Aus Gesellschaft und Erziehung [De Sociedad y Educación], n.º 10

Nuevo país de los niños

Un programa comunista de escuela y educación

por Otto Rühle

Con un dibujo de cubierta de Heinrich Vogeler

Verlag Gesellschaft und Erziehung S. L. Berlín-Fichtenau 1920

Este programa comunista de escuela y educación es un trabajo individual, sin sanción oficial de ningún partido. Un primer esbozo, que se contenta con señalar directrices e indicar grandes puntos de vista. Un intento de salir, con la brújula de la concepción comunista del mundo y de la vida en la mano, del campo de ruinas del hundimiento burgués y del embrollo de la transición democrático-socialista. Este programa deja muy atrás el programa socialdemócrata de escuela y educación. Es cierto que toma de él reivindicaciones parciales, que en muchos casos eran ya reivindicaciones incumplidas del programa escolar liberal-democrático, del mismo modo que hace suyas las reivindicaciones y los objetivos del conocimiento pedagógico más avanzado. Pero al situar todas estas reivindicaciones en una conexión nueva y viva, al concebirlas con más hondura y ponerlas bajo la luz de una nueva concepción del mundo, eleva el complejo de las cuestiones de la escuela y la educación a la altura de un problema cultural formidable, cuya solución nos espera.

La revolución, al hacer añicos los cimientos de la economía capitalista y derribar el edificio carcomido de la sociedad burguesa, será también una revolución de toda la vida cultural intelectual y moral y de todo su contenido.

Y la revolución proletaria y socialista nos traerá la nueva escuela, la nueva educación.

Dichosa la juventud que sea heredera de esta conquista revolucionaria. ¡Pero dichosa también la juventud a la que le sea dado contribuir a conquistar la escuela comunista!

¡Dedicado sea este libro a la voluntad revolucionaria de acción de la juventud comunista!


La economía es —según Marx— el fundamento de todo orden social. No solo determina la estructura social externa, sino también su contenido cultural. En el complejo de fenómenos e instituciones que constituyen el orden social, la escuela y la educación no ocupan el último lugar. Son, antes bien, los portadores más importantes de los valores vitales de la sociedad, los primeros representantes de la ideología social. Esta ideología resulta ser el

destilado espiritual de las necesidades materiales de la vida, constituye el reflejo ideal de todas las realidades en que se agota nuestra existencia física y social. Así, la escuela y la educación arraigan en el subsuelo económico de la sociedad; la forma, el contenido y el fin de la educación se derivan directamente del carácter del modo de producción y de cambio dominante en cada momento. El paralelismo es inconfundible: como el trabajo, así la educación; como el sistema social, así la escuela.

El modo de producción capitalista creó las condiciones de la educación burguesa-capitalista. En el Estado de clase, que divide a los hombres en campos enemigos, se inserta con lógica coherencia la escuela de clase. Y la preparación para la vida que ella proporciona se presenta —como consecuencia de su antagonismo interno— como una preparación para la lucha por la existencia y la competencia en el sentido y según los intereses de la burguesía. La juventud de los poseedores es madurada y capacitada para la dirección y la administración, el dominio y el disfrute; la juventud de los desposeídos, para el trabajo y la obediencia, la servidumbre y la explotación. Esclavos de un lado, esclavistas del otro: ese es el fin. Hombres de rebaño, hombres de señorío. Las altas tasas escolares y la larga duración de los estudios, unidas a los caprichos y las trampas del sistema de exámenes y de títulos habilitantes,1 cierran sistemáticamente al proletariado, tan ávido de instrucción como capaz de recibirla, el acceso a las escuelas y a los cargos, a la influencia y a los ingresos del Estado, que quedan reservados como privilegios de clase a los vástagos de la burguesía. La vida intelectual y moral de la escuela está dominada por la ideología de la clase dominante, que se manifiesta en la concepción idealista de la historia, el patriotismo, la religiosidad eclesiástica, la mentalidad de súbdito y la moral de esclavos, que está asegurada por la formación estatal de los maestros, la vigilancia de las autoridades sobre la marcha de las escuelas, el monopolio de los libros de texto, el sistema de títulos y de confirmaciones, etc., y que persigue enajenar y sustraer sistemáticamente al hijo del proletario de su interés de clase. Y mientras a la juventud burguesa se la preserva con el mayor cuidado de todo contacto con la vida laboral y de la comprensión de las condiciones sociales que de él se derivaría, a ser posible hasta que sus propios intereses hayan encontrado el acorde con los intereses de la clase capitalista, la juventud proletaria es arrojada ya en la más tierna edad al remolino de la explotación y exprimida sin la menor piedad. Así —como en el abastecimiento material— también en la participación en la cultura espiritual a una clase le toca toda la luz y a la otra toda la sombra.

Con la victoria de la revolución proletaria queda quebrantado el poder estatal de la burguesía. La dominación del capitalismo llega a su fin. Con ello queda sellado también el destino de la escuela y la educación burguesas.

Comienza la era socialista.


La era socialista empieza con la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Con ello desaparecen las diferencias de clase. Ya no existen antagonismos de intereses económicos y sociales. La riqueza y la pobreza pertenecen al pasado. Sobre una misma base

material, todos los hombres están unidos en el trabajo común por la conservación y la elevación de la vida, en la lucha común contra las fuerzas hostiles de la naturaleza y los peligros amenazadores del entorno aún burgués y capitalista.

El objetivo supremo de la economía socialista es el aumento general del rendimiento del trabajo.

Este objetivo se alcanza mediante la supresión de la explotación, la organización planificada del trabajo, el desarrollo de la técnica del trabajo, el desarrollo y la formación de la fuerza creadora humana y el reparto del producto del trabajo según principios socialistas.

Puesto que en la elevación general de la productividad del trabajo, como en la elevación general del nivel cultural que de ella se deriva, están interesados en igual medida todos los miembros de la sociedad, todos están también obligados a colaborar y a participar activamente. De ahí resulta el deber de la sociedad de liberar todas las fuerzas creadoras humanas, capacitarlas para su tarea y educarlas para el máximo rendimiento posible.

La educación socialista no es, pues, asunto de individuos aislados ni de grupos sociales aislados, sino de la sociedad entera. Estará guiada por puntos de vista unitarios y regida por principios unitarios. Organizada de forma centralista o federativa, será el fiel reflejo del nuevo orden social, que vive en su estructura orgánica, sus funciones, su contenido cultural, su ideología. Una educación general, multilateral, omnicomprensiva. Una escuela del hombre exterior e interior, que desencadene sus facultades y disposiciones del modo más feliz y fecundo, lo lleve al más libre despliegue y a la más alta perfección y lo capacite así para el máximo rendimiento en el trabajo y para el más rico disfrute de la cultura.

Una escuela del trabajo para el trabajo, de la cultura para la cultura, de la vida para la vida, del socialismo para el socialismo.


En la estructura orgánica de la sociedad basada en la propiedad privada, la familia era el sillar más bajo. Era el microcosmos: comunidad económica, de vida y de educación, cerrada y mantenida unida por los lazos de la misma sangre, animada por la idea que se encarnaba en el Estado como un todo. En forma perfecta y con eficacia armoniosa subsistió hasta la era pequeñoburguesa: la granja del campesino y la casa del artesano agremiado ofrecían los escenarios de la vida familiar ideal. Ludwig Richter, Schwind y otros tomaron de ellas los motivos de su arte. Más tarde, sobre todo en la época del capitalismo desarrollado, fue cayendo cada vez más en la descomposición y la disolución. El desarrollo de la economía mercantil, que trasladó el abastecimiento de bienes de la casa a la fábrica y a la tienda, la despojó de su carácter de comunidad de trabajo y economía. Y como el hombre y la mujer, y a menudo también los hijos, se vieron empujados al trabajo asalariado fuera de casa, del rico contenido de la comunidad de vida no quedó más que el pobre resto de una fugaz comunidad de mesa, de cama y de descanso al acabar la jornada. Huelga decir que con ello se perdió también casi por completo la importancia de la familia como comunidad educativa. La preparación intelectual y moral para la vida pasó a ser principalmente tarea de la escuela, de los maestros funcionarios. Y estos —escuela y maestros— estaban directamente al servicio del capitalismo.

