[Nota editorial: el original alemán, Der Sinn des Lebens* (Viena y Leipzig, Rolf Passer, 1933), no está en acceso abierto. La versión original de este par es la traducción inglesa de John Linton y Richard Vaughan (Londres, Faber and Faber, 1938), y la española se ha hecho del inglés; donde el inglés traduce un término fijo del alemán de Adler, se usa la equivalencia del glosario para el término alemán.]*
Prefacio
A lo largo de mi vida como médico consultor en casos de enfermedades mentales y en clínicas, como psicólogo y como educador en escuelas y en familias, he tenido continuamente ocasión de examinar una enorme cantidad de material humano. Me impuse como norma estricta no hacer nunca una afirmación que no pudiera ilustrar y probar con mi propia experiencia. No es de extrañar que, al hacerlo, entrara de vez en cuando en conflicto con las ideas preconcebidas de otros que en muchos casos solo podían estudiar nuestra condición humana de un modo mucho menos intensivo. Cuando esto sucedía, me esforzaba por examinar desapasionadamente los argumentos esenciales de otros investigadores. Podía hacerlo con tanta mayor facilidad cuanto que creo no estar sujeto a ninguna regla estricta ni a ningún prejuicio, sino que más bien suscribo la máxima: todo puede ser también otra cosa. La singularidad del individuo no puede expresarse en una fórmula breve, y las reglas generales —incluso las establecidas por la psicología individual, que yo he creado— no deberían ser más que una ayuda para una primera iluminación de un campo visual en el que el individuo concreto puede ser encontrado... o pasado por alto. El valor así asignado a las reglas —el mayor énfasis puesto en la flexibilidad y en la empatía con los matices— ha reforzado cada vez mi convicción respecto a la libre fuerza creadora del individuo en su primera infancia, y a su fuerza restringida en la vida posterior, cuando el niño ha adoptado ya para su vida una ley de movimiento fija. Según esta concepción, que deja al niño libre campo para su afán de perfección, de plenitud, de dominio o de evolución, pueden considerarse las influencias del ambiente y de la educación como los materiales con los que el niño, jugando, construye su estilo de vida.
Y aún se me impuso otra convicción. La construcción del estilo de vida del niño tiene que realizarse acertadamente sub specie aeternitatis1 si ha de resistir las pruebas que impone la vida sin sufrir reveses. El niño se ve enfrentado una y otra vez a problemas siempre cambiantes que no pueden resolverse ni con reflejos entrenados (condicionados) ni con capacidades psíquicas innatas. Sería una empresa sumamente arriesgada exponer a un niño, equipado solo con reflejos entrenados o con capacidades innatas, a las pruebas de un mundo que plantea continuamente problemas nuevos. Siempre quedaría en reserva el problema más difícil, que habría de resolver el espíritu creador e incansable, obligado sin remedio a seguir el camino del estilo de vida del niño. Todo lo que tiene nombre en las diversas escuelas de psicología sigue el mismo curso: instintos, impulsos, sentimiento, pensamiento, acción, la actitud ante el placer y el dolor y, por último, el amor propio y el sentimiento de comunidad.2 El estilo de vida toma el mando de todas las formas de expresión: el todo rige las partes. Si hay un error, se encuentra en la ley de movimiento, en la meta final del estilo de vida, y no en alguna de sus expresiones parciales.
Un tercer hecho me ha inculcado esta investigación: toda apariencia de causalidad en la vida psíquica se debe a la tendencia de muchos psicólogos a presentar sus dogmas disfrazados con símiles mecanicistas o físicos. Unas veces toman como comparación una palanca de bomba que sube y baja; otras, un imán con polos opuestos; otras, un animal acosado y afligido que lucha por satisfacer sus necesidades elementales. Es evidente que desde un punto de vista así pueden observarse pocas de las variedades fundamentales que presenta la vida psíquica del hombre. Ahora que la ciencia física ha quitado a los psicólogos el suelo de la causalidad bajo los pies y habla en su lugar de una probabilidad estadística en el curso de los acontecimientos, sin duda ya no hace falta tomar en serio los ataques contra la psicología individual por negar la causalidad en los sucesos psíquicos. Quizá hasta el profano vea claro que las millones de variantes de las acciones erróneas pueden «comprenderse» como acciones erróneas, pero no pueden entenderse causalmente.
Si ahora, con razón, abandonamos el terreno de la certeza absoluta, en el que tantos psicólogos se afanan, no nos queda más que una sola medida con la que podemos formarnos un juicio sobre un ser humano: su movimiento cuando se enfrenta a los problemas ineludibles de la humanidad. Tres problemas se le plantean irrevocablemente a todo individuo. Son la actitud que adoptamos ante nuestros semejantes, ante la profesión y ante el amor. Los tres están unidos entre sí por el primero; no son cuestiones casuales; son ineludibles. Nacen de la relación del hombre con la sociedad humana, con los factores cósmicos y con el otro sexo. Su solución decide el destino y el bienestar de la humanidad. El hombre es una parte del todo. También su valor depende de la solución individual que dé a estos problemas. Pueden considerarse como una tarea matemática que hay que emprender. Cuanto más grave es el fracaso, más numerosas son las complicaciones que amenazan al poseedor de un estilo de vida erróneo. Estas complicaciones parecen faltar solo mientras no se pone a prueba la solidez de su sentimiento de comunidad. El factor exógeno —la proximidad de la tarea que exige cooperación y compañerismo— es siempre la causa de los síntomas que delatan el error: las dificultades de educación, la neurosis y la psiconeurosis, el suicidio, el crimen, la toxicomanía y las perversiones sexuales.
Una vez desenmascarada así la inadaptación a la vida social, surge la pregunta —y no es una cuestión meramente académica, sino de importancia vital para la curación—: ¿cómo y cuándo se ha visto privado de su fuerza el crecimiento del sentimiento de comunidad? Al buscar los acontecimientos que puedan darnos una explicación suficiente, damos con el período de la primera infancia y con situaciones que, como muestra la experiencia, pueden obstaculizar el desarrollo adecuado. Pero el descubrimiento de este obstáculo va siempre acompañado de la respuesta errónea del niño ante él. Y al examinar más de cerca las circunstancias que salen a la luz, se ve que unas veces una intervención legítima ha recibido una respuesta errónea, otras una intervención equivocada ha recibido una respuesta equivocada y otras —aunque esto es mucho menos frecuente— una intervención equivocada ha recibido una respuesta correcta. Se ve también que se dieron nuevos pasos en esta dirección, que tiene siempre por meta la conquista, sin que las influencias contrarias llevaran a abandonar el camino una vez elegido. Por consiguiente, la educación, por ampliamente que se fijen sus límites, significa no solo dejar que actúen las influencias favorables, sino también averiguar con exactitud qué ha formado con ellas la fuerza creadora del niño, para allanar después el camino hacia la mejora en caso de una formación errónea. Este camino mejor resulta ser en todos los casos el aumento de la cooperación y del interés por los demás.
Una vez que el niño ha encontrado su ley de movimiento, en la que hay que observar el ritmo, el temperamento, la actividad y, sobre todo, el grado de sentimiento de comunidad —fenómenos que a menudo pueden reconocerse ya en el segundo año y sin falta en el quinto—, todas sus demás capacidades, con sus tendencias particulares, quedan también ligadas con ellos a esta ley de movimiento. Este trabajo tratará principalmente de la apercepción vinculada a esta ley de movimiento: el modo en que el hombre se ve a sí mismo y al mundo exterior. En otras palabras, trataremos de la concepción que el niño, y más tarde, en la misma línea, el adulto, se ha formado de sí mismo y del mundo. Además, esta opinión no puede deducirse de las palabras y pensamientos de la persona examinada. Estos están demasiado sometidos al hechizo de la ley de movimiento, que aspira a la conquista y, por tanto, incluso cuando se condena a sí misma, sigue lanzando miradas anhelantes hacia las alturas. Más importante es el hecho de que la vida en su totalidad, a la que he dado el nombre concreto de «estilo de vida», la construye el niño en una época en que no tiene ni lenguaje ni conceptos adecuados para expresarla. Si sigue desarrollándose en su inteligencia, lo hace en un movimiento que nunca se ha comprendido en palabras y que, por tanto, no está expuesto a los asaltos de la crítica; queda incluso sustraído a la crítica de la experiencia. No puede tratarse aquí de nada parecido a un inconsciente reprimido; se trata más bien de algo no comprendido, de algo sustraído a la comprensión. Pero el hombre habla al entendido con su estilo de vida y con su reacción ante los problemas de la vida, que exigen sentimiento de comunidad para su solución.
Así pues, en lo que respecta a la opinión del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo exterior, donde mejor puede descubrirse es en el sentido que encuentra en la vida y en el sentido que da a su propia vida. Es evidente que aquí puede oírse con claridad un posible desacuerdo con un sentimiento de comunidad ideal, con la vida social, con la cooperación y con el sentido de la solidaridad humana.
Estamos ahora en condiciones de comprender lo importante que es saber algo del sentido de la vida y descubrir también las concepciones que distintas personas tienen de ese sentido. Si existe, al menos en cierta medida, un conocimiento fiable de aquel sentido de la vida que se encuentra más allá del alcance de nuestra propia experiencia, entonces está claro que pone en el error a quienes lo contradicen flagrantemente.
Como se verá, el autor es lo bastante modesto como para procurar obtener al principio un éxito parcial, que le parece confirmado por sus experiencias. Emprende esta tarea con tanto más gusto cuanto que abriga la esperanza de que, con un conocimiento algo más completo del sentido de la vida, no solo madurará un programa científico para seguir investigando en la línea que él ha trazado, sino que también, con el conocimiento creciente, aumentará notablemente el número de quienes, comprendiéndolo mejor, puedan ser ganados para aceptar este sentido de la vida.
I. La concepción de uno mismo y del mundo
Para mí no cabe duda de que todo individuo se conduce en la vida como si tuviera una idea determinada de su fuerza y de sus capacidades, y también como si desde el principio tuviera una concepción clara de la dificultad o la viabilidad de su acción en cada caso. En una palabra, estoy convencido de que la conducta de una persona brota de su idea. No debería sorprendernos, porque nuestros sentidos no reciben hechos reales, sino solo una imagen subjetiva de ellos: un reflejo del mundo exterior. Omnia ad opinionem suspensa sunt.3 Esta sentencia de Séneca no debería olvidarse en las investigaciones psicológicas. Cómo interpretamos los grandes e importantes hechos de la existencia depende de nuestro estilo de vida. Solo cuando chocamos directamente con hechos que revelan una contradicción con nuestra interpretación nos inclinamos, en nuestra experiencia inmediata, a corregir nuestra visión de ellos en detalles menores y a dejar que la ley de la causalidad influya en nosotros sin cambiar nuestra concepción de la vida. De hecho, me produce el mismo efecto que una serpiente venenosa se acerque realmente a mi pie o que yo crea simplemente que es una serpiente venenosa. El niño mimado muestra exactamente la misma angustia tanto si teme a los ladrones en cuanto su madre lo deja solo como si de verdad hay ladrones en la casa. En ambos casos se aferra a su opinión de que no puede existir sin su madre, aun cuando se haya demostrado que la suposición que despertó su angustia era falsa. El hombre que sufre de agorafobia y evita la calle porque siente y cree que el suelo se tambalea bajo sus pies no podría comportarse de otra manera si, en sus períodos de salud, el suelo se tambaleara realmente bajo sus pies. El ladrón que rehúye el trabajo útil porque, al no estar preparado para la cooperación, encuentra equivocadamente más fácil robar, puede mostrar la misma aversión al trabajo cuando este fuera de verdad más difícil que el allanamiento de moradas. El suicida prefiere la muerte a una vida que supone sin esperanza. Podría actuar del mismo modo si su vida fuera realmente desesperada. El toxicómano obtiene de su veneno un alivio que valora más que la solución honrosa de los problemas de su vida. Podría actuar del mismo modo si esto fuera realmente válido para él. El hombre homosexual tiene miedo de las mujeres y no las encuentra atractivas, mientras que lo atraen los hombres, cuya conquista le parece un triunfo. Todos ellos actúan a veces según una creencia que, si fuera correcta, haría que su conducta fuese objetivamente acertada.
Tomemos el caso siguiente: un abogado de treinta y seis años ha perdido todo interés por su trabajo. No tiene éxito y lo atribuye a que no causa buena impresión a los pocos clientes que acuden a consultarle. Siempre le costó mucho también tratar con otras personas y, sobre todo en compañía de muchachas, fue siempre extremadamente tímido. Un matrimonio que contrajo con gran renuencia, incluso con aversión, terminó un año después en divorcio. Ahora vive completamente retirado del mundo en casa de sus padres, que tienen que mantenerle en su mayor parte.
Es hijo único y su madre lo mimó hasta un grado increíble. Estaba siempre con él. Logró convencer tanto al niño como a su padre de que algún día llegaría a ser un hombre muy destacado. El muchacho creció con esta expectativa, y sus brillantes éxitos escolares parecieron confirmarla. Como suele ocurrirles a la mayoría de los niños mimados, que no saben negarse nada, la masturbación infantil adquirió sobre él un dominio pernicioso y pronto lo convirtió en el hazmerreír de las muchachas de la escuela, que habían descubierto su secreta falta. Se apartó de ellas por completo. En su aislamiento se abandonó a la fantasía de lograr los triunfos más gloriosos en el amor y en el matrimonio; pero solo se sentía atraído por su madre, a la que dominaba por completo y con la que durante bastante tiempo relacionó sus fantasías sexuales. Este caso muestra también con bastante claridad que el llamado complejo de Edipo no es un «hecho fundamental», sino simplemente un resultado vicioso y antinatural del mimo materno excesivo. Esto se ve todavía más claro cuando el niño o el joven, en su desmedida vanidad, se ve traicionado por las muchachas y no ha desarrollado suficiente sentimiento de comunidad para poder tratar con otras personas.
Poco antes de terminar sus estudios, cuando se le planteó la cuestión de ganarse la vida por su cuenta, el paciente cayó en la melancolía, de modo que de nuevo se batió en retirada. Como todos los niños mimados, de niño era tímido y se apartaba de los extraños. Más tarde ocurrió lo mismo con sus camaraderías, tanto con hombres como con mujeres. Del mismo modo se apartó de su profesión, y esta situación, apenas modificada, persiste hasta hoy.
Me contento con esta exposición y omito los demás hechos que concuerdan con ella: las «razones», las excusas y los demás síntomas patológicos con los que «aseguró» su retirada. Una cosa está clara: este hombre no cambió nunca en toda su vida. Siempre quiso ser el primero e invariablemente se retiraba cuando no estaba seguro del éxito. Su idea de la vida —oculta para él, pero conjeturada por nosotros— puede expresarse así: «Puesto que el mundo me niega mi triunfo, me retiraré». No puede negarse que, como hombre que ve en su triunfo sobre los demás la plenitud a la que ha aspirado, ha obrado así de un modo enteramente acertado e inteligente. No hay «razón», no hay «sentido común» en la ley de movimiento que se ha dado, sino más bien lo que he llamado «inteligencia privada». Si de hecho se negara que esta clase de vida pudiera tener algún valor para alguien, actuaría de un modo muy parecido.
El caso siguiente parece semejante a este, solo que tiene formas de expresión distintas y está menos obstaculizado por la tendencia a desconectarse de los demás. Un hombre de veintiséis años creció como segundo hijo entre otros dos miembros de su familia a los que su madre prefería. Con gran celo se propuso rivalizar con los rendimientos superiores de su hermano mayor. Adoptó una actitud crítica hacia su madre y se apoyó en su padre: siempre una segunda fase en la vida de un niño. Su aversión a la madre se extendió pronto a todo el sexo femenino a consecuencia de los hábitos insoportables de su abuela y de una niñera. Su ambición de librarse del dominio de las mujeres y de dominar a los hombres creció enormemente. Intentó por todos los medios minar la posición superior de su hermano. La ventaja que este le llevaba en fuerza física, en gimnasia y en la caza le hizo odiar toda forma de ejercicio físico. Excluyó estas actividades de su esfera de acción, del mismo modo que estaba ya a punto de eliminar a las mujeres. Los logros solo le atraían si iban unidos para él a un sentimiento de triunfo. Durante bastante tiempo estuvo enamorado de una muchacha y la adoró desde muy lejos. Evidentemente, este distanciamiento no agradó a la muchacha, que lo dejó por otro hombre. Su hermano había hecho un matrimonio feliz, y esto le hizo temer que él sería menos afortunado y que volvería a desempeñar un papel secundario en la opinión del mundo, como ya lo había hecho en la infancia con su madre. Daré un ejemplo, entre muchos, de su afán de disputar la superioridad de este hermano. En una ocasión el hermano volvió de cazar con una hermosa piel de zorro, de la que estaba muy orgulloso. Nuestro amigo cortó en secreto la punta blanca de la cola para anular el triunfo de su hermano. Su instinto sexual, en vista de su mayor actividad dentro de límites más estrechos, tomó la única dirección que le quedaba después de haber eliminado a las mujeres, y se hizo homosexual. Su interpretación del sentido de la vida era fácil de descifrar. La vida significa: tengo que ser superior en todo lo que emprenda. Y se esforzaba por alcanzar esta superioridad excluyendo todas las acciones en las que creía no poder lograr una realización triunfal. El primer hecho amargo e inquietante que tuvo que reconocer en el curso de nuestras conversaciones, destinadas a aclarar su caso, fue la pretensión de su compañero de relaciones homosexuales de atribuirse también una victoria debida a su mágico poder de atracción.
También respecto a este caso podemos afirmar que la «inteligencia privada» no estaba en falta y que la mayoría de las personas seguirían el mismo camino si el rechazo por parte de las muchachas fuera una verdad universal. En efecto, una fuerte tendencia a generalizar aparece con mucha frecuencia como error fundamental en la construcción de un estilo de vida.
«Plan de vida» y «opinión»45 se complementan mutuamente. Ambos tienen sus raíces en un período en que el niño es incapaz de sacar conclusiones de su experiencia y de expresarlas en palabras y conceptos. Sin embargo, ya ha empezado a desarrollar formas más generales para su conducta a partir de conclusiones que no se expresan en palabras, de sucesos a menudo insignificantes o de vivencias no expresadas en palabras que están fuertemente cargadas de emoción. Estas conclusiones generales, con sus tendencias correspondientes, formadas en una época en que faltan las palabras y los conceptos, siguen actuando en años posteriores, aunque ciertamente modificadas de diversas maneras; el sentido común interviene para corregirlas en mayor o menor medida y es capaz de impedir que las personas se apoyen demasiado en reglas, frases y principios. Como veremos más adelante, debemos al sentido común, reforzado por el sentimiento de comunidad, esta liberación del esfuerzo excesivo por encontrar apoyo y seguridad que resulta de un sentimiento opresivo de inseguridad y de inferioridad.
El caso siguiente, que puede observarse con frecuencia, muestra que el mismo proceso erróneo se encuentra también en los animales. A un cachorro lo estaban adiestrando para que siguiera a su amo por la calle. Tras hacer bastantes progresos en este arte, se le ocurrió un día saltar a un automóvil en marcha. Salió despedido del coche sin sufrir daño. Fue sin duda una experiencia única, para la que difícilmente podía tener preparada una reacción innata. Sería difícil también hablar de un «reflejo condicionado» cuando uno se entera de que este perro, aunque siguió progresando en su adiestramiento, ya no hubo manera de que se acercara al lugar del accidente. No tenía miedo ni de las calles ni de los vehículos, sino del lugar del accidente, y sacó la misma conclusión general que sacan a menudo los seres humanos: que la culpa la tenía el lugar y no su propio descuido e inexperiencia. Y en ese sitio lo amenazaba siempre el peligro. Se parecía a muchos otros que siguen un procedimiento semejante. Se aferran a tales interpretaciones porque así se aseguran al menos una cosa: que nunca más podrán resultar heridos «en ese sitio». Estructuras semejantes se dan con frecuencia en la neurosis. El neurótico teme una derrota amenazante —una pérdida de su sentimiento de la personalidad— e intenta protegerse sacando el mayor partido de los síntomas físicos o psíquicos debidos a su agitación anímica ante un problema que, por un error de concepción, cree insoluble, y utilizando estos síntomas para asegurar su retirada.
Es bien evidente que no nos influyen los «hechos», sino nuestra interpretación de los hechos. La mayor o menor seguridad con que interpretamos los hechos reales depende de la experiencia, que siempre es insuficiente, de que nuestras interpretaciones no se vean contradichas y del éxito con que nuestras acciones se correspondan con nuestras interpretaciones. Esto vale especialmente para los niños sin experiencia y para los adultos asociales. Es fácil comprender que estos criterios son a menudo insuficientes para este fin, porque la esfera de nuestra actividad es con frecuencia limitada, y también porque los errores y contradicciones menores se allanan a menudo con más o menos facilidad, sin esfuerzo alguno o con ayuda de otras personas. Esto nos ayuda a mantenernos permanentemente fieles a nuestro patrón de vida una vez formado. Solo los errores más flagrantes nos obligan a considerarlos con más atención, e incluso esto solo resulta eficaz en el caso de personas que toman parte en la solución social de los problemas de la vida y no persiguen ninguna meta de superioridad personal.
Llegamos así a la conclusión de que todo el mundo posee una «idea» de sí mismo y de los problemas de la vida —un patrón de vida, una ley de movimiento— que lo tiene firmemente sujeto sin que él la comprenda, sin que pueda dar cuenta de ella. Esta ley de movimiento surge dentro del estrecho ámbito de la infancia. Se desarrolla utilizando libremente, y sin una selección muy discriminatoria, las fuerzas innatas y las influencias del mundo exterior; y este proceso no está restringido por ninguna acción que pueda formularse matemáticamente. Es obra artística del niño dirigir y emplear para su propio fin todos los «instintos» e «impulsos», así como las impresiones recibidas del mundo exterior y de la educación. Esto no puede entenderse en el sentido de una «psicología de la posesión» (Besitz), sino de una «psicología del uso» (Gebrauch). Los tipos, las semejanzas, los parecidos aproximados son a menudo, o bien meras entidades que deben su existencia a la pobreza de nuestro lenguaje (incapaz de expresar con sencillez los matices, que siempre están presentes), o bien sucesos de una probabilidad estadística. La comprobación de su existencia no debería degenerar nunca en el establecimiento de una regla fija; nunca puede acercarnos a la comprensión del caso individual; solo puede servir para iluminar un campo visual en el que hay que encontrar el caso individual en su singularidad. El diagnóstico de un sentimiento de inferioridad agudo, por ejemplo, no nos dice todavía nada de la naturaleza y las características del caso individual, ni prueba que haya defectos en la educación o en el ambiente social. Estos defectos se manifiestan en forma siempre cambiante en la actitud del individuo ante el mundo exterior. Esta forma es distinta en cada individuo, por la intervención de la fuerza creadora del niño y de la interpretación que brota de ella.
Algunos ejemplos esquemáticos pueden explicar lo que acabamos de decir. Un niño que desde su nacimiento padece trastornos gastrointestinales, es decir, alguna inferioridad congénita del aparato digestivo, pero que no recibe una dieta del todo adecuada —y esto es casi siempre el caso—, se verá llevado por ello a interesarse exageradamente por la comida y por todo lo relacionado con ella.6 Sus ideas sobre sí mismo y sobre la vida quedan así más estrechamente ligadas al interés por la nutrición. Más tarde este interés puede dirigirse también al dinero, por la relación entre comida y dinero que pronto se percibe; pero esto, desde luego, ha de probarse de nuevo en cada caso.
Un niño cuya madre le ha ahorrado desde sus primeros años todo esfuerzo, es decir, un niño mimado, rara vez estará dispuesto, ni siquiera en la vida posterior, a ocuparse él mismo de sus asuntos. Si comparamos esto con fenómenos paralelos, tenemos derecho a decir que el niño vive en la creencia de que todo deben hacérselo los demás. También aquí, como en los casos siguientes, solo comprobaciones de largo alcance pueden darnos la necesaria seguridad de juicio. Podemos conjeturar que un niño al que en sus primeros años se le ha dado ocasión de imponer su voluntad a sus padres querrá invariablemente, durante toda su vida, dominar a los demás, y en la mayoría de los casos el resultado es que el niño, tras experiencias de signo contrario, adopta una «actitud vacilante» ante el mundo exterior7 y se repliega en la familia con todas sus fantasías —a menudo también las sexuales— sin realizar la adaptación necesaria conforme al sentimiento de comunidad. Un niño que en sus primeros años ha sido educado del modo más adecuado a sus capacidades como colaborador con iguales derechos, en el sentido más amplio de la palabra, se esforzará siempre por resolver todos los problemas de su vida conforme a su concepción de la verdadera vida social, mientras no se le planteen exigencias sobrehumanas.8
Del mismo modo, una muchacha cuyo padre es injusto con ella y descuida a su familia puede llegar fácilmente a creer que todos los hombres son como él. Esto es tanto más probable si tiene experiencias parecidas con un hermano, con parientes o con vecinos, o si las encuentra en sus lecturas. En tal caso, una vez que la creencia preconcebida se ha mantenido durante algún tiempo, otras experiencias de distinta clase apenas cuentan. Si se da el caso de que se elige a un hermano para hacer estudios superiores en una universidad o con vistas a una profesión, esto puede llevar fácilmente a la opinión errónea de que las muchachas son incapaces o están injustamente excluidas de una educación superior. Si uno de los hijos de una familia se siente relegado a un segundo plano y desatendido, puede apoderarse de él un sentimiento de intimidación, como si quisiera decir: «Siempre tendré que quedarme en segundo plano». O bien, porque cree que también él es capaz de logros, luchará furiosamente por superar a todos y no dejará que ningún otro cuente. Una madre que mima en exceso a su hijo puede inculcarle la idea de que, simplemente por ser quien es, ha de estar siempre en el centro de todo sin desempeñar él mismo un papel real. Si lo regaña y lo critica continuamente, si quizá además muestra con bastante claridad su preferencia por otro hijo, puede conseguir que su hijo sea en años posteriores desconfiado en su trato con todas las mujeres, y esto puede tener consecuencias del todo incalculables. Si un niño está expuesto a muchos accidentes o enfermedades, puede formarse a partir de ello la creencia de que el mundo está lleno de peligros, y actuará en consecuencia. El mismo resultado, con matices diferentes, puede darse si la actitud de la familia hacia el mundo exterior es tradicionalmente temerosa y desconfiada.
Es evidente que estas miríadas de interpretaciones pueden entrar, y entran, en conflicto con el mundo de la realidad y sus exigencias sociales. La idea errónea que un individuo tiene de sí mismo y de las exigencias de la vida choca tarde o temprano con la dura realidad, que exige soluciones conformes al sentimiento de comunidad. El resultado de este choque puede compararse con una descarga eléctrica. La opinión del fracasado de que su estilo de vida no puede hacer frente a la exigencia —el factor exógeno— no queda por ello disuelta ni alterada. El afán de superioridad personal continúa. Como consecuencia del choque no queda más que una restricción mayor o menor a un campo de acción más limitado, la exclusión de una tarea que ha amenazado con la derrota al estilo de vida, la retirada ante el problema para el que la ley de movimiento no ha proporcionado la preparación adecuada. El efecto del choque, sin embargo, encuentra una expresión tanto psíquica como física. Deprecia el resto de sentimiento de comunidad y da lugar a toda clase de errores en la vida, porque obliga al individuo a batirse en retirada, como en el caso de la neurosis, o lo empuja a desviarse por el camino antisocial. Allí sigue empleando la actividad que le queda, pero de ello no se sigue en modo alguno que actúe con valor. En todos los casos está claro que la «interpretación» es fundamental en la visión del mundo de un individuo y determina su pensar, su sentir, su querer y su actuar.
II. El acceso psicológico a la investigación del estilo de vida
No rechazaremos de antemano ningún método ni ningún camino para descubrir la actitud del individuo ante las cuestiones de la vida y averiguar el sentido que la vida quiere revelarnos. La interpretación que el individuo hace del sentido de la vida no es una cuestión trivial, pues es en último término la plomada de su pensar, su sentir y su actuar. El verdadero sentido de la vida, sin embargo, se manifiesta en la resistencia que encuentra el individuo que actúa equivocadamente. La tarea de la instrucción, de la educación y de la curación consiste en salvar la distancia entre el verdadero sentido de la vida y la acción errónea del individuo. Nuestro conocimiento del hombre como individuo existe desde tiempos inmemoriales. Por dar un solo ejemplo, las narraciones históricas y personales de los pueblos antiguos —la Biblia, Homero, Plutarco y todos los poetas griegos y romanos, las sagas, los cuentos de hadas, las fábulas y los mitos— muestran una comprensión brillante de la personalidad humana. Hasta tiempos más recientes fueron sobre todo los poetas quienes mejor lograron dar con la clave del estilo de vida de una persona. Su capacidad de mostrar al individuo viviendo, actuando y muriendo como un todo indivisible, en la más estrecha relación con los problemas de su entorno, despierta nuestra admiración en el más alto grado. No cabe duda de que hubo también hombres desconocidos del pueblo que aventajaban a los demás en el conocimiento de la naturaleza humana y que transmitieron sus experiencias a sus descendientes. Evidentemente, tanto estos hombres como los grandes genios del conocimiento de la humanidad se distinguían por una visión más profunda de la conexión entre los resortes de la acción humana. Este talento solo pudo nacer de su vínculo afectivo con la comunidad y de su interés por la humanidad. Su experiencia más amplia, su mejor conocimiento, su visión más profunda, fueron la recompensa de su sentimiento de comunidad. Había un rasgo de su obra que no podía pasar inadvertido: su capacidad de describir los innumerables e incalculables movimientos expresivos del individuo de tal modo que otros pudieran comprenderlos sin necesidad de recurrir a pesar y medir. Este poder se debía a su don de adivinación. Solo adivinando llegaron a ver lo que hay detrás y entre los movimientos expresivos, es decir, la ley de movimiento del individuo. Muchos llaman a este don «intuición» y creen que es posesión exclusiva de los espíritus más elevados. En realidad, es el más universal de todos los dones humanos. Todo el mundo lo utiliza constantemente en el caos de la vida, ante la abismal incertidumbre del futuro.
Puesto que todos nuestros problemas, tanto los menores como los mayores, son siempre nuevos y siempre distintos, nos veríamos envueltos continuamente en nuevos errores si estuviéramos obligados a resolverlos con un solo método, por ejemplo con «reflejos condicionados». Esta perpetua variedad de nuestros problemas nos plantea exigencias siempre nuevas y nos obliga a poner a prueba de nuevo cualquier forma de conducta que hayamos adoptado hasta entonces. Ni siquiera en una partida de cartas sirven de mucho los «reflejos condicionados». Adivinar acertadamente es el primer paso hacia el dominio de nuestros problemas. Pero este adivinar acertado es la marca distintiva del hombre que es compañero, semejante, y que está interesado en la solución feliz de todos los problemas humanos. Le es propia la mirada hacia el futuro de todos los acontecimientos humanos, y esto le atrae tanto si examina la historia humana en general como si examina el destino de un solo individuo.
La psicología siguió siendo un arte inofensivo hasta que la filosofía se hizo cargo de ella. Un conocimiento científico de la naturaleza humana tiene sus raíces en la psicología y en la antropología de los filósofos. En los múltiples intentos de someter todos los sucesos humanos a una ley universal y comprensiva no podía dejarse de lado al hombre individual. El conocimiento de la unidad de todas las formas de expresión del individuo se convirtió en una verdad irrefutable. La transferencia a la naturaleza humana de las leyes que rigen todo acontecer condujo a la adopción de puntos de vista diversos, y la fuerza reguladora insondable y desconocida fue buscada por Kant, Schelling, Hegel, Schopenhauer, Hartmann, Nietzsche y otros en alguna fuerza motriz inconsciente, a la que se llamó ley moral, voluntad, voluntad de poder o lo «inconsciente». Junto con la transferencia de las leyes generales a la actividad humana se puso de moda la introspección. Por medio de ella los seres humanos habían de poder afirmar algo sobre los sucesos psíquicos y los procesos ligados a ellos. Este método no se mantuvo mucho tiempo en uso. Cayó con razón en descrédito, porque no podía haber ninguna seguridad de obtener de nadie informes objetivos.
En una época de desarrollo técnico se empleó ampliamente el método experimental. Con ayuda de aparatos y de preguntas cuidadosamente escogidas se organizaron pruebas destinadas a arrojar luz sobre las funciones de los sentidos, sobre la inteligencia, el carácter y la personalidad. Con este método se perdió el conocimiento de la continuidad de la personalidad, o solo pudo restablecerse adivinando. La doctrina de la herencia, que pasó más tarde a primer plano, abandonó todo el intento y se contentó con mostrar que lo principal era la posesión de capacidades y no el uso que se hace de ellas. La teoría de la influencia de las glándulas endocrinas apuntó también en la misma dirección y se concentró en casos especiales de sentimientos de inferioridad y en su compensación en caso de inferioridad orgánica.
La psicología experimentó un renacimiento con la llegada del psicoanálisis. Este resucitó al Soberano omnipotente del destino humano en forma de la libido sexual y pintó concienzudamente en lo inconsciente las penas del infierno, y el pecado original en el «sentimiento de culpa». El cielo quedó fuera de consideración, pero esta omisión se rectificó después con la creación del «yo ideal», que encontró apoyo en la meta «ideal» de perfección de la psicología individual. Con todo, fue un intento notable de leer entre líneas en la conciencia: un paso adelante hacia el redescubrimiento del estilo de vida —de la línea de movimiento del individuo— y del sentido de la vida, aunque el autor del psicoanálisis, recreándose en metáforas sexuales, no percibió esta meta que se cierne ante la humanidad. Además, el psicoanálisis estaba demasiado embarazado por el mundo de los niños mimados, con el resultado de que siempre vio en este tipo el modelo permanente de la estructura psíquica, y las capas más profundas de la vida anímica, como parte de la evolución humana, le quedaron ocultas. Su éxito pasajero se debió a la predisposición del inmenso número de personas mimadas que aceptaron de buen grado las opiniones del psicoanálisis como reglas de validez universal y que se vieron así confirmadas en su propio estilo de vida. La técnica psicoanalítica se dirigió, con gran energía y paciencia, a mostrar que los gestos expresivos y los síntomas estaban relacionados con la libido sexual, y a hacer aparecer la actividad humana como dependiente de un impulso sádico innato. La psicología individual fue la primera en dejar suficientemente claro que estos últimos fenómenos eran producto artificial del resentimiento de los niños mimados. Con todo, hay aquí también una aproximación al reconocimiento del impulso evolutivo, un tanteo para adaptarse a él. El esfuerzo, sin embargo, no tiene éxito; a la manera pesimista habitual, se toma la idea del deseo de muerte como meta de la realización. Pero esto no es una adaptación activa; es simplemente la espera de una muerte lenta, fundada en la algo dudosa segunda ley fundamental de la física.
La psicología individual se asienta firmemente en el terreno de la evolución9 y, a la luz de la evolución, considera todo afán humano como un afán de perfección. El ansia de vivir, material y espiritual, está irrevocablemente ligada a este afán. Por tanto, hasta donde alcanza nuestro conocimiento, toda forma de expresión psíquica se presenta como un movimiento que lleva de una situación de menos a una de más. Cada individuo adopta para sí al comienzo de su vida una ley de movimiento, con relativa libertad para utilizar con este fin sus capacidades y defectos innatos, así como las primeras impresiones de su entorno. Esta ley de movimiento es distinta para cada individuo en tempo, ritmo y dirección. El individuo, que se compara perpetuamente con el ideal inalcanzable de la perfección, está siempre poseído y espoleado por un sentimiento de inferioridad. Podemos deducir de ello que toda ley de movimiento humana es errónea si se la considera sub specie aeternitatis y desde un punto de vista imaginario de corrección absoluta.
Cada época cultural se forma este ideal a partir de su riqueza de ideas y emociones. Así, en nuestros días, es siempre solo al pasado adonde nos volvemos para encontrar, en la formulación de este ideal, el nivel transitorio de la fuerza espiritual del hombre, y tenemos derecho a admirar profundísimamente esta fuerza que durante incontables épocas ha concebido un ideal fiable de la vida social humana. Sin duda, los mandamientos «No matarás» y «Ama a tu prójimo» difícilmente podrán desaparecer nunca del saber y del sentir como supremo tribunal de apelación. Estas y otras normas de la vida social humana, que son sin duda productos de la evolución y tan connaturales a la humanidad como la respiración y la marcha erguida, pueden encarnarse en la concepción de una comunidad humana ideal, considerada aquí como impulso y meta de la evolución. Proporcionan a la psicología individual la plomada, el δὸς ποῦ στῶ,10 lo único con lo que han de valorarse el acierto y el error de todas las demás metas y formas de movimiento opuestas a la evolución. Es en este punto donde la psicología individual se convierte en una «psicología de los valores», del mismo modo que la ciencia médica, promotora de la evolución con sus investigaciones y descubrimientos, es una «ciencia de los valores».
El sentimiento de inferioridad, el afán de superación y el sentimiento de comunidad —los fundamentos sobre los que se basan las investigaciones de la psicología individual— son, por tanto, esenciales al considerar tanto al individuo como a la masa. La verdad que representan puede eludirse o expresarse con otras palabras; pueden malinterpretarse y puede intentarse buscarles cinco pies al gato, pero nunca podrán borrarse. Para juzgar acertadamente cualquier personalidad hay que tener en cuenta estos hechos y averiguar el estado del sentimiento de inferioridad, del afán de superación y del sentimiento de comunidad.
Pero así como otras civilizaciones, bajo la presión de la evolución, sacaron conclusiones distintas y siguieron caminos equivocados, así lo hace también cada individuo. Es obra del niño crear, en la corriente del desarrollo, la estructura psíquica de un estilo de vida y las emociones apropiadas que van unidas a ella. La capacidad de acción del niño, emocional y todavía apenas comprendida, le sirve de medida de su fuerza creadora en un ambiente que no es en modo alguno neutral y que constituye una escuela preparatoria para la vida muy deficiente. Apoyándose en una impresión subjetiva, y guiado a menudo por éxitos o derrotas que proporcionan criterios insuficientes, el niño se forma un camino, una meta y la visión de una altura situada en el futuro. Todos los métodos de la psicología individual destinados a llevar a la comprensión de la personalidad tienen en cuenta la opinión del individuo sobre su meta de superioridad, la fuerza de su sentimiento de inferioridad y el grado de su sentimiento de comunidad. Un examen más atento de la relación de estos factores entre sí mostrará que todos ellos contribuyen a la naturaleza y la extensión del sentimiento de comunidad. El examen procede de un modo semejante al de la psicología experimental o al de las pruebas funcionales en los casos médicos. La única diferencia es que es la vida misma la que plantea la prueba, y esto muestra lo fuerte que es el vínculo entre el individuo y los problemas de la vida. Es decir, el individuo como ser completo no puede ser arrancado de su conexión con la vida o, quizá sería mejor decir, con la comunidad. Su actitud ante la comunidad se revela ante todo en su estilo de vida. Por esta razón, las pruebas experimentales, que en el mejor de los casos solo se ocupan de aspectos parciales de la vida del individuo, no pueden decirnos nada de su carácter, ni siquiera de sus logros futuros en la comunidad. E incluso la Gestaltpsychologie11 necesita completarse con la psicología individual para poder sacar alguna conclusión sobre la actitud del individuo en el proceso vital.
La técnica de la psicología individual empleada para descubrir el estilo de vida ha de presuponer, por tanto, en primer lugar el conocimiento de los problemas de la vida y de lo que exigen del individuo. Será evidente que su solución presupone cierto grado de sentimiento de comunidad, una estrecha unión con la vida como un todo y la capacidad de cooperar y de tratar con otras personas. Si falta esta capacidad, puede observarse un sentimiento de inferioridad agudo en sus innumerables variantes, junto con sus consecuencias. Esto tomará principalmente la forma de la evasión y de la «actitud vacilante». A los fenómenos corporales y anímicos interrelacionados que aparecen con ella los he llamado «complejo de inferioridad». El incesante afán de superioridad procura enmascarar este complejo con un «complejo de superioridad» que, ignorando el sentimiento de comunidad, aspira siempre al brillo de la conquista personal. Una vez que se han comprendido con claridad todos los fenómenos que se presentan en un caso de fracaso, hay que buscar en la primera infancia las razones de la preparación insuficiente. Por este medio logramos obtener una imagen fiel del estilo de vida homogéneo y, al mismo tiempo, estimar la magnitud de la desviación del sentimiento de comunidad en el caso de un fracaso. Esta se revela siempre como una falta de capacidad para entrar en contacto con los demás. De aquí se sigue que la tarea del educador, del maestro, del médico y del sacerdote es aumentar el sentimiento de comunidad y fortalecer con ello el valor del individuo. Lo hace convenciéndolo de las verdaderas causas de su fracaso, poniendo al descubierto su opinión errónea —el significado equivocado que ha atribuido a la vida— y dándole así una visión más clara del sentido que la vida ha dispuesto para la humanidad.
Esta tarea solo puede llevarse a cabo si se dispone de un conocimiento a fondo de los problemas de la vida y si se comprende el escasísimo matiz de sentimiento de comunidad que hay tanto en el complejo de inferioridad como en el de superioridad, así como en toda clase de errores humanos. Se requiere asimismo en el consultor una amplia experiencia de las circunstancias y situaciones que pueden obstaculizar el desarrollo del sentimiento de comunidad en la infancia. Hasta ahora mi propia experiencia me ha enseñado que los accesos más fiables para explorar la personalidad se encuentran en una comprensión de conjunto de los primeros recuerdos de la infancia, del lugar del niño en la serie de los hermanos y de los errores infantiles que haya; en los sueños diurnos y nocturnos, y en la naturaleza del factor exógeno que provoca la enfermedad. Todos los resultados de una investigación así —y entre ellos hay que incluir también la actitud ante el médico— han de valorarse con gran cautela, y la conclusión que se saque de ellos ha de comprobarse constantemente para ver si concuerda con otros hechos ya establecidos.
III. Las tareas de la vida
En este punto la psicología individual entra en contacto con la sociología. Es imposible juzgar acertadamente a un individuo sin conocer la estructura de los problemas de su vida y la tarea que le imponen. Su naturaleza esencial solo se nos revela por su actitud ante ellos y por lo que sucede en su interior como resultado de esa actitud. Tenemos que averiguar si cumple su papel o si vacila, se detiene, intenta eludir su tarea y busca e inventa excusas para esta evasión; si encuentra una solución parcial de su problema y la supera, o si lo deja sin resolver y sigue caminos perjudiciales para la comunidad con el fin de conquistar la gloria de una superioridad personal.
Desde hace mucho tiempo estoy convencido de que todas las cuestiones de la vida pueden subordinarse a los tres grandes problemas: los problemas de la vida en común, del trabajo y del amor. Como puede verse fácilmente, no son cuestiones casuales, sino que se nos plantean continuamente, apremiándonos y desafiándonos, sin dejarnos escapatoria alguna. Pues la respuesta que damos a estas tres cuestiones, en virtud de nuestro estilo de vida, se ve en toda nuestra actitud ante ellas. Puesto que están muy estrechamente ligadas entre sí —y precisamente porque las tres exigen para su debida solución una medida suficiente de sentimiento de comunidad—, es fácil comprender que el estilo de vida de cada uno se refleja con mayor o menor claridad en su actitud ante todas ellas. Esta actitud es menos clara respecto al problema que por el momento le queda lejos o que le ofrece circunstancias favorables; es más clara cuando los propios recursos del individuo se someten a una prueba más exigente. Problemas como el arte y la religión, que trascienden la solución media, participan de los tres. Estos tres nacen del vínculo inseparable que une necesariamente a los hombres para la asociación, para procurarse el sustento y para el cuidado de la descendencia. Son problemas que nos plantea nuestra existencia en la tierra. Los seres humanos, como productos de esta tierra, solo pudieron subsistir y desarrollarse en su relación cósmica mediante la unión con la comunidad, proveyendo a ella tanto material como espiritualmente, participando en su trabajo, por la laboriosidad y proveyendo a la propagación de la especie. En su evolución han sido equipados física y mentalmente para ello por su afán de una mejor dotación corporal y de un mejor desarrollo mental. Todas las experiencias, tradiciones, mandamientos y leyes fueron intentos, acertados o equivocados, duraderos o pasajeros, hechos por la humanidad en su afán de superar las dificultades de la vida. El grado alcanzado hasta ahora en este afán —ciertamente muy insuficiente— se ve en nuestra civilización actual. El movimiento del individuo, como el de la masa, está marcado por el paso de una situación de menos a una de más, y esto nos da derecho a hablar de un sentimiento de inferioridad permanente tanto en el individuo como en la masa. No puede detenerse la corriente de la evolución. La meta de la perfección nos atrae hacia delante.
Si, pues, estos tres problemas, con su base comunitaria de sentimiento de comunidad, son ineludibles, está claro que solo pueden resolverlos personas que posean una medida suficiente de sentimiento de comunidad. Puede aventurarse la afirmación de que hasta el día de hoy cada individuo ha sido capaz de adquirir esta medida de sentimiento de comunidad, pero que la evolución de la humanidad todavía no ha avanzado lo bastante para que los hombres lo asimilen tan completamente que funcione de manera tan automática como la respiración o la marcha erguida. No dudo de que algún día —quizá muy lejano— se alcanzará este grado, a menos que la humanidad se vea frustrada en este desarrollo, y en nuestro tiempo existe alguna pequeña razón para sospechar que esto pueda ocurrir.
Todas las demás cuestiones tienen por objeto la solución de estos tres problemas principales. Las cuestiones secundarias pueden referirse a la amistad, la camaradería, el interés por el Estado y el país, por la raza y por la humanidad; a los buenos modales, a la aceptación de las funciones civilizadas de los órganos, a la preparación para la cooperación en el deporte, en la escuela y en la enseñanza; al respeto y la estima que se deben al otro sexo, al entrenamiento físico y mental requerido para afrontar todos estos problemas, así como a la elección de una pareja del otro sexo. Esta preparación, sea acertada o equivocada, comienza desde el primer día de la vida del niño con la madre, que por el desarrollo evolutivo del amor materno es por naturaleza la compañera más adecuada para dar al niño la experiencia de la convivencia con sus semejantes. De la madre, que está como primer semejante a la puerta que se abre al desarrollo del sentimiento de comunidad, proceden los primeros impulsos que mueven al niño a presentarse en la vida como parte del todo y a buscar el contacto adecuado con las demás personas de su mundo.
Las dificultades pueden surgir por dos lados. Por parte de la madre, si dificulta al niño el contacto con otras personas con un trato sin tacto, torpe e ignorante, o si se toma su tarea con demasiada ligereza y descuido. O bien, como ocurre con más frecuencia, si hace innecesario que el niño ayude a los demás o coopere con ellos, si colma a su hijo de caricias y ternezas, si actúa, piensa y habla constantemente por él, mutilando toda posibilidad de desarrollo y acostumbrando al niño a un mundo imaginario y completamente distinto, donde al niño mimado se lo hacen todo los demás. Basta un lapso de tiempo muy breve para llevar al niño a considerarse el centro de los acontecimientos y a sentir que todas las demás situaciones y personas le son hostiles. Además, no hay que subestimar la multiplicidad de resultados que se deben al juicio libre del niño y a la intervención de su libre fuerza creadora. El niño utiliza las influencias exteriores para moldearlas a su manera de pensar. Cuando una madre es demasiado complaciente, el niño se niega a dejar que su sentimiento de comunidad se extienda a otras personas; intenta apartarse de su padre y de sus hermanos, así como de otras personas que no le salen al encuentro con el mismo grado de afecto. Al formarse este estilo de vida, al adoptar una opinión sobre la vida que implica que todo será fácil de conseguir desde el principio, pero solo con ayuda de los demás, el niño queda en años posteriores incapacitado para resolver los problemas de la vida. No ha sido preparado con el sentimiento de comunidad que estos problemas exigen, y cuando se enfrenta a ellos sufre un choque que le impide encontrar una solución, temporalmente en los casos leves, permanentemente en los más graves. El niño mimado encuentra justo que su madre se ocupe de él en todas las ocasiones posibles. Esta meta de superioridad que ha elegido la alcanza con la mayor facilidad oponiéndose al desarrollo de sus funciones. Esta oposición puede deberse a la obstinación —una disposición temperamental que, a pesar de la explicación dada por la psicología individual, ha sido descrita por Charlotte Bühler como una fase del desarrollo natural— o puede ser resultado de la falta de interés; y esta ha de entenderse siempre como falta de interés social.12 Otros intentos desesperados de explicar errores infantiles como la retención de las heces y la enuresis derivándolos de la libido sexual o de impulsos sádicos, y la creencia de que así se han descubierto capas más primitivas o incluso más profundas de la vida psíquica, ponen el carro delante de los bueyes, porque han malinterpretado la disposición fundamental de niños como estos, a saber, su desmedida ansia de afecto. Se equivocan también al considerar la función evolutiva de los órganos como si hubiera que adquirirla siempre de nuevo. El desarrollo de estas funciones es una ley tan natural y una adquisición tan natural de la humanidad como el lenguaje y la marcha erguida. En el mundo imaginario del niño pueden eludirse estas funciones orgánicas, así como la prohibición del incesto. Esta evasión es indicio del deseo de ser mimado y tiene por objeto, o bien la explotación de otras personas, o bien la venganza y la acusación, en los casos en que se ha negado el mimo.
Los niños mimados rechazan además de mil maneras distintas cualquier alteración de una situación que satisface sus deseos. Si el cambio se produce, siempre pueden observarse las acciones y reacciones de resistencia con las que el niño, de un modo más activo o más pasivo, alcanza su fin. Se trate de avanzar o de retroceder, la actitud plenamente desarrollada depende en su mayor parte del grado de actividad del niño, aunque también hay que tener en cuenta la situación exterior (el factor exógeno) que exige una solución. En casos semejantes, los éxitos que se han vivido proporcionan el modelo que se sigue en años posteriores. Muchos autores que no los han comprendido bien los despachan como regresión. Algunos escritores van todavía más lejos en sus conjeturas. Aunque el complejo psíquico ha de aceptarse hoy como una adquisición evolutiva establecida y permanente, intentan reducirlo a un residuo de tiempos primitivos. De este modo consiguen descubrir los parecidos más fantásticos. La mayoría de estos autores se dejan extraviar por el hecho de que las formas de expresión humanas —sobre todo si se tiene en cuenta la pobreza de nuestro lenguaje— se parecen unas a otras en todas las épocas. Es simplemente cuestión de descubrir un parecido más cuando se intenta referir todas las formas de la acción humana a la sexualidad.
He dejado claro que los niños mimados, cuando están fuera del círculo que los mima, se sienten constantemente amenazados y actúan como si estuvieran en país enemigo. Todos sus diversos rasgos de carácter —sobre todo su amor propio y su autoadmiración, a menudo inconcebibles— tienen que armonizar con su opinión sobre la vida. De aquí se sigue claramente que todos estos rasgos son productos artificiales, que son adquiridos y no innatos. No es difícil comprender, en contra de la opinión de los llamados «caracterólogos», que todos los rasgos de carácter significan relaciones sociales y brotan del estilo de vida que el niño ha creado. Queda así zanjada la vieja disputa sobre si el hombre es bueno o malo por naturaleza. El avance evolutivo creciente e irresistible del sentimiento de comunidad nos autoriza a suponer que la existencia de la humanidad está inseparablemente unida a la «bondad». Todo lo que parezca contradecirlo ha de considerarse un fracaso de la evolución; puede reducirse a errores cometidos, del mismo modo que en los vastos experimentos de la naturaleza siempre ha habido en los cuerpos de los animales material que no podía utilizarse. Pronto habrá que hacer sitio en la doctrina del carácter al hecho de que cualidades como «valiente, virtuoso, perezoso, malévolo, constante, etc.» son siempre resultado de adaptaciones o inadaptaciones a un mundo exterior siempre cambiante, y de que sin este mundo exterior sencillamente no podrían existir.
Como he mostrado, hay en la infancia otros obstáculos que, como el mimo, frenan el crecimiento del sentimiento de comunidad. Al considerar estos obstáculos hemos de descartar una vez más cualquier principio causal, fundamental y rector; en sus efectos solo vemos un impulso engañoso que puede expresarse en términos de probabilidad estadística. Además, no hay que pasar por alto la variedad y la singularidad de cada manifestación individual. Tal manifestación es expresión de la fuerza creadora casi arbitraria del niño en la formación de su ley de movimiento. Estos otros obstáculos son el abandono del niño y la posesión de órganos inferiores. Ambos desvían la mirada y el interés del niño de la «convivencia», como lo hace el mimo, y dirigen su atención a sus propios peligros y a su propio bienestar. Más adelante se dará una prueba más clara de que la seguridad, tanto frente al peligro como en lo que toca al bienestar, solo es alcanzable si hay una medida suficiente de sentimiento de comunidad. Pero puede comprenderse fácilmente que las condiciones de nuestra existencia terrestre son hostiles a la persona cuyo contacto con ellas es imperfecto o que no está en armonía con ellas.
De los tres obstáculos de la infancia puede decirse que la fuerza creadora del niño tiene un éxito variable en el esfuerzo por superarlos. Todo éxito o fracaso depende del estilo de vida, de la actitud del individuo ante su vida, y esta le es desconocida en su mayor parte. Así como hemos hablado de una probabilidad estadística que determina las consecuencias de estos tres obstáculos, así tenemos ahora que probar que también los problemas de la vida, tanto los grandes como los pequeños, presentan una probabilidad estadística única pero importante. Es el choque que producen y que pone a prueba la actitud individual ante ellos. Sin duda puede predecirse con cierta seguridad cuáles serán las consecuencias para un individuo cuando entre en contacto con los problemas de la vida; pero hemos de recordar siempre que ninguna hipótesis puede darse por correcta hasta que los resultados la hayan confirmado.
El hecho de que la psicología individual, a diferencia de cualquier otro método psicológico, sea capaz, en virtud de su experiencia y de sus leyes de probabilidad, de adivinar el pasado es sin duda una prueba sólida de su base científica.
