El niño proletario
Diciembre — Suplemento de educación — 1913
Queremos educar a nuestros hijos para que, de combatientes forzados por intereses capitalistas enemigos del pueblo, se conviertan en combatientes de la libertad por los intereses del pueblo, a fin de que en la hora del peligro sean conscientes de los deberes de su solidaridad socialista.
Clara Zetkin (Congreso de la Paz de Basilea).1
Del país de los niños.
Francia y América.
Que nadie diga que es solo un pequeño trozo de césped lo que tengo en mi jardincito. Encierra un mundo entero.
Allí donde está el cenador está Francia, y justo detrás de la cabaña de Robinson que construimos ayer empieza América. En medio está el mar: ¡que no se me caiga nadie dentro!
Cuando después de comer estaba sentado en el cenador, enfrascado en un buen libro, oí a mi alrededor en el jardincito un ir y venir afanoso. Como observador mudo me enteré de que Grete, la de diez años, vive en Francia con su mofletudo chiquillo Heini, mientras que Dorle, feliz madre de una hijita de porcelana, se había mudado a América. La espesa hilera de altas tomateras formaba la selva virgen; los modestos perales y manzanos de la espaldera se habían transformado en palmerales, cocoteros y bosques de bananos. Un paisaje exótico.
La nostalgia, que sobrevuela tierras y mares, se expresaba en cartas que iban de América a Francia y de Francia a América.
«¡Querida Gretchen!», escribe la de once años desde La Habana con fecha 3 de agosto. «Por fin desde hace dos meses he llegado a mi hermoso lugar de residencia. Un jardín hermoso y grande con almendros, datileras, cocoteros y bananos dan sombra a mi idílica casa. Apartada del bullicio del mundo, esta soledad magnífica se refleja aquí. Con los mejores saludos, queda tu hermana que te quiere, Dora. Mucha suerte con tu Heinz.»2
¡Mira a la niña!, digo para mis adentros; esta fantasía, este lenguaje...
Entonces revolotea en mi contemplación una segunda carta urgente: «¡Gretel! Tengo que escribirte una noticia terrible. Anoche a la una irrumpió en mi tranquilo reino un león feroz. Pero lo cogieron enseguida y lo llevaron al zoo. Tu Dora.»Ahora ya es hora de que Grete se mueva. Escribe: «¡Querida Dorita! Estoy muy asombrada de tu carta. No te preocupes, y mándame unos dátiles, unas bananas y unas almendras. Eso sabe mejor que tener un león o un tigre en casa. Saludos cordiales para las dos de Grete y Heinz.»
Esa es mi pequeña golosa, para la que nada en el mundo hay como los dátiles, las bananas y cosas buenas parecidas... Me estaré quieto y esperaré; cuando lleguen las bananas, me presentaré.
Juventud feliz.
Dos niñas están sentadas junto al montón de arena y construyen; construyen incansables, desde hace horas ya...
Suse ha hecho un jardín que sube verde y multicolor por un terreno montañoso; cien escalones llevan entre setos y bancales hasta la torre, donde ondea al viento una banderita. Se cosecha fruta y se recogen fresas, también las flores prosperan con esplendor veraniego.
Al otro lado, Gustel se ejercita como pastelera; con la cara encendida, trajina ante el espacioso horno. Fila tras fila se alzan las tartas y los pasteles más espléndidos. ¡Compren, por favor, señores! ¡¿Dónde encontrarían ustedes cosas más bonitas y más dulces?!
Entonces un anciano se acerca desde el camino a la valla del jardín y mira a las niñas que juegan. La imagen es tan encantadora que sus ojos no quieren apartarse de ella.
Luego, mientras se vuelve lentamente para marcharse, le dice, como disculpándose, a la mujer que lo observa: «De niño también tuve una vez un montón de arena en el jardín de mi padre; en la felicidad que viví allí tengo que pensar siempre que veo niños junto a un montón de arena».
