El problema de los niños difíciles de educar.

Conferencia del Dr. Alfred Adler.

Como ya informamos brevemente en una nota previa, el doctor Alfred Adler, de Viena, habló el 7 de noviembre en el salón de actos del Kaufmännisches Vereinshaus de Linz sobre el tema arriba indicado, que tanto preocupa a muchas madres y les cuesta más de una noche en vela. Y, sin embargo, la solución es mucho más clara y sencilla de lo que creemos, pues en la mayoría de los casos, cuando no son taras sociales la causa, los propios padres tienen la culpa de que sus hijos se descarríen o adquieran malos hábitos. Es del todo equivocado andar educando a los niños tan sin meta ni plan; hay que saber prevenir o corregir cuando se avecinan faltas. Los niños deben desarrollarse libremente, pero tenemos que preservarlos de caer en las faltas, siempre al acecho, que luego lamentamos. No hay entonces instancia alguna a la que podamos dirigirnos, y tampoco la escuela es capaz de remediar los daños. Por eso tenemos que golpearnos el pecho propio y cambiarnos a nosotros mismos, no a los niños, a quienes no hay que educar ni con demasiada blandura ni con demasiada severidad, sino solo con seguridad y situándonos en una relación de camaradería con ellos.

¡Nunca tropezará un niño que cree en su futuro! Este es en realidad el principio fundamental de la teoría del Dr. Adler.

En todo niño hay un afán de notoriedad colosal. Con ayuda de este afán de notoriedad ha de abrirse paso en la vida y ocupar su lugar en la sociedad humana. Si esta tendencia a una meta es desviada por una educación equivocada hacia caminos errados, el niño caerá precisamente en esos aparentes malos hábitos que nunca podremos curar con amonestaciones. Al contrario: como todo niño sabe y siente por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, amonestar y castigar nunca servirá de nada; solo recibe un sentimiento de inseguridad y debilidad, que queda clavado como un aguijón en el alma infantil. Para acallar este sentimiento de debilidad se desarrolla una inclinación a la oposición, el primer camino errado del afán de notoriedad. Si se quebranta, por así decirlo, la obstinación de un niño con severidad, se tiene delante a un niño sin voluntad, que nunca en la vida será capaz de tomar una decisión por sí mismo. O bien el gusto por la oposición se despliega a escondidas, y el niño se vuelve mentiroso; pero también las mentiras no son más que una salida de emergencia. Es absurdo entablar, por así decirlo, una lucha educativa con el niño, para salir de ella vencido o vencedor.

También los niños perezosos son niños que han perdido el valor. Prefieren que se les considere perezosos antes que incapaces. Esto vale sobre todo para la escuela, y se recomienda muy encarecidamente a los maestros: si se castiga a un niño continuamente con malas notas o se le dice continuamente «No sabes nada», arrojará la toalla y acabará convencido él mismo de su incapacidad, la cual

no es en realidad otra cosa que el gran temor de no poder lograr nada en el mundo. El afán de notoriedad empuja entonces a estos niños desalentados a otro campo de batalla. Se juntará fuera de la escuela con otras bandas de descarriados y dará rienda suelta a su afán de notoriedad en travesuras malas y faltas. A este descarrío le precede siempre un derrumbe en la escuela. Por eso educar no significa otra cosa que llevar al niño hasta el punto de que se prepare para ser una persona útil a la colectividad. Pero, igual que con los castigos, se daña a un niño con el mimo, porque se le impide el libre desarrollo de sus órganos y no llega a ser consciente de su valor. Siempre se le considera débil; todo se lo hace la madre o una niñera demasiado temerosa. Este niño reclama entonces siempre un apoyo, nunca quiere estar solo, está completamente atado a la madre. El otro grupo lo forman aquellos niños que, por taras sociales (el estigma del nacimiento ilegítimo, la penuria económica, etc.), son tratados cruelmente por sus educadores. Estos niños se convierten naturalmente en luchadores, ven en cada cual a su enemigo y tratan a su vez de hacer sufrir también a otros.

