¿Qué hacer?
Por Otto Rühle (Leipzig).
El resultado de las elecciones al Reichstag, que ha quedado muy por debajo de lo esperado, ha puesto a discusión la pregunta: ¿qué hacer para ganar a los sectores del pueblo que, por su situación económica y social, deberían ver en la socialdemocracia su representación política, pero que se han dejado atrapar por la patraña electoral nacionalista y han votado a los partidos burgueses? Las respuestas varían según se aduzcan como decisivas unas u otras causas del insatisfactorio resultado. En lo que sí hay unanimidad es en que los medios de agitación empleados hasta ahora en lo principal ya no bastan para el futuro frente a los enormes esfuerzos de los adversarios, sobre todo frente a los manejos de la Liga Imperial (Reichsverband)1.
A las asambleas que organizamos, los círculos indiferentes que se trata de ganar no acuden, según enseña la experiencia, casi sin excepción. Es queja constante de presidentes de asamblea y oradores que —también en las grandes asambleas populares— tienen casi siempre delante el mismo núcleo de asistentes, y que solo rara vez —fuera de las épocas de agitación electoral— aparecen entre ellos caras nuevas en número apreciable. A menudo, también en la última campaña electoral, me han dicho compañeros: para los que hoy están aquí no haría falta en realidad la conferencia, porque todos saben ya adónde pertenecen. Pero si no es en las asambleas populares, ¿dónde se encuentra entonces a los indiferentes? ¿Acaso en las asambleas de los adversarios? En parte sí, pero en parte tampoco. Precisamente los que no votaban, a los que esta vez se ha sacado como a los cangrejos de todos los agujeros y a los que tenemos que ganar para el futuro, eran hasta ahora políticamente tan apáticos e indolentes que no asistían tampoco a las asambleas burguesas. Ni
siquiera durante la última campaña electoral, la más apasionada de cuantas ha habido. Pues aun en distritos políticamente vivos pudo observarse que candidatos burgueses tenían en sus asambleas dos o tres docenas de asistentes, y en esas mismas localidades obtenían sin embargo muchos más votos que el socialdemócrata que había hablado ante salas abarrotadas. Los indiferentes son indiferentes también como asistentes a asambleas, aquí y allá; por eso no tendrá perspectivas querer llegar a sectores amplios de ellos por medio de asambleas populares.
Quedan los periódicos y las hojas volantes. En la Neue Zeit (n.º 19), los compañeros Ad. Hoffmann y Wurm han hecho propuestas positivas: el primero recomienda hojas volantes que, con periodicidad libre pero constante —«a ser posible todos los meses, y como mínimo cada trimestre»—, informen a los indiferentes de los acontecimientos más importantes de la política y de la vida económica; el segundo espera una agitación más eficaz de periódicos de formato menor, que se publicarían mensualmente o a intervalos más cortos y que las organizaciones políticas repartirían al principio gratis, hasta que hubieran encontrado un círculo fijo de suscriptores. Ambas propuestas parten del hecho de que nuestra prensa regular de partido no puede tenerse en cuenta como medio de agitación entre los indiferentes del proletariado y de la clase media, puesto que estos no la leen. Yo, por mi parte, espero poco éxito también de las hojas más pequeñas que recomienda el compañero Wurm. Él invoca en su apoyo la Rundschau que publican los compañeros de Hannover; a mí me resulta tanto más fácil remitir, para fundar mi postura contraria, al Landbote que editaron con grandes sacrificios los compañeros del 17.º distrito electoral de Hannover y que, aunque se publicó durante muchos años, no tuvo el menor éxito agitativo. En lugar de aumentar nuestra prensa de partido con unos cuantos órganos enanos de esta clase, debería ponerse más bien el acento en que los periódicos de partido ya existentes se amplíen y mejoren todavía más, y ante todo en que contraten más redactores, para que todos los acontecimientos y fenómenos de la vida política y económica puedan tratarse de un modo adecuado a la comprensión y al alcance de sus respectivos lectores. Por desgracia, la escasez de redactores parece crónica en el partido, situación que también ha de tener sus causas. Con hojas volantes hay que trabajar decididamente más que hasta ahora. Lo que desea el compañero Ad. Hoffmann coincidiría más o menos con un acuerdo que ha tomado la asociación de distrito del 13.º distrito electoral de Sajonia: al final de cada período de sesiones del Reichstag, dar cuenta a los electores en una hoja volante, método de ilustrar a los indiferentes sobre la conducta antipopular de los partidos burgueses que difícilmente dejará de surtir efecto. Pero que frente a las mil mentiras y tergiversaciones de los adversarios cumpla siempre y en todas partes por completo la tarea que se le asigna parece más que dudoso.
