La muchacha proletaria1

Por el Dr. Otto Rühle (Dresde)

En la muchacha proletaria puede considerarse su pertenencia sexual como una inferioridad orgánica en sentido figurado. La concepción de tinte masculino de todas las relaciones humanas y culturales marca el ser mujer como una tacha que a menudo se valora casi como un daño corporal o anímico congénito. La decepción abiertamente mostrada de los padres cuando el recién nacido es una niña, las alusiones sin tacto ni corazón de padres y educadores a la pertenencia sexual, juzgada inferior, son a propósito para engendrar muy pronto en la niña pequeña la idea de que su papel sexual, natural e inalterable, es una fatalidad. La niña se siente perjudicada por naturaleza solo por ser niña. La comparación de sus órganos sexuales con los de sus hermanos hace surgir en ella la idea de que se le ha escatimado algo, de que se le ha negado algo o incluso, como cree entender por alusiones en broma, se le ha «cortado». Aun cuando los padres y el entorno más próximo no cometan estos errores tácticos, que tan hondamente influyen en el alma infantil, tan impresionable; aun cuando, y qué raro es el caso, la niña sea equiparada al niño en la educación y en el trato, también entonces la construcción enteramente masculina de todos los fenómenos sociales y culturales se encarga inevitablemente de empujar a la niña al sentimiento de ser postergada, de valer menos. Cargada con todas las debilidades corporales y todas las carencias de su medio de clase, predispuesta igual que el niño a todos los sentimientos de inferioridad, en la muchacha proletaria este sentimiento se ahonda aún más por los influjos de un medio cultural masculino en general, en el que también el proletario ilustrado, e incluso el revolucionario, es la autoridad en la familia, una autoridad que debe única y exclusivamente a su condición de hombre.

El perjuicio que le viene a la muchacha proletaria de su pertenencia sexual lo tiene, ciertamente, en común con las compañeras de su sexo de los círculos burgueses. Pero si aquí todas las ventajas del cuidado de la salud, de la educación y del bienestar social son capaces de atenuar esa desventaja, en el medio proletario se añade como factor agravante a todas las demás desventajas; hace de la muchacha proletaria la criatura más desvalida y débil entre todas las criaturas desvalidas y débiles.

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En las muchachas, la protesta masculina se manifiesta, como es comprensible, sobre todo en intentos de desempeñar el papel de los niños y los mozos. Se intenta superar al sexo masculino en desenfreno y salvajismo; la observación «¡Pero si eres un chico de verdad!» se anota con satisfacción como reconocimiento y elevación; disfrutar de las llamadas libertades masculinas, que caen bajo el habitual «eso no se hace», se considera la máxima conquista. Por eso son populares también entre las muchachas el fumar cigarrillos, la melena corta a lo chico y los deportes masculinos. Esto vale, sin embargo, más bien solo para las muchachas de medio burgués. La muchacha proletaria, que en su desarrollo psíquico se queda en general tan por detrás de la muchacha burguesa como el muchacho proletario va por delante de la muchacha burguesa, busca procurarse la preponderancia más bien haciendo de ama de casa, ganando también un jornal, cuidando o tiranizando a los hermanos pequeños. En general, por la estrecha convivencia, el trabajo en común y el dormir juntos en los círculos proletarios, no se da una delimitación tan marcada de las esferas de los sexos ni, por ello, un motivo tan apremiante para una emancipación específica de la mujer. La emancipación burguesa de la mujer es, vista psicológicamente, una protesta masculina a gran escala, llevada a cabo con los medios de la agresión directa; dicho en términos pedagógicos, un acto de obstinación del sexo femenino contra la cultura masculina, una rebelión de los culturalmente perjudicados, cargados de sentimientos de inferioridad, contra la preponderancia y el privilegio sociales de los hombres. El movimiento proletario de mujeres está dirigido, solidario con el movimiento de los hombres, contra la opresión de la clase.

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El descarrío es un fenómeno fatal de amplias capas de la juventud proletaria. No es un caso aislado ocasional, sino un fenómeno social de gran amplitud. Por eso el niño proletario, una vez extraviado, se encuentra a cada paso con otros que han caído en el mismo destino. Tiene hermanos de sufrimiento y pronto, en ellos, aliados; enseguida es miembro de una camarilla, de una pandilla. La formación de pandillas es en efecto la siguiente etapa del descarrío, y como miembro de la pandilla, quizá incluso como su cabecilla, el niño encuentra su nueva ocupación.