Y el brillo dorado de un recuerdo de juventud dichosa pasa por el rostro curtido del anciano; su barba blanca reluce como a la luz clara de la primavera...
El endurecimiento.
A la mayoría de los padres les parece un estado deseable y digno de alcanzarse ver a sus hijos educados corporalmente de tal modo que las influencias de la temperatura y del tiempo no puedan hacerles nada, sino que su organismo oponga a todos los enfriamientos una resistencia invencible. Intentan alcanzar este fin con métodos de endurecimiento practicados de modo más o menos sistemático.
¿Qué es el enfriamiento? ¿Y qué es el endurecimiento? Si un estímulo de frío fuerte o persistente provoca una anemia de las mucosas, estas quedan privadas de sus órganos naturales de protección, los glóbulos blancos, que funcionan como destructores de bacterias. Los agentes patógenos, latentes hasta entonces, empiezan a proliferar y producen una inflamación local que ya no puede eliminarse mediante una dilatación y una hiperemia inmediatas de los vasos de la piel y de las mucosas. El enfriamiento está ahí. Llevar el cuerpo, mediante la habituación, a sentir estímulos de frío más largos y fuertes solo como pasajeros, a los que el organismo responde con una irrigación y un desarrollo de calor vigorosos, de modo que no pueda producirse un enfriamiento, es la tarea del endurecimiento.
Hay numerosos métodos de endurecimiento, y algunas personas se imaginan de un modo bastante extraño el camino que lleva a estar endurecido. Convierten entonces no pocas veces a los niños en víctimas dignas de lástima de una barbarie insensata, los enferman en lugar de sanarlos, los llevan a la consunción en lugar de al bienestar y a la buena salud corporal.
En los niños los procesos de combustión del cuerpo son más rápidos e intensos que en los adultos; la piel, como es extraordinariamente grande en relación con el cuerpo, irradia calor en cantidad considerable. Si un procedimiento de endurecimiento enérgico aumenta en exceso la pérdida de calor, se produce un déficit de calor corporal. La piel y las mucosas quedan anémicas o exangües, las bacterias y bacilos de la nariz, la garganta, etc., se multiplican y prosperan con exuberancia, y pronto estallan la gripe, el sarampión, la escarlatina, la difteria, la pulmonía o la tuberculosis. Un experimento del Dr. Hecker con 100 niños observados por él demostró que de los no endurecidos el 50 por ciento, de los endurecidos con suavidad el 38 por ciento, y de los endurecidos con rigor solo el 16 por ciento eran inmunes a los enfriamientos; en los lactantes la proporción era todavía peor. Así pues, con el endurecimiento se obtuvo en los niños exactamente el resultado contrario al propósito: la propensión a las enfermedades aumentaba con el grado de endurecimiento.
Este fracaso no extraña a quien conoce la fisiología del organismo infantil; pero quizá sirva de ejemplo aleccionador para todos los que hasta ahora estaban dispuestos a confiar en los consejos de apóstoles fanáticos del endurecimiento para el trato y el cuidado corporal de sus hijos.
Es inadecuado y arriesgado querer endurecer ya a los niños pequeños. Desde luego no hay que mimarlos ni reblandecerlos; por eso, en la habitación donde duerme el lactante déjense las ventanas abiertas día y noche, verano e invierno (evitando las corrientes), no se abrigue demasiado al niño (en verano solo camisita de algodón, chaquetita y pañales), no se le tape con edredones de plumas, sino con una manta, póngasele de vez en cuando un cuartito de hora desnudo al sol o en la habitación caliente, y no se sea demasiado medroso si alguna vez se destapa pataleando mientras duerme. Pero con el uso del agua para endurecer conviene esperar por lo menos hasta pasado el segundo año de vida. Si, en cuanto el niño cumplió un año, se sustituyeron los baños calientes diarios por lavados cada mañana con agua a 20 grados Réaumur,3 ahora se puede bajar con mucha precaución a 18 grados Réaumur en los niños débiles y hasta 16 grados en los más robustos. La mejor época para un endurecimiento suave y moderado es la edad de cinco a diez años; se consigue, empezando a principios del verano, con poca ropa, mucho aire y movimiento, dormir con la ventana abierta, baños de aire y de sol, andar descalzo, acostumbrarse a las fatigas y a todo tipo de tiempo, fricciones y duchas o baños.
