Por la Dra. Margarete Hilferding.

I

A los seres vivos les ha sido dada la facultad de reproducirse. El ser individual (individuo) es capaz de transformar una parte de su masa corporal de tal modo que esta llega a ser capaz de llevar una vida independiente y de volver a ser apta para la reproducción. En las formas animales inferiores, por ejemplo los corales, la reproducción se produce por vía asexual, mediante la separación de una yema del cuerpo. En las formas animales superiores la reproducción se produce por vía sexual, es decir, mediante la unión de las células reproductoras femeninas (óvulos) con las masculinas (semen). En los peces, por ejemplo, las células germinales son expulsadas tanto por el macho como por la hembra, y queda al azar si su unión (fecundación) llega a producirse y cuándo. Solo cuando el espermatozoide y el óvulo se tocan y se funden uno con otro (fecundación) puede desarrollarse del óvulo fecundado el nuevo ser vivo. En las aves y los mamíferos los óvulos son fecundados en el cuerpo de la hembra, al vaciar el macho su semen, mediante el acto sexual, en una cavidad del cuerpo femenino destinada a ello. Los huevos son expulsados después del acto sexual (de la fecundación), y su desarrollo ulterior sigue caminos distintos. Los huevos de las serpientes y los lagartos se incuban por la influencia del calor del sol o de la tierra; las crías salen del huevo y son enseguida capaces de vida independiente. Solo en el espinoso, por ejemplo, se ocupan los padres de la cría de la prole. Entre las aves, que incuban sus huevos, distinguimos las nidícolas y las nidífugas. En las nidífugas, las crías, cuando dejan el huevo, son capaces enseguida de buscarse el alimento por sí mismas. Están bien desarrolladas, llevan plumaje, y el cuidado ulterior de las aves progenitoras es más el de una educadora que el de una niñera. Entre las nidífugas se cuentan nuestras gallinas, patos y gansos. Los pájaros cantores y otros son nidícolas: salen del huevo casi sin plumas, en estado de desvalimiento, y los padres los guardan aún largo tiempo en el nido, los calientan y los ceban hasta que alcanzan la independencia.

En los mamíferos, los óvulos no se expulsan inmediatamente después de la fecundación, sino que son llevados durante un tiempo más o menos largo en el cuerpo de la madre, en un órgano formado expresamente para ello (el útero), y solo cuando han alcanzado cierto grado de desarrollo son paridos. Los recién nacidos de los marsupiales (canguro) son tan poco viables que la madre los lleva aún largo tiempo en un pliegue de la piel (bolsa) y solo tarde alcanzan su independencia. También los mamíferos superiores dependen todavía, al menos en lo que toca a la alimentación, de la leche materna.

El niño humano nace en un estado de desarrollo que lo hace depender todavía durante años de los padres, y no solo en lo que toca a la alimentación con la leche materna. La incapacidad del niño humano para valerse por sí mismo, y la necesidad que de ella resulta para los padres de hacerse cargo de ese cuidado, dura hasta que es capaz de ganarse la vida, y como mínimo hasta los catorce años.

Vemos, pues, en todos los seres vivos que la prole necesita para su desarrollo dispositivos de protección especiales. Estos dispositivos de protección consisten o bien en un número tan grande de gérmenes que, pese a la destrucción general de gérmenes en la naturaleza,1 siempre quedan seres vivos suficientes para asegurar la reproducción, o bien en que la prole se deposita en circunstancias favorables (en lugares donde las crías que salen del huevo encuentran alimento), o bien en que el cuidado de los padres sirve a la protección de los gérmenes. Cuantos menos gérmenes, tantas más medidas de protección son necesarias para su conservación. Cuantos más gérmenes, tanto más puede dejarse el desarrollo al azar.

Preguntémonos ahora en qué forma está asegurada la reproducción en el ser humano.