Hemos de examinar ahora también esos problemas aparentemente subordinados y descubrir si también ellos requieren para su solución un sentimiento de comunidad desarrollado. Uno de los más importantes es la actitud del niño hacia el padre. La actitud normal sería un interés casi igual por el padre y por la madre. Pero las circunstancias exteriores, la personalidad del padre, una madre que mima o las enfermedades y las dificultades del desarrollo orgánico —cuyo cuidado recae en la madre— pueden tender a crear una distancia entre el niño y el padre y a frenar así la expansión del sentimiento de comunidad. Esta distancia no hace sino aumentar si el padre interviene con un régimen más riguroso para impedir las consecuencias del mimo de la madre. La tendencia de la madre, a menudo del todo inadvertida, a atraer al niño a su partido tiene el mismo efecto. Si predomina el mimo del padre, el niño se vuelve hacia él y se aparta de la madre. Cuando esto ocurre, ha de entenderse siempre como la segunda fase en la vida de un niño, e indica que la madre ha sido causa de una tragedia para el niño. Si un niño queda ligado a su madre a consecuencia de un mimo excesivo, se desarrolla más o menos como un parásito y espera de su madre la satisfacción de todas sus necesidades, incidentalmente también de las sexuales. Esto sucede con tanta mayor facilidad cuanto que el instinto sexual despierto del niño lo encuentra en un estado de ánimo en el que ha aprendido a no negarse nada y espera continuamente de su madre la satisfacción de todos sus deseos. El llamado complejo de Edipo de Freud, que a este le parece el fundamento natural del desarrollo psíquico, no es otra cosa que una de las muchas formas que aparecen en la vida del niño mimado, que es juguete indefenso de sus fantasías excitadas. Aquí hemos de discrepar de este mismo autor cuando, con fanatismo inflexible, fuerza todas las relaciones de un niño con su madre en un esquema que tiene por base el complejo de Edipo. Hemos de rechazar también la suposición de que las niñas se sienten más atraídas por el padre y los niños por la madre, aunque muchos autores parecen aceptarla como un hecho plausible. En los casos en que esto sucede, y no es resultado del mimo, podemos ver cierta comprensión por parte del niño de su futuro papel sexual, que por tanto está destinado a una etapa de la vida mucho más tardía. El niño, de un modo lúdico, la mayoría de las veces sin ejercitar su instinto sexual, se prepara para el futuro de manera muy parecida a como lo hace en otros juegos. Si el niño muestra un instinto sexual precoz y casi indomable, esto significa sin duda que es egocéntrico y suele ser un niño mimado que no sabe negarse ningún deseo.
La posición del niño respecto a los demás miembros de la familia, si se la considera como problema, puede darnos también alguna idea del grado de su capacidad de entrar en contacto con otras personas. Los tres grupos de niños que acabamos de describir se inclinarán por regla general a sentir que los demás niños de la familia —en especial uno más pequeño que ellos— les estorban y restringen su influencia. Los efectos son variados, pero en el período plástico de la vida del niño dejan una impresión tan grande que puede reconocerse como un rasgo para toda la vida. Toma la forma de un sentimiento duradero de rivalidad en la vida, de un afán de dominio y, en el caso más leve, de una inclinación permanente a tratar al otro hermano o hermana como a un niño. En este desarrollo depende mucho del éxito o del fracaso en la carrera competitiva. Pero, sobre todo en el caso de un niño mimado, nunca dejará de descubrirse, junto con las consecuencias debidas al propio niño, la impresión producida por haber sido desplazado por un miembro más joven de la familia.
Otra cuestión se refiere a la relación del niño con la enfermedad y a la actitud que decide adoptar ante ella. El niño se da cuenta del comportamiento de los padres durante las enfermedades, en especial cuando parecen graves. Enfermedades infantiles como el raquitismo, la pulmonía, la tos ferina, el baile de San Vito, la escarlatina, las jaquecas, etc., durante las cuales el niño nota la angustia que los padres muestran incautamente, no solo pueden hacer que el mal parezca peor de lo que realmente es, sino crear una costumbre insólita de mimo y dar al niño un inmenso sentimiento de importancia sin cooperación alguna por su parte; pueden llevar también a una tendencia a estar enfermo y a quejarse. Si el mimo desacostumbrado cesa al recobrar la salud, el niño se vuelve a menudo rebelde, o tiene un sentimiento duradero de mala salud y se queja de cansancio y de falta de apetito, o tose continuamente sin razón aparente. Estos síntomas se consideran a menudo —en muchos casos equivocadamente— secuelas de la enfermedad. Niños como estos tienden a aferrarse al recuerdo de sus enfermedades durante toda la vida. De este modo expresan su opinión de que tienen derecho a ser consentidos o a alegar circunstancias atenuantes. En tales casos no hay que pasar por alto que, a consecuencia del contacto imperfecto con las circunstancias exteriores, se da ocasión a un aumento permanente de la esfera del sentimiento: a una intensificación de las emociones y los afectos.
Además de la cuestión de si el niño se hace útil en casa, toma debidamente parte en los juegos o se comporta como buen camarada, su entrada en un jardín de infancia o su ida a la escuela significa una nueva prueba de su capacidad de cooperación. Allí puede observarse su capacidad de trabajar con otros. El grado de su excitación, el modo en que muestra su aversión a ir a la escuela, su retraimiento, su falta de interés y de concentración y otras cien acciones perjudiciales para la escolaridad, como llegar tarde, intentar causar alborotos, la tendencia a hacer novillos, perder constantemente libros y lápices y entretenerse en vez de hacer los deberes: todos estos síntomas indican un entrenamiento imperfecto para la cooperación. El proceso psíquico en tales casos queda mal descrito si no se comprende que estos niños, lo sepan o no, albergan un sentimiento de inferioridad agudo. Este sale a la luz como un complejo de inferioridad que corresponde a la descripción que acabamos de dar, en forma de timidez y agitación junto con toda clase de síntomas corporales o mentales, o aparece como un complejo de superioridad egoísta, en el espíritu pendenciero, en el aguar las fiestas, en la falta de camaradería, etc. En este complejo no hay rastro de valor. Hasta los niños arrogantes resultan cobardes cuando se trata de hacer un trabajo útil. La mentira muestra que van camino de los manejos turbios; las inclinaciones al robo aparecen como compensaciones que se les deben por su sentimiento de privación, a la vez que perjudican a otras personas. De su continuo compararse y medirse con niños más capaces no resulta ninguna mejora, sino más bien un embotamiento gradual de sus facultades y, a menudo, además, el fin de todo éxito escolar. Es evidente que la escuela actúa como una prueba y muestra desde el primer día la capacidad de cooperación del niño. Es evidente también que la escuela es el lugar adecuado para aumentar, con un trato juicioso, el sentimiento de comunidad del niño, de modo que no salga de ella como enemigo de la sociedad. Fue la comprensión de estos hechos lo que me llevó a crear en las escuelas consultorios de orientación educativa de psicología individual,13 que ayudan al maestro a encontrar los métodos adecuados para educar a los niños atrasados.
No cabe duda de que también el éxito escolar depende principalmente del sentimiento de comunidad del niño; en efecto, es su sentimiento de comunidad, tal como se manifiesta en la escuela, lo que nos da alguna idea de la forma que tomará su vida en la comunidad en años posteriores. Las cuestiones de la amistad, tan importante después para la convivencia con los demás; la camaradería, con todos sus rasgos concomitantes de fidelidad, fiabilidad y disposición a la acción cooperativa; el interés por el Estado, por la nación y por la humanidad: todo ello está incorporado a la vida escolar y requiere que lo cultiven expertos. La escuela tiene en su mano despertar y fomentar el espíritu de compañerismo. Si el maestro está familiarizado con nuestro punto de vista, podrá también, con una conversación amistosa, hacer ver al niño su falta de sentimiento de comunidad; le mostrará la causa de esta deficiencia y le dirá cómo puede eliminarse; de este modo lo pondrá en contacto más estrecho con la sociedad. En charlas generales a los niños podrá convencerlos de que su propio futuro y el futuro de la humanidad dependen de un aumento de nuestro sentimiento de comunidad, y de que los grandes errores de la vida —la guerra, la pena de muerte, el odio racial, el odio a otros pueblos, por no hablar de la neurosis, el suicidio, el crimen, el alcoholismo, etc.— brotan de una falta de sentimiento de comunidad y han de considerarse complejos de inferioridad, intentos perniciosos de afrontar una situación de un modo a la vez inadmisible e inadecuado.
También el problema del sexo, que se hace notar en esta etapa, puede sumir a niños y niñas en la confusión. Pero los niños que han sido ganados para la cooperación están a salvo de ello. Están acostumbrados a considerarse parte de un todo y nunca andarán cargando con secretos inquietantes sin hablar de ellos a sus padres o sin pedir consejo a su maestro. Distinto es el caso de los que ya han descubierto un elemento hostil en su vida familiar. Estos niños —y, una vez más, sobre todo los niños mimados— son los que más fácilmente se dejan intimidar y extraviar por la adulación. El proceder de los padres al explicar las cuestiones sexuales se sigue naturalmente de su vida en común. El niño debe saber tanto como quiera saber, y esta información ha de comunicársele de modo que el nuevo conocimiento sea recibido y asimilado debidamente. No debe haber demoras indebidas, pero, por otra parte, la prisa es innecesaria. Difícilmente pueden evitarse las conversaciones entre niños en la escuela sobre cuestiones sexuales. El niño independiente, que mira al futuro, rechazará las obscenidades y no dará crédito a afirmaciones necias. Una instrucción que haga temer a los niños el amor y el matrimonio es desde luego un gran error, pero solo la aceptarán los niños parásitos que no tienen confianza en sí mismos.
La pubertad, como otro de los problemas de la vida, es considerada por muchos un oscuro misterio. También en este período se descubren simplemente fuerzas que hasta entonces dormían en el niño. Si el niño ha carecido hasta entonces de sentimiento de comunidad, su pubertad transcurrirá con los errores correspondientes. La preparación del niño para la cooperación no hará entonces más que verse con mayor claridad. Dispone de un mayor espacio de movimiento. Tiene más fuerza. Pero, sobre todo, se siente impulsado a probar, de cualquier modo que sea apropiado o que le atraiga, que ya no es un niño o —con menos frecuencia— que todavía lo es. Si el desarrollo de su sentimiento de comunidad se ha visto obstaculizado, mostrará con más claridad que antes los resultados antisociales de su equivocado curso de vida. Muchos niños, en su afán de que se los tenga por mayores, adoptarán antes los errores de los adultos que sus virtudes, porque ese camino les resulta más fácil que servir a la comunidad. De ello resultarán faltas de toda clase. Estas se verán también más a menudo en los niños mimados que en los demás, porque aquellos, acostumbrados a ver satisfechas sus necesidades al instante, siempre encuentran difícil resistir a la tentación en cualquiera de sus formas. Muchachas y muchachos así caen fácilmente víctimas de la adulación o del estímulo de su vanidad. En esta etapa corren también grave peligro las muchachas que se han sentido gravemente postergadas en casa y que solo pueden creer que valen algo cuando oyen que las halagan.
El niño, hasta entonces en segundo plano, se acerca pronto a la primera línea de la vida, donde ve ante sí los tres grandes problemas de la existencia: la sociedad, el trabajo y el amor. Todos ellos exigen para su solución un interés desarrollado por los demás. La preparación para ello decide la cuestión. En este período encontramos la insociabilidad, la desconfianza y la alegría maligna por las desgracias ajenas, vanidades de toda clase, la hipersensibilidad, estados de excitación al encontrarse con otras personas, el miedo escénico, la mentira y el fraude, la calumnia, la ambición desmedida y otros muchos rasgos. Los que han sido educados para la comunidad harán amigos fácilmente. Se interesarán también por todos los problemas que afectan a la humanidad y ajustarán su punto de vista y su conducta a su bienestar. No buscarán el éxito llamando la atención sobre sí mismos por medios lícitos o ilícitos. Su vida en la comunidad estará siempre marcada por la buena voluntad, aunque alzarán la voz contra las personas peligrosas para la sociedad. Ni siquiera los hombres más humanos pueden librarse de un sentimiento de desprecio.
La superficie de la tierra en que vivimos hace del trabajo y de la división del trabajo una necesidad para la humanidad. El sentimiento de comunidad toma aquí la impronta del trabajo cooperativo en beneficio de los demás. El hombre con espíritu de comunidad no puede dudar nunca de que cada uno tiene derecho al fruto de su trabajo y de que la explotación de la vida y del esfuerzo ajenos no puede favorecer en modo alguno el bienestar de la humanidad. Por último, nosotros, los descendientes de nuestros grandes antepasados, que contribuyeron al bienestar de la humanidad, vivimos al fin y al cabo principalmente de sus logros. El gran pensamiento social expresado tanto en las religiones como en los sistemas políticos más destacados exige con razón el mejor reparto posible de la producción y del consumo. Cuando alguien fabrica zapatos se hace útil a otro, y tiene derecho a un sustento suficiente, a todas las ventajas de la higiene y a una educación adecuada para sus hijos. El hecho de que reciba un pago por ello es el reconocimiento de su utilidad en una época de comercio desarrollado. De este modo adquiere el sentimiento de su valor para la sociedad, único medio posible de mitigar el sentimiento de inferioridad humano universal. La persona que realiza un trabajo útil vive en una comunidad que se desarrolla por sí misma y contribuye a su progreso. Este vínculo, aunque no siempre se reconozca, es tan fuerte que determina la estimación general de la laboriosidad y de la pereza. Nadie llamaría virtud a la pereza. Incluso el derecho del hombre que se ha quedado sin trabajo a consecuencia de las crisis y de la superproducción está ya generalmente reconocido hoy día. Esto se debe a un creciente sentimiento de comunidad, si no al temor de una posible amenaza para la sociedad. Además, cualesquiera que sean los cambios que el futuro traiga en los métodos de producción y de distribución de la riqueza, habrá necesariamente un reconocimiento más adecuado que hoy del poder del sentimiento de comunidad, tanto si esos cambios se producen por la fuerza como por mutuo acuerdo.
En el amor, tan ricamente dotado de satisfacciones corporales y anímicas, el sentimiento de comunidad se revela como el forjador inmediato e indiscutible de nuestro destino. Como en la amistad y en las relaciones con los hermanos o con los padres, también en el amor se trata de una tarea para dos personas, esta vez de distinto sexo, con vistas a tener descendencia y a continuar la especie humana. Quizá ningún otro problema humano esté tan vitalmente ligado al bienestar y a la prosperidad del individuo en su ambiente social como el del amor. Una tarea en la que tienen que participar dos personas tiene su forma especial propia y no puede realizarse con éxito si se la trata como una tarea para una sola persona. Es como si, para la solución acertada del problema del amor, cada una de estas dos personas tuviera que olvidarse por completo de sí misma y entregarse por entero a la otra; es como si de dos seres humanos hubiera que formar una sola vida. En cierto grado encontramos también esta misma necesidad en la amistad y en actividades como el baile y el deporte, o en un trabajo en el que dos personas emplean el mismo instrumento para el mismo fin. Va sin duda implícito en esta relación que han de quedar excluidas de ella las cuestiones de desigualdad, la desconfianza mutua y los pensamientos o sentimientos hostiles. Además, pertenece a la esencia misma del amor que no falte la atracción física. Sin duda se debe también a la naturaleza de la evolución y a su efecto sobre el individuo el que la atracción física influya en la elección de pareja de un modo que corresponde al grado de progreso alcanzado por la humanidad.
Así, la evolución pone nuestro sentido estético al servicio del desarrollo de la humanidad, haciéndonos presentir, consciente o inconscientemente, un ideal más alto en nuestra compañera o compañero de vida. Además del hecho evidente de la igualdad en el amor —todavía tan a menudo mal entendida en nuestros días tanto por el marido como por la mujer—, hay que tener en cuenta también el sentimiento de la entrega mutua. Este sentimiento de entrega lo malinterpretan con muchísima frecuencia los hombres, y todavía más a menudo las muchachas, como una subordinación servil, y, sobre todo cuando va unido a la adopción del principio de la superioridad egoísta en el estilo de vida, los aparta del amor o los incapacita para cumplir sus funciones. La deficiencia en estas tres direcciones —en la preparación para una tarea que requiere dos personas para realizarse, en la conciencia de la igualdad de valor y en la capacidad de entregarse a otro— caracteriza a todos los que carecen de sentimiento de comunidad. La dificultad que experimentan en esta tarea los lleva a intentar perpetuamente encontrar alivio al tratar los problemas del amor y del matrimonio, este último en la forma de la monogamia, que es sin duda la mejor adaptación evolutiva activa. La estructura del amor que acabamos de describir, por ser la tarea y no el fin de un desarrollo, exige además una decisión definitiva para la eternidad, ya que ha de tener resultados sin fin en los hijos y en el bienestar de la humanidad. Es una perspectiva sombría comprender que nuestros errores y desaciertos, nuestra falta de sentimiento de comunidad en el amor, pueden llevar a excluirnos de la existencia eterna en esta tierra en nuestros hijos y en nuestros logros culturales. Jugar con el amor como se ve en la promiscuidad, en la prostitución, en las perversiones o en el retiro oculto de los cultos nudistas privaría al amor de toda su grandeza y su gloria y de todo su encanto estético. La negativa a contraer una unión duradera siembra la duda y la desconfianza entre los dos compañeros de una tarea común y los incapacita para entregarse por entero el uno al otro. Puede mostrarse que dificultades semejantes, aunque distintas en cada individuo, son signo de un sentimiento de comunidad dañado en todos los casos de amor y matrimonio desdichados, o de negativa a cumplir las funciones que con justicia se esperan. En tales casos solo la corrección del estilo de vida puede traer alguna mejora. Tampoco tengo duda de que jugar con el amor, es decir, la falta de sentimiento de comunidad, en la promiscuidad por ejemplo, ha abierto paso a la irrupción de las enfermedades venéreas y ha conducido así al exterminio de familias y de razas. Puesto que no se ha encontrado ninguna regla de vida absolutamente invariable, hay razones para discutir la disolución del vínculo del amor o del matrimonio. Desde luego, no se puede confiar en que todo el mundo pronuncie un juicio acertado sobre sí mismo. Por esta razón esta cuestión debería quedar en manos de psicólogos experimentados de quienes pueda esperarse una decisión conforme al sentimiento de comunidad. También la cuestión del control de la natalidad ha causado bastante revuelo en nuestros días. Puesto que la humanidad ha cumplido el mandamiento de multiplicarse y es innumerable como la arena de la orilla del mar, el sentimiento de comunidad del hombre se ha vuelto sin duda menos riguroso en su exigencia de una descendencia ilimitada. Además, el enorme desarrollo del equipo técnico hace superfluas demasiadas manos. La necesidad de colaboradores ha disminuido notablemente. Las circunstancias sociales no ofrecen ningún incentivo para una propagación rápida mayor. El nivel muy elevado de aptitud para el amor se preocupa más que en otros tiempos del bienestar y de la salud de la madre. Nuestra civilización creciente ha eliminado además los límites que restringían las fuerzas creadoras y los intereses intelectuales de las mujeres. El progreso técnico actual permite tanto a los hombres como a las mujeres dedicar más tiempo a la cultura, al descanso y a la diversión, así como a la educación de sus hijos: una ampliación del tiempo libre que aumentará en un futuro próximo y que, bien empleada, beneficiará en gran medida tanto al propio individuo como a quienes dependen de él. Todos estos hechos han contribuido a asignar al amor, además de su tarea de proveer a la propagación de la especie, un papel casi independiente —un nivel más alto, un aumento del placer— que sin duda contribuye al bienestar de la humanidad. Este progreso evolutivo, que se ha ganado de una vez para siempre y que es además la marca que distingue al hombre del animal, no puede en modo alguno frenarse con leyes y reglamentos. La cuestión de decidir el número de hijos es mejor dejarla enteramente a la mujer, tras una consulta cuidadosa. En caso de interrupción artificial del embarazo, madre e hijo quedarían probablemente mejor protegidos si, además de consultar a un médico, se llamara a un consejero psicológico cualificado. Este rechazaría cualquier razón injustificada aducida para el aborto y, si las razones fueran fundadas, daría su permiso. En un caso grave el aborto podría practicarse sin gastos en alguna institución.
Para la elección acertada de pareja, sin embargo, además de la idoneidad y la atracción físicas e intelectuales, deberían tenerse en cuenta principalmente las siguientes cualidades, que indican un grado suficiente de sentimiento de comunidad: 1) capacidad de conservar la amistad; 2) capacidad de interesarse por el trabajo; 3) más interés por la pareja que por uno mismo.
Ciertamente, el miedo a tener hijos puede deberse también a un motivo completamente egoísta. En cualquier forma que se exprese, en último término siempre puede reducirse a una falta de sentimiento de comunidad. Así ocurre cuando una muchacha mimada sigue simplemente haciendo el papel de niña mimada en su matrimonio o, pensando solo en su aspecto personal, teme y exagera la desfiguración del embarazo o del parto. Lo mismo ocurre si la esposa desea seguir sin rival, y a veces si ha contraído un matrimonio sin amor. En muchos casos la «protesta masculina» desempeña un papel desastroso en el cumplimiento de las funciones de esposa y en la negativa a tener hijos. Esta actitud de la mujer, de protesta contra su papel sexual, que yo fui el primero en describir con el nombre que he dado más arriba, da lugar con frecuencia a trastornos menstruales y a alteraciones funcionales en la esfera sexual. Brota siempre de un papel sexual que ya en la familia se ha considerado subordinado. Pero la fomenta esencialmente nuestra civilización imperfecta, que se esfuerza en secreto y abiertamente por asignar a las mujeres una posición inferior. Así, también la menstruación puede llevar en muchos casos a toda clase de trastornos como resultado de la autodefensa psíquica de la muchacha y puede revelar una preparación imperfecta para la cooperación. La «protesta masculina» en sus diversas formas, una de las cuales aparece como pasión por hacer el papel de hombre y puede llevar al amor lesbiano, ha de considerarse por tanto como un complejo de superioridad basado en el complejo de inferioridad: «solo una chica».
En el período que corresponde al amor aparecen también otras formas de retraimiento del sentimiento de comunidad, al mismo tiempo que una preparación imperfecta para la profesión y para la sociedad. La peor forma se ve sin duda en el error juvenil de un aislamiento casi completo de las exigencias de la comunidad. Como ha descubierto Kretschmer, esta dolencia psíquica está estrechamente ligada a la inferioridad orgánica. Sus pruebas completan mi descubrimiento de la importancia de los obstáculos orgánicos al comienzo de la vida, aunque este autor no ha tenido en cuenta, como lo ha hecho la psicología individual, la importancia de tal inferioridad orgánica para la construcción del estilo de vida. La caída en la neurosis bajo la presión incesante de las circunstancias exteriores que exigen preparación para la cooperación se hace cada vez más frecuente. Aumenta también el suicidio como la retirada perfecta ante las exigencias de la vida y, al mismo tiempo, como la condena radical de ellas con una intención más o menos rencorosa. La dipsomanía, como artimaña con la que un hombre puede eludir de manera antisocial las exigencias sociales, así como el hábito de la morfina y de la cocaína, son tentaciones a las que las personas sin sentimiento de comunidad, en su huida de los problemas de la sociedad, solo pueden resistir con dificultad cuando estos problemas se les presentan con exigencias mayores. Quien haya tenido suficiente experiencia en el tratamiento de personas así puede comprobar una y otra vez que tienen un fuerte deseo de mimo y de comodidad en la vida. Lo mismo vale para un gran número de delincuentes, en quienes la falta de sentimiento de comunidad en la actividad que ejercen y, al mismo tiempo, su falta de valor son ya claramente visibles en la infancia. No hay que sorprenderse si en este período se hacen también más manifiestas las perversiones. Los propios pervertidos las consideran en su mayor parte resultado de la herencia. Así, los síntomas de perversión en la infancia son considerados por ellos, y también por muchos autores, como innatos o contraídos a consecuencia de alguna vivencia. En realidad resultan ser huellas de un entrenamiento mal dirigido y son siempre, al mismo tiempo, un signo claro de un sentimiento de comunidad deficiente, que sale a la luz con bastante claridad en otros aspectos de su naturaleza.14
Otras pruebas del grado de sentimiento de comunidad se dan en las relaciones conyugales y en la dirección de un negocio; ante la pérdida de un ser querido, cuando el afligido da por perdido el mundo entero, aunque nunca antes había tomado parte en él; ante la pérdida de los bienes, al sufrir desengaños de cualquier clase, cuando la persona mimada se muestra incapaz, en circunstancias difíciles, de mantenerse en armonía con toda la comunidad. Muchos también, al perder un empleo, en vez de intentar unirse a la comunidad para eliminar las condiciones adversas mediante la acción común, caen en la confusión y se ven empujados a actuar de manera antisocial.
Mencionaré una última prueba: el miedo a envejecer y el miedo a la muerte. No aterrorizarán a la persona que está segura de su inmortalidad en la forma de sus hijos y en la conciencia de haber contribuido al crecimiento de la civilización. Con mucha frecuencia, sin embargo, el miedo a la aniquilación completa se manifiesta claramente en un rápido deterioro físico y en nervios destrozados. Las mujeres caen con muchísima frecuencia en la mayor perplejidad por la superstición del peligroso climaterio. Sufren de un modo notable en ese período sobre todo las que creen que el valor de las mujeres consiste en su juventud y en su belleza y no en su capacidad de cooperar. A menudo adoptan además una actitud de hostilidad defensiva, como si tuvieran que hacer frente a un ataque injusto, y caen en un estado de depresión que puede convertirse en melancolía. Para mí no cabe duda de que el nivel alcanzado hasta ahora por nuestra civilización no da a los hombres y mujeres de edad el lugar que les corresponde. Es su derecho inviolable que se les haga posible, o al menos que tengan la oportunidad de crearse ellos mismos ese lugar. Por desgracia, el límite de su voluntad de cooperar se hace evidente en esta etapa. Exageran su importancia; insisten en que lo saben todo mejor que los demás; no dejan de hablar de sus limitaciones. El resultado es que estorban a los demás y contribuyen a crear precisamente la atmósfera que, quizá desde hace mucho tiempo, siempre han temido.
Tras cierta experiencia, y tras una reflexión serena y comprensiva, todo el mundo debería ver claro que de hecho los problemas de la vida nos ponen a prueba constantemente en cuanto al grado de nuestro sentimiento de comunidad, y que nos aceptan o nos rechazan.
IV. El problema del cuerpo y el alma
Hoy ya no puede caber ninguna duda de que todo lo que llamamos cuerpo muestra un afán de llegar a ser un todo completo. Desde este punto de vista, el átomo puede compararse en general con la célula viva. Ambos poseen fuerzas latentes y manifiestas que dan lugar, bien al redondeamiento y la delimitación del cuerpo, bien a la formación de otras partes. La diferencia principal está en el metabolismo de la célula frente a la autosuficiencia del átomo. Ni siquiera el movimiento interno o externo de la célula y del átomo muestra diferencia fundamental alguna. Tampoco los electrones están nunca en estado de reposo, y un afán de alcanzar ese estado, como el que Freud postula en su teoría del deseo de muerte, no se encuentra en ninguna parte de la naturaleza. El punto de diferencia más claro entre la célula y el átomo es el proceso de asimilación y excreción de la célula viva, que da lugar al crecimiento, a la conservación de la forma y al afán de una forma final ideal.1516
Si la célula viva, venga de donde venga, hubiera sido puesta en un medio ideal que le hubiera garantizado una autoconservación perpetua y sin esfuerzo —una condición ciertamente inconcebible—, habría permanecido siempre igual. Bajo la presión de las dificultades, que en el caso más simple pueden imaginarse como casi físicas, lo que con cierta vaguedad llamamos el proceso vital se ve forzosamente empujado a buscar algún alivio. Las variedades dadas en la naturaleza, que existen sin duda también en innumerables formas entre las amebas, acercan al éxito a los individuos mejor situados y les dan ocasión de encontrar una forma mejor y, con ella, una mejor adaptación a su entorno. En los miles de millones de años que hace que existe la vida en esta tierra hubo evidentemente tiempo suficiente para formar al ser humano a partir del proceso vital de las células más simples, y también para dejar perecer a miríadas de existencias que no fueron capaces de resistir la presión de los ataques de su entorno.
Según esta concepción, que une las ideas fundamentales de Darwin y de Lamarck, el «proceso vital» ha de considerarse como un afán que mantiene su dirección en la corriente de la evolución apuntando eternamente a una meta de adaptación a las exigencias del mundo exterior. Los órganos y funciones imperfectos están sometidos a una estimulación constante desde fuera, y cuando tal estimulación da fruto, es decir, cuando el órgano o la función se adapta al mundo exterior, la evolución da un paso adelante.
Este afán de una meta nunca puede llegar a un final en reposo, porque evidentemente las exigencias y problemas que las fuerzas del mundo exterior plantean a los seres creados por ellas nunca pueden satisfacerse por completo. En este afán ha tenido que desarrollarse también aquella facultad que, según el punto de vista que adoptemos, se llama alma, espíritu, psique, razón, y que incluye todas las demás «fuerzas psíquicas». Y aunque al considerar el proceso psíquico nos movemos en terreno trascendental, podemos afirmar, sin abandonar nuestro punto de vista, que el alma, como parte del proceso vital y de todo lo que este proceso comprende, ha de ser semejante en su carácter esencial a la matriz, a la célula viva de la que ha surgido. Este carácter esencial se encuentra sobre todo en el esfuerzo incesante por llegar a un arreglo ventajoso con las exigencias del mundo exterior, por vencer a la muerte y, con este fin, por aspirar a alcanzar una forma final ideal y, en acción conjunta con las fuerzas corporales preparadas para ello por la evolución, por llegar, mediante influencia y ayuda recíprocas, a una meta de superioridad, de perfección y de seguridad. En el desarrollo del alma, como en el desarrollo evolutivo del cuerpo, está inalterablemente trazada la dirección en la que pueden superarse las dificultades del mundo exterior mediante la solución correcta de sus problemas. Toda solución equivocada, sea resultado de un desarrollo físico o psíquico inadecuado, muestra su falta de aptitud en una derrota que puede llevar a la eliminación y al exterminio del individuo que yerra. La derrota puede extenderse más allá del individuo y dañar a quienes están unidos a él —sus descendientes—, envolviendo a familias, tribus, pueblos y razas en dificultades todavía mayores. Como siempre en la evolución, estas dificultades, al ser superadas, pueden llevar a menudo a éxitos mayores y a una mayor fuerza de resistencia. Pero hecatombes de plantas, animales y seres humanos han caído víctimas de este cruel proceso de autodepuración. Lo que por el momento parece, por término medio, capaz de resistir ha superado provisionalmente la prueba.17 Desde este punto de vista se sigue que en el proceso físico tenemos que habérnoslas con un afán que ha de mantener al cuerpo, en relación con sus rendimientos, aproximadamente en estado de equilibrio, para que pueda hacer frente victoriosamente a las exigencias del mundo exterior con sus ventajas y desventajas. Si solo se tiene en cuenta un lado de estos procesos, se llega a la concepción de la «sabiduría del cuerpo».18 Pero también el proceso mental se ve obligado a apoyarse en esta sabiduría, que le permite resolver con éxito los problemas del mundo exterior y mantener así un equilibrio incesantemente activo de cuerpo y mente. Dentro de ciertos límites, el grado evolutivo alcanzado se encarga de este equilibrio, mientras que la actividad la proporciona la meta de superioridad encontrada en la infancia: el estilo de vida, la ley de movimiento de cada individuo.
La ley fundamental de la vida es, por tanto, la de la superación. A ella sirven el afán de autoconservación y de equilibrio corporal y mental, el crecimiento corporal y mental y el afán de perfección.
En el afán de autoconservación están incluidos la comprensión y la evitación de los peligros, la reproducción como vía evolutiva para la continuación de una parte corporal más allá de la muerte personal, la cooperación en el desarrollo de la humanidad, en la que el espíritu del colaborador es inmortal, y los logros comunes de todos los que han contribuido a cualquiera de las metas mencionadas.
El milagro de la evolución se manifiesta en el esfuerzo perpetuo que hace el cuerpo por conservar, completar y reponer simultáneamente todas las partes que le son vitales. La coagulación de la sangre en las heridas sangrantes, la conservación, garantizada en gran medida, del agua, el azúcar, la cal y la albúmina, la regeneración de la sangre y de las células, la acción concurrente de las glándulas endocrinas son productos de la evolución y muestran la fuerza de resistencia del organismo frente a los daños exteriores. La conservación y el aumento de esta fuerza de resistencia son resultado de una amplia mezcla de estirpes, con la que pueden reducirse las deficiencias y conservarse y aumentarse las ventajas. También aquí la asociación de los hombres —la sociedad— ha actuado de manera útil y eficaz. La eliminación del incesto no fue, por consiguiente, mucho más que algo que se daba por supuesto en el afán de una existencia en común.
El equilibrio mental está constantemente amenazado. En el afán de perfección el hombre está siempre en un estado de agitación psíquica y siente su incapacidad ante la meta de la perfección. Solo cuando siente que ha alcanzado un grado satisfactorio en su afán de ascender tiene el sentimiento de la calma, del valor y de la felicidad. Al momento siguiente su meta lo atrae más allá, de modo que se hace claro que ser hombre significa poseer un sentimiento de inferioridad que empuja constantemente hacia su propia superación. Los caminos hacia la victoria son de mil maneras tan distintos como las metas de perfección elegidas. Cuanto más fuerte es el sentimiento de inferioridad que se ha vivido, más poderoso es el impulso a la superación y más violenta la agitación emocional. Pero el asalto de los sentimientos —las emociones y los afectos— no deja de tener su efecto sobre el equilibrio físico. El cuerpo, a través del sistema nervioso vegetativo, del nervio vago y de las variaciones endocrinas, sufre un cambio que se manifiesta en alteraciones de la circulación de la sangre, de las secreciones, del tono muscular y de casi todos los órganos. Como fenómenos pasajeros estos cambios son naturales y solo muestran variedades en su expresión según el estilo de vida de la persona de que se trate. Si persisten, se los llama neurosis orgánicas funcionales, que, como las psiconeurosis, deben su origen al estilo de vida. En el caso de un fracaso debido a un sentimiento de inferioridad bastante agudo, esto indica una inclinación a batirse en retirada ante el problema que se le plantea al individuo y a asegurar esa retirada conservando los síntomas físicos o psíquicos del choque que han surgido. De este modo el proceso psíquico actúa sobre el cuerpo. Pero actúa también sobre la mente misma, porque da lugar en ella a toda clase de fracasos psíquicos, a omisiones y comisiones contrarias a las exigencias de la comunidad.
Del mismo modo, el estado del cuerpo actúa sobre el proceso psíquico. A juzgar por nuestras experiencias, el estilo de vida se forma en la primera infancia. El estado congénito del cuerpo tiene en ello la mayor influencia. El niño, en sus primeros movimientos y actividades, experimenta la validez de sus órganos corporales. Experimenta esta validez, pero durante mucho tiempo no tiene ni palabras ni conceptos para ella. Como, además, el influjo del entorno del niño es completamente distinto en cada caso, lo que el niño siente sobre su capacidad de acción permanece para siempre desconocido. Con gran cautela, y sirviéndonos de nuestra experiencia de la probabilidad estadística, podemos aventurarnos a inferir de nuestro conocimiento de la inferioridad de los órganos —del aparato digestivo, de la circulación de la sangre, de los órganos respiratorios, de los órganos de secreción, de las glándulas endocrinas y de los órganos de los sentidos— que el niño se siente sobrecargado al comienzo de su vida. Pero el modo en que vence estos obstáculos solo puede descubrirse por sus movimientos y sus esfuerzos. Pues en este terreno la idea de causalidad no nos sirve de nada. Aquí actúa la fuerza creadora del niño. Luchando dentro del ámbito incalculable de sus posibilidades, el niño, por ensayo y error, recibe un entrenamiento y sigue un camino trazado a grandes rasgos hacia una meta de perfección que parece ofrecerle plenitud. Ya luche activamente o permanezca pasivo, ya mande o sirva, ya sea sociable o egoísta, valiente o cobarde, cualesquiera que sean las variaciones de ritmo y temperamento, ya se conmueva con facilidad o sea apático, el niño toma su decisión para toda la vida y desarrolla su ley de movimiento en armonía, según supone, con su entorno. Concibe este entorno y reacciona ante él a su manera. El curso hacia la meta es distinto para cada individuo y varía en innumerables detalles, de modo que solo puede indicarse lo que en cada caso es típico; cuando se llega a las diferencias individuales nos vemos obligados a refugiarnos en largas descripciones. El individuo mismo apenas puede dar una cuenta clara de la dirección de su camino sin el conocimiento que le proporciona la psicología individual. A menudo la describe como lo contrario de lo que es. Es el conocimiento de su ley de movimiento lo que primero nos da la explicación. Por medio de ella descubrimos su intención, el sentido de las formas de expresión, sean palabras, pensamientos, sentimientos o acciones. Con qué rigor está sometido el cuerpo a esta ley de movimiento se revela también en la tendencia de sus funciones: una forma de lenguaje por lo general más expresiva que las palabras y que muestra la opinión con más claridad de lo que pueden hacerlo las palabras. Esta forma de lenguaje es, sin embargo, un lenguaje del cuerpo, y la he llamado «dialecto de los órganos». Un niño, por ejemplo, que en su comportamiento general es dócil, pero que moja la cama por la noche, deja clara de este modo su opinión de que no está dispuesto a someterse a una civilización ordenada. Un hombre que presume de valiente y que quizá cree incluso en su propio valor muestra sin embargo, con su temblor y su pulso acelerado, que ha perdido el equilibrio.
Una mujer de treinta y dos años se quejaba de un dolor violento alrededor del lado izquierdo de su ojo izquierdo y de visión doble, que la obligaba a mantener el ojo izquierdo cerrado. La paciente tenía ataques así desde hacía once años; el primero se produjo cuando se prometió con su marido. El ataque actual había empezado siete meses antes; los dolores eran intermitentes, pero la visión doble se mantenía constante. Echaba la culpa de su último ataque a un baño frío y creía que sus ataques anteriores se habían debido a corrientes de aire frío. Un hermano menor padecía ataques semejantes de visión doble, y su madre también, a consecuencia de violentos dolores de cabeza. En los ataques anteriores los dolores se sentían al parecer también alrededor del ojo derecho y podían pasar de un lado a otro.
Antes de casarse había dado clases de violín, había actuado también en conciertos y le gustaba su trabajo; pero lo había dejado después de su boda. Vivía ahora con la familia de su cuñado, para estar más cerca del médico, según decía, y allí era muy feliz.
Describía a su familia, en especial a su padre, a sí misma y a varios hermanos como irascibles e irritables. Si añadimos a esto el hecho, obtenido y confirmado por mis preguntas, de que son dominantes, encontramos que estamos ante un tipo que yo he descrito como propenso a los dolores de cabeza, a la migraña, a la neuralgia nerviosa del trigémino y a los ataques epileptiformes.19
La paciente se quejaba también de una necesidad urgente de orinar que se presentaba siempre que tenía alguna tensión nerviosa, cuando hacía visitas o se encontraba con extraños, etc.
En mi trabajo sobre el origen psíquico de la neuralgia del trigémino he llamado la atención sobre el hecho de que en los casos que no se deben a una afección orgánica se da siempre una tensión emocional intensificada. Esta se manifiesta claramente en toda clase de síntomas nerviosos como los señalados en el caso que acabamos de describir, y por medio de la excitación vasomotora; y también, por la agitación del sistema simpático-suprarrenal en los puntos de predilección, puede producir —muy probablemente por cambios en los vasos sanguíneos y en la irrigación sanguínea— síntomas como el dolor e incluso fenómenos paralíticos. En aquella ocasión expresé la conjetura de que las asimetrías del cráneo, de los lados de la cara y de las venas y arterias de la cabeza son signos que delatan la probable existencia de asimetrías semejantes en el interior del cráneo, en las meninges del cerebro e incluso en el propio cerebro; probablemente afectan al flujo y al calibre de las venas y arterias situadas allí. Quizá también las fibras y células nerviosas que las acompañan y que están próximas muestren un desarrollo más débil en uno de los dos hemisferios cerebrales. Habría que prestar entonces especial atención al curso de las vías nerviosas; también ellas son sin duda asimétricas y, por la dilatación de las venas y arterias de un lado, pueden resultar demasiado estrechas. Que las emociones, en especial la ira, pero también la alegría, la angustia y la pena, son capaces de alterar el llenado de los vasos sanguíneos puede verse en el color de la cara y, en la ira, en las venas que se marcan en la frente. Podemos suponer que en las capas más profundas se encuentran modificaciones semejantes. Ciertamente, hacen falta muchas más investigaciones para aclarar todas las complicaciones que intervienen.
Ahora bien, si también en este caso logramos mostrar no solo la irascibilidad, mantenida con el dedo en el gatillo por el estilo de vida dominante, sino también el impulso exógeno previo al ataque, más violento que cualquiera de los vividos hasta entonces; si podemos establecer la tensión psíquica permanente que existe desde la primera infancia —el complejo de inferioridad y el complejo de superioridad, la falta de interés por los demás, el amor propio, tanto en su vida actual como en sus recuerdos y sueños—; si, además, logramos el éxito con el tratamiento de la psicología individual, y si ese éxito es en alguna medida duradero, queda así aportada una prueba más de que enfermedades como los dolores de cabeza nerviosos, la migraña, la neuralgia del trigémino y los ataques epileptiformes, en la medida en que no muestren una lesión orgánica, pueden curarse quizá de forma permanente mediante un cambio del estilo de vida, la disminución de la tensión psíquica y la expansión del sentimiento de comunidad.
La micción con ocasión de las visitas nos da la imagen de una persona que se excita con demasiada facilidad, y muestra que la causa de la micción, como la causa del tartamudeo y de otros trastornos nerviosos y rasgos de carácter, incluido el miedo escénico, es exógena y se debe al encuentro con otras personas. También aquí es patente el sentimiento de inferioridad intensificado. Quien conozca la psicología individual podrá percibir fácilmente aquí el sentimiento de dependencia de los demás y, como resultado de ello, un afán acrecentado de aprecio, es decir, de superioridad personal. La propia paciente explica que no tiene ningún interés especial por los demás. Afirma que no es miedosa y que puede hablar con los demás sin dificultad, pero es habladora en grado extraordinario y apenas me deja meter baza, signo seguro de una fuerte inclinación a describirse a sí misma. Es sin duda la parte dominante en su matrimonio, pero choca con la indolencia de su marido y con su deseo de tranquilidad. Él trabaja mucho, vuelve a casa cansado a última hora de la tarde y no está dispuesto a salir con su mujer ni a conversar con ella. Si ella tiene que tocar en público, sufre un violento miedo escénico. A la pregunta que he introducido como importante, ¿qué haría si estuviera sana? —pregunta cuya respuesta muestra claramente la razón de la tímida retirada de la paciente—, contesta con evasivas aludiendo a sus perpetuos dolores de cabeza. En la ceja izquierda tiene una profunda cicatriz de una operación del seno etmoidal, operación a la que siguió muy pronto un ataque de migraña. La paciente insiste en afirmar que el frío en cualquier forma le hace daño y le provoca toda clase de ataques. Sin embargo, antes de su último ataque tomó un baño frío que, según dice, provocó inmediatamente el ataque. Los ataques no van precedidos de aura. Al comienzo de un ataque se presentan a veces náuseas, pero no siempre. La han examinado a fondo varios médicos, pero no se ha descubierto ninguna lesión orgánica. Le han hecho radiografías del cráneo y análisis de sangre y de orina, con resultado negativo. El útero se encuentra en estado infantil, con anteversión y anteflexión. En mi Studie über Minderwertigkeit von Organen he señalado que no solo se encuentran inferioridades orgánicas en los neuróticos —y los resultados de las investigaciones de Kretschmer lo confirman con fuerza—, sino que, en los casos de inferioridades orgánicas, cabe esperar también que los órganos sexuales se encuentren en un estado imperfecto. Este hecho lo sacó a la luz Kyrle, que por desgracia murió tan pronto.20 El caso que nos ocupa es un ejemplo de ello.
Resultó que la paciente, desde que presenció con el mayor horror el nacimiento de una hermana menor, tenía una angustia insensata ante el parto. Esto confirma mis advertencias contra la costumbre de poner los hechos del sexo demasiado pronto en conocimiento de los niños, cuando no es seguro que puedan comprenderlos y asimilarlos. Cuando tenía once años, su padre la había acusado injustamente de tener relaciones sexuales con el hijo de un vecino. Este contacto prematuro con la relación sexual, estrechamente unido al terror y a la angustia, hizo más enérgica su protesta contra el amor, y esta protesta apareció durante su matrimonio como frigidez. Antes de contraer matrimonio exigió a su novio una declaración formal de que renunciaría para siempre a tener hijos. Sus ataques de migraña y el miedo a ellos, que la poseía constantemente, le facilitaron mantener una relación que reducía las relaciones conyugales al mínimo. Como ocurre a menudo con las muchachas ambiciosas, sus relaciones amorosas tenían que volverse difíciles, porque, debido a un agudo sentimiento de inferioridad, al que presta apoyo nuestra atrasada civilización, las malinterpretaba como un desaire infligido a las mujeres.
El sentimiento de inferioridad y el complejo de inferioridad —estos conceptos fundamentales de la psicología individual que en otro tiempo, como la protesta masculina, eran para los psicoanalistas como un trapo rojo para un toro— están hoy plenamente aceptados por Freud y encajados a la fuerza en su sistema, aunque solo en una forma muy atenuada. Pero esta escuela sigue sin comprender hasta hoy que una muchacha como la que estamos estudiando está bajo la influencia continua de sentimientos de protesta que hacen vibrar el cuerpo y el alma, pero que solo encuentran expresión como síntomas agudos cuando se presenta un factor exógeno, es decir, cuando se pone a prueba la cantidad de sentimiento de comunidad presente.
En este caso los signos sintomáticos son la migraña y la necesidad urgente de orinar. Los síntomas crónicos que persisten desde su matrimonio son el miedo al parto y la frigidez. Creo haber explicado en gran parte las migrañas en el caso de esta persona irascible y dominante; y parece que solo personas como esta, con la asimetría antes descrita como factor añadido, pueden enfermar de migraña y de trastornos semejantes. Pero todavía he de señalar el factor exógeno que provocó el último ataque, extraordinariamente grave. No puedo negar del todo que en este caso el baño frío provocara el ataque; pero me sorprende un tanto que la paciente, que desde hacía tanto tiempo sabía bien el daño que el frío le haría, se metiera hace siete meses directamente en el agua fría sin pensar, según dice, en ningún riesgo. ¿Estaba en uno de sus momentos de ira? ¿Vino su ataque precisamente entonces porque tenía una ocasión cómoda? ¿Tenía un adversario en el juego, por ejemplo su marido, que le estaba amorosamente entregado, y se metió en el agua fría quizá como quien quiere suicidarse por venganza para castigar a una persona estrechamente unida a ella? ¿Sigue furiosa contra sí misma porque está rabiosa contra otra persona? ¿Se absorbe en lecturas sobre la migraña, consulta a un médico e intenta convencerse de que nunca podrá curarse, para aplazar la solución de los problemas de su vida, que la asustan por su deficiente sentimiento de comunidad?
Ciertamente estima mucho a su marido, pero está lejos de estar enamorada de él; de hecho, nunca ha estado realmente enamorada. Cuando se le preguntó repetidas veces qué haría si se curase para siempre, respondió por fin que se trasladaría a la capital, daría allí clases de violín y tocaría en una orquesta. Cualquiera que haya adquirido el arte de adivinar que enseña la psicología individual no tendría dificultad en comprender que esto significaba la separación de su marido, que estaba atado a la ciudad de provincias. Me remito para confirmarlo a lo dicho más arriba sobre lo feliz que se sentía en casa de su cuñado y sobre sus reproches a su marido. Como su marido la admira mucho y le da la mejor oportunidad imaginable de llevar al galope su afán de poder, le resulta naturalmente muy difícil separarse de él. Quisiera advertir aquí contra el error de facilitar el camino de la separación en este caso, y en otros semejantes, con consejos y conversaciones comprensivas, y sobre todo contra el de recomendar que se tome un amante. Tales pacientes saben muy bien lo que es el amor, pero no lo comprenden, y si siguieran el consejo del médico, no solo se precipitarían en amargos desengaños, sino que harían recaer toda la responsabilidad de ellos sobre los hombros del médico. En un caso así la tarea consiste en hacer a la mujer más apta para el matrimonio. Pero antes de poder hacerlo habría que eliminar los errores de su estilo de vida.
Tras un examen más cuidadoso se establecieron los hechos siguientes. El lado izquierdo de la cara es algo más pequeño que el derecho. Por esta razón la punta de la nariz está ligeramente desviada hacia la izquierda. El ojo izquierdo, el que ahora le da molestias, muestra una abertura más estrecha que el derecho. No pude explicar entretanto por qué la paciente mostraba los mismos síntomas en el lado derecho. Quizá se equivocaba en esto.
Soñó: «Estaba en el teatro con mi cuñada y con una hermana mayor. Les dije que esperasen un poco y que les dejaría verme en el escenario». Explicación: siempre busca lucirse ante sus parientes. Le gustaría tocar en la orquesta de un teatro. Cree que sus parientes no la valoran lo suficiente. También aquí se muestra válida la teoría de la inferioridad orgánica con compensación psíquica que yo formulé. (Esta relación, como algún día debería establecerse, está en la base de las conclusiones de Kretschmer y de Jaensch.) Apenas puede caber duda de que algo no está bien en el aparato visual de esta mujer. Lo mismo vale para su hermano, que padece la misma enfermedad. No puedo decidir si se trata de algo más que de anomalías en los vasos sanguíneos o en las vías nerviosas. La vista es, al parecer, normal, y también el metabolismo. La glándula tiroides no presenta alteración aparente. El sueño del teatro y de mostrarse en el escenario indica claramente un tipo visual muy preocupado por la apariencia exterior. Su matrimonio y su vida en provincias le impiden lucirse. Un embarazo y un hijo serían un impedimento semejante.
Se logró una curación completa en el plazo de un mes. Antes vino la explicación del factor exógeno que había llevado al último ataque. Encontró en el bolsillo de la chaqueta de su marido una carta de una muchacha que contenía solo unas pocas palabras de saludo. Su marido pudo disipar su sospecha. Con todo, ella siguió desconfiando y concibió unos celos de su marido que nunca antes había sentido. Desde entonces lo vigilaba. Fue durante este período cuando tomó el baño frío y comenzó su ataque. Uno de sus sueños posteriores, que siguió a sus celos y a su vanidad herida, muestra que mantiene sus sospechas e indica su actitud cautelosa y desconfiada hacia su marido. Vio a un gato que atrapaba un pez y huía con él. Una mujer corría detrás del gato para quitarle el pez. La interpretación se sigue sin necesidad de darle muchas vueltas. Busca, en lenguaje metafórico, en el que todo suena más enfático, prepararse contra un robo semejante de su marido. A modo de explicación dice que nunca ha sido celosa, que su orgullo le ha prohibido ese vicio, pero que desde el descubrimiento de la carta había considerado la posibilidad de que su marido le fuera infiel. Cuando pensaba en esta probabilidad, crecía su cólera contra la supuesta dependencia de la mujer respecto al marido. Su baño frío fue, pues, en realidad la venganza de su estilo de vida por lo que ella imaginaba ser la indiscutible dependencia de su valor respecto a su marido, y por el hecho de que él no supiera apreciar ese valor. Si no hubiera tenido su ataque de migraña —el resultado de su choque—, habría tenido que admitir que no valía nada. Y esto habría sido lo peor que podía ocurrirle.
V. Forma corporal, movimiento y carácter
En este capítulo consideraremos los tres aspectos externos que presenta la especie humana —la forma corporal, el movimiento y el carácter— para estimar su valor y explicar su significado. Un conocimiento científico de la humanidad ha de tomar, desde luego, la experiencia como base. Pero la mera recopilación de hechos no nos da una ciencia. Es más bien el paso inicial hacia la formación de una ciencia, y el material recogido requiere ordenarse de manera fiable bajo un principio común. Que un puño alzado con ira, una mirada furiosa, maldiciones proferidas a gritos, etc., son movimientos que corresponden a un ataque se ha convertido en algo tan evidente para el sentido común que el impulso humano de investigar y de acercarse a la verdad —y en esto consiste la naturaleza esencial de la ciencia— no tiene ya ningún problema en este terreno. Solo cuando logramos poner estos y otros fenómenos en una relación más amplia y hasta entonces no descubierta, en la que se abren nuevos puntos de vista y problemas anteriores parecen resolverse o aparecen a la vista, tenemos derecho a hablar de ciencia.
La forma de los órganos humanos, así como la forma exterior del ser humano, está más o menos en armonía con el modo de vida y debe su patrón fundamental a un proceso de adaptación a las circunstancias exteriores que ha permanecido inalterado durante largos períodos. El grado de adaptación varía de innumerables maneras y solo se hace llamativo en su forma cuando se ha traspasado un límite determinado, de algún modo perceptible. Ciertamente influyen en este desarrollo básico de la forma humana otros factores, de los que destacaré los siguientes.
La extinción de ciertas variantes para las que no hay posibilidades de existencia, pasajeras o permanentes. Aquí entran en juego no solo la ley de la adaptación orgánica, sino también modos de existencia equivocados que han sobrecargado a grupos mayores o menores (guerra, mal gobierno, adaptación social imperfecta, etc.). Además de la ley inflexible de la herencia, más o menos según la fórmula mendeliana, tendremos que contar con que los órganos y las formas pueden verse influidos en su capacidad de combinación durante el proceso de adaptación. La relación de la forma con las desventajas individuales y colectivas puede describirse como una función de valor.
La selección sexual. Esta, a consecuencia de la civilización creciente y del aumento del trato entre los hombres, parece tender a una uniformidad de forma y de tipo, y está más o menos influida por el conocimiento biológico y médico, así como por el sentido estético que guarda relación con él. Este último está sin duda sujeto a cambios y errores. Ideales de belleza contrapuestos, como el atleta y el hermafrodita, la opulencia de formas y la esbeltez, muestran cómo cambian estas influencias; y estos cambios reciben sin duda un notable estímulo del arte.
