En memoria de Dostoievski.

E. K. La literatura suele conformarse con la sala pequeña de la Tonhalle y deja a su hermana, la música, la sala grande. Pero ayer pudo dominar la sala grande la sombra de Dostoievski, que regaló a los hombres de nuestro tiempo una nueva «armonía de los Evangelios» tan conmovedora, atormentadora y redentora. Y qué gran sombra proyectó el ruso sobre el presente se pudo reconocer precisamente en los oyentes que acudían en masa, de los más diversos temperamentos, convicciones y procedencias, fraternalmente unidos, «común hermanos», querría decirse con la palabra inicial de la Antígona de Hölderlin.1 El Dr. Alfred Adler, de Viena, un orador veraz y no un orador de aparato, un apaciguador, un hombre que sopesa las palabras y acuña el pensamiento por amor al pensamiento, despacio, con seguridad, sin pasión, trató de decir lo esencial en el plazo más breve. Atengámonos, en la medida de la capacidad de la memoria humana, al curso de las ideas de esta conferencia cargada de pensamiento. Sin una palabra de rodeo ocioso, el orador se volvió en seguida hacia los hombres de Dostoievski: aquel Dimitri Karamázov que en los desolados antros de Siberia encuentra la redención en la idea de una armonía compensadora; aquel príncipe Myshkin, a quien los hombres llaman idiota y que, sin embargo, sabía interpretar cada rasgo de una escritura y adivinaba las segundas intenciones de los demás; aquel Raskólnikov que decía de sí mismo: «¿Soy Napoleón o un piojo?». Este retorno de contrastes crasos lo comparte Dostoievski con sus héroes. ¡Su vida es hambre, tormento, miseria! Toma su cruz como el sabio Zósima y recorre en amplio arco el círculo de su vida con creyente eficacia. Hasta el destierro lo aprovechó para ganar una base psíquica para el concepto de hombre. Para encontrar una verdad, eligió audazmente el error como guía. Por la mentira a la verdad, mientras que su hermano occidental J. F. Rousseau2 llega por la verdad a la mentira. A los contrastes dormidos que amenazan con despedazar a sus héroes, el creador les pone un límite en el amor al prójimo. Lo que vivía en él mismo de impulso anímico expansivo es un afán de dominio. En muchos de sus héroes hay un impulso napoleónico, que Alfred Adler explica desde la psicología individual, mientras que hasta ahora los historiadores rusos de la literatura, sobre todo cuando se trataba de Raskólnikov, subrayaban que el ruso Dostoievski en Raskólnikov, como Tolstói en Guerra y paz, había tenido que enfrentarse con la idea y el demonio de Napoleón. De ahí el paralelo que se le impone a Raskólnikov de un Napoleón sin Tolón y sin las pirámides. Las ideas propias de Adler encuentran en Dostoievski un paradigma genial, que tiene la ventaja de no obligar al teórico a medidas forzadas. Adler, parco en citas, cita por eso, para el pensamiento de poder de Dostoievski, una confesión tan esencial como esta: «Soy ambicioso de un modo ilícito». (¿Siguió siéndolo? ¿No debilitaron los años ese resorte?) Así procedió también con sus héroes: trataba de traspasar todos los límites que, en la lógica de las relaciones de su vida, les estaban cerrados. Les echaba encima el coro de las Euménides, pero también les devolvía la armonía. En sus escritos no hay imagen que vuelva tan a menudo como la del límite, o también la del muro. Hasta el límite de lo real quiere llegar, y llegó en los sentimientos de delicia de aquellos instantes previos a sus ataques, que lo elevaban por encima de la trama terrenal. El sentimiento fundamental ante el que el poeta se detiene es un sentimiento de culpa del que no conoce la causa y que probablemente tiene que ver con sus ataques epilépticos. Raskólnikov, que trabaja con tanta tenacidad en su idea del asesinato, que piensa ya en el hacha afilada de la pared, pasa un mes en cama antes de atreverse a cometer el acto, y antes del acto siente palpitaciones. Siente el límite. El concepto de lo permitido y lo no permitido le fue inculcado e innato a Dostoievski desde muy temprano. Alfred Adler sabe interpretar con profundidad y belleza el valor simbólico de aquel episodio de juventud del lobo que empuja al muchacho a los brazos del piadoso campesino, como una confesión de humanidad universal, y encontrar en él las fórmulas sencillas de la fe de Dostoievski en un cristianismo no aislado. La abeja, la hormiga conocen su fórmula; el hombre no la conoce: tiene que buscarla. Dostoievski era un buscador de Dios y un buscador de fórmulas, y su fórmula encierra una actividad más fuerte que el concepto de amor al prójimo, a menudo revestido de vanidad, e incluso que el imperativo categórico de Kant. Es su sentimiento de culpa repartido entre todos: si tengo parte en toda culpa, llevo también en mí una obligación que me manda pagar. Este reconocimiento de la culpa ha dado a su psicología algo de un alcance y una amplitud nunca vistos antes, y todavía inagotado. Su mirada penetró más hondo porque obtuvo su resultado psicológico de la naturaleza, no de la psicología abstracta misma. «No soy psicólogo, sino realista», pudo decir, porque estaba sobre el fondo primordial de la realidad. Si Alfred Adler lo llama por eso, volviendo el principio del realismo hacia sus elementos más íntimos, el mayor de los realistas, no queremos olvidar, ciertamente, qué predisposición a este realismo espiritualizado había ya en el fondo de la épica rusa, como cuando Gógol, ya en el prólogo de Las almas muertas, cuando ningún europeo occidental pensaba aún en ello, atrajo hacia sí con energía creadora el «document humain», el realismo material. Uno de los pensamientos sintéticos más fecundos de las ideas de Adler, siempre formuladas con tan asombrosa seguridad y validez, nos parece el de la unidad cerrada de todos los hombres de Dostoievski. Cada uno trae consigo todo el pertrecho de su vida y de su afán. Raskólnikov es el mismo cuando yace en la cama con la idea del asesinato en el pecho y cuando saca al borracho de debajo de las ruedas, da sus últimos kopeks y socorre a la familia. Esta referencia de cada figura a dos puntos fijos, este ser lobo y el mejor amigo de los hombres, les da una posición por la cual reposan con tanta fuerza en nuestra memoria. En el Dostoievski psicólogo, Alfred Adler destaca rasgos particulares que podrían multiplicarse infinitamente, pero que bastan para sustraerlo, como fenómeno artístico y humano, a toda comparación; así, por ejemplo, Alfred Adler pone el dedo en el artificio de Dostoievski —¿o hay que decir su conocimiento de los hombres?— de juzgar a una persona por la psicología de su risa. Quien, como Dostoievski, ha reconocido el concepto de la familia accidental, en la que cada uno vive aislado; quien ha visto, como Dostoievski, que el muchacho bajo la manta hacía culminar todo su afán imaginativo en un concepto de poder; quien ha reconocido así en el alma humana la inclinación al despotismo, y en todo camino vital el desconocimiento de la propia meta, puede valer para nosotros como un gran maestro y como el mayor de los investigadores. Dostoievski durmió poco; se ha convertido para nosotros en el [¿perturbador?] del sueño,3 es decir, sin duda, en quien conoce relaciones no a medias, sino enteras. Su ética nos lleva hondo en la comprensión de la convivencia humana.

