El primer día de escuela, la mayoría de los niños están en la frontera entre dos mundos, el de la casa y el de la escuela. Allí, libertad, despreocupación, movimiento, juego alegre; aquí, coacción, subordinación, disciplina, trabajo serio. Entre ambos, un abismo que ningún puente salva.
Los pedagogos sensatos han reconocido hace tiempo que esta es una situación funesta para el desarrollo intelectual del niño. Por eso reclaman una fase de transición. En las escuelas de los Estados Unidos la constituye la asistencia obligatoria a un jardín de infancia durante un año al comienzo de la escolaridad. En la Lersnerschule de Fráncfort del Meno se ha aplazado medio año el comienzo de la enseñanza de la lectura y la escritura. La sección de metodología de la Asociación de Maestros de Leipzig, tras discutir y deliberar a fondo la cuestión, planteó la exigencia de que «una enseñanza preparatoria extensa, que ha de durar hasta las vacaciones grandes, constituya la transición del tiempo de juego en la familia al trabajo sistemático en la escuela». La buena disposición de las autoridades escolares ha permitido, con la introducción de un curso preparatorio de seis semanas para los recién llegados a la escuela, hacer también en las escuelas primarias de Leipzig el intento práctico de tender un puente sobre la oposición entre casa y escuela. Si el intento, y hasta qué punto, ha dado resultados satisfactorios en el primer año de existencia de esta novedad, es cosa sobre la que todavía no hay declaraciones ni juicios de los maestros elementales interesados. Pero sí ha aparecido, de la pluma de uno de los más celosos defensores de la novedad, un pequeño folleto1 que se extiende detalladamente sobre la naturaleza y la tarea del curso preparatorio, exponiendo cómo concibe el autor la disposición y la organización del curso y cómo él mismo lo ha organizado en su calidad de maestro elemental. Sus explicaciones parecen lo bastante interesantes e importantes también para los padres como para darlas a conocer, en la medida en que lo permite la extensión de un artículo.
Nitschke deja ante todo sin discutir la cuestión de si las seis semanas concedidas por las autoridades escolares bastan para el fin indicado —lo que, a nuestro juicio, no es en modo alguno el caso—; antes bien, desde el terreno de los hechos dados, entra directamente en su labor educativa práctica. ¿Qué tiene que hacer el maestro, ante todo, en el curso preparatorio? A esto responde: la diversidad de los alumnos en carácter, costumbres y hábitos obliga al maestro a crear primero —con el mayor respeto por la individualidad— cierta uniformidad; no una instrucción de cuartel, sino cierta unidad en el hacer común, sin la cual no es posible la enseñanza en masa. Como medio más adecuado para esta uniformación le parecen los ejercicios gimnásticos y los juegos. Por ellos «los niños han de aprender a prestar atención a sí mismos y a contenerse; han de acostumbrarse a la obediencia y la atención, a la reflexión y la presteza. Su timidez y su miedo han de convertirse en resolución y perseverancia, su falta de confianza en sí mismos, en fuerza. Han de ejercitarse en las virtudes sin las cuales no es posible la convivencia de los hombres: en la tolerancia, la sociabilidad y la subordinación al todo. Además, en lugar de la torpeza que a menudo se observa en ellos, ha de aparecer un uso más libre de los miembros; han de fortalecerse los pulmones, y ha de guiarse a los niños hacia una postura buena y erguida». Por último, los ejercicios gimnásticos, igual que los juegos, que conviene situar al final de cada hora, ofrecen una ocasión excelente para estudiar las distintas individualidades de los alumnos.
Pero no basta con esto. Nitschke quiere también salir de excursión con los niños para reunir material de intuición para conversaciones posteriores. El análisis del círculo de ideas infantil que la moderna psicología del niño ha llevado a cabo, sobre todo con ayuda de los cuestionarios de Hartmann, ha mostrado que los recién llegados a la escuela son sorprendentemente pobres en representaciones conscientes, que el trabajo escolar necesita con urgencia como puntos de enlace. Se trata, pues, de ganar tales representaciones en el curso preparatorio mediante paseos didácticos. «Contemplamos juntos el aula, recorremos el edificio de la escuela hasta el patio, observamos el desarrollo de los árboles y arbustos que hay en él, miramos las flores que se abren y a sus visitantes, dejamos quizá que los niños planten y siembren algo ellos mismos en un rincón del huerto escolar y nos alegramos con ellos del desarrollo paulatino de sus pupilos. Si la escuela está bien situada y los niños están suficientemente acostumbrados a la disciplina y al orden, uno puede atreverse también alguna vez a salir a la calle, a adentrarse en el bosque, a recorrer prados y campos.» Después del paseo, el material de intuición obtenido debe comentarse brevemente y lo más importante resumirse quizá en un pequeño relato.
