Por Otto Rühle
Cuando en los días de invierno el sol se pone temprano y para la juventud se acaban los juegos y retozos al aire libre, en la acogedora hora del crepúsculo revive el encanto de los cuentos. La aguja de coser y el alfiler vienen del albergue de los sastres y se extravían en la oscuridad; la paja y el carbón quieren cruzar el arroyo y sufren un accidente; la pala y la escoba están en la escalera y se pelean; el lobo devora a Caperucita Roja y a los siete cabritillos; Hansel y Gretel arrancan pan de especias de la casita de turrón, y el espejito de la pared le dice a la reina lo hermosa que es. Asombrado y con alegre embeleso escucha el corro de niños estas cosas e historias extrañas, exactamente igual que el pueblo, con la fe ingenua de su naturalidad intacta, escuchaba sus cuentos y leyendas cuando todavía estaba en sus años de infancia. Al pueblo sencillo y sin malicia, dice Heine en su «Viaje por el Harz», se le revelaba en la intimidad tranquila y recogida de sus humildes cabañas de monte y de bosque la vida interior de los objetos que lo rodeaban; estos adquirían un carácter necesario, consecuente, una dulce mezcla de capricho fantástico y de sentimiento puramente humano. La vida intuitiva, profunda y contemplativa del pueblo es, pues, la fuente de la que ha manado el manantial de los cuentos. Y mientras hubo en el hombre una concepción politeísta, este tesoro de cuentos recibió continuamente alimento; una idea, un concepto, causa y efecto en el mundo de los fenómenos, tomaban forma de personificación. Pero al espíritu moderno le repugna volver a la personificación desde el pensamiento abstracto y general al que ha llegado por la ciencia, la enseñanza escolar y el contacto con la vida real. El espíritu humano, por decirlo con Berthold Auerbach, se ha elevado a la intuición y al conocimiento de lo general; es inútil querer hacerlo retroceder al punto de vista superado. El espíritu libre ya no se deja atraer de nuevo a la morada de los cuentos, los dogmas, etc.; quiere tener su nueva forma de manifestarse, la que le conviene.
Según esto, los cuentos y la época moderna forman, pues, una oposición que parece inconciliable. Deseamos para nuestra juventud una educación que esté dominada de arriba abajo por el espíritu de los nuevos tiempos; y sin embargo no le negamos el encanto de los cuentos de las tardes crepusculares de invierno. Se pregunta entonces: ¿hacemos bien en contar cuentos a nuestros hijos?
En los círculos pedagógicos no hay acuerdo sobre la respuesta a esta pregunta. Educadores renombrados se han pronunciado a favor del cuento, otros en contra. Unos le atribuyen tan alta importancia educativa que incluso lo ponen en el centro de la enseñanza de la religión para el grado de edad más bajo; los otros lo califican de lo más peligroso que puede ofrecerse al niño. Kapp lo llama un miasma del romanticismo; Rousseau dice que lleva a un mundo mentiroso y educa así para la falsedad; Schreber encuentra incomprensible que haya pedagogos que consideren el cuento un alimento espiritual adecuado para los niños, y Altmüller llega a olfatear en él un ejercicio preparatorio directo para la mentira. Por otro lado, Wilhelm Grimm lo ensalza como el ángel bueno del niño y lo llama «semilla para el futuro»; Bogumil Holz dice de él que respira justicia y religión; Auerbach pregunta: ¿quién querría negar la profunda fecundación de la fantasía por el cuento, el aroma encantador que derrama sobre el mundo? Y Schwarz, al contrario que Schreber, encuentra incomprensible que se pueda hablar todavía contra el cuento con reparos tan extravagantes como todos esos.
¿Quién tiene razón, pues? Quien quiera educar niños no puede permanecer indiferente ante esta disputa. Es su deber examinar el valor o el disvalor educativo del cuento. «Cuando he examinado el núcleo de la cosa, sé también su esencia y su querer». ¡Examinemos, pues!
El cuento tiene una influencia demasiado poderosa en la vida de la fantasía del niño; sobreexcita la fantasía, ya de por sí viva, y aleja así al niño de la vida práctica, que exige un sentido sobrio. Ese es uno de los reparos más frecuentes contra la utilidad del cuento para fines educativos.
