Por Otto Rühle
La época de los exámenes de Pascua da mayor actualidad al sombrío capítulo de los suicidios infantiles, pues las semanas anteriores al fin del curso escolar, tan temidas por la juventud escolar, figuran entre aquellos períodos en que las siniestras series de cifras de la estadística de suicidios experimentan su aumento más visible. Pero no solo la época de exámenes con sus angustias y sus sobresaltos: la escuela en general ocupa uno de los primeros lugares en la serie bastante variada de los motivos que, en la existencia del niño, hacen madurar la terrible decisión de destruir violentamente la vida. ¡Qué cuadro tan incomprensible, tan estremecedor en su contradictoria tragedia: la escuela, que debe depositar en el espíritu y en el ánimo del niño todo lo noble, lo grande y lo puro, educar en la firmeza y la energía la voluntad todavía flexible y dócil y, en general, capacitar al hombre, mediante el desarrollo armonioso de todas sus disposiciones físicas y psíquicas, para la más decidida, vigorosa y alegre afirmación de la vida, esa misma escuela como causa de la más absoluta negación de la vida, como motivo inexorable de su destrucción!
Todavía a comienzos del siglo pasado apenas se conocían suicidios de niños; así lo atestiguan casi todos los países: Prusia, Francia, Inglaterra, Italia, etc. Solo se daban casos muy aislados, que se tenían por algo inaudito; así, en Berlín, de 1788 a 1797, un único caso. En el decenio siguiente ya fueron tres. Quetelet, el creador de la investigación estadística, fue el primero en señalar el aumento paulatino de los suicidios infantiles, y ya hacia 1825 se lamentaba el Dr. Casper en sus «Beiträge zur medizinischen Statistik» [Contribuciones a la estadística médica], etc.: «En ninguna parte se muestra el lado oscuro de la cultura con más crudeza que cuando contemplamos el aumento, casi increíble, de los suicidios infantiles en los tiempos más recientes», y en 1846, en sus «Denkwürdigkeiten» [Memorables], etc.: «Los suicidios de niños se han producido últimamente en toda la monarquía con una frecuencia tan creciente que sería fatigoso dar a conocer aquí siquiera una parte de tales casos.» También otros estadísticos, hasta los tiempos más recientes, destacan el crecimiento de las cifras de suicidios infantiles, como Heyfelder, Griesinger, Prinzing, Siegert y otros, mientras que Guttstadt, Rehfisch y Baer no comparten sin más este punto de vista, sino que se inclinan más o menos a la opinión de que la frecuencia de los suicidios ha aumentado sin duda considerablemente, pero que la proporción de los suicidios infantiles se ha mantenido en general igual. A esta concepción se opone, sin embargo, la estadística oficial, según la cual en los años 1869-73 correspondía por término medio anual un suicidio a cada 666 028 niños, mientras que hasta el período 1894-98 esta cifra ha bajado a 497 815. Esto significa manifiestamente un aumento de los suicidios infantiles. En los tres decenios de 1869 a 1898, solo en Prusia, se quitaron la vida en total 1708 niños (1346 varones y 362 niñas). Sajonia presenta una cifra extraordinariamente alta en esta triste estadística. Según el Dr. Krell, allí correspondía ya en 1900 un suicidio infantil a cada 100 suicidios, y en 1902 incluso a cada 42. Y para la estadística de los suicidios infantiles vale muy especialmente, como subraya el Dr. Baer, «que su número es en realidad mayor que el oficialmente averiguado».
Incomparablemente más interesante que averiguar la frecuencia de los suicidios es indagar los motivos que conducen al suicidio. Los suicidios infantiles en particular constituyen un terreno que todavía necesita con urgencia ser abierto e investigado científicamente; ante todo a la psiquiatría y a la psicología, a la sociología y a la pedagogía se les abren amplios campos de actividad. Un niño sano, resistente y bien educado solo en los casos más raros concebirá la idea del suicidio; «pero se cuentan por cientos de miles los vástagos debilitados que vienen al mundo con una energía vital disminuida, en los que el alcoholismo, el desenfreno, las enfermedades, el tipo de vida y el exceso de trabajo de los padres engendraron una menor resistencia para la lucha por la vida. Muchas veces, una educación cuidadosa y afectuosa y unas buenas circunstancias exteriores pueden lograr un equilibrio; a menudo también falta al menos el impulso hacia un desenlace trágico. Pero si a tales niños, con sus nervios irritables y su vida afectiva desequilibrada, a menudo hipersensible, les sobrevienen nuevos daños y pesares, el camino hacia la tragedia está trazado.»
