I
Problemas de la regulación de la natalidad
Por la Dra. Margret Hilferding
Regulación de la natalidad (Geburtenregelung) y limitación de la natalidad (Geburtenbeschränkung) no significan lo mismo.
Limitación de la natalidad quiere decir disminución de la cantidad de nacimientos sin medida determinada y sin consideración de la calidad.
Regulación de la natalidad quiere decir disminución de la cantidad según principios determinados, con mejora (ennoblecimiento) simultánea de la calidad según la experiencia científica.
Mientras que el neomaltusianismo predica la limitación de los nacimientos por sí misma, la nueva doctrina de la regulación de los nacimientos ha nacido de consideraciones de política demográfica y de higiene social. La primera se funda en el motivo, del todo egoísta, del deseo personal, de la capacidad personal de tener descendencia; la segunda ha surgido de los motivos altruistas de las necesidades sociales en cuanto a la cantidad y la calidad de la descendencia. La exigencia de limitar la natalidad es la exigencia de los profanos irresponsables; la exigencia de regularla es la exigencia de la ciencia plenamente consciente de su responsabilidad.
Si emprendemos el examen de los problemas de la regulación de la natalidad, debemos partir ante todo de las condiciones que determinan la clase y la cantidad del producto de la reproducción.
La conservación de los seres vivos está garantizada por su reproducción. La reproducción es la capacidad de la materia viva de producir, mediante la transformación de una parte de su masa corporal, nuevos individuos independientes cuya duración de vida es más larga que la de la materia madre.
En los seres vivos inferiores la reproducción se realiza por división de la forma de vida más simple, la célula. Si la división se hace en dos o más partes iguales, se habla de escisión o división; si se hace en dos partes desiguales, se habla de gemación. Es comprensible que los individuos así producidos, que han salido de la masa de la madre, posean también sus propiedades corporales. Esta forma de reproducción es propia de los seres vivos más bajos. En las formas animales superiores la reproducción se produce también, ciertamente, por separación de masa corporal; pero aquí se requiere que las masas corporales separadas de dos individuos de la misma especie se fundan entre sí y formen un nuevo individuo. Mientras que en la primera forma, la llamada reproducción asexual, los nuevos seres vivos heredan con la masa corporal también sus propiedades, en la segunda, la reproducción sexual, el nuevo ser vivo es una mezcla de dos masas corporales distintas. Según el predominio que tenga la masa de uno u otro individuo, el nuevo ser vivo forma también en todas sus propiedades una mezcla en la que predomina unas veces uno y otras veces el otro progenitor. Las leyes según las cuales se produce la herencia fueron investigadas por primera vez por el gran biólogo Gregor Mendel. La ciencia aún no ha llegado a esclarecerlas por completo.
Los dos progenitores se designan como masculino y femenino, y sus masas corporales separadas y destinadas a la reproducción, como productos sexuales: el semen (masculino) y los óvulos (femeninos). En la mayoría de las formas animales los productos sexuales se expulsan del cuerpo, y queda al azar cuándo se produce su unión, la fecundación. En los peces, por ejemplo, ese azar se hace posible gracias a un número enorme de gérmenes masculinos y femeninos. En las aves y los mamíferos, en los que el número de gérmenes es pequeño, el azar de la reproducción se asegura mediante otro dispositivo. Aquí el semen masculino se vierte, mediante el acto sexual, en una cavidad del cuerpo femenino destinada expresamente a ello y que contiene los huevos. Tras la fecundación, en algunos animales la hembra expulsa enseguida los huevos del cuerpo, y su maduración vuelve a quedar al azar. En los mamíferos, en cambio, los huevos fecundados se incuban en el interior del cuerpo hasta su completa madurez; el órgano destinado a ello se llama útero. Cuando los huevos han alcanzado cierto grado de madurez, distinto en las diversas especies animales, son expulsados mediante el acto del parto. En los marsupiales, por ejemplo, los recién nacidos están tan poco desarrollados que han de guardarse hasta su completa formación en un pliegue especial de la piel, la bolsa. En los mamíferos superiores las crías dependen de la ayuda de uno de los progenitores al menos en lo que toca a la alimentación (leche materna). En el niño humano no basta la ayuda para alimentarse; aquí son necesarios años de cuidados y de educación para alcanzar un grado de madurez que garantice que el joven pueda llevar una vida independiente. Algo parecido vemos también claramente en las aves, en las que una previsión casi humana asegura el aprendizaje de la búsqueda de alimento y del vuelo.
Todos estos dispositivos de protección, cuya enumeración podría ampliarse sin límite, porque cada especie y cada género presenta sus propios dispositivos de vida y de protección, sirven al desarrollo de la cría y garantizan la reproducción. Las inclemencias de la naturaleza, la delicadeza y fácil corruptibilidad de los gérmenes, la hostilidad del entorno, se combaten eficazmente con tales dispositivos, de modo que vemos asegurada por ellos la calidad de la descendencia.
