Historia de los viajes al Polo Norte.

Historia de los viajes al Polo Norte.

Por

Otto Rühle.

Leipzig y Múnich. 1897. August Schupp.

Reservados todos los derechos.

En estos días, en que las miradas de los círculos más amplios se vuelven con vivo interés hacia dos hombres, uno de los cuales ha regresado con éxito en cierto sentido y el otro, por desgracia, sin él, y que ambos, con un afán investigador que desafiaba la muerte y al servicio de una ciencia rigurosa, se habían propuesto explorar el Polo Norte, la meta anhelada de todos los navegantes del Norte, — en estos días sale a la luz este librito, que cuenta de manera objetiva y sin excesiva extensión la historia de los viajes al Polo Norte. No pretende tener un gran valor científico, sino que solo quiere ofrecer al pueblo lo que acaso desea saber cuando se habla de Nansen y de Andrée.

Oederan (Sajonia), en el aniversario del nacimiento de Goethe, 1896.

El autor.

Índice.

Página
Los primeros viajes de descubrimiento y la ruta de la India9
El paso del Noroeste15
El paso del Nordeste33
Los viajes al Polo Norte propiamente dichos43
Tierras y gentes de las regiones polares árticas77

Los primeros viajes de descubrimiento y la ruta de la India.

Los antiguos tenían las ideas más extrañas sobre la forma de nuestra Tierra. Así, los antiguos indios se la figuraban descansando sobre el lomo de un elefante, que a su vez debía de estar de pie sobre el caparazón de una tortuga gigante. En otros mitos se les aparecía como una inmensa flor de loto que había arraigado en el fondo del mar. Los antiguos germanos creían que la Tierra estaba sostenida por el fresno del mundo, Yggdrasil, bajo el cual los dioses celebraban su tribunal y moraban las tres diosas del destino, Urdh (el pasado), Verdandi (el presente) y Skuld (el futuro). Homero, y con él probablemente todos sus contemporáneos, consideraba la Tierra un disco circular rodeado por el Océano, error en el que todavía hoy están presos también los indígenas de Norteamérica.

A consecuencia de estas concepciones, el mundo de los antiguos tenía límites muy estrechos. Las columnas de Hércules, esos dos promontorios de Ceuta y Gibraltar que forman el estrecho de Gibraltar entre España y el norte de África, pasaban en cierto modo por ser su fin. Con todo, la leyenda sabía contar que más allá de esas columnas había todavía una gran tierra llamada Atlántida.

Pero ya algunos siglos antes de Cristo se tambaleó la opinión de que la Tierra tenía forma de disco. El sabio griego Pitágoras, que vivió hacia el año 555 antes del nacimiento de Cristo, sostuvo la afirmación de que la Tierra era una esfera. Otro filósofo, de nombre Aristóteles, de la época de hacia el 333 antes del nacimiento de Cristo, aportó para ello excelentes pruebas que todavía en nuestros días tienen validez general, y confirmó así la afirmación de su predecesor.

Pronto el espíritu de aventura llevó también a los fenicios, pueblo comerciante y navegante, más allá de los estrechos límites del mundo que conocían. Llegaron hasta las islas británicas, de donde traían estaño, y más tarde incluso hasta el Báltico, a la costa de Prusia, cuyas ricas cantidades de ámbar los atraían. Hacia el 334 antes del nacimiento de Cristo, un sabio de Marsella1, de nombre Piteas, emprendió un viaje hacia el Norte en el que muy probablemente alcanzó las islas Shetland, situadas al nordeste de Escocia.

Entre los pueblos que habitaban el Norte, el impulso de recorrer y explorar las lejanías desconocidas se despertó primero en los normandos, dados a la piratería. Así, el vikingo Naddodd, desviado por la tormenta, descubrió en 867 la isla de Islandia, es decir, tierra del hielo, que más tarde, hacia 874, fue colonizada de forma duradera por Ingolf y Hingolf. No mucho después, en el siglo X, otro normando llamado Gunnbjörn, que también había naufragado, fue arrojado por las olas a una península situada entre la bahía de Baffin y el océano Atlántico, a la que después de él Ereck Raudi, o Ereck el Rojo2 — para atraer colonos —, bautizó Groenlandia, es decir, tierra verde. Desde allí, Leif el Afortunado, que había sido enviado a Groenlandia con misioneros por el rey Olaf Triggvason, descubrió hacia el año 1000 — es decir, casi 500 años antes de Cristóbal Colón — la parte septentrional del continente de Norteamérica, que antes que él ya había avistado otro navegante, Bjarni, y a la que — porque encontró allí la vid — dio el nombre de Winland, es decir, tierra del vino. Otros navegantes tomaron una ruta más septentrional y, según una antigua piedra rúnica hallada en 1824, ya en el año 1135 habían avanzado más allá de Upernivik, hasta aproximadamente los 72° 55′ de latitud norte.

Pero todos estos descubrimientos cayeron con los años en el olvido y en el abandono. Solo en el siglo XV despertaron de nuevo el afán de investigación y el gusto por los descubrimientos, y por cierto con una fuerza inusitada. El motivo era de índole puramente práctica: nacía del afán, se puede decir incluso de la necesidad, de poseer una ruta marítima nueva y cómoda hacia Oriente. Hasta entonces había habido que traer los tesoros del país maravilloso de la India por el mar Rojo y el Mediterráneo, y las guerras y toda clase de otros obstáculos al tráfico obligaban no pocas veces a dar enormes rodeos, que naturalmente solo podían perjudicar al comercio. De estos estorbos y fatigas se esperaba librarse si se encontraba un nuevo camino a la India. A ello se sumaba que corrían entre el pueblo toda clase de rumores legendarios sobre dos inagotables países del oro, Catay, es decir, China, y Cipango, es decir, Japón, que — si no el afán de investigar — sí despertaban la codicia del oro y el gusto por la aventura que de ella nace, y daban un poderoso impulso a los viajes de descubrimiento.

Tras el primer intento del rey Harald III de Noruega, el príncipe Madoc de Gales emprendió en 1170 un viaje en el que descubrió tierra. El segundo le costó la vida. Después se pusieron en movimiento los portugueses para descubrir una ruta marítima hacia la India. Aunque la primera expedición, dirigida por el navegante Bartolomé Díaz, solo consiguió llegar hasta el cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, un nuevo intento cuya alma fue Vasco da Gama se vio coronado por un éxito magnífico. Su barco entró en 1498 en el puerto de Calicut, en la costa occidental de la India.

Entretanto, también los españoles habían logrado, en la persona del genovés a su servicio Cristóbal Colón, poner pie firme en una tierra que llevaba en tan alto grado la impronta de aquel ansiado país maravilloso de la India que se creyó realmente haber llegado a él por un camino nuevo. En realidad se había abierto un mundo nuevo, hasta entonces desconocido — América —, que en belleza, exuberancia y riqueza no se quedaba atrás de la India en ningún aspecto. Ciertamente, el error se fue aclarando poco a poco; se supo que el «nuevo continente» era una parte del mundo independiente y, naturalmente, hubo que abandonar la opinión de haber encontrado un camino cómodo a la India. Así, la ruta descubierta por Vasco da Gama siguió siendo, hasta la circunnavegación de América por el audaz portugués Magallanes en el año 1520, la única, y hasta la construcción del canal de Suez, terminado en 1869, la más frecuentada y transitada vía marítima hacia la India.

El paso del Noroeste.

Hacia la misma época en que Cristóbal Colón descubría el nuevo continente americano en un viaje hacia el oeste tan audaz como afortunado, el navegante inglés John Cabot se ocupaba de la idea de explorar un estrecho en el Noroeste que, en circunstancias favorables, permitiera llegar tanto a la India como a los países del oro, Catay y Cipango. Es cierto que Vasco da Gama y Magallanes habían descubierto ya rutas marítimas en esa dirección, pero ambas eran demasiado largas y complicadas como para proporcionar a los viajeros y comerciantes las ventajas esperadas.

Como Cristóbal Colón, también John Cabot era genovés de nacimiento. Su nombre original era Giovanni Cabotto. Había dejado su patria para aprovechar mediante viajes de descubrimiento, en Bristol, que por entonces rivalizaba con Londres como ciudad comercial, los privilegios mercantiles que había adquirido en Venecia. La noticia de los sorprendentes éxitos de su gran compatriota le resonaba en los oídos. Pronto consiguió ganar para su plan al rey Enrique VII, así como a los comerciantes de Bristol, y moverlos a apoyar y equipar una expedición. A principios de mayo del año 1497 se hizo a la mar. Al poco tiempo, el día de San Juan, descubrió tierra, con toda probabilidad el actual Labrador. Su intento de avanzar más hacia el norte fracasó. Poderosas masas de hielo flotante que le salían al encuentro le impidieron seguir adelante y le obligaron a dar la vuelta. La extraordinaria brevedad de su viaje — de mayo a agosto —, así como diversos mapas de aquella época, hacen sumamente dudoso que, como se supone aquí y allá, fuera realmente el descubridor del continente americano hasta Florida. Un segundo viaje que emprendió quedó prácticamente sin resultado.

Sebastian Cabot, el hijo de John Cabot, continuó la obra de su padre. Supo entusiasmar al pueblo inglés por las grandes empresas de su tiempo, para cuya realización se sentía llamado, así como por sus propios grandes planes; pero su falta de serenidad y de tenacidad, que en semejantes tareas no deben faltar en modo alguno al navegante, y su espíritu inquieto, que no siempre le dejaba escoger medios precisamente limpios y acertados para alcanzar sus fines, le privaron de casi todos sus éxitos.

Los viajes de descubrimiento de los ingleses hacia el Noroeste pronto encontraron imitadores. Los dos portugueses Gaspar y Miguel Corteral3 emprendieron hacia el año 1500 varios viajes, sin que se les pueda atribuir, sin embargo, importancia alguna ni para la nación portuguesa en sí ni para el comercio, el tráfico o la ciencia en general. Tanto Gaspar como Miguel Corteral, que quiso buscar a su hermano desaparecido, pagaron su audacia con la vida. Fueron los primeros y los últimos navegantes de Portugal que tomaron parte en la búsqueda de un paso a la India por el Noroeste.

Unos veinte años después les entraron a los franceses ganas de descubrir. En cuatro barcos que Francisco I había equipado con este fin se partió de Dieppe hacia finales del año 1523 bajo la dirección del florentino Giovanni da Verrazzano. Pero la tormenta destrozó dos de las naves, la tercera se perdió en un combate con los españoles y la cuarta alcanzó por fin, cerca de la actual ciudad de Wilmington, a duras penas el continente norteamericano. Desde allí se dirigió de nuevo hacia el norte, hasta los 50° de latitud norte. Pero la falta de víveres obligó pronto a la expedición a emprender el regreso. En los años siguientes, el interés tanto del rey como del pueblo se apartó por completo de las conquistas de ultramar a causa de las guerras con el emperador Carlos V de Alemania.

El trabajo de Verrazzano en la costa oriental de Norteamérica fue completado de manera eficaz por el portugués Esteban Gómez, quien, después de recorrer la costa y de llevar a España para venderlos un cargamento de indios prisioneros, trazó un mapa de la costa.

El creciente éxito que los países vecinos cosechaban con sus expediciones no dejaba en paz a los franceses. En 1534 partió de Saint-Malo con dos barcos Jacques Cortier4. Llegó a Terranova, navegó hasta el golfo de San Lorenzo y, poniendo rumbo al sur, llegó a la bahía de Chaleur. Allí, sin embargo, llegó al convencimiento de que en aquel lugar era imposible abrirse paso hacia el mar occidental. En el viaje emprendido al año siguiente encontró el Canadá, que colonizó en un tercer viaje, organizado en 1541. Pero la falta de capacidad práctica y de talento organizador, así como las diferencias surgidas sin motivo profundo entre el descubridor y un noble llamado François de la Roque, que se le había unido en el tercer viaje, impidieron mucho la prosperidad del asentamiento. Por eso Francisco I juzgó conveniente hacer volver a los colonos y renunciar a seguir explotando los territorios conquistados.

Entretanto, Inglaterra había reanudado su actividad exploradora. En el centro de este movimiento reavivado estaba Robert Thorne, cuyo padre había acompañado al navegante Cabot. Defendía la idea de que tenía que ser posible llegar a la India y a China directamente a través del Polo Norte. El proyecto causó asombro, interesó y despertó admiración por su audacia y originalidad. Los costes se cubrieron pronto; en 1527 partió el viaje, pero todas las esperanzas y expectativas quedaron defraudadas: la expedición no tuvo ningún éxito.

A esta época del más vivo interés por las empresas de ultramar siguió un período de cincuenta años de languidez, del que no se salió hasta el reinado de la reina Isabel.

Es cierto que ya antes los hombres sir Hugh Willougghbi, William Gesserson, Richard Chancelor y Cornelius Durfooth5 habían emprendido un viaje de descubrimiento con tres naves puestas a su disposición por los comerciantes ingleses. Pero no habían regresado: a consecuencia del hambre y del frío habían tenido que perecer miserablemente.

Para continuar los descubrimientos de Cabot, Martin Forbisher6 emprendió en 1576 un viaje hacia el Noroeste. Como solo poseía un mapa muy inexacto, no es de extrañar que no reconociera como tal la costa oriental de Groenlandia, con la que se topó primero, sino que le diera el nombre de Frislandia. Creyó haber encontrado una tierra nueva, pues se figuraba Groenlandia situada mucho más al oeste. Preso de la errónea opinión de que se dirigía hacia ella, llegó al Labrador, pero no pudo desembarcar a causa del hielo. Por eso navegó hacia el norte hasta entrar en una bahía que, por él, se llamó bahía de Forbisher. En ella creyó haber encontrado el camino buscado. Se llevó a casa un cargamento de pirita, que tomó por oro, para poder abrir perspectivas favorables sobre el rico botín de la tierra buscada, que supuestamente ya casi había encontrado.

En el año 1577 se envió una segunda expedición. Forbisher vivía en la ilusión de que la franja costera septentrional del estrecho descubierto por él, que en realidad no era más que una bahía, pertenecía ya al continente asiático. Para asegurarse la explotación exclusiva de este estrecho y estar seguros de ser los únicos en explotar los países que con él se hacían accesibles, se fortificó la entrada y se puso bajo vigilancia militar. Como nadie se tomó la molestia de examinar por todos lados la bahía, o, como se creía, el estrecho, fue posible que se siguiera presa de este engaño hasta bien entrado nuestro siglo. Solo en 1862 Francis Hall7 corrigió con pruebas esta opinión totalmente errónea.

Como del provecho de los descubrimientos de Forbisher se notaba bien poco, y además el oro traído resultó pronto ser pirita sin valor, unos comerciantes londinenses hicieron amplios preparativos para una nueva expedición, que se llevó a cabo ya en 1585. Su jefe era John Davis, un marino muy culto y extraordinariamente capaz en la práctica. Tras unas seis semanas de viaje llegó con sus dos barcos, el «Mondschein» y el «Sonnenschein»8, a la costa sudeste de Groenlandia. Pero, a causa de los mapas inexactos, le ocurrió exactamente lo mismo que antes a Forbisher. La tierra encontrada no era para él ni Groenlandia ni Frislandia, sino una tierra nueva, que recibió de él el nombre de Land of Desolation. Después dobló el extremo sur de Groenlandia y avanzó por su lado occidental hacia el norte hasta los 64° 40′ de latitud norte. El estrecho que atravesó se llama por él estrecho de Davis. Intentó, es cierto, avanzar todavía un trecho, pero a causa de la persistente tormenta y de la niebla tuvo que emprender el regreso casi sin resultados, y en él navegó aún por el estrecho de Cumberland. Al año siguiente se hizo a la mar con cuatro barcos para completar los intentos de descubrimiento empezados. Pero los resultados fueron todavía menores que tras el primer viaje.

