Señores, al deliberar sobre la ley relativa al trabajo infantil en las empresas industriales1, el Reichstag aprobó el 23 de marzo de 1903 una resolución:

pedir al señor canciller del Reich que, con el fin de realizar encuestas sobre la extensión y la índole del trabajo asalariado de los niños en el servicio doméstico, así como en la agricultura y sus industrias auxiliares, sus causas, sus ventajas y peligros, en particular para la salud y la moralidad, así como sobre la manera adecuada de combatir esos peligros, se ponga en contacto con los gobiernos de los Estados y presente al Reichstag los resultados de las averiguaciones.

En cumplimiento de esta resolución se realizó el 15 de noviembre de 1904 una encuesta sobre la extensión y la índole del trabajo infantil en servicios domésticos, forestales y agrícolas durante el periodo del 14 de noviembre de 1903 al 15 de noviembre de 1904. Pero el material obtenido, aunque entretanto han pasado 10 años, se ha seguido ocultando hasta hoy a la opinión pública.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Solo Baviera y Lippe han hecho la publicación, y estas solo en extracto.

Cuando hace aproximadamente un año me permití preguntar por qué no se había hecho todavía la publicación2, el señor director ministerial Dr. Caspar dio una respuesta algo extraña, algo evasiva. Se habían dividido —así se dijo— las encuestas en dos partes: primero, las relativas a la extensión y la índole, y segundo, las relativas a las causas, ventajas, peligros, etc. Sobre esto se había tenido que oír a las autoridades de los Estados, a las administraciones escolares y sanitarias y a personas competentes, y pedir dictámenes a los gobiernos federados, y este material no había llegado todavía de varios de los Estados federados más grandes; en cuanto llegara, se haría la elaboración ulterior del material, tras lo cual cabría esperar la publicación.

Esta respuesta del señor representante del gobierno fue acompañada en el Reichstag de vivos gritos de «¡Oigan, oigan!». Y en efecto fue bastante llamativa y escandalosa. Como prueban numerosas cartas que he recibido y manifestaciones de la prensa, causó también viva extrañeza en los más amplios círculos de la población. ¡En 10 años, pues, nuestra burocracia, cuya laboriosidad, fidelidad al deber y celo se ensalzan en tonos encendidos, no fue capaz de presentar a la opinión pública este material extraordinariamente importante sobre la extensión y la índole del trabajo infantil agrícola! Se necesitaron 10 años enteros para oír a médicos, maestros y funcionarios administrativos sobre lo que piensan de la utilidad, el daño, los peligros, etc., del trabajo infantil agrícola y doméstico. Con razón cabe dudar de que se hubiera necesitado un tiempo tan insólitamente largo para obtener un par de dictámenes y pareceres de expertos sobre cuestiones y asuntos en cuya resolución esté interesada la clase poseedora y dominante.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Pero si la resolución de la segunda parte presenta tantas dificultades, ¿por qué —surge la pregunta— no publicó entonces el gobierno la primera parte, es decir, el material de cifras obtenido? Que no se objete que eso no era factible. El gobierno bávaro ha demostrado que puede hacerse, y la atención que han encontrado precisamente las cifras publicadas por el gobierno bávaro ha mostrado que con ello se ha prestado a la opinión pública un servicio indudable. Las comprobaciones sobre la extensión y la índole del trabajo infantil en las explotaciones agrícolas y forestales tampoco guardan relación alguna con las comprobaciones sobre las causas, los peligros, las ventajas y los inconvenientes del trabajo infantil: pueden aislarse por completo y muy bien publicarse y examinarse por sí solas. Más aún, a mi juicio la opinión pública tiene un gran interés en formarse por sí misma y sin influencias una imagen a partir del material de cifras, en llegar a un juicio y en sacar de él las conclusiones correspondientes;

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

pues no puede descartarse el peligro de que los gobiernos utilicen el material de valoración que han reunido, obtenido principalmente de fuentes oficiales, para presentar todo el problema del trabajo infantil agrícola bajo una luz especialmente favorable a los círculos dominantes de Prusia y de Alemania.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