Mientras que los gérmenes masculinos existen en el hombre adulto en cantidad casi ilimitada, los óvulos femeninos muestran una limitación en su número. Durante el período de madurez sexual de la mujer (unos 35 años) madura cada mes un óvulo en los ovarios. Si uno de esos óvulos es fecundado, la actividad de los ovarios se extingue mientras dura el embarazo, y a menudo también durante la lactancia que sigue. En la mujer sexualmente activa, la maduración de los óvulos se produce, pues, a intervalos mucho más largos (de hasta año y medio). Vemos que el número de embarazos lo limita precisamente la fecundación misma. En la mujer sin actividad sexual se producen en la edad fértil unos 450 óvulos; en la sexualmente activa —si suponemos intervalos de año y medio—, de 22 a 23, siempre que cada relación sexual sea fecunda. Esta cifra de gérmenes puede alcanzarse con órganos sexuales completamente sanos. Es el número de hijos que conocemos por los relatos de nuestras abuelas. Una actividad reproductora tan fecunda ya no está en el interés de la mujer, y queremos mostrar por qué.

(Continuará.)

II

Cuando la mujer ha alcanzado la madurez sexual, entre los 10 y los 15 años, en cada relación sexual que tiene lugar existe la posibilidad de una fecundación. Mientras que el óvulo no fecundado abandona el cuerpo de la mujer con los fenómenos de la menstruación, el óvulo fecundado se asienta en el útero y alcanza en él su desarrollo en unos nueve meses. Durante el embarazo, y a menudo también durante la lactancia que le sigue, no maduran, como ya se ha dicho, nuevos óvulos. Esta autoprotección del cuerpo femenino hace que el número de partos en la vida de una mujer rara vez pasara de 20 a 25. Pero aumenta si los embarazos no llegan a término, sino que se multiplican por partos prematuros y abortos, tanto más cuanto que con los fetos no viables desaparece también la lactancia (Laktation) con su protección. Rige, pues, la curiosa fórmula: cuantos más embarazos, tanto menos hijos. Y esta fórmula vale en cierto sentido para nuestra crianza de los hijos en general. Pues cuantos más hijos, tanto más desfavorables y difíciles las condiciones de existencia de la familia, tanto más devastadoras las consecuencias de la desnutrición, la enfermedad, la falta de cuidados, la incapacidad de la madre para amamantar. Si tras 20 a 25 embarazos solo se crían 3 o 4 hijos hasta que ellos mismos son aptos para reproducirse, todos los demás embarazos han sido en vano. Son una explotación abusiva2 de la mujer, una explotación abusiva del cuerpo y del alma. Pero significan también, desde el punto de vista de la economía nacional, una inversión de capital inútil, inútil tanto en lo que respecta al capital humano, la madre, como en lo que respecta a los valores materiales que se derrocharon sin provecho.

La crianza aun de un número pequeño de hijos es un trabajo que basta para llenar la vida de la mujer. La mujer de hoy, a quien las circunstancias obligan al trabajo profesional, solo con dificultad puede soportar la doble carga. O bien la profesión no se cumple plenamente, o bien la crianza queda relegada, o bien la mujer se derrumba en el empeño de cumplir con ambos deberes. El instinto de conservación hace que, de estas tres posibilidades, la que más sufra sea la crianza de los hijos.

Las mujeres rechazan la maternidad, y no solo las comodonas, las superficiales, las incapaces de sacrificio; no: precisamente las mejores y más capaces, las que están penetradas de amor maternal, de solicitud maternal, elegirán no tener hijos, en la certeza de no poder cumplir plenamente con su maternidad. La huida ante el hijo que hemos vivido en los últimos decenios es una grave preocupación para los políticos de la población. Pero tampoco nuestro partido puede pasar con indiferencia ante un fenómeno que priva al socialismo de sus portadores en el futuro. El problema del presente es crear para los descendientes las condiciones de crianza más favorables posibles. Las exigencias más importantes son:

  1. Mediante la selección de padres fuertes y sanos debe limitarse la transmisión hereditaria de enfermedades a los hijos, así como la influencia de la enfermedad de los padres en el niño pequeño.

