El niño descarriado

El concepto de descarrío (Verwahrlosung)1 designa un estado que se aparta de la norma y que se presenta como resultado del abandono, de la atrofia o de la corrupción.

Llamamos físicamente descarriado a un hombre cuando está sucio, desaseado, lleno de parásitos, afectado de achaques o de enfermedades; pero solo cuando tenemos la impresión de que su estado es consecuencia de haber descuidado deberes que el hombre tiene para con su cuerpo y su salud.

Moralmente descarriado nos parece un hombre sin principios morales, sin una conducta de vida seria y ordenada, sin el sostén interior que haría de él un miembro valioso de la sociedad si —por culpa ajena o propia— no hubiera caído en el abandono o la decadencia.

Como intelectualmente descarriado nos representamos a un hombre de facultades intelectuales sin desarrollar, de capacidad de pensar y de juzgar deficiente, de una inteligencia que se ha vuelto más o menos incapaz de rendir, teniendo en cuenta, sin embargo, que ese hombre ha sido víctima de una detención del desarrollo, de un olvido del deber o de una falta de responsabilidad.

El descarrío aparece, pues, siempre como resultado de una carencia, de una inhibición o de un fallo, de una culpa. Visto de cerca, se caracteriza como una perturbación de la relación entre el individuo y la comunidad, como una anomalía de la relación.

Hablamos de una capacidad de relación del hombre bien formada y que funciona bien cuando consigue establecer la relación justa consigo mismo, con su profesión, con el otro sexo y con su entorno. Y la relación nos parece justa cuando en ella el hombre puede cumplir con la mayor alegría, el menor rozamiento y el mayor éxito las tareas que la vida le plantea en interés de su propia seguridad y de la seguridad general.

El curso de la vida está atravesado por muchas dificultades, obstáculos, apuros y peligros. Se logra superarlos todos si el hombre —en circunstancias por lo demás favorables— dispone de la capacidad de relación adecuada. Pues gracias a ella se convierte en miembro de una comunidad y, con ello, en beneficiario de todas las ventajas de seguridad que la comunidad concede. La capacidad de relación más viva y más fecunda resulta, por tanto, del sentimiento de comunidad más fuerte y más desarrollado.

Si este sentimiento de comunidad está sepultado, atrofiado, perdido, no llega a formarse en el hombre ninguna capacidad de relación. La consecuencia es que no encuentra la relación justa con el trabajo, con el otro sexo, con el entorno humano. Permanece aislado y tiene que emprender solo la lucha con la vida. Las perspectivas de afirmarse y de vencer son, naturalmente, tanto menores cuanto menos puede contar con la ayuda de la comunidad. Así sufre, cuanto más solo está, derrota tras derrota. El final es la renuncia, la capitulación, la huida o la ruina.

La cuestión de una vida lograda o malograda, vivible o invivible, feliz o desdichada es, pues, la cuestión de una capacidad de relación desarrollada o perdida, de un sentimiento de comunidad vivo o muerto.

En la sociedad de clases la vida de los hombres está dominada por el afán de poder, porque la posesión del poder parece ser la mejor condición para asegurar la existencia. Todo hombre quiere ejercer poder, ganar valía, dominar. Como mínimo, no ser valorado por debajo de los demás. Pero en este afán general de poder y de valía todos los hombres chocan entre sí. El resultado es una lucha general de rivalidad. El competidor victorioso, el que se afirma como último, tiene las mayores ventajas de seguridad. Pero tiene que comprarlas enemistándose con todos. Así, es el más solitario, el más aislado, el que está separado de todas las relaciones humanas. En el fondo, por eso, el más desdichado. De ahí la soledad, la amargura, la desesperación de los luchadores de éxito en la cultura actual.

Con todo, todo hombre, si quiere afirmarse en esta competencia general por las mejores oportunidades de vida, está obligado a la lucha de todos contra todos. En ella sale relativamente mejor parado si sabe poner de algún modo su afán de notoriedad en armonía y concordancia con el afán de notoriedad de la sociedad. En cambio, cae enseguida en dificultades en cuanto su afán de valer se mueve en una línea contraria al afán de valer de la sociedad.