El gobierno no tiene, pues, ningún motivo sólido para retrasar hasta ahora la publicación del material, o bien, si a pesar de todo tuviera un motivo, a mi juicio solo podría ser el que ha señalado nada menos que Konrad Agahd3, el conocido experto en cuestiones de trabajo

infantil, en el Enzyklopädisches Handbuch für Kinderschutz und Jugendfürsorge [Manual enciclopédico de protección de la infancia y asistencia a la juventud]; escribe allí:

La estadística está desde hace años lista para la imprenta en la Oficina de Estadística del Imperio alemán. Al parecer, da a la afición a los niños de los pequeños y grandes agrarios un testimonio tan malo que una regulación legal de la materia, que los gobiernos, en vista de la actual escasez de mano de obra en la agricultura, solo abordan con vacilación, parece absolutamente necesaria.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

Con esto parece que Konrad Agahd ha dado en el meollo del asunto. La estadística ha aportado con toda probabilidad un material tan enorme, tan grave contra el trabajo infantil agrícola que no se atreve uno a publicarlo por miedo a los junkers. La opinión pública, se teme, se volvería con gran indignación y enorme energía contra la persistencia del trabajo infantil agrícola en su extensión actual en cuanto se conocieran los resultados de la estadística, y una prohibición legal del trabajo infantil en la agricultura sería entonces inaplazable. Pero eso provocaría la ira de los junkers.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Por eso se vacila, por eso se espera con la publicación.

(Nuevo asentimiento en los bancos socialdemócratas.)

Por eso se dejan pasar los años, se deja envejecer el material obtenido hace 10 años, se deja que los niños sigan matándose a trabajar en los campos y en los pastos, con tal de que no se merme el beneficio de los agrarios.

Que en el trabajo infantil agrícola se trata de uno de los capítulos más tristes e indignantes de la explotación humana lo sabe todo el que se ocupa de ello o ha sentido en carne propia los efectos y las consecuencias del trabajo infantil. Por si fuera poco, las publicaciones del material estadístico obtenido en Baviera han vuelto a aportar esta prueba. Ante todo, el número de los niños ocupados en la agricultura es grande por encima de toda expectativa. Mientras que el censo profesional de 1895 dio para todo el Reich 135 125 niños en edad escolar ocupados en la agricultura, ha resultado que solo en Baviera en 1904 había más de 100 000 ocupados en la agricultura. Si se supone la misma proporción para todo el Imperio alemán, tiene que haber en la agricultura unos dos millones de niños explotados, sin contar los propios hijos.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

En efecto, ya en 1902 el Dr. Anton Retzbach estimaba en el Oberrheinisches Pastorenblatt el número de los niños ocupados en la agricultura en exactamente esa cifra, unos dos millones. De los 100 500 niños que trabajaban en la agricultura en Baviera, 26 954 corresponden al pastoreo, 34 076 a la recolección de patatas, 32 586 a la vendimia y la recogida del lúpulo; a ello se añaden todavía 45 992 en servicios domésticos; 4270 niños, entre ellos 40 niñas, fueron empleados como ojeadores en la caza.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

En verano trabajaron a cambio de salario 16 000 niños, y en invierno 1000, de 4 a 8 semanas; largamente 9000 en verano y 2400 en invierno, de 23 a 26 semanas, y 10 000 más de 26 semanas.