Pero como daba por seguro y expresaba la esperanza de poder forzar un paso en cualquier caso, se le equipó una tercera expedición. En mayo de 1587 zarpó con cuatro barcos de Dortmouth9 y, tras un viaje de apenas cuatro semanas, llegó al estrecho de Gilbert, en la costa occidental de Groenlandia, en el que ya había estado fondeado en sus expediciones anteriores. A la entrada de este estrecho se encuentra hoy el establecimiento danés de Godthaab. Mientras él salía aquí a pescar arenques con un pequeño «clincher»10, dejando atrás las naves mayores, los que se habían quedado pusieron a flote sus barcos y abandonaron a Davis, a pesar de que les había dado orden de esperar dieciséis días su regreso. Davis navegó entonces a lo largo de la costa, más allá del círculo polar, dejando atrás las islas de Disko, hasta los 72° 12′ de latitud norte. A este punto septentrional de su expedición particular, situado al sur de Upernivik, lo llamó Hope Sanderson. Mientras que hasta entonces había navegado siempre en aguas libres, al atravesar el golfo topó con el llamado hielo de pack central11, en el que quedó atrapado varios días. Liberado de nuevo, puso rumbo al sur a lo largo de la costa occidental, pasó por delante de la entrada del estrecho de Hudson y echó por fin el ancla a mediados de septiembre en el puerto de Dortmouth, lleno de la firme convicción de que el paso del Noroeste era posible en cualquier caso. Por la desfavorable situación no le fue dado, por desgracia, seguir poniendo sus conocimientos y su capacidad al servicio de esta causa. Más tarde emprendió todavía algunos viajes a la India, en el último de los cuales encontró en el año 1605 un fin lamentable a manos de piratas japoneses.

Cinco años después de la muerte de Baffin12, el navegante inglés Henry Hudson recibió el encargo de romper con un yate las masas de hielo que cerraban el supuesto estrecho hacia la India. Pero se puso a la obra de manera muy poco práctica, de modo que pronto se vio obligado a regresar. En el viaje de vuelta, para no tener que volver a casa sin ningún resultado, se ocupó en explorar un gran río de Norteamérica, el que lleva su nombre, el Hudson. Como Henry Hudson estaba al servicio de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, los holandeses fundaron en la desembocadura del Hudson una colonia con el nombre de Nueva Ámsterdam. Pero los ingleses se apoderaron pronto de ella y convirtieron Nueva Ámsterdam en Nueva York.

Una serie de grandes señores ingleses se habían sentido movidos a gran interés y espíritu de sacrificio por los éxitos, ya no tan insignificantes, de las exploraciones de ultramar. Fue sobre todo sir Thomas Smith quien, junto con algunos amigos, procuró ayudar con abundantes subsidios a que se realizaran los planes de Hudson.

En 1610 Hudson entró en la bahía que ya antes de él se había tomado erróneamente por paso hacia la India, y descubrió el estrecho de Hudson y la bahía de Hudson. Aquí le alcanzó la desgracia de que su barco quedara aprisionado por el hielo desde noviembre hasta junio del año siguiente. Esto soliviantó a la tripulación de tal manera que a él, hombre por lo demás tan enérgico, le fue imposible calmarla. Abandonado al mar por los amotinados, a instigación de un escribiente al que antes había favorecido, encontró la muerte en las olas.

En el barco que había mandado Hudson emprendió William Baffin en 1615 un nuevo viaje de descubrimiento; la dirección suprema de esta expedición estaba, ciertamente, en manos del capitán Bylot, que, sin embargo, era muy inferior a Baffin tanto en formación científica como en valor personal. Se entró en algunas bahías y canales, se descubrió una multitud de pequeñas islas, pero pronto se llegó al convencimiento de que el estrecho de Hudson no podía ser en modo alguno el paso esperado. Baffin opinaba más bien que solo por el estrecho de Davis era posible un paso. Por ello fue enviado de nuevo en 1616, otra vez en compañía de Bylot. Tras muchos temporales y extravíos se llegó por fin al cabo Digges (76° 35′ de lat. N), al estrecho de las Ballenas (Walsund, 77° 30′ de lat. N), a las islas Carey (77° 40′ de lat. N), al estrecho de Jones y al estrecho de Lancaster. Con ello se había descubierto por fin el paso esperado y anhelado por el que se había afanado durante siglos. Pero a nadie se le ocurrió pensar que esta estrecha franja de mar pudiera ser la puerta de esa gran ruta marítima. Y así, también esta vez, como tantas otras antes, se regresó a la patria sin éxito, sin sospechar ni remotamente lo ridículamente cerca que se había estado de la solución sencilla de este difícil problema.

El gobierno inglés ofreció entonces un premio de 20000 libras esterlinas, es decir, 400000 marcos, por el descubrimiento del paso del Noroeste. A pesar de todo, los intentos reanudados con celo a raíz de ello no dieron ningún resultado.

Baffin se mantuvo en su declaración, según la cual había que considerar imposible el paso del Noroeste. Esto provocó una paralización de los viajes de descubrimiento que solo se interrumpió en 1631 con Luke Fox. Fox entró con la expedición a sus órdenes por el estrecho de Hudson en la bahía de Hudson y, tras encontrarse con James, que al mismo tiempo se esforzaba por buscar el paso del Noroeste por encargo de comerciantes ingleses, descubrió el canal de Fox, que lleva su nombre y está situado a 65° de latitud norte. Este fue el único fruto de la expedición. Con menos resultados todavía regresó James. Había invernado con su barco en la parte más meridional de la bahía de Hudson, llamada bahía de James, y había sufrido tanto que — después de tomar posesión de la tierra, la Tierra del Rey Carlos — solo con los mayores esfuerzos y entre las más imaginables dificultades logró llegar de nuevo al puerto de su patria. Basándose en la experiencia que había hecho, opinaba que un estrecho a través del mar ártico hacia los países del mar del Sur, si llegara a encontrarse (cosa que tanto Baffin como Fox declaraban imposible), — no sería de utilidad alguna para el comercio y la navegación, ya que el mar glacial, inseguro y amenazador cada día con nuevos peligros, exigiría sacrificios demasiado grandes. Esta declaración y su ilustración, el número casi incontable de expediciones fracasadas hasta entonces en busca del paso del Noroeste, tuvieron como consecuencia una larga pausa en los intentos de descubrimiento.

Pero la idea no había desaparecido del todo de la cabeza de los navegantes. En 1818 se decidió una vez más perseguir el ideal o, mejor dicho, el fantasma. Bajo la dirección suprema del capitán John Ross13 se alcanzó pronto la bahía de Baffin con dos barcos. Se llegó hasta los 76° 54′ de latitud norte y se entró luego en el estrecho de Lancaster. Pero aquí Ross, engañado por un espejismo en forma de una cordillera que cerraba el paso, dio la orden de retirada.

También sin resultados y, además, malparada, regresó otra expedición que se había hecho a la mar casi al mismo tiempo que Ross. Estaba al mando de David Buchan y pretendía — a pesar de las malas experiencias que casi 300 años antes había hecho Robert Thorne — tomar su camino a través del Polo Norte. Pero la expedición sufrió el mismo infortunio que ya entonces había alcanzado a su predecesora, y Buchan dio gracias a Dios cuando, tras peligros casi interminables, volvió a pisar la tierra natal.

Estas nuevas empresas desafortunadas no disuadieron, sin embargo, de nuevos intentos. Más bien fueron con mayor razón un acicate para esforzarse cada vez con más energía por alcanzar la meta.

Poco después del regreso de Buchan se empezaron a equipar dos nuevas expediciones, una de las cuales debía avanzar por tierra bajo la dirección de John Franklin y la otra por mar bajo el mando de Parry. Este último había participado ya, como comandante del segundo barco, en el viaje emprendido por John Ross en 1818 y solo había dado la vuelta de mala gana, pues había reconocido que la existencia de cordilleras que había movido a Ross a la retirada se debía solo a un espejismo. En 1819 salió de Inglaterra con dos barcos. Por el estrecho de Lancaster, al que pronto llegó, prosiguió su viaje sin desviarse hasta que se le abrió un ancho estrecho, el estrecho de Barrow. Desde allí llegó a la isla Melville, en cuya costa sur encontró, tras enormes dificultades, un puerto de invierno. Solo tras diez meses de descanso invernal, incluida una noche polar de 84 días, fue posible de nuevo poner a flote los barcos. Pero poco después — tras descubrir todavía la tierra de Banks — hubo que emprender el regreso a causa del hielo.

Al año siguiente, Parry tomó su ruta por el estrecho de Hudson y el canal de Fox, pero no pudo abrirse paso, sino que tuvo que volver a casa en 1822 sin haber conseguido nada.

Pero Parry era incansable. En 1824-25 el mar polar volvió a ser objeto de sus investigaciones. Pero tampoco entonces le fue la suerte especialmente propicia. A 72° de latitud norte tuvo que abandonar, en el lado occidental de la ensenada del Príncipe Regente, su barco, muy maltrecho por la tormenta.

Pero ya en 1827 reanudó su actividad de descubridor. Emprendió el viaje con James Clark Ross, Crozier y otros. Esta vez eligió como meta inmediata Spitzberg; en Hekla Cove14, en Spitzberg, Parry y Ross se separaron de los demás para alcanzar el Polo Norte en un bote que podía usarse también como trineo, unas veces remando, otras empujando. Este penoso viaje tuvo éxito hasta los 82° 45′ de latitud norte; pero entonces se puso en movimiento el hielo, que les obligó a dar la vuelta.

Entretanto, sir John Franklin, de 33 años, había salido de Inglaterra en 1819. Después de atravesar con su expedición el estrecho de Hudson, llegó tras una marcha sumamente difícil al Gran Lago del Esclavo. Desde allí el viaje continuó, guiado por indios, hasta la desembocadura del río Coppermine15, desde donde exploró, entre grandes peligros y penalidades, la costa libre de hielo del mar polar. El cabo Turn Again, a 60° 48′ de latitud norte16, es el punto más septentrional que alcanzó en esta expedición. Pero entonces empezó para él y sus compañeros una época espantosa. Las provisiones se acabaron, no se encontraba ni caza ni leña, el frío era desmesuradamente riguroso, de modo que hubo que usar los botes como combustible. Se desataron terribles tormentas de nieve; vadeando a menudo con el agua hasta las rodillas y escarbando bajo la nieve un liquen amargo como único alimento, solo se avanzaba trabajosamente. Y cada día crecían el hambre y el frío. Al final la miseria llegó a ser tan grande que se comía el cuero de los zapatos, los restos de un reno devorado por los lobos, huesos machacados, etc., para calmar en alguna medida el hambre terrible. Tras cuatro jornadas de marcha, la columna, extenuada hasta la muerte, alcanzó por fin Fort Enterprise, al que se podía llegar cómodamente en cinco millas17, donde se esperaba encontrar alimento. Pero — la ansiosa esperanza quedó terriblemente defraudada. Los hombres se debilitaron tanto que ya no eran capaces siquiera de escarbar los líquenes bajo la nieve; un criado llegó incluso — probablemente en una especie de locura — a matar en secreto a compañeros de viaje para saciarse con su carne, hasta que se libraron de este hombre peligroso y digno de lástima de un disparo. Por fin, tras una estancia de varios días, cuando ya un gran número de los compañeros habían sido víctimas de la muerte, llegó la ayuda ardientemente deseada de la mano de unos indios, que les trajeron alimento. Solo tras una larga y paulatina recuperación les fue posible a los cinco supervivientes regresar a la patria.

La expedición terrestre de Franklin es, sin duda, una de las más espantosas que jamás se hayan realizado. Pero en éxitos la superan con mucho las penalidades que Peter Warren Dease y Thomas Simpson afrontaron para explorar los lugares no visitados por Franklin. Los dos exploradores alcanzaron entre indecibles fatigas el cabo Barrow, el más occidental, y descubrieron la Tierra de Victoria. Su viaje es uno de los más extensos que se hayan emprendido y concluido con éxito en tan alto Norte.

Como al valiente Franklin, tampoco al viejo John Ross le dejaba en paz quedarse en casa. Su barco, el Victory, le llevó en 1829 a la ensenada del Príncipe Regente. Allí descubrió la península de Boothia Felix, situada al sudoeste de ella, en cuya costa oriental se buscó un puerto de invierno. James Clark Ross, que se había unido a la expedición, aprovechó el descanso para hacer pequeños viajes de exploración, en los que descubrió también que Boothia Felix era una península y no — como se supuso al principio — una isla. Obligados por circunstancias desfavorables, solo al tercer año se pudo pensar en el regreso. Pero como el barco volvió a quedar aprisionado por el hielo, hubo que resignarse a pasar todavía un cuarto invierno entre los restos del barco abandonado por Parry. Estos cuatro años, aparentemente inútiles y perdidos, son de gran importancia para la ciencia. Dieron a James Clark Ross ocasión y oportunidad para descubrimientos variados, entre los cuales ocupa el primer lugar el hallazgo del polo norte magnético.

James Clark Ross había observado en su aguja magnética de inclinación un descenso de 89°, de lo que dedujo que el polo magnético norte tenía que ser alcanzable desde el lugar donde se encontraba. «De las observaciones de los anteriores viajeros al Polo Norte resultaba que ese lugar móvil tenía que encontrarse cerca de los 70° de latitud norte y los 98° 30′ de longitud oeste de Greenwich. Hacia allí partió desde el puerto de invierno el 27 de mayo de 1831 el joven Ross. Ya en su siguiente campamento la inclinación magnética había aumentado a 89° 41′ y la declinación occidental había disminuido a 57°. Esto le mostró claramente su camino, que tomó a lo largo del borde occidental de la península de Boothia. En efecto, el 1 de junio, acampado junto al cabo Adelaide, vio descender la aguja de inclinación a 89° 59′, a un minuto de arco de la vertical. Continuó su observación al día siguiente y, después de tomar posesión del polo magnético de entonces, volvió triunfante al barco. El lugar de la orilla, el de máxima inclinación magnética, era una playa llana y sin encanto que ningún accidente del terreno animaba.»

El descubrimiento hecho por James Clark Ross fue de nuevo un eficaz resorte para perseverar en los intentos de descubrimiento empezados o, en la medida en que ya se habían adormecido, para hacerlos revivir. Inglaterra volvió a aprestar una expedición; al frente de ella estaba sir John Franklin. En 1845 se izaron las velas para el viaje. Desde la isla de Disko, en la costa occidental de Groenlandia, llegaron despachos; balleneros que en la bahía de Melville se habían cruzado con los dos barcos de la expedición, el Erebus y el Terror, trajeron buenas noticias. Pero desde entonces la expedición estuvo y siguió desaparecida. Pasaron dos años esperando el regreso de Franklin. Entonces se empezó a sentir inquietud. La esposa y los amigos de Franklin pusieron en movimiento a toda la nación inglesa. Sobre todo el viejo John Ross insistió en que se enviara una expedición que buscara a Franklin y le prestara ayuda si era necesario. Tras algunos tiras y aflojas se aprobó. Pero cuando volvió sin resultado, la inquietud creció enormemente. Entonces el gobierno envió tres expediciones a la vez. La primera estaba al mando de James Clark Ross, con los oficiales Mac Clure y Mac Clintock a bordo. Con los dos barcos «Enterprise» e «Investigator» debía registrarse sobre todo el estrecho de Barrow, ya que Franklin había tenido el encargo de atravesarlo para llegar al cabo Walker. Se cumplieron con escrupulosa exactitud todas las instrucciones, se colocaron señales en montes altos, se construyeron depósitos en los que se almacenaron víveres, combustible y ropa, e incluso se cazaron zorros polares a los que se ponían anillos de metal con inscripciones — todo en vano.