En esta situación torcida cae el hombre que, de derrotas, mermas, fracasos y ridículos sufridos en la lucha por la vida, saca al juzgarse a sí mismo la conclusión de que se distingue de los demás, sin gloria alguna, por una especial debilidad, incapacidad de rendir e inferioridad. Es decir, el hombre aquejado de un sentimiento de inferioridad. Sea porque presenta defectos corporales y deficiencias orgánicas que lo perjudican en la competencia, sea porque sufre una especial proscripción social, sea porque, a consecuencia de un trato humillante y desalentador por parte de padres y educadores, ha perdido la confianza en su fuerza y la fe en su éxito.

Este hombre, que está bajo la presión de sentimientos de inferioridad, se estima siempre demasiado bajo y a los otros demasiado alto, exagera el sentimiento de su impotencia tanto como la magnitud de la tarea que se le plantea, desconfía de toda situación nueva porque teme de ella nuevas pruebas y nuevas derrotas, y acaba por esquivar, lleno de miedo, toda ocasión en que deba acreditarse con sus logros. Como el trabajo le salió mal una vez, tiembla ante el siguiente, que, como lo emprendió sin confianza en sí mismo, vuelve a salirle mal y le deja ahora la impresión aplastante de que el trabajo no le saldrá bien nunca más. Se atormenta y se angustia, se colma de reproches, emprende nuevas tentativas para volverse enseguida atrás desalentado, no sabe qué hacer. Pero la vida no se anda con contemplaciones, sino que lo pone ante nuevas tareas. ¿Debe arriesgarse? ¿Cosechar otro ridículo? ¡No, nunca!, le grita su irritado afán de notoriedad, su exagerado sentimiento del honor. No le queda más que la huida. Donde falta el valor, hay cobardía, y el cobarde ante la vida por sentimiento de inferioridad se aparta, se escabulle, busca un escenario de guerra secundario.

Ahí estamos en el umbral del descarrío.

Todas las observaciones, investigaciones y comprobaciones hechas en niños descarriados coinciden en que el descarrío de los niños empieza por el vagabundeo. Este vagabundeo es, a su vez, la medida a la que el niño recurre, presa del miedo, para escapar de una dificultad o de un peligro que lo amenaza. Si preguntamos a los jóvenes vagabundos de qué tenían miedo y qué los hizo huir, recibimos en la inmensa mayoría de los casos la estremecedora respuesta: ¡Me iban a pegar! El miedo a los golpes es, en efecto, la causa más frecuente del descarrío.

Nuestra educación, todavía enteramente orientada al método autoritario, actúa casi sin excepción, en casa y en la escuela, como un procedimiento de amaestramiento brutal, violento, intimidatorio y humillante. Arriba, grande, ejemplar, seguro de sí, despótico y vanidoso, el educador; abajo, pequeño, encogido, empujado y pisoteado, rebajado a la nada, el alumno. Lo más insoportable y repugnante es cuando esta relación se reviste con la frase de la benevolencia, de la acción moral, del amor. La víctima de esta educación es el hombre apaleado.

El niño en quien se ensaya esta pedagogía de la paliza (y que sigue siendo pedagogía de la paliza aunque no conozca ni bastón ni vara) puede reaccionar de tres maneras contra la violencia que se le hace: puede rebelarse contra ella, y entonces sale de él el niño obstinado, el hombre rebelde; puede someterse a ella, y entonces sale de él el niño obediente, el buen súbdito; puede huir de ella, y entonces sale de él el niño extraviado, el desertor de la vida.