Que en Prusia, Mecklemburgo, Sajonia, Baden y otros lugares la situación no es mejor, quizá incluso más triste, no puede caber ninguna duda para quienes conocen la situación. Pero habría sido valioso obtener sobre ello, mediante una estadística oficial, un material seguro e indudable. Así, uno depende de material ocasional, en particular de comprobaciones y manifestaciones de los maestros. Los maestros tienen, ciertamente, una ocasión excelente de observar de cerca los efectos del trabajo infantil agrícola. Tengo aquí las manifestaciones de numerosos maestros, de las que, con permiso del señor presidente, puedo leer una de la Preußische Lehrerzeitung:

¿Cómo transcurre en realidad un día en este paraíso infantil para los niños en tiempos normales? El marido y la mujer van al trabajo hacia las 5¼. Entonces, naturalmente, los niños tienen que levantarse para que la madre pueda lavar y arreglar todavía a toda prisa a los pequeños para la escuela. Los niños mayores tienen que poner en orden la vivienda y a veces además atender al ganado. Luego se hacen los deberes. A las 7 empieza para los niños mayores la escuela, que suele durar hasta las 10; los pequeños tienen clase de 10 a 12. Los pequeños tienen que procurar a menudo, entre las 7 y las 10, hierba, ortigas, etc., para el ganado; cuando los mayores vuelven de la escuela, tienen que partir leña, cocer el pienso del ganado y preparar la comida. Los padres vuelven a casa a las 12 y hacia las 2 se van con los niños al trabajo, que según la estación termina a las 7, a las 7½ o a las 8; muchas veces he visto a niños de siete, incluso de seis años, hacer trabajos del campo en las tierras de la finca o en el bosque. Los niños simplemente tienen que ayudar a ganar, porque a los padres les cuesta alimentarlos como es debido cuando la familia es numerosa. Cuando los niños vuelven a casa por la tarde, muchas veces tienen que volver al campo a buscar pienso para el ganado. A la vuelta suelen ser ya las 9; que un niño no haga entonces los deberes, ¿quién se lo reprocharía? Peor que en estos tiempos normales es para los niños durante las vacaciones, que deberían servir para el descanso. La época de la cosecha del cereal y de la patata impone a los niños exigencias muy considerables, de modo que muchas veces vuelven a la escuela pálidos y agotados después de las vacaciones, ¡para reponerse hasta las vacaciones siguientes! ¿Cuándo vendrá por fin una ley que equipare el trabajo rural de 10 a 12 horas de los niños, por el que a menudo solo reciben 50 pfennigs de jornal, al menos al reparto de panecillos por la mañana o de periódicos por la tarde? Sobre la miseria infantil en el campo los maestros rurales podrían escribir tomos enteros, y aunque los pobres niños tengan más a menudo el sol que los niños de la ciudad, ¡casi nunca conocen el sol de la juventud!

Es la voz de un maestro. Estas voces podrían multiplicarse por docenas y por centenares. También la voz de los médicos merece ser oída. Tengo aquí las declaraciones que ha publicado el médico escolar oficial del principado de Lippe, el consejero médico Dr. Volkhaus, de Detmold. En un informe sobre la ocupación de niños en explotaciones agrícolas escribe:

Quisiera hacer una distinción entre aquellos escolares que durante el día solo trabajan unas horas en explotaciones agrícolas

y aquellos que se entregan permanentemente durante meses a los campesinos, con comida y alojamiento. Contra lo primero no se puede objetar nada, seguramente;

—sobre esto, creo yo, se podría discutir—

pero lo otro quisiera pedir que se prohibiera estrictamente. Falta todo control. ¿Quién garantiza que a los niños solo se les emplee para traer pienso, dar de comer al ganado y cuidarlo? Con la escasez solapada de mano de obra, o cuando la cosa apremia, nadie lo pensará dos veces antes de exigirles también un trabajo duro y pesado para el que su débil cuerpo, a la larga, no está preparado. Además les falta el tiempo necesario para jugar; nadie los anima a estudiar. Les falta el amor de los padres; se les aleja de sus hermanos y de sus padres. También los peligros morales son muy grandes para estos niños, pues ya se sabe qué tono tan grosero reina a menudo en las habitaciones de la servidumbre. Los maestros me han contado que estos niños llegan cansados a clase por la mañana y o no la siguen o incluso se duermen. En una escuela se dieron los datos siguientes: un muchacho de diez años tuvo que velar esta primavera tres noches seguidas en la pocilga y solo durmió una hora. En la misma escuela, otro muchacho tuvo que vigilar en la pocilga, el año pasado y este año, dos veces durante varias semanas, noche sí y noche no. Los dos muchachos durmieron luego en la escuela con permiso del maestro. En otra escuela se dijo: muchos niños están expuestos en casa de los campesinos a esfuerzos excesivos. No tienen tiempo para los deberes, tienen que levantarse temprano y acostarse tarde y por eso están adormilados. A otro muchacho el maestro le dio dinero para jabón, porque siempre tenía que lavarse en el estanque. Otro maestro de la misma escuela declaró que siempre tenía jabón preparado para niños así. En otra escuela se llegó a quejarse de una disminución de la inteligencia de los niños mayores a consecuencia de los trabajos agrícolas, etc.