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II
Problemas de la regulación de la natalidad
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(Continuación.)
Pero la sobreabundancia de gérmenes que ha de garantizar la cantidad de la descendencia no daría resultado si no se diera como condición previa que los gérmenes puedan desprenderse del cuerpo de los progenitores y unirse. Ambos procesos van unidos a ciertas sensaciones corporales agradables que garantizan el curso de los procesos sexuales. Formas parecidas de protección de la reproducción las encontramos también en el reino vegetal: mediante el colorido y la forma llamativa de los pétalos, mediante la formación de miel y un olor intenso se atrae a los insectos, que están destinados a producir la unión de los productos sexuales. Una disposición particular de los estambres y del pistilo, que son análogos a los órganos sexuales masculinos y femeninos de los animales, constituye una ayuda más. Y si miramos el traje nupcial de los animales, que casi siempre distingue solo a los machos, vemos que sirve igualmente al fin de excitar a la pareja. El león lleva melena; el gallo, cresta, plumas de colores en la cola y espolones; el faisán macho tiene un plumaje de colores; el pavo real macho hace la rueda; las alas de colores de las mariposas sirven al mismo fin en su vuelo nupcial. Pero vemos también otros medios, más sutiles. Los ciervos braman en la época del celo; algunas aves —por nombrar solo unas cuantas—, el ruiseñor, la alondra, el canario, entonan su canto de cortejo. En muchos animales, unas glándulas próximas a los órganos sexuales segregan además sustancias de olor peculiar: en el castor, el castóreo; en los almizcleros y la rata almizclera, el almizcle, que se elabora también como perfume; en el macho cabrío y el gato, una sustancia olorosa que nos parece sumamente repugnante. También en el ser humano hay, cerca de los genitales, pequeñas glándulas que segregan una secreción de olor penetrante, el esmegma; a los nervios olfativos del hombre primitivo les parecía un perfume y servía para excitar el deseo sexual. Hoy, en la cumbre de la cultura, los hombres preferirían sin duda prescindir de esta secreción, porque a veces se hace notar de forma tan desagradable que quienes la padecen piden remedio al médico. Todos estos dispositivos contribuyen a aumentar la excitación sexual. Producen un mayor riego sanguíneo de los órganos sexuales, tanto en el hombre como en la mujer. La mayor cantidad de sangre hace hincharse un tejido laxo y rico en vasos de los órganos sexuales externos, los llamados cuerpos cavernosos. Estos cuerpos cavernosos y los nervios que terminan en los órganos sexuales son los que provocan la llamada sensación de voluptuosidad, que aumenta mientras dura el acto sexual y solo se extingue tras la evacuación y la unión de los productos sexuales.
Esta sensación de voluptuosidad es la protección más fuerte del acto sexual; sin la sensación de voluptuosidad faltaría el estímulo más importante y eficaz para la reproducción, sin ella no se produciría la unión sexual. Pero ¿qué es lo que desencadena en el ser humano los sentimientos sexuales, lo que los hace distinguirse en masculinos y femeninos, lo que provoca el deseo de la unión sexual, de la reproducción? ¿Por qué aparecen estos sentimientos ligados a la edad, al momento y a las circunstancias de la vida? ¿Por qué en los animales y en las personas de formación primitiva se dirigen indistintamente a todas las parejas del otro sexo, mientras que en las personas más diferenciadas muestran una clara elección de objeto, graduada según las cualidades de la pareja?
La causa del nacimiento de la sexualidad la encontramos en la actividad de las glándulas. Por glándulas entendemos unos órganos del cuerpo de forma peculiar, casi siempre redondeados, que segregan un jugo de composición particular; así conocemos, por ejemplo, la glándula parótida, el páncreas y el hígado, que vierten su jugo por conductos propios en los órganos digestivos. Pero además de este jugo o secreción forman otro, que se vierte directamente en los vasos sanguíneos de las glándulas y de cuya existencia no se tuvo idea durante mucho tiempo. A este segundo proceso lo llamamos secreción interna; se ha visto que tiene una importancia enorme para toda la actividad de nuestro cuerpo, que regula según principios determinados. La glándula de secreción interna más conocida, también para el profano, es el tiroides, situado en la parte anterior del cuello. Antes se creía que para la vida sexual del ser humano solo contaban las glándulas sexuales: en la mujer los ovarios, en el hombre los testículos. Se ha visto que las glándulas más diversas del cuerpo se influyen mutuamente, de modo que el fallo de una glándula acarrea alteraciones de muchas otras. De especial influencia sobre la vida sexual son, por ejemplo, el ya mencionado tiroides, las suprarrenales y las dos glándulas del oído1, hipófisis y epífisis, que son todas glándulas sin conducto excretor, es decir, solo de secreción interna.