La correlación de los órganos. Los órganos están relacionados entre sí como en una alianza secreta, junto con las glándulas de secreción interna (glándulas tiroides, glándulas sexuales, glándulas suprarrenales, hipófisis), y son capaces de prestarse recíprocamente apoyo o daño. Así ocurre que pueden existir formas que por separado estarían condenadas a decaer, pero que en su interconexión no perturban fundamentalmente la función adecuada y completa del individuo. En este efecto combinado (Totalitätswirkung)21 el sistema nervioso periférico y central desempeña un papel destacado, porque, aliado con el sistema vegetativo, es capaz de ver muy acrecentadas sus actividades y, si se entrena debidamente en lo físico y en lo mental, puede aumentar el valor funcional general del individuo. Por esta razón, incluso formas atípicas y francamente defectuosas no amenazan necesariamente la existencia continuada de individuos y generaciones, porque obtienen compensación de otras fuentes de fuerza de tal modo que el individuo en su conjunto se mantiene en equilibrio, y hasta pueden compensarse a veces las deficiencias. Una investigación sin prejuicios mostrará sin duda que las personas más destacadas y capaces no se encuentran en modo alguno entre las más bellas. Esto nos inclina a creer que la eugenesia individual o racial solo podría crear valores dentro de límites muy estrechos, mientras que tendría que cargar con una cantidad tan enorme de factores complicados que un error de juicio sería mucho más probable que un resultado acertado. Un recuento estadístico, por bien garantizado que estuviera, no podría en modo alguno ser decisivo en el caso individual.
El ojo moderadamente miope, con su estructura alargada, es en conjunto una ventaja indudable en nuestra civilización. Esta se ha organizado sobre la base del trabajo realizado de cerca, y la fatiga ocular se evita casi por completo. Es sin duda una desventaja en una civilización diestra que el cuarenta por ciento de las personas sean zurdas. Y sin embargo encontramos entre los mejores dibujantes y pintores y entre los obreros especializados más hábiles un número llamativo de zurdos que realizan un trabajo magistral con su mano derecha, mejor entrenada. Las personas gruesas, como las delgadas, están amenazadas por peligros de distinta clase, pero más o menos iguales en gravedad, aunque, desde el punto de vista tanto de la estética como de la medicina, la balanza parece inclinarse cada vez más a favor de la esbeltez. Un metacarpo corto y ancho parece sin duda más apto para el trabajo pesado por su mayor fuerza de palanca. Pero el desarrollo técnico resultante del perfeccionamiento de la maquinaria hace cada vez más superfluo el trabajo manual pesado. La belleza de la forma corporal —aunque no podemos negar su atractivo— trae consigo tanto ventajas como desventajas. Quizá a más de uno le haya llamado la atención que un gran número de personas bien formadas se encuentran entre los solteros y entre quienes se ven privados de descendencia, mientras que tipos menos agraciados, por ser superiores en otros aspectos, toman parte en la propagación de la especie. ¡Con qué frecuencia encontramos en determinadas situaciones tipos distintos de los que habríamos esperado: montañeros de piernas cortas y pies planos, sastres hercúleos y favoritos de las mujeres contrahechos! En tales casos solo un conocimiento más íntimo de las complicaciones psíquicas nos permitirá comprender estas aparentes contradicciones. Todo el mundo se habrá encontrado sin duda con personas de estatura infantil singularmente maduras, y con tipos masculinos que se comportan de manera infantil, gigantes cobardes y enanos valientes, gentes de buena familia feas y deformes y bribones apuestos, criminales afeminados y tipos de aspecto rudo con un corazón bondadoso. Es un hecho bien establecido que la sífilis y la dipsomanía dañan el germen de la descendencia y con mucha frecuencia dejan un estigma reconocible en los descendientes, y es también un hecho que esa descendencia sucumbe con más facilidad. Pero las excepciones no son raras; y no hace mucho Bernard Shaw, todavía tan robusto en su vejez, nos ha hablado de su padre bebedor.22 El dominio de las leyes de la adaptación, difícil de comprender por ser demasiado complicado, se opone al principio trascendental de la selección. Como se lamentó el poeta: «Y Patroclo yace en su tumba, mientras Tersites vuelve».23 Tras las grandes pérdidas de las guerras suecas hubo escasez de hombres, y se aprobó una ley que obligaba a casarse a todos los que habían quedado, también a los enfermos y mutilados. Pues bien, si pueden hacerse comparaciones raciales, los suecos de hoy figuran entre los mejores tipos. La antigua Grecia recurría a la exposición de los niños deformes. En la leyenda de Edipo vemos la maldición de la naturaleza ultrajada o, quizá sería mejor decir, de la lógica ultrajada de la sociedad humana.
Quizá cada uno lleva dentro de sí una imagen ideal de la forma humana y la utiliza como medida para juzgar a los demás. En efecto, en la vida nunca vamos más allá de la necesidad de adivinar. Quienes se aventuran a un vuelo intelectual más alto lo llamarían intuición. El problema que han de afrontar el psiquiatra y el psicólogo es descubrir las normas que llevamos dentro y con las que juzgamos la forma humana. Aquí parecen decidir la cuestión las experiencias de la vida, a menudo de escaso alcance, y las imágenes estereotipadas a las que nos aferramos en su mayoría en la infancia. Lavater y otros han hecho de ellas un sistema. Si consideramos la asombrosa homogeneidad de tales impresiones y el modo en que nos representamos a las personas avaras, benévolas, malvadas y criminales, no puede negarse, pese a toda duda justificada, que conforme a nuestra medida de juicio oculta y bien sopesada preguntamos a la forma por su contenido, por su sentido. ¿Es el espíritu el que se crea el cuerpo?
Quisiera llamar especialmente la atención sobre dos obras que tratan esta cuestión, porque ayudan a arrojar alguna luz sobre el oscuro problema de la forma y el sentido. No olvidamos las contribuciones de Carus a este tema,24 a cuya resurrección tanto ha contribuido Klages. Tampoco deben pasarse por alto, entre los investigadores más recientes, Jaensch y Bauer. Pero quisiera destacar en particular la notable obra de Kretschmer sobre «forma corporal y carácter»25 y mi propio Estudio sobre la inferioridad de los órganos. Este último es con mucho el más antiguo de los dos. En aquella obra creí haber encontrado huellas del eslabón que conduce desde la inferioridad corporal congénita —una verdadera variante en menos—, a través de la producción de un sentimiento de inferioridad más agudo, a una tensión especial en el aparato psíquico. Cuando falta un entrenamiento adecuado, las exigencias del mundo exterior —a causa de esta tensión— se sentirán como demasiado hostiles, y la preocupación por el propio yo se intensificará de un modo claramente egocéntrico. De ello resultarán hipersensibilidad psíquica, falta de valor, irresolución y un patrón de apercepción antisocial. La visión del mundo exterior se convierte en un obstáculo para la adaptación y lleva a inadaptaciones. Llegamos aquí a un punto de vista desde el cual, con gran cautela y vigilando continuamente si hay confirmaciones o contradicciones, podemos sacar conclusiones de la forma acerca de su contenido esencial y de su sentido. He de dejar sin decidir si fisonomistas experimentados han seguido instintivamente este camino más allá de los límites de la ciencia. Por otra parte, he podido confirmar con frecuencia el hecho de que el entrenamiento psíquico surgido de esta tensión más aguda podía conducir a mayores logros. Creo no equivocarme si infiero de cierta experiencia que glándulas endocrinas como, por ejemplo, las glándulas sexuales pueden mejorarse y mantenerse en buen estado mediante un entrenamiento psíquico adecuado y pueden resultar dañadas por un entrenamiento inadecuado. No puede ser casualidad que tan a menudo haya encontrado —tanto en muchachos infantiles y afeminados como en muchachas marimachos— un entrenamiento en la dirección contraria puesto en marcha por los padres.
Kretschmer, al contraponer los tipos pícnico y esquizoide con sus diferencias externas y sus procesos psíquicos especiales, ha hecho una contribución de muy gran valor a este tema. El puente entre la forma y el sentido quedaba fuera de su interés. Su brillante exposición de estos hechos será sin duda uno de los puntos de partida desde los cuales avanzaremos hacia la elucidación de nuestro problema.
El investigador pisa un terreno mucho más firme cuando aborda el problema de descubrir el significado del movimiento. También aquí hay que dejar mucho a la adivinación, y en todos los casos será necesario obtener de los hechos, en toda su conexión mutua, pruebas de que la conjetura ha sido acertada. Al mismo tiempo afirmamos con ello lo que la psicología individual ha subrayado siempre: que todo movimiento brota de la personalidad como unidad, que en él no puede haber contradicciones con ella, ni ambivalencia, ni dos almas. Que una persona pueda ser distinta en lo inconsciente de lo que es en lo consciente —una división artificial, al fin y al cabo, que tiene su origen meramente en el fanatismo psicoanalítico— lo negará todo el que haya captado las sutilezas y los matices de la conciencia. Según se mueve una persona, así es su opinión sobre la vida.
La psicología individual ha intentado dar una forma científica a la doctrina del significado de los movimientos expresivos. Dentro de los límites de esta ciencia se establecen dos factores que, en sus mil variaciones, hacen posible una interpretación de estos movimientos. Uno toma forma en la primera infancia y muestra el impulso de pasar de una situación en la que no hay seguridad a la victoria sobre ella, encontrando un camino que lleva de un sentimiento de inferioridad a uno de superioridad y a la liberación de la tensión. Este camino, con su naturaleza especial y sus variantes, se ha hecho ya habitual en la infancia, y se ve como una forma de movimiento que permanece inalterada a lo largo de toda la vida. El reconocimiento de su matiz particular presupone una comprensión artística por parte del observador. El otro factor nos permite penetrar en el sentimiento de comunidad de la persona de que se trate, en el grado de su disposición o indisposición a cooperar con sus semejantes. El juicio que formamos sobre su modo de ver, de escuchar, de hablar, de tratar y de actuar, nuestra valoración y diferenciación de todos sus movimientos expresivos, tienen en cuenta el valor de su capacidad de contribuir a la vida social. Formados en una esfera de interés recíproco, estos movimientos expresivos muestran en cada prueba el grado de su preparación para el servicio en común. La línea de movimiento original aparecerá siempre, ciertamente en mil formas distintas, y no puede desaparecer hasta la muerte. En el curso ininterrumpido del tiempo, el impulso a la superación dirige todo movimiento; y este movimiento de ascenso toma tono y color del factor del sentimiento de comunidad.
Si ahora, en nuestra búsqueda de las unidades más profundas, queremos dar con toda cautela un paso adelante, llegamos a un punto de vista que nos permite adivinar cómo el movimiento se convierte en forma. La plasticidad de la forma viva tiene ciertamente sus límites, pero dentro de ellos el movimiento produce su propio efecto. En la corriente del tiempo este sigue siendo el mismo para generaciones, pueblos, razas. El movimiento se convierte en movimiento moldeado: en forma. Así es posible obtener un conocimiento de la humanidad a partir de la forma, si reconocemos en ella el movimiento que la modela.
VI. El complejo de inferioridad
Hace ya mucho tiempo que subrayé que ser hombre significa sentirse inferior. Quizá no todos puedan recordar que se hayan sentido alguna vez inferiores. Posiblemente, además, a muchos les repela esta expresión y prefieran elegir otra palabra. Nada tengo que objetar a este rodeo, sobre todo porque observo que varios autores ya se han aprovechado de él. Algunas personas extraordinariamente listas se figuran que van a dejarme en mal lugar afirmando que el niño, para tener un sentimiento de inferioridad, ha de haber tenido antes un elevado sentimiento de su valor. El sentimiento de insuficiencia es un dolor positivo y dura, por lo menos, mientras no se haya cumplido una tarea, satisfecho una necesidad o aliviado una tensión. Es claramente un sentimiento dado y hecho posible por la naturaleza, comparable a una tensión dolorosa que busca alivio. Este alivio no tiene por qué ser necesariamente placentero, como supone Freud, pero puede ir acompañado de sentimientos de placer, concepción que concuerda con la postura de Nietzsche. En ciertas circunstancias, el alivio de esta tensión puede ir acompañado también de un sufrimiento permanente o pasajero, algo así como la separación de un amigo infiel o como una operación dolorosa. Además, un final doloroso, que por lo común se prefiere a un dolor sin final, solo un sofista puede estimarlo como placer.
Así como el lactante delata con sus movimientos su sentimiento de insuficiencia, su incesante lucha por la perfección y por la solución de los problemas de la vida, así también el movimiento histórico de la humanidad ha de considerarse como la historia de su sentimiento de inferioridad y de sus esfuerzos por encontrar una solución a sus problemas. Puesta en movimiento en uno u otro momento, la materia viva se ha empeñado constantemente en llegar de una situación de menos a una de más. Es este movimiento, que yo describí ya en 1907 en mi Estudio sobre la inferioridad de los órganos, el que comprendemos bajo el concepto de evolución. Este movimiento no ha de considerarse en modo alguno como un movimiento que lleve a la muerte; al contrario, se dirige a lograr el dominio del mundo exterior, y en absoluto busca un compromiso con él o un estado de reposo. Cuando Freud afirma que los hombres se sienten tan atraídos por la muerte que la anhelan en sus sueños o de otras maneras, esto sería, incluso según su propia concepción, una anticipación prematura. Por otra parte, no cabe duda de que hay personas que prefieren la muerte a la lucha con las circunstancias exteriores, porque en su vanidad temen exageradamente la derrota. Son las personas que anhelan continuamente ser mimadas, que reclaman que otros les procuren alivios personales.
El cuerpo humano está construido, de manera demostrable, sobre el principio de la seguridad. Melzer, en las «Harvard Lectures» de los años 1906 y 1907, es decir, más o menos por las mismas fechas que mi estudio antes mencionado, ha llamado la atención sobre este principio de la seguridad, solo que de un modo más fundamental y comprensivo.26 Si un órgano ha resultado dañado, otro ocupa su lugar; un órgano lesionado genera de sí mismo una energía reparadora. Todos los órganos son capaces de rendir más de lo que normalmente se les exige; un solo órgano basta para varias funciones vitales, etc. La vida, a la que se ha impuesto la ley de la autoconservación, ha obtenido de su desarrollo biológico la energía y la capacidad para este fin. La separación de descendientes en los hijos y en las generaciones más jóvenes no es más que una parte de este aseguramiento de la vida.
Pero también la civilización en continuo progreso que nos rodea apunta a esta tendencia a la seguridad. Muestra que los seres humanos se hallan en un estado permanente de sentir su inferioridad, que los espolea constantemente a nuevas acciones para alcanzar una seguridad mayor. El placer y el dolor que acompañan a la lucha no son más que ayudas y recompensas recibidas en este camino. Una adaptación permanente a la realidad presente, en cambio, no sería otra cosa que una explotación de los esfuerzos ajenos, como lo exige la imagen del mundo del niño mimado. La lucha continua por la seguridad empuja a vencer la realidad presente en favor de otra mejor. La vida humana sería imposible sin esta corriente de civilización que nos lleva adelante. El hombre habría sucumbido necesariamente ante el asalto de las fuerzas de la naturaleza si no las hubiera empleado en su provecho. Le falta todo aquello que habría hecho de los animales más poderosos sus vencedores. Las condiciones del clima le obligan a protegerse del frío con vestidos que toma de animales mejor protegidos que él. Su organismo requiere una vivienda artificial, una preparación artificial del alimento. Su vida solo está asegurada por medio de la división del trabajo y de una propagación suficiente. Sus órganos y su espíritu se afanan continuamente por la conquista y la seguridad. A todo esto hay que añadir su mayor conocimiento de los peligros de la vida y su conciencia de la muerte. ¿Quién puede dudar seriamente de que el individuo humano, tratado por la naturaleza de un modo tan de madrastra, ha sido dotado con la bendición de un fuerte sentimiento de inferioridad que lo empuja hacia una situación de más, hacia la seguridad y la conquista? Y esta formidable rebelión forzada contra un tenaz sentimiento de inferioridad se despierta de nuevo y se repite en cada lactante y en cada niño pequeño como el hecho fundamental del desarrollo humano.
El niño, si no es anormal, como por ejemplo un niño idiota, está sometido ya al impulso de este desarrollo ascendente, que estimula el crecimiento de su cuerpo y de su espíritu. La naturaleza lo ha destinado a la lucha por la conquista. Su pequeñez, su debilidad, la falta de satisfacciones creadas por él mismo, las formas más leves y las más graves de abandono, son acicates precisos para el desarrollo de sus fuerzas. Crea formas de vida nuevas, y quizá enteramente originales, a partir de la presión de su existencia insuficiente. Sus juegos se dirigen siempre a una meta futura y son signos de su energía autocreadora, que de ningún modo puede explicarse por reflejos condicionados. Construye sin cesar en el vacío del futuro, impulsado por el apremio de su necesidad de superar. Puesto bajo el hechizo del «tener que» de la vida, lo arrastra su anhelo, cada vez mayor, de una meta final de superioridad sobre la suerte terrena que le ha tocado, con todas sus exigencias ineludibles. Y esta meta que lo atrae toma tono y color del estrecho ambiente en que el niño lucha por la conquista.
Solo puedo dedicar aquí un pequeño espacio a una exposición teórica que publiqué en 1912, como fundamental, en mi obra Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso].27
Si existe una meta de conquista así —y la evolución prueba que existe—, entonces el grado de evolución alcanzado y concretado en el niño se convierte en material para la creación de esa meta. Dicho de otro modo, la herencia del niño, ya se exprese en posibilidades corporales o psíquicas, solo ha de tenerse en cuenta en la medida en que puede ser utilizada, y lo es, para la meta final. Todo lo que se encuentra después en el desarrollo ha surgido del uso del material heredado y debe su acabamiento a la fuerza creadora del niño. Yo mismo he llamado especialmente la atención sobre los atractivos de este material heredado. Pero he de negar que tenga significación causal alguna, porque el mundo exterior, múltiple y siempre cambiante, exige un empleo elástico y creador de ese material. El rumbo hacia la conquista se mantiene siempre, aunque la meta de conquista, en cuanto ha tomado forma concreta en la corriente del mundo, prescribe una dirección distinta para cada individuo.
Los órganos inferiores, el mimo o el abandono inducen con frecuencia al niño a fijarse metas concretas de conquista que están en contradicción con el bienestar del individuo y también con el desarrollo progresivo de la humanidad. Hay, sin embargo, un número suficiente de otros casos y desenlaces que nos autorizan a afirmar, no como cuestión de conexión causal, sino de probabilidad estadística, que la elección del camino equivocado ha sido el resultado de un error. Y a este respecto hemos de recordar que todo mal puede adoptar otro aspecto, que todo el que se adhiere a una determinada concepción del mundo muestra en ella una perspectiva distinta de la de los demás, que todo escritor pornográfico tiene su propia individualidad, que todo neurótico se distingue a sí mismo de los demás neuróticos, del mismo modo que todo delincuente se distingue a sí mismo de los otros. Y es precisamente en esta diferenciación de cada individuo donde el niño muestra su propia fuerza creadora, su uso y aprovechamiento de las posibilidades y capacidades heredadas.
Lo mismo vale para los factores del mundo que rodea al niño y para los métodos de educación. El niño los acepta y los usa para concretar su estilo de vida; se crea una meta hacia la cual dirige inflexiblemente su rumbo y conforme a la cual apercibe, piensa, siente y actúa. Una vez comprendido con firmeza el movimiento del individuo, ningún poder de la tierra puede impedirnos suponer que hay una meta hacia la que tiende ese movimiento. No puede haber movimiento sin meta, y esa meta no puede alcanzarse nunca. La razón de ello está en la conciencia primordial del hombre de que nunca puede ser señor del mundo. Por eso tiene que trasladar esta idea, si en algún momento surge, a la región del milagro o a la omnipotencia de Dios.28
El sentimiento de inferioridad gobierna la vida psíquica y puede reconocerse claramente en la sensación de lo incompleto y de lo no cumplido, y en la lucha ininterrumpida tanto de los individuos como de la humanidad.
Cada una de las innumerables tareas que trae cada día, y que la vida entera plantea al individuo, lo pone en disposición de ataque. Todo movimiento suyo va de lo incompleto a lo completo. En el año 1909, en mi libro El instinto de agresión en la vida y en la neurosis,29 intenté arrojar más luz sobre esta cuestión, y llegué a la conclusión de que esta preparación para el ataque surge del estilo de vida bajo la coacción del impulso evolutivo y es una parte del todo. No hay pretexto alguno para considerarla radicalmente mala y derivarla de un instinto sádico innato. Si se hace el intento desesperado de fundar la vida psíquica sobre instintos que no tienen dirección ni meta, no debería olvidarse al menos el impulso de la evolución, ni la inclinación de la humanidad hacia la comunidad inherente a la evolución. A la vista del enorme número de seres humanos mimados y decepcionados, no hay que extrañarse de que gentes de todas las capas de la sociedad acepten sin crítica esta concepción errónea de la vida psíquica, sostenida por personas mimadas y, por eso mismo, amargamente decepcionadas.
El primer acto creador del niño, al que le impulsa su sentimiento de inferioridad en el uso de sus capacidades, es, pues, su adaptación a las circunstancias de su ambiente originario. Esta adaptación, distinta en cada caso, es movimiento, que en último término concebimos como forma —movimiento congelado—, una forma de vida que parece ofrecer una meta de seguridad y de conquista. Los límites dentro de los cuales tiene lugar este desarrollo son los de la humanidad en general, y están prescritos por el grado alcanzado en la evolución de la sociedad y del individuo. Pero no toda forma de vida hace un uso adecuado de este grado de evolución, y por eso se pone en oposición a la tendencia de la evolución. En capítulos anteriores mostré que el desarrollo completo del cuerpo y del espíritu está mejor garantizado cuando el individuo, luchando y trabajando, se integra en el marco de la comunidad ideal a la que tiene que aspirar. Entre quienes, a sabiendas o sin saberlo, adoptan este punto de vista y el gran número de los que no lo tienen en cuenta se abre un abismo que no puede salvarse. La oposición entre estos dos sectores de la humanidad llena el mundo de pequeñas querellas y de luchas violentas. Los que luchan construyen y contribuyen al bienestar de la humanidad. Pero tampoco los que se oponen a la tendencia de la evolución carecen enteramente de valor. Con sus fracasos y errores, más o menos dañinos, obligan a los demás a esforzarse con más vigor. Son así como aquel espíritu «que siempre quiere el mal y siempre crea el bien».30 Despiertan en los demás un espíritu crítico y les ayudan a obtener un conocimiento más pleno. Contribuyen al sentimiento de inferioridad creador.
Así, las líneas por las que ha de avanzar el desarrollo tanto del individuo como de la comunidad están prescritas por el grado de sentimiento de comunidad. Con ello se gana un punto de apoyo firme para juzgar lo justo y lo injusto. Aparece un método que ofrece un grado sorprendente de certeza cuando se usa no solo para la educación y la terapéutica, sino también para juzgar las desviaciones del camino recto. El criterio que así se emplea es mucho más exacto que cualquiera que pueda proporcionar el método experimental. Aquí es la vida misma la que pone las pruebas; cada uno de los más leves movimientos expresivos del individuo puede utilizarse como indicio de la dirección en que se mueve y de su distancia respecto de la comunidad. Una comparación con los métodos corrientes de la psiquiatría, que mide los síntomas nocivos o el daño hecho a la comunidad, resulta favorable a la psicología individual, aunque aquella se esfuerza también por afinar sus métodos bajo el hechizo de la aspiración ascendente de la comunidad. Esta ventaja se advierte además en que la psicología individual no condena, sino que procura mejorar; quita la culpa de los hombros del individuo y la atribuye a las deficiencias de nuestra civilización, de cuyas imperfecciones todos somos partícipes, y exige cooperación para eliminarlas. Es señal del bajo grado de evolución que hemos alcanzado hasta ahora el que, para lograrlo, tengamos que considerar no ya el fortalecimiento del sentimiento de comunidad, sino su misma existencia. No cabe duda de que las generaciones futuras habrán incorporado el sentimiento de comunidad a su vida, como nosotros lo hemos hecho con la respiración, con la marcha erguida y con la percepción, como imágenes inmóviles, de las impresiones luminosas que se mueven continuamente sobre la retina.
Incluso quienes no entienden el elemento de la vida psíquica del hombre que nutre el sentimiento de comunidad o su mandamiento «ama a tu prójimo» —todos los que se ocupan meramente de desenmascarar al «canalla interior» que se esconde astutamente en los hombres para escapar al descubrimiento y al castigo— son fertilizantes importantes para la humanidad que aspira a ascender. Muestran en una exageración extravagante su estado atrasado de desarrollo. Su sentimiento de inferioridad busca una compensación puramente personal en la convicción de que todos los demás carecen de valor. Lo que sí me parece peligroso es abusar de esta manera de la idea del sentimiento de comunidad: aprovechar la incertidumbre ocasional del camino hacia el sentimiento de comunidad para aprobar ideas y formas de vida socialmente dañinas, e imponerlas, en nombre de la salvación, a la sociedad presente o incluso a la futura. Así, la pena de muerte, la guerra e incluso la muerte de los adversarios encuentran de vez en cuando hábiles defensores. Además, estas personas se envuelven siempre en el manto del sentimiento de comunidad. ¡Qué prueba de su omnipotencia! Todas estas concepciones caducas son claros indicios de que esa defensa nace de una falta de confianza en que pueda encontrarse un camino nuevo y mejor, es decir, de un inequívoco sentimiento de inferioridad. La historia de la humanidad debería haber enseñado a todos que ni siquiera el matar cambia nada en la supremacía de las ideas avanzadas, ni impide el derrumbe de las que agonizan. Hasta donde alcanzamos a ver, solo hay un caso en que el matar puede justificarse, y es la legítima defensa, cuando nuestra propia vida o la vida de otra persona está en peligro. Nadie ha puesto este problema más claramente ante los ojos de la humanidad que Shakespeare en Hamlet, aunque esto no se ha entendido. En todas las tragedias de Shakespeare, como en las de los poetas griegos, el asesino y el criminal son perseguidos hasta la muerte por las Furias; y eso en una época en que hechos de sangre más terribles que los de nuestros días sacudían el sentimiento de comunidad de quienes luchaban por un ideal de sociedad. Estaban además más cerca de ese ideal, y al final han prevalecido. Todos los errores del criminal nos muestran los límites extremos hasta donde puede llegar su sentimiento de comunidad. Los sectores de la humanidad que luchan por avanzar están, en consecuencia, obligados no solo a dar ilustración y una educación correcta, sino también a no imponer prematuramente pruebas severas a personas no formadas en el sentimiento de comunidad. Ni deberían considerarlas en modo alguno como si fueran capaces de cumplir tareas que solo serían posibles para quienes tienen un sentimiento de comunidad desarrollado, pero no para los que carecen de él. La razón es que las personas que no están preparadas sufren un choque cuando tropiezan con un problema que exige un sentimiento de comunidad acrecentado; y este choque, mediante la formación de un complejo de inferioridad, da origen a fracasos de toda clase. La estructura de la naturaleza del criminal muestra claramente el estilo de vida de una persona dotada de energía, pero a la que importa poco la sociedad. Es alguien que desde la infancia ha desarrollado una concepción de la vida que le autoriza a servirse de las «contribuciones» de los demás. Ya no hace falta mantener en secreto que este tipo se encuentra predominantemente entre los niños mimados, y con menos frecuencia entre los que han sido abandonados. Hay quienes sostienen que el crimen es un autocastigo y que ha de atribuirse a perversiones sexuales infantiles y, en ocasiones, también al complejo de Edipo. No es difícil refutar esta opinión cuando se comprende que quien en la vida real está muy enamorado de las metáforas se enreda con demasiada facilidad en una red de símiles y semejanzas. Hamlet: «¿Veis aquella nube que tiene casi la forma de un camello?». Polonio: «Por la misa que parece un camello, en efecto».31
Los defectos infantiles como la retención de las heces, el mojar la cama, el cariño desmedido a la madre sin desprenderse de sus faldas, etc., son señales inequívocas del niño mimado, cuya esfera vital no se extiende más allá de su madre, pero que al mismo tiempo no incluye algunas de las funciones cuya vigilancia es tarea de la madre. Si a estos defectos infantiles se une una sensación de cosquilleo, como por ejemplo al chuparse el dedo o en la retención de las heces —y esto puede ocurrir ciertamente en el caso de niños más sensibles a las cosquillas que otros—, o si hay un sentimiento sexual incipiente en la existencia parasitaria de los niños mimados como consecuencia de su apego a la madre, se trata de complicaciones y consecuencias que amenazan sobre todo a los niños mimados. Pero el aferrarse a estos defectos infantiles, como también a la masturbación infantil, desvía el interés del niño del camino de la cooperación —que por diversas razones, sobre todo a causa del mimo, no ha llegado a dominar— hacia la búsqueda de alivio y de exención de la vida en común. En la mayoría de los casos esto no sucede sin que vaya acompañado al mismo tiempo de un aumento de la «seguridad» en el vínculo entre madre e hijo, como resultado de la mayor vigilancia de ella. (Esto no es en ningún sentido una «defensa», como lo considera Freud en su errónea interpretación de mi idea del aseguramiento.) La falta de sentimiento de comunidad y el sentimiento de inferioridad acrecentado, íntimamente ligados entre sí, se manifiestan claramente en esta fase de la vida del niño, unidos en su mayor parte a todos los rasgos de carácter de una existencia en un ambiente supuestamente hostil: hipersensibilidad, impaciencia, intensificación de los afectos, miedo a la vida, cautela y codicia, esta última en la forma de la suposición de que todo debería pertenecer al niño.
Las cuestiones difíciles de la vida, los peligros, las penas, las decepciones, las preocupaciones, las pérdidas, sobre todo de personas queridas, las tensiones sociales de toda índole, se ven siempre, ciertamente, en el cuadro del sentimiento de inferioridad, casi siempre en la forma de los afectos y estados de ánimo universalmente reconocibles que conocemos como angustia, pena, desesperación, vergüenza, timidez, turbación, asco, etc. Se ven en la expresión del rostro y en la actitud del cuerpo. Es como si con ello se perdiera el tono muscular. O aparece una forma de movimiento que casi siempre se observa como un retirarse del objeto que provoca la emoción, o como un retirarse de la persistente interrogación de la vida. Al mismo tiempo, en la esfera del intelecto surgen pensamientos de retirada en dirección a la vía de escape. La esfera del sentimiento, en la medida en que tenemos algún conocimiento de ella, refleja en su agitación, y en la forma de su agitación, el hecho de la inseguridad y de la inferioridad, con el fin de reforzar el impulso a la retirada. El sentimiento humano de inferioridad, que de ordinario se gasta en la lucha por avanzar, se ve con gran viveza en las tormentas de la vida, y con bastante claridad en las pruebas serias. Distinto en su expresión en cada caso, representa, si se incluyen todas sus manifestaciones, el estilo de vida de cada persona, y este entra en acción plena e indivisa en todas las situaciones de la vida.
Incluso en el intento de dominar las emociones citadas, en el dominio de sí, en la ira, e incluso en el asco y el desprecio, no debería dejar de verse la actividad de un estilo de vida formado bajo la coacción de la meta de superioridad y espoleado por el sentimiento de inferioridad. Mientras que la primera forma de vida, la intelectual, al aferrarse a la línea de retirada ante los problemas amenazadores, puede llevar a la neurosis, a la psicosis y a la conducta masoquista, en la otra forma, la emocional —aparte de las formas mixtas de neurosis—, se verán, en correspondencia con el estilo de vida, expresiones de mayor actividad como la inclinación al suicidio, la dipsomanía, el crimen o una perversión activa. Esta mayor actividad, sin embargo, no debe confundirse con el valor; este solo se encuentra entre los que avanzan socialmente. Es evidente que aquí se trata de una reorganización del mismo estilo de vida, y no del proceso ficticio que Freud llama «regresión». Porque estas formas de vida se parezcan a otras que existieron antes o tengan detalles en común con ellas, no hemos de concluir que sean idénticas; y el hecho de que todo ser vivo disponga de la riqueza de su capital psíquico y corporal, y de nada más, no ha de considerarse como una recaída en una fase humana infantil o primitiva. La vida exige la solución de los problemas de la sociedad, y así toda conducta humana apunta siempre al futuro, aun cuando construya con material tomado del pasado.
Es siempre la falta de sentimiento de comunidad, sea cual sea el nombre que se le dé —vida en compañía, cooperación, humanidad o incluso el yo ideal—, la que causa una preparación insuficiente para todos los problemas de la vida. Ante un problema, esta preparación imperfecta da origen a las mil formas que expresan la inferioridad y la inseguridad físicas y psíquicas. Este defecto, de hecho, ya en una fase anterior, provoca toda clase de sentimientos de inferioridad, solo que no tan marcados; pero hallan expresión, sin duda, en el carácter, en el movimiento y en la actitud, en el modo de pensar inducido por el sentimiento de inferioridad y en la desviación del camino del progreso. Todas estas formas que expresan un sentimiento de inferioridad reforzado por la falta de sentimiento de comunidad se hacen patentes en el momento en que el problema se vuelve amenazador, cuando surge el «factor exógeno». Este no faltará en un caso de «fracaso típico», aunque no todos lo encuentren. Los fracasos típicos se crean en primer lugar por la persistencia de los efectos de un choque, intento de aliviar la opresión causada por un grave sentimiento de inferioridad y resultado de la lucha ininterrumpida por salir de una situación de menos. Pero en ninguno de estos casos se discutirá la ventaja del sentimiento de comunidad, ni se borrará la distinción entre «bueno» y «malo». En todo caso hay un «sí» que subraya la presión del sentimiento de comunidad, pero le sigue invariablemente un «pero» que posee mayor fuerza e impide el necesario aumento del sentimiento de comunidad. Este «pero», en todos los casos, ya sean típicos o particulares, tendrá un matiz individual. La dificultad de la curación es proporcional a la fuerza del «pero». Este encuentra su expresión más fuerte en el suicidio y en la psicosis, a raíz de choques, cuando el «sí» casi desaparece.
Rasgos de carácter como la angustia, la timidez, la reserva y el pesimismo indican un contacto deficiente con los demás desde hace mucho tiempo, y cuando el destino los somete a pruebas más rigurosas se intensifican en gran medida. Aparecen en la neurosis, por ejemplo, como síntomas de enfermedad más o menos marcados. Esto se aplica también al movimiento característicamente retardado de la persona que va siempre a la zaga, a una distancia marcada del problema que se le plantea. Esta preferencia por la retaguardia de la vida se ve notablemente reforzada por el modo de pensar y de argumentar del individuo, en ocasiones también por el pensamiento obsesivo, o por inútiles sentimientos de culpa.32 Es fácil comprender que no son los sentimientos de culpa los que provocan el alejamiento del individuo respecto de su problema, sino que la inclinación y la preparación defectuosas de toda la personalidad encuentran útiles los sentimientos de culpa para impedirle avanzar. La autocondena irrazonable a causa de la masturbación, por ejemplo, proporciona un pretexto adecuado para el remordimiento. Incluso el hecho de que todo hombre, al volver la vista a su pasado, quisiera deshacer muchas cosas sirve a personas como estas de excusa satisfactoria para no tomar la parte que les corresponde.
El intento de atribuir fracasos como la neurosis o el crimen a tales sentimientos de culpa engañosos muestra que no se ha comprendido la gravedad de la situación. El curso que se sigue cuando hay un sentimiento de comunidad deficiente indica siempre, además, una grave duda ante un problema social. Esta duda intensifica el choque, el cual, junto con los cambios corporales consiguientes, contribuye a desviar al individuo hacia otros caminos. Estos cambios físicos ponen ciertamente todo el cuerpo en un estado de desorden pasajero o permanente, pero casi siempre causan perturbaciones funcionales muy marcadas en aquellas partes que tienen la mayor responsabilidad en la perturbación psíquica. Esto puede deberse a una inferioridad orgánica o a una carga de atención excesiva. La perturbación funcional puede verse en el descenso del tono muscular o en su excitación: en el erizarse del cabello, en la transpiración, en trastornos del corazón, del estómago y de los intestinos, en la urgencia de orinar, en la dificultad de respirar, en la opresión de la garganta, en la excitación sexual o en lo contrario. A menudo trastornos parecidos se intensifican por situaciones difíciles en el círculo familiar. Puede haber también dolores de cabeza, migraña, rubor violento o palidez. Las investigaciones recientes, sobre todo las de Cannon, Marañón y otros, han establecido que el sistema simpático-suprarrenal desempeña un papel importante en estos cambios, como también las partes craneal y pélvica del sistema vegetativo, y que estos reaccionan en consecuencia de diferentes maneras ante toda clase de emociones. Esto confirma nuestra antigua conjetura de que las funciones de las glándulas endocrinas —el tiroides, las suprarrenales, las glándulas sexuales y la hipófisis— están influidas por el mundo exterior, y de que, en correspondencia con el estilo de vida del individuo, responden a las impresiones psíquicas según la fuerza con que se viven subjetivamente. Esta respuesta tiene por objeto restablecer el equilibrio físico, pero se produce de un modo extremo, sobrecompensatorio, cuando el individuo está imperfectamente equipado para resolver los problemas de la vida.33
El sentimiento de inferioridad del individuo puede verse también en la dirección de su camino. He hablado ya del gran alejamiento de los problemas de la vida, del detenerse y del apartarse de un problema. No cabe duda de que en ocasiones puede demostrarse que tal proceder es correcto y conforme al sentimiento de comunidad. El hecho de que esto pueda justificarse es particularmente pertinente para la psicología individual, puesto que esta ciencia solo concede siempre un valor relativo a las reglas y fórmulas, y se considera obligada a aportar pruebas nuevas de su validez. Una de estas pruebas consiste en la conducta habitual del individuo en el movimiento que acabamos de describir. Otro modo de proceder —distinto de la «actitud vacilante»— que hace sospechar un sentimiento de inferioridad puede observarse en la evitación completa o parcial de un problema de la vida. Es completa en el suicidio, la psicosis, el crimen habitual y la perversión habitual, y parcial en la dipsomanía y otras toxicomanías. Como último ejemplo de un modo de movimiento que surge del sentimiento de inferioridad citaré, además, la marcada limitación de la esfera de la existencia y el estrechamiento del camino de avance. Esto excluye partes importantes de los problemas de la vida. También aquí hemos de hacer una excepción. Esto no se aplica a quienes, como los artistas y los genios, apartan de su mente la solución de aspectos particulares de los problemas de la vida con el fin de hacer una contribución mayor al avance de la comunidad.
Hace mucho que tengo formado mi juicio sobre el hecho del complejo de inferioridad en todos los casos de fracaso típico. Pero me esforcé durante largo tiempo por encontrar la solución del problema más importante que aquí surge, a saber, el modo en que se origina un complejo de inferioridad a partir del sentimiento de inferioridad, con sus consecuencias corporales y psíquicas, cuando hay que hacer frente a un problema de la vida. Hasta donde llega mi conocimiento, este problema, lejos de haberse resuelto hasta el presente, ha quedado relegado a un segundo plano por los autores en sus investigaciones. La solución me llegó, como me ha llegado en todos los demás problemas que entran en el ámbito de la psicología individual, buscando la explicación de la parte por el todo y del todo por la parte. El complejo de inferioridad, es decir, la persistencia de las consecuencias del sentimiento de inferioridad y la retención de ese sentimiento, encuentra su explicación en la deficiencia relativamente mayor del sentimiento de comunidad. Las mismas vivencias, los mismos sueños, las mismas situaciones y los mismos problemas de la vida, si es que pudiera existir en ellos una igualdad absoluta, tienen efectos distintos en cada persona. A este respecto, el estilo de vida y su contenido de sentimiento de comunidad son de importancia decisiva.
A veces encontramos personas cuya falta de sentimiento de comunidad está indiscutiblemente establecida (como prueba de esto quisiera atenerme solo a observadores experimentados) y que sin duda muestran pasajeramente signos del sentimiento de inferioridad sin haber desarrollado un complejo de inferioridad; y esto, en muchos casos, puede inducirnos a error y hacernos dudar de la validez de este argumento. Tales personas pueden encontrarse a veces entre las que poseen muy poco sentimiento de comunidad, pero viven en un ambiente favorable. La confirmación de la presencia de un complejo de inferioridad se hallará siempre en la vida anterior de la persona, en su conducta hasta el presente, en el mimo de que fue objeto en la infancia, en la existencia de órganos inferiores y en el sentimiento de haber sido abandonada de niña. En el tratamiento se recurrirá también a los demás medios empleados por la psicología individual de los que se tratará más adelante, a saber, la comprensión de los primeros recuerdos de la infancia, la experiencia de la psicología individual respecto al estilo de vida como un todo y al modo en que este está influido por la posición del individuo en el orden de los hermanos, y el método de interpretación de los sueños. En el caso de un complejo de inferioridad, la conducta sexual y el desarrollo sexual de un individuo son solo una parte del todo y están enteramente comprendidos en ese complejo.
VII. El complejo de superioridad
Llegado aquí, el lector planteará con razón la pregunta: ¿dónde se encuentra entonces, en el caso del complejo de inferioridad, la lucha por la superioridad? Pues, en efecto, si no logramos mostrar que esta lucha existe en los innumerables casos de complejo de inferioridad, la ciencia de la psicología individual tendría que registrar una contradicción de tal índole que fracasaría necesariamente por ella. En gran medida, sin embargo, esta pregunta ya ha sido respondida.
La lucha por la superioridad hace retroceder al individuo de la zona de peligro en cuanto le amenaza una derrota (debida a su falta de sentimiento de comunidad), y esto se expresa en una cobardía abierta o latente. La lucha por la superioridad tiene por efecto, o bien mantener al individuo en la línea de retirada ante el problema social, o bien obligarle a rodearlo. Inherente a la contradicción de su «sí, pero», le obliga a aceptar un sentido que da más peso al «pero» y lo tiene tan fuertemente bajo su hechizo que solo, o principalmente, se ocupa de los efectos del choque. Esto sucede tanto más fácilmente cuanto que aquí se trata de individuos sin un sentimiento de comunidad adecuado, que desde la infancia han estado ocupados en sí mismos, en su propio placer y su propio dolor. Por cierto, en estos casos pueden distinguirse tres tipos, cuyo estilo de vida inarmónico ha desarrollado de manera especialmente clara un aspecto particular de su vida psíquica. El primer tipo comprende a las personas en quienes la esfera intelectual domina las formas expresivas. El segundo tipo se caracteriza por un crecimiento exuberante de la vida emocional e instintiva. Un tercer tipo se desarrolla más bien en la línea de la actividad. Naturalmente, nunca se encuentra una ausencia completa de ninguna de estas tres tendencias. Todo fracasado mostrará, por tanto, también con toda claridad el aspecto de su estilo de vida en el efecto del choque retenido. Mientras que en el caso del criminal o del suicida el factor activo parece por lo general pasar a primer plano, algunas de las neurosis se caracterizan por un énfasis en el lado emocional, a no ser que, como ocurre casi siempre en la neurosis obsesiva y en las psicosis, se acentúe con más fuerza el material intelectual.34 El toxicómano es siempre, ciertamente, un tipo emocional. Pero la huida ante el cumplimiento de una de las tareas de la vida impone una carga a la sociedad humana y la convierte en objeto de explotación. La falta de cooperación de cualquiera tiene que compensarse con el trabajo adicional de otras personas, de la familia o de la comunidad. Cuando esto sucede, se libra una lucha silenciosa e incomprendida contra el ideal de la sociedad, una protesta incesante que no favorece el desarrollo ulterior del sentimiento de comunidad, sino que se propone abrir una brecha en él. La superioridad personal, sin embargo, está invariablemente en oposición a la cooperación. Y de ello se puede ver que en el caso de los fracasados tratamos con personas cuyo desarrollo para el trabajo en común se ha retrasado y que carecen ya de una visión, un oído, un habla y un juicio adecuados. En lugar del sentido común poseen una «inteligencia privada», que emplean hábilmente para asegurar su desviación del camino recto. He descrito al niño mimado como un parásito ocupado constantemente en poner a otras personas a contribución para sus necesidades. Si de esto se formara un estilo de vida, se comprende que la mayoría de los fracasados consideren la contribución de los demás como posesión propia, ya se trate de afecto, de bienes o de esfuerzo material y mental. Sean cuales sean las medidas o las palabras enérgicas que la sociedad emplee para protegerse de estas usurpaciones, ha de ejercer naturalmente la indulgencia y la paciencia, más por su impulso más íntimo que por su conocimiento, ya que su tarea eterna no es castigar ni vengar los errores, sino explicarlos y eliminarlos. Pero siempre hay una protesta, por parte de los individuos no formados en el sentimiento de comunidad, contra la obligación de cooperar. Esta les parece intolerable; va en contra de su inteligencia privada y los amenaza en su lucha por la superioridad personal. Es significativo del poder del sentimiento de comunidad que todo el mundo reconozca como anormales y equivocadas las desviaciones y los errores de mayor o menor grado; es como si todos tuvieran que pagar tributo al sentimiento de comunidad. Incluso autores con la ilusión de un método científico, y en ocasiones con dotes de genio, ven disfrazada la voluntad de poder personal, cultivada artificialmente, y al considerarla como un instinto primordial vicioso, como superhumanidad o como un impulso sádico primigenio, se ven obligados a rendir homenaje al sentimiento de comunidad en su culminación ideal. Incluso el criminal, con la meta ya ante los ojos, tiene que maquinar y buscar una justificación de su acto hasta poder traspasar la frontera que todavía lo separa de la conducta antisocial. Desde el punto de vista eternamente fijo del sentimiento de comunidad ideal, toda desviación de él aparece como un astuto intento dirigido a la meta de una superioridad personal. La huida ante una derrota infligida por la sociedad va unida, para la mayoría de las personas de esta clase, a un sentimiento de superioridad. Y cuando el miedo a una derrota las mantiene constantemente a distancia del conjunto de los que colaboran, viven y disfrutan su apartamiento de las tareas de la vida como un alivio y un privilegio que les dan ventaja sobre los demás. Incluso cuando sufren, como sufren por ejemplo en la neurosis, se mantienen firmemente aferradas a su posición de ventaja, es decir, a su sufrimiento, sin saber cómo el camino del sufrimiento va a llevarlas a librarse de las tareas de la vida. Cuanto mayor es su sufrimiento, menos se inquietan, y tanto más ignoran el verdadero significado de la vida. Este sufrimiento, tan inseparablemente unido al alivio y a la liberación de los problemas de la vida, solo puede parecer un autocastigo a quienes no han aprendido a ver las formas expresivas como parte del todo o, mejor dicho —y esto es todavía más importante—, como una respuesta a preguntas planteadas por la comunidad. Igual que los propios neuróticos, considerarán el sufrimiento neurótico como una entidad independiente.
Al lector, o al adversario de mis opiniones, le resultará lo más difícil de todo admitir que la obsequiosidad, el servilismo, la dependencia de los demás, la pereza y los rasgos masoquistas —claros indicios de un sentimiento de inferioridad— den origen a una sensación de alivio o incluso de privilegio. Y, sin embargo, es fácil comprender que son protestas contra una solución activa y social de los problemas de la vida. Representan también astutos intentos de evitar la derrota cuando se apela a su sentimiento de comunidad, del que, como se desprende de todo su estilo de vida, poseen demasiado poco. En ese caso dejan recaer una tarea pesada sobre otras personas, o incluso la dictan, como en el masoquismo, a menudo contra la voluntad de los demás. En todos los casos de fracaso puede verse fácilmente la posición privilegiada que adopta el individuo. Por esta posición paga de vez en cuando con sufrimientos, quejas y sentimientos de culpa; pero nunca se retira del lugar que, como resultado de su falta de preparación para el sentimiento de comunidad, parece proporcionarle una coartada eficaz cuando se le hace la pregunta: «¿Dónde estabas tú cuando repartí el mundo?».35
El complejo de superioridad, tal como lo he descrito, parece manifestarse con la mayor claridad en la actitud, los rasgos de carácter y las ideas de una persona consciente de sus propias dotes y capacidades sobrehumanas. Puede verse también en las exigencias exageradas que se impone a sí misma y a los demás. El desdén, las vanidades relativas al aspecto personal, ya sea en forma de elegancia o de descuido, un modo de vestir fuera de la moda, una conducta exageradamente masculina en las mujeres o femenina en los hombres, la arrogancia, la emoción exuberante, el esnobismo, la jactancia, un carácter tiránico, la manía de reñir, una tendencia a la desvalorización, que he descrito como característica, una desmedida veneración de los héroes, así como la inclinación a adular a las personas eminentes o a tiranizar a las personas débiles, enfermas o de estatura menuda, el realce de las propias singularidades, el abuso de ideas valiosas y las tendencias a desvalorizar a los demás, etc., pueden llamar la atención sobre un complejo de superioridad que cabe descubrir. También los afectos exaltados, como la ira, el deseo de venganza, la pena, el entusiasmo, la risa habitualmente sonora, el escuchar sin atención o el apartar la vista al encontrarse con otras personas, el llevar la conversación hacia uno mismo, la excitación habitual por sucesos triviales, apuntan con extrema frecuencia a un sentimiento de inferioridad que desemboca en un complejo de superioridad. También las fantasías crédulas, el atribuirse la posesión de poderes telepáticos o semejantes o de inspiración profética, despiertan con razón la sospecha de un complejo de superioridad. Quisiera advertir a quienes defienden la idea social que no utilicen esta idea como un complejo de superioridad ni la impongan irreflexivamente a todo el mundo. La misma advertencia vale para el conocimiento del complejo de inferioridad y de la superestructura que lo disfraza. Uno se expone a hacerse sospechoso de ambos complejos si se sirve de ellos con demasiada ligereza y prematuramente, y el único resultado es una oposición que a menudo está del todo justificada. Además, al establecer hechos de esta clase no debería olvidarse la universal propensión al error de la humanidad. Esto implica que también personas dignas y distinguidas pueden caer en el error del complejo de superioridad. Por no hablar del hecho de que, como dice tan bien Barbusse, «ni siquiera el hombre de mejor corazón puede librarse siempre del sentimiento del desprecio». Por otra parte, estos rasgos insignificantes y por eso mismo sin adornos pueden llevarnos a dirigir el reflector de la psicología individual sobre los errores relativos a las grandes cuestiones de la vida, y así a comprenderlos y explicarlos. Las palabras, las frases e incluso el conocimiento de mecanismos psíquicos establecidos no pueden contribuir en nada a nuestra comprensión del caso individual. Lo mismo vale para nuestro conocimiento de los tipos. Pueden, no obstante, si nos servimos de la conjetura, servir para iluminar un determinado campo visual en el que esperamos encontrar la singularidad de una personalidad. Esta singularidad hemos de explicarla también al paciente en la consulta, atentos siempre a la cantidad de sentimiento de comunidad que tenemos que suplir.
Si, con el fin de una breve revisión, reducimos a su quintaesencia las ideas rectoras del proceso de desarrollo de la humanidad, encontramos en definitiva tres líneas de movimiento bien definidas que en diferentes épocas y sucesivamente dan valor a toda acción humana. Pasado lo que tal vez fue un período idílico de algunos cientos de miles de años, cuando, como consecuencia de la obediencia al mandato «Creced y multiplicaos», la tierra productiva se volvió demasiado estrecha, la humanidad creó al titán, al Hércules o al imperator como redentor ideal. Hasta el día de hoy —en la veneración de los héroes, en la combatividad y en la guerra— encontramos entre los de arriba y los de abajo el eco persistente de aquellos días pasados. El camino que se siguió entonces se ensalza todavía como el mejor para el progreso de la humanidad. Nacido de la falta de subsistencias suficientes, este impulso muscular conduce lógicamente a la opresión y al exterminio de los débiles. El matón se complace en una solución simple: si hay poca comida, la reclama para sí. Ama un arreglo directo y claro, cuando resulta en su provecho. En un corte transversal de nuestra civilización, este modo de pensar está muy extendido. Las mujeres están casi enteramente excluidas de la participación inmediata en actividades de esta clase; entran en el cuadro solo como portadoras de hijos, admiradoras y enfermeras. Los medios de subsistencia, sin embargo, han aumentado enormemente. Siguen aumentando. ¿No es ya un absurdo este sistema de poder sin mezcla?
Queda todavía la cuestión de la previsión para el futuro, y también para la generación venidera. Un padre ahorra y escatima por sus hijos. Hace provisión para las generaciones posteriores. Si provee para la quinta generación, lo hace al mismo tiempo para los descendientes de al menos treinta y dos personas de su propia generación, que tienen el mismo derecho sobre sus descendientes.
Las mercancías perecen. Pueden convertirse en dinero. El valor de las mercancías puede prestarse en forma de dinero. Puede comprarse la capacidad de otras personas. Se puede dar órdenes a la gente; más aún, se le puede imprimir un carácter, inculcar un sentido de la vida. Se la puede educar para honrar el poder y el dinero. Se le pueden imponer leyes que la pongan a disposición del poder y de la propiedad.
También en esta esfera la mujer no realiza un trabajo creador. La tradición y la educación le ponen barreras en el camino. Puede participar con admiración o puede mantenerse aparte, decepcionada. Puede rendir homenaje al poder o, como ocurre con más frecuencia, puede protegerse contra su propia impotencia. Y aquí hemos de recordar que quien se defiende toma en la mayoría de los casos el camino equivocado.
La mayoría de los hombres y de las mujeres son capaces de honrar el poder y la propiedad: las mujeres con admiración pasiva, los hombres con un afán ambicioso. Las mujeres están más lejos que los hombres de alcanzar estos ideales culturales.
El filisteo del poder y de la propiedad se asocia ahora con el filisteo culto en la lucha común por la superioridad personal. El saber es (también) poder. Hasta ahora —por regla general— no se ha hecho frente a la incertidumbre de la vida de mejor manera que con la lucha por el poder. Ha llegado el momento de reflexionar si este es el mejor y el único medio de asegurar la vida y de desarrollar la humanidad. También puede aprenderse algo de la estructura de la vida de las mujeres. Pues hasta el día de hoy la mujer no ha tenido parte en el poder del filisteísmo culto.
Y, sin embargo, es fácil para hombres y mujeres ver que la mujer, con una preparación equivalente a la del hombre, podría participar con éxito en el poder del filisteísmo. La idea platónica de la superioridad de la fuerza muscular tiene que haber perdido sin duda su sentido en lo no comprendido (lo inconsciente). ¿De qué otro modo se aprovechará en beneficio de la humanidad en general la rebelión secreta y abierta de las mujeres (la protesta masculina)?
