Influencias sociales en el cuarto de los niños.
Conferencia del Dr. Alfred Adler.
(Crónica propia del Neues Wiener Journal.)
Ayer por la tarde, en un aula del Instituto Anatómico, el Dr. Alfred Adler dio ante los miembros de la Sociedad Socio-Pedagógica (Sozialpädagogische Gesellschaft) una conferencia muy interesante y puramente científica sobre las influencias sociales en el cuarto de los niños (Kinderstube).1 Tanto el educador como el niño, dijo el conferenciante entre otras cosas, tienen presente en todos sus pasos una imagen directriz (Leitbild) que de algún modo está adaptada a la futura vida social del niño. El desarrollo psíquico del niño recibe ininterrumpidamente directivas y líneas de orientación de la vida social de su tiempo. Allí donde, por la depauperación de grandes capas del pueblo, salen a la luz debilidad congénita, predisposiciones a la enfermedad y una alta mortalidad de lactantes e infantil, la relación se conoce desde hace mucho. Tampoco nos faltan esas pruebas allí donde una población ignorante trata de ahogar la miseria en el alcohol. De modo menos claro, pero todavía palpable, se encuentra la relación en pueblos y clases que amenazan con sucumbir a una opresión política o social. Sus hijos mostrarán casi siempre los artificios del débil, sus vicios y sus virtudes. La presuposición que uno se hace de la vida social y del futuro es individualmente distinta y se alza ante el niño y el educador como una pregunta constante, más o menos de esta clase: «¿Cómo te comportarás ante ciertas dificultades de la vida?». Y en la actitud de ambos, en las líneas de vida que siguen, dan la respuesta. En la infancia y en la educación reside, por tanto, el peligro de una falsa perspectiva para la vida, difícil de reconocer y difícil de modificar. La vida familiar y el cuarto de los niños conducen a menudo a destrezas casi inalterables de desconfianza, de miedo y de duda, y llenan el alma del niño que crece de una avidez insaciable de triunfos de toda clase.
Para mostrar lo que puede provocar el intento y la preparación de una meta de afán de valer y de superioridad —afectos, instintos, mañas y artificios del alma, vacilación y duda, un estado de ánimo fundamental optimista o pesimista—, el conferenciante mencionó algunas observaciones interesantes del cuarto de los niños. Está, por ejemplo, el fenómeno de la pereza escolar, que con frecuencia aparece como signo de resignación en niños de ambición ardiente que no se creen a la altura de una vida futura que se representan como una lucha. Un niño de nueve años no avanzaba en la escuela. En casa se desentendía de toda actividad propia y dejaba que otros se ocuparan de todas sus pequeñas tareas, como lavarse, vestirse, sus deberes escolares. Era lento en sus movimientos y ofrecía la imagen de un muchacho física y mentalmente incapaz. Un examen más profundo reveló que la ambición del niño tendía a erigirse un país de Jauja, a poner a todo el mundo a su servicio, y que esperaba alcanzar esa meta lo antes posible si no movía un dedo. Mostraba también rasgos de megalomanía y había elegido un método de vida en el que otros debían prestarle servicios, para estar preparado frente a un mundo futuro amenazador y hostil. Las fuentes de su presuposición se encontraron fácilmente. Su padre era un hombre colérico y ávido de dominio, que trasladaba a la vida familiar las luchas de su profesión y así dio al niño una dirección falsa, al ponerle ante los ojos su debilidad infantil de manera exagerada e imponerle el impulso de procurarse una posición de dominio semejante mediante el artificio de una pereza practicable.
También la cuestión femenina de nuestro tiempo desempeña ya un gran papel en el cuarto de los niños. De nuestra educación de las niñas resultan a menudo criaturas que adoptan una actitud de corzo acosado y que ante la vida y ante el hombre esperan siempre una derrota o su propia aniquilación. De ahí se derivan las formas más graves de la nerviosidad y de las psicosis, como una protesta contra una vida que falsamente se considera ignominiosa y humillante. La baja estima que la mujer tiene de sí misma trae consigo que retroceda fácilmente ante las pruebas y decisiones de la vida, porque ha perdido la fe en sí misma. La mayor valoración económica del hombre frente a la mujer reprime en ella ya en la infancia la inclinación a la acción independiente, imprime a sus logros el sello de la inferioridad y le permite finalmente sobreponerse a ello con el consuelo: ¡Si no eres más que una niña! Solo una plena comprensión del alma infantil y la eliminación del miedo exagerado a la lucha con la vida pueden hacer del niño un ser humano útil. El conferenciante recibió abundantes aplausos.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Neues Wiener Journal (Viena), n.º 7298, sábado 14 de febrero de 1914, p. 6, crónica sin firma, transcrita sobre la imagen de la página (ANNO / ÖNB, ANNO_nwj19140214, imagen 6). Adler publicó el texto de esta conferencia como «Soziale Einflüsse in der Kinderstube» en el Pädagogisches Archiv (1914), que figura en el archivo de obras.
Traducción: traducción íntegra al español, hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan los títulos, la división en párrafos y la cursiva que reproduce el espaciado del original. Los términos técnicos siguen el glosario del archivo («afán de valer» para Geltenwollen, «nerviosidad» para Nervosität). Las adiciones del traductor van entre corchetes.
Kinderstube: literalmente, el cuarto de los niños; por extensión, la crianza y educación en la primera infancia dentro de la familia. (N. del T.) ↩