  2. La concepción no debe producirse bajo los efectos del alcohol, que daña demostradamente a los fetos.

  3. La procreación debe tener lugar en aquellos años en que, demostradamente, se obtiene la descendencia más fuerte y más resistente.

  4. Los individuos y la colectividad (el Estado) deben tomar las medidas adecuadas para la protección sanitaria y material de la descendencia.

La consecuencia de tales medidas se hará notar inmediatamente en que disminuirán la mortalidad y la frecuencia de enfermedad (morbilidad) de los niños. Pero tampoco faltará el efecto indirecto. Cuando los padres, y en especial las madres, vean que pueden criar a sus hijos con menos trabajo, preocupación, sufrimiento y gasto que antes, despertará de nuevo en ellos el deseo de tener hijos. Pero ya no querrán, como antes, dejar al azar cuántos embarazos han de pasar para criar uno o dos hijos, sino que emprenderán conscientemente la regulación de su descendencia.

Vemos así que la huida ante la maternidad lleva en sí su propio remedio: el deseo del hijo querido en lugar de la maternidad por azar de las generaciones anteriores.

M. H.

III

La limitación y la selección consciente de la descendencia es una institución humana antiquísima. Sus formas más antiguas se han conservado hasta nuestros días y se encuentran en los pueblos primitivos de todas las épocas y países. Algunas costumbres están tan arraigadas que se incorporaron a leyes religiosas o estatales, o bien, por el contrario, estaban amenazadas con graves penas. A ellas pertenecen:

  1. La abstinencia completa.

  2. La limitación de las relaciones sexuales a ciertos períodos desfavorables para la fecundación.

  3. Impedir la fecundación en la relación sexual.

  4. El abandono de los niños (infanticidio).

La abstinencia completa (renuncia a las relaciones sexuales) la encontramos en tiempos antiquísimos entre los santos de la antigua India, pero también más tarde como precepto religioso para sacerdotes y sacerdotisas, desde las vestales de la antigua Roma hasta el celibato del catolicismo moderno. Sus causas son las mismas que en otras formas de limitación de los nacimientos, a saber, el estorbo que el hijo y la posibilidad de engendrarlo suponen para la profesión (el culto divino).

El conocimiento de que la relación sexual en ciertos períodos (hacia el final de la menstruación y justo después de ella) conduce a la fecundación con más frecuencia que en otros halla su expresión en las leyes mosaicas, que aún hoy observan los judíos ortodoxos, en una disposición que, mediante ciertas prácticas rituales, asegura a la mujer verse libre de relaciones sexuales aun después de terminada la menstruación. El impedimento de la fecundación mediante lo que hoy llamamos relación sexual interrumpida, o «tener cuidado», se menciona en la Biblia en la historia de Onán, que por ello incurrió en un severo castigo de Dios.

Mencionemos aquí todavía uno de estos medios, cuya importancia las mujeres no aprecian plenamente. Es la protección contra el embarazo que confiere la lactancia. No, desde luego, como si una breve lactancia de dos o tres meses fuera segura. No: solo donde la lactancia dura más tiempo y se practica con cada hijo se produce como consecuencia que los embarazos posteriores tengan lugar a intervalos más largos, si bien con el primer y el segundo hijo la protección no es todavía plenamente eficaz.

El abandono de los niños, como forma más benigna del infanticidio, se practicaba en Esparta, aquel pequeño Estado griego que tenía la aptitud guerrera de sus ciudadanos por la exigencia suprema y por eso consagraba a la muerte en las montañas inaccesibles a todos los niños débiles, poco desarrollados o deformes. También la historia de Rómulo y Remo nos muestra cómo se abandonaba a los niños no deseados. En la prehistoria de todos los pueblos encontramos leyendas de niños expósitos. Y el abandono del niño (en casos raros, el infanticidio) es aún hoy un medio muy socorrido para todas las que quieren sustraerse a las consecuencias de la maternidad.