Por último, todos vivimos como parásitos de las obras inmortales de artistas, genios, pensadores, investigadores y descubridores. Ellos son los verdaderos guías de la humanidad. Son la fuerza motriz de la historia del mundo; nosotros somos los distribuidores. Hasta ahora el poder, la propiedad y la arrogancia intelectual han sido la línea divisoria entre el hombre y la mujer.
De ahí el clamor y los numerosos libros sobre el amor y el matrimonio.
Las grandes obras de las que vivimos se han impuesto siempre como contribuciones del más alto valor para la humanidad. Su victoria no se celebra con palabras pomposas, pero todos la disfrutan. También las mujeres han tenido ciertamente su parte en estas grandes obras, pero el poder, la propiedad y la arrogancia intelectual han puesto obstáculos en el camino a la mayoría de ellas. A lo largo de todo el desarrollo del arte resuena la nota masculina. En esa esfera la mujer es la suplente del hombre y es por tanto de segunda fila. Este estado de cosas continuará hasta que la mujer descubra y desarrolle el elemento femenino en el arte. Esto ha sucedido ya en dos ramas de las artes: en la interpretación teatral y en la danza. En ellas la mujer puede ser ella misma; en ellas ha alcanzado la cumbre de sus logros.
VIII. Tipos de fracasados
Paso ahora a ocuparme con mucha cautela de la teoría de los tipos, pues el estudioso puede caer muy fácilmente en el error de imaginar que un tipo es algo establecido e independiente, y que tiene como base algo más que una estructura en gran medida homogénea. Si se detiene en este punto y cree que, al oír la palabra «criminal», o «neurosis de angustia», o «esquizofrenia», ha alcanzado alguna comprensión del caso individual, no solo se priva de la posibilidad de una investigación individual, sino que nunca se librará de los malentendidos que surgirán entre él y la persona a quien trata. Quizá el conocimiento más exacto de mi trabajo sobre la vida psíquica se haya obtenido gracias a mi uso cuidadoso de la teoría de los tipos. Ciertamente no podemos evitar del todo servirnos de ella, pues nos permite generalizar, hacer algo así como un diagnóstico universal, pero puede darnos muy poca idea de un caso particular o de su tratamiento. Lo mejor es tener siempre presente que en todo caso de fracaso tratamos con síntomas, síntomas que, a partir de un determinado sentimiento de inferioridad que hay que descubrir, se han convertido en un complejo de superioridad bajo el impacto de un factor exógeno que ha exigido más sentimiento de comunidad del que el individuo ha sido capaz de aportar desde su infancia.
Empezaremos por los «niños difíciles». Naturalmente, solo se habla de este tipo cuando desde hace un tiempo considerable es evidente que un niño no ocupa el lugar que le corresponde en la cooperación como compañero de igual valor. Hay una falta de sentimiento de comunidad, aunque se concluye con toda razón que, si bien quizá hubo una cantidad suficiente de él para las circunstancias ordinarias, no pocas veces resulta insuficiente ante cualquier exigencia anormal en casa o en la escuela. Este caso se presenta con frecuencia y sus fenómenos son en conjunto bien conocidos. A partir de estos fenómenos podremos apreciar el valor de las investigaciones de la psicología individual, y esto nos preparará para tratar casos más difíciles. Una prueba experimental, grafológica, de un individuo separado por breve tiempo de su entorno puede llevar a errores groseros, y en modo alguno nos autoriza a hacer recomendaciones a la persona así desligada de su ambiente, ni a pretender encuadrarla en un sistema de clasificación. Hechos como estos dejan claro que el psicólogo individual ha de adquirir un conocimiento de todas las circunstancias y agravios sociales posibles para tener una visión correcta del caso. Puede irse todavía más lejos y exigir que el psicólogo individual esté provisto de una concepción de sus tareas —una concepción de las exigencias de la vida, una visión general del mundo— que tenga por meta el bienestar de la humanidad.
He propuesto una clasificación de los niños difíciles que resulta útil en muchos aspectos: en niños más bien pasivos, como los perezosos, indolentes, obedientes pero dependientes, tímidos, miedosos y mentirosos, y niños de rasgos semejantes; y en un tipo activo, como los dominantes, impacientes, excitables e inclinados a los afectos, revoltosos, crueles, jactanciosos, propensos a escaparse, ladrones, fácilmente excitables en lo sexual, etc. No hace falta hilar fino a este respecto, pero debe intentarse averiguar con la mayor aproximación posible la cantidad de actividad presente en cada caso particular. Esto es tanto más importante cuanto que en un caso de fracaso completamente establecido puede esperarse y observarse casi el mismo grado de actividad equivocada que en la infancia. El grado de actividad aproximadamente correcto —que aquí significa valor— se encontrará en los niños que poseen suficiente sentimiento de comunidad. Si se intenta encontrar este grado de actividad en el temperamento, en la rapidez o la lentitud del movimiento, nunca debería olvidarse que estas formas expresivas son una parte del estilo de vida y aparecerán, por tanto, con una dirección cambiada si ha habido curación. No es sorprendente encontrar un porcentaje mucho mayor de fracasos infantiles pasivos entre los neuróticos y de fracasos activos entre los criminales. Me inclino a atribuir a una observación imperfecta el que un fracaso aparezca en la vida posterior allí donde no hubo dificultades en la educación. Ciertamente, por vía de excepción, unas circunstancias exteriores favorables pueden enmascarar la aparición de un fracaso infantil, que se manifestará en una prueba más rigurosa.
Los fracasos de la infancia que pertenecen al ámbito de la psicología médica, aparte de los casos de trato brutal, se encuentran casi exclusivamente entre los niños mimados y dependientes, acompañados de un grado variable de actividad. Son estos: mojar la cama, dificultades para comer, gritos nocturnos, jadeo, tos constante, retención de las heces, tartamudeo, etc. Estos síntomas aparecen en forma de una protesta del niño contra el ser estimulado a la independencia y a la cooperación, y arrancan el apoyo de otras personas. La masturbación infantil, continuada durante largo tiempo a pesar de haber sido descubierta, es también un signo de esta falta de sentimiento de comunidad. No bastará con tratar simplemente los síntomas e intentar arrancar sin más el error. Solo puede esperarse un éxito seguro de una intensificación del sentimiento de comunidad.
Si los errores y dificultades más bien pasivos han mostrado ya una tendencia neurótica —es decir, un «sí» fuertemente acentuado con un «pero» acentuado con más fuerza todavía—, la retirada ante los problemas de la vida se ve con más claridad en la neurosis, sin ninguna acentuación evidente del complejo de superioridad. Siempre puede observarse una actitud de inmovilidad total detrás de la línea del frente de la vida, un apartamiento de la cooperación o un ansia de alivio, y una búsqueda de excusas en caso de fracaso. El sentimiento duradero de decepción y el miedo a nuevas decepciones y derrotas aparecen en forma de retención de los síntomas del choque, que aseguran que se guarde una distancia respecto de la solución de los problemas sociales. A veces, como ocurre con frecuencia en la neurosis obsesiva, el enfermo llega a proferir una imprecación suave que delata su disgusto con los demás. En la manía persecutoria el sentimiento del paciente de la hostilidad de la vida se ve todavía con más claridad, y se muestra de un modo en que nadie ha reparado aún en el caso de quienes se mantienen a distancia de los problemas de la vida. Pensamientos, emociones, juicios e ideas corren siempre en la dirección de la retirada; de ahí que todos puedan reconocer claramente que la neurosis es un acto creador y no una regresión a formas infantiles y atávicas. Es también este acto creador, originado por el estilo de vida —la ley de movimiento hecha por uno mismo, que siempre apunta de un modo u otro a la superioridad—, el que, en sus múltiples formas, y de nuevo conforme al estilo de vida, se esfuerza por poner obstáculos a la curación, hasta que el paciente se convence y el sentido común se impone. Muy a menudo, como he aclarado, esta meta secreta de superioridad se oculta tras una visión medio dolida, medio consoladora, de todo lo que el paciente podría haber logrado si su vuelo único y elevado no se hubiera visto frustrado por un obstáculo insignificante, del que en la mayoría de los casos tenían la culpa otras personas. Tras alguna experiencia, el consultor encontrará siempre en la historia anterior del fracasado sentimientos de inferioridad muy agudos, la lucha por la superioridad personal y un sentimiento de comunidad imperfecto. La retirada ante los problemas de la vida se hace completa en el suicidio. En la estructura psíquica del suicida se encuentra actividad, pero nunca valor; su acto es sencillamente una protesta activa contra la cooperación útil. El golpe que cae sobre él no deja indemnes a los demás. La comunidad, en su lucha ascendente, siempre saldrá dañada por el suicidio. Los factores exógenos que ponen fin a una cantidad demasiado escasa de sentimiento de comunidad son los que hemos llamado los tres grandes problemas de la vida: la sociedad, la profesión y el amor. En todo caso es la falta de reconocimiento la que lleva al suicidio y a los deseos de muerte: una derrota sufrida o temida en uno de los tres problemas de la vida, precedida a veces por una fase de depresión o de melancolía. En el año 1912 había terminado mi investigación sobre esta enfermedad psíquica, y pude establecer que todo estado auténtico de melancolía, como las amenazas de suicidio o el suicidio, representa un ataque hostil contra otras personas que resulta de una cantidad demasiado pequeña de sentimiento de comunidad.36 Esta contribución de la psicología individual ha allanado el camino para una mejor comprensión de esta psicosis. Como el suicidio, en el que por desgracia esta psicosis desemboca con frecuencia, se debe a la sustitución de la cooperación útil a la comunidad por un acto de desesperación. La pérdida de bienes o de una colocación, los desengaños amorosos, los reveses de toda clase pueden provocar, conforme a la ley de movimiento, este acto de desesperación en una forma en que el que sufre no retrocede ni siquiera ante el sacrificio de sus allegados o de otras personas. Quien tenga oído psicológico fino no dejará de observar que trata aquí con personas que se decepcionan de la vida más fácilmente que otras, porque esperan demasiado de ella. Conforme a su estilo de vida, cabe esperar con razón encontrar en su infancia un alto grado de sensibilidad al choque, unido a una depresión prolongada, o a una tendencia a dañarse a sí mismas como si fuera para castigar a otras personas. Como han establecido investigaciones más recientes, el efecto de un choque, que para ellas es mucho más grave que para la persona normal, produce también cambios físicos. Estos pueden estar quizá bajo la influencia de los sistemas vegetativo y endocrino. Una investigación más exacta probará sin duda, como se ha mostrado en la mayoría de mis casos, que la inferioridad orgánica y, más aún, un régimen de mimo en la infancia han inducido al niño a formar este estilo de vida particular y han coartado el desarrollo de una cantidad adecuada de sentimiento de comunidad. Muy a menudo los niños de esta clase muestran una inclinación abierta u oculta a estallar en cólera, a dominar todos los problemas, grandes y pequeños, de todo su entorno: a hacer valer su dignidad.
Un joven de diecisiete años, el menor de su familia y excesivamente mimado por su madre, tuvo que quedarse al cuidado de una hermana mayor cuando su madre salió de viaje. Una tarde, cuando su hermana lo dejó solo en casa, teniendo que luchar justo entonces con dificultades en apariencia insuperables en la escuela, se suicidó. Dejó la siguiente carta: «No le digáis a mamá lo que he hecho. Sus señas actuales son ——. Decidle, cuando vuelva, que ya no tenía ningún gusto por la vida. Decidle que ponga flores todos los días en mi tumba».
Una anciana con una enfermedad incurable se suicidó porque su vecino no quería deshacerse de su aparato de radio.
El chófer de un hombre rico, al enterarse a la muerte de su amo de que no iba a recibir el legado que le había sido prometido, mató a su mujer y a su hija y se suicidó.
Una mujer de cincuenta y seis años que había sido mimada de niña y, en años posteriores, por su marido, y que además ocupaba un lugar destacado en la sociedad, sufrió muy intensamente cuando murió su marido. Sus hijos estaban casados y no se sentían muy inclinados a dedicarse a su madre. Se rompió el fémur a consecuencia de un accidente. Incluso después de restablecerse se mantuvo apartada de la sociedad. De un modo u otro se figuró que un viaje alrededor del mundo le proporcionaría el estímulo amistoso que echaba de menos en casa. Dos de sus amigas estaban dispuestas a viajar con ella. En las grandes ciudades del continente, sus amigas la dejaban sola a causa de su poca disposición a moverse. Cayó en un estado de depresión excesiva que se convirtió en melancolía, y mandó llamar a sus hijos. En lugar de ellos vino una hermana de leche y la llevó a casa. Vi a esta señora tras tres años de sufrimiento que no habían mostrado signo alguno de mejoría. Su principal motivo de queja era el gran sufrimiento que su enfermedad causaba a sus hijos. Su familia se turnaba para visitarla, pero sus sentimientos se habían embotado por la larga duración de la enfermedad de su madre, y no mostraban ningún interés especial por ella. La paciente expresaba continuamente ideas de suicidio y no dejaba de hablar de la solicitud excesiva que le mostraba su familia. Era evidente que recibía más atención que antes de su enfermedad, y también que su aprecio por los cuidados de sus hijos estaba en contradicción con sus verdaderos sentimientos y, en particular, con aquella entrega que esperaba como mujer mimada. Si uno se pone en su lugar, será fácil comprender lo difícil que le resultaba privarse de la atención que tan cara había pagado con su enfermedad.
Otra forma de actividad, dirigida no contra uno mismo sino contra otras personas, la adquieren en una fase temprana los niños que conciben la idea de que los demás son propiedad suya, y que expresan esta idea amenazando el bienestar, los bienes, el trabajo, la salud y la vida de los demás. Hasta dónde llevarán su conducta depende una vez más del grado de su sentimiento de comunidad. Y en cada caso hay que tener presente este factor una y otra vez. Podemos comprender que esta concepción del sentido de la vida, que se expresa en pensamientos, sentimientos y estados de ánimo, en rasgos de carácter y en actos, pero nunca en palabras adecuadas, pueda hacerles difícil la vida real con sus exigencias de acción común. El sentimiento de la hostilidad de la vida nunca falta en esta actitud de esperar siempre una satisfacción inmediata de sus deseos, actitud que se siente como enteramente justificada. Además, este estado de ánimo está estrechamente ligado al sentimiento de privación, por el que la envidia, los celos, la codicia y el afán de vencer a la víctima elegida se mantienen permanentemente activos en un alto grado de intensidad. Como el afán de un desarrollo útil se queda atrás a causa del sentimiento de comunidad insuficiente, y como las grandes expectativas alimentadas por la manía de superioridad quedan sin cumplir, la intensificación de los afectos da origen a menudo a ataques contra otras personas. El complejo de inferioridad se hace crónico en cuanto se hace notar el fracaso en la línea de la comunidad, en la escuela, en la sociedad o en el amor. El cuarenta por ciento de los que se entregan a prácticas criminales son peones sin cualificación que han fracasado en la escuela. Una gran proporción de los criminales empedernidos padecen enfermedades venéreas, signo de su imperfecta solución del problema del amor. Buscan a sus compañeros entre los de su misma calaña y demuestran así la limitación de sus sentimientos amistosos. Su complejo de superioridad nace de la convicción de que son superiores a sus víctimas, y de que, si realizan su trabajo de la manera debida, pueden burlarse de las leyes y de quienes las aplican. De hecho, no hay criminales que no tengan en su cuenta más de lo que puede probárseles, por no hablar del gran número de los que nunca han sido descubiertos. El criminal perpetra su acto con la ilusión de que nunca lo atraparán si lo lleva a cabo como es debido. Si se le condena, está absolutamente convencido de que solo el haber pasado por alto algún pequeño detalle llevó al descubrimiento de su crimen. Si seguimos la pista de la tendencia criminal hasta la vida infantil, además de una actividad precoz mal empleada, con sus rasgos hostiles y su falta de sentimiento de comunidad, encontramos inferioridades orgánicas, el mimo y el abandono como las causas que inducen a un individuo a formar un estilo de vida criminal. Quizá el mimo sea la causa predominante. Como nunca puede excluirse la posibilidad de mejorar el estilo de vida, es necesario también, en cada caso individual, investigar el grado de sentimiento de comunidad y tener en cuenta la gravedad del factor exógeno. Nadie está tan expuesto a la tentación como el niño mimado, entrenado para obtener todo lo que quiere. Hay que conocer con exactitud la fuerza de la tentación, que tiene consecuencias tanto más desastrosas para la persona aquejada de una tendencia criminal cuanto que dispone de una mayor cantidad de actividad. Además, está claro que en el caso del criminal hemos de captar la relación del individuo con sus circunstancias sociales. En muchos casos una persona puede tener sentimiento de comunidad suficiente para no cometer un crimen si las exigencias que se le plantean no son demasiado duras. Esta es también la explicación del notable aumento del número de criminales cuando las circunstancias son desfavorables. Pero las circunstancias desfavorables no son por sí mismas la causa del crimen, como lo muestra el hecho de que en los Estados Unidos hubo un aumento del número de criminales en la época de la prosperidad, cuando había tantas ocasiones tentadoras de enriquecerse rápida y fácilmente. Sin duda, en nuestra búsqueda de las causas de una tendencia criminal encontramos el medio desfavorable en que ha vivido un niño; encontramos también un gran número de criminales en ciertos barrios de una gran ciudad, pero esto no nos autoriza en absoluto a concluir que el ambiente desfavorable sea la causa del crimen. Es mucho más evidente que en tales condiciones apenas cabe esperar un desarrollo adecuado del sentimiento de comunidad. Además, no deberíamos olvidar que el niño recibe una preparación muy imperfecta para su vida posterior cuando crece desde sus primeros años entre privaciones y miseria, protestando, por así decirlo, contra la vida y viendo cada día junto a él las condiciones más favorables en que viven otras personas, mientras al mismo tiempo no se fomenta en modo alguno el desarrollo de su sentimiento de comunidad. Un ejemplo excelente y muy instructivo de esto lo ofrece la investigación del Dr. Young sobre el aumento de la criminalidad en una secta religiosa inmigrada.37 La primera generación llevó una existencia retirada y pobre, y no hubo criminales. En la segunda generación los niños asistían ya a las escuelas públicas, pero se educaban todavía en las tradiciones de su secta, en la pobreza y la piedad, y ya había entre ellos un número bastante grande de criminales. En la tercera generación su número aumentó en una medida espantosa.
El «criminal nato» es también una categoría desechada. Una concepción errónea de esta clase, o la idea de que el crimen ha de derivarse de un sentimiento de culpa, solo pueden sostenerla quienes no tienen en cuenta nuestros descubrimientos. Estos descubrimientos llaman la atención una y otra vez sobre el fuerte sentimiento de inferioridad en la infancia, sobre la formación del complejo de superioridad y sobre el desarrollo imperfecto del sentimiento de comunidad.
Entre los criminales se encuentran muchos signos de inferioridad orgánica, y en el efecto de choque de la condena pueden verse cambios metabólicos muy marcados, indicios probables de una constitución que encuentra una dificultad inusual para alcanzar un estado de equilibrio. Un gran número de criminales han sido mimados o quieren ser mimados, y entre ellos hay quienes fueron abandonados en su infancia. Estos hechos convencerán a cualquiera, siempre que no se aborde la investigación con una frase hecha o una fórmula estrecha. La inferioridad orgánica se ve a menudo muy claramente en la fealdad de algunos criminales, mientras que la sospecha de mimo recibe confirmación constante del hecho de que hay entre ellos tantas personas bien parecidas.
N. era uno de estos muchachos bien parecidos, al que se dejó en libertad condicional tras una detención de seis meses. Su delito había sido el robo de una suma de dinero considerable de la caja de su jefe. A pesar del gran peligro de tener que cumplir sus tres años de prisión al siguiente delito, al cabo de poco tiempo volvió a robar una pequeña cantidad. Antes de que se conociera el asunto, me lo enviaron. Era el hijo mayor de una familia muy respetada, el niño mimado de su madre. Era extremadamente ambicioso y quería llevar la voz cantante en todo. Elegía a sus amigos solo entre quienes le eran socialmente inferiores, y delataba así su sentimiento de inferioridad. En los primeros recuerdos de su infancia era siempre el que recibía cosas. En el puesto que ocupaba cuando robó la cantidad mayor veía a su alrededor a personas de enorme riqueza, en un momento en que su padre había perdido su posición y no podía mantener a su familia como antes. Los sueños de volar y las situaciones oníricas en que él era el héroe son signos de su afán ambicioso y, al mismo tiempo, de su sentimiento de estar predestinado al éxito. Cometió el robo ante una ocasión tentadora, con la idea de demostrar que era mejor que su padre. El segundo robo, más pequeño, siguió como protesta contra su período de libertad condicional y contra la posición subordinada que ahora ocupaba. Estando en la cárcel soñó una vez que le habían traído su plato favorito, pero en el sueño recordó que eso no era posible en la cárcel. Además de la glotonería que muestra este sueño, puede percibirse fácilmente también su protesta contra la condena.
Por regla general se encontrará menos actividad entre los toxicómanos. El ambiente, la falta de una orientación correcta, el trato con venenos como la morfina y la cocaína, ya sea en enfermedades o en la profesión médica, dan ocasión de volverse toxicómano. Pero solo tendrán un efecto serio en situaciones en que el que sufre se enfrenta a un problema aparentemente insoluble. Como en el caso del suicidio, rara vez falta un ataque velado contra las personas que tienen que cuidar de la víctima. Como he mostrado, en el ansia de bebida desempeña un papel un componente especial del gusto, del mismo modo que la abstinencia total se hace esencialmente más fácil cuando falta el gusto por el alcohol. Con mucha frecuencia el ansia empieza con un agudo sentimiento de inferioridad, si no con un complejo de superioridad desarrollado. En sus fases iniciales, esto se manifiesta claramente en la timidez, el gusto por el aislamiento, la hipersensibilidad, la impaciencia, la irritabilidad, y en síntomas nerviosos como la angustia, la depresión y la insuficiencia sexual. O el ansia puede empezar con un complejo de superioridad en forma de jactancia, de tendencia a la crítica maliciosa, de anhelo de poder, etc. También el fumar en exceso y el ansia de café fuerte y negro son a menudo signos de un estado de ánimo tímido e irresoluto. Por medio de un truco, el agobiante sentimiento de inferioridad se aparta durante un tiempo o, como en los actos criminales, por ejemplo, puede incluso transformarse en una actividad acrecentada. En todos los casos de toxicomanía, todo fracaso se atribuirá al vicio invencible, ya sea el fracaso en las relaciones sociales, en el trabajo o en el amor. Además, los efectos inmediatos del veneno dan a menudo a la víctima la sensación de estar libre de su carga.
Un hombre de veintiséis años, nacido ocho años después que su hermana, creció en circunstancias favorables hasta volverse excesivamente mimado y caprichoso. Recordaba que a menudo lo vestían como a una muñeca y lo tenían en brazos su madre o su hermana. A los cuatro años pasó dos días bajo el régimen más severo de su abuela, y a las primeras palabras de negativa que ella pronunció hizo su maleta y quiso volver a casa. Su padre bebía, y esto afectaba mucho a su madre. En la escuela, la influencia de sus padres le daba una ventaja excesiva sobre los demás alumnos. Igual que había hecho a los cuatro años, abandonó también la casa de sus padres cuando el mimo de su madre disminuyó con el paso del tiempo. Como suele ocurrir con los niños mimados, no logró hacer pie entre extraños, y cayó en un estado angustioso de depresión y tensión en las reuniones sociales, en su vida de negocios y en el trato con las muchachas. Se entendía mejor con otra clase de gente, que le enseñó el hábito de beber. Cuando su madre se enteró de esto, y en particular cuando supo que había tenido problemas con la policía estando bajo los efectos de la bebida, fue a verle y le suplicó con palabras conmovedoras que dejara de beber. El resultado fue que no solo buscó un alivio mayor en la bebida, sino que al mismo tiempo recibió de su madre los antiguos cuidados y mimos en mayor medida que nunca.
Un estudiante de veinticuatro años se quejaba de constantes dolores de cabeza. Ya en la escuela había mostrado graves síntomas nerviosos de agorafobia. Se le permitió hacer el examen final en casa. Después de ello su estado mejoró mucho. En el primer curso de la universidad se enamoró de una muchacha y se casó con ella. Poco después de la boda volvieron a empezar los dolores de cabeza. En el caso de este hombre extremadamente ambicioso e inconcebiblemente mimado, la causa de estos dolores de cabeza eran sus celos de su mujer y su constante insatisfacción con ella. Las pruebas de ello se encontraban claramente en su actitud y en sus sueños, aunque él nunca se había dado plena cuenta. Así, una vez soñó que veía a su mujer vestida como si fuera a salir de caza. De niño padeció raquitismo, y recordaba que su niñera, cuando quería librarse de él —siempre quería tener a otras personas ocupadas con él—, lo tumbaba de espaldas, aunque tenía cuatro años; no podía levantarse de esa posición por sus propios medios porque era muy gordo. Como segundo hijo vivía en conflicto constante con su hermano mayor, y quería ser siempre el primero. Unas circunstancias favorables le permitieron alcanzar una posición elevada, para la que le capacitaban sus facultades intelectuales, pero no las psíquicas. En los problemas que inevitablemente le causaba su situación recurrió a la morfina. De vez en cuando se libraba de la droga, pero siempre volvía a caer en ella. Una vez más entraron en juego sus celos irracionales, que hicieron más difícil su situación. Como se sentía inseguro en su puesto, se suicidó.
IX. El mundo irreal de los mimados
Las personas mimadas no gozan de buena fama. Nunca la han tenido. A los padres no les gusta que se les acuse de mimar. El propio mimado se niega a que se le considere tal. Una y otra vez surge la duda de qué entendemos por mimo. Pero, como por intuición, todo el mundo lo siente como una carga y un obstáculo para un desarrollo adecuado.
Con todo, a todo el mundo le gusta que lo mimen. Un buen número de personas muestra una afición extraordinaria a que las traten entre algodones. Más de una madre no sabe hacer otra cosa que mimar a sus hijos. Por fortuna, muchos niños se defienden con tanto vigor contra semejante trato que el daño es menor de lo que cabría esperar. Este problema es un hueso duro de roer si solo se emplean fórmulas psicológicas. No podemos usar estas fórmulas rígidamente, como líneas directrices que hay que seguir a ciegas para descubrir la estructura básica de una personalidad o la explicación de las disposiciones y los caracteres. Debemos más bien esperar encontrar en todas direcciones innumerables variantes y matices, y hemos de confirmar siempre lo que creemos haber descubierto y compararlo con hechos paralelos. Pues cuando un niño se opone al mimo, suele llevar su oposición demasiado lejos y trasladar su resistencia a otras situaciones en que sería razonable esperar una ayuda amistosa del mundo exterior.
Cuando el mimo se instala en la vida posterior, sin ir unido, como ocurre a menudo en tales casos, al aplastamiento de la libre voluntad, puede fácilmente a veces hastiar a la persona mimada. Pero esto dejará todavía intacto el estilo de vida adquirido en la infancia.
La psicología individual afirma que no puede haber otro modo de comprender a un ser humano que el estudio de los movimientos que hace para resolver sus problemas de la vida. Hay que observar cuidadosamente el modo de sus movimientos y las razones por las que los hace. Su vida arranca con la posesión de potencialidades humanas y posibilidades de desarrollo que son sin duda distintas en cada uno, y solo los actos de una persona pueden darnos un criterio para juzgar estas diferencias. Todo lo que podemos descubrir al comienzo de su vida está ya fuertemente influido por las circunstancias exteriores desde el día de su nacimiento. Las influencias tanto de la herencia como del ambiente se convierten en posesión del niño, y este las usa para encontrar su camino de desarrollo. Pero ni el camino ni el movimiento pueden pensarse, ni adoptarse, sin una dirección y una meta. La meta del alma humana es la conquista, la perfección, la seguridad, la superioridad.
El niño, en el empleo de las influencias que ha experimentado de su propio cuerpo y del mundo que lo rodea, depende más o menos de su propia fuerza creadora y de su capacidad para adivinar un camino. Su interpretación de la vida —que está en el fondo de su actitud ante la vida y no se plasma en palabras ni se expresa en ideas— es su propia obra maestra. Así adquiere el niño su ley de movimiento, que le ayuda, tras cierto entrenamiento, a formar su estilo de vida, y conforme a este vemos al individuo pensar, sentir y actuar a lo largo de toda su existencia. Este estilo de vida se ha desarrollado casi siempre en una situación en que el niño tiene asegurado el apoyo ajeno. En las condiciones siempre cambiantes de la existencia, un estilo de vida así no parece apto para superar la prueba cuando hay que hacer en el mundo, fuera del hogar, algo que requiere una ayuda desinteresada.Se plantea ahora la cuestión de cuál es la actitud correcta en la vida y qué solución de los problemas de la vida cabe esperar. La psicología individual se esfuerza, en la medida de lo posible, por responder a estas preguntas. Nadie goza de la posesión de la verdad absoluta. Una solución concreta universalmente correcta ha de ser válida en dos sentidos. Un pensamiento, un sentimiento o un acto solo puede calificarse de correcto cuando es correcto sub specie aeternitatis (a la luz de la eternidad).38 Y, además, el bienestar de la comunidad ha de estar incluido en él de manera indiscutible. Esto vale tanto para la tradición como para los problemas nuevos que surgen, y se aplica tanto a los problemas menores como a los vitales. Los tres grandes problemas que cada uno tiene que resolver, y resolver a su manera —los problemas de la sociedad, el trabajo y el amor—, solo pueden afrontarse de un modo aproximadamente correcto por aquellos en quienes la lucha por la comunidad se ha convertido en un hecho vivo. Sin duda habrá duda e incertidumbre cuando surjan problemas nuevos; pero solo la existencia de la voluntad de cooperar puede ser una salvaguardia contra los errores groseros.
Cuando en nuestra investigación encontramos tipos, no quedamos dispensados del deber de descubrir la singularidad del caso individual. Esto se aplica también a los niños mimados, esa carga cada vez mayor para el hogar, la escuela y la sociedad. Tenemos que descubrir la peculiaridad de cada caso, ya se trate de niños difíciles, de personas nerviosas o dementes, de suicidas, delincuentes, toxicómanos o pervertidos, etc. Todos ellos padecen una falta de sentimiento de comunidad que casi siempre puede remontarse al mimo en la infancia, o a un ansia excesiva de mimo y de alivio.
La conducta activa de una persona solo puede descubrirse mediante una comprensión correcta de su movimiento cuando se enfrenta a los problemas de la vida. Esto se aplica también a la falta de movimiento. Nada importante se gana para el conocimiento del caso individual intentando, como los psicólogos de la Besitz (psicólogos de la posesión),39 remontar toda clase de síntomas de fracaso a las oscuras regiones de una herencia incierta, o a influencias del mundo circundante consideradas universalmente como inadecuadas. El niño, ejerciendo cierta libertad de elección, acepta estas influencias, las asimila y reacciona ante ellas. La psicología individual es una psicología del uso, y subraya la apropiación y la utilización creadoras de todas estas influencias. Quien considera los diversos problemas de la vida como inalterables, y no percibe su singularidad en cada caso por separado, puede fácilmente verse llevado a creer en causas eficientes, en impulsos e instintos como señores demoníacos de nuestro destino. Nadie que reconozca que para cada nueva generación surgen problemas que nunca antes habían existido puede creer en la acción de un inconsciente heredado. La psicología individual conoce demasiado bien el tantear y el buscar del espíritu humano y sus actividades artísticas, correctas o equivocadas, en la solución de sus problemas, para aceptar esa creencia. Es la actividad de cada persona, que resulta de su estilo de vida, la que condiciona su propia solución de sus problemas. El valor de la teoría de los tipos desaparece en gran medida cuando se advierte la pobreza del lenguaje humano. ¡Qué distintas son las relaciones que describimos con la palabra «amor»! ¿Son alguna vez iguales dos personas introvertidas? ¿Es concebible que la vida de dos gemelos idénticos, que por cierto desean y procuran muy a menudo ser idénticos, pueda seguir alguna vez un curso uniforme aquí, bajo la luna cambiante? Podemos emplear la idea de los tipos, e incluso debemos emplearla, como hacemos con el concepto de probabilidad; solo que nunca deberíamos olvidar, aun cuando tratamos con semejanzas, la diferencia que invariablemente muestra cada persona. En nuestra expectativa del curso que seguirá un caso, podemos servirnos de la probabilidad para iluminar el campo visual en el que esperamos encontrar el acontecimiento único; pero en cuanto tropezamos con contradicciones, hemos de renunciar a su ayuda.
En nuestra búsqueda de las raíces del sentimiento de comunidad —presuponiendo la posibilidad de su desarrollo en el hombre— encontramos enseguida a la madre como la primera y más importante guía. La naturaleza le ha dado esta posición. Su relación con el niño es la de una cooperación íntima (comunidad de vida y de trabajo) en la que hay una ganancia mutua. No es, como muchos creen, una explotación unilateral de la madre por el niño. El padre, los demás niños de la familia, los parientes y los vecinos han de favorecer esta obra de cooperación entrenando al niño para que se convierta en un colaborador de igual rango y no en un antagonista de la sociedad. Cuanto más profundamente se le imprimen al niño la fiabilidad y el compañerismo de los demás, más inclinado estará a la vida en común y a la cooperación independiente. Pondrá todo lo que posee a disposición del esfuerzo cooperativo.
En cambio, siempre que la madre desborda de un modo demasiado evidente de un cariño excesivo y hace superfluos para el niño el comportarse, el pensar y el obrar, e incluso el hablar, el niño estará más fácilmente inclinado a desarrollarse como un parásito (explotador) y a esperar de los demás todo lo que quiere. Pugnará continuamente por ser el centro de todas las escenas y procurará tener a todo el mundo pendiente de sus órdenes. Mostrará tendencias egoístas y considerará un derecho suyo someter a los demás y ser siempre mimado por ellos: tomar y no dar. Uno o dos años de tal entrenamiento bastarán para acabar con el desarrollo de su sentimiento de comunidad y con toda inclinación a trabajar con otras personas.
Unas veces dependientes de los demás, otras ansiosos de someterlos, tales niños tropiezan pronto con la oposición, para ellos insuperable, de un mundo que exige compañerismo y cooperación. Despojados de sus ilusiones, culpan a los demás y no ven nunca más que el principio hostil de la vida. Sus preguntas son de índole pesimista. Preguntan: «¿Tiene sentido la vida?», «¿Por qué he de amar a mi prójimo?». Si se someten a la exigencia legítima de una idea social activa, es solo porque temen que se les rechace y castigue si se oponen a ella. Ante los problemas de la comunidad, el trabajo y el amor, no son capaces de encontrar el camino del sentimiento de comunidad; sufren un choque y sienten sus efectos en el cuerpo y en el espíritu, y emprenden la retirada antes o después de ser conscientes de haber sufrido una derrota. Pero se atienen siempre a su acostumbrada actitud infantil, que implica que se ha cometido una injusticia con ellos.
Podemos comprender ahora también que todos los rasgos de carácter no solo no son innatos, sino, sobre todo, que expresan relaciones enteramente determinadas por el estilo de vida. Son los subproductos de la actividad creadora del niño. El niño mimado, inducido al amor de sí mismo, desarrollará rasgos egoístas, envidiosos y celosos en un alto grado de intensidad, aunque también en medida variable. Vivirá como si estuviera en un país enemigo y mostrará hipersensibilidad, impaciencia, falta de perseverancia, una tendencia a los arrebatos apasionados y un natural codicioso. Una inclinación a batirse en retirada y una cautela excesiva suelen acompañar a estos rasgos.
El andar —hablando metafóricamente— de una persona mimada no se descubre fácilmente cuando las circunstancias le son favorables. Es mucho más fácil hacerlo cuando su situación es desfavorable y se le pone a prueba en cuanto al contenido de su sentimiento de comunidad. En tal situación se la encuentra en una actitud vacilante, o se detiene a una distancia bastante grande de su problema. Da razones ficticias para guardar esta distancia, y estas prueban que su acción no ha sido resultado de la sagacidad y la prudencia. A menudo cambia de sociedad, de amigos, de pareja amorosa y de ocupación sin llevar nada a buen término. En ocasiones, personas así se lanzan adelante con tanta precipitación cuando empiezan a hacer algo, que el experto sabe al instante qué poca confianza en sí mismas hay en esa prisa y qué pronto se enfriará el celo. Otras se vuelven excéntricas, que preferirían retirarse al desierto para evitar todos sus problemas. O encuentran solo una solución parcial de su problema, y con ello limitan en gran medida su esfera de acción de un modo que corresponde al grado de su sentimiento de inferioridad. Cuando disponen de cierta cantidad de actividad, que desde luego no ha de llamarse «valor», se desvían fácilmente, en una situación que sea de algún modo opresiva, para unirse a los socialmente inútiles —más aún, a los socialmente dañinos— y se convierten en criminales, suicidas, bebedores o pervertidos.
No a todo el mundo le resulta fácil identificarse con la vida de una persona excesivamente mimada, es decir, comprenderla por completo. Hay que dominar este papel como un buen actor y, metiéndose en toda esa esfera de existencia, entender cómo hacerse uno mismo la figura central y cómo estar al acecho de toda situación en que uno oprime a los demás y nunca es colaborador, en que hay que esperarlo todo y no dar nada. Para comprender que personas así no se guían por la razón, es preciso darse cuenta de cómo intentan explotar en su provecho el trabajo en común de los demás —su amistad, su trabajo y su amor—; de cómo su único interés está en su propio bienestar, en su propia exención personal del esfuerzo, y de cómo nunca piensan en otra cosa que en aligerar sus propias tareas en detrimento de los demás. El niño psíquicamente sano desarrolla valor, una capacidad de razonar de validez universal y una aptitud para la adaptación activa. El niño mimado no tiene ninguna de estas cualidades; tiene en su lugar cobardía y astucia. Además, tiene un camino extraordinariamente restringido, y el resultado es que siempre parece cometer los mismos errores. El niño tiránico aparece siempre tiránico. El carterista se atiene siempre a su oficio. El neurótico de angustia reacciona siempre con angustia ante todas las tareas de su vida. El toxicómano se aferra a su veneno. El pervertido sexual no muestra inclinación alguna a renunciar a su perversión. En su eliminación de otras actividades, en el estrecho camino por el que discurre su vida, pueden verse fácilmente una vez más su cobardía, su falta de confianza en sí mismos, su complejo de inferioridad, su tendencia a encerrarse.El mundo de ensueño de las personas mimadas —su perspectiva, su sentido y su comprensión de la vida— es inmensamente distinto del mundo real. Su capacidad de adaptación a la evolución de la humanidad está más o menos ahogada, y esto las lleva a un conflicto incesante con la vida, que implica a otras personas en sus resultados dañinos. En la infancia las encontramos tanto entre los niños hiperactivos como entre los pasivos; en la vida posterior se las ve entre los criminales, los suicidas, los neuróticos y los toxicómanos, y son siempre distintas unas de otras. Insatisfechas en su mayor parte, miran con feroz envidia el éxito de los demás, sin intentar hacer nada por su cuenta. Siempre bajo el hechizo de una derrota temida, del descubrimiento de su falta de valor, se las ve casi siempre en retirada ante las tareas de la vida, retirada para la que nunca les faltan excusas.
No debería pasarse por alto que muchas de ellas tienen éxito en la vida. Son las que han vencido aprendiendo de sus errores.
La curación y la transformación de tales personas solo pueden lograrse siguiendo el camino del espíritu, por la convicción creciente por su parte de que han fracasado en la construcción de su estilo de vida. Prevenir es más fácil que curar; la familia, y en especial la madre, debe comprender que el amor al niño no ha de convertirse en mimo. Más podría esperarse de un cuerpo de maestros con formación psicológica que hayan aprendido a reconocer y corregir estos errores. Entonces se verá con más claridad de lo que se ha visto hasta ahora que no hay mal mayor que el mimo de los niños, con todas sus consecuencias.
La psicología individual, al probar que la concepción de la vida de cada individuo está determinada por el estilo de vida de la persona y es parte de él, ha arrojado luz sobre el hecho bastante desconcertante de que filósofos y psicólogos difieran ampliamente en sus interpretaciones del mundo interior. Es evidente que cada uno de ellos considera la mente y el alma desde un punto de vista determinado por su filosofía de la vida. Así, un autor cuya concepción equivocada de la vida se parezca a la de un niño mimado declarará inevitablemente que todo mal surge de que el individuo es incapaz de «obtener» lo que quiere. Y dará por sentado que todos los fracasos, neurosis, psicosis, delitos, suicidios y perversiones se deben a que estas personas han reprimido sus deseos. Estos autores encontrarán también que el mundo real es hostil y está destinado a perecer. El sentimiento de comunidad es para ellos un dogma místico impuesto a la gente por ilusiones o por miedo. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» es para ellos simplemente ridículo. Pero la relación entre el individuo y la madre —la persona que mima— la consideran de la mayor importancia. Automáticamente cierran los ojos a otras opiniones contrarias.
Los autores que temen perder terreno o ser atacados por la crítica solo conceden importancia a los hechos que pueden recibir confirmación física en los laboratorios y que pueden registrarse y reducirse a cifras. Se sienten protegidos por las reglas matemáticas y se irritan si carecen de tales símbolos. Naturalmente, las matemáticas dan un gran sentimiento de seguridad y sirven de apoyo a muchas personas. Pero cuando estudiamos la mente y el alma, encontramos que son dones de la evolución y se han extendido a lo largo de millones de años. Obran como milagros, y todo lo que podemos descubrir de ellas es el modo en que funcionan en relación con los problemas exteriores. Hemos de tener presente, además, que el cuerpo y sus cualidades heredadas son simplemente partes del ambiente general.
¿Y la psicología individual? ¿No tiene también su propia concepción particular de la vida? ¿No tiene también un punto de vista específico sobre la conducta del individuo en su relación con los problemas exteriores? Naturalmente que lo tiene. Pero, en primer lugar, hemos intentado probar que nuestra concepción de la vida es más capaz de objetividad que las concepciones de otros psicólogos. Y, en segundo lugar, sabemos que también nosotros estamos predispuestos por nuestra filosofía de la vida, mientras que los demás no saben que siempre encuentran lo que ya sabían antes. Por esta razón la psicología individual es más capaz de distanciamiento y de dominio de sí.
Por último, la psicología individual tiene otra ventaja sumamente importante. El psicólogo individual reconoce que la personalidad es una unidad, y por eso se ve obligado a ver que la concepción errónea que el individuo tiene de un aspecto de la vida se repetirá en todos los demás. La misma falta de sentimiento de comunidad caracterizará todas las formas expresivas de un individuo que yerra.
Ningún psicólogo es capaz de determinar el sentido de una expresión si no la considera en su relación con la sociedad.
X. ¿Qué es realmente una neurosis?
Quien se haya ocupado de este problema año tras año comprenderá que la pregunta —¿cuál es entonces la verdadera naturaleza de una neurosis?— ha de recibir una respuesta clara y directa. Si exploramos la literatura sobre el tema con el propósito de encontrar una explicación, descubrimos tal confusión de definiciones que al final apenas puede llegarse a una concepción unitaria de la neurosis.
Como ocurre siempre que hay oscuridades en torno a una cuestión, encontramos una multitud de explicaciones, y surgen muchas facciones opuestas. Esto es lo que ha sucedido con el problema de la neurosis. La neurosis es irritabilidad, debilidad irritable, enfermedad de las glándulas endocrinas, consecuencia de una infección dental o nasal, enfermedad de los órganos genitales, debilidad del sistema nervioso, consecuencia de una diátesis hormonal o úrica, de un trauma del nacimiento, de un conflicto con el mundo exterior, con la religión, con la ética, un conflicto entre un inconsciente vicioso y una conciencia inclinada al compromiso, de la represión de impulsos sexuales, sádicos, criminales, del ruido y los peligros de la ciudad, de una educación laxa o rigurosa, de una educación especialmente en la familia, de ciertos reflejos condicionados, etc.
Hay en estas opiniones mucho de valioso y que puede utilizarse para explicar algunos de los fenómenos más o menos importantes que constituyen una neurosis. Pero la mayoría de estos fenómenos pueden encontrarse con frecuencia en personas que no padecen una neurosis. Solo unos pocos de ellos señalan el camino hacia el esclarecimiento de la cuestión: ¿qué es realmente una neurosis? La enorme frecuencia de esta enfermedad, sus consecuencias sociales extraordinariamente desastrosas y el hecho de que solo una pequeña proporción de los nerviosos se somete a tratamiento alguno, mientras los demás arrastran su enfermedad con extrema angustia durante toda su vida; y, además, el gran interés por el tema que se ha despertado entre los profanos, justifican un esclarecimiento sereno y científico ante un tribunal más amplio. Puede verse también que se necesitan muchos conocimientos médicos para comprender y tratar esta enfermedad. Además, deberíamos tener siempre presente que la prevención de la neurosis es posible y necesaria, pero que solo puede esperarse de un conocimiento más claro de los daños que la han causado. Las medidas que han de adoptarse para su prevención, y para la comprensión de sus insignificantes comienzos, pertenecen al ámbito de la ciencia médica. Pero la ayuda de la familia, de los maestros, de los educadores y de otros auxiliares es indispensable. Esto justifica una amplia difusión de todo lo que se sabe sobre la naturaleza y el origen de una neurosis.
Las definiciones arbitrarias, como las que existen desde hace mucho tiempo, han de rechazarse incondicionalmente; por ejemplo, la de que es un conflicto entre lo consciente y lo inconsciente. Poco hay que discutir sobre este punto, pues los autores que sostienen esta opinión tienen que haberse dado cuenta en definitiva de que nada en absoluto puede ocurrir sin conflicto, de modo que esta afirmación no arroja luz alguna sobre la naturaleza de una neurosis. Tampoco obtenemos luz alguna de quienes adoptan un elevado punto de vista científico y quieren despistarnos atribuyendo esos cambios orgánicos a una acción química. Difícilmente podrán contribuir de este modo a la solución del problema, puesto que no podemos pronunciarnos sobre la acción química. Tampoco las demás definiciones corrientes nos dicen nada nuevo. Lo que se entiende por estado nervioso es la irritabilidad, la desconfianza, la timidez, etc.; en resumen, toda clase de manifestaciones que se caracterizan por cualidades negativas, por rasgos de carácter que no son aptos para la vida y parecen cargados de afectos. Todos los autores coinciden en que el estado nervioso va unido a una vida de afectos intensificados. Cuando hace muchos años me propuse describir lo que entendemos por carácter nervioso, saqué a la luz la hipersensibilidad del nervioso. Este rasgo se encuentra ciertamente en todo nervioso, aunque en algunos casos excepcionales no puede descubrirse muy fácilmente, porque está oculto; un examen más atento muestra, sin embargo, que tales personas no son por ello menos agudamente sensibles. La psicología individual, mediante una investigación más a fondo, ha mostrado la fuente de esta sensibilidad. Quien se siente en casa en esta pobre corteza terrestre nuestra, quien está convencido de que ha de compartir no solo sus deleites sino también sus inconvenientes, y está resuelto a hacer alguna contribución al bienestar social, no mostrará una sensibilidad indebida. La sensibilidad exagerada es una expresión del sentimiento de inferioridad. De ella se siguen con toda naturalidad los demás rasgos del nervioso, como por ejemplo la impaciencia. Tampoco esta la muestra quien se siente seguro, quien tiene confianza en sí mismo y ha llegado al punto de entenderse con los problemas de la vida. Si se tienen a la vista estos dos rasgos de carácter, la hipersensibilidad y la impaciencia, se comprenderá que hay personas que viven en un estado de emoción intensificada. Y si añadimos que este sentimiento de inseguridad lleva a una lucha violenta por un estado de reposo y de seguridad, puede verse entonces por qué el nervioso se ve espoleado en su afán de superioridad y de perfección. Puede comprenderse también que este rasgo, que implica una lucha por la preeminencia, adopte la forma de la ambición, una ambición que se ocupa exclusivamente de la propia persona. Esto es comprensible en el caso de una persona que se encuentra en apuros. A veces este afán de preeminencia adopta otras formas, como la glotonería, la avaricia, la envidia y los celos, que, como es natural, son condenados universalmente. Se trata aquí de personas que ponen violentamente en tensión todos sus nervios para burlar sus dificultades, porque no tienen confianza en sus propias fuerzas para encontrar una solución directa. Añádase a esto que el sentimiento de inferioridad intensificado va de la mano de un desarrollo imperfecto del valor, que en lugar de este encontramos una serie de astutos intentos de eludir el problema de la vida, de hacer más fácil la existencia y de echar la carga sobre los hombros de otras personas. Esta evasión de la responsabilidad va unida a una falta de interés por los demás. Estamos lejos de proponernos criticar o condenar al gran número de personas que muestran en mayor o menor medida esta actitud; sabemos que ni siquiera los peores errores se cometen con un sentido consciente de responsabilidad, sino que la persona en cuestión se ha convertido en víctima de una actitud equivocada ante la vida. Estas personas tienen ante sí una meta cuya persecución las pone en conflicto con la razón. Todavía no se ha dicho nada, sin embargo, de la naturaleza del estado nervioso, del modo en que se ha producido o de los factores que intervienen en su formación. Hemos dado, no obstante, un paso adelante y, teniendo en cuenta el valor deficiente del nervioso y su actitud vacilante ante las tareas de la vida, hemos podido mostrar el escaso resultado de su proceso vital ante los problemas de la vida. Es seguro que podemos remontar esta escasa cantidad de actividad al período de la infancia. Como psicólogos individuales, esto no nos sorprende, porque el patrón de vida se desarrolla en los primeros años de la infancia y solo es accesible al cambio si la persona en cuestión comprende el error de su desarrollo y tiene la fuerza de entrar de nuevo en contacto con los demás con miras al bienestar de la humanidad entera.
Cabe suponer que un niño que muestra una cantidad de actividad del tipo equivocado mayor que la normal, si en la vida posterior se convierte en un fracasado, nunca será un nervioso. Su fracaso adoptará otra forma, y se convertirá en un criminal, un suicida o un bebedor. Es posible que resulte un niño «difícil» de la peor especie, pero nunca desarrollará los rasgos de un nervioso. Nos hemos acercado, pues, un poco más a la solución de nuestro problema. Podemos afirmar que el radio de acción, en el caso del nervioso, no se extiende muy lejos; es mucho más restringido que el de una persona más normal. Es importante conocer la fuente de la mayor cantidad de actividad en los otros casos. Si podemos probar que es posible desarrollar o restringir el radio de acción de un niño, si hemos comprendido que en una educación equivocada hay medios de reducirlo al mínimo, comprendemos también que la cuestión de la herencia no nos influye en este sentido, sino que lo que vemos es el producto de la fuerza creadora del niño. El estado del cuerpo y las impresiones del mundo exterior son los materiales de construcción que el niño usa para edificar su personalidad. El hecho que hay que observar en relación con los síntomas de los trastornos nerviosos es que todos son crónicos. Estos síntomas pueden clasificarse en perturbaciones físicas de determinados órganos del cuerpo y en choques psíquicos: manifestaciones de angustia, pensamientos obsesivos, signos de depresión (estos parecen tener una significación especial), dolores de cabeza nerviosos, rubor y lavado obsesivos y formas expresivas psíquicas semejantes. Persisten durante largo tiempo; y si no nos refugiamos en la oscura región de las ideas fantásticas, si estamos dispuestos a admitir que su desarrollo tiene algún sentido y buscamos su conexión mutua, descubriremos que la tarea que se le plantea al niño ha sido demasiado difícil para él. De este modo parece establecerse y explicarse el carácter permanente de los síntomas nerviosos. El estallido de estos síntomas se debe a la reacción que sigue a una tarea determinada. Hemos realizado amplias investigaciones para descubrir en qué consiste la dificultad de resolver los problemas, y la psicología individual ha iluminado de manera permanente todo este territorio al establecer el hecho de que los seres humanos se enfrentan siempre a problemas para cuya solución se requiere una preparación social. El niño ha de obtener esta preparación en sus primeros años, pues cualquier aumento de ella solo es posible sobre esta base. Una vez que hemos emprendido la tarea de aclarar que tal problema produce siempre, en efecto, un choque, podemos hablar de los efectos del choque. Tales choques pueden ser de diversas clases. En algunos casos puede tratarse de un problema social, digamos un desengaño en la amistad. ¿Quién de nosotros no lo ha experimentado nunca, o no ha recibido un choque por ello? Pero el choque no es todavía signo de enfermedad nerviosa. Es signo de enfermedad nerviosa, y se convierte efectivamente en enfermedad nerviosa, solo cuando persiste, cuando se desarrolla hasta un estado crónico. En ese caso la persona en cuestión evita con desconfianza toda intimidad personal y muestra claramente que la timidez y la turbación le impiden siempre entrar en contacto más estrecho con otras personas, así como síntomas corporales como el pulso acelerado, la transpiración, los trastornos gastrointestinales y la urgencia de orinar. Este es un estado que tiene una significación inequívoca a la luz que sobre él arroja la psicología individual. Nos dice que esta persona no ha desarrollado suficientemente un sentimiento de contacto con los demás, y de ello se sigue que su desengaño la ha llevado a una posición de aislamiento. Estamos ahora más cerca del núcleo del problema, y podemos dar alguna idea del estado nervioso. Cuando, por ejemplo, alguien pierde dinero en los negocios y siente el choque de esta pérdida, todavía no se ha convertido en un nervioso. Esto solo ocurre cuando permanece en ese estado, cuando siente el choque y nada más. Esto solo puede explicarse si comprendemos que una persona en este estado no ha adquirido un grado suficiente de capacidad de cooperación, y que solo avanza con la condición de tener éxito en todo lo que emprende. Lo mismo vale para el problema del amor. Ciertamente, la solución de este problema no es asunto baladí. Para resolverlo se requieren cierta experiencia y comprensión, y cierto sentido de la responsabilidad. Si alguien se excita y se irrita a causa de este problema, si después de haber sido rechazado una vez no hace más intentos, si todas las emociones que aseguran su retirada ante el problema en cuestión desempeñan un papel en esa retirada, si tiene tal concepción de la vida que se atiene a su camino de retirada, entonces, y solo entonces, es un nervioso. Todo el mundo siente un choque cuando está bajo el fuego, pero los efectos del choque solo se harán crónicos si la persona que los ha sufrido no está preparada para las tareas de la vida. En ese caso se detendrá en seco. Ya hemos fundamentado esta detención completa al decir que hay personas que no están debidamente preparadas para la solución de cualquier problema, que desde su infancia nunca han sido verdaderos colaboradores. Pero hay algo más que decir. Lo que vemos en el estado nervioso es sufrimiento, y no algo de lo que la víctima disfrute. Si yo propusiera a alguien que se provocara dolores de cabeza como los que resultan de enfrentarse a un problema para cuya solución no estaba preparado, no sería capaz de hacerlo. Debemos rechazar, por tanto, de inmediato todas las explicaciones que impliquen que una persona produce su propio sufrimiento o que quiere estar enferma. Sin duda la persona en cuestión sufre, pero prefiere siempre sus sufrimientos actuales a aquellos sufrimientos mayores que experimentaría si apareciera derrotada en la solución de su problema. Prefiere soportar estos sufrimientos nerviosos a que se descubra su falta de valor. Tanto los nerviosos como las personas normales oponen la más fuerte resistencia a que se pongan al descubierto sus derrotas, pero el neurótico lleva su resistencia mucho más lejos. Si intentamos imaginar lo que significan la hipersensibilidad, la impaciencia, la emoción intensificada y la ambición personal, podremos comprender que una persona así, mientras se crea en peligro de que se revele su falta de valor, no puede ser llevada a dar un solo paso adelante. ¿Cuál es entonces el estado mental que resulta de estos efectos de un choque? El que sufre no los ha causado; no los quiere; existen, sin embargo, como consecuencias de un choque psíquico, como resultado de su sentimiento de derrota, del miedo a ser desenmascarado en toda su falta de valor. No tiene una inclinación real a luchar contra este resultado, ni entiende cómo ha de librarse de él. Querría que se lo quitaran; persistirá en decir: «Me gustaría curarme, quiero librarme de los síntomas». En consecuencia, llega a ir a consultar a un médico. Pero lo que no sabe es que tiene todavía más miedo de otra cosa: de que se pruebe que no vale nada. De un modo u otro podría salir a la luz el siniestro secreto: el hecho de que no tiene ningún valor. Vemos ahora lo que es realmente un estado nervioso. Es un intento de evitar un mal mayor, un intento de mantener a toda costa la apariencia de tener algún valor, de no reparar en gastos para alcanzar esta meta, pero al mismo tiempo existe también el deseo de alcanzarla sin coste alguno. Por desgracia, esto es imposible. No hay otro remedio que proporcionar a la persona en cuestión una mejor preparación para la vida, alentarla y darle un punto de apoyo más firme; y esto no puede hacerse empujándola, castigándola, siendo severo con ella ni coaccionándola. Se sabe cuántas personas hay que, cuando disponen de cierta cantidad de actividad, prefieren quitarse la vida antes que resolver sus problemas. Esto está claro. No podemos, por tanto, esperar nada de la coacción; hay que emprender una preparación sistemática, de modo que el que sufre se sienta seguro y en condiciones de abordar la solución de su problema. De lo contrario, tenemos a una persona que se imagina estar ante un profundo abismo y teme que la empujen a él, es decir, que se revele su falta de valor.