Igual de desconsoladores fueron los resultados de la segunda y la tercera expedición. Sin embargo, el gobierno no se dejó disuadir por ello de nuevos intentos de búsqueda. Cuatro expediciones inglesas y una norteamericana, entre cuya tripulación se encontraba el célebre Elisha Kant Kane18, se hicieron a la mar al mismo tiempo; las siguió el anciano John Ross en dos naves que la Compañía de la Bahía de Hudson le había puesto a disposición. En la isla Beechey se descubrieron huellas de la estancia de los expedicionarios de Franklin, tumbas de marineros, pero por lo demás — sobre todo del propio Franklin — ni lo más mínimo.

Mientras tres expediciones inglesas emprendían malhumoradas el regreso, el capitán Collinson y Mac Clure continuaron sus viajes en los barcos Enterprise e Investigator. Mac Clure alcanzó el estrecho de Bering y se dirigió después a la tierra de Banks. Allí esperaba encontrar con toda seguridad el paso buscado. ¡Y así fue! Tras viajes extraordinariamente difíciles y peligrosos, en los que enormes masas de hielo amenazaban constantemente con destruir el barco, y tras una estancia bastante larga en la bahía de la Merced (Gnadenbucht), situada en la costa nordeste de la tierra de Banks, Mac Clure, que durante el descanso forzoso había continuado su expedición en trineos, llegó al convencimiento de que había descubierto el paso del Noroeste. Ciertamente, resultó absolutamente inútil para el tráfico.

Durante ese tiempo, Collinson había alcanzado también con su barco el estrecho de Bering y se había instalado para el invierno de 1851-52 en la costa occidental de la Tierra del Príncipe Alberto. Sus repetidos intentos de avanzar fracasaron; su barco quedó varias veces aprisionado por el hielo. Solo en 1854, tras superar muchos obstáculos y penalidades, le fue posible regresar.

«Entretanto, Mac Clure, durante su nueva invernada de 1852-53, había concebido el plan de quedarse junto al barco con la mitad de la tripulación, la parte sana, e intentar salvarlo durante el verano de 1853, mientras que los enfermos de escorbuto debían abandonar el barco en abril en dos grupos. Uno debía abrirse paso hacia el sur, hasta los distritos de la bahía de Hudson; el otro, avanzar hacia el este, donde había esperanzas de encontrar buscadores de Franklin o balleneros. Ya se estaba muy cerca de poner en práctica esta decisión desesperada cuando, por fortuna, se hizo innecesaria.» Mac Clure informa sobre ello con fecha del 6 de abril de 1853: Paseaba con el primer teniente junto al barco cuando vimos una figura que, desde los témpanos de hielo de la boca de la bahía, venía rápidamente hacia nosotros. Al principio supusimos que era uno de los nuestros. Pero cuanto más se acercaba, más dudoso se hacía quién podía ser. — Cuando nos hubimos acercado a unos 180 metros, la figura levantó los brazos e hizo señas, tal como suelen los esquimales, y nos gritó con el mayor esfuerzo de voz unas palabras que, con el viento y la indecible agitación de la naturaleza, nos sonaron como un salvaje grito de angustia y nos dejaron clavados en el sitio. El forastero se acercó tranquilamente y, cuando advertimos que su cara era negra como el ébano, nos preguntamos en aquel momento, de verdad, si teníamos delante a un habitante de este o de qué otro mundo. Un trocito de rabo o algo parecido a una pezuña hendida nos habría puesto en franca huida; pero así mantuvimos firmes nuestro puesto, y aunque el cielo se hubiera desplomado no habríamos podido quedar más atónitos que cuando oímos las palabras: «Soy el teniente Pim, del “Resolute”; el capitán Kellet lo manda allí enfrente, en la costa de Melville». Precipitarnos hacia él y tomarle de la mano fue un movimiento involuntario. — Así se dieron la mano en señal de saludo aquel día, desde el este, Pim, que se había ennegrecido la cara a causa del frío — como es costumbre entre los viajeros polares —, y desde el oeste, Mac Clure.

El capitán Kellet había sido enviado con dos barcos, la mitad de la gran expedición mandada por Ed. Belcher, por el gobierno inglés — que, a pesar de todas las medidas, seguía sin saber nada de la suerte de Franklin — para buscar a Mac Clure y Collinson, que hacía ya más de dos años que habían salido del puerto inglés. Con el hallazgo del Investigator había llegado para la expedición de Mac Clure la ayuda largamente deseada. Después de abandonar el barco aprisionado por el hielo y de pasar todavía una invernada en la escuadra de Kellet, se regresó en 1854 a Inglaterra. El paso del Noroeste se había convertido en un hecho.

Solo en el año 1859 se obtuvieron noticias seguras sobre la suerte de Franklin. El Dr. Rae recorrió y exploró en 1854 la Tierra de Victoria y supo por unos esquimales que cuatro años antes habían visto a unos cuarenta hombres blancos caminar hacia el sur. Con esta noticia, el asunto Franklin entró de repente en una nueva fase. Sin embargo, el gobierno inglés, desconfiado por las expediciones equipadas con muchos sacrificios que volvían una y otra vez sin éxito, se negó a conceder nuevas ayudas para un viaje. Entonces la esposa de Franklin envió en 1857 al capitán Mac Clintock con un pequeño vapor de hélice al mar polar para que buscara la expedición dirigida por su marido. Este encontró también numerosos restos de la expedición, esqueletos, botes y documentos, de los que se desprendía que sir John Franklin había muerto ya en 1847, pero que la tripulación superviviente del barco, probablemente aplastado por el hielo, había tenido la intención de dirigirse hacia el sur, camino en el que sucumbió menos al hambre que al frío.

En el año 1879, el teniente Schwatka, que emprendió una nueva expedición por encargo de la Sociedad Geográfica Americana, confirmó, basándose en los numerosos restos y esqueletos que encontró, la completa y terrible perdición de la expedición de Franklin.

El paso del Nordeste.

Después de que los rusos consiguieran, bajo Iván Vasílievich, sacudirse el yugo mongol que había pesado gravemente sobre ellos durante dos siglos, empezaron a ampliar poco a poco las fronteras de su país hacia el este. El hetman cosaco Jermak, a instancias del comerciante Stroganow, que en sus trabajos de colonización estaba constantemente expuesto a los ataques de las hordas nómadas, conquistó en 1577 el territorio hasta el Obi, que entregó a la corona rusa. En 1630, cosacos ocupados en recaudar tributos llegaron al Lena, que Busa siguió en 1636 hasta su desembocadura. En 1638 este alcanzó también el Yana, y otro, de nombre Iranojo, avanzó por la misma época hasta el Indiguirka. En el año 1639 Siberia era conocida y estaba en posesión rusa casi hasta las costas del gran océano.

Con la misma rapidez que las exploraciones y descubrimientos por tierra avanzó la apertura del mar glacial.

Ya en la misma época en que John Cabot ocupaba en Inglaterra las cabezas y los ánimos con su idea de un paso del Noroeste, un carintio, Sigismund von Herberstein, causó sensación general con un libro en el que afirmaba la posibilidad de un paso por el Nordeste. Por los continuos esfuerzos de Sebastian Cabot, que no había tenido precisamente especial fortuna con sus viajes al Noroeste, el gobierno inglés, que no quería conceder a ningún otro pueblo el hallazgo de Catay y Cipango, se decidió en 1553 a enviar una expedición de tres naves bajo el mando de sir Hugh Willougghby. Esta tuvo, en medio de toda su desgracia, grandes éxitos. Se naufragó y se fue arrojado a la costa siberiana. Desde allí el capitán Chancellor, que mandaba uno de los tres barcos, se dirigió al zar Iván el Terrible y logró concertar entre Rusia e Inglaterra un tratado comercial que trajo consigo ventajas considerables para Inglaterra.

Un segundo viaje, al que se había sido animado por la sorprendente ganancia del primero, costó la vida a Chancellor. Había avanzado hasta Nueva Zembla (Nowoja Semlja).

Después de él, en 1556, su piloto Stephen Burough consiguió alcanzar la isla de Vaigach. Pero como ni él ni los dos navegantes descubridores Pet y Jackmann tuvieron que registrar, al terminar sus viajes, resultados de importancia, en Inglaterra se abandonó para lo sucesivo el plan de descubrir un paso por el Nordeste.

El lugar de Inglaterra lo ocupó Holanda. En el año 1594 el navegante holandés William Barents zarpó de Ámsterdam con dos barcos, descubrió Nueva Zembla, pero tuvo que regresar a causa del hielo. Al año siguiente encontró la isla de los Osos, alcanzó Spitzberg, que tomó por Groenlandia, y luego puso rumbo a Nueva Zembla, donde, encerrado por el hielo, tuvo que soportar un invierno muy duro. A consecuencia de las grandes nevadas, del frío intenso, del hambre y de los continuos ataques de los osos polares, la expedición tuvo mucho que sufrir. Como el barco estaba destrozado, hubo que emprender el regreso en pequeños botes, que, naturalmente, pronto fueron aplastados por el hielo. En un témpano se encontró salvación de la muerte. Allí murió Barents. Solo tras un viaje de casi tres meses, extraordinariamente penoso, se encontró un barco que recogió a los desdichados.

A partir de entonces también los cosacos tomaron parte activa en los viajes de descubrimiento. En 1644 Stadutschim alcanzó el río Kolymá; en 1737 Prontschischtschew llegó hasta el cabo Tadeo y la isla de San Lorenzo; tras él, Laptew en 1739 hasta el cabo Taimyr, y su piloto Tscheljuskin hasta el promontorio que lleva su nombre, que antes se había considerado erróneamente el extremo norte de Asia. En 1770 el comerciante Liakow descubrió las islas de Lächow; en 1773 se encontraron las islas Kessel. Treinta años después Sanikow descubrió la isla Fadjejewskoj, y Sirowatskoj, Nueva Siberia. Tras él, el teniente Anjou emprendió un viaje en trineo en el que avanzó hasta una altura polar de 76° 35′ de latitud norte y determinó con exactitud la situación y el tamaño de Nueva Siberia. Todavía más al este que Anjou avanzó Wrangell; buscando un gran conjunto de tierras que debía encontrarse en el mar, alcanzó los 72° 2′ de latitud norte, muy al oeste de la tierra que buscaba y que más tarde, en 1867, fue bautizada en su honor Tierra de Wrangell.

Pero el viaje más importante de este período es el del cosaco Deschnew, que en 1648 navegó por el estrecho de Bering y atracó en el golfo de Anádyr.

Exactamente 80 años después de él, el estrecho que separa Asia de América fue descubierto por segunda vez por el jutlandés Bering, al servicio de Rusia, que por orden de Pedro el Grande se proponía explorar la península de Kamchatka; los informes dados en su día por Deschnew, a los que sin embargo no se había dado crédito, se basaban, pues, de hecho en la verdad.

En compañía del naturalista alemán Seller19, Bering emprendió en 1741 un segundo viaje para explorar Kamchatka, en el que alcanzó tierra a 59° de latitud norte, probablemente en el estrecho del Príncipe de Gales. Pero su expedición terminó con una gran desgracia. El barco naufragó en la isla de Bering, que lleva el nombre de su jefe, en la que el valeroso explorador encontró la muerte. Tras una invernada espantosa y un viaje terrible, la tripulación, reducida a la mitad, alcanzó por fin la tierra firme de Kamchatka.

Tras la muerte de Bering, la expedición de Cook ocupa el primer plano de los viajes de descubrimiento de la época. Cook había descubierto en 1778 el archipiélago de las islas Sandwich y desde allí había puesto rumbo a la costa de Norteamérica, que siguió hacia el norte. Así llegó al estrecho de Nutka, al estrecho del Príncipe Guillermo, a la isla de Unalaska y a la isla de Anderson, atravesó el estrecho de Bering y, obligado a retroceder por las masas de hielo, volvió a dirigir el rumbo del barco hacia las islas Sandwich. Cook había reconocido que solo un estrecho angosto separa los dos continentes, Asia y América. A partir de su viaje esta opinión se generalizó.

Después de Cook, todavía Otto von Kotzebue, compañero de viaje del poeta Adelbert von Chamisso20, hizo una visita al estrecho de Bering, en la que descubrió el estrecho de Kotzebue.

A partir de entonces se produjo en la exploración de los mares siberianos una paralización de decenios. Es cierto que los suecos y algunos exploradores sueltos emprendieron una y otra vez viajes menores, pero sin poder registrar ningún resultado.

Estos afanes solo volvieron a animarse con nueva vida cuando Alemania tomó parte en ellos. Pero esta no se preocupaba tanto de descubrir un paso por el este. Dirigía más bien toda su atención directamente al Polo Norte, y con ello influyó también de manera decisiva en todas las demás expediciones enviadas en la misma época.

Una excepción, y por cierto una excepción extraordinariamente notable, la constituyó el sabio sueco Nils Adolf Erik von Nordenskjöld. No podía apartar de sí la idea de un paso por el Nordeste, para cuya realización estaba, ciertamente, como hecho a medida, gracias a sus amplios conocimientos, su perspicacia y su férrea energía. Ya en 1864 y 1868 había explorado la isla de Spitzberg, en 1872 la costa occidental de Groenlandia y en 1875 la costa siberiana del mar glacial hasta la desembocadura del Yeniséi. Este último viaje es el más importante de los tres. Puso rumbo primero a Nueva Zembla y penetró en el mar de Kara, del que hasta entonces se había supuesto que era innavegable por su hielo y su frío, y que por eso llevaba el sobrenombre de «la nevera del Norte». Desde allí navegó hacia el sur y visitó la isla de Vaigach, en la que — como en todas partes — se obtuvo un rico botín científico y se encontró a samoyedos. En la continuación del viaje hacia el estrecho de Yugor, el barco tomó rumbo a la península de Yamal y alcanzó felizmente la desembocadura del Yeniséi. Nordenskjöld remontó el Yeniséi hasta Yakutsk21 y desde allí volvió a su patria por San Petersburgo con un botín científico extraordinariamente rico.

«Para comprobar si el camino descrito hasta la desembocadura del Yeniséi ofrecía siempre en verano obstáculos en conjunto tan escasos, Nordenskjöld emprendió ya al año siguiente, esta vez con un vapor, un segundo viaje a la desembocadura del Yeniséi. Contra lo esperado, el mar de Kara estaba esta vez tan densamente cubierto de hielo flotante que un viajero menos audaz y decidido difícilmente se habría atrevido a seguir adentrándose en él. Pero Nordenskjöld no retrocedió ante los obstáculos, encontró pronto agua libre y alcanzó de nuevo la desembocadura del Yeniséi. Recomendó el camino, recorrido ahora felizmente dos veces, como la ruta comercial más favorable hacia Siberia, y en efecto hoy en día van barcos mercantes a Siberia para regresar cargados de grano siberiano, pieles, etc.»