Está en la naturaleza del suicidio en general, como en su valoración social en particular, que muchos de sus aspectos suelan quedar oscuros, y no en último lugar las causas, que son las que más fácilmente escapan a la investigación posterior. En todas las estadísticas sobre las causas del suicidio aparece siempre, en efecto, una rúbrica: «motivos desconocidos», y por cierto siempre con cifras altas. Así, por ejemplo, de 936 suicidios cometidos en los años 1884 a 1898 entre los 10 y los 15 años, 337 (37,4 por ciento)1 tenían causas desconocidas, y Morselli calculó, por cada 1000 suicidas menores de 15 años en Prusia en los años 1869-72, nada menos que 434 varones y 319 niñas cuyos motivos de suicidio no pudieron averiguarse. Ahora bien, Baer, que no admite como Esquirol una forma específica de locura como motivo de suicidio, pero se inclina con facilidad a considerar las perturbaciones mentales, la inferioridad psicopática y los afectos morbosos como causas principales de los suicidios infantiles, opina también que «de los casos por "causas desconocidas" puede considerarse sin ningún reparo una gran parte como aquellos que pueden atribuirse a motivos psicopáticos inferiores y dudosos, cuyo verdadero estado mental no se reconoció en vida». Frente a ello, Durand-Fardel opina que los malos tratos constituyen la causa más frecuente de los suicidios infantiles, y en concurrencia ideal con ello Ferriani, el fiscal italiano conocido como uno de los más importantes psicólogos del niño, considera «el miedo a la escuela» el motivo decisivo en la mayoría de los casos de suicidio infantil.
¡El miedo a la escuela! Un mundo pequeño, pero tan grande, se abre ahí ante nuestros ojos espirituales, un mundo lleno de mil momentos de preocupación y de angustia, de pena y de fatiga, de aversión y de horror, de dolor y de desesperación, que en innumerables matices sacuden y hacen temblar los corazones y los cerebros de los niños. Ahí están los pequeños y lamentables proletarios asalariados, uncidos al yugo del trabajo de la mañana a la noche, que cuando, agotados y con el estómago rugiendo, ocupan en la escuela el único rinconcito de descanso que les ofrece el día, no son capaces de seguir la clase; el aprender se les vuelve un tormento, el maestro que quiere hacerlos avanzar contra todos los obstáculos les parece un verdugo, y toda la escuela con todo lo que la rodea solo despierta en ellos sentimientos de angustia, de repugnancia y de espanto que pueden llegar hasta el hastío de la vida y la desesperación. Ahí están además los enfermos, los anormales, los lisiados, cuya debilidad e inferioridad mental a menudo no se reconoce, a los que se trata a palos como «holgazanes» y «atolondrados» y a los que se les convierte la enseñanza en un infierno. Los desheredados, los que no tienen patria ni padres, los arrojados pronto a la vida, los hambrientos, los extenuados, los cargados de taras hereditarias, los degenerados y desmoralizados, los apaleados y descarriados, las víctimas de la educación forzosa y de las cárceles: casi interminable es el cortejo de la miseria. Pero también a los sanos les asalta a veces la idea del suicidio.
