EL MATRIMONIO DE COMPAÑERISMO ES COBARDE, DICE EL DR. ADLER

El psicólogo vienés, que está aquí para dar conferencias, ve en ese proyecto de matrimonio una escapatoria para los débiles

El autor de la teoría del complejo de inferioridad cita el fracaso de las uniones promiscuas en Rusia en apoyo de sus opiniones

Por JOHN M. McCULLOUGH

El matrimonio de compañerismo1 es la excusa del cobarde para eludir las responsabilidades y las pruebas de la vida conyugal.

Los hombres y las mujeres que lo eligen, o que, por irritaciones «superficiales», zanjan sus dificultades matrimoniales en el tribunal de divorcios, son cobardes.

Buscando una vía de escape fácil de unos lazos que temen que los aten al tedio, a la irritación y a un afecto menguante, han elegido un antiguo camino de huida.

Llámese «matrimonio de compañerismo», en el lenguaje del juez Ben Lindsey, o «amor libre», en el de los modernistas sociales, sigue siendo mala psicología y no puede llevar a otra conclusión que al desastre individual y a la confusión social.

Como el titiritero que se apoya en el antepecho de su escenario en miniatura y con dedos seguros dirige con hilos delgados los movimientos de sus marionetas, así contemplaba ayer por la tarde al hombre moderno y a la mujer moderna el Dr. Alfred Adler, famoso psicólogo y psiquiatra vienés, autor de la teoría del «complejo de inferioridad» y fundador de la escuela de psicología individual.

Aquí para una semana de conferencias

El Dr. Adler llegó ayer a esta ciudad para una semana de conferencias y charlas bajo los auspicios del Parents' Council [Consejo de Padres] de Filadelfia.

Hombrecillo bajo, grueso y afable, de bigote gris muy recortado y manos regordetas y rollizas, parecía cualquier cosa menos aquel personaje dinámico que, con la sola exposición de sus teorías, fue capaz de hacer que los psicólogos y psiquiatras ortodoxos se mesaran los cabellos, se golpearan el pecho y clamaran desde lo más hondo de su angustia.

Pero mientras hablaba ayer, sentado tranquilamente en su suite del Hotel Sylvania, con los dedos gruesos y blandos plácidamente entrelazados sobre la redondez de su corta persona, uno se daba cuenta de pronto

de que aquí había una gran inteligencia, vivificada y dirigida por una gran compasión y una gran comprensión.

—El matrimonio es una tarea para durar toda la eternidad —dijo, entornando sus ojos penetrantes tras los cristales de sus quevedos—. Eso es lo que no entienden. A ella debe aportar el hombre toda su inteligencia, toda su fuerza, todo su vigor, para vencer las dificultades y sostenerla hasta el último extremo, e incluso más allá. Debe estar dispuesto a preguntarse: «¿No estaré yo equivocado?» cuando surge alguna dificultad, y a decir: «Bien, entonces debo intentar corregir ese error».

—¿Cuál es la causa de todos sus divorcios, de sus matrimonios de compañerismo y de sus matrimonios desdichados? —El hombrecillo sonrió e hizo un gesto de desaprobación con las manos.

La clave, según él, es la mujer

—Pues el súbito desarrollo de la mujer. Siempre ha sido así. A lo largo de toda la historia ha sido así. Cuando la mujer se ha desarrollado, cuando se ha hecho libre, ha habido inquietud social. La mujer ya no es la esclava, y el hombre ha pasado a tener un miedo tembloroso. Teme que el matrimonio no pueda durar. Piensa que no puede ser para la eternidad con una mujer que no se queda tranquila en casa, al telar o cosiendo botones. Y para ocultar su miedo acepta lo que puede, que nunca es más que algo temporal.

»¡Y la mujer! Muchas mujeres modernas creen que solo serán amadas mientras tengan juventud, belleza y vitalidad, y deciden sacarles el mayor partido.

El Dr. Adler se inclinó de pronto hacia delante y dio un golpe sonoro en el brazo del sillón con la palma de la mano.

—No puede haber armonía si falta una nota. No puede haber matrimonio que diga: «Estamos enamorados, sí. Estamos casados, sí, pero...». No puede haber amor que no piense en los hijos. El amor y los hijos son inseparables.

»Pero cuando los hombres y las mujeres temen que el matrimonio no pueda durar, cuando temen creer que es para la eternidad, que es una tarea, igual que el propio negocio es una tarea, entonces eso es triste:2 eso es triste. La mujer se vuelve como el hombre. Bebe, se deja besuquear.