La huida presupone siempre un gran desconcierto, falta de seguridad, un miedo torturante, la desesperación más extrema. «Si alguien cree», dice Alfred Adler, «que es fácil llegar a ser un niño descarriado, se equivoca mucho. Es una hazaña extraordinariamente difícil; hay que pasar por toda una cadena de sinsabores y tormentos, un niño así no debe ser nunca dueño de sí, tiene que estar desesperado ante su futuro.» Cuanto menor es la medida de fuerza vital que trae el pequeño ser humano, cuanto más tempestuosamente los apuros de la existencia amenazan y ponen en cuestión su existencia desde el primer día de vida, cuanto menos puede desarrollarse la capacidad de relación del alma infantil bajo el peso de estas influencias que atemorizan y deprimen, tanto más inseguro estará luego el niño en la lucha por la vida y tanto más fácilmente lo pondrán en fuga las dificultades y apuros que su sentimiento de inferioridad ve en un formato enormemente exagerado. El niño pobre, el niño sin padres, el niño que crece en familias deshechas, en condiciones de vida adversas, en una dependencia opresiva, el niño apaleado, en una palabra: el niño proletario, traerá por lo general las disposiciones más fuertes para un plan de vida que busca su última salvación en la huida, para una conducta que desemboca en el descarrío.

La burguesía se lamenta hoy en tonos conmovedores de que el descarrío de la juventud está en fuerte aumento. ¡No es de extrañar! ¿No ha sacudido la guerra mundial con sus consecuencias a toda la sociedad, disuelto viejos patrimonios, destruido innumerables existencias, sumido a todos los hombres en un sentimiento de inseguridad torturante y de mayor angustia vital? ¿No han debilitado años de hambre los cuerpos de los pobres, marcado ya en el seno materno a los niños con el estigma de una aptitud vital debilitada, convertido a todo el pueblo en una horda de bestias que se pelean y se roban? ¿No se le exprime al proletariado, a diario y a toda hora, literalmente de los huesos el último coraje y la última confianza en sí mismo con los terrores del paro, del encarecimiento de la vida, de la presión fiscal, de la estafa en el salario, de la privación de derechos políticos, de la persecución policial y judicial, de la proscripción y el acoso generales? Esta época, con sus dificultades acumuladas para asegurar la existencia, con su inseguridad general de la vida pública, con su mayor carga de preocupaciones, penalidades y cargas, tiene que engendrar una generación que tarde o temprano llegue al límite de su fuerza y de su confianza y, privada de toda esperanza, cambie la lucha por la huida. Como los capitalistas huyen ante la revolución a otro país, y los desengañados ante el derrumbe a otra ideología, así huyen los pobres y los debilitados, a quienes el orden crujiente y resquebrajado de la sociedad ya no parece ofrecer ninguna seguridad y a quienes falta la energía para la lucha, a otro medio.

Al descarrío.

Si no lo hace ya la casa, la escuela pone a prueba la capacidad del niño para acreditarse. Las ocasiones más numerosas de descarrío surgen, en efecto, de la vida escolar. Aquí el niño se ve desde el principio entregado a la superioridad oficial, de funcionario, del maestro; aquí se le hace tomar conciencia sin miramientos de su pequeñez e inferioridad; aquí un refinado sistema de premios y castigos se encarga de mantener abierta la herida, siempre dolorosa, del afán de valer insatisfecho.

Como escuela libresca (Lernschule)2, la escuela cuenta con conocimientos que se dejan valorar como cantidades, con un mecanismo que se encarga del árido negocio de la rápida absorción de materia, y con una memoria entrenada en almacenar el lastre del saber. Solo quien tiene disposición para ello puede salir airoso ante las exigencias de la escuela libresca. El tipo receptivo y sensorial lo tiene mejor que el tipo productivo y motor. La inmensa mayoría de los niños fracasa porque, como niños, representan más bien el último tipo. No consiguen dominar la materia, no tienen a punto, cuando se les piden, los vocablos y las fechas de historia, no se orientan en el fárrago de la quincalla cultural engullida. Así caen, antes de darse cuenta, en una situación de conflicto. El sistema autoritario contra el que se rebelan los aprieta cada vez más firme y provocadoramente en sus tenazas. Su situación se vuelve paso a paso más amenazadora. Con obstinación y mentira, excusas y fingimientos, lágrimas y revuelta abierta se libra la lucha contra el maestro. Pero al final el maestro es el más fuerte, pues encarna el sistema de la sociedad, que está detrás de él como un poderoso respaldo. Así, al niño, como el más débil, no le queda más que la huida.