Ya la antigua medicina popular conocía la importancia de estas glándulas, mientras que entre los sabios cayeron durante muchos siglos en el olvido y el desprecio. Sabemos por viejos cuentos y leyendas que se come el corazón del enemigo y se bebe su sangre para adquirir su valentía. El cazador de Blancanieves tiene que llevar a la reina el corazón y el hígado de la niña muerta, porque ella cree que así adquirirá una fuerza y una belleza especiales. Los intentos de comer glándulas de animales para aportar así al ser humano el jugo activo de esas glándulas son antiguos. En ciertas enfermedades se han comido, en particular, tiroides y timo (lechecillas de ternera) y se han obtenido resultados. Más tarde se fabricaron extractos de las glándulas que contienen sus jugos en forma concentrada. La industria se ha apoderado del asunto, y apenas hay un órgano del cuerpo al que no podamos añadir jugos procedentes del reino animal si él mismo produce una secreción escasa o de composición deficiente.
(Seguirán otros artículos.)
III
Problemas de la regulación de la natalidad
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(Continuación.)
Los jugos glandulares estimulan, como hemos explicado, la actividad de todas las glándulas y órganos del cuerpo unos sobre otros. Por eso no se los designa solo con la expresión secreción, que significa tanto como segregación, sino que se los llama también hormonas2, según una denominación griega que significa tanto como «provocar», con lo que se caracteriza su propiedad de actuar sobre otras glándulas. Las glándulas del cuerpo existen ya en el momento del nacimiento; su esbozo se forma ya en una época muy temprana de la vida anterior al nacimiento. Así, el recién nacido tiene ya órganos sexuales, que, desde luego, se distinguen de los de los adultos: son proporcionalmente mucho más pequeños y se encuentran todavía en estado de reposo, es decir, aún no segregan hormonas. Niños y niñas se diferencian poco en esa época por la constitución corporal y el aspecto, aunque existe la diferencia de los órganos sexuales. Llamamos madurez sexual al momento en que las glándulas sexuales inician su actividad y forman secreciones u hormonas. Llega unas veces antes y otras después, según la raza, el clima, el modo de vida, la alimentación y el individuo. La llegada de la madurez sexual no se manifiesta solo en el aumento de tamaño de los órganos sexuales y en su función, sino en el desarrollo de todo el cuerpo, que comienza por entonces. Llamamos pubertad a ese momento y a la transformación corporal. Estamos acostumbrados a ver hijos de proletarios de esqueleto delicado, musculatura mal desarrollada y escaso panículo adiposo. Llega la pubertad, y de la criatura delicada sale de golpe un ser sexual plenamente desarrollado y vigoroso. Los huesos crecen a lo largo y se hacen más gruesos, los músculos aumentan, el panículo adiposo de la piel se hace más lleno. Es más: ya algún tiempo antes de la llegada de la madurez sexual podemos predecirla por el aspecto exterior del niño. Aparecen, en efecto, además, aquellas transformaciones que conocemos como caracteres sexuales secundarios y que se encuentran también en los animales. Tanto en el hombre joven como en la mujer joven se forma vello en diversas partes del cuerpo: en ambos sexos, en las axilas y en los genitales; en el hombre, además, en la cara (como barba), así como en el pecho y la espalda. En el hombre aumenta también la laringe y la voz se vuelve grave (se llama muda al cambio de voz entre la voz aguda del muchacho y la grave del hombre, que a menudo dura un año o más). En la mujer se abomba el pecho, las glándulas mamarias aumentan de tamaño y las caderas se ensanchan. Así como la barba es signo de la virilidad alcanzada, el pecho y las caderas se consideran expresión de la capacidad de parir de la mujer. Estos fenómenos faltan del todo o se retrasan cuando la madurez sexual no llega o llega tarde. Lo primero sucede cuando los órganos sexuales faltan en la constitución del cuerpo o han sido extirpados por una lesión o una operación. Entonces el muchacho conserva su laringe pequeña y su voz aguda (de soprano), como ocurría con los cantores jóvenes de la capilla papal. En el hombre, tras la extirpación de los órganos sexuales, cambia el vello, aumenta la adiposidad y su aspecto se aproxima al de una mujer.3 Lo contrario lo encontramos en mujeres sin órganos sexuales o con órganos que funcionan insuficientemente. Adquieren un aspecto masculino, en la barbilla y en las mejillas aparece un vello abundante y el panículo adiposo desaparece. Este estado podemos estudiarlo una y otra vez en las mujeres en el período que llamamos menopausia, en el que se extingue la función de los ovarios. Los ganaderos han aprovechado en especial la experiencia de que la adiposidad aumenta tras la extirpación de la glándula sexual masculina. Así se ceban los capones de Estiria y los cerdos de engorde, cuyo nombre italiano (carne de cerdo castrato) indica a la vez su origen.
