Otra vez la Escuela Obrera

Por Otto Rühle

En el n.º 29 de la Neue Zeit yo había propuesto fundar una asociación «Escuela Obrera» que editara una obra didáctica de lengua alemana en forma de lecciones por correspondencia y que, creando una central de corrección, procurara que quien estudiase con esas lecciones fuera ayudado en lo posible a aprender la lengua alemana mediante indicaciones por escrito, pero sobre todo mediante la corrección de sus ejercicios. Este método no es en absoluto tan estéril como a algunos les parece; la central berlinesa del «Método Rustin»1, que trabaja con un sistema muy parecido, podría presentar pruebas de éxito muy notables. Con todo —y nunca me he hecho ilusiones al respecto, ni he dejado que nadie se las hiciera—, considero este modo de enseñar una lengua solo un recurso de emergencia, pues, aparte de que solo se dirige a personas que disponen ya de cierta cantidad de conocimientos en la materia, le falta por completo el trato personal directo entre maestro y alumno, indispensable para la enseñanza de una lengua. La idea de dar clases de alemán en los medios obreros con ayuda de maestros ambulantes me ocupa desde hace años, pero la perspectiva de realizarla se me venía abajo una y otra vez —como a otros que también discutían la cuestión— ante el temor de que no pudieran reunirse los medios económicos necesarios. Pues bien, la extensa discusión epistolar que siguió a mi propuesta del n.º 29 —aun antes de que el maestro Marko diera en el n.º 36 de la Neue Zeit su indicación para resolver la cuestión de la educación obrera— me ha llevado a un camino que hace parecer posible y factible una realización adecuada de la idea. En consecuencia, he modificado el proyecto en el sentido

de proponer ahora lo siguiente: las lecciones editadas por la asociación «Escuela Obrera» se harán comprender a los participantes en cursos de al menos diez semanas (dos clases semanales de dos horas) por medio de maestros ambulantes contratados al efecto, que darán una enseñanza metódica; por cada tarde de clase (incluidos el cuaderno de lecciones, el cuaderno de ejercicios y la corrección de los trabajos) cada participante pagaría 50 pfennigs.

Esta propuesta no ha encontrado en modo alguno —como afirma el camarada Schulz2 en su polémica del n.º 43 de la Neue Zeit— un «rechazo benévolo», sino que, al contrario que la primera, ha hallado en los medios obreros una simpatía casi general. No solo varios periódicos del partido la han mencionado o comentado favorablemente, sino que en seis a ocho semanas, sin agitación forzada, ha sido posible interesar por el proyecto a numerosos cárteles sindicales y sindicatos con más de 50000 afiliados en total, hasta el punto de que han asegurado el apoyo económico a la empresa. La adhesión de otras corporaciones mayores está próxima, de modo que la cifra mencionada pronto se habrá duplicado. Tal es la situación.

¡Y ahora, al camarada Schulz! Declara, entre otras cosas, que yo veo lo más esencial de la educación popular en el «uso correcto, oral y escrito, de la lengua alemana». Eso es erróneo; la formación lingüística no me parece «lo más esencial de la educación popular», sino la condición previa más esencial de toda ocupación científica fructífera. Hay una diferencia. No es que el concepto de educación popular se agote en el abecé, como me atribuye el camarada Schulz; no, el dominio de la lengua es, a mi entender, una de las llaves más importantes para llegar al interior de la ciencia. El camarada Schulz se deja llevar por este error suyo a observaciones y juicios bastante singulares. Así dice: «A fe mía, no veo un delito tan grande en que un obrero confunda mir y mich3 o incurra en otras faltas de ortografía y de gramática que son meros defectos de belleza. Por suerte, una carencia en la expresión estilística y en la gramática no implica también una carencia en lógica y en experiencia de la vida, de modo que alguien puede escribir cartas o artículos de periódico sumamente dudosos y ser, sin embargo, un organizador excelente, un agitador brioso y un orador arrebatador.» Tras estas líneas uno ha de asombrarse de que el camarada Schulz abogue todavía por la educación de las masas. Desde luego que hay organizadores y agitadores competentes que escriben un mal alemán. Pero ¿es esa la regla? Ocurre en poquísimos casos; mucho más a menudo, casi siempre, las cosas están de tal modo que innumerables camaradas serían muy útiles como organizadores y agitadores si poseyeran un poco más de lo que llamamos sin más cultura. ¿Y querrá discutir el camarada Schulz que los organizadores, agitadores y oradores que aduce podrían ser quizá aún más competentes de lo que son si, junto a sus demás cualidades, poseyeran también la de saber manejar correctamente la lengua alemana? Y más aún: ¿no sabe el camarada Schulz que los pedagogos aprecian sobre todo la enseñanza de la gramática como excelente medio de educación para el pensamiento

lógico? «Una carencia en la expresión estilística y en la gramática no implica también una carencia en lógica.» Concedido. Pero la carencia en lógica que pueda haber puede, según los casos, eliminarse mediante una formación sistemática en la ciencia del lenguaje. Si el camarada Schulz lo niega, tiene que negar en general el valor formativo formal de la ciencia. Casi parece que se inclina a ello, pues en otro lugar expone: «Pregunto: ¿qué se gana para la lucha de clases si mil, o cinco mil, o incluso cien mil, en adelante ya no cometen diez faltas de ortografía, sino solo siete; o si ya no se les escapa un disparate gramatical en cada frase, sino solo en una de cada tres; o si disponen una carta con algo más de claridad de lo que hasta ahora eran capaces?»

