Un gran psiquiatra analiza a los judíos
ENTREVISTA CON EL DR. ALFRED ADLER
Se dice a menudo que una de las neurosis nacionales de los judíos es su preocupación individual por su propia vida y por el destino de su pueblo. Quizá sean los siglos de errar sin rumbo y de sufrimiento estéril los que han acentuado en el judío el deseo, natural en el hombre, de descubrir su origen y averiguar su meta. Y quizá también la tradición del «pueblo elegido» obliga a las sucesivas generaciones de judíos a encontrar una distinción entre ellos y los demás pueblos, una distinción mental, cultural o espiritual.
Eso puede dar lugar a una actitud, que no solo abrigan los incultos, según la cual el calibre intelectual del judío es mayor que el de su vecino o sus cualidades de corazón no tienen rival. Son cuestiones a las que ninguna máquina estadística responderá nunca, por suerte quizá para quienes reivindican la distinción.
Quizá no haya nadie con quien estas cuestiones puedan discutirse con más provecho que con el Dr. Alfred Adler. Entre los no iniciados, Adler pasa por un «psicoanalista» eminente. Pero Adler rechaza esa denominación. Como fundador de la escuela de la psicología individual, prefiere que se le conozca sencillamente como un psiquiatra que ha hecho tanto como cualquier otro hombre de la medicina contemporánea por dar a hombres y mujeres una comprensión de la conducta humana.
Hace dos decenios, el Dr. Adler asombró a Viena con la publicación de un volumen que revolucionó la actitud científica ante la psicología individual. Desde entonces, él y sus discípulos han establecido el principio, hoy comúnmente aceptado, de que los orígenes de la neurosis se encuentran en la infancia. Los consultorios gratuitos de orientación infantil del Dr. Adler en Viena han encontrado réplica en otras ciudades de todo el mundo. En la actualidad el Dr. Adler se encuentra en Estados Unidos dando conferencias bajo los auspicios de la principal fundación médica de América y dirigiendo un consultorio para niños y adultos.
¿Por qué parecen dominar los judíos el campo del psicoanálisis? ¿Son los niños judíos alumnos más inteligentes que los demás? ¿Son los judíos más neuróticos que sus vecinos? ¿Qué hay de la teoría de que una consanguinidad secular ha causado la neurosis? Estas y otras preguntas semejantes constituyeron la base de nuestra conversación y, para conservar lo esencial de sus opiniones, reproduzco un relato bastante formal de la entrevista.
—¿Cómo explica usted el hecho —quise saber— de que tantos de los grandes nombres de las diversas escuelas de psicoterapia, Freud, Adler, etcétera, sean judíos? ¿Cree usted que los judíos tienen una aptitud especial para esta clase de trabajo, o que hay alguna tendencia racial especial que provoca su interés?
—No acepto su premisa de que un número desproporcionado de judíos encabece el campo psicológico. Contrariamente a la opinión popular, la mayoría de los grandes hombres no son judíos. Jung no es judío, ni Watson, ni McDougall.1 Solo en el campo especial del psicoanálisis se encuentran judíos en número mayor de lo habitual, pero hay una explicación muy sencilla de este hecho. En Europa, en Viena —más que en América—, el ejercicio de la medicina está algo restringido, y al médico judío a veces le resulta más fácil abrirse camino bajo la protección de su pertenencia al grupo de los psicoanalistas. Pero eso es resultado de un conjunto particular de circunstancias, y no de ninguna tendencia racial.
—Se ha sugerido a menudo que entre los judíos hay un porcentaje mayor de mentalidades elevadas, y también un porcentaje mayor de mentalidades bajas, que entre otras razas. ¿Qué le parece tal afirmación?
—No creo que esta afirmación sea correcta en modo alguno —fue la respuesta del Dr. Adler—. Hasta donde alcanza mi experiencia, judíos y no judíos comparten el mismo grado de genio y de debilidad mental. Hay un conjunto particular de circunstancias que ha dado lugar a esa impresión errónea de la superioridad e inferioridad concomitantes de los judíos.
»Es cierto que los escolares judíos superan a menudo las pruebas de inteligencia con calificaciones desproporcionadamente altas. Pero eso no se debe necesariamente a ninguna potencialidad mental especial. Es más bien resultado de la particular educación en el hogar, inherente a la tradición judía.
