jeden» («la libertad de cada uno»). (N. del T.) ↩