Guttstadt realizó una investigación sobre los suicidios de escolares en Prusia en los años 1883-1888. Examinó 289 casos (240 varones y 49 niñas); de ellos, 82 correspondían a escuelas superiores y 207 a escuelas inferiores. De los primeros se habían quitado la vida por miedo al examen, no pasar de curso y examen suspendido 15 muchachos; de los segundos, 1 muchacho y 1 niña. Otros motivos relacionados con la asistencia a la escuela habían sido determinantes del acto suicida en 5 muchachos de escuelas secundarias y en 8 muchachos y 1 niña de escuelas inferiores. Con estas cifras queda clara e incontestablemente a la vista que la escuela de hoy, con su miedo a las notas y su tormento de exámenes, dos viejas y superfluas pelucas de la burocracia escolar, empuja a la muerte a un porcentaje considerable de los suicidas jóvenes. Se sabe que los exámenes escolares ejercen una influencia sin duda perjudicial sobre la salud física de muchos alumnos. El Dr. Ignatieff halló que el 79 por ciento de los alumnos perdían durante los exámenes por término medio 1½ kilos de peso; a resultados semejantes llegó el Dr. Kosinzoff. El primero llega a la convicción «de que, en las circunstancias dadas, los exámenes son, en su efecto sobre el organismo juvenil, comparables a una enfermedad grave que acarrea considerables trastornos de la nutrición y de los tejidos y que en todo caso no deja intacto el órgano que trabaja con más esfuerzo durante el período de exámenes: el cerebro». Ambos observadores consideran sumamente funesta para la salud de la juventud estudiosa la gran excitación nerviosa en que caen los niños durante el examen, que les quita el sueño y el apetito y se manifiesta en forma de miedo, inquietud general, un ánimo abatido o morbosamente exaltado. Mucho contribuye a este efecto funesto, observa además Baer, la importancia desmesurada que la vida familiar moderna atribuye al progreso de los niños en la escuela. En la familia, sobre todo en las clases medias y altas de la sociedad, la nota, el puesto en la clase, el paso de curso de los niños constituyen el centro de todos los acontecimientos, en torno al cual gira a veces todo. Si en las clases, casi siempre abarrotadas, el alumno se halla ante el maestro, no siempre suficientemente capacitado pedagógica y psicológicamente, como un extraño y un desconocido; si a veces queda incluso a merced de su opinión preconcebida e imaginaria; si el maestro, por falta de tiempo y de ocasión, a menudo no está en condiciones de conocer la peculiaridad del alumno, no puede dejar de ocurrir que juzgue mal a uno u otro alumno y, con un trato equivocado, quizá también injusto, lo lleve a la desesperación. Habrá que cargar también, pues —y Siegert comparte esta opinión—, en la cuenta de la escuela una parte de los suicidios infantiles «por ambición herida», que en Guttstadt son 19 casos; quizá también la «exaltación religiosa» (en Guttstadt, 2 casos), que encuentra en la enseñanza de religión de nuestra escuela popular una preparación y un encauzamiento suficientes. Por lo demás, innumerables investigaciones de pedagogos, médicos, etc., famosos y eminentes (Griesbach, Wagner, Trüper, Kemsies, Axel Key, Mosso, Erisman, Kraepelin, etc.) han permitido conocer el funcionamiento de la enseñanza en nuestras escuelas secundarias e inferiores, y ese conocimiento confirma plenamente que «una enseñanza escolar practicada de forma irracional es muy apta para ejercer una influencia morbosa sobre el sistema nervioso». En nuestras escuelas se encuentra por desgracia a menudo, por no decir siempre, una enseñanza escolar así practicada de forma irracional. Siegert, un maestro de Leipzig, considera demasiado altas las metas de la enseñanza de la escuela popular, opinión que nosotros, ciertamente, no compartimos; si con la supresión de la enseñanza de religión se concediera a los niños más libertad, tiempo y fuerza para las materias científicas, la sobrecarga del espíritu, el maltrato de la memoria, el agotamiento de los nervios no serían ni de lejos tan grandes como hoy, cuando se ahoga la capacidad de pensar con dogmas y se devasta la memoria con versículos de la Biblia. Pero, por lo demás, Siegert tiene razón cuando escribe: «Exigimos con demasiada frecuencia cosas pedagógicamente inútiles y psicológicamente imposibles, cosas aptas sin duda para presumir en el momento, pero no para fomentar de forma duradera el desarrollo del espíritu... Échense al fuego los planes de estudios urdidos sistemáticamente y créense otros nuevos, sencillos, aconsejados por principios higiénicos, que acaben definitivamente con el inútil lastre de la memoria, eviten el saber enciclopédico que dispersa las fuerzas, den a la enseñanza un rasgo unitario y sean capaces de educar al mundo infantil en la noble sencillez y naturalidad del pensar, el sentir y el querer... Y no hagáis que el cuerpo pague los progresos del espíritu. Procurad los medios necesarios para la formación del cuerpo y conceded el tiempo que para ello hace falta. Aumentad la fuerza corporal, templad los nervios, poned equilibrio en la formación del cuerpo y del espíritu. Dad espacio al alegre juego infantil, al ejercicio corporal al aire y al sol. Organizad desde la escuela paseos por el bosque y el campo... así educaréis niños a los que la idea del suicidio no podrá asaltar ni siquiera en sueños.»