La guerra, que empujó al padre durante 4 años a las trincheras, a la madre a la fábrica de municiones y a los hijos a la calle, ha acabado con la familia burguesa. El paro, la escasez de viviendas, la miseria económica y las luchas políticas aceleran y consuman el proceso de desintegración, que se hace visible a la opinión pública en el enorme aumento de los divorcios, el excedente de 3 millones de mujeres en edad núbil, la delincuencia juvenil, la decadencia de la moral sexual, etc. La frágil y pobre formación que hoy se sigue llamando familia es una cáscara sin núcleo. Y este es todavía, desde el punto de vista del desarrollo, el caso más favorable. Pues el núcleo, allí donde aún existe, no puede ser más que la concentración de intereses y tendencias reaccionarios, ajenos al presente y hostiles al futuro. La familia, con su tradición de propiedad privada, su concepción individualista del mundo, su tendencia a la autoconservación y su ética del egoísmo, está históricamente superada. Se sostiene y cae con la propiedad individual de los medios de producción, con la economía privada, con el usufructo

del producto de la producción por los empresarios capitalistas. La revolución le quita el suelo bajo los pies y deja su forma sin sentido. La era socialista ya no tiene objeto para sus funciones, ni necesidad de sus servicios, ni condición previa para sus bendiciones. La declara superflua. Está liquidada.

En lugar de la familia aparece, como nueva comunidad de hombres creadores, unidos intelectual y anímicamente, en cuyas manos están la economía, la configuración cultural de la vida y la educación de las nuevas generaciones, la comuna.


Del gris crepuscular de la prehistoria se destacan los contornos inciertos del comunismo primitivo.

Conducen a la época de las primeras asociaciones sociales en las que nacía el hombre: la horda, la federación de hordas, el clan. Todos los miembros del parentesco de sangre estaban unidos en el gran círculo; el lugar de residencia y el hogar, las tiendas y las chozas, las herramientas, el ganado y los campos constituían propiedad común. En los tiempos más antiguos existía también comunidad sexual, originariamente ilimitada, más tarde dentro de las generaciones o de grupos mayores o menores.2 El todavía insuficiente desarrollo de las fuerzas productivas exigía la ayuda mutua en la producción, y con ello hacía del abastecimiento de bienes y de la defensa frente a los peligros amenazadores un asunto de todos para todos. En esta comunidad primitiva germinaron las primeras formas tanto de la economía como de la organización social. Aquí se formaron las células de la familia, del municipio, del Estado, de la sociedad.

Cada fase del ascenso tuvo su particular estructura económica y social, sus propias relaciones sexuales, su fisonomía ética y cultural. Pero cualesquiera que fuesen las formas que adoptara en cada etapa la convivencia generativa, familiar, social y cultural de los hombres, siempre estuvo regida por las leyes no escritas de la comunidad, las leyes fundamentales del comunismo. Comunidad de la propiedad, comunidad del trabajo, comunidad en el disfrute del producto: esos eran los fuertes pilares sobre los que descansaba la existencia humana de aquel tiempo. Y la iluminaba el espíritu vivo de la solidaridad, que se plasmaba en la religión y la ética, el saber y el arte, el derecho y la ley. Su florecimiento más alto lo alcanzó la asociación social de esta era en la época del derecho materno.

El niño no pertenecía a la madre que lo había dado a luz, sino al clan, es decir, a todos los que descendían de la misma madre del linaje: sabuah parui —como dicen los malayos de Menangkabau, en Sumatra—, literalmente: a todos los que han salido del mismo vientre. Llevaba el nombre de la comunidad, cuyo distintivo o adorno llevaba y cuya protección disfrutaba; heredaba en ella, y únicamente de la madre, tanto bienes como títulos y dignidades; celebraba sus fiestas, tomaba parte en su culto, veneraba su tótem y, cuando moría, ella lo lloraba. Si lo habían matado, la

venganza de sangre colectiva del clan perseguía al asesino. Siempre vivía en cada destino individual el destino del conjunto, en cada individuo la comuna.

En la medida en que podía hablarse de educación, esta se proponía enseñar destrezas y desarrollar cualidades que exigía la lucha por la existencia. Se ejercitaban sobre todo la mano y los sentidos: en los pueblos cazadores, para rastrear la caza y manejar las armas; en los pueblos pastores, para cuidar y atender a los animales y elaborar sus productos; en los pueblos pescadores, para nadar y remar, pescar y construir barcas. Al mismo tiempo, la comunidad de vida y de trabajo hacía crecer, como virtudes morales, el sentimiento de solidaridad, la fidelidad a la tribu y la disposición al sacrificio. Siempre los puntos de vista materiales, bajo los cuales los comienzos de la organización social cobraron claridad y forma, ejercieron una influencia decisiva sobre el contenido, la forma y el alcance de la práctica educativa que se iba desarrollando.

La aparición de la propiedad privada, que pasó a manos del hombre, socavó la comuna primitiva y provocó su desintegración. El trabajo se había desarrollado tanto que el individuo, valiéndose solo por sí mismo, era capaz de fundar y sostener con su producto una familia individual y un hogar individual. Con ello se aflojó y se soltó el aro que había mantenido unida a la comunidad. El individualismo del hombre, despertado y aguijoneado por la riqueza, encontró en la familia su dominio. La gran familia se desmoronó en familias pequeñas, el matrimonio de grupo en matrimonios monógamos, la comuna en hogares. Comenzó la era del individualismo.


Tras siglos de desarrollo pujantísimo y de triunfos brillantes, el género humano vuelve a encontrarse junto a un lecho de muerte. La era del individualismo ha pasado, la propiedad privada tiene que desaparecer, el capitalismo se hunde.

Siguiendo el eterno ciclo de los acontecimientos, entramos de nuevo en una era del comunismo.

Comunismo, es decir: comunidad de la propiedad, del trabajo, del disfrute del producto del trabajo; significa solidaridad; significa nuevas relaciones entre los sexos, nueva configuración de la vida, nueva esfera cultural, nueva educación.

Un vuelco como antaño, solo que en el peldaño más alto de un desarrollo milenario, sobre las conquistas de la cultura humana de toda la era que llega a su fin. Y con el efecto contrario.

Entonces se desintegró la propiedad común y se transformó en propiedad privada, de la que empezó a disponer la voluntad de un individuo. Hoy el tiempo de la propiedad privada ha vuelto a pasar, y los pedazos y pedacitos se juntan de nuevo en un todo; la propiedad común resurge.

Entonces la gran familia se hizo añicos y se prolongó en una infinidad de familias individuales, que formaban el recipiente social del matrimonio monógamo. Hoy se rompe el matrimonio monógamo, se estrella la familia individual bajo los pasos del desarrollo, y los escombros se configuran en un nuevo todo.

Los hogares individuales pierden su sentido ante la escasez de material, la falta de fuerza de trabajo y la carestía de la vida; el esfuerzo individual se ve condenado a la impotencia ante las tareas que le plantea un

orden mundial que se derrumba. Entonces las partes aisladas, e incapaces en su aislamiento, tienden de nuevo a la unión. De la multiplicidad que fracasa nace una unidad salvadora. Los hogares inconexos se encuentran en la cohesión viva de la comuna.