También por lo demás debe cultivarse el gusto de los niños por fabular. Nitschke cuenta a los pequeños cuentos y otras historias y, para despertar las ganas de hablar, deja que las vuelvan a contar, primero en el alemán de casa, sin corregir al niño y sin dar mucha importancia a la forma lingüística. El mejor medio educativo para la primera formación lingüística del recién llegado ha de ser el buen ejemplo del maestro. Cuanto más pura, correcta y bellamente hable, con tanta mayor seguridad se esforzarán también los niños por hacerlo.
Como continuación de la actividad de juego del niño en la edad preescolar aparecen también en el curso preparatorio la colocación de palitos, el dibujo y el modelado. Al tener en cuenta estos trabajos de Fröbel como etapas previas de la enseñanza propiamente dicha, la escuela se acerca al jardín de infancia, donde esas actividades tienen su casa. Enlazan directamente con el juego libre del niño y, al poner el instinto creador del niño al servicio de los fines de la educación, constituyen la transición más natural y mejor adaptada a la naturaleza infantil entre la casa y la escuela.
Si se piensa en cómo el método de la enseñanza elemental hoy habitual —como el de la enseñanza escolar en general— no tiene en cuenta lo más mínimo la peculiaridad de la naturaleza infantil, cómo ahoga sistemáticamente el instinto de actividad, pone trabas paralizantes al afán de movimiento y quiere que todo el peso del trabajo escolar se dedique a la formación y el adiestramiento del intelecto, y si luego, en comparación, se observa cómo en el curso preparatorio se tiene en cuenta, al menos en algo, el instinto creador de los niños, cómo se guía a los alumnos a la vivencia, a la actividad propia, a adquirir conocimientos y destrezas por su cuenta, al uso independiente de sus capacidades y fuerzas, hay que confesar que la novedad mencionada representa sin duda un progreso en la enseñanza de nuestras escuelas primarias. No somos en modo alguno tan optimistas como para creer que con este curso pueda producirse una gran revolución en el terreno de la metodología escolar ni lograrse un alivio esencial y una configuración más fecunda de la enseñanza. Ya la brevedad de su duración se encarga de que las mejoras de las que depende el progreso no puedan desarrollarse más allá de tímidos comienzos y ensayos, por no hablar del método que mata el espíritu, que recobra sus derechos en cuanto termina el curso preparatorio y vuelve a devastar todo lo conseguido con esfuerzo. Pero no por ello deja la novedad de Leipzig de marcar la dirección en que, tarde o temprano, se llevará a cabo la reforma, o digamos mejor la revolución de la metodología de nuestra educación oficial. Encierra, en pocas palabras, el principio que dominará el futuro de la escuela, a saber, el principio de la educación por el trabajo. En este sentido puede llamarse al curso preparatorio un paso —por pequeño que sea— en el camino hacia la escuela del trabajo.
Nitschke da además en su folletito indicaciones sobre cómo pueden —y, en su opinión, deben— allanarse especialmente los caminos a algunas materias de enseñanza en la escuela de párvulos. Así trata sucesivamente los ejercicios previos y el curso preliminar de habla y lectura, y después los ejercicios previos de escritura y cálculo. Estas explicaciones suyas están destinadas solo a pedagogos, aunque más de uno de ellos se enterará con ellas de algo completamente nuevo. Ojalá la iniciativa del magisterio de Leipzig —y en particular el folletito de Nitschke— estimule y anime a los círculos pedagógicos y a las autoridades escolares de otras ciudades de tal modo que el curso preparatorio para los recién llegados a la escuela —como alivio, aunque sea pequeño, del tormento escolar— se convierta pronto en una institución general y permanente de nuestras escuelas primarias.
O. R.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del número de la Leipziger Volkszeitung, 12.º año, n.º 140, 21 de junio de 1905, suplemento de folletín, digitalizado por la SLUB Dresden (digital.slub-dresden.de/id394414608-19050621).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Arbeitsschule se traduce «escuela del trabajo»; Erziehung durch die Arbeit, «educación por el trabajo»; Schulneulinge, «recién llegados a la escuela»; Anschauung, «intuición»; Schaffenstrieb y Tätigkeitstrieb, «instinto creador» e «instinto de actividad»; Hausdeutsch, «alemán de casa».
Der Vorbereitungskurs. Ein Beitrag zur Methodik des ersten Unterrichts in der Elementarklasse [El curso preparatorio. Contribución a la metodología de la primera enseñanza en la clase elemental]. Por Max Nitschke, maestro en Leipzig. Leipzig, editorial de Alfred Hahn. Precio: 50 pfennigs. ↩