KARL SCHRATT:

Las escuelas superiores austriacas después de Hitler

El nacionalsocialismo no necesitó conquistar las escuelas superiores (Hochschulen)1 austriacas: fueron su cuna. La manera en que Schönerer2, en los años ochenta y noventa del siglo pasado, había transformado el nacionalismo hasta entonces políticamente inocuo del estudiantado austriaco llevaba ya todos los rasgos esenciales del futuro nazismo: la profesión de fe pangermanista, un confuso anticapitalismo pequeñoburgués, el antisemitismo racial, el coqueteo con el paganismo germánico; la grosería deliberada del lenguaje y la brutalidad, para la cual la riña era la forma normal de enfrentarse al adversario; y no en último lugar el cínico principio del camuflaje, que permitía a cada uno de estos héroes nacionales presentarse como ciudadano leal y correcto oficial de la reserva cuando la manifestación de sus ideas le hubiera acarreado perjuicios personales. En colaboración con la parte del profesorado afín a ellos —camuflada también cuidadosamente bajo la apariencia de buenos funcionarios del Estado y portadores de órdenes y condecoraciones—, estos estudiantes pangermanistas, aunque eran una minoría del alumnado, dominaron durante decenios las escuelas superiores austriacas, mantuvieron bajo el terror a la mayoría de los estudiantes y no solo procuraron apartarla de la vida pública de las escuelas superiores, sino que, gracias a su dominio sobre la gran mayoría de las asociaciones de las facultades y a su ventaja en las relaciones personales con los profesores, supieron también estorbar gravemente su trabajo científico.

La época de la República no cambió nada esencial en esta situación. Las corporaciones estudiantiles católicas, eso sí —imprescindibles para el partido gobernante como semillero de un funcionariado políticamente adicto y fomentadas por él con toda energía—, fueron reconocidas desde entonces como aliadas, según el probado principio del camuflaje. Con tanta más violencia se volvió el código de los apaleamientos (Prügelkomment)3 contra los judíos y contra el nuevo elemento que ahora pugnaba por hacerse valer más en las escuelas superiores: contra los socialistas. Esto, por cierto, no habría sido posible sin un error decisivo del partido socialdemócrata. No es que se desconociera la gran importancia de las nuevas generaciones universitarias, pero, con una ceguera hoy apenas comprensible, se cedió ante la confusa consigna de la «libertad académica», que en la práctica significaba dos cosas: primero, que en una época en que los desfiles de cientos de miles de personas daban una imagen de la enorme fuerza de la clase obrera vienesa, los nazis podían apalear a los estudiantes socialistas en los edificios de las escuelas superiores sin que la policía los molestara. Segundo, que los claustros de profesores, a título de autonomía, tenían derecho a excluir a cualquier sabio sospechoso de socialismo no solo de la cátedra, sino incluso de la más modesta plaza de profesor auxiliar (Privatdozentur)4. Así siguieron siendo las escuelas superiores austriacas un baluarte de la reacción y se convirtieron en el núcleo de cristalización de la contrarrevolución. Tampoco la época posrepublicana5 logró cambiar en la situación de las escuelas superiores apenas otra cosa que la fachada. Los profesores, en su gran mayoría, se prestaron al camuflaje, y en el estudiantado el nazismo estaba tan firmemente arraigado que los comisarios para asuntos estudiantiles nombrados por el gobierno, órganos de lucha declarados contra el nazismo, no supieron hacer otra cosa que excluir a los no arios de ciertas instituciones y actos estudiantiles. Así pues, en el estudiantado el hitlerismo apenas necesitó camuflarse ni siquiera en la «época de la prohibición».

Puede uno imaginarse ahora en qué estado encontraremos estas escuelas superiores cuando se derrumbe el dominio de Hitler, después de que sobre un suelo así preparado hayan pasado todavía algunos años de régimen nazi sin trabas. Hacer de estos lugares, donde el paso de la oca y la seudociencia se han mezclado en la más repugnante de todas las formas de barbarie, instituciones —o, más bien, poner en su lugar instituciones— capaces de servir a las tareas que el socialismo democrático asigna a la enseñanza y a la investigación científicas es en verdad una tarea gigantesca.