Si la glándula sexual falta o funciona deficientemente, desaparece con ello un factor importante que incita al acto sexual. En la mujer tales trastornos se manifiestan casi siempre en un cambio de las hemorragias mensuales y en la imposibilidad de producir óvulos e incubarlos en el útero. En el hombre falta a menudo la capacidad para el acto sexual, así como la capacidad de producir y segregar semen en las glándulas destinadas a ello. Hace tiempo que se intenta remediar tales enfermedades, que limitan la reproducción. Sobre todo la escuela de Viena ha obtenido aquí hermosos éxitos. La aplicación de sustancias glandulares (hormonas), especialmente eficaz mediante inyección en la sangre, el injerto de fragmentos de glándulas sexuales ajenas en el cuerpo, el método del investigador vienés Steinach4, son conocidos.
Fe de erratas: en el número 3, página 7, donde dice glándulas del oído debe decir glándulas cerebrales.
IV
Problemas de la regulación de la natalidad.
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(Continuación.)
La actividad reproductora está asegurada, garantizada, como hemos visto, de tres maneras. Los jugos glandulares provocan en el hombre y en la mujer sentimientos sexuales; el placer que va unido al acto sexual actúa como estímulo para la unión, siempre repetida, de los sexos; y la sobreabundancia de gérmenes, por último, en el hombre y en la mujer, garantiza que de tantos productos de la reproducción, a pesar de todos los daños, se conserve una pequeña parte.
En el hombre el número de espermatozoides es casi ilimitado, y su producción dura en los hombres sanos toda la vida, con excepción de los años de la infancia y de la vejez más avanzada. Su capacidad reproductora es por eso muy grande y, en cuanto a la cantidad, solo depende de la frecuencia del acto sexual. No así en la mujer. En sus ovarios encontramos un número grande, pero contable, de células diminutas, visibles solo al microscopio; son los óvulos, cuya fecundación por el acto sexual solo puede producirse cuando la mujer es sexualmente madura. La madurez sexual llega en nuestras regiones, por lo general, hacia los 12 a 14 años de edad, y dura hasta cerca de los 45 años. A intervalos regulares, aproximadamente cada cuatro semanas, se desprende del ovario una célula encerrada en él. Un aflujo de sangre reforzado la hace hincharse, crece y su envoltura revienta. La célula huevo queda entonces libre en la superficie del ovario y pasa a la cavidad abdominal, donde vaga hasta que la recogen los pliegues de piel de las trompas (trompas uterinas). Queda dado entonces el camino ulterior hacia el útero. El útero es un órgano hueco, del tamaño y la forma de una pera pequeña, destinado a llevar a término el fruto. Por las dos trompas, que terminan en los pliegues de piel mencionados, se establece su comunicación con la cavidad abdominal, y por el cuello uterino y el canal cervical la comunicación con la vagina, que desemboca al exterior entre el ano y el orificio de la uretra y está delimitada por un pliegue de piel anular, el himen, de modo parecido a la boca y los párpados. El aparato genital de la mujer se mantiene en su posición dentro de la cavidad abdominal mediante un ancho pliegue del peritoneo, los ligamentos uterinos. Detrás del útero, en la cara posterior del pliegue, se encuentran los dos ovarios, que tienen aproximadamente el tamaño y la forma de almendras grandes. Si un óvulo no fecundado llega al útero, es expulsado al exterior por la vagina; se produce entonces esa hemorragia que llamamos menstruación de la mujer. Si ha tenido lugar un acto sexual que ha producido la fecundación del óvulo, entonces el óvulo ya no es expulsado: permanece en el útero y anida en su mucosa, que lo envuelve. Pasa entonces por la gran transformación de célula huevo en niño maduro, durante la cual cesa la actividad de los ovarios y se extingue la menstruación. A los nueve meses se produce el parto del niño, al que sigue el estado del puerperio y de la lactancia. Solo al terminar ese período se restablece la función regular de los ovarios.
