Las formas de la actividad anímica.

Contribución a la caracterología individualpsicológica.

Por el Dr. Alfred Adler, profesor del Long Island Medical College, Nueva York.

Entre otros hechos importantes, la psicología individual, en su empeño por obtener una imagen de la totalidad de un individuo a partir de su actitud ante las cuestiones de la vida, siempre sociales, concede un valor especial al grado de su actividad, con la que aborda sus problemas. Hechos como los de la actitud vacilante, el autobloqueo, el rodeo y la reducción del frente de avance, el ataque repentino seguido de relajamiento, el saltar de una tarea a otra, los aclaré hace ya bastante tiempo como formas típicas del fracaso con una capacidad de colaboración disminuida. Tampoco se me ha escapado que cada uno de estos modos de andar equivocados presenta, en sus mil variantes, un grado menor o mayor de actividad. Este grado distinto de actividad lo produce la personalidad en la primera infancia con cierta arbitrariedad, aunque intervienen ciertamente factores hereditarios y del medio, no de modo causal, desde luego, sino en el sentido de una probabilidad. La psicología individual está también en condiciones de establecer el grado de actividad adquirido en la infancia como patrimonio permanente para toda la vida, y ha señalado también con claridad que este hecho ha de quedar sin réplica, aunque en muchos casos el grado permanente solo se manifiesta condicionalmente, por ejemplo en casos en que el individuo se encuentra en circunstancias favorables o desfavorables.

La constancia del grado de actividad difícilmente puede captarse en cifras. Un niño que se escapa de sus padres, un muchacho que arma pendencias en la calle, habrá de clasificarse con un grado de actividad más alto que un niño al que le gusta quedarse en casa leyendo libros.

Pero tengo que señalar con insistencia que no debe confundirse la actividad con el valor, aunque no hay valor sin actividad. Solo puede llamarse valor a la actividad de un individuo que acompaña, colabora, convive. También en el caso de un valor comprobado no deben olvidarse las numerosas variantes y casos mixtos, así como los casos en que el valor solo aparece condicionalmente, por ejemplo en caso de extrema necesidad o con la ayuda de otros.

Quien se haya convencido de la constancia del grado de actividad, que corresponde por completo a la constancia de la ley de movimiento individual, es decir, del estilo de vida, demostrada por la psicología individual, tendrá que dedicar la mayor atención a establecer el grado de actividad individual. Pues la comprensión de este problema abre una perspectiva completamente nueva y valiosa para el tratamiento psiquiátrico, para la educación y para la profilaxis. Pues nuestra constatación no dice nada menos que podemos predecir, a partir de los rasgos y movimientos expresivos más pequeños de la infancia, con qué grado de actividad se enfrentará este niño más adelante a los problemas de la vida.

Ciertamente, una perspectiva así, valiosa en todo caso, sería prácticamente incompleta si no la uniéramos a otra constatación de la psicología individual, a saber, la de la constancia del sentimiento de comunidad, igualmente demostrada, en el caso en cuestión. Solo ambas juntas, dando la dirección el grado de capacidad de cooperación, permiten predecir si existe el peligro de un fracaso y de qué tipo sería ese fracaso.

Pero no hay que perder de vista que un fracaso solo se haría visible ante un problema difícil de dominar, con ocasión de una dificultad exógena; dicho de modo muy general, en condiciones desfavorables. De tales condiciones desfavorables hay un gran número. Solo que no debe aplicárseles una medida objetiva, y hay que conocer también la frecuente sobrestimación errónea de la dificultad, ya que, de modo muy general, las tareas de toda clase le parecen más difíciles a quien tiene el mayor sentimiento de inferioridad.

A esto se añade también la incompatibilidad de toda forma de vida individual con tareas que contradicen la meta de perfección a la que se aspira. Si el estilo de vida de un individuo está orientado más o menos hacia la meta de ser el primero en cualquier circunstancia, se producirá automáticamente una eliminación, siempre cargada de afecto, de todas las situaciones insuperables. Si en otro caso la meta de superioridad se busca en el rebajamiento del otro, el espacio vital se configura de acuerdo con esta exigencia constante e ineludible. Si alguien trata siempre solo de esquivar la revelación de su supuesta falta de valor, su comportamiento se dispondrá, en el pensamiento, en el sentimiento y en la toma de posición, a dejar sin resolver todas las cuestiones, para tener así al menos en reserva la apariencia y la posibilidad de una superioridad. Si alguien es un verdadero colaborador, esto se convertirá en la línea directriz de su vida y se impondrá en todas las tareas de la vida.

