Personas con sentimiento de inferioridad.
Una conferencia de Alfred Adler.
En el marco de los actos del Kulturbund, el Dr. Alfred Adler, creador de la psicología individual, habló ayer sobre su doctrina en la sala abarrotada de la Sociedad Política (Politische Gesellschaft). Expuso, más o menos, lo siguiente:
Todo ser humano, y en particular todo niño, tiene un sentimiento de inferioridad frente a su entorno, frente a la comunidad humana. Mientras dura ese sentimiento de inferioridad, mientras el afán de notoriedad no ha obtenido cierta satisfacción, la vida psíquica no llega a un equilibrio tranquilo. Mucho de lo valioso se debe a la circunstancia de que el ser humano nunca pierde del todo ese sentimiento de inferioridad. En ello se basa todo progreso. El ser humano intenta precisamente entonces llegar a valer más. Pero, por otra parte, el sentimiento de inferioridad puede llevar también a obtener notoriedad precisamente mediante la propia inferioridad. Uno se complace, por ejemplo, en estar enfermo para que su entorno le preste atención, se vuelve delincuente, etc.
El sentimiento de inferioridad se desarrolla por encima de la medida normal en tres grupos de niños, por cierto muy numerosos. El primer tipo lo representa el niño con un defecto orgánico. Si el niño es lisiado, si ve mal, oye mal o simplemente es feo, se siente en seguida postergado en la vida. El segundo grupo lo forman los niños mimados. Dependen de una sola persona, casi siempre de la madre, se excluyen de la comunidad y rechazan todas las exigencias que el mundo les plantea. Aunque circunstancias afortunadas pueden impedir fracasos en la vida posterior de los niños con un sentimiento de inferioridad agravado, los fracasos forman parte del curso regular de la vida de tales niños. Son perezosos, indolentes, en ellos aparecen fenómenos nerviosos, se vuelven bebedores, delincuentes, suicidas. El tercer tipo que pertenece a este grupo lo representa el niño no deseado, es decir, con frecuencia el ilegítimo, pero también aquel que, por ejemplo, no encuentra el amor de sus padres porque es feo. Shakespeare, que lo sabía todo sin más, explicó en Ricardo III la inclinación a la malevolencia como consecuencia de la fealdad.
Los niños con un complejo de inferioridad agravado se sienten siempre como en tierra enemiga, se sienten oprimidos en la comunidad humana. En cuanto entran en relación con ella, ya no saben qué hacer. La convivencia en la escuela, la camaradería, la amistad, la comunidad erótica, el matrimonio, todo ello se les convierte en un problema insoluble. Son huraños, tímidos, reservados, tartamudean, etc. Pero en ellos el afán de hacerse valer es también mucho más fuerte e impaciente que en los demás. Demóstenes representa un caso de un niño así que tuvo un desenlace feliz. El tartamudo llegó a ser el mayor orador de Grecia, aspirando constantemente a valer más. Pero no a todos les es dado salir a fuerza de trabajo de la inferioridad que sienten en sí mismos.
Si queremos combatir el sentimiento de inferioridad de manera curativa y preventiva, tenemos que considerar el estilo de vida entero, tal como se manifiesta en cada persona en todas y cada una de las cosas. Ya es importante saber si alguien fue el primogénito, el segundo o el hijo menor. Un primogénito tiene siempre la sensación de que el hermano nacido después ha restringido su poder. El segundo tendrá que esforzarse por igualar al hermano mayor, más fuerte. Pero también cada movimiento delata el estilo de vida entero. Un niño que se acuesta en la cama como un erizo y, si puede, se tapa la cabeza con la manta, difícilmente podrá pasar por muy valiente. Si uno duerme boca abajo en lugar de —como es lo normal— boca arriba, ello expresa un carácter opositor. Pero también de los sueños podemos sacar conclusiones importantes sobre el estilo de vida de una persona.
Quiero describir ahora con dos ejemplos cómo se puede reconocer el estilo de vida de una persona y hacerla más feliz. En el primer caso se trata de un chico de 13 años de familia pobre, que se hizo culpable de toda clase de faltas morales, robaba y se escapaba repetidamente de casa. Fue a parar a un correccional en el que trabajaba un maestro experimentado en mi método. Del hecho de que el chico tuviera buenas notas durante tres cursos y luego cada vez peores se podía concluir que el maestro de los tres primeros cursos había tratado con amabilidad al chico, que no era muy simpático. El chico, según contó él mismo, se había sentido postergado por el maestro de los cursos posteriores.
Se había escapado, añadió, porque temía que los padres se enfadaran por las malas notas. Pero si se iba, al menos se preocuparían por él. Admitía así que quería ser objeto de la preocupación, de la atención, de la ternura de sus padres. Había robado para poder hacer regalos a sus compañeros de escuela y ganarse así su simpatía. ¡Otra vez el afán de ternura! Durante sus vagabundeos había recogido de noche leña en el bosque, que luego regalaba a su madre para conquistar su amor. A este chico, pues, había que brindarle ternura para que dominara de manera útil su sentimiento de inferioridad. Había que fortalecerlo con reconocimiento, y efectivamente así llegó a ser el mejor alumno del establecimiento.
Como segundo ejemplo sirva una muchacha de familia acomodada que perdió su fortuna durante la guerra. La muchacha, que hasta entonces siempre había estado acostumbrada a mandar, se vio obligada a someterse, y cuando, ya sin recursos, se casó con ella un hombre adinerado, se sintió obligada a someterse ciegamente a él. Pero este cambio de actitud no le salió bien. Poco a poco cayó en la melancolía. Esta enfermedad tenía, sin embargo, la finalidad de volver a ser el centro, de atraer sobre sí la preocupación del entorno; en suma, de volver a dominar. Si hubiera sabido que entre los extremos de dominar y someterse hay términos medios, probablemente se habría ahorrado la enfermedad.
Resulta imposible ilustrar a todos los padres sobre la necesidad de combatir así los complejos de inferioridad, que significan la mayor desgracia para quien los padece. La escuela pública tiene en esto una misión de peso. En Viena hay ya 22 consultorios que trabajan según mis ideas y que, en particular, instruyen a los maestros. En resumen, puede decirse: si el sentimiento de inferioridad ha de superarse de manera útil, ello solo puede ocurrir consiguiendo que la persona se interese como corresponde por sus semejantes, que se integre en la comunidad.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Neues Wiener Abendblatt, edición vespertina del Neues Wiener Tagblatt (Viena), n.º 280, 13 de octubre de 1927, pp. 3-4, crónica sin firma, transcrita sobre la imagen de las páginas (ANNO / ÖNB).
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los títulos, la división en párrafos, las cursivas que reproducen el espaciado del original y el paso del estilo indirecto al directo. Geltungstrieb se traduce «afán de notoriedad»; verzärtelt, «mimado». Las adiciones del traductor van entre corchetes.