¿Qué es realmente una neurosis?

Por el Prof. Dr. Alfred Adler

Como siempre que en una cuestión reina la falta de claridad, hay multitud de explicaciones y mucha lucha. Así también en nuestro caso. La neurosis es: irritabilidad, debilidad irritable, enfermedad de las glándulas endocrinas. Consecuencia de infecciones dentales o nasales, de enfermedades genitales, debilidad del sistema nervioso, consecuencia de una diátesis hormonal, de una diátesis úrica, del trauma del nacimiento, del conflicto con el mundo exterior, con la religión, con la ética, conflicto entre el malvado inconsciente y el consciente inclinado al compromiso, de la represión de instintos sexuales, sádicos, criminales, del ruido y de los peligros de la gran ciudad, de una educación blanda, de una educación severa, de la educación familiar en general, de ciertos reflejos condicionados, etc.

Mucho de estas concepciones está visto con acierto y puede servir para explicar fenómenos parciales más o menos importantes de la neurosis. La mayor parte de ello se encuentra con más frecuencia en personas que no padecen una neurosis. Lo menos de ello está en el camino hacia una aclaración de la pregunta: ¿qué es realmente una neurosis?

La enorme frecuencia de esta enfermedad, sus repercusiones sociales extraordinariamente graves, el hecho de que solo una pequeña parte de los nerviosos se someta a tratamiento, mientras que el resto arrastra su padecimiento toda la vida como un tormento inaudito, y además el gran interés, exacerbado, del mundo profano por esta cuestión, justifican una iluminación fría y científica ante un foro más amplio. Se verá también cuánto saber médico se necesita para comprender y tratar esta enfermedad. Tampoco debe perderse de vista que la prevención de la neurosis es posible y necesaria, pero que solo puede esperarse si se conocen con claridad los daños subyacentes. Las medidas de prevención, de profilaxis y de reconocimiento de los pequeños comienzos proceden del saber médico. Pero la ayuda de la familia, de los maestros, de los educadores y de otras personas auxiliares es imprescindible. Esto justifica una amplia difusión de los conocimientos sobre la naturaleza y el origen de la neurosis. Quiero mostrar ambas cosas en un caso sencillo. Quizá sirva de ayuda.

Un abogado de 35 años se queja de nerviosidad, de un dolor ininterrumpido en la región occipital, de toda clase de molestias en la región del estómago, de embotamiento en toda la cabeza y de debilidad y cansancio generales. Además está siempre agitado e inquieto. A menudo tiene miedo de perder el conocimiento cuando ha de hablar con personas extrañas. En casa, en la familia de sus padres, se siente aliviado, aunque tampoco allí le agrada el ambiente. Está convencido de que, a causa de estos síntomas, no puede tener éxito.

La exploración clínica dio un resultado negativo, salvo una escoliosis que, con la pérdida del tono muscular a consecuencia de la depresión, puede servir para explicar el dolor occipital y los dolores de espalda. El cansancio puede atribuirse sin más a su inquietud, pero sin duda debe entenderse también, como la sensación de embotamiento en la cabeza, como un fenómeno parcial de las depresiones. Las molestias en la región del estómago son más difíciles de entender desde el diagnóstico general que aquí aplicamos; podrían haber surgido como irritación nerviosa a consecuencia de la escoliosis, pero podrían ser también expresión de una predilección, la respuesta de un órgano inferior a una irritación anímica. En favor de esto último hablan la frecuencia de los trastornos de estómago en la infancia y una queja semejante del padre, también sin hallazgo orgánico. El paciente sabe además que las agitaciones ocasionales siempre iban acompañadas de un empeoramiento de su apetito y a veces de vómitos.