Y en todos estos casos, con sus millones de variantes, podrá comprobarse siempre también el mismo tipo de actividad.

Por regla general, el grado de actividad podrá percibirse también por la extensión de la esfera de actividad, que es distinta para cada persona. Sería una tarea tentadora para un psicólogo representarse gráficamente la extensión y la forma del espacio vital individual.

En este trabajo solo quiero presentar aquella parte de mis investigaciones y constataciones que se refiere a la constancia y la identidad del grado de actividad de los «fracasos» y de su infancia. Para ello tengo que enlazar con la concepción tradicional de los tipos de «fracasos», aunque solo puedo calificar todos los fracasos como síntomas de un sentimiento de comunidad deficiente. Y tengo que añadir que cada caso individual dentro del grupo típico muestra diferencias de calidad y de cantidad en lo que respecta a su actividad.

Un conocimiento exacto de la estructura de cada fracaso típico es presupuesto necesario de una investigación así. Este conocimiento sirve a la psicología individual para iluminar el campo visual en el que esperamos encontrar el caso individual. Los fracasos típicos quiero distinguirlos y dividirlos de la manera siguiente: niños difíciles de educar, neurosis y psicosis, suicidio, delincuentes, bebedores y morfinómanos, etc., perversiones sexuales, prostitución.

Un comienzo de la determinación del grado de actividad lo hice ya en 1908, en un trabajo sobre «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose» [El instinto de agresión en la vida y en la neurosis] (publicado en Heilen und Bilden, editorial Bergmann, Múnich, 3.ª edición). Este trabajo no solo condujo a una concepción fundamental de la psicología individual, sino que ejerció también una influencia funesta en el desarrollo del psicoanálisis1.

Hoy puedo establecer que ya en los niños difíciles de educar la diferencia en su actividad se manifiesta claramente y requiere medidas educativas correspondientes y distintas. Los niños salvajes, atrevidos, obstinados, ladrones, pendencieros se distinguen visiblemente por un grado de actividad mayor que los niños tímidos, cerrados, miedosos, dependientes de otros. El círculo de acción de los primeros es visiblemente mayor que el de los segundos. Si buscamos el fracaso, distinto para ambos, es fácil demostrar que al grado de actividad más débil en la infancia corresponde el grado de actividad más débil de la neurosis y de la psicosis en la vida posterior. Ciertamente, también en estos tipos de enfermedad y en estos síntomas el grado de actividad más débil es cualitativa y cuantitativamente distinto: más alto, por ejemplo, en la neurosis obsesiva y en la melancolía; más bajo en la neurosis de angustia y en la esquizofrenia.

Un grado de actividad algo más alto caracteriza desde la infancia a los suicidas y a los bebedores, y está también en la base de la estructura de estos fracasos. Su círculo de acción es claramente mayor, pero su actividad se despliega por el rodeo del daño a la propia persona. Mimados de niños, como casi todos los fracasos, sienten su propia persona tan valiosa que el ataque contra la propia persona les parece un ataque contra su entorno próximo y lejano.

Las perversiones sexuales se muestran, desde este punto de vista, en una escala que va de la actividad más baja a la más alta, en uno de cuyos extremos está, por ejemplo, el masturbador o el fetichista, y en el otro, por ejemplo, el asesino por placer, ambos caracterizados también desde la infancia por el círculo de acción correspondiente y por un sentimiento de comunidad deficiente.

Donde con más fuerza se muestra la actividad es en el delincuente, y en gradaciones según el tipo de inclinación delictiva. En el punto más bajo de la escala de actividad, por ejemplo, el estafador y el carterista; en el punto más alto de la escala de actividad, el asesino.

Sería completamente erróneo querer atribuir a factores innatos la diversidad de la actividad o del sentimiento de comunidad, que da a la actividad su dirección. Erróneo no solo porque no tenemos ninguna posibilidad de desentrañar jamás, de lo que ha llegado a ser, los efectos de las formas de expresión innatas, sino porque el niño vive todos los factores innatos y sus efectos en su sentido individual, no según leyes matemáticas o causales. Lo mismo vale también para los factores del medio y para las influencias de la educación. A partir de todas estas impresiones que vive el niño, forma, como por una inspiración, su estilo de vida, que lleva en sí como estructuras más importantes un determinado grado de actividad y un determinado grado del sentimiento de comunidad que da la dirección. Como otra estructura que caracteriza el estilo de vida he encontrado una acentuación predominante de partes de la esfera psicomotora, una acentuación que no nos dispensa de la tarea de tomar en consideración al mismo tiempo las demás formas de movimiento de la psique que vibran con ella. Es fácil convencerse de que hay personas en las que una acentuación o sobreacentuación de la esfera del pensamiento y de los conceptos ocupa el primer plano, de modo que expresan su actividad frente a la vida por medio del pensamiento. También en este caso el valor de su estilo de vida depende de cuánto sentimiento de comunidad pueden reunir. En el caso favorable, la esfera del sentimiento y la toma de posición en favor de la colaboración cooperan con la elaboración intelectual hasta el punto de que queda asegurada la preparación correcta para las cuestiones de la vida. En el caso desfavorable, con falta de sentimiento de comunidad, resultan formas de vida frías, charlatanas, puntillosas con las palabras, que, como he mostrado, pueden presentar una aproximación a la neurosis de ideas obsesivas.

