Molière
(Nacido en 1622 en París, donde murió en 1673.)
No siempre nos llevan los poetas a otros mundos mejores, llenos de esplendor y de pureza. Pero también el poeta que retrata el mundo real y corriente nos da algo nuevo: bajo su mirada clara y aguda caen de las cosas las máscaras de la mentira y las vemos como son. Uno de esos geniales desenmascaradores fue Molière. Llamado por su verdadero nombre Juan Bautista Boquelin (pronúnciese: Poklé),1 creció como hijo de un honrado tapicero de la corte, estudió, debía hacerse cargo más tarde del negocio paterno y, con él, de una existencia segura y tranquila. ¡Pero no! A los veintiún años se escapa, tira por la borda estudios, negocio, holgura, tranquilidad y apellido burgués, y deja París a escondidas con una compañía ambulante de cómicos. Claro que en ello entraban también el gusto por la aventura y el enamoramiento —el joven actor, autor teatral y director de teatro Molière se casó pronto con una bonita actriz de su compañía—, pero fue sobre todo el valor de vivir según su destino. Pues el gusto por la aventura no le habría bastado para aguantar quince largos y penosos años de andanzas por toda Francia, en los que el aplauso y el éxito se vieron tan enturbiados y ensombrecidos por la miseria, las privaciones y el menosprecio humillante que acompañaba en todas partes a los «cómicos». En esos años conoció a fondo al burgués de ciudad pequeña, con todas sus costumbres ridículamente pedantes, su astuto egoísmo y sus solemnes ínfulas. Y si hubiera sido solo el enamoramiento lo que lo sacó de los rieles tranquilos, aún peor habría sido recompensado. Pues la joven actriz era una mujercita superficial y coqueta, que no se preocupaba en absoluto de la riqueza interior de su marido y se dejaba cortejar por elegantes cabezas huecas. Molière fue amargamente desgraciado en su matrimonio; pero toda experiencia dolorosa le sirve al poeta genial de material de construcción, y así debemos a la pequeña coqueta las figuras inmortales de Celimena en El misántropo y de Angélica en George Dandin.
Tras quince años de andanzas, Molière vuelve con su compañía a París. La brillante corte necesita mucha variedad; las fiestas y los ballets solo pueden ganar con comedias entretenidas: así, el poeta puede gozar, junto con su compañía, del favor real, instalar un escenario fijo y representar sus obras, aun allí donde le aprietan bien las clavijas a la querida vanidad y a la hipocresía humanas. Porque hay que decirlo: frente a los fisgoneos de la censura y las persecuciones que el absolutismo ha empleado con gusto contra los poetas en otras épocas y en otros lugares, en la corte real francesa había entonces cierta comprensión generosa por el arte auténtico. Es verdad que, cuando Molière se burlaba del burgués fanfarrón, del viejo tutor celoso o del inmortal avaro, los nobles señores y damas de la corte podían reírse a gusto con él: un burgués así era, desde luego, una figura muy divertida. Pero con algo de acritud habrán sonreído cuando la burla despiadada se atrevía con los dos fuertes pilares de la sociedad de entonces, la nobleza y la clerigalla.
Veamos de cerca un par de comedias de Molière. El burgués gentilhombre. El señor Jourdain es un necio ridículo que quiere presentarse a toda costa como aristócrata y comprarse con su dinero todo de una vez: ropa distinguida, modales elegantes, cultura, entendimiento del arte y, por añadidura, un yerno de alta nobleza. Es el verdadero tirano doméstico fanfarrón, para quien no cuenta la inclinación del corazón de su hija, que encuentra demasiado burguesa a su buena esposa y que corteja de modo disparatado a una aristócrata auténtica. Pero su modelo y dechado, a la vez consejero e intermediario ante el sastre, el maestro de esgrima, el maestro de baile e incluso ante la marquesa, es un barón venido a menos que explota sin vergüenza al vanidoso burgués, se hace mantener por él y, en agradecimiento, se burla de él junto con la noble marquesa. Así pues, al burgués no se le ridiculiza propiamente porque no encaje en el gran mundo, sino porque aspira a salir de su mundo del trabajo honrado.