Un abogado de treinta y cinco años se queja de nerviosidad, dolor constante en la nuca, toda clase de molestias en la región del estómago, embotamiento de toda la cabeza y debilidad y cansancio generales. Además, está siempre excitado e inquieto. A menudo teme perder el conocimiento cuando tiene que hablar con extraños. En casa, en el círculo familiar de sus padres, se siente más a gusto, aunque tampoco allí encuentra el ambiente enteramente agradable. Está convencido de que estos síntomas le impedirán tener nunca éxito.
El examen clínico dio un resultado negativo, con excepción de una escoliosis, que, junto con la pérdida del tono muscular a consecuencia de la depresión, puede explicar en buena parte los dolores occipitales y de la columna. El cansancio se debe, evidentemente, a su inquietud, pero ha de entenderse también, sin duda, como el embotamiento de la cabeza, como una manifestación parcial de la depresión. Las molestias en la región del estómago son más difíciles de comprender a la luz del diagnóstico general que empleamos en este caso, pero pueden ser también la expresión de una predilección: la reacción de un órgano inferior a una irritación psíquica. En apoyo de esta opinión están los trastornos estomacales que se produjeron con frecuencia en la infancia, y una dolencia semejante de su padre, para la que tampoco había defecto orgánico que la explicara. El paciente sabe también que a las excitaciones ocasionales siguieron siempre una pérdida del apetito y a veces vómitos.
Una queja que quizá pueda considerarse insignificante nos ayuda a comprender con más claridad el estilo de vida del paciente. Su inquietud es una prueba de que no ha renunciado del todo a su lucha por el «éxito». Esta misma conclusión, aunque en menor grado, la confirma su declaración de que no se siente a gusto ni siquiera en casa. En menor grado, porque su angustia ante el encuentro con extraños, es decir, ante el salir al mundo, no puede abandonarle ni siquiera en casa. Su miedo a perder el conocimiento, sin embargo, nos permite echar una ojeada al funcionamiento de su neurosis. Nos dice, sin darse cuenta de que lo hace, que aumenta artificialmente su agitación cuando tiene que ver a extraños mediante la idea preconcebida de que va a perder el conocimiento. Pueden darse dos razones de que el paciente no sepa que artificialmente, como con un propósito, eleva su excitación hasta un estado de confusión. La primera razón es evidente, aunque no se reconoce de manera general. El paciente, por así decirlo, solo echa una mirada furtiva a sus síntomas y no ve su conexión con todo su modo de comportarse. La otra razón es que la retirada inexorable, el «avance hacia atrás» —descrito por mí hace mucho tiempo[^2-8] como el síntoma neurótico más importante—, no ha de interrumpirse, aunque en el caso que consideramos va unida a los débiles intentos del paciente por sobreponerse. La agitación que sentía el paciente cuando tropezaba con los tres problemas de la vida —la sociedad, la profesión y el amor—, para los que evidentemente no está preparado, afecta no solo a su cuerpo, produciendo en él cambios funcionales, sino también a la psique. (Esta agitación ha de verificarse sin duda también, pues hasta ahora solo se ha conjeturado con ayuda de un diagnóstico general, de la experiencia de la psicología individual y de la intuición médico-psicológica.) De la preparación deficiente de esta persona resultan perturbaciones funcionales del cuerpo y del espíritu. El paciente, quizá aleccionado por experiencias anteriores de fracasos menores, retrocede con miedo ante el «factor exógeno». Se siente amenazado por una derrota permanente, tanto más cuanto que, como niño mimado —nuevo dato que tendremos que probar más adelante—, encuentra cada vez más inalcanzable su meta, fijada por él mismo, de superioridad personal, con su falta de interés por los demás. En este estado de emoción sumamente intensificada, causado siempre por la angustia ante una derrota decisiva, aunque la angustia en el sentido ordinario de la palabra no se muestre claramente, surgen los síntomas que encontramos en la neurosis y la psicosis. Tienen su origen conforme a la constitución física, que por lo general es innata, y a la psíquica, que siempre es adquirida. Se combinan entre sí y se influyen recíprocamente.Pero ¿hemos llegado ya a una neurosis? La psicología individual ha hecho sin duda mucho por arrojar luz sobre el hecho de que una persona puede estar bien o mal preparada para la solución de los problemas de la vida, y de que entre la buena preparación y la mala existen muchos miles de variantes. Ha hecho mucho también por ayudarnos a comprender que el sentimiento de ser incapaz de resolver estos problemas, revelado por el factor exógeno, causa múltiples vibraciones en el cuerpo y en el espíritu. Ha mostrado además que la preparación deficiente tiene su fuente en la primera infancia y no puede corregirse ni con vivencias ni con emociones, sino con un conocimiento mejor. Además, ha descubierto que el sentimiento de comunidad es el factor integrador del estilo de vida, y que este ha de estar presente de manera decisiva si han de resolverse todos los problemas de la vida. Los fenómenos físicos y psíquicos que acompañan y caracterizan el sentimiento de fracaso los he descrito como complejo de inferioridad. Sin duda los efectos de un choque son mayores en las personas que han sido mal preparadas que en las que han tenido una preparación mejor, menores en los valerosos que en los cobardes, que buscan siempre ayuda de fuera. Todo el mundo tiene conflictos que le causan mayor o menor agitación; todo el mundo los siente en el cuerpo y en el espíritu. El hecho de que tengamos una estructura física y un ambiente social exterior hace seguro que todo el mundo tendrá el sentimiento de inferioridad frente al mundo exterior. Los defectos orgánicos hereditarios son demasiado frecuentes para que haya una inmunidad completa frente a las duras exigencias de la vida. Los factores ambientales que influyen en el niño no son de los que le facilitan construir un estilo de vida «correcto». El mimo y el abandono imaginario o real, sobre todo el mimo, inducen con demasiada frecuencia al niño a ponerse en oposición al sentimiento de comunidad. Además, el niño encuentra su ley de movimiento casi siempre sin orientación adecuada. Emplea la engañosa regla del ensayo y error con una elección libre y personal, limitada solo por las fronteras de la posibilidad humana; pero al mismo tiempo lucha siempre hacia una meta de superioridad que tiene innumerables variantes. La energía creadora del niño «usa» todas las impresiones y sensaciones al construir su actitud duradera ante la vida, al desarrollar su ley de movimiento individual. Este hecho, puesto de relieve por la psicología individual, fue denominado más tarde «actitud» o «configuración» (Gestalt), sin hacer justicia al individuo como un todo ni a su estrecha conexión con los tres grandes problemas de la vida, y sin reconocer lo que la psicología individual había logrado en este sentido. ¿Es entonces la «neurosis» un conflicto con todas sus consecuencias físicas y psíquicas: el conflicto de un niño «difícil», de un suicida, de un criminal, de un archirreaccionario, de un fanático ultrarradical e insensato, de un dejado que vive al día, de un libertino cuya comodidad se ha visto perturbada por la miseria que le rodea? Todas estas personas, en su errónea ley de movimiento, a la que se aferran, entran en conflicto con la «verdad» tal como la subraya la psicología individual, con lo «correcto» visto sub specie aeternitatis,40 con las exigencias inexorables de una comunidad ideal. Sienten ciertamente las mil consecuencias de este choque en sus innumerables variantes, tanto físicas como psíquicas. Pero ¿es esto la neurosis? Si no hubiera exigencias inexorables de una comunidad ideal, si todo el mundo pudiera satisfacer en la vida su ley de movimiento equivocada —o, para emplear un modo de expresión más fantástico—, si pudiera satisfacer sus instintos, sus reflejos condicionados, no habría conflicto. Nadie podría plantear una exigencia tan absurda. Solo se formula tímidamente cuando se pasa por alto la conexión entre el individuo y la comunidad, o cuando se ha intentado separarlos. Todo el mundo se somete más o menos de buen grado a la ley de hierro de la comunidad ideal. Solo un niño completamente mimado esperará y exigirá: «res mihi subigere conor», según las palabras de reproche de Horacio.41 Una traducción libre de esta frase sería: «servirme de las contribuciones de la comunidad para mis propios fines sin añadir nada yo mismo». «¿Por qué he de amar a mi prójimo?» es una pregunta que está implícita en el vínculo que une inseparablemente a los seres humanos entre sí en el ideal de sociedad que nos guía inexorablemente.42 Solo quien tiene en sí mismo y en su ley de movimiento una dosis suficiente de esta meta social, y para quien es tan natural como respirar, será capaz de hacer frente a los conflictos que le esperan con espíritu de comunidad.
El neurótico, como todo el mundo, tiene sus conflictos. Es su intento de resolverlos lo que le distingue claramente de todas las demás personas. En las mil variantes de este intento se encuentran constantemente neurosis parciales y formaciones mixtas. El neurótico, desde la infancia, está entrenado en su ley de movimiento para retirarse de las tareas que, según teme, podrían, al fracasar en ellas, herir su amor propio e interferir en su lucha por la superioridad personal, su lucha por ser el primero, una lucha completamente disociada del sentimiento de comunidad. Su lema vital, «todo o nada» (por lo general muy levemente modificado), la sensibilidad excesiva de una persona continuamente amenazada de derrotas, la impaciencia, los afectos intensificados de quien vive como si estuviera en un país enemigo, su codicia: todo esto provoca conflictos más frecuentes y más violentos y facilita la retirada que le ha prescrito su estilo de vida. Esta retirada táctica, entrenada y probada desde los días de la infancia, puede adoptar fácilmente la apariencia engañosa de una «regresión» a deseos infantiles. Pero al neurótico no le importan tales deseos; solo piensa en su retirada, y está dispuesto a pagarla con toda clase de sacrificios. También aquí hay posibilidad de confundir estos sacrificios con «formas de autocastigo». Pero, una vez más, al neurótico no le importa el autocastigo; busca el alivio que ha de obtener de su retirada, que le protegerá del derrumbe de su amor propio y de su orgullo.
Quizá se comprenda ahora por fin la importancia que tiene para la psicología individual el problema del «aseguramiento». Solo puede entenderse cuando se ve en todo su contexto. No ha de considerarse de importancia «secundaria», sino «primaria». El neurótico se «asegura» mediante su retirada, y «asegura» su retirada intensificando los síntomas físicos y psíquicos del choque que han resultado del impacto de un problema que le ha amenazado con la derrota[.]
Prefiere su sufrimiento al hundimiento de su sentimiento de valía personal, de cuya fuerza solo la psicología individual ha tenido conocimiento hasta ahora. Este sentimiento de gran valía personal, que a menudo solo se ve con claridad en la psicosis —este complejo de superioridad, como lo he llamado—, es tan fuerte que el propio neurótico solo siente temor y temblor cuando sospecha su existencia. De buena gana apartaría su atención de él cuando debería someterlo a la prueba de la realidad. Le empuja hacia delante. Pero, para asegurar su retirada, tiene que rechazar todo y olvidar todo lo que se interpondría en el camino de esa retirada. Solo tiene sitio para los pensamientos, sentimientos y acciones que se refieren a su retirada.El neurótico centra todo su interés en la retirada. Todo paso adelante lo ve como una caída en el abismo, con todos sus terrores. Por eso se esfuerza con todo su poder, con todos sus sentimientos y con todos sus medios de repliegue, probados y comprobados, por mantenerse firme en la retaguardia. Magnifica su vivencia de choque, dirigiendo a ella toda su atención, y excluyendo con ello el único factor que importa: su miedo a saber lo lejos que está todavía de su meta elevada y egoísta. Hace amplio uso de emociones exacerbadas, casi siempre bajo el disfraz metafórico tan caro a los sueños, para persistir en su propio estilo de vida contra los dictados del sentido común. Así puede aferrarse a sus salvaguardias, que ahora están completamente establecidas y que le impiden verse empujado hacia la derrota. Las opiniones y el juicio de los demás se convierten en un peligro muy grande. Admiten circunstancias atenuantes al estallar la neurosis, pero si estas faltaran no reconocerían el inseguro prestigio del neurótico. En una palabra: el aprovechamiento de las vivencias de choque para la protección del prestigio amenazado, eso es la neurosis. O, más brevemente todavía: la actitud del neurótico se resuelve en un «sí, pero». En el «sí» está el reconocimiento del sentimiento de comunidad; en el «pero», la retirada y los medios de asegurarla. Se hace una injusticia a la religión cuando se hace responsables de la neurosis a sus deficiencias. Se hace una injusticia a cualquier partido político cuando se pregona la adhesión a él como cura de la neurosis.
Cuando nuestro paciente dejó la universidad, intentó encontrar empleo en un bufete de abogados. Solo permaneció allí unas semanas, porque su esfera de actividad no le parecía digna de él. Tras varios cambios, por esta y por otras razones, decidió dedicarse más bien a estudios teóricos. Le invitaron a dar conferencias sobre cuestiones jurídicas, pero declinó «porque no podía hablar ante grandes auditorios». En aquella época —tenía entonces treinta y dos años— reaparecieron sus síntomas. Un amigo que quería ayudarle se ofreció a dar con él una conferencia conjunta. Nuestro paciente puso como condición hablar el primero. Subió a la tribuna tembloroso y confuso, y temía perder el conocimiento. No veía más que manchas negras ante los ojos. Poco después de la conferencia volvieron las molestias en la región del estómago, y se figuró que moriría si alguna vez tuviera que hablar otra vez ante una multitud. En el período inmediatamente posterior, lo único que intentó fue dar clases a niños.
Un médico al que consultó le dijo que necesitaría tener relaciones sexuales si quería curarse. Lo insensato de semejante consejo podía haberse previsto. El paciente, que ya estaba en retirada, reaccionó al consejo con el pavor a la sífilis, con escrúpulos morales y con el miedo a ser engañado y a cargar con la paternidad de un hijo ilegítimo. Sus padres le aconsejaron casarse. Su consejo fue al parecer seguido, pues le encontraron una muchacha, con la que se casó. Su mujer, cuando quedó embarazada, abandonó la casa y volvió con sus padres, porque, según dijo, no podía soportar más su perpetua crítica condescendiente.
Vemos ahora lo arrogante que podía ser nuestro paciente a la menor ocasión, pero también cómo se batía inmediatamente en retirada cuando el elemento de la incertidumbre entraba en una cuestión. No se preocupaba de su mujer ni de su hijo. Su único interés estaba en no parecer inferior, y esta preocupación era más fuerte que su afán del éxito que tanto deseaba. Fracasó cuando se acercó a la línea del frente de la vida, cayó en un estado permanente de la más intensa angustia y reforzó su impulso a la retirada conjurando fantasmas, puesto que le facilitaban la retirada.
¿Se requieren pruebas más fuertes? Las daremos de dos maneras diferentes. En primer lugar, nos proponemos remontarnos al período de su primera infancia para establecer el hecho de que fue inducido a adoptar el estilo de vida que hemos encontrado en él. En segundo lugar, queremos aportar de su vida otros hechos que apuntan en la misma dirección. En todo caso, consideraría como la prueba más fuerte de la exactitud de nuestro diagnóstico el que las demás aportaciones a nuestro conocimiento de las características de una persona resultaran en perfecta armonía con lo ya descubierto. Si no lo estuvieran, habría que modificar en consecuencia el parecer del examinador.
Según el paciente, su madre era de carácter dulce. Él estaba muy apegado a ella, y ella lo mimaba a fondo. Además, esperaba siempre de él cosas muy grandes. Su padre era menos inclinado a mimarlo, pero cedía invariablemente a los deseos del paciente cuando este empezaba a llorar. Su preferido entre los demás miembros de la familia era un hermano menor que lo idolatraba, hacía todo lo que él quería, corría tras él como un perro y se ponía siempre bajo su dirección. El paciente era la esperanza de la familia y siempre se salía con la suya con el resto de sus hermanos. Así quedó colocado en una situación excepcionalmente fácil y cómoda que lo incapacitó para el contacto con el mundo exterior.
Esto se vio enseguida cuando tuvo que ir a la escuela por primera vez. Era el más joven de su clase, e hizo de ello la excusa para mostrar su disgusto por una posición inferior cambiando dos veces de escuela. Pero después mostró un afán extraordinario por superar a todos los demás alumnos. Cuando no lo conseguía, se batía en retirada y faltaba a la escuela a causa de dolores de cabeza y de estómago, o llegaba a menudo demasiado tarde. Si durante este período no estaba entre los mejores alumnos, tanto él como sus padres lo atribuían a sus frecuentes ausencias, mientras que al mismo tiempo nuestro paciente subrayaba enérgicamente que sabía más y había leído más que todos los demás alumnos.
Sus padres lo mandaban a la cama con el menor pretexto y lo cuidaban con gran ternura. Había sido siempre un niño miedoso, y a menudo gritaba en sueños para que su madre se ocupara de él durante la noche tanto como de día.
Es evidente que él mismo no tenía una idea clara del significado y la conexión de todos estos síntomas. Todos ellos eran la expresión y la manifestación de su estilo de vida. Tampoco era consciente de que se quedaba leyendo en la cama hasta la madrugada para disfrutar al día siguiente del privilegio de levantarse tarde y eximirse así de una parte de sus tareas diarias. Era todavía más tímido con las muchachas que con los hombres, y esta actitud duró durante todo su desarrollo hasta la edad adulta. Es fácil comprender que el valor le faltara en todas las situaciones de la vida y que no quisiera de ningún modo arriesgar el hundimiento de su vanidad. Su incertidumbre sobre su éxito con las mujeres contrastaba fuertemente con la certeza con que se permitía esperar la entrega de su madre. Quiso afirmar en su vida conyugal el dominio de que disfrutaba con su madre y sus hermanos y, naturalmente, fracasó por fuerza.
He mostrado que el estilo de vida de una persona ha de encontrarse en los primeros recuerdos de la infancia, aunque a menudo estén, ciertamente, profundamente enterrados. El primer recuerdo de nuestro paciente era el siguiente: «Un hermanito mío había muerto y mi padre estaba sentado fuera de la casa llorando amargamente». Recordemos cómo el paciente huyó a casa desde una conferencia y se dio por muerto.La actitud de una persona ante la amistad es un signo muy claro de su capacidad para la vida en común con sus semejantes. Nuestro paciente admite que conservaba a sus amigos solo durante poco tiempo y que quería invariablemente dominarlos. Esto no podría describirse ciertamente sino como explotación de la amistad ajena. Cuando se le hizo ver esto con amabilidad, respondió: «No creo que nadie trabaje por la comunidad; cada uno actúa solo para sí mismo». Los hechos siguientes muestran cómo se preparaba para su retirada. Deseaba mucho escribir artículos o un libro, pero cuando empezaba a escribir se agitaba tanto que no podía pensar. Explica que no puede dormir si no lee antes. Pero cuando empieza a leer siente tal presión en la cabeza que no puede dormir. Su padre murió poco antes, precisamente cuando el paciente estaba de visita en otra ciudad. Iba a ocupar allí un puesto algo más tarde. Lo rechazó con el pretexto de que moriría si tuviera que entrar en aquella ciudad. Cuando se le ofreció un empleo en su propia ciudad lo declinó, diciendo que no podría dormir la primera noche y que por tanto fracasaría al día siguiente. Primero tendría que curarse.
Daremos ahora un ejemplo de cómo la ley de movimiento del paciente —su «sí, pero»— se encuentra también en sus sueños. La técnica de la psicología individual nos permite descubrir la dinámica de un sueño. Un sueño no nos dice nada nuevo, nada que no podamos encontrar igualmente en la conducta del paciente. Mediante el uso de métodos bien entendidos y una selección del contenido del sueño, puede reconocerse cómo el soñador, guiado por su ley de movimiento, se esfuerza por llevar adelante su estilo de vida en oposición al sentido común, estimulando artificialmente sus emociones. A menudo se encuentran también indicios de que el paciente está creando síntomas bajo la presión del miedo a una derrota. Uno de los sueños del paciente fue el siguiente: «Tenía que visitar a unos amigos que vivían al otro lado de un puente. La barandilla del puente estaba recién pintada de colores vivos. Quise mirar al agua y me apoyé en la barandilla. Esto me dio una sacudida en el estómago, que empezó a dolerme. Me dije: “No deberías mirar abajo, al agua. Podrías caerte”. Pero a pesar de todo me arriesgué y volví a acercarme a la barandilla. Miré abajo y luego volví corriendo atrás, considerando que era mejor quedarme a salvo».La visita a sus amigos y la barandilla recién pintada son indicios del sentimiento de comunidad y de la construcción de un estilo de vida nuevo y mejor. El miedo del paciente a caer desde su altura —su «sí, pero»— se destaca con bastante claridad. Como ya hemos señalado, los dolores de estómago debidos a su sentimiento de miedo están siempre a mano, como consecuencia de su constitución física. El sueño nos muestra la actitud de rechazo del paciente hacia los esfuerzos hechos por el médico hasta entonces y la victoria de su antiguo estilo de vida, y a esto ayuda una imagen impresionante del peligro que le amenaza si hay alguna duda sobre la seguridad de su retirada.
La neurosis es el aprovechamiento automático e inconsciente, por parte del paciente, de los síntomas que resultan de los efectos de un choque. Este aprovechamiento es más factible para aquellas personas que tienen un gran pavor a perder su prestigio y que se han visto tentadas, en la mayoría de los casos por el mimo, a seguir este camino. Pueden añadirse algunas observaciones más sobre los síntomas físicos. Al tratar este tema, ciertos autores celebran triunfos imaginarios. La situación es la siguiente: el organismo es una unidad y ha recibido gratuitamente de la evolución el don y la dote de una lucha por el equilibrio, que se mantiene en lo posible en condiciones difíciles. Este equilibrio se mantiene por la variabilidad del pulso, por la profundidad de la respiración, el número de respiraciones, la coagulabilidad de la sangre y la cooperación de las glándulas endocrinas. En relación con esto, se hace cada vez más evidente que, en particular, las agitaciones psíquicas afectan a los sistemas vegetativo y endocrino y ocasionan una cantidad de secreción aumentada o modificada. En la actualidad comprendemos mejor los cambios de la glándula tiroides debidos a los efectos del choque.
Estos cambios pueden ser a veces mortales. Yo mismo he visto pacientes así. Zondek, el mayor investigador en este campo, me pidió mi colaboración para determinar qué efectos psíquicos intervienen en estos cambios. Además, no cabe duda de que todos los casos de bocio exoftálmico se desarrollan como consecuencia de choques psíquicos. Hay ciertas personas cuya glándula tiroides se irrita por perturbaciones psíquicas.
También se han hecho progresos en la investigación de la irritación de la glándula suprarrenal. Puede hablarse de un complejo simpático-adrenalínico. Sobre todo durante las emociones de ira aumenta la secreción de la glándula suprarrenal. El investigador estadounidense Cannon ha probado mediante experimentos con animales que los arrebatos de ira causan un aumento de la cantidad de adrenalina. Esto lleva a una aceleración de la actividad del corazón y a otros cambios. De ahí puede comprenderse que los dolores de cabeza, los dolores faciales, quizá incluso los ataques epilépticos, puedan tener una causa psíquica. En tales casos tratamos con personas a quienes sus problemas irritan siempre de nuevo. Está claro que aquí hay que tener en cuenta la edad. Cuando tratamos con una muchacha nerviosa de veinte años, podemos suponer que en su caso la amenazan problemas relacionados con su profesión, si no con el amor. En un hombre o una mujer de cincuenta años no será difícil conjeturar que es el problema del envejecimiento el que la persona en cuestión se imagina que no puede resolver, o que realmente es incapaz de resolver. Nunca sentimos directamente los hechos de la vida, sino solo a través de nuestra concepción de ellos; ese es el criterio.
La curación solo puede efectuarse por medios intelectuales, por la creciente comprensión del paciente de su error, por el desarrollo de su sentimiento de comunidad.
XI. Las perversiones sexuales
Espero que la exposición puramente esquemática de las perversiones sexuales que aquí se ofrece no decepcione a nadie.43 Lo espero, sobre todo, porque la mayoría de mis lectores conocerá las concepciones fundamentales de la psicología individual, de modo que unas indicaciones tentativas sobre un problema se recibirán igual que un tratamiento detallado. Nos interesa más mostrar aquí que no hay desacuerdo entre nuestra visión del mundo y la estructura de las perversiones sexuales. En nuestra generación la discusión de esta cuestión no es en modo alguno terreno seguro, pues precisamente hoy existe una tendencia abrumadora a reducir las perversiones sexuales a factores heredados. Es un hecho de tal importancia que no se puede pasar por alto ese punto de vista. Según nuestra concepción, en las perversiones sexuales nos hallamos ante productos artificiales que han encontrado lugar en la educación de una persona sin que ella lo sepa. Es fácil ver, por tanto, los grandes contrastes entre nuestras opiniones y las de otros investigadores. Se comprenderá también que nuestras dificultades no disminuyen cuando otros, por ejemplo Kraepelin, adoptan una posición parecida.
Para aclarar nuestra actitud ante otros investigadores, expondré un caso que, aunque nada tiene que ver con las perversiones sexuales, servirá para ilustrar mi punto de vista psicológico. Es el caso de una mujer que vive un matrimonio feliz y tiene dos hijos. Desde hace seis años está en conflicto con su entorno, y su problema es este: afirma que una mujer con la que había tenido amistad durante muchos años, a la que conocía desde la infancia y a la que admiraba por sus dotes, ha desarrollado en los últimos seis años un carácter dominante y siempre está empeñada en atormentar a los demás. Dice que ella misma ha sido la que más lo ha sufrido, y aporta en apoyo de su afirmación gran número de pruebas, que otras personas negaban. Sostiene: «Es posible que en algunos aspectos haya ido demasiado lejos, pero en lo esencial tengo razón. Hace seis años esta amiga hizo comentarios desagradables sobre otra amiga en su ausencia, mientras que en su presencia siempre fingía ser muy cariñosa». Por eso nuestra paciente temía que su amiga hiciera también comentarios parecidos sobre ella. Como prueba adicional contó que su amiga había dicho: «El perro sin duda es obediente, pero es tonto». Y a continuación había lanzado una mirada a nuestra paciente, como diciendo: «Igual que tú». Los conocidos de la paciente se molestaban mucho de que ella tomara las palabras de ese modo, pues no les daban ninguna importancia, y defendían con firmeza a la mujer acusada.
Esta mujer mostraba su lado más encantador a aquellos conocidos. Para confirmar su opinión, la paciente decía: «Mirad cómo trata a su perro. Lo tortura y le hace hacer gracias que le resultan terriblemente difíciles». Los vecinos replicaban: «No es más que un perro. No se lo puede comparar con las personas. Con ellas es bastante amable». Los hijos de mi paciente tomaban con mucho vigor el partido de la amiga y contradecían a su madre. También el marido negaba que fuera posible otra opinión. La paciente seguía encontrando nuevas pruebas de la actitud dominante de su amiga, dirigida especialmente contra ella. No dudé en decirle a la paciente que, a mi juicio, tenía razón. Se puso muy contenta. Después vinieron otras pruebas que mostraban el carácter dominante de la amiga, y la impresión que yo había recibido la confirmó finalmente el marido. Se vio entonces con claridad que la pobre mujer había tenido toda la razón, solo que había hecho mal uso de lo que sabía. En lugar de comprender que todos tenemos una tendencia, más o menos disfrazada, a menospreciar a los demás, y que a todo el mundo hay que reconocerle algunas buenas cualidades, se volvió por completo contra esta mujer, le encontraba defectos en todo lo que hacía y se ponía furiosa por ello. Tenía la piel más fina que los demás y era capaz de adivinar mejor lo que pasaba en el ánimo de su amiga, aunque no pudiera comprenderlo.
Lo que quiero ilustrar es esto: muchas veces lo más desastroso del mundo es tener razón. Parece una afirmación sorprendente; pero quizá todo el mundo sepa por propia experiencia que, aun teniendo la razón de su parte, de ella ha brotado un mal. Basta imaginar lo que le habría podido ocurrir a esta mujer si hubiera caído en manos de un consultor menos sensible. Habría hablado de manía persecutoria y de ideas paranoides, y la habría tratado de tal modo que habría ido de mal en peor. Es difícil abandonar el propio punto de vista cuando se tiene razón. Esta es la situación de todos los investigadores que están convencidos de tener razón y ven discutidas sus opiniones. No debe sorprendernos que también en torno a nuestras ideas estallen disputas encendidas; guardémonos tan solo de limitarnos a tener razón y de hacer mal uso de esa posición. No nos dejaremos irritar por el hecho de que tantos investigadores discutan nuestras opiniones. El científico necesita una paciencia extraordinaria. Hoy la idea de la herencia ocupa un lugar predominante en relación con las perversiones sexuales. Los partidarios de esta opinión pueden ser creyentes en la herencia pura y simple, que hablan de un tercer sexo o piensan que ese tercer sexo existe en todos desde el nacimiento; o pueden ser quienes sostienen que los factores hereditarios llegan a desarrollarse y que nada puede hacerse para impedirlo; otros, en fin, hablan de componentes físicos innatos. Ninguno de estos factores, sin embargo, puede inducirnos a abandonar nuestra concepción. Es evidente que los partidarios de la teoría orgánica, en su búsqueda de alteraciones y anomalías orgánicas, salen muy mal parados.
En cuanto a la homosexualidad, quisiera referirme a una comunicación aparecida el año pasado que trata de este problema. La cuestión se planteó en 1927, cuando Laqueur descubrió que en toda orina masculina se encontraban hormonas del otro sexo. Este hecho impresionará mucho a quienes no comprendan del todo nuestra concepción. Fácilmente podrían imaginar que, si se desarrollan perversiones, tienen su origen en esta doble naturaleza del sexo. Pero las investigaciones de Brun con nueve homosexuales han mostrado que en ellos aparecen las mismas hormonas que en las personas normales. Es un paso adelante en nuestra dirección. La homosexualidad no depende de las hormonas.
Propondré un esquema según el cual pueden clasificarse todas las tendencias de la psicología. Hay psicologías de la posesión (Besitz), que se ocupan de mostrar lo que el ser humano trae consigo al mundo y tiene como posesión. De esta herencia pretenden derivar todo lo psíquico. Vista desde el sentido común, es una proposición poco afortunada. En la vida corriente, en otros asuntos, la gente no suele sacar conclusiones de lo que una persona posee, sino del uso que hace de ello. El uso nos interesa mucho más que la posesión. Que una persona posea una espada no significa que haga de ella un uso adecuado. Puede tirarla, puede dar mandobles a diestro y siniestro, puede afilarla, etc. Lo que nos interesa es el uso que hace de ella. Por eso quisiera decir que hay otras escuelas de psicología que han de considerarse psicologías del uso (Gebrauch). La psicología individual, que para comprender a un individuo pone en primer plano su actitud ante los problemas de la vida, presta especial atención al uso. A toda persona sensata no necesito añadirle que el uso no puede ir más allá de las capacidades de una persona y que siempre está restringido a los límites de la posibilidad humana, sobre cuyo alcance no podemos decir nada definitivo. Es lamentable, y prueba de la victoriosa incursión de los ignorantes en el territorio de la psicología, que todavía haga falta mencionar semejante lugar común.
Sobre el uso de las capacidades humanas hay que decir además lo siguiente: el paso más audaz que dio la psicología individual fue sin duda afirmar que en la vida psíquica de una persona la ley de movimiento era el factor decisivo que determinaba su individualidad. Aunque era necesario fijar el movimiento para verlo como forma, siempre lo hemos mirado todo con la convicción de que todo es movimiento, y hemos comprobado que así tiene que ser si queremos hallar la solución de nuestros problemas y vencer nuestras dificultades. No puede objetarse que el principio del placer lo contradiga, pues también el afán de placer es un intento de superar una carencia o un sentimiento de dolor. Si esta teoría es correcta, tendremos que mirar también las perversiones sexuales a esta luz. Solo así quedará iluminado el campo del movimiento como lo requiere la psicología individual. Quisiera subrayar que, aunque por este medio llegamos a fórmulas y concepciones básicas acerca de la estructura de las perversiones, todavía nos queda muchísimo por hacer para comprender cada caso particular. Cada caso representa algo único, algo que nunca volverá a darse. Cuando empezamos a tratar un caso, por ejemplo, hemos de desechar todas las generalizaciones. Del hecho de que nuestro método sea una psicología del uso se sigue que el ser humano, separado de su entorno social normal, no puede revelar nada de su individualidad. No podremos decir nada de su idiosincrasia mientras no lo sometamos a una prueba y observemos el uso que hace de sus capacidades. En este sentido la psicología individual se ha acercado a la psicología experimental, mucho más restringida; solo que, en el caso de la primera, es la vida misma la que hace los experimentos. Los factores exógenos con que el individuo tiene que habérselas son de la mayor importancia para nuestro estudio del caso. Tenemos que descubrir cuál es exactamente la relación de este individuo único con el problema que se le plantea. Tenemos que estudiar dos aspectos de su personalidad y llegar a saber de qué modo se mueve frente a su problema exterior; procuramos descubrir cómo se esfuerza por dominarlo. El «andar» del individuo —su ley de movimiento ante una tarea que es siempre social— es el campo de observación de la psicología individual. Aquí nos encontramos con innumerables variedades y matices. En medio de este enorme número de variaciones solo podemos orientarnos suponiendo provisionalmente algo así como un tipo, con la firme convicción, sin embargo, de que lo que se ha supuesto típico mostrará siempre variantes que habrá que establecer después. Nuestra comprensión del caso típico no hace más que iluminar el campo de observación; luego viene la difícil tarea de descubrir al individuo mismo. Para esta tarea hace falta tacto, y es algo que puede adquirirse. Además, hay que comprender bien el peso y el alcance del problema real en cada caso particular. Esto solo se logra si se tiene suficiente experiencia social y una empatía sensible con el estilo de vida del individuo, rectamente entendido, es decir, con la totalidad de su individualidad. En esta ley de movimiento que percibimos pueden distinguirse dos formas típicas. Las he descrito en mis dos últimas contribuciones a la Revista de Psicología Individual como la «adquisitiva» y la «socialmente útil».44
Además de las otras formas de movimiento que muestra el perverso sexual ante los problemas del amor, encontramos ejemplificado de manera llamativa el camino de avance estrechado. Es evidente que no dispone de la anchura normal del camino, sino que esta se halla extraordinariamente reducida, que solo se ha resuelto una parte del problema, como, por ejemplo, en el fetichismo. Importa también reconocer que todas estas formas de movimiento, al excluir la norma, se han dirigido hacia una meta de victoria sobre los sentimientos de inferioridad. Cuando contemplamos el movimiento (el uso que una persona hace de sus capacidades) hacia el que la guía su concepción de la vida (el sentido que, sin darse cuenta, impone a la vida, sin haberlo puesto en palabras ni en conceptos), podemos adivinar desde este punto de vista qué intenta conquistar, cuál es esa satisfacción que le parece una victoria, cuando no se entrega por completo a resolver el problema del amor, sino que se mantiene a distancia de él, o se acerca lentamente y deja pasar el tiempo. Cabría citar aquí el proceder de Fabio Máximo Cunctátor, que ganó una batalla porque se demoró tanto;45 pero esto solo muestra una vez más que no hay que aferrarse rígidamente a las reglas. Esta meta de conquista se manifiesta también en las neurosis sexuales (frigidez, ejaculatio praecox, etc.). Se aborda el problema, pero solo desde lejos, en una actitud vacilante y sin cooperación, y eso no conduce a su solución. En esta forma de movimiento encontramos también la tendencia a excluir, que se ve con la mayor claridad en la homosexualidad declarada. También en otros casos podemos verla actuar, por ejemplo en el fetichismo y en el sadismo. En este último hallamos una fuerte agresividad que no conduce a la solución del problema, y podemos percibir una forma especial de vacilación, de exclusión, en la que la violenta excitación sexual lleva a oprimir a la otra persona: un asalto vigoroso que da ocasión a una solución defectuosa, es decir, unilateral, de un problema. Lo mismo vale para el masoquismo, aunque aquí la meta de superioridad ha de entenderse como situada en dos direcciones distintas. Está claro que el masoquista da órdenes a su pareja y que se siente al mando pese a su sensación de debilidad. Al mismo tiempo excluye la posibilidad de una derrota en un camino de anchura normal. Logra mediante un ardid la victoria sobre la tensión de angustia.
Cuando estudiamos la actitud característica del individuo descubrimos los hechos siguientes. Cuando alguien se atiene a una forma determinada de movimiento, se sigue como cosa natural que excluye otras formas de resolver el problema. Esta exclusión no es mera casualidad. Así como ha habido una preparación para este modo de movimiento, también la ha habido para la exclusión. No puede haber perversión sexual sin preparación. Naturalmente, esto solo lo reconocen quienes estudian el movimiento. Hay todavía otro punto de vista que debemos destacar con fuerza. El modo normal de movimiento sería atacar un problema para resolverlo por completo, pero no encontramos ninguna preparación para ello cuando estudiamos el movimiento anterior del perverso. Si nos remontamos a los primeros años de la infancia de una persona, encontramos que en ese período, bajo el estímulo de las influencias externas, se ha formado un prototipo a partir de capacidades y potencialidades heredadas. Pero no podemos decir de antemano qué hará este niño con todas las influencias y experiencias de sus órganos.46 Aquí el niño trabaja en un reino de libertad con su propia fuerza creadora. Encontramos allí probabilidades en gran abundancia. Siempre me he esforzado por subrayar estas probabilidades y, al mismo tiempo, por negar que estén causalmente determinadas. No es correcto suponer que un niño que viene al mundo con órganos endocrinos débiles se volverá necesariamente neurótico, pero hay una probabilidad definida de que, en general, ciertas experiencias se manifiesten de un modo aproximadamente parecido si han faltado las influencias educativas adecuadas para hacer efectivo el contacto social. Hay aquí mil posibilidades en el reino de la libre elección y del error. Todo el mundo producirá alguna formación defectuosa, puesto que nadie está en posesión de la verdad absoluta. Es evidente que el prototipo, para parecerse aproximadamente al ser humano normal, tiene que estar dotado de un impulso definido hacia la cooperación. Todo el desarrollo de una persona depende de cuánto sentido del contacto haya adquirido en su tercer, cuarto y quinto año. Ya para entonces es evidente su grado de capacidad para establecer contacto con los demás. Cuando se examinan los fracasos con esta mira, se ve que todas las formas defectuosas de movimiento se explican por falta de capacidad de contacto. Más aún: la persona en cuestión, a causa de su disposición característica, se ve obligada a protestar contra cualquier otra forma de movimiento para la que no ha sido preparada. Tenemos que ser tolerantes al juzgar a estas personas, porque nunca han aprendido a desarrollar la medida necesaria de sentimiento de comunidad. Quien comprende esto sabe también que el problema del amor es un problema social y no puede resolverlo una persona que aporta poco interés por su pareja, ni nadie que no tenga la convicción de que le corresponde un papel en el desarrollo de la humanidad. Tendrá una ley de movimiento distinta de la de la persona que ha sido convenientemente preparada para resolver el problema del amor. Así podemos afirmar de todos los perversos que no han llegado a ser colaboradores.
Podemos descubrir también las fuentes de error que nos permiten comprender por qué el niño ha quedado equivocadamente detenido en la capacidad de contacto defectuosa. El hecho de nuestra existencia social que proporciona el motivo más fuerte de esta capacidad defectuosa para asociarse con los demás es el mimo. Los niños mimados solo entran en contacto con la persona que los mima y, en consecuencia, se ven obligados a excluir a todos los demás. Hay que señalar todavía otras influencias en relación con cada perversión en particular. Puede decirse así: aquí el niño, a consecuencia de esta experiencia, ha formado su ley de movimiento de tal manera que ha resuelto de este modo particular la cuestión de su relación con el otro sexo. Todos los perversos muestran su ley de movimiento no solo en relación con el problema del amor, sino con ocasión de toda prueba para la que no han sido preparados. Por eso encontramos entre los perversos todos los rasgos de carácter de la neurosis: hipersensibilidad, impaciencia, tendencia a los arrebatos de ira, codicia, así como el intento de justificarse diciendo que actúan como bajo una compulsión. Tienen cierto vivo deseo de posesión que los lleva a ejecutar el plan implícito en su disposición característica, y el resultado es que se encuentra una protesta tan violenta contra cualquier otra forma de movimiento que no quedan del todo excluidos ni siquiera los peligros para otras personas (violación, sadismo).
Quisiera mostrar cómo se descubre la preparación para una forma dada de perversión. Daré un ejemplo que indica que ciertas perversiones pueden nacer como resultado de semejante entrenamiento. No debemos buscar la preparación solo en el terreno material; hemos de comprender que puede llevarse a cabo en el mundo del pensamiento y de los sueños. La psicología individual insiste mucho en ello, porque muchos creen, por ejemplo, que un sueño perverso es prueba de una homosexualidad innata, mientras que nosotros, por nuestra concepción de la vida onírica, podemos establecer que este sueño homosexual forma parte de la preparación, exactamente igual que tiene también su parte en el desarrollo del interés por el mismo sexo y en la exclusión del interés por el otro. Daré un ejemplo de este entrenamiento en un caso en que, por la edad del individuo, no puede hablarse de perversiones sexuales. Cito dos sueños para mostrar que la ley de movimiento se encuentra también en la vida onírica. Quien esté equipado con el conocimiento de la psicología individual no temerá buscar la forma de vida entera en cada pequeño fragmento de ella. Debemos, sin embargo, encontrar la forma de vida entera en el contenido del sueño y no solo en los pensamientos oníricos, aunque sin duda estos pensamientos, si los entendemos bien y los relacionamos correctamente con el estilo de vida, ayudan extraordinariamente a conocer la actitud del individuo ante el problema que se le plantea, una actitud a la que su estilo de vida lo ha empujado inexorablemente. Quisiera señalar que lo que hacemos aquí se parece al trabajo de un detective. No tenemos la suerte de poseer todos los datos materiales que serían indispensables. Tenemos que ejercitar al máximo nuestra capacidad de conjetura para construir la unidad del individuo.
El primer sueño:
«Me imaginé que estaba en la próxima guerra. Todos los hombres, e incluso todos los chicos de más de diez años, tenían que alistarse...»
Desde la primera frase el psicólogo individual puede concluir que se trata de un niño cuya atención se centra en los peligros de la vida y en la crueldad de los demás.
«... Entonces ocurrió que una tarde me desperté y me encontré en una cama de hospital. Mis padres estaban sentados junto a la cama».
La elección de esta imagen muestra que ha sido mimado.
«Les pregunté qué pasaba. Me dijeron que había guerra. No querían que la guerra me afectara tanto, así que me habían hecho una operación para convertirme en niña».
Por aquí se ve lo preocupados que estaban sus padres por él. Quiere decir: cuando estoy en peligro, me agarro a mis padres. Es la forma expresiva de un niño mimado. No daremos ningún paso adelante si no podemos darlo sin reservas. En nuestro trabajo estamos obligados a ser todo lo escépticos que podamos. Aquí surge el problema de la metamorfosis sexual. Dejando aparte intentos científicos que todavía son muy dudosos, hay que decir que la posibilidad de transformar a un niño en niña solo la cree el profano. En este sueño encontramos inseguridad respecto a la vida sexual. Nos muestra que el soñador no está del todo seguro de su papel sexual. Esto sorprenderá a muchos cuando sepan que se trataba de un muchacho de doce años. Podremos observar cómo llegó a tener esta idea. La vida le parece inaceptable por sus problemas, como el de la guerra; protesta contra ella.
«Las niñas no tienen que ir a la guerra. Si me alistara, no me podrían arrancar de un tiro los genitales, porque no los tengo como los otros chicos».
En la guerra los genitales corren peligro: un argumento no muy evidente a favor de la castración; o quizá expresa su sentimiento de comunidad en una aversión a la guerra.
«Volví a casa, pero como por milagro la guerra había terminado».
Así que la operación era innecesaria. ¿Qué hará ahora?
«Quizá no haga falta que sea como una niña. Quizá no haya ninguna guerra».
Vemos que no abandona del todo su papel de chico. Hemos de tomar nota de ello en relación con su ley de movimiento. Intenta ir un poco más lejos en la dirección de la masculinidad.
«En casa me sentía muy desgraciado y lloraba mucho».
Los niños que lloran mucho han sido mimados.
«Cuando mis padres me preguntaron por qué lloraba, les dije que tenía miedo de que, como pertenecía al sexo femenino, tuviera que sufrir los dolores del parto cuando fuera mayor».
Así que tampoco el papel femenino servía de nada. Íbamos por buen camino para descubrir su meta al suponer que el muchacho quería evitar todas las situaciones desagradables. He comprobado, en el caso de los perversos sexuales, que de niños habían sido mimados y a menudo mantenidos en la ignorancia. Tienen, por lo menos, un gran ansia de reconocimiento, de éxito inmediato y de superioridad personal. En un caso así es muy posible que un niño no sepa si es chico o chica. ¿Qué debe hacer? No ve esperanza ni como chico ni como chica.
«Al día siguiente fui a mi club, porque en la vida real soy miembro de un club de exploradores».47
Ya podemos imaginar cómo se comportará allí.
«Soñé que en nuestro club había una sola niña. Estaba apartada de los chicos».
Es un intento de establecer una distinción definida entre los sexos.
«Los chicos me gritaron que fuera con ellos. Dije que era una niña y me fui con esa niña que estaba sola. Me parecía muy extraño no ser ya un chico, y me preguntaba cómo tendría que comportarme como niña».
De pronto surge la pregunta: ¿Cómo tendría que comportarme como niña?
Este es el entrenamiento. Solo quienes han advertido el entrenamiento en todas las perversiones sexuales y han visto cómo, por eliminación, se lo empuja lejos de lo normal comprenderán que la perversión sexual es un producto artificial. Cada cual se la ha formado para sí; lo ha dirigido hacia ella la constitución psíquica que él mismo se ha creado, y en ocasiones lo ha inducido a ella su constitución física heredada, que le facilita la desviación.
«Mientras lo pensaba, me sobresaltó un golpe. Me desperté y vi que me había dado con la cabeza contra la pared».
El soñador adopta a menudo la postura que corresponde a su ley de movimiento.48 Darse de cabeza contra la pared es un dicho popular. Toda su actitud nos hace esperar este resultado.
«El sueño me impresionó tan hondamente» —el propósito de un sueño es dejar tras de sí una impresión— «que cuando volví a la escuela todavía no estaba seguro de si era chico o chica. En los recreos tenía que ir al retrete para ver si al final no era una niña».
El segundo sueño:
«Soñé que me encontraba con la única niña de nuestra clase. Era la misma niña con la que había soñado antes. Quería ir a pasear conmigo. Le contesté: Yo solo voy con chicos. Ella dijo: “Yo también soy un chico”. Como no me pareció probable, le pedí que me lo demostrara. Entonces me enseñó que tenía un órgano como el de un chico. Le pregunté cómo era posible. Me dijo que la habían operado. Era más fácil convertir a los chicos en niñas que al revés, porque había que añadir algo. Así que se había cosido un órgano de chico hecho de goma. Pero en ese momento nuestra conversación se vio interrumpida por un fuerte “¡arriba!”. Mis padres me habían despertado. Solo con mucho trabajo y dificultad conseguí cinco minutos de gracia, pero, como no soy mago, no pude hacer volver el sueño».
La inclinación a la magia se encuentra en cierto tipo de niños mimados. La magia les parece de primordial importancia. Quieren tenerlo todo sin esfuerzo ni molestia, y les sobra tiempo para la telepatía.
Oiremos ahora cómo intenta este muchacho explicarse el sueño.
«He leído en relatos de la guerra que los genitales salían volando por los aires. He oído que cuando alguien pierde los genitales se muere».
Se ve la importancia que este muchacho atribuye a los genitales.
«Leí en la primera página de un periódico: “Dos criadas convertidas en soldados en dos horas”».
Quizá se tratara de un caso de malformación de los órganos sexuales que se había interpretado mal.
Para terminar, quisiera decir algo que pone sobre una base más sencilla todas las discusiones relativas a este tema. Hay hermafroditas auténticos en los que es realmente difícil decir si se trata de niñas o de niños. Ellos pueden decidir por sí mismos qué uso hacen de su hermafroditismo. Entre los seudohermafroditas se encuentran malformaciones que tienen un engañoso parecido con el órgano del otro sexo. Lo cierto es que todo ser humano lleva en sí huellas del otro sexo, igual que hay también hormonas del otro sexo en la orina. Esto da pie a una conjetura que parece bastante audaz: que en cada uno de nosotros se oculta un gemelo. La gemelaridad se caracteriza por las formas más variadas, y la posibilidad de la existencia simultánea de dos formas sexuales en los seres humanos se decidirá cuando se resuelva el problema de la gemelaridad. Sabemos que todo ser humano nace de material masculino y femenino. Es muy posible que al investigar la cuestión de los gemelos tropecemos con problemas que arrojen más luz sobre el hermafroditismo presente en toda persona.
Pueden añadirse un par de frases sobre el tratamiento. Se oye constantemente que una perversión es incurable. La curación de los perversos no es imposible, pero sí difícil. La dificultad de la curación se debe a que son personas que durante toda su vida se han entrenado para la perversión, porque tienen una ley de movimiento restringida que les prescribe ese rumbo. Tienen que moverse en esa dirección porque desde su más temprana juventud no han encontrado el contacto que les permitiría hacer el uso adecuado de su cuerpo y de su mente. El uso adecuado de ambos solo puede asegurarse si antes ha habido un sentimiento de comunidad desarrollado. El conocimiento de este hecho es lo que hace parecer bastante probable la curación incluso de la mayoría de los perversos.
En la explicación siguiente, que me parece del todo válida, intentaré mostrar que la función sexual, como todas las demás funciones, empieza sin sentimiento de comunidad. Comer, excretar, mirar, oír, hablar, están al principio regidos solo por las necesidades del cuerpo del niño. Las influencias educativas y culturales corrientes ayudan a las fuerzas creadoras del niño a establecer un acuerdo entre sus funciones y las exigencias de la vida social. El grado de sentimiento de comunidad que alcance el niño decidirá en qué medida se logrará este acuerdo y si el niño va a ser una ayuda o una carga. El mismo sentimiento de comunidad es valioso respecto de la función sexual, que al comienzo de la vida es una función para una persona y se expresa claramente en la masturbación. El lento desarrollo de esta función y la falta de condiciones favorables para que se convierta en función social —es decir, cuando es una tarea para dos personas de distinto sexo— obstruyen su recto desarrollo evolutivo hacia el amor y la procreación y hacia la conservación de la humanidad. El grado de sentimiento de comunidad decide la cuestión. Todas las formas de perversión y de deficiencia son variedades de la masturbación, que representa la primera fase de la función sexual. La prueba de ello puede encontrarse en el estilo de vida de todos los perversos y en el modo en que se relacionan con los problemas exteriores.