Como el proceso de maduración del óvulo se repite unas trece veces al año, y durante la madurez sexual (unos 30 años) unas 400 veces, hay, considerado de un modo puramente teórico, una posibilidad de fecundación que, aunque limitada, es con todo grande, si hay relaciones sexuales regulares. Pero es el propio proceso de la fecundación el que restringe más esta posibilidad. Pues durante todo el embarazo y, por regla general, también durante la lactancia, cesa la actividad de los ovarios; ya no hay maduración de óvulos y, por tanto, tampoco posibilidad de una nueva fecundación. Como el embarazo y la lactancia duran en conjunto aproximadamente año y medio, en 30 años de actividad sexual ininterrumpida pueden traerse al mundo unos 20 hijos. Esta cifra de 20 corresponde aproximadamente a la fecundidad natural de la mujer. Es el número de hijos que nos resulta familiar por viejos relatos e historias de familia, el número de hijos de aquellos matrimonios en que las relaciones sexuales se practicaban sin restricción y sin medidas preventivas. Aumenta todavía si los embarazos terminan prematuramente (aborto y malparto), porque entonces la posibilidad de un nuevo embarazo existe al cabo de menos tiempo. Vemos, pues, que la capacidad de parir de la mujer, a diferencia de la capacidad de engendrar del hombre, es grande, pero con todo no ilimitada, y no pasa de cierta medida. Y aún otra diferencia de peso en la vida sexual cambia la actitud del hombre y de la mujer ante la actividad reproductora. Cuando el hombre ha tenido relaciones sexuales y ha vertido sus productos sexuales en el cuerpo de la mujer, sobreviene el reposo para su vida sexual. No así en la mujer: en su cuerpo se encuentran ahora no solo los productos sexuales femeninos, sino también los masculinos. La unión de ambos se produce en el cuerpo de la mujer. De ellos, así como del óvulo fecundado, pasan a la sangre, de modo parecido a lo que ocurre con las glándulas, sustancias especiales que, a la vez que crece el fruto, provocan en el cuerpo de la mujer transformaciones, transformaciones que llamamos embarazo. La mujer queda ahora cargada, en cuerpo y alma, con la tarea de llevar el fruto a la madurez.
(Seguirán otros artículos.)
V
Problemas de la regulación de la natalidad.
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(Continuación.)
Cuando, tras el acto sexual, uno de los espermatozoides masculinos ha penetrado en el óvulo dentro del cuerpo de la mujer, se produce la fusión de ambos. Se une, pues, una parte de la masa del individuo masculino con una parte de la masa del individuo femenino; a este proceso lo llamamos fecundación. Como las dos masas corporales (masas hereditarias) se mezclan, no nos extraña encontrar en el nuevo individuo propiedades de ambos progenitores. Si la masa hereditaria del padre y de la madre contuviera iguales disposiciones corporales en igual cantidad y distribución, todos los hijos de un matrimonio serían sin duda completamente iguales entre sí. Por razones que desconocemos, predomina unas veces una y otras veces la otra masa hereditaria, y dentro de la masa hereditaria misma, unas veces esta y otras aquella propiedad. Por eso los hijos de los mismos padres presentan las proporciones más diversas en la mezcla de las propiedades heredadas. Las leyes de la herencia aún no se conocen del todo; el primero que las estudió, el naturalista Gregor Marchl5, hizo sus experimentos con guisantes de flor roja y blanca. La práctica y la teoría de la herencia son mejor conocidas por los jardineros y los ganaderos que por los médicos; en los animales y las plantas se ha convertido sin duda en una ciencia experimental, mientras que en los seres humanos sigue siendo, por ahora, una ciencia de observación. La doctrina de la procreación conveniente se llama eugenesia (Eugenik), en alemán Wohlzeugungslehre [doctrina de la buena procreación]. Entre tantos gérmenes y óvulos los hay que han sufrido algún daño. Es tarea de la eugenesia excluir tales masas hereditarias de la reproducción, porque darían frutos menos viables o inferiores en otro sentido. Un empeoramiento de la disposición germinal (degeneración germinal, Keimverderbnis) lo producen enfermedades e intoxicaciones. Entre los peores corruptores del germen se cuenta la sífilis, una enfermedad venérea muy extendida. Se contrae casi siempre por el acto sexual, pero se comunica a la sangre del enfermo y a todos sus humores y órganos. Si la enfermedad es de corta duración o el tratamiento insuficiente, los gérmenes quedan tan gravemente dañados que el fruto muere prematuramente en el seno materno; si la enfermedad ya está en parte superada, el fruto se desarrolla algo más de tiempo y llega al mundo en los últimos meses del embarazo como parto prematuro o como mortinato, con claros signos de la enfermedad heredada. En un período aún más tardío de la enfermedad, el niño nace vivo y al final del embarazo, y o bien trae consigo manifestaciones de la enfermedad, o bien las muestra días, semanas, meses o años después. La sífilis hereditaria de los niños puede adoptar diversas formas; se manifiesta en enfermedades de los oídos y de los ojos, que pueden llevar incluso a la ceguera y la sordera prematuras, en enfermedades de las articulaciones y de los huesos y en enfermedades de los nervios. A consecuencia de la enfermedad del sistema nervioso, tales niños resisten mucho menos las influencias nocivas. Caen más fácilmente en la embriaguez y en otras tentaciones; se convierten en delincuentes, en enfermos mentales, y tienden a la actitud asocial. Efectos parecidos, nocivos para el germen, los produce el alcohol. Los hijos de bebedores y de sifilíticos llenan los manicomios y las cárceles. La heredabilidad de los daños germinales nos la muestra de modo muy particular la llamada hemofilia, que consiste en que el enfermo presenta, con lesiones pequeñas, hemorragias graves, a menudo mortales. Esta enfermedad afecta solo a los miembros masculinos de una familia y se salta a los femeninos, que, sin embargo, siguen transmitiendo la disposición germinal. El padre es hemofílico y tiene hijos e hijas; de los hijos, algunos son hemofílicos y otros están sanos; las hijas están todas sanas. Se casan con hombres sanos, y en su descendencia masculina, así como en la de todos sus hermanos, sanos y enfermos, vuelve a haber algunos hemofílicos. Si se casan dos hijos de familias hemofílicas, se suman las masas hereditarias gravemente dañadas de ambas familias y engendran una descendencia doblemente amenazada. Los destinos de toda una aldea de familias hemofílicas los describe el escritor suizo Ernst Zahn en su novela corta Die Frauen von Tanne [Las mujeres de Tanne]. Igual que en los hemofílicos, en los matrimonios entre parientes se suman también los daños germinales iguales; por eso vemos a veces en su descendencia niños gravemente dañados, sordomudos, idiotas. Ejemplos parecidos los ofrecen también las dinastías de Europa, esas familias que por interés de casta se han casado siempre entre sí. La endogamia hace que en su descendencia se encuentren en gran número enfermedades mentales e inferioridades.