Desde luego, no tenemos comprensión alguna para una ciencia que se jacta de una supuesta ausencia de presupuestos y se ufana de una mendaz independencia del espacio y del tiempo. Nuestras escuelas superiores tendrán que ser conscientes, en su trabajo científico y en su enseñanza, de que

han de servir a una comunidad democrática y a la construcción socialista, y formar para la nueva sociedad en ciernes a los investigadores y profesores, a los funcionarios directivos y técnicos y a los médicos adecuados. Estos puntos de vista serán determinantes para la composición del profesorado y también para la selección del alumnado. Sentado esto, queremos dejar a la investigación y a la enseñanza científicas su libertad, y no encerrar tampoco al estudiante en un camino fijamente prescrito, sino darle tiempo para elaborarse, en algunos años de tanteo, un punto de vista científico seguro. No sentimos deseo alguno de universidades de un marxismo oficial, que conduce luego, a través de un leninismo oficial, a un estalinismo oficial. Pero mucho menos podremos admitir que las escuelas superiores se conviertan de nuevo en un escondrijo desde el cual el enemigo, apenas derrotado, pueda reanudar la lucha tras un breve respiro. De ello se sigue que en este terreno peligroso no podremos dar un solo paso sin habernos procurado salvaguardias políticas suficientes. Ante este imperativo de la seguridad política habrán de ceder en un primer momento todos los demás intereses sociales y espirituales que hemos de atender en las escuelas superiores, por importantes que sean.

No cabe, pues, ni hablar de que, tras cambiar a unas cuantas personalidades y modificar algunos reglamentos, se pueda continuar sin más la actividad. Al contrario, lo primero será proteger contra actos de sabotaje las valiosas instalaciones de las escuelas superiores, sus bibliotecas, laboratorios, etc., y paralizar provisionalmente la actividad en la medida en que no sea imprescindible continuarla sin interrupción, como ocurre en particular en las clínicas universitarias. La reanudación no podrá hacerse de golpe, sino paso a paso, allí donde se cumplan las condiciones.

En la renovación del profesorado se tratará primero de encontrar a los hombres que han de ser los representantes destacados del nuevo espíritu y sus arrebatadores heraldos. Las ciencias sociales y la economía estarán aquí en primer plano; les seguirán la historia —como historia política, económica y del pensamiento— y la filosofía. El principal trabajo ideológico se concentrará, pues, naturalmente en las facultades de derecho y de filosofía, si se conservan estas formas de organización. Pero las ciencias sociales y económicas tendrán que enseñarse en todas las escuelas superiores y ser obligatorias para todos los alumnos, porque no es admisible que quienes están destinados a tareas de responsabilidad y de dirección en la sociedad puedan caer, como hasta ahora, por su completa ignorancia en estas materias, víctimas de cualquier agitación, por obtusa que sea. Pero, además, en la medicina, en la higiene, en la arquitectura, en la agronomía, en todas las especialidades harán falta, junto a los representantes propiamente dichos de cada disciplina o entre ellos, hombres que sepan mostrar las relaciones de los problemas particulares de su disciplina con las grandes tareas de la sociedad y dar así al trabajo especializado su orientación hacia lo general. El círculo de personas necesario para cumplir estas tareas no tendrá que ser tan amplio como puede parecer a primera vista, porque un buen profesor universitario es capaz de guiar a muchos centenares de estudiantes. Aun así, será enormemente difícil encontrar a los adecuados, porque no se podrá buscarlos precisamente en los círculos de los que hasta ahora se sacaba a los profesores universitarios. Además, a los hombres en los que primero se fije la mirada les aguardarán por lo general también grandes tareas políticas o técnicas. Habrá, pues, que administrar con la mayor economía la cuestión del personal y, llegado el caso, emplear a los adecuados y disponibles en varios puntos a la vez. Naturalmente, las engorrosas formalidades del procedimiento de habilitación tendrán que suprimirse en un principio, y solo se preguntará si el interesado es apto para la tarea especial que se le destina. En esto, ciertamente, no se podrá tomar el asunto a la ligera; en particular, no cabe ni hablar de poner, en las ciencias sociales y económicas, una propaganda superficial en lugar de la seriedad científica.