»Recuerdo mi propia infancia. Por las noches mi padre y mi madre estaban en casa y nos reuníamos todos y descansábamos en la apacible atmósfera del hogar. Los judíos son un pueblo esencialmente hogareño, y en ello reside el secreto de su éxito en la educación de los niños. Entre los judíos hay más tradición de solidaridad familiar. Por término medio dedican más tiempo a la crianza de sus hijos, no tanto por una aptitud especial como porque las circunstancias han favorecido un apego más estrecho a la tradición. Así es como el escolar judío muestra el beneficio de su educación en casa. Pero cuando los días de la infancia han pasado y los muchachos de dieciséis y diecisiete años ya no están bajo la guía constante del hogar, esas diferencias se borran.
»Por otra parte, los judíos esperan tanto de sus hijos, a consecuencia de esa misma educación, que el niño lento es considerado a menudo como más claramente por debajo de lo normal de lo que lo sería en otro grupo no tan interesado en los logros intelectuales.
»Desde luego, es cierto que parecemos proporcionar al mundo un número sorprendentemente grande de mentes brillantes y de guías de hombres. Pero eso es en realidad una ilusión de un tipo peculiar. Si en un grupo pequeño de cien hombres destacan diez por sus grandes logros, atraen bastante más atención que cien hombres que pudieran destacar por sus capacidades en un grupo mayor de mil. En otras palabras, es porque las lumbreras judías compiten en un campo más estrecho por lo que su brillo parece mayor, y no porque haya proporcionalmente más.
—¿Ha encontrado usted, en su práctica personal, algo que apoye la teoría, sostenida a menudo, de que los judíos tienen una tendencia neurótica más pronunciada que otros pueblos?
—En absoluto. Tales teorías me parecen basadas en la impresión equivocada de que los miedos y depresiones de las generaciones pasadas pueden heredarse, lo cual no es cierto. Nunca he visto estadísticas concluyentes sobre esta cuestión. Pero aunque las hubiera, diría que la causa se encontraría en la tradicional tensión y severidad que rodea al cabeza de familia, y así todo el problema se reduciría naturalmente a una necesidad de cooperación en cada hogar; no habría en ello nada de carácter racial.
—Pero científicos de prestigio han sostenido la teoría de que la consanguinidad practicada por los judíos a lo largo de los siglos ha tendido a intensificar sus deficiencias mentales y psíquicas originarias.
—Eso, a mi juicio, es un completo disparate. No puede haber objeción a la consanguinidad si los dos individuos de que se trata están sanos. Naturalmente, si hay alguna debilidad, se intensificará, pero eso ocurre también cuando se casan dos personas sin ningún parentesco. Sé que la gente mira con malos ojos el matrimonio entre parientes de sangre, pero su temor es más supersticioso que otra cosa.
Me interesaba saber si el Dr. Adler había encontrado que vivir en América había producido más o menos neuroticismo entre los judíos, pero me dijo que no había notado ninguna diferencia. Luego, cuando estábamos a punto de marcharnos, asumió un nuevo papel, el de orgulloso padre judío.
—¡Ah, pero tiene usted que conocer a mi hija, que está aquí conmigo! —insistió, y la llamó a la habitación de al lado. Al momento entró de un salto una muchacha encantadora, quizá no bella en el sentido clásico, pero con un magnífico cabello rojo vivo, unos ojos castaños llenos de vida y un encanto indescriptible e inolvidable. Parecía una muchacha esbelta y vital de quince años.
—¿Va usted a seguir los pasos de su padre? —le pregunté.
—Todavía no lo sé —dijo—. Mi hermana es médica, ¿sabe?
Cuando le pregunté si estaba estudiando, respondió:
—Ahora no. He sido actriz un par de años, pero ahora estoy simplemente con mi padre.
Y entonces, para mi asombro, supe que aquella criatura vivaracha tenía nada menos que veinte años, y no era la niña que parecía.
—No come lo suficiente —se quejó el Dr. Adler.
—Eso dicen todos los padres, ¿verdad? —sonrió su hija con complicidad.
La pequeña familia parecía contenta y feliz —una típica familia judía— cuando me marché.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de la página en Trove (National Library of Australia, nla.news-article121832425): «A Great Psychiatrist Analyses the Jews. An Interview with Dr. Alfred Adler», The Hebrew Standard of Australasia, Sídney, 21 de febrero de 1930, pág. 11, sin firma (firmada por Martha Neumark en la reimpresión del Australian Jewish Chronicle, 27 de marzo de 1930).
Traducción: traducción íntegra al español de todo el artículo, incluidas las partes de la periodista, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los diálogos, que en el original van entre comillas, se dan con rayas; se conservan las negritas del impreso. Las erratas evidentes del original se traducen según el sentido. La hija es Cornelia (Nelly) Adler; la hermana médica, Alexandra Adler.
El impreso dice «MacDolgall»: se trata sin duda del psicólogo William McDougall. (N. del T.) ↩