Si se ha deplorado especialmente la disminución de la inteligencia, eso responde a los deseos de los patronos junkers; pues, según su concepción, el obrero más tonto es el mejor. Pero tampoco los gobiernos parecen sentirse obligados a elevar, mediante una enseñanza escolar ordenada y aplicada con rigor, el nivel intelectual de los dignos de lástima niños duramente explotados en la agricultura. Se conceden dispensas de toda clase para la siega del heno, la caza, la recolección de patatas; se celebran «vacaciones de la remolacha». A menudo la enseñanza sufre interrupciones de días y semanas para que el libro y la pizarra puedan cambiarse por la azada y el rastrillo.

De hasta qué punto el gobierno prusiano en particular es el servicial ayudante de los agrarios, las normas para conceder permisos de pastoreo a los escolares son un ejemplo verdaderamente clásico. Según las disposiciones del gobierno prusiano, reciben la licencia de pastoreo los escolares de 11 años, y además en el periodo del 15 de mayo al 1 de noviembre. La condición ha de ser que el niño sea pobre, que se haya portado bien y que pueda demostrar buenos resultados en la escuela,

(¡oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas)

buenos resultados en una escuela de media jornada4 con quizá 150 niños o más, que tienen que ser atendidos todos por el mismo maestro. En estas disposiciones no hay una palabra sobre la duración de la jornada. Y es sabido que precisamente en la agricultura, durante el verano, la jornada es inhumanamente larga. En verano dura por regla general desde la salida hasta la puesta del sol, por término medio 16, 17, 18 horas; niños de 11 años tienen que soportar esta jornada inhumanamente larga, a menudo durante semanas, durante meses, a menudo incluso varios años seguidos, mientras siguen siendo niños, y la carga y el tormento del trabajo en el campo no tienen nada de la poesía con que los soñadores irreflexivos suelen revestir la vida pastoril. No solo se roba a los niños toda libertad para el juego y la compañía; también están expuestos al viento, a la lluvia y a todas las inclemencias del tiempo, y muy a menudo son maltratados por los patronos agrícolas. A esto se añade el aislamiento al que están entregados. Como les falta toda actividad intelectual que los distraiga, caen fácilmente en extravíos sexuales o cometen daños en los árboles, crueldades con los animales o llegan a otras cosas malas. Como informa el pastor Wittenberg desde Brandeburgo en su conocido libro sobre la moralidad en el campo, «las pastoras recién confirmadas se entregan en su mayor parte sin reservas», y no es casualidad que entre las muchachas sometidas a educación tutelar el 48 por ciento sean antiguas criadas.

En cuanto a la constitución física de los niños ocupados en la agricultura, el Dr. Heynacher, de Graudenz, ha demostrado que la constitución física de los pastorcillos es en general extraordinariamente mala. En cuanto a la salud de las muchachas, un ginecólogo muy ocupado me comunicaba hace unos días:

Es espantoso de qué modo las muchachas jóvenes, las llamadas criadas menores, quedan maltrechas en el bajo vientre por los trabajos pesados en el establo y por el acarreo de cargas. No hay ninguna criada menor campesina que no padezca del bajo vientre a consecuencia de lesiones traumáticas del trabajo. Es mi experiencia de muchos años. Las criadas menores, de apenas 14 años, tienen que hacer, con una comida escasa, casi siempre trabajo de hombres, no aprenden nada para la vida y son verdaderas bestias de carga.