Animado por estos viajes afortunados, Nordenskjöld concibió el audaz plan de explorar toda la costa norte hasta el estrecho de Bering y, si era posible, reanudar los intentos de conseguir un paso. Con el apoyo del gobierno sueco, del rey y de ricos comerciantes, su barco, el «Vega», zarpó con el barco de acompañamiento «Lena» el 4 de julio de 1878. Pronto se había alcanzado Nueva Zembla, atravesado el mar de Kara y llegado a la desembocadura del Yeniséi, donde se buscó el puerto Dickson, descubierto ya en el primer viaje y llamado así por un comerciante sueco. A partir de allí, una niebla densa y constante dio mucho que hacer a los navegantes. Más tarde, sin embargo, el tiempo despejado volvió a favorecer el audaz viaje. Se navegó junto a islas completamente cubiertas de líquenes, se cruzó un mar libre de hielo y ya al cabo de mes y medio se pudo saludar con salvas el cabo Tscheljuskin. Desde la desembocadura del Lena, que se avistó ya una semana después, el «Vega» continuó su viaje sin la compañía del «Lena», mientras este remontaba el río del mismo nombre hasta Yakutsk. Como casi por todas partes a lo largo de la costa siberiana se encontraba agua libre de hielo, la expedición no tuvo que luchar contra obstáculos mayores. Ya el 3 de septiembre se estaba en las islas de los Osos. Aquí, ciertamente, el mar tomó otro aspecto. Poderosos campos de hielo e icebergs dificultaban desmesuradamente el avance; al final el «Vega» quedó firmemente atrapado en el hielo cerca de la bahía de Kolyuchin (Kolintschinbai), y la tripulación se vio obligada a esperar el invierno en mar abierto, rodeada de hielo por todas partes. Pero la larga invernada, que duró del 28 de septiembre de 1878 al 18 de julio de 1879, pasó sin daños ni peligros de consideración. En trato constante con chukchis, a los que se había acogido en el barco por el camino, se pasó el largo descanso sin tener que sufrir gran cosa por la inclemencia del tiempo ni por las penalidades del invierno nórdico en general. En cuanto el barco quedó libre se atravesó en tres días de vapor el estrecho de Bering; las olas libres de hielo, lisas como un espejo y tranquilas, del gran océano bañaban las tablas del barco . . unos pocos días más de viaje por aguas tranquilas . . . . y con el desembarco en el puerto japonés de Yokohama quedó culminada la grandiosa obra. ¡Se había encontrado el paso del Nordeste! — La sorpresa y la alegría por la feliz conservación y el regreso — que se hizo por el océano Índico y el canal de Suez —, así como por los éxitos, realmente importantes, alcanzados por quienes ya casi se daban por desaparecidos, escapan a toda descripción.

Los viajes al Polo Norte propiamente dichos.

El primero que expresó la idea de llegar al país maravilloso de la India con un viaje directamente a través del Polo Norte, y que intentó realizarla, fue el inglés Robert Thorne. Que su expedición terminara lamentablemente no pudo disuadir a los audaces navegantes Buchan y Parry de reanudar el trabajo en esa dirección trescientos años después. Pero sus viajes infructuosos tuvieron en los navegantes inmediatamente posteriores otro efecto: durante mucho tiempo no se encontró a nadie con ganas de probar fortuna, porque todos temían no obtener mejores resultados que Thorne, Buchan y Parry.

Solo el norteamericano Elisha Kant Kane rompió el silencio, el mismo que se encontraba entre la tripulación de la nave enviada por los norteamericanos en 1850 a buscar a Franklin. En aquel mismo viaje, el barco había sido arrastrado hacia el norte por la tormenta y el hielo durante el regreso, y desde allí solo tras muchas penalidades se había vuelto a la patria.

Este viaje, emprendido entonces sin querer, el Dr. Kane planeó repetirlo una vez más intencionadamente, y por cierto con el mismo barco, el «Advance». Contaba para ello con la suposición — por lo demás general en aquella época — de que en el Norte existía un mar polar abierto que ya no se helaba y que, por consiguiente, permitía la navegación. Desde ese mar esperaba poder acercarse al Polo Norte, bien en barco o — si volvía a toparse con tierra firme — en trineo. Pero la búsqueda del Polo Norte era solo un fin secundario; como tarea principal se había encomendado a la expedición el hallazgo de Franklin. El Dr. Kane tenía la plena confianza y la firme convicción de que su empresa tenía que salir bien.

En 1853 salió de Nueva York, se dirigió a la costa occidental de Groenlandia, atravesó, tras una breve estancia en el puerto de Fiskarnais, el estrecho de Davis, entró en la bahía de Baffin y alcanzó la bahía de Melville. Allí el barco estuvo continuamente amenazado por poderosos icebergs; como por milagro se escapó a menudo del peligro de quedar sepultados por masas de hielo que se derrumbaban. Por fin se alcanzó sano y salvo el estrecho de Smith, que fue saludado con alegría como el supuesto mar polar abierto. Pero esta alegría no duró mucho. Casi en un abrir y cerrar de ojos se heló el mar y el barco quedó atrapado en el hielo de pack. No se escatimaron esfuerzos denodados por romper el grueso anillo de hielo que se cerraba en torno al barco: en vano. A duras penas se logró encontrar refugio de una terrible tormenta de hielo en un pequeño puerto que desde entonces lleva el nombre de puerto del Refugio (Zufluchtshafen). Poco después, sin embargo, el barco, que hasta entonces se había movido todavía en el mar junto con el cinturón de hielo, quedó completamente inmovilizado por el hielo. Entonces Kane prosiguió su trabajo de exploración en trineos. Descubrió el río Mary Minturn, el glaciar de Humboldt, la Tierra de Grinnell, el canal Kennedy y las islas Franklin y Crozier. Su acompañante Morton y el esquimal Hans, que prestó a la expedición servicios extraordinariamente buenos, consiguieron incluso avanzar hasta una latitud de 80° 40′ — un lugar al que hasta entonces no había llegado ningún europeo. Ciertamente, todos estos viajes de descubrimiento fueron penosos más allá de toda imaginación, y la mayoría estuvieron unidos a sustos y peligros casi indescriptibles.

Entretanto se había presentado en el barco el más terrible espantajo de todos los viajeros polares, el hambre. Junto con un frío extraordinariamente intenso, trajo para los arrojados a aquel desierto desolado una época espantosa. Las provisiones, calculadas solo para año y medio, se habían acabado; la caza solo daba un botín escaso. Entonces la necesidad hizo madurar en la cabeza de los desdichados un plan audaz. Querían intentar llegar en trineos y botes a la isla Beechey, situada enfrente, donde se esperaba encontrar buscadores de Franklin. Pero enormes icebergs hicieron imposible el viaje. Entretanto el hambre y el frío atormentaban cada vez más a los casi desesperados, de modo que, para no morir de una muerte espantosa, se buscó la salvación en el último recurso, que, por los peligros y fatigas que entrañaba, era, ciertamente, un recurso verdaderamente terrible. Se quiso emprender el regreso hacia el sur, en parte en trineos, en parte en botes. Se abandonó el barco aprisionado, ya casi quemado como combustible, y tras un viaje espantoso de 84 días la expedición, compuesta todavía por 19 hombres, llegó a Uppernivik. Desde allí los viajeros polares que habían vuelto, a los que hacía tiempo se daba por perdidos, fueron llevados a su patria el 4 de septiembre de 1855.

Kane no había alcanzado, pues, la meta de sus deseos y esperanzas, el mar polar abierto. Pero el teniente Morton y el esquimal Hans sí se habían topado en sus grandes correrías con un mar completamente libre de hielo y lleno de focas y aves. Este hecho animó al compañero de Kane, el Dr. J. Hayes, a pesar de las terribles experiencias que la expedición de Kane le había deparado, a reanudar el trabajo de Kane, que había quedado a medias. Se le unió otro compañero de viaje de Kane, el astrónomo Sonntag.

Mes y medio después de su partida de Boston, el Dr. Hayes llegaba ya a Uppernivik, donde contrató para su expedición, entre otros, también al esquimal Hans. En agosto de 1860 alcanzó todavía, aunque luchando constantemente contra terribles tormentas y masas de hielo, la bahía de Melville y el estrecho de Smith. Pero cuando la tormenta lanzó la nave contra un iceberg y con ello una parte de ella quedó casi destrozada, Hayes tuvo que esperar el invierno en Port Foulke. Como Kane, también él emprendió durante ese tiempo grandes viajes en trineo. Llegó a la bahía de Resselaer22, donde había quedado abandonado el barco de Kane, del que no encontró ya rastro alguno. Entre las más imaginables dificultades prosiguió sus viajes. A menudo el hielo se alzaba ante él amontonado a la altura de una casa, a menudo tenía que abrirse camino con el hacha, a menudo tenía que trepar con peligro de su vida por grietas hondas y anchas — sin dejarse desviar ni desanimar, con férrea fuerza de voluntad y perseverancia, avanzaba hacia el Norte.

Por fin alcanzó, con un único compañero que le quedaba de quince, una latitud de 81° 35′. Desde allí vio mar abierto, en cuya orilla lejana se alzaban poderosas cumbres. Estos fueron los éxitos de su expedición. En octubre de 1861 llegó de nuevo a Boston.

Los viajes al Polo Norte emprendidos a continuación están estrechamente unidos al nombre del geógrafo Dr. August Petermann. Aunque nunca tomó parte en una expedición, se debe a su celo incansable y a su entrega desinteresada que por fin también Alemania se pusiera al servicio de esta causa.

Gracias al espíritu de sacrificio de Petermann y de todo el pueblo, al cabo de tres años se estuvo en condiciones de equipar una expedición. Karl Koldewey, un marino todavía joven, pero bien formado y capaz, asumió el mando supremo; Richard Hildebrandt actuó como segundo jefe y el holsteinés Sengstake como piloto.

El 24 de mayo23 el barco «Germania» salió del puerto de Bergen como «primera expedición alemana al Polo Norte», con una tripulación de doce hombres. Hasta el círculo polar el viaje transcurrió sin contratiempos. Pero a partir de allí hubo que sostener las más violentas luchas con masas de hielo que venían a la deriva en sentido contrario, y que también hicieron imposible acercarse a la costa de Groenlandia. Koldewey esperaba encontrar agua libre en el Norte y navegó a lo largo de la costa oriental de Groenlandia hasta los 75° 19′, el cabo Bismarck. Pero le fue imposible avanzar más. Por eso dirigió el rumbo de su barco hacia Spitzberg, donde hizo un breve alto en el estrecho de Bel24. Pero como también allí la situación del hielo resultó tan desfavorable como en Groenlandia, Koldewey — informado falsamente por un ballenero de que la situación del hielo había mejorado en la costa de Groenlandia — volvió a Groenlandia. «Entre contrariedades de toda clase se llegó allí, pero, para gran disgusto, se encontró el hielo más denso todavía que antes.» Entonces Koldewey hizo todavía una visita al mar de Spitzberg. Pero cuando fracasó el intento de ganar el Norte por el estrecho de Hinlopen, situado entre los territorios insulares de Spitzberg, se emprendió en septiembre el regreso a la patria, sin poder registrar, aparte del descubrimiento de la bahía de Augusta y de las islas de Bastian, resultados esenciales, pero sí con un rico botín científico.

Tras el regreso de esta expedición, no precisamente muy afortunada, pero tampoco desafortunada, se hicieron en seguida los preparativos necesarios para un segundo viaje. El viaje debía realizarse en el vapor «Germania», de nueva construcción, mandado por Koldewey, y en el velero «Hansa», que estaba a las órdenes del capitán Hegemann y tenía la tarea de llevar al «Germania» grandes reservas de carbón. Entre los acompañantes de Koldewey merece destacarse Julius Payer; el entorno de Hegemann estaba compuesto en parte por compañeros de Koldewey que habían participado en su primer viaje.

Bajo la mirada del rey de Prusia y de una inmensa multitud, los dos barcos de esta «segunda expedición alemana al Polo Norte» se hicieron a la mar el 15 de junio de 1869 desde Bremerhaven. Tras atravesar el mar del Norte, un mes después de la partida se llegó a la costa del hielo, donde, a causa de una niebla impenetrable, el «Hansa» perdió por primera vez de vista al «Germania». Es cierto que ambos volvieron a encontrarse al cabo de tres días, pero ya dos días después el «Hansa» quedó de nuevo separado del «Germania» a causa de una señal mal entendida, y esta vez para no volver a verse ni encontrarse jamás. El «Germania» navegó hacia la costa oriental de Groenlandia, hizo escala en las islas Sabine y Shannon, invernó y dio a la tripulación ocasión de proseguir las investigaciones en trineo. Así se descubrió el fiordo Fligely, el fiordo del Tirol (Tirolerfjord), se avanzó hasta los 77° 1′ de latitud norte, se encontró la Tierra del Emperador Guillermo y se descubrió sobre todo el gran fiordo del Emperador Francisco José, cuya belleza era de un tipo verdaderamente sorprendente. Payer escaló también la punta Payer, de 2200 m de altura.

El 11 de septiembre de 1870, tras este viaje interesante, señalado por grandes éxitos, se entró de nuevo en el puerto de origen.

Entretanto el «Hansa» había navegado hacia su perdición. Al principio avanzó hacia el norte, pero luego, luchando constantemente con el hielo, fue arrastrado hacia la costa oriental de Groenlandia, donde quedó atrapado en un gran campo de hielo que flotaba hacia el sur. Por el momento hubo que resignarse a la idea de pasar el invierno sobre este poderoso témpano. Con todo, se esperaba que el hielo, cuanto más al sur se llegara, se fuera soltando poco a poco y el barco quedara libre más o menos a la altura de Islandia. Pero, por otro lado, ante las presiones que ya empezaban, había también motivos suficientes para temer que el barco, antes de llegar hasta allí, estaría aplastado hacía tiempo. Lo primero era, pues, procurarse fuera de él un alojamiento por si el barco se perdía. Por eso los hombres del Hansa construyeron sobre el témpano una casa de briquetas de carbón, en la que, durante su cautiverio forzoso en el mar glacial, encontraron ya una excelente protección contra el frío y las tormentas. En efecto, también las presiones se produjeron con una violencia cada vez mayor. El barco fue levantado sobre el hielo y se abrió una vía de agua. Solo con el mayor esfuerzo se logró salvar algunas provisiones y algo de combustible. Lleno de agua, se desprendió de la lengua de hielo sobre la que había estado todavía un día y se hundió en el mar, dejando a los desdichados viajeros polares en una situación desesperada. Estos fueron a la deriva sobre su campo de hielo hacia el sur, pasando por delante de la costa de Liverpool, hasta el estrecho de Scoresby. Allí el témpano se partió cerca de la casa en dos grandes mitades, sin poner en peligro directo a los hombres del Hansa que se encontraban sobre él. Pero la desgracia se repitió. «El 11 de enero el piloto entró precipitadamente: “¡Todos listos, el témpano roza el fondo!”. Todos se esforzaron por salir al aire libre con el fardo de pieles y el saco del pan. Pero esto ofrecía infinitas dificultades. Trabajosamente se abría paso el cuerpo por las masas de nieve de la entrada. Fuera, la tormenta lo derribaba al suelo. Agarrados de tres en tres, nos arrastramos de rodillas hasta los botes y buscamos detrás de ellos protección contra la furia de la tormenta. Oíamos el ruido de olas que rompían. Pronto vimos a nuestro alrededor agua libre. El témpano subía y bajaba en la penumbra — de pronto una franja oscura corre de través por el hielo. — ¡Agua, agua sobre el hielo! ¡El témpano se rompe! ¡Socorro, cielo! ¡Perdición por todas partes! — Trozos de hielo saltan de las grietas. ¡Huimos con los botes de aquí para allá! — ¡En vano! — La perdición nos persigue. Pronto se rompe el último trozo bajo nuestros pies. Ahora el último refugio es el bote. Pero — no es lo bastante grande para todos. ¡Y el bote grande es demasiado pesado para arrastrarlo! Nos repartimos en los dos botes. A través de la tormenta resuena: “¡Adiós, y el que llegue a casa, que salude a los míos!”. — Las manos se estrechan por última vez. Y ahí están ahora, candidatos a una muerte espantosa, esperando hundirse en cualquier momento o ver hundirse a los otros, — mudos y rígidos, rígidos de ánimo, rígidos de cuerpo.» — Pero la espantosa desgracia pasó todavía de largo, misericordiosa. Cubiertos de nieve y hielo, por fin, tras horas de terrible angustia, se atreven a volver a la casa con los miembros helados. Pero todavía varias veces se vieron sobresaltados por incidentes parecidos. Al final una grieta atravesó justo la casa, que desde entonces quedó perdida para ellos. Tres días yacieron los desdichados sin protección alguna, empapados, helados, agotados y medio enfermos en la nieve. Por fin volvió a haber mejor tiempo. Tras un viaje terrible de 243 millas se avistó el extremo sur de Groenlandia. Se pusieron a flote los botes que quedaban y se alcanzó por fin el denso cinturón de hielo que rodeaba la tierra firme. Por fin, tras 25 días de penalidades, muertos de cansancio y totalmente hambrientos, dieron con la misión alemana de Friedrichsthal. 200 días habían pasado sobre el témpano entre peligros espantosos. El día de la batalla de Sedán entraron en Hamburgo los hombres del Hansa, que naturalmente no tenían ni idea de la guerra entre Alemania y Francia.