La estadística tradicional afirma que el ejército de los descarriados se recluta en gran medida entre anormales, débiles mentales y psicópatas, a quienes su disposición de carácter empujaría por el camino del descarrío, y que otro elevado porcentaje está igualmente predestinado al extravío y al descarrío bajo la maldición de una tara hereditaria.

De estos datos solo se sostiene el hecho de que una fuerza vital debilitada, la enfermedad, los achaques y los defectos corporales son capaces de despertar o aumentar el desaliento anímico del niño; pero de ahí no se sigue en modo alguno una necesidad de desalentarse ni, con ello, un descarrío forzoso. Pues, al fin y al cabo, no todos los «hereditariamente tarados» llegan al descarrío; y lo que nos interesa es justamente la cuestión de en qué circunstancias el hombre, y a él pertenece también el «hereditariamente tarado», cae en el descarrío. La causa última que conduce al descarrío no puede estar en la tara hereditaria, sino que tiene que resultar de un proceso anímico.

También tras la teoría de la disposición de carácter innata ponemos un gran signo de interrogación. Es tan cómodo para nuestra época, que ignora con una frialdad de corazón espantosa los preceptos más elementales de la asistencia y del cuidado de la vida humana, descargar en una teoría toda la responsabilidad por las consecuencias de la falta de acción solidaria y obtener de la oscuridad de sus dudosos conocimientos una especie de justificación y absolución. Quien ha observado cómo una determinada educación consigue empujar a cualquier niño al descarrío, y quien sabe además cómo un mismo niño reacciona de modo diferente ante la misma vivencia en condiciones diferentes, ya no cree en que el carácter esté dado de una vez para siempre. Antes bien, la capacidad anímica de relación que llamamos carácter aparece enteramente como resultado de las conductas ejercitadas y probadas desde la más temprana infancia, que forman para toda la vida posterior la orientación fundamental y unitaria de todas las acciones.

No hay, pues, novilleros natos;3 solo a consecuencia de derrotas y desengaños, por miedo a nuevos ridículos o castigos, emprende la huida el niño que ha perdido la fe en sí mismo. En el 64,8 por ciento de los muchachos internados en el establecimiento de educación de Flehingen (Baden)4 el descarrío había comenzado con los novillos y el vagabundeo. La ciudad de Offenbach se vio obligada en 1917 a crear un hogar de protección (Fürsorgeheim) especial con una sección para novilleros. En Colonia, el Dr. Langenberg comprobó que en 1919 más del 58 por ciento, y en 1920 más del 54 por ciento de los alumnos de la escuela primaria faltaban a clase sin justificación, de modo que en 1919 en el 69 por ciento y en 1920 en el 79 por ciento de los casos hubo que imponer castigos.

La huida de la escuela trae consigo una serie de medidas de aseguramiento que el fugitivo tiene que tomar: mentiras, ocultación de las comunicaciones del maestro a la familia, falsificación de justificantes, engaños de toda clase. La vuelta se va cerrando cada vez más por el miedo a ser descubierto. La red de la mentira y el engaño tiene que tejerse cada vez más lejos. Siguen las preguntas de la escuela, los padres empiezan a sospechar, finalmente intervienen las autoridades. Con todo refinamiento tiene el novillero que aplazar su descubrimiento, frustrar que lo cojan en falta. Así se familiariza poco a poco con todo el mecanismo del que suelen servirse los hombres que se encuentran en una actitud hostil frente a la sociedad («en tierra enemiga») y buscan defender y salvar su posición en una lucha solitaria agotadora y desesperada.

