Alice Rühle-Gerstel:

Lo que asombra al europeo

Instantáneas de México.

Si se mira desde el Castillo,1 el punto más alto de la ciudad, hacia México, aparece como una enorme aldea blanca. Entre el verde y las flores están las casitas, en su mayoría de una sola planta, sobre las que solo destacan unos pocos «rascacielos» y las innumerables iglesias de cúpula —la mayoría, por cierto, contra lo que dicen otras noticias, siguen siendo iglesias como siempre, e incluso bastante concurridas—. Solo aquí y allá se ha dedicado alguna a fines profanos: convertida en museo, en biblioteca, en garaje, y una incluso —en otra ciudad, eso sí— en estación de ferrocarril. El tren entra en la nave y en el altar se venden los billetes. Entre las innumerables iglesias, entre flores y verde, están las casas blancas de azotea plana. En cada tejado, un objeto cilíndrico que a primera vista da la impresión de un cañón particular. Pero no es más que el depósito de agua que cada propietario tiene que instalar, porque la red municipal de agua hace tiempo que ya no alcanza para una ciudad que crece a toda velocidad.

Si se baja del Castillo a las calles —solo en el centro son estrechas y tortuosas; por lo demás, anchas, magníficas y cuidadas como en una moderna ciudad de Europa occidental—, uno se asusta, porque tantas casas se han inclinado hacia atrás desde la fachada vertical que parece que hubieran de derrumbarse hoy mismo. Pero quizá estén así desde hace mucho, desde el último terremoto, en que se tambalearon estas casas, ligeras y delgadas como el aire en que se alzan. Pero tampoco más de una iglesia de siglos ha resistido, y la torre inclinada de Pisa parece un intento infantil junto a los decididos ángulos de 45 grados en que suelen recostarse aquí los edificios. Ahí está el teatro enorme y magnífico, imitación en dimensiones y estilo de la Ópera de París, pero por dentro mucho más suntuoso y moderno, con una sala para 2000 personas, salas de conferencias, de conciertos, de exposiciones y (naturalmente) de asambleas populares.2 En los 26 años que tiene se ha arrodillado casi un piso entero en la tierra.

Ninguna tienda mexicana tiene puerta. Y no solo los comercios están abiertos a la calle, sino también muchas oficinas públicas, en las que los funcionarios ejercen sus funciones de sostén del Estado sin la protección de ventanilla ni reja. Quien quiere ir al dentista no tiene que llamar primero, sino que toma asiento en la sala de espera, tan abierta como entre nosotros un café en la calle. Incluso algunas fábricas producen en plena calle, y al pasar se puede contemplar una máquina de cartonaje, un telar mecánico, un taller de amolado de metales o una prensa de imprenta. Y siempre hay también un montón de gente parada que hace compañía a los que trabajan. Entretanto entran los vendedores de crujientes empanadas de maíz y de pastelitos de colores, y los limpiabotas se arrodillan junto al señor secretario de gobierno, o jefe de sección, o abogado, y le lustran los elegantes zapatos. Él, mientras tanto, rubrica un documento, no sin añadir la inevitable fórmula «Sufragio efectivo. No reelección» (Sufragio válido. Ninguna reelección).3 Un bromista convirtió hace poco esta declaración de lealtad al sistema imperante en su contrario poniendo el punto no detrás de la segunda palabra, sino detrás de la tercera.

Si quieres abrir una cuenta en un banco, tienes que dar primero los nombres de tres personas notables y cumplir además toda clase de formalidades, como si fueras tú el que pide y no el que trae el dinero. ¿Intereses? No hay. Es más: si traes menos de 1000 pesos (7000 coronas), tienes que pagar además comisiones por la molestia de administrar una suma tan ridícula. Si no quieres, no te queda más remedio que depositar tu dinero en el... Monte de Piedad, donde, entre lámparas de araña, pianos y cochecitos de niño, funciona una caja de ahorros que paga a los depósitos un 4 por ciento.

Nos asombra que entre la mucha gente que llama durante el día a la puerta de casa haya relojeros y remendones ambulantes, vendedores de pájaros que no llevan los pájaros en jaulas, sino sueltos sobre ramas, almacenes de ropa ambulantes bajo los cuales apenas se descubre al vendedor. Nos asombra que en una de cada tres casas diga: «Aquí se zurcen medias», hasta que nos enteramos de que coger puntos sueltos es un oficio muy extendido. Y nos resulta curioso el oficio del «escritor público», que se sienta con su máquina de escribir en una esquina y les hace a los iletrados cartas de amor, declaraciones de impuestos y demandas judiciales, pero también rellena formularios y redacta instancias para los letrados. A su lado, ante una imprenta en miniatura de pedal, está el impresor de remiendos, que entrega a los transeúntes esquelas y tarjetas de felicitación «al momento». Leemos divertidos un anuncio de cine que promete a los curtidos mexicanos que la película será «tan sensacional como una revolución», y conmovidos un letrero en una tienda de comestibles que dice: «Por favor, ahórreme la pena de tener que decirle que no cuando me pida fiado». ¡Qué seco y qué rudo suena a su lado nuestro «Solo al contado»!

En el espléndido parque de Chapultepec hay también una pequeña biblioteca al aire libre. Junto a novelas del país contiene también a Cervantes, Goethe y Victor Hugo. Ningún guarda la vigila. Los paseantes toman de la estantería de piedra lo que desean leer, se sientan en una de las anchas y oscuras alamedas sobre una piedra, o al sol en el césped, y devuelven el libro cuando se van a casa. De buena gana leerían en un banco, pero los bancos, ya de por sí escasos, son robados pieza a pieza todas las noches. No así los libros.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen del Prager Tagblatt, n.º 237, domingo 11 de octubre de 1936, pág. 3, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las palabras que la autora da en español («escritor público», el lema de Madero) se conservan; Versatzamt se traduce por el nombre mexicano, Monte de Piedad.

  1. El Castillo de Chapultepec. (N. del T.) ↩

  2. El Palacio de Bellas Artes, inaugurado en 1934, aunque su construcción había empezado en 1904 (de ahí los «26 años»); su enorme peso lo hizo hundirse en el subsuelo blando de la ciudad. (N. del T.) ↩

  3. Lema de la Revolución mexicana (Francisco I. Madero, 1910), obligatorio en la correspondencia oficial; con el punto desplazado («Sufragio efectivo no. Reelección») dice lo contrario. La traducción alemana entre paréntesis es de la autora. (N. del T.) ↩