Un destino parecido al de la tripulación del «Hansa» estaba reservado a los miembros de la expedición de Hall. Charles Francis Hall, el mismo que había tomado parte en la búsqueda de Franklin, intentó avanzar hacia el Polo Norte por el estrecho de Smith. Entre sus compañeros figuraba, entre otros, el teniente Morton, conocido por la expedición de Kane.

Hall alcanzó en poco tiempo desde Nueva York, de donde había salido con su barco «Polaris» en junio de 1871, la altura polar sobrepasada por Kane, el puerto de Rensselaer, y por cierto sin tener que luchar contra el hielo. Aunque a partir de allí las masas de hielo le estorbaron a menudo, llegó sin grandes contratiempos a mar abierto, el canal Robeson, y descubrió la Tierra de Hall. En un puerto, el puerto Gracias a Dios (Gott-sei-Dank-Hafen), llamado hoy bahía Polaris, se esperó el invierno, después de haber llegado a una altura polar de 82° 26′ de latitud norte — la más alta de todas las alcanzadas hasta entonces. Pero durante la invernada murió Hall. Con él desapareció el nervio vivificador de la expedición. En agosto del año siguiente el «Polaris» se hizo de nuevo a la mar. Pero como pronto corrió peligro de ser aplastado por el hielo, se intentó, siguiendo el ejemplo de los hombres del Hansa, poner a salvo provisiones, combustible, etc., sobre un témpano. Entonces ocurrió lo espantoso: de repente se rompieron las amarras con que el barco estaba sujeto al témpano, y diecinueve hombres quedaron sobre él, mientras el barco era arrastrado por el mar agitado. Este alcanzó, con una buena vía de agua, la isla Likleton25, donde la tripulación salvada se construyó una casa con sus restos y salió en pequeños botes al mar abierto, ocasión en la que, en 1873, un ballenero la llevó consigo a casa.

Entretanto, los que se habían quedado en el témpano habían vivido, de octubre de 1872 a abril de 1873, una época espantosa entre privaciones, luchas y fatigas de toda clase. Solo poseían un único bote frágil. Aventurarse con él en el mar embravecido habría sido una temeridad. Pero la terrible necesidad les obligó a ello — se atrevieron — y salió bien. Un cazador de focas que los había visto los tomó a bordo y los llevó de vuelta a la patria.

Por el mismo camino que había tomado el «Polaris» intentó avanzar hacia el norte una expedición inglesa al mando supremo del capitán George S. Nares. El viaje de ida y vuelta transcurrió de manera extraordinariamente feliz. Nares avanzó hasta los 83° 20′ 26″ de latitud norte y llegó al convencimiento de «que éxitos aún mayores que los ya obtenidos solo podrían alcanzarse con sacrificios extraordinarios, pero que, en cambio, el propio Polo Norte no podría alcanzarse jamás».

Con ello se quitaba a toda expedición que todavía pudiera avanzar por este camino toda esperanza y perspectiva de éxitos dignos de mención.

Por eso los dos austriacos Julius Payer y Karl Weyprecht eligieron otro camino. Este debía pasar entre Nueva Zembla y Spitzberg, y se esperaba poder aprovechar en este viaje la corriente del Golfo. El camino hacia Spitzberg no era nuevo. Numerosos exploradores, como Sven, Loven, Favre, Otto Torell, Nordenskjöld, Carlsen, el conde von Waldburgheil26, Theodor von Heuglin, B. L. Smith y otros, habían ido ya antes que ellos al archipiélago de Spitzberg. Pero no habían pasado más al norte de Spitzberg.

El programa de la expedición decía así: «Si las condiciones son suficientemente favorables, se procurará alcanzar el estrecho de Bering y hacer posible el regreso por él; en latitudes más altas solo se pensará en segundo término, en circunstancias especialmente favorables. Un intento de avanzar hacia el propio Polo Norte solo podrá arriesgarse si el objetivo de alcanzar el estrecho de Bering dentro del plazo dado de dos inviernos y dos veranos parece casi fracasado. Como punto de partida de la expedición ha de considerarse el lado norte de Nueva Zembla. Se entiende que debe evitarse en lo posible la proximidad de las conocidas costas siberianas.»

En junio de 1872 el barco «Tegetthoff», equipado conjuntamente por el Estado y el pueblo austriacos y provisto de víveres para tres años, levó anclas en Bremerhaven, y un mes después había alcanzado ya los 74° 30′ de latitud norte. El año anterior, Payer y Weyprecht, en su viaje de reconocimiento, habían encontrado más al norte un mar completamente libre de hielo del tamaño de Alemania. Pero este año el mar glacial presentaba un carácter muy distinto, todo menos favorable y ventajoso para la expedición polar. Densas masas de hielo mantenían rodeado el barco, y ya el 22 de agosto quedó atrapado en ellas — el primer eslabón de la cadena de todas aquellas penalidades que de esta desgracia suelen derivarse por lo general para los viajeros polares. Todos los intentos de liberar al «Tegetthoff» de este enojoso cautiverio resultaron trabajo perdido. Pronto llegaron tormentas y pusieron la nave en grave peligro; las presiones del hielo la hacían crujir a menudo por todas sus junturas y amenazaron más de una vez con aplastarla. Durante todo el invierno y también en la primavera estuvo expuesta a estas presiones, mientras derivaba siempre con el hielo hacia el norte. «Entonces el 30 de agosto de 1873 trajo a los navegantes, que derivaban sin voluntad propia, una sorpresa que ninguno de ellos habría soñado. A mediodía se vieron de pronto, a 79° 51′ de latitud norte y 58° 56′ de longitud este, ásperas cadenas rocosas y pronto una tierra alpina que resplandecía a la luz del sol.» La actual Tierra de Francisco José estaba descubierta.

Cuando por fin, tras largos esfuerzos, fue posible pisar esta isla recién encontrada y se rasgaron los velos de la larga noche polar, se aprovechó el tiempo para grandes expediciones en trineo. En marzo de 1874 Payer empezó a recorrer la tierra firme con la mitad de su tripulación, con la esperanza de poder avanzar hasta los 82° de latitud norte. Entre indecibles fatigas y peligros espantosos alcanzó también esa meta. Veinte días después estaba ya de nuevo en el barco, para partir otra vez el 20 de mayo. No había perspectiva alguna de que el «Tegetthoff» volviera a quedar libre del hielo y de que fuera posible alcanzar en él las costas de la patria. Por eso toda la tripulación se despidió de él. Se cargaron botes y trineos con provisiones, se dejó todo lo demás en el barco y se pusieron en camino para alcanzar por tierra el primer establecimiento habitado por hombres, situado mil millas al sur. Esta marcha no se queda atrás en horror y espanto de las penalidades y odiseas de los hombres del Hansa y de los del Polaris. Noventa y seis días por tierra y cuatro por agua se habían abierto paso hacia el sur cuando por fin, cerca de Nueva Zembla, toparon con barcos rusos, que recogieron a los náufragos y los llevaron de vuelta a casa, donde el 3 de septiembre de 1874 volvieron a pisar suelo europeo. Su regreso fue una marcha triunfal en el sentido más pleno de la palabra.

El resultado de la «expedición austrohúngara al Polo Norte» fue — como ya se ha dicho — el descubrimiento de la Tierra de Francisco José, que se compone de dos partes principales de igual tamaño separadas por el estrecho de Austria (Austriasund): la Tierra de Wilczeck y la Tierra de Zichy. La primera tiene su prolongación hacia el norte en la Tierra del Príncipe Heredero Rodolfo, ante la cual se encuentra la Tierra de Petermann, de la que Nansen ha afirmado recientemente que ha desaparecido por completo.

Como tampoco la expedición de Payer y Weyprecht había encontrado todavía la meta propiamente dicha de sus deseos y de los de todos los viajeros polares, el Polo Norte, naturalmente no se produjo en lo sucesivo ninguna paralización en los afanes por descubrirlo.

En el año 1878 participaron por primera vez también los holandeses en la gran empresa de esta época, aunque sin fortuna. Bajo la dirección del capitán A. de Bruijn, el barco «Willem Barents» no pasó, ni en el primer viaje ni en el segundo, de la Tierra de Francisco José.

Como el avance de Payer había vuelto a dar cabida a la esperanza de alcanzar acaso el Polo Norte en un tiempo previsible, naturalmente Inglaterra no se mantuvo por más tiempo al margen de la cuestión. B. L. Smith, que ya en 1871 había hecho esfuerzos por procurarse un acceso al Norte por el estrecho de Henlopen, se dirigió a Spitzberg y a la Tierra de Francisco José, y adquirió la convicción «de que ambos grupos de islas eran partes de un gran archipiélago». En su segundo viaje a esos mismos lugares le alcanzó una grave desgracia. Su barco fue destrozado por el hielo de pack, de modo que se hundió. En consecuencia se vio obligado a pasar con sus compañeros un invierno terrible en botes y tiendas ligeras en el cabo Flora, en la costa sur de la Tierra de Francisco José. Desde allí emprendió en el verano del año siguiente un viaje aventurado en pequeños botes y alcanzó tras seis semanas atroces Nueva Zembla, en cuya costa ya los hombres del Tegetthoff habían encontrado la salvación siete años antes.

Después de Smith, una expedición norteamericana reanudó el trabajo de exploración. Fue enviada en la misma época en que se esperaba el regreso de Nordenskjöld, es decir, en el año 1879. Pocos días antes de que el «Vega» de Nordenskjöld escapara del abrazo helado del mar glacial siberiano, se hizo salir del puerto de San Francisco un barco, el «Jeanette». Este tenía en primer lugar el encargo de buscar a Nordenskjöld. Hecho esto — así decían sus instrucciones —, podría intentarse todavía alcanzar el Polo Norte. El barco, excelentemente equipado, navegó hacia el norte bajo el mando de De Long27 y atravesó — después de haber recibido ya noticia del feliz desembarco de Nordenskjöld en Yokohama — el estrecho de Bering. Allí, sin embargo, quedó atascado en el hielo, sufrió graves daños y el 12 de junio de 1880 fue aplastado por el hielo, tras lo cual pronto se hundió en el mar. La tripulación solo pudo salvarse empleando todas sus fuerzas y superando grandes peligros y penalidades. Pocos volvieron a ver la patria.

De los años ochenta merece mencionarse sobre todo el viaje de Nordenskjöld a Groenlandia. Lo emprendió con la intención de explorar la costa occidental y el interior, todavía desconocido, del país. Ciertamente, este intento fracasó ante la inmensidad de los glaciares, que hacían casi imposible toda investigación.

En los años noventa volvió a hacerse especialmente poderoso el afán de descubrir las regiones desconocidas del extremo del mundo polar.

Un teniente de la marina norteamericana, de nombre Robert Peary, emprendió en 1891 la primera gran expedición polar de este decenio. Con su barco de caza «Kite» alcanzó en la costa de Groenlandia la bahía M'Cormick, donde pasó el invierno. Sus viajes en trineo, emprendidos desde allí, le llevaron a la opinión de que Groenlandia solo se extendía hasta los 83° de latitud norte. Como la costa oriental hasta el cabo Bismarck no había sido explorada todavía, Peary partió de nuevo hacia el Norte en 1893 para hacerlo. Pero su empresa fracasó a causa de violentas tormentas de nieve; pobres en resultados, emprendieron en el otoño de 1894 el regreso a América.

De un infortunio todavía mayor que el viaje de Peary fue acompañado el del periodista Walter Wellmann, de Washington. Tomó el camino de Spitzberg, lleno de la esperanza de que este resultara un punto adecuado desde el que atacar el Polo Norte. Calculó la duración del viaje en un verano, suposición que compartía con el Dr. Petermann. Con el barco cazador de focas «Ragnvald Jarl» salió de Noruega en 1894. La corriente del Golfo llevó pronto la bien equipada expedición hasta Spitzberg. Las instrucciones exigían que el barco avanzara hasta el límite del hielo; desde allí el viaje debía continuarse en botes y en trineos de aluminio. Wellmann logró anclar su nave junto a una isla situada cerca de Spitzberg oriental. Después emprendió la expedición en trineo. Pero pocos días después el orgulloso y sólido barco había sido ya destrozado por la fuerza de las masas de hielo. Se hizo volver a Wellmann; pero este, tras cerciorarse del accidente, prosiguió su viaje, extremadamente difícil, con la firme confianza de encontrar el Polo Norte. Pero su esperanza le engañó, como a todos sus predecesores. La expedición, que había partido tan alegre de vencer y tan llena de esperanza, dio gracias a Dios cuando encontró en la costa occidental de Spitzberg un barco de caza que la devolvió sana y salva a la patria.

El mismo año en que Peary fue por primera vez a Groenlandia, también el jefe de una expedición danesa, el teniente Ryder, exploró la región de los fiordos de la costa oriental entre los 70° y los 72° de latitud norte.

Al año siguiente se acometió Groenlandia desde Terranova. Los dos suecos Björbiry y Kallstenius28 la habían elegido como meta de su expedición, compuesta por un barco de caza desechado y tres hombres de tripulación. La empresa tuvo un desenlace lamentable: la nave fue encontrada como un pecio y la tripulación sigue desaparecida hasta hoy.