Cita el experimento ruso

»Lo intentaron en Rusia. Un hombre podía casarse con una palabra y obtener el divorcio con solo pedirlo en la oficina del Gobierno. Y luego el Gobierno se dio cuenta de que aquello estaba mal. Cada hombre y cada mujer se habían casado cinco, seis, siete veces. Los niños no sabían quiénes eran sus padres y sus madres. Había [¿depravación?] sexual. Había degeneración moral. Era fácil. Y el Gobierno dijo: «Esto tiene que acabar».

»El matrimonio de compañerismo es el [ilegible: el final de la columna está cortado en el escaneo] la vieja manera en que los psiquiatras trataban a los neuróticos. Los encerraban, los apartaban, decían: «Que descansen un poco». Pero eso no curaba la enfermedad. No era más que una huida para no enfrentarse al problema.

»El único remedio para toda la situación son más contactos sociales y enseñar a los niños pequeños lo que significa el matrimonio.

»Las mujeres acabarán por rebelarse. Darán la espalda a ese asunto de que se viva con ellas y luego se las deseche, porque descubrirán que la vida no tiene sentido. Se volverán a la religión.

»Los hombres y las mujeres no ven el matrimonio como parte de un plan total, con la eternidad por meta. No se ven a sí mismos en relación con toda la sociedad.

La literatura, una influencia, a su juicio

—Es malo que los jóvenes saquen de la literatura sus ideas sobre el matrimonio y el amor —prosiguió el Dr. Adler, todavía con el humor reflexivo que tan característico es de él—. Sacan casi todas sus ideas del teatro, de las novelas, de los cuentos. Y todas las historias parecen tratar de matrimonios desdichados, de hombres débiles y mujeres débiles. Vaya, hasta en la Biblia Eva estaba descontenta. Y luego la bella Helena, que trastornó a toda una nación, a todo un mundo antiguo. Todo es desdicha y tragedia.

»Y luego está el ambiente. ¿Qué ideas del matrimonio saca el niño pequeño de unos padres fríos el uno con el otro, o que tienen sus aventuras con mutuo consentimiento? Ese niño, sin poder compartir la confianza de ninguno de los dos, forma represiones. No hay apertura del corazón. Se vuelve mentiroso. Se vuelve reservado y taimado, y la astucia es siempre cobardía.

Todo delito, dijo, es un producto directo de la cobardía. El delincuente, al salirse de las leyes que vinculan a la sociedad, adquiere un complejo de inferioridad. Este se expresa en sus esfuerzos por demostrarse a sí mismo que tiene razón, que es el más fuerte, el más listo, el de más recursos, en sus intentos de burlar a la policía. Busca escapar de trabajar para ganarse la vida, e intenta justificar sus robos y sus allanamientos demostrando que puede salir impune.

«Todos los delincuentes son cobardes»

—Todos los delincuentes son cobardes —declaró el Dr. Adler—. Todos. No me importa lo desafiantes que sean. Son delincuentes porque son cobardes. Tienen miedo a la vida, y por eso la desafían. Solo el cobarde dispara contra un hombre indefenso.

»No creo en la pena capital, porque la guerra entre los delincuentes y la sociedad es una competición. Cuantos más castigos impone la sociedad, más se esfuerza el delincuente por burlarla, y mayor le parece su triunfo cuando lo consigue.

»Cuando un hombre sabe que lo matarán si lo cogen, mayor se vuelve su brutalidad. Disparará contra más gente indefensa. Asesinará y robará más y más, porque esa es la manera en que su inferioridad, su cobardía, se exalta.

El Dr. Adler, bajo la dirección del Parents' Council, ha organizado un amplio programa de conferencias y charlas con padres y maestros durante la semana. Hoy y el miércoles dará conferencias en el Haverford College. Esta tarde habla en Swarthmore. El miércoles por la tarde pronunciará un discurso en el Philomusian Club, 3944 Walnut Street. Se han previsto también otras reuniones de carácter semiprivado y privado.

El eminente psicólogo permanecerá en este país hasta principios de mayo, visitando en el curso de su estancia varios colleges y universidades del país y dando conferencias sobre todo acerca de la orientación infantil.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre la imagen de The Philadelphia Inquirer (Filadelfia), lunes 6 de febrero de 1928, págs. 1 y 5 (fultonhistory.com). Entrevista de John M. McCullough. El borde inferior de la pág. 5 está cortado en el escaneo.

Traducción: traducción íntegra al español de la pieza tal como se publicó, incluido lo que escribe el periodista, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Los diálogos se dan con raya, según el uso español. Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Companionate marriage: propuesta del juez Ben B. Lindsey, de Denver (The Companionate Marriage, 1927), de un matrimonio legal con control de la natalidad y divorcio por mutuo acuerdo, sin pensión, mientras no hubiera hijos; muy discutida en Estados Unidos en 1927-1928. (N. del T.) ↩

  2. En francés en el original. (N. del T.) ↩