KARL SCHRATT:

El antisemitismo como instrumento de la política alemana

El antisemitismo está estrechamente unido al nacionalsocialismo. Sin embargo, para los nazis el antisemitismo nunca fue la meta ni el verdadero contenido de su política, sino, con plena conciencia, un mero instrumento de la política y de la propaganda. En consecuencia, su empleo ha experimentado cambios esenciales en las distintas fases del movimiento; su papel nunca ha perdido importancia, pero es extraordinariamente instructivo seguir las transformaciones de su función.

Que para los nazis el antisemitismo era un instrumento político y no el verdadero contenido de la lucha política se reconoce claramente ya en las primeras ofensivas del partido. Se llamaba al asalto contra la «república judía», no porque la República de Weimar hubiera sido fundada o dominada realmente por judíos, sino porque así se podían movilizar pasiones confusas contra la república, odiada por motivos completamente distintos. Se completó la consigna «¡Alemania, despierta!» con «¡Muera Judá!» porque entonces un grito de guerra directo contra potencias extranjeras habría intimidado más que enardecido, mientras que así se podía poner a prueba el espíritu combativo y acrecentar el sentimiento de poder en un «enemigo interior» al alcance en todo momento.

En esta explotación plenamente consciente del antisemitismo como instrumento político, el nacionalsocialismo supo también sacar la mayor ventaja propagandística precisamente de una circunstancia que siempre había sido una dificultad para los movimientos antisemitas del siglo XIX. Que el judaísmo moderno ya no constituya, como el medieval, una unidad etnográfica y sociológicamente bien delimitable; que haya no solo judíos pobres y ricos, sino asimilados y no asimilados; que haya, junto a los de fe judía, también judíos cristianos e incrédulos, junto a los de rasgos exteriores llamativos también judíos de aspecto completamente «ario», había traído consigo que el antisemitismo moderno, en la práctica, situara siempre en el punto de mira del ataque solo a determinadas capas sociales del judaísmo: el gran banquero, el bolsista, el confeccionista, el intermediario o —como en la Rusia zarista— precisamente el proletariado y la pequeña burguesía judíos, respetando a la gran burguesía judía. Con ello, todo movimiento antisemita tenía, individualmente y por grupos, sus judíos de excepción, y perdía así forzosamente fuerza elemental de ataque. El nacionalsocialismo rompió resueltamente con esa modesta consideración de las realidades sociales y dirigió su ataque contra el judío como tal, sin consideración a su función individual en la sociedad ni a sus cualidades personales. Dada la estratificación social tan variada del judaísmo moderno, no hay, naturalmente, apenas ningún mal social del que no sean también responsables judíos, y así se pudo responder siempre a las quejas y acusaciones más contradictorias con la misma respuesta: «La culpa es de los judíos». Al poner así a disposición una fórmula única para la solución de todos los problemas, se impedía hasta el más modesto intento de un análisis, por primitivo que fuera, de las relaciones sociales y se lograba aquella parálisis completa del pensamiento político que entregó indefensas a amplias capas a la propaganda nacionalsocialista.

Con la toma del poder por el nacionalsocialismo, el antisemitismo recibió una nueva función política. Ya en los primeros días del «vuelco» (Umbruch) se vio que los distintos métodos de persecución de los judíos —estatal, de partido y espontánea— eran un medio excelente para demostrar del modo más llamativo y ruidoso posible el contraste entre el ahora y el antes. Pero luego vinieron las preocupaciones por la realización del programa del partido, que condujeron a graves crisis dentro del partido. Se hizo la paz no solo con el capital «creador», sino también con el capital «rapaz»,1 y el socialismo nacional se transformó en una exhortación a dar limosna para el Socorro de Invierno. A cambio, en la cuestión judía no solo se sigue siendo consecuente, sino que se aprieta el tornillo cada vez más y se llega a situaciones que van mucho más allá de todo lo exigido antes de la toma del poder. Y se procura que eso ocurra en formas que despierten la atención del mundo entero. Así ha de surgir la impresión de una consecuencia inquebrantable y de un avance incontenible, y ocultar que se abandonaron las posiciones fundamentales de la parte social del programa del partido.

Naturalmente, tampoco fue pequeño el número de camaradas del partido nazi para quienes, tras la toma del poder, el antisemitismo se convirtió realmente en «contenido» de su política. Son aquellas decenas de miles que ocuparon los puestos dejados libres por los judíos en la sociedad, el arte, la literatura y la vida pública, y sobre todo los beneficiarios de la «arianización» económica en sus diversas formas, desde el simple saqueo de escaparates hasta la apropiación, de hecho sin

indemnización, de empresas judías. En Viena, donde a causa del mayor porcentaje de población judía y de la evolución más rápida esta clase de antisemitismo floreció de modo especial, ha conducido a fuertes antagonismos dentro del partido nazi. Tras ruidosos combates simulados, los judíos «blancos»2 han salido vencedores. Pero con qué agilidad sabe el nacionalsocialismo poner sus artificios al servicio de nuevos fines en situaciones nuevas lo muestra el tratamiento de la cuestión judía en la Checoslovaquia sometida, donde la arianización de la economía no significa en absoluto el traspaso de empresas y bienes judíos a manos de checos arios, sino que es uno de los instrumentos más eficaces de la germanización.

