Sigm. Freud: Über einige Übereinstimmungen im Seelenleben der Wilden und der Neurotiker [Sobre algunas coincidencias en la vida anímica de los salvajes y de los neuróticos]. IV. Die infantile Wiederkehr des Totemismus [El retorno infantil del totemismo]. (Imago, vol. 2, cuaderno 4.)

Desde hace muchos años es característico del modo de trabajar de Freud que no hace mayor caso de las críticas y argumentaciones dirigidas contra su doctrina, sino que sigue construyendo sobre sus concepciones como si estuvieran elevadas de una vez por todas a evidencia científica y no necesitaran ya más discusión. El presente trabajo muestra este aislamiento de la vida general de la ciencia en un enorme crecimiento. El último año y medio ha mostrado, en efecto, cómo dentro del propio círculo de Freud se ha ido abandonando un postulado freudiano tras otro, y cabría pensar que por fin habría llegado el momento de discutir y revisar los fundamentos antes de seguir adelante. Vemos, por el contrario, que Freud, una vez más, sin el menor intento de valorar o refutar los argumentos contrarios, hace de su doctrina del complejo de Edipo el pilar de la investigación. Más aún: el valor lógico de esta doctrina es para él tan alto que las hipótesis más arriesgadas adquieren a sus ojos fuerza probatoria con tal de que con su ayuda se consiga desembocar en el complejo de Edipo.

El totemismo es un terreno tan oscuro y enmarañado que entre los especialistas se enfrentan las opiniones más diversas, de las que Freud nos informa con claridad. No solo reina una desconcertante variedad en sus intentos de explicación; también en lo fáctico, en la cuestión de qué es originario en el totemismo y qué evolución posterior, las opiniones divergen mucho. El psicoanalista, que se acerca a estas cosas desde fuera, se halla pues de antemano en una situación muy mala. Tomar una decisión a partir del conocimiento del material le está por naturaleza vedado, y así corre el peligro de escoger arbitrariamente, entre las hipótesis que se le ofrecen, la que mejor se presta a su propósito interpretativo. Pero Freud va aún más lejos. Un rasgo que un especialista cita como presente «por regla general» y otro como presente «a menudo», lo convierte en el núcleo de todo el totemismo: el rasgo de que los adoradores del tótem creen descender del animal totémico. Así se acerca Freud por el camino más corto a su meta, la equiparación del tótem con el padre. Trata de apoyar esta equiparación con paralelos de la vida anímica infantil, alegando que en el análisis de fobias infantiles a animales se ha visto que la angustia se había desplazado del padre al animal. Aun cuando se quisiera admitir no solo la exactitud sino también la posibilidad de generalizar estos análisis, no se ganaría mucho con ello para el problema del totemismo. Pues precisamente el caso del pequeño Árpád, que Freud cita según Ferenczi, muestra que, cuando no se trata de una relación de angustia por así decir unidimensional, sino que la relación con el animal está más ricamente elaborada y es por tanto más comparable al totemismo, la estrecha fórmula de una ecuación no basta. El pequeño Árpád no se limita a identificar al gallo con el padre, sino que, sirviéndose de un giro de Adler, podría decirse que expresa en general todas las relaciones humanas en jerga gallinácea.1 Es en general curioso ver cómo Freud no nota en absoluto que el problema propiamente dicho se le escapa de las manos. Si parto del supuesto tótem = antepasado, no es difícil, naturalmente, llegar a la solución tótem = padre, pues cualquiera nos creerá de buen grado que la relación con el antepasado está calcada de algún modo sobre la relación con el padre. Pero no nos asombra que haya hombres que veneren a su antepasado, sino que se lo representen como animal. Y cómo se explica eso, de eso Freud no tiene nada que decirnos, mientras que en Wundt podemos aprender bastante al respecto.

Con esta sustitución del tótem por el padre resulta ahora para Freud que los dos mandamientos principales del totemismo —no matar al tótem y no usar sexualmente a ninguna mujer que pertenezca al tótem— coinciden por su contenido con los dos crímenes de Edipo y con los dos deseos primordiales del niño. Al contar la exogamia entre el núcleo del totemismo, Freud vuelve a tomar una decisión arbitraria en una cuestión disputada de la investigación especializada. Pero apresurémonos mejor hacia la mayor sorpresa que Freud nos tiene reservada. Después de habernos preparado así para la idea de que el sistema totemista se ha derivado de las condiciones del complejo de Edipo, se pone a revelarnos el origen histórico del totemismo con toda concreción.