Estos pocos ejemplos muestran qué importancia tan alta tiene la selección de las masas hereditarias. La eugenesia tiene la tarea de impedir que la masa germinal transmita daños y de lograr que se cultiven las buenas cualidades. ¿Cómo puede cumplir esta tarea? Por un lado mediante la coacción, por otro mediante la información, ambas con el fin de que se evite de raíz la adquisición de daños germinales (sífilis, alcoholismo) y de que, sobre todo, no se reproduzcan quienes ya están dañados. A los delincuentes y enfermos mentales se lo impide ya el modo de su internamiento y aislamiento en establecimientos. Un paso más en ese sentido sería la esterilización artificial mediante operación.
Pero lo esencial sigue siendo la información sobre los fines de la eugenesia, tal como se da especialmente en los consultorios de orientación matrimonial. Por ella se apela a la responsabilidad de la población, que aprende a comprender que tiene el deber de no dar a la sociedad hijos engendrados sin elección y con daños germinales, sino de engendrar conscientemente una descendencia sin daños.
(Seguirá otro artículo.)
VI
Problemas de la regulación de la natalidad.
Por la Dra. Margret Hilferding.
Tan decisivas como la masa hereditaria son para el desarrollo del niño las condiciones de crianza que encuentra después de nacer. Ya en los animales encontramos disposiciones que hacen posible la crianza de los pequeños. La construcción de nidos de las aves y de algunos peces, las moradas (cuevas, galerías) de los mamíferos, el acarreo del alimento, la instrucción de las crías en correr, volar, nadar, cazar, pertenecen a este capítulo. Cuanto más tiempo necesita la cría para su completo desarrollo corporal, cuanto menos desarrollada nace, tantas más disposiciones han de tomar los padres para su crianza.
Para la descendencia humana, con su prolongado desvalimiento, esto significa vivienda, alimento, vestido, educación y formación para la independencia, para ganarse la vida. La familia y la sociedad proporcionan al niño estas prestaciones, que tienen para la formación de su ser una importancia tan decisiva como lo que trae de nacimiento. Pero el concepto de familia ha experimentado un cambio en los últimos decenios. Antes se componía del padre y la madre, por un lado, y de un grupo más o menos grande de hijos, por otro. Hoy vemos familias con dos hijos o incluso con uno solo. La solicitud paterna, que antes se extendía a toda la numerosa descendencia, se concentra ahora en ese hijo único o en esos dos hijos. Estas condiciones de crianza cambiadas no pueden quedar sin efecto sobre el desarrollo del niño. Y hemos de comprobar que el efecto no es bueno. Mientras que en la familia antigua un grupo pequeño con la máxima autoridad (los padres) tenía enfrente a una multitud de hijos, en la nueva familia actual vemos que al lado de los padres hay solo uno o dos hijos, a los que naturalmente aplasta la preponderancia de la autoridad paterna. Es más, hemos de preguntarnos si semejante familia merece todavía el mismo nombre que la familia numerosa de otros tiempos. ¿Es todavía la escuela preparatoria de la sociedad, la educación para la actitud social, por la que se tenía a la familia antigua? Hemos de señalar que, según la experiencia, los hijos de matrimonios de uno o dos hijos plantean a la educación las mismas dificultades que en la familia antigua los hijos mayores o los menores. Quizá no sea casualidad que los grandes hombres del pasado salieran casi siempre de familias numerosas. Alfred Adler, el fundador de la psicología individual, ha mostrado sobre todo que los niños que no han aprendido en la familia a integrarse en la comunidad fracasan en la sociedad por su actitud asocial. Y precisamente el hijo único y el niño de dos hermanos están predestinados a la actitud asocial por el ambiente de la familia pequeña. Pues a la autoridad opresiva de los padres, que engendra sentimientos de inferioridad, no se opone la comunidad infantil de la familia numerosa, sino solo el niño aislado. Son numerosos los intentos de sustituir para los niños la familia numerosa mediante la creación artificial de un ambiente. La creación de establecimientos educativos de todo sistema, de grupos de trabajo, de la educación en grupo, pertenece a este capítulo. A pesar de todos sus éxitos, no pueden compensar del todo los daños de la educación en la familia pequeña. Como los padres solo tienen uno o dos hijos como objeto de su amor, de sus cuidados, de su atención y