Ciertamente, la aplicación práctica consecuente del antisemitismo parecía conducir a un punto en que tenía que anularse a sí mismo. Expulsados de todas las posiciones de la vida económica, intelectual y social, los judíos acaban por no poder ser ni peligrosos ni dañinos. La emigración ha reducido considerablemente su número, los que se han quedado se retiran intimidados, y ni siquiera su vista logra ya excitar. Además, la repercusión en el extranjero —el reflejo de las noticias de atrocidades en la opinión pública internacional, la perturbación de no pocas antiguas relaciones económicas— no era en absoluto deseable para el Tercer Reich en los años en que aún no había pasado a una política exterior abiertamente agresiva. Y así, en aquella época surgían una y otra vez rumores que pretendían saber de una atenuación intencionada del rumbo antisemita.

Pero esto no duró mucho. En el momento en que el nacionalsocialismo pasa al ataque en la política exterior, descubre que el antisemitismo es un excelente artículo de exportación. La emigración forzada de cientos de miles de judíos alemanes provoca en los países que han de acoger a estos emigrantes reacciones espontáneas de rechazo. Mientras los judíos alemanes pueden llevarse todavía restos de su fortuna, se los percibe como una molesta competencia comercial. Los inmigrantes completamente desprovistos de medios gravan el mercado de trabajo, hacen bajar los salarios o son molestos receptores de limosnas. La necesidad obliga a algunos a obtener subrepticiamente, eludiendo las leyes vigentes, el acceso que no se les concede de buen grado. Esto hace que en los países afectados prendan corrientes antisemitas que no solo sacan fuerza adicional de la agitación alemana que llega de fuera, sino que pronto son fomentadas y acrecentadas sistemáticamente por la propaganda alemana. No solo a los árabes de Palestina, también a los médicos de Inglaterra y a los trabajadores agrícolas de Canadá y Australia la propaganda alemana les puso una y otra vez ante los ojos la supuesta amenaza que suponía para ellos la emigración judía. Y mientras las autoridades alemanas organizan a lo grande la inmigración ilegal de judíos a otros países por caminos clandestinos y en barcos de transporte alemanes, la Agencia Alemana de Noticias estigmatiza en los tonos más altos la insolencia judía que pretendería colarse en otros países con documentos falsificados. Y en total contradicción con el supuesto interés de Alemania, que finge desear la emigración más rápida posible de sus judíos, la prensa alemana registra con triunfo y aliento toda nueva noticia de una dificultad añadida para los judíos alemanes en cualquier parte del mundo. Forzosamente, todo movimiento antisemita que surge en cualquier país busca apoyo, si no material, al menos ideológico, en el gran hermano alemán. Así se introduce en naciones, en capas sociales, en partidos un elemento de confusión y se paraliza la capacidad de resistencia frente a la propaganda alemana: esa es la importante función de política exterior de la agitación antijudía. El antisemitismo está destinado a difundir por todo el mundo el germen infeccioso del nacionalsocialismo. Se convierte en un elemento esencial de la política exterior alemana.

Y aparecen fenómenos de parálisis también en quienes no han sucumbido directamente a la infección del antisemitismo. La lucha contra el afán de dominio de Hitler y contra su barbarie, que pone en peligro el mundo, se presenta como un intento de «proteger a los judíos», a quienes se reconoce todo el derecho a la compasión, pero cuyo interés no podría en modo alguno determinar la política de otros países y de sus partidos. Si un político enemigo de Hitler es por casualidad de ascendencia judía, su antinazismo se interpreta como una comprensible simpatía con sus congéneres de raza alemanes. Y finalmente, la deformación de la perspectiva política puede llegar tan lejos que se considere incluso la posibilidad del fascismo en el propio país como un peligro que, en primer término, solo amenazaría a los judíos. Así, este efecto a distancia del antisemitismo alemán se revela como quizá el medio más eficaz para provocar aquella descomposición interior de los Estados adversarios que, según Hitler, es la condición previa más importante para su sometimiento por la fuerza.

Pero en seguida esta internacionalización del problema judío encuentra de nuevo su aprovechamiento en la política interior. Si antes, por ejemplo, el tema de los «Sabios de Sión» había servido para presentar con fantástica exageración la peligrosidad del «enemigo interior», ahora la referencia a la actividad del «judaísmo mundial» permite proseguir la política antisemita aun después de haber liquidado a los judíos en el interior. Dondequiera que en el mundo la política alemana suscite resistencia, el «judaísmo mundial» es la fuerza motriz: esto responde al principio propagandístico de Hitler de mostrar a la masa, en lugar de muchos enemigos, uno solo. Con cada agravamiento de la situación internacional —y en adelante con cada empeoramiento de la situación bélica alemana— el nacionalsocialismo puede de este modo descargar la culpa de su propia política y achacarla al «judaísmo mundial». En Alemania, una objeción crítica contra esta argumentación puede alzarse todavía menos que en cualquier otro asunto. Porque eso significaría asumir la defensa de los judíos; y «quien defiende a los judíos es peor que un judío».

