CARL FURTMUELLER:
Cultura europea y socialismo
Reflexiones para el Primero de Mayo de 1943
El Primero de Mayo era para nosotros el día en que el proletariado pasaba revista a la creciente multitud de sus combatientes; el día en que, por encima de las fronteras de los Estados, intercambiábamos saludos en orgullosa y alegre manifestación de solidaridad internacional; el día en que descansábamos del trabajo de la política cotidiana y reuníamos nuevas fuerzas para él, concentrando nuestro pensamiento y nuestro sentimiento en nuestras metas últimas y más altas, en nuestra tarea de forjar de nuevo el viejo mundo carcomido, en nuestra vocación de dar a la convivencia humana formas nuevas, dignas y conformes a la razón.
Hoy, en la Europa continental, solo Hitler puede pasar revista, y no a masas de hombres libres movidas por la política, sino —ya se llamen «camaradas del pueblo» o «aliados»— a esclavos de uniforme, consagrados a matar y a morir. La Internacional, debilitada y paralizada antes de esta guerra por las ilusiones de algunas secciones, que creían poder evitar para sí lo peor librándose de las cargas de la solidaridad, ha resucitado en una espantosa distorsión como la Internacional del trabajo forzado, del campo de concentración y del verdugo. La vieja Europa carcomida se ha derrumbado, pero el «nuevo orden» que se ha levantado en su lugar es el dominio de una barbarie salvaje que, por su extensión y por no dejar escapatoria, por la unión de una brutalidad prehumana con el aprovechamiento de todas las conquistas de la técnica avanzada y, no en último término, por la profanación de los instrumentos y medios de expresión de la cultura misma al servicio de fines hostiles a la cultura, es más horrible que todas las atrocidades de que habla la historia o que la fantasía de los utopistas pesimistas haya sido nunca capaz de imaginar.
Podría parecer, pues, comprensible y justificado que este Primero de Mayo no fuera para nosotros una fiesta, sino un día de luto, en el que no solo lloráramos a los amigos muertos y a los bastiones caídos del proletariado, sino que meditáramos, en sorda perplejidad, sobre las esperanzas destruidas. Y sin duda casi nadie escaparía a la desesperación si se enfrentara, como individuo aislado y solitario, a la terrible fuerza del acontecer histórico. Pero nosotros experimentamos en esta crisis qué fuerza anímica da estar inserto en un gran movimiento histórico. Sabemos que allá, en la patria, entre los millones que odian apasionadamente el régimen de Hitler, un grupo pequeño, pero tanto más significativo, tiene firmemente ante el alma el ideal del socialismo, y en este día nos sentimos fraternalmente unidos a él. Y nos sentimos sucesores y herederos de quienes durante más de un siglo han librado las luchas del proletariado europeo y, en un sentido más amplio, hijos espirituales de todos los que a lo largo de los milenios han luchado por formas más nobles de sociedad. De ellos aprendemos que quienes, en tiempos de la peor tribulación, se mantuvieron fieles a su ideal, inquebrantables y con serena confianza, fueron eslabones tan indispensables en la cadena del desarrollo histórico como los combatientes de las batallas victoriosas. Y así oponemos a todos los golpes del pasado y a todos los peligros de las luchas futuras el orgulloso «… ¡y así sucesivamente!» de Lenau.1
Y precisamente ahora se ven cada vez más claras las tareas que esperan a quienes sean los portadores del socialismo en la nueva Europa. Cuanto más avanza la discusión sobre los problemas de la posguerra, tanto más claramente se ve que todo intento de descomponer la cuestión europea en una multitud de problemas parciales que se resolverían uno tras otro tiene que fracasar ante la magnitud de la tarea, y que todo experimento de simplemente resucitar lo viejo, o incluso de poner en su lugar algo más viejo aún, llevaría a un caos nuevo y más terrible. La necesidad política y social de despojar definitivamente de su poder a los grupos sociales que, en la defensa mezquina de sus privilegios, fueron los precursores del fascismo empuja políticamente hacia el socialismo. La imposibilidad de volver de la organización económica del nazismo al capitalismo de preguerra
apunta económicamente hacia el socialismo. Pero, además, el socialismo democrático será indispensable como concepción del mundo, como ideal entusiasmador, como potencia ética, para dominar los problemas psicológicos de la Europa de posguerra.
La doble tarea de extirpar el veneno nazi del cuerpo del pueblo alemán y de preparar a los pueblos vecinos para una cooperación pacífica con él es ya bastante gigantesca. Y, sin embargo, solo será una parte de las dificultades. El sentimiento nacional, sobreexcitado y exacerbado en todas partes por el régimen de violencia de Hitler, amenaza con hacer revivir en la conciencia popular todas las viejas disputas entre vecinos. Las controversias sobre el modo en que los distintos países y los distintos grupos sociales se opusieron a la cooperación con el nazismo o se plegaron a ella agravarán aún más los ánimos. En cada país habrá que saldar multitud de cuentas internas. Más todavía que después de la primera guerra mundial, después de esta, en la que los combatientes contra Hitler tuvieron que arriesgar no solo su propia vida sino la de cientos de rehenes desconocidos, habrán crecido la inclinación a la brutalidad y a la crueldad y la tendencia a emplear la violencia, en todas las cuestiones, no como la última sino como la primera respuesta. Como Europa es demasiado grande, demasiado importante, demasiado desarrollada económicamente y demasiado diferenciada para ser pacificada a la larga, como una especie de Macedonia mundial, por una gendarmería extranjera, solo tenemos ante nosotros dos posibilidades: o una serie continuada de luchas fratricidas entre los pueblos de Europa, que destruyan cada vez más el continente y tampoco dejen llegar a la paz al resto del mundo, o bien el camino que lleva, por el acercamiento interior, a la cooperación pacífica exterior.
Pero para ello es necesario oponer a las pasiones de la destrucción y de la discordia una pasión constructiva. Solo el socialismo puede mostrar a los pueblos que la reconstrucción vale los esfuerzos y los sacrificios, porque no ha de significar el restablecimiento de los viejos privilegios sociales, sino la libertad y la igualdad políticas y sociales para todos. Y por mucho que hayan errado y fallado los partidos socialistas, solo el movimiento socialista ha sabido guiar a las masas sin convertirse en su servidor ni en su amo; ha dado comprensión a su pasión y una meta clara a sus deseos y esperanzas, y les ha enseñado a unir la preocupación por el presente con la mirada puesta en el futuro. Pero, sobre todo, el socialismo es la única fuerza política que puede atreverse en serio con la tarea gigantesca de conducir a los pueblos de Europa por el camino del entendimiento y, finalmente, de la solidaridad. Fuera del socialismo, los «buenos europeos» solo han existido como figuras aisladas sin influencia política dentro de una capa muy delgada de la intelectualidad. Los muchos decenios de trabajo socialista internacional se han apoyado en las masas y han movido a las masas. Y podemos esperar que las experiencias del último decenio, que muestran cómo todo partido obrero que se aparta del internacionalismo se ve llevado también a fracasos funestos en su política nacional, profundizarán y fortalecerán el internacionalismo del futuro. Si la nueva Europa y los valores espirituales que representa a lo largo de los siglos han de vivir, solo pueden vivir por el socialismo. Y no deben morir ni morirán.
Esto es una fe, no una ilusión. Nadie se hará la ilusión de que en algún momento, tras el fin del enfrentamiento armado, el socialismo vaya a caer en el regazo de Europa como un don de los dioses. No solo habrá una lucha dura y tenaz en cada país, sino que también habrá que imponer, frente a influencias competidoras venidas de fuera, la autonomía del desarrollo y de la política europeos. Lo que hoy nos importa es comprender que la pervivencia y el progreso de nuestra civilización están indisolublemente ligados al destino del socialismo, y que las grandes batallas políticas del futuro se librarán por ese premio. Que podamos contribuir, con nuestra fuerza personal de convicción y de voluntad, a mantener vivo nuestro ideal a través del periodo de oscuridad da contenido y dignidad a nuestra vida individual también en tiempos sombríos. Y estamos seguros de que también los amigos que mueren en el camino —no por sentencia de la naturaleza, sino por la crueldad de un enemigo bárbaro— encuentran en su última hora fuerza y elevación en la idea de que, a pesar de todo, han recorrido con nosotros el camino que finalmente lleva a la victoria.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Austrian Labor Information (Nueva York, Austrian Labor Committee), n.º 13, 20 de abril de 1943, págs. 9-10, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=ali, 1943). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conserva la división en párrafos. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Alusión al final del poema épico Die Albigenser (1842) de Nikolaus Lenau, que enumera a los sucesores de los albigenses en la lucha por la libertad de pensamiento (husitas, Lutero, Hutten…) y concluye: «und so weiter!». (N. del T.) ↩