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Magia del cine
A las afueras de la ciudad, a una hora de camino en coche, se estaba rodando una película. Ya a primera hora de la mañana se había puesto en marcha todo el equipo. El bosque alto, que cubría la loma hasta el horizonte, guardaba en su interior un romanticismo salvaje y pintoresco. Aquí se rodaron series enteras de primeros planos, grupos y episodios. Los coches esperaban en caminos sombreados del bosque y los chóferes estaban tumbados por allí fumando cigarrillos. Los camiones con aparatos, accesorios, chasis de película y reflectores se habían metido por un cortafuegos para estar más a mano durante las operaciones. Primero sirvió de escenario un claro del bosque. Allí pasaban muchas cosas. Un primer encuentro... un idilio amoroso en el verde... un pícnic... una danza de elfos. Siempre con praderas, flores de verano, matorrales y fondo de bosque. Un paisaje encantador. En realidad la película transcurría en Suecia. Pero ¿para qué ir hasta Suecia a poner ante la cámara césped y flores del campo, abedules y abetos? Eso lo hay igual de bonito en Checoslovaquia. El color local y los interiores autóctonos que hacían falta los ponían el arte del estudio y la arquitectura. En caso necesario se tomarían además unas cuantas vistas en Lübeck, Wismar o Stralsund y más tarde se insertarían en el lugar adecuado. Ahora hacían falta bosque y pradera, y estaban a disposición tan auténticos como el original sueco.
El trabajo avanzaba con brío. La luz era buena y los actores despachaban limpiamente sus papeles. Solo una vez se produjo un contratiempo. En el pícnic, todo el coro se acomodó alrededor de una apetitosa fuente de entremeses suecos, que desapareció en un santiamén. Aquello dio una toma espléndida, del todo realista, sin artificio, como la vida misma. De pronto, en el último momento, a uno de los actores le dio un ataque de tos que no estaba en el programa, de modo que le salieron disparados por la nariz y las orejas gelatina de pescado, gambas y ensalada de bogavante. Se armó una buena y hubo que repetir la escena. Pero ya no quedaban entremeses suecos. Un pícnic sin entremeses suecos, eso no podía ser de ninguna manera. Así que un coche tuvo que salir disparado a noventa por hora hacia la ciudad a buscar otra fuente. Por suerte, esta vez no hubo ataque de tos.
Ahora tenía que seguir un viaje en coche. Por la carretera de Dagensholm, que se aparta de la calzada de Nybörk. Así lo había imaginado el autor del guion. En la película, según la indicación del director, el chófer tenía que detenerse un poco ante el poste indicador para asegurarse de que la carretera llevaba de verdad a Dagensholm. Hacía falta, pues, un poste indicador que estuviera en la bifurcación de la carretera. Pero como en Checoslovaquia no hay postes indicadores suecos, el encargado de accesorios, previsor, había traído uno. Lo plantaron y la escena iba a rodarse. Entonces la luz bajó de pronto, se levantó una tormenta, un vendaval repentino se abatió sobre las copas de los árboles y obligó a una marcha precipitada. «¡Pues mañana temprano seguimos!», bramó el director, y todos salieron corriendo.
Atrás quedó, completamente solo y abandonado, el poste indicador sueco con los colores nacionales, recién pintado y enterrado; en sus brazos extendidos, que se alzaban al aire como implorando ayuda: Dagensholm 6 kilómetros — Nybörk 9 kilómetros. Hasta mañana no le llegaría el turno en el curso de las escenas. Hasta entonces tendría que quedarse solo en el bosque, esperando. Allí estaba, muy triste.
De pronto llegó zumbando un coche. Un coche de Praga, según la matrícula. El chófer se quedó perplejo, el coche dio un tirón... Por un segundo pareció que iba a parar. Pero siguió su camino...
Luego un segundo coche. El chófer redujo la marcha, paró, se asomó por la ventanilla, se quedó mirando el poste, meneó la cabeza... y siguió pensativo. Qué raro este poste..., debió de decirse. Y ya se había ido.
Le siguió un coche alemán. Se acercó mucho al poste y se detuvo. El chófer abrió y se apeó. Examinó el poste por todos lados e informó por la ventanilla abierta. Al instante saltó del coche un señor; lo siguieron una dama rubia y una auténtica Gretchen con trenzas. Los tres sometieron el poste a un examen concienzudo y serio. Intercambiaron opiniones en voz alta y con energía. Por último sacaron el mapa de carreteras, lo desplegaron y trataron de orientarse en la comarca. Hubo un largo ir y venir. Por fin se acomodaron de nuevo en el coche y se marcharon. «Entre nosotros...», se oyó todavía; luego la nube de polvo los ocultó a la vista.
El vehículo siguiente fue un autobús que hace este trayecto cuatro veces al día. El chófer estiró el cuello ya desde lejos y el autobús se paró en seco, como herido por un rayo. Con los pies juntos saltó el chófer a tierra y se quedó mirando el poste como alelado. Se quitó la gorra, se rascó la cabeza y se secó el sudor de la frente. «¿Pero qué es esto?», preguntó asombradísimo. «¿Anda el diablo de por medio?» Deletreó, miró a su alrededor confuso, dio unas cuantas vueltas alrededor del prodigio que tenía delante y empezó luego una acalorada discusión con los pasajeros del autobús, que sacaban asombrados la cabeza. Finalmente echó a correr campo a través para preguntar a unos campesinos que trabajaban allí...
Algo apartado, entre los abetos, oculto a la vista desde la carretera, estaba tumbado el encargado de accesorios de la productora, autor de todo este revuelo. Se había quedado para disfrutar un poco más del bosque y así fue testigo casual de las divertidas escenas que se desarrollaron ante el poste. Se moría de risa, y a la mañana siguiente, camino del bosque, no se cansaba de contar sus aventuras a la gente de la productora. Fue una diversión de padre y muy señor mío, y todos se desternillaban de risa.
Pero al llegar al lugar se les quitaron las ganas de reír. Sí, el poste seguía en su sitio, sí, sus brazos seguían alzándose al aire. Pero ¿dónde estaba Dagensholm? ¿Dónde Nybörk? Durante la noche, unas manos ajenas e ingeniosas habían tachado los nombres con un pincel grueso y habían puesto sobre el nuevo fondo de pintura nombres nuevos: Babice 6 kilómetros — Kocourkov 9 kilómetros.1 El bromista había encontrado la horma de su zapato.
Solo cuando un coche, a toda velocidad, hubo traído de la ciudad un bote de pintura y un pincel para devolver al poste su aspecto sueco, pudo terminarse de rodar la película.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Ping», «Filmzauber», Der Sonntag, suplemento dominical del Prager Tagblatt, 59.º año, n.º 163, 15 de julio de 1934, pág. 11 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19340715, imagen 8). Atribución del seudónimo a Otto Rühle según Stecklina (2002).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Schwedenplatte se traduce «fuente de entremeses suecos».
Babice es un nombre de lugar checo muy corriente; Kocourkov es la aldea proverbial de los tontos en la tradición popular checa, equivalente a la Schilda alemana. (N. del T.) ↩