Así, el antisemitismo alemán encadena al ario alemán. Y con ello hemos llegado al último y más diabólico aprovechamiento que el nacionalsocialismo ha encontrado para el antisemitismo, un aprovechamiento que se le ha hecho indispensable y por el que nunca podría renunciar al antisemitismo. Al despojar a un grupo de la población de todos los derechos humanos,

no solo de los derechos humanos de la Revolución francesa, sino de las condiciones más elementales de una existencia civilizada; al someter de manera permanente a un grupo de la población a un terror sin límites; al no solo tolerar, sino escenificar desde el Estado contra este grupo lesiones corporales, saqueos e incendios, se crea, mucho más allá de los directamente afectados, una atmósfera de terror y se mantiene viva en todo momento la idea de que el sistema dominante dota incluso al más ínfimo de sus órganos ejecutivos de tal plenitud de violencia irresponsable que cada ciudadano tiene que estar preparado para cualquier intromisión en su esfera privada. Solo sobre este trasfondo psicológico fue posible no solo quitar a los «camaradas del pueblo» (Volksgenossen) hasta el último resto de los derechos humanos políticos, sino someterlos al trabajo forzoso y privarlos de la libertad de residencia y del sentimiento de seguridad personal. Si Marx dijo una vez del capitalismo que había hecho de los cristianos judíos, el nacionalsocialismo, en otro sentido, después de haber empezado por hacer de los judíos parias sin derechos, ha terminado por hacer de los arios judíos.

¿Qué uso hará ahora el nazismo del instrumento del antisemitismo en su nueva y última fase, en la guerra que él ha desencadenado y que ha de acarrear su fin? Es de suponer que consolará a las mujeres alemanas por el hambre de sus hijos mostrándoles al lado el hambre de los niños judíos, llevada hasta lo más espantoso, y que con cada empeoramiento de la situación exterior e interior intentará crear, organizando campañas antijudías, una ocasión para descargar los afectos acumulados de manera amenazadora. Es igualmente posible —y dada la particular clase de cinismo propia de los nazis, una cosa no excluye la otra— que en el momento oportuno se recuerde a los judíos que, como súbditos del Estado alemán, según dicen tan bellamente las leyes de Núremberg, «pertenecen a la comunidad de protección del Reich alemán y por ello le están especialmente obligados», y que, por tanto, se espere de ellos una participación eficaz en la defensa del país. Es, por último, concebible también que el nazismo, que tantas veces ha sabido sorprender a sus adversarios y a sus críticos con giros completamente inesperados, tenga preparado también en esta cuestión un giro desconcertante.

Pero todo nuestro pensamiento ha de ser ahora, naturalmente, trabajo de preparación para el momento de la liquidación del dominio de Hitler. Podemos estar seguros de que también después de su caída la reacción, bajo cualquier ropaje en que se presente, intentará seguir explotando demagógicamente el problema judío, que el nacionalsocialismo supo emplear de manera tan eficaz y variada. Todas las medidas por nuestra parte tendrán que examinarse también desde el punto de vista de que impidan en lo posible ese juego.

Una importancia particular tendrá para la actual discusión internacional el conocimiento de cómo se sirve el nazismo del antisemitismo como instrumento político. Si ahora hay acuerdo en que hay que poner fin al sistema de Hitler, se piensa ante todo, naturalmente, en la agresividad del régimen en política exterior. Que esta va inseparablemente unida a la agresividad en política interior no puede escapársele a nadie, desde luego. Pero sería posible el malentendido de ver encarnada la esencia de esta agresividad interior en el antisemitismo. Frente a ello, se trata de imponer en la opinión pública del mundo entero el conocimiento de que la brutalidad del antisemitismo es, sí, un síntoma terrible de la violencia del nacionalsocialismo, pero que su sentido verdadero y su esencia consisten en la represión violenta de las grandes masas del propio pueblo, sobre todo de la clase obrera. ¡Por eso solo se podrá hablar de una liquidación del «hitlerismo» cuando la clase obrera alemana y austriaca haya reconquistado su libertad plena y sin restricciones!


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Der sozialistische Kampf / La lutte socialiste (París), n.º 20, 7 de octubre de 1939, págs. 456-458, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek. Firmado «Karl Schratt», seudónimo de Carl Furtmüller en el exilio de París (atribución según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010). Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conserva la división en párrafos. Los términos del vocabulario nazi se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor cuando hace falta; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Alusión a la distinción nazi entre capital «creador» (schaffendes), productivo y «ario», y capital «rapaz» (raffendes), financiero y supuestamente judío, que el programa del partido prometía combatir. (N. del T.) ↩

  2. Expresión de la época para los arios acusados de comportarse «como judíos» (en particular, los nazis enriquecidos con la arianización), o para los no judíos protegidos que hacían negocios con bienes judíos; el autor la entrecomilla. (N. del T.) ↩