El Hamburger Echo ha subrayado hace poco que en adelante, junto al más intenso trabajo por las reivindicaciones inmediatas, la agitación tiene que destacar con insistencia la meta final socialista. La sugerencia merece la mayor atención, aunque no contenga nada nuevo ni nada insólito. Por supuesto, el periódico de partido de Hamburgo no piensa en abogar por una pintura fantástico-
utópica del Estado socialista del futuro; lo que pide es una exposición de la meta final socialista sobre la base económico-histórica del socialismo científico, plástica y eficaz para la agitación. Pero ¿quién ha de influir en este sentido y con este espíritu sobre las masas del pueblo, para interesarlas políticamente, entusiasmarlas y arrastrarlas consigo? ¿Acaso solo los redactores y oradores, que en periódicos y asambleas hablan una y otra vez sobre todo a «su» público? No: todo el mundo; la agitación entera ha de estar dominada por este espíritu, y ante todo la que se dirige a ganar a los elementos «no votantes». Pero ¿quién hace esta agitación? ¿Quién llega al obrero indiferente que no va a asambleas, ni lee la prensa del partido, ni muestra interés político de ninguna clase? Solo el compañero de trabajo que está a su lado ante el torno y el tornillo de banco, que vuelve con él del trabajo por el mismo camino, que se lo encuentra en la taberna o en cualquier otra parte. ¿Y quién puede influir con palabras de ilustración y enseñanza en el artesano y el pequeño comerciante que, encapsulado en la estrechez de su limitada visión del mundo, va pasando sus días embotado y apático? El proletario que vive puerta con puerta con esa gente, la proletaria que hace en sus tiendas la compra. Ahora bien, ¿están estos agitadores del servicio menudo ni siquiera remotamente provistos del bagaje intelectual que les permitiría una labor eficaz de ilustración?
Digámoslo abiertamente: ¡no! Y ese es el punto decisivo.
Sería llevar mentiras a la Liga Imperial2 querer describir aquí, ni siquiera de pasada, con qué hondura infinita y con qué dolor se siente en las filas de los compañeros la falta de una formación teórica de principios, y con qué fuerza elemental se expresa a menudo el deseo de claridad sobre la esencia del socialismo científico, sobre todo entre los compañeros más inteligentes de la generación joven.
Pero ¿qué ha hecho hasta ahora el partido por todos estos compañeros? Vergonzosamente poco, por no decir: nada en absoluto.
La escuela del partido es una gota sobre una piedra al rojo; lo que han hecho algunas grandes ciudades apenas alcanza a satisfacer las necesidades más apremiantes; por la provincia nadie ha movido todavía un dedo.
El partido no puede ni debe sustraerse por más tiempo a la obligación —esta es mi convicción inquebrantable— de ocuparse de manera suficiente de la formación política de partido de sus miembros inteligentes, si no quiere hacerse culpable de un grave pecado de omisión que podría vengarse algún día, llegado el caso, todavía peor que con un sensible fiasco electoral. ¿Por qué no se hace por fin al menos el intento de, por medio de cursos de enseñanza que impartirían maestros itinerantes, mostrar el camino y poner en la mano el método a los compañeros del Reich ávidos de aprender y capaces, para que sepan cómo se trabaja teóricamente y cómo se llega a comprender el socialismo científico? Los cursos podrían organizarse de manera práctica, de modo que se aprovechara plenamente a los profesores; con gastos relativamente pequeños, el número de compañeros que recibieran el primer pulimento científico podría ser en pocos años verdaderamente considerable. Con ello, con el tiempo, no solo la escuela superior del partido se asentaría sobre una base
mucho más amplia, sino que el relevo en los puestos de funcionario del partido ganaría también constantemente, en general, en calidad, y sobre todo se formarían agitadores para el trabajo menudo, agitadores como los que necesitamos sin falta si hemos de ganar a los sectores del pueblo de los que ahora se trata.
Que no se me entienda mal: no estoy en modo alguno preso de la ideología de que la formación teórica y la adquisición de cultura científica sean la panacea con la que se pueda conquistar el mundo. Lo que pido es exactamente lo mismo que deben lograr las armas de la asamblea popular, del periódico y de la hoja volante: llevar a los sectores del pueblo más amplios posibles la ilustración sobre las condiciones, los fundamentos y los fines del socialismo. Solo que quiero ver añadida a las viejas formas acreditadas una nueva. Este deseo nace de la experiencia práctica. Desde hace años he impartido cursos en gran número y he tenido como alumnos aplicados y afanosos a cientos de compañeros. Sobre todo entre los que han seguido cursos de introducción al socialismo científico y a la economía política, muchos han dado excelente resultado como agitadores en el trabajo menudo. Estas observaciones y experiencias me mueven a expresar ahora —cuando tenemos detrás una batalla perdida— con más seriedad y más urgencia que nunca el deseo de que cursos itinerantes de la clase indicada lleguen por fin a ser una institución del partido.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung de Die Neue Zeit, 25. Jahrgang (1906/07), I. Band, Nr. 22 [febrero de 1907], págs. 750-753. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Kleinarbeit, Kleindienst se traducen «trabajo menudo», «servicio menudo»; Gegenwartsarbeit, «trabajo por las reivindicaciones inmediatas»; Indifferente, «indiferentes». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
Reichsverband gegen die Sozialdemokratie (Liga Imperial contra la Socialdemocracia), organización fundada en 1904 que hizo en la campaña de 1907 una propaganda masiva contra el partido. (N. del T.) ↩
Lügen zum Reichsverband tragen: juego con el modismo Eulen nach Athen tragen, «llevar lechuzas a Atenas», es decir, hacer algo superfluo: describirlo sería tan inútil como llevar mentiras a quien ya las fabrica a montones. (N. del T.) ↩