Para ello toma como punto de partida una hipótesis de Darwin y una hipótesis de Robertson Smith. Darwin considera probable que el hombre viviera originariamente en pequeñas hordas, dentro de las cuales los celos del macho más viejo y más fuerte impedían la promiscuidad sexual. Cuando el macho joven había crecido, habría tenido lugar una lucha por el dominio y el más fuerte habría matado o expulsado a los demás. Smith trata de demostrar, sin que ello pueda corroborarse con la observación directa en el terreno del totemismo, que el banquete totémico formó originariamente parte integrante del sistema totemista. Como acto sacramental se habría matado y comido en común el animal totémico, prohibido en otras circunstancias, para renovar así el vínculo sagrado que unía a los participantes entre sí y con el tótem. (Las objeciones de muchos autores contra esta conjetura «no han menoscabado en lo esencial» la «impresión» de Freud.)

Freud une ahora las dos hipótesis mediante otra incomparablemente más audaz. Quiere mostrarnos cómo la horda primitiva de Darwin fue reemplazada por otra forma de sociedad. «Un día los hermanos expulsados se unieron, mataron y devoraron al padre y pusieron así fin a la horda paterna.» El banquete totémico, quizá la primera fiesta de la humanidad, sería pues la repetición y la conmemoración de este hecho memorable y criminal. Con este hecho habrían comenzado las organizaciones sociales, las restricciones morales y la religión. La parte principal de sus efectos posteriores se debería a que la actitud de los hijos hacia el padre había sido ambivalente. Así se habrían presentado enseguida el arrepentimiento y la conciencia de culpa. Los hijos «revocaron su hecho declarando ilícita la muerte del sustituto del padre, el tótem». (Aquí tenemos de forma especialmente llamativa el salto ya señalado antes: de manera completamente inmediata aparece el tótem en lugar del padre.) Y por «obediencia retrospectiva» renunciaron «a los frutos de su hecho, negándose a las mujeres que habían quedado libres». Así nacieron de la conciencia de culpa del hijo los dos tabúes fundamentales del totemismo. La prohibición del incesto se habría instaurado, por lo demás, también por fuertes razones prácticas, a saber, para impedir que la recién creada organización fraterna fuera destruida de nuevo por los celos y la discordia interna.

Las páginas en que Freud describe esta evolución son extraordinariamente cautivadoras. No solo se admira la ingeniosa y aguda combinación; se siente en el conjunto un rasgo directamente poético. Si a un Spitteler se le hubieran ocurrido estos razonamientos, quizá habría salido de ellos una epopeya de los tiempos primitivos.2 En una investigación científica, en cambio, no puede uno dejar de sentir como algo extraño que el libre juego de la fantasía ocupe el lugar de la argumentación lógica; a una crítica que quiera comprobar se le escapa todo fundamento para su actividad y tiene que reconocer que los predicados verdadero y falso pierden aquí su aplicabilidad. A lo sumo en el punto de partida y en el de llegada de esta exposición puede hallar puntos de apoyo.

Freud ha partido, en efecto, de la hipótesis de Darwin. Pero tenemos que constatar que también esta se le ha transformado esencialmente entre las manos. Darwin consideraba al hombre primitivo por analogía con el gorila. El encarnizado duelo entre padre e hijo le parecía la regla, y aunque el padre se acreditara casi siempre como el más fuerte, con la edad creciente y la fuerza menguante tenía que llegar para todo hombre el día en que fuera vencido por uno más joven. En la horda primitiva de Darwin, el parricidio tenía que ser, pues, un fenómeno normal, casi una condición de su continuidad, y no un hecho inaudito cuya comisión entrañara la disolución de la horda primitiva. Con ello se viene abajo la exposición del drama que Freud ha contemplado. Pero tampoco el punto de llegada puede satisfacer del todo. ¿Para eso hemos descendido en el individuo por todos los estratos de lo inconsciente, para eso hemos acompañado a la humanidad hasta los milenios más remotos, para enterarnos al final de que la moral arraiga en buena parte en un contrato social consciente?

Freud supone que los efectos de aquel parricidio desempeñan en toda la evolución de la religión y la moralidad un papel, no exclusivo, pero sí central. Bien puede recogerse aquí una palabra de Freud y hablar de metapsicología histórica: el complejo de Edipo del psicoanalista se ha convertido en el pecado original del género humano.

Dr. Carl Furtmüller.

Sigm. Freud: Das Motiv der Kästchenwahl [El motivo de la elección del cofre]. (Imago, vol. 2, págs. 257-266.)