Una queja, considerada quizá una pequeñez, nos permite conocer con algo más de exactitud el estilo de vida del paciente. La inquietud del paciente indica claramente que no ha abandonado del todo la lucha por «su éxito». En favor de la misma conclusión, aunque en medida más limitada, habla su comunicación de que tampoco en casa se siente a gusto. En medida más limitada, porque su miedo a encontrarse con personas extrañas, es decir, a salir a la vida, tampoco en casa puede abandonarlo. Pero el temor a perder el conocimiento nos deja echar una mirada al taller de su neurosis: lo dice, pero no sabe cómo aumenta artificialmente su agitación, cuando tiene que ver a extraños, mediante una idea preconcebida de quedarse sin conocimiento. Pueden señalarse dos razones por las que el paciente no sabe que aumenta su agitación artificialmente, como si lo hiciera con intención, hasta la confusión. Una razón salta a la vista, aunque no se comprende en general: el paciente mira, por así decirlo bizqueando, solo sus síntomas y no su relación con su modo de andar. La otra razón es que la retirada inexorable, el «avance hacia atrás», como lo describí hace mucho tiempo como el síntoma neurótico más importante (en Über den nervösen Charakter [El carácter nervioso], 4.ª ed., J. F. Bergmann, Múnich), unida en nuestro caso a débiles intentos de sobreponerse, no debe interrumpirse. La agitación en que cae el paciente —lo cual, por cierto, también hay que demostrarlo, pues hasta ahora solo se ha adivinado con ayuda del diagnóstico general, de la experiencia individualpsicológica y por medio de la intuición médico-psicológica— cuando choca con las tres cuestiones de la vida, comunidad, profesión y amor, para las que evidentemente no está preparado, no se apodera solo del cuerpo, para provocar allí alteraciones funcionales, sino también de la psique. A consecuencia de la preparación deficiente de esta personalidad se producen trastornos funcionales en el cuerpo y en el alma. El paciente, quizá aleccionado ya antes por fracasos menores, retrocede ante el factor «exógeno», se siente ahora constantemente amenazado por una derrota, tanto más cuanto que, como niño mimado (una nueva prueba que tendremos que aportar más adelante), encuentra cada vez más inalcanzable la meta, construida por él mismo, de una superioridad personal sin interés por los demás. En este estado de ánimo de emociones exaltadas, que brotan siempre del miedo a una derrota definitiva, aunque el miedo en el sentido corriente de la palabra no tenga por qué manifestarse siempre con claridad, surgen, según la constitución corporal, casi siempre innata, y según la constitución anímica, siempre adquirida, mezcladas siempre entre sí y en influencia recíproca, aquellos síntomas que encontramos en la neurosis y en la psicosis.

Pero ¿es esto ya la neurosis? La psicología individual ha hecho verdaderamente mucho por aclarar el hecho de que uno puede estar mal o bien preparado para resolver las tareas de la vida, y de que entre ambos extremos se encuentran muchos miles de variantes. Mucho también por hacer comprender que la incapacidad sentida para resolverlas hace vibrar de mil maneras el cuerpo y el alma con ocasión del factor exógeno. Ha mostrado también que la falta de preparación procede de la primera infancia y que no puede corregirse ni con vivencias ni con emociones, sino solo con la comprensión. Y ha descubierto como el factor más integrante del estilo de vida el sentimiento de comunidad, que ha de estar presente de modo decisivo para resolver todas las cuestiones de la vida. Los fenómenos corporales y anímicos que acompañan y caracterizan el sentimiento de fracaso los he descrito como complejo de inferioridad. Ciertamente, los fenómenos de choque en el caso del complejo de inferioridad son mayores en los individuos peor preparados que en los mejor preparados, menores en las personas más valerosas que en las desalentadas y que buscan siempre ayuda de fuera. Conflictos que lo conmueven más o menos los tiene todo el mundo. Todo el mundo los siente corporal y anímicamente. Nuestra corporeidad y las condiciones sociales externas no ahorran a nadie el sentimiento de inferioridad frente al mundo exterior. Las inferioridades orgánicas hereditarias son demasiado frecuentes como para no verse alcanzadas por las duras exigencias de la vida. Los factores del medio que actúan sobre el niño no son de tal índole que le faciliten la construcción de un estilo de vida «correcto». El mimo y el abandono, supuesto o real, sobre todo el primero, inducen demasiado a menudo al niño a ponerse en contradicción con el sentimiento de comunidad. A ello se añade que el niño encuentra por lo general su ley de movimiento sin una orientación adecuada, según la engañosa ley del ensayo y error, en un albedrío propio solo restringido por los límites humanos, pero tendiendo siempre también hacia una meta de superioridad en millones de variantes. La fuerza creadora del niño aprovecha, «usa», todas las impresiones y sensaciones como impulsos para una toma de posición definitiva, para el desarrollo de su ley de movimiento individual. A este hecho, puesto de relieve por la psicología individual, se lo ha designado más tarde como «actitud» (Einstellung) o como «forma» (Gestalt), sin hacer justicia a la totalidad del individuo y a su vinculación con las tres grandes cuestiones de la vida, y también sin reconocer por ello el mérito de la psicología individual. Ahora bien, el conflicto de un niño «malo», de un suicida, de un delincuente, de un hombre archirreaccionario, de un luchador ultrarradical sin sentido, de un derrochador que vive en la indolencia y ve perturbada su comodidad por la miseria que lo rodea, ¿es este conflicto, con sus consecuencias corporales y anímicas, ya «la neurosis»? Todos ellos, con su ley de movimiento equivocada y obstinada, chocan con la «verdad» subrayada por la psicología individual, entran en contradicción con lo «correcto» sub specie1, con la exigencia inexorable de una comunidad ideal. Sienten las consecuencias, ciertamente múltiples, de ese choque, ciertamente en mil variantes, corporal y anímicamente. Pero ¿es esto la neurosis?