Los vemos en grupos o manadas en portales en penumbra, cerca de las estaciones, donde se ofrece ocasión de ganancias casuales, pequeños hurtos y vivencias interesantes; delante de los cines, que son una verdadera escuela superior de la astucia, la habilidad, la temeridad y la audacia; en las ferias, en rincones sórdidos de la gran ciudad. «Siempre hay alguno que es el más apto para cabecilla, y surge la competencia de los ambiciosos. Cada uno tiene una ocurrencia de lo que podría hacerse. A imitación de las formas de los mayores, tienen un honor profesional de descarriados. Se esfuerzan por idear hazañas y ejecutarlas con maestría y para gloria suya ante sus camaradas descarriados, pero siempre con astucia y alevosía, ya que, consecuencia de su cobardía, no se atreven a proceder abiertamente. Si uno entra por este camino, sigue adelante y adelante. A veces caen en la pandilla débiles mentales. Se les escarnece y se les hace burla, con lo que su orgullo se excita todavía más y se deciden a hazañas especiales. O bien están acostumbrados desde casa a un adiestramiento especial, están adiestrados en la docilidad. Se les dicta, y ellos lo ejecutan. Ocurre a menudo que uno idea la fechoría y el más joven, inexperto, inferior, la lleva a cabo.» (Adler.)2 Por su estructura anímica, los descarriados se caracterizan por un rasgo característico que en ellos destaca más de lo que suele ocurrir en las personas: su afán de poder, a consecuencia de una humillación o un desengaño sufridos que desencadenaron un fuerte sentimiento de inferioridad, está exacerbado de modo inusual; con ello su sentimiento de pertenencia (Zusammengehörigkeitsgefühl) ha sufrido tanto que han perdido el contacto con el mundo de sus semejantes. Ciertamente hacen de nuevo intentos de formar comunidad, pero sus pandillas no son más que un sucedáneo mísero y del todo improductivo. Así caen cada vez más en el aislamiento, se ven cada vez más fuera de la comunidad; y cuanto más intentan forzar su valía con actos convulsos, bravuconadas, etc., tanto más profundo se hace el abismo entre ellos y la sociedad. La desesperación de la exclusión, de la soledad, los convierte finalmente en delincuentes.

En las muchachas el descarrío tiene un comienzo semejante. El fracaso en algún punto de la enseñanza escolar trae como consecuencia la asistencia irregular a la escuela, el escabullirse de las tareas, el vagabundeo, una vida licenciosa. Siguen la seducción y los hurtos; el final es la prostitución.

En la sociedad actual, la única legitimación moral de la sexualidad se da en el matrimonio monógamo, es decir, en «la posesión de un ser humano para una servidumbre exclusivamente sexual, de por vida, para la procreación de una descendencia con derecho a heredar».3 Este matrimonio está asegurado como institución social mediante responsabilidades materiales, jurídicas y morales que corresponden en cada caso al interés generativo, socioeconómico e ideológico de la sociedad y ayudan así a asegurar su existencia.

La sexualidad fuera del matrimonio está mal vista, sobre todo para la mujer, porque en ella se hace realidad práctica el peligro de un error generativo por el insuficiente sustento material de la madre y el niño por parte del padre, que no está obligado a nada. Si la transgresión de la moral sexual social por parte de la mujer se produce por descuido, ligereza, falta de sentido de la responsabilidad, la sociedad castiga a la madre soltera, como ya hemos visto, con la proscripción y el descrédito.4 Si se produce como salida forzosa ante las incongruencias que resultan de las funciones de los mecanismos coercitivos de la ética sexual, y se convierte en cuestión de ganarse la vida, nace la prostitución. Frente a ella la sociedad adopta una doble actitud. Tiene que proscribir la prostitución porque esta viola la moral sexual oficial; pero tiene también que tolerarla porque es una válvula de escape inevitable para tensiones a las que la forma del matrimonio no da salida. En el fondo no hay ninguna diferencia propiamente dicha entre el matrimonio burgués y la prostitución. Si el matrimonio es la cesión del cuerpo de la mujer a un hombre para su uso de por vida a cambio de una prestación de garantía global única, la prostitución es la cesión del cuerpo de la mujer al hombre de turno a cambio de un pago por cada uso individual. En el fondo, las dos veces lo mismo, solo con la diferencia de que en el matrimonio la responsabilidad del hombre se extiende más allá del acto sexual y en la prostitución no. Ese es el punto decisivo. Pues no es la remuneración del acto sexual, sino la responsabilidad por las consecuencias del acto sexual lo que ocupa el primer lugar en el interés social y generativo. Así, la prostitución es ciertamente un mal, pero un mal necesario; un vicio, sí, pero un vicio tolerado socialmente, regulado por las autoridades, apreciado por los hombres: un dulce pecado.