A consecuencia de esta acentuación unilateral, una parte fundamental del curso anímico parece a menudo como situada en lo «inconsciente». Pero en realidad lo que falta es la comprensión de la conexión con la forma de vida individual, como, por ejemplo, cuando un neurótico obsesivo se entrega a cavilaciones sobre palabras como: ¿qué es el hombre?, ¿por qué se llama hombre?, sin captar la conexión con la excitación afectiva y la toma de posición siempre presentes.

Más claro aún se hace el abuso del concepto de lo inconsciente con ocasión del examen de personas en las que está sobreacentuado el captar y vivir afectivo, de modo que el acompañamiento intelectual y conceptual, igual que la toma de posición siempre presente, parece haber desaparecido. Puede entonces suscitarse fácilmente, en una consideración superficial, en cuanto se traducen a conceptos el proceso afectivo y la toma de posición, la impresión de que se ha elevado algo de lo inconsciente a lo consciente, como ocurre en toda educación cuando se trata de iluminar conceptualmente y hacer comprensibles las conexiones mediante explicaciones y remontándose a las causas de una falta.

También la toma de posición del individuo, su actitud ante la vida en toda su peculiaridad y en relación con su estilo de vida individual, queda casi siempre sin comprender; a lo sumo, bajo la presión del estilo de vida, se siente como justificada. En otros casos, el de un colaborador o el de un antagonista, precisamente la toma de posición, es decir, la actividad individual, puede ser el eje principal visible de la vida y valorarse como tal. También la psicología individual subraya en primer lugar la actividad dirigida por un sentimiento de comunidad suficiente, que, cuando se desvía, puede corregirse captando con comprensión la construcción defectuosa de la forma de vida. «Por sus frutos los conoceréis»2.

En esta consideración de conjunto ocupa sin duda el primer lugar la actividad que actúa en el sentido de la evolución correcta. Esta exigencia solo está firmemente fundada si va unida al mismo tiempo a una captación conceptual, intelectual, de largo alcance, del devenir de un individuo en su actitud ante las cuestiones de la vida. Que en la psicología individual la esfera del sentimiento obtiene mejor lo que le corresponde que en una psicología de los instintos o de los afectos construida unilateralmente se desprende de la estricta exigencia de la psicología individual de dar al sentimiento de comunidad la mayor extensión posible.

Así se presenta también la psicología individual como la adversaria más resuelta de una psicología de la herencia acrítica y autoaduladora. Al mismo tiempo descubre sin contemplaciones todos los errores que se oponen de modo devastador a un fortalecimiento del sentimiento de comunidad y que, mediata o inmediatamente, estrangulan el sentimiento de comunidad de la generación presente y de las próximas. El psicólogo honrado no puede cerrar los ojos al hecho de que hay situaciones que impiden al niño entrar en la comunidad, sentirse en ella como en casa, y lo hacen crecer como en tierra enemiga. Por eso tiene que actuar esclareciendo también contra el nacionalismo mal entendido, cuando este daña la comunidad de todos los hombres, contra las guerras de conquista, de venganza y de prestigio, contra el hundimiento del pueblo en la desesperanza a consecuencia de un paro muy extendido, y contra todas las demás perturbaciones de la expansión del sentimiento de comunidad en la familia, en la escuela y en la vida social.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1934 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Die Formen der seelischen Aktivität. Ein Beitrag zur individualpsychologischen Charakterkunde», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 12 (1934), cuaderno 1 (enero-marzo), págs. 1-5. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. Aktivität se traduce «actividad»; Aktivitätsgrad, «grado de actividad»; Aktionskreis, «círculo de acción»; Fehlschlag, «fracaso»; Mut, «valor». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Alusión a que Freud incorporó más tarde una pulsión de agresión o de destrucción a su teoría de las pulsiones. (N. del T.) ↩

  2. Mateo 7, 16 y 20. (N. del T.) ↩