también de sus propios instintos asociales, los hijos están demasiado vigilados, dirigidos, amados, y van camino de convertirse en neuróticos, en personas nerviosas y asociales. También este hecho hemos de tenerlo presente: la regulación de la natalidad exige también que tengamos en cuenta el crecimiento del ser humano en familias numerosas como uno de los factores más importantes de su desarrollo. Ante la importancia predominante de este problema deben pasar a segundo plano todas las demás cuestiones de la crianza de los jóvenes, como la vivienda, el vestido, la alimentación, las posibilidades de formación individual de la inteligencia y del talento. Al deseo de familias numerosas se oponen, sin embargo, numerosos obstáculos por parte de los padres, el más importante de los cuales lo constituye la necesidad material. Le sigue en peso el hecho de que la mujer, que antes estaba en condiciones de dedicarse casi exclusivamente a la crianza de sus hijos, se ve ahora muy absorbida por el trabajo profesional.
Es, pues, un deseo legítimo de los padres poner de acuerdo el número de sus descendientes con sus propias circunstancias de vida y con las condiciones de la sociedad en que vivimos. Desde un punto de vista puramente técnico existe ya hoy la posibilidad de semejante regulación de la actividad reproductora. En primer lugar, es posible practicar el acto sexual de modo que los productos sexuales masculinos no lleguen a la cavidad genital de la mujer (coitus interuptus6 y condón). En segundo lugar, existe la posibilidad de cerrar la cavidad uterina de la mujer de tal modo que los espermatozoides no puedan penetrar (pesario). En tercer lugar, los espermatozoides que ya han penetrado pueden eliminarse por medios mecánicos (lavados). En cuarto lugar, mediante la acción de medios químicos (Vaginol y semejantes) introducidos en la vagina de la mujer, puede destruirse la vitalidad de los espermatozoides. Aunque todos estos recursos no protegen incondicionalmente del embarazo, está demostrado que reducen muy fuertemente el número de descendientes.
(Concluirá.)
VII
Problemas de la regulación de la natalidad.
Por la Dra. Margret Hilferding.
(Conclusión.)
La prevención del embarazo (prevención) es capaz de lograr la regulación de los nacimientos en cuanto al momento y las modalidades de la procreación. Aunque no resulte fiable en cada caso particular, su influencia en la limitación de la natalidad es indiscutible. Permite separar de la procreación de hijos el placer obtenido en el acto sexual; la procreación de hijos puede emprenderse, por tanto, con plena consideración de las circunstancias que en los artículos anteriores hemos examinado como importantes para la reproducción. La selección en cuanto a la calidad de la masa hereditaria de ambos padres, la elección del momento más favorable para la procreación según factores externos e internos, la cantidad de la descendencia, quedan aseguradas mediante una prevención adecuada y practicada con constancia. La información de los padres en los consultorios, mediante conferencias y periódicos, tendrá éxito si al mismo tiempo se da la posibilidad de la prevención mediante un fácil acceso a los medios preventivos. Las cajas de enfermedad podrían cumplir esta tarea con una pequeña carga material si por fin tuvieran la comprensión necesaria para ello. Toda prevención lograda hace superfluo aquel otro método de limitación de la natalidad del que queremos hablar para terminar. Es el aborto provocado.
El intento de impedir el aborto con medios legislativos procede de una época en que esta intervención no era conocida como prestación médica. Se dirigía entonces contra aquellos medios violentos, completamente rudos y brutales, con los que los profanos intentaban antes provocar un aborto. Eran venenos fuertes, en particular el fósforo, y lesiones corporales de tipo grosero. Su resultado era siempre un daño a la salud de la mujer afectada, a menudo con desenlace mortal, mientras que el aborto no siempre se lograba. La concepción del aborto como lesión corporal grave es todavía hoy reconocible en el texto de la ley (§ 144 y siguientes)7. De una intervención médica, como hemos dicho, no podía hablarse entonces todavía; la aplicación de la ley a las operaciones médicas es, por tanto, un anacronismo, y ya es hora de que se modifique. Sobre el modo de esta modificación se libra una lucha encarnizada, que queremos iluminar con los conocimientos que hemos obtenido en los artículos anteriores.