Pero todos estos lados oscuros y males del funcionamiento escolar no actúan sobre el niño, ni de lejos, con tanta fuerza, ni lo angustian y paralizan tanto, como el miedo al castigo. La vara escolar, que para vergüenza de toda nuestra cultura sigue gozando de derechos de dominio en la educación, tiene sin duda sobre su conciencia la mayoría de los suicidios infantiles. El «miedo al castigo» aporta uno de los mayores contingentes entre los suicidas jóvenes, sobre todo entre los alumnos de la escuela popular; según las averiguaciones oficiales citadas, de 104 alumnos de la escuela popular considerados se quitaron la vida por esta causa el 43,26 por ciento, y de 35 alumnas de la escuela popular el 65,71 por ciento, mientras que en las escuelas secundarias, donde, como es sabido, no se pega, de 62 muchachos solo uno atentó contra su vida por miedo al castigo. Con el palo, nuestros maestros de escuela popular no solo arrancan a los hijos de los pobres todo respeto de sí mismos y toda independencia, todos los mejores impulsos del corazón y los sentimientos más nobles: empujan a los desdichados incluso a la muerte. En innumerables casos en que se indica como motivo del suicidio el «miedo al castigo», la averiguación ha mostrado que se trataba siempre de castigos escolares. «Cuanto más brutal y desenfrenada es la disciplina punitiva del maestro, cuanto más se angustia y teme el niño a los duros castigos y malos tratos del maestro, tanto más fundado es el reproche que se tiene derecho a hacer a este sistema.» Siegert opina que son «solo unos pocos del estamento de maestros los que se dejan arrastrar por la excitación del momento a castigos crueles»; la masa del pueblo, que ha pasado ocho años por la escuela popular, lo sabe mejor: en nuestras escuelas populares se sigue pegando de forma espantosa, completamente bárbara. Todos esos pedagogos del palo son cómplices de la miseria y la desolación indecibles que en los suicidios infantiles no se expresan por completo, no, sino solo en una parte ínfima. Con razón llama Eulenburg a la relación del suicidio infantil con la escuela «la más triste de todas, cuando el miedo al castigo escolar empuja a los niños a la muerte».
Así, también nuestra educación oficial es un Moloch al que el pueblo tiene que sacrificar hecatombes. Ricos y pobres tienen que contribuir a ello con bienes, sangre y vida; unos por causas que se derivan de su posición de dominio, los otros bajo la presión de la servidumbre y de la pobreza, que los arrojaron a los bajos fondos de la vida. En ambas cosas hay algo malsano: procuremos que, eliminando los abismales contrastes, la sociedad recobre la salud. Entonces síntomas de enfermedad tan feos y malignos como los suicidios infantiles desaparecerán por sí solos del cuerpo del pueblo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Hamburger Echo, año 19, n.º 61, 12 de marzo de 1905, segundo suplemento, pág. 9 (OR1905-09), digitalizado por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg Carl von Ossietzky (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Kinderselbstmord se traduce «suicidio infantil»; Minderwertigkeit, «inferioridad», según el glosario; Zwangserziehung, «educación forzosa»; Schulbakel, «vara escolar»; Zöpfe (literalmente «coletas»), «pelucas», en el sentido de antiguallas.
Así en el original; 337 de 936 son en realidad un 36 por ciento. (N. del T.) ↩