De la obediencia.

Para la mayoría de los padres la obra educativa sigue anclada en la exigencia de obediencia incondicional. El primer mandamiento de su pedagogía dice: Obedecerás a tu padre y a tu madre. La obediencia es para ellos principio educativo, método educativo, fin educativo. Recordemos nuestra propia educación: ¿qué significaba educar para nuestros padres y abuelos? Llevar al niño a mostrar a sus padres, maestros y señores el respeto debido y la obediencia deseada. Este fanatismo de la obediencia no era casualidad ni nacía de un capricho. Encarnaba un sistema al que estaba ligada la tradición,1 y tenía sus raíces en las condiciones sociales de su tiempo.

El señor feudal necesitaba campesinos siervos, criados, gente de guerra, vasallos que pagaran censo y prestaran servicios; con palizas, disciplina severa y obediencia se los amoldaba. La Iglesia necesitaba creyentes sumisos a Dios, dispuestos al sacrificio, que, angustiados anímicamente y criados en el sentimiento de una dependencia eterna de poderes celestiales y eclesiásticos, nunca llegaran a ser ellos mismos; con oración, penitencia y obediencia alcanzaba su fin. Patricios, maestros artesanos y autoridades necesitaban oficiales hábiles y laboriosos, ciudadanos fieles de convicción, súbditos buenos y dóciles; con el régimen de los señores, las leyes gremiales y el poder de los alguaciles se les inculcaba complacencia, subordinación y obediencia. El capitalista, por último, necesitaba objetos de explotación que se dejaran uncir sin rechistar al yugo del trabajo; el militarismo moderno necesitaba carne de cañón; el Estado moderno, contribuyentes dispuestos y buenos patriotas que alabaran a su rey y ensalzaran el orden divino del mundo: para todos ellos la educación para la obediencia, para la disciplina, e incluso para la falta de voluntad, era y es la educación dada, adecuada a su fin y acreditada. ¡La tranquilidad es el primer deber del ciudadano! ¡No hay tranquilidad sin obediencia! ¡Así que la obediencia por encima de todo!

En el pasado, y hasta el presente, la obediencia tenía así su justificación. Como tiene su justificación todo lo que está condicionado en cada caso por las necesidades económicas y sociales. Todo lo que es, dice Hegel, es racional. Pero ahora se abre paso y se levanta una nueva generación, y la enorme transformación de los hechos económicos y sociales anteriores crea para la vida cultural de los hombres presupuestos y condiciones de nuevo tipo. Viejas ataduras se sueltan, viejas dependencias saltan en pedazos. El ¡Debes!, bajo el que marcharon los pueblos del pasado y del presente, se convierte en un libre y audaz ¡Quiero!, que conduce hacia el futuro. Y sobre el gris sombrío de la coacción servil, del duro deber de obedecer, cae la luz clara y liberadora del derecho de autodeterminación, de la libertad personal, de la voluntad propia e independiente. ¡Ya no queremos ser siervos! Ni siervos del capital, ni del gobierno y la policía, ni de los curas y los maestros de escuela; ningún siervo más, sino hombres libres, independientes, orgullosos, que no obedezcan a nadie más que a sí mismos, que no sirvan a nadie más que a su causa, a su meta cultural, a su ideal, que abarca toda la felicidad y el bienestar de la humanidad. Pregúntate a ti mismo: ¿Qué pinta la obediencia en este mundo nuevo?

Pero ¿no tenemos también nosotros, los portadores de lo nuevo, de lo futuro, en nuestras organizaciones y asociaciones, en las que aspiramos, creamos y luchamos, obediencia y disciplina? Ciertamente, pero la nuestra es de otra clase. La prestamos voluntariamente, la sostiene nuestra comprensión, nace de nuestro conocimiento de su necesidad por el bien del conjunto. El interés de la colectividad está por encima de nuestra voluntad individual, nos dice la razón, y nuestra voluntad se subordina conforme al deber. Sin resistencia, sin dolor, sin sentimiento de humillación. Al contrario: la conciencia de ser útil al conjunto, plegándose a la necesidad del conjunto, da satisfacción, alegría y orgullo.