La mayoría de los descarriados que empiezan así su carrera proceden de padres que trabajan en la artesanía, la industria, el comercio o el trabajo asalariado, es decir, de gente humilde y proletarios. Así lo han demostrado Mischler para Estiria y Rupprecht para Baviera; Plauner y Zingerle lo han confirmado basándose en comprobaciones hechas en el establecimiento de protección (Fürsorgeanstalt) de Waltendorf. De los padres de los descarriados de Flehingen, el 78 por ciento no trabajaba por cuenta propia, el 38,4 por ciento eran jornaleros. La proporción de los hijos ilegítimos en el descarrío es de tres a cinco veces mayor que la de los legítimos. Seifert constató que el 86 por ciento de las muchachas en edad escolar sometidas a educación tutelar (Fürsorgemädchen)5 de la provincia de Sajonia procedían en 1912 de un medio anormalmente malo. En casi todos los casos se puede demostrar que la miseria material, el hambre, la penuria de vivienda, la falta de dinero, las relaciones familiares deshechas, en suma, todas las formas y posibilidades de la miseria social contribuyeron de algún modo a aumentar el desaliento en el niño. La huida al descarrío fue casi siempre el último acto de los totalmente desalentados.

Con el alto porcentaje de fugitivos, se comprende que el novillero, en cuanto ha encontrado el camino para rodear la escuela, tropiece muy pronto con compañeros de infortunio y camaradas. Su destino no es un caso aislado, no es una rareza, sino un fenómeno social de gran alcance. En el descarrío desembocan fuertes corrientes de hombres de todos los campos y capas del proletariado y de la pequeña burguesía en declive. Huyendo del mundo en el que no consiguieron acreditarse ni afirmarse, se encuentran en un escenario nuevo.

Pero también aquí rige la regla de juego de la rivalidad. El derecho del más fuerte se impone también en este terreno secundario de la vida. Con una ventaja, sin embargo: cada uno es nuevo, puede sentirse sin cargas, puede empezar desde el principio. Todos tienen la misma salida.

El que en casa de sus padres estaba encogido y apaleado puede llegar aquí a jefe de una pequeña comunidad, de una cuadrilla o de una banda; el que en la escuela fracasó lastimosamente tiene aquí ocasión y margen de sobra para acreditarse como héroe. Solo que no con los medios y en el sentido del mundo del que se escapó. La nueva atmósfera ofrece y plantea nuevas condiciones para afirmarse.

Quien mejor sabe moverse, despliega la mayor astucia, conoce todas las artes del engaño, no retrocede ante ninguna temeridad, da muestras de la mayor bravura, ese está arriba. Las manadas de golfillos callejeros, las cuadrillas de pupilos fugados de la educación tutelar (Fürsorgezöglinge), las bandas de jóvenes vagabundos, todos tienen su honor particular, su propio heroísmo, sus formas específicas de compensación del sentimiento de inferioridad que domina con poder diabólico a cada uno de sus miembros. Más aún: las compensaciones aparecen casi siempre como exageraciones, a menudo con un toque ridículo, lo que no hace sino demostrar la insólita profundidad del sentimiento de inferioridad y la no menos insólita fuerza del afán de poder. Los tatuajes, el armamento abundante, el entendimiento en jerga del hampa (Rotwelsch) y un código de bandoleros (Räuber-Komment)6 forman parte del atrezo habitual de la sobrecompensación en el campo de los descarriados. Räuberbande [La banda de ladrones] de Leonhard Frank7 da la descripción más plástica del romanticismo fantástico y aventurero de este medio. Y a la vez de la pobreza de la vida comunitaria, que, como sucedáneo de urgencia, ha de disimular el aislamiento insoportable de los aislados.

La sociedad persigue la formación de comunidades fuera del marco que nace de su iniciativa y tiene su sanción siempre con inquietud y desconfianza, pues teme de todo poder cerrado una merma y una amenaza de su propia posición de poder. ¡Cuánto más tiene que estar en guardia contra la formación de bandas y el amotinamiento de descarriados, que están todos en oposición a la autoridad de la sociedad y de sus órganos! Y, en efecto, procede sin miramientos contra los descarriados. Conforme a su máxima de no hacer caso de las causas, pero sí de eliminar los síntomas, procura exterminar —no el descarrío, sino— a los descarriados, y ello con medios que en general solo tienen el terrible resultado de empujar a los que se han extraviado aún más hondo en el extravío, la amargura y la desesperación, de modo que como última salida solo queda el delito.