Cierto es que no puede negarse que el cuento alimenta y fortalece la inclinación a lo maravilloso, que existe más o menos marcada en la naturaleza del niño. Que eso no ocurra en exceso puede evitarse fácil y sencillamente con una cuidadosa selección de los cuentos. Elimínense ante todo los cuentos orientales de «Las mil y una noches», que con un lenguaje rico en imágenes y un despliegue a menudo derrochador de la más exuberante pompa de colores hacen aparecer por encanto ante el espíritu infantil reinos maravillosos y sucesos aún más maravillosos. Los cuentos alemanes son mucho más inofensivos en su efecto sobre la fantasía infantil; están tan cerca de la vida intuitiva del niño, del mundo de representaciones de la juventud, que difícilmente pueden ejercer una influencia perjudicial. En ellos habla un trozo de la lengua materna, y lo que cuentan ha manado de la capacidad poética y de la vida del pueblo cuando este era aún un niño. Ninguno de los sucesos descritos ha ocurrido, los personajes nunca han vivido; pero lo que hacen y dicen es tan fiel y verdadero, tan conmovedor en lo serio y en lo jocoso, que no cabe imaginar un «reflejo de la vida con vestido infantil» más cautivador. El cuento tiene por completo el carácter del juego. Así como el muchacho, gracias a su fantasía determinante y combinatoria, ve en un palo un sable, una escopeta, un caballo o una lanza, y la niña mantiene con su muñeca las conversaciones más entretenidas, así también el cuento hace aparecer hablando u obrando a ranas, pájaros, lobos, asnos, etc. Al niño eso no le llama la atención en absoluto, porque sus círculos de representaciones tocan, más aún, coinciden con los del cuento. Por esa razón el cuento es también lo que mejor puede captar el pensamiento puro de una concepción infantil del mundo, abrir la vida a la infancia y actuar de manera instructiva y formativa sin que el niño se dé cuenta.
Una sobreexcitación de la fantasía por nuestros cuentos alemanes no es de temer, además, porque la inmersión del espíritu infantil en el mundo de los cuentos no es permanente. Solo unas pocas horas breves permanece el niño en el mundo maravilloso de los gigantes y los enanos, de las ondinas y los duendes. Luego el tono áspero de la vida cotidiana borra de nuevo el resplandor del cuento. Además, en el alma del niño surgen ya pronto dudas sobre la credibilidad del cuento, sobre todo cuando no se obliga al niño a tener por verdaderos los mitos y leyendas del Antiguo Testamento que se cuentan en la escuela, sino que recibe una enseñanza que le abre a tiempo, a sus ojos y a su vida espiritual, la naturaleza en sus múltiples fenómenos y da a las leyes naturales lo que les corresponde. Ante ese conocimiento se desvanecen muy pronto los sueños ilusorios de la poesía de los cuentos, sin necesidad de una mano destructora. La sustitución del mundo de los cuentos por el mundo del conocimiento adquiere el carácter de una necesidad natural, y esa ganancia significa no poco para el niño.
Por otra parte, el cuento, al cumplir los anhelos silenciosos y los deseos secretos de la juventud, envuelve la vida infantil en un hálito dorado de lo divino, en un velo resplandeciente del placer más puro y más dulce. «Tener una vez un vestido de oro, ser rey, tener una "mesita, ponte" y, oh deseo de todos los deseos, una casa entera de pan, pastel y azúcar: ¿a quién no le ha subido alguna vez ese deseo de lo más hondo del alma, siendo Hansel o Gretel? Pero aún más: el cuento sabe también lo que nosotros mismos, nosotros, los mayores y los listos, deseamos en la hora tranquila del ensueño y la cavilación, sin apenas saberlo. Volar por montes y valles, entender las voces de los pájaros y de los seres inferiores en general, penetrar en el cielo y en el infierno, resucitar a muertos queridos: nosotros lo soñamos, el cuento lo cumple. Como en el sueño, donde se suelta toda atadura del tiempo y del espacio y toda fuerza y capacidad se acrecienta, nos lleva —y eso caracteriza la esencia del cuento— en el libre obrar de la fantasía por todos los prodigios y mundos, sin que siquiera lo notemos, ni él mismo deje notar, que sucede algo maravilloso, sobrenatural. Así es, y así tiene que ser. Las cosas más corrientes y naturales se mezclan con las más extrañas y maravillosas, y le creemos unas y otras. Así toca el cuento, como dice el árabe, la tierra con la punta de un pie y con la del otro la nube resplandeciente».
Esta cualidad del cuento ha llevado, ciertamente, a que se oiga afirmar en los círculos pedagógicos que el cuento fomenta la superstición. Pero con ello no se ha pensado en absoluto qué es en realidad más peligroso: contar al niño historias de milagros como verdaderas, como ocurre en la enseñanza de la historia sagrada, u ofrecerle historias maravillosas de las que el niño sabe que son poesías y productos de la fantasía. Además, en modo alguno tienen que aparecer en todos los cuentos brujas, dragones, ogros y cosas semejantes, cuyas figuras siniestras perturban el sueño de los niños. Los hermanos Grimm y el autor de cuentos Andersen escribieron tantos cuentos del todo irreprochables en este sentido que es fácil hacer una selección adecuada, sobre todo si se toma como norma la individualidad de cada niño.
