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Los tres
El tendero de la callejuela, que desde su tiendecita atiende como puede las necesidades de cocina del vecindario, ha colocado ante la puerta de la tienda una pizarra de madera negra en la que figuran apuntados con tiza los artículos de más salida y sus precios. Llega una ráfaga de viento y tumba la pizarra. Ahora yace a lo ancho sobre la estrecha acera, estorbando el paso y causando enojo. Los transeúntes llegan por la izquierda y por la derecha, echan una mirada breve, casi siempre de fastidio, al cuadrado de madera que interrumpe su prisa, dan un rodeo y siguen su camino. A ninguno se le ocurre agacharse, agarrar la pizarra, levantarla y ponerla en su sitio. Han pasado por la escuela de un orden de vida cuyo principio supremo reza: ¡no te metas en los asuntos ajenos! Quizá un ser humano aún no deformado ni echado a perder obraría de otro modo. Pero ¿quedan todavía seres así? Llegan unos niños de la escuela, chiquillos de apenas seis o siete años, criaturas delicadas, frescas como marzo, que todavía han de llegar a ser personas. Remolonean, charlan y suben la calle dando saltitos. El primero, un muchachito delgado y sonrosado, se queda parado y desconcertado ante la pizarra. Luego se vuelve a mirar a sus compañeros, que se han quedado algo rezagados, y echa una mirada tímida hacia la puerta de la tienda. Después permanece indeciso. Ante lo nuevo, lo desacostumbrado, empieza a invadirle un sentimiento de miedo. A lo mejor el tendero podría creer que él ha tirado la pizarra. A lo mejor el hombre podría salir, insultarle y amenazarle. A lo mejor un encuentro con él podría traerle perjuicios y peligros. Lo mejor será escabullirse sin decir nada. Ya se dispone a salir corriendo a toda prisa cuando sus compañeros se acercan a la pizarra. Uno de ellos tiene una cara despierta, manos ágiles y un temperamento vivo. Enseguida se pone a trajinar con la pizarra, la agarra, la levanta. Luego deletrea lo que pone. Todo deprisa, con curiosidad, alegremente. Después se detiene un ratito, como si tuviera que ordenar y digerir primero el hallazgo. Luego vuelve a dejar caer la pizarra. Su curiosidad está satisfecha. Lo demás no le interesa.
Entonces se acerca el tercero. Con su cuerpo robusto se inclina sobre la pizarra, la agarra con manos resueltas, la lleva a la pared y la coloca en su sitio. Luego da dos pasos atrás y contempla satisfecho su obra. Lo que todos los demás, grandes y pequeños, no quisieron o no pudieron hacer, él lo ha hecho.
En estos tres niños tenemos ante nosotros tres tipos humanos: el miedoso, que esquiva la vida; el desenvuelto, que disfruta de la vida, y el creador, que domina la vida. El primero siempre se apartará de las dificultades y ayudará a engrosar el ejército de los que dan un rodeo para evitar la pizarra de la acera. El segundo sabrá procurarse las comodidades y los placeres de la vida sin sentirse obligado a dar nada a cambio. Tampoco él tocará una tabla caída en el camino si no es por necesidad o por provecho. Pero el tercero no podrá pasar en toda su vida junto a ninguna cosa que necesite que se la agarre, se la ayude o se la impulse sin echarle una mano y poner todo en su sitio. En vez de salir corriendo o de dar rodeos para esquivarla, irá derecho, consecuente y activo, hacia su meta. ¿Hacemos ya hoy una pequeña prueba para ver si este horóscopo se cumple?
Llevo en el bolsillo una manzana que me gustaría regalar a uno de los tres. Los llamo y les hago señas. El primero se asusta y pone pies en polvorosa al instante. El segundo se acerca con interés para enterarse de qué pasa. El tercero, sin pensarlo dos veces, alarga la mano, agarra la manzana y le da un mordisco. Para él será.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): «Ping», «Die Drei», Prager Tagblatt, 58.º año, n.º 101, 29 de abril de 1933, pág. 3 (ANNO / Österreichische Nationalbibliothek, ANNO_ptb19330429, imagen 3). Atribución del seudónimo a Otto Rühle según Stecklina (2002).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Höckler (pequeño tendero de comestibles) se traduce «tendero»; der Beherzte (literalmente, «el animoso»), por el sentido del pasaje, «el desenvuelto».