En la muchacha, la carrera del descarrío termina demasiado a menudo en la prostitución.

También en ella empieza por regla general en casa o en la escuela con un fracaso, un desengaño y un desaliento. El paso siguiente es la escapada, los novillos, el vagabundeo. En compañía disoluta se aflojan y se eliminan las inhibiciones que aún quedan. Las protestas van subiendo de grado una tras otra; la distancia respecto de la sociedad se hace cada vez mayor, la base de la autoafirmación cada vez más estrecha. Luego se va rápidamente cuesta abajo. La última estación se llama burdel.

Una opinión muy extendida entre los profanos sostiene que en las prostitutas se trata de muchachas que, por un instinto sexual extraordinariamente fuerte y por falta de disciplina moral, han ido a parar al camino del vicio. A ello se oponen los hechos de que las prostitutas son en su mayoría frígidas (es decir, sexualmente frías) y, además, de que su fuerte impulso hacia la libertad sexual es casi siempre la respuesta a una disciplina muy severa a la que estuvieron sometidas antes. Otra opinión, sostenida sobre todo en los círculos proletarios, solo ve en las prostitutas víctimas de la miseria social. Admitido que el ejército de las prostitutas se recluta sobre todo en las capas de las categorías socialmente peor situadas (criadas, empleadas, etc.), sigue siendo llamativo el hecho de que también muchachas sin necesidad se hacen rameras y que, por otro lado, hay muchachas que viven en la miseria más espantosa sin entregarse por ello a la prostitución. La situación de necesidad solo crea una disposición más favorable para el deslizamiento hacia la prostitución; el deslizamiento mismo solo se puede explicar psicológicamente. Y la situación se presenta más o menos así:

Una muchacha ha vivido en casa o en la escuela, por una educación dura y sin amor, graves humillaciones y postergaciones. Quizá solo ha sido manifiestamente menospreciada o relegada frente a los muchachos. O ha sido testigo de un matrimonio desgraciado y ha visto con espanto a qué trato brutal estaba expuesta la madre y qué papel tan lamentable desempeñaba como bestia de carga de la casa. De un modo o de otro, la muchacha ha sacado de su vivencia un profundo sentimiento de inferioridad, fijado a su papel femenino. Con miedo ha pensado en el futuro y en el destino que tendría un día como esposa entregada al hombre. Del horror ha madurado la decisión de escapar de este papel indigno. Su escaso valor ante la vida y su fuerte impulso vital le aconsejaron evitar el camino recto, que pasa por encima de obstáculos, dificultades y apuros, y tomar en su lugar un rodeo. El rodeo estaba dominado por la consigna: quiero ser un hombre, vivir libre e independiente como un hombre, poder dominar y mandar, ir de aventura amorosa en aventura amorosa, usar y despachar al otro sexo según convenga, exactamente como un hombre. Con esta actitud anímica la muchacha entra naturalmente pronto en conflicto con los padres, el maestro, el entorno. Y estos conflictos con adultos sin comprensión, que siempre insisten en su autoridad, su experiencia y su mejor juicio, empujan a la muchacha todavía más a la protesta. La espera del hombre, el ser casada, la maternidad, el gobierno de la casa, el segundo papel al lado del hombre: todo esto le parece a la muchacha una suerte indigna, ignominiosa, una existencia de esclava de la que hay que escapar. Por eso aprovecha la primera ocasión para huir: hace novillos, deja la casa paterna, se escapa de su colocación y cae en el descarrío.