Aquí solo tenemos a la vista la prostitución femenina. Prescindiendo del todo de consideraciones fisiológicas, en una sociedad de cultura masculina solo habrá siempre prostitución de mujeres, nunca de hombres, porque el honor del sexo dominante de los hombres nunca permitiría semejante degradación y envilecimiento, y así es como el sexo femenino siente hoy también la prostitución. El hombre es solo usufructuario de la prostitución; la mujer, en cambio, su representante y su víctima. En sus profundidades, completamente «abajo», va a parar finalmente la muchacha caída en el descarrío.

Que muchachas en edad escolar, es decir, niñas, se entreguen a la prostitución por lucro (Erwerbsunzucht), como se dice en el lenguaje del legislador, ya no es hoy ninguna rareza. En todas las estadísticas, establecimientos de asistencia y clínicas encontramos casos así. E incomparablemente mayor es sin duda el número de casos que nunca salen a la luz y que ninguna estadística recoge.

La consideración sociológica del problema de la prostitución nos ha enseñado que la prostitución es un fenómeno de clase cuya silueta histórica se recorta siempre sobre el fondo de un mundo de posesión y desposesión; que su auge coincide con la economía monetaria, que ha acabado por convertirlo todo en mercancía, y que la pobreza, el hambre, la miseria social, el paro y el alcoholismo forman el caldo de cultivo en el que la prostitución prospera con más exuberancia junto a otros males sociales. En este sentido la muchacha proletaria corre un peligro relativamente grande, y los hechos demuestran de sobra que el ejército de las prostitutas se recluta principalmente en las capas socialmente peor aseguradas, en primer lugar las criadas. Pero sobre los procesos anímicos que tienen lugar en la muchacha cuando se vuelve hacia la prostitución, y sobre la cuestión de por qué en ciertos casos los procesos anímicos llevan a esta decisión y en otros no, solo puede dar razón la consideración psicológica.

Ya se ha señalado que la muchacha proletaria está triplemente perjudicada en el marco de la cultura actual: como proletaria frente a la burguesía, como niña frente a los adultos y como muchacha frente al sexo masculino. Sufre el grado más fuerte de perjuicio social que existe hoy. ¡Qué tiene de extraño que los sentimientos de inferioridad arraiguen en ella con especial amplitud y medida, influyan en su vida anímica y determinen su actuación! El afán de poder se ve aguijoneado con la mayor violencia. El deseo de ser independiente, libre, de pleno valor como un hombre, da a la línea directriz del plan de vida la nota que todo lo domina.

Ahora bien, la mujer, en el ámbito de nuestra cultura masculina, está apartada y excluida de la inmensa mayoría de las posibilidades de actividad. Solo raramente y en modesta medida puede, en circunstancias especialmente favorables y casi siempre tras una lucha larga y tenaz, llegar a valer en el terreno económico, político, científico o artístico. Se ve reducida a su papel de ser sexual, a la función inalienable de la mujer. Aunque la lleva como una pesada carga, porque tiene que asumir todas las consecuencias de la sexualidad, hace sin embargo de la necesidad virtud: en la circunstancia de que la mujer es capaz en todo momento del trato sexual, de que en todo momento puede proporcionar placer sin menoscabo de su propio placer, descubre un medio de poder, una superioridad de la que se sirve en la lucha por la valía frente al hombre. Se convierte en ser sexual declarado, eleva su constitución natural a una ventaja, se instala en el punto en que es superior al hombre y despliega allí todos aquellos instintos reprimidos de libertad y de dominio a los que no se le ha concedido un escenario. La vagina se convierte en su arma para afirmarse en la lucha por el poder.