Este planteamiento torcido del camarada Schulz tiene, naturalmente, una respuesta igual de torcida, que lo aleja mucho del conocimiento correcto de la verdadera situación y lo extravía en un terreno donde luego anda a tientas, asombrado. Si la Escuela Obrera hubiera de servir solo para quitar unas cuantas faltas de ortografía a la expresión escrita del obrero, yo sería el último en mover un dedo por ella. Pero el camarada Schulz, reflexionando con calma, verá sin duda que, si nuestra escuela popular no consigue casi nada en la enseñanza del alemán, este fracaso se debe ante todo al método. También si se enseña con este método en los medios obreros se tienen malas experiencias; por lo general, los alumnos se marchan pronto, lo que sin duda también harían los niños si pudieran. ¿De dónde saca ahora el camarada Schulz que yo quiero conseguir «con áridas lecciones por correspondencia y cuadernos de ejercicios corregidos» (de los maestros se olvida por completo) lo que la escuela no ha conseguido? O el camarada Schulz no ha leído bien mi propuesta, o no la ha entendido bien. Precisamente con un método cambiado creo poder ayudar mejor a eliminar la esterilidad de la enseñanza del alemán. El método de la Escuela Obrera ha de ser más natural y más adecuado que el de la escuela popular. La materia expuesta teóricamente ha de unirse allí estrechísimamente con un material de ejemplos y ejercicios procedente de la vida privada, social, profesional, sindical y política del obrero. El obrero ha de aprender a redactar, en conexión con el abstracto sistema de reglas de la gramática, todos los escritos que suelen presentarse en la vida de un obrero, y de tal modo que el saber teórico y la aplicación práctica se completen mutuamente y se unan armónicamente de forma continua. Incorporando al curso de lengua, como material de ejemplos y de ejercicios, los escritos de los secretariados obreros4, de las oficinas sindicales, etc., y empleando en lo posible con los mismos fines citas, piezas modelo, resoluciones bien redactadas, etc., de nuestra literatura político-partidaria clásica, se ofrece al obrero reflexivo y consciente de clase tal abundancia de cosas interesantes, estimulantes y apasionantes que abordará la enseñanza del alemán con un celo incomparablemente mayor y un gusto por aprender más vivo que si tuviera que estudiar con las gramáticas hoy usuales, a menudo espantosamente aburridas. Que llegue a hacerse una obra didáctica útil redactada en el sentido descrito lo garantiza la

competencia de los pedagogos ganados para su elaboración, que han dado clases durante años en los medios obreros y reunido experiencia en ello. El camarada Schulz, claro está, ya sabe desde ahora que serán lecciones por correspondencia «áridas».

Está claro como el día que una obra didáctica así será sumamente adecuada para educar luchadores de clase. Por toda su naturaleza ha de estar concebida para transmitir, en primer lugar, un saber que no es un fin en sí mismo. El camarada Schulz demuestra una vez más lo poco que ha entendido mi plan cuando declara que la cultura que yo pretendo ha de ser un fin en sí misma y tener ante todo un significado individual. Nada más equivocado. Nada deseo más ardientemente que un apartamiento de la pedantería cultural5 que hoy se cultiva casi siempre en las asociaciones educativas y por la que nos entran en el movimiento un montón de estetas, moralistas, espíritus refinados, soñadores, etc., que no sirven para un trabajo decidido al servicio de la lucha de clases. En su afán, el camarada Schulz no puede desear aliado más fiel que yo; que no hable, pues, de los «trillados carriles de la política cultural burguesa», porque si lo dice refiriéndose a mi proyecto de Escuela Obrera, de verdad no sabe lo que dice. Emplea un tópico que parece gustarle y con el que espera impresionar, pero con él no golpea más que a un fantasma que solo existe en su imaginación.