La falta de ataduras frente al trabajo y a las tareas vitales ganada con la huida se convierte pronto en falta de ataduras sexuales. La muchacha se presenta como pretendiente, como seductor, como don Juan, como hombre. Le produce satisfacción conquistar hombres, explotarlos, desvalorizarlos, despacharlos de nuevo a su antojo. Se siente libre. Su sexualidad, el único terreno en el que el hombre no puede competir con ella en capacidad de rendimiento, se le convierte en medio de dominio, de soberanía arbitraria. Ciertamente, el papel de dominio es engañoso. La sociedad solo permite el trato sexual dentro del matrimonio, porque ahí se dan las condiciones relativamente más favorables para la crianza de la descendencia. La sexualidad fuera del matrimonio encierra siempre el peligro de que el padre obligado a la manutención no se encuentre o se sustraiga a la prestación; por eso está prohibida en el código de la moral sexual dominante. Las madres solteras y las rameras que infringen este precepto son castigadas con el desprecio o según la ley. Si las autoridades, con todo, permiten la prostitución en una medida limitada, es porque la sexualidad de los hombres en el matrimonio, que no es un apareamiento biológico sino económico, no siempre o no del todo sale ganando. A la sexualidad de la mujer no se le tiene ninguna consideración, porque la libertad masculina en manos de la mujer significaría la voladura del matrimonio.

Solo la prostituta disfruta de esta libertad. Pero tiene que pagarla cara con la destrucción completa de su consideración social. Y, por si fuera poco, el disfrute se le amarga por la circunstancia de que esa libertad carece por completo de la protección, de los derechos y del respaldo de que goza la libertad del sexo masculino. Querer desempeñar, dentro de la cultura masculina, como mujer y con medios femeninos, el papel masculino dominante: esta empresa sacrílega se venga duramente.

En el descarrío social y sexual de la prostituta se inserta con toda lógica la figura del rufián. Él es mantenido materialmente por la ramera, como la esposa burguesa por el marido, sin tener derechos sobre la ramera; y está sexualmente a disposición de la ramera, como la esposa burguesa a disposición del marido, para ser mantenido materialmente a cambio. La prostituta conserva, pues, frente a él plenamente su papel masculino. Ella es la socialmente superior y le permite la pose de caballero; él le demuestra su masculinidad en la sexualidad y le ahorra la humillación de ser esposa burguesa. Así se compensan mutuamente los dos en el mismo medio y en la misma enemistad contra el orden social, del que aparecen como los exponentes extremos del descarrío social y moral.

Si el deslizamiento hacia el descarrío es efecto de un proceso anímico, tiene que ser posible preservar al niño del descarrío mediante un trato adecuado, es decir, mediante una educación justa.

¿Cómo tiene que ser esta educación justa?

El hecho de que siempre sean niños desalentados, atemorizados, que se sienten inferiores, los que caen en el descarrío al huir, nos muestra el camino.

Tenemos que evitar todo lo que pese sobre el niño como autoridad, coacción, dominio, violencia. Tenemos que impedir que el niño caiga en un estado de desaliento, de sentimiento de insuficiencia. Tenemos que velar por no empujar al niño a protestas, por no ponerlo en fuga con nuestra superioridad, con un trato despótico, con amenazas y castigos.

Quien obliga a un niño a obedecer, lo riñe y le pega, lo encamina por la senda que puede terminar en el descarrío.

Quien dice a un niño: «¡Tú no llegarás a nada!», «¡Contigo no vamos a tener más que vergüenzas!», «¡Ya te veremos en presidio!», destruye en el niño la confianza en sí mismo, le roba la fe en sí, lo deja sin esperanza y lo empuja al descarrío.

No hay mayor crimen contra el niño, dice Alfred Adler, que negarle su futuro aludiendo a su insuficiencia.

Toda verdadera educación debe ser aliento. Su tarea es despertar la confianza, eliminar las inhibiciones, fortalecer la fe en sí mismo, aumentar la conciencia de sí.8

Nos hacemos educadores en este sentido por medio de la camaradería, del sentimiento de comunidad, de la ayuda mutua.

Y seremos los mejores educadores en este sentido cuanto más dejemos libre a la juventud, cuanto más nos retiremos con nuestra influencia y nuestra valía, cuanto menos opongamos resistencia o vanidad herida a la proclamación del derecho de la juventud a sí misma.