La jornada inhumanamente larga ni siquiera se interrumpe todos los domingos; pues, según las disposiciones del gobierno prusiano, el patrono solo está obligado a dejar que los niños asistan al oficio divino dos veces al mes. El mandamiento del decálogo, traducido para los niños pastores al lenguaje de la Prusia al este del Elba, dice: santificarás cada 14 días medio día de fiesta5. Los demás domingos no va contra el mandamiento de Dios ni contra la moral cristiana hacer trabajar a los niños como en los días laborables, de 16 a 18 horas.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

¿Y qué pasa con la asistencia a la escuela? También sobre esto tendría que dar informaciones exactas una estadística oficial. El gobierno dispone que los niños pastores tienen que asistir a la escuela dos mañanas por semana, y estas dos mañanas, que para los niños pastores constituyen casi siempre toda la enseñanza, las elige el inspector escolar de distrito «teniendo en cuenta las circunstancias locales». Piénsese ahora en las escuelas atrasadas y deficientemente organizadas y estructuradas de la Prusia del este del Elba, en las clases abarrotadas, en la falta de maestros, en la pobreza del plan de estudios. Imagínese además al maestro mal pagado y sobrecargado, a los niños agotados, que antes de empezar la clase llevan a menudo ya 3 o 4 horas trabajando, y se

comprenderá por qué a las pobres criaturas nunca les es posible romper el hechizo de las tinieblas intelectuales que la avidez de lucro de la clase explotadora ha decretado sobre ellas.

Cito todas estas cosas, señores, para mostrar lo necesario que es obtener sobre ello informaciones más precisas y más completas mediante una estadística. Los hechos de que disponemos hasta ahora reclaman tan alto y tan insistentemente la supresión de la situación actual,

(¡muy cierto!, en los bancos socialdemócratas)

que esperar todavía más con la publicación del material estadístico equivale a una irresponsabilidad, a una falta de conciencia.

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf: el orador no puede reprochar al gobierno que sea casi inconsciente por no publicar el material. (Exclamación del diputado Rühle.) — ¡Pero con otras palabras!]

Están aquí en peligro valores humanos, y se trata de proteger lo más precioso de la nación, las nuevas generaciones del pueblo, con las que se practica una explotación económica abusiva inaudita, al entregarlas al descarrío físico, intelectual y moral.

Estos peligros amenazan con agravarse todavía, pues las cámaras de agricultura tratan de ampliar en lo posible la extensión del trabajo infantil. Así, en el informe anual de 1904 de la Cámara de Agricultura de Prusia Occidental se dice:

A la creciente escasez de obreros los patronos agrícolas han sabido hacer frente últimamente con éxito mediante una mayor ocupación de niños. Este recurso de emergencia frente a la calamidad de la falta de obreros ha resultado muy eficaz sobre todo en la época de la cosecha.

(¡Oigan, oigan!, en los bancos socialdemócratas.)

La eliminación de la escasez de obreros ha de conseguirse, pues, aumentando el trabajo infantil y recortando la enseñanza escolar. No basta con que en Prusia la décima parte de todos los niños reciban enseñanza en escuelas de una sola clase, con que casi un millón de niños se atrofien intelectualmente en escuelas de media jornada y de dos clases, con que millones de niños reciban en clases abarrotadas una enseñanza solo de nombre, y con que haya sido posible aumentar el número de escuelas de media jornada de 2879 a 7873, sino que la situación ha de empeorar todavía más. Arrancar remolachas es por lo visto más importante que leer y escribir. El señor diputado von Gamp se hizo hace algunos años portavoz de estos deseos de los junkers en esta Cámara, al pedir que la enseñanza escolar se trasladara a las 6 a 9 de la mañana. Entonces, explicó, los pequeños campesinos estarían en condiciones de aprovechar casi todo el día a sus hijos y a los hijos de los obreros agrícolas, y sería para ellos una gran ventaja.