Otro medio, que se practica también en todos los pueblos primitivos pero que hoy, en la época del progreso de la cirugía, ha cobrado una importancia especial, es el aborto provocado (interrupción prematura del embarazo). En los pueblos primitivos el aborto se provocaba mediante determinadas maniobras, pero también con remedios internos. Los remedios internos (medicamentos) eran siempre venenos violentos que, al causar la muerte del feto y con ella su expulsión, dañaban también tan gravemente el cuerpo de la madre que la consecuencia era una larga enfermedad o la muerte. Hasta hace muy poco se usaba el fósforo como remedio popular, y ha hecho estragos terribles entre las madres jóvenes e insensatas. Los remedios que hoy anuncian en los periódicos los curanderos y se venden a precio caro son casi siempre inocuos y solo actúan en cuanto vacían el bolsillo de la madre y llenan el del curandero.

El aborto de hoy es casi sin excepción una intervención quirúrgica que practican manos autorizadas y no autorizadas. El método más antiguo, que todavía hoy emplean en su mayoría las comadronas, consiste en lesionar el huevo, y matar con ello el feto, mediante un estilete introducido (tubito, cánula, jeringa uterina). La expulsión del feto se produce algún tiempo después sin más ayuda, a no ser que la requieran las consecuencias funestas de la intervención, frecuentes, de las que hablaremos enseguida.

El método médico (quirúrgico) actual desprende el feto del útero con ayuda de instrumentos y extrae a la vez las membranas y la placenta. Los peligros de ambas intervenciones son grandes; pueden reducirse con una ejecución precisa, escrupulosidad y una limpieza minuciosa, pero nunca eliminarse del todo. Entre ellos hay que mencionar especialmente:

  1. La lesión.

  2. La infección.

  3. La hemorragia.

La lesión depende en último término de la habilidad de quien practica la intervención. Se produce con mayor probabilidad cuando el aborto lo practican las propias mujeres o los curanderos; pero también el aborto de la comadrona y del médico mejor formado puede causar lesiones. Las lesiones pueden ser de naturaleza tan grave que hagan necesarias grandes operaciones y aun así conduzcan a menudo a la muerte.

La infección, que provoca la temida fiebre puerperal, se debe a veces, sin duda, a una limpieza insuficiente de los instrumentos y las manos de quien interviene. Pero también hay en el cuerpo y en los órganos genitales de la mujer numerosos gérmenes que, aun con la ejecución más precisa de la intervención, pueden provocar una infección. Tales infecciones llevan a veces rápidamente a la muerte; muy a menudo traen a la mujer años de grave invalidez, con enfermedades del útero y los ovarios y también de los pulmones, del corazón y aun de todos los demás órganos. Las enfermedades crónicas de los órganos genitales que llevan a tantas mujeres al médico proceden en gran parte de la infección en un aborto.

El último peligro que hay que mencionar es el de la hemorragia; como todo aborto va acompañado de hemorragia, habría que decir propiamente: la hemorragia que pone en peligro la vida. Aquí es la habilidad de quien interviene la que puede evitar una hemorragia. Por eso la hemorragia es casi evitable en todas las intervenciones que practican médicos, mientras que en las practicadas por comadronas y curanderos se produce con frecuencia. Lleva al debilitamiento, y aun a la muerte por la pérdida de sangre.

Muy a menudo se pinta a las mujeres la intervención para interrumpir el embarazo como inofensiva y sin peligro. En particular se afirma que en los tres primeros meses del embarazo es inocua. Es verdad que el peligro de hemorragia es menor al comienzo del embarazo; pero los peligros de lesión y de infección son los mismos. Ciertamente, el estado de ánimo y de espíritu de las mujeres al comienzo de un nuevo embarazo es a menudo tal que están dispuestas a cargar con cualquier peligro para la vida y la salud antes que dar la vida al hijo no querido. Pero haríamos mal en aprovechar ese estado de ánimo enfermizo unido al embarazo para engañar a las mujeres sobre la gravedad de la decisión.