Otro caso es George Dandin, el arrendatario enriquecido que se ha casado con una señorita noble y ahora es despreciado, burlado, engañado y escarnecido por su Angélica. Ahí entran muchas cosas: en todos los pueblos encontramos historias así, entre feroces y cómicas, de astucia femenina y de maridos embaucados, como la escena en que Angélica, sorprendida en conversación nocturna con el marqués enamorado, se finge muerta para luego colarse en casa, dejando atrás al marido que sale asustado, cerrar con llave la puerta y quejarse desde la ventana a la gente de lo que sufre con su marido, que se pasaría las noches de juerga y, borracho, le haría reproches infundados. Pero también la amarga experiencia conyugal del propio poeta habla en más de un pasaje, cuando contrapone al Dandin algo torpe pero honrado la encantadora Angélica, vanidosa, completamente fría y sin corazón. Y a ello se añade además la oposición, captada magistralmente, entre «noble» y «burgués». Dandin fue un necio al dejarse deslumbrar por el brillo de la nobleza y casarse con una señorita noble. Pero eso ocurrió ya antes de empezar la obra; ahora expía; y la luz implacablemente aguda de la sátira cae ahora sobre la superficial Angélica, sobre el adorador sin escrúpulos y además cobarde, un marqués que encarna a la nobleza cortesana ávida de placeres, y también sobre los padres de Angélica, que representan a la limitada nobleza rural. Cada vez llegan el severo e irascible señor papá y la piadosa y altiva señora mamá muy alterados para examinar con justicia las quejas del yerno contra su hija (después de haberlo reprendido antes por cien pequeñas faltas de etiqueta), y cada vez se dejan despachar y tranquilizar por Angélica y su astuta doncella con las excusas más tontas, se retiran convencidos de su inocencia y dejan al pobre Dandin en ridículo y desesperado.
Los poetas auténticos no pintan de color de rosa; y aunque en las comedias de Molière hay numerosas parejas de enamorados felizmente unidas al final, el peso de la obra no estaba en ellas, sino en la representación de una ridiculez o una pasión humana, cuyo efecto sobre todo el entorno había que describir. En ridículo y desesperado está el Avaro ante la caja del dinero saqueada, la hija raptada y el hijo que descubre en él al usurero; en ridículo, la mujer de mundo sin corazón y coqueta, Celimena, ante sus adoradores, después de que todos se han enterado de cómo habla de ellos a sus espaldas; en ridículo, las Mujeres sabias, cuyos mimados profesores favoritos resultan ser unos ignorantes embusteros y unos canallas cazadotes.
Pero ninguna debilidad humana, grande o pequeña, ha tomado Molière tan aguda y demoledoramente en el punto de mira como la hipocresía moral y religiosa, la santurronería. Sí, los poderosos de París sabían muy bien por qué hicieron la guerra más encarnizada al Tartufo, impidieron durante años su representación y persiguieron al poeta hasta más allá de la tumba con odio y calumnias. Tartufo es un discípulo de los jesuitas, un hombre de origen desconocido y de oficio desconocido, que con unas maneras llamativamente piadosas se ha ganado la confianza del buen y terco Orgón y luego se ha instalado en su casa, y ahora lo domina todo con un poder terriblemente ilimitado: a Orgón y a su vieja y beata madre, que le están ciega y crédulamente entregados, y, a través del padre de familia, manda también sobre los demás: la segunda y joven esposa de Orgón, a la que acosa; su hija, con la que —por la dote— quiere ca-
sarse; su hijo, al que enemista con el padre para librarse de él. Toda esta triste confusión de la familia antes unida la conocemos en los dos primeros actos, sin ver al propio Tartufo. Solo en el tercer acto aparece: tras asegurarse de que hay gente que lo oye, ordena a su criado que guarde el cilicio y las disciplinas. Este rasgo es característico. En ninguna situación lo abandona la energía férrea de la hipocresía y del disimulo bien meditado. El hijo de Orgón se humilla ante el odiado hasta el punto de pedirle que interceda ante el padre, que lo ha echado de casa y desheredado: suspirando piadosamente, Tartufo responde que eso es sin duda disposición del cielo, que él no debe contrariar, ¡por desgracia! Luego la hija le suplica de rodillas que no la obligue al odiado matrimonio, a lo que Tartufo la remite al mandamiento divino de la obediencia filial. Ni siquiera ante la mujer apasionadamente deseada olvida su papel: cuando ella le pregunta con sorna cómo él, el archipiadoso, se atreve a acercarse a una mujer casada, asegura «que con el cielo se puede llegar a un arreglo». ¡Oh, la bien conocida devoción! Pero la mujer, que es lista, lo atrae a la trampa; el marido, Orgón, lo sorprende y por fin lo reconoce como un hipócrita inmoral. Ahora Tartufo se revela como un perfecto bribón. Orgón le había cedido por escrito casa y fortuna; él tiene el contrato y se dispone a echar a toda la familia; y solo la clemente perspicacia del rey salva a los pobres en el último momento y lleva al frío malvado al castigo merecido.
No siempre adopta Molière tonos tan apasionados; pero siempre su maravilloso arte de dar forma a los hombres va mucho más allá del entretenimiento chistoso, hasta el reino eterno de la verdad inexorable.
Aline Furtmüller
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de Der jugendliche Arbeiter (Viena), 1923, n.º 1 (enero), págs. 6-7, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; los títulos de las comedias, que la autora da entre comillas en su forma alemana, se dan en cursiva con su título español usual, y los nombres de los personajes en su forma española (Celimena, Angélica, Orgón, Tartufo). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Así en el original; el apellido es Poquelin. (N. del T.) ↩