En el sur de Alemania, la falta de mano de obra, que, como sabemos, se debe al mal trato y al mal salario, ha llevado a que se celebren verdaderos mercados de niños, sobre todo en Friedrichshafen, donde niños del Vorarlberg, en el Tirol, son contratados para todo el verano por campesinos bajo la dirección de eclesiásticos6. Tengo aquí la descripción de un mercado de niños esclavos que es lo más repugnante e indignante que he leído jamás sobre este capítulo. El colaborador de la Mannheimer Volksstimme que hace un par de años visitó el lugar para ser testigo ocular de estos hechos indignantes hace de este comercio de niños esclavos en Friedrichshafen la siguiente descripción, que con permiso del señor presidente me permito leerles:

En las primeras horas de la mañana del 28 de octubre fui a Friedrichshafen, junto al lago de Constanza, punto de reunión de los «niños pastores», para ver por una vez con mis propios ojos este indigno comercio de esclavos. En bandadas innumerables habían acudido los pobres chicos y chicas del Tirol que durante el verano habían guardado el ganado y hecho otros trabajos agrícolas en casa de los campesinos de la Selva Negra badense y wurtemberguesa, del Jura de Suabia y del Allgäu, para ser devueltos juntos, en un mismo transporte, a su tierra para el invierno. Y de verdad, apenas he visto alguna vez algo más indigno del hombre. Desde muy temprano vagaban por las calles numerosos niños, entre ellos algunos que no tenían ni diez años. Los campesinos de los alrededores traen a los niños a la ciudad muy temprano, y solo pudimos observar a un único patrono que se quedó con su niño pastor hasta que llegaron los gestores de la asociación de niños pastores, el clero de Landeck. Todos los demás estaban solos antes y después de la llegada de los eclesiásticos. Durante horas los más pequeños estuvieron sentados, completamente inmóviles y tristes, sobre sus sacos de ropa. Repugnante y vergonzoso para el Tirol y para los organizadores de esta venta de esclavos era el comportamiento de los niños mayores. Entre alboroto, gritos y tocando la armónica recorrían la ciudad, todos con un cigarro en la mano.

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf: va demasiado lejos leer aquí tantos artículos de periódico; pide al orador que se atenga más al tema «Oficina de Estadística». (¡Muy cierto!, a la derecha.)]

Sí, precisamente con la lectura de estas voces y de estos informes de testigos oculares quisiera demostrar lo enormemente necesario que parece que el material averiguado por los gobiernos se entregue por fin a la opinión pública; el material que hasta ahora lleva diez años en el archivo de la Oficina de Estadística y de cuya publicación depende muchísimo la decisión sobre lo que en adelante deba hacerse para suprimir tales abusos y sucesos espeluznantes.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Atiendo a la petición del señor presidente e interrumpo la lectura. Solo quisiera remitir todavía a las frases finales, en las que el informante y testigo ocular dice que tendría que ser tarea de toda la nación suprimir esta situación clamorosa de semejante comercio de niños esclavos.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Pues bien, nosotros somos de la opinión de que no puede tratarse solo de suprimir este comercio de niños esclavos, sino de suprimir la esclavitud infantil en general.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Su existencia es, a nuestro juicio, un pecado no solo contra las fuerzas que maduran y los valores que crecen en el presente; con ello se interviene también devastando y destruyendo en el futuro.

Se habla tanto de fomento de la juventud7, y precisamente los círculos que son culpables del mantenimiento de esta situación

conversan sobre el fortalecimiento físico, reclaman la conservación de la fuerza del pueblo . . .

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf, pide de nuevo al orador que se atenga al tema. (¡Bravo!)]