Si a la muchacha le sucede que, ya en su primera juventud, quizá en una atmósfera depravada y apestada, tuvo que sentirse alguna vez y de algún modo con especial fuerza víctima de la superioridad masculina (y esto puede ocurrir en una seducción, un ataque sexual, una violación, pero también ya en bromas y juegos infantiles en el trato con hermanos y camaradas, etc.), empieza a rebelarse contra su papel femenino. Siente su feminidad como postergación, como perjuicio, alimenta cada vez con más fuerza el ansia de poder comportarse como un muchacho, de poder igualarse al hombre, desprecia cada vez más ostentosamente la actitud femenina, la honestidad, el decoro, y los conflictos en que entra con ello con padres y educadores incomprensivos, y de los que sale mal parada, la excitan a forzar aún más su resistencia. Esperar al hombre, dejarse cortejar, el casamiento, la maternidad, toda la suerte del ama de casa: todo le parece debilidad, indignidad, sumisión, cautiverio, oprobio. En cambio le parece deseable presentarse ella misma como pretendiente, escoger al hombre a su antojo para despedirlo cuando se ha hartado de él, desvalorizar al hombre, explotarlo, despreciarlo, vengar en él toda la humillación que ha tenido que soportar de él y de su sexo. El único medio de someter al hombre y triunfar sobre él es para ella la sexualidad. Así pues, la muchacha hace de su sexualidad una oleada de combate,5 el fin de su vida, su medio de ganarse la vida, el órgano de su triunfo cotidiano. La prostituta se comporta como un hombre activo. Corteja, explota materialmente al cliente, desvaloriza su vivencia de placer con la frigidez, es la que gana el sustento del chulo, del que se sirve a su antojo para sus necesidades sexuales, tiene relaciones con muchachas, se siente por encima de los preceptos morales de la sociedad y mira con desprecio y hostilidad a la mujer burguesa, que a sus ojos representa el prototipo de la debilidad femenina más oprobiosa.

La prostituta ha conquistado una libertad masculina, pero sin la protección social ni los derechos de la masculinidad. Ha tenido que comprar su libertad con la expulsión de la comunidad. Está socialmente aislada, apartada, acabada. Las tres hijas de una mujer pobre, de las que una entró en el convento, otra se dio a la prostitución y la tercera se suicidó, tuvieron en el fondo uno y el mismo destino: bajo la presión de terribles escenas familiares en las que la madre sucumbía ante el padre brutal, las tres huyeron del mundo ante el papel femenino; y las tres quedaron con ello acabadas para la sociedad.

En relación con la prostitución hay que nombrar al chulo, que se recluta en los círculos de los descarriados. Desprendido de la comunidad, en busca de una nueva posibilidad de valer, de éxitos baratos, de una satisfacción sin esfuerzo de sus apetitos de dominio, ha ido a dar con la ramera, que le salió al encuentro porque lo necesitaba sexualmente tanto como él a ella materialmente. Ella es quien lo mantiene; él, su protector. Ella es la socialmente superior y le permite el papel de caballero; él le demuestra su virilidad en actos sexuales y le ahorra el papel de la esposa burguesa dependiente. Así se compensan ambos recíprocamente mediante la inversión de la relación matrimonial burguesa, unidos por el mismo medio, la misma hostilidad contra el orden social, la misma distancia frente a la sociedad. Para el mozalbete que cae en el descarrío, el proxenetismo es una elevación aparente del sentimiento de la personalidad; aparente porque se produce sin la resonancia de la sociedad, e incluso lo aleja cada vez más de los vínculos sociales y le hace acabar en lo más hondo. Pero, de momento, una elevación, y eso le basta.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Das proletarische Mädchen», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie, 3.er año, cuaderno 6 (noviembre-diciembre de 1925), págs. 328-332 (ejemplar digitalizado en archive.org, izi-3-6). Es un extracto del libro de Rühle Die Seele des proletarischen Kindes (1925).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y los asteriscos separadores. Los conceptos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (Organminderwertigkeit = «inferioridad orgánica»; männlicher Protest = «protesta masculina»; Verwahrlosung = «descarrío»; Machtstreben = «afán de poder»; Trotz = «obstinación»; Leitlinie = «línea directriz»; Lebensplan = «plan de vida»; vollwertig = «de pleno valor»; Persönlichkeitsgefühl = «sentimiento de la personalidad»). Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Del excelente libro de Otto Rühle Die Seele des proletarischen Kindes [El alma del niño proletario], Verlag Am anderen Ufer, Dresde (Buchholz-Friedewald). [Nota de la redacción de la revista.] ↩

  2. Rühle no da la fuente de la cita de Adler; se traduce del texto de Rühle. (N. del T.) ↩

  3. Cita sin indicación de fuente en el original. (N. del T.) ↩

  4. El impreso dice Achtung («respeto»), errata evidente por Ächtung («proscripción»). (N. del T.) ↩

  5. Así el impreso (Kampfwelle); probablemente errata por Kampfwaffe, «arma de combate». (N. del T.) ↩