Si no existieran las exigencias inexorables de la comunidad ideal, si cada cual pudiera satisfacer en la vida su ley de movimiento equivocada —se puede decir también, con más fantasía: sus pulsiones, sus instintos, sus reflejos condicionados—, no habría ningún conflicto. Nadie puede plantear una exigencia tan absurda. Solo asoma tímidamente cuando alguien pasa por alto la vinculación entre individuo y comunidad, o trata de separarlos. Cada uno se doblega, más o menos de buen grado, a la ley de bronce de la comunidad ideal. Solo el niño mimado hasta el extremo esperará y exigirá: «res mihi subigere conor», como señala reprobándolo Horacio2. Traducido libremente: aprovechar para mí las aportaciones de la comunidad sin aportar nada. «Por qué he de amar a mi prójimo» se desprende de la vinculación indisoluble de los hombres y del ideal de la comunidad, que juzga inexorablemente. (Véase también «Der Sinn des Lebens» [El sentido de la vida], en esta revista, año 1931, págs. 161 y ss.) Solo quien lleva en sí, en su ley de movimiento, una parte suficiente de esta meta orientada a la comunidad, y la vive como quien respira, será capaz de resolver también en el sentido de la comunidad los conflictos que le correspondan.

Como todo el mundo, también el neurótico vive sus conflictos. Pero su intento de solución lo distingue claramente de todos los demás. Dada la multiplicidad de variantes, siempre se encuentran neurosis parciales y formas mixtas. En su ley de movimiento tiene entrenada desde la infancia la retirada ante las tareas que, con una temida derrota, amenazan su vanidad, su afán de superioridad personal demasiado separado del sentimiento de comunidad, su afán de ser el centro, el primero. Su lema vital, «todo o nada», por lo general poco atenuado, la hipersensibilidad del que se siente siempre amenazado por derrotas, su impaciencia, la exaltación afectiva del que vive como en tierra enemiga, su avidez, producen conflictos más frecuentes y más fuertes de lo que sería necesario y le facilitan la retirada que le prescribe su estilo de vida. La táctica de la retirada, entrenada y probada desde la infancia, puede simular fácilmente una «regresión» a deseos infantiles. Pero al neurótico no le importan esos deseos, sino su retirada, que paga con gusto con sacrificios de toda clase. También aquí se presta a una confusión engañosa con «formas de autocastigo». Pero no le importa el autocastigo, sino el sentimiento de alivio por la retirada, que lo preserva de un hundimiento de su vanidad, de su soberbia.

Quizá se comprenda ahora por fin lo que significa en la psicología individual el problema del «aseguramiento». Solo puede reconocerse en la conexión total. No como algo «secundario», sino como lo principal. El neurótico se «asegura» mediante su retirada y «asegura» su retirada aumentando los fenómenos de choque, de índole corporal y anímica, surgidos en el choque con un problema que amenaza con la derrota.