Era solo una oración subordinada, a la que habría añadido enseguida la principal si el señor presidente hubiera tenido la amabilidad de esperar un momento.

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf, no admite ninguna crítica de su proceder. (Vivos bravos.)]

En estas palabras no había ninguna crítica.

[El presidente, Dr. Kaempf: había, sin embargo, una crítica en ellas, y no la admite. (Vivos bravos.)]

Era solo el intento de justificar — —

(Campanilla del presidente.)

[El presidente, Dr. Kaempf, pide al orador que se someta a sus disposiciones. (¡Bravo!)]

Así pues, cuando se habla de fomento de la juventud, pienso que el mejor fomento de la juventud consiste, y solo puede consistir, en proteger a la juventud de la explotación, en no someterla a una situación de explotación tan indigna.

(¡Muy cierto!, en los bancos socialdemócratas.)

Hay que conceder a la juventud del pueblo la protección de que goza toda planta joven, la que se concede a todo animal útil y de cría, a todo potro en la granja campesina. En nombre de mi fracción —y espero que también de la inmensa mayoría de esta Cámara—

(¡vaya, vaya!, en los bancos socialdemócratas)

expreso la firme esperanza de que se publique muy pronto y con urgencia el material sobre la extensión y la índole del trabajo infantil agrícola, para que puedan empezar por fin los trabajos preparatorios para la protección también de la juventud explotada en la agricultura.

(Aplausos en los bancos socialdemócratas.)


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de las actas del Reichstag en la Bayerische Staatsbibliothek: Verhandlungen des Reichstags, XIII. Legislaturperiode, I. Session, t. 292, 209.ª sesión (9 de febrero de 1914), págs. 7125-7129 (https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb00003388?page=531).

Traducción: traducción íntegra al español de las intervenciones de Rühle, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las intervenciones del presidente se resumen entre corchetes; las anotaciones taquigráficas de las reacciones de la sala se traducen en cursiva entre paréntesis, y la negrita reproduce la del acta. Lohnbeschäftigung se traduce «trabajo asalariado»; Hütekinder, «niños pastores»; Kleinmagd, «criada menor»; Fürsorgeerziehung, «educación tutelar»; Verwahrlosung, «descarrío»; Jugendpflege, «fomento de la juventud». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. La ley de protección de la infancia del 30 de marzo de 1903 (Gesetz betreffend Kinderarbeit in gewerblichen Betrieben), que reguló el trabajo infantil en la industria y el comercio, pero no en la agricultura ni en el servicio doméstico. (N. del T.) ↩

  2. Pregunta n.º 45, del 16 de enero de 1913 (véase en este archivo). (N. del T.) ↩

  3. Konrad Agahd (1867-1926), maestro berlinés, principal especialista y propagandista de la protección legal de la infancia trabajadora en Alemania; autor del comentario de la ley de 1903. (N. del T.) ↩

  4. Halbtagsschule: escuela rural en la que dos grupos de alumnos asistían por turnos, por la mañana y por la tarde, a la única aula del mismo maestro. (N. del T.) ↩

  5. El original dice «la frase del padrenuestro» (des Vaterunsers), por confusión con el tercer mandamiento del decálogo («santificarás las fiestas»). (N. del T.) ↩

  6. Los llamados Schwabenkinder («niños de Suabia»): niños pobres del Tirol y del Vorarlberg que cada primavera iban a pie a los mercados de Ravensburg y Friedrichshafen para ser contratados como pastores y criados por los campesinos de Suabia hasta el otoño. El texto dice «Vorarlberg en el Tirol». (N. del T.) ↩

  7. Jugendpflege («fomento de la juventud»): la política estatal y burguesa de encuadramiento del tiempo libre juvenil, fomentada por el decreto prusiano de 1911, que buscaba apartar a los jóvenes obreros del movimiento socialista mediante deporte y actividades patrióticas; distinta de la asistencia a la juventud (Jugendfürsorge). (N. del T.) ↩