Cuánta razón tengo en esto lo prueba el hecho de que en la segunda parte del artículo de Schulz los dos nos encontramos en la más hermosa armonía. Pero ¿qué significa esto? ¿No somos adversarios, según nuestras opiniones? Oh, no: solo andamos caminos distintos, pero en la meta final nos encontramos. Lo que el camarada Schulz expone como su propuesta en la segunda parte de su artículo lo he presentado yo hace tiempo, en asambleas y círculos más reducidos donde expliqué mi proyecto, como la meta ulterior a que aspiro. Aspiro exactamente a lo mismo que el camarada Schulz: una labor educativa intensa y metódica, conscientemente al servicio de la lucha de clases. Solo dos diferencias nos separan. Primera: yo quiero empezar por los elementos de la ciencia, quiero enseñar primero a los camaradas a leer, a escribir y a usar la lengua alemana, porque —al contrario que el camarada Schulz— opino que sin ello no es concebible una labor educativa provechosa; por eso me dirijo a la gran masa de la clase obrera. Poco a poco la Escuela Obrera se ampliará, se perfeccionará, se organizará con más riqueza; se añadirán nuevas ramas de la cultura y del saber, el círculo de los alumnos se irá estrechando cada vez más y, de modo muy parecido a como lo piensa el camarada Schulz, una élite intelectual ascenderá hasta las regiones superiores de la ciencia. El camarada Schulz, en cambio, no quiere saber nada de los cimientos; quiere construir la casa por el tejado. Mientras emplea todo el aparato educativo en criar diez superhombres socialdemócratas y alimentarlos con filosofía, economía política y otras cosas hermosas, quiere dejar que la gran masa siga viviendo por ahora como rebaño, en la incultura y la impotencia intelectual, hasta que hayamos «conquistado el poder político». No importan, dice el camarada Schulz,

«unas cuantas faltas de ortografía o de gramática que son meros defectos de belleza», con el gesto resignado de un predicador que consuela al pobre diablo de las fatigas de la vida remitiéndolo al reino de los cielos. La segunda diferencia entre la propuesta del camarada Schulz y la mía consiste en que aquella se dirige al partido y esta a los sindicatos, que, por su mayor número de afiliados, podrían hacer posible una penetración más honda de la ciencia en las masas obreras.

En cuanto a las bases de cálculo de mi proyecto, de las que se sonríe el camarada Schulz, admito que no son del todo exactas; tal como están ahora las cosas, el cuadro financiero será sin duda aún más favorable de lo que lo esbocé. Lo mismo vale para el número de participantes en los cursos. Pero si no hubiera dado cifra alguna, apuesto a que el camarada Schulz habría dicho: la Escuela Obrera es una fantasía, porque al proyecto le falta toda base financiera. Quiero advertir además expresamente, para salir al paso de malentendidos, que la Escuela Obrera no ha de ser en modo alguno una empresa privada, sino una institución organizada según principios democráticos, cuya administración esté en manos de las corporaciones adheridas. Si el partido o la Comisión General de los Sindicatos6 estuvieran dispuestos a ocuparse del proyecto, que pugna por realizarse y que en un plazo previsible se realizará de una u otra manera, con el propósito de darle desde el principio una organización de gran alcance, pensada para toda la clase obrera de Alemania, ello solo podría redundar en el mayor beneficio de la idea. La clase obrera —las experiencias que he hecho hasta ahora lo ponen fuera de toda duda— saludaría tal paso con aprobación unánime.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung: Otto Rühle, «Nochmals die Arbeiterschule», Die Neue Zeit, 22. Jg. (1903/04), 2. Bd., Nr. 47, S. 663-667 (agosto de 1904, fecha deducida del número). Continúa la polémica abierta por «Ein neuer Weg zur Volksbildung» (Die Neue Zeit, n.º 29) y «Nochmals: Ein neuer Weg zur Volksbildung» (Volksblatt für Harburg, 26-5-1904). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las cursivas del original (espaciado en Fraktur). Arbeiterschule se traduce «Escuela Obrera» (nombre de la asociación propuesta), Wanderlehrer «maestro ambulante», Unterrichtsbriefe «lecciones por correspondencia», Volksbildung «educación popular». Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Método de enseñanza por correspondencia (sobre todo para preparar exámenes de bachillerato y de lenguas) de la editorial Bonneß & Hachfeld, de Potsdam y Berlín. (N. del T.) ↩

  2. Probablemente Heinrich Schulz (1872-1932), pedagogo socialdemócrata y especialista del partido en cuestiones de educación obrera. (N. del T.) ↩

  3. Es decir, el dativo y el acusativo del pronombre de primera persona, confusión típica del habla popular berlinesa. (N. del T.) ↩

  4. Arbeitersekretariate: oficinas de asesoramiento jurídico y social gratuito para obreros, sostenidas por los sindicatos. (N. del T.) ↩

  5. Bildungsmeierei: término despectivo para el cultivo superficial y afectado de la cultura. (N. del T.) ↩

  6. Generalkommission der Gewerkschaften Deutschlands, órgano directivo de los sindicatos libres (socialdemócratas), fundado en 1890. (N. del T.) ↩