XII. Los primeros recuerdos de la infancia
Por poco que sepamos de la unidad del yo, nunca podemos librarnos de ella. Es posible analizar la vida psíquica homogénea según diversos puntos de vista, de mayor o menor valor; pueden compararse o contraponerse dos o tres concepciones espaciales destinadas a explicar el yo indivisible. Puede intentarse desplegar esta unidad a partir de lo consciente, de lo inconsciente, de lo sexual o del mundo exterior; pero al final no hay modo de eludir la necesidad de devolverla a su actividad omnicomprensiva, como quien vuelve a montar al jinete en su caballo. Con todo, el progreso hecho por el camino que abrió la psicología individual ya no puede malentenderse. El yo, a juicio de la psicología moderna, ha acreditado su valor, y créase o no que ha sido desalojado de sus cuarteles en lo inconsciente o en el «Ello», al final el «Ello» se comporta con buenos o malos modales, exactamente igual que el yo. Incluso lo llamado consciente, o el yo, está repleto de lo inconsciente o, como yo lo he llamado, de lo no comprendido, y muestra siempre grados diversos de sentimiento de comunidad. Estos hechos han ido reconociéndose cada vez más, y el psicoanálisis los ha incorporado a un sistema artificial, que ha hecho de la psicología individual «un prisionero que nunca la dejará libre».49
Se comprenderá fácilmente que, en una fase muy temprana de mis esfuerzos por arrojar luz sobre la inexpugnable unidad de la vida psíquica, tuve que contar con la función y la estructura de la memoria. Pude confirmar lo afirmado por autores anteriores: que la memoria no debe considerarse en modo alguno el lugar de acopio de impresiones y sensaciones; que las impresiones no se conservan como «mneme», sino que en la función de la memoria nos las habemos con una expresión parcial de la fuerza de la vida psíquica homogénea, del yo. El yo, como la percepción, tiene la tarea de encajar las impresiones en el estilo de vida ya acabado y de utilizarlas de acuerdo con él. Con un símil caníbal podría decirse que la tarea de la memoria es devorar y digerir las impresiones. No necesito advertir a mis lectores que no deben concluir enseguida de este símil que la memoria tiene una tendencia sádica. El proceso digestivo, sin embargo, es función del estilo de vida. Lo que no se ajusta a su paladar se desecha, se olvida o se guarda como ejemplo de advertencia. La decisión corresponde al estilo de vida. Si está ocupado en advertencias, utiliza para ello las impresiones indigeribles. Viene aquí a la memoria el rasgo de carácter de la cautela. Mucho queda a medio digerir; a veces solo se acepta una cuarta o una milésima parte. Pero el proceso puede también tomar el camino de digerir solo los sentimientos y estados de ánimo que acompañan a las impresiones. Con ellos se mezclan a veces recuerdos de palabras o de ideas, o fragmentos de ellos. Supongamos que olvido el nombre de una persona que por lo demás conozco bien. No tiene por qué ser siempre una persona que me desagrade, ni recordarme nada desagradable; y en lo que toca a su nombre y a su personalidad, pueden quedar, de momento o para siempre, fuera del interés que les ha impuesto mi estilo de vida; aun así, a menudo sé todo lo que parece importante en relación con ella. La tengo delante. Puedo situarla y decir mucho de ella. Precisamente porque no recuerdo su nombre, se destaca entera y nítida en mi campo visual consciente. Esto significa que mi memoria puede hacer desaparecer partes de la impresión total o la impresión entera, con uno de los propósitos ya descritos o con algún otro. Es una capacidad artística que corresponde al estilo de vida del individuo. Por eso la impresión en su conjunto abarca mucho más que la vivencia que se ha revestido de palabras. La apercepción individual entrega a la memoria los hechos observados que concuerdan con la disposición característica del individuo. Su idiosincrasia lo lleva a adoptar la impresión así formada, y él la dota de sentimientos y de un estado de ánimo. Tanto los sentimientos como el estado de ánimo obedecen, a su vez, a la ley de movimiento del individuo. De este proceso de digestión queda lo que queremos llamar recuerdo, ya se exprese en palabras, en sentimientos o en una actitud hacia el mundo exterior. Este proceso comprende, más o menos, lo que entendemos por función de la memoria. No existe, por tanto, una reproducción ideal y objetiva de las impresiones, independiente de la idiosincrasia del individuo. Debemos, pues, contar con hallar tantas formas de memoria como formas de estilo de vida.
Doy uno de los ejemplos más corrientes de una forma de vida determinada y de la memoria vinculada a ella, que debería ilustrar este hecho.
Un hombre se quejaba con mucha amargura de que su mujer lo olvidaba «todo». Un médico pensaría enseguida en algún trastorno orgánico del cerebro. Como en este caso eso quedaba descartado, emprendí una indagación exhaustiva del estilo de vida de la paciente, dejando provisionalmente de lado el síntoma, necesidad que muchos psicoterapeutas no reconocen. Resultó ser una persona tranquila, amable e inteligente, que había logrado casarse con un hombre dominante pese a las dificultades que le pusieron los padres de él. A lo largo de su vida matrimonial, el marido le hizo sentir su dependencia económica de él, así como su origen humilde. Ella soportaba casi siempre en silencio sus correcciones y reproches. Alguna vez ambos habían planteado la cuestión de separarse. Pero la posibilidad de un dominio ininterrumpido sobre la mujer apartaba una y otra vez al marido de dar ese paso extremo.
Era la única hija de unos padres bondadosos y cariñosos que nunca encontraron nada que reprochar a su hija. Desde niña prefería prescindir de la compañía de otros niños cuando jugaba o se ocupaba en algo. Sus padres no veían en ello nada malo, sobre todo porque se comportaba de modo irreprochable cuando se hallaba en compañía de otras niñas. Pero también en su vida matrimonial cuidaba de que ni su marido ni las exigencias sociales le estorbaran demasiado sus ratos de soledad, sus horas de lectura, su ocio, como ella lo llamaba. Su marido, en cambio, habría preferido tener más ocasiones de mostrar cuánto la superaba. Además, ella era extraordinariamente celosa en el cumplimiento de sus deberes de ama de casa. La única excepción era que dejaba de cumplir, con asombrosa frecuencia, las instrucciones de su marido.
De los recuerdos de su infancia se desprendía que siempre era sumamente feliz cuando podía cumplir sus deberes ella sola.
El estudioso experimentado de la psicología individual verá a primera vista que la forma de vida de la paciente se adaptaba muy bien a las acciones que podía llevar a cabo sola, pero no a tareas comunes como el amor y el matrimonio, que requieren dos personas para cumplirse como es debido. El marido, por sus propias idiosincrasias, no era capaz de transmitirle esa facultad. Su meta de perfección se orientaba hacia el trabajo solitario. En lo que a esto tocaba, era intachable. Y quien solo tuviera a la vista este lado de su naturaleza no habría podido descubrirle falta alguna. Pero no había sido preparada para el amor y el matrimonio. No sabía tirar en yunta. Podemos también conjeturar, por mencionar solo un detalle, que la forma de su vida sexual era… la frigidez. Y ahora podemos pasar a considerar el síntoma, que con razón dejamos al principio provisionalmente de lado. En realidad ya lo comprendemos. Su olvido era la forma levemente agresiva de su protesta contra la obligación de tomar parte en un trabajo para el que no había sido preparada y que, además, quedaba fuera de su meta de perfección.
No todo el mundo es capaz de reconocer y comprender el complicado arte de un individuo a partir de una descripción tan breve. Pero la teoría que Freud y sus discípulos (todos los cuales han de ser psicoanalizados) han intentado extraer de la psicología individual es más que dudosa; se condena a sí misma, pues da a entender que, según nuestra exposición, un paciente «solo» quiere llamar la atención y lograr que los demás se interesen más por él.
Dicho sea de paso, a menudo se plantea la cuestión de si un caso ha de considerarse fácil o difícil. A nuestro juicio, depende enteramente del grado de sentimiento de comunidad del paciente. En el caso que consideramos es fácil comprender que el error de esta mujer, su preparación imperfecta para la vida y el trabajo en común, era más fácil de remediar, puesto que había descuidado la piedra angular más importante solo por olvido, por así decirlo. Se convenció de ello y, mediante la cooperación con el médico en conversaciones amistosas, mientras el médico instruía al mismo tiempo al marido, quedó libre de su círculo encantado (Künkel lo llama en broma «círculo del diablo»; Freud, «círculo mágico»).50 También desapareció su olvido, pues se le privó de su motivo.
Estamos ahora en condiciones de comprender que todo recuerdo, en la medida en que una vivencia afecta de algún modo al individuo y no es rechazada en el acto, representa el resultado de la elaboración de una impresión por medio del estilo de vida, es decir, por el yo. Esto vale no solo para los recuerdos que se han retenido con firmeza, sino también para los imperfectos y difíciles de evocar, e incluso para los que no se expresan en palabras y solo existen como tono afectivo o como estado de ánimo. Podemos así sentar una posición relativamente importante. Implica que el observador debe llegar a conocer toda forma de movimiento psíquico, con su dirección hacia una meta de perfección, estableciendo con claridad qué corresponde, en el ámbito de la memoria, al intelecto, a la emoción y a la actitud. Como ya sabemos, el yo se expresa no solo en el lenguaje, sino también en sus emociones y en su actitud, y la ciencia de la unidad del yo debe a la psicología individual el descubrimiento del dialecto de los órganos. Mantenemos nuestro contacto con el mundo exterior con cada fibra de nuestro cuerpo y de nuestra alma. Lo que nos interesa en un caso es la manera, sobre todo la manera imperfecta, en que se mantiene ese contacto. Siguiendo este camino, hallé una tarea fascinante y valiosa en descubrir y aprovechar los recuerdos del individuo, cualquiera que fuese la forma en que se presentaban, como parte significativa de su estilo de vida. Me interesaban sobre todo los recuerdos que se tenían por los más tempranos. La razón era que arrojan luz sobre sucesos, reales o imaginados, referidos con exactitud o alterados, que están más cerca de la construcción creadora del estilo de vida en los primeros años de la infancia, y que además revelan en gran medida la elaboración de esos sucesos por el estilo de vida. No nos importa tanto aquí el contenido mismo del recuerdo, pues ha de considerarse simplemente como contenido para cualquier persona. Hemos de estimar más bien su probable tono afectivo, con la disposición de ánimo que de él resulta, y la elaboración y elección del material con que se ha formado; esto último porque nos ayudará a descubrir el interés principal del individuo, que es un ingrediente esencial de su estilo de vida. En este punto nos presta una ayuda considerable la pregunta principal de la psicología individual: ¿cuál es la meta de este individuo?, ¿qué concepción tiene de sí mismo y de la vida? Sin duda nos guían las firmes concepciones de la psicología individual acerca de la meta de perfección y del sentimiento de inferioridad (cuyo conocimiento, aunque no su comprensión, se ha extendido por el mundo entero, como reconoce Freud), y también su doctrina de los complejos de inferioridad y de superioridad. Pero todas estas concepciones estrechamente trabadas solo sirven para iluminar el campo visual en el que hemos de descubrir la ley de movimiento particular de la persona de que se trata.
Al emprender esta tarea nos vemos ante la cuestión que nos hace dudar de si no podremos equivocarnos fácilmente en nuestra interpretación de los recuerdos y de su relación con el estilo de vida, ya que las formas de expresión individuales pueden admitir varias interpretaciones. Ciertamente, quien practique la psicología individual con el arte debido nunca se equivocará en cuanto a los matices particulares. Pero aun él procurará eliminar toda clase de error. Y es muy posible hacerlo. Si ha hallado en los recuerdos la verdadera ley de movimiento de un individuo, deberá encontrar esa misma ley de movimiento en todas las demás formas de expresión. En lo que respecta al tratamiento de toda clase de fracasos, tendrá que aportar tantas pruebas de ello que también el paciente quede convencido por el peso de la evidencia. El médico mismo se convencerá, unas veces antes, otras después, según su inclinación individual. Pero no hay otra norma para estimar los fracasos de una persona, sus síntomas y su modo de vivir equivocado que una medida suficiente de recto sentimiento de comunidad.
Si ponemos el máximo cuidado y poseemos la experiencia necesaria, estamos ahora en condiciones de descubrir, sobre todo a partir de los primeros recuerdos, la dirección equivocada que ha tomado el estilo de vida y la falta o la presencia de sentimiento de comunidad. Aquí nos guía especialmente nuestro conocimiento de la falta de sentimiento de comunidad y de sus causas y consecuencias. Mucho sale a la luz cuando una situación se describe empleando con frecuencia las palabras «nosotros» y «yo». También puede sacarse mucho de la manera en que se menciona a la madre. Los recuerdos de peligros y accidentes, así como de correcciones y castigos, revelan una tendencia exagerada a fijar la atención sobre todo en el elemento hostil de la vida. El recuerdo del nacimiento de un hermano o una hermana revela la situación de destronamiento. El recuerdo de la primera entrada en el jardín de infancia o en la escuela muestra la gran impresión que producen las situaciones nuevas. El recuerdo de una enfermedad o de una muerte va unido a menudo al miedo a estos peligros y, a veces, al intento de prepararse mejor para afrontarlos haciéndose médico o enfermera, o por algún medio semejante. Los recuerdos de excursiones al campo con la madre, así como la mención afectuosa de ciertas personas, como la madre, el padre o los abuelos, muestran a menudo no solo una preferencia por personas que evidentemente han mimado al niño, sino también la exclusión de otras. Los recuerdos de fechorías, hurtos y faltas sexuales indican que se está haciendo un gran esfuerzo por excluirlos en adelante de la experiencia. A veces se descubren otras tendencias: visuales, auditivas o cinestésicas. Son muy útiles para llegar a descubrir fracasos escolares o la elección equivocada de una profesión, y pueden dar también ocasión de sugerir un oficio que se ajuste mejor a la preparación del individuo para la vida.
Uno o dos ejemplos pueden ayudar a mostrar la relación entre los primeros recuerdos y la forma de vida permanente.
Un hombre de unos treinta y dos años, el hijo mayor, mimado, de una viuda, resulta incapaz para cualquier profesión porque, en cuanto empieza a trabajar, lo asaltan graves ataques de angustia, que mejoran en cuanto vuelve a casa. Es un hombre bonachón, pero le cuesta tratar con los demás. En la escuela se ponía muy nervioso antes de cualquier examen, y a menudo faltaba a clase alegando que estaba cansado y agotado. Su madre lo cuidaba con el mayor cariño. Como solo estaba bien preparado para esta solicitud materna, era fácil conjeturar su meta de superioridad: su afán de esquivar en lo posible todos los problemas de la vida y evitar así todo error. Mientras estaba con su madre no había peligro. Su apego a la madre le daba un sello infantil, aunque físicamente no se le notaba nada infantil. Este método de refugiarse en la madre, bien probado desde niño, halló un notable apoyo cuando la primera muchacha que le gustó lo rechazó. El choque que experimentó a raíz de este suceso «exógeno» lo afirmó en su deseo de retirarse, de modo que nunca estaba a gusto si no era junto a su madre. Su primer recuerdo de la infancia era el siguiente: «Cuando tenía unos cuatro años, estaba sentado a la ventana mirando a unos obreros que construían una casa al otro lado de la calle, mientras mi madre tejía medias».
Podrá objetarse que esto es más bien insignificante. Pero no es así en absoluto. Su elección del primer recuerdo (que fuera realmente el primero o no, poco importa) nos muestra que algún interés tuvo que atraerlo hacia él. El trabajo activo de su memoria, guiado por su estilo de vida, escoge un suceso que da un fuerte indicio de su tendencia individual. El niño mimado se revela en que el recuerdo evoca una situación que incluye a la madre solícita. Pero se descubre un hecho aún más importante. Mira mientras otros trabajan. Su preparación para la vida es la de un espectador. Apenas es algo más que eso. Si se aventura más allá, siente que está al borde de un precipicio y emprende la retirada bajo el efecto del choque: el miedo a que se descubra su falta de valor. Si se le deja en casa con su madre, si se le permite mirar mientras otros trabajan, entonces no parece que le pase nada. En su línea de movimiento apunta al dominio sobre su madre como su única meta de superioridad. Por desgracia, la vida ofrece pocas perspectivas a un mero espectador. Con todo, una vez curado un paciente así, se buscará alguna ocupación en la que pueda sacar algún provecho de la mejor preparación de su facultad de ver y observar. Como comprendemos su caso mejor que el paciente, debemos intervenir activamente y hacerle comprender que, si bien puede salir adelante en cualquier oficio, si quiere aprovechar al máximo su preparación debe buscar un trabajo en el que se requiera sobre todo la observación. Emprendió con éxito un negocio de objetos de arte y antigüedades.
Con una nomenclatura deformada, Freud, sin darse cuenta, describe invariablemente los defectos de los niños mimados. El niño mimado quiere tenerlo todo, y solo con dificultad cumple las funciones normales que ha establecido la evolución. Desea a su madre en su «complejo de Edipo». (Aunque esta es una manera exagerada de describir el estado, en casos raros resulta inteligible, porque el niño mimado rechaza a cualquier otra persona.) En años posteriores tropieza con toda clase de dificultades —no a causa de la represión del complejo de Edipo, sino a causa del choque que sufre al verse ante otras situaciones— y llega a tal estado de frenesí que abriga incluso propósitos homicidas contra otras personas que se oponen a sus deseos. Como se ve con claridad, estos productos artificiales de una educación imperfecta, que mima, solo pueden aprovecharse para conocer la vida psíquica si se reconocen y se tienen en cuenta las consecuencias del mimo. Ahora bien, la vida sexual es una tarea para dos personas, que solo puede cumplirse rectamente si hay una cantidad suficiente de sentimiento de comunidad, y este es el que falta en los niños mimados. En una burda generalización, Freud se ve obligado a atribuir a instintos sádicos innatos los deseos, fantasías y síntomas que han sido alimentados artificialmente, así como la resistencia que les opone lo que queda de sentimiento de comunidad. Estos «instintos sádicos», como vemos, son consecuencias del mimo y se cultivan artificialmente en el niño en un momento posterior. Por eso es fácil comprender que el primer acto del recién nacido, beber del pecho de la madre, es cooperación, y es tan placentero para la madre como para el niño. No es canibalismo ni prueba de instintos sádicos heredados, como se figura Freud, apuntalando su teoría preconcebida. La gran variedad de las formas de vida humana desaparece en la oscuridad de la concepción freudiana.
Otro ejemplo mostrará la utilidad de nuestro conocimiento de los primeros recuerdos de la infancia. Una muchacha de dieciocho años vivía en perpetua riña con sus padres. Querían que siguiera estudiando, pues le había ido muy bien en la escuela. Pero ella se negaba porque, según se vio, tenía miedo al fracaso, ya que no había sido la primera en el examen escolar. Su primer recuerdo de la infancia era el siguiente. A los cuatro años había visto en una fiesta infantil a otra niña jugando con una pelota enorme. Como era una niña muy mimada, nada la conformaba sino tener una pelota igual. Su padre recorrió toda la ciudad para conseguir una, pero no lo logró. Le dieron a la niña una pelota más pequeña, pero ella la rechazó con gritos y lágrimas. Solo cuando su padre le explicó que todo su esfuerzo había sido en vano se calmó y aceptó la pelota más pequeña. De este recuerdo pude concluir que a esta muchacha se la podía influir con explicaciones amistosas; se la podía convencer de su ambición egoísta, y logré curarla.
El caso siguiente muestra lo oscuros que pueden ser a menudo los caminos del destino. Un hombre de cuarenta y dos años se volvió impotente tras muchos años de matrimonio con una mujer diez años mayor que él. Desde hacía dos años apenas hablaba con su mujer ni con sus dos hijos. Aunque en años anteriores había tenido un éxito moderado en sus negocios, desde entonces los había descuidado y había sumido a su familia en una situación lamentable. Era el hijo predilecto de su madre y estaba muy mimado. Cuando tenía tres años nació una hermana. Poco después (la llegada de la hermana era su primer recuerdo) empezó a mojar la cama. Y, como suele ocurrir entre los niños mimados, de niño tenía sueños aterradores. No cabe duda de que la enuresis y la angustia nacieron de intentos de deshacer su destronamiento; y a este respecto no debemos pasar por alto que la enuresis era también expresión de una acusación, quizá algo más: de un acto de venganza contra su madre. En la escuela era un niño buenísimo. Recordaba la única ocasión en que se había visto envuelto en una pelea, con otro chico que lo había insultado. El maestro dijo que le asombraba que un niño tan bueno pudiera dejarse llevar como él lo había hecho.
Comprendemos que había sido entrenado para esperar una atención exclusiva, y que su meta de superioridad consistía en ser preferido a los demás niños. Si esto no ocurría, adoptaba medidas en parte acusadoras y en parte vengativas, aunque ni él ni los demás comprendían el motivo de sus actos. Buena parte de su meta de perfección, teñida de egoísmo, consistía en no querer que se le tuviera por un niño malo. Según dijo él mismo, se había casado con una muchacha mayor que él porque lo trataba como una madre. Como ella tenía ahora más de cincuenta años y estaba más absorbida que nunca por el cuidado de los hijos, él rompió todo trato con ellos de un modo aparentemente no agresivo. Su impotencia, como dialecto de los órganos, estaba ligada a esta ruptura. Ahora se comprende bien por qué en los primeros años de su infancia, cuando cesó el mimo al nacer su hermana, practicaba constantemente la acusación, menos visible pero no menos eficaz, de mojar la cama.
Un hombre de treinta años, el mayor de dos hijos, tuvo que cumplir una condena de prisión bastante larga por repetidos robos. Sus primeros recuerdos procedían de su tercer año, el periodo posterior al nacimiento de su hermano menor. Decían así: «Mi madre siempre prefería a mi hermano. Ya de pequeño me escapaba de casa. A veces, empujado por el hambre, robaba cosillas en casa y fuera. Mi madre me castigaba terriblemente. Pero yo volvía a escaparme siempre. Fui a la escuela hasta los catorce años, pero no pasé de alumno mediocre; no quería aprender más y vagaba solo por las calles. Estaba harto de mi casa. No tenía amigos y nunca encontré una chica que me quisiera, aunque siempre lo deseé. Quería ir a salones de baile y hacer amistades allí, pero no tenía dinero. Entonces robé un automóvil y lo vendí muy barato. Después empecé a robar a mayor escala, hasta que finalmente me metieron en la cárcel. Quizá habría elegido otro modo de vida si no me hubiera asqueado mi casa, donde no recibía más que insultos. Pero a mis robos me animó un perista en cuyas manos caí y que me incitaba a robar».
Ya he llamado la atención sobre el hecho de que en la mayoría de los casos se encuentra que los delincuentes fueron mimados de niños o anhelaban serlo. Igual de importante es el hecho de que en su infancia puede percibirse una mayor actividad, que, sin embargo, no debe confundirse con el valor. La madre era capaz de mimar a un niño, como muestra su manera de tratar al hijo menor. De la actitud amargada de este hombre tras el nacimiento de su hermano menor podemos concluir que también él había sido mimado. Las vicisitudes de su vida posterior tuvieron su origen en su queja amargada contra su madre y en aquella actividad para la que, a falta de un grado suficiente de sentimiento de comunidad (sin amigos, sin oficio, sin amor), no halló otra salida que el delito. Poder presentarse ante el público, como han hecho recientemente ciertos psiquiatras, con la teoría de que el delito es un autocastigo unido al deseo de ir a la cárcel, delata en verdad una falta de pudor intelectual, sobre todo cuando va unido a un abierto desprecio del sentido común y a ataques insultantes contra nuestras experiencias bien fundadas. Dejo al lector que decida si tales opiniones nacen o no del espíritu de niños mimados y repercuten en el ánimo de otros niños mimados entre el público.
XIII. Situaciones de la infancia que obstaculizan la vida social, y su remedio
Cuando buscamos las situaciones que predisponen e inducen al niño a tomar el camino equivocado, tropezamos una y otra vez con aquellos problemas difíciles que ya he descrito como los más importantes. Tienden a dificultar el desarrollo del sentimiento de comunidad, y por eso en muchísimos casos resultan también un obstáculo para él. Tales problemas son el mimo, las inferioridades orgánicas congénitas y el abandono. Los efectos de estos factores varían no solo en su extensión y en su grado, ni difieren únicamente en su duración, contada desde el comienzo hasta el final de su acción, sino sobre todo en la agitación casi incalculable y en el sentimiento de responsabilidad que despiertan en el niño. La actitud del niño ante estos factores depende no solo de su manera de proceder por tanteo, sino mucho más, como puede demostrarse, de su energía de crecimiento y de su fuerza creadora. Esta fuerza creadora forma parte del proceso vital, y su despliegue en nuestra civilización, que a la vez reprime y alienta al niño, es también un factor casi incalculable, cuya intensidad solo puede juzgarse por sus consecuencias. Si queremos avanzar algo más por la vía de la conjetura, hemos de tener a la vista una cantidad inmensa de hechos: peculiaridades familiares, la luz, el aire, la estación del año, el ruido, el contacto con otras personas más o menos adecuadas, el clima, la naturaleza del suelo, la alimentación, el sistema endocrino, la constitución muscular, el ritmo del desarrollo orgánico, el estadio embrionario y mucho más, como la ayuda y los cuidados que prestan las personas que tienen el niño a su cargo. En esta desconcertante multitud supondremos probablemente que estos factores son unas veces favorables y otras perjudiciales. Nos contentaremos con tener presentes, con gran cautela, las probabilidades estadísticas de cada caso, sin negar la posibilidad de resultados divergentes. Corremos mucho menos riesgo de equivocarnos si adoptamos el método de observar los resultados, en los que es probable que se produzca alguna variación. Saldrá entonces a la luz la fuerza creadora del niño, y tendremos amplia ocasión de estimarla en la mayor o menor actividad que despliegan el cuerpo y el espíritu.
Pero no debemos pasar por alto que la inclinación del niño a la cooperación se pone a prueba desde el primer día. Se reconoce claramente la inmensa importancia de la madre a este respecto. Ella está en el umbral del desarrollo del sentimiento de comunidad. A su cuidado está confiada la herencia biológica del sentimiento de comunidad humano. Puede fortalecer o estorbar el contacto con la ayuda que presta al niño en las cosas pequeñas, al bañarlo, al proporcionarle todo lo que necesita un lactante desvalido. Su relación con el niño, su saber y su aptitud son factores decisivos. No hemos de olvidar que también en esto la evolución humana, en sus logros más altos, puede establecer un equilibrio, y que el niño mismo puede vencer los obstáculos que haya, imponiendo el contacto con gritos y obstinación. Porque también en la madre vive y obra la herencia biológica del amor materno, porción invencible del sentimiento de comunidad. Puede verse obstruida por condiciones adversas, preocupaciones excesivas, desengaños, enfermedad y sufrimiento, por una notable falta de sentimiento de comunidad y sus consecuencias; pero la herencia evolutiva del amor materno suele ser tan fuerte en los animales y en los seres humanos que vence fácilmente a los instintos del hambre y del sexo. Puede admitirse sin dificultad que el contacto con la madre es de la mayor importancia para el desarrollo del sentimiento de comunidad humano. Si renunciáramos a servirnos de esta palanca omnipotente del desarrollo humano, nos veríamos en grandes apuros para hallarle un sustituto que fuera la mitad de eficaz, aparte de que el sentido materno del contacto, como patrimonio evolutivo que no puede perderse, se opondría implacablemente a su destrucción. Probablemente debemos al sentido materno del contacto la mayor parte del sentimiento de comunidad humano, y con él la continuidad esencial de la civilización humana. Ciertamente, el amor materno es hoy con frecuencia insuficiente para las necesidades de la comunidad. En un futuro lejano el uso de este patrimonio estará mucho más de acuerdo con el ideal social. Porque el vínculo entre la madre y el hijo es con frecuencia demasiado débil y, con más frecuencia aún, demasiado fuerte. En el primer caso el niño puede recibir desde el principio una impresión de la hostilidad de la vida y, a consecuencia de experiencias semejantes, hacer de este sentido la plomada de su vida.
Como he comprobado con bastante frecuencia, en estos casos basta incluso un contacto mejor con el padre (no con los abuelos) para compensar este defecto. Puede afirmarse que, por regla general, el mejor contacto de un niño con el padre indica que ha habido un fracaso por parte de la madre, y casi siempre significa una segunda fase en la vida de un niño que, con razón o sin ella, se ha sentido decepcionado por la madre. El contacto más estrecho que a menudo tienen las niñas con el padre y los niños con la madre no puede atribuirse a la sexualidad. Este hecho debe examinarse a la luz de lo que se acaba de decir. Hay que señalar aquí dos puntos. Los padres muestran a menudo un sentimiento de ternura hacia sus hijas, igual que suelen hacerlo hacia todas las muchachas y mujeres; y tanto las niñas como los niños, que se preparan para su vida futura en todos sus juegos,51 hacen también esta misma preparación lúdica en su actitud hacia el progenitor del otro sexo. He comprobado que el instinto sexual entra a veces también en juego, aunque desde luego no de la manera exagerada que pinta Freud, en el caso de niños muy mimados que quieren restringir todo su desarrollo al círculo familiar o, más estrechamente aún, a un apego exclusivo a una sola persona que los mima. El deber imperioso de la madre, desde el punto de vista del desarrollo histórico y de la sociedad, es hacer del niño, lo antes posible, un compañero, un semejante que presta ayuda de buen grado y de buen grado se deja ayudar cuando sus fuerzas no están a la altura de su tarea. Podrían escribirse volúmenes sobre el niño «bien templado». Aquí hemos de contentarnos con señalar que el niño debe sentirse miembro de pleno derecho en el hogar, interesándose cada vez más por su padre, sus hermanos y sus hermanas, y pronto también por todas las demás personas. Así dejará pronto de ser una carga y se convertirá en un compañero. Pronto se sentirá en casa y desarrollará el valor y la confianza que nacen de su contacto con el entorno. Las molestias que cause, intencionadamente o no, por errores funcionales como mojar la cama, la retención de las heces o las dificultades para comer no debidas a enfermedad, se convertirán en problemas que tanto él como quienes lo rodean podrán resolver, aparte de que estos trastornos no aparecerán si su inclinación a cooperar es lo bastante fuerte. Lo mismo vale para chuparse el dedo, morderse las uñas, meterse los dedos en la nariz y tragar bocados demasiado grandes. Todos estos rasgos aparecen solo cuando el niño se niega a desempeñar su papel y no acepta su educación cultural. Se ven casi exclusivamente en niños mimados, y su fin es obligar a quienes los rodean a ser más activos y a esforzarse más por ellos. Van además siempre unidos a una obstinación abierta o encubierta, y son signos claros de un sentimiento de comunidad imperfecto. Hace mucho que llamé la atención sobre estos hechos. Si Freud intenta hoy mitigar la concepción fundamental de su doctrina, la sexualidad universal, esta corrección se debe en gran medida a las experiencias de la psicología individual. La opinión, mucho más reciente, de Charlotte Bühler sobre una fase «normal» de obstinación52 ha de ponerse desde luego en consonancia con nuestras experiencias. De la estructura que acabamos de describir se sigue que los defectos de la infancia están ligados a rasgos de carácter como la obstinación, los celos, el amor propio, la falta de sentimiento de comunidad, la ambición egoísta, el deseo de venganza, etc., y estos rasgos se ven unas veces con más claridad y otras con menos. Esto corrobora también nuestra concepción del carácter como una línea directriz hacia la meta de superioridad. Es un reflejo del estilo de vida, una actitud social que no es innata, sino que se completa al mismo tiempo que la ley de movimiento que el niño se ha formado. Las características de los niños mimados, incapaces de privarse de ningún deseo ni de ningún goce, se muestran en su aferrarse a los placeres, probablemente insignificantes, de la retención de las heces, de chuparse el dedo, del juego infantil con los genitales, etc., que posiblemente se inician a veces con el fin de librarse de ciertas sensaciones de cosquilleo.
La personalidad del padre constituye otro recodo peligroso en el desarrollo del sentimiento de comunidad. La madre no debe privarlo de la oportunidad de crear con el niño una relación lo más duradera posible. Él puede fácilmente fracasar en ello cuando hay mimo, cuando el sentimiento de comunidad es imperfecto o cuando el niño le tiene antipatía. No hay que presentarlo como la persona que amenaza y castiga, y él debe dar al niño bastante de su tiempo y de su afecto para asegurarse de no quedar relegado a un segundo plano. Podría citar otros actos del padre especialmente perjudiciales: que intente desplazar a la madre con un afecto excesivo, que introduzca un régimen severo para corregir el mimo de la madre, empujando así al niño más hacia ella, o que pretenda imponer al niño su autoridad y sus principios. Con esto último podrá conseguir sumisión, pero nunca cooperación ni sentimiento de comunidad. En nuestra época apresurada, las comidas ofrecen una ocasión especial para cultivar la vida en común. Un ambiente agradable en la mesa es indispensable. Las lecciones de urbanidad en la mesa deben darse lo menos posible. Si se observa esta regla, los resultados serán mejores. En la mesa deben evitarse las críticas, los arrebatos de ira y el mal humor, y tampoco hay que entregarse a la lectura ni a cavilaciones. Tampoco es el momento de pedir cuentas a los niños por sus fracasos escolares o por otras faltas. Además, debe procurarse que las comidas se hagan en común; esto me parece aplicarse especialmente al desayuno. Es importante que los niños tengan completa libertad para hablar y hacer preguntas. Reírse de los niños, burlarse de ellos o ponerles a otros niños como ejemplo de buena conducta dañará el sentido del contacto y puede provocar reserva, timidez o algún otro sentimiento agudo de inferioridad. No hay que recordar a los niños su pequeñez ni su falta de conocimientos y de capacidad. Debe dejárseles el camino libre para un entrenamiento en el valor. Déseles libertad cuando muestren interés por algo y no se les quite todo de las manos; dígaseles siempre que solo el comienzo es difícil y, ante los peligros, no se muestre una angustia excesiva, sino tómense las precauciones debidas y ofrézcase suficiente protección. El nerviosismo de los padres, las disputas domésticas, los desacuerdos sobre la educación pueden estorbar fácilmente el desarrollo del sentimiento de comunidad. Debe evitarse en lo posible apartar a los niños de manera demasiado perentoria de la compañía de los mayores. El elogio o la censura deben recaer sobre el éxito o el fracaso en el entrenamiento, y no sobre la personalidad del niño.
También la enfermedad puede convertirse en un obstáculo peligroso para el desarrollo del sentimiento de comunidad. Como otras dificultades, es más peligrosa cuando se presenta en los cinco primeros años de la vida del niño. Ya nos hemos referido a la importancia de las inferioridades orgánicas innatas y hemos mostrado que, estadísticamente, han resultado ser males que conducen en una dirección equivocada y se convierten en obstáculos para el sentimiento de comunidad. Lo mismo vale para las enfermedades tempranas, como el raquitismo, que perjudican el desarrollo físico, aunque no el mental, y pueden además dar lugar a deformidades más o menos graves. Entre las demás enfermedades de la primera infancia, las que más probablemente dañan el sentimiento de comunidad son aquellas en que la angustia y los cuidados de las personas que rodean al niño le dan un gran sentimiento de su propio valor personal sin que él aporte nada. A esta categoría pertenecen la tos ferina, la escarlatina, la encefalitis y la corea. Cuando han seguido su curso, a menudo sin daño grave, se encontrará que el niño es «difícil», porque, aun después de curado, seguirá luchando por que continúe el mimo. Incluso en los casos en que quedan secuelas físicas, será prudente no atribuir a ellas el empeoramiento de la conducta del niño, sino dejar las cosas como están. He observado que, aun en casos en que se habían diagnosticado erróneamente una afección cardíaca o una enfermedad de los riñones, la dificultad de educar al niño no desaparecía después de descubrirse el error y de establecerse una salud completa. El amor propio, con todas sus consecuencias, y en especial con su falta de sentimiento de comunidad, seguía existiendo. La angustia, la preocupación y las lágrimas no ayudan al niño enfermo; lo inducen a encontrar una ventaja en su enfermedad. Huelga decir que todo lo que perjudique al niño y pueda corregirse debe mejorarse y remediarse lo antes posible, y que en ningún caso debe suponerse que el niño «se curará con la edad» de sus defectos. También al tratar de prevenir la enfermedad debemos procurar, en la medida en que nuestros medios lo permitan, hacerlo sin volver tímido al niño ni impedirle entrar en contacto con otras personas.
Cargar a un niño con cosas que exigen demasiado de sus recursos físicos o mentales puede fácilmente llevarlo a adoptar una actitud contraria al contacto con la vida, al causarle dolor o agotamiento. La enseñanza del arte y de la ciencia debe darse de acuerdo con el grado de capacidad del niño para recibirla.53 Por la misma razón hay que poner fin a la insistencia fanática de muchos pedagogos en la explicación de los hechos sexuales. El niño debe recibir una respuesta cuando pregunta o parece preguntar sobre estas cuestiones, pero hay que estar seguro de que es capaz de asimilar la información que se le da. En todos los casos, sin embargo, debe instruírsele pronto sobre la igualdad de valor de los sexos y sobre su propio papel sexual. De lo contrario, como admite también Freud, el niño puede hoy, a consecuencia de nuestra atrasada civilización, formarse la idea de que la mujer tiene una condición inferior. Esto puede fácilmente conducir, en el caso de los muchachos, a una actitud arrogante, con todas sus consecuencias antisociales, y en el de las muchachas, a la «protesta masculina» que describí en 1912.54 Los resultados serán aquí igual de malos: a la duda sobre el propio sexo seguirá una preparación imperfecta para el verdadero papel sexual, y esto puede conducir a toda clase de consecuencias desastrosas.
La posición del niño respecto de los demás miembros de la familia causa ciertas dificultades. La primacía de uno de los hermanos en la primera infancia, se subraye o no, repercute a menudo en perjuicio de alguno de los otros. Con asombrosa frecuencia se encuentran los fracasos de un niño junto a los éxitos de otro. La mayor actividad que muestra uno puede provocar una actitud pasiva en el otro; el éxito del uno puede causar el fracaso del otro. Se ve a menudo el notable efecto que tienen los fracasos tempranos en la vida posterior de un niño. Del mismo modo, la preferencia por uno de los hijos, a menudo difícil de evitar, puede perjudicar a alguno de los otros, porque le provoca un agudo sentimiento de inferioridad con todas las formaciones posibles de un complejo de inferioridad. La estatura, la belleza o la fuerza de uno pueden hacer sombra al otro. En tales casos no hay que pasar por alto los hechos que he sacado a la luz sobre la posición del niño en la constelación familiar.
Sobre todo debemos librarnos de la superstición de que la situación dentro de la familia es la misma para cada uno de los hijos. Sabemos ya que, aun cuando toda la familia tenga el mismo entorno y la misma educación, el niño utilizará su influencia de la manera que convenga al propósito de su capacidad creadora. Veremos cuán distintos son los efectos del entorno en cada niño. Parece también probado que los hijos de una misma familia no presentan ni los mismos genes ni las mismas variaciones fenotípicas. Aun en el caso de los gemelos univitelinos crece cada vez más la duda de que posean la misma constitución física y psíquica.55
Desde hace mucho tiempo la psicología individual se ha fundado en el hecho de una constitución física congénita, pero ha demostrado que la «constitución psíquica» solo aparece en los tres a cinco primeros años de la vida del niño. El niño lo hace formando el prototipo psíquico. Este contiene ya en sí la ley de movimiento permanente del individuo y debe su forma de vida a la energía creadora del niño, que utiliza como material la herencia y las influencias del entorno. Solo esta concepción me permitió presentar las diferencias entre los miembros de una familia como aproximadamente típicas de todas las familias, aunque cada caso individual tiene sus variaciones. Considero resuelto mi problema al mostrar que en la forma de vida de cada niño está impresa la huella de su posición en el orden de los hermanos. Este hecho arroja viva luz sobre el problema del desarrollo del carácter. Porque, si es cierto que determinados rasgos de carácter están en armonía con la posición del niño en el orden de los hermanos, poco fundamento queda para defender la naturaleza hereditaria del carácter o para derivarlo de la zona anal o de cualquier otra.
Además, podemos comprender fácilmente cómo un niño, a consecuencia de su posición en la familia, adquiere una individualidad determinada. Las dificultades del hijo único son más o menos conocidas. Creciendo entre adultos, cuidado en la mayoría de los casos con excesiva solicitud, con unos padres siempre angustiados por él, aprende muy pronto a considerarse la figura central y a comportarse en consecuencia. La enfermedad o la debilidad de uno de los padres agrava a menudo la dificultad de la situación. Con más frecuencia aún, los conflictos conyugales y los divorcios crean en el hogar un ambiente que influye perjudicialmente en el sentimiento de comunidad del niño. Como he señalado, se encuentra a menudo que ha habido una protesta, por lo común de origen neurótico, por parte de la madre contra la idea de tener otro hijo. Esta protesta va unida en la mayoría de los casos a un cuidado exagerado del hijo único y, en consecuencia, a su completa esclavización. En la vida posterior se encuentra a estos niños (con variaciones individuales) mostrando todas las gradaciones entre una sujeción soportada con una protesta secreta y un ansia excesiva de dominio exclusivo. Son puntos doloridos que empiezan a sangrar y a manifestarse activamente tras el contacto con un problema exógeno. En muchos casos resultará perjudicial un apego a la familia que impida el contacto con los de fuera.
Cuando hay más de un hijo, el primogénito se encuentra en una situación especial que no vive ninguno de los demás. Durante un tiempo es hijo único y recibe todas sus impresiones como tal. En momentos variables, más tarde, es «destronado». Esta expresión pintoresca, que elegí yo, expresa el cambio de situación con tanta exactitud que también autores posteriores, cuando se ocupan como es debido de un caso semejante, por ejemplo Freud, no pueden privarse de usarla. El tiempo que transcurre entre el nacimiento y este «destronamiento» tiene cierta importancia por el efecto que produce y por la elaboración que el niño hace de ese efecto. Si pasan tres años o más, encuentra su lugar en el estilo de vida ya establecido y recibe la reacción correspondiente. Por regla general, los niños mimados sienten este cambio con tanta fuerza como el destete del pecho materno. He de dejar claro, sin embargo, que basta incluso un intervalo de un solo año para dejar huellas visibles del destronamiento en toda la vida del niño. A este respecto hay que tener en cuenta también el espacio de movimiento en la vida que ya ha adquirido el primogénito y la restricción que en él ha causado la llegada del segundo hijo. Es evidente que hay que considerar un gran número de factores si queremos llegar a un conocimiento más íntimo de esta situación.
Hay que advertir además, sobre todo, que cuando el intervalo no es demasiado grande todo el proceso es «sin palabras» y se lleva a cabo sin expresarse en conceptos; por eso no es susceptible de corrección por experiencias posteriores, sino solo por el conocimiento de la conexión que aporta la psicología individual. Estas impresiones sin palabras, tan frecuentes en la primera infancia, las interpretan de otro modo Freud y Jung cuando las encuentran en cualquier momento. No las consideran experiencias, sino, según sus respectivas opiniones, instintos inconscientes o una herencia social atávica de lo inconsciente. Los impulsos de odio, sin embargo, o los deseos de muerte que encontramos de vez en cuando son productos artificiales de un entrenamiento incorrecto del sentimiento de comunidad. Los conocemos bien, pero solo los encontramos en niños mimados, y a menudo van dirigidos contra el segundo hijo. Estados de ánimo y malhumores semejantes se encuentran en los hijos que vienen después, sobre todo en los que han sido mimados. El primogénito, sin embargo, cuando ha sido más mimado, lleva ventaja sobre los demás hijos por su posición excepcional, y por regla general siente su destronamiento con más intensidad. Pero pueden observarse fenómenos semejantes en los hijos que ocupan un lugar posterior en el orden de los hermanos. Dan lugar fácilmente a un complejo de inferioridad y bastan para probar que la idea de que un trauma del nacimiento algo más grave de lo habitual cause los fracasos del primogénito ha de relegarse al reino de las fábulas. Es una suposición vaga a la que solo pueden aferrarse quienes no conocen la psicología individual. Es fácil comprender también que la protesta del primogénito contra su destronamiento adopte muy a menudo la forma de una inclinación a reconocer como justificada cualquier autoridad establecida y a ponerse de su parte. Esta inclinación da a veces al primogénito un carácter claramente «conservador», no en sentido político, sino en relación con los hechos de la vida diaria. Encontré un ejemplo notable de ello en la biografía de Theodor Fontane. No se nos podrá acusar de hilar demasiado fino si vemos el rasgo de sumisión a la autoridad también en la personalidad de Robespierre, pese al papel dirigente que desempeñó en la Revolución. Pero, puesto que la psicología individual se opone a las reglas fijas, debe tenerse presente que el factor decisivo no es la posición en el orden de los hermanos, sino la situación que de ella resulta. De ahí que el retrato psíquico del primogénito pueda aparecer incluso en un niño que ocupa un lugar posterior en el orden de los hermanos, si de algún modo su atención se dirige más a otro que lo sigue y si reacciona ante esa situación. Tampoco debe pasarse por alto que un segundo hijo puede asumir a veces el papel del primogénito, como, por ejemplo, en el caso en que el primogénito es débil mental y por eso no entra en consideración como parte de la situación normal. Un buen ejemplo se encuentra en el carácter de Paul Heyse, que adoptó una actitud casi paternal hacia su hermano mayor y fue en la escuela el brazo derecho de su maestro. Pero en todos los casos tendremos a mano un método de investigación si examinamos con cuidado la forma de vida de un primogénito y no olvidamos que el segundo le pisa los talones. El hecho de que a veces logre escapar de esta situación tratando al segundo hijo de manera paternal o maternal no es sino una variante de su lucha por la supremacía.Un problema especial parece surgir con mucha frecuencia en el caso de los primogénitos varones a los que sigue una hermana a no mucha distancia en el tiempo. Su sentimiento de comunidad sufre a menudo graves daños. La razón es sobre todo que las niñas, en los diecisiete primeros años de su vida, crecen más deprisa que los niños, tanto en cuerpo como en espíritu, y por eso pisan más de cerca los talones al que marca el paso. A menudo la razón es también que el muchacho mayor no solo trata de imponerse sobre la base de su primacía natural, sino que se esfuerza por sacar una ventaja indebida de su papel masculino, mientras que la niña, bajo la influencia de la opresión cultural de nuestros días, desarrolla un pronunciado sentimiento de inferioridad y avanza con vigor. Muestra así un entrenamiento más a fondo, que a menudo le da rasgos marcados de mayor energía. Esto es, también en el caso de otras muchachas, el preludio de la «protesta masculina».56 En el desarrollo de las muchachas puede tener un gran número de consecuencias, buenas y malas; comprenden toda clase de excelencias y defectos humanos, sin excluir el rechazo del amor y la homosexualidad. Freud se ha servido de este descubrimiento de la psicología individual y lo ha encajado en su esquema sexual con el nombre de «complejo de castración», sosteniendo que es simplemente la falta del órgano genital masculino lo que crea ese sentimiento de inferioridad cuya estructura ha descubierto la psicología individual. Recientemente, sin embargo, ha dado algún ligero indicio de que le queda cierto interés por el lado social del problema. El hecho de que el primogénito se haya considerado casi siempre el representante de la familia y de su tradición conservadora prueba una vez más que la capacidad intuitiva se basa en la experiencia.
En cuanto a las impresiones bajo las cuales el segundo hijo esboza su ley de movimiento, creada por él mismo, se encuentran principalmente en el hecho de que tiene siempre delante a otro niño que no solo está más adelantado en su desarrollo, sino que además, en la mayoría de los casos, le disputa la pretensión de igualdad conservando la supremacía. Estas impresiones faltan cuando la diferencia de edad es grande, y son tanto más fuertes cuanto menor es esa diferencia. Pueden ser muy opresivas cuando el segundo hijo siente que al primogénito no se le puede vencer. Casi desaparecen cuando el segundo sale victorioso desde el principio, ya se deba su victoria a la inferioridad del hermano mayor o a que este es menos querido. En casi todos los casos, sin embargo, puede observarse en el segundo hijo un empuje hacia delante más vigoroso, que se manifiesta en su mayor energía o en su temperamento más impetuoso. Esto puede emplearse en favor del sentimiento de comunidad o puede desembocar en un fracaso. Tenemos que averiguar si está principalmente bajo la impresión de que corre una carrera en la que su hermano mayor participa de vez en cuando, o si no siente que va siempre a toda máquina. Cuando los sexos son distintos, la rivalidad puede hacerse más aguda, en algunos casos incluso sin causar un daño esencial al sentimiento de comunidad. Hay que tener en cuenta también la belleza de uno de los hijos. Del mismo modo, el mimo de uno de dos hijos puede parecerle grave al otro, aunque la diferencia en la atención de los padres no le parezca muy evidente a un observador. Si uno de ellos es un fracaso manifiesto, el otro puede a menudo prometer un éxito, aunque a veces resulta no ser así cuando empieza la vida escolar o se llega a la pubertad. Si uno de los dos hijos recibe un aprecio marcado, el otro puede fácilmente convertirse en un fracaso. A menudo se cree que los gemelos del mismo sexo tienen disposiciones semejantes porque hacen siempre lo mismo, sea bueno o malo; pero en este caso no hay que pasar por alto que uno de ellos va a remolque del otro. También en el caso del segundo hijo tenemos ocasión de sorprendernos de la capacidad intuitiva, que se adelanta al entendimiento y es evidentemente producto de la evolución. En la Biblia sobre todo se pone admirablemente de manifiesto, en la historia de Jacob y Esaú, el hecho del segundo hijo que quiere asaltar el cielo, aunque no podemos suponer que hubiera conocimiento alguno de este hecho. El anhelo de Jacob por la primogenitura, su lucha con el ángel («No te dejaré, si no me bendices»), su sueño de una escala que llegaba al cielo, muestran claramente la rivalidad del segundo hijo. Incluso a quienes no se inclinen a compartir mi opinión no puede dejar de impresionarles mucho encontrar una y otra vez, a lo largo de toda su vida, el desdén de Jacob por el primogénito. Lo mismo se ve en su perseverante cortejo de la segunda hija de Labán, en la escasa esperanza que pone en su propio primogénito y en que da la bendición mayor al segundo hijo de José cruzando las manos.
La mayor de dos hijas de una familia se convirtió en una niña rebelde hasta el desenfreno después del nacimiento de su hermana menor, cuando ella tenía tres años. La segunda hija «adivinó» que le convenía ser una niña dócil, y de este modo se hizo sumamente querida. Cuanto más querida se hacía, más se enfurecía la mayor, que mantuvo su actitud de protesta furiosa hasta edad bien avanzada. La hermana menor, acostumbrada a ser superior en todo, sufrió un choque cuando la superaron en la escuela. Su experiencia escolar y, en años posteriores, su encuentro con los tres problemas de la vida la obligaron a establecer su retirada desde el punto que era peligroso para ella. Al mismo tiempo, a consecuencia de su continuo miedo a la derrota, se vio forzada a construir su complejo de inferioridad en la forma del «movimiento vacilante», como lo he llamado. Así quedaba, sin duda, en cierta medida protegida de todas las derrotas. Unos sueños repetidos en los que llegaba demasiado tarde a una estación de ferrocarril mostraban la fuerza de su estilo de vida, presente incluso en sus sueños para entrenarla a desaprovechar las ocasiones. Ningún ser humano, sin embargo, puede hallar reposo en el sentimiento de inferioridad. La lucha por una meta de perfección, ordenada por la evolución a todo ser vivo, no descansa, y encuentra un camino de avance, ya en la dirección del sentimiento de comunidad, ya en mil variantes opuestas a él.
La variante que se impuso a nuestra segunda hija y que, tras algunos tanteos, le resultó útil adoptó la forma de una neurosis compulsiva de lavado. Esta compulsión a lavar su persona, su ropa y sus utensilios, sobre todo cuando otras personas se le acercaban, le cerraba el camino al cumplimiento de sus tareas; le servía también para matar el tiempo que así le quedaba libre, y el tiempo es el principal enemigo del neurótico. De este modo había adivinado, sin poder comprenderlo, que había superado a todas las demás personas mediante el ejercicio exagerado de una función cultural que antes la había hecho querida. Solo ella estaba limpia; todas las demás personas y todo lo demás estaban sucios. No necesito decir nada más sobre su falta de sentimiento de comunidad, falta que se daba en una niña aparentemente tan buena, hija de una madre excesivamente mimadora. Ni necesito añadir que su curación solo fue posible mediante un fortalecimiento de su sentimiento de comunidad.Mucho podría decirse del hijo menor de una familia. También él se encuentra en una situación fundamentalmente distinta de la de los demás miembros. Nunca es hijo único, como lo es por algún tiempo el mayor. No tiene, en cambio, a nadie detrás, como todos los demás hijos. Tampoco tiene un solo predecesor, como el segundo, sino a menudo varios. En la mayoría de los casos lo miman unos padres ya entrados en años, y se encuentra en la embarazosa situación de que se le considera el más pequeño y el más débil, y por regla general no se le toma en serio. Su suerte, en conjunto, no es desdichada. Y a diario se ve espoleado en su lucha por la superioridad sobre los que van delante de él. En muchos aspectos su posición se parece a la del segundo hijo de la familia. Es una situación a la que pueden llegar otros hijos que ocupan una posición distinta en el orden de los hermanos si surgen rivalidades semejantes. Su fuerza se muestra a menudo en sus intentos de superar al resto de sus hermanos y hermanas en los más diversos grados de sentimiento de comunidad. Su debilidad se ve a menudo en que elude la lucha directa por la superioridad (y esto parece ser la regla en el caso del mimo excesivo) y busca alcanzar su meta en otro plano, en otra forma de vida, en otra profesión. Cuando examinamos el funcionamiento de la vida psíquica con el ojo del psicólogo individual experimentado, nos asombra una y otra vez advertir con qué frecuencia este llega a ser el destino del hijo menor. Si la familia se compone de comerciantes, el menor se hace poeta o músico. Si los demás miembros de la familia son intelectuales, el menor adopta una profesión industrial o comercial. A este respecto hay que tener en cuenta las limitadas oportunidades de las muchachas en nuestra muy imperfecta civilización.