Hemos de admitir sin más que, dado el enorme interés que la sociedad tiene en la calidad y la cantidad de la descendencia, no se le puede negar el derecho de decisión sobre miembros aún no nacidos, pero vivos. La destrucción de tal vida solo debe hacerse, por tanto, en interés de la sociedad, en aquellos embriones para los que la prevención habría estado justificada. Pero si a la sociedad se le da un derecho de veto, como contrapartida tiene que asumir y compartir también todos los deberes que sirven a la preparación y al ejercicio de la paternidad (maternidad). No solo tiene que informar a los padres sobre los fundamentos de la política demográfica; tiene que crear primero las condiciones previas de toda política demográfica. La cuestión de la exclusión de las masas hereditarias enfermas tiene que resolverse igual que las cuestiones de la crianza del futuro niño. La asistencia al embarazo y a la lactancia, la eliminación de la miseria material y de la escasez de vivienda, la asistencia educativa en la mayor escala serán el reconocimiento y la contrapartida de la prestación de los padres.
También será tarea de la sociedad, en todos los casos en que no reclame la vida del descendiente, es decir, en que dé su consentimiento al aborto en alguna forma que habrá de fijar la ley, procurar que esa intervención pueda realizarse con el menor peligro posible para la madre.
Gracias a los progresos de la técnica operatoria y de la asepsia, la intervención médica ha alcanzado una perfección que hace muy pequeño el riesgo para la madre si los casos se escogen con buen juicio y la intervención se realiza con una técnica irreprochable. Quizá una época posterior lo reduzca todavía más.
En cambio, sigue en pie esa enorme cantidad de casos en que las mujeres —y siempre las más pobres y desvalidas—, a menudo empujadas precisamente por las amenazas del § 144, acaban en manos de curanderos8 y pagan la deficiente asistencia de la sociedad en materia de regulación de la natalidad con la salud, con la muerte, con la deshonra y la cárcel. Hay que encontrar un camino para ayudar a esas mujeres; y solo consideraremos buena una modificación del § 144 si elimina del mundo la injusticia, el carácter asocial y el peligro para vidas humanas que hoy forman parte de la práctica de esos artículos y de todos los que los aplican.
Hemos de volver aquí a una observación del primer artículo, que se refería a la diferencia entre regulación y limitación de la natalidad. «La limitación de la natalidad se funda en el motivo, del todo egoísta, del deseo personal, de la capacidad personal de tener descendencia. La regulación de la natalidad nace de los motivos altruistas de las necesidades sociales en cuanto a la cantidad y la calidad de la descendencia. La exigencia de limitar la natalidad es la exigencia del profano irresponsable; la exigencia de regular la natalidad es la exigencia de la ciencia consciente de su responsabilidad.»
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de los facsímiles de Die Mutter. Halbmonatsschrift für alle Fragen der Schwangerschaft, Säuglingspflege und Erziehung (Viena) en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek: entrega I, 16.12.1924, pág. 4 (MH1924-01); II, 1.1.1925, pág. 7 (MH1925-01); III, 16.1.1925, págs. 9-10 (MH1925-02); IV, 1.2.1925, págs. 10-11 (MH1925-03); V, 16.2.1925, págs. 9-10 (MH1925-04); VI, 16.3.1925, pág. 8 (MH1925-05); VII, 1.4.1925, págs. 6-7 (MH1925-06). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en entregas, los encabezamientos de cada una, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la nota de la autora; las erratas del impreso se señalan en notas del traductor. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Gehördrüsen, «glándulas del oído», en el original; la fe de erratas publicada al final de la entrega III corrige Gehirndrüsen, «glándulas cerebrales», que es lo que corresponde a la hipófisis y la epífisis. (N. del T.) ↩
El original imprime Harmone (y poco después Hormome), erratas por Hormone. La etimología que da la autora corresponde al griego hormáein, «excitar, poner en movimiento». (N. del T.) ↩
A tales hombres, llamados eunucos, los empleaban los turcos como guardianes del harén inofensivos, por carecer de sexo. ↩
Eugen Steinach (1861-1944), fisiólogo vienés, conocido en los años veinte por sus experimentos de trasplante de glándulas sexuales y por la llamada «operación de rejuvenecimiento» (ligadura de los conductos deferentes). (N. del T.) ↩
Así en el original, errata evidente por Gregor Mendel, a quien la autora nombra correctamente en la entrega I. (N. del T.) ↩
Así en el original, por coitus interruptus. (N. del T.) ↩
Los §§ 144-148 del código penal austriaco de 1852 castigaban el aborto provocado (a la mujer, con prisión de seis meses a un año, y más gravemente a quien lo practicaba). Su reforma fue objeto de un intenso debate en la Viena socialdemócrata de los años veinte. (N. del T.) ↩
Pfuscher: quien ejerce sin título una actividad reservada, aquí el aborto practicado por personas sin formación médica; se traduce por «curandero» (cf. Kurpfuscherei, «curanderismo», en el glosario). (N. del T.) ↩