Por Otto Rühle.

La internacionalidad del socialismo desempeñó un papel nada pequeño en la campaña electoral que acabamos de dejar atrás. La falta de una consigna electoral atractiva empujó a los adversarios a los medios más desesperados para atraer a los electores. Pero cuando ni siquiera con el escrito de Nochevieja del canciller del Reich a la liga de Liebert1, oliendo a ponche, para enlodar a la socialdemocracia se logró hacer salir a un perro de detrás de la estufa, se volvió a echar mano de las trompetas de campaña de la burguesía conservadora del Estado, muy desvencijadas pero al fin y al cabo acreditadas, para arrancarles —como antaño el difunto Münchhausen— los sonidos congelados2 que lanzaban a los cuatro vientos un himno al orden y sobre todo a la nacionalidad. ¡Nacionalidad de los partidos burgueses, internacionalidad de la socialdemocracia!: con esta contraposición se deslumbró a los elementos políticamente inferiores de las masas electorales, con estos lemas chatos se atrapó a los irreflexivos y a los perezosos de pensamiento en las redes tendidas para cazar pardillos. Sobre todo en los llamados círculos cultos, el «capricho socialista» de la internacionalidad no dejó de surtir efecto; innumerables son los casos en que, por ejemplo, maestros han despotricado ante niños que escuchaban sin comprender contra la «quimera socialdemócrata» y han hecho al proletariado consciente de su clase el más grave reproche de «renunciar a lo nacional».

¡Qué mentecatos, estos sabihondos y listillos! Aun con los ojos abiertos no ven hasta qué punto estamos todos metidos ya en el internacionalismo, en qué alto grado la vida de las naciones está hoy dominada ya por la idea de la internacionalidad. Se les escapa, a pesar de sus sentidos sanos, cómo las fronteras políticas de los Estados se borran día tras día para manifestaciones y fenómenos cada vez más numerosos de la existencia y la actividad humanas, cómo los pueblos se acercan sin cesar en el tráfico y la competencia internacionales, cómo la configuración de la vida de la humanidad civilizada se rige por principios cada vez más estables y la actividad vital tiende, en convergencia creciente, a formas unitarias. El capital ha sido internacional desde siempre; de la producción capitalista, cuyo campo es el mundo, se han desarrollado como consecuencias naturales el comercio mundial y el tráfico mundial, que, como dicen sus nombres, tienen carácter internacional. Del mismo modo, la ciencia, la técnica, el derecho de gentes, y también el culto y el arte, tienen en cierto sentido un sello internacional. Hasta un terreno que a muchos les parecía el dominio más propio e inalienable de lo nacional no ha podido cerrarse por más tiempo a la tendencia general hacia una configuración y un desarrollo internacionales: la escuela.

Con dos innovaciones originales, el intercambio epistolar internacional entre escolares y el intercambio internacional de niños, ha acogido —si se prescinde de los congresos escolares internacionales, las exposiciones de material didáctico, los intercambios de profesores, etc.— los primeros elementos del internacionalismo en su organismo.

Con la viveza cada vez mayor de las relaciones comerciales entre los distintos continentes y países, con el perfeccionamiento de los medios de transporte, la mayor seguridad, comodidad y baratura de los viajes, así como con numerosos inventos y conquistas técnicas, el mundo se ha vuelto cada vez más estrecho y pequeño. Un viaje alrededor de la Tierra, antaño un acontecimiento de la historia de la cultura, pasa hoy casi por algo cotidiano. Naturalmente, la ciudadanía y el tráfico mundiales plantean a la formación intelectual del ser humano exigencias mucho mayores que la actividad y el trato dentro de los estrechos límites acostumbrados del terruño. El comerciante, el investigador, el técnico, etc., tienen que ser capaces de entrar en trato intelectual con los pueblos que visitan. Para ello hace falta ante todo el conocimiento de la lengua correspondiente. Así la ola del internacionalismo alcanza a la mediadora de los conocimientos lingüísticos, la escuela. Cuanto más internacional se ha hecho con el tiempo el tráfico, sobre todo el comercial, tanto más se ha llegado en nuestros centros de enseñanza media al convencimiento de que un estudio a fondo de las lenguas de los pueblos es indispensable para la juventud burguesa que crece. En lugar de las lenguas antiguas, que ya no tienen valor práctico directo, pasan cada vez más a primer plano las lenguas modernas; su dominio a fondo se convierte para el joven comerciante en condición indispensable de su actividad profesional.