En cuanto a las características del hijo menor, mis referencias al José de la Biblia han llamado la atención de todos. Sé tan bien como cualquiera que Benjamín era el hijo menor de Jacob. Pero nació diecisiete años después de José y en su mayor parte le fue desconocido. No tuvo ninguna influencia en el desarrollo de José. Todos los hechos son bien conocidos: cómo este muchacho andaba entre sus laboriosos hermanos soñando con su futura grandeza, cuán amarga era la ira de estos por sus sueños de enseñorearse de ellos y del mundo y de ser como Dios. A esto se añadía sin duda también la preferencia que su padre le mostraba. Pero se convirtió en el pilar de su familia y de su tribu y, mucho más que eso, en uno de los salvadores de la civilización. En cada uno de sus actos y en sus obras vemos la grandeza de su sentimiento de comunidad.
La intuición popular ha ofrecido muchos ejemplos semejantes. Otros muchos se encuentran también en la Biblia, por ejemplo Saúl, David, etc. Los encontramos asimismo en los cuentos de hadas de todas las épocas y pueblos. Cuando en estas leyendas hay un hijo menor, puede darse por seguro que será el vencedor. Además, basta mirar en torno a la sociedad contemporánea para ver con qué frecuencia, entre las grandes figuras de la humanidad, es un hijo menor quien ha alcanzado una posición sobresaliente. Con frecuencia se cuenta también entre los fracasos más llamativos. Este hecho se explica una y otra vez por su dependencia de una persona que lo ha mimado o lo ha abandonado. Tales son las circunstancias a partir de las cuales ha construido erróneamente su inferioridad social.
Este campo de la investigación sobre el niño, la posición del niño en el orden de los hermanos, no está en modo alguno completamente explorado. Muestra con claridad apremiante cómo el niño utiliza su situación y las impresiones que de ella derivan como material para construir de manera creadora su estilo de vida, su ley de movimiento, y con ella sus rasgos característicos. Quizá haya quedado claro para el estudioso que esto deja poco lugar a la suposición de que los rasgos de carácter son hereditarios. En cuanto a las demás posiciones en el orden de los hermanos, en la medida en que no sean simples réplicas de las que se han examinado, no tengo ni mucho menos tanto que decir. Crichton-Miller, en Londres, me llamó la atención sobre el hecho de que había encontrado que una tercera hija que sigue a otras dos muestra una protesta masculina bastante fuerte. Pude confirmar en muchos casos la exactitud de su descubrimiento. Lo atribuyo a que una niña en esta posición siente, adivina y aun a menudo vive la decepción de sus padres por el nacimiento de otra niña, y de un modo u otro expresa su descontento con el papel femenino. No será sorprendente encontrar en el caso de esta niña una actitud de obstinación bastante fuerte. Esto muestra lo que Charlotte Bühler pretende haber hallado como una «fase natural de obstinación». Pero puede entenderse mejor, según las descripciones de la psicología individual, como un producto artificial, como una protesta permanente contra desaires reales o supuestos.
No he completado mis investigaciones sobre el desarrollo de una hija única entre varones y de un hijo único entre mujeres. Según lo que he observado hasta ahora, espero encontrar que ambos tenderán a los extremos, ya en dirección masculina, ya en dirección femenina: en la femenina cuando esta se ha sentido en la infancia como más afortunada; en la masculina cuando este papel parecía más digno de alcanzarse. En el primer caso se encontrará debilidad y necesidad de apoyo en grado excesivo, junto con toda clase de pequeñas travesuras; en el segundo, un afán de dominio y una obstinación no disimulados, pero a veces también valor y lucha honrosa.
XIV. Ensueños y sueños nocturnos
Al considerar este asunto entramos en el reino de la fantasía. También esta función es creación del proceso evolutivo, y sería un gran error separarla de la unidad de la vida psíquica y de la vinculación de la vida psíquica entera con las exigencias del mundo exterior; y sería un error mayor aún tratar de oponerla a esa unidad, es decir, al yo. Por el contrario, la fantasía es una parte del estilo de vida individual, al que a la vez da su carácter. Considerada como movimiento psíquico, se imprime en todas las demás partes de la existencia anímica, en la medida en que lleva en sí la expresión de la ley de movimiento del individuo. La tarea que se le asigna es, en determinadas circunstancias, expresarse en imágenes mentales, mientras que otras veces acecha en el reino de los sentimientos y las emociones, o se halla incrustada en la actitud del individuo ante la vida. Como cualquier otro movimiento psíquico, está dirigida hacia el futuro, puesto que también ella se mueve con la corriente hacia la meta de la perfección. Desde este punto de vista se ve cada vez con más claridad cuán carente de sentido es ver en el movimiento de la fantasía o de sus derivados —los ensueños y los sueños nocturnos— una realización de deseos; y cuánto más vano aún es imaginar que con ello se ha hecho alguna aportación a la comprensión del mecanismo de la fantasía. Puesto que toda forma expresiva psíquica se mueve de abajo arriba, de una situación de menos a una de más, todo movimiento expresivo psíquico puede describirse como una realización de deseos.
La fantasía, o imaginación, se sirve más que el sentido común de la capacidad de adivinar, aunque al decirlo no queremos decir también que su conjetura sea «acertada». Su mecanismo consiste en apartarse temporalmente —en la psicosis, de manera permanente— del sentido común, es decir, de la lógica de la vida comunitaria humana, y en no contentarse con dar, desde el sentimiento de comunidad que existe en el presente, los pasos siguientes en interés de la comunidad. Esto se hace con más facilidad si el sentimiento de comunidad existente no es especialmente fuerte. Pero si es lo bastante fuerte, puede conducir los pasos de la fantasía hacia la meta de enriquecer a la comunidad. Invariablemente, sin embargo, el proceso de movimiento psíquico nacido de uno mismo se resuelve en pensamientos, sentimientos y un estado de disposición a adoptar una actitud ante la vida. Las actitudes solo han de reconocerse como «correctas», «normales», «valiosas» cuando, como en los logros más notables, están al servicio de la humanidad. Una interpretación distinta de estos juicios queda lógicamente excluida, aunque ello no impide que el sentido común, con sus criterios actuales, rechace tales logros hasta que se haya alcanzado un nivel más alto en nuestro conocimiento de lo que es universalmente bueno.
Todo intento de resolver un problema que se le plantea al individuo pone en marcha la fantasía, puesto que, al buscar una solución, ha de vérselas con el futuro desconocido. La fuerza creadora a la que hemos atribuido la formación del estilo de vida en la infancia sigue actuando.También los reflejos condicionados, en los que, con sus mil formaciones, actúa el estilo de vida, solo pueden aprovecharse ulteriormente como material para su construcción.
Se emplean siempre para la creación de algo completamente nuevo; no actúan automáticamente. Pero la fuerza creadora se ejerce siguiendo las líneas trazadas por el estilo de vida que la persona misma se ha formado. Así, la dirección de la fantasía corresponde al estilo de vida. Las operaciones de la fantasía dan expresión al estilo de vida, tanto si el individuo reconoce esta conexión como si la ignora por completo. Pueden, por tanto, utilizarse como una puerta abierta a través de la cual vislumbramos el taller del alma. Pero si empleamos el método correcto encontraremos siempre el yo, la personalidad como un todo; mientras que, si partimos de una concepción equivocada, hallaremos lo que parece ser una antítesis de algún tipo, como la que existiría entre lo consciente y lo inconsciente. Freud, el representante de esta visión errónea, se acerca a marchas forzadas a una mejor comprensión del problema cuando habla, como hace hoy, de lo inconsciente en el yo. Esto, desde luego, le da al yo una cara muy distinta, una cara que la psicología individual fue la primera en reconocer.
Toda gran idea y toda obra de arte deben su origen a la incesante actividad del espíritu humano, que crea siempre de nuevo. Quizá la mayoría de las personas contribuyen con una pequeña parte a estas nuevas creaciones; al menos pueden aceptarlas, conservarlas y sacarles provecho. Es aquí donde los «reflejos condicionados» pueden tener en gran medida su papel. Para el artista creador no son más que material de construcción, del que su imaginación se sirve para superar lo anterior. Los artistas y los genios son sin duda los guías de la humanidad, y pagan el precio de su audacia ardiendo en su propia llama, la que encendieron en la infancia. «Sufrí, y así me hice poeta.» Nuestra visión más aguda, nuestra mejor percepción del color, la forma y la línea, se la debemos a los pintores. Un oído más fino y, con él, una modulación más delicada de nuestros órganos vocales, los hemos adquirido de los músicos. Los poetas nos han enseñado a hablar, a sentir y a pensar. El propio artista, espoleado en la mayoría de los casos violentamente en la primera infancia por padecer toda clase de desventajas —pobreza, anomalías de la vista o del oído— y, por regla general, mimado de algún modo particular, se libera en su más temprana infancia de su intenso sentimiento de inferioridad. Ambicioso hasta la ferocidad, lucha con una realidad demasiado estrecha para ensancharla para sí y para los demás. Es el abanderado de una evolución que exige la superación de las dificultades y eleva por encima del nivel medio al niño elegido. Un niño así suele sufrir de un modo adecuado para alcanzar una meta elevada.
Esta variedad opresiva pero bendita del sufrimiento se debe, como hace tiempo señalamos, a una más acusada vulnerabilidad física al choque, a una mayor sensibilidad a la influencia de los acontecimientos exteriores. Estas variantes resultan muy a menudo ser inferioridades de los órganos de los sentidos en la persona misma o, si no en ella —puesto que nuestros medios de investigación de las variantes menos importantes con frecuencia nos fallan—, inferioridades orgánicas heredadas de sus antepasados. Es en ese terreno donde encontramos las huellas más claras de tales inferioridades constitucionales, que a menudo conducen a enfermedades. Son variantes de menos que también han sido una fuerza impulsora del progreso de la humanidad.57 El espíritu creador del niño se muestra en los juegos a que juega solo y en la manera individual en que juega a cualquier juego. Todo juego da cabida a la lucha por la superioridad. Los juegos en común se insertan en el impulso al sentimiento de comunidad. Aparte de estos juegos en común, no debe desalentarse la ocupación solitaria, tanto en los niños como en los adultos. Al contrario, debería incluso alentarse en la medida en que abra una perspectiva de enriquecimiento futuro de la comunidad. Por la naturaleza de ciertas actividades, estas solo pueden ejercerse y llevarse a cabo a distancia de los demás; pero ello no merma en absoluto su carácter comunitario. También aquí actúa la imaginación, que se nutre en no pequeña medida de las bellas artes. Todo alimento espiritual que no pueda digerirse debería sin duda mantenerse alejado de las lecturas de los niños hasta que hayan alcanzado cierto grado de madurez. Una literatura inadecuada puede ser malentendida o puede estrangular el sentimiento de comunidad en crecimiento. A esta categoría pertenecen, entre otras, las historias de crueldades que despiertan miedo. Estas tienen una influencia poderosa, sobre todo en los niños cuyos sistemas urinario y sexual se excitan con el miedo. También en esta última categoría se encuentran, una vez más, los niños mimados. No son capaces de resistir los atractivos del «principio del placer»; en sus fantasías, y más tarde en sus prácticas, crean situaciones que despiertan miedo con el fin de provocar excitaciones sexuales. En el curso de mis exámenes de sádicos y masoquistas sexuales he encontrado un encadenamiento igualmente funesto de tales circunstancias, unido siempre a una falta de sentimiento de comunidad.
La mayoría de los ensueños y de los sueños nocturnos de niños y adultos llevan en la dirección que marca la meta de superioridad y, hasta cierto punto, se han liberado de las trabas del sentido común. Es fácil comprender que, con fines de compensación, como para mantener el equilibrio psíquico, la imaginación tome precisamente aquella dirección concreta que debería llevar a vencer una debilidad conocida, aunque por este camino nunca lo logra. El proceso es en cierto sentido semejante al que emplea el niño en la creación de su estilo de vida. La fantasía contribuye a darle una visión ilusoria de un mayor valor personal en el punto donde siente la dificultad, no sin espolearlo al mismo tiempo en mayor o menor grado. Ciertamente, hay muchos casos en que falta este acicate, en los que la fantasía es, por así decirlo, pura compensación. Es evidente que esta última situación ha de considerarse antisocial, aunque esté desprovista de toda actividad y de toda incursión en el mundo exterior.
También cuando la fantasía, siempre conforme al estilo de vida que la dirige, se mueve en contra del sentimiento de comunidad, puede reconocerse en ello un indicio de que el sentimiento de comunidad ha quedado excluido del estilo de vida, y servirá de guía al examinador. Esto vale para los numerosos ensueños crueles que a veces alternan con fantasías acerca del propio sufrimiento doloroso, o son sustituidos por ellas. Las fantasías bélicas, los sueños de hazañas heroicas o de salvar a personajes encumbrados, indican por regla general un sentimiento real de debilidad, y en la vida real son reemplazados por la timidez y el apocamiento. Quienes perciben aquí y en otras formas expresivas semejantes, en apariencia opuestas, una ambivalencia, una escisión de la conciencia, una doble vida, desconocen la unidad de la personalidad. Lo aparentemente contradictorio se deduce simplemente de un análisis basado en la comparación de situaciones de menos y de más y en una idea equivocada de la conexión entre ellas. Quienes han llegado a conocer la corriente incesante y progresiva de la vida anímica comprenderán que todo intento de caracterizar correctamente un proceso psíquico con una palabra o un concepto está condenado al fracaso por la pobreza de nuestro lenguaje, ya que es imposible describir como forma estática algo que se halla en continuo fluir.Son frecuentes las fantasías sobre el tema de ser hijo de otros padres. Casi con seguridad apuntan a la insatisfacción del niño con sus propios padres. En las psicosis, aunque no de modo tan acusado en otros casos, esta fantasía pone la realidad al servicio de un agravio permanente. Siempre que la ambición de una persona encuentra intolerable la realidad, huye invariablemente a la magia de la fantasía. No olvidamos, sin embargo, que cuando la imaginación va debidamente unida al sentimiento de comunidad cabe esperar logros verdaderamente grandes; pues la imaginación, al despertar sentimientos y emociones de expectación, produce el mismo efecto que abrir el acelerador de un automóvil: la actividad aumenta.
El valor de la actividad imaginativa depende ante todo de la cantidad de sentimiento de comunidad de que esté impregnada. Esto vale tanto para los individuos como para la masa. Si tenemos que vérnoslas con un paciente que es un fracaso manifiesto, podemos esperar una fantasía igual de errada. El mentiroso, el estafador, el fanfarrón son ejemplos llamativos de ello. El necio es otro. La fantasía nunca descansa, aun cuando no se condense en ensueños. Como todo deseo de prever, la fantasía, por estar dirigida hacia una meta de superioridad, explora el futuro. No debemos olvidar que la imaginación es un entrenamiento en la dirección del estilo de vida, ya aparezca en la vida real, en los ensueños y en los sueños nocturnos, ya cree una obra de arte. Conduce a una exaltación de la propia individualidad y, al seguir este camino, está unas veces más, otras menos, bajo la influencia del sentido común. Incluso el soñador sabe a menudo que está soñando. Y el que duerme, por muy alejado que esté de la realidad, rara vez se cae de la cama. En el sueño hay ciertamente todo aquello de que se sirve la fantasía: riqueza, fuerza, hazañas heroicas, grandes logros, inmortalidad, etc., hipérbole, metáfora, símil, símbolo. No debe pasarse por alto el poder incitador de las metáforas. Pese a la falta de comprensión que han mostrado muchos de mis adversarios, las metáforas no son sino el disfraz imaginativo de la realidad y nunca son idénticas a ella. Su valor es innegable si son aptas para prestar energía adicional a nuestra vida; pero hemos de considerarlas nocivas cuando contribuyen, al excitar nuestras emociones, a reforzar el espíritu antisocial. En todo caso, sirven para suscitar y reforzar el tono emocional que requiere el problema que el estilo de vida tiene ante sí en ese momento. Lo hacen cuando el sentido común resulta insuficiente para la ocasión o se opone a la solución que exige el estilo de vida. Este hecho nos ayudará a comprender el sueño.
Para comprender el sueño hemos de considerar primero el dormir. Este representa el estado anímico en que es posible soñar. Indudablemente, el dormir es creación de la evolución. Es una adaptación independiente que se combina naturalmente con cambios en el estado físico y es producida por ellos. Aunque por ahora solo tenemos una idea vaga de estos cambios (quizá las investigaciones de Zondek sobre la hipófisis hayan arrojado alguna luz sobre la cuestión), podemos suponer que actúan en conjunción con el impulso a dormir. Como el dormir sirve evidentemente para el descanso y la recuperación, también acerca todas las actividades físicas y psíquicas a un estado de reposo. Mediante la vigilia y el sueño, la forma de vida del individuo se pone en mayor armonía con la alternancia de la noche y el día. Lo que distingue al que duerme del que está despierto es la distancia concreta del primero respecto de los problemas del día.
Pero el sueño no es hermano de la muerte. La forma de vida, la ley de movimiento, continúa ininterrumpidamente. El que duerme se mueve, evita las posturas incómodas en la cama; puede despertarlo la luz o el ruido; vela por el niño que duerme a su lado; lleva consigo sus alegrías y penas cotidianas. Durmiendo, el hombre se ocupa de todos los problemas cuya solución no ha de interrumpir el sueño. Los movimientos inquietos de un lactante despiertan a la madre; si nos lo proponemos, despertamos por la mañana casi con regularidad a la hora necesaria. La postura del cuerpo durante el sueño, como he mostrado,58 ofrece a menudo una buena imagen de la disposición anímica, igual que ocurre cuando la persona está despierta. La unidad de la vida psíquica persiste incluso en el sueño. Por eso hemos de considerar como parte del todo fenómenos como el sonambulismo, o en ocasiones el suicidio durante el sueño, el rechinar de dientes, el hablar, la tensión muscular, como el apretar convulsivo de las manos con la consiguiente parestesia. Podemos sacar conclusiones de ellos, aunque deben encontrar confirmación ulterior en otras formas expresivas. También las emociones y los estados de ánimo están despiertos en el sueño, a veces sin que los acompañen sueños.
El peso abrumador de certeza que atribuimos a las cosas que se ven explica que el sueño aparezca por lo general como un fenómeno visual. Siempre he dicho a mis alumnos: «Si alguna vez dudáis de algún punto de vuestras investigaciones, tapaos los oídos y observad el movimiento del paciente». Probablemente todos reconocemos esta mayor certeza sin expresarla con tantas palabras. ¿Es esta mayor certeza lo que busca el sueño? El sueño está más alejado que la vigilia de la tarea cotidiana; depende solo de sí mismo; conserva más plenamente su fuerza creadora guiada por el estilo de vida; está más libre de las limitaciones que impone la realidad, la legisladora. ¿Da, por tanto, el sueño una expresión más vigorosa al estilo de vida? El sueño queda al arbitrio de la imaginación, que está atada al estilo de vida. También en otras ocasiones vemos a la imaginación luchar en favor del estilo de vida cuando un problema que se le plantea al individuo excede sus fuerzas, o cuando el sentido común —el sentimiento de comunidad del individuo— no interviene porque no existe con fuerza suficiente. ¿Libra el sueño la misma lucha?
No es nuestra intención seguir el ejemplo de quienes, ignorando la psicología individual o lanzando insinuaciones contra ella, quieren quitarle el viento de las velas. Por eso recordaremos en este punto a Freud, que fue el primero en intentar formar una teoría científica de los sueños. Es un mérito duradero que nadie puede disminuir. Ni puede nadie menospreciar ciertas observaciones que ha hecho y que ha descrito como pertenecientes a lo «inconsciente». Parece haber sabido mucho más de lo que comprendía. Era inevitable, sin embargo, que se extraviara al obligarse a agrupar todos los fenómenos psíquicos en torno al único principio rector que reconoce: la libido sexual. Esto se agrava sin duda por fijar su atención únicamente en los instintos dañinos. Estos, como he mostrado, nacen del complejo de inferioridad de los niños mimados. Son productos artificiales de una educación equivocada y de una autocreación errónea del niño, y nunca pueden conducir a la comprensión de la estructura psíquica en su verdadera formación evolutiva. «Si un hombre pudiera decidirse a anotar todos sus sueños sin distinción y sin prejuicio, con veracidad y por extenso, añadiéndoles como comentario para su explicación todo lo que pudiera aportar de los recuerdos de su vida y de sus lecturas, haría un notable regalo a la humanidad. Pero, tal como es hoy la humanidad, nadie lo haría ciertamente, aunque incluso para el estímulo privado y personal tendría algún valor.» ¿Lo dice Freud? No, es Hebel en sus Memorias.59 Si esta es, en breve, la concepción del sueño, he de añadir que todo depende ante todo de si el método adoptado resiste una crítica científica. Esto se cumplía en tan escasa medida en el método psicoanalítico que el propio Freud, tras numerosos cambios en su interpretación de los sueños, explica ahora que nunca afirmó que todo sueño tuviera un contenido sexual. Con todo, esta afirmación es, una vez más, un paso en la dirección correcta.
Lo que Freud llama la «censura», sin embargo, no es otra cosa que la mayor distancia respecto de la realidad que reina en el sueño. Es una evitación intencionada del sentimiento de comunidad, que por su imperfección impide al individuo resolver su problema de manera normal, de modo que, como en un choque cuando le amenaza una derrota, busca un camino hacia otra solución más fácil. Aquí la fantasía, bajo el hechizo del estilo de vida, ha de prestar ayuda al margen del sentido común. Si se intenta hallar en ello una realización de deseos o, con desesperación, un deseo de muerte, se cae en una trivialidad que no nos dice nada sobre la estructura de los sueños. Pues el proceso vital entero, se considere como se considere, puede describirse como búsqueda de una realización de deseos.
En mis investigaciones sobre los sueños tuve dos grandes ayudas. La primera me la proporcionó Freud, con sus opiniones inaceptables. Aprendí de sus errores. Nunca fui psicoanalizado, y habría rechazado al instante cualquier propuesta en ese sentido, porque la aceptación rigurosa de su doctrina destruye la imparcialidad científica, que de todos modos no es muy grande. Con todo, conozco lo bastante su teoría como para poder no solo reconocer sus errores, sino predecir, en la imagen reflejada de un niño mimado, cuál será su próximo paso. Por eso he recomendado siempre a mis alumnos que se familiaricen a fondo con la doctrina de Freud. Freud y sus seguidores gustan extraordinariamente de describirme, de una manera inequívocamente jactanciosa, como uno de sus discípulos, porque tuve muchas discusiones con él en un grupo psicológico. Pero nunca asistí a una sola de sus lecciones, y cuando se quiso juramentar a ese grupo para que defendiera las opiniones freudianas fui el primero en abandonarlo. Nadie puede negar que yo, mucho más que Freud, he trazado una línea tajante entre la psicología individual y el psicoanálisis, y que nunca me he jactado de mis antiguas discusiones con él. Lamento que el auge de la psicología individual y la indudable influencia que ha ejercido en la transformación del psicoanálisis se hayan sentido tan dolorosamente en aquel sector. Pero sé lo difícil que es satisfacer la concepción del universo de los niños mimados. Al fin y al cabo no es tan sorprendente que, después de que el psicoanálisis, sin renunciar a su principio fundamental, se fuera acercando de manera constante a la psicología individual, las semejanzas se hagan visibles para las mentes perplejas. Fue el efecto manifiesto del indestructible sentido común. Por eso a muchos les parecerá como si durante los últimos veinticinco años yo hubiera predicho de manera desleal el desarrollo del psicoanálisis. Soy como el prisionero que nunca deja libre a su carcelero.
Mi segundo apoyo, mucho más sólido, para comprender los sueños me vino de un hecho establecido, confirmado científicamente e iluminado desde muchos ángulos: la unidad de la personalidad. La misma propiedad de pertenecer a esa unidad debe caracterizar al sueño. En los sueños hay regularmente una distancia mayor que en la vigilia respecto de las influencias de la realidad. Esta distancia la exige nuestro estilo de vida, y caracteriza también nuestra fantasía en las horas de vigilia. Pero aun aparte de esto, ninguna forma anímica del sueño debería tomarse como apoyo de una teoría que suponga que tales formas no son idénticas a las que existen en nuestra vida de vigilia. Cabe concluir que el sueño y la vida onírica son variantes de nuestra vida de vigilia, y también que nuestra vida de vigilia es una variante de aquella. La ley suprema de ambas formas de vida, el sueño y la vigilia por igual, es esta: no se permitirá que disminuya el sentimiento de la propia valía del yo. O, en la terminología de la psicología individual: la lucha por la superioridad conforme a la meta última libra al individuo de la presión de su sentimiento de inferioridad. Conocemos la dirección que toma el camino; se desvía en mayor o menor medida del sentimiento de comunidad; en otras palabras, es antisocial, se opone al sentido común. El yo saca fuerzas de la fantasía onírica para resolver un problema inminente, puesto que le falta el sentimiento de comunidad que el problema exige. Ni que decir tiene que la dificultad subjetiva del problema inmediato desempeña el papel de una prueba del sentimiento de comunidad, y puede ser tan opresiva que incluso los mejores de nosotros empiecen a soñar.
Por tanto, debemos dejar claro en primer lugar que todo estado onírico tiene un factor exógeno. Esto, desde luego, significa algo más que el «resto diurno» de Freud, y algo distinto de él. Su significado consiste en que es una prueba y una búsqueda de solución. Incluye el «avance hacia la meta» y el «adónde» de la psicología individual, en oposición a la regresión de Freud y a la realización de deseos infantiles. (Estos últimos no son, a su vez, sino otro ejemplo del mundo irreal de los niños mimados, que quieren poseerlo todo y no pueden comprender por qué ha de quedar sin cumplir ninguno de sus deseos.) Apunta a la oleada progresiva de la evolución y muestra cómo cada persona representa el camino que se propone seguir. Muestra la concepción que tiene de su propia naturaleza y de la naturaleza y el sentido de la vida.
Apartemos por un momento nuestra atención del estado onírico. Supongamos que una persona se enfrenta a una prueba para la que no se siente bastante madura, a causa de su falta de sentimiento de comunidad. Se da a la fuga hacia su imaginación. ¿Qué es lo que emprende esta huida? Naturalmente, el yo en su estilo de vida. El propósito es encontrar una solución adecuada al estilo de vida. Eso significa, sin embargo, con la leve excepción de aquellos sueños que tienen un valor social, una solución que no armoniza con el sentido común. Se opone al sentimiento de comunidad, pero alivia al individuo en su apuro y su duda y, más aún, lo afianza en su estilo de vida, en el valor que atribuye a su yo. El sueño, la hipnosis bien practicada y la autosugestión lograda no son sino caminos más fáciles para alcanzar este fin. La conclusión que hemos de sacar de ello es que el sueño, como creación intencionada del estilo de vida, procura mantenerse a distancia del sentimiento de comunidad y representa esa distancia. Con todo, cuando hay mayor cantidad de sentimiento de comunidad y las situaciones son más amenazadoras, se encuentra a veces lo contrario: la victoria del sentimiento de comunidad sobre los intentos de apartarse de él. Este es, una vez más, un caso que justifica la afirmación de la psicología individual de que la vida psíquica no puede reducirse a reglas y fórmulas. Pero deja intacta la tesis principal, a saber, que el sueño muestra un apartamiento del sentimiento de comunidad.
Aquí topamos con una objeción que durante mucho tiempo me dio mucho que hacer, pero a la que debo una comprensión más honda del problema de los sueños. Es esta: si la descripción de los hechos que acabamos de dar es correcta, ¿cómo explicar que nadie comprenda sus sueños ni les preste atención, y que en la mayoría de los casos se olviden? Si exceptuamos al puñado de personas que entienden algo de sus sueños, parece haber en ellos un derroche de energía que no encontramos en ninguna otra parte de la economía del espíritu. Pero aquí acude en nuestra ayuda otra de nuestras experiencias en psicología individual. El hombre sabe más de lo que comprende. ¿Está despierto su saber en el sueño mientras duerme su comprensión? Si así es, hemos de encontrar también pruebas de algo semejante en su vida de vigilia. Y, en efecto, el hombre no comprende nada de su meta, y sin embargo la persigue. No comprende nada de su estilo de vida, y sin embargo está continuamente encadenado a él. Y si, cuando se enfrenta a un problema, su estilo de vida le señala un determinado camino, como ir a una juerga o emprender algo que promete éxito, entonces aparecen siempre en escena pensamientos e imágenes —«salvaguardias»,60 como las he llamado— con el fin de hacerle atractivo ese camino, aunque no estén necesariamente relacionados de manera visible con su meta. Cuando un marido está muy descontento con su mujer, otra mujer le parece a menudo más deseable sin que él se aclare la conexión entre ambas cosas, y menos aún comprenda la acusación y la venganza implícitas. Su saber acerca de las cosas que le son más cercanas no se convertirá en comprensión hasta que las haya visto en conexión con su estilo de vida y con su problema inmediato. Además, ya he señalado que la fantasía, como el sueño, ha de desprenderse de una gran parte del sentido común. Sería, pues, poco razonable interrogar al sueño acerca de su sentido común, como han hecho muchos autores, para llegar a la conclusión de que los sueños son disparatados. El sueño solo en rarísimas ocasiones se acercará al sentido común; nunca coincidirá con él. De aquí se sigue, sin embargo, la función más importante del sueño —apartar al soñador del sentido común—, y, como hemos mostrado, lo mismo vale para la imaginación. En el sueño, por tanto, el soñador comete un autoengaño. De acuerdo con nuestro principio fundamental, podemos añadir: un autoengaño que, frente a un problema para cuya solución su sentimiento de comunidad es insuficiente, lo remite a su estilo de vida para que resuelva el problema conforme a él; y —como se libera de la realidad, que exige sentimiento de comunidad— afluyen a él imágenes que le recuerdan su estilo de vida.
¿No queda, entonces, nada del sueño una vez terminado? Creo tener la respuesta a esta importantísima pregunta. Queda lo que siempre queda cuando uno se entrega a la fantasía: sentimientos, emociones y un estado de ánimo. Del principio fundamental de la psicología individual —la unidad de la personalidad— se sigue que todo ello funciona conforme al estilo de vida del individuo. En uno de mis primeros ataques contra la teoría freudiana de los sueños, en 1918, afirmé, sobre la base de mis experiencias, que el sueño tiene una meta hacia delante, que «aguza» al soñador para resolver un problema a su manera particular. Más tarde pude completar esta opinión al establecer que lo hace no en la línea del sentido común, del sentimiento de comunidad, sino «parabólicamente», metafóricamente, en imágenes comparativas, un poco a la manera de un poeta cuando quiere despertar sentimientos y emociones. Pero esto nos devuelve al estado de vigilia, y podemos añadir que las personas completamente desprovistas de facultad poética se sirven de comparaciones cuando quieren causar impresión, aunque solo sea empleando insultos como «burro», «vieja», etc. Lo mismo hace el maestro cuando desespera de explicar algo con palabras sencillas.
Con las comparaciones ocurren dos cosas distintas. Son sin duda más apropiadas que las expresiones prosaicas para despertar emociones. En el arte poético y en el discurso elevado, el uso de la metáfora celebra francamente su triunfo. Pero en cuanto abandonamos el territorio de las artes vemos el peligro que acecha en el uso de las comparaciones. «Las comparaciones son odiosas», dice con razón el pueblo, y con ello quiere decir que en su uso reside el peligro del engaño. Llegamos, pues, aquí a la misma conclusión que antes, si tenemos presente el empleo de imágenes comparativas en el sueño. Sirven para engañar al soñador y despertar sus emociones; al mismo tiempo crean un estado de ánimo conforme al estilo de vida. Bien puede ser que el sueño vaya siempre precedido de un estado anímico comparable a la duda, de un problema que requiere examen más detenido. Pero en tal caso el sueño, de acuerdo con su estilo de vida, escoge entre mil imágenes posibles solo aquellas que son favorables a sus fines y conducen a la eliminación de la razón práctica en interés del estilo de vida.
Hemos mostrado así que la fantasía del soñador, igual que en otras formaciones, sigue también en el sueño la dirección de progreso y superioridad que le indica el estilo de vida, aun cuando, como todo nuestro pensar, sentir y obrar, necesite imágenes del recuerdo. Aunque estas imágenes del recuerdo, en la vida de un niño mimado, tienen su origen en errores debidos al mimo, incluso cuando al mismo tiempo expresan una anticipación del futuro, no deben llevar a la conclusión errónea de que por estos medios se satisfacen deseos infantiles o de que ello indica una regresión a una fase infantil. Además, hemos de tener presente que el estilo de vida selecciona las imágenes para su propio fin, de modo que podemos llegar a comprenderlo por la elección que ha hecho. La asimilación de la imagen onírica al factor exógeno nos pone en condiciones de encontrar la línea de movimiento que sigue el soñador, para hacer justicia a su ley de movimiento, como resultado de la reacción de su estilo de vida ante la solución que exige el problema. La debilidad de su posición se ve en que llama en su ayuda comparaciones y símiles que despiertan de manera falseadora sentimientos y emociones cuyo verdadero significado y valor no habrían podido comprobarse. Estos conducen al refuerzo y la aceleración del movimiento dirigido por el estilo de vida, un poco como dar más gasolina a un motor en marcha. Por eso la ininteligibilidad de un sueño no es cuestión de azar, sino una necesidad. La misma ininteligibilidad puede mostrarse en la vida de vigilia en muchos casos en que una persona quiere defender sus errores con argumentos rebuscados.
Igual que en la vida de vigilia, el soñador recurre a otro medio de prescindir de la razón práctica: o bien se ocupa de cosas meramente accesorias de su problema inmediato, o bien excluye su rasgo principal. Este proceso, que a veces se inclina uno a pensar que se emplea mucho, se revela estrechamente emparentado con el que describí en 1932, en el último volumen de la Zeitschrift für Individualpsychologie (Hirzel, Leipzig), como solución parcial e insuficiente de un problema y signo de un complejo de inferioridad. Una vez más me niego a establecer reglas para la interpretación de los sueños, ya que ello requiere más inspiración artística de la que necesita el sistema pedante de un Beckmesser.61 El sueño no nos dice nada más de lo que puede inferirse también de las otras formas expresivas. Solo permite al observador reconocer cuán eficaz sigue siendo el viejo estilo de vida, con el resultado de que llamará la atención del paciente sobre este hecho y contribuirá así, sin duda, a convencerlo. En la interpretación de un sueño solo se debe ir hasta hacer comprender al paciente que, como Penélope, desteje por la noche lo que ha tejido durante el día. Tampoco debe olvidarse aquel estilo de vida que, un poco a la manera de una persona hipnotizada, obliga a la fantasía misma, en una obediencia exagerada y aparente, a tomar el camino dócil en presencia del médico sin adoptar la actitud que debería seguirse de ello. También esta es una forma de obstinación que ya se practicaba en secreto en la infancia.
Los sueños recurrentes indican una expresión de la ley de movimiento dirigida por el estilo de vida frente a problemas que se sienten semejantes por su naturaleza. Los sueños cortos muestran que una cuestión se ha respondido de forma concisa y se ha decidido con rapidez. Los sueños olvidados, cabe conjeturar, significan que su tono emocional es fuerte frente a la razón práctica, que es igual de fuerte. Para encontrar un medio mejor de eludir a esta última, el material intelectual tiene que evaporarse, de modo que solo queden la emoción y la actitud. Con frecuencia se encuentra que los sueños de angustia reflejan una angustia acrecentada ante una derrota, y los sueños agradables un fiat más vigoroso, o un contraste con la situación existente destinado a provocar con más fuerza sentimientos de aversión. Los sueños con muertos sugieren que el soñador aún no ha enterrado definitivamente a sus muertos y sigue bajo la influencia del difunto. Pero esto ha de corroborarse, naturalmente, mediante otras formas expresivas. Los sueños de caída —sin duda los más comunes de todos— indican que el soñador teme perder el sentimiento de su propia valía; pero al mismo tiempo muestran, mediante una representación espacial, que el soñador vive en la ilusión de estar «arriba». Los sueños de volar se dan en las personas ambiciosas como precipitado de su lucha por la superioridad, la lucha por realizar algo que eleve al soñador por encima de todos los demás. Este sueño va acompañado con frecuencia de un sueño de caída, como advertencia contra una lucha ambiciosamente arriesgada. Un aterrizaje feliz tras una caída en sueños, expresado a menudo más en sentimiento que en pensamiento, puede quizá indicar en la mayoría de los casos un sentimiento de seguridad o incluso de estar predestinado, en virtud del cual el individuo tiene la certeza de que nada malo puede ocurrirle. Perder un tren o una oportunidad puede mostrarse en la mayoría de los casos como expresión de un rasgo de carácter arraigado: escapar de una derrota temida llegando demasiado tarde o dejando pasar una oportunidad. Los sueños de ir vestido de manera indecorosa, seguidos de sobresalto por ello, pueden atribuirse en su mayor parte al temor de ser descubierto en una imperfección. En los sueños se expresan con frecuencia tendencias cinestésicas, visuales y acústicas; aun así, siempre van unidas a una actitud determinada ante un problema inmediato. En raras ocasiones, como muestran casos individuales, tales sueños pueden incluso contribuir a la solución del problema. Cuando el soñador desempeña el papel de espectador, es casi seguro que en la vida de vigilia se contentaría de buen grado con el papel de mirón. Los sueños sexuales apuntan en distintas direcciones. A veces muestran un entrenamiento relativamente insuficiente para el trato sexual; otras veces revelan un retroceso ante la pareja y un repliegue sobre uno mismo. En cuanto a los sueños homosexuales, he subrayado con suficiente energía el entrenamiento contra el otro sexo. No hay aquí nada que sea una tendencia innata. Los sueños de crueldad en que el individuo toma parte activa denotan rabia y sed de venganza. Lo mismo vale para los sueños de polución. Los niños que mojan la cama sueñan a menudo que orinan en el lugar adecuado. De esta manera más bien cobarde les resulta fácil expresar su agravio y su venganza por sentirse desatendidos. En mis libros y escritos hay gran número de sueños interpretados; por eso me abstendré aquí de dar ejemplos concretos. El sueño siguiente puede servir para ilustrar la conexión con el estilo de vida:
Un marido, padre de dos hijos, reñía mucho con su mujer. Ambos atizaban este estado de discordia. El marido sabía que su mujer no se había casado con él por amor. Al principio había sido un niño mimado, pero luego lo había destronado otro niño. Había aprendido, sin embargo, en una dura escuela a dominar sus arrebatos de ira. Llegaba incluso a hacer a menudo, en una situación difícil, intentos demasiado prolongados de reconciliarse pacíficamente con sus adversarios, aunque estos intentos, como puede imaginarse, rara vez tenían éxito. En sus relaciones con su mujer, su actitud era una mezcla de contrarios. Unas veces esperaba con paciencia, tratando de crear un clima de afecto y confianza; otras tenía súbitos arrebatos de furia, cuando recaía en un sentimiento de inferioridad y ya no sabía qué hacer. Su mujer no entendía en absoluto esta situación. El marido adoraba a sus dos hijos con un afecto inusual, y ellos por su parte le correspondían. La madre, a quien su frialdad formal incapacitaba naturalmente para rivalizar con su marido en el afecto de los hijos, fue perdiendo el contacto con ellos. Esto le parecía al hombre un abandono de los niños, y se lo reprochaba a menudo a su mujer. Sus relaciones conyugales continuaban con dificultades, pero ambos estaban decididos a evitar tener más hijos. Durante mucho tiempo esta fue la situación entre los dos cónyuges: el marido, que solo sabía reconocer el amor en emociones fuertes, se sentía defraudado en sus derechos conyugales, mientras que la mujer, frígida por la naturaleza misma de su estilo de vida y carente del deseado calor de sentimiento hacia su marido o sus hijos, hacía intentos inútiles de continuar el matrimonio. Una noche el marido soñó con cuerpos de mujer ensangrentados que eran arrojados de un lado a otro sin miramientos. Mi conversación con él lo llevó al recuerdo de una escena en una sala de disección adonde lo había llevado un amigo médico. Pero era fácil ver —y el propio hombre lo confirmó— que el acto del parto, que había presenciado en dos ocasiones, lo había impresionado profundamente. La interpretación era: «No estoy dispuesto a soportar otro parto de mi mujer».
Otro sueño decía: «Me parecía como si buscara a mi tercer hijo, que se había perdido o había sido raptado. Estaba terriblemente angustiado. Todos mis esfuerzos y afanes resultaban inútiles». Como el hombre no tenía un tercer hijo, estaba claro que temía continuamente que un tercer hijo corriera el mayor peligro por la incapacidad de su mujer para cuidar de sus hijos. El sueño se produjo poco después del rapto del niño de Lindbergh62 y mostraba un problema exógeno de choque correspondiente al estilo de vida del paciente y a su intención: la ruptura de relaciones con una persona que no tiene calor de sentimiento y, como parte de esta intención, la determinación de no tener más hijos. En este sueño se subraya con exageración el abandono de los niños por parte de su mujer, pero tiende también en la misma dirección que el primero: hacia un temor excesivo al acto del parto.
El paciente vino a tratarse de impotencia. Otras huellas llevaban hasta su infancia. Entonces había aprendido, tras esfuerzos bastante largos y extenuantes, a resarcirse del desaire rechazando a la persona que consideraba insensible, y al mismo tiempo le resultaba intolerable que su madre tuviera más hijos. No podemos dejar de reconocer los rasgos de carácter de este hombre y de verlos en su relación mutua: el rasgo principal de su estilo de vida, su elección de determinadas imágenes, su autoengaño y su autointoxicación con símiles muy alejados de la razón práctica, que dan nueva energía y mayor fuerza a su estilo de vida, su retirada ante los problemas de la vida, debida a los efectos permanentes de un choque y obtenida subrepticiamente en lugar de elaborada conforme al sentido común, y su imperfecta solución a medias de su problema, correspondiente a su debilidad.
Si hay que añadir unas palabras sobre lo que se describe como simbología onírica de Freud, puedo en todo caso decir esto por mi experiencia: es cierto que desde tiempos inmemoriales el hombre ha mostrado una tendencia a hacer comparaciones jocosas entre los hechos de la vida cotidiana y otras actividades y objetos, además de los sexuales. Siempre se ha hecho así en torno a las mesas de las tabernas y al contar chistes verdes. El atractivo de estas comparaciones jocosas reside sin duda en gran medida no solo en el deseo de rebajar las cosas serias y en la pasión por bromear y fanfarronear, sino también en el deseo de dar rienda suelta al acento emocional implícito en el símbolo. No hace falta mucha inteligencia para entender estos símbolos cotidianos, que se encuentran en el folclore y en las coplas callejeras. Es más importante comprender que aparecen ciertamente en los sueños con un propósito determinado, que ante todo hay que descubrir.
Es mérito de Freud haber llamado la atención sobre esto. Pero explicar como símbolo sexual todo lo que no se entiende, y descubrir luego que todo brota de la libido sexual, no resiste una crítica inteligente. También las llamadas «experiencias confirmatorias» con personas hipnotizadas aportan pruebas muy débiles. Primero se sugería a estas personas que debían soñar con escenas sexuales, y por sus comunicaciones posteriores se comprobaba después que habían soñado con símbolos freudianos. A lo sumo, esta elección de símbolos familiares en lugar de expresiones sexuales sin disfraz muestra un natural sentido del pudor. Además, hoy le resulta difícil al seguidor de Freud conseguir que alguien que no conozca la teoría freudiana se someta a tales experimentos hipnóticos. Y esto sin contar con que la «simbología freudiana» ha enriquecido considerablemente el vocabulario popular y ha destruido por completo toda franqueza al hablar de estos temas, por lo demás muy inofensivos. Con bastante frecuencia puede observarse en pacientes que han estado en tratamiento psicoanalítico que hacen un uso abundante de la simbología freudiana.
XV. El sentido de la vida
La pregunta por el sentido de la vida solo tiene valor y significado si tenemos presente el sistema de relaciones entre el hombre y el cosmos. Si lo hacemos, se ve fácilmente que en esa relación el cosmos posee una fuerza formadora. El cosmos es, por así decirlo, el padre de todo lo que vive, y toda vida está empeñada en una lucha constante por satisfacer sus exigencias. Esto no significa que exista en ella un impulso que más tarde sería capaz de llevarlo todo en la vida a su consumación y que solo necesitara desplegarse, sino más bien que hay algo inherente, que forma parte de la vida misma: una lucha, un afán, un desarrollo de sí, un algo sin lo cual la vida no puede concebirse. Vivir significa desarrollarse. El espíritu humano está demasiado acostumbrado a reducir a una forma todo lo que fluye, a considerarlo no como movimiento, sino como movimiento congelado, como movimiento que se ha hecho forma. Los psicólogos individuales llevamos tiempo en camino de resolver en movimiento lo que concebimos como forma. Todo el mundo sabe que el hombre individual acabado procede de una sola célula; pero debe entenderse también con claridad que en esa célula están los ingredientes necesarios para su desarrollo. Cómo llegó la vida a esta tierra es una cuestión dudosa; quizá nunca encontremos una respuesta definitiva.
El desarrollo de los seres vivos a partir de una diminuta unidad viva solo pudo producirse con la sanción de la influencia cósmica. A este respecto podemos pensar como Smuts en su ingeniosa obra Wholeness and Evolution [Totalidad y evolución]63; podemos suponer que la vida existe también en la materia inorgánica, idea que nos sugiere la física moderna cuando nos muestra cómo giran los electrones en torno al protón. Si esta opinión resultará al final acertada, no lo sabemos. Lo cierto es que nuestra concepción de la vida ya no puede ponerse en duda, y que en ella va implícito un movimiento que tiende a la conservación de sí, a la propagación y al contacto con el mundo exterior, un contacto que tiene que ser victorioso si la vida no ha de sucumbir. A la luz que ha arrojado Darwin podemos comprender la selección de todas aquellas especies capaces de sacar partido de las exigencias del mundo exterior. La opinión de Lamarck, más afín a la nuestra, nos da pruebas de la energía creadora inherente a toda forma de vida. El hecho universal de la evolución creadora de todos los seres vivos puede enseñarnos que a la línea de desarrollo de cada especie le está fijada una meta: la meta de la perfección, de la adaptación activa a las exigencias cósmicas.
Tenemos que partir de este camino de desarrollo, de adaptación continua y activa a las exigencias del mundo exterior, si queremos entender en qué dirección avanza y se mueve la vida. Hemos de darnos cuenta de que se trata aquí de algo primordial, de algo que ha estado adherido a la vida primitiva. Se trata siempre de una superación, de la estabilidad del individuo y de la especie humana; se trata siempre de fomentar una relación favorable entre el individuo y el mundo exterior. Esta compulsión a llevar a cabo una adaptación mejor no puede tener fin nunca. Desarrollé esta idea ya en 190264 y llamé expresamente la atención sobre el hecho de que esta «verdad» es una amenaza constante para todo fracaso en esa adaptación activa, y de que a ese mismo fracaso podemos atribuir el exterminio de pueblos, familias, individuos y especies animales y vegetales.
Cuando hablo de adaptación activa excluyo las ideas fantasiosas que vinculan esta adaptación con la situación presente o con la muerte de todo lo vivo. Se trata más bien de una adaptación sub specie aeternitatis, porque solo es «acertado» aquel desarrollo físico y psíquico que pueda tenerse por acertado para el más lejano porvenir. Además, la idea de una adaptación activa significa que el cuerpo y el alma, así como toda la vida organizada, tienen que esforzarse por alcanzar la adaptación última, el dominio de todas las ventajas y desventajas que dispone el cosmos. Los compromisos aparentes, que duran un tiempo limitado, sucumben tarde o temprano bajo el peso de la verdad.
Estamos en medio de la corriente de la evolución, pero lo notamos tan poco como la rotación de la tierra sobre su eje. Una de las condiciones de esta conexión cósmica de la que forma parte la vida del individuo es la lucha por una asimilación victoriosa con el mundo exterior. Aunque pudiera haber alguna duda sobre la existencia de esta lucha en los comienzos de la vida, los miles de millones de años transcurridos dejan claro que el afán de perfección es una realidad innata que existe en toda persona. Y esta consideración puede mostrar además otra cosa. Ninguno de nosotros sabe cuál es el único camino acertado. La humanidad ha hecho muchos intentos de imaginarse esa meta final de la evolución humana. La creencia de que al cosmos debería interesarle la conservación de la vida apenas es más que una piadosa esperanza. Como tal, sin embargo, puede utilizarse, y se ha utilizado, en la religión, la moral y la ética como una poderosa fuerza motriz para fomentar el bienestar humano. Tampoco el culto de un fetiche, de un lagarto, de un falo como fetiche en una tribu prehistórica parece justificable científicamente. Con todo, no deberíamos pasar por alto que esta concepción primitiva del universo ha fomentado la vida comunitaria, el sentimiento de comunidad de la humanidad, pues todo el que estaba bajo el hechizo del mismo fervor religioso era considerado hermano, tabú, y se le concedía la protección de la tribu principal.
La mejor concepción alcanzada hasta ahora para la elevación de la humanidad es la idea de Dios.65 No cabe duda de que la idea de Dios encierra realmente como meta el movimiento hacia la perfección y de que, como meta concreta, es la que mejor corresponde al oscuro anhelo de los seres humanos de alcanzar la perfección. Ciertamente me parece que cada cual concibe a Dios de un modo distinto. Hay sin duda concepciones de Dios que desde el principio quedan muy por debajo del principio de perfección; pero de su forma más pura podemos decir: aquí se ha logrado representar la meta de la perfección. La energía primordial que tan eficaz fue en el establecimiento de metas religiosas reguladoras no fue otra que la del sentimiento de comunidad. Este debía unir más estrechamente a los seres humanos entre sí. Hay que considerarlo como herencia de la evolución, como resultado de la lucha ascendente en el impulso evolutivo. Se han hecho innumerables intentos de representar esta meta de la perfección. Los psicólogos individuales, sobre todo los que somos médicos y tenemos que tratar con fracasados, con personas que padecen una neurosis o una psicosis, con delincuentes, bebedores, etc., vemos también en ellos la meta de superioridad; pero esta conduce en una dirección tan opuesta a la razón que no podemos reconocer en ella una verdadera meta de perfección. Cuando, por ejemplo, alguien intenta concretar su meta queriendo dominar a los demás, esa meta de perfección nos parece inapropiada para guiar al individuo o a la masa de los hombres, porque no podría ser la tarea de todos. El individuo se vería obligado a oponerse al impulso de la evolución, a violentar la realidad y a protegerse lleno de miedo contra la verdad y contra quienes la siguen. Muchos toman por meta de perfección la dependencia de otras personas; también esto nos parece opuesto a la razón. Algunos encuentran su meta en dejar sin resolver los problemas de la vida para evitar derrotas que de otro modo serían inevitables y que contrariarían su meta de perfección. También esta meta nos parece del todo inadecuada, aunque a muchas personas les parezca aceptable.
Si ampliamos nuestra mirada y preguntamos qué ha sido de aquellas formas de vida que han elegido una meta de perfección errónea, que han fracasado en la adaptación activa por haber seguido el camino equivocado y han errado el camino del progreso universal, hallamos la respuesta en la extinción de especies, razas, tribus, familias y miles de individuos que no han dejado rastro. Nos enseñan cuán necesario es que cada persona encuentre una meta que sea siquiera medianamente acertada. Ni que decir tiene que también en nuestros días la meta de perfección da la dirección al desarrollo de toda la personalidad del individuo, a todas sus formas expresivas, a su ver, a su pensar, a sus emociones, a su visión del universo. Y es igual de claro e inteligible para todo psicólogo individual que una línea que se aparte en cualquier medida de la verdad ha de llevar al perjuicio de quien la sigue, si no a su ruina. Sería realmente un hallazgo afortunado saber más acerca de la dirección que debemos tomar, ya que, al fin y al cabo, estamos inmersos en la corriente de la evolución y obligados a seguir su curso. También en esto la psicología individual ha logrado mucho, igual que con el establecimiento del afán universal de perfección. Gracias a su múltiple experiencia, está en condiciones de comprender en cierta medida la dirección en la que se encuentra una perfección ideal, y de hecho ha mostrado esa dirección al establecer la norma del sentimiento de comunidad.
El sentimiento de comunidad significa ante todo el afán de una forma comunitaria que hay que pensar como eternamente válida, como la que cabría pensar, por ejemplo, cuando la humanidad haya alcanzado su meta de perfección. No se trata de ninguna comunidad o sociedad actual, ni de formas políticas o religiosas. Al contrario, la meta más adecuada para la perfección tiene que ser una meta que signifique una sociedad ideal de toda la humanidad, la consumación última de la evolución. Se preguntará, naturalmente: ¿cómo lo sé? Desde luego no por mi experiencia inmediata, y he de admitir que quienes encuentran un elemento de metafísica en la psicología individual tienen toda la razón. Unos lo alaban, otros lo condenan. Por desgracia, hay muchas personas que tienen una idea errónea de la metafísica; quieren excluir de la vida humana todo lo que no pueden captar directamente. Al hacerlo limitaríamos el desarrollo posible de toda idea nueva. Las experiencias inmediatas nunca dan nada nuevo; esto solo se da con la idea de conjunto que enlaza esos hechos. Se podrá llamar especulativa o trascendental a esta idea nueva, pero no hay ciencia que no desemboque en la metafísica. No veo razón para temer a la metafísica; ha tenido una gran influencia en la vida y el desarrollo humanos. No tenemos la dicha de poseer la verdad absoluta; por eso nos vemos obligados a formarnos teorías sobre nuestro futuro, sobre el resultado de nuestros actos, etc. Nuestra idea del sentimiento de comunidad como forma final de la humanidad, de un estado imaginado en el que todos los problemas de la vida estén resueltos y todas nuestras relaciones con el mundo exterior debidamente ajustadas, es un ideal regulador, una meta que nos da la dirección. Esta meta de perfección tiene que llevar en sí la meta de una comunidad ideal, porque todo lo que valoramos en la vida, todo lo que perdura y seguirá perdurando, es eternamente producto de este sentimiento de comunidad.