La cuarta gran expedición polar de este decenio tuvo lugar en el año 1894. En su centro está el viajero inglés Frederick Jackson. Partiendo de Inglaterra, su siguiente meta fue Arcángel; desde allí esperaba llegar al Polo Norte por un camino a través de la Tierra de Francisco José. Durante bastante tiempo no se supo nada de la expedición; por fin se había visto el barco «Windward» a 74° de latitud norte. Entonces entró, de forma completamente inesperada, el 13 de agosto de 1896 en Vardø. No se había alcanzado el Polo Norte, pero el botín científico era extraordinariamente rico. Pero — y esto era lo más importante — a bordo del «Windward» iba un hombre que no pertenecía a la expedición de Jackson, cuyo regreso unos esperaban ansiosamente desde hacía mucho y otros ya ponían seriamente en duda. Era el audaz noruego Dr. Frithjof Nansen.

Este valeroso viajero polar, que quizá esté llamado a ser el más eminente explorador de este siglo, había reanudado hacía tres años el intento de alcanzar el Polo Norte por el camino directo, partiendo de supuestos y premisas muy peculiares y originales. En su travesía de Groenlandia sobre esquís, hasta ahora única en su género, había recogido, en efecto, sobre el hielo flotante toda clase de muestras de tierras que — según demostró el examen microscópico — presentaban un parentesco indudable con el suelo de las estepas siberianas. Por comparaciones de las muestras de tierra encontradas por Nansen con las que había traído a casa el «Vega» — entre las cuales resultó una coincidencia completa —, la suposición de Nansen de que acaso una corriente marina llevaba tierra de la costa siberiana a Groenlandia ganó todavía más en verosimilitud. Además, Nansen no desconocía otras diversas circunstancias y observaciones que apuntaban todas a que del mar glacial siberiano tenía que partir una fuerte corriente que tomaba su camino hacia el Polo Norte y luego, volviéndose de nuevo hacia el sur, entraba en el océano Atlántico como corriente polar de hielo de Groenlandia oriental. De otro modo, al menos, apenas podía explicarse que de pronto se encontraran en la costa sudoeste de Groenlandia restos arrastrados por el mar procedentes del «Jeanette», hundido tres años antes junto a las islas de Nueva Siberia. Nansen sabía además que todos los años llegan a la costa de Groenlandia grandes masas de madera de coníferas siberiana. En la existencia de una corriente marina que pasara por el Polo Norte puso entonces toda su esperanza. Calculaba que tenía que ser posible en cualquier caso alcanzar el Polo Norte si se confiaba uno a esta corriente y se dejaba derivar el barco por encima de él, como la madera de coníferas y las tablas del barco.

Las observaciones citadas disipaban casi toda duda sobre la existencia de la corriente en cuestión. Pero la idea de Nansen provocó vivo espanto en los círculos de los viajeros polares; su proyecto fue tachado de insensato, irracional e incluso de suicidio. En cambio, en el pueblo y en el gobierno su plan, que hizo público en 1890, fue acogido con gran entusiasmo y aplauso general. En un tiempo relativamente breve se reunieron los costes de la expedición, 450000 coronas = 500000 marcos. Pero la realización de la idea de Nansen habría sido realmente una temeridad si antes no hubiera tomado medidas que quitaran fuerza a todos los reparos y objeciones, en parte no del todo infundados, planteados por viejos viajeros polares, y que tenían que conceder ya a su empresa — aunque siguiera siendo una osadía gigantesca — cierta justificación y también cierta esperanza de éxito. El terror de todos los viajeros polares es la enorme fuerza de presión del hielo. A ella estaría naturalmente expuesto también el barco de Nansen, y por cierto — porque se proponía avanzar más hacia el norte — en mayor medida que en todos los demás casos. Si no quería compartir la suerte de la mayoría de sus predecesores — que, después de que el hielo aplastara su barco, daban gracias al cielo si, tras indecibles fatigas, podían volver a pisar el suelo patrio —, tenía que emprender el viaje con un barco capaz de oponer la resistencia necesaria a todos los peligros que nacen del poder del hielo.

Por eso Nansen construyó él mismo un barco del que esperaba que fuera adecuado para llevarle a un mundo que antes que él no había visto ningún ojo humano.

Es una goleta de tres palos con una máquina de 160 caballos de fuerza y lleva el nombre de «Fram» (Adelante). El consumo diario de carbón asciende a casi 3 t. En la construcción de su barco, Nansen aprovechó todas las ventajas que habían prestado buenos servicios a una u otra expedición; de los inconvenientes sopesó cuidadosamente qué había que cambiar o evitar por completo en la construcción de un barco — si ha de salir airoso de un viaje feliz por el mar glacial. Así, su barco debía reunir en cierto modo, evitando todos los inconvenientes, todas las ventajas que se habían podido observar o comprobar en las naves de todos los viajes al Polo Norte emprendidos hasta entonces. El «Fram» de Nansen es extremadamente pequeño y corto: la eslora es de 34 m y la manga de 11 m. Su construcción es muy distinta de la de otros barcos. Los costados están inclinados en la parte que va bajo el agua, para que el barco, cuando sufra presiones del hielo, no sea aplastado, sino levantado por el hielo. Si queda entonces sobre el hielo, una parte inferior plana le protege de volcar. Pero lo que hace a la nave especialmente valiosa y — como ha demostrado la experiencia — invencible para el hielo es su lisura. En todo su casco no se nota una sola esquina ni arista saliente que pudiera ofrecer resistencia al hielo que aprieta y presentarle así un punto de ataque adecuado. Naturalmente, para poder ofrecer en su caso resistencia suficiente a las presiones del hielo, tiene que ser también extremadamente duradero y de ensamblaje firme. Por eso para construirlo, cosa que se hizo en el astillero de Laurvig29 con el armador Colin Archer, se emplearon las mejores maderas de los países más diversos. Para prevenir el frío y la humedad, que otros viajeros polares habían sufrido a menudo de forma sensible, Nansen hizo revestir los costados del «Fram» de fieltro, corcho, madera de abeto y linóleo. Los camarotes tienen luz eléctrica; una dinamo movida por molinos de viento o por un malacate suministra electricidad suficiente. Además de víveres para cinco años y de la necesaria reserva de carbón, el barco, que en total tiene 600 t de capacidad, alberga un gran número de aparatos científicos de toda clase.

La tripulación contaba, con Nansen, trece hombres, entre los cuales solo había dos marineros propiamente dichos. Eran Peter Hendriksen, de Tromsø, que tiene a sus espaldas gran experiencia en navegación entre hielos y en caza ártica, y Bernt Berntsen, que se unió a la expedición a última hora. Como fogonero voluntario se había presentado Fredrik Hjelmar Johansen, un funcionario de 29 años con formación académica, al que impulsaba el celo por la causa. Como comandante del «Fram» se había elegido a Otto Neumann Sverdrup, el mismo que ya había acompañado a Nansen en su viaje en esquís por Groenlandia y de cuya capacidad Nansen estaba plenamente convencido. Como primer maquinista actuaba Anton Amundsen, el miembro de más edad de la expedición. Es cierto que pertenece desde hace muchos años a la marina noruega, pero antes de este viaje nunca había tomado parte — como tampoco todos los demás de la tripulación, salvo Sverdrup — en una expedición propiamente ártica. El electricista Nordal y el guarda forestal Mogstadt, que se cuentan también entre los compañeros de viaje de Nansen, eran muy útiles como buenos mecánicos, cazadores y deportistas. El puesto de camarero y administrador de víveres lo desempeñaba Adolph Juell. Primer piloto era Theodor Claudius Jakobsen, para quien el mar es su patria desde su más temprana juventud. A los quince años se había hecho a la mar y había llevado una vida aventurera como trabajador, marinero, cazador de focas, maestre de hielo30, etc. Las investigaciones botánicas estaban encomendadas al médico Heinrich Blessing, mientras que al teniente primero de la marina noruega Scott Hansen se le habían asignado las observaciones astronómicas, magnéticas y meteorológicas.

Todos estos hombres han contribuido con su presencia de ánimo, su perseverancia y su capacidad a hacer triunfar la grande e incomparable obra.

El mayor honor le corresponde, naturalmente, de entre todos, al jefe de la expedición, hacia quien se dirige ahora el más vivo interés de todo el mundo civilizado.

Nació el 10 de octubre de 1861 en Frøen, cerca de Christiania, hijo de un jurista; ha adquirido una formación sólida y amplia, y por lo demás es un hombre de talla esbelta y complexión robusta; tiene el aspecto de alguien a quien el peligro no puede hacer nada. «La naturaleza ha sido siempre para él objeto de investigaciones científicas; la trataba como apasionado cazador y esquiador, en travesías a vela y excursiones por la montaña. Es un buen orador y sabe adaptarse con facilidad a condiciones más que primitivas; incluso puede llegar a asustar por su absoluto desprecio de todos los miramientos y prejuicios de la humanidad civilizada. Junto al afán de saber y el gusto por la aventura, hay sobre todo otra cosa que empujó hacia el alto Norte a este pacífico doctor en filosofía y conservador del Instituto Zoológico de Christiania, tachado en sociedad de “oso polar”: el sentimiento nacional, que en Escandinavia tiene un regusto histórico más fuerte que en otras partes y que en todas las expediciones emprendidas una y otra vez por los escandinavos en el curso de los siglos fue siempre la fuerza motriz más poderosa.»

El 22 de julio de 1893 Nansen y su expedición, contemplados con asombro y admiración por el mundo entero, salieron del puerto de Vardø. Atravesó el estrecho de Yugor y el mar de Kara. En la isla de Vaigach compró 30 perros, que debían servirle en eventuales expediciones en trineo. El barón ruso Toll le había hecho llevar además 21 perros a la costa de Siberia oriental, que Nansen, ciertamente, no pudo recoger. Ya el primer tiempo del viaje transcurrió de manera feliz y prometedora. Antes aún de penetrar en el mar abierto a 78° 50′ de latitud norte, se descubrieron pequeñas islas tanto en el mar de Kara como en la costa siberiana. Desde el mar glacial siberiano el «Fram», completamente rodeado de hielo, derivó hacia el norte, exactamente como quería la hipótesis de Nansen. Durante el invierno se trabajó científicamente con aplicación; se descubrió un mar profundo de 3800 m y se hicieron numerosas observaciones sobre la temperatura del agua y sobre fenómenos y hechos magnéticos, zoológicos, meteorológicos, astronómicos y botánicos, con las cuales muchas de las opiniones dominantes hasta entonces sobre este o aquel punto sufrieron a menudo cambios esenciales. Nansen sigue informando: El 18 de junio de 1894 estábamos a 81° 52′ de latitud norte, pero volvimos a derivar hacia el sur. Solo el 21 de octubre pasamos los 82° de latitud norte. En Nochebuena se habían alcanzado los 83°, unos días después 83° 84′31, la latitud más septentrional alcanzada hasta entonces. El 4 y 5 de enero el «Fram» estuvo expuesto a las presiones más fuertes que vivimos. Estaba entonces aprisionado en un hielo de más de 30 pies de espesor, sobre el cual se empujaban otras pesadas masas de hielo que presionaban irresistiblemente contra el costado de babor del barco y amenazaban con sepultarlo y destrozarlo. Las provisiones necesarias, los kayaks de lona y el resto del equipo se habían llevado al hielo, y todos los hombres estaban preparados para abandonar el barco en cuanto fuera necesario. Estábamos entonces preparados para continuar el viaje derivando sobre un campo de hielo. Pero el «Fram» superó todas las expectativas.

Cuando las presiones del hielo alcanzaron su grado máximo y el hielo se amontonaba alto sobre los costados del barco, la nave se desprendió del hielo en que estaba aprisionada. No sufrió el menor daño. Tras esta experiencia considero el «Fram» prácticamente invencible para el hielo. Desde entonces no tuvimos más presiones. La deriva continuó rápidamente hacia el norte. Como preveía que el «Fram» tenía que alcanzar pronto su latitud más alta al norte de la Tierra de Francisco José, decidí abandonar el barco para explorar el mar al norte de su ruta. Johansen estaba dispuesto a seguirme; no podía encontrar camarada más adecuado. La dirección de la expedición a bordo del «Fram» la entregué al capitán Sverdrup. Tenía tanta confianza en su capacidad y en su aptitud como jefe para vencer dificultades que no dudaba de que traería de vuelta a todos los hombres sanos y salvos, aunque ocurriera lo peor y el «Fram» se perdiera, cosa que considero improbable. El 3 de marzo alcanzamos los 84° 4′ de latitud norte.

El 14 de marzo de 1895 Johansen y yo abandonamos el «Fram» a 83° 59′ de latitud norte y 102° 27′ de longitud este.

Nuestro objetivo era explorar el mar hacia el norte, alcanzar la latitud más alta posible e ir por la Tierra de Francisco José a Spitzberg, donde podíamos estar seguros de encontrar un barco.

El 7 de abril estábamos a 86° 14′ de latitud norte, el más septentrional de todos los puntos alcanzados hasta entonces. La temperatura se mantuvo baja todo el tiempo, durante tres semanas alrededor de 40°. Para nuestra ropa de lana, buena pero demasiado ligera, esto era a menudo un frío amargo. Nuestras pieles las habíamos dejado atrás para ahorrar peso.

En marzo la mínima fue de 45° y la máxima de 24°; la mínima de abril, 38°; la máxima, 20° bajo cero. De tierra no se vio rastro. El 8 de abril seguimos el rumbo hacia la Tierra de Francisco José. El 12 de abril se pararon los cronómetros y quedamos inseguros respecto a nuestros grados de longitud. Hacia el sur aumentaron las grietas del hielo y dificultaron nuestro avance, mientras las provisiones disminuían; de los perros hubo que sacrificar uno tras otro para que sirvieran de alimento a los supervivientes. Las raciones de los perros se redujeron al mínimo y los propios perros estuvieron pronto tristemente agotados. En junio las grietas del hielo empeoraron, y además el camino para los trineos era pésimo. Los perros, los esquís y los patines de los trineos se hundían profundamente en la nieve; el número de perros disminuía sin cesar, avanzar era casi imposible. Pero no teníamos elección y nos arrastrábamos hacia adelante, mientras las raciones de hombres y perros se reducían al mínimo.

Esperábamos continuamente avistar tierra, pero en vano. El 31 de mayo estábamos a 82° 21′ de latitud norte, el 4 de junio a 82° 18′, el 15 de junio habíamos derivado hacia el noroeste hasta 82° 26′; pero en el meridiano del cabo Fligely seguíamos sin ver tierra, cosa cada vez más enigmática, y el camino empeoraba.

El 22 de junio matamos por fin una foca y decidimos esperar hasta que se derritiera la nieve; queríamos vivir de carne de foca. Matamos también tres osos. Los dos perros que aún teníamos fueron bien alimentados.

El 23 de julio seguimos adelante y el 24 de julio avistamos por fin una tierra desconocida. Estábamos a unos 82° de latitud norte. El hielo estaba roto por todas partes en pequeños campos. Las grietas entre ellos estaban llenas de bloques y fango de hielo, de modo que no era posible avanzar por ellas en kayak. Teníamos que pasar con el mayor esfuerzo, haciendo equilibrios, de un bloque de hielo a otro. No alcanzamos tierra hasta el 6 de agosto, a 81° 38′ de latitud norte y unos 63° de longitud este, y encontramos allí tres islas a las que llamé Hvittenland.