Esta obediencia es la que necesita y desea también la nueva educación. La preparamos e iniciamos mediante una habituación buena, consecuente, consciente de sus fines. El niño se convierte, en la hora de su nacimiento, en miembro de una comunidad, de una familia, de un círculo de vida determinado, en el que reina cierto orden, se cumple una sucesión regular de tareas y rigen leyes no escritas. Aquí tiene que integrarse, que encajar el pequeño ser humano, y una habituación en regla, en la que una dirección inteligente y una suave coacción suplen la comprensión que falta y la capacidad de decisión aún no desarrollada, le ayuda a ello. Pasa por la escuela de la habituación, cuyo mejor y más eficaz maestro es el buen ejemplo. Se puede, ha dicho un pedagogo, tachar la palabra educación si en su lugar se pone el buen ejemplo. El buen ejemplo y la buena habituación ponen un fundamento tan seguro y sólido para una buena educación, que la exigencia de obediencia se hace superflua casi por sí misma. Es asombroso lo dóciles, bien dispuestos y bondadosos que pueden educarse los niños solo con ayuda de estos medios sencillos. Pero si aun así hace falta exigir obediencia, no exijas una obediencia ciega y servil. El niño debe saber por qué ha de obedecer. Debe reconocer que es necesario hacer lo que quiere la madre. Y debe decidirse, en lo posible, por sí mismo a ajustar su actuación a la voluntad de la madre. «Ven, hazme un recado; mamá tiene que hacer la comida y para eso necesita carne y sal y judías. Ayúdala un poco, y así la comida sabrá mejor y papá también se alegrará.» El niño comprende fácilmente que quien quiere comer también tiene que echar una mano; un poco de amabilidad en las palabras hace el resto. A partir de la cosa misma debe comprender el niño la necesidad de obedecer. Las promesas y las amenazas no crean comprensión. «¡Te daré un caramelo!» hace entender al niño tan poco por qué debe ayudar a su madre como «¡Si no, papá te va a zurrar!». Las madres cometen en esto, en general, muchos y graves errores. Unas veces atraen con halagos, otras amenazan; unas veces han de conducir a la meta las zalamerías, otras las groserías; por regla general mandan demasiado. Hay madres y padres que se pasan el día dando órdenes, que dan sesenta órdenes por minuto, prescriben cada paso, cada mirada del niño y los hacen depender de su voluntad, de su permiso. Semejante adiestramiento de la voluntad embota y corrompe; el niño deja de oír las órdenes o se venga con pereza, testarudez y maldad. Entonces se oyen los gritos desesperados de los padres: «¡Nos pasamos el día advirtiéndole y sermoneándole, y el niño obedece todavía menos!». La culpa la tienen los propios padres: no a pesar de que, sino porque sermonean y mandan sin cesar, el niño reacciona con una desobediencia pertinaz y una resistencia consciente, que es su única arma contra la violación de su voluntad por la sinrazón de los padres.

Pero ¿y si el niño no obedece? ¿Si persiste en su desobediencia? Entonces debe cargar con las consecuencias de su desobediencia. Quien anda trasteando en la estufa se arriesga a quemarse los dedos. Quien se mete por charcos y zanjas tiene que quedarse en la cama hasta que la ropa esté limpia y seca. Quien rompe por gusto medias y pantalones tiene que aprender a zurcir medias y remendar pantalones. Suelen ser lecciones mejores y más eficaces que las riñas y las palizas, a las que uno se acostumbra y que se olvidan demasiado pronto. Ayudan además al niño a la comprensión, a la reflexión previa, a querer el bien, mientras que las riñas, la coacción y las palizas paralizan, deshonran o incluso matan lo bueno en el hombre; en el mejor de los casos crían en él una obediencia de cadáver, en la que pueden complacerse los suboficiales, las almas de policía, los explotadores y los opresores del pueblo, pero no los hombres de pensamiento libre y voluntad noble. Y menos aún los socialistas, pues con la obediencia de cadáver no conquistaremos un mundo mejor.

Otto Rühle.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Vom Gehorsam», Unterhaltungsblatt des Vorwärts, n.º 109, 10 de junio de 1914, págs. 434-435 (facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung, Historische Presse der deutschen Sozialdemokratie).

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Kadavergehorsam se traduce literalmente «obediencia de cadáver».

  1. Así el original, frase defectuosa: «ein System, mit dem die Tradition war»; se traduce según el sentido probable. (N. del T.) ↩