El punto de partida del trabajo es la escena de El mercader de Venecia en que los pretendientes tienen que elegir entre tres cofres (de oro, de plata y de plomo). El que elige el de plomo gana a la novia. Freud interpreta naturalmente la elección entre tres cofres como elección entre tres mujeres. Que en relatos semejantes, e incluso en la fuente de Shakespeare, la elección haya de hacerse entre tres hombres, Freud lo menciona, pero lo abandona enseguida, evidentemente porque estorba a la deducción posterior. Una elección entre tres mujeres nos la mostraría también la primera escena del Rey Lear; desde luego, hace falta cierto esfuerzo para leer aquí una elección. Este motivo de la elección entre tres mujeres se encuentra, naturalmente, repetidas veces en la literatura universal; Freud menciona el juicio de Paris, Amor y Psique de Apuleyo, la Cenicienta. Siempre se trataría de tres hermanas, siempre la elección había de recaer en la tercera. Freud busca entonces un rasgo común oculto a partir del cual pudiera adivinarse el significado secreto de esta tercera, y lo encuentra… en la mudez. Sin duda uno de los castillos de naipes más temerarios que puedan imaginarse. Pues en realidad la mudez, o siquiera la falta de palabras, no se encuentra en ninguno de los casos aducidos. De Cordelia se dice, desde luego: ama y calla. Solo que, por desgracia, lo dice ella misma. Ni siquiera es parca en palabras; su «silencio» consiste solo en que no dice precisamente lo que Lear quiere oír. La Cenicienta se esconde, cosa que Freud solo podría equiparar al enmudecer si este estuviera demostrado en los otros casos. En el Mercader encuentra como punto de apoyo la frase del elogio del plomo: «Tu sencillez me impresiona más que la elocuencia». En Psique no encuentra el menor indicio de su mudez. En cambio, la leyenda del juicio de Paris le depara su argumento principal, el único caso en que realmente se habla de mudez. Cierto que para ello no puede recurrirse a la tradición antigua, sino que… en el libreto de La bella Helena se dice:

«Y la tercera —sí, la tercera— estaba al lado y se quedó muda».3

Sobre la base de este material, Freud se decide a «ver concentrada en la mudez la peculiaridad de nuestra tercera». Y como la mudez se emplea no pocas veces en los sueños y en los cuentos para representar la muerte, Freud ve en la tercera a la diosa de la muerte; es Átropos, la tercera de las hermanas del destino, las Parcas. Las dificultades que surgen —la muerte es horrible, y aquí se trata de la más bella, la más sabia, la mejor; la muerte es inevitable, y aquí se trata de una elección— quedan resueltas rápidamente para Freud: eso sería precisamente «inversión por el deseo». Y así queda libre el camino para una interpretación nueva y sorprendente del Rey Lear. Aquí se produciría una reducción del motivo al mito originario, de modo que volveríamos a sentir el conmovedor sentido de este. Lear, condenado a la muerte, no quiere renunciar al amor de la mujer, quiere oír cuánto se le ama; en vez de eso habría debido elegir la muerte, familiarizarse con la necesidad de morir. Freud se vuelve con aguda ironía contra supuestos críticos de arte que quisieran ver el núcleo del Lear en la enseñanza de que no hay que renunciar en vida a los bienes y derechos y hay que guardarse de tomar la adulación por moneda de ley. Esta ironía está sin duda justificada. ¿Pero es la «idea fundamental» de Freud tanto más profunda y original que aquellas de que se burla? Y que contradiga directamente el contenido «manifiesto» del drama de Shakespeare solo unos pocos se lo contarán ya como un mérito. Quien explica todos los sucesos de la vida con lugares comunes apropiados será sin duda un compañero aburrido; ¿será mejor si los lugares comunes no vienen al caso?

He expuesto tan por extenso la argumentación de este pequeño trabajo (todavía me toca un pequeño complemento: Lear, llevando a la escena a la difunta Cordelia = la diosa de la muerte, que se lleva del campo de batalla al héroe caído) porque me parece, por desgracia, característica del rumbo que sigue el psicoanálisis freudiano.

Dr. Carl Furtmüller.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del recorte (págs. 293-296) del Zentralblatt für Psychoanalyse und Psychotherapie 4 (1913/14), cuaderno 5/6, febrero-marzo de 1914, sección «Referate und Kritiken», digitalizado en Internet Archive (zb4191456) y cotejado con las imágenes de las páginas. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan la paginación original y las cursivas, que reproducen el espaciado del original; las citas de Freud se traducen del alemán tal como las da Furtmüller. Las adiciones del traductor van entre corchetes. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.

  1. Alusión a la «jerga de los órganos» (Organjargon) de Adler. El caso del «pequeño Árpád», un niño identificado con los gallos, lo publicó Ferenczi en 1913 y Freud lo recoge en Tótem y tabú. (N. del T.) ↩

  2. Carl Spitteler (1845-1924), poeta suizo, autor de las epopeyas míticas Prometheus und Epimetheus y Olympischer Frühling. (N. del T.) ↩

  3. Versos de la versión alemana del libreto de La belle Hélène de Offenbach, citados por Freud. (N. del T.) ↩