Seguimos hacia el oeste por aguas abiertas a lo largo de estas islas y el 12 de agosto descubrimos una tierra extensa del sudeste al nordeste. No lo entendíamos y creíamos estar en la longitud del estrecho de Austria, pero no encontramos coincidencia alguna con el mapa de Payer, por lo que supusimos que nuestra longitud era completamente falsa y que habíamos llegado a la desconocida costa occidental de la Tierra de Francisco José. Pasamos entonces por un estrecho a 81° 30′, torcimos hacia el sudoeste a lo largo de la costa occidental de la tierra y esperábamos poder poner pronto rumbo a Spitzberg. Al oeste no vimos tierra.

El 18 de agosto quedamos encerrados por el hielo durante una semana, y el 26 de agosto alcanzamos una tierra a 81° 12′ de latitud norte y 56° de longitud este que parecía adecuada para invernar. Consideramos entonces lo mejor quedarnos aquí y prepararnos para el invierno, ya que era demasiado tarde para el largo viaje a Spitzberg. Matamos osos para alimentarnos y morsas como combustible, construimos una cabaña de piedras, tierra y musgo y la cubrimos con pieles de morsa a modo de tejado. La grasa la usábamos para cocinar, alumbrarnos y calentarnos. Carne de oso y grasa eran nuestro único alimento, piel de oso nuestra cama. El invierno transcurrió bien y nuestra salud fue excelente.

Por fin llegó la primavera, con sol y aguas abiertas al oeste y al sudoeste. Esperábamos un viaje rápido a Spitzberg sobre el hielo flotante. Nos cosimos ropa, sacos de dormir, etc. Las provisiones eran carne de oso cruda y grasa. Por el camino esperábamos encontrar caza suficiente.

El 19 de mayo estábamos listos para partir, y el 23 de mayo encontramos aguas abiertas a 81° 5′ de latitud norte. Remamos hacia el oeste para navegar hacia Spitzberg desde el extremo más occidental, pero el 18 de junio encontramos la expedición de Jackson — un encuentro inesperado y feliz.

Sobre este encuentro de Nansen con Jackson, un miembro de la expedición de Jackson da el siguiente relato:

«Acabábamos de terminar nuestra comida de mediodía el 17 de junio en Elmwood32 y estábamos todos sentados alrededor de la mesa que había en medio de nuestra acogedora cabaña de troncos. El día era gris y brumoso, pero no muy frío. Estábamos allí sentados riendo, bromeando y fumando. De pronto nuestro astrónomo Armitage, que había estado en el observatorio, asomó la cabeza por la puerta y gritó: “¿Cuántos sois? Veo a un hombre en el hielo flotante”. Contamos y vimos que estábamos todos. Entonces nos devanamos los sesos pensando quién podía ser aquel hombre. Jackson se levantó en seguida y dijo: “Sea quien sea, yo voy”. Y con estas palabras salió corriendo.

Los demás sacamos telescopios y gemelos de teatro. Algunos subieron a las rocas para otear al forastero. La idea de que pudiera ser Nansen no se le ocurrió a nadie hasta que pasaron veinte minutos. Entonces Armitage y yo expresamos la conjetura de que quizá fuera Nansen. Por entonces Jackson y el forastero parecían dos manchas oscuras. Ambos gesticulaban con vehemencia. Se acercaban cada vez más el uno al otro, y pronto comprendimos que tenía que ser el explorador noruego. Llevaba una escopeta en una mano y un bastón de bambú en la otra. Saltaba con una agilidad asombrosa de un témpano a otro. Entonces nos pusimos también todos en camino hacia el lugar donde estaban Jackson y el forastero. Cuando este último estuvo lo bastante cerca, Jackson exclamó: “Es el Dr. Nansen”. Y todos gritamos hasta quedarnos roncos. Cuando oímos lo lejos que había llegado el Dr. Nansen hacia el norte, lanzamos tres hurras.

Luego hubo tiempo de mirar a Nansen más de cerca. Su pariente más próximo no le habría reconocido. Su pelo rubio y su barba rubia se habían vuelto de color pardo oscuro, y en su cara y sus manos no había una mancha blanca. Parecía casi un negro. Su cara estaba negra del humo del aceite de pescado. Su traje, que había llevado quince meses, estaba tieso de sangre y aceite, con los que tenía también manchada la cara. La escena del saludo entre Nansen y Jackson es quizá única en su género. Después de estrecharse la mano, Jackson empezó: “¡Me alegro enormemente de verle!”. Nansen: “¡Yo también de verle a usted!”. Jackson: “¿Tiene usted un barco aquí?”. Nansen: “No”. Jackson: “¿Cuántos son ustedes?”. Nansen: “Tengo aquí un compañero, allí, a cierta distancia”. Mientras tanto Jackson miraba fijamente a Nansen a la cara. Cada vez se convencía más de que tenía que ser Nansen. Por fin exclamó: “¿No es usted Nansen?”. “Sí, soy Nansen.” Jackson: “¡Por todos los dioses, cuánto me alegro de verle!”. A esto siguió un apretón de manos todavía más cordial. “Muchísimas gracias, muy amable.”»

Nansen había emprendido ya, pues, su camino a Spitzberg, sumamente peligroso y casi imposible. Su situación no era en modo alguno envidiable, pues, al fallar sus dos cronómetros, le había sido imposible determinar la longitud. Y además, en latitudes tan altas, la resistencia incluso de un organismo tan excelentemente constituido solo puede hacer frente durante cierto tiempo a esfuerzos inauditos. Errar el rumbo a Spitzberg o que el hielo se abriera habría podido ser, por eso, sumamente funesto para Nansen.

Es difícil hacerse una idea de lo que es avanzar sobre hielo marino viejo. La superficie de hielo más antigua está rota, en parte amontonada en capas, luego vuelta a helar, y este proceso se repite durante años seguidos, de modo que se forma un espantoso caos de bloques derrumbados unos sobre otros, barrancos y grietas, al que los agujeros de agua, llamados Waken33, aportan todavía más variedad indeseada. Superar este «terreno» con trineos es una tarea que deja atrás incluso el viaje por la selva tropical; el camino que el caminante agotado puede anotar por la tarde en el mapa es quizá solo una quinta parte del recorrido de verdad, y si en estas circunstancias, con un frío feroz, aparecen además la escasez de alimentos, las heridas y las enfermedades, se comprende que hombres a los que falta la inquebrantable fuerza de voluntad del explorador nato se tumben sencillamente en la nieve y esperen la muerte, como ha ocurrido con bastante frecuencia con marineros en expediciones en trineo, a pesar de que solo se emplean para ellas hombres escogidos. Nansen y su compañero no sabían en absoluto que hubiera alguien en la Tierra de Francisco José; por eso quedaron sumamente sorprendidos y contentos, y se fueron con Jackson a Elmwood, el cuartel general de la expedición de Jackson, adonde unas seis semanas más tarde llegó el «Windward».

El 7 de agosto de 1896 se emprendió el viaje de regreso en el «Windward», y ya el 13 de agosto un telegrama de Nansen anunciaba desde Vardø a todo el mundo el feliz regreso de este hombre valeroso. Ocho días después, el 20 de agosto, también el «Fram», bajo el excelente mando de Otto Neumann Sverdrup, entraba sano y salvo en Tromsø. Un testigo presencial informa sobre ello lo siguiente: «A las 4 salí con el “Kong Halfdan” y unas 1000 personas a su encuentro hacia el norte. A las cinco y media aparece a lo lejos, entre los escollos, un barco diminuto, que los agudos ojos de los noruegos reconocen en seguida como el “Fram” por la cofa blanca. En media hora el “Fram” está con nosotros; Sverdrup, con su poderosa barba rojiza, está en el puente de mando; además de él se encuentran a bordo Jakobsen, el Dr. Blessing, Bentzen, Scott, Hansen, Henriksen34 y otros. Los reciben un júbilo atronador y salvas de mortero. Todos tienen un aspecto excelente. El “Fram” ha perdido en parte su pintura, se ha vuelto gris de intemperie, pero se conserva perfectamente: toda la madera firmemente ensamblada, el herraje de la proa, así como los mástiles y el aparejo, en perfecto orden. Tomamos el “Fram” a remolque y volvimos a Tromsø.»

Desde el momento en que Nansen y Johansen habían abandonado el barco, este había derivado hacia el noroeste, había tenido que soportar todavía algunas fuertes presiones del hielo, pero a pesar de ello había avanzado hasta los 85° 57′ de latitud norte. A partir del 13 de enero de 1896 había vuelto a derivar hacia el sur y de febrero a julio había estado inmovilizado en el hielo. Aunque el hielo de pack se había roto ya en mayo, solo tras muchos intentos inútiles de abrirse paso se alcanzó mar abierto el mismo día en que Nansen y Johansen volvieron a pisar la tierra natal. El telegrama de Otto Neumann Sverdrup dice textualmente: «El 14 de agosto de 1896 el “Fram” salió del hielo, justo el día en que Nansen y Johansen llegaron a Vardø. En la continuación de nuestro viaje encontramos el barco “Søstrene”, de Tromsø, mandado por el capitán Rottolfsen, que subió en seguida a bordo del “Fram”. Lo primero que preguntamos fue, naturalmente, si se sabía algo de Nansen y Johansen, y como no era así, el ánimo a bordo se ensombreció mucho; poca esperanza quedaba así de que volviéramos a ver a los otros dos. Yo opinaba que, por el momento, había pocos motivos de temor, ya que suponía que Nansen y Johansen habrían llegado sin duda en otoño a la Tierra de Francisco José, donde sin duda habrían invernado. Por Rottolfsen supimos de Andrée. Pusimos, pues, rumbo a Danskeøerne, las islas Danesas. Andrée nos trajo la noticia de que Nansen y Johansen habían llegado ya una semana antes que nosotros. Lo oímos con júbilo. Eso hizo completa nuestra alegría. Otto Sverdrup.» A este primer telegrama de Sverdrup, Nansen añadió por telégrafo: «No tengo nada que añadir, salvo que el “Fram” parece tan fuerte y tan seguro como antes, y que las vivencias de Sverdrup demuestran con qué maestría ha gobernado su barco y lo ha traído de vuelta sano y salvo a través del hielo polar, del que cabezas sabias profetizaban que haría trizas el “Fram”, barco y hombres. Fritjof Nansen.»

Nansen no ha alcanzado la meta propiamente dicha de su viaje; el Polo Norte sigue esperando hoy a su descubridor. Pero el audaz explorador ha culminado con su expedición, que le llevó hasta una latitud que nadie antes que él alcanzó, una obra de grandiosa importancia. Y si ahora la ciudad de Christiania luce en su honor el más espléndido adorno, si se celebran fiestas por él y él y sus compañeros están constantemente en boca de todos, no se les pueden sino desear de corazón estos triunfos y sentir sincera alegría de que el pueblo noruego sepa apreciar y valorar plenamente los méritos y logros de su gran hijo.

Durante la ausencia de Nansen, el ingeniero jefe, profesor Andrée, sueco de nacimiento, se presentó con una idea audaz y sumamente original. Quería intentar alcanzar el Polo Norte desde Spitzberg con ayuda de un globo construido expresamente para ello. Con motivo de la reunión mensual de la Sociedad Geográfica de Estocolmo expuso detalladamente su plan. El globo al que pensaba confiarse tiene un diámetro de 20,5 m y una capacidad de 4500 m³. El llenado tenía que hacerse en Spitzberg. El gas necesario para ello se producía mediante generadores de gas a partir de productos químicos, o bien se había llevado allí de antemano en estado comprimido en 1800 cilindros metálicos. Para no estar expuesto al viento y al mal tiempo, se había levantado en la bahía de Mossel, en el norte de Spitzberg, una caseta de tablas octogonal35 con paredes desmontables, en la que el globo debía permanecer anclado hasta que un viento favorable, que girara de este a sur, permitiera el viaje. La tripulación del globo, equipado con toda clase de instrumentos ópticos para determinar el tiempo y la posición, para medir la velocidad y para observaciones meteorológicas, con aparatos fotográficos, prismáticos, etc., estaba formada por el profesor Andrée, el Dr. Eckholm, el licenciado Strindberg y el capitán Palange36. La ascensión debía hacerse en agosto, porque esa época es la más favorable desde el punto de vista meteorológico. Pero además era muy aconsejable acelerar la subida también porque los aeronautas podían verse obligados por un eventual accidente durante el viaje a abandonar el globo en medio del mar polar. Para ese caso convenía que tuvieran por delante un tiempo bastante largo, hasta la llegada del tempestuoso otoño, para su viaje, que habría de continuarse en bote o en trineo. El bote que los viajeros pensaban llevar consigo es del mismo tejido que el globo fabricado por Lachambre, pesa solo 40 kg, pero puede llevar, además de la tripulación de la barquilla, 300 kg de carga.

Pero todos los esfuerzos y todos los gastos dedicados al equipo y a los preparativos del viaje resultaron por desgracia completamente perdidos para este primer intento. Andrée esperó en vano un viento favorable. Y como con esta espera la estación había avanzado cada vez más y no se le abría ninguna perspectiva de que el viaje, calculado para treinta días, pudiera realizarse en un futuro inmediato, Andrée dejó con sus compañeros la isla de Spitzberg y regresó el 20 de agosto a su patria, sin éxito alguno. Pero piensa reanudar los intentos ya el año que viene, en mayo.


La historia de los viajes al Polo Norte es un cantar de los cantares de las más preciosas virtudes viriles. Habla con palabras claras, convincentes y gloriosas de laboriosidad férrea y de inquebrantable fuerza de voluntad, de celo sagrado y de intrépido arrojo, de esfuerzo serio y de magnánimo espíritu de sacrificio. Pero, ciertamente, la historia de los viajes al Polo Norte es también una historia de errores, de desengaños y de miseria, una impresionante y estremecedora ilustración de las palabras de Goethe: «El hombre yerra mientras busca»37.

Tierras y gentes de las regiones polares árticas.

Groenlandia.

La tierra polar de Groenlandia, es decir, tierra verde, la más nombrada a propósito del paso del Noroeste, hoy en su mayor parte bajo dominio danés, se extiende desde los 59° 54′ hasta aproximadamente los 82° de latitud norte, y limita al este con el océano Atlántico y al oeste con el estrecho de Davis, la bahía de Baffin y el estrecho de Smith. Al sur termina en el cabo Farewell; el norte está todavía inexplorado; el interior lo atravesó en esquís hace pocos años el audaz viajero polar Fritjof Nansen. Se calcula su superficie en unos dos millones de km² y se tiende a suponer que toda la tierra firme se compone de un gran número de islas unidas entre sí por enormes glaciares. La costa oriental lleva, desde el extremo sur hasta el cabo Dan, el nombre de Costa del Rey Federico VI; a ella sigue la Tierra de Egede, llamada así por el misionero Hans Egede, enviado a los groenlandeses en 1721, y a esta, hacia el norte, la Tierra de Scoresby y la Tierra del Rey Guillermo. La costa oriental, rodeada de un ancho cinturón de hielo, está completamente desgarrada por una infinidad de profundas entradas, llamadas fiordos, entre las cuales la más importante es el fiordo de Francisco José. La elevación más alta es la punta Petermann. El punto más septentrional alcanzado hasta ahora se llama cabo Bismarck; con todo, Lampert asegura haber visto todavía tierra más al norte en el año 1670.