Una madre inexperta quiso endurecer a sus hijos pequeños. Los dejaba andar descalzos por casa, incluso en la estación fría, los bañaba a diario, etc. Efecto: diarreas persistentes, pies y manos siempre fríos, irritabilidad exaltada de los niños. El médico, al que por fin se llamó, prescribió a los niños, todos anémicos y débiles, zapatillas de paño calientes, calentar los pies con el movimiento, limitar los baños, etc., porque, cuando hay falta de calor y anemia, el endurecimiento solo puede empezarse en el verano caluroso y, en los individuos débiles, debe adaptarse siempre a sus fuerzas de modo que el organismo sea capaz de compensar una pérdida de calor sufrida.
Otra madre dejaba a sus hijos andar con las pantorrillas y las rodillas desnudas incluso con el frío más duro del invierno. Por una parte, «porque quedaba tan mono», y por otra, «porque los niños ya estaban endurecidos». Veinte años después todos los niños sufrían terriblemente de reumatismo, y algunos se habían quedado lisiados para toda la vida.
No hace falta ser un miedica ni un blandengue para dejar que en el endurecimiento, sobre todo cuando se trata de niños débiles, anémicos y nerviosos, rijan la mayor precaución, la consideración y la mesura. Siempre es mayor que la perspectiva de hacer a los niños sanos y fuertes con el endurecimiento el peligro de dañar y arruinar su salud.
Trato con los niños.
¡No regales armas homicidas al niño!
Como socialdemócrata eres enemigo de la guerra. Tu naturaleza humana se rebela contra los horrores y las inhumanidades de la matanza en masa; en tu cerebro se graba a martillazos, honda e insistentemente, el conocimiento de que la carnicería de seres humanos es una locura y un crimen contra la humanidad. Alzas tu voz contra el sacrilegio y luchas contra el militarismo, la carrera de armamentos, el imperialismo y los apetitos de guerra. Te horroriza en lo más íntimo la idea de que haya de ser el deber moral más alto del soldado disparar contra su padre y su padre,4 y sientes subir toda la sangre a las sienes. También tu hijo tendrá que apuntar un día el fusil contra ti, enviar la bala mortal al corazón que latía día y noche solo por el bien y la felicidad del niño. ¡Idea cruel, espantosa! ¡Todo lo humano que hay en ti grita y se rebela, todos los sentimientos nobles y puros despiertan y te asaltan en protesta! Tu hijo disparando, apuñalando, asesinando; un corazón de padre que se estremece, un corazón de madre desgarrado, todavía anhelando al hijo asesino... ¡Imágenes atroces, que torturan y angustian tu alma!... ¿Y ahora vas a poner a tu hijo, siguiendo una vieja irreflexión, un fusil bajo el árbol de Navidad, a regalarle un sable o a alegrar sus ojos y su ánimo con uniformes militares? ¿Un fusil, para que aprenda a tiempo a disparar contra sus padres y hermanos? ¿Un sable, para que más tarde sepa abrir con éxito las cabezas y las espaldas de sus compañeros de clase? ... No, no: no puedes, no debes hacerlo. La barbarie de la guerra no debe mancillar tu fiesta de Navidad; el crimen del asesinato no debe encontrar en el corazón de tu hijo ningún semillero ni ningún suelo donde arraigar. Sé en tu casa, negándote y rehusando, un propagandista de la aspiración pacífica a la cultura y de la bella humanidad.
El deseo de Navidad.
El padre lo había visto venir, y un día salió a relucir.
«Padre, regálame por favor por Navidad un sable, un casco y un fusil.»
«¿Un sable?», preguntó el padre. «¿Quieres matarme a sablazos con él?»