Nunca se dirá con bastante frecuencia ni con bastante insistencia que el aborto es la forma más brutal y más peligrosa de limitar los hijos y que cualquier otro medio que se emplee es preferible a él, en interés de la salud y el bienestar de la mujer misma.

Pero ¿por qué, tenemos que preguntarnos, está tan extendido y es tan socorrido precisamente este medio? ¿No podemos mover a los hombres y a las mujeres a intentar más bien evitar el embarazo con medios inocuos que reparar lo sucedido con una intervención peligrosa? ¿Por qué se emplean tan poco los medios que conocemos y cuya fiabilidad es grande?

La culpa la tienen, por un lado, la indolencia (indiferencia) de las mujeres y, por otro, el egoísmo de los hombres. Los hombres no quieren que se les estorbe en su placer, ni siquiera dedicando un pensamiento a cómo pueden evitarlos.

Las mujeres, por su parte, aceptan sin protestar las relaciones sexuales y los embarazos que de ellas se siguen como inevitables, como queridos por Dios o por el destino. Los antiguos remedios populares, por un lado, no gustan y, por otro, son de efecto inseguro en cada caso. No puede negarse que la relación sexual interrumpida trae consigo trastornos de la vida nerviosa para el hombre y para la mujer. La abstinencia completa, por su parte, puede recomendarse temporalmente, pero no por largo tiempo, ya que a menudo perjudica gravemente la vida individual. Limitar las relaciones a determinados períodos es a menudo impracticable.

Aquí entra en escena la industria moderna, que pone en nuestras manos medios para evitar el embarazo de manera casi segura, que son cómodos de usar y que no menoscaban el placer sexual o solo lo menoscaban en pequeña medida. Fomentar y difundir su empleo es quizá una de las tareas más urgentes de la higiene moderna, tanto más cuanto que a menudo sirven al mismo tiempo para protegerse de las enfermedades venéreas.

IV

La prevención de la concepción por medios técnicos consiste en evitar la fecundación pese a tener lugar una relación sexual normal con eyaculación. La forma más antigua de esta prevención consistía en introducir en los órganos genitales de la mujer pequeñas esponjitas que debían absorber el líquido seminal. Por insuficiente que sea este medio, precisamente en los últimos años ha vuelto a encontrar muchos partidarios, porque es barato, cómodo y la propia mujer puede manejarlo.

En su eficacia está al mismo nivel el empleo de lavados inmediatamente después de la relación. Con estos lavados puede eliminarse sin duda el esperma depositado en la vagina de la mujer, pero no los espermatozoides que ya han penetrado en el orificio y el cuello del útero. El medio actúa de modo puramente mecánico; añadir un desinfectante, como es muy corriente, parece por tanto inútil. Tanto más cuanto que solo mata los espermatozoides en una concentración tal que daña a la vez las mucosas. Un tercer medio es la introducción de medicamentos grasos o gelatinosos, que o bien deben recubrir los órganos genitales internos de una capa, o bien, por los jugos que se les añaden, están destinados a matar los espermatozoides. Actualmente muy poco usados. También aquí vale lo dicho de los lavados. El medio preventivo más eficaz son sin duda los llamados preservativos o condones, que debe emplear el hombre para impedir así por completo la eyaculación del semen en la vagina femenina. Estos condones se fabrican con vejigas de pescado o con goma. Tienen que estar hechos del mejor material para que no se rompan, ser suficientemente anchos y no deben almacenarse demasiado tiempo, porque de lo contrario —esto vale sobre todo para la goma— se vuelven quebradizos con facilidad. Por eso hay que comprarlos solo en tiendas de confianza y no reparar en el gasto —grande, ciertamente— si se quiere ir sobre seguro. Con buen material es posible también usarlos varias veces.

