CARL FURTMUELLER:

Psicología de masas después de Hitler

Todavía no sabemos nada del momento ni de las circunstancias concretas en que terminará la guerra. Por eso parece temerario plantear ya la pregunta de qué efectos tendrá ese acontecimiento en la psicología de las masas. Pero las experiencias de los años 1918 y 1919 en Alemania y en Austria nos dan algunos indicios de cómo es el estado de ánimo de las masas en un país en que, tras años de guerra, se desmorona la maquinaria de dominación existente. Las masas, físicamente quebrantadas por años de privaciones y de sufrimientos de guerra, sobreexcitadas hasta el embotamiento por las emociones y las noticias sensacionalistas de los tiempos de guerra, son arrastradas por el súbito cese de la presión y por la nueva situación, que parece abrir posibilidades ilimitadas pero al principio del todo indeterminadas, a una participación nueva y apasionada que les arranca las últimas reservas de su fuerza nerviosa. No es de extrañar que tiendan a reacciones extremas que no se dejan encerrar en las leyes de la lógica. Hemos de esperar, pues, que el estado de ánimo dentro de un mismo grupo social, y aun de los mismos individuos, presente contrastes violentos.

La contradicción se muestra ya en el modo en que cada uno participa en los acontecimientos de la vida pública. La saturación de noticias de guerra y de sensaciones engendra el anhelo de no oír nada, por fin, de todo ese ruido y ajetreo y de poder llevar una vida privada. Por otro lado, el hábito de las noticias excitantes actúa como una intoxicación, y el hambre de emociones proporciona oyentes bien dispuestos a los rumores más disparatados. Hará falta mucha paciencia y constancia para señalar, entre esos extremos, el camino de un trabajo sereno de esclarecimiento político. Más honda y decisiva es la problemática de la actitud de las masas y del individuo ante los sacrificios y los peligros de las luchas políticas y sociales. La guerra ha enseñado a millones de personas a aceptar como algo natural privaciones y renuncias nunca conocidas antes, y así será posible poner a las masas ante tareas para las que no habría estado preparada una clase obrera acostumbrada a los prudentes métodos de lucha sindical de la época democrática de paz. Pero con el fin de la guerra llega el anhelo de satisfacer por fin, y de inmediato, las necesidades tanto tiempo insatisfechas; la explotación abusiva de la fuerza de trabajo durante años tiene también efectos psicológicos, y así unas exigencias acrecentadas y un rendimiento disminuido pueden dificultar la construcción del futuro.

En general, la actitud ante ese futuro es ambivalente. El sentimiento de liberación que nace del fin de los horrores de la guerra se convierte en la esperanza de que ahora comienza una época histórica enteramente nueva, grande y venturosa. Así, las masas se vuelven accesibles tanto a perspectivas históricas serias y entusiasmadoras como a ilusiones fantásticas. El agotamiento físico y moral lleva a una resignación embotada y a un fatalismo desesperado. Igual de vacilante y contradictoria es la postura ante los medios fundamentales de la acción política y social. El cansancio de la guerra engendra el anhelo de una paz perpetua y hace del grito «¡Nunca más la guerra!» una consigna de gran tirón; pero el hábito de la violencia más brutal hace que la violencia no aparezca como el último, sino como el primer

medio para dirimir todos los conflictos.

La indignación contra el opresor común preparará en los pueblos de Europa un sentimiento de solidaridad; por otro lado, el sentimiento nacional exacerbado no solo se volverá contra Alemania, sino que existe el peligro de que revivan todas las viejas rencillas entre nacionalidades vecinas.

Los problemas de psicología de masas aquí apuntados tendrán importancia después de esta guerra en todos los países de Europa, ya se trate de países del derrumbe o de países de la revolución nacional. La esperanza de indemnización y reparación en los países de la revolución nacional, el miedo a la venganza de los vencedores en los países cuyos gobiernos estuvieron del lado de Hitler, darán al cuadro otros matices, pero no cambiarán en lo fundamental sus contornos, porque esas esperanzas y esos temores, en la medida en que son reales, quedarán a su vez arrastrados al juego de las fuerzas psicológicas señaladas.

En la propia Alemania, naturalmente, el motivo real de temor será el más fuerte, y además la propaganda nazi habrá preparado el terreno para una neurosis de angustia tras la derrota de Hitler. Pero también allí se opondrán a esos estados de ánimo abatidos los mismos factores psicológicos de la esperanza —entusiasmo auténtico y optimismo ilusorio— que en los demás países, pues para entonces las masas se habrán separado de Hitler de un modo demasiado consciente como para creer en su comunidad de destino con el nazismo, y atenderán mucho más a las cuestiones políticas y sociales inmediatas y apremiantes que a las consecuencias más lejanas del desenlace de la guerra. Naturalmente, también aquí se ve cómo la polaridad del estado de ánimo puede ponerse al servicio de fines políticos. Las fuerzas reaccionarias intentarán —abiertamente o bajo cuerda— mantener viva la convicción de que el odio del extranjero contra todo lo alemán es implacable, de modo que a Alemania solo le queda la posibilidad de aferrarse rígidamente a la idea de reanudar una lucha desesperada contra el mundo entero; los defensores de una política de progreso señalarán que esa política es el camino, y el único camino, para que Alemania recupere el respeto del extranjero.

Hay un punto en el que se creería que, después de esta guerra, no puede haber en las masas de ningún país de Europa oscilaciones de ánimo, y menos aún antagonismos: el odio y la necesidad de represalia contra los criminales nazis. Pero incluso ahí serán posibles, en los países no alemanes, diferencias notables e importantes por los efectos políticos que pueden tener. Cada país tendrá que ajustar cuentas no solo con el nazismo mismo, sino también con los diversos quislings, grandes y pequeños, de su propio suelo, y será enormemente distinto sobre cuál de esas dos tareas recaiga el acento principal de la pasión. Se ve en seguida cómo la concentración de la pasión popular en los nazis, para entonces ya lejanos, podría llevar a frenar la liquidación en la política interior del país de que se trate; es seguro que algunos colaboracionistas de segunda y tercera fila aprovecharían ese giro del ánimo de las masas para intentar presentarse a posteriori, ante los crédulos, como caballos de Troya.

Así, en el ánimo de las masas al final de la guerra se arremolinarán los elementos más diversos: progresivos y reaccionarios, constructivos y disolventes, y junto a ellos rasgos opuestos que, cada uno por sí solo, llevan al extravío, y que para ser fecundos tendrán que contrapesarse. Cuáles de esos motivos acabarán imponiéndose de forma duradera y decisiva es algo que, desde luego, no puede leerse en la psicología, sino que depende de otros factores que dan forma a la historia y para los cuales los distintos elementos del ánimo de las masas no son más que material.

El primero y más importante de esos factores serán, naturalmente, las condiciones objetivas al final de la guerra. Si son favorables a una acción de masas a gran escala, podrá superarse el cansancio, podrán evitarse los extremos insensatos, y el ánimo de las masas podrá convertirse en una voluntad de masas resuelta. No entra en el marco de este artículo examinar esos factores objetivos; solo quiero expresar brevemente la convicción de que serán favorables a una intervención configuradora de las masas en los acontecimientos. En aquel momento estará más que claro que solo un nuevo orden de libertad y de cooperación puede salvar a Europa del caos, y así las masas se encontrarán ante tareas grandes y realizables; y quizá, por esa misma comprensión, fuera de Europa no habrá mucha inclinación a perturbar desde fuera ese proceso de saneamiento y de configuración.

El otro factor será la labor educativa de la dirección política. Hay que mostrar a las masas metas grandes y entusiasmadoras por las que se las conduzca a una lucha seria y con perspectivas de éxito. Del oleaje del ánimo de las masas hay que formar una conciencia política clara de la masa. Para ello la dirección política no solo necesitará una voluntad política resuelta y comprensión de las fuerzas que configuran la historia, sino también una fina sensibilidad para la psicología de las masas y las oscilaciones de su ánimo. Solo así podrá prever en cada momento los peligros del desaliento, de la impaciencia revolucionaria, del afán de pequeños éxitos momentáneos, y por tanto prevenirlos. Solo así podrá también precaverse de que otra vez algún Hitler o algún Göbbels, con una psicología burda pero certera, demuestren ser propagandistas superiores y siembren la confusión en las masas con una labor de zapa abierta o encubierta.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Austrian Labor Information (Nueva York, Austrian Labor Committee), año 1 (1942), n.º 3, 20 de junio de 1942, págs. 13-14, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=ali, 1942). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conserva la división en párrafos; las erratas evidentes del impreso se traducen según el sentido. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.