Por eso es un gran alivio para el maestro practicar la psicología individual, y los doce consultorios de orientación educativa que el Dr. Adler ha creado en Viena han dado ya los resultados más brillantes. En dos escuelas que se dirigen según su criterio ya no hay actualmente ningún niño perezoso, ninguno que no pueda dominar la materia. El Dr. Adler califica de despropósito creer en vicios heredados; la idea de la herencia, dice, no le sirve en la educación. Los niños que vienen al mundo con órganos débiles lo tienen naturalmente especialmente difícil y no se les puede librar fácilmente de su sentimiento de inferioridad. Por eso hay que dejarles trabajar por sí mismos en lo posible y exponerlos al entorno; entonces, superando dificultades, pueden llegar a ser personas capaces y valiosas. Prueba de ello: pintores famosos que en la infancia padecieron males de la vista; compositores que padecieron enfermedades del oído, etc. La mejor prueba de que la superación de dificultades especiales conduce también a logros especiales la tenemos en la escritora sordomuda y ciega Helen Keller. Si a los niños débiles se les mima demasiado, ello puede tener como consecuencia que traten de eludir todas las tareas. El mayor paso adelante en el terreno de la educación es, por tanto, no desalentar a los niños ni en casa ni en la escuela, y situarse con ellos en una relación amistosa y de camaradería. Que también los que parecen demasiado seguros de sí mismos sean en el fondo cobardes, a los que primero tenemos que alentar para que pierdan su arrogancia, se debe a un sentimiento de inferioridad que se esconde detrás.

El Dr. Adler trató también, respondiendo a preguntas del público, el problema de la posición de los hermanos

entre sí. El primogénito, que se siente un factor de poder frente a los demás hermanos; el segundo, que siempre tiene delante a alguien que le marca el paso y cuyo afán de notoriedad se ve especialmente espoleado (leyenda de Jacob y Esaú), y el menor, que la mayoría de las veces sale distinto de los demás, pues en él el acicate es el más fuerte que pueda imaginarse. Así, la mayoría de las veces (no siempre, pues puede darse también todo lo contrario) el menor llega a ser el más capaz. Este hecho se expresa en los cuentos de todos los tiempos y países, profundamente arraigados en el alma del pueblo: siempre es el menor quien alcanza una meta, resuelve una tarea; mata al dragón, se casa con la princesa, etc.

— — —

En las presentes líneas solo hemos podido ofrecer, naturalmente, un breve extracto de la conferencia del Dr. Adler, extraer solo el núcleo. Pero quien se interese por este asunto de tanta importancia, o tenga él mismo un hijo supuestamente difícil de educar, puede pedir consejo en la Oficina Municipal de la Juventud, donde se ha creado un consultorio de orientación educativa que se dirige según el criterio del Dr. Adler. (Horas de consulta: lunes y miércoles, de 5 a 6.) Que el problema despierta mucho interés lo demostraron la nutrida asistencia a la conferencia y la atención con que los oyentes escucharon las palabras del Dr. Adler, que habló de manera clara, ingeniosa y, a la vez, campechana.

A. W.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Tagblatt (Linz), 22 de noviembre de 1925, pp. 17-19 (suplemento dominical «Neues Werden!», n.º 47, pp. 1-3), crónica firmada «A. W.», transcrita sobre las imágenes de las páginas (ANNO / ÖNB, ANNO_tab19251122).

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan el título y el subtítulo, la división en párrafos, la negrita del original y las cursivas que reproducen su espaciado. Geltungsstreben y Geltungstrieb se traducen «afán de notoriedad»; Verwahrlosung, «descarrío»; Mut, «valor», según el glosario del archivo. «Die Flinte ins Korn werfen» se traduce por la expresión equivalente «arrojar la toalla».