Su empleo regular en el matrimonio fracasa por lo común ante la resistencia del hombre, que comprende sin duda que es necesario usar tales medios en las relaciones prematrimoniales como protección contra las enfermedades venéreas, pero no está dispuesto a cargar con la incomodidad para preservar a la mujer del embarazo. De ahí el fenómeno de que los condones se usen mucho fuera del matrimonio y solo rara vez dentro de él.

Fue un médico, el Dr. Menninger,3 quien en un libro que todavía hoy se lee con emoción describe cuánto sufren las mujeres con los embarazos que se suceden sin interrupción. Le conmueve en especial la desgracia de las madres afectadas de tuberculosis, cuya enfermedad sufre con cada maternidad un nuevo empeoramiento. Fue el primero en indicar y hacer emplear los medios preventivos que llevan su nombre. Son los pesarios de goma de Menninger. Ya en su libro pudo demostrar que su éxito era casi seguro. La técnica se ha apoderado de este recurso y lo ha fabricado con una variedad de formas y materiales que no tiene fin. De goma, de metales, desde el aluminio hasta el oro, de ebonita, de celuloide, se fabrican en serie los pesarios en forma de pequeñas cazoletas o capuchones. Curiosamente, los mejores siguen siendo los antiguos pesarios de Menninger, que consisten en un capuchón de goma tensado en el borde por un resorte metálico (muy rara vez un resorte en espiral). Pero su empleo no gusta a las mujeres, porque los pesarios tienen que renovarse a menudo y porque su manejo no siempre es estético. Los pesarios metálicos son seguros y más agradables de usar, porque no se vuelven feos en estado húmedo como la goma; la clase de metal es del todo indiferente. Las mujeres suelen pedir pesarios de plata; no son mejores que los del aluminio, mucho más barato. Al adquirir un pesario, las mujeres suelen proceder de modo que la compra se hace de la manera más discreta posible y luego el pesario se usa sin mirar si ajusta bien. Y, sin embargo, precisamente la elección del pesario es lo más importante de todo y debería hacerse sin falta por mano experta. Aun cuando las mujeres se hacen elegir el pesario por el médico, suelen encargarse a menudo ellas mismas de colocarlo. Y hay médicos que enseñan a sus pacientes a colocarlo y no se preocupan más de que ajuste bien. En casos excepcionales puede valer; pero casi siempre es precisamente ahí donde está el fracaso tan frecuente del «protector femenino».4 Solo si su colocación la hace una mano experta —hay también comadronas que lo entienden muy bien—, solo si mediante un control constante, sobre todo de los pesarios metálicos, se evita toda presión sobre la porción vaginal en la que se asienta el pesario, garantizando a la vez el ajuste adecuado, podrá el pesario desplegar su efecto benéfico sin dañar los órganos genitales de la mujer. De aquella forma anticuada de «protector materno» que consiste en un estilete que se introduce en el cuello del útero hagamos solo mención de pasada. El estilete es de efecto totalmente inseguro, pero al introducirlo puede causar lesiones graves y, si se deja puesto largo tiempo, inflamaciones y estrecheces del cuello uterino.

Ninguno de los medios citados actúa con total seguridad. El más fiable es el condón, si, como se ha dicho, es de buen material y suficientemente ancho. Le sigue en seguridad el «protector femenino» (pesario oclusivo, capuchón protector, «protector materno» y otras denominaciones). Todo médico conoce casos de su consulta en que el pesario oclusivo se usó con éxito durante muchos años. Pero todo médico conoce igualmente algunos fallos. Se deben, por un lado, a que el pesario no ajusta exactamente y, por otro, a que se desplaza de su posición durante la relación sexual. El primer defecto puede evitarse con el debido consejo médico al comprar el pesario. El segundo tendremos que aceptarlo, ya que no podemos impedirlo. Precisamente la circunstancia de que un pesario protector no sea «del todo» seguro lleva a muchas mujeres a rechazar su empleo. Muy injustamente. Pues si, tras un uso de muchos años del medio protector, se produce alguna vez un embarazo, siempre es más fácil de soportar que pasar un embarazo tras otro. Además, el medio es completamente inocuo y solo impone a las mujeres la pequeña molestia de retirarlo antes de la menstruación y hacérselo colocar de nuevo después de ella. Los costes pueden considerarse pequeños en comparación con los que ocasiona un parto o incluso una interrupción prematura del embarazo.