La comuna es la célula de la nueva vida en comunidad. Este concepto de comunidad arraiga en la conciencia del proletariado como clase. Cuando el obrero comprendió que él solo no es nada, aplastado por el capitalismo, empezó a agruparse con sus iguales. La solidaridad se convirtió en su exigencia moral. En el sentimiento de clase y la conciencia de clase encontró su plasmación ideológica; en la lucha de clases, su forma concreta de expresión. La clase se convirtió en la nueva comunidad. El individuo se sumerge en ella para resurgir de ella como un hombre nuevo. No es que el individuo pudiera crear, formar y animar la comunidad; al contrario: el individuo es su producto. La conciencia individual es el sustrato obtenido de la conciencia de la comunidad. La voluntad individual es la voluntad de la comunidad proyectada sobre el individuo. El rendimiento individual es la acción sacada del manantial caudaloso del rendimiento de la comunidad. Pensar y saber, poder y crear, sentir y querer: todo tiene por condición la vida de la comunidad. En la lengua y la ciencia, la costumbre y el derecho, la religión y el arte cobra forma, para volver a fecundar y colmar la vida de la comunidad. La individualidad no es otra cosa que el reflejo de la vida de la comunidad y de la ideología de la comunidad en el individuo.

De la comunidad se deriva también una nueva relación del hombre con el trabajo. Este ya no se le acerca desde fuera. Como deber duro, como algo ajeno, hostil, que conduce a la servidumbre y, en lugar de hacer feliz, solo causa tormento. Brota de la comunidad como necesidad, como impulso interior, como algo natural que se deriva lógicamente del hecho de nuestra existencia y de nuestra voluntad de conservación. Es la expresión inmanente de nuestra vida, el sentido de nuestra existencia, la nobleza natural de nuestra humanidad.

Este trabajo —trabajo social para la sociedad— es fundamento y contenido, medio y forma, propósito y fin de la nueva educación.


La nueva educación tiene que partir de la premisa de la vida y la actividad en la comunidad. Tiene que observar a cada paso las consecuencias de esta premisa y considerar siempre al hombre como ser social. Y no ha de tratarse «solo de la relación del individuo con otro individuo, sino también de su relación con la comunidad humana constituida».3 En lugar de educar, como hasta ahora, individuos aislados para el libre juego de las fuerzas, se trata de crear un tipo humano plenamente consciente de su posición dentro de la sociedad humana y que satisfaga sin reservas las exigencias que de ella se derivan, como productor, como ciudadano libre, como portador y promotor de la cultura.

Todos los grandes pensadores y pedagogos de otros tiempos —Platón, Comenio, Goethe, Pestalozzi, Owen, Marx— se vieron llevados, por un fuerte sentir social o por una honda comprensión de las condiciones y conexiones de la vida, a reivindicaciones o utopías de pedagogía social; solo que las condiciones materiales, situadas en la economía y la estructura social, no existían todavía o no bastaban para convertir los deseos y los sueños en realidad. Pero cuando, en la época de la gran industria, de la técnica de las máquinas, del despliegue de insospechadas fuerzas capitalistas, el socialismo abandonó el envoltorio tornasolado de la utopía para dirigir, en una clara formulación científica, las exigencias férreas del desarrollo histórico a su tiempo, también la pedagogía social pudo descender de las regiones nebulosas de la composición utópica y poética y, en la realidad tangible de una teoría seria, llamar pidiendo entrada a las puertas de las escuelas. Y ahora que el capitalismo se derrumba por fin, caen las últimas barreras.

Hoy la revolución ha puesto la cuestión de la pedagogía social en el orden del día de la historia y, con la formidable vivencia cultural de la educación comunista, la ha llevado al umbral de su realización práctica inmediata.

Los sueños se hacen realidad, la teoría se hace acto. Con los ojos bien abiertos viven también los pedagogos la historia universal.


El niño de la época burguesa nacía en la familia; el vástago del proletario, con demasiada frecuencia, como Jesucristo, sobre heno y paja.

Si el niño de la era socialista viene al mundo en la comuna, será sin duda solo durante la fase de transición, en la que, con la bancarrota capitalista a la espalda, todavía falta de todo.

Pronto se levantarán casas de maternidad en gran número, dotadas de todo el confort higiénico y de todas las conquistas clínicas y técnicas de la práctica ginecológica. Médicos que habrán dejado de ser meros ganadores de dinero prestarán una ayuda competente, y un ejército de enfermeras estará dispuesto para una asistencia comprensiva. La conciencia de hallarse físicamente en las manos más fieles y libre de toda preocupación material aliviará enormemente a la parturienta la hora difícil. En el hogar de madres y lactantes pasará con el recién nacido las semanas hasta su restablecimiento.

La sociedad socialista tiene un gran interés en quitar al parto, en lo posible, sus dolores y sus terrores. No solo por mandato de la humanidad, sino sobre todo porque le importa elevar con todas sus fuerzas el deseo de la mujer de tener hijos. Necesita niños, muchos niños, porque los niños se convierten en trabajadores, productores, creadores de valores. El hombre es el medio de producción más valioso; en una época en que el hombre es capaz de producir un múltiplo de lo que necesita, representa una fuente de riqueza. Cuantos más hombres que crean, más rica la sociedad. Cuanto mayor la natalidad —sobre todo tras las enormes devastaciones generativas de la Guerra Mundial—, más seguro el bienestar y más prometedor el desarrollo cultural. Por eso: ¡fomento de la producción de niños! ¡Aumento de la capacidad y del deseo de tener hijos! ¡Multiplicación de las nuevas generaciones! Muchos hijos, mucha bendición: ¡por fin el refrán se convierte en una verdad que hace felices!

Que el niño pase los primeros meses y años en la comuna doméstica o en el hogar infantil dependerá enteramente de las circunstancias. Allí como aquí no será hijo único ni crecerá solo entre hermanos; pues se pondrá empeño en que se una con otros niños que no sean de su sangre en un grupo de camaradas. En el hogar infantil, donde la madre, para poder estar día y noche cerca del niño con su corazón amoroso y su mano solícita, quizá haya entrado a servir como cuidadora, será costumbre que el pecho materno no se dé solo al propio hijo, sino —si es posible— también a un segundo o a un tercero. Sin duda el cuidado materno tiene que repartirse, más allá del propio hijo, entre varios de los niños a su cargo. Y en la comuna doméstica ocurre algo parecido. No es solo el padre quien tiene derechos de dominio sobre el niño, ni puede la madre sola reclamarlo como su posesión personal. Ha pasado el tiempo en que los padres podían decir: ¡este es nuestro hijo, podemos hacer con él lo que queramos! El niño pertenece a todos, es vigilado con los ojos de todos, confiado al cuidado de todos, obsequiado con el amor y la bondad de todos. El amor ciego y la indulgencia débil de voluntad en un caso, el olvido del deber y la desnaturalización de los padres4 en el otro, encuentran su compensación y su armonioso temple. En las deliberaciones semanales de los

miembros de la comuna, en sus consideraciones y resoluciones, en sus esfuerzos y esperanzas, a cada niño se le dedica una parte, un apartado. Su destino ya no está solo, aislado, entregado al azar y a la arbitrariedad; en él vive el destino de la comunidad. Y este destino es planificado y premeditado, es providencia.

Es cierto que la naturaleza ha anudado lazos íntimos entre la madre y el hijo; es cierto que, según la tradición y la costumbre, la relación entre madre e hijo pasa por la más cordial, la más firme y la más dulce. Pero ¿queda demostrado con ello que la madre sea la mejor, la más apta educadora del niño? ¿En la era del individualismo, quizá? En la era socialista, desde luego que no. Aquí la educación solo puede ser una obra colectiva. El sentimiento y el juicio del conjunto están por encima del sentimiento y el juicio de los individuos, porque predomina el interés del todo. Lo individual tiene que subordinarse al todo. Se disuelve en el todo.