Prefiere su padecimiento al hundimiento de su exaltación personal, de cuya fuerza hasta ahora solo tiene conocimiento la psicología individual. Esta exaltación, que en la psicosis a menudo se manifiesta con más claridad, su complejo de superioridad, como lo he llamado, es tan fuerte que el propio neurótico solo la presiente de lejos con un temor reverente y estremecido, y que aparta gustoso su atención de ella cuando tendría que ponerla a prueba en la realidad. Lo empuja hacia delante. Pero él, por mor de la retirada, tiene que desechar todo, olvidar todo lo que pudiera impedir la retirada. Solo da cabida a los pensamientos de retirada, a los sentimientos de retirada y a los actos de retirada.

Esopo (¿no dice aquí alguno: «el gran conocedor del alma»?) cuenta de un león que yacía hambriento delante de su cueva. Pasó a lo lejos, sigiloso, un zorro. El león, que tenía ganas de zorro asado, lo llamó y le dijo: «Ea, querido zorro, ven aquí y mira mi cueva. Seguro que te gustará mucho». Pero el zorro respondió: «Oh, no, querido león, no iré. Porque veo muchas huellas de pies que llevan hacia dentro, pero no veo ninguna que lleve hacia fuera».

Hablaba del aumento del «complejo de retirada». El neurótico dedica todo su interés a la retirada. Cada paso adelante lo reviste de todos los terrores, como una caída en el abismo. Pero trata con todas sus fuerzas, con todos sus sentimientos, con todos sus medios de retirada probados, de mantenerse firme en la retaguardia. El adorno de sus vivencias de choque, al que dedica todo su interés, mientras permanece apartado del único factor importante, su miedo a reconocer lo lejos que está de su elevada meta egoísta, el gran despliegue de sentimientos, por lo general vestidos de metáforas y exacerbados, como gusta el sueño, para persistir, contra el common sense3, en el propio estilo de vida, le permiten aferrarse a los aseguramientos ya acabados para no verse empujado hacia la derrota. La opinión y el juicio de los demás, que al estallar la neurosis admiten circunstancias atenuantes, pero que sin ellas no reconocerían el trémulo prestigio del neurótico, se convierten en el mayor peligro. Dicho brevemente: el aprovechamiento de las vivencias de choque para proteger el prestigio amenazado, eso es la neurosis. O más breve aún: el estado de ánimo del neurótico se configura como un «sí, pero». En el «sí» está el reconocimiento del sentimiento de comunidad; en el «pero», la retirada y sus aseguramientos. Solo se perjudica a la religión cuando se la hace responsable de la neurosis, a ella o a su ausencia. Se perjudica a cualquier partido político cuando se pregona su aceptación como curación de la neurosis.

Cuando nuestro paciente dejó la universidad, intentó colocarse como auxiliar en un despacho de abogados. Solo se quedó allí unas pocas semanas, porque su campo de acción le parecía demasiado pobre. Después de haber cambiado varias veces por este motivo y por otros, decidió dedicarse más bien a estudios teóricos. Lo invitaron a dar conferencias sobre cuestiones jurídicas, pero rehusó, «porque no podía hablar ante un círculo grande». En esa época, tenía entonces 32 años, aparecieron sus síntomas. Un amigo que quería ayudarle se ofreció a dar la ponencia junto con él. Nuestro paciente puso como condición hablar primero. Subió a la tribuna temblando y confuso y temía perder el conocimiento. Solo veía manchas negras ante los ojos. Poco después de la conferencia aparecieron sus molestias de estómago, y se imaginó que moriría si tuviera que hablar otra vez ante mucha gente. En el tiempo siguiente se dedicó solo a dar clases a niños.

Un médico al que consultó le declaró que tenía que tener actividad sexual para curarse. Podríamos prever lo absurdo de semejante consejo. El paciente, que ya estaba en retirada, respondió a este consejo con miedo a la sífilis, con escrúpulos éticos y con el miedo a ser engañado y a ser acusado de ser padre de un hijo ilegítimo. Sus padres le aconsejaron casarse, y aparentemente tuvieron éxito cuando le procuraron también la muchacha para el matrimonio. Hubo un embarazo, y la mujer dejó la casa para volver con sus padres, porque, según dijo, no podía soportar por más tiempo la crítica continua, desde arriba.