La costa occidental está explorada en mayor o menor medida hasta aproximadamente los 82°. Es cierto que hubo navegantes que avanzaron todavía más, pero llegaron a un gran mar abierto, el mar de Lincoln, y vieron surgir en su orilla opuesta una tierra a la que se llamó Tierra del Presidente y que está situada a unos 84° de latitud norte. La costa occidental tiene un carácter parecido al de la oriental: fiordos profundos y paredes de glaciar de más de cien metros de altura. Solo unos meses al año hay aquí mar libre de hielo, lo que permite la pesca en los fiordos situados más abajo y protegidos de los vientos fríos. A veces reina aquí incluso una temperatura de no menos de 38° C de calor, es decir, unos 30° R, mientras que la temperatura invernal no rara vez es de 40° C bajo cero, es decir, 32° R. El brusco cambio entre un calor estival inusitado y un riguroso frío invernal es una peculiaridad de Groenlandia.

La vegetación se encuentra en todas partes, incluso en las regiones septentrionales. Musgo, arbustos rastreros, hierba, líquenes y sauces achaparrados forman el vestido, que de sur a norte se va haciendo más pobre. En los cálidos días de verano los valles y alturas del sur ofrecen una imagen sorprendente y encantadora. En prados verdes, rodeados de abedules o pinos bajos, lucen el diente de león y la flor de la vaca38, la amapola y la coclearia, la acedera y la hierba piojera, que es una alegría verlo. Entre las rocas extiende el helecho sus grandes frondas, bajo el matorral crece el arándano, de los guijarros de la orilla del arroyo alza el epilobio su rojiza coronita de flores, y quien tiene suerte puede llevarse de las alturas a su choza un ramillete de rosas alpinas. Pero esta magnificencia dura solo unas pocas semanas; pronto vuelve la helada y se desatan tormentas de nieve que destruyen toda vida en los huertos y en los prados.

De hortalizas y frutos de huerta se cultivan nabos, lechuga, espinacas, rabanitos, col rizada y a veces también patatas, que, ciertamente, con su tamaño de avellana apenas compensan el trabajo del cultivo. El colono tiene que renunciar al cereal cosechado por él mismo, pues todos los intentos de cultivar cebada y avena han fracasado hasta ahora.

Rey de los animales es en Groenlandia el oso polar, a cuya mesa, por lo general bien servida, suele no pocas veces regalarse también el zorro ártico, un compadre importuno y descarado — terror de todas las liebres polares, perdices nivales y lemmings (una especie de ratón) —, que con su voracidad se convierte a menudo en una verdadera plaga. Entre los demás habitantes de la tierra firme figura el buey almizclero, que aparece en manadas y cuya carne, que huele a almizcle, comen los esquimales, lo mismo que la carne del reno, que aquí vive en estado salvaje y es una presa codiciada. En verano los fiordos se pueblan de bandadas interminables de aves marinas: gaviotas, somorgujos, alcas e incluso eideres. Más hacia el interior del país se encuentra el escribano nival, el chorlito y el correlimos. De los establos de los colonos sale a veces el gruñido de un cerdo, el mugido de una vaca o el balido de una oveja o de una cabra, o los ladridos de una jauría de perros, que son absolutamente indispensables para tirar de los trineos, construidos muy sólidamente de madera y hueso. El mar es rico en peces, focas, perros marinos39 y ballenas, estas últimas perseguidas sin piedad por su aceite, su grasa y sus barbas.

La población es extraordinariamente escasa. Asciende a unas 10000 almas; así, por término medio, corresponde apenas un alma a cada 200 km². (En Alemania, 88 almas por km².) Los habitantes de Groenlandia se componen de alemanes, daneses y unos 500 esquimales independientes.

El esquimal es pequeño, pero de figura ágil. La cabeza grande, la cara plana y ancha, la nariz chata, los ojos rasgados en sesgo, el color rojo de la cara, el labio inferior algo abultado y el pelo negro como la pez y lacio le dan un aspecto feo. Pero es bondadoso, pacífico, sobrio, alegre y lleno de un amor ilimitado y apasionado a su patria, aunque esta, con su hielo y su helada, solo le conceda una existencia mísera. Los vicios del esquimal son la pereza, la falta de limpieza y la intemperancia en la comida; además es ladrón y miente con gusto. Su vestimenta, hecha de pieles de foca o de reno, consiste en calzones, dos sobretodos, una chaqueta interior y una chaqueta exterior con capucha, botas forradas de pieles de ave y guantes de piel. Las mujeres, cuya ropa coincide bastante con la del hombre, se envuelven además en una piel provista de un ensanche en forma de saco. En este ensanche lleva cada madre a su hijo.

Mucho cuidado pone el esquimal en la construcción de una vivienda de invierno caliente y cómodamente instalada. Esta está medio bajo tierra, medio sobre ella, y se levanta de tierra, piedras, nieve o bloques de hielo en forma de media esfera. La entrada, situada hacia el sur, es estrecha y larga, y por delante queda cerrada al mundo exterior por pieles que cuelgan. También el interior está revestido de pieles. Un banco que corre alrededor sirve de lecho, un trozo de vejiga de pescado ante un agujero, de ventana. Un recipiente tallado en esteatita, provisto de una mecha de musgo y lleno de aceite de pescado, hace las veces de lámpara, de la que sale no solo un humo espeso, sino también una luz mísera y un poco de calor. En este recinto, lleno de un hedor espantoso y que rebosa de suciedad y parásitos, solo puede vivir un esquimal, que, eso sí, se siente en él muy a gusto y cómodo con tal de tener alimento suficiente.

El esquimal es un esposo cariñoso y un buen padre de familia. Los hijos crecen sin disciplina. Ya muy pronto el hijo es compañero de caza del padre, y a los veinte años es dueño de sí mismo. La hija ayuda a la madre en la casa.

Las enfermedades las tiene por obra de brujas malignas, que procura neutralizar con toda clase de remedios mágicos. Cuando muere, se entierran con él bajo un montón de piedras su bote, sus armas y sus aparejos de pesca. En señal de luto la mujer se corta el pelo.

Groenlandia comercia desde su colonización por daneses y alemanes, y por cierto con pieles, grasa, aceite de pescado, plumón de eider, criolita (para la fabricación de sosa), grafito, plomo, cobre, mineral de estaño y plata. Todos estos minerales se encuentran en la parte occidental.

Por lo demás, el esquimal vive completamente independiente; no conoce ni dios ni rey, ni leyes ni impuestos.

Labrador.

El Labrador, la península situada en el nordeste de Norteamérica, se extiende entre los 50° y los 63° de latitud norte y es dos veces mayor que Alemania. Al sur lo limita el río San Lorenzo, al este el océano Atlántico, al norte el estrecho de Hudson y al oeste la bahía de Hudson. El interior, atravesado por la cordillera de Kiglapait, de 1200 m de altura, es desolado, pero rico en lagos y ríos. La costa está dominada por un clima áspero y, a causa de los numerosos escollos que tiene delante, es poco propicia para la navegación.

Los inviernos se distinguen por un frío desproporcionadamente riguroso; tampoco los veranos traen verdadero calor, a causa de los icebergs que pasan continuamente a la deriva frente a la costa.

En consecuencia, solo durante los meses de verano crece escasa hierba en los valles; en el sur se extendían40 imponentes bosques, que dan refugio suficiente a osos, lobos, zorros, martas y nutrias.

La pesca, que además de los conocidos habitantes del mar da aquí también bacalao, salmón, trucha asalmonada y espadín, es lucrativa y la practican ingleses, norteamericanos y los esquimales, que, en número de unos 1500, están asentados en la costa.

En el interior del país vive una tribu india, los Weniska-Sepi.

Tierra de Baffin.

«Tierra de Baffin» es el nombre colectivo de una serie de pequeñas islas o partes de tierra, como Prince-Williamland, Nord-Galloway, North-Ayr, Cumberland, Pennyland, Luce-Fox-Land y Cockburnland. Está situada frente al Labrador, del que la separa el estrecho de Hudson, en latitud a unos 70° norte, y por su extensión es igual a Alemania. Las islas, habitadas por esquimales, tienen casi todas montañas y se alzan del mar con paredes escarpadas.

La vegetación es más rica en el sur que bajo el mismo grado de latitud en Groenlandia. Entre los animales se encuentra a menudo el armiño. El subsuelo encierra hulla.

Melville.

La isla de Melville, descubierta por el navegante Peary41 en 1819 y situada a 75° de latitud norte, presenta, como casi todas las islas de la región polar, tanto las ya nombradas como la mayoría de las demás, costas escarpadas, tierra firme cubierta de hielo, esquimales como habitantes, vegetación escasa y una fauna compuesta solo de unas pocas familias de osos, zorros y similares.

Spitzberg.

Por Spitzberg se entiende un grupo de islas del océano Glacial del Norte, que se cuenta unas veces en Europa y otras en Norteamérica, situado entre los 76° 31′ y los 80° 30′ de latitud norte, al norte de Groenlandia42. Antes se llamaba Tierra Nueva (Neuland), también Tierra Nueva del Rey Jacobo; los navegantes de Groenlandia lo llamaban de buena gana Groenlandia oriental. Esta isla apartada del mundo, compuesta de tres islas grandes y varias pequeñas, es tan grande como Baviera. En invierno, el mar, en verano casi siempre tempestuoso y salvaje, la mantiene firmemente rodeada de un ancho cinturón de hielo que solo en el lado occidental deja libre la costa. También la propia tierra, que en el centro se eleva en montañas puntiagudas, está cubierta de una gruesa costra de hielo.

El clima, comparado con el de las tierras árticas de Norteamérica, es relativamente más suave.

La vegetación es sumamente escasa; el reino animal se compone de algunos de los seres vivos propios de Groenlandia. El reino mineral ofrece granito con granates nobles, mármol y hulla.

Prueba de lo inhóspito y pobre de estas islas es que no pueden presentar siquiera indígenas ni habitantes. Solo pasajeramente las visitan cazadores, balleneros y exploradores.

Tierra de Francisco José.

La Tierra de Francisco José, también un grupo de islas, con la Tierra de Petermann la situada más al norte de todas las tierras descubiertas hasta ahora, se extiende entre los 80° y los 84° 14′ de latitud norte y está completamente deshabitada, con la menor vegetación imaginable, comparable al norte de Groenlandia: hielo eterno y nieve eterna.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Princeton University Library digitalizado por Google (Internet Archive, https://archive.org/details/bub_gb_42NTAAAAYAAJ): Otto Rühle, Die Geschichte der Nordpolfahrten, Leipzig y Múnich, August Schupp, 1897, 85 págs., con tres láminas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español de la única edición (1897), hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en capítulos y apartados, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las citas y la paginación original. Los nombres de exploradores y navegantes se dan como los escribe el autor, salvo los de figuras históricas con forma española asentada (Colón, Magallanes, Vasco da Gama, Pitágoras, los reyes y zares); los topónimos, en su forma española usual. Los errores de hecho y las erratas del original se respetan y se señalan en nota. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Así en el original («Marsaille»), por Marsella, la antigua Masalia. (N. del T.) ↩

  2. Erik el Rojo (Eiríkr rauði), a quien el autor llama «Ereck Raudi»; fue él quien, hacia 982, exploró y bautizó Groenlandia, avistada antes por Gunnbjörn. (N. del T.) ↩

  3. Los hermanos Gaspar y Miguel Corte-Real. (N. del T.) ↩

  4. Jacques Cartier. Los nombres propios se dan como los escribe el autor; aquí y en adelante solo se indica en nota la forma usual cuando difiere mucho. (N. del T.) ↩

  5. Formas usuales: sir Hugh Willoughby, Richard Chancellor, Cornelius Durforth. (N. del T.) ↩

  6. Martin Frobisher. (N. del T.) ↩

  7. El explorador norteamericano Charles Francis Hall, del que se habla más adelante. (N. del T.) ↩

  8. Es decir, «Claro de luna» y «Sol»: el autor traduce al alemán los nombres de los barcos de Davis, Moonshine y Sunshine. (N. del T.) ↩

  9. Dartmouth. (N. del T.) ↩

  10. Embarcación pequeña de tablazón solapada (de tingladillo). (N. del T.) ↩

  11. Mittelpackeis: la gran masa de hielo de pack que ocupa el centro de la bahía de Baffin (el middle pack de los balleneros ingleses). (N. del T.) ↩

  12. Así en el original. Baffin murió en 1622, después que Hudson; el sentido pide quizá «la muerte de Davis» (1605), aunque el primer viaje de Hudson es de 1607. (N. del T.) ↩

  13. El autor escribe «Roß» (John Ross, James Clark Ross); se adopta la grafía usual. (N. del T.) ↩

  14. En el original, «Hekla Clove»; es Hecla Cove, en el norte de Spitzberg, llamada así por el barco de Parry, el Hecla. (N. del T.) ↩

  15. El autor traduce el nombre: Kupferminenfluß, «río de las minas de cobre». (N. del T.) ↩

  16. Así en el original; el cabo Turnagain está a unos 68° de latitud norte. (N. del T.) ↩

  17. El autor emplea Meile, probablemente la milla geográfica alemana (unos 7,4 km); se traduce siempre «milla». (N. del T.) ↩

  18. Elisha Kent Kane. (N. del T.) ↩

  19. El naturalista Georg Wilhelm Steller. (N. del T.) ↩

  20. El original dice «Adalbert von Chamisso». (N. del T.) ↩

  21. Así en el original; Yakutsk está a orillas del Lena, no del Yeniséi. (N. del T.) ↩

  22. Así aquí («Resselaer»); más adelante, «Rensselaer». (N. del T.) ↩

  23. El original omite el año: 1868. (N. del T.) ↩

  24. Bellsund, en la costa occidental de Spitzberg. (N. del T.) ↩

  25. Littleton Island. (N. del T.) ↩

  26. El conde Karl von Waldburg-Zeil, que viajó a Spitzberg con Heuglin en 1870. (N. del T.) ↩

  27. George Washington De Long. El «Jeannette» fue aplastado por el hielo el 12 de junio de 1881, no de 1880. (N. del T.) ↩

  28. Johan Alfred Björling y Evald Kallstenius, desaparecidos en 1892. (N. del T.) ↩

  29. Larvik. (N. del T.) ↩

  30. Eismeister: el piloto experto en navegación entre hielos (en inglés, ice master). (N. del T.) ↩

  31. Así en el original («83° 84′»), cifra imposible. (N. del T.) ↩

  32. Elmwood, la base de la expedición Jackson-Harmsworth en el cabo Flora. (N. del T.) ↩

  33. Wake (pl. Waken): canal o agujero de agua libre en el hielo marino. (N. del T.) ↩

  34. Así en el original («Scott, Hansen»), que hace dos personas de Scott Hansen; «Henriksen» es el Hendriksen citado antes. (N. del T.) ↩

  35. El original dice «achtetagiges», errata por achteckiges, «octogonal». (N. del T.) ↩

  36. El meteorólogo Nils Ekholm; «Eckholm» en el original. El «capitán Palange» no figura en otras relaciones de la expedición de 1896. (N. del T.) ↩

  37. Goethe, Fausto, «Prólogo en el cielo»: Es irrt der Mensch, solang er strebt. (N. del T.) ↩

  38. Kuhblume, nombre popular que suele designar el mismo diente de león; se traduce literalmente. (N. del T.) ↩

  39. El autor distingue Robben y Seehunde, dos nombres de la foca. (N. del T.) ↩

  40. Así, en pasado, en el original («erstreckten sich»). (N. del T.) ↩

  41. Así en el original; la isla de Melville la descubrió Parry en 1819. (N. del T.) ↩

  42. Así en el original; Spitzberg está al este de Groenlandia. (N. del T.) ↩