Nadie arrancará con brutalidad a la madre su hijo. Nadie será violento ni herirá instintos nobles. Los lazos de la sangre y de tradiciones milenarias solo pueden soltarse con la mayor delicadeza y el más escrupuloso miramiento, cuando lo exige lo inexorable e ineludible del desarrollo. Así, la separación se hará con todo el cuidado imaginable y con una reverente inclinación ante la santidad de la maternidad.

Pero se hará. Y el niño pasará a ser propiedad de la sociedad.


El niño se convierte en miembro de un grupo de camaradas cuyo mundo es el jardín de infancia. Será un verdadero jardín, un jardín del Edén, soleado, con montones de arena, abundantes ocasiones de juego, prado de chapoteo y algunos animalitos que sepan soportar las ternuras del corazón infantil.

Todos los niños están obligados a asistir al jardín de infancia. Más o menos desde los tres años. Pero no habrá límite de edad obligatorio, ni hacia abajo ni hacia arriba. Las clases por edades forman parte del esquematismo de la escuela de adiestramiento,5 que —¡gracias a Dios!— queda superada en la era socialista.

El jardín de infancia sirve al juego. En el juego se refleja la vida. Primero, con sus defectos. Por eso el juego en el jardín de infancia empieza por compensar lo defectuoso de nacimiento, por encaminar el equilibrio exterior y —puesto que todo lo corporal tiene su correlato en lo psíquico— el interior. La higiene y la cultura física constituyen el punto de partida. La gimnasia se hermana con el ritmo y el sonido, la imagen y la línea: la gimnasia de Mensendick y la gimnasia rítmica de Jaques Dalcroze6 apuntan las perspectivas. La liberación de las trabas corporales a partir de estas experiencias hace de la gimnasia danza, pose artística, medio de expresión de intenciones estéticas: «expresión gozosa de un alma que se libera».

Pero la vida no es solo alegría y belleza; respira una profunda seriedad y encuentra en el crear, en el hacer productivo, el núcleo y la corona de su destino. También en esto se muestra el juego infantil como reflejo de la vida: «manifestaciones de una actividad seria con el más ligero vestido de alas», así lo llamó Jean Paul. Aquí hay un chiquillo al que un palo le sirve de caballo, de barco, de arma; allí una niña que hace con arena los pasteles más espléndidos y duerme cantando a un nabo como si fuera un niño de pañales. Lo vivido se capta, lo observado se imita, lo propio se añade. Así se forma, de verdad y poesía, un mundo maravilloso. Infinidad de fuerzas finas y misteriosas del espíritu y del alma tienen que moverse, todo un aparato —impulsado por estímulos insospechados, animado por energías inauditas— tiene que ponerse en marcha para llevar a cabo la obra maravillosa de arena, papel, madera o barro. Fue Fröbel el primero que enseñó a los educadores a apreciar al niño desde el principio como ser creador, y el que con su

jardín de infancia tendió un puente de arco iris, alegre de colores, entre el juego y el trabajo. En el jardín de infancia, las manipulaciones primitivas del juego y de la ocupación doméstica se agrupan en pequeños sistemas mediante los cuales se persigue y se logra una influencia consciente y planificada sobre las destrezas corporales, el mundo de los sentidos y la vida intelectual del niño. Se ejercitan el ojo y la mano, el cerebro madura y crece. Nombres y palabras se graban. Se reconocen cualidades y formas. Conceptos y representaciones se almacenan, dispuestos para la apercepción. El número, el tiempo y el espacio salen de la penumbra de lo inconsciente y entran en la conciencia con contornos claros y nítidos.

Con la edad maduran las fuerzas y las facultades del niño. Crecen sus experiencias, sus conocimientos y sus logros. Aumenta el sentido de la utilidad, se perfecciona la capacidad de expresión, el ingenio se ejercita en pruebas de talento. Pronto el libro de cuentos y el banco de carpintero sustituyen al montón de arena y al corro. El jardín de infancia se transforma en escuela de juego. Una escuela, desde luego, un paso más cerca de la seriedad de la vida, pero todavía rebosante del infinito sentimiento de alegría del juego y animada por la alegría soleada de la juventud, que da alas a todos los impulsos del alma y de la voluntad creadora.

Si el juego ha de ser un fiel reflejo de la vida, tiene que reflejar también la historia de la humanidad. Sabemos que en el desarrollo del individuo se repite, abreviado y concentrado, el curso del desarrollo de la humanidad. Es la ley biogenética fundamental de Haeckel trasladada a la cultura. Las fases principales de este ascenso han de mostrarse al niño mediante el juego y convertirse en vivencias propias. Una robinsonada trasladada del libro de cuentos a la vida infantil. La marcha erguida, la mano prensil, el lenguaje, la elaboración del barro, la fibra y las ramas, la obtención y el culto del fuego, el pastor y el rebaño, la construcción de tiendas, el cultivo del campo: qué inabarcable plenitud de estímulos, motivos y posibilidades de expresión abren estas etapas del primer desarrollo cultural al juego y a la actividad infantil.

Pero el juego y el crear no solo abren al desarrollo intelectual del niño perspectivas nuevas y prometedoras, no solo sientan bases valiosas para el despliegue del sentimiento de la belleza y de la vivencia artística y constituyen, por último, desde el punto de vista de la utilidad práctica, una preparación importante para la posterior educación en el trabajo: ante todo confieren al hombre en formación las únicas medidas auténticas e infalibles para la valoración y apreciación social del trabajo humano, del trabajo de la cabeza como de la mano, del hombre como de la mujer. Preparan el camino a la estimación socialista. En ello reside su enorme importancia social.

Pero también por otro camino se convierten el jardín de infancia y la escuela de juego en despertadores del sentido de comunidad (Gemeinschaftssinn) y cultivadores de sentimientos sociales. Al insertarse el niño en la cadena viva de la comunidad juvenil de juego y de trabajo, tiene que adaptarse, acostumbrarse, subordinarse; tiene que tener consideración, renunciar o exigir, defender su derecho y afirmar luchando su puesto, exactamente igual que los adultos fuera, en la vida. La timidez y el apocamiento se convierten en decisión y

presteza; la falta de confianza en sí mismo se transforma en fuerza, constancia y valor. El exceso de celo y la cólera se domestican; lo antisocial se extirpa. Así se ejercita al niño en las virtudes sin las cuales no hay convivencia humana: la concordia, la complacencia, la subordinación al todo, la autodisciplina, la solidaridad. «¿Dónde puede el niño», pregunta Jean Paul, «mostrar y hacer madurar sus fuerzas de mando, su resistencia, su perdonar y su dar, su dulzura, en una palabra, cada flor y cada raíz de la sociedad, si no es en el Estado libre entre sus iguales? ¡Educad a los niños por medio de los niños! La entrada en el patio de juegos infantil es para ellos una entrada en el gran mundo».7


De la escuela de juego el camino lleva a la empresa de trabajo. Lo que allí era juego y preparación, un alegre coger del árbol del conocimiento, se convierte aquí en hacer serio y cumplimiento objetivo del deber. No es una contraposición; solo un paso de perfeccionamiento, un crecer hacia fines más altos. Entre el niño que juega, el obrero que produce y el artista que crea no hay diferencia. Solo hay grados, matices, niveles de desarrollo. Al que juega, la escuela de juego; al que crea con diligencia, la empresa.

La inserción y la incorporación del niño al proceso social de trabajo es la tarea más próxima y más importante de la educación comunista.