Vemos ya ahora lo soberbio que podía ser nuestro paciente cuando se le ofrecía una ocasión fácil, pero cómo emprendía enseguida la retirada cuando el asunto le parecía inseguro. De la mujer y del hijo no se ocupaba. Solo le preocupaba siempre no parecer inferior, y esta preocupación era más fuerte que su afán del éxito tan ardientemente buscado. Fracasó cuando llegó al frente de la vida, cayó en una oleada persistente de sentimientos, emparentada con la angustia más extrema, con sus consecuencias corporales y anímicas, y reforzó su retirada levantando fantasmas, porque así se le facilitaba la retirada. El conductor de automóvil podrá ponerse fácilmente en el lugar de un mecanismo así. Tiene su meta. Entonces pisa más el acelerador para poder alcanzar con más seguridad y más rápidamente su meta, en nuestro caso, la retirada.

¿Pruebas más fuertes? Queremos aportarlas de dos maneras. Primero, remontándonos a la época de su primera infancia para establecer que fue inducido al estilo de vida que hemos encontrado en él. Segundo, añadiendo otras aportaciones concordantes de su vida. Yo consideraría en todo caso como la prueba más fuerte de la exactitud de un diagnóstico de este tipo que resulte que las nuevas aportaciones a la caracterización de una persona concuerdan plenamente con la ya encontrada. Si no fuera así, la concepción del examinador tendría que modificarse en consecuencia.

La madre era, según indica el paciente, una mujer blanda, a la que él estaba muy apegado, que lo mimaba a fondo y que esperaba siempre de él logros muy grandes. El padre era menos propenso al mimo, pero cedía en cualquier circunstancia cuando el paciente expresaba sus deseos llorando. Entre los hermanos prefería a un hermano menor que lo idolatraba, le cumplía todos los deseos, corría tras él como un perrito y se dejaba guiar siempre por él. El paciente era la esperanza de su familia y siempre lograba imponerse también a los demás hermanos. Una situación, pues, extraordinariamente fácil y cálida, que lo hizo inadecuado para el mundo exterior.

Esto se mostró enseguida, cuando tuvo que ir por primera vez a la escuela. Era el más pequeño de la clase y lo tomó como ocasión para manifestar su aversión a esta posición exterior cambiando dos veces de escuela. Pero luego estudió con enorme celo para superar a todos los demás alumnos. Cuando no lo conseguía, emprendía una retirada, faltaba a menudo a la escuela por dolores de cabeza y de estómago o llegaba a menudo tarde. Aunque en esa época no estaba entre los mejores alumnos, él y sus padres atribuían esta circunstancia a sus frecuentes ausencias, mientras que nuestro paciente al mismo tiempo subrayaba con fuerza que sabía más y había leído más que todos los demás alumnos.

Con el menor motivo, los padres lo metían en la cama y lo cuidaban solícitamente. Siempre había sido un niño miedoso y a menudo gritaba en sueños, para ocupar a su madre consigo también por las noches.

Se comprende que no tuviera claro el significado ni la conexión de todos estos fenómenos. Todos ellos eran la expresión, la manifestación de su estilo de vida4. Tampoco sabía que leía en la cama hasta bien entrada la madrugada para gozar al día siguiente del privilegio de poder levantarse tarde y librarse así de una parte de sus tareas diarias. Ante las muchachas su timidez era aún mayor que ante los hombres, y este comportamiento persistió durante todo su desarrollo hasta hacerse hombre. Que le faltaba valor en cualquier situación de la vida, que por nada del mundo pondría en juego su vanidad, se entiende con facilidad. La inseguridad de si sería bien recibido por las muchachas contrastaba fuertemente con la seguridad con que podía esperar la entrega de la madre. En su matrimonio quiso establecer el mismo dominio de que gozaba con la madre y los hermanos, y naturalmente tuvo que fracasar.

He podido establecer que en los recuerdos de infancia más antiguos, aunque a menudo bien escondido, se encuentra el estilo de vida de un individuo. El recuerdo más antiguo de nuestro paciente decía: «Había muerto un hermanito, y el padre estaba sentado delante de la casa llorando amargamente». Recordemos cómo el paciente huyó a casa antes de una conferencia y pretextó que iba a morir.

Cómo se sitúa alguien ante la cuestión de la amistad caracteriza muy bien su capacidad de ser un hombre de comunidad. Nuestro paciente indica que siempre tuvo amigos solo por poco tiempo y que siempre quería dominarlos. Esto no podrá llamarse sino explotación de la amistad de los demás. Cuando se le señaló amablemente esta circunstancia, respondió: «No creo que nadie se esfuerce por la comunidad; cada uno lo hace solo por sí mismo».