«Ah, no, querido padre, solo para jugar.»
«¿Y un fusil? ¿Quieres matar a tiros con él a tu querida madre?»
El muchacho levantó la vista asustado. Al principio había creído que el padre bromeaba. Pero cuando vio su rostro serio, comprendió que la conversación era para el padre un asunto muy serio.
«El sable y el fusil», dijo entonces el padre, «solo se usan para matar personas. El emperador ha dicho a los soldados que también deben matar al padre y a la madre si se les ordena.5 Pero el quinto mandamiento dice: ¡No matarás!»
«Pero si yo solo juego con ellos, padre.»
«¿Quieres jugar con el sable y el fusil, con los que se hace daño a las personas y se mata al padre y a la madre?»
El muchacho se quedó cortado y no supo qué responder.
Cuando, unos días después, el padre iba con el muchacho por las calles y pasaron al galope los bomberos, supo lo que regalaría al muchacho por Navidad: un uniforme de bombero con casco y hacha. Y cuando el muchacho lo recibió radiante de alegría en Navidad, el padre le dijo: Con esto no matarás ni harás daño; con esto ayudarás y salvarás y serás útil a tus semejantes cuando estén en peligro y necesidad.
Noticias.
La Comisión de Libros Juveniles de Hamburgo ha cumplido 25 años de existencia. En este tiempo, sobre todo bajo la dirección de Wolgast,6 ha realizado una gran labor de crítica literaria y ha servido de modelo también para la selección de libros juveniles de la Comisión Central de Instrucción socialdemócrata. — Según cifras oficiales, hay actualmente en Prusia 2100 maestros sin plaza, porque supuestamente sobran maestros. Y eso que, según la estadística de 1911, en Prusia todavía 378 maestros tenían que enseñar a más de 120 niños cada uno, 700 000 niños estaban en clases sobrecargadas y 383 niños en edad y obligación escolar no pudieron ser admitidos por falta de sitio. Si las normas sobre el número de alumnos por clase, vigentes desde 1828, se cambiaran solo en el sentido de que la media fuera de 70 alumnos por clase, habría que contratar en el acto 10 000 maestros nuevos.
Reseñas de libros.
Wilhelm Lamszus, Das Menschenschlachthaus [El matadero humano]. Imágenes de la guerra que viene. Editorial Alfred Janssen, Hamburgo. (Edición barata a través de la Oficina Central para la Juventud Trabajadora, Berlín.)
Responsable de la redacción: Otto Rühle, Dresde-Hellerau.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage, diciembre de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle, según el facsímil de la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen) (ULB Bonn / zeit.punkt NRW). Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002, secc. 1.6.2); se omiten las colaboraciones firmadas por Anna Blos, F. Gansberg y Wilhelmine Kähler y una pieza reproducida del Vorwärts.
Traducción: traducción íntegra al español de las piezas sin firma, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Abhärtung = «endurecimiento»; verzärteln = «mimar» (glosario). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Congreso extraordinario de la Internacional Socialista en Basilea (24-25 de noviembre de 1912), dedicado a la amenaza de guerra. (N. del T.) ↩
La carta infantil tiene faltas de ortografía y concordancia («seid» por «seit»; «un jardín... dan sombra»), que la traducción imita en parte. (N. del T.) ↩
20 grados Réaumur equivalen a 25 °C; 18 °R, a 22,5 °C; 16 °R, a 20 °C. (N. del T.) ↩
Así el original («auf Vater und Vater»), probablemente errata por «Vater und Mutter», «padre y madre». (N. del T.) ↩
Alusión al discurso de Guillermo II a los reclutas de Potsdam (23 de noviembre de 1891), en el que dijo que, si él lo ordenaba, debían disparar contra sus padres y hermanos. (N. del T.) ↩
Heinrich Wolgast, maestro hamburgués, autor de Das Elend unserer Jugendliteratur (1896) y figura principal del movimiento de reforma de la literatura juvenil. (N. del T.) ↩