Esta tarea la dicta la necesidad material de la sociedad y el mandato que de ella resulta de aprovechar toda fuerza de trabajo para la producción social. No tanto porque pueblos hambrientos solo puedan esperar ya su última salvación de la tumba de la movilización de sus últimas fuerzas, sino más bien porque el trabajo se ha convertido en el contenido del destino vital de todos los hombres, también de la juventud. Con ello la tarea la dicta al mismo tiempo el conocimiento pedagógico de que la mejor y más fecunda educación para el trabajo se da en la educación por el trabajo mismo.

La condición para cumplir esta tarea es la socialización de los medios de producción, en primer lugar de las grandes empresas agrícolas e industriales, es decir, la supresión de la economía mercantil capitalista y la introducción de la economía socialista de satisfacción de necesidades.8 Solo si la sociedad dispone libremente de todos los medios de producción y fuerzas productivas puede ponerlos a su arbitrio al servicio de la educación social. Solo si la producción está libre de las leyes, los azares y los caprichos del mercado de mercancías, puede ajustarse su organización a los fines de una educación planificada. Y solo cuando a espaldas del productor ya no se agite el látigo del empresario ávido de ganancias, podrá el trabajo revelar sus efectos como medio de educación.

El nuevo sentido del trabajo está dado en su nuevo destino: asegurar toda existencia mediante el abastecimiento de medios de existencia, situar la existencia material de los hombres sobre una base más amplia y más rica, aumentar la cantidad de bienes culturales disponibles y elevar así la medida del disfrute general de la cultura. ¡Todos los hombres han de quedar saciados y contentos!

De este nuevo fin económico resulta, junto al deber general de trabajar, una medida de trabajo de obligado cumplimiento para todos, cuyo cumplimiento es lo único que justifica el derecho a bienes de consumo del producto social del trabajo y obtiene su concesión. ¡Solo quien trabaja ha de poder comer! La medida del trabajo se halla dividiendo la cantidad de medios de consumo necesarios por la cantidad de fuerzas de trabajo disponibles9 —una operación aritmética que, con todo, es más complicada de lo que parece, porque las fuerzas de trabajo no pueden igualarse mecánicamente, sino que han de ordenarse en grupos según su capacidad de rendimiento—. Por lo pronto, la medida del trabajo será una medida de tiempo. Es decir, en aplicación concreta: el adulto sano y normalmente desarrollado es trabajador pleno y cumple su jornada plena de tantas y tantas horas de trabajo. Si el niño —digamos— se convierte en trabajador pleno a los 18 años, se le podrá exigir de los 16 a los 18 años más o menos ¾, de los 12 a los 16 la mitad y de los 8 a los 12 ¼ del rendimiento pleno. En todo caso, con la madurez creciente aumentará también la cantidad del rendimiento de trabajo que se le imponga, medida por lo pronto en tiempo.

Lenin demuestra —en El Estado y la revolución—, apoyándose en Marx, lo discutible que es la aparente justicia de esta medida de tiempo y lo poco que en la era socialista puede mantenerse a la larga este modo del «derecho igual» a los medios de consumo. En efecto, aquí se aplica una medida igual y un derecho igual a individuos desiguales: un hombre es más fuerte, otro más débil, uno más dotado, otro menos, uno está en mejor disposición, otro en peor, etc. «A igual rendimiento de trabajo», concluye Marx, «y, por consiguiente, a igual participación en el fondo social de consumo, uno obtiene, pues, de hecho más que otro, uno es más rico que otro, etc. Para evitar todos estos inconvenientes, el derecho —y con él también la medida de tiempo del trabajo— tendría que ser no igual, sino desigual».10

En la primera fase de la sociedad socialista habrá que conformarse con esta penosa desigualdad e injusticia. «En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadora de los individuos a la división del trabajo, y con ella el contraste entre el trabajo intelectual y el manual; cuando el trabajo no sea solo un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, hayan crecido también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, solo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en su bandera: “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual, según sus necesidades!”».11

La educación, mediante la introducción y el manejo de métodos diferenciados de medición y estimación, mediante una observación e individualización más cuidadosas, mediante una selección y una evaluación más concienzudas, tendrá que preparar ya en la juventud, en la medida de sus fuerzas, el estado superior

de la sociedad comunista. ¡Qué rico campo de trabajo se abre así a la psicología, a la pedagogía experimental! ¡Qué interesante y animado se vuelve todo el ascenso de las nuevas generaciones, que deja así que se haga valer toda la riqueza de individualidades y variedades, en lugar de violentarla y mutilarla, como hoy, en el lecho de Procusto de las clases por años de edad! ¡Y qué plenitud de posibilidades de despliegue se ofrece a cada aptitud, a cada talento!

Los niños se agrupan en grupos de inclinación y de aptitud, cuya composición cambia sin cesar, pues el niño goza —siempre, naturalmente, dentro de las condiciones y necesidades económicas— de la mayor libertad de elección y del más libre derecho de decisión en lo que se refiere al trabajo y a la enseñanza. Cesa la coacción intelectual. Ya no hay cursos obligatorios para todos ni planes de estudios oficiales decretados, concebidos en la mesa de despacho para el «niño normal». Para el trabajo en la empresa está el reglamento de la empresa, en cuya elaboración participa también la juventud que produce y que ha de tener en cuenta la peculiaridad infantil. Tendrá en cuenta, por ejemplo, la menor constancia del niño, dará el mayor margen posible a su necesidad de cambiar con más frecuencia, respetará deseos particulares, etc. Junto a la más estricta integración, se concederá la mayor independencia, y precisamente de ahí nacerán fuertes impulsos hacia la autoeducación. El niño es llevado al querer consciente y llega a una representación propia del fin y del resultado de sus acciones. Como norma y correctivo surge una disciplina del trabajo, que encuentra su ejecutivo extremo en un tribunal de empresa elegido, que pide cuentas a los perezosos, impuntuales, reacios y demás elementos antisociales y, llegado el caso, los sanciona. Por lo demás, los castigos, de la forma que sean, quedan excluidos en cualquier circunstancia. La idea rectora suprema debe ser: con la más estricta organización y el más enérgico énfasis en el fin comunitario, la mayor independencia y la libertad más amplia imaginable del individuo.

A ser posible, cada localidad forma una comunidad escolar12 con explotación agrícola, talleres, fábricas e instituciones científicas. Algunas empresas se organizan —no solo técnica, sino también pedagógicamente— como empresas modelo, pues han de servir de lugar de trabajo y de formación para la juventud. Lo que hoy llamamos escuela se ha convertido en una empresa económica en la que se realiza trabajo productivo como trabajo educativo. Las localidades pequeñas han de agruparse en una comunidad escolar, pero hay que evitar los caminos fatigosos. Las localidades mayores y las ciudades se dividen en varias comunidades escolares. Para ello hay que procurar la mayor diversidad posible en el carácter de las empresas económicas, para que todas las disposiciones y facultades imaginables de los niños encuentren su cauce y reciban formación.

Trabajo y educación son aquí una sola cosa. El niño trabaja en la práctica para la necesidad social; nada de marcos de talla de muesca,13 nada de toallas bordadas, nada de esas superfluidades cursis que solo derrochan tiempo y material mientras el cerebro y los sentidos se quedan con las manos vacías.

No: el niño ayuda a cocer el pan y a tejer la ropa, a fabricar muebles y a construir casas. Es un trabajador auténtico y cabal, que crea valores reales, un miembro útil del organismo social que, en su puesto, sirve con alegría al todo. Y mientras el niño trabaja, aprende y es educado. Como el hombre, mientras respira y digiere, se perfecciona creciendo.