Cómo se pertrecha para la retirada se desprende también de los hechos siguientes. Le gustaría escribir artículos o un libro. Pero cuando se sienta a escribir, cae en tal agitación que no puede pensar. Declara que no puede dormir si antes no lee. Pero cuando lee, siente una presión en la cabeza, de modo que no puede dormir. Su padre murió hace poco, precisamente cuando el paciente visitaba otra ciudad. Poco después debía aceptar allí un puesto. Rehusó con el pretexto de que moriría si entraba en esa ciudad. Cuando se le ofreció un puesto en su ciudad, lo rechazó alegando que la primera noche no podría dormir y que por eso fracasaría al día siguiente. Primero tenía que curarse del todo.

Que también en el sueño del paciente vuelve a encontrarse su ley de movimiento, ese «sí, pero» del neurótico, lo muestra un ejemplo. Con la técnica de la psicología individual puede encontrarse la dinámica de un sueño. No nos dice nada nuevo, nada que no hubiéramos podido reconocer de otro modo por el comportamiento del paciente. A partir de los medios, bien entendidos, y de la selección de los contenidos, puede reconocerse cómo el soñador, guiado por su ley de movimiento, se esfuerza por imponer su estilo de vida contra el common sense despertando artificialmente sentimientos y emociones. Y a menudo se encuentran también indicios de cómo el paciente produce sus síntomas bajo la presión del miedo a una derrota. Un sueño de este paciente dice así: «Iba a visitar a unos amigos que vivían al otro lado de un puente. La barandilla estaba recién pintada. Quise mirar el agua y me apoyé en la barandilla. Esta me presionaba el estómago, que empezó a dolerme. Me dije a mí mismo: no deberías mirar abajo, al agua. Podrías caerte. Pero me atreví de todos modos, volví hasta la barandilla, miré abajo y retrocedí rápidamente, pensando que era mejor estar a salvo».

La visita a los amigos y la barandilla recién pintada aluden a las indicaciones relativas al sentimiento de comunidad y a la reconstrucción de un estilo de vida mejor. El miedo del paciente a caer desde su altura, su «sí, pero», están puestos de relieve con bastante claridad. Las molestias de estómago, consecuencia de su sentimiento de miedo, están, como se ha descrito antes, siempre a mano por constitución. El sueño nos muestra la actitud de rechazo del paciente frente a los esfuerzos del médico hasta entonces, y la victoria del viejo estilo de vida con ayuda de una imagen insistente de peligro, cuando la seguridad de la retirada se pone en cuestión.

La neurosis es el aprovechamiento automático, sustraído a la comprensión del paciente, de síntomas que han surgido de efectos de choque. Este aprovechamiento está más al alcance de las personas que temen demasiado por su prestigio y que ya en la infancia, por lo general como niños mimados, fueron atraídas a este camino del aprovechamiento.

La curación solo puede lograrse por vía intelectual, mediante la comprensión creciente del paciente y mediante el desarrollo de su sentimiento de comunidad.


Fuente: traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1933 de la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Was ist wirklich eine Neurose?», Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie 11 (1933), págs. 177-185. La nota del autor (4) está al pie de la pág. 183 del original. Los comentarios S. n del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

Traducción: traducción íntegra al español hecha para la Escuela Libre de Psicología Adleriana (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas, la nota del autor y la paginación del original. Sicherung se traduce «aseguramiento»; Rückzug, «retirada»; Nimbus, «prestigio»; Bewegungsgesetz, «ley de movimiento». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.

  1. Sub specie («bajo el aspecto de»): Adler abrevia la fórmula escolástica sub specie aeternitatis («bajo el aspecto de la eternidad»). (N. del T.) ↩

  2. La cita es de Horacio, Epístolas I, 1, 19: «et mihi res, non me rebus, subiungere conor» («y procuro someter las cosas a mí, no yo a las cosas»), que Adler cita de memoria y libremente. (N. del T.) ↩

  3. En inglés en el original: «sentido común». (N. del T.) ↩

  4. Ni en lo consciente ni en lo inconsciente, sino en lo no comprendido. ↩ ↩