Y, por último, una palabra más sobre el aborto provocado: es verdad que este medio es completamente seguro. Un feto que se ha abortado queda eliminado para siempre. Y, sin embargo, si pensamos en los peligros que trae consigo el aborto provocado, como hemos expuesto hace poco, preferiremos elegir un medio no del todo seguro, pero sin peligro. En los casos adecuados, allí donde razones de salud importantes prohíben el embarazo, siempre queda la posibilidad de provocar el aborto si el medio protector ha fallado alguna vez. Pero que las mujeres conscientes de su tarea como camaradas del partido y como madres piensen en cada caso cuál es el mal menor: un hijo una vez en muchos años, o el aborto con todos sus peligros.

Si en esta exposición no hemos tocado las disposiciones legales, no es porque consideremos buena o suficiente la ley. Todo lo contrario. Su reforma es solo cuestión del futuro próximo y debería prepararse mediante una discusión de todos los problemas que la acompañan ante la opinión pública más amplia. Lo decisivo en la cuestión de la procreación y la crianza de los hijos será siempre, y siempre debe ser, junto al interés humano general, únicamente el interés de las mujeres, como aquellas que han de llevar las cargas de la generación futura.

V

Sobre la rectificación del camarada Ferch5 (n.º 6) —si me permite llamarlo camarada— quisiera observar lo siguiente: una y la misma cosa es la que Ferch y yo queremos conquistar para las mujeres del proletariado: no la procreación indiscriminada con su miseria para la madre, el hijo, el hogar y el pueblo, sino la maternidad querida y, gracias a ella, los descendientes engendrados conscientemente y deseados. El camarada Ferch y yo queremos por igual que sea la mujer, la madre, quien decida cuándo y cuántos hijos quiere traer al mundo. Exactamente igual que yo, Ferch aboga por la prevención de la concepción como el medio adecuado para regular los nacimientos, y solo admite el aborto provocado como último recurso, cuando la prevención ha fallado, y aun entonces solo en determinadas condiciones. ¿Por qué, entonces, los violentos ataques de Ferch contra mí?

Su objeción de que solo recomiendo medios casi seguros, una protección casi y no plenamente eficaz, Ferch no debería dirigirla propiamente contra mí, sino contra la naturaleza misma, que ha dispuesto las cosas de tal modo que para las personas sanas solo hay un medio completamente seguro contra la concepción: la abstinencia completa de relaciones sexuales.

Si queremos emplear en absoluto medidas preventivas —y Ferch las recomienda igual que yo—, tenemos que aceptar que no son del todo, sino solo casi seguras. Ferch dice que las mujeres tendrían razón en no apreciar especialmente una protección no plenamente eficaz. Es su opinión, sobre la que no quiero discutir con él, como tampoco sobre la cuestión de la protección por la lactancia, de la que pienso hablar detenidamente más adelante en la Arbeiterinnen-Zeitung.

«Pero lo mejor está por llegar», dice Ferch con ironía, y cita literalmente el pasaje: «... que el aborto es la forma más brutal y más peligrosa de limitar los hijos y que cualquier otro medio es preferible a él». Ferch tiene razón: es lo mejor que he dicho en esta serie de artículos, porque es la verdad, que a Ferch no le gusta oír. La frase no la acuñé yo; pero contiene todo lo que quería decir al respecto. Solo tendría que haber añadido que cualquier otro medio, aunque sea inseguro, es preferible. Los peligros del aborto tienen que mostrarse a la población, y en especial a las mujeres, una y otra vez y sin paliativos. Pues son las mujeres las que, igual que en el embarazo y el parto, pagan también en el aborto con su cuerpo y su salud. Si Ferch y su Liga6 pintan a las mujeres con palabras elocuentes los sufrimientos de la maternidad no querida, yo no me cansaré de completarlo y de decir y demostrar una y otra vez a las mujeres cómo destrozan su propio cuerpo con los abortos repetidos. Ferch niega —sin dejarse influir por ningún conocimiento médico especializado y como profano, igual que en la cuestión de la lactancia— los peligros de la intervención cuando la practican médicos y no comadronas o curanderos. Yo digo, como médico, que tampoco el médico, por hábil que sea, puede evitar todo riesgo. El azar me trae testigos de cargo con un juicio que se celebró en los últimos días. Y que Ferch no objete que los dos médicos eran especialmente torpes; pues no fueron condenados por un error profesional, sino por la intervención como tal. Si el camarada Ferch me acusa de insultar a las mujeres con la palabra «brutal», sin duda solo se debe a una lectura superficial o a falta de comprensión. Con la palabra «brutal» califiqué una intervención quirúrgica, pero no a quienes se la hacen practicar. Estoy convencida de que las lectoras de la Arbeiterinnen-Zeitung han leído y comprendido mejor mi artículo.

Y por eso quiero, exactamente igual que el escritor Ferch, dejar a estas lectoras que se formen un juicio justo sobre mis artículos, que deben servir al bien de las mujeres trabajadoras y no tienen ningún otro fin secundario. Las quejas de Ferch sobre la incomprensión burguesa no nos conciernen.

Pero el vacilante respeto por la ciencia, que Ferch lamenta, solo podrá afianzarse si los médicos hablan a la población con total sinceridad sobre cuestiones de salud pública como esta.

Dra. M. Hilferding.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de los facsímiles de la Arbeiterinnen-Zeitung (Viena) en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek: entrega I, 31 (1922), n.º 1, págs. 6-7 (MH1922-01); II, n.º 2, págs. 4-5 (MH1922-02); III, n.º 4, págs. 4-6 (MH1922-03); IV, n.º 6, págs. 3-4 (MH1922-04); V, n.º 7, pág. 4 (MH1922-05). Las entregas van firmadas «Dr. Margarete Hilferding» (I-III), «Dr. Margret Hilferding» (IV) y «Dr. M. Hilferding» (V). Se omite la carta de Johann Ferch del n.º 6, que no es de la autora. Los comentarios Nr. n, S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en entregas, las enumeraciones y las cursivas (que reproducen el espaciado del original); las erratas del impreso se traducen según el sentido. Los términos técnicos se explican en notas del traductor. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. El original imprime Keimvorrichtung («dispositivo de gérmenes»), sin sentido aquí; se traduce según la lectura probable Keimvernichtung («destrucción de gérmenes»). (N. del T.) ↩

  2. Raubbau: explotación abusiva o esquilmadora de un recurso (un suelo, una mina) sin cuidar de su conservación. (N. del T.) ↩

  3. Se refiere a Wilhelm Peter Johann Mensinga (1836-1910), médico de Flensburgo que, con el seudónimo de C. Hasse, popularizó en la década de 1880 el pesario oclusivo («pesario de Mensinga»); la autora escribe «Menninger». (N. del T.) ↩

  4. Frauenschutz, Mutterschutz: nombres comerciales de la época para el pesario oclusivo; aquí, entre comillas, «protector femenino» y «protector materno». (N. del T.) ↩

  5. Johann Ferch (1879-1954), escritor vienés, fundador en 1919 de la Liga contra la Maternidad Forzada (Bund gegen den Mutterschaftszwang), que reclamaba la despenalización del aborto. Su carta, publicada en el n.º 6 a continuación de la entrega IV, criticaba frases de la entrega III (véase el comentario que cierra la entrega IV). (N. del T.) ↩

  6. La Liga contra la Maternidad Forzada (Bund gegen den Mutterschaftszwang), fundada por Ferch. (N. del T.) ↩