También se han formulado reparos contra el uso del cuento alegando que trastoca los conceptos de bueno y malo. Pero la evidencia inconfundible con que precisamente los principios éticos se expresan en los cuentos ha hecho callar pronto esos reparos. Más bien, en los círculos de educadores se ha ido formando poco a poco una actitud hacia el cuento que expresa sentimientos decididamente favorables.
En la primera infancia, el cuento cumplirá mejor su misión si es única y exclusivamente un medio de educación artística. Ahí solo tiene que actuar como obra de arte: tiene que salir al encuentro de la capacidad de comprensión infantil con una forma clara y transparente y un dibujo de contornos nítidos, mantener despierto el interés con su materia y estimular benéficamente la fantasía, y a la vez agudizar los sentidos y formar la capacidad de captación, para que se logre una impresión artística y el niño adquiera la capacidad de gozar y comprender el arte.
Algunos educadores quieren mantener completamente alejada toda tendencia; sobre todo Wolgast defiende en su libro «Das Elend unserer Jugendlitteratur» [La miseria de nuestra literatura juvenil] el principio estricto de no poner nunca el escrito para la juventud —y con él el cuento— al servicio de una concepción, una doctrina o una ciencia, sino de velar por que el cuento cumpla sus tareas educativas solo en su cualidad de obra de arte. Otros pedagogos son de otra opinión; y no se ve bien por qué el cuento no ha de convertirse, para niños más maduros que empiezan ya a darse cuenta de las diferencias económicas, sociales y espirituales, en medio de expresión de una tendencia. Con ello el cuento no se convierte en absoluto en un producto inartístico. Eso solo ocurre cuando la tendencia aparece de modo burdo, llamativo e insistente. En ese caso el cuento es también antipedagógico, pues ya para el niño vale la frase de Goethe: «Se nota la intención y uno se disgusta».
El ideal de todos los cuentos es aquel que actúa como obra de arte y, sin que se note —poniendo prácticamente ante los ojos los principios éticos con un justo reparto del peso del bien y del mal—, lleva dentro una tendencia fina. «La verdadera poesía se acredita en que no puede estar sin relación con la vida de la que ha surgido, como la nube vuelve después de haber regado la tierra». Los cuentos de esta clase son los más valiosos como medio educativo, siempre adecuados para ampliar el círculo de ideas de los niños, elevar el corazón y el ánimo, fortalecer la voluntad, aclarar los conceptos de valor moral; en una palabra, para realizar una labor educativa en el ser humano en formación.
Si los cuentos han de tener el efecto más pleno e inmediato, no deben leerse, sino que hay que contarlos. «El libro», dice el Dr. Löwenberg en su librito «Geheime Miterzieher» [Coeducadores secretos], «no debe interponerse entre la madre y el niño; hay que contarlos como los contaba la Viehmännin (la narradora de cuentos de los hermanos Grimm), con libertad, con vida y con gusto propio. A los niños pequeños se les puede contar la misma historia diez, veinte veces: siempre escucharán con un deleite nuevo, más aún, creciente; solo que hay que contarla siempre con las palabras lo más iguales posible, pues el pueblo menudo nos vigila estrictamente la boca, exige un texto exacto y no tolera variantes». Así pues: ¡contar cuentos, no leerlos en voz alta ni darlos a leer!
… Pronto habrán volado los años de la infancia, y la vida seria hará valer sus severos derechos también sobre los niños que hoy todavía se alegran con el encanto de los cuentos de un mundo soñado. Les espera el yugo de la dura servidumbre diaria, y el destino apenas les concederá más dicha de la que nos ha dado a nosotros. Por eso, ¡conceded a la juventud el breve y feliz sueño en el reino de la belleza mágica y luminosa, no le destruyáis los castillos resplandecientes ni los coloridos esplendores de sus floridos campos de cuento!
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del Hamburger Echo, n.º 250, 23 de octubre de 1904, segundo suplemento, pág. 9 (OR1904-38), digitalizado por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (Deutsches Zeitungsportal).
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Märchen, «cuento» (cuento de hadas o maravilloso); Anschauung, «intuición»; Tendenz, «tendencia» (intención ideológica o moral de una obra). Los nombres propios se dejan como en el impreso.