El mejor medio de aprender lenguas con facilidad y a fondo es la estancia y la enseñanza en el país correspondiente. No todo el mundo puede permitírselo. Por eso se ha discurrido sobre caminos y métodos para llegar a un buen dominio de la lengua extranjera sin la costosa vida en el extranjero. El aprendizaje seco en los libros de texto no basta; en eso había claridad; tampoco la conversación ocasional o regular con extranjeros llevaba del todo a la meta deseada. ¡Así que un camino nuevo! Entonces a un pedagogo francés se le ocurrió la idea de crear un sustituto de la enseñanza de idiomas en el extranjero organizando una correspondencia internacional regular entre escolares. Si, por ejemplo, un muchacho alemán aprendía en la escuela la lengua francesa, debía tener, además de su enseñanza con el libro de texto, la oportunidad de mantener correspondencia, alternativamente en alemán y en francés, con un muchacho francés que estuviera aprendiendo alemán y que le asignaría la oficina central que había que crear; en primer lugar, para que adquiriera la práctica necesaria en el uso de la lengua extranjera; en segundo, para que aprendiera no solo la lengua de los libros, sino la verdadera lengua de la vida, y en tercero, para que por medio de este trato intelectual obtuviera a la vez una visión de las concepciones y las condiciones de vida de naciones extranjeras. Aunque en los círculos de maestros se tenía claro que la correspondencia escolar solo podía ser un sustituto, un recurso de emergencia, sus ventajas, en todo caso nada desdeñables, se veían sin más, y en el año 18973 el profesor Mieille, de París, que desde 1892 venía haciendo ensayos con el intercambio epistolar entre escolares, logró fundar una oficina central inglesa y otra alemana, esta última bajo la dirección del profesor doctor Hartmann, de Leipzig. «La primera lista de corresponsales franceses que reunió Mieille en enero de 1897 recogía [¿100?] muchachos y 15 muchachas franceses dispuestos a mantener correspondencia. La central inglesa solo pudo presentar 70 muchachas y 50 muchachos. La central alemana dio 132 alumnos, que asistían exclusivamente a centros de enseñanza sajones. Desde entonces el intercambio epistolar internacional entre escolares ha hecho enormes progresos. Según el informe anual de la oficina central alemana, ya en 1900 se habían producido 7426 inscripciones en el área de lengua alemana, 9009 en Inglaterra y en Francia, que entretanto había establecido además conexiones con América e Italia, 14 000». Hasta finales de junio de 1906 habían participado en el intercambio epistolar 454 centros alemanes, de ellos 160 escuelas de niñas; 330 franceses, de ellos 61 escuelas de niñas; 174 norteamericanos, 69 ingleses, 35 austriacos, 6 belgas, 3 suizos y 1 australiano. Unos 20 000 jóvenes habían entrado en intercambio intelectual con muchachos de su edad de otras naciones; un porcentaje considerable de las inscripciones había tenido que rechazarse, sobre todo en los últimos años, porque en el extranjero no se habían encontrado corresponsales suficientes para satisfacer la demanda alemana. Maestros y alumnos están del todo satisfechos con las experiencias hechas y consideran el intercambio epistolar internacional un medio digno de atención para practicar el trato en lengua extranjera y para profundizar en el espíritu y el carácter de pueblos y naciones extranjeros.

Incomparablemente más adecuada y eficaz que el intercambio epistolar entre escolares es la otra organización internacional que ha de servir a la misma tarea, a saber, el intercambio internacional de niños creado por el pedagogo francés Mathieu. Consiste, como dice su nombre, en que niños que aprenden una lengua extranjera y desean adquirir la seguridad necesaria en su uso se intercambian recíprocamente entre familias alemanas, inglesas, etc., por un tiempo más o menos largo. Mientras un muchacho francés que desea recibir en alemán el último pulimento recibe, por ejemplo, en la época de las vacaciones de verano, alojamiento, comida y atenciones en la familia de un médico berlinés, el hijo o la hija de ese médico pasa las vacaciones en la casa paterna del joven francés, también con pensión completa gratuita y con abundante ocasión de perfeccionarse en la lengua francesa. A los padres de los niños no les ocasiona más gastos directos que los del billete de tren. Quien quiera colocar por algún tiempo a su hijo en el extranjero para que haga estudios de lengua no tiene más que ponerse en contacto con la oficina de mediación de su país; esta le proporciona en seguida unas cuantas direcciones de padres dispuestos a intercambiar a sus hijos. Las listas están dispuestas de modo que siempre es posible reunir a padres de condición social aproximadamente igual. A la primera noticia de la fundación de la oficina de París se inscribieron en el acto 32 familias, de ellas 16 francesas, 8 inglesas, 7 alemanas y 1 española. Desde entonces el intercambio de niños ha experimentado un enorme auge. Todos los años, sobre todo en la época de las vacaciones grandes, una parte de la juventud estudiosa de las distintas naciones se pone en camino para conocer, en el trato internacional, la lengua, la vida intelectual y la cultura de otros pueblos.

El elemento económico más profundo que subyace al intercambio epistolar y al intercambio de niños internacionales permanece, naturalmente, oculto la mayoría de las veces a la juventud burguesa, ya retoce en París, Londres, Roma o Berlín. El horizonte intelectual que le abre la escuela no alcanza para semejante comprensión y profundización. Esta gentecilla tampoco entiende por qué un orden del mundo que permite a unos pocos una existencia opulenta sin la obligación de trabajar, a costa del trabajo de millones de hambrientos y necesitados, no ha de ser un estado social ideal que haya que conservar y defender a toda costa. Y entiende todavía menos cómo los obreros conscientes de su clase llegan a fundar, en el hecho de la internacionalidad del capital, la necesidad de la internacionalidad de las relaciones proletarias y de la lucha de clases. Internacionalidad de la «chusma obrera»: eso, naturalmente, solo puede ser una «frase ridícula»…


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), cotejada con el facsímil de la pág. 9 del Hamburger Echo, 21. Jahrgang, Nr. 35, 10 de febrero de 1907, Zweite Beilage (Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg, vía Deutsches Zeitungsportal). La única lectura dudosa del original se señala también en la traducción.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y las cursivas del original. Schülerbriefwechsel, Schülerkorrespondenz se traducen «intercambio epistolar (correspondencia) entre escolares»; Kinderaustausch, «intercambio de niños»; höhere Schulen, «centros de enseñanza media». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. En su carta de Nochevieja de 1906 al general von Liebert, presidente de la Reichsverband gegen die Sozialdemokratie, el canciller Bülow llamó a la lucha electoral contra la socialdemocracia. (N. del T.) ↩

  2. Alusión a la historia del barón de Münchhausen cuyo cuerno de postillón, helado por el frío, solo soltó sus notas al deshelarse junto a la estufa. (N. del T.) ↩

  3. El original dice «1879», errata evidente por 1897. (N. del T.) ↩