Los oyentes, que no esperaban bellas letras, escucharon esta conferencia, que aplicaba sus barrenas con tanta seguridad en todas partes, con la profunda seriedad de una colaboración intelectual. Y en su tensa reflexión tampoco se habrían perdido en sí mismos ni un minuto si el orador hubiera corroborado en detalle con ejemplos la fórmula vital de cada uno, ya fuera en una gran figura como Aliosha Karamázov, el príncipe Myshkin o Raskólnikov, ya solo en una figura de relato como «La mansa». Pero el discurso del Dr. Alfred Adler pertenece a esos buenos discursos que se llaman los breves. También en este conocimiento se mostró el psicólogo: sabía que incluso un discurso largo sería siempre para Dostoievski un discurso demasiado corto. No encontramos importante la conferencia porque la figura de Dostoievski pueda encajarse en el sistema terapéutico y en la imagen individual de la vida, pensada hasta sus últimos extremos, de un moderno investigador del alma; al contrario: Alfred Adler habló de Dostoievski por el hombre y el poeta y por su mundo, que es lo bastante poderoso como para dar a cada cual un anillo que puede tener por el verdadero,4 una verdad, una fórmula que lo fortalece y lo ilumina. Pero la fórmula de Adler, concebida con tanta reverencia, tanta sabiduría humana y tanta amplitud, mantiene vivo el pensamiento por largo tiempo.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Neue Zürcher Zeitung, n.º 381, 19 de marzo de 1918, 3.ª edición, folletón, firmado «E. K.» (Eduard Korrodi). La transcripción se ha hecho solo sobre el OCR de la plataforma e-newspaperarchives.ch, sin imagen de la página; véanse los detalles en la versión original. La conferencia se publicó como «Dostojewski» en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920) y figura en el archivo de obras.

Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los títulos y la división en párrafos. Los nombres rusos se dan en su forma española usual (Dostoievski, Raskólnikov, Karamázov, Myshkin, Zósima). Las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. La Antígona de Sófocles traducida por Hölderlin (1804) comienza con «Gemeinsamschwesterliches!», dirigido por Antígona a Ismene. (N. del T.) ↩

  2. Así en el texto, por Jean-Jacques Rousseau. (N. del T.) ↩

  3. El OCR del periódico dice «Hörer» («oyente»); se conjetura «Störer» («perturbador»), por el sentido y por el final de la conferencia publicada de Adler: «Dostoievski durmió poco y despertó a muchos». (N. del T.) ↩

  4. Alusión a la parábola de los tres anillos de Natán el sabio, de Lessing. (N. del T.) ↩