En los capítulos anteriores he descrito los hechos, los resultados y las deficiencias de nuestro sentimiento de comunidad actual en el individuo y en la masa, y he hecho cuanto he podido, en interés del conocimiento del hombre y de la caracterología, por exponer mis experiencias y mostrar cómo era posible arrojar luz sobre la ley de movimiento del individuo y de la masa, así como sobre sus errores. En la psicología individual todos los hechos irrefutables de la experiencia se contemplan y se entienden desde este punto de vista, y su sistema científico se ha desarrollado bajo la presión de esos hechos de experiencia. Los resultados obtenidos no se contradicen entre sí y los confirma el sentido común. La psicología individual ha hecho todo lo necesario para satisfacer las exigencias de una doctrina científica rigurosa. Ha aportado un número inmenso de experiencias inmediatas y las ha ordenado en un sistema que se acomoda a ellas y no las contradice; ha proporcionado también la capacidad entrenada de adivinar de acuerdo con el sentido común, una capacidad que está a la altura de ver las experiencias en su conexión con el sistema. Esta capacidad es tanto más necesaria cuanto que cada caso tiene un cariz distinto de cualquier otro y da siempre ocasión a nuevos esfuerzos de adivinación artística. Si ahora me atrevo a sostener el derecho de la psicología individual a ser aceptada como una visión del universo, puesto que la empleo para explicar el sentido de la vida, tengo que excluir todas las concepciones morales y religiosas que juzgan entre la virtud y el vicio. Lo hago aunque desde hace mucho estoy convencido de que tanto la ética y la religión como los movimientos políticos han pretendido siempre hacer justicia al sentido de la vida y de que se han desarrollado bajo la presión del sentimiento de comunidad, que es una verdad absoluta. La posición de la psicología individual respecto de ellos está determinada por su conocimiento científico, y desde luego también por su esfuerzo más directo por desarrollar con mayor eficacia el sentimiento de comunidad como conocimiento. Según esta posición, debe tenerse por justificada toda tendencia cuya dirección dé prueba innegable de que la guía la meta del bienestar universal. Debe tenerse por errónea toda doctrina que se oponga a este punto de vista o que esté viciada por la pregunta de Caín: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?».
Apoyándome en los hechos ya establecidos, puedo aclarar en un breve intento que, al entrar en la vida, solo encontramos lo que nuestros antepasados han realizado como contribución a la evolución y al desarrollo superior de toda la humanidad. Este solo hecho debería mostrarnos cómo sigue progresando la vida, cómo nos acercamos a un estado en el que son posibles contribuciones mayores y una cooperación más amplia, y en el que cada persona representa, en medida más plena que antes, una parte del todo. Para ese estado, todas las formas de los movimientos sociales son tanteos y sirven de preparación; y solo perdurarán las que tiendan en dirección a una sociedad ideal. Aunque esta tarea ha suscitado fuerzas humanas inmensas y múltiples, en muchos aspectos ha quedado inacabada y a veces ha resultado incluso mal llevada. Pero esto es solo un signo de que la humanidad, en su avance por el camino de la evolución, encuentra la «verdad absoluta» siempre fuera de su alcance, aunque siempre sea capaz de acercarse a ella. Muestra también que hay un número inmenso de logros sociales que solo duran cierto tiempo y en una situación determinada, y que incluso resultan perjudiciales al cabo de un tiempo. Lo único que puede salvarnos de ser crucificados en una ficción perjudicial, o de aferrarnos a un plan de vida basado en una ficción perjudicial, es la estrella guía del bienestar universal; bajo su guía seremos más capaces de encontrar el camino sin sufrir reveses.
El bienestar general y el desarrollo superior de la humanidad se basan en las contribuciones eternamente imperecederas de nuestros antepasados. Su espíritu vive para siempre. Es inmortal, como otros lo son en sus hijos. La continuidad de la especie humana descansa en ambos factores. Que la humanidad lo sepa o no, es indiferente. Lo que cuenta son los hechos. La pregunta por el camino acertado me parece contestada, aunque a menudo andemos a tientas en la oscuridad. No pretendemos dar una decisión definitiva; pero una cosa sí podemos decir: un movimiento del individuo o de la masa solo puede parecernos valioso si crea valores para la eternidad, para el desarrollo superior de la humanidad entera. No debería alegarse la propia estupidez o la de otros como refutación de este argumento. Es evidente que no nos ocupa la posesión de la verdad, sino la lucha por ella.
Este hecho se vuelve más impresionante, por no decir más evidente, si preguntamos: ¿qué ha sido de aquellas personas que no han aportado nada al bienestar general? La respuesta es: han desaparecido por completo. Nada queda de ellas; se han extinguido en cuerpo y alma. La tierra se las ha tragado. Les ha sucedido lo mismo que a las especies animales que se extinguieron porque no fueron capaces de ponerse en armonía con los hechos cósmicos. Hay aquí, sin duda, una ley secreta. Es como si el cosmos interrogador hubiera dado la orden: «¡Fuera de aquí! No habéis comprendido el sentido de la vida. ¡No podéis perdurar en el futuro!».
Es, desde luego, una ley cruel. Solo puede compararse con las terribles divinidades de los pueblos antiguos y con la idea del tabú, que amenazaba con la destrucción a todo el que se pusiera en contra de la comunidad. Así, el acento recae en la permanencia, en la supervivencia eterna de las contribuciones de los seres humanos que han logrado algo para el bien general. Somos sin duda lo bastante prudentes para no suponer que poseíamos el «ábrete, sésamo» de esto y que podíamos decir con precisión en cada caso qué tiene valor eterno y qué no. Estamos convencidos de que podemos equivocarnos, de que solo una investigación muy cuidadosa y objetiva puede decidir cualquier cuestión y de que a menudo la decisión debe dejarse al curso de los acontecimientos. Quizá hayamos dado un gran paso adelante al ser capaces de evitar todo lo que no contribuye a la comunidad.
Nuestro sentimiento de comunidad tiene hoy un alcance mucho más amplio que antes. Sin haber comprendido lo que hacíamos, procuramos establecer por métodos diversos, y a menudo equivocados, una armonía con el bienestar de la humanidad en la educación, en la conducta del individuo y de la masa, en la religión, la ciencia y la política. Naturalmente, quien posee más sentimiento de comunidad es quien está más cerca de comprender esa armonía futura. Y, en conjunto, este principio social básico, en lugar de abatir a los que tropiezan, ha abierto un camino para sostenerlos.
Si contemplamos nuestra vida civilizada actual y tenemos bien presente que el niño ha fijado ya de manera inalterable el grado de su sentimiento de comunidad para toda la vida, a menos que haya mediado una intervención posterior que lleve a mejorarlo, se nos impone la atención sobre ciertas condiciones generales cuya influencia puede perjudicar gravemente el desarrollo del sentimiento de comunidad del niño. Está, por ejemplo, el hecho de la guerra y de su glorificación en la enseñanza escolar. Involuntariamente, el niño cuyo sentimiento de comunidad es quizá inmaduro y débil se acomoda a un mundo en el que es posible obligar a los hombres a luchar contra máquinas y gases venenosos. Se le hace sentir que es honroso matar al mayor número posible de sus semejantes, aunque también ellos serían sin duda valiosos para el futuro de la humanidad. El mismo resultado, aunque en menor grado, produce la pena de muerte; y sus efectos perniciosos sobre el espíritu infantil no mejoran mucho con la consideración de que no se trata tanto de semejantes como de una persona que ha alzado la mano contra ellos. En los niños poco inclinados a la cooperación, incluso la experiencia brusca del problema de la muerte puede acabar rápidamente con su sentimiento de comunidad. De modo parecido corren peligro las niñas cuando la irreflexión de quienes las rodean les hace temer los problemas del amor, la procreación y el parto. El problema económico sin resolver resulta una carga excesiva para el sentimiento de comunidad en desarrollo. El suicidio, el crimen; el mal trato a los ancianos, los lisiados o los mendigos; los prejuicios y el trato injusto a personas, empleados, razas y comunidades religiosas; el maltrato de los débiles y de los niños; las riñas conyugales y todo intento de dar a la mujer una posición inferior, y mucho más —la ostentación de riqueza y de linaje, las camarillas y sus efectos en todas las capas de la sociedad—, todo ello, junto con el mimo y el abandono de los niños, pone pronto fin al desarrollo hacia un ser solidario. En nuestros días, además de devolver al niño a su lugar en la cooperación, lo único que ayuda contra tales peligros es explicar a tiempo que hasta ahora solo hemos alcanzado un nivel relativamente bajo de sentimiento de comunidad, y que un verdadero semejante ha de ver como tarea suya cooperar para mejorar este estado de cosas equivocado por el bien de la comunidad; y además, que no debe esperar que esa mejora la traiga alguna tendencia mítica a la evolución o los esfuerzos de otras personas. Los intentos, aun hechos con la mejor intención, de alcanzar un desarrollo superior intensificando alguno de estos males, mediante la guerra, la pena de muerte o el odio racial y religioso, conducirán invariablemente a una disminución del sentimiento de comunidad en la generación siguiente y, con ella, a un empeoramiento esencial de los demás males. Es interesante también observar que tales odios y persecuciones causan casi siempre un envilecimiento de la vida, de la camaradería y de las relaciones amorosas, hecho en el que se ve claramente la depreciación del sentimiento de comunidad.
En los capítulos precedentes he aportado material suficiente para que el lector comprenda que se trata aquí de una exposición científica cuando subrayo que el desarrollo adecuado del individuo solo puede progresar si vive y se esfuerza como parte del todo. Las objeciones superficiales de los sistemas individualistas no tienen sentido frente a esta concepción. Podría ir aún más lejos y mostrar cómo todas nuestras funciones están calculadas para unir al individuo aislado con la comunidad, y no para destruir la solidaridad del hombre con el hombre. El acto de ver significa recibir y hacer fecundo todo lo que cae sobre la retina. No es un simple proceso fisiológico; muestra que el hombre es parte de un todo que da y recibe. Al ver, oír y hablar nos unimos unos a otros. El hombre solo ve, oye y habla debidamente cuando está unido a los demás por su interés en el mundo exterior. Su razón, su sentido común, constituye la base de su dominio de la cooperación, de la verdad absoluta, y aspira a la rectitud eterna. Nuestro sentido y nuestras ideas estéticas —quizá las fuerzas más poderosas que impulsan a las grandes realizaciones— solo tienen un valor eterno cuando conducen al bienestar de la humanidad en la dirección de la corriente evolutiva. Todas nuestras funciones corporales y mentales están desarrolladas de manera acertada, normal y sana en la medida en que están impregnadas de suficiente sentimiento de comunidad y son aptas para la cooperación.
Cuando hablamos de virtud queremos decir que una persona cumple su parte; cuando hablamos de vicio, que estorba la cooperación. Puedo señalar, además, que todo lo que constituye un fracaso lo es porque obstaculiza el sentimiento de comunidad, ya se trate de niños, neuróticos, criminales o suicidas. En todos los casos puede verse que falta una contribución. En toda la historia de la humanidad no se encuentran personas aisladas. La evolución de la humanidad solo fue posible porque la humanidad era una comunidad, y al aspirar a la perfección ha aspirado a una comunidad ideal. Este hecho se expresa en cada movimiento y cada función de una persona, haya encontrado o no la dirección acertada en la corriente de la evolución, que se caracteriza por el ideal comunitario. La razón es que el hombre es guiado, frenado, castigado, alabado e impulsado de manera inviolable por el ideal comunitario, de modo que cada individuo no solo es responsable de toda desviación de él, sino que además tiene que expiarla. Es una ley dura, incluso cruel. Quienes han desarrollado ya un fuerte sentimiento de comunidad se esfuerzan sin cesar por suavizar el rigor de esta ley para quienes han tomado una dirección equivocada, como si supieran que se trata de un ser humano que ha errado el camino por razones que la psicología individual fue la primera en señalar. Si esa persona comprendiera cómo se ha extraviado al eludir las exigencias de la evolución, abandonaría su rumbo actual y se uniría a la gran masa de la humanidad.
Todos los problemas de la vida humana exigen, como he dicho, capacidad de cooperación y preparación para ella, el signo visible del sentimiento de comunidad. En esta disposición están incluidos el valor y la felicidad, que no se encuentran en ninguna otra parte.
Todos los rasgos de carácter revelan el grado de sentimiento de comunidad; siguen un camino que, en el sentido del individuo, conduce a la meta de superioridad. Son líneas directrices entretejidas con el estilo de vida, que los ha formado y que una y otra vez los saca a la luz. Nuestro lenguaje es demasiado pobre para expresar en una sola palabra las creaciones de la vida psíquica. Así, cuando decimos «rasgos de carácter» pasamos por alto la multiplicidad que esta expresión encubre. Por eso, a quienes se atienen a las palabras se les trasparentan en ellas contradicciones, de tal modo que nunca se les aclara la unidad de la vida psíquica.
Quizá lo que más convenza a muchos sea el simple hecho de que todo lo que llamamos error muestra una falta de sentimiento de comunidad. Todos los errores de la infancia y de la vida adulta, todos los rasgos de carácter defectuosos en la familia, en la escuela, en la vida, en las relaciones con los demás, en el trabajo y en el amor nacen de una falta de sentimiento de comunidad. Pueden ser pasajeros o permanentes, y varían de mil maneras.
Una consideración atenta de la existencia individual y colectiva, pasada y presente, nos muestra la lucha de la humanidad por un sentimiento de comunidad más fuerte. Difícilmente puede dejar de verse que la humanidad es consciente de este problema y está impresionada por él. Nuestras cargas actuales son consecuencia de la falta de una educación profunda para la comunidad. Es el sentimiento de comunidad contenido en nosotros lo que nos impulsa a alcanzar un grado superior y a librarnos de los errores que marcan nuestra vida pública y nuestra propia personalidad. Este sentimiento de comunidad existe en nosotros y se esfuerza por cumplir su propósito; no parece lo bastante fuerte para imponerse a todas las fuerzas contrarias. Persiste la esperanza justificada de que en una época lejana, si a la humanidad se le da tiempo suficiente, la fuerza del sentimiento de comunidad triunfará sobre todo lo que se le opone. Entonces será tan natural para el hombre como respirar. Por ahora no queda otro camino que comprender y enseñar que esto sucederá inevitablemente.
Apéndice. El consultor y el paciente
Nuestro principio fundamental de la unidad del estilo de vida, formado en la más temprana infancia, ya me era conocido cuando empecé mis trabajos, aunque no lo comprendía, y me permitió suponer de inmediato que la persona que viene a pedir consejo revela su personalidad en el momento en que aparece, sin saber gran cosa de ello. Para el paciente, la consulta es un problema social. Todo encuentro de una persona con otra es un problema de esa índole. Cada cual se presentará conforme a su ley de movimiento. El experto puede a menudo adivinar algo del sentimiento de comunidad del paciente al primer vistazo. El disimulo sirve de poco ante un psicólogo individual experimentado. El paciente espera de su consejero una buena dosis de sentimiento de comunidad. Como la experiencia nos ha enseñado a no esperar mucho sentimiento de comunidad del paciente, no se le exigirá demasiado. Hay dos consideraciones que nos prestan una ayuda esencial a este respecto. La primera es que, por regla general, el nivel general del sentimiento de comunidad no es alto; la segunda, que solemos tener que vérnoslas con personas que fueron mimadas de niños y que en sus años posteriores no logran librarse de su mundo irreal. No sería muy sorprendente que muchos de mis lectores hubieran aceptado sin sobresalto el hecho de que la gente pregunte: «¿Por qué he de amar a mi prójimo?». Al fin y al cabo, Caín hizo una pregunta parecida.
La mirada, el andar, el vigor o la debilidad con que el paciente se acerca pueden revelar mucho. Puede perderse mucho si se toma por regla indicarle, por ejemplo, un asiento determinado —un sofá— o atenerse estrictamente a una hora fija. La primera entrevista debe ser una prueba precisamente por ser del todo libre. Hasta la manera de dar la mano puede sugerir un problema determinado. A menudo se ve a personas mimadas apoyarse en algo y a niños agarrarse a su madre. Pero, como en todo lo que constituye un problema para la capacidad de adivinación del consultor66, también en estos casos hay que evitar las reglas rígidas y examinar de cerca. Es preferible guardarse las propias opiniones, para que más adelante, una vez comprendido el caso, puedan utilizarse de forma adecuada sin herir la hipersensibilidad del paciente, que siempre está presente. De vez en cuando conviene decir al paciente que se siente donde quiera, sin indicarle ningún asiento en particular. La distancia respecto del médico o del consultor revela —exactamente igual que en el caso de los escolares— mucho de la naturaleza del paciente. Además, es importante prohibir rigurosamente la psicología «popular» que hace furor en tales consultas, e incluso en las reuniones sociales, y evitar al comienzo del tratamiento las respuestas estrictamente técnicas a las preguntas del paciente o de sus parientes. El psicólogo individual no debe olvidar que, dejando aparte su propia capacidad entrenada de adivinar, tiene también que aportar pruebas a otros que no tienen su experiencia. Ante los padres y parientes del paciente, el consultor no debe aparentar nunca una actitud de duda. Debe más bien describir el caso como digno de consideración y no desesperado, aun cuando él mismo no se incline a encargarse de él, a menos que razones de peso, en un caso absolutamente desesperado, exijan decir la verdad. Veo una ventaja en no interrumpir los movimientos del paciente. Que se levante, vaya y venga o fume como guste. Incluso he dado alguna vez a mis pacientes la oportunidad de dormirse en mi presencia, cosa que ellos mismos propusieron con el fin de hacerme más difícil la tarea. Tal actitud era para mí un lenguaje tan significativo como si se hubieran expresado con palabras que mostraran su oposición. La mirada de soslayo de un paciente indica claramente su escasa inclinación a participar en la tarea común que une al paciente con el médico. Esta falta de disposición a la cooperación puede mostrarse de modo llamativo de otra manera: cuando el paciente dice poco o nada, cuando se anda con rodeos o cuando, con su charla incesante, impide hablar al médico. El psicólogo individual, a diferencia de otros psicoterapeutas, evitará estar soñoliento, dormirse o bostezar, mostrar falta de interés por el paciente, emplear palabras duras, dar consejos prematuros, dejarse considerar como el último recurso, ser impuntual, entrar en disputas o declarar que no hay perspectiva de curación. En este último caso, cuando las dificultades son demasiado grandes, lo recomendable es explicar que uno no es capaz de tratar el caso y remitir al paciente a otros que quizá sean más capaces. Todo intento de adoptar un aire autoritario prepara el camino al fracaso, y toda jactancia es un obstáculo para la curación. Desde el comienzo mismo del tratamiento, el consultor debe procurar inculcar al paciente que la responsabilidad de su curación está en sus propias manos. Pues, como dice muy acertadamente el proverbio inglés: «Puedes llevar el caballo al agua, pero no puedes obligarle a beber».
Debe ser regla estricta atribuir el éxito del tratamiento y la curación no al consultor, sino al paciente. El consejero solo puede señalar los errores; es el paciente quien debe hacer viva la verdad. Como, según hemos visto, todos los casos de fracaso se deben a una falta de cooperación, hay que aprovechar desde el principio todos los medios con que pueda acrecentarse la cooperación del paciente con el consultor. Evidentemente, esto solo es posible cuando el paciente puede confiar en su consejero. Por consiguiente, este trabajo en común tiene una importancia suprema como primer intento serio, hecho con espíritu científico, de elevar el sentimiento de comunidad a un nivel más alto. Entre otras cosas, el consultor debe evitar estrictamente suscitar —sobre todo insistiendo en componentes sexuales reprimidos— esa corriente psíquica que Freud ha llamado transferencia positiva. En la cura psicoanalítica se exige abiertamente, y también la emplean otros consultores cuando hay un sentimiento de inferioridad permanente y el paciente tiene muy poca fe en su consejero; pero no hace más que añadir un problema nuevo al tratamiento. Este estado creado artificialmente tiene, en el mejor de los casos, que hacerse desaparecer. Si el paciente, que casi siempre es un niño mimado o un adulto ávido de mimo, ha aprendido a asumir plena responsabilidad por su conducta, el consultor evitará fácilmente llevarlo a esa trampa que parece prometer una satisfacción fácil e inmediata de sus deseos incumplidos. Como, en general, a las personas mimadas todo deseo incumplido les parece una represión, quisiera repetir aquí que la psicología individual no exige la represión de los deseos, ni de los justificados ni de los injustificados. Enseña, sin embargo, que los deseos injustificados han de reconocerse como contrarios al sentimiento de comunidad, y que se los puede hacer desaparecer no por supresión, sino por un aumento del sentimiento de comunidad. En una ocasión llegó a amenazarme un hombre débil que padecía demencia precoz, y al que curé por completo después de que se le hubiera declarado incurable tres años antes de que yo empezara a tratarlo. Ya entonces sabía yo que él esperaba con certeza que también yo lo abandonara y rechazara. Tal era el destino que se cernía ante él desde niño. Durante tres meses permaneció callado en el tratamiento. Aproveché la ocasión para darle explicaciones prudentes, en la medida en que conocía los hechos de su vida. Reconocí también, en su silencio y en otros actos de tendencia parecida, una inclinación a obstaculizarme, y vi que me hallaba ante la culminación de su actitud hacia mí cuando levantó la mano para golpearme. Al instante resolví no defenderme. Siguió otro ataque, en el que se rompió una ventana. Del modo más amistoso le vendé una herida de la mano, que sangraba levemente. (No aconsejo, sin embargo, a mis amigos que hagan de tal proceder una regla.) Cuando estuve completamente seguro del éxito de mi tratamiento con este hombre, le pregunté: «Bueno, ¿qué le parece? ¿Cómo vamos a conseguir los dos curarlo?». La respuesta que recibí debería causar una impresión muy fuerte en los círculos interesados. Me ha enseñado a sonreír ante todos los ataques de psicólogos y psiquiatras peor pertrechados que siguen arremetiendo contra molinos de viento. Me contestó: «Es muy sencillo. Había perdido todo el valor para vivir. En nuestras consultas lo he vuelto a encontrar». Todos los que hayan reconocido la sencilla verdad que enseña la psicología individual —que el valor es un aspecto del sentimiento de comunidad— comprenderán la transformación de este hombre.
El paciente debe adquirir en todo caso la convicción de que es absolutamente libre respecto del tratamiento. Puede hacer o dejar de hacer lo que quiera. Solo hay que evitar dar la impresión de que el paciente empezará a librarse de sus síntomas ya al comienzo mismo del tratamiento. A los parientes de un epiléptico les dijo otro consejero en la primera consulta que, si se dejaba solo al paciente, no tendría más ataques. El resultado fue que el primer día sufrió un ataque violento en la calle y se fracturó la mandíbula inferior. Otro caso fue menos trágico. Un joven acudió a un psiquiatra para que lo tratara de cleptomanía, y se llevó el paraguas del médico después de la primera consulta.
Haré otra recomendación. El médico debe comprometerse a no hablar con nadie de sus conversaciones con el paciente, y debe cumplir su palabra. En cambio, al paciente hay que dejarlo en absoluta libertad de contar lo que le parezca. Ciertamente, se corre aquí el riesgo de que un paciente use las explicaciones del médico para deslizarse, en sociedad, hacia la psicología «popular». («Lo que aprendieron ayer quieren enseñarlo ya hoy. ¡Qué evacuación tan rápida deben de tener!»);67 pero una conversación amistosa puede quitarle hierro a eso. O pueden seguir quejas sobre la familia del paciente. También a estas hay que adelantarse, para dejar claro de antemano al paciente que sus parientes solo tienen la culpa mientras él los haga culpables con su conducta, y que dejarán de tenerla inmediatamente en cuanto él se sienta bien. Además, hay que hacerle ver que no se puede esperar de los parientes del paciente más conocimiento del que él mismo posee, y que ha sido él quien, bajo su propia responsabilidad, ha utilizado las influencias de su entorno como material para construir su propio estilo de vida. Conviene también recordarle que sus padres, en caso de que tengan culpa, pueden invocar los errores de sus propios padres, y así sucesivamente a lo largo de las generaciones; de modo que, por esta razón, no puede haber culpa en el sentido que él da a la palabra.
Me parece importante que el paciente no se haga la idea de que el trabajo de un psicólogo individual tiene por objeto aumentar la ganancia y la gloria de este. El afán de conseguir pacientes solo puede hacer daño. Lo mismo vale para las observaciones despectivas, o quizá malévolas, sobre otros consultores.
Bastará un ejemplo. Un hombre vino a verme para que lo curara de un agotamiento nervioso que resultó ser consecuencia del miedo a ser derrotado. Me informó de que le habían recomendado consultar a otro psiquiatra, al que deseaba visitar. Le di la dirección. Al día siguiente vino a verme y me contó su visita. El psiquiatra, tras oír su historia clínica, le había aconsejado la cura de agua fría. El paciente le dijo que ya había probado esa cura cinco veces sin éxito. El médico le aconsejó probarla por sexta vez en un establecimiento bien dirigido que le recomendó especialmente. El paciente replicó que ya había estado allí dos veces y que lo habían tratado sin éxito con la cura de agua. Añadió que quería venir a tratarse conmigo. El psiquiatra se lo desaconsejó y observó que el doctor Adler no haría más que sugestión. El paciente replicó: «Quizá me sugiera algo que me cure», y se despidió.68 Si este psiquiatra no hubiera estado tan obsesionado por su deseo de estorbar el reconocimiento de la psicología individual, sin duda habría notado que no podía impedir que el paciente viniera a verme, y habría comprendido mejor la oportunidad de sus propias observaciones. Os ruego, amigos míos, que en presencia de los pacientes evitéis las observaciones despectivas, aun cuando estén justificadas. La palestra científica abierta es sin duda el lugar donde las opiniones erróneas deben corregirse y sustituirse por otras acertadas, y esto debe hacerse con métodos científicos.
Si en la primera entrevista el paciente duda de si se someterá al tratamiento, déjese la decisión para los próximos días. La pregunta habitual sobre la duración del tratamiento no es fácil de contestar. Considero esta pregunta muy justificada, porque gran número de los que acuden a mí han oído hablar de tratamientos que han durado ocho años sin éxito. El tratamiento por la psicología individual, si se lleva a cabo debidamente, debe mostrar al menos un éxito parcial perceptible en tres meses, y en la mayoría de los casos incluso antes. Pero como el éxito depende de la cooperación del paciente, el procedimiento correcto es dejar abierta desde el principio una puerta al sentimiento de comunidad, subrayando que la duración de la cooperación depende del paciente; que el médico, si está bien versado en psicología individual, puede orientarse al cabo de media hora, pero que tiene que esperar a que también el paciente haya reconocido su estilo de vida y sus errores. Con todo, puede añadirse: «Si dentro de una o dos semanas no está usted convencido de que vamos por el buen camino, interrumpiré el tratamiento».
La inevitable cuestión de los honorarios causa dificultades. He recibido a menudo a pacientes que habían perdido una fortuna nada desdeñable en tratamientos anteriores. El consultor debe ajustarse a los honorarios habituales en su lugar. Puede también tener en cuenta el esfuerzo y el gasto de tiempo adicionales que requiera el caso. Debe, sin embargo, abstenerse de exigencias desmesuradas, sobre todo cuando puedan perjudicar al paciente. El tratamiento gratuito debe llevarse a cabo con tanto tacto que los pacientes pobres no tengan la sensación de que el consultor muestra la menor falta de interés por su caso. En la mayoría de los casos nunca dejan de notarlo. El pago de una suma global, aunque parezca aceptable, o la promesa de pagar tras una curación lograda, deben rechazarse, no porque esto último sea incierto, sino porque introduce artificialmente un motivo nuevo en la relación entre el médico y su paciente, y eso dificulta el éxito del tratamiento. El pago debe hacerse semanal o mensualmente, y siempre al final del período. Las exigencias o expectativas de cualquier clase perjudican siempre al tratamiento. Hay que rechazar incluso los pequeños servicios amables que el propio paciente se ofrece a prestar con bastante frecuencia. Los regalos deben declinarse amistosamente, o aplazarse su aceptación hasta después de terminada la cura. No debe haber invitaciones mutuas ni visitas conjuntas durante el tratamiento. El tratamiento de parientes o de personas conocidas del consultor presenta un cariz algo más difícil, porque, por la naturaleza de las cosas, todo sentimiento de inferioridad se vuelve más opresivo en presencia de un conocido. También a quien se ocupa del caso le repugna rastrear el sentimiento de inferioridad de su paciente, y tiene que hacer todo lo posible para que el paciente se sienta a gusto. Toda tensión se alivia mucho cuando se tiene la fortuna, como en la psicología individual, de poder llamar siempre la atención, en el tratamiento, solo sobre errores y
[Falta la p. 296 en el ejemplar digitalizado.]
reforzar la confianza en la psicología individual y en sus concepciones.
En cada entrevista debe observarse si el paciente va o no camino de la cooperación. Cada gesto, cada expresión, el material de conversación que trae consigo o que no ha traído, darán prueba de ello. Una comprensión cabal de los sueños da a la vez la oportunidad de apreciar el éxito o el fracaso y el grado de cooperación. Pero hay que proceder con especial cautela al empujar al paciente hacia una línea de acción determinada. Si se habla de ello, el médico no debe decir nada a favor ni en contra, sino que, descartando como cosa natural todas las empresas que se tienen por peligrosas, debe decir al paciente que, aunque está convencido de que tendría éxito, no puede juzgar con precisión si está de veras preparado para la empresa. Todo estímulo dado antes de que el paciente haya adquirido un sentimiento de comunidad mayor se venga, por regla general, con un refuerzo o una recaída de los síntomas.
Pueden tomarse medidas más enérgicas cuando se trata de la cuestión de la profesión. Esto no significa en modo alguno que haya que ordenar al paciente que abrace una profesión, sino simplemente que el consultor debe hacerle ver que está mejor preparado para un oficio determinado y que lo más probable es que tenga éxito en él. Como, en general, en todas las fases del tratamiento, también aquí debemos atenernos estrictamente al método de alentar al paciente. Debemos actuar según la convicción de la psicología individual —que ha hecho sentirse pisadas a tantas personas inestables y vanidosas— de «que» (aparte de logros sobresalientes y especiales, de cuya estructura poco podemos decir) «cualquiera puede hacerlo todo».
En cuanto al examen de un niño que acude por primera vez al consultor, considero el cuestionario que mis colaboradores y yo hemos esbozado el mejor de cuantos he visto hasta ahora. Lo añado aquí. Ciertamente, solo sabrán manejarlo como es debido quienes posean experiencia suficiente, conozcan con exactitud las concepciones de la psicología individual en su armazón de hierro y tengan práctica suficiente en el arte de adivinar. Al usarlo advertirán una vez más que todo el arte de comprender los rasgos humanos consiste en captar el estilo de vida del individuo, concluido en la infancia, en entender las influencias que actuaban cuando el niño lo estaba formando y en ver cómo se despliega ese estilo de vida al enfrentarse con los problemas sociales de la humanidad. Al cuestionario, que se redactó hace algunos años, hay que añadir que debe anotarse el grado de agresión —la actividad—, y no hay que olvidar que la inmensa mayoría de los errores infantiles se deben al mimo, que intensifica continuamente la lucha emocional del niño y lo lleva así constantemente a la tentación. De este modo lo seducen tanto alicientes de las clases más variadas que le cuesta resistir, sobre todo cuando está en malas compañías.
Cuestionario para psicólogos individuales
Para la comprensión y el tratamiento de los niños difíciles. Redactado y comentado por la Asociación Internacional de Psicología Individual.69
- ¿Cuánto tiempo hace que duran las dificultades? ¿En qué situación, material y anímica, se hallaba el niño cuando se notaron los fallos?
(Son importantes: cambios de entorno, entrada en la escuela, cambio de escuela, cambio de maestro, nacimiento de hermanos menores, fracasos escolares, nuevas amistades, enfermedades del niño o de los padres, etc.)
- ¿Había antes algo extraño en el niño? ¿Debido a debilidad corporal o mental? ¿Cobardía? ¿Descuido? ¿Deseo de estar solo? ¿Torpeza? ¿Celos? ¿Dependencia de otros para comer, vestirse, lavarse, acostarse? ¿Tiene miedo de que lo dejen solo? ¿Miedo a la oscuridad? ¿Tiene una idea clara de su sexo? ¿Caracteres sexuales primarios, secundarios y terciarios? ¿Cómo ve al otro sexo? ¿Hasta dónde ha llegado su instrucción en cuestiones sexuales? ¿Hijastro? ¿Ilegítimo? ¿Dado a criar? ¿Cómo eran sus padres de crianza? ¿Sigue en contacto con ellos? ¿Aprendió a andar y a hablar a la edad normal? ¿Lo hace sin errores? ¿Fue normal la dentición? ¿Tuvo dificultades notables para aprender a escribir, contar, dibujar, cantar, nadar? ¿Ha tenido un apego especial a alguien: madre, padre, abuelos, niñera?
(Hay que procurar descubrir el establecimiento de una actitud hostil ante la vida, todo lo que pueda despertar sentimientos de inferioridad, las tendencias a excluir dificultades y personas, los rasgos de egoísmo, irritabilidad, impaciencia, emotividad exaltada, actividad, avidez, cautela.)
- ¿Ha dado mucho que hacer el niño? ¿Qué cosas o personas teme más? ¿Grita de noche? ¿Moja la cama? ¿Quiere dominar? ¿A los fuertes, o solo a los débiles? ¿Ha mostrado una afición especial a acostarse en la cama de uno de sus padres? ¿Es torpe? ¿Inteligente? ¿Se burlaban y reían mucho de él? ¿Muestra una vanidad excesiva respecto de su pelo, su ropa, sus zapatos? ¿Se hurga la nariz? ¿Se muerde las uñas? ¿Es glotón en la mesa? ¿Ha robado algo? ¿Tiene dificultades para hacer de vientre?
(Esto mostrará claramente si ha dado muestras de más o menos actividad en el afán de preeminencia. Además, si la obstinación ha impedido el cultivo de su actividad instintiva.)
- ¿Hacía amigos con facilidad, o era insociable, y atormentaba a personas y animales? ¿Se une a personas más jóvenes, mayores, a niñas (niños)? ¿Tiende a llevar la voz cantante? ¿O se queda al margen? ¿Colecciona cosas? ¿Es tacaño? ¿Le gusta el dinero?
(Esto mostrará su capacidad de establecer contacto con otras personas y el grado de su desaliento.)
- ¿Cómo se comporta actualmente el niño en todas estas relaciones? ¿Cómo se porta en la escuela? ¿Va de buena gana? ¿Llega tarde? ¿Está agitado antes de ir a la escuela? ¿Se apresura? ¿Pierde los libros, la cartera y los papeles? ¿Se excita por las tareas escolares y los exámenes? ¿Olvida hacer los deberes o se niega a hacerlos? ¿Pierde el tiempo? ¿Es desaseado? ¿Indolente? ¿Tiene mucha o poca concentración? ¿Perturba las clases? ¿Actitud ante su maestro? ¿Crítica? ¿Arrogante? ¿Indiferente? ¿Busca la ayuda de otros en su trabajo, o espera siempre a que se la ofrezcan? ¿Le entusiasman la gimnasia y el deporte? ¿Se considera parcial o totalmente falto de talento? ¿Lee mucho? ¿Qué clase de lectura prefiere? ¿Va retrasado en todas las asignaturas?
(Estas preguntas permitirán ver la preparación del niño para la vida escolar y los resultados de los experimentos de la escuela con el niño. Mostrarán también su actitud ante las dificultades.)
- Información exacta sobre sus condiciones familiares: ¿enfermedades en la familia, alcoholismo, tendencias criminales, neurosis, debilidad, sífilis, epilepsia, nivel de vida? ¿Qué muertes ha habido? ¿Qué edad tenía entonces? ¿Es huérfano el niño? ¿Quién manda en la familia? ¿Es la educación severa, criticona, mimadora? ¿Tienen los niños miedo a la vida? ¿Cómo se los cuida? ¿Padrastro o madrastra?
(Esto da una visión del niño en su posición dentro de la familia y permite estimar las influencias que han contribuido a formarlo.)
- ¿Qué lugar ocupa el niño en el orden de nacimiento? ¿Es el mayor, el segundo, el menor, o hijo único? ¿Rivalidades? ¿Llanto frecuente? ¿Risa maliciosa? ¿Tendencia a menospreciar sin motivo a otras personas?
(Importante para la caracterología; arroja luz sobre la actitud del niño ante otras personas.)
- ¿Qué ideas tiene actualmente el niño sobre su futura profesión? ¿Qué piensa del matrimonio? ¿Qué profesiones tienen los demás miembros de la familia? ¿Cómo son las relaciones conyugales de sus padres?
(De las respuestas pueden sacarse conclusiones sobre el valor del niño y su esperanza en el futuro.)
- ¿Juegos favoritos? ¿Cuentos favoritos? ¿Personajes favoritos de la historia y la poesía? ¿Le gusta interrumpir los juegos de otros niños? ¿Se pierde en fantasías? ¿Sueños diurnos?
(Esto indica sus modelos en su afán de superioridad.)
- ¿Primeros recuerdos? ¿Sueños impresionantes o que se repiten a menudo? (De volar, caer, verse impedido, llegar tarde al tren, correr una carrera, estar encerrado; sueños de angustia.)
(En ellos se encuentra a menudo una tendencia al aislamiento; voces de advertencia que llevan al niño a una cautela excesiva; impulsos ambiciosos y la preferencia por ciertas personas, por la pasividad, etc.)
- ¿En qué aspecto está desalentado el niño? ¿Se siente menospreciado? ¿Reacciona favorablemente al aprecio y al elogio? ¿Tiene ideas supersticiosas? ¿Retrocede ante las dificultades? ¿Empieza a hacer cosas diversas y pronto las deja? ¿Está inseguro sobre su futuro? ¿Cree en los efectos nocivos de la herencia? ¿Lo desalentaron sistemáticamente quienes lo rodeaban? ¿Tiene una visión pesimista de la vida?
(Esto dará puntos de vista importantes para descubrir si el niño ha perdido la confianza en sí mismo y busca su camino en una dirección equivocada.)
- Otros defectos: ¿Hace muecas? ¿Se comporta de manera tonta, infantil, cómica?
(Intentos más bien faltos de valor de llamar la atención sobre sí mismo.)
- ¿Tiene defectos del habla? ¿Es feo? ¿Desgarbado? ¿Pie zambo? ¿Raquitismo? ¿Piernas en X o en O? ¿Mal desarrollado? ¿Anormalmente gordo, alto, bajo? ¿Defectos de la vista o del oído? ¿Tiene retraso mental? ¿Es zurdo? ¿Ronca de noche? ¿Es llamativamente guapo?
(Aquí se trata de dificultades de la vida que el niño, por regla general, exagera. Pueden llevar a un estado crónico de desaliento. Un desarrollo erróneo semejante se da a menudo en los niños muy guapos. Se hacen la idea de que todo se les ha de dar para conservarlo sin esfuerzo, y de este modo descuidan prepararse debidamente para la vida.)
- ¿Habla el niño abiertamente de su falta de capacidad, de que «no está lo bastante dotado» para la escuela, para el trabajo, para la vida? ¿Tiene ideas de suicidio? ¿Hay alguna relación temporal entre su falta de éxito y sus errores? (Descuido, formación de pandillas.) ¿Da demasiado valor al éxito material? ¿Es servil? ¿Hipócrita? ¿Rebelde?
(Son formas expresivas de un desaliento profundo. Aparecen a menudo tras intentos vanos de sobresalir que han fracasado no solo por su propia falta de rumbo, sino también por la falta de comprensión de quienes rodean al niño. Tras el fracaso viene la búsqueda de una satisfacción sustitutiva en otro campo de lucha.)
- ¿Logros positivos del niño? ¿Tipo? ¿Visual, auditivo, cinestésico?
(Un indicador importante, pues quizá el interés, la inclinación y la preparación del niño apunten en otra dirección que la tomada hasta entonces.)
Sobre la base de estas preguntas, que no deben hacerse punto por punto, sino conversando, nunca mecánicamente, sino siempre con naturalidad y de modo progresivo, se forma siempre una imagen de la personalidad del niño. Con ella, los errores del niño, aunque desde luego no estén justificados, se harán del todo comprensibles. Cuando se descubren errores, deben explicarse siempre amistosamente, con paciencia y sin amenazas.
En relación con los errores de los adultos, he encontrado de cierto valor el siguiente modelo de examen. Ateniéndose a él, el experto obtendrá en bastante menos de media hora una visión penetrante del estilo de vida del individuo.
Ciertamente, mis propias indagaciones no siempre se atienen a la regla de la secuencia siguiente. El experto no dejará de notar su concordancia con un cuestionario médico. Siguiéndola, el psicólogo individual, gracias al sistema con que trabaja, obtendrá de las respuestas más de un indicio que de otro modo habría pasado inadvertido. La secuencia es aproximadamente la siguiente:
¿De qué se queja usted?
¿En qué situación se hallaba usted cuando notó sus síntomas?
¿En qué situación se halla ahora?
¿Cuál es su profesión?
Describa a sus padres en cuanto a su carácter, su salud y la enfermedad de que murieron, si no viven. ¿Cuál era su relación con usted?
¿Cuántos hermanos tiene? ¿Qué lugar ocupa entre ellos? ¿Cuál es su actitud hacia usted? ¿Qué situación tienen los demás en la vida? ¿Tienen también alguna enfermedad?
¿Quién era el preferido de su padre o de su madre?
Buscar señales de mimo en la infancia (timidez, apocamiento, dificultad para hacer amistades, desorden, etc.).
¿Enfermedades y actitud ante las enfermedades en la infancia?
¿Primeros recuerdos de la infancia?
¿Qué es lo que más teme, o lo que más temía?
¿Qué ideas tiene, o tenía en la infancia y en años posteriores, sobre el otro sexo?
¿Qué profesión le habría interesado más, y, en caso de no haberla elegido, por qué no lo hizo?
¿Ambicioso, susceptible, propenso a arrebatos de ira, pedante, dominante, tímido, impaciente?
¿Qué clase de personas lo rodean actualmente? ¿Impacientes? ¿Malhumoradas? ¿Cariñosas?
¿Cómo duerme?
¿Sueños? (De caer, de volar, sueños recurrentes, proféticos, de exámenes, de perder el tren, etc.)
¿Enfermedades en el árbol genealógico?
Quisiera en este punto hacer a mis lectores una advertencia importante. Quien haya llegado hasta aquí sin comprender del todo el significado de estas preguntas debería volver a empezar desde el principio y reflexionar si no habrá leído este libro sin la debida atención o —¡Dios no lo quiera!— con prevención hostil. Si tuviera que explicar aquí el significado de estas preguntas para nuestro conocimiento de la formación del estilo de vida, tendría que repetir el libro entero. Así pues, esta serie de preguntas y el cuestionario para niños pueden muy bien servir de prueba, pues el resultado mostrará si el lector me ha acompañado, es decir, si ha adquirido una medida suficiente de sentimiento de comunidad. Ese es, en efecto, el objetivo más importante de este libro. Está pensado para permitir al lector no solo comprender a otras personas, sino captar la importancia del sentimiento de comunidad y hacerlo vivo en sí mismo.
Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar de la Digital Library of India en Internet Archive (dli-2015-172648): Alfred Adler, Social Interest: A Challenge to Mankind, traducción inglesa de John Linton y Richard Vaughan, Londres, Faber and Faber, 1938, 313 págs. Falta en el escaneo la pág. 296. No se traduce el índice alfabético. Los comentarios p. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.
Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026) a partir de la versión inglesa, a falta del original alemán Der Sinn des Lebens (1933). Social interest y social feeling se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; style of life, «estilo de vida»; pampered, «mimado»; meaning, «opinión» cuando corresponde a Meinung y «sentido» cuando es el sentido de la vida (Sinn). Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
«Desde el punto de vista de la eternidad»: fórmula latina de Spinoza (Ética, V). En inglés en el original, como las demás palabras latinas y alemanas que conserva la traducción. (N. del T.) ↩
«Sentimiento de comunidad» traduce aquí social feeling, y en todo el libro social feeling, social interest y community feeling, las versiones inglesas del Gemeinschaftsgefühl de Adler; el título inglés de la obra, Social Interest, corresponde al alemán Der Sinn des Lebens [El sentido de la vida] (Viena, 1933), del que este libro es traducción. (N. del T.) ↩
«Todo depende de la opinión» (Séneca, Epístolas a Lucilio, 78, 13). (N. del T.) ↩
Lebensplan y Meinung; Meinung significa aquí «la idea que uno tiene de la vida». ↩
Nota del autor que reproduce los términos del original alemán. La versión inglesa traduce Meinung por meaning, palabra que en otros lugares vierte también Sinn («sentido»); en esta traducción se da «opinión» cuando meaning corresponde a la Meinung del individuo sobre sí mismo y sobre la vida, y «sentido» cuando se trata del sentido de la vida. (N. del T.) ↩
Cf. Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen und ihre seelische Kompensation [Estudio sobre la inferioridad de los órganos y su compensación psíquica] (Hirzel, Leipzig, 2.ª edición). ↩
Cf. Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual] (Bergmann, Múnich, 4.ª edición). ↩
El hecho de que incluso estudiosos de la psicología individual con muchos años de dedicación se refieran con ello a las comunidades actuales y no a una comunidad sub specie aeternitatis muestra que la medida de la psicología individual es demasiado alta para ellos. ↩
Cf. Studie über Minderwertigkeit von Organen (Hirzel, Leipzig, 2.ª edición). ↩
«Dame un punto donde apoyarme»: palabras atribuidas a Arquímedes («dadme un punto de apoyo y moveré el mundo»). Así en el original inglés, en griego. (N. del T.) ↩
«Psicología de la forma» o de la Gestalt (Wertheimer, Köhler, Koffka). En alemán en el original inglés. (N. del T.) ↩
Want of social interest: el adjetivo va en cursiva en el original inglés; aquí social interest no es el término técnico (que se traduce siempre «sentimiento de comunidad»), sino que subraya que la falta de interés del niño mimado es falta de interés por los demás. (N. del T.) ↩
Advisory Boards for Individual Psychology en el original inglés: los consultorios de orientación educativa (Erziehungsberatungsstellen) que Adler y sus colaboradores abrieron desde 1920 en escuelas y centros populares de Viena. (N. del T.) ↩
Véase Adler, Das Problem der Homosexualität [El problema de la homosexualidad] (Hirzel, Leipzig). ↩
Cf. Smuts, Wholeness and Evolution [La totalidad y la evolución] (Macmillan, Londres). ↩
El libro de Jan Christiaan Smuts se titula en realidad Holism and Evolution [Holismo y evolución] (Londres, Macmillan, 1926). (N. del T.) ↩
Cf. Adler, Heilen und Bilden [Curar y educar] (Bergmann, Múnich, 3.ª edición). ↩
Cf. Cannon, The Wisdom of the Body [La sabiduría del cuerpo] (Norton & Co., Nueva York). ↩
Cf. especialmente Praxis und Theorie der Individualpsychologie (4.ª edición). ↩
Josef Kyrle (1880-1926), dermatólogo y venereólogo vienés, que estudió la hipoplasia de los órganos genitales en relación con otras inferioridades orgánicas. (N. del T.) ↩
«Efecto de totalidad». En alemán en el original inglés. (N. del T.) ↩
Probable alusión al prefacio autobiográfico que Shaw escribió en 1930 para la edición de su novela de juventud Immaturity, donde habla del alcoholismo de su padre. (N. del T.) ↩
Cita aproximada de Schiller, «Das Siegesfest» [La fiesta de la victoria]: «Denn Patroklus liegt begraben, / Und Thersites kommt zurück» («Pues Patroclo yace enterrado, / y Tersites vuelve»). (N. del T.) ↩
Carl Gustav Carus (1789-1869), autor de una Symbolik der menschlichen Gestalt [Simbólica de la forma humana] que Ludwig Klages reeditó y difundió en los años veinte. (N. del T.) ↩
Ernst Kretschmer, Körperbau und Charakter [Constitución corporal y carácter] (1921). (N. del T.) ↩
Se trata del fisiólogo estadounidense Samuel James Meltzer (1851-1920), cuya conferencia Harvey de 1906, «The factors of safety in animal structure and animal economy», sostenía que los organismos están construidos con márgenes de seguridad. La edición inglesa escribe «Melzer» y «Harvard Lectures». (N. del T.) ↩
Bergmann, Múnich, 4.ª edición. ↩
Jahn y Adler, Religion und Individualpsychologie [Religión y psicología individual] (Verlag Dr. Passer, Viena). ↩
Cf. Heilen und Bilden [Curar y educar] (Bermann [sic, por Bergmann], Múnich, 3.ª edición). ↩
Goethe, Fausto, I, «Cuarto de estudio»: Mefistófeles se presenta como «una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y siempre crea el bien». (N. del T.) ↩
Shakespeare, Hamlet, acto III, escena 2. (N. del T.) ↩
Cf. Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual] (Bergmann, Múnich, 4.ª edición). ↩
Cf. Adler, Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. ↩
Adler, «Die Zwangneurose» [La neurosis obsesiva], Zeitschrift für Individualpsychologie (Hirzel, Leipzig, 1931). ↩
Schiller, «Die Teilung der Erde» [El reparto de la tierra]: Zeus pregunta al poeta, que llega tarde al reparto, dónde estaba cuando se repartió el mundo. (N. del T.) ↩
Cf. Adler, Praxis und Theorie der Individualpsychologie. ↩
Probablemente Pauline V. Young, autora de un estudio sobre los molocanos rusos inmigrados a Los Ángeles (The Pilgrims of Russian-Town, 1932). (N. del T.) ↩
La edición inglesa imprime, por errata, son specie aeternitatis. (N. del T.) ↩
Adler contrapone su «psicología del uso» (Gebrauchspsychologie) a la «psicología de la posesión» (Besitzpsychologie), que explica la conducta por lo que el individuo trae consigo (herencia, ambiente) y no por el uso que hace de ello. La edición inglesa deja la palabra alemana Besitz («posesión»). (N. del T.) ↩
La edición inglesa imprime sub specia aeternitatis. (N. del T.) ↩
Horacio, Epístolas, I, 1, 19: «et mihi res, non me rebus, subiungere conor» («y procuro someter las cosas a mí, y no yo a las cosas»). Horacio lo dice de sí mismo, sin reproche; la cita, tal como la da la edición inglesa, está alterada. (N. del T.) ↩
Cf. también «Der Sinn des Lebens» [El sentido de la vida], Zeitschrift für Individualpsychologie (1931), págs. 161 y ss. ↩
Cf. Dreikurs, Seelische Impotenz [La impotencia psíquica] (Hirzel, Leipzig), y Adler, Das Problem der Homosexualität [El problema de la homosexualidad] (Hirzel, Leipzig, 1930). ↩
Cf. Adler, Zeitschrift für Individualpsychologie [Revista de Psicología Individual] (Hirzel, Leipzig), vol. X. ↩
Quinto Fabio Máximo, llamado Cunctator («el que demora»), general romano de la segunda guerra púnica, célebre por su táctica dilatoria frente a Aníbal. La edición inglesa imprime «Fabius Maximum». (N. del T.) ↩
Cf. Holub, Die Lehre von der Organminderwertigkeit [La doctrina de la inferioridad orgánica] (Hirzel, Leipzig). ↩
En inglés, Pathfinder Club: probablemente traduce el alemán Pfadfinder, «exploradores» (boy scouts). (N. del T.) ↩
Cf. Adler, «Schlafstellungen» [Posturas al dormir], en Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual] (Bergmann, Múnich, 4.ª ed.). ↩
Así en la versión inglesa: a prisoner that will never set it free. La imagen parece invertida (el prisionero que no suelta a su captor); se traduce literalmente. (N. del T.) ↩
Fritz Künkel (1889-1956), psicólogo individual alemán, hablaba de Teufelskreis («círculo del diablo», es decir, círculo vicioso) para designar el refuerzo mutuo entre el miedo y la conducta neurótica. (N. del T.) ↩
Cf. Groos, Spiele der Kinder [Los juegos de los niños]. ↩
Stage of defiance traduce aquí el Trotzalter o Trotzperiode de la psicología infantil alemana (Charlotte Bühler); se vierte con «obstinación», equivalencia fija de Trotz en el glosario. (N. del T.) ↩
Cf. Dr. Deutsch, Klavierunterricht auf individualpsychologischer Grundlage [La enseñanza del piano sobre bases individualpsicológicas]. ↩
Cf. Adler, Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso]. ↩
Cf. Holub, Inter. Zeitschr. f. Indiv. (1933). ↩
Cf. Über den nervösen Charakter. ↩
Cf., entre otros, Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. ↩
Praxis und Theorie der Individualpsychologie [Práctica y teoría de la psicología individual]. ↩
Así en la edición inglesa («Hebel», Memoirs). El pasaje parece proceder de los diarios (Tagebücher) del dramaturgo Friedrich Hebbel, y no del poeta Johann Peter Hebel; no se ha podido cotejar con el original alemán de Der Sinn des Lebens. (N. del T.) ↩
En inglés, securities: traduce el alemán Sicherungen, término de Adler que el glosario de este archivo vierte por «salvaguardias» cuando se trata de recursos concretos. (N. del T.) ↩
Sixtus Beckmesser, el escribano pedante de Die Meistersinger von Nürnberg (Los maestros cantores de Núremberg) de Wagner, que juzga el canto por reglas rígidas. (N. del T.) ↩
El hijo del aviador Charles Lindbergh fue raptado en marzo de 1932 y hallado muerto poco después. (N. del T.) ↩
Así en la edición inglesa. La obra de Jan Christiaan Smuts se titula Holism and Evolution (Londres, 1926); los traductores vierten probablemente el título que Adler da en alemán. (N. del T.) ↩
Cf. Heilen und Bilden [Curar y educar]. ↩
Cf. Jahn y Adler, Religion und Individualpsychologie [Religión y psicología individual] (Verlag Dr. Passer, Viena, 1933). ↩
Consultant se traduce «consultor» en todo el apéndice; el texto inglés alterna consultant, adviser («consejero»), doctor y physician («médico»), y se respeta la alternancia. (N. del T.) ↩
Paráfrasis de un dístico de las Xenien de Goethe y Schiller: «Was sie gestern gelernt, das wollen sie heute schon lehren: / Ach, was haben die Herrn doch für ein kurzes Gedärm!» («Lo que aprendieron ayer quieren enseñarlo ya hoy: / ¡ay, qué intestino tan corto tienen estos señores!»). (N. del T.) ↩
Juego de palabras con suggestion, que en inglés significa a la vez «sugestión» (hipnótica) y «sugerencia». (N. del T.) ↩
El título impreso es Questionnaire for Individual Psychologists, que la edición inglesa usa también como titulillo de las páginas siguientes; el subtítulo, For the understanding and treatment of difficult children. La sociedad es la Internationaler Verein für Individualpsychologie. (N. del T.) ↩