Para todas las tareas docentes que no guarden relación directa con cuestiones sociales y de concepción del mundo se podrá recurrir a especialistas competentes sin tener en cuenta su opinión política, y habrá que hacerlo si no se quiere dejar lagunas sensibles en algunos puntos de la actividad de las escuelas superiores. Condición indispensable para ello es, desde luego, que se limiten estrictamente a su tarea especializada y se abstengan de toda influencia directa o indirecta sobre sus alumnos; esto lleva al problema del control político. Con esta condición, se podrá seguir empleando, llegado el caso, también a profesores y docentes que hayan sido mantenidos en sus puestos durante el dominio nazi, si bajo Hitler se limitaron a dejar hacer pasivamente y cabe esperar de ellos un comportamiento correcto y leal. Excluido sin condiciones habrá de quedar, naturalmente, quien haya colaborado activamente con el hitlerismo. Nada podrán cambiar en esto iluminaciones y conversiones repentinas, que probablemente no serán nada raras; no en vano el arte del camuflaje, por un ejercicio de generaciones, se ha convertido casi en un rasgo racial del universitario nacionalista alemán.

Mil veces más difícil aún que la cuestión de los profesores universitarios es, sin embargo, la de los estudiantes. Durante más de medio siglo, la actitud de la inmensa mayoría del estudiantado austriaco, por distinto que fuera su ropaje político, se caracterizó uniformemente por un resentimiento pequeñoburgués y una presunción de semiletrado frente a la clase obrera. Sobre este caldo de cultivo plantó el nacionalsocialismo la psicología de las SS y produjo un tipo frente al cual el antiguo estudiante de corporación (Couleurstudent)6 era todavía un modelo de sentimientos nobles y formación humanista. Y, por otra parte, en el estudiante no podemos contentarnos, como en el profesor de una especialidad, con la mera pasividad y reserva política. La gente que, en circunstancias tan difíciles, formemos como médicos, profesores, ingenieros y funcionarios directivos no puede limitarse a ser adversarios reducidos al silencio o neutrales de corazón frío. Han de colaborar en las nuevas grandes tareas

de forma activa, con entrega y entusiasmo. Hay que esperar, ciertamente, que el derrumbe del hitlerismo vaya unido a un enorme vuelco en la actitud, precisamente, de la juventud. Pero, por lo que acabamos de decir, es muy probable que sea precisamente la juventud universitaria la menos tocada por ese vuelco. Y tampoco está decidido de antemano que el alejamiento de Hitler y la decepción con él lleven a todos hacia nosotros o a nuestra proximidad. Precisamente el ambiente de las escuelas superiores podría tentar fácilmente a huir hacia un programa de violencia aún más exacerbado, de venganza y contrarrevolución. También al final de la Guerra Mundial hubo gente a la que la guerra le había parecido llevada con demasiada blandura. Y no todo el que esté dispuesto a hacer una profesión de fe de boquilla contra Hitler y a favor del socialismo podrá pasar a nuestros ojos por convertido, sino que habrá que examinar con cuidado dónde se trata de buena fe y dónde de astucia nórdica. Con toda probabilidad, pues, en lugar de la antigua masificación de las escuelas superiores habrá al principio una escasez de estudiantes adecuados, y en un primer momento nos parecerá difícil asegurar la renovación de las profesiones a las que se accede a través de las escuelas superiores. Tendremos que buscar el remedio en dos direcciones: reduciremos el número de «universitarios» que necesita la vida de la sociedad y abriremos el acceso a las escuelas superiores a personas y capas que hasta ahora estaban excluidas de ellas. El examen detenido de la primera salida no pertenece a nuestro tema inmediato. Esta posibilidad de «ahorrar» universitarios se da con más fuerza en la administración pública, recurriendo al elemento lego; porque la sustitución por alumnos de escuelas medias técnicas y otros alumnos de escuelas profesionales en la técnica y la administración no siempre ha de aportar un alivio desde el punto de vista político.

En la modificación de las condiciones de admisión no se tratará enseguida de una nueva regulación definitiva, sino de hacer frente a las necesidades inmediatas. Allí donde, en atención a la demanda existente o previsible, parezca necesario crear un determinado curso, pero falte un número suficiente de alumnos «ordinarios» aptos en lo profesional y en lo político, habrá que estudiar cómo encontrar entre los hombres y mujeres que ya ejercen una profesión a aquellos que sean aptos para una formación especializada más profunda. Las condiciones tendrán que adaptarse siempre al caso dado. En general, podrá decirse que la aptitud propiamente especializada desempeñará un papel mucho más importante que la «cultura general», aunque tampoco esta, como condición indispensable del trabajo científico, podrá desatenderse. Los cursos se adaptarán entonces a las necesidades particulares de un alumnado así y, llegado el caso, tendrán que crear ellos mismos condiciones técnicas previas que en otros casos ya se traían. Que entre los jóvenes proletarios —no, desde luego, entre los muy jóvenes, porque quien no haya adquirido ya antes de la época de Hitler un fondo de formación general y política difícilmente entrará en consideración— se encontrarán bastantes aptos para semejante formación científica no puede ponerse en duda después de las experiencias con nuestra Escuela Superior Obrera (Arbeiterhochschule)7.