Que al mismo tiempo tenemos que procurar superar y eliminar las disposiciones al desaliento que, desde la esfera económica y social, se hacen valer incesantemente en la vida del niño, es cosa que se entiende por sí misma.

La educación no está separada del mundo económico y social que produce las condiciones en que puede actuar.

La liberación del niño del sentimiento de desaliento e inferioridad significa, en último término, la liberación de la clase proletaria del dominio de la burguesía, dotada y pertrechada de todas las superioridades.

Y la educación para el valor y la confianza en sí mismo, para la comunidad y la responsabilidad, solo estará segura de sus últimos éxitos si en la misma medida crece la conciencia de sí de la clase desalentada y la fuente de todas las sobrevaloraciones e infravaloraciones, la sociedad de clases, llega a su fin.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Deutsche Nationalbibliothek (DNB, bookviewer 1034882732): Otto Rühle, Das verwahrloste Kind, Dresde (Buchholz-Friedewald), Verlag Am andern Ufer, 1926 (Schwer erziehbare Kinder. Eine Schriftenfolge, cuaderno 9), 35 págs.; el texto de Rühle ocupa las págs. 9-35. Se omiten la lista de la serie, el prólogo de los editores común a todos los cuadernos (registrado aparte, OR1926-14) y los anuncios finales. Hubo una 2.ª edición en 1929 (no cotejada) y una traducción serbocroata en 1933. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la primera edición (1926), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cifras y la paginación original. Los conceptos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Gemeinschaftsgefühl = «sentimiento de comunidad»; Geltungsstreben = «afán de notoriedad»; Geltungsdrang = «afán de valer»; Nebenkriegsschauplatz = «escenario de guerra secundario»; Trotz = «obstinación»). Las citas de Adler se traducen del texto de Rühle. Los términos de la asistencia a la infancia se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Verwahrlosung, verwahrlost: término de la pedagogía y la asistencia social alemanas de la época para el niño o joven que ha caído en el abandono material y moral, el vagabundeo, la mendicidad o la pequeña delincuencia. Se traduce siempre por «descarrío», «descarriado», como en el resto del archivo; Vernachlässigung es «abandono». (N. del T.) ↩

  2. Lernschule («escuela libresca»): la escuela tradicional, centrada en aprender de memoria, a la que los reformadores contraponían la Arbeitsschule («escuela del trabajo»). (N. del T.) ↩

  3. Schuleschwänzer: el niño que falta a clase sin permiso; Schuleschwänzen, «hacer novillos». Se traduce por «novillero» (en el sentido coloquial de quien hace novillos). (N. del T.) ↩

  4. Flehingen (Baden): establecimiento estatal de educación forzosa (Zwangserziehungsanstalt) para muchachos, en el antiguo castillo de la localidad. (N. del T.) ↩

  5. Fürsorge, Fürsorgeerziehung: la educación tutelar ordenada por la autoridad (en Prusia, ley de 1900) para menores descarriados o en peligro, que se ejecutaba en establecimientos (Fürsorgeanstalten, Fürsorgeheime) o en familias; los menores sometidos a ella eran Fürsorgezöglinge («pupilos de la educación tutelar»). (N. del T.) ↩

  6. Rotwelsch: la jerga tradicional de vagabundos, mendigos y delincuentes en los países de lengua alemana. Komment: el código de normas y de honor de las corporaciones estudiantiles alemanas; Rühle habla irónicamente de un «código de los bandidos». (N. del T.) ↩

  7. Leonhard Frank (1882-1961), Die Räuberbande (1914), novela sobre una pandilla de muchachos de Wurzburgo que juegan a bandoleros. (N. del T.) ↩

  8. Selbstbewußtsein: aquí, como en el resto del cuaderno, en el doble sentido de seguridad en sí mismo y de conciencia de sí, que se aplica luego a la clase. Se traduce «conciencia de sí», como en Selbstbewußtsein und Klassenbewußtsein de Alice Rühle-Gerstel (1926). (N. del T.) ↩