La base de partida de la educación en el trabajo es la explotación hortícola y agrícola. Conduce a las fuentes y los elementos de la actividad humana en general. Conduce a la naturaleza. Sobre ella se construyen las tareas artesanales. Se realizan en talleres anejos a las comunas y a las explotaciones agrícolas. Y por encima de los talleres, como una región superior, se despliega la industria con sus máquinas y su técnica en rica variedad y alta perfección. Escalón por escalón recorre el niño, según su grado de madurez y su capacidad, la escala de la producción organizada. De las observaciones y experiencias de su trabajo, o al menos en la más estrecha conexión con la producción en la que está y en la que toma parte inmediata, le llegan volando conocimientos de ciencias naturales, técnicos, físicos, matemáticos, o se desarrollan sin especial esfuerzo. El trabajo en el huerto o en el campo es ciencia natural y economía prácticas; el trabajo en la cocina, química o física prácticas; en los talleres y en las naves de las fábricas, en los puntos de distribución y en las oficinas: en todas partes la ciencia toma forma práctica y figura viva. La práctica es vivencia: así, del lastre abstracto de la memoria se hace una ganancia viva de los sentidos, la gris teoría florece en el árbol verde y dorado de la vida.14 Ninguna herramienta es ya un mero instrumento muerto y casual, ningún material queda ya expuesto a una elaboración irreflexiva y mecánica: todo tiene voz y lenguaje, se vuelve personal y habla con las lenguas de la historia, de la geografía, de la lingüística y la etnología, de la ciencia en general; no se pone en marcha en la empresa ninguna máquina cuya construcción, funciones y relaciones todas con la vida productiva no hayan conocido los niños. Todo el trabajo social está tan impregnado y empapado de tendencias educativas y elementos formativos que la vida productiva en su totalidad se convierte en una única gran ocasión de educación y formación para todas las clases y grados de atención, de temperamento, de interés, de inclinación y de aptitud. Entre la producción y el mundo del espíritu, entre la actividad material exterior y el crecimiento anímico e intelectual interior, existe un tejido de mil hilos de conexiones y se produce un intercambio múltiple de potencias, en fecundación, complemento y profundización recíprocos. Así despliega el trabajo, sin que se note, pero con la mayor intensidad y persistencia, su carácter y su misión como medio de educación. Es la vida más concentrada, consciente de su fin, positiva, la más creadora expresión de la vida, la afirmación de la vida materializada. Y con ello, medio de educación incomparable, método de educación fecundísimo, resultado educativo riquísimo.

¿Dónde habría una fuente más pura de felicidad? ¿Un instrumento más apto de perfeccionamiento intelectual y anímico? ¿Dónde hay un contenido más profundo del destino humano? ¿Una nobleza más alta y más auténtica de la libre

humanidad? En todo, el trabajo es la raíz y la cumbre, el núcleo y el alma, la flor y la corona.

Pero el trabajo cambia. Su eterno cambio es una ley. El progreso de los medios de producción revoluciona los métodos de trabajo de la gran industria; el crecimiento constante y las continuas variaciones de las necesidades exigen un cambio incesante y un mayor rendimiento de la producción. Por eso el trabajador ha de ser formado de manera que pueda emplearse en el mayor número posible de ramas de la producción. El niño recorrerá, pues, el mayor número posible de empresas, se ejercitará en muy diversas ramas de la producción, trabajará ahora aquí, ahora allá, no rindiendo culto a un diletantismo superficial, sino aprendiendo, creando y madurando en todas partes. Pronto el conjunto de los productores jóvenes, y más tarde también de los adultos, formará una gran masa elástica que se deje moldear para todas las coyunturas de la demanda de fuerza de trabajo. Durante el verano poblará los campos y las vegas y durante el invierno llenará los talleres y las fábricas. Afluirá aquí y allá según la necesidad social la llame o la despida. La educación en el trabajo persigue y prepara esta capacidad de adaptación y de empleo de las fuerzas de trabajo. Por eso se facilitará todo lo posible el paso no solo de una empresa a otra, sino también de una comunidad escolar a otra, de una región económica a otra. Para fomentar disposiciones o inclinaciones particulares, se enviará a los niños a cursos especiales o a escuelas profesionales, al extranjero, se los eximirá total o parcialmente del trabajo, se los estimulará con ventajas, etc. En una cartilla de trabajo que recibe cada niño constará todo su itinerario formativo. Los exámenes, naturalmente, quedan abolidos. La prueba de capacidad se aporta únicamente con el rendimiento y el éxito. Desaparece el sistema de títulos habilitantes. Para ningún cargo ni puesto se exigirá ya la prueba de una determinada formación previa. La frase se eleva a realidad: ¡vía libre al capaz!15

Para la estancia de los niños durante todo el día, y en su caso también durante la noche, han de crearse —a ser posible en conexión con las empresas de trabajo— hogares de día en los que se den comida, descanso, cuidados, ocasión de bañarse, asistencia médica, etc., y en los que se practique sobre todo la gimnasia. Tanto la higiénico-deportiva, que sirve al fortalecimiento del cuerpo y a la cultura física, como la rítmico-estética, que, unida a la música, la plástica y la danza, conduce a un refinamiento del estilo de vida y a una profundización de la capacidad de disfrute artístico. Para los niños de fuera han de organizarse internados, en los que se les provea de todo. Se unen con los maestros en comunas que, en lo posible, se mantienen económicamente por sí mismas. En general, cada escuela, cada hogar, cada lugar de formación debe bastarse económicamente a sí mismo en la medida de lo posible.

Donde esto no sea factible, han de buscarse las conexiones adecuadas para hacer posibles, mediante la ayuda mutua y la solidaridad práctica de intereses, la construcción y el mantenimiento de comunas escolares.

Maestros y educadores en las empresas serán todos los trabajadores ejemplares. No en primer lugar pedagogos de oficio,

sino obreros, campesinos, jardineros, artesanos, técnicos, artistas. Como los maestros de hoy están en general completamente desprevenidos para las exigencias de la nueva educación y, por tanto, son casi sin excepción inservibles, se prescindirá de ellos igual que se prescinde de los jueces, burócratas y diplomáticos burgueses. A la parte cualificada de ellos se tratará de hacerla apta, al menos para la transición, mediante instrucciones y cursos especiales. El peso principal ha de ponerse en que se saquen del propio proletariado y directamente de la producción fuerzas que se formen para la labor educativa y se empleen luego como trabajadores-maestros. La obtención de personal docente es un capítulo difícil, quizá el más difícil, porque la formación teórica y la capacidad práctica, junto con el talento pedagógico y la ejemplaridad personal, no se dan con demasiada frecuencia. Pero, por una parte, en las profundidades del proletariado dormita una enorme riqueza de fuerzas inteligentes y creadoras que, una vez sacada a la luz, promete una fecundación maravillosa de la nueva vida cultural; por otra, la educación del futuro será, en una medida incomparablemente mayor que la de hoy —puesto que tiene la libertad y la independencia de la personalidad por condición y a la vez por fin—, autoeducación. La renuncia a la colaboración del pretencioso y además tan inferior gremio de dómines y clérigos de la instrucción16 de la escuela actual significará, pues, más una ganancia que una pérdida.

El tiempo que le queda al niño además de su tarea diaria de trabajo está a su disposición para el descanso, el juego y el deporte, para la actividad artística y científica. También para el trabajo realizado voluntariamente. Para la actividad productiva sin obligación, sin compromiso. En ello hay una mirada hacia un fin más alto: el desarrollo tiende a realizar cada vez más tareas sociales mediante el trabajo voluntario.

¡Qué mirada hacia lo alto! ¡Y qué fin!


Visto desde el punto de vista del niño, su participación en la producción sirve en primer lugar a su educación, en segundo lugar a su instrucción.

Naturalmente, también fuera de la vida productiva y de las empresas actúan fuerzas educativas e instructivas que no obran solo por medio del trabajo. La intuición, el ejemplo, el entorno, el trato, toda la esfera vital intelectual y anímica. En el hogar de día, en la comuna, en el campo de juego y de deporte, en la asamblea: en todas partes el niño está rodeado de un ejército de coeducadores y comaestros, ora manifiestos, ora ocultos.

Pero, aparte de estos factores, sin duda no carentes de importancia, aunque casuales e incontrolables, en la sociedad socialista existirá, además del trabajo, una organización de la formación

construida y llevada a cabo de forma planificada; una escuela que discurre junto a la enseñanza por el trabajo y la completa, amplía, profundiza intelectualmente y enriquece. Es el sistema facultativo de los cursos o ciclos.

Un curso es una sección determinada de la materia, un ámbito parcial de carácter científico, técnico o artístico, cerrado en cada caso. No tiene nada que ver directamente con la vida productiva; está solo, fuera de las empresas. Se imparte en aulas, seminarios y salas de conferencias y recuerda, al menos durante la transición, la forma de la enseñanza actual y de las lecciones académicas. Para impartir estos cursos podrá utilizarse en general al personal docente de las escuelas actuales de todos los grados, hasta que se haya formado otro mejor.

Habrá, pues, maestros que darán, por ejemplo, cursos de escritura y de lectura. Otros organizarán cursos de cálculo, uno para principiantes, otro para avanzados. Otros más cultivarán la geografía, la historia, las ciencias naturales y ofrecerán partes de ellas en cursos. Para cada materia habrá cursos. Cada interés encontrará su cauce. El ávido de aprender tiene donde elegir en una rica carta. Matemáticas, astronomía, historia del arte, idiomas, retórica: todo existirá. Para cada necesidad, cada gusto, cada aptitud. Solo la religión ha dejado de existir como asignatura. Se ha convertido en un asunto puramente privado, en la medida en que todavía haya demanda de este opio. En la enseñanza de la historia y en la filosofía, su examen y su valoración encontrarán el lugar que le corresponde en el marco de la historia y de la ciencia. Pero, por lo demás, no tiene ya nada que hacer en la escuela.

El niño que ha pasado por el jardín de infancia y la escuela de juego y que hacia los 8 o 9 años ha entrado en la producción social elige un curso en el que adquiere los elementos de la escritura y un segundo en el que adquiere los rudimentos del cálculo. Es absolutamente libre en su elección; puede seguir enteramente sus inclinaciones. Si le divierte, por ejemplo, preferir solo los cursos de cálculo, para aprender algo sólido en este campo del saber conforme a su disposición: ¡muy bien! Nadie se lo impedirá. Otro niño se entrega a los cursos de ciencias naturales; un tercero se consagra al arte, a la literatura, a los idiomas. Hay niños que aspiran a una formación lo más completa posible y otros que se adentran en campos especiales. Unos que avanzan orgánicamente y otros que cambian a menudo y mudan de rumbo para —eternamente insatisfechos— empezar siempre de nuevo. ¡Cada cual a su manera!17 Reinan la libertad de elección y el derecho de autodeterminación. ¡Ya no vivimos en el Estado coercitivo ni en la escuela coercitiva! ¡Somos libres ciudadanos comunistas! Solo hay límites en la medida en que en los grados inferiores se ofrecen más conocimientos elementales y formación general básica; en los grados medios, más formación especializada en relación con el trabajo práctico en la empresa; y en los grados superiores, más profundización científica en campos especializados. Pero hay que señalar expresamente que la sucesión de grados no está ligada a ninguna edad determinada y que toda aptitud puede acceder en todo momento a cualquier ciencia y a cualquier campo de formación.

Los cursos de cada grado duran el mismo tiempo, empiezan y terminan, pues, al mismo tiempo, para que el paso de un curso

a otro al acabar el periodo de cursos sea posible para todo alumno de ese grado. El conjunto de maestros y alumnos de un grado se convierte, por el hecho de que cada alumno de un grado puede participar en un curso con cualquier otro del mismo grado, en una gran comunidad de trabajo viva. Si un participante se muestra incapaz de seguir los comienzos del curso, puede retirarse. Pero como regla debe valer acabar el curso. Si el maestro no responde suficientemente en sus exposiciones a las exigencias de los participantes, ya sea porque su método es demasiado árido, su dominio de la materia demasiado deficiente o su conocimiento científico no impecable, los participantes lo abandonarán y sus cursos se extinguirán. Tendrá, pues, que seguir el paso de los progresos de su ciencia y de su tiempo; tendrá, si no quiere quedar eliminado, que ofrecer lo mejor en la mejor forma. No será nada extraño que alguien que hoy enseña desde la cátedra esté mañana ante el torno de banco, como, a la inversa, más de uno que trabaja en la práctica en la empresa reunirá a otras horas a participantes de un curso, a los que transmitirá su saber y sus experiencias. ¿Quién ha de ser maestro? ¡Quien sepa algo!

También para los obreros adultos se impartirán cursos. Además de historia y economía política, necesarias para una sólida comprensión de las cuestiones políticas y económicas, habrá que enseñar sobre todo técnica (nuevos inventos, metodología del trabajo, sistema Taylor, etc.), economía del consumo (administración de cocinas centrales, comunas, hogares, casas comunitarias, hospitales y comedores populares, etc.) y administración. Desde aquí, o en conexión con estas actividades, se editarán periódicos y revistas especializadas al servicio del cultivo y el fomento de los intereses científicos y artísticos. Otras conexiones llevan a la edición de libros y a la literatura.

Es evidente que la asistencia a los cursos, así como la provisión de material de enseñanza y de estudio, es gratuita, y que ambos sexos tienen derecho a participar sin ninguna restricción ni excepción.

Los cursos de la escuela superior constituyen la coronación de la organización libre de la formación. Ciertas lecciones y prácticas generales están abiertas a cualquiera sin más. Sobre la asistencia a lecciones especializadas, seminarios, etc., que presuponen ciertos conocimientos previos, deciden disposiciones particulares, que han de estar objetivamente fundadas. En especial medida, la escuela superior sirve al estudio y la profundización del socialismo científico.

En conexión con toda la empresa de formación y educación están: salas de música, de gimnasia y de dibujo, laboratorios, bibliotecas, salas de lectura, museos, observatorios astronómicos y meteorológicos. Y como complemento intervienen en la obra educativa: conciertos, representaciones teatrales, excursiones, visitas, exposiciones.

Un despliegue gigantesco de fuerza y voluntad, celo y entrega, cuidado y fomento, saber y arte.

Y en medio de todo ello, casi sepultado bajo la riqueza, el niño de la nueva sociedad: ¡un niño feliz!


La estructura orgánica y la administración de la nueva educación están determinadas por las formas de la producción social y por el sistema de consejos.

Así como el trabajo es a la vez educación y las empresas se convierten en lugares de educación, así los consejos de empresa son también consejos de educación, y los reglamentos de trabajo, a la vez, reglamentos escolares y de enseñanza. Al menos esto vale para la educación en el trabajo propiamente dicha en las empresas.

La organización libre de la formación fuera de las empresas estará organizada por materias y tendrá en consejos sus instancias administrativas y de control. Los maestros, libres del collar de púas burocrático de la dirección escolar y de la inspección escolar, eligen consejos escolares por materias; los alumnos se dan su representación en consejos de alumnos.

La administración de la empresa educativa y docente de una comunidad escolar se concentra en el consejo de la comunidad escolar, formado por representantes elegidos de los padres obreros, de los maestros, de los alumnos (a partir de un grado determinado) y del gobierno, es decir, del consejo obrero. Este consejo de la comunidad escolar nombra al personal docente y controla su actividad, organiza el intercambio de maestros y alumnos, organiza los cursos, lleva las cartillas de trabajo, prepara viajes, fiestas y actos de toda clase, supervisa las bibliotecas, salas de lectura, museos, etc., ha de regular el aseguramiento material de los jardines de infancia, hogares y comunas escolares, nombra comisiones de estudio y de trabajo para tareas particulares, etc.

En las cuestiones fundamentales y en los casos de especial importancia —por ejemplo, sobre la construcción de nuevas escuelas, la reorganización de la empresa de formación, etc.— decide el consejo obrero como instancia central local, o la comisión que este haya nombrado al efecto.

Las comunidades escolares de una región económica se concentran centralmente para hacer posible la construcción escalonada de la organización de la formación, facilitar el intercambio del personal docente y de los alumnos y representar con eficacia los intereses comunes que sobrepasan el círculo local de deberes y de visión. Su administración se integra en las respectivas organizaciones económicas y administrativas de esas regiones.

A la cabeza está un consejo escolar central con un comisariado del pueblo, al que pertenecen representantes de los consejos centrales de maestros y de alumnos y que es responsable ante el congreso de los consejos obreros.

No se trata de fijar y exponer todos los grados y miembros de este andamiaje organizativo. Aquí la práctica será la mejor maestra y consejera, y de las experiencias se desprenderá qué formas de administración son las más adecuadas. Solo hay que atenerse a que, como el contenido, también el recipiente de la educación socialista está condicionado por principio por la idea socialista que se encarna en él. La ética social del interés común y la democracia proletaria del sistema de consejos tienen que imprimirle su sello. En todas sus leyes y formas de expresión, medidas e instituciones ha de hablar el espíritu vivo del socialismo.

La era comunista tiene que tener su escuela comunista.


La condición de la escuela comunista es la victoria de la revolución proletaria. ¡Quien quiera la escuela comunista tiene que querer la victoria de la revolución proletaria! A la lucha sigue la nueva construcción sobre un fundamento nuevo.

De los abismos de un hundimiento catastrófico, la humanidad martirizada vuelve a levantarse.

Huye del campo de ruinas y de muerte en que la barbarie y la codicia, el odio y la ofuscación han convertido el mundo capitalista.

Rompe las ataduras del sistema de tiranía y explotación, al que estaba entregada como víctima sangrante y al que debe todos los terrores y las penurias de su existencia.

Vence las trabas de la parcialidad ideológica y de la pasividad resignada con el arma del conocimiento y el heroísmo de una inquebrantable voluntad de vivir y de vencer.

Se yergue en la fe en un futuro mejor, fundado en la solidaridad de todos los intereses humanos y erigido en el espíritu de la libertad fraterna.

Se crea un mundo nuevo mediante la unión de todas sus fuerzas en la obra de la construcción creadora, cuyo fin es la sociedad sin clases, sin Estado y sin dominación.

Se asegura la eternidad despertando y educando a la juventud en los ideales de la más alta humanidad, nacidos de la fuerza primigenia eternamente engendradora y del seno eternamente fecundo del trabajo humano.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil del ejemplar de la Deutsche Bücherei de Leipzig (Deutsche Nationalbibliothek, 1031692290): Otto Rühle, Neues Kinderland. Ein kommunistisches Schul- und Erziehungsprogramm, Berlín-Fichtenau, Verlag Gesellschaft und Erziehung, 1920 (Aus Gesellschaft und Erziehung, n.º 10), 24 págs., con cubierta de Heinrich Vogeler. El mismo texto apareció ese año, revisado, como Das kommunistische Schulprogramm, Berlín-Wilmersdorf, Verlag der Wochenschrift Die Aktion, impreso en junio de 1920 (Politische Aktions-Bibliothek, n.º 9), 40 págs., con ornamentación de Grete Rühle (DNB, 1113021357; id. OR1920-05), y antes, por entregas, en el Basler Vorwärts (22 de marzo - 1 de abril de 1920; OR1920-24 a OR1920-33, no localizados). Las variantes de la edición de Die Aktion se recogen en el pie de la versión original. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en apartados (separados en el impreso por filetes y capitulares; aquí, * * *), las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y las cifras. Erziehung se traduce siempre «educación»; Kommune, «comuna»; Rätesystem, «sistema de consejos»; Gemeinschaftssinn, «sentido de comunidad». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Berechtigungswesen: el sistema por el que determinados certificados escolares (sobre todo el bachillerato y el certificado del «servicio voluntario de un año») daban derecho al acceso a estudios, cargos y carreras. Más abajo, Bestätigungswesen alude a la confirmación oficial de los maestros nombrados. (N. del T.) ↩

  2. Rühle sigue aquí la teoría de la evolución de la familia de Morgan, Bachofen y Engels (El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado): promiscuidad primitiva, familia consanguínea por generaciones, matrimonio por grupos, derecho materno. (N. del T.) ↩

  3. Cita sin indicación de fuente en el original. (N. del T.) ↩

  4. Affenliebe («amor de mono»): cariño ciego y excesivo de los padres; Rabenelterntum («padres cuervos»): padres desnaturalizados que descuidan a sus hijos. (N. del T.) ↩

  5. Drillschule: la escuela del adiestramiento mecánico y la disciplina cuartelera, blanco habitual de la pedagogía reformista. (N. del T.) ↩

  6. Bess Mensendieck (en el original, «Mensendick»), autora de un sistema de gimnasia femenina, y Émile Jaques-Dalcroze, creador de la gimnástica rítmica (Hellerau, 1911). (N. del T.) ↩

  7. Jean Paul, Levana oder Erziehlehre [Levana o doctrina de la educación], 1807. También la cita anterior sobre el juego procede de esta obra. (N. del T.) ↩

  8. Bedarfswirtschaft: economía orientada a cubrir las necesidades, por oposición a la producción de mercancías para el mercado. (N. del T.) ↩

  9. Literalmente, «dividiendo la cantidad de fuerzas de trabajo en la cantidad de medios de consumo», giro alemán que equivale a dividir la segunda por la primera. (N. del T.) ↩

  10. Paráfrasis de Marx, Crítica del programa de Gotha (1875), citado por Lenin en El Estado y la revolución (1917), cap. V; la inserción entre rayas es de Rühle. (N. del T.) ↩

  11. Marx, Crítica del programa de Gotha, también citado por Lenin, ibid. En el original las comillas de la cita no se cierran. (N. del T.) ↩

  12. Schulgemeinde: término de la pedagogía reformista (Wyneken, «comunidad escolar libre» de Wickersdorf) que Rühle usa para la unidad local de escuela y producción. (N. del T.) ↩

  13. Kerbschnitt: talla decorativa en madera a base de muescas, labor manual típica de la enseñanza de trabajos manuales de la época. (N. del T.) ↩

  14. Alusión al Fausto de Goethe (I, escena del estudiante): «Gris, querido amigo, es toda teoría, y verde el dorado árbol de la vida». (N. del T.) ↩

  15. Freie Bahn dem Tüchtigen!: consigna liberal de la época, popularizada por el canciller Bethmann Hollweg en un discurso ante el Reichstag (1916). (N. del T.) ↩

  16. Pauker- und Bildungspfaffentum: Pauker es el maestro machacón, el «dómine»; Bildungspfaffe, el «cura de la instrucción», el pedante que administra la cultura como un clérigo. (N. del T.) ↩

  17. Jeder nach seiner Fasson: eco de la frase de Federico II de Prusia, «cada cual ha de salvarse a su manera» (jeder soll nach seiner Fasson selig werden). (N. del T.) ↩