Vemos, pues, que no cabe hablar de una reanudación simultánea de toda la actividad de las escuelas superiores. Desde luego, concederemos a la investigación pura y a la enseñanza teórica en todos los campos todo el fomento posible, para volver a elevar el nivel de nuestras escuelas superiores, que ha caído tan bajo, sobre todo en el último decenio. Pero en cada caso concreto habrá que responder primero a la pregunta de si, en lo que se refiere a profesores, trabajadores científicos y alumnos, se dan las condiciones necesarias. Una vez puesta en marcha una especialidad en un lugar, en pocos años se podrá formar para ella también una nueva generación suficiente de trabajadores científicos, ayudantes y pronto también de profesores universitarios. Los cursos destinados a preparar directamente para asumir tareas sociales prácticas tendrán, naturalmente, por grandes que sean las dificultades que haya que vencer, que organizarse de modo que en el momento en que se necesiten se disponga del número preciso de especialistas formados. En algunos casos esto tendrá al principio la consecuencia de que la formación presente lagunas; pero si se recuerda que en la primera posguerra, en algunas profesiones académicas, la mejor parte de la preparación y la formación pudo sustituirse por un papel militar8, se podrá contar con que la gente elegida por nosotros, cuya aptitud intelectual y moral habrá sido examinada, se preocupe por sí misma de llenar esas lagunas; además, se la ayudará en ello cuanto antes creando instituciones de perfeccionamiento. Ciertamente, el contacto vivo e ininterrumpido de las escuelas superiores [con la vida] que así se establezca beneficiará mucho a las propias escuelas superiores y las ayudará a preservarse del tradicionalismo y del alejamiento del mundo que hasta ahora padecían.

Todos estamos convencidos de que de la alianza de la ciencia y de los trabajadores ha de surgir un mundo nuevo. Pero hasta ahora las escuelas superiores austriacas y alemanas fueron durante decenios enemigas mortales de la clase obrera y, con ello, también enemigas de una ciencia consciente de sus tareas sociales. Tendremos que procurar que en adelante se formen en ellas los arquitectos que ayuden a levantar sobre roca firme el edificio del futuro.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Der sozialistische Kampf / La lutte socialiste (París), n.º 6, 23 de marzo de 1940, págs. 134-136, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=dsk, 19400323; imágenes 14-16). Firmado «Karl Schratt», seudónimo de Carl Furtmüller en el exilio de París (según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación original. Los términos históricos se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Hochschulen: en Austria, el conjunto de los centros de enseñanza superior (universidades, Escuela Técnica Superior, Escuela Superior de Agronomía, etc.). Se traduce «escuelas superiores»; «universidad», solo donde el original dice Universität. «Akademiker» se traduce «universitario». (N. del T.) ↩

  2. Georg von Schönerer (1842-1921), fundador del movimiento pangermanista (alldeutsch) austriaco, antisemita y anticlerical, muy arraigado en las corporaciones estudiantiles. (N. del T.) ↩

  3. Komment: código de costumbres de las corporaciones estudiantiles alemanas; Prügelkomment es una formación irónica del autor para la costumbre de apalear a los adversarios. (N. del T.) ↩

  4. Privatdozent: docente habilitado sin plaza de plantilla, primer grado de la carrera universitaria en los países de lengua alemana. (N. del T.) ↩

  5. Es decir, el régimen autoritario de Dollfuss y Schuschnigg (1933/1934-1938), durante el cual el partido nazi estuvo prohibido en Austria (la «época de la prohibición», Verbotszeit, a partir de junio de 1933). (N. del T.) ↩

  6. Couleurstudent: miembro de una corporación estudiantil que lleva sus colores (gorra y banda). (N. del T.) ↩

  7. Arbeiterhochschule: escuela de formación de cuadros de la socialdemocracia austriaca, fundada en Viena en 1926. (N. del T.) ↩

  8. Alusión a los títulos y exámenes facilitados después de la Primera Guerra Mundial a